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24 may. 2015

Descarga: Mark Twain - Cartas desde la Tierra

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Descarga: Mark Twain - Cartas desde la Tierra

Las Cartas desde la Tierra, el testamento antirreligioso de Mark Twain (1835 – 1910), fueron publicadas en 1962, mas de 50 años después de su muerte, debido a la férrea oposición de su hija Clara. El libro plantea la cuestión de cómo puede el hombre creer en un dios absolutamente bondadoso y al mismo tiempo creerse hecho a su imagen y semejanza, mientras en la tierra se matan una y otra vez sin aprender de sus errores. Twain en este libro no niega la existencia de Dios, sin embargo por deducción le atribuye características tan distintas a las que estamos acostumbrados a otorgarle, que resulta muy difícil llegar a imaginar el Dios, no tan solo del cristianismo, sino que también al Dios en el que creen las religiones en general donde se le asignan características que tienen que ver con la trascendencia tanto humana como terrenal, para llegar a un estado de perfección. Es un libro divertido, dinámico e irónico. Contiene las cartas que Satanás desde su exilio en la tierra a donde fue desterrado por Dios, escribe a sus amigos en el cielo Miguel y Gabriel.

4 jun. 2014

Descarga: Mark Twain - Los escritos irreverentes

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En 1909, Mark Twain le envió una carta a un amigo en la que le hablaba en confianza de lo último que había escrito: «Este libro no saldrá jamás. Es imposible porque se consideraría una ignominia». Tomada en su conjunto, la obra de Twain quien, junto a Melville, está considerado el Gran Novelista Americano, es una colosal sátira de la naturaleza humana. En el caso de Los escritos irreverentes, recurrió a un género que algunos críticos denominaron «pseudo-historia». Las pequeñas diatribas bíblicas que lo componen, escritas entre 1870 y 1909, evidencian el profundo escepticismo religioso de Twain. El libro que tenemos en las manos oculta bajo su burlona fachada un humorístico y mordaz ataque a los valores establecidos, y es la muestra de una inteligencia superior, que no deja títere con cabeza. La coincidencia de que este año sea el del centenario de la muerte de Mark Twain da un significado especial a la edición de un libro que, al salir a la luz en Estados Unidos, produjo una verdadera conmoción y estuvo durante meses en la lista de libros más vendidos.

30 dic. 2012

Mark Twain - Diario de Sem

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Mark Twain © CORBIS


Un domingo de 920 A. C.

Como siempre, nadie respeta las fiestas de guardar. Es decir, nadie salvo nuestra familia. Por todas partes hay multitudes de malas personas en plena jarana. Bebiendo, discutiendo, bailando, apostando, riendo, gritando, cantando... Hombres, mujeres, niños, jóvenes... todos hacen lo mismo. Y también se dedican a practicar otras infamias... Infamias de esas que no deben ponerse por escrito. ¡Menudo ruido! Trompetean con sus cornetas, aporrean cazos y sartenes, martillean instrumentos bárbaros y tañen tambores... más que de sobra para reventarle a uno los tímpanos. Y todo esto un domingo... ¡Imagínense! Mi padre dice que en los viejos tiempos no pasaban estas cosas. Cuando él era pequeño el domingo se respetaba y no había maldades, ni jolgorios, ni ruido. Sólo paz, silencio y tranquilidad. Y misa varias veces al día y al atardecer. Eso era hace casi seiscientos años. ¡Comparad aquellos tiempos con éstos! Cuesta creer que haya cambiado todo tan deprisa que de lo anterior se acuerdan hasta los que aún no son viejos.

Hoy estas criaturas siniestras se agolpan en multitudes aún mayores que de costumbre para ver el Arca, merodear a su alrededor y burlarse de ella. Hacen preguntas y cuando se les dice que es un barco, se ríen y preguntan que dónde está el agua, aquí en mitad del llano. Al decirles que el Señor va a mandarnos desde el cielo agua suficiente para inundar el mundo entero, se burlan una vez más y dicen: «Eso cuéntaselo a los marineros».

Matusalén ha vuelto a venir hoy. No siendo la persona más vieja del mundo, sí es el anciano más ilustre que existe y se hace respetar por esa particular supremacía. Al verle aparecer cesan los gritos, se hace el silencio, los hombres se quitan el sombrero y todos le saludan con reverencia servil, susurrándose unos a otros: «Mírale... Ahí va... Tiene casi mil años... Conoció a Adán, según dicen». Es evidente que al viejo vanidoso todo esto le resulta de lo más agradable, pero avanza dando pasos cortos y con la nariz levantada, adoptando el aire distraído de quien medita sobre un asunto importante, como dando a entender que no se entera de cuanto ocurre a su alrededor.

Pero yo sé, por ciertos detalles, que Matusalén tiene arrebatos no sólo de celos sino también de envidia. Quizá no debiera mencionarlo, pues somos parientes políticos por ser mi mujer su tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tataranieta, o algo así, y aunque no lo diría en público, me parece inofensivo contarlo en la intimidad de mi diario, que es casi igual que decírmelo a mí mismo. Matusalén está celoso por lo del Arca, sin duda alguna. Le da rabia que no se lo hayan encomendado a él, en vez de a mi padre. El Arca ha causado tal impresión en todos los países del mundo que mi padre ha pasado de la oscuridad a la fama mundial, cosa que a Matusalén le da celos. Al principio las gentes decían: «Noé, pero ¿quién es Noé?». Sin embargo, ahora recorren muchos kilómetros para pedir su autógrafo. Esto fatiga a Matusalén.

Claro que él no tiene que pasarse noches enteras firmando autógrafos, como nos pasa a nosotros. Y me refiero a los ocho hermanos, porque Padre no puede hacerlos todos, ni siquiera una décima parte, con una mano tan vieja y agarrotada. Matusalén tiene un carácter de lo más desagradable. A mí me parece que sólo está contento cuando logra molestar a los demás. Siempre nos llama a todos nosotros —a mis hermanos, a mí y a nuestras esposas— «los niños». Lo hace porque sabe que nos ofende. Un día Jafet se atrevió a recordarle tímidamente que éramos todos hombres y mujeres. ¡Sus carcajadas se oían desde un kilómetro a la redonda! Cerrando los ojos en una especie de éxtasis burlón, frunció esos labios resecos mostrando los cuatro colmillos amarillentos de sus encías desdentadas, soltó una siniestra carcajada y dijo entre toses asmáticas:

—Hombres y mujeres, ¡vosotros! Decidme, ¿qué edad tenéis, reliquias venerables?

—Nuestras mujeres tienen casi ochenta años. Y de nosotros el mayor soy yo, que cumplí cien en primavera.

—¡Ochenta, válgame el cielo! ¡Cien, válgame Dios! ¡Y ya casados! ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Unos niños de cuna! ¡Unos muñecos de trapo! ¡Y todos casados! En mis días de juventud nadie hubiera permitido casarse a unos niños. ¡Qué atrocidad!

Pese a que Jafet le quiso recordar que más de un patriarca se había casado en su primera juventud, ¡no quiso escucharle! Siempre hace lo mismo. Si se le da un argumento que no logra rebatir, alza la voz y se defiende a gritos. De modo que lo único que puede hacer uno es cerrar la boca y olvidar el asunto. No se puede discutir con él, porque se consideraría un escándalo y una irreverencia. De nada serviría que nosotros, los hermanos, intentáramos contradecirle. Ni nosotros, ni nadie. Excepto el médico. El médico no le tiene ni miedo ni demasiado respeto. Dice que un hombre no es más que un hombre y que tener mil años no le hace estar por encima de los demás.


En Los escritos irreverentes
Traducción: Traducción: Gabriela Bustelo
Imagen: © CORBIS

18 abr. 2012

Mark Twain - Tercera carta desde la Tierra

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Mark Twain


A estas alturas ustedes sabrán muy bien que el ser humano es una cosa muy extraña. En tiempos pasados tuvo cientos de religiones (al desgastarlas, las desechó); hoy mantiene cientos y cientos de ellas, y crea no menos de tres nuevas cada año. Aunque aumentara las cifras, seguiría estando por debajo de la realidad. Una de las principales religiones es la llamada Cristiana. Estarán seguramente interesados en que les haga una breve descripción de esta religión, la cual está explicada en un libro de dos millones de palabras, el Viejo y el Nuevo Testamento. Se le conoce también por otro nombre: la Palabra de Dios. Pues los cristianos creen que cada palabra del libro fue dictada por Dios, Ése del cual les he hablado.

Este es un libro de un interés extraordinario, colmado de noble poesía, que contiene varias fábulas agradables, algunas historias sanguinarias, uno que otro buen consejo moral y una increíble cantidad de obscenidades. Contiene además no menos de mil mentiras. La Biblia está constituida esencialmente a partir de los fragmentos de otras biblias que estuvieron de moda y después entraron en decadencia: carece, por lo tanto de toda originalidad. Los 3 ó 4 acontecimientos más impresionantes e importantes que se narran en ella estaban ya en las biblias precedentes, y lo mismo puede decirse con respecto a los preceptos o a las más loables de sus normas de comportamiento. Hay solo un par de cosas nuevas: el infierno, por ejemplo, y ese tipo de paraíso del que ya les hablé en otra de mis cartas.

¿Qué podemos hacer? Si creemos, como esta gente, que Dios inventó estas crueldades, Lo difamamos; si creemos que ellos las inventaron, difamamos a los hombres. Es un desagradable dilema en cualquier caso, porque ninguna de las partes nos ha hecho ningún daño.

A favor de la paz, tomemos partido. Unamos fuerzas con la gente y carguémosle este ofensivo cargo a Él: el Cielo, el infierno, la Biblia, todo, en fin. No es bueno, ni parece justo y, sin embargo, al considerar ese Cielo agobiante, cargado con todo lo que es repulsivo para el ser humano, ¿cómo podemos creer que un ser humano lo inventó? Y cuando llegue a hablarles del infierno, la presión será mayor aún, y ustedes probablemente dirán: no, ningún hombre creará un lugar semejante ni para sí mismo ni para otro; es simplemente imposible.

La ingenua Biblia nos hace el relato de la Creación. ¿De qué? ¿Del Universo? Sí, precisamente del Universo. ¡Y en seis días! Su autor es Dios, el cual concentró toda su atención sobre este mundo, el cual construyó en cinco días; pero le bastó un solo día para crear veinte millones de soles y al menos ochenta millones de planetas.

Y ¿para qué servía todo esto según sus intenciones? Tan solo para iluminar este mundito de los hombres. Este fue su único objetivo, y ningún otro. Uno de los veinte millones de soles (el más pequeño) debía iluminar la Tierra de día, y el resto tenía la función de ayudarle a una de las innumerables lunas del universo a atenuar las tinieblas de la noche.

Es evidente que él creía que sus flamantes cielos quedaban sembrados de diamantes con esas miríadas de estrellas titilantes tan pronto como el sol del primer día se hundía en el horizonte; cuando en realidad ni una sola estrella podía brillar en esa negra bóveda hasta tres años y medio después de que se completara la formidable industria de aquella semana memorable. Luego apareció una estrella, única, solitaria, y comenzó a titilar.

Tres años más tarde apareció otra. Las dos brillaron juntas por más de cuatro años antes de que se les uniera una tercera. Al cabo de la primera centuria no había siquiera veinticinco estrellas brillando en las vastas inmensidades de esos tristes cielos. Al cabo de mil años no había aún el suficiente número de estrellas visibles para constituir un espectáculo. Al cabo de un millón de años solamente la mitad del despliegue actual había enviado su luz a través de las fronteras telescópicas, y pasó otro millón hasta que sucediera lo mismo con el resto. No habiendo telescopios en esa época, no pudo observarse el advenimiento.

Desde hace trescientos años los astrónomos cristianos saben que su divinidad no creó las estrellas en aquel fatídico día, pero el astrónomo cristiano no se detiene en estos detalles. Ni tampoco lo hace el sacerdote.

En su Libro, Dios es elocuente en la alabanza de sus poderosas obras, y las califica con los nombres más grandes que encuentra, indicando así que siente una fuerte y justa admiración por las magnitudes; por otra parte hizo esos millones de soles prodigiosos para iluminar este orbe pequeñísimo, en vez de señalar al pequeño sol de este orbe la obligación de asistirlos. Él menciona a Arcturus; una vez fuimos allí. ¡Es una de las lámparas nocturnas de la Tierra! Ese globo gigantesco que es cincuenta mil veces más grande que el sol de esta Tierra, y que comparado con él es como un melón frente a una catedral. A pesar de eso, los chicos todavía aprenden en la escuela dominical que Arcturus fue creado para contribuir a iluminar esta Tierra; y el niño crece y continúa creyéndolo mucho después de haber descubierto que todas las probabilidades están contra ello. Según la Biblia y sus siervos, el universo tiene solamente seis mil años. En los últimos cien años, algunas mentes estudiosas e inquisitivas descubrieron que su formación bordea los cien millones de años.

En seis días Dios creó al hombre y los demás animales. Creó un hombre y una mujer y los puso en un delicioso jardín, junto con las otras criaturas. Y allí vivieron, durante algún tiempo, en armonía, felices, florecientes de juventud. Pero no duró mucho. Dios les había advertido al hombre y a la mujer que no comieran del fruto de cierto árbol. Y agregó una advertencia muy extraña: dijo que si comían de ese fruto morirían. Extraño, digo, puesto que si ellos no habían visto nunca la muerte, no habrían podido entender qué quería decir Dios con eso. Ni Él ni ningún otro Dios hubiera podido hacerles entender a esos hijitos inocentes lo que quería decir sin mostrarles al menos un ejemplo. La sola palabra carecía de sentido para ellos, al igual que para un niño de días.

Poco después, una serpiente los buscó a solas, y se dirigió hacia ellos caminando erguida, como era la costumbre de las serpientes en esos días. La serpiente les aseguró que el fruto prohibido llenaría de conocimiento sus mentes vacías. Así que comieron, lo que era natural pues el hombre está hecho de tal manera que siempre está ansioso de saber, a diferencia del sacerdote erigido como representante e imitador de Dios y cuya tarea desde el primer momento fue evitar que aprendiera algo útil.

Adán y Eva comieron, pues, el fruto prohibido e inmediatamente una gran luz penetró en sus oscuras mentes. Habían adquirido conocimientos ¿Qué conocimientos? ¿Conocimientos útiles? No, simplemente el conocimiento de que existía una noción del bien y una noción del mal, y cómo hacer el mal. Por lo tanto, hasta ese momento todos sus actos habían sido sin mácula, sin culpa, inocentes.

Pero ahora podían hacer el mal y sufrir por ello; ahora habían adquirido lo que la Iglesia denomina una posesión invaluable: el sentido moral. Ese sentido que distingue al hombre de la bestia y lo coloca en una situación superior y no inferior, donde uno supondría que sería el lugar apropiado, puesto que él tiene siempre la mente sucia y es culpable y las bestias siempre tienen la mente limpia y son inocentes. Es como considerar más valioso un reloj que siempre tiende a descomponerse que uno que no se descompone nunca.

La Iglesia todavía considera el Sentido Moral cómo la más noble posesión del hombre en la actualidad, aunque la Iglesia sabe que Dios tiene, sin lugar a dudas, una opinión muy pobre de este sentido y que hizo cuanto pudo, aunque con poco tino como siempre, por impedir que sus felices hijos del Edén lo adquirieran.

Muy bien, Adán y Eva sabían ahora lo que era el mal y cómo hacerlo. Sabían cómo realizar distintas clases de hechos malos, y entre ellos sobresalía uno. Aquel que más le preocupaba a Dios: el arte y el misterio de las relaciones sexuales. Para ellos esto fue un magnífico descubrimiento, tanto que dejaron de pasear ociosos y se dedicaron en cuerpo y alma a esta actividad, pobres jovencitos entusiastas. Estaban precisamente dedicados a una de estas celebraciones, cuando sintieron que Dios se acercaba, caminando entre los matorrales que es una de sus costumbres vespertinas, y se quedaron paralizados del miedo. ¿Por qué? Porque estaban desnudos, y antes no se habían dado cuenta nunca de eso. Antes no les importaba. Ni a Dios tampoco.

Fue en aquel momento memorable cuando nació la impudicia, y cierta gente la valora desde entonces, aunque por cierto les costaría decir por qué.

Adán y Eva entraron al mundo desnudos y sin ninguna vergüenza, desnudos y puros de corazón, y ninguno de sus descendientes se ha asomado al mundo de otra forma: todos nacieron desnudos, sin vergüenza alguna y puros de corazón, sin pensar que la desnudez es impúdica. Se hizo necesario que adquirieran la impudicia y una mente sucia; no había otra manera de conseguirlo. El primer deber de una madre cristiana consiste en corromper el ánimo de su hijo, y es deber que ella nunca descuida. Si su criatura crece y llega a ser misionero, su misión consiste en ir adonde los salvajes inocentes o adonde los japoneses civilizados, a corromperles el ánimo. Después de lo cual todos estos descubren la impudicia, esconden sus cuerpos y dejan de bañarse juntos desnudos.

La convención mal llamada pudicia no tiene grado de normalidad y no puede tenerlo, porque contraría a la naturaleza y a la razón. Es, por lo tanto, un artificio y está sujeto a la ocurrencia, al capricho enfermizo de cualquiera. Así, en la India, la dama refinada cubre su faz y sus senos y deja las piernas desnudas, mientras que la refinada dama europea se cubre las piernas y expone su rostro y sus senos. En tierras habitadas por inocentes salvajes, la refinada dama europea pronto se acostumbra a la absoluta desnudez de los nativos adultos y deja de sentirse ofendida por ella. En el siglo XVIII, un conde y una condesa franceses muy cultos —sin ningún parentesco entre sí naufragaron en una isla deshabitada, sin otra ropa que la de dormir. Pronto quedaron desnudos. Y también avergonzados. Al cabo de una semana su desnudez ya no les molestó y pronto dejaron de pensar en ella. Ustedes nunca han visto a una persona con ropa. Pues bien, no se han perdido de nada.

Pero sigamos con las curiosidades bíblicas. Naturalmente ustedes pensarán que la amenaza de castigar a Adán y Eva por su desobediencia no habrá sido mantenida, en vista de que no se habían creado a sí mismos, ni su propia naturaleza, ni sus propias debilidades, y por lo tanto no podían ser responsables de sus actos frente a nadie. Les sorprenderá saber que la amenaza fue verdaderamente mantenida: Adán y Eva fueron castigados y todavía hoy en día hay defensores de ese crimen. La sentencia de muerte fue ejecutada.

Como podrán notar fácilmente, la única Persona responsable de la falta cometida por la pareja no tuvo ningún castigo, y más aún, se convirtió en verdugo de los inocentes.

En vuestro país, así como en el mío, podríamos burlarnos de esta clase de moralidad, pero no sería amable hacerlo en la Tierra. Muchos hombres sobre la Tierra poseen la capacidad de razonar, pero no la usan en materias religiosas.

Los intelectos más iluminados les dirán que cuando un hombre ha procreado un hijo, el padre está moralmente obligado a cuidarlo con ternura, a protegerlo de las heridas y las enfermedades, a vestirlo, nutrirlo, a soportarle los caprichos, a no ponerle la mano encima a no ser como gesto de afecto o por su propio bien, y nunca, en ningún caso, a infligirle alguna crueldad arbitraria. La forma en que Dios trata, día y noche, a sus hijos es todo lo contrario: y sin embargo esos mismos intelectos iluminados justifican con calor tales crímenes, los perdonan y los excusan, y más aún rechazan indignados que se consideren crímenes cuando es Él quien los comete. Vuestro país y el mío son sin duda interesantes, pero no hay nada allí que se aproxime a la mente humana.

Así fue pues que Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso terrenal, y por lo tanto los asesinó; y por el simple motivo de que desobedecieron una orden que Él no tenía ningún derecho de dar. Pero la cosa no paró ahí como verán. Dios tiene un código moral para Sí mismo y otro muy distinto para sus hijos. Les exige a estos que traten con justicia y con suma bondad a los pecadores y que les perdonen no una vez sino setenta veces siete: pero Él no trató a nadie con bondad ni con justicia. No perdonó ni siquiera el primer pecadito a esa parejita de jóvenes inexpertos, tranquilos e inocentes. Hubiera podido decirles: "Por esta vez no los voy a castigar, los voy a poner a prueba nuevamente".

¡Qué va! Al contrario, decidió castigar incluso a los hijos de ellos por toda la eternidad, por una culpa trivial cometida por otros mucho antes de que ellos hubieran nacido. Y todavía los sigue castigando. ¿Con suavidad? Claro que no; de una manera atroz.

Ustedes pensarán naturalmente que un ser que se porta como Éste, no debe de ser muy amado entre los hombres. Ni se lo imaginen: el mundo lo llama Justo, Virtuoso, Bueno, Clemente, Bondadoso, Compasivo, Aquel que más nos ama, Fuente de toda verdad y de toda moral. Y semejantes sarcasmos se repiten todo el día por el mundo entero, pero no son sarcasmos deliberados. No, los dicen con toda seriedad y los pronuncian sin una sonrisa.


En Cartas desde la Tierra
Editado en 1962 por Bernard De Voto



11 sept. 2011

Mark Twain: Historia del inválido

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Aunque mi aspecto es el de un hombre de sesenta años, y casado, no es verdad; débese ello a mi condición y sufrimientos, pues soy soltero y sólo tengo cuarenta y un años. En el estado en que me veis, difícilmente creeréis que ahora sea más que una sombra de lo que fui, ya que apenas hace dos años era yo un hombre fuerte y rebosante de salud (un hombre de hierro, ¡un verdadero atleta!); y, sin embargo, ésta es la cruda realidad. Pero más extraño que este hecho es todavía el modo como perdí mi salud. La perdí una noche de invierno, vigilando una caja de fusiles en un viaje de 200 millas en ferrocarril. Es la pura verdad, y voy a contaros cómo sucedió. 

Resido en Cleveland (Ohio). Hace dos años, una noche de invierno, llegaba a casa, poco después de extinguida la luz del día, en medio de una furiosa tempestad de nieve; y lo primero que me dijeron al entrar fue que mi mejor compañero de escuela y amigo de mi infancia, John Hackett, había muerto el día anterior, y que en sus últimas palabras había manifestado el deseo de que yo llevase sus restos mortales a sus pobres padres ancianos, que vivían en Wisconsin. Sentíme sobremanera sorprendido y afligido, pero no había tiempo que perder en emociones: era preciso partir inmediatamente. Tomé la tarjeta que decía: "Diaca Leví Hackett, Bethlehem. Wisconsin", y eché a correr precipitadamente, a través de la horrible tempestad, hacia la estación del ferrocarril. Llegado allí, encontré la larga caja de pino blanco que me había sido descrita: clavé en ella la tarjeta con algunas tachuelas, la dejé facturada con garantías de seguridad en el furgón del tren expreso, y marché prestamente al restaurante a buscar un sándwich y algunos cigarros. Cuando, al poco rato, volví, mi ataúd estaba otra vez en el suelo, aparentemente; y un muchacho lo miraba por todos lados, con una tarjeta en la mano, unas tachuelas y un martillo. Quédeme sorprendido e intrigado. Empezó o clavar su tarjeta, y yo eché a correr hacia el furgón del expreso, en gran manera turbado mi espíritu, para demandar una explicación. Pero no; mi caja estaba allí, como la había dejado yo, en el interior del furgón expreso; no había contratiempo alguno que lamentar. (Pero, en realidad, sin haberlo sospechado yo, habíase producido una prodigiosa equivocación: yo me llevaba una caja de fusiles que aquel muchacho había ido a facturar a la estación, y que iba destinada a una asociación de cazadores de Peoria (Illinois), y él se llevaba ¡mi cadáver!). Precisamente entonces un mozo de estación empezó a gritar: "—¡Señores viajeros, al tren!" Y yo me metí en el furgón del tren expreso, y conseguí un asiento confortable sobre una bala de cangilones. Allí se encontraba el conductor, hombre incansable, de unos cincuenta años, de aspecto sencillo, honrado y de buen talante, que hablaba con positiva cordialidad. Al arrancar el convoy, una persona extraña pegó un salto dentro del furgón, y dejó un paquete, con un queso de Limburg, singularmente grueso y tierno, a un extremo de mi caja-ataúd; es decir, de mi caja de fusiles. Mejor dicho, ahora sé que aquello era un queso de Limburg, pero por aquel entonces no había oído hablar de este artículo en toda mi vida, y, como es muy natural, ignoraba completamente su carácter. Bien, pues; el tren avanzaba rápidamente a través de la tormentosa noche. La terrible tempestad arreciaba furiosamente; sentí que se apoderaba de mí, insensiblemente, una triste desdicha, y mi corazón sintióse abatido, abatido, abatido... El viejo conductor del expreso exteriorizó una brusca consideración, o dos, sobre la tempestad y el tiempo ártico; cerró de un tirón las puertas corredizas y pasó las aldabas; cerró herméticamente su ventanilla, y luego empezó a andar bulliciosamente de una parte a otra, arreglando las cosas, canturreando durante todo este tiempo, en voz baja, y desafinando extraordinariamente, la canción Dulce inminencia. Al poco rato empecé a sentir un olor pésimo y penetrante que se deslizaba quedamente a través del aire helado. Eso abatió aún más mi valor, porque, naturalmente, la atribuí a mi amigo desaparecido. Era realmente algo infinitamente aflictivo sentir que se procuraba mi recuerdo de esta muda y patética manera; así que a duras penas pude contener mis lágrimas. Además, me preocupaba en gran manera el viejo conductor; temía que se diese cuenta de ello. Sin embargo, continuó canturreando y no demostró nada; se lo agradecí profundamente. Se lo agradecí, es verdad, pero no dejaba por eso de estar inquieto, y a cada instante que pasaba aumentaba mi inquietud, porque aquel olor, a medida que el tiempo pasaba, volvíase más insoportable. Al cabo de un rato, habiendo dejado las cosas a su entera satisfacción, el viejo conductor recogió un poco de leña y encendió un fuego tremendo en su estufa. Aumentó con ello mi pesar de forma tal, que no es posible expresarlo con palabras, porque yo no podía dejar de comprender que aquello era una equivocación. Estaba completamente seguro de que el efecto sería deletéreo para mi pobre amigo desaparecido. Thompson (así se llamaba el conductor, como descubrí en el transcurso de la noche) empezó a escudriñar todos los rincones del vagón, tapando grietas y haciendo todo lo posible para que, a pesar de la noche tormentosa que hacía en el exterior, pudiésemos pasarla nosotros de la manera más confortable posible. Nada dije, pero creí que no elegía el mejor camino. Entretanto, también la estufa empezó a calentarse hasta ponerse al rojo vivo y a viciarse el aire del vagón. Sentí que me mareaba, que palidecía, pero lo sufrí en silencio y sin decir palabra. No tardé en reparar que la Dulce inminencia se apagaba lentamente, hasta que cesó del todo y reinó un ominoso silencio. A los pocos minutos el conductor dijo: 

—¡Qué asco! Seguramente no será de cinamomo la leña que he puesto en la estufa. Gruñó una o dos veces; fue en dirección al ataúd... quiero decir la caja de fusiles; detúvose cerca de aquel queso de Limburg un momento y luego volvió y sentóse a mi lado, pareciendo como si estuviera en gran manera impresionado. Luego de una pausa contemplativa, dijo, señalando la caja con un ademán: 

—¿Amigo suyo? 

—Sí —respondí suspirando. 

—Estará maduro, ¿verdad? 

Permanecimos en silencio, casi diría por espacio de dos minutos; no nos atrevíamos a decir nada; demasiado preocupados estábamos con nuestros propios pensamientos. Luego Thompson dijo en voz baja, espantada: 

—A veces no es seguro si están muertos de verdad o no lo están. Parecen muertos, ¿sabe? Tienen todavía el cuerpo caliente y flexibles las articulaciones; así que, aunque pienses que están muertos, no lo conoces de una manera cierta. Es algo verdaderamente terrible, porque ignoras si, en un momento dado, se levantarán lo más satisfechos del mundo y te mirarán fijamente. 

Luego después de una pausa, y levantando ligeramente su codo hacia la caja, dijo: 

— ¡Pero él no está sólo dormido! No, señor, no; ¡de éste sí que lo aseguraría! Nos sentamos algún rato, silenciosamente pensativos, escuchando atentamente el viento y el rugir del tren. 

Luego Thompson dijo, con voz ternísima: 

—Al fin y al cabo, todos tenemos que hacer nuestro paquetito un día u otro: nadie se escapa. Hombre nacido de mujer es cosa de pocos días, hay de él para poco rato, como dice la Sagrada Escritura. Sí, mírelo usted como quiera; es terriblemente solemne y curioso: nadie puede regresar; todo el mundo tiene que irse, todo el mundo; es la pura verdad. Se encuentra usted un día sano y fuerte —al decir esto se puso de puntillas y rompió un cristal, y sacó fuera la nariz un momento, y luego se sentó de nuevo, mientras yo, a mi vez, me esforzaba para encaramarme y sacaba mi nariz por el mismo sitio, y así continuamos moviéndonos de vez en cuando—, y al día siguiente le arrancan a usted, y aquellos lugares que le habían conocido no le conocen ya más, como dice la Sagrada Escritura. Sí, verdaderamente, es algo espantosamente solemne y curioso: todos tenemos que marcharnos un día u otro, y nadie escapa a esta fatalidad. 

Hubo de nuevo una larga pausa. Luego: 

—¿De qué murió? 

—Dije que lo ignoraba. 

—¿Cuánto tiempo hace que está muerto? 

Creí que lo más prudente era exagerar los hechos, por no parecer fuera de las probabilidades; así pues, dije:

—Dos o tres días. Pero de nada me sirvió, porque Thompson recibió mis palabras con una mirada fría, ofendida, que evidentemente significaba: "Tres o cuatro años, quiere usted decir". Después, marchó tranquilamente hacia la caja, estuvo unos momentos allí, y luego, volviendo rápidamente, contempló el cristal roto, observando: 

—Habríamos disfrutado de un golpe de vista endiabladamente mejor en todo alrededor si lo hubiera enviado usted el pasado verano. 

Sentóse Thompson y encerró su rostro en su rojo pañuelo de seda, y empezó a balancearse poco a poco, meciendo su cuerpo, como quien saca fuerzas de flaqueza para soportar algo casi insoportable. En aquel entonces, la fragancia (si de ello podemos llamar fragancia) casi ahogaba. La cara de Thompson volvíase pálidamente gris; yo sentía que la mía había perdido completamente su color. Pronto Thompson descansó su frente sobre su mano izquierda, con el codo apoyado sobre su rodilla, intentando hacer revolotear el rojo pañuelo hacia la caja con la otra mano. Y dijo: 

—Más de uno he trajinado en mi vida (y más de uno considerablemente recocido, también); pero por Dios, este los gana a todos. Comparados con este capitán, ¡aquéllos eran heliotropos! 

Esta especial designación de mi pobre amigo me dejó satisfecho, a pesar de las tristes circunstancias, porque tenía todo el aspecto de un cumplido. 

Pronto a todas luces fue evidente que se precisaba hacer algo. Entonces propuse encender unos cigarros. Thompson creyó que era una buena idea. Dijo: 

—Es posible que esto le ponga algo mejor. Echamos largo rato espesas bocanadas de humo con todo el cuidado, e hicimos cuantos esfuerzos pueden imaginarse para creer que las cosas habían mejorado; pero todo fue inútil. Al cabo de un rato ambos cigarros cayeron quedamente de nuestros insensibles dedos al mismo tiempo. Thompson dijo suspirando: 

—No; el capitán no mejora un ápice. De hecho, empeora; parece como si esto aguijoneara su ambición. ¿Qué partido cree usted que sería mejor tomar ahora? 

No me sentí capaz de sugerir ninguno; había tenido que sufrir tanto todo el rato, que no tenía ni fuerzas para hablar. Thompson empezó a refunfuñar de una manera inconexa y abrumadora sobre los tristes experimentos de aquella noche, y tomó la costumbre de referirse a mi pobre amigo aplicándole diferentes títulos, a veces militares, a veces civiles; y reparé que al mismo tiempo que aumentaba la eficiencia de mi amigo, Thompson le ascendía en consecuencia: le aplicaba mayor título. Al fin, dijo:

—Se me ha ocurrido una idea. Supongamos que nos agacháramos y diésemos al coronel un pequeño empujón hacia el otro extremo del vagón, unos diez pasos, por ejemplo. ¿No os parece que entonces no sería tanta su influencia? 

Por mi parte dije que me parecía bueno el proyecto. Así que respiramos profundamente aire fresco por el cristal roto, calculando conservarlo hasta terminar nuestro cometido. Luego nos dirigimos hacia allí, inclinándonos sobre aquel queso mortífero, y cogimos fuertemente la caja. Thompson hizo con la cabeza una señal: "Listos" y entonces nos echamos hacia delante con todas nuestras fuerzas; pero Thompson resbaló y cayó de bruces, con la nariz sobre el queso, perdiendo completamente el aliento. Y empezó a sentir náuseas, ganas de vomitar, y movía torpemente su boca, y pegó un salto y echó a correr hacia la puerta, dando patadas y gritando roncamente: 

—¡Dejadme! ¡Paso libre!... ¡Me muero!... ¡Paso libre!... Cuando nos encontrábamos en la fría plataforma sostuve un rato su cabeza y pareció como si volviera en sí. Inmediatamente dijo: 

—¿Cree usted que hemos apartado algo al general? 

Dije que no; ni se había movido del sitio. 

—Bien, pues no nos queda otro remedio que abandonar esta idea. Debemos pensar en otra cosa. El hombre se encuentra bien donde está, creo yo; y si ésos son sus sentimientos y ha tomado la decisión de no dejarse estorbar, puede usted apostar lo que quiera, que lo que es él no se dejará convencer ni por el más pintado. Sí: mejor es que lo dejemos donde está y que allí se quede todo el tiempo que le plazca; dispone en su juego de las cartas mejores, ¿sabe usted?, y es inútil que por nuestra parte nos esforcemos en torcer su suerte. Siempre seremos nosotros los que saldremos perdiendo. 

Pero tampoco podíamos quedarnos fuera con aquella loca tempestad que nos habría helado mortalmente. Así que volvimos a entrar, cerramos la puerta y empezamos a sufrir de nuevo y a tomar turno para respirar el fresco por el agujero de la ventana. Al poco rato, cuando salíamos de una estación donde nos habíamos detenido unos momentos, Thompson entró a grandes zancadas, y exclamó: 

—¡Vamos, ahora sí que la cosa marchará bien! Me parece que ahora vamos a despedirnos del comodoro. Creo haber logrado en esta estación el material a propósito para desarmarle de una vez. 

Era ácido fénico. Tenía como una media vasija. Salpicó ácido fénico a su alrededor por todas partes. Tanto esparció, que lo empapó todo: caja de fusiles, queso y todo lo demás que había por allí. Al terminar esta operación nos sentamos, henchidos nuestros corazones de esperanza. Pero nuestra satisfacción no debía durar mucho rato. ¿Comprendéis? Los dos perfumes empezaron a mezclarse, y entonces. . . Nada, que muy pronto tuvimos que salir de nuevo al exterior, y que, una vez fuera, Thompson enjugó su cara con el pañuelo de seda rojo, y dijo, completamente descorazonado: 

—Es en vano. No tenemos manera de deshacernos de él. Precisamente se aprovecha de cuanto imaginamos para modificarlo, poniendo en ello su olor. ¿Sabe, capitán, que ahora nos encontramos cien veces peor que cuando empezó a soltarse? En mi vida he visto otro tan desalado en su cometido y que parara en ello tan condenado cuidado. No, señor; jamás en mi vida, con el tiempo que hace que estoy empleado en el ferrocarril. Y cuente usted, como le decía antes, que he llevado una infinidad. 

Entramos de nuevo, porque no podíamos soportar el frío terrible que se apoderaba de nuestros cuerpos; pero ahora era imposible permanecer allí dentro unos segundos. Así que no nos quedó otro remedio que bailar un vals y sacando la nariz a medias ora adelante ora atrás, helándonos y deshelándonos y ahogándonos a intervalos. Al cabo de una hora, poco más o menos, nos detuvimos en otra estación; y cuando el tren arrancó de nuevo, Thompson compareció con un saco y dijo: 

—Capitán, voy a hacer otra prueba, la última; y si con esto no le abrumamos, no nos toca otro remedio que echarlo todo por la borda y salir pitando. De esta manera acostumbro explicar el cómo y el por qué. 

Traía un montón de plumas de gallina, y manzanas secas, y hojas de tabaco, y harapos, y zapatos viejos, y azufre, y asafétida, y algo más; lo amontonó sobre una cierta extensión de placa de hierro, en el suelo, pegándole fuego. Cuando éste hubo tomado impulso, no llegué a comprender cómo era posible que el mismo cadáver pudiera soportarlo. Cuanto habíamos experimentado hasta entonces era poesía comparado con aquel tremendo olor; pero, entendámonos bien, el primitivo olor sobresalía en medio de todos los demás, tan soberano como siempre. De hecho parecía como si todos aquellos otros resabios le dieran más empuje; y, ¡vaya!, ¡con qué abundancia se desparramaba! No hice estas reflexiones allí dentro (no hubo tiempo para ello), sino en la plataforma. Y mientras huía hacia ésta, Thompson cayó medio ahogado, y antes de que yo le arrastrase al exterior, como lo hice, cogiéndolo por el cuello, estuve en un tris de caer yo mismo desvanecido. Cuando recobramos el sentido, Thompson dijo completamente abatido: 

—No nos queda más remedio que quedarnos en la plataforma, capitán. Tenemos que permanecer aquí quiérase o no. El gobernador quiere viajar solo, se ha empeñado en ello. Así que él tiene que ganar la partida. 

Y seguidamente añadió: 

—Y, ¿lo comprende usted?, estamos envenenados. Este es nuestro último viaje, podéis estar completamente seguro de ello. Una fiebre tifoidea, he aquí lo que saldrá de todo esto. Por mi parte empiezo a sentir que me viene encima, ahora, ahora mismo. Sí, señor; hemos sido predestinados, tan cierto como que ha nacido usted. 

Una hora después fuimos retirados de la plataforma, completamente helados e insensibles, en la estación siguiente, y yo caí inmediatamente en una fiebre virulenta, sin recobrar el conocimiento por espacio de tres semanas. Supe más tarde que pasé aquella terrible noche con una caja de inofensivos fusiles y un queso magníficamente inocente; pero cuando esto me comunicaron era ya demasiado tarde para salvarme: la imaginación había hecho su recorrido, y mi salud quedó alterada para siempre. Ni las Bermudas ni otra tierra alguna me la puede devolver jamás. Este es mi último viaje, y me voy derechito hacia casa, a morir.




15 jun. 2011

Mark Twain - El vendedor de ecos

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¡Desdichado caminante! Su actitud humilde, su mirada triste, su ropa, de buena tela y buen corte, pero hecha jirones —último resto de un antiguo esplendor—, conmovieron aquella cuerda, solitaria y perdida, que llevo en lo más oculto de mi corazón, desierto ahora. Vi la cartera que el forastero tenía bajo el brazo y me dije:

—¡Contempla, alma mía! ¡Has caído una vez más en las garras de un viajante de comercio!

¿Cómo librarme de él? ¡Vano intento! ¿Quién se libra de ninguno de ellos? Todos tienen un no sé qué, algo misterioso que interesa.

No me di cuenta de la agresión; recuerdo sólo el momento en que era todo oídos, todo simpatía para escuchar las palabras del hombre de la cartera.

Su narración comenzaba así:

—Era yo muy niño, ¡ay!, cuando quedé huérfano de padre y madre. Mi tío Ituriel era bueno y afectuoso. En él encontré un tierno apoyo. Era el único pariente con que yo contaba en esta inmensa soledad de la tierra. Mi tío poseía bienes de fortuna y disponía de ellos generosamente. No sólo me educó, sino que satisfizo todos mis deseos, o, por lo menos, me proporcionó los goces que pueden comprarse con oro.

"Terminados mis estudios, partí para hacer un viaje por el extranjero. Iba acompañado de un secretario y de un ayuda de cámara. Durante cuatro años, mi alma sensible fue una mariposa que revoloteó por los jardines maravillosos de las playas lejanas. ¿Me perdonará usted el empleo de esta expresión? Soy un hombre que siempre ha hablado el lenguaje de la poesía. En esta ocasión me siento más libre para hablar así, porque en los ojos de usted adivino una chispa de fuego divino. Viajando por los países lejanos, mis labios probaron la ambrosía encantadora que fecunda el alma, el pensamiento y el corazón. Pero lo que, sobre todo, me interesó, lo que solicitó el amor que mi naturaleza tributa a lo bello, fue la costumbre que tienen los ricos de coleccionar objetos elegantes y raros. Y así fue como en una hora funesta sugerí a mi tío Ituriel la idea de que se dedicara al pasatiempo exquisito del coleccionista.

"Le escribí una carta en la que mencionaba la colección de conchas formada por un caballero, y otra de pipas de espuma de mar. Refería mi visita a un nabad que tenía millares de autógrafos indescifrables, de esos que adora un espíritu naturalmente dispuesto a las cosas nobles. Y gradualmente mi correspondencia fue de un interés cada vez mayor, pues no había carta en que no mencionase las chinas únicas, los millones de sellos postales, los zuecos de campesinos de todos los países, los botones de hueso, las navajas de afeitar... Tardé poco en darme cuenta de que mis descripciones habían producido los frutos que yo esperaba de ellas. Mi tío empezó a buscar un objeto digno de interesarle como coleccionista. Usted sabe, sin duda, la rapidez con que se desarrolla un gusto de este género. El de mi tío no fue gusto; fue furor, antes de que yo tuviese conocimiento exacto de los avances de aquella pasión dominadora. Supe que mi tío no se ocupaba ya en su gran establecimiento para la compra y venta de puercos. Pocos meses después se retiraba de los negocios, no para descansar, no para recibir el premio de sus afanes, sino para consagrarse, con una rabia delirante, a la busca de objetos curiosos. He dicho que mi tío era rico; pero debo agregar que era fabulosamente rico. Puso toda su fortuna al servicio de la nueva afición que lo devoraba. Comenzó por coleccionar cencerros. En su casa, que era inmensa, había cinco salones llenos de cencerros. Se diría que en aquella colección había ejemplares de todos los cencerros del mundo. Sólo faltaba uno, modelo antiquísimo, propiedad de otro coleccionista. Mi tío hizo ofertas enormes por ese precioso cencerro; pero el rival no quiso desprenderse de su tesoro. Ya sabe usted la consecuencia de esto. Colección incompleta es colección enteramente nula. El verdadero coleccionista la desprecia; su noble corazón se despedaza; pero, así y todo, vende en un día lo que ha reunido en veinte años. ¿Para qué conservar una causa de tortura? Prefiere volver su mente hacia un campo de actividad virgen aún.

"Esa fue la resolución que tomó mi tío cuando vio que era imposible adquirir el cencerro final. Coleccionó ladrillos. Formó un lote colosal, del interés más palpitante. Pero volvió a presentarse la misma dificultad y volvió a romperse el corazón del grande hombre. Un día vendió su colección al afortunado bolsista que, después de retirarse de los negocios, tuvo la dicha de adquirir el ladrillo único, el que sólo existía en su museo. Mi tío probó entonces las hachas de sílex y otros objetos que remontan a la época del hombre prehistórico; pero casualmente descubrió que la misma fábrica de antigüedades proveía a otros coleccionistas en condiciones idénticas. ¿Qué hacer? Se refugió en las inscripciones aztecas y en las ballenas disecadas. Nuevo fracaso, después de fatigas y gastos increíbles. Cuando su colección parecía perfecta, llegó de Groenlandia una ballena disecada, y a la vez se recibió de la América Central una inscripción que dejaba reducidas a cero todas las adquisiciones anteriores de mi tío. Éste hizo esfuerzos inimaginables para quedarse con la ballena y con la inscripción. Logró, en efecto, adquirir la ballena; pero otro aficionado se adueñó de la inscripción. Sabéis que un auténtico jeroglífico azteca es de tal valor, que si alguien llega a adquirirlo, antes sacrificará su familia que perder tal tesoro. Mi tío vendió las inscripciones, inútiles por falta de la inscripción definitiva. Su encanto se había desvanecido. En una sola noche, el cabello de aquel hombre, que era negro como el carbón, se quedó más blanco que la nieve.

"Mi tío reflexionó. Un nuevo desengaño lo mataría. Resolvió entonces tomar como objeto de su experiencia algo que nadie coleccionaría. Pesó cuidadosamente el pro y el contra de la decisión que iba a tomar, y una vez más bajó a la arena para luchar con denuedo. Se había propuesto iniciar una colección de ecos.

—¿De qué? —pregunté.

—De ecos, señor; de ecos. Primero compró un eco de Georgia. Era un eco de cuatro voces. Después compró uno de seis en Maryland. Hecho esto, tuvo la fortuna de encontrar uno de trece repeticiones en Maine. En Tennessee le vendieron, muy barato, uno de catorce, y se lo vendieron barato porque necesitaba reparaciones, pues una parte de la roca de reflexión estaba partida y se había caído. Supuso que, mediante algunos millares de dólares, podría reconstruir la roca y elevarla para aumentar su poder de repetición. Desgraciadamente, el arquitecto no había hecho jamás un solo eco, y en vez de perfeccionar el de mi tío, lo echó a perder completamente. Antes de que se emprendiera el trabajo el eco hablaba más que una suegra; después podía confurdírselo con una escuela de sordomudos. Mi tío no se desanimó y compró un lote de ecos de dos golpes, diseminados en varios Estados y territorios de la Unión. Obtuvo un descuento del 20 por 100, en atención a que compraba todo el lote. La fortuna empezó a sonreírle, pues encontró un eco que era un cañón Krupp. Estaba situado en Oregón, y le costó una fortuna. Usted sabrá, sin duda, que en el mercado de ecos, la escala de precios es acumulativa, como la escala de quilates en los diamantes. Las expresiones son casi las mismas en uno y otro comercio. El eco de un quilate vale diez dólares más que el terreno en que está situado. Un eco de dos quilates, o voces, vale treinta dólares, más el precio del terreno; un eco de cinco quilates vale novecientos cincuenta dólares; uno de diez, trece mil dólares. El eco que mi tío tenía en Oregón, bautizado por él con el nombre de "Eco Pitt", porque competía con el célebre orador, era una piedra preciosa de veintidós quilates, y le costó ciento dieciséis mil dólares. El terreno salió libre, porque estaba a cuarenta millas de todo lugar habitado.

"Yo entretanto había seguido un sendero de rosas. Era el afortunado pretendiente de la única y bellísima hija de un lord inglés, y estaba locamente enamorado. En la cara presencia de la beldad, mi existencia era un océano de ventura. La familia me recibía bien, pues se sabía que yo sería el único heredero de mi tío, cuya fortuna pasaba de cinco millones de dólares. Por otra parte, todos ignorábamos que mi tío se hubiese hecho coleccionista, o, por lo menos, lo creíamos poseído de una afición inofensiva, hija del deseo de buscar las emociones del arte.

"Pero sobre mi cabeza inocente se acumulaban las nubes tempestuosas del infortunio. Un eco sublime, conocido después en el mundo con el nombre del Kohinoor o "Montaña de la Repetición Múltiple", acababa de ser descubierto por los exploradores. ¡Era una joya de sesenta y cinco quilates! Parece fácil decirlo. Pronunciaba usted una palabra, y si no había tempestad, oía usted esa palabra durante quince minutos. Pero aguarde usted. A la vez surgió otro hecho. ¡Había un rival! Cierto coleccionista se levantaba frente a mi tío, en actitud amenazadora. Ambos se precipitaron para concluir aquel negocio único. La propiedad se componía de dos colinas, con un valle de poca profundidad que las separaba. Quiso la suerte que los dos compradores llegaran simultáneamente a aquel paraje remoto del Estado de Nueva York. Mi tío ignoraba la existencia y pretensiones de su enemigo. Para mayor desgracia, el eco era de dos propietarios: el señor Williamson Bolívar Jarvis poseía la colina oriental, y la otra estaba situada en un terreno del señor Harbison J. Bledso. La línea divisoria pasaba por la cañada intermedia. Mi tío compró la colina de Jarvis por tres millones doscientos ochenta y cinco mil dólares; en el mismo instante, el rival compraba la colina de Bledso por una suma algo mayor.

"No le será a usted muy difícil darse cuenta de lo que seguiría. La mejor y más admirable colección de ecos se había truncado para siempre, mutilado como estaba el rey de los ecos del universo. Ninguno de los dos coleccionistas quiso ceder, y ninguno de los dos consideraba de valor la parte de eco que había adquirido. Se profesaron desde entonces un odio cordial; disputaron; hubo amenazas por una y por otra parte. Finalmente, el coleccionista enemigo, con una maldad que sólo es concebible en un coleccionista, y eso cuando quiere dañar a su hermano en aficiones, empezó a demoler la colina que había comprado.

"Quería todo el eco para sí; nada dejaría en manos del enemigo. Quitando su colina y llevándosela, el eco de mi tío quedaría sin eco. Mi tío pretendió oponerse. El malvado repuso: 'Soy propietario de la mitad del eco, y me place suprimirla. Usted es dueño de la otra mitad, y puede hacer con ella lo que le convenga'.

"La oposición de mi tío fue llevada ante un tribunal. La parte contraria apeló ante un tribunal de orden más elevado. De allí pasó el asunto a un tercer tribunal, y así sucesivamente hasta llegar a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Esto no dio claridad al negocio. Dos de los magistrados del Tribunal Supremo dictaminaron que un eco es propiedad mueble, por no ser visible ni palpable. Se lo puede vender y cambiar; se le puede imponer una contribución, independientemente del fondo en que produce su sonido. Otros dos magistrados opinaron que un eco es inmueble, pues no se lo puede separar del terreno a que se halla adherido. Los miembros que no eran de uno u otro parecer declararon que un eco no constituye propiedad mueble o inmueble, y que no se lo puede hacer objeto lícito de un contrato.

"La resolución final dejó establecido como verdad legal que el eco es propiedad y las colinas también; que los dos coleccionistas eran propietarios, distintos e independientes, cada uno de la colina que había comprado, pero que el eco es una propiedad invisible, por lo que el demandado tenía pleno derecho para la demolición de su colina, puesto que le pertenecía en plena propiedad, si bien debía pagar una indemnización calculada sobre la base de tres millones de dólares por los daños que pudieran resultar a la parte de eco perteneciente al demandante. En el mismo fallo se prevenía a mi tío que no podía hacer uso de la colina de la parte contraría para la reflexión de su eco sin el consentimiento del interesado. Si el eco de mi tío no funcionaba, el tribunal lo sentía mucho, pero no podía remediar la situación, derivada de un estado de derecho. A su vez el otro propietario debía abstenerse de emplear la colina de mi tío con el mismo fin de reflejar sonidos reflejados primero en su propia colina, a menos que se le diese el consentimiento del caso. Naturalmente, ninguno de los dos quiso dar ese consentimiento en favor del vecino y adversario. El noble y maravilloso eco, soberano de todos los ecos, dejó de resonar con su voz grandiosa. La inestimable propiedad quedó sin uso ni valor.

"Faltaba una semana para la boda, y estaba yo más engolfado que nunca, nadando en el piélago de mi ventura, cuando llegó la noticia de la muerte de mi tío. Toda la nobleza de los alrededores y de otras muchas partes del reino se preparaba para asistir a mi unión con la hija del ilustre conde. Pero, ¡ay!, mi bienhechor había desaparecido. Todavía hoy siento el corazón atribulado, recordando aquel momento. A la vez que la noticia de la defunción, llegó el testamento del difunto. Yo era su heredero universal. Tendí el pliego al conde para que lo leyera. Yo no podía hacerlo, pues el llanto nublaba mis ojos. El noble anciano leyó aquel documento, y me dijo con tono severo: '¿A esto llama usted riqueza? Tal vez lo sea en el vanidoso país de donde usted procede. Veo, caballero, que la única herencia de usted es una inmensa colección de ecos, si se puede llamar colección algo que está disperso en todo un continente. Aún hay más: las deudas de usted le llegan hasta arriba de las orejas. Todos los ecos están hipotecados. Yo no soy duro ni egoísta, pero debo velar por el porvenir de mi hija. Si usted fuera dueño siquiera de un solo eco libre de todo gravamen, si pudiera usted retirarse con mi hija a vivir tranquilo en un rincón apartado y ganar el sustento, cultivando humilde y penosamente ese eco, yo daría de buena gana mi consentimiento para el matrimonio; pero usted está en las fronteras de la mendicidad, y yo sería un criminal si le diera a mi hija. Parta usted, caballero. Llévese usted sus ecos hipotecados, y le ruego que no se presente más en esta casa'.

"Celestina, la encantadora y noble hija del conde, lloraba desconsoladamente, y se colgaba de mi cuello con sus amantes brazos. Juraba que se casaría conmigo, aunque yo no tuviese el eco más insignificante en este mundo. Sus ruegos, sus lágrimas, su desesperación fueron inútiles. Se nos separó. Ella languidecía en su hogar, y un año después dejaba de existir. Yo triste y solo, arrastrándome penosamente por el camino de la vida, busco el reposo que nos reúna en el reino de los bienaventurados. Allí la maldad no tiene imperio; allí los desgraciados encuentran la morada de la paz. Si quiere usted dirigir una mirada a estos planos que traigo en la cartera, podrá adquirir un eco en mejores condiciones que cualquiera de los que le ofrezcan en el mercado. Aquí hay uno que costó diez dólares hace treinta años. No hay maravilla igual en Tejas. Se la dejaré a usted por...

—Permítame usted que lo interrumpa. Hasta este momento, querido amigo mío, mi existencia ha sido un continuo martirio, causado por los agentes viajeros. He comprado una máquina de coser que no necesitaba, puesto que soy soltero. He comprado una carta geográfica que contiene falsedades hasta en sus datos más insignificantes. He comprado una campana que no suena. He comprado veneno para las ratas, y éstas lo prefieren a cualquier otro alimento, pues las engorda más que el mejor queso de Flandes. He comprado una infinidad de inventos impracticables. Es imposible sufrir más de lo que he sufrido. Aun cuando me regale usted sus ecos, no los quiero. ¿Ve usted ese fusil? Lo tengo para los viajantes de comercio. Aproveche usted la oportunidad, y huya antes de que la cólera me ciegue. No quiero derramar sangre humana.

Él sonrió dulcemente, con expresión de profunda tristeza, y entró en consideraciones de orden filosófico.

—Usted sabe —me dijo— que quien abre su puerta a un viajante de comercio, debe sufrir las consecuencias. El mal está hecho.

Discutimos, pues, durante una hora, y al cabo de ella, yo acabé por transigir. Compré un par de ecos de dos voces cada uno, en condiciones que no eran del todo malas. Para mostrarme su gratitud, el viajante me dio otro eco que, según me dijo, no tenía salida, pues sólo hablaba alemán. Había sido políglota, pero quedó reducido a aquel idioma gutural por desperfectos en el órgano de reflexión.


Imagen: © CORBIS


14 may. 2010

Mark Twain - Sobre la decadencia del arte de mentir

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Ensayo para ser leído y discutido en reunión del club de historiadores y anticuarios de Hartford, propuesto para el premio de treinta dólares . Ahora publicado por primera vez.*


Observen bien, no pretendo insinuar que la costumbre de mentir haya sufrido decadencia o interrupción algunas... no. Y es que la mentira, en tanto virtud y principio, es eterna; la mentira en tanto recreación, respiro y refugio en tiempos de necesidad, la Cuarta Gracia, la Décima Masa, la mejor y más segura amiga del hombre, es inmortal, y no desaparecerá de la faz de la tierra mientras exista este club.

Mi queja se refiere sólo a la decadencia del arte de mentir. Ningún hombre de principios, ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así prostituido. En presencia de tan nutrido grupo de veteranos, naturalmente abordo el terna de manera tentativa; soy como una solterona tratando de enseñar puericultura a quienes han sido madres por milenios. No me quedaría bien criticarlos a ustedes, caballeros, pues todos son mayores que yo —y superiores a mí en este asunto— y, por ende, si de vez en cuando parezco hacerlo, confíen en que, en la mayor parte de los casos, lo hago con espíritu de admiración más que por buscarles los defectos. Es más, si ésta, la más bella de las bellas artes, hubiera recibido en otras partes la atención, el aliento, la práctica consciente y el desarrollo que ha recibido en el presente club, no necesitaría yo pronunciar este lamento o derramar lágrima alguna. No lo digo para adularlos: lo digo en un espíritu de reconocimiento y apreciación justos.

(En este punto había tenido la intención de mencionar nombres y dar ilustraciones de especímenes precisos, pero los indicios observables a mi alrededor me aconsejaron evitar los detalles y ceñirme a las generalidades.)

No existe hecho más firmemente establecido que el de considerar la mentira como una necesidad de nuestras circunstancias…por tanto, la deducción de que es una virtud, por sabida se calla. Ninguna virtud puede llegar a su máximo esplendor sin ser cuidadosa y diligentemente cultivada...; por ende, se cae de su peso que ésta debería enseñarse en las escuelas públicas, al calor del hogar, y hasta en los periódicos. ¿Qué posibilidades tiene un mentiroso ignorante y poco cultivado al lado de un experto educado? ¿Qué posibilidades tengo yo con Mr. Pe.... un abogado? Mentiras juiciosas es lo que el mundo necesita. A veces pienso que sería aún mejor y más seguro no mentir en absoluto, que hacerlo con falta de juicio. Una mentira torpe y poco científica suele ser tan ineficaz como la verdad.

Veamos ahora qué opinan los filósofos. Observen este venerable proverbio: “Los niños y los tontos siempre dicen la verdad”. La deducción es obvia: “Los adultos y los sabios nunca la dicen”. Parkman, el historiador, comenta: “El principio de la verdad se puede llevar hasta el absurdo”. En otro lugar del mismo capítulo escribe: “Es viejo el dicho de que no se debe decir la verdad todas las veces, y aquéllos cuya conciencia enferma los preocupa y los lleva a la violación habitual de la máxima son imbéciles y latosos”. Las palabras son fuertes, pero verdaderas. Nadie podría vivir con alguien que todo el tiempo ande diciendo la verdad; pero, gracias a Dios, nadie tiene que hacerlo. Alguien que a toda hora dice la verdad es simple y llanamente un ser imposible e inexistente; jamás ha existido.

Claro que hay quienes piensan que jamás mienten: pero se equivocan... y esta ignorancia es uno de los aspectos que nos hacen sentir vergüenza de nuestra mal llamada civilización.Todo el mundo miente, todos los días, a toda hora; despierto, dormido, en los sueños, en medio de la dicha, en su hora de dolor; aunque no mueva la lengua, ni las manos, ni los pies, ni los ojos, con la actitud expresa el engaño... y lo hace ex profeso. Aun en los sermones... pero basta ya de la cantinela.

En un país distante, donde viví hace tiempos, las mujeres solían salir a hacer visitas con el pretexto humanitario y noble de quererse ver, y cuando regresaban a sus casas exclamaban con voz de contento:

—Hicimos dieciséis visitas y he aquí que catorce personas habían salido.

Con ello no querían decir que les había parecido malo que las catorce hubieran salido; no, ésta era sólo una manera de querer decir que no estaban en casa... y su modo de decirlo expresaba lo mucho que les había gustado el hecho. Ahora bien, su pretensión de querer ver a las catorce —y a las otras dos con las que habían tenido menos suerte— es la forma de mentira más común y más suave, que se ha descrito muchas veces como desviación de la verdad. ¿Fue justificable? Claro que sí: fue hermosa y fue noble, pues su objetivo no fue obtener beneficios propios sino procurar un placer a las dieciséis personas.

El traficante de verdades empedernido manifestaría con franqueza que no quería ver a esas personas... y sería un burro, pues infligiría un dolor del todo innecesario. Y, además, esas mujeres de aquel lejano país... pero, no importa, tenían miles de agradables maneras de mentir, producto de sus impulsos nobles, que daban crédito a su inteligencia y honor a sus corazones. Qué importan los detalles.

Los hombres de aquel lejano país eran, sin excepción, mentirosos. Hasta su saludo era una mentira, porque a ellos no les importaba cómo estuviera uno, a no ser que fueran empresarios de pompas fúnebres. Al preguntón normal le daban una respuesta mentirosa también, pues uno no hace un diagnóstico concienzudo de su estado sino que contesta al azar, y por lo general se equivocaba de cabo a rabo. Le mentían al empresario de pompas fúnebres, diciéndole que la salud les estaba flaqueando... mentira totalmente loable, pues no cuesta nada y complace al otro. Si un extraño lo visitaba a uno y lo interrumpía, con los labios uno pronunciaba un caluroso: “Encantado de verte” y con el corazón, un más caluroso: “Ojalá estuvieras con los caníbales y fuera hora de la cena”. Cuando se iba alguien, se decía con lástima: “¿Ya te tienes que ir?”, seguido por un ‘Volvemos a hablar”, pero no se hacía ningún daño con ello, porque no se engañaba a nadie ni se infligía lesión alguna, mientras la verdad los habría hecho desgraciados a los dos.

Me parece que esta forma cortés de mentir es un arte amable y fascinante, que debe cultivarse. La perfección más elevada de la cortesía no es más que un hermoso edificio, construido, desde la base hasta el techo, con las modalidades doradas y graciosas del embuste altruista y caritativo.

Lo que me parece execrable es la incidencia, cada vez mayor, de verdades brutales. Hagamos lo que esté en nuestras manos para erradicarlas. Una verdad injuriosa no vale más que una mentira injuriosa. Ninguna debe ser enunciada jamás. El hombre que dice una verdad injuriosa por miedo a que no se salve su alma si hace lo contrario, debería pensar que esa clase de alma estrictamente hablando no vale la pena salvarse. El hombre que dice una mentira para sacar a un pobre diablo de un lío, es aquel del que los ángeles sin duda dicen: “Loor, he ahí un alma heroica que pone en peligro su propio bienestar para socorrer al vecino; exaltemos a este mentiroso que muestra tanta magnanimidad”.

Una mentira injuriosa no es digna de encomio; así como, y también en el mismo grado, no lo es una verdad injuriosa.., hecho reconocido por la ley del libelo.

Entre otras mentiras comunes tenemos la silenciosa: el engaño que se hace simplemente quedándonos callados y ocultando la verdad. Muchos defensores a ultranza de la verdad caen en tal defecto, al imaginarse que no están siendo mentirosos si no dicen expresamente una mentira. En aquel país lejano donde alguna vez residí, existía una persona encantadora, una dama cuyos impulsos eran siempre elevados y puros, y cuyo carácter les hacía honor. Un día que estaba comiendo allí, comenté, de modo general, que todos mentimos. Ella se sorprendió y dijo:

—No todos.

Como esto sucedía en tiempos posteriores al Pinafore, no respondí lo que naturalmente liaría, sino que dije con franqueza:

—Sí, todos.., todos somos mentirosos; no hay excepciones.

Aparentando estar muy ofendida, dijo:

— ¿Me incluye también a mí?

—Ciertamente --dije—, creo que hasta clasifica como experta.

Entonces respondió:

—¡Calle! ¡Los niños! —de modo que cambiamos el tema en consideración a la presencia de los infantes, y seguirnos hablando de otras cosas. Pero tan pronto se retiraron éstos, la dama muy entusiasmada volvió al tema y dijo:

—Tengo por regla de vida nunca decir una mentira, y jamás me he apartado de ella ni en un solo caso.

Yo le contesté:

—No quiero herirla o faltarle al respeto de ninguna manera, pero es imposible haber dicho más mentiras que las suyas desde que ha estado aquí. Y me ha ocasionado mucho dolor, porque yo no estoy acostumbrado a eso.

Ella me pidió un ejemplo.., sólo uno. Entonces dije:

—Bien, aquí tiene el duplicado vacío de un formulario que el hospital de Oakland le envió con una enfermera que vino aquí a cuidar a su sobrinito en su grave enfermedad. En este formulario hacen toda clase de preguntas relacionadas con la conducta de la enfermera: ¿Se durmió alguna vez en su vigilia? ¿Alguna vez olvidó dar la droga?, etc. Le advierten que sea muy cuidadosa y explícita en sus respuestas, porque la buena marcha del servicio depende de que las enfermeras sean multadas o se las castigue por las faltas cometidas. Usted me contó que estaba fascinada con esa enfermera, pues tenía mil cualidades y un solo defecto: que no podía confiarse en que arropara a Johnny lo suficiente mientras él esperaba en el aire frío a que ella le tendiera la cama caliente. Usted llenó el duplicado de este papel y lo envió al hospital por conducto de la enfermera. Cómo respondió usted a la pregunta “¿Fue culpable alguna vez la enfermera de un acto de negligencia que pudiera dar como resultado que el paciente se resfriara?”. Vamos, aquí en California..., todo se decide con una apuesta: diez dólares contra diez centavos a que usted mintió cuando contestó esa pregunta.

—¡No la contesté; la dejé en blanco! —dijo ella.

—Eso mismo… usted dijo una mentira silenciosa; dejó que se infiriera que no había encontrado ningún defecto en ese punto.

-¿Oh, era eso una mentira? ¿Y para qué mencionar su único defecto siendo ella tan buena...? Habría sido cruel —dijo ella.

Contesté:

—Uno siempre debe mentir cuando puede hacer un bien con la mentira, y su impulso fue correcto, pero su juicio pobre; esto es el producto de una práctica poco inteligente. Ahora observe el resultado de esta desviación inexperta suya. Usted sabe que Willie, el hijo de Mr. Jones, está gravísimo, pues padece de fiebre escarlata. Resulta que su recomendación fue tan entusiasta que esa muchacha está allá cuidándolo, y sus familiares, que estaban exhaustos, se confiaron y se quedaron profundamente dormidos las últimas catorce horas, dejando a su hijo querido con plena confianza en esas manos fatales, porque usted, al igual que el joven George Washington, tiene reputación de... sin embargo, si usted no tiene mejor programa, mañana vengo para que asistamos juntos al entierro, porque, claro está, supongo que usted sentirá un peculiar interés en el caso de Willie...; un interés personal, de hecho, como la persona que lo llevó a la tumba.

Pero todo eso se perdió. Antes de que yo llegara a la mitad de lo que iba a decir, la mujer se montó en un coche y a treinta millas por hora se embocó hacia la mansión de los Jones para salvar lo que quedara de Willie y relatar cuanto sabía de la enfermera fatal. Todo lo cual era innecesario, pues Willie no estaba enfermo; yo había mentido. Pero en todo caso, ese mismo día envió unas palabras al hospital para llenar el espacio vacío que había dejado sin contestar, y estableció los hechos, además, de la manera más franca y directa.

Bien; como ustedes pueden ver, el problema de esta mujer no estaba en que mintiera, sino en que no lo hiciera de manera juiciosa. En ese caso debió haber contado la verdad, y haberle compensado a la enfermera con una alabanza fraudulenta más adelante. Podría haber dicho: “En un aspecto, la enfermera es el non plus ultra de la perfección: cuando está de guardia, jamás ronca”. Casi cualquier mentirilla agradable le habría sacado el veneno a esa complicada pero necesaria formulación de la verdad.

La mentira es universal.., todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de mentir para ventaja de los demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con firmeza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pusilánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo. Sólo así nos desharemos de la verdad hedionda y pestilente que está corroyendo la tierra; sólo así seremos valiosos, buenos y bellos, moradores meritorios de un mundo en el que incluso la naturaleza benigna suele mentir, excepto cuando promete mal tiempo. Sólo entonces..., pero no soy más que un pobre estudiante nuevo de este arte gracioso, y no soy nadie para instruir a este club.

Hablando en serio, creo que es imprescindible examinar con inteligencia qué tipos de mentiras son las mejores y más saludables, dado que todos tenemos que mentir y que todos mentimos; y qué tipo de mentira es mejor evitar. Considero que esto es algo que con toda confianza puedo poner en las manos de este club de expertos, una entidad madura, a la que puede ponérsele el epíteto a este respecto, y sin adulación inmerecida, de “Maestra Emérita”.

*No acepté el premio

8 may. 2008

Mark Twain en Stormfield, 1909 (Filmado por Thomas A. Edison)

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Mark Twain y Mary Baker Eddy, un film de Val Kilmer

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