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2 dic. 2012

Sergio Pitol: Marina Tsvietáieva

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Arrebatados cuan lejos, Marina, y
cuan dispersos aun en el más íntimo
pretexto. Donadores de signos, no más.
Rainer María Rilke


He pasado los últimos meses leyendo a Marina Tsvietáieva. Entre mis libros rusos tengo las ediciones de Moscú de 1979 y 1984, todas las traducciones al castellano, debidas a la pasión de Selma Ancira, las italianas prologadas por Serena Vitale, la poesía en francés y un amplio volumen de prosa en inglés con texto preliminar de Susan Sontag, así como las biografías de Anastasia Tsvietáieva, su hermana, Simón Karlinski y Veronique Lossky. Los fui adquiriendo desde hace varios años, y sin embargo había leído sólo a trozos, sin continuidad alguna. En tiempos del deshielo, el periodo que sucedió a la revelación de los crímenes de Stalin, su nombre se me hizo familiar. Ehrenburg en sus memorias resalta su importancia en la poesía rusa y se convierte en el abogado de su sombra, de las de Mándelstam y Babel, para reeditar sus obras y mostrarlas a una generación que nada sabía de su paso por la vida y del esplendor que introdujeron al idioma. Durante mi estancia en Moscú, estuve presente en infinitas reuniones donde siempre había alguien discutiendo hasta la madrugada los enigmas que su vida y la de su familia concitaban. Si fue o no cierto que en su fase final en Moscú, en sus años de proscrita, de apestada, se había encontrado con Anna Ajmátova, y si lo fue, qué sucedió en aquellas visitas, de qué hablaron, en qué tono, con qué resultados. Unos decían que en una larga caminata por los bosques, una tarde de invierno, envueltas en chales de lana, Ajmátova le recitó de memoria su Réquiem, mientras Marina movía los labios y las manos simulando estar conversando, o discutiendo de algo, para confundir a sus observadores de oficio. Otros sostenían que esas veladas no tuvieron ningún calor, que Ajmátova temía a Tsvietáieva, que conocía su temperamento destemplado, su arrogante imprudencia, de modo que en las dos únicas veces que se vieron, ella se mantuvo a la defensiva, la trató con educación, porque era una verdadera dama, y también con compasión por su tragedia, porque su corazón era inmenso, y así todos daban versiones diferentes siempre elogiosas de Ajmátova, una mujer adorada por todos, y juraban que provenían de personas absolutamente confiables: el médico de alguna de ellas, o una amiga de Anastasia, la hermana de Tsvietáieva, con quien compartía la casa, o un maestro que las conoció a ambas, y podían pasarse noches enteras en recorrer las listas de amores que se le conocieron a Tsvietáieva y lo calamitosa que podía ser en ese sentido, una peste, una ladilla, por la persecución a que sometía a jóvenes que la admiraban como escritora o por su personalidad irrepetible, por todo lo genuino que había en ella, pero que no podían ni querían responder a sus demandas ya que poseían una sexualidad diferente que los colocaba en situaciones imposibles. Y sobre ese tema podían extenderse hasta lo infinito porque algunos de mis amigos eran estudiantes de teatro y habían sido alumnos y de alguna manera también amigos de quienes fueron, medio siglo atrás, los efebos asediados por la libido desmedida de aquella intrépida amazona. Y si se hablaba de la familia Efrón, de Marina, de Serguéi el marido, de Ariadna, la hija que acababa de morir en aquellos días (cuando yo trabajaba en Moscú), de Mur, el hijo, era cosa de jamás acabar. Uno de los mayores enigmas que seguramente ya no lo ha de ser ahora, puesto que se pueden consultar los archivos de la KGB, es por qué, si Serguéi Efrón, el marido, era un agente importante del espionaje soviético, como algunos señalan, vivió siempre con su familia en una miseria que rozaba la mendicidad. Había yo leído poemas en antologías de la poesía rusa, algún relato y muchos artículos sobre ella. Por incitación de Selma Ancira comencé este año leyendo a la gran poetisa; me estrené con las pruebas de prensa de un libro de 1929 sobre la pintora Natalia Goncharova, que ella acababa de traducir, y he seguido leyéndola hasta hoy.

El siguiente libro en ese maratón de lectura fue Un espíritu prisionero, recién publicado por Galaxia Gutenberg, en Barcelona. El ensayo más relevante del libro es una espléndida semblanza de Andréi Bély, escrita en 1934, al enterarse de la muerte del célebre autor de Petersburgo. La escritura de Tsvietáieva en los años treinta alcanzó una distinción notable y su prosa fue absolutamente original; todo ensayo en su pluma se convierte en una búsqueda del propio ser y de su entorno, lo que, claro, no es novedoso, pero sí lo es el tratamiento formal, la segura y audaz estrategia narrativa. Ella inventa una construcción diferente del discurso. En su escritura de ese periodo, los treinta, siempre autobiográfica, todo se transforma en todo: lo minúsculo, lo jocoso, la digresión sobre el oficio, sobre lo visto, vivido y soñado, y lo cuenta con un ritmo inesperado no exento de delirio, de galope, que permite a la misma escritura convertirse en su propia estructura, en su razón de ser.

Un espíritu prisionero es el ejemplo perfecto de este tipo de ensayo que escribió en sus últimos años; consiste en la creación de una atmósfera, retratos incompletos, no le interesa hacer biografías, pocos datos, más bien tics, extravagancias, digresiones sobre la escritura, el entorno, fragmentos de conversaciones, un sentido del montaje tan efectivo como el de Eisenstein; nada parecería importante, pero todo es literatura. La relación de amistad entre Bély y Tsvietáieva fue breve, unos cuantos meses, dos o tres nada más, en el animado Berlín de 1922, mientras Marina espera a su marido al cual no ha visto en siete años, que deberá recogerla para irse a Praga donde él estudia filología en la Universidad Carolina. Bély le imploró conseguirle un cuarto cerca del suyo, porque Berlín lo deprimía, temía morirse, le traía a todas horas malos recuerdos, su esposa se había fugado con alguien impresentable, decía, lo había abandonado para siempre, y a Moscú no se atrevía a volver, pues antes de salir había quemado para siempre todas las naves, de modo que un regreso podría ser peligroso, fatal. Tsvietáieva consiguió la habitación, pero él no recibió su carta porque en su desesperación había regresado a Rusia, de donde jamás volvió a salir. Tsvietáieva se enfureció por ese paso en falso, sin suponer que ella haría lo mismo, en circunstancias peores y, desde luego, con resultados fatales.

Las ediciones de Tsvietáieva, así como sus biografías, están ilustradas con fotografías de la escritora y los demás dramatis personae que la rodean. Ver los rostros de los personajes de esta tragedia, a través de las circunstancias temporales, significa leer una escritura más profunda. La primera foto que aparece en Un espíritu prisionero es la que prefiero; se trata de una pareja elegante, con una armonía interior que ilumina las figuras y el paisaje. Los personajes están sentados en la hierba de un bosque posiblemente cercano a Moscú. Parece ser un otoño muy entrado o el inicio suave del invierno. Llevan abrigos fuertes, bufandas de lana y cabeza cubierta. En ese instante evidentemente son felices; eso se deja ver en cada milímetro de la foto, desde luego por estar juntos en aquel hermoso bosque, me imagino, y, sobre todo, por volverse a reunir en su país natal, que habían abandonado muchos años atrás. Son un padre y una hija: Serguéi y Ariadna Efrón, es decir el esposo y la hija de Marina Tsvietáieva. La fecha de la foto es 1937, cuando la hija decidió regresar a Moscú a trabajar en una agencia de prensa, y también el año en que llegó Efrón, meses después, huyendo de la policía francesa que consideraba podía estar inmiscuido en un crimen político. Ni una sombra de preocupación se advierte en el cuadro rebosante de felicidad que revela la fotografía: un puro idilio. Menos aún se podría vislumbrar la tragedia que se iba a cernir muy pronto sobre ellos. En los momentos de esa dicha, Marina Tsvietáieva y Mur, el hijo menor, permanecen en Francia en condiciones económicas desesperadas, sin amigos, sin techo, rodeados por una hostilidad general. Pasan dos años y al fin la familia se reúne en una aldea, a un paso de Moscú. Dos meses después, Ariadna es arrestada y posteriormente condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia; a los pocos días Serguéi Efrón sigue el mismo destino, pero su condena es más dura: la pena capital. El segmento filomarxista de la familia desaparece sorpresivamente, y no en espacio enemigo, sino en el supuestamente propio. En cambio a Marina, la aristócrata, la que ha escrito poemas elegiacos a las guardias blancas, la que proyecta un poemario en el que cantaría la grandeza de la familia del zar, la enemiga de los bolcheviques, no se le toca; pero queda desprotegida en Moscú, con atroces dificultades económicas, en un mundo de terror, donde varios de sus amigos cercanos han desaparecido, secuestrados también por la policía política. El príncipe Sviátopolk-Mirski, su amigo, el más sutil historiador de la literatura rusa, el primero que la elogió en el extranjero y con eso concitó hacia ella el odio tribal de los rusos de París, retornado también a la patria y convertido al marxismo, desapareció como su hija, su marido y su hermana Anastasia, cuyo apoyo daba por seguro. Algunos otros amigos corren peligro, les han requisado sus casas, no pueden ayudarla. Ella no lo entiende. Supone, como la totalidad de los rusos exiliados en París, que cualquier intelectual que no combatiera abiertamente al gobierno tiene poderes especiales en el interior. Llega la guerra mundial; los alemanes cruzan las fronteras soviéticas. El caos es inmenso. Marina y su hijo pasan de un cuartucho a otro en un Moscú cada vez más precario. Gueorgui, el querido Mur, a quien ha tratado toda la vida como una mera extensión de su cuerpo y de su espíritu, se rebela: la acusa de destruir a su padre y a su hermana debido a actitudes irreflexivas, falta de tacto y soberbia; de ese modo, seguramente dentro de poco acabarían con ellos. Es el golpe más fuerte. Aquel hijo envuelto siempre en papel celofán para no ser tocado ni por el aire le reprocha su poca intuición para sobrevivir, la hostiga, la hace responsable por hacer todo lo que no debía hacerse. En efecto no sobreviven, Tsvietáieva acaba por suicidarse en 1941 y Gueorgui es enviado como interno a una escuela para hijos de padres enemigos de la patria, luego se incorpora al ejército y marcha al frente, donde, por supuesto, sucumbe, parece que en 1944.

De ellos sólo Ariadna sobrevive y resiste con inconcebible energía los ocho años de campo de concentración. En 1948, al cumplir su condena, es liberada, para meses después ser arrestada otra vez y sentenciada de por vida a residir en una región atroz de la Siberia Boreal, en un clima donde los termómetros llegaban a registrar hasta cincuenta grados bajo cero, donde soporta aún seis años, hasta ser rehabilitada a la muerte de Stalin. En circunstancias infrahumanas, Ariadna comienza a establecer, desde aquel punto perdido en los mapas, contacto con familiares y amigos de su madre, escritores contemporáneos, editores, redactores, todos aquellos que pudieran tener conocimiento del paradero de los papeles de su madre. Tsvietáieva, antes de volver a Moscú había depositado en un instituto literario de Suiza algunas carpetas con escritos que podían poner en peligro a la familia, los poemas políticos en elogio de los blancos: Campamento de cisnes, Perekop, y los fragmentos de uno último aún no terminado: La familia del zar, o tan íntimos que le resultaría letal saber que hubiesen sido leídos por ojos enemigos, una mínima gota en el inmenso mar de su producción. Lo demás, todo, puede decirse, quedó desparramado en casas de amigos, o de gente que fue amiga y se volvió enemiga, o que le negó el acceso por miedo a comprometerse. Al volver del exilio, Ariadna hurgó las señas de redacciones de Moscú, Berlín, Belgrado, Praga, París, y se informó de ediciones difícilmente localizables y textos publicados en revistas y periódicos inexistentes desde hacía décadas, y también los inéditos. Gracias a la metódica y sacrificada actividad de su hija, el cuerpo de la obra quedó completo, salvo algunas astillas menores. Casi todo lo recuperado ha sido publicado. Ariadna, antes de morir, entregó en custodia a un Instituto de Literatura soviético varias carpetas que consideró inconveniente dar a conocer antes del año 2000. Este legado podrá darnos grandes sorpresas. Es posible que algunos enigmas queden aclarados. La respuesta a la obra de Tsvietáieva ha conocido en las dos últimas décadas un carácter de epifanía, una revelación inmensa e inesperada. Durante los años del comunismo de guerra, en época de hambruna, de caos, de incertidumbre, solas en un Moscú caótico, cuando Serguéi Efrón estaba fuera, adscrito al ejército regular zarista y luego al Ejército Blanco del general Wrangel, la pequeña Ariadna fue la amiga más cercana de su madre, su confidente. A ratos Marina se volvía niña y en cambio la hija se transformaba en un fenómeno raro que asombraba a todos; leía lo que leía la madre, hablaba como ella, declamaba a Rilke y a Homero; los amigos de Tsvietáieva se quedaban atónitos ante su presencia. Era la primera a quien la madre le leía sus versos, sus textos en prosa, las cartas a sus familiares, colegas, amigos. Y la niña opinaba como si estuvieran entre pares sobre el ritmo, o la eficacia de tal o cual efecto que podría perfeccionar su escritura. Una década más tarde, en Checoslovaquia, al nacer su hermano Gueorgui, llamado Mur desde la cuna en homenaje al fabuloso gato de Hoffmann, Ariadna quedó desplazada y durante algún tiempo estuvo en un internado para niños rusos en el campo checo. Al regresar a su casa, aquel fenómeno infantil que manejaba la retórica con virtuosismo inconcebible se había transformado en una niña al borde de la adolescencia, casi normalizada. Se aleja de la madre, para quien Mur lo es todo, y cada vez más se acerca al padre, ese ser melancólico, delicado siempre de salud, relegado por todos, impotente ante la vida, o al que quería ver así. A partir de entonces, vivió a su sombra, y aceptó sus ideas. Para Efrón los años pasados en el Ejército Blanco fueron una pesadilla; quedó traumatizado por ellos. Por parte de padre era judío; su madre, aristócrata, fugada muy joven de su casa, militante de sociedades terroristas, pasó varios periodos tras las rejas, y terminó suicidándose, igual que su hijo mayor, al final de un juicio del que con seguridad hubiese sido condenada. El antisemitismo era una enfermedad endémica en los sectores reaccionarios del país; en Crimea, en la Galitzia ucraniana los progroms estaban a la orden del día. Cortarles las barbas a los judíos, destrozarles sus comercios, golpearlos era algo normal, un alegre deporte, sin importar que las víctimas fueran viejos, mujeres o niños. Si alguno moría de la golpiza, Nuestro Señor no se enojaría por ello, es más, hasta podría añadir indulgencias para rebajarle algunos pecados al golpeador. Incorporarse y vivir durante años entre esa gente que con toda naturalidad odiaba a alguien como él, judío, enfermizo, literato, no retirarse a tiempo, fue una de las mayores equivocaciones de esta historia. Por supuesto, hubo muchas otras más.

Durante siete años parece que se vieron sólo una vez clandestinamente, o de algún otro modo se valió él para darle a Marina noticias de su vida y anunciarle que derrotado el ejército del zar se incorporaría al Ejército Blanco en Crimea. La movidísima vida de Marina en Moscú en este tiempo es muy conocida; ella la tiene registrada en magníficos ensayos autobiográficos. Pasó miseria y hambre, aunque no parecía notarse demasiado porque medio mundo vivía de la misma manera. Por gestión de un conocido, después de morírsele su segunda niña por falta de recursos, consiguió una credencial para recibir una pequeña mensualidad y bonos alimenticios. Escribió varios libros que contribuyeron a afirmar su presencia literaria. Tuvo una vida amorosa variada, atropellada, intensa, exaltada y desdichada al mismo tiempo. Escribió un libro sin posibilidades de edición que consideraba el mejor de los hasta entonces escrito: El Campamento de cisnes, poesía civil, épica, el saludo a los mejores, los blancos, los combatientes contra la hidra revolucionaria de mil cabezas, los caballeros del bien entre quienes se contaba su amado Serguéi. En tantos años de no verlo, lo había convertido en una figura épica, era Sigfrido, era Parsifal y muy rara vez el pobre y enfermizo Serguéi, esa bella y dócil criatura con la cual había contraído nupcias en la adolescencia, de quien no sabía si estaba aún vivo, combatiendo contra el mal y por el bien de Rusia o enterrado en el sur en una tumba sin nombre. Al encontrarse por fin en Berlín, ella le presentó de inmediato a Andréi Bély, el gran simbolista ruso, presintiendo que se harían buenos amigos. Tsvietáieva escribió la escena: "Recuerdo la deferencia acentuada de Bély hacia él [Serguéi Efrón], la atención a cada una de sus palabras, la avidez particular del poeta por el mundo de la acción, una avidez con una pizca de envidia... no olvidemos que todos los poetas del mundo han amado a los militares". A Efrón nada le parecía más repelente que su reciente pasado militar; no lograba olvidar las humillaciones recibidas durante esos años, las crueldades con las que convivió. Le costó a Marina entenderlo, y más aún oírle decir que el movimiento político que se desenvolvía en Rusia era muy complejo y muy difícil entenderlo desde Europa, por eso los rusos cultos, como ellos mismos y sus amigos, no lograban comprenderlo; todos estaban educados a la europea, insistía. Rusia es sólo parcialmente europea, la otra parte de su espíritu es asiática. Cuando llegó a Berlín él leyó esos poemas ditirámbicos de su mujer a esos cisnes que sólo con la elegancia de su plumaje hubieran podido derrotar a los bolcheviques. Le dijo que nada de eso tenía sentido, ni estético ni ético. Publicar ese libro sería un error moral. Su prestigio quedaría manchado. Sería un agravio a los judíos asesinados por los cosacos, y a los mismos campesinos rusos despojados por los blancos, "sería un agravio a tu inteligencia y a la poesía", le dijo. "Lo mejor que puedes hacer", insistía, "es destruir, quemar esos papeles, y olvidarte de ellos. No son cisnes, Marina, son buitres, créeme." Marina se quedó muy perturbada, dejó de defender su obra en público porque Serguéi se lo impuso. Le encantó su tono militar, era una orden; pero no destruyó los poemas.

En los años de ausencia había inventado a un marido. No sabía después cómo tratarlo. El amor por él no era constante, se exaltaba y se diluía. Así fue siempre. En 1915 le escribía a su cuñada: "Amaré a Seriocha toda la vida, me siento infinitamente cerca de él y no lo abandonaría por nadie. Le escribo casi a diario. Él sabe todo lo que me ocurre. Trato de hablarle poco de la cosa más triste (la muerte de Irina, su segunda hija). Tengo un peso terrible en el corazón. Todas las mañanas me despierto con ese peso".

Y sin embargo en esos mismos días ella vivía una pasión tumultuosa y a la vista de todos con Sofía Parnok, una poetisa de segundo rango.

El reencuentro en Berlín fue difícil. El tiempo los había cambiado. Eran otros y desde entonces lo siguieron siendo hasta el fin. Serguéi descubrió que en el poco tiempo que Marina pasó en Alemania esperándolo, mantenía relaciones amorosas con alguien más. Se lo escribió a un amigo común, el poeta Voloshin, en cuya casa de campo en Yalta se conoció la pareja. En esa carta decía que había descubierto que Marina tenía un amante; ofenderse por eso no tenía sentido, siete años habían pasado sin verse y en todo ese tiempo ella había sido libre como lo habían convenido al casarse. Le escribía por algo más serio, anunciarle que primero había pensado disolver el matrimonio, y decidido abandonar a Marina. Lo enfermaban sus estúpidos amoríos, que el último amante, del que ella decía estar apasionada como nunca, era un hombre deleznable, un Casanova de segunda categoría; que su pasión de joven por ella había desaparecido, que había pensado dejarla sola, pero reflexionando más tarde decidió sacrificarse, pues sabía que Marina era débil y no lograría sobrevivir esas malas experiencias sin ayuda suya. Marina, por su cuenta, le escribía a una amiga que le era imposible vivir con Serguéi, que su sola presencia le corroía el alma. Pero sabía que sin ella él perecería, "después de todo, vine desde tan lejos para reunirme con Serguéi. Sin mí se acabaría, por la sencilla razón de que es incapaz de manejar por sí mismo su vida". Ambos se convencieron de haberse sacrificado el uno por el otro para salvar su matrimonio. Para Marina la crisis fue intensa, grave, salió de ella destrozada en alma y cuerpo, pero como era sabido, cada uno de esos desastres invariablemente potenciaban sus poderes creativos. A partir de entonces, el matrimonio revistió otra forma. Efrón perdió cara ante sus compañeros en Praga; la cercanía del amante de Marina le resultaba extremadamente violenta, habían sido amigos desde jóvenes, ambos oficiales en el Ejército Blanco, y en Praga estudiaban juntos en la Facultad de Filología. A partir de entonces se inicia la intimidad entre padre e hija. Un pacto tácito de solidaridad para toda la vida.

No deja de ser paradójico que, desaparecidos todos, y de la manera atroz como se consumó el fin, el legado literario de Marina Tsvietáieva perdure gracias a esa hija tan alejada de ella en los quince últimos años de su vida, y que ella haya puesto toda la energía que le restaba después de sufrir quince años de castigo, para ordenar su archivo, reunirlo y clasificar los textos inéditos y su correspondencia. No se convirtió en una vida vicaria, sino triunfante. En sus últimos veinte años, Ariadna fue la madre de Marina, su conductora, el ama de su destino. Sin ella, no la podríamos leer.


Marina Tsvietáieva y su hija Ariadna Efron
Praga, 1924


En El viaje (Retrato de familia, I)
Mexico, Era, 2000
Foto: Sergio Pitol por Vasco Szinetar