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23 nov. 2010

Aharon Appelfeld: Literatura y felicidad posible

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Presentación y traducción:
Luciano Tanto


Foto: Aharon Appelfeld (Paris 2006)

por Sophie Bassouls (Corbis)



Israel es la cisura política del mundo, o al menos la más dramática y contradictoria, consecuencia de una larga historia de prejuicios y santas maldiciones cuyas principales características son el malentendido permanente y cambiantes dosis de odio.

Entender este fenómeno es un desafío para toda conciencia libre y autónoma interesada en desentrañar la significación de la realidad.





En julio pasado se realizó en Milán la undécima edición de la Milanesiana, muestra dedicada a la cultura en general, pero en especial a la literatura. En el programa de este año figuraba el escritor israelí Aharon Appelfeld, quizás el más importante autor de un país de notables escritores y sin duda uno de los más trascendentes de la actualidad mundial, que además recibió el premio “Rosa d’oro” que la muestra entrega anualmente a un invitado especial.


El título general de la muestra fue “Las paradojas”. El texto de Appelfeld (Las paradojas de la vida) fue leído por el propio autor en el marco de un panel que también integraba el novelista y guionista Richard Price (La vida fácil, la serie de tv “The wire”).

Aharon Appelfeld nació en 1932 el seno de una familia de lengua y cultura alemanas, en la ciudad de Chernovitz, Bucovina del Norte, actual Ucrania pero en ese momento parte de Rumania, en el mismo barrio en el que vivió el poeta Paul Celan.


A los 8 años presenció el asesinato de su madre a manos de los nazis, antes de ser deportado con su padre a un campo de concentración en Transnistria, de donde consiguió huir. En 1949 emigró a Israel, donde vive desde entonces.

Se tituló en la Universidad de Jerusalén y enseñó en la Universidad Ben Gurion del Negev. En sus libros trata el tema de la shoá y de la Europa de antes y después de la guerra. Escribe en hebreo y entre sus obras más importantes figuran Vía férrea (1991, National Jewish Bokk Award), Katerina (1989) y Badenheim 1939 (1979).

El texto leído por Appelfeld en la Milanesiana fue anticipado por el diario La Stampa de Turín el 16 de julio de este año como Con ladrones, en los bosques, aprendí a ser escritor. Hoy lo reproducimos bajo el título que A.A. le diera.




La paradoja de mi vida

Con vuestro permiso, señoras y señores, no trataré la definición de paradoja. La lengua de los escritores es casi siempre concreta, alejada de la abstracción. Querría en cambio compartir con ustedes algunas paradojas de mi vida, y procederé en forma cronológica.


Nací en 1932, un año antes de la llegada de Hitler al poder. Mis padres eran judíos asimilados, partícipes de la lengua y la cultura alemanas: para ellos el judaísmo era una especie de anacronismo, del cual lo mejor era mantenerse distanciados.

Cuando tenía tres años, mis padres hicieron venir de Viena a una institutriz, para que mis oídos escucharan la correcta pronunciación que se usaba en la capital. Los judíos asimilados estaban seguros de que el régimen de Hitler sería pasajero y que en un año o dos habría desaparecido.

Bella irradiaba a su alrededor una magia cada vez más atemorizante. Al final la dejé ir. Ahora sé que no ha habido ninguna mujer que me conociera como ella. Desde entonces he tenido muchas mujeres, algunas cautivadoras, pero sólo con Bella conocí el verdadero mutismo. Hoy sé que hay mucha hipocresía en las palabras. Sólo alguien callado me inspira confianza (Vía férrea, Buenos Aires, Losada, 2005, pág. 25)

La filosofía y la música alemanas, para no hablar de la literatura, en cuanto máxima expresión cultural de la humanidad, habrían derrotado a la vulgaridad y la violencia, el expansionismo y la sed homicida.

Nací en la Bucovina, una de las provincias más renombradas del imperio de los Habsburgo por mérito de su capital, Chernovitz.
Distinta de las metrópolis, la provincia había conservado cierto candor, nutrido por la certeza de que la cultura tiene en sí misma la fuerza para salvar al hombre incluso de los demonios que se esconden bajo aspecto humano. Nadie podía imaginar lo que estaba por suceder.

En 1941 los alemanes invadieron la Bucovina: yo tenía ocho años y medio, era hijo único, ya podía leer los libros de Karl May, hablaba el alemán sin cometer errores y quien me escuchara no podía pensar que provenía de una familia judía de la provincia. Iba quedando en claro mientras tanto que nos encaminábamos hacia una tragedia inminente; aún así mis padres seguían sintiéndose seguros de que a los judíos que hablaban alemán no les harían mal alguno. Nos dejarían salir del ‘ghetto’ en libertad.

Lo que sucedió en los ‘ghettos’ y en los campos es sabido y no necesita dilucidaciones de mi parte. Mi madre fue asesinada y fui separado de mi padre. Tenía nueve años. Esa lengua que mis padres cultivaban con tanto amor se transformó súbitamente en la lengua de los asesinos. Faltaba poco para la efectiva ‘solución final’.

Escapé del campo, me escondí en los bosques y fui adoptado por una banda de ladrones ucranianos. No fue la lengua alemana la que me salvó en esa vida de prófugo, sino el ucraniano que me había enseñando nuestra doméstica.
En lugar de la exclusiva escuela privada que había frecuentado, debí aprender de esa escuela de ladrones: hablaban poco, rumiaban sus enojos, murmuraban, pegaban.

Mi aspecto me ocultaba: era un niño rubio que obedecía todas las órdenes sin chistar. Aprendí a mi vez a hablar poco y nada, a vigilar a mi alrededor y a escuchar. Quizás ese ejercicio sirvió para mi formación como escritor. Viviendo en los bosques, se desarrollan virtudes que pertenecen a los animales: oído fino, mirada aguda, olfato eficiente. La capacidad de pensamiento se reduce, pero en la espesura tus sentidos son la única guía.

Salí y encendí la menorá de la sinagoga. Mi abuelo quería acercarme desde pequeño a la oración, pero no supo cómo hacerlo. Mi abuela leía conmigo las oraciones y yo estaba seguro de que sólo las mujeres sabían rezar (Op. cit., pág. 32).

Así fue que ese muchachito que hasta ese momento había vivido en casa acomodada, rodeado de libros y hermosos muebles, que iba con sus padres a conciertos y al teatro y a caminar en medio de la naturaleza, se transformó en una criatura de los bosques sometida a una banda de ladrones.


Aún hoy no termino de entender cómo pude vivir tal metamorfosis. Hay un viejo refrán judío según el cual ‘el hombre es más fuerte que el hierro’, que significa que si bien el hombre es carne y sangre, es capaz de enfrentar desafíos imposibles y sobrevivir. Aunque no sé si esto es una virtud o un defecto.


La burguesía judía formaba a sus hijos e hijas para que fueran médicos, abogados, banqueros. Pero los nazis instalaron como centro de mi existencia a mi judaísmo ‘biológico’. De esa identidad había escuchado hablar muy poco en mi casa, hasta que de golpe fui obligado a pasar por las encendidas ordalías de una colonia penal como en el homónimo relato de Kafka* el ‘ghetto’, el campo de concentración, los bosques. La sangre judía que corría en tus venas te condenaba a la humillación y la tortura: después de las cuales llegaba la muerte.

En 1944 la zona donde transcurría mi exilio fue liberada por la Armada Roja. La banda de ladrones se dispersó, cada cual volvió con su familia y yo quedé solo en el mundo. Tenía doce años. Pero el destino fue una vez más benévolo conmigo. La Armada Roja me adoptó como peón de cocina, y durante un año me quedé con los soldados. El temor que me había acompañado durante el año y medio precedente, el miedo de que los ladrones descubrieran mi verdadera identidad y me mataran o me entregaran a los alemanes, finalmente se alejó de mí.

En la Armada Roja había muchos soldados y oficiales judíos. Mi trabajo en la cocina no era ciertamente liviano, pero me sentía feliz avanzando junto a ese ejército victorioso, sirviendo sopa caliente a la tropa.


Quienes han leído los libros de Isaac Babel tiene clara idea de lo que era la Armada Roja. Obviamente la realidad llegaba mucho más allá que la imaginación artística. Aprendí pronto a beber vodka, a fumar y blasfemar: día y noche, entremezclado con los caballos se oían extensas y pintorescas imprecaciones. A mí me alcanzaba con poder comer, que a nadie se le ocurriera enviarme a cumplir peligrosas misiones, y que ser judío no fuera de por sí un peligro. Atravesé Europa entera con la Armada Roja. ¿Y qué pensaba en ese período? Mi impresión es que había dejado de pensar. Mis tareas en la cocina alcanzaban para llenar mis días.

…Yo no quiero casarme. Quiero vivir como me plazca, sin marido y sin hijos. – Es comprensible. – Pero no para mis devotas hermanas. Creen que soy una libertina. Y no lo soy. Sólo busco un poco de tranquilidad (…). Una mujer que huye no exige nada, es sumisa y entregada, y sólo busca un poco de afecto, algo para comer y dinero para ponerse en camino. Después de pasar una noche con una mujer así, se la olvida fácilmente. (Op. Cit, pág.136).

Cuando llegué a Yugoslavia, ya en 1945, encontré a otros muchachos judíos y abandoné a la Armada Roja. Juntos recorríamos los puestos donde repartían comida y ropa. Así llegamos a Italia.
Sobrevivientes de los campos de concentración y la clandestinidad había muchos, todos dispuestos a dejar esa Europa que los había herido de modo tan inhumano –algunos para América, otros a Palestina. Entendí pronto que los EEUU no estaban tan entusiasmados por recibir huérfanos, así que me uní a esos prófugos dispuestos a emigrar a Palestina, donde llegué en 1949. También aquí me encontré rodeado de prófugos, cada uno hablando en su lengua.

Me recibieron en una colonia agrícola que iniciaba a los muchachos de mi edad en las tareas rurales, a la auto-defensa y una nueva lengua, el hebreo. No puedo decir que ese clima tan caluroso y las tareas de cada jornada me hicieran demasiado feliz, pero me alcanzaba para estar contento de no estar a la merced de nadie, y de tener tiempo para mí mismo. No tenía idea de dónde me llevaría la vida.


Mientras tanto la lengua hebrea enraizaba en mí, aún si con menor profundidad que mi lengua materna. Leía mucho, y paso a paso ‘conquisté’ la lengua. Me fascinaba la lectura de la Biblia. Todos los días copiaba a mano un capítulo, y así fui adquiriendo la melodía de la frase hebrea.

¿Me pensaba ya escritor por ese entonces? Absolutamente no. Durante cuatro años trabajé en el campo. ¿El esfuerzo físico y el aire libre que habían forjado mi cuerpo habían desarrollado también mi mente? Tengo mis dudas. Mi aprendizaje seguía siendo rudimentario, y no me hubiera alcanzado.

Si la finalidad de la paradoja es complementar ideas aparentemente contrapuestas e irreconciliables, eso era mi vida. Se dice que el arte de escribir sólo se realiza con la lengua materna. Las excepciones, como Conrad, Nabokov y Beckett, confirman la regla. En mí caso, mi redención fue el lenguaje bíblico, que me permitió escapar del mutismo y de la paradoja de poseer dos lenguas, dos patrias, dos culturas.

La lengua bíblica se adecuaba a las experiencias de mi vida: lengua minimalista, directa, sin manierismos, jamás descriptiva, con escasos adjetivos. Una lengua apta para describir una vida que florece de la catástrofe, de durezas y absurdos: mi suerte fue conseguirla. La lengua de mi madre, transformada en la lengua de los asesinos, jamás pudo haber sido mi instrumento musical.

…Pasábamos muchas noches en vela. Volvíamos al alba y cantábamos “el pueblo de Israel está vivo, el pueblo de Israel está vivo”. Algunos camaradas estaban en contra de esta canción y decían que la cantaban en los nidos de los Bne Akiva** antes de la guerra. Pero en esta situación la permitían aduciendo que ahora debíamos ser fuertes, y todo lo que fortaleciera la muralla de la vida y diera esperanza estaba permitido. (Op. Cit., pág 189).

A veces tengo la sensación de que en mi vida se concretaron todas las paradojas. No sabría decir si el hecho de vivir fuera de Europa me haya alejado de este continente, de sus lenguas y sus culturas.


De manera diferente de lo que había sido para mis padres -en sí mismos escenario de un conflicto, ya que su deseo era ser europeos y sólo europeos- mi vida, por fortuna, me ahorró este dilema.
La lengua hebrea me construyó espiritualmente como judío, pero aún así y por el universalismo de la Biblia sigo siendo un europeo. Esa Europa en la que nacieron mis ancestros, y los antecesores de mis ancestros y donde yo he nacido, vive y respira en todo lo que escribo. ¿Happy end? Decididamente no. Para una infancia y una adolescencia como las mías, con su carga de paradojas, no hay espacio para la felicidad.

Pero a este punto debo confesarles algo: en lo profundo de mí anidaban el cinismo, la indiferencia, el desprecio por cualquier tipo de fe. He visto demasiado mal en mi vida, para poder volver a creer en la simplicidad y el candor del ser humano.


Milagrosamente, sin embargo, la herencia cultural de mis padres, su amor confiado en el progreso y el universalismo, los cuatros años de trabajar la tierra y otros tantos de estudio de la Biblia me han preservado, y así la imagen de Dios que hay en mí.

Turín, Italia, julio 2010


* En la colonia penal / In der Strafkolonie, 1919
** Movimiento juvenil sionista religioso



18 may. 2008

Luciano Tanto - Mujeres y supersticiones, por qué no

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 Cualquier gas, suficientemente comprimido, se transforma en otra cosa.

                                                                       Pero Grullo, Obras completas



 

       Sophie-Victoire Delaborde, cuando no bailaba en teatros ínfimos, se dedicaba, lisa y llanamente, a la prostitución.

       Más tarde prosperó, y se hizo amante de gente importante, y en todo caso ya sólo debía prostituirse con una sola persona, su legítimo marido, protector y amante.

        De allí que le resultara fácil, llegado el momento, darle un buen consejo a su hija, empeñada en triunfar en el periodismo como medio de vida, aunque obligada -en cuanto mujer, en la París de 1830- a gastar una fortuna en lavandería y planchadoras, sin olvidar los sombreros, la colección de faldas, blusas, chaquetas y vestidos.

 

        -  "¿Por qué no te vistes de varón, como hacían conmigo cuando era niña? Es mucho más barato" (*)

        Su hija, Aurore Dupin, luego célebre como George Sand, entendió perfectamente la idea.    

        También el precio que implicaba y el reconocimiento de un hecho: ser varón, de los géneros posibles, era sin duda el más útil.        

 

         Esta breve y verídica historia ofrece una primera y clara pista encaminada a funcionar como respuesta a la pregunta de "por qué las mujeres...", que Isaías Garde tuvo la audacia de proponer como coartada para machacarnos con el Malleus..., esa invención de los esbirros de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, equivalente en su finalidad a lo que fue la invención de parte de la policía secreta de la Rusia zarista de "Los protocolos de los sabios ancianos de Sión", para culpabilizar a los judíos y usarlos como chivos expiatorios, pero en este caso dedicada a las mujeres. 

         

         Para comprender todas las implicaciones y significados de este episodio de la vida de George Sand -una mujer que elige ser hombre para disminuir el costo del peaje que la cultura masculina dominante le impone a su condición de género- lo primero que hay que decir es que hechos similares se repiten en todos los períodos de la historia. 

         El mito fundacional hay que rastrearlo sin embargo en la nebulosa de los momentos originarios de Occidente, en Grecia, y en una figura concreta, Clitemnestra: cruel, pérfida, violenta, adúltera y asesina.

         O sea, como dice Eva Cantarella(**), el prototipo de la infamia femenina.

          Así lo entendían los griegos, y así lo confirmó Esquilo 458 años antes de la era común, con la reducción de ese mito en forma de tragedia, La Orestíada, y su primera puesta en escena en Atenas.  

          Damos por cierto que los participantes de esta lista y ocasionales lectores conocen La Orestíada y las complicadas alternativas que se desarrollan a lo largo de sus tres partes, de lo que originalmente era una tetralogía.

          Pasemos directamente a su apoteosis (en su tercera acepción), cuando la diosa Atenea instituye el primer tribunal de la historia ateniense, el Areópago.

          Como sostienen los historiadores y ensayistas más ilustres, con esto concluye la era de le venganza y se inicia el mundo del derecho. 

          Pero, curiosamente, esto que debería ser un momento de alta civilización política, lo que hace en realidad es confirmar que el escenario donde la Humanidad seguirá desarrollando el interminable drama de su existencia, es básicamente un club de hombres.

          La violencia que induce Clitemnestra a través de su espíritu sediento de venganza es violencia de género, ya que se opone a la infelicidad que los hombres de la "polis" le imponen a las mujeres: esto determina ¿para siempre? las relaciones entre hombres y mujeres.

          Así lo determina la primera sentencia del Areópago, que absuelve a Orestes ya que "no es la madre la generadora de ese a quien se conoce comosu hijo; ella sólo es la nutriente del germen en ella inseminado. El generador, es aquel que la insemina...".

         Ya está: la mujer como contenedor, vehículo sin voluntad propia, instrumento al servicio del hombre en su noble tarea de asegurar la perpetuación de la especie.

          Este es el insigne fruto cultural de una convicción que venía serpeando a través de la historia. Desde los albores tribales y prácticamente hasta el presente.

           Por si no bastara, a la potencia de la dramaturgia de Esquilo se une el saber de Aristóteles. Es obvio, dice el filósofo, que las mujeres “también”  participan en la procreación: para la formación del embrión, junto al esperma concurre la sangre menstrual, pero con rol diverso. El esperma es sangre como el residuo menstrual pero más elaborado. Y sigue: la sangre no es otra cosa que el alimento que el organismo no expulsa; pero la mujer, con menor temperatura corporal, no logra cumplir la última transformación, que da origen al esperma. En la reproducción, es el semen masculino el que lleva su punto de "cocción" al residuo femenino, transformándolo así en un nuevo ser.

           A ver si nos entendemos, la mujer es indispensable, sí, pero como la carretilla que lleva los ladrillos para la construcción de una casa. 

           En síntesis, la mujer es materia, el hombre infunde el espíritu. Se oficializa de este modo la subalternidad de la mujer, teorización sobre la que se funda el nacimiento del derecho y del Estado.

           Otros "clubes masculinos", las religiones, se apropian y fomentan esta visión de la organización social. Sobre todo las iglesias "del libro" o "monoteístas" (una falsedad en lo que se refiere al Cristianismo, que canibaliza tradiciones romanas y propone una interminable colección de dioses menores en la figura de los santos y -de hecho- la multiplicidad de vírgenes, todos con idéntico poder para hacer milagros, sin olvidar esa idea fascinante y absurda generada por la escolástica medieval, la Trinidad que es una sola cosa).

            La idea es básicamente simple, fácil de entender. En las sociedades primitivas, el brujo, el científico, el sanador y el rey son la misma persona. El fundamento es la fuerza física y la ambición de poder, ejercidos con pertinaz exclusión de las mujeres, "subalternizadas" por la maternidad y amenidades afines.

            La mujer puede ser madre, esposa, amante, virgen, diosa, pero de ninguna manera persona.

            El espacio que le deja la civilización (el vocablo más equívoco de la historia), está perfectamente acotado, su rol es preciso, sus derechos específicos desconocidos.

            Condenada a la dependencia económica, a la ignorancia y la eterna amenaza de la desprotección, potencia sus dotes naturales -la compasión, el amor por la vida, la atención del enfermo y los hijos pequeños, etc.- transformados en virtudes curativas y de consolación. Significa que el enemigo asoma nuevamente bajo nuevas formas y actos, que habrá que transformar en delito.

             El poder criminaliza entonces estas dotes femeninas, invirtiendo su significación: la mujer se transforma en bruja, hechicera (que "hace cosas"), aliada del demonio y motivo lujurioso de la perdición del hombre, según explica la Biblia. 

             Los últimos juicios de la Inquisición española en América, se llevan a cabo a fines del s. XVIII en el norte de la Argentina (Tucumán). En la mayor parte de los casos son contra prácticas de medicina entendidas como brujería.

              A este punto es importante consignar la relación mujer-brujería-sexualidad. 

              Muy ilustrativo es un libro que deberían leer todas las mujeres, en especial las pías y creyentes devotas: Eunucos para el reino de los cielos. La Iglesia Católica y la sexualidad, Editorial Trotta, España (Eunuchen für das Himmelreich. Katholische Kirche und sexualitat). Lo publicó en 1988 la teóloga católica alemana Uta Ranke-Heinemann.

              Fue la primera(!) mujer habilitada por el Vaticano para enseñar teología en la Universidad, pero también la primera en ser alejada del magisterio por su interpretación histórica de los hechos de la iglesia, y su explicación de la concepción virginal de María en sentido estrictamente teológico y no biológico.

              El título del libro alude a la respuesta que la Biblia le atribuye a san Pablo -un encallecido misógino- sobre los motivos de la abstinencia sexual de los fundadores del Cristianismo, "eunucos" celestiales que cercenaban su sexualidad en beneficio de la divinidad.

              Una actitud que evoca la conocida opinión de Aldous Huxley sobre el tema: “de las perversiones sexuales, la abstinencia es sin dudas la peor”, posición que puede compartirse o no, pero que enfoca claramente lo antinatural del insólito sacrificio.

              Uta Ranke H. reúne material histórico sobre las raíces del pesimismo pre-cristiano en materia sexual (Grecia, como ya vimos, pero también Roma), que de su carácter médico y filosófico inicial (la abstinencia como templanza y virtud moral), pasa a ser motivo de pecado, por lo general provocado... por las mujeres.                        

              La guetización femenina (algo más de la mitad de la humanidad) es uno de los hechos más relevantes y negativos de la historia, que sólo en el s. XX logró alcanzar el necesario grado de escandalosa denuncia pública.

              Mientras la historia es un escenario masculino, y la presencia de la mujer es preferentemente crítica, o alude a su idealización, sólo las personas con cierto grado de instrucción conocen los nombres y los hechos de mujeres de altísimo valor intelectual, artistas, literatas, científicas. etc. 

               Un ejemplo. En ocasión del Bicentenario de la Revolución Francesa, y como tardío pero útil signo de los tiempos, a alguien se le ocurrió hacer una primera, tímida lista de mujeres (¡sólo escritoras!) importantes para la historia de Francia, una realidad obvia para cualquier otra especialidad, cultura o país, si las condiciones hubieran sido las necesarias. 

                Esta realidad fue recopilada y analizada en el excelente libro Writings by Pre-Revolutionary Women. From Marie de France to Elizabeth VGigée-Le Brun, editado por Anne R. Larsen & Colette H. Winn (Rutledge, 2000). 

               La lista siguiente alcanza para confirmar dos cosas: la “cultura” ignora estos nombres, y mucho más el gran público; cubre un amplísimo arco histórico, durante el cual y según los libros de historia corrientes, prácticamente todo lo que se escribió y que valió la pena fue hecho por hombres.  

                (Los años señalan el momento de publicación de la obra más importante de cada autora, o el período de mayor actividad): Marie de France (1150 - 1200), Gormonda de Monpeslier (1227 - 1229), Marguerite de Navarre (1531), Hélisenne de Crenne (1540), Charlotte de Bourbon (1565 - 1582), Georgette de Montenay (1571),  Marie de Romieu (1581), Catherine de Roches (1583), Gabrielle de Coignard (1594), Anne de Marquets (1605), Madame de Mornay (Charlotte Arbaleste de la Borde, 1595 - 1605), Marie de Gourbay (1616), Madeleine de Scudéry (1642), Madame de Saint-Balmon (Alberte-Barbe d'Ernecourt, 1650), Françoise Pascal (1669), Françoise d'Aubigné, marquis de Maintenon (1694 - 1716), Madame de Sévigné (Marie de Rabutin-Chantal, 1648 - 1696), Madame de Villedieu (Marie-Caterine Desjardins, 1672 - 1674), Cathwerine DFurand (1699), Anne-Marguerite Du Noyer (1704), Anne Thérèse de Lambert (1690 - 1700), Madame de Gomez (Madeleine-Angelique Poisson, 1724), Marie-Anne Fiquet Du Boccage (1749), Françoise de Graffigny (1750), Marie-Jeanne Riccoboni (1757), Louise d'Epinay (1792), Isabel de Charrière (1785 - 1787), Charlotte Elisabeth Aïssé (1787), Olympe de Gouges (1792), Elisabeth Vigée-Le Brun (1835-1837) (1835 - 1837).

                A esta lista extraordinaria hay que agregar -saltando un siglo y medio- por amplísimo derecho propio, y por cumplirse este año el centenario de su nacimiento, a Simone de Beauvoir, que con El segundo sexo y al decir del filósofo Bernard-Henry Lèvy (“La mujer que mató a Madame Bovary”, artículo periodístico de mayo 2008), cumplió la única revolución exitosa del sXX, en un período de cruciales revoluciones "masculinas" que por lo general terminaron en feroces dictaduras.

                "El segundo sexo" (1949) también debería ser de lectura obligatoria para las mujeres, ya que hizo por ellas y su colocación en el centro de atención de la historia, lo que nunca se había conseguido hasta ese momento.  

                 Volviendo a la superstición y su presunta filiación femenina, es interesante mencionar por último un exquisito relato breve de Marguerite Yourcenar, Maleficio, de su libro Cuento azul, Alfaguara 1995, (Conte blue, Gallimard, 1993).

                 La autora francesa, haciendo gala de su indiscutible talento y  más allá de su capacidad, termina pagando el precio que impone el prejuicio que la "cultura" le exige de tantas maneras a las mujeres: una joven, en un lugar lejano de toda lejanía, "descubre" en sí misma "el alfabeto de las brujas", ofrecido aquí como presunto premio secreto a su condición de género.  

                 La mujer como protagonista y presa de la "superstición", no es entonces otra cosa que la representación de un escenario –abundantemente  negativo- donde millones y millones de mujeres a través del tiempo y  escondidas detrás de la flor venenosa de la falta de educación y la negación de su derecho al propio espacio, hacen su obligada ofrenda a la subordinación en la que las instaló la historia en la versión escrita por la otra mitad de la humanidad. (Eleté).  

 


(*) Fernando Díaz Plaja: George Sand y Frédéric Chopin, (Plaza & Janés, 1999)

(**) Eva Cantarella: Mujeres contra, entre arte y memoria, conferencia (Florencia, 2008) 



 

Luciano Tanto, nacido el 11 de abril de 1942 en Verona (Italia), radicado en Salta (República Argentina). Periodista, colaborador en diferentes medios locales y nacionales, corresponsal en Europa a fines de los años 70 y principio de los 80. Conferencista, autor de ensayos sobre cultura, política y periodismo. Fundador y co-fundador de entidades culturales y publicaciones de interés general. Actualmente edita una página de opinión, cultura, política local, nacional e internacional y participa como columnista en una radio local.