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13 feb. 2013

Patricia Highsmith: Sixto VI, Papa de la zapatilla roja

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El papa Sixto VI dio un fuerte tropezón en la mañana de su partida para América Central y del Sur. Calzado con sandalias, se dirigía a rezar sus plegarias matutinas en una capilla subterránea del Vaticano cuando, al subir los cuatro peldaños de piedra que había subido mil veces antes, el dedo gordo del pie derecho chocó con el peldaño de arriba, y el pontífice habría caído de no ser porque el padre Stephen se adelantó corriendo y le asió firmemente del brazo. Sixto trató de sonreír, el dolor era bastante fuerte, y él y Stephen siguieron su camino hacia la capilla.

A las nueve y treinta, cuando el papa y su séquito subían al reactor del Vaticano, el dedo gordo aparecía enrojecido y palpitante. También presentaba una hinchazón alarmante y Sixto se había cambiado de calzado: ahora llevaba unas zapatillas negras y holgadas en vez de las de color blanco, más ceñidas, que hacían juego con su traje talar de tono claro. Corría el mes de junio y el clima de Roma era cálido y pegajoso. Después de examinar el dedo, el doctor Franco Maggini, médico del papa, recomendó que mientras desayunaba lo tuviese metido en lo que llamó «un astringente caliente», pero el remedio no produjo ninguna mejoría. El dedo presentaba incluso un color amoratado, debido quizá a la contusión sufrida por los capilares.

Pero, antes de entrar en el avión, Sixto se volvió, alzó un brazo y sonrió, como hacía siempre, a los escasos centenares de personas elegidas y cacheadas a conciencia que se encontraban detrás de un cordón de seguridad en el borde de la pista. De la multitud surgieron un leve clamor, vítores, gritos de «¡Santo Sixto!».

—¡Buon´ viaggio!

—¡Benditos seáis! — respondió Sixto VI —. ¡Qué Dios esté con vosotros!

Luego Sixto se instaló en su amplio y cómodo asiento, se abrochó el cinturón de seguridad y aceptó la tacita de té que Giorgio, su camarero, le trajo en una bandeja. La aceptó porque, de no haberlo hecho, Giorgio se hubiese llevado un chasco.

Su Santidad tiene buen aspecto hoy — dijo Giorgio.

¿Lo tenía? Desde el otro lado del pasillo el papa intercambió una sonrisa con Stephen, el joven sacerdote canadiense recientemente ordenado y con quien le gustaba conversar, porque a Stephen le interesaba la política además de la teología. El joven Stephen era conservador.

La política. Este era el motivo del viaje que el papa emprendía ese día, su segundo viaje a América del Sur en nueve meses, aunque esta vez visitaría otros países. Esta vez iría a Ciudad de México, luego a Colombia, seguidamente al pobrísimo Perú, luego a Chile, donde el gobierno iba de uniforme y la gente desaparecía. En todas partes reinaban la agitación, el desconcierto y la infelicidad. Sixto VI era muy consciente de ello, consciente de que era difícil, cuando no imposible, mirar a un hambriento a la cara y decirle «confía en Dios y todo irá bien». Era casi tan malo como la antigua admonición, la frase hecha de otros tiempos: «Soportad vuestras penalidades en esta tierra, y si creéis, viviréis por los siglos de los siglos en el cielo después de morir.» La gente estaba perdiendo la fe en la existencia de un cielo o un infierno, incluso en la existencia de una vida posterior a la muerte.

Los motores empezaron a rugir, el aparato avanzó y Sixto se sintió apretado con fuerza contra el asiento.

Luego despegaron y el papa en seguida alargó la mano hacia la cartera de cuero negro y lustroso que tenía delante, sobre la mesa. Se desabrochó el cinturón, aunque el aparato seguía elevándose. Extrajo la alocución de cinco páginas que debía pronunciar en Ciudad de México al mediodía, hora local, dentro de uno o dos días.

«...la palabra de Dios es infalible — leyó Sixto — y El nos contempla a todos, sin olvidar una sola alma. Mas hoy en día hay entre nosotros elementos que pretenden derribar esta gran estructura de fuerza espiritual, de consuelo y verdad. En su lugar, ofrecen un cristianismo diluido y contaminado, un cristianismo que tienta y atrae a primera vista, pero que es engañoso y hueco... Primero y siempre, fe absoluta y obediencia absoluta...»

Los párpados de Sixto temblaron a causa del dolor del dedo, sus propias palabras se le hicieron abstractas, difíciles de sostener. El día antes, al repasar el discurso en voz alta, grabarlo y escucharlo luego, le había parecido fuerte, sincero y a la vez sencillo. El papa admiraba la sencillez: a menudo dirigía la palabra a gentes analfabetas. Para Sixto sencillez significaba sinceridad, lo que equivalía a decir que un hombre que no fuera honrado y hablara con palabras sencillas no podría ocultar su falta de honradez. Pero se preguntó si debía modificar algunas de las cosas que había escrito. Ciertamente disponía de tiempo para ello, pero resultaba difícil pensar por culpa del dolor en el dedo gordo del pie derecho, ahora tan intenso como un dolor de muelas.

—Santidad... — El doctor Maggini apareció a su lado, inclinándose y sonriendo —. ¿Cómo va el dedo?

—Iba a llamarte, Franco. Es horrible. Sólo me he tomado dos aspirinas, así que ¿y si tomase otra? ¿O algo más fuerte?

—¿Tan malo es? — Franco juntó sus pobladas cejas y se frotó la barbilla. De unos cuarenta y cinco años, tenía un bigote pulcro pero espeso y le gustaba vestir trajes oscuros incluso en verano, en ese momento llevaba un traje ligero de popelín casi negro con una camisa blanca y una corbata azul oscuro —. ¿Puedo verlo otra vez?

El papa se agachó para quitarse la zapatilla; se bajó un poco el calcetín blanco, que le llegaba hasta la rodilla, y el doctor acabó de quitárselo. Stephen se había levantado y en ese momento se encontraba en otra parte del avión, aunque el papa ya le conocía bien y no le hubiese importado que le viese el dedo del pie.

—Ya ves, está más hinchado — dijo el papa —. Y observa ese tono morado. ¿Qué podrá ser?

El doctor miró el dedo y puso cara de preocupación, como si nunca hubiese visto nada parecido.

—No se habrá roto, ¿eh?

—Lo dudo, si sólo fue un tropezón, Santidad.

—¿Tal vez dislocado?

—No. Creo que la carne... y, por supuesto, el hueso sufrieron una fuerte contusión. Las contusiones de hueso llevan tiempo.

—Pero... — El dolor hizo que de pronto el sudor brotase en la frente de Sixto —... la hinchazón me duele tanto. Una incisión no estaría de más. No podría dolerme más de lo que duele ahora.

El doctor meneó la cabeza, pensativo.

—Sí, pero todavía no, Santidad. Una incisión podría traer complicaciones. Quizá convendría hacerle una radiografía en Dallas — Fort Worth.

El doctor siempre hablaba del aeropuerto como si se tratase de una sola ciudad, lo cual molestaba a Sixto.

—¿O Nueva York, que está más cerca?

—Nueva York es para repostar combustible. Santidad, por lo que no se han tomado medidas de segundad. Pararemos en el Kennedy un par de horas solamente. ¿Recordáis, Santidad?

Sixto recordó que así era. Y la puntualidad era obligada, en todo el viaje.

El doctor Maggini dio al papa dos aspirinas de una cajita que llevaba en el bolsillo.

—Yo recomendaría a su Santidad que se echara y tuviese el pie derecho levantado.

Sixto VI se retiró a su compartimento privado, donde había una cama amplia, aunque no tanto como una matrimonial, ducha, lavabo y retrete y una mesa para dos junto a una ventanilla. La cama podía separarse por medio de cortinas, cosa que a Sixto le parecía absurda. ¿Sería por si moría en vuelo? ¿Un poco de intimidad en sus últimos momentos?

Se echó en la cama, con la cabeza apoyada en las almohadas, y volvió a repasar el discurso. Pero, quizá a causa de las aspirinas, le entró sueño y cerró los ojos. Los motores del avión emitían un ronroneo sedante. Le despertó un dolor agudo en el dedo, como si Franco acabase de practicarle una incisión. Pero no. Franco no estaba allí y las palpitaciones de ahora eran como si un martillo golpease un nervio. Sixto parpadeó de dolor, alarmado. Soy mortal, al fin j al cabo, fueron las palabras que le pasaron por la cabeza, pero que era mortal lo había sabido siempre, lo había dicho a menudo en sus discursos. Era sólo un puente humano entre Dios y el hombre, nada más. ¿Y si la septicemia le subía por la pierna? ¿Tendrían que amputársela? Bien estaba. Eso no era mortal. ¿Por qué era tan espantoso el dolor? Sixto estuvo a punto de tocar el timbre para que acudiera Franco, pero retiró la mano. Estaba sufriendo, esto era sufrimiento, ¿y cuántas veces había instado a su grey a soportar toda suerte de sufrimientos? ¡Mal le estaba gimotear por un dedo contusionado!

El papa almorzó con Stephen, el doctor Franco Maggini y el cardenal Ricci. El ambiente era alegre, a pesar de las corteses conmiseraciones que el cardenal expresó acerca del dedo del papa.

«Todo irá bien», con estas palabras quedaba resumida la actitud de los comensales, y el cardenal Ricci incluso las pronunció.

No le hicieron ninguna radiografía en Dallas ni en Fort Worth y el pontífice desistió de quejarse, no fuera a chocar otra vez con la objeción de «falta de medidas de seguridad». Repostaron combustible de nuevo y prosiguieron el viaje hacia Ciudad de México. El papa durmió mal y se concentró en dar un buen espectáculo al día siguiente, según se dijo a sí mismo mentalmente. O sea, en cumplir su cometido a la perfección.

El papa Sixto VI se llamaba en realidad Luciano Emilio Padroni y había nacido en una región pobre de la Toscana. Curiosamente, la pobreza, la tristeza y las muertes habidas en la familia, la estrechez y el afecto que sentía por el padre Basilio en su pueblo le habían encaminado hacia la Iglesia. Después de unas cuantas aventuras juveniles, cuando Luciano tenía diecinueve años y de nuevo a los veintidós, se había acostumbrado a su condición de eclesiástico, que desde entonces abrazaba con mucha firmeza. Luciano creía en Dios y en Cristo. Era un hombre de físico fuerte, aficionado a las excursiones y a esquiar, incluso ahora que rozaba los sesenta. Se ganaba amigos con facilidad, aunque no tenía aptitud para las maquinaciones. Al público parecían gustarle su franqueza y su cara. Ya lo había notado cuando era mucho más joven, pero, a pesar de ello, se había llevado una sorpresa al ser elegido papa hacía sólo unos años, cuando era obispo de una diócesis toscana de poca importancia. De eso hacía ahora seis años. Tenía la impresión de que en aquel entonces el mundo era un lugar más tranquilo, de que las naciones aún no andaban a la greña en todas partes, pero probablemente no era así. El mundo no cambiaba drásticamente, sólo se volvía «más esto o aquello» en algunos aspectos. Ahora eran de nuevo los partidarios del control de la natalidad, que armaban alboroto en los Estados Unidos como años antes hicieran en Irlanda. Obispos y sacerdotes de Norteamérica se habían declarado a favor del control de la natalidad, en sus propias iglesias, y también partidarios de tolerar la homosexualidad y de calificarla de aberración psicológica en vez de vicio. Las relaciones sexuales antes del matrimonio también les parecían aceptables. Y la permanencia en la Iglesia, en plano de igualdad, después de casarse por segunda vez. Al parecer, estas ideas de los liberales procedían de una fuente inagotable y sus defensores no se daban cuenta de que sus nuevos «principios» no contribuían a fortalecer a la Iglesia, sino que la convertían en una vasija defectuosa, agujereada.

Luciano Emilio Padroni soltó un gruñido y se movió nerviosamente, sin poder dormir.

Ahora en México, como en otras partes, privaba la teología liberal, los sacerdotes se vestían como los campesinos, algunos incluso se mostraban dispuestos a empuñar las armas, montaban campañas de agitación pidiendo la redistribución de la tierra y salarios más altos; todo ello era muy preocupante; ¡y no tenía ninguna relación con el significado y la función de la Iglesia Católica Apostólica y Romana en esta tierra!

Luciano había creído que estaba despierto, pero el sol de México le despertó de verdad, dorado y ardiente, entrando por las ventanillas redondas del reactor mientras el papa se duchaba, afeitaba y vestía. Al andar tenía que apoyarse en el talón del pie derecho. Debido a la hinchazón del dedo gordo, la piel mostraba un tono brillante y la uña parecía absurdamente pequeña, como un botón que sujetase una almohada. Y el color rojizo era más intenso.

—¿Y bien... quizá ha llegado el momento de hacer una incisión? — dijo Sixto a Franco mientras desayunaban en el compartimento del primero. El doctor acababa de examinarle el dedo, por lo que el papa tenía el pie desnudo, aunque por lo demás estaba completamente vestido.

Franco volvió a menear la cabeza.

—Si revienta, tenemos penicilina en polvo. Ayer dudaba entre aplicarle una bolsa de hielo o sencillamente elevarlo.

Y me dio sólo un par de aspirinas contra el dolor, pensó el papa. Pero, por cortesía, no dijo nada.

Empezó a bajar la rampa mientras la multitud, contenida por un muro de policías y soldados alineados de tres en fondo, le recibía con aclamaciones. El papa levantó los brazos, sonrió y al llegar a la pista se agachó para besar el suelo. El dedo le dolía tanto que concibió la esperanza de que se le hubiese perforado, pero no bajó la vista para comprobarlo. Llevaba unas zapatillas blancas muy holgadas, calcetines blancos, un traje talar blanco con bordados de oro y un gorrito redondo y blanco en la coronilla.

Una comitiva de motos y limusinas negras llevaron al papa y acompañantes hacia su destino, el estadio deportivo de la Universidad de México. Sixto ya había estado en México, para bendecir una catedral, pero no para pronunciar una alocución. El presidente mexicano iba en la misma limusina que el papa; sonreía, pero se le veía incómodo a causa del calor que le daban el chaqué, el cuello de pajarita y la corbata blanca. Sixto oyó que alguien decía en español que el sistema de aire acondicionado de la limusina no funcionaba.

Guardias, trompetas que desafinaban y un intento de marcha solemne por parte de una banda militar. El calor hubiera vencido a un camello. El pontífice, con el báculo en la mano, subió unos escalones de madera hasta un podio también de madera y se encontró de cara a las masas que llenaban el estadio. El murmullo de miles de voces subió de tono hasta devenir en un rugido. Los que aún no estaban de pie en el estadio ovalado se levantaron de sus sillas plegables, igual que los espectadores que llenaban las gradas, y empezaron a chillar, agitar sombreros de anchas alas, aplaudir y armar ruido de mil maneras. Sixto alzó los brazos para pedir silencio, pero fue en vano. Los mexicanos se figuraron que el gesto era un saludo y correspondieron al mismo. Ocurría así con frecuencia. El papa se quedó esperando con buen humor, o al menos con una expresión de buen humor en la cara. Vio que a menos de diez metros de él un policía en mangas de camisa echaba a un perro pegándole en las costillas con la porra. Muchos espectadores comían tacos, tortillas, mazorcas tostadas y el perro, que parecía un lebrel, trataba de encontrar algo que comer; y el papa observó que no era el único. Dos o tres perros vagabundos, huesos y piel todos ellos, se habían colado en el estadio y eran perseguidos a puntapiés por los policías.

Y el dedo del pie seguía latiendo, como las sienes. Sixto notó el sudor bajando por las patillas y bañando luego las mejillas.

—¡Pueblo mío! — empezó a decir en español —. En el nombre de Dios...

Se lo sabía de memoria en varios idiomas. La brisa ligera levantó las páginas del discurso colocado en una especie de atril, más allá del cual había un círculo de micrófonos negros y aún más allá se encontraban las masas de mexicanos, principalmente hombres en mangas de camisa y sombreros de alas anchas, aunque también había muchas mujeres y niños. Pudo ver que algunos alzaban a sus hijos para poder decir luego: «¡Mi chamaquito (o mi chamaquita) ha visto al papa!» Sixto vio que dos hombres mal vestidos competían por un lugar que quedaba directamente enfrente de él. Una familia parecía tener por lo menos seis niños, empequeñecidos todos por la distancia. Algunas mujeres, la cabeza cubierta con rebozo, se secaban lágrimas de los ojos.

—¡Silencio! — gritó un hombre en el podio.

—¡Que lo echen! — dijo una voz desde abajo, y el pontífice vio que un hombre delgado con pantalones blancos y camiseta, un hombre de mediana edad, era golpeado una vez, dos veces por un policía y luego sacado a rastras, medio inconsciente, por otro policía. El hombre tenía la camiseta rasgada, el torso al aire, y el papa distinguió claramente las costillas, como momentos antes viera las del perro.

—¡Ladrón! — gritó una voz desde alguna parte —, ¡Quería robar dinero! ¡Vergüenza!

—¡Silencio! ¡Vergüenza!

La voz de un hombre llegó hasta el pontífice desde abajo. ¿Querría decir que era una vergüenza que alguien hablase mientras hablaba el papa?

—Pueblo mío — empezó otra vez el papa, hablando sin su discurso escrito —. Tengo un mensaje especial para vosotros. — A menudo había dicho estas palabras en Roma, Varsovia —. Prestad atención a vuestros sacerdotes, vuestros padres en los pueblos... ¡Hombres como el padre Felipe! — Felipe, del estado de Chiapas, era el más «liberal» y perspicuo de todos. El papa oyó un grito sofocado, un grito colectivo, y un solo «¡Ah!» de asombro salido de alguna garganta a sus pies —. Vuestros sacerdotes tienen razón cuando dicen que los ricos son duros de corazón, que vuestros jornales son insuficientes... para la dignidad humana o el sustento de la familia. Y también...

Sixto tuvo que hacer una pausa porque un murmullo circuló entre la multitud como una ráfaga de viento; golpeó el suelo con el pie derecho, con la mano derecha asió el báculo tan fuerte como pudo y apretó la mandíbula.

—Santidad..., ¡vuestro discurso! ¿Estáis bien?

Era Franco, su médico, inclinándose ansiosamente sobre él a su izquierda, con la mano extendida para tocarle el brazo aunque, al parecer, no se atrevía.

De pronto Sixto VI se sintió enfadado con Franco, enfadado de un modo irracional, como un loco, así que no le hizo caso y prosiguió.

—¡Y más! — gritó por los micrófonos —. Como vuestra pobreza es una vergüenza, no para vosotros, sino para los que son más ricos que vosotros..., tenéis todos los derechos, todos los derechos concebibles para tratar de mejorar vuestras circunstancias. Y vosotras, mujeres, vosotras, madres..., no es vuestra obligación, no es el destino que os ha asignado Dios, veros atadas eternamente a la tarea de dar a luz... del mismo modo que el asno, con los ojos vendados, está atado a una noria. Sixto hizo una pausa y observó movimientos de curiosidad en el populacho que tenía delante. Presintió que se avecinaba una tormenta, pero también se dio cuenta de que había logrado transmitir su mensaje. Algunas de las figuras situadas a sus pies alzaron los brazos, como si temiesen gritar aunque lo deseaban. El papa golpeó el suelo con su báculo.

—Mi palabra es la verdad..., ¡mi palabra!

El extremo del báculo golpeó dos veces el suelo de madera. El papa, aun sin bajar la vista, trataba de golpearse el dedo del pie — Una vez más, echando mano de todas sus fuerzas, golpeó con el báculo y esta vez acertó de lleno.

Sintió un dolor agudo y un calor que le invadía todo el cuerpo, luego una sensación de frescor en la frente y sonrió a la multitud.

¡Benditos seáis! — exclamó Sixto VI —. ¡Benditos seáis!

Levantó los brazos, la mano derecha sujetando todavía el báculo. El dedo ya no le dolía y hasta notaba una agradable sensación de frescor en el pie derecho.

¡Santidad! — Stephen acababa de aparecer a su lado vestido con su sotana negra, el cuello blanco, la cara joven y sonriente. Meneó la cabeza con expresión de desconcierto —. ¡Vuestro pie! — dijo, señalando.

La multitud, puesta ahora en pie, gritaba y el ruido impedía oír con claridad. El presidente y sus ayudantes hacían gestos corteses indicando a Sixto VI que bajara del podio. El papa sabía qué era lo que estaba programado a continuación: la visita a cierta plaza del centro de la ciudad llamada el Zócalo.

—¿El padre Felipe está en la ciudad? — preguntó el papa —. ¡Me gustaría que estuviera conmigo hoy!

Tuvo que gritar para hacerse oír y dirigió la pregunta a sus ayudantes, a cualquier persona antes que al presidente, de cuya cooperación no estaba seguro.

—¡Encontraremos a Felipe!

¿De quién era esa afirmación?

La zapatilla derecha del papa aparecía totalmente teñida de rojo por la sangre, y Stephen la señaló con una expresión de alarma en el rostro. El papa hizo un gesto indicando que todo iba bien.

Una limusina condujo al papa, a Stephen, al doctor Maggini y a una o dos personas más, todas del séquito del pontífice, así como al presidente, hacia Ciudad de México. El papa se quitó la zapatilla y se la puso en el regazo. Por la ventanilla entreabierta entraba una brisa cálida y la zapatilla se secó rápidamente, endureciéndose.

—San... Santidad — dijo el presidente de México, tragando saliva nerviosamente —. Debo rogar a Su Santidad que se dirija directamente al aeropuerto. Es una cuestión de seguridad.

Sixto VI ya esperaba algo parecido.

—Se hará la voluntad de Dios. No tengo miedo. El pueblo me espera en la plazuela, ¿no es así?

El presidente asintió con la cabeza, incapaz de llevarle la contraria al papa, se mordió el labio y miró hacia otro lado. El padre Felipe había recibido el mensaje. El papa vio su figura delgada, vestida de negro, antes de que la limusina se detuviese en la plaza. Había gran número de policías y soldados. Felipe era alto y parecía un espantapájaros que se volvía ora hacia un lado ora hacia el otro con los brazos abiertos, resistiéndose en silencio a la policía, que, al parecer, quería llevárselo a otra parte.

—¡Felipe! — gritó el papa al apearse de la limusina. Felipe Sáinz, sacerdote de veinticinco años, había estado dos veces en la cárcel por incitar a la huelga en petición de mejores viviendas para los peones y por exigir a gritos asistencia médica para los trabajadores heridos y alimentos para sus esposas embarazadas. El joven sacerdote puso cara de pasmo cuando Sixto lo abrazó.

Los soldados y policías, boquiabiertos, miraron con cierto temor al gentío que les rodeaba por todas partes. Había ya en la plaza más de mil personas e iban llegando más por las numerosas calles y callejuelas que desembocaban allí. También había un podio o tarima redonda, pero esta era de metal, como un antiguo quiosco de música sin tejadillo. El papa subió los escalones con Felipe. Stephen les siguió.

—¡Vuestro pie, Santidad! — exclamó el padre Felipe. Iba sin afeitar, como de costumbre, el bigote poblado, pantalones oscuros de tipo corriente y sotana; daba la impresión de haber dormido con la ropa puesta.

—El pie me dolía hace una hora, pero ya ha pasado — dijo Sixto, sonriendo. El calcetín blanco del papa también aparecía teñido de rojo, pero estaba seco, como si la hemorragia hubiera cesado.

—Esto...

El papa hizo girar la zapatilla roja y rígida entre los dedos de la mano derecha. En la cara del padre Felipe se pintó una expresión de perplejidad.

—¿Sangre?

La sangre que teñía la zapatilla mostraba ahora una tonalidad oscura, pero el rojo era inconfundiblemente de sangre. Sixto VI colocó la zapatilla en el borde del atril, abrió los brazos, pronunció el saludo de costumbre y una breve bendición, luego cogió la zapatilla, que pesaba igual que siempre a pesar de su color.

—Mi sangre... soy humano como vosotros... y mortal — dijo Sixto.

La multitud contemplaba la escena con ojos fascinados, sorprendidos, desconcertados; muchas personas sonrieron sin saber cómo interpretar las palabras del papa, otras clavaron sus ojos negros en el rostro del pontífice como si mirándole con tanta fijeza, desde tan cerca, pudieran extraer toda la sabiduría que necesitaban para vivir.

Así nació el nombre de «Papa de la Zapatilla Roja». El accidente sufrido en el dedo del pie (que Sixto describió) era, según dijo, prueba de que incluso los que ocupaban altos cargos eran falibles. El dolor causado por el golpe era una señal de error, y el alivio de ese dolor, viendo las cosas tal como eran, representaba la verdad, la realidad. ¡Un dedo del pie lesionado! Era un error que todo el mundo podía comprender.

El papa se colocó a un lado del atril y extendió el pie enfundado en el calcetín rojo, para que pudieran verlo el mayor número de personas posible.

—¡Ha desaparecido el dolor!

El padre Felipe se rió quedamente y sus ojos parecieron despedir chispas.

Al igual que en el estadio, la gente, que daba la impresión de estar un tanto aturdida, tardó un poco en comprender el sentido de lo que decía el papa y por qué el padre Felipe estaba con él. El papa alargó una mano hacia el padre Felipe y este la cogió. El papa no necesitó decir nada más.

El murmullo del gentío se hizo más fuerte. En alguna parte comenzaron a sonar campanas de iglesia, irregularmente, con un sonido alegre. Un mariachi empezó a tocar en una calle cercana, un tanto indeciso al principio, luego más decidido. Pero en la mayoría de las personas se advertía una felicidad solemne, reían y charlaban unas con otras. El papa se mezcló con ellas, acariciando fugazmente la cabeza de niños y bebés.

Unos cuantos policías le seguían. El presidente observaba con inquietud la escena desde el lugar donde estaban aparcadas las limusinas negras. Por lo menos había tres equipos de la televisión filmando lo que ocurría en la plaza.

Estaba previsto un almuerzo de estilo mexicano en la mansión del presidente. Ya eran más de las dos. El papa preguntó al presidente si podía invitar al padre Felipe a almorzar con ellos. ¿O sería una molestia para el presidente? El papa sabía que iba a crear una situación embarazosa, pero esperaba que ello no impidiese la presencia de Felipe, aunque no dijo nada.

El presidente, neutral por necesidad, aspiró hondo antes de contestar, pero el doctor Maggini se le adelantó.

—Santidad, debo tomaros la temperatura cuanto antes. Dado cómo tenéis el pie... y con este calor...

Sixto comprendió que el precavido doctor trataba de preparar una excusa para las palabras que el papa había pronunciado en el estadio y en la plaza. Su Santidad no había hablado en serio todo el rato. Su cerebro estaba trastornado a causa de un acceso de fiebre.

—Puedes tomarme la temperatura, Franco, pero me encuentro bastante bien, muy bien, a decir verdad.

—Santidad..., ¿me permitís que sugiera...? — El presidente intentó encontrar palabras diplomáticas —. La multitud va en aumento. Cuanto antes nos marchemos...

Efectivamente, cada vez había más gente y los soldados y policías se mostraban más activos, dando saltos y blandiendo las porras. Sixto observó que el talante del populacho era alegre, pero los soldados y policías no tardarían en ser insuficientes para controlarlo. El cardenal Ricci consultó con el presidente, que señaló una limusina, y apremiaron al papa a dirigirse hacia ella. Subieron todos excepto el padre Felipe, a quien el papa tuvo que decir adiós con la mano, a través de la ventanilla. Se pusieron en marcha, pero no hacia la mansión del presidente, sino hacia el aeropuerto. Media hora después el papa se encontraba sentado con un termómetro en la boca en su compartimento con aire acondicionado del reactor del Vaticano.

El bueno del doctor Maggini tuvo que reconocer que la temperatura del papa era normal. Un sirviente acababa de bañar el pie derecho del pontífice en una palangana de agua tibia. La piel se había partido en la punta del dedo gordo, pero el color y el tamaño eran casi normales, y ya ni siquiera le sangraba la pequeña herida.

—Es como un pequeño milagro, ¿verdad? — dijo Sixto, mirando al doctor, al cardenal Ricci y a Stephen, que se encontraban junto a él —. ¿Dónde está mi zapatilla roja, Stephen?

—Ah, sí, alguien... — empezó a decir Stephen con cara de sentirse incómodo —. Puede que fuese el padre Felipe, Santidad, aunque estoy seguro de que no pretendía apropiarse de ella, sólo llevarla. Hubo cierta confusión en los últimos minutos.

—Concededme unos momentos en privado, Santidad — susurró el cardenal.

El papa hizo un gesto para que los demás salieran del compartimento.

—Id a comer un poco, amigos míos.

El cardenal Ricci se quedó.

—Quizá Su Santidad se habrá percatado de las consecuencias...

—Sí, sí — dijo Sixto —. Hará falta algún tiempo para que mis palabras lleguen a todo el pueblo..., a sus raíces.

—¡Para que lleguen al pueblo, Santidad! ¿Os gustaría ver la televisión en este momento? Roma emite sin interrupción. Irlanda... Nueva York, París... Es como una explosión. El revuelo durará semanas... más aún... a menos que moderéis vuestras palabras, las alteréis un poco.

—Irlanda... sí, no me cuesta imaginarlo — dijo Sixto —. Y sin duda algunas personas en América se sentirán felices, ¿verdad?

El cardenal miró de reojo hacia la puerta cerrada del compartimento, como temiendo que alguien estuviera escuchando o fuese a entrar de un momento a otro.

—¿Os dais cuenta de dónde estamos, Santidad? En la pista del aeropuerto de Ciudad de México. No podemos proseguir el viaje hacia Bogotá. No dispondrán de lo necesario para protegeros. Ningún país sudamericano puede proporcionarnos seguridad... en estas circunstancias.

El papa se hizo cargo. Eran las personas amigas quienes podían aplastarles, a él y a su séquito, y no los hombres armados que quizá se presentarían más tarde. Sin duda los terratenientes ya estarían preparándose.

—Pero volver ahora al Vaticano — empezó a decir Sixto en tono sereno — parecería una retirada, ¿no es así, mi querido cardenal? Sería como salir corriendo para salvar la vida, ¿no?

—¡Quizá, sí! — respondió prontamente el cardenal —. Si exceptuamos el hecho de que la curia está tan escandalizada como todo el mundo y no se mostrará inclinada a..., bueno, a congratularnos, Santidad. Reconozco que nuestra vida quizá no corra tanto peligro en el Vaticano.

Sixto se dijo que era previsible que la curia se mostrase fría, incluso hostil, pero no se le había ocurrido pensarlo hasta ahora.

—Vamos a almorzar un poco y a ver la televisión. ¿O debo...? — dijo el papa.

Luego se duchó y se puso ropa limpia y cómoda. Les había indicado claramente al cardenal Ricci y a otros miembros de su séquito que deseaba visitar Bogotá, Colombia, aunque tal vez no llegarían a la hora prevista. ¿No podían pasar la noche en la pista del aeropuerto de Ciudad de México? ¿No podían protegerles los soldados mexicanos, si era necesario? Le contestaron con evasivas. El cardenal prometió hablar con las «autoridades» por el radioteléfono.

El papa puso la televisión mientras comía con Stephen y el doctor Maggini en su compartimento. Vio que no tenía que preocuparse por la pérdida de su zapatilla roja.

De la zapatilla con su puntera levemente vuelta hacia arriba, su sencilla abertura para meter el pie, ya habían hecho miles de copias en México, Nueva York, ¡incluso en Roma! La gente fabricaba zapatillas con cartones. El locutor sonrió y tartamudeó un poco mientras hablaba de zapatillas en español. Niños pequeños, personas adultas con la cara sonriente y llorando al mismo tiempo mostraban copias de papel de su zapatilla, pintadas de un vivo color rojo sangre. ¡Todo en menos de cuatro horas!

Sixto captó una mirada de Stephen.

—Ya me figuraba que no te parecería bien, Stephen, siendo, como eres, tan conservador.

—Fue vuestra forma de decirlo — contestó Stephen —, sobre todo en la plazuela. — Se humedeció los labios nerviosamente, aunque estaba comiendo papaya fresca con gusto, como hacía también el papa —. De repente lo comprendí, Santidad. — Stephen miró de reojo al cardenal y al doctor Maggini, que estaban mirando la pantalla del televisor y ponían cara más bien larga —. Podéis contar conmigo — añadió Stephen en voz baja.

—Gracias, querido Stephen. Me propongo ir a Bogotá. A mí me gustaría.

Lo que quería dar a entender era que no deseaba ordenar a nadie, ni al piloto ni a nadie más, que le acompañase porque quizá significaría poner en peligro vidas ajenas.

—Iré con vos — dijo Stephen. Al cabo de un momento, mirando la pantalla del televisor, añadió —: ¡Estas zapatillitas! ¡Por desgracia, Santidad, probablemente mañana ya las habrá de plástico! ¡Ja, ja!

En la pantalla aparecía Irlanda, Londonderry, donde estaban entrevistando a un grupo de mujeres que reían.

—¿Que si nos desconcierta? ¡Vaya que sí! Pero tenía que suceder, ¿no? Nos sentimos felices por...

Una voz empezó a traducirlo al español. Todas las mujeres católicas de Irlanda eran fieles creyentes y estaban agradecidas al papa, dijo una mujer, y aún serían mejores católicas después de lo que había hecho Sixto VI.

—Entre el pueblo de los países latinoamericanos ocurre algo parecido — prosiguió en español el presentador mientras la pantalla mostraba una plaza con catedral al fondo que hubiera podido ser de cualquier ciudad sudamericana. Hombres y mujeres gritaban «¡Arriba Sixto!» mientras los soldados, en su mayor parte tranquilos, contemplaban la escena con expresión benévola, la correa de los fusiles al hombro.

El papa cambió de canal con el mando a distancia en el momento en que le servían su asado de ternera. Daban un programa más serio: un venerable estadista era entrevistado en Roma y en italiano. Sixto le reconoció en seguida, aquel rostro le era ya tan conocido como el de un pariente cercano: Ernesto Cattari, líder de un partido conservador minoritario que nunca hacía buen papel en las elecciones, pero que, a pesar de ello, era importante como símbolo del dinero, de los títulos nobiliarios, de la estabilidad de la Iglesia, del anticomunismo.

—...por consiguiente, todos albergamos la esperanza de que estas curiosas declaraciones hayan sido una aberración. — De entre sus barba recortada y gris surgió una risita —. Quizá fueran fruto del tórrido sol de aquellos parajes... y lo mejor es olvidarlas. Esperamos, huelga decirlo, nuevos comentarios de Su Santidad.

En Roma ya era casi de noche, pensó el papa, y, a decir verdad, el signor Cattari parecía cansado.

Madrid. Ultima hora de la tarde. En la pantalla se veía la fachada de una casa de pisos en lo que el locutor llamó «un barrio obrero bastante pobre». Había mujeres y unos cuantos hombres asomados en casi todas las ventanas, saludando con la mano, sonriendo, chillando «¡Arriba el papa!» y «¡Demos gracias al papa!». En la acera, un hombre de la televisión hablaba, micrófono en mano, con una mujer joven.

—¿A mí me lo pregunta? — dijo la mujer en español —. No encuentro palabras... de momento. Excepto para decir que el discurso del papa Sixto cambiará nuestras vidas... para mejorar, puede estar seguro.

El papa oyó disparos en el exterior, a cierta distancia del aparato, al menos le parecieron disparos, y al mismo tiempo alguien llamó a la puerta. Uno de sus secretarios asomó la cabeza.

—¡Os ruego que me perdonéis, Santidad! Acabamos de recibir una solicitud urgente del presidente... — El secretario tragó saliva —. Dice que debemos abandonar el aeropuerto en seguida. La policía se las ve moradas para contener a la multitud. La gente se dirige a pie hacia el aeropuerto y...

El papa dejó el cuchillo y el tenedor junto al plato.

—¿Han sido esos tiros que acabo de oír? ¿La policía está disparando contra la gente?

—Probablemente son sólo disparos de advertencia, Santidad, pero, según se me ha dado a entender, lo más prudente es partir en seguida para... — Se interrumpió —. El aparato tiene los depósitos llenos y está listo para despegar, Santidad.

—¿Con qué destino?

—Lo mejor sería ir a donde no nos esperen. Podemos pedir autorización durante el vuelo. A Miami, en Florida, por ejemplo.

—Prefiero Bogotá, tal como está programado, aunque nos sobra tiempo. Pregunta si alguien quiere desembarcar. Apearse.

—¿Apearse del avión, Santidad?

—Te das cuenta de que es peligroso — dijo Sixto, con la sensación de decir lo que ya era obvio de por sí, aunque a menudo tenía que hacerlo al hablar con sus ayudantes, que pecaban por exceso de cortesía —. Haz lo que te digo. Pregunta. Sin duda hay tiempo..., unos cuantos minutos, ¿no?

El secretario desapareció.

Los motores del avión se pusieron en marcha, el morro apuntó en otra dirección. El papa desconectó el televisor. Por la ventanilla vio cuatro o cinco figuras masculinas que se alejaban con maletas en la mano. No reconoció a ninguna de ellas, pero tampoco puso mucho empeño en averiguar quiénes eran. Sonrió a Stephen.

—Bogotá. Enviaré un mensaje pidiendo calma..., dignidad..., consideración. Una celebración tranquila de la zapatilla roja.

En efecto, poco después de despegar el papa envió un mensaje en ese sentido, luego cerró los ojos para rezar y meditar en su cómoda silla. Stephen tenía instrucciones de interrumpirle si recibían alguna noticia importante, en cuyo caso el cardenal informaría a Stephen. El papa se sentía agotado, pero era un agotamiento agradable y si se dormía mientras meditaba no pensaba reprochárselo. A veces las grandes ideas se presentaban en semejantes momentos y, además, en las horas siguientes iba a necesitar todas sus fuerzas y todo su ingenio.

Stephen le despertó con un «Santidad» pronunciado quedamente y le entregó un papel doblado.

El papa lo leyó: «Aconsejamos respetuosamente no proseguir hacia Bogotá, sino volver a Roma. Sugerimos respetuosamente dar a conocer cuanto antes rectificación discurso México o pueden producirse serios desórdenes.»

Era un telegrama enviado por varios cardenales de Roma, cuyos nombres, seis o siete, aparecían al pie.

—¿Hay contestación, Santidad? — preguntó Stephen, esperando.

—Sí, gracias, Stephen. Diles: «Bogotá programado. Cumpliré mi obligación.»

El avión repostó combustible en Costa Rica. Para entonces ya eran las once de la noche. El papa vio una pequeña multitud, más o menos el grupo de «curiosos» que cabe ver en cualquier aeropuerto comercial. Era un buen presagio en lo referente al control. Durante la hora anterior la tripulación del reactor había negociado para repostar en San José. Ahora les esperaban en Bogotá, Colombia, sobre las ocho de la mañana. El avión se entretuvo en San José, no había ninguna prisa. Un mecánico dijo con voz entrecortada a uno de los tripulantes que para él era un honor ayudar a que el avión del papa Sixto repostase. El papa oyó sus palabras a través de una puerta abierta.

Antes del amanecer llegó un mensaje de un funcionario del gobierno de Bogotá: «Damos la bienvenida al santísimo Sixto VI a nuestro suelo y haremos cuanto esté en nuestra mano para garantizar su segundad.»

Detonaciones de armas de fuego se mezclaron con el ruido de los motores cuando el reactor aterrizó en el aeropuerto de Bogotá. Un círculo doble de soldados de infantería se hallaba apostado de cara a los edificios principales del aeropuerto. También había reflectores encendidos. El papa vio uno o dos tanques del ejército y vehículos de transporte militares en el borde de la pista. El piloto recibió una llamada telefónica pidiéndole cortésmente que el avión esperase con las puertas cerradas, por motivos de segundad, hasta nuevo aviso.

El papa se duchó y desayunó. Eran poco más de las ocho y media y no tenía la menor prisa. Supuso que a las once ya habría pronunciado su alocución en la escalinata de la catedral capitalina. El día prometía ser muy soleado. El doctor Maggini entró para examinar el dedo del papa. La herida de la piel se estaba cerrando y apenas se notaba ya. Con todo, el doctor le administró de nuevo un poco de penicilina en polvo.

A las once, algo más tarde de lo prometido por teléfono, llegó una guardia armada que escoltaba al presidente de Colombia, un hombre robusto, de unos sesenta años y pelo canoso. Vestía traje blanco y saludó al papa con cortesía, aunque se le notaba tenso cuando descendió del aparato. El papa sonrió, luego se arrodilló para besar el suelo, se levantó y echó a andar sin prisas hacia las limusinas que le esperaban. Estas limusinas tenían el techo de cristal, sin duda a prueba de balas. Stephen, el cardenal Rica y el doctor Maggini iban cerca del pontífice.

—El pueblo está muy excitado — dijo el sudoroso presidente una vez se hubieron acomodado en una limusina.

—Pero también feliz, espero. Siempre es así — replicó el papa en tono benévolo.

Se oyó un rugido de voces humanas al llegar la limusina a unos cien metros de la catedral. Murallas de soldados contenían la multitud mientras los helicópteros describían círculos sobre el lugar armando gran estrépito. ¿Cómo se haría oír por encima del estruendo de los helicópteros?

Al apearse del coche, el papa vio que detrás de los soldados el gentío se apretujaba para avanzar hacia él.

—... ¡Papa!... ¡Sixto!... ¡La zapatilla roía! ¿Dónde está?... — pregunto la gente de buen humor.

Sixto sonrió y alzó ambos brazos.

—¡Benditos seáis! ¡Benditos seáis todos en el nombre del Señor!

Primero poco a poco, luego en un estallido de calor, surgieron las zapatillas rojas. Los niños se sacaban del bolsillo papel rojo doblado. Una hilera de adolescentes desplegó una zapatilla de tela que mediría por lo menos tres metros de largo y la sostuvo a la altura del talle. Todo el mundo reía y charlaba. Algunos soldados que formaban barrera con los brazos entrelazados cayeron por culpa de los empujones y arrastraron a unos cuantos compañeros en su caída. Entonces se oyeron gritos y amenazas en castellano que el papa entendió. Atrás, atrás, o tendremos que sacar las porras.

—¡Habla con nuestros patronos, Sixto! — gritó una voz de hombre.

—¡Habla con nuestros amos!

—¡A mi marido lo mató un soldado, Santidad! Por cultivar...

¿Por cultivar coca? El papa sabía que muchos colombianos la cultivaban para la industria de la cocaína, porque, de no hacerlo, carecerían de dinero suficiente para comer. El problema era demasiado complejo para tratarlo en ese momento.

—¡Pueblo mío! — empezó a decir Sixto en la escalinata de piedra de la catedral. Cesó el griterío, pero siguió oyéndose el estrépito de los helicópteros. El papa se volvió hacia el presidente, pero habló a un hombre que estaba más cerca —. Esos helicópteros...

—¡Lo sentimos! ¡Puede que sean necesarios, Santidad! La seguridad...

—¡Queremos que el papa venga a nuestros campos! ¡Nuestros campos!

Este cántico surgía de una calle lateral y el papa vio unos doscientos hombres y chicos, quizá más, que avanzaban, los de primera fila llevando una zapatilla roja en alto. Algunos soldados hicieron sonar silbatos y otros apuntaron sus fusiles a la gente que avanzaba por la calle lateral.

—¡Atrás! ¡Vamos, atrás! — chillaban los soldados.

Un helicóptero arrojó un bote que se estrelló contra el suelo y despidió una nube de humo blancuzco. La gente protestó a gritos y los soldados respondieron con más gritos. Sixto vio que apuntaban con los fusiles, pero sin disparar todavía, aunque movían los pies como si estuvieran nerviosos.

—¡Hablo primero a las mujeres! — dijo el papa —. ¡Nuestras madres..., nuestras hermanas..., nuestras amadas esposas!

En ese momento los vítores parecían llegar hasta el cielo y las mujeres no eran las únicas que gritaban.

—¡Las mujeres no son esclavas, sino compañeras de los hombres! — gritó e! papa. De nuevo la multitud prorrumpió en chillidos de aprobación y el papa comprendió que no hacía falta pronunciar las palabras «aborto» y «control de natalidad» para que el populacho lo entendiese —. Las mujeres tampoco son esclavas de su cuerpo — prosiguió el papa —. Es mejor no crear una vida... si esta no se desea..., si no se la puede alimentar y alojar decentemente.

¡Olé!

Aplauso y vítores.

El papa presintió que iba a tener poco tiempo para, hablar. El presidente empezaba a dar muestras de impaciencia. Los micrófonos lanzaban las palabras del papa hacia las calles laterales y el pontífice pudo ver más y más gente que avanzaba hacia la catedral.

—¡Yo soy vuestro pastor y os indicaré el camino! — prosiguió con la esperanza de que los que tenía delante le protegieran de la avalancha humana —. ¡Que no haya violencia! ¡Nuestro Salvador nunca recurrió a la violencia! ¡Debemos caminar por su senda, seguir sus pasos! — Resultaba todo un poco abstracto, pensó Sixto, pero la gente respondía, aplaudía con la cara feliz. Al papa le quedaba un último mensaje importante —. ¡Prestad atención a vuestros sacerdotes..., escuchadles, porque os hablan de hombre a hombre!

Esas palabras fueron el detonante. De pronto el lugar pareció una inmensa colmena llena de figuras que giraban y saltaban, de mujeres que alzaban la voz hasta alcanzar notas de soprano, de hombres que lanzaban vítores guturales y derribaban a los soldados a medida que iban avanzando. Sixto vio una débil sonrisa en la cara de un soldado que tenía la nariz ensangrentada.

—Santidad — susurró rápidamente Stephen en el oído del papa —. Viene tanta gente de fuera...

El presidente hizo acopio de valor.

—Os van a aplastar, Santidad, aunque entréis en la catedral. ¡No podremos cerrar las puertas!

Y el papa vio con claridad que el presidente no quería que muriese en su país por falta de seguridad y protección. Cayeron más botes y unas cuantas mujeres prorrumpieron en gritos. La policía empezó a disparar por encima de las cabezas, tratando al menos de detener el avance de la multitud.

—¡Lo mejor será que Su Santidad vuelva al aeropuerto! ¡Temo por vuestra vida!

El presidente parecía temer también por su propia vida.

Desde un helicóptero bajaron un asiento de plástico que parecía un banco de dos plazas y el presidente, por medio de gastos, indio — al papa que se sentase en él.

—Stephen — dijo Sixto, señalando el asiento.

—No, Santidad. ¿Tal vez el presidente? — contestó Stephen.

—¡Hay más helicópteros! — dijo el presidente —. ¡No se preocupen! ¡Vamos, dense prisa!

El papa ocupó el asiento solo, dejando la segunda plaza vacía, y se abrochó el cinturón. Era una buena escena teatral, pensó, casi como una asunción, pero mucho más peligrosa porque él seguía siendo de carne y hueso, mortal, y las balas silbaban en el aire.

—¡A nuestros campos! ¡Nuestros campos! — gritaba un grupo nutrido.

Sixto se volvió poco a poco, sujetó uno de los brazos del asiento con una mano y alzó la otra para saludar al gentío. ¡Qué espectáculo! Rostros vueltos hacia él, sonriendo, mirándole fijamente, como queriendo que la imagen del Papa de la Zapatilla Roja quedase grabada para siempre en su recuerdo. El papa fue izado lentamente hasta entrar en el helicóptero.

—¿Vamos a ir a los campos? ¿Quizá al Re Verde? — preguntó el papa. El Re Verde era una inmensa plantación de coca y café, citada a menudo por la prensa y la televisión porque para obtener empleo en ella los trabajadores tenían que separarse de sus esposas e hijos, de tan grande como era. Decían los rumores que toda la coca que producían allí se destinaba a la elaboración de cocaína. A un agente del gobierno colombiano, un hombre de la brigada antidrogas, lo habían matado a tiros cuando estaba investigando el Re Verde.

—No es seguro... El Re — dijo el tímido y azorado copiloto —. El dueño tiene su propia guardia privada..., un ejército, es verdad, pero...

El pobre hombre no sabía negarse al papa.

—Vayamos allí — dijo el pontífice —. Podéis bajarme del mismo modo que me habéis subido.

El copiloto descolgó un teléfono y pidió refuerzos varias veces.

El papa supuso que la noticia de que se dirigía hacia el Re Verde se propagaría rápidamente. Algún soldado de la oficina con la que hablaba el copiloto se lo diría a otra persona y así sucesivamente, Al cabo de unos minutos, cuando el helicóptero alcanzó los campos del Re Verde, el papa oyó disparos.

—Es peligroso..., señor — dijo el copiloto —. El patrón está disparando contra los..., los trabajadores, porque le están atacando.

—¿Le están atacando?

El papa pudo ver unos cuerpos caídos, quizá seis, entre los bajos edificios blancos que sin duda eran «el cuartel general» y un semi círculo de campesinos que avanzaban hacia allí. De los edificios blancos salían nubecillas de humo; al parecer, soldados o vigilantes disparaban desde las azoteas.

—¿Podéis bajarme en alguna parte de los campos? — pregunto el papa.

Estas fueron las últimas palabras de Sixto VI, exceptuando «¡Paz! ¡Paz entre hermanos... en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!», que pronuncio durante los breves segundos que permaneció en un terreno desigual pero blando, rodeado de campesinos atónitos. Algunos de los jornaleros llevaban palos, otros blandían machetes, aunque tal vez eran para usarlos en sus trabajos. Todos se detuvieron para mirarle, para mirar a aquel hombre, aquel papa al que reconocieron y que acababa de descender de un helicóptero del ejército colombiano como un deus ex machina. Interrumpieron su avance, sí, y uno de los hombres le dijo al papa que su intención era «hablar con los patrones...» sobre sus viviendas, sus jornales.

Pero los patrones tenían fusiles, o los tenían sus vigilantes, y una bala alcanzó la garganta del papa. Vivió uno o dos minutos, rodeado de trabajadores aturdidos que parloteaban sin parar, convertidos en blanco de los hombres que disparaban desde el cuartel general de la compañía. Unos cuantos trabajadores alzaron a Sixto para «llevárselo», para llevárselo a cualquier parte alejada de los edificios principales de donde salían los tiros. Y al circular el rumor de que el papa, el verdadero Papa de la Zapatilla Roja, había sido alcanzado, los campesinos se reagruparon sin hacer caso de las balas y tomaron por asalto los edificios principales, uno de los cuales era una estupenda casa de dos plantas, estilo hacienda, donde el patrón, su familia y los ejecutivos podían trabajar y dormir si hacía falta.

El ataque de los campesinos fue recibido con una lluvia de balas, muchas de ellas disparadas con ametralladoras. Ninguno de los campesinos que se encontraba en campo abierto quedó en pie. Pero algunos de los que estaban en los bordes vivieron para contarlo.

Así empezó la guerra del ejército y los terratenientes contra el pueblo, y no sólo en Bogotá, sino también en Ciudad de México, Chiapas, Lima y en la capital de Chile, Santiago, que Sixto tenía previsto visitar. Stephen regresó a Roma la noche del asesinato del papa. Encontró audiencia: había estado junto a Sixto durante sus últimos días, había tocado la orilla de su traje talar, por así decirlo. Una y otra vez predicó Stephen: «Paz... y discusión de todos los problemas. Dignidad del hombre y también de la mujer.» Pero el padre Stephen no gustó a las autoridades y se le tolero durante un tiempo mínimo (seis horas), y no se le protegió de las multitudes que exageraban sus demostraciones de cariño, exceptuando la protección que le brindaron voluntariamente algunos policías comprensivos. Stephen estaba seguro de que a los líderes de ese país les hubiera encantado que sufriese la misma suerte que el papa, pero supuso que no habían tenido tiempo de prohibir la protección policial. En todo caso, Stephen subió a un avión de la Pan-Am y voló en clase turística, sano y salvo, hacia Miami, Florida. Sabía que despertaba recelo entre algunos eclesiásticos norteamericanos, así como entre algunos sudamericanos, pero tenía la sensación de llevar una vida mágica, de que se libraría de las balas, de que podría edificar su «iglesia» en cualquier esquina, si así lo deseaba, y de que encontraría gente dispuesta a escucharle y creyentes.

Una revolución iba extendiéndose lentamente por el mundo, aunque, por desgracia, causaba también gran número de muertes. En los siguientes ataques que lanzaron, incluso en las Filipinas, los campesinos y los trabajadores eran más numerosos que en la escaramuza de Bogotá, la que le costó la vida al papa, porque habían tenido tiempo de reunir sus fuerzas. Las haciendas, las fábricas, los enclaves residenciales también estaban preparados con gases lacrimógenos, mangueras, altas puertas de acero y ametralladoras, pero los campesinos y los trabajadores superaban numéricamente las balas. En muchas batallas los trabajadores siguieron avanzando por encima de los cadáveres de sus compañeros, entraron en las casas y se apoderaron de ellas. Entonces empezaba «la confrontación», los debates. En general el pueblo se mostraba sereno, consciente de su número y de su poder, y con frecuencia decía que la Iglesia y Dios estaban de su lado.

Hubo reyertas en Irlanda, en Belfast y Londonderry, peleas a puñetazos y leves desórdenes en Manhattan, cuando la gente intentó explicarse un acontecimiento insólito que todo el mundo consideraba una injusticia: el asesinato de un papa que había hablado claramente a favor de la justicia, pidiendo justicia para la humanidad y para el individuo. El papa también había pedido «Paz» en sus últimos momentos, y daba la impresión de que el género humano se odiaba a si mismo por haber matado al papa, por haber permitido que se produjera su muerte. Pero, en apariencia, los motivos de las reyertas y las disputas eran otros, más específicos, los abortistas contra los antiabortistas, por ejemplo.

Sólo unos pocos ricos, muy pocos, que tenían ejércitos privados en América del Sur y otras partes vencieron a los trabajadores, físicamente hablando, y pudieron sonreír y decirse unos a otros, verba i mente o mediante actitudes, que habían hecho «lo indicado» contra los «comunistas fanáticos». Pero el núcleo de la revolución estaba en el núcleo de la Iglesia católica, y eso cambió para siempre. Los trabajadores habían vuelto a su trabajo, sí, pero las condiciones eran mejores ahora, y tenían la confianza que les faltaba a los terratenientes. Por supuesto, los sacerdotes de la teología de la liberación y los que nunca se habían mezclado en esta clase de luchas eran ahora tantos v tan fuertes, que ningún estado se hubiera atrevido a matarlos a tiros, a encarcelarlos o siquiera a cerrarles la boca. Los liberales europeos estaban detrás de ellos, igual que la mayoría de las Naciones Unidas.

Los ecos de los dos discursos de la Zapatilla Roja siguieron haciéndose sentir durante más de un año, como el retumbar de una erupción volcánica. Murieron miles de personas, muchas de ellas en marchas callejeras verdaderamente pacíficas cuya intención fue interpretada erróneamente por policías armados y soldados atemorizados. Algunos afirmaban que el total de muertos superaba los dos millones. La Iglesia católica tuvo que renunciar a sus posturas contrarias al control de la natalidad y el aborto, y lo hizo de forma pasiva, no diciendo nada cuando los sacerdotes hablaban claramente a sus seguidores y cuando la píldora y otros anticonceptivos comenzaron a obtenerse con facilidad en Irlanda, por ejemplo. Los médicos empezaron a practicar abortos a la chita callando, especialmente cuando lo deseaban tanto el marido como la mujer y cuando corrió la voz de que los sacerdotes y obispos locales no protestaban.

Se dijo y confirmó que la asistencia a las iglesias católicas aumentó notablemente en Norteamérica y Francia.

Ahora había un nuevo papa, Juan XXIV, elegido sólo cinco días después de la muerte de Sixto VI. El papa Juan XXIV guardaba silencio, seguía forjando su imagen, al cabo de un año, su imagen de católico tolerante pero a pesar de ello devoto. Mientras tanto, la curia romana, que solía ser rígida, y vanos obispos demostraron su aptitud para las acrobacias y contorsiones metafísicas y lógicas en sus intentos de explicar las afirmaciones del papa Sixto VI, diciendo que se trataban de interpretaciones del dogma antiguo y acreditado además de aberraciones del pensamiento del papa Sixto, las cuales cabía imputar al calor excesivo que el pontífice había tenido que soportar en México y Colombia, así como a una extraña hinchazón del dedo gordo del pie derecho, una hinchazón dolorosa; su médico, el doctor Franco Maggini, podía dar testimonio de ello.

La «moda de la zapatilla roja» no era más que eso, una moda pasajera, dijo L´Osservatore Romano, una moda que pasaría y que no merecía la atención de los hombres entregados al amor divino. Quizá L´Osservatore se dijo que ojalá no hubiese aportado siquiera eso a la publicidad de la zapatilla roja, porque la moda no desapareció, y se fabricaban zapatillas rojas de todos los tamaños, populares y decorativas incluso cuando se les colocaba un anillo y se llevaban colgadas del cuello, o a modo de alfileres de adorno en las blusas de las mujeres, o en las solapas de los hombres. Aunque revolucionaria, la zapatilla roja decía:

—Todavía soy creyente.


En Catástrofes
Título original: Tales of Natural and Unnatural Catastrophes (1987)
Traducción de Jordi Beltrán
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: Patricia Highsmith por Rolf Tietgens (1942)