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29 dic. 2012

Wells Tower - Leopardo

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Wells Tower @John Minihan


Buenos días.

No has dormido bien. No abras los ojos. Saca la lengua. Busca la pequeña calentura que tienes en el labio superior. Reza para que se haya curado durante la noche.

No ha habido suerte. Ahí sigue, la notas áspera cuando la rozas con la lengua, aunque es muy pequeña: el diámetro es menor al de la goma de un lápiz, pero parece mucho mayor. Tu madre dice que es un hongo, y siente menos pena por ti de la que debería.

Su sabor es mejor que su aspecto. Ese hongo recuerda a una hamburguesa minúscula, llena de grietas, marrón, justo en el centro de la pequeña zona aflautada entre el tabique nasal y el labio superior. Ayer, en el comedor, Josh Mohorn señaló aquel parecido en una mesa llena de amigos tuyos. Algo doloroso, teniendo en cuenta lo mucho que te gustaría ser Josh Mohorn.

Él se volvió hacia ti y te dijo:

—Eh, Yancy, ¿me harías un favor?

—Dime —respondiste, emocionado por el infrecuente placer de que Josh te hiciera caso.

—¿Te podrías sentar ahí? —te pidió, señalando el otro extremo de la mesa—. No puedo comer viéndote esa puta hamburguesa en la cara. —Hasta tú tuviste que admirar la sucinta poesía de esa frase, que enseguida propició que todo el mundo se burlara de ti y te llamara «Burger King» o «Hamburguesa» o «Vacuno», unos nombres que perduraron el resto del día y con los que seguramente te darán la bienvenida hoy al llegar al colegio. Tienes once años, la edad en que nuestras esencias empiezan a revelarse, irremediablemente, a uno mismo y al mundo. Del mismo modo que Mohorn es irremediablemente un as del fútbol y un as de la moda de cabello esponjoso y mocasines blancos de ante, tú eres un chico irremediablemente aquejado de hongos.

Hoy no vayas al colegio. Di que estás enfermo.

Tu madre entra para despertarte. Cuando está en casa siempre lleva unos vaqueros manchados de pintura y camisetas viejas a través de cuyas mangas deformadas le sueles ver el vello de las axilas. Pero esta mañana se ha vestido para ir al trabajo: lleva una blusa de satén azul y unos pantalones blancos y ajustados, prendas que apuntan a una vida secreta.

—No me encuentro bien —le dices.

—¿Te duele algo? ¿La tripa?

—Sí —respondes.

—Vaya por Dios —comenta ella—. Espero que no hayas pillado el virus ese que tiene todo el mundo.

—No sé lo que es —continúas, respirando de manera superficial—. Pero me duele.

Ella te coloca la mano en la frente y la deja ahí. Tiene el dorso frío y seco. Siempre le has admirado esas manos: dedos largos y finos, uñas limpias y curvadas que no necesitan esmalte. En el nudillo del dedo índice de la derecha se le ve un punto rojo y perfecto, como un sello de calidad del fabricante. Te mete los dedos para tocarte el pecho. Tienes la piel resbaladiza por el sudor. Has dormido, como siempre, con la ropa con la que vas al colegio, vaqueros y una cazadora, entre el caos crujiente de los libros y revistas que forman montones en tu cama. El año que viene cumplirás doce años, pero sigues disfrutando del sueño profundo e imperturbable de un niño pequeño. Podrías descansar plácidamente durante ocho horas en una caja.

Los dedos de tu madre te rozan el esternón, cosa que te incomoda. Hace poco te han aparecido en esa zona unos granos enormes y dolorosos. Notas cómo palpitan, humillados y avergonzados, cuando tu madre los toca. Esa parte de tu cuerpo constituye una fuente de preocupación, en parte porque, hace unos años, una niñera te dijo que durante la pubertad a todos los chicos les nace un punto débil en el pecho, como la fontanela de los bebés, y que se puede matar a alguien dándole un puñetazo en ese sitio. Esa niñera era muy mentirosa, ahora te das cuenta, incluso más que tú. Te contó que en Florida había una raza de payasos asesinos que llevaban cuchillos de cocina y que te perseguían si cometías algún pecado. También afirmaba que los médicos practicaban abortos haciendo que el niño naciera y después metiéndolo en un cubo y dejando que llorara hasta la muerte. Pero no estás del todo seguro de que mintiera en eso del punto débil. Esa idea te fascina. Te revuelves para apartarte de la mano de tu madre.

—¿Qué, quieres quedarte en casa?

Traga saliva otra vez. Cierra los ojos.

—No sé. Igual sí.

—Bueno.

Te da un beso y se pone de pie, agachando la cabeza para no chocarse con la litera superior, en la que guarda mantas y cajas con cosas suyas. Hace bien en tener cuidado. Hace poco te diste un golpe tan fuerte contra esa litera que la vista se te nubló y viste una luz blanca e intensa. Llevado por la rabia, atacaste a la cama con tu navaja y le infligiste heridas menores e insatisfactorias. Las pequeñas mellas y agujeritos del bastidor constituyen un deprimente recordatorio de un ataque absurdo.

En la estantería de detrás de tu cabeza está el radiocasete que te regaló tu padre por tu décimo cumpleaños. Tienes montones de cintas con tus canciones favoritas grabadas de la radio, por lo que todas ellas empiezan unos segundos tarde, pero no te importa. Te gustaría escucharlas, pero oyes a tu padrastro deambular por la cocina. Está montando un estrépito con los cacharros y dando patadas a las cosas, con tanta fuerza que supones que lo hace a propósito. No tocas el radiocasete porque no quieres que sepa que estás despierto.

Tu madre y él viven en medio de ocho hectáreas de un bosque tupido. Tu padrastro se cree una especie de pionero socialista y no tiene un trabajo normal. Está demasiado ocupado cuidando de los tres huertos enormes del terreno y partiendo troncos para el horno de leña de cuya compra convenció a tu madre. Lo que más valora es el esfuerzo: y en cuanto te descuidas aparece y te endilga una escoba o te da un cubo de ropa mojada para que la tiendas, o te manda a buscar leña o a limpiar un lavabo o a cavar una zanja. Su frase más característica es «Tengo un tarea para ti», y a veces la imitas para que tu madre se ría.

Pasas el dedo pulgar por la carne blanca y blanda del antebrazo, que aún tienes decolorada por una tarea que te viste obligado a hacer el verano pasado. Tu padrastro te obligó a desbrozar casi media hectárea llena de madreselva, maleza y enredaderas, en la que quería erigir un cobertizo. Cuando ibas por la mitad y él y tu madre habían salido, rociaste aquellos matojos con decapante y les prendiste fuego. Te cercioraste de tener cerca la manguera, pero las llamas no se descontrolaron. En una hora de incendio terminaste con el trabajo de tres días. Pero te quedaste impregnado de humo, y dos días después te salió una urticaria monstruosa. Te aparecieron ampollas en la manos, el cuello y los párpados. Luego se abrieron y se endurecieron configurando una multitud de joyitas marrones. El médico dijo que podías haber muerto si hubieras tragado el humo. Al enterarte lamentaste no haber inspirado un par de bocanadas: no tantas como para diñarla. Pero te gustaba la idea de tener que pasar una temporada en una cámara de oxígeno por culpa de una tarea que tu padrastro te había encomendado.

Si le respondes que no cuando te ordena que lo dejes todo para hacer un recado, eso se llama «insolencia». «Estoy harto de tu insolencia», declara; también dice: «Estoy hasta los huevos de tu insolencia.» Es un hombre delgado y frágil con gafas de montura metálica, pero ni su escasa corpulencia ni su forma de hablar, como si fuera un matón de película de tres al cuarto, disminuyen el miedo que te inspira. Te ha abofeteado unas cuantas veces. Hace poco, tu padre vino a recogerte y tu padrastro se peleó con él. Lo tiró al suelo, cogió una piedra del tamaño de un balón de fútbol e hizo el ademán de tirársela a la cabeza. Pero la soltó y se rió. A partir de entonces, durante muchos años, cuando pienses en tu padre, esa imagen de él, agazapado en el jardín, tapándose el cráneo con las manos para protegerse a la desesperada del impacto de la piedra, aparecerá de forma invariable. Cuentas los días que te faltan para cumplir dieciséis años, edad en la que has decidido arbitrariamente que podrás enfrentarte a tu padrastro en una pelea.

A las doce y media oyes el chirrido de la puerta principal y un portazo, y después el zumbido como de avispón que emite su triturador de hojas al ponerse en marcha. Se ha puesto otra vez a fabricar mantillo, una sustancia que parece apreciar más que la comida o el dinero. Ya puedes salir de la cama sin peligro. Vas a la cocina y te sirves un enorme cuenco de cereales. Te diriges con él al dormitorio de tu madre y de tu padrastro, donde se encuentra el único televisor de la casa. Te alegras un montón al encontrarte con la serie Mi bella genio en uno de los canales infantiles. Jeannie se ha rebotado porque, como regalo por la pedida de mano, los amigos del capitán Nelson han llenado la casa con obras de arte creadas por un genio pésimo, unas esculturas que emiten un ruido como de tripas. El vientre de Barbara Edén te excita muchísimo. Te sobas en la entrepierna. Casi al instante oyes que el triturador de hojas deja de funcionar. Apagas el televisor, corres a la cocina y te colocas delante de la mesa. Aparece tu padrastro, imbuido de un intenso olor a plantas. En el pecho y en los brazos brillantes se le han pegado hojas y fragmentos de tronco.

—¿Te encuentras mejor? —pregunta.

—No mucho.

Te pone una mano áspera en la frente. Esa mano desprende un delicioso aroma a gasolina.

—Pues no me parece que tengas fiebre.

—Lo que me duele es la tripa.

—¿Has vomitado?

—No —reconoces.

—Pues debes de sentirte mejor, de lo contrario no te habrías tomado esa leche. Si ya puedes tomar leche es que estás mejorando.

Tú no entiendes qué tiene que ver la leche con todo aquello, pero no quieres discutir con él.

—Es que me duele la cabeza —aduces—. He pensado que me vendría bien comer algo.

Él esboza una sonrisa suspicaz y resopla. Como eres un mentiroso joven normalmente no te cortas, pues piensas que los adultos tienen cosas más importantes que hacer que andar rebatiendo todas las mentirijillas que cuenta un niño. Pero da la impresión de que tu padrastro dispone de muchísimo tiempo para estudiar y poner en duda todo lo que sale de tu boca. Se pasa días enteros buscando pruebas que demuestren que las marcas de dientes de un lápiz son tuyas, aunque hayas negado haberlo mordido. El odio que sientes por él es absoluto e incesante, aunque eso sólo se debe a que tu mundo aún es pequeño, y él desempeña un papel demasiado grande en la historia de tu vida. El hecho de que él parezca detestarte con una energía y una dedicación semejantes a las tuyas constituye una prueba de que tu madre se ha casado con un niño malvado y peligroso.

—Deberías salir a que te dé el aire —afirma—. ¿Por qué no vas a buscar el correo?

Eso no es justo. El camino de acceso a la casa tiene casi un kilómetro de gravilla llena de surcos y se tarda quince minutos en recorrerlo y, que tu padrastro sepa, tú estás malo.

—¿Por qué? Ya lo cogerá mamá cuando venga a comer.

—Ve a buscarlo —insiste—. Te vendrá bien que te dé el aire.

—Es que estoy un poco mareado.

—Me apuesto un helado de chocolate con nata a que sobrevives.

Emprendes el camino con los pies descalzos y empiezas a cruzar el jardín. La tierra que pisas está repleta de túneles de topos. Es un caluroso día de otoño. La claridad del cielo confiere a los árboles el aspecto de un decorado de televisión con un fondo azul colocado detrás de ellos. Ya se te han quitado los callos del verano y la gravilla del camino pincha, lo que te obliga a caminar a saltitos y levantando mucho los hombros, como un pájaro que intenta volar. Le echas la culpa a tu padrastro de lo molesta que resulta la gravilla, y cada pocos pasos coges un puñado y lo lanzas al bosque, esperando que reponer esos puñados cueste mucho dinero.

Pasas al lado de la leña apilada y del corral. Pasas al lado de la franja del bosque en la que en cierta ocasión construiste una preciosa caseta que rodeaba la parte inferior de un roble. Estaba bastante bien hecha: la habías fabricado con ramas arrancadas por el viento talladas con una navaja, y para el tejado habías empleado agujas de pino. Un día, un chico de la nueva urbanización del otro extremo del bosque apareció y reñísteis. Al día siguiente encontraste la estructura de la caseta esparcida por el claro y tu alijo de chucherías poco apetecibles —anacardos crudos, chips de plátano— desparramado en el suelo. Le comentaste ese acto vandálico a tu padrastro, una mañana de domingo, cuando el chico y su familia habían salido a la iglesia, y los dos atravesasteis el bosque y os cargasteis la casa del árbol, muy cara, que había en la finca de los padres de ese chaval. Tu padrastro arrancó el tejado de zinc y destrozó la escalera con una palanca. Tú rompiste las ventanas de cristal tirando piedras, y el poder que sentiste te llegó a doler: los dos unidos en una misma tribu salvaje y justiciera.

Abres el buzón. Está hasta los topes de revistas, facturas, catálogos y folletos de supermercado en los que aparecen hileras de carne de ternera: al ver aquello te palpita la calentura del labio. Debe de haber cinco kilos de correo, una carga resbaladiza que un enfermo no debería acarrear. En la parte superior de la pila hay algo que te llama la atención. Es una octavilla hecha a mano con una imagen fotocopiada de algo que parece ser un leopardo. «Mascota perdida», se lee en ese papel, en cuya parte inferior hay un número de teléfono. Una brisa te roza el cuello. Te das la vuelta y escudriñas el bosque, aunque no ves nada. Las hojas todavía no se han caído y es imposible distinguir algo más allá de cinco metros. Vuelves a fijarte en la octavilla. El leopardo parece escuálido y poco amenazante, pero el corazón se te acelera un poco al saber que puede andar por ahí, caminando entre los aburridos montones de serrín de pino que hay cerca de tu casa, pisando con las patas moteadas, sin hacer ruido, las raíces de los árboles, las agujas de los pinos, los tesoros ocultos cubiertos de hojas y compuestos por latas de cerveza viejas y botes de medicamentos, allí arrojados por descuidadas personas de otros tiempos. Si hay un leopardo en las inmediaciones, el bosque ahora es un lugar famoso.

Desde el otro extremo del camino vuelves a oír el gemido que produce el triturador de hojas al arrancar, un ruido de una crudeza y de una estupidez sobrecogedoras, un insulto a los estremecimientos y los movimientos sutiles del bosque vivo que te rodea. Si ese leopardo anda por la zona, seguro que la profanación de ese silencio perpetrada por tu padrastro le resulta ofensiva. A un leopardo no le costaría nada atacarlo por detrás y llevárselo sin dejar rastro.

Es casi la una, la hora a la que tu madre llega a comer. No quieres quedarte solo en casa con él. Todavía te da rabia que te haya obligado a recorrer todo el camino el día en que estás enfermo, en tu día especial de descanso. Avanzas unos cuantos pasos y el plan se forma solo. Con mucho cuidado diseminas el correo en la gravilla, formando un abanico, para que parezca que lo han tirado de golpe. Te tumbas en el surco de un neumático y extiendes los brazos y las piernas para imitar la postura de una persona que se ha desmayado súbitamente. Cuando el coche de tu madre tuerza y acceda al camino, ella te encontrará ahí. Es posible que tenga que pisar el freno para no atropellarte, pero estás lo bastante alejado de la entrada y no crees que te arrolle sin darse cuenta. Bajará llorando y angustiada. Dejarás que te obligue a contárselo, lo que te ha pasado con tu padrastro, que te ha mandado a buscar el correo.

No te muevas. No te fijes en que la grava se te clava en la mejilla. No estropees la escena. Cabe la posibilidad de que ella no se lo trague. Ya se cree a medias lo que tu padrastro le dice de ti: que eres un pequeño embaucador incapaz de abrir la boca sin contar una mentira.

Un insecto, seguramente una inofensiva hormiga negra, te sube por la parte posterior de la pierna. Pasan muchísimos minutos. A medida que transcurre el tiempo, el subidón de euforia que al principio has sentido por la brillantez de tu estratagema empieza a perder fuelle y a convertirse en vergüenza. Decides esperar a que pasen diez coches por la carretera de asfalto, y si entonces tu madre no ha llegado, te levantarás y volverás a casa.

Se abre una puerta y la sensación de alarma te deja la lengua pastosa y caliente. Cierras fuertemente los ojos. Unos zapatos de suelas duras crujen en la gravilla mientras se acercan a ti. Alguien se agacha por encima de ti.

—¡Eh, chaval! ¡Oye! —Es la voz de un hombre, aguda e intranquila. Una mano te zarandea el hombro—. Chico, despierta.

El hombre respira entrecortadamente. Te sobresaltas cuando unos dedos calientes te tocan el cuello para buscarte el pulso. Deja que se te abran los ojos, no olvides parpadear con rapidez, como hacen los actores de cine cuando se recuperan de un desmayo. Lo primero que ves es un zapato de brillante piel negra, seguramente de plástico, que después da paso a la pernera gris de un pantalón de tela sintética, tan limpio y tan bien planchado que parece que lo han fabricado con un molde. Echas un vistazo al cinturón, en cuya funda hay una gran pistola negra; miras más arriba y distingues una placa de cromo en la limpia camisa gris. Es un hombre joven, con ojos saltones y un rostro grande y pálido enmarcado por unas patillas rubias bastante ralas.

—Tranquilo —te dice—, tranquilo.

Si hay alguien que tiene que tranquilizarse es el agente de policía, no tú. El hombre mueve esa cabeza enorme de un lado a otro para evaluar el estado de tu cuerpo, como el escrutinio histérico de un gallo que busca un escarabajo.

—¿Estás bien? —vuelve a preguntar—. ¿Te duele algo?

—No… creo que no.

—¿Vives aquí?

—Sí; estoy bien —afirmas. Te incorporas. El agente te pone una mano en el hombro.

—Tranquilo. —Se frota un ojo—. Dios mío. Me has dado un susto de muerte, chaval. Primero te he visto a ti y luego todo el correo desparramado. He pensado: «¡Santo Dios!» Me ha parecido que te podían haber disparado desde un coche, o que al menos te habían atropellado y se habían dado a la fuga. Mira esto —añade mientras te enseña que ha abierto la tapa de la funda de la pistola. Parece demasiado joven y demasiado nervioso para llevar un arma.

Te pregunta cómo te encuentras, si ya te has desmayado antes.

—No, estoy bien —le aseguras, poniéndote de pie—. Bueno, gracias. —Empiezas a recoger el correo. 

Con un poco de suerte volverá al coche patrulla, que tiene el motor al ralentí, y se marchará. Tu madre está a punto de volver de un momento a otro. No te queda mucho tiempo para esconderte detrás de la curva del camino, donde no se te ve desde la carretera, y volver a montar todo el espectáculo.

El agente te pone otra vez su voluminosa mano en el hombro.

—Ven. Sube al coche a refrescarte un poco.

Con su ayuda, recoges los sobres y los catálogos. Te hace pasar al asiento de copiloto del coche patrulla e inclina las dos salidas de aire del salpicadero para que te den directamente. Acelera el motor. La brisa que sale del salpicadero está deliciosamente fría e impregnada de un leve matiz medicinal, como la sala de espera de la consulta de un dentista. Tu madre no tiene nada que huela de una forma tan intensa y tan limpia.

En ese salpicadero sobresale el perfil de una escopeta con una abrazadera de metal. En el asiento corrido hay tirados otros artículos policiales: una gran linterna negra, un cuaderno en una funda de piel levemente marcial. Por algún motivo, esos objetos resultan más genuinos y más amenazadores que el rifle, cuya apariencia idéntica a lo que has visto en las películas le confiere un carácter irreal.

—¿Te encuentras bien? —insiste—. ¿No estás mareado ni nada?

—No —aseguras—. Ya estoy bien. Del todo.

—¿Y eso de ahí qué es? —pregunta mientras se señala el labio, donde tú tienes la hamburguesa.

—Ya me ha salido otra veces. Es un hongo.

El agente te contempla durante un instante. Los orificios nasales se le agrandan de asco. Coge el aparato de radio:

—Dos, cero, cinco; dos, cero, cinco —dice—. No hace falta que venga nadie a Rogers Road. Sólo es un chaval que se ha mareado un poco y que se ha desmayado. Todo va sobre ruedas —declara mientras te guiña un ojo, aunque no sabes muy bien por qué. Te das cuenta de que lo desprecias un poco por lo fácilmente que lo has engañado.

El agente sigue hablando:

—Te digo una cosa: esta tarde no me va a hacer falta el café. Después de verte ahí tirado voy a estar acelerado durante el resto del día. Joder, pensaba que nos habían asesinado a otro niño.

Aguzas los oídos al escuchar la palabra «otro». La primavera pasada encontraron a Samantha Mealey, una chica de nueve años de tu colegio de primaria, desnuda, en un arce del campo público de golf: una cuerda de tender la ropa le rodeaba el cuello. Tú te habías topado con ella en la parada de autobús unas semanas antes de su muerte. Era una niña bajita, descarada y lanzada, con una risa ronca y atractiva. Esa tarde, para gran disgusto de su hermano mayor, había estado intentando bajarles los pantalones a varios chicos y soltando palabrotas como si tal cosa. Era una chica excitante.

No has dado aún el primer beso, pero el sexo ya te preocupa. Los chicos que están dos cursos por encima del tuyo ya lo están haciendo. Cuando te enteraste de que el hombre que asesinó a Samantha Mealey la había violado antes de estrangularla, lo que pensaste fue lo siguiente: «Al menos no murió virgen», una idea que ni siquiera puedes contarles a tus amigos más gamberros.

Sientes un impulso incontrolable de empezar a hablar, de procurar no quedarte solo con los pensamientos relativos al asesinato de Samantha Mealey. Le enseñas la octavilla del leopardo al agente.

—¿Sabe usted esto? —le preguntas—. Un leopardo anda suelto.

Él coge la hoja y la estudia.

—Alguien lo tenía de mascota —añades.

—La verdad es que no sé qué tipo de persona tendría esto en su casa, pero estoy convencido de que no será gente muy recomendable.

—Narcotraficantes —propones.

—Es posible. O moteros —sugiere el agente—. Hay que ver lo que está cambiando esta zona. No hay quien la reconozca. Antes era un pueblecito tranquilo… Ahora se está convirtiendo en uno de esos sitios en los que puede pasar de todo.

Te devuelve la octavilla. Tú apoyas la mano en la puerta.

—Bueno, gracias —le dices—. Creo que me tengo que ir. Mi padre estará preguntándose dónde estoy. —Tiras de la manecilla. No se abre.

—No, chaval, a pie no vas a ir a ningún lado —te dice con un adusto cariño que te incomoda—. Te llevo. Si te vuelves a desplomar y te das un golpe en la cabeza, me metería en un buen lío.

Arranca el coche, que empieza a avanzar. Los arbustos sin podar y las ramas de los árboles lo rozan produciendo unos chirridos intermitentes que te avergüenzan.

—Gracias —le dices cuando aparece la casa—. Por traerme en coche y por todo lo demás.

Él se vuelve hacia el triturador de hojas, donde está tu padrastro, de espaldas a vosotros.

—¿Ése es tu padre? Creo que debería hablar con él —declara. No quieres que lo haga, pero tampoco puedes impedírselo.

Uno al lado del otro, el agente y tú atravesáis el jardín y os acercáis a tu padrastro. El suelo está cubierto por una hierba especial que emite una explosión de semillas cuando la pisas. Unas nubecillas estallan en torno a los zapatos brillantes del agente y le manchan el dobladillo del pantalón. Tu padrastro sigue metiendo hojas en el triturador hasta que tu acompañante está a menos de un metro de él. Entonces se da la vuelta. Escudriña al agente con los ojos entornados y después a ti. Chorrea sudor, lo que le riza el vello del torso desnudo y le forma docenas de remolinos oscuros. Apaga el triturador con un gesto hostil y abatido.

—¿Quién es usted? —inquiere.

—El agente Behrends, señor. Pasaba por aquí y he visto a su hijo tirado en el camino. Me he llevado un buen susto.

—Ya. —Tu padrastro se vuelve hacia ti. Los músculos que le rodean los ojos se le han tensado—. ¿Qué hacías tirado en el camino?

—No sé —respondes—. Me he mareado y después me he despertado. Supongo que me he desmayado.

—El correo estaba todo desperdigado; él estaba de bruces —añade el agente—. No sabía qué le podía haber pasado. Menudo susto. Pensé que a lo mejor le habían pegado un tiro.

—A lo mejor te has sentado y te has quedado dormido —propone tu padrastro al cabo de un instante—. Eso es lo que ha pasado, seguramente.

—No me he sentado —replicas. Es típico de él poner en duda tu historia, aunque tengas al lado a un representante de la ley que la corrobora—. Me he caído.

Él te agarra el mentón con los dedos índice y pulgar y te mueve la cabeza a derecha e izquierda, como si fuera un artículo cuya compra estuviera considerando.

—Pues qué caída tan suave —observa—. Cuando uno se desmaya se suele desplomar. No tienes heridas.

—No sé cómo me he caído —respondes—. No me estaba mirando.

—Muy bien. Entra en casa.

Pero no te mueves. No quieres entrar. El sol se esconde detrás de una nube. Algo —no sabes qué— está a punto de pasar. Lo presientes y te quedas ahí, sosteniendo el correo, rascándote con el borde afilado de una revista la barbilla, en la que hace poco un único pelo rizado ha osado salir.

—Ha sido una suerte increíble que lo haya visto en ese momento —interviene el agente. Da la impresión de que está intentando que tu padrastro le estreche la mano o le dedique unas palabras de agradecimiento, y eso te da pena—. Quién sabe… Alguien podría haber pasado a toda velocidad y haberlo atropellado. Hemos tenido suerte.

—Sí, mucha —responde tu padrastro. Te mira—. Entra en casa. Espera a tu madre.

Pero tú no te mueves. Entonces, en las ramas de detrás de la cuerda de tender la ropa, oyes que un palito se rompe, y el ruido de algo grande que alborota la sombra de los árboles. La respiración se te acelera y se te entrecorta. Cierras los ojos. Lo imaginas, al leopardo, los hombros que le suben y le bajan al atravesar corriendo el jardín.

—Eh —te dice tu padrastro, dándote una leve bofetada en la mejilla—. ¿Qué pasa? ¿Te has vuelto a desmayar?

No respondas. Escucha. Quédate quieto.


En Todo arrasado, todo quemado
Traducción: Ismael Attrache
Imagen: John Minihan