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6 mar. 2007

Un escritor al límite: entrevista a Héctor Tizón

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"La belleza del mundo" es la reciente novela de Héctor Tizón. En esta charla cuenta por qué, bajo un paisaje seco y bruñido como un desierto bajo el sol, anudó destinos que no están desligados del fracaso político de su región, el norte argentino, ni de una visión metafísica desencantada que encuentra sus consuelos más en el paisaje que en el amor.

Héctor Tizón eleva el mentón hacia el cielo, achina los ojos y ríe francamente. Ha escuchado que este reportaje se titulará "Tizón al borde del abismo" y además de reír, responde:

—Eso es cierto en varios sentidos.

Es que aquí, en San Salvador, el escritor vive en el barrio Los Perales, en una casa blanca colgada junto al ancho cauce del lecho por ahora seco del río Grande. Lo abismal, también rozó su existencia con una crisis de salud que, dice, le hizo ver por tercera vez la cara a la "desnarigada" como le dicen a la parca por estos pagos. Como tantas otras cosas, a los desencantos y a los riesgos, el escritor les pelea palabra por palabra. Es decir con otro libro, con otra novela que se llama "La belleza del mundo" que aquí distribuye Seix Barral. Arida y luminosa, ardua y consoladora, entre otras paradojas, Tizón avanza por un camino de polvo y de lenguaje, de distancias y de vínculos. Tizón, en sus comienzos, se sentía un escritor marginal. En 1958 la Cancillería lo destinó a México. Allí se dio cuenta de que su tono era común en Latinoamérica y ajeno en la Argentina.

- —Antes de esta sintonía que usted encuentra en México, aquí en Jujuy estaba el grupo Tarja, los escritores de la de la región ¿lo influyeron?

- —Claro, el poeta Raúl Galán, uno de los fundadores de Tarja, era amigo mío y con los demás, mantuve una relación de amistad. Pero lo curioso fue que nos propusimos rechazar una reivindicación de lo nativista. El primer editorial de Tarja habla de eso.

- —Sin embargo usted escribe con un fuerte tono local.

- —Por cierto inevitable. Uno no puede escribir desde cualquier lado porque se le va a notar.

- —¿Qué otras voces contribuyeron a su tono?

- —Sobre todo lo que decían esas voces de gente que no leía pero que poseía una sabiduría innata, un conocimiento sobre cosas esenciales de la vida. Eso sí tuvo una gran influencia en mí. inclusive, lo que aprendí de mi niñera, que era indígena. Claro que después tuve que acomodar toda mi teodisea porque, por ejemplo, en el mundo indígena, los dioses no están en el cielo sino bajo tierra.

- —¿Y qué puntos de contacto sintió acercándose a la literatura latinoamericana en México?

- —Rulfo y Yañez, otro gran novelista mexicano, también vivían huyendo del pintoresquismo por el pintoresquismo mismo.

- —En "La belleza del mundo", vuelve a ser muy fuerte la presencia del paisaje del norte. ¿Qué le da este paisaje como materia estética?

- —Es un mundo que está elaborado literariamente pero que tiene mucho del real, también. El desierto, para mí, tiene una presencia... -y voy a usar la palabra- mágica. Inclusive, uno se da cuenta ahí del porqué de la existencia de los anacoretas y de los profetas. Lo curioso es que en el desierto, el sentimiento religioso de la gente está relacionado a través de los santos patronos, no tanto de Dios y de la Virgen. Porque para ellos, la presencia de Dios en el desierto es absolutamente natural, como era, por ejemplo, para San Juan Bautista. Dios habita en el desierto. El desierto tiene el otro atractivo que es la economía de las palabras. Y por eso es que el lenguaje es tan esencial, es pura esencia. La gente no verbaliza muchas cosas. La vez pasada, estaba yo renegando, y una vieja me dice: bueno, pero a Dios no se le puede pedir que haga mejor las cosas, si no las ha hecho mejor es porque no pudo. Ese tipo de sabiduría es la que yo siempre escuchaba en la gente de mi casa. Y es la que existe aún.


Lo que se puede

Tizón se siente un escritor de los confines. Y hubo un tiempo en que la lejanía repartía ventajas y desventajas, en el que la desatención de los poderes centrales generaba como contrapartida la consolidación de lo propio, una idea del "nosotros" y una pertenencia fronteriza que ampliaba la cultura. Para el narrador aquel valor ambiguo está en cuestión. En "La belleza del mundo" se perciben desplazamientos en su perspectiva vital y regional.

- —Usted en "La belleza del mundo" en cuatro ocasiones dice 1) "Cada cual compra o vende lo que puede" 2) "Cada uno cree en lo que puede". 3) "Cada uno esquila sus ovejas como puede" 4) "El perro come de mi mano lo que pueda darle". Llama la atención la reiteración de este núcleo. Usted, como un hombre de la cultura y un hombre reflexivo, apuesta a la modificación del ser humano. Y de repente acá noto un cambio una especie de...

- —Resignación.

- —¿Por qué?

- —Es un sentimiento de la orfandad en que vivimos. Lo otro sería como una petulancia: yo haré tal cosa, sea como sea. Cuando uno sabe de antemano que no. Ni siquiera sabe hasta cuándo va a estar en esta tierra. Porque, como decía Stalin, que debe haber sido la frase más inteligente que dijo en su vida: "Al final, siempre gana la muerte".

- —En ese sentido, esta cosa del límite, de que cada uno vende, cree, esquila, come lo que puede, ¿es un conocimiento incorporado en esta etapa de su vida, y por eso está tan presente ahora, acá?

- — Sí, sí. Sí.

- —El paisaje, al que usted acude en "La belleza del mundo", es de pérdidas, de idas, de una tierra que no da demasiado ¿le da una resonancia nacional, de destinos nacionales, o más metafísica, más universal?

- —No, yo creo que es una metáfora de lo que nos está sucediendo. En definitiva, no gozamos de las mismas ventajas del país central, pero sí sufrimos casi todas las desventajas. Aquí se nota menos porque aquí siempre fuimos pobres. Y la gente pobre, pobre de solemnidad, diría yo, tiene mucho pudor de exhibirla. Inclusive, se nota con el uso del lenguaje, los diminutivos: cerquita, por ejemplo; o dame platita para comprar coquita. Es, en el fondo, como una especie de modestia. De nuevo está la gente de estos lugares en una actitud como frente al colono, creo que nunca hemos dejado de serlo. Aunque se tenga conciencia de que en realidad el país nació aquí, en el Alto Perú. La gente que estudió, para darle forma después a los movimientos independentistas del país, estudió en Chuquisaca, no en Córdoba, ni en Buenos Aires. A pesar de eso, la política que vino después, desmanteló el interior y la década del 90 lo terminó de liquidar.

- —Así que lo ve como una metáfora más política que metafísica.

- —Yo diría que las dos cosas.

- —¿Su concepción del tiempo es la que sale de esta frase: "El tiempo nos quita todo, y cuanto más amamos, más perdemos".

- —El disparador de esta novela fue darme cuenta de cómo el tiempo no pasa para todos de la misma manera. Muchos de nosotros, habiendo pasado, por ejemplo, un par de décadas, nos reencontramos con alguna persona, de la que fuimos contemporáneos, y es como si el tiempo no hubiera transcurrido para esa persona. Yo creo que son una especie de milagros del tiempo, que ocurren por diversas razones, pero sobre todo por cómo uno encara su propia vida, el hecho de envejecer de una manera más de prisa o más lentamente. Ese fue uno de los disparadores.

- —La impresión que queda es la del tiempo como aniquilador.

- —Al final siempre anochece. Esa conciencia nos acompaña desde que empezamos a vivir.

- —¿Es especialmente fuerte en estos parajes, esa relación con la muerte?

- —La desatención a la muerte es un hecho que sucede más bien en las ciudades. En el campo, en lo rural, la presencia de la muerte es mucho más elocuente. En las ciudades, ya, por ejemplo, no existe lo que se llamaba pompa fúnebre: Cuanto más rápido terminemos el asunto, mejor. En las familias, en la época en que yo era un chico, por ejemplo, a uno lo llamaban y le decían: "Se está muriendo la abuela, vayan a despedirse". Y uno iba, y la abuela le daba la mano, y... se despedía uno del muerto.

- —¿Y le parece que eso era más consolador?

- —Yo creo que tenía mucho más que ver con el hecho de que la muerte forma parte de la vida.

- —En "La belleza del mundo" hay un fracaso amoroso que determina un destino. Y hay un amor sin amor, expresamente confesado como como tal. Y después, está el regreso a estos parajes. No huele demasiado a conciliación, pero pareciera que hay una búsqueda de consuelo. Además, el libro se llama nada menos que "La belleza del mundo". ¿Ese regreso sin pasiones qué significa para usted?

- —Yo creo que el hombre se da cuenta de que se ha reencontrado consigo mismo cuando siente que las pasiones no siguen siendo el motor de su vida. Es cuando arroja el saco en un zanjón, con lo que tenía adentro, que eran restos de pequeños objetos que lo unían al pasado, y recomienza. Es decir, la posibilidad de recomenzar la da también la muerte de lo que amaba.

- —Es muy duro que el recomenzar tenga ese presupuesto.

- —Algunos atisbos de esperanza le quedan cuando vuelve.

- —Aparece una reconciliación con el paisaje.

- —Sí. Y con alguna cosa que le sirvió como referencia del comienzo de su propia vida. Pero nada más. Por eso, si se leen con cuidado las pocas palabras que se cruzan con la vieja, con Laya, que funciona ahí como la que le ve la cicatriz y descubre que era Ulises, se dará cuenta que ahí es donde descubre realmente que lo que está buscando ya no existe más. Y entonces es cuando muere en su propio corazón.

- —¿Cómo ubica esta novela, en el concierto de su obra?

- —Yo creo que tiene mucho que ver, o bastante que ver, con el mundo de "Extraño y pálido fulgor". Sobre todo en personajes que no pueden amar.

- —¿Esa imposibilidad de amar tiene que ver con el permanente fracaso de la política y una visión metafísica desconsolada, ¿o simplemente se trata de creación de personajes?

- —Yo le diría de nuevo las dos cosas. Fijesé que siempre se me atribuyen influencias que en realidad yo no reconozco por ejemplo, con el realismo mágico o con Rulfo. Y lo que pasa es que nadie ha leído con cuidado algunos libros con los que sí me siento yo identificado. Por ejemplo, con "Las almas muertas" de Gogol. En el fondo de lo que escribía Gogol estaban sus mundos de provincias y en el trasfondo de eso está la política de Rusia en ese momento.


La perplejidad del juez

Un juez que se precie es un hombre perplejo. Con su interpretación de la ley decide destinos. Si ese juez es un hombre responsable no puede menos que vivir azorado. Miembro —con licencia médica— del Tribunal Superior de Justicia de su provincia, Tizón dejará que los sobresaltos lo habiten sólo al enfrentar la página en blanco

- —Usted siente que está articulado un destino político, un destino individual y un destino metafísico.

- —Así es, está articulado. Y el hecho de vivir en estos confines, de tener la conciencia de que se puede aspirar a poco más que ser medianamente pobre y tener que permanentemente asumir la suerte del pionero, del hombre de frontera, incide mucho en lo que uno va a escribir.

- —El hombre de frontera y el hombre con un destino limitado. ¿Cuál sería el margen de libertad o de placer? Porque, insisto, su libro se llama nada menos que "La belleza del mundo".¿Antagoniza el título con el libro o abre una puerta?

- —Creo que abre una puerta. Porque a pesar de que se trata fundamentalmente de un hombre que no ha podido amar, tiene experiencias de rescate, vinculares. El descubre cómo fue el comienzo de su propia tragedia, en el pueblo, y puede seguir viviendo, y puede seguir mirando el cielo, el horizonte, el bosque, etcétera, se da cuenta de que en la vida hay más de una razón para seguir viviendo. Esa es un poco la razón del título.

- —¿Por qué, sabiendo de las limitaciones que le da ser hombre de frontera, ha vuelto a la frontera, teniendo todas las posibilidades de no hacerlo?

- —Porque yo no he vivido gratuitamente toda la vida. Aquí me han sucedido cosas a mí, a la gente que quiero y que me rodea, que hacen que realmente esté enclavado en este lugar.

- — ¿Cuáles son los consuelos del hombre de frontera?

- — Realmente... poder trascenderla. Como cuando todo el mundo se exiliaba en Bolivia, por ejemplo. Con Bolivia hay una comunidad por la forma y por la morfología del habla, por el arte culinario, y por muchas cosas más, que hacen realmente que esto sea una frontera ficticia, una frontera trazada porque se le dio la gana a Carlos III de que el Virreinato del Río de la Plata terminara ahí. Sin embargo ahora hay atisbos de discriminación, gente que dice: "Pero qué barbaridad, qué mal que estamos, nos estamos bolivianizando". Oiga, ¿pero qué quiere decir con eso? Porque usted está preconizando la limpieza de sangre. El vino puede ser purificado, pero la sangre no, la sangre sigue siendo la misma.

- —Está trabajando en sus memorias literarias. ¿Cómo es ese proyecto?

- —Trato de recuperar el vínculo con gente que para mí fue muy querida, por ejemplo Martínez Estrada, a quien conocí mucho, en México, y que siempre me descolocaba, porque así como tenía apreciaciones tan meticulosas y agudas, por ejemplo sobre Kafka, tenía tremendas fallas con respecto a la apreciación del país. Pero se trata de una autobiografía literaria que recorre aquellos personajes y la obra.

- —¿Tiene algún otro proyecto en marcha?

- —Tengo muchas ganas de escribir un libro sobre el desierto que para mí ha sido una experiencia única, y lo sigue siendo cada vez que voy. El hombre frente a la despoblación casi absoluta. El hombre a la intemperie. Tengo muchas notas y hablaba ahí de las cosas que realmente son esenciales. El agua o la falta de agua, el fuego, el amor, el odio, las características de la gente. Por ejemplo, prácticamente la delincuencia no existe.

- —Un ensayo...

- —Es una mixtura, también hay cosas de ficción. Por ejemplo, describo la vida de algunos outsiders que yo conocí ahí, de gente que venía de la generación que había construido el ferrocarril a Bolivia, de tipos que aparecían de pronto, así, en mi casa. Mi padre era funcionario ferroviario, y se corría a medida que avanzaba el riel.

- —¿Ha hecho un balance de su obra?

- —Me gustaría tener tiempo y hacer una antología yo. Porque realmente, de las centenares de páginas que uno ha escrito, lo esencial podría haber sido escrito en unas cuantas.

- —¿Qué estaría seguro en esa antología?

- —Estaría seguro "La casa y el viento" y "Luz de las crueles provincias" y algunos cuentos. Hay un cuento que particularmente me gusta , que se llama "Los árboles", que escribí en Holanda.

- —¿Sigue últimamente la literatura argentina?

- —Trato, sí, pero realmente, no me ubico. No sé qué quieren y de dónde escriben. No todos, algunos, ¿no?

- —¿Qué visión tiene de las últimas camadas? ¿Qué rechaza?

- —Rechazo la pedantería. Me parece una de las expresiones más desagradables.

- —¿Usted ve pedantería en los escritores de los 80 y de los 90'?

- —Sí. Yo tengo mucha relación con mis casi contemporáneos. Son amigos personales. Desde David Viñas hasta Juan José Saer. Pero con las últimas camadas siento que han sido contagiadas de esta especie de "me da lo mismo". Me da lo mismo hablar del norte de Irlanda que hablar de Pehuajó.

- —¿Usted se podría definir políticamente con alguna adscripción, con algún proyecto de país?

- —Le voy a contar una cosa. Mire, yo debo haber sido muy pequeño porque recuerdo que mi padre me llevaba de la mano, íbamos por la Avenida de Mayo, seguramente a algún hotel donde vivía —debe haber sido de las primeras veces que estuve en Buenos Aires—, y me dijo: "Mira, hijo, ese viejito que está ahí fue vicepresidente de la república". Era Elpidio González. Estaba vendiendo cositas, en una de esas mesas que los españoles llaman de puntapié. Yo no me voy a olvidar de eso, y sobre todo, me viene el recuerdo cuando conozco a los políticos actuales. Desde ese momento, yo creí sentirme un viejo yrigoyenista. Creo que en el fondo nunca he salido de esa forma de ver el país.

- — ¿Y hoy cómo ve la situación política?

- —La veo con preocupación por el zigzagueo del Presidente. Realmente no se sabe si marcha hacia un cambio o si se propone retroceder y volver a lo que ya conocemos.

- —Resulta llamativo que un escritor con un discurso crítico como es usted sea además un juez del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy. ¿Qué lugar le da a la justicia como institución en nuestro país?

- —Todos debiéramos darle el lugar que debe ocupar institucionalmente la Justicia, y que desgraciadamente no se le da. la Justicia es el último bastión —y esto no es una frase hecha— es el último bastión que tiene el hombre de a pie para ser respetado como tal, como hombre. Los demás poderes cambian, el Poder Judicial es conservador por naturaleza, además, va detrás de los hechos, no los genera, los hechos que debe juzgar son los que ya ocurrieron. Pero yo comprendo que la gente tenga desconfianza de la justicia. Porque además, esa desconfianza está en una especie de memoria remota en de la humanidad; no se olvide de que el primer juez se lavó las manos y permitió que se condenara a un inocente. Pero los otros dos poderes que debieran hacer respetar la justicia, no la hacen respetar.

- —¿Le ha traído dramas éticos estar en su provincia a la cabeza de una institución tan cuestionada?

- — No. No, porque la justicia en Jujuy no participa de ninguno de los males de la justicia en el orden nacional. Aquí puede haber jueces vagos, pero no hay jueces corruptos.

- —Hubo un momento en que usted estuvo desahuciado por un problema de salud...

- —Creo que sí. Creo que sí. Pero, afortunadamente, yo no me enteré, después me contaron.Debe haber sido la tercera vez que le veo la cara a la desnarigada, como le llamamos.

- — ¿Y cómo se planta ante este tema de la muerte?

- —Con una mezcla de temor y de resignación. Sé que con la muerte no podemos hacer nada los hombres. Pero... temor porque nadie la conoce. Para conocerla, debe haber uno tenido la experiencia de la muerte, nadie viene a contarnos cómo es. Pero yo creía que a medida que el hombre envejecía se iba... iba a ir aceptando un poco el hecho de su finitud, pero me parece que no es así.


Por Vicente Muleiro
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