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18 jul. 2014

Junichirô Tanizaki: Un puñado de cabellos

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—A ver, Mr. Dick, cuénteme su historia, por favor, que afortunadamente no hay nadie ahora…

Era una noche fría. Dick y yo estábamos frente a frente, sentados en la sala de fumadores de un hotel tranquilo. Mientras le animaba a romper su empecinado silencio, yo avivaba las brasas de la estufa.

—¿Quiere tomar un té negro?

—No, gracias, no hace falta.

Al decirlo, Dick recibía en su cara el reflejo caluroso del fuego que hacía resaltar su frente ancha y sólida. Después de haber contemplado la silueta de la llama oscilante como si estuviera meditando, empezó a contar la historia en un inglés que tenía un acento extrañamente japonés.

—Mire, me gustaría contarle algo que nunca antes se lo había contado a nadie. ¿Sabe que pronto me tengo que ir de este país? Mi pierna, gracias a las aguas termales de este balneario, ha mejorado muchísimo. Ya puedo caminar en el campo sin bastón. Puedo decir que ya me curé de la lesión física. A más tardar, dentro de una semana me estaré yendo de aquí, pero no pienso volver a Yokohama…

—¿A dónde iría entonces? Usted tiene su casa en Yokohama.

—Sí, mi casa está en Yokohama, y mis dos padres viven allá. Yo nací en Japón; además de que mi madre es japonesa, no tengo más país natal que Japón. Sin embargo, me quiero ir de este país para vivir por largo tiempo en un lugar como Shangai. Recuperado de la lesión de la pierna, mi cuerpo estará de nuevo fuerte, y ante todo todavía soy joven.

—¿Cuántos años tiene, Mr. Dick?

—Según la cuenta japonesa, veintisiete. Diciéndolo a la manera occidental, voy a cumplir veintiséis el próximo diciembre. Pero esto no importa, escúcheme la historia que le voy a contar. Me iba a ir de aquí sin contársela a nadie, pero ya que usted me ha tratado de una manera tan cordial desde que nos conocimos en este mismo hotel, he llegado a pensar que será bueno contársela a usted. No se preocupe, que no hay necesidad alguna de guardar el secreto, ya que, fuera de mí, ninguno de los que se vio involucrado en aquel asunto está vivo hoy día. Y ahora que me voy de aquí, si le interesa la historia, al terminar de escucharla tiene toda la libertad de escribir un cuento con base en mis experiencias. Es más, puedo decirle que me agradaría que usted, con sus extraordinarias habilidades de escritor, convirtiera ese suceso tan horrible en material de lectura para mucha gente. Tendré que confesar, para empezar, que le mentí una vez sobre la lesión de mi pierna, diciéndole que se me había aplastado en el momento del terremoto. En realidad, fue a causa de un disparo…

Dick habló observando mi reacción de sorpresa, y sacó del bolsillo una pipa para llenarla de tabaco. Se sentó holgadamente en el sillón como preparándose para hablar con calma.

—Bueno, me dispararon en el momento del terremoto, pero no fue a causa del terremoto sino por una mujer. Usted, que frecuentaba el baile del Jardín Flor de Luna o del Hotel Grand, tal vez se acuerde de una rusa, como de veintiocho o veintinueve años, llamada Mrs. Orlov, que llegaba ahí de vez en cuando con uno que otro hombre rubio o con algún mestizo para maravillarnos no sólo con su extraño encanto, un poco salvaje se podría decir, sino con su vestido llamativo que se combinaba fabulosamente con su figura esbelta y blanca. Ya le contaré más en detalle quién era esa mujer y cómo era su carácter, pero déjeme decirle primero que en las fiestas de esa época no había ninguna mujer que la superara en cuanto a la belleza exótica y al lujo en la forma de vivir. Muchas damas y caballeros la evitaban diciendo que era una mujer peligrosa o deshonrada, pero para nosotros ésas no eran más que reacciones originadas en celos o antipatías sin fundamento, ante una rusa exiliada y de origen desconocido, que tenía una gracia fascinante, poco común en Yokohama. Usted sabe que en Yokohama —bueno, no sólo en Yokohama, sino que puede ser común en la mayoría de los puertos del mundo oriental o, mejor dicho, de las colonias de los países occidentales—, los extranjeros residentes tienen la odiosa costumbre de excluir unánimemente de su comunidad, como si formaran un frente común ante un invasor, a cualquier extranjero poco familiar que les parezca sospechoso. Este carácter exclusivista, tan desagradable, que no se mostraba con tanta fuerza antes de la Guerra Mundial, se intensificó en la posguerra con la llegada de los americanos e ingleses, que trataron de eliminar a los demás países para monopolizar sus negocios en el Extremo Oriente. Para ellos, todos los que no son anglosajones, sean orientales u occidentales, son enemigos, o mejor dicho, bárbaros. A los franceses, que fueron sus aliados en la Guerra, no los tratan con tanta antipatía, pero a los alemanes y a los rusos los tratan con abierto desprecio. En el caso de una persona con virtudes superiores, es aún peor, porque le tienen envidia, y seguro la convierten en objeto de calumnias. De manera que la comunidad extranjera ignoraba a la señora Orlov, lo cual me pareció una suerte, conveniente para mí, ya que a nosotros, los mestizos, también nos detestaban, sea abiertamente o a escondidas, aun cuando tuviéramos la nacionalidad anglosajona, por no tener sangre pura.

»A ver, ¿qué opina usted —permítame una desviación— de los que tenemos doble nacionalidad, o sea, los que estamos destinados a no pertenecer a ninguno de los dos países? Hay gente que dice, como criticando mi actitud rencorosa, que la discriminación social no se debe a la impureza de la sangre sino al hecho de que hay muchos niños de escasa inteligencia o de tendencia criminal entre los mestizos. Pero en tal caso, ¿quién se responsabiliza del pecado de haber criado niños tan inmorales como nosotros? La mayoría de nosotros, que no conocemos bien la moral japonesa, aunque vivimos aquí en Japón, pero que tampoco nos educamos completamente al estilo occidental, pareciera que estamos destinados a no poseer un suficiente nivel intelectual o a ser unos vagos en esta sociedad. No sé si sea culpable la sociedad o los padres, pero en cualquier caso la culpa no es nuestra. Bueno, no niego que haya unos cuantos que se han ganado el respeto y la confianza de mucha gente, pero en general nos enfrentamos a los tratos despectivos que nos impiden mantener relaciones igualitarias, ya sea entre los occidentales o los japoneses, y que nos obligan a sentirnos inferiores. Fue por esta razón que, después de conocer a la señora Orlov, muchos de nosotros, congregados a su alrededor, terminamos adorándola como si fuéramos un enjambre de abejas que apuntaran hacia una misma jugosa y suculenta flor. Cuánto más hablaban mal esas damas y caballeros “chic” de nuestra rusa, más nos atraía su belleza. Creo que nos llevaba en realidad más de diez años, o sea que tendría unos treinta y cinco, pero nunca se sabe con precisión la edad de una mujer bien formada físicamente, con una textura de piel tan elástica. Le dije que lucía como de veintiocho o veintinueve años, pero cambiando un poco de maquillaje podía pasar por una chica de veinte, y fijándonos solamente en la superficie tan lisa de esa piel blanca que le cubría el pecho y los hombros, podríamos estar seguros de que su cuerpo era el de una muchacha de diecisiete o dieciocho años. En su cara redonda, la boca era ancha y la barbilla bastante cuadrada, y se notaba su nariz corta, típica de los rusos, que se abría ampliamente hacia adelante, con las fosas nasales como las de un perro venteando la presa. Cuando digo “encanto bestial” y “belleza exótica”, me refiero principalmente a la barbilla y la nariz, pero debo añadir aquí que, si no hubiera sido por la extraordinaria fuerza que emanaba de sus ojos, su figura hubiera sido de una bestialidad más bien ordinaria, y lo exótico simplemente habría degenerado hacia lo grotesco. En realidad, sus ojos despedían un brillo demasiado fuerte, que rebasaba la mera acción de mirar, y parecían dos cristales, grandes y azules, que a veces se iluminaban con un fuego fosforescente y que otras se desbordaban como el mar infinito. Solía hacer una mueca arqueando las cejas como si estuviera molesta, pero, en esas ocasiones, sus pupilas, que se volvían más sensibles y profundas, se veían húmedas como si estuvieran a punto de exhalar rocíos brillantes. Pero toda esta descripción no es suficiente para expresar plenamente su belleza salvaje. Hay una obra de teatro japonés, llamada Puente de piedra, en la que las mujeres bailan sacudiendo locamente sus cabellos rojos y blancos, y al ver por primera vez a la señora Orlov, me acordé justamente del Espíritu del León que aparece en esa obra. El color rojo de su cabello era idéntico al del personaje de la obra. Aunque el cabello natural de color rojo no es tan raro entre las mujeres occidentales, y yo mismo lo he visto algunas veces, nunca había observado un lustre tan intensamente rojo, así como este carbón ardiente de la estufa, en el cabello humano. Su cabello corto, con una raya en el medio, era tan abundante y encrespado que hasta se resistía al peine, y caía ampliamente hacia ambos lados de la cabeza como si fuera un halo de la luna. La cara se le agrandaba debido a ese cabello voluminoso, y se asemejaba a la cabeza de un león. El cuello no demasiado largo, el cuerpo exquisitamente formado, los senos amplios y sensuales, los brazos esbeltos que armonizaban con el cuerpo, las caderas bien asentadas, y las piernas que oscilaban como los suaves vaivenes de las olas… No piense que exagero con esta pintura pletórica, tan llena de palabras poéticas. Bueno, nunca faltó quien dijera maliciosamente que se trataba de una simple lujuriosa, alejada de la belleza, pero dejemos tranquila a esa clase de gente sin sentido de la estética. No estoy exagerando para nada, al contrario, al describirla de esta manera, delante de usted, me la puedo imaginar ahora mismo, tan hermosa como si estuviera aquí presente.

»En esa época, los más fanáticos admiradores de la señora Orlov éramos Jack, Bob y yo. Desde que los tres la empezamos a cortejar con tan fervorosa devoción, los otros pretendientes, quizás fatigados por esta competencia inútil, se retiraron diciendo que estábamos locos. Y nosotros tres, cada quien deseando que los otros renunciaran a la amada, nos hundíamos más y más en el abismo del amor, con una pasión exagerada, ya imposible de frenar. Jack y Bob también eran mestizos, detestados en este país por su sangre impura, y desde pequeños esta coincidencia nos unía en una estrecha amistad; por lo tanto, no nos peleábamos abiertamente de forma deshonrosa, pero nos vigilábamos mutuamente por si alguno madrugaba a los demás, y ninguno podía ocultar sus celos. Pronto, la señora Orlov comenzó a adornarse de objetos de lujo, y su casa se llenó de prendas suntuosas y artículos valiosos. Obviamente, era porque los tres competíamos por medio de los regalos más costosos, como si fuéramos siervos que trataran de ganarse la simpatía de la reina con ofrendas cada vez más atractivas: un día uno le obsequia un vestido de piel, y al día siguiente otro le ofrece una joya… Ella solía decir: “Yo no soporto la vida miserable, ya que la he sufrido en demasía antes de exiliarme en Japón. Siempre me ha gustado disfrutar del lujo de la vida, pero mi esposo murió en la Revolución y ya no puedo regresar a mi país. Estaría dispuesta a casarme si encontrara un hombre capaz de dedicarme todo su amor, alguien que comprenda mis gustos e inclinaciones y que me ofrezca una vida lujosa que me satisfaga…” Incluso llegó a preguntarnos a cada uno de nosotros, en tono de broma: “¿Cuánta fortuna tiene tu familia?”, “¿Heredarás toda esa fortuna?” o “¿Me permitirías toda clase de lujos si me casara contigo? Pero ¿tus padres me aceptarían como tu esposa?” No me acuerdo desde cuándo ni cómo, pero empecé a sentir que, entre los tres, yo era su predilecto. Le contaba que al morir mi padre me quedaría con la mayor parte de la herencia, que me agradaba también la vida lujosa y más aún si fuera para vestirla a ella elegantemente y contemplarla siempre joven y bella, que me preocupaba un poco por el permiso del matrimonio debido a mi juventud pero que dentro de uno o dos años ya no habría problemas, y que no sería difícil ablandar a mi madre… Con estas confidencias trataba de conquistarla cada vez que podía, insistiendo en que dentro de uno o dos años todo sería suyo y que estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ella en este tiempo de espera.

»Por supuesto que jamás se me ocurrió contarle estas intimidades a mis dos amigos, pero, intuitivamente, tanto Jack como Bob sospechaban algo. Apasionados, ambos maquinaban maneras para dejar fuera de juego a los otros, y la lucha amorosa se tornó intensa, algunas veces con susurros melifluos, otras con apelaciones dramáticas. Mientras tanto, nuestra amada comenzó gradualmente a mostrar su carácter salvaje: bebía mucho, fumaba, y a medida que ganaba confianza, nos trataba con actitudes y palabras cada vez más groseras. Aunque me colmó de felicidad cuando consintió en casarse conmigo, ¿cómo podía yo estar seguro de que no hiciera lo mismo con los otros dos? De hecho, cada día crecía a su alrededor una cantidad de prendas de lujo poco comunes, tales como anillos, collares y vestidos de gala, y no podía yo confiar tan fácilmente en que sólo mis labios estuvieran gozando del sabor de los suyos. Seguro que los otros dos se veían acosados por los mismos recelos e incertidumbres, puesto que ya casi nos odiábamos, a tal grado que ni siquiera nos dirigíamos la palabra en nuestros encuentros casuales. Cada uno tenía su propia estrategia para cortejarla, tratando de superar a los demás.

»Durante más de un año mantuve una relación secreta con la señora Orlov bajo estas circunstancias. Como trabajaba en Yamashita, en la Corporación B.M., cuyo dueño era mi padre, yo tenía bastante disponibilidad de tiempo y creía que frecuentaba más que los otros a la señora Orlov, ya que Bob trabajaba en el centro de Tokio y Jack tenía que viajar muy seguido a Kôbe por sus negocios. Pero eso duró sólo hasta el año 12 de Taishô, o sea, 1923, año del terremoto. Al terminar agosto, llegó esa mañana tan funesta del 1° de septiembre. Déjeme hacer un paréntesis ahora, antes de relatar los acontecimientos de ese día tan horrible, para explicarle someramente sobre la residencia donde vivía ella. Seguramente usted también conoce más o menos la ciudad de Yokohama, y recordará que la zona más afectada por el terremoto fue justamente el barrio de Yamashita, que no sólo se desplomó casi de manera inmediata sino que fue también arrasado por el incendio. Pero el desastre originado en la colonia extranjera, conocida como “Bluff”, que queda hacia la parte alta, no fue nada inferior. Esa zona de Yokohama, una de las más pobladas por extranjeros, estaba formada por unas cuadras tranquilas con abundantes árboles, pero en su origen había sido una montaña, y desde la construcción del puerto los extranjeros habían venido edificando una casa tras otra sin preocuparse mucho por pendientes ni ondulaciones, hasta llegar a formar una zona residencial.

De manera que, a pesar de su apariencia lujosa, se trataba de simples casas viejas de madera y ladrillos, y como estaban ubicadas en medio de las pendientes y cuestas, no resistieron mucho los derrumbes y desprendimientos causados por el terremoto. Los árboles no sirvieron de gran cosa para detener el incendio ante los fuegos provenientes de varias casas que tenían en sus cocinas carbones listos para preparar la comida. A diferencia de la cocina japonesa en que se prepara la comida en pequeñas estufas con carbón, los hornos al estilo occidental de esas casas, en medio del terremoto, explotaron en una lluvia de carbones encendidos que derramaban relámpagos de fuego, y el incendio arrasó inmediatamente el barrio entero con remolinos de llamas que se formaban en todos los rincones. Bueno, en realidad, esto sucedió un poco más tarde. La señora Orlov vivía en un apartamento, en el segundo piso de un edificio con una hermosa vista, ubicado en el tope de una colina, ahí mismo en Bluff. Ese edificio, una construcción de madera, amplia pero desolada, estaba ahí desde cuando yo era pequeño, y creo que fue originalmente una escuela católica o una residencia estudiantil, o quizá el hospital Santa Clara, algo así. No sé exactamente cómo había sido el interior, ya que lo conocí sólo cuando la señora Orlov estaba viviendo ahí, pero ahora sus paredes estaban totalmente despintadas y desde adentro se veía aún más arruinado. Los que vivían ahí eran los extranjeros pobres y detestados entre los europeos residentes, que no podían vivir en hoteles o casas normales; es decir, era un nido de rusos exiliados. Pero la señora Orlov, a pesar de estar viviendo en esa mugre, llevaba una vida lujosa, nada comparable con la de los otros rusos. El apartamento que alquilaba estaba en el segundo piso, al cual se llegaba subiendo una escalera de mano con peldaños antiguos, al fondo de un pasillo, sucio y oscuro, que tenía puertas alineadas a ambos lados, pero una vez dentro, uno se sorprendía al encontrar habitaciones lujosas, imposibles de imaginar desde la fachada lúgubre del edificio. A pesar de que la mayoría de los rusos vivían apretados en apartamentos pequeños, una familia de cinco o seis miembros en una misma habitación, la señora Orlov ocupaba holgadamente un apartamento de dos habitaciones y lo amoblaba con artículos muy refinados. Una de las habitaciones, del tamaño como de una sala, tenía una chimenea bastante grande, y la otra, también espaciosa, le servía de aposento privado al estar equipada con un baño completo y una pequeña cocina. Se llevaba muy bien con la pareja que trabajaba como conserjes, hasta el punto de utilizarlos como si fueran sus propios sirvientes, y la vida solitaria, bien atendida por la pareja, le aseguraba, en lugar de incomodidad, condiciones envidiables para disfrutar del placer de estar soltera.

»Bueno, esa mañana del 1° de septiembre, justo una hora antes del terremoto, yo estaba en su cuarto. Como ella se levantaba muy tarde, normalmente la visitaba en las tardes, pero ese día, como era sábado, la iba a invitar a un paseíto a Kamakura para pasar la noche allá. Por lo tanto, llegué temprano, pero ella acababa de levantarse y se estaba bañando. Cuando pasé a su aposento, le oí decir desde el baño: “Hey, Dick, llegaste muy temprano hoy. Espera un momentito, que ya salgo”, y efectivamente salió pronto exhibiendo una figura tan sensual, vestida con un kimono ligero que le cubría apenas la piel fresca y acalorada. Permítame aclararle que no era nada raro entre nosotros que yo pasara a su cuarto cuando se estaba bañando o que ella me recibiera medio desnuda, pero a esa altura de nuestra relación, las coqueterías que utilizaba, aun en gestos triviales de su rostro o en los mínimos movimientos de su cuerpo, se asemejaban en todos los aspectos a los trucos de las prostitutas. Recuerdo muy bien que esa mañana, su cabello cálidamente mojado, adherido como un casco a su cabeza, lucía hermoso como si fuera una tela de satén. Encendió el ventilador eléctrico para secarse el cabello, y mientras fumaba un cigarrillo, acostada boca arriba, echando bocanadas redondas de humo hacia el cielo raso, me hizo sentar al lado de sus piernas. Ignorando mi pregunta sobre el viaje a Kamakura que le quería proponer, ……………, ……………, …………… “Oye, Dick, si me quieres llevar a Kamakura, ¿por qué no me regalas el anillo que te mostré el otro día? Anda, ve a comprarlo inmediatamente. Me lo prometiste tú mismo. Si no, no voy a ningún lado”. Lo dijo agarrándome por la nuca para sacudirme la cabeza. Cuanto más fuerte me la sacudía, más ……………, ……………, ……………, ……………, ……………, me respondía rápido para no permitirme ninguna objeción. “Bueno, te lo regalo, claro, pero no me apures tanto. Te estás portando grosera conmigo, ¿no crees, Katinca?”, le dije al fin —Katinca se llamaba la señora Orlov—, “Déjame estar a tu lado hasta las doce, y seguro voy por tu anillo”. “Está bien, tú eres un buen muchacho, lo sabía, entonces te voy a consentir hasta las doce”, al decirlo Katinca se puso de buen humor, y ……………, …………… “Mira, Dick, pero sólo hasta las doce en punto, eh. Te vas a las doce, y luego vuelves por ahí a las cuatro o cinco. De día hace demasiado calor para salir a Kamakura. Pero vuelves sin falta con el anillo, que no te recibo sin el anillo. ¿Entendido?”

»En veinte, treinta minutos, en el momento culminante y dulce del goce amoroso, fuimos sacudidos por ese tremendo temblor. Reaccioné de manera inmediata, tomándole la mano a Katinca, como si tuviera un resorte en mi cuerpo, pero a duras penas logré levantarme, el piso que nos sostenía se levantó y me devolvió con tremendos empujones a la cama. No sé si fue por una ilusión originada por el pánico o porque de verdad tembló así de fuerte, pero en ese momento sentí que las cuatro paredes del cuarto se inclinaban perpendicularmente ante mis ojos y que el cielo raso se convertía en la pared vertical. La cama se deslizaba sobre el piso que se levantaba casi verticalmente y rodaba con velocidad impresionante hacia una de las paredes que ya se situaba en un plano horizontal. Todo el piso nos estuvo empujando y tirando con tanta frecuencia e intensidad, como si fuera un caballo indómito y enceguecido. Lo único que me quedó grabado de ese momento como una imagen visual fue la confusión caleidoscópica de líneas y figuras, como la vista que uno tiene desde la ventana de un tren a toda velocidad al tratar de observar objetos cercanos. Luego, de eso sí me acuerdo con una claridad espantosa, la chimenea de la sala se desplomó hecha añicos con tremendo estrépito y los pedazos de ladrillos cayeron en lluvia vertical. Escuchamos, fuertemente abrazados encima de la cama, ese ruido infernal con los ojos bien cerrados, pero afortunadamente no llegó ni un pedazo de ladrillo al cuarto, porque la chimenea cayó hacia la otra dirección. “Dick, Dick, alcánzame la ropa que está en el armario, esa…”, pude apenas oír su chillido en ese instante. Como sólo me había quitado la chaqueta de mi traje al entrar a su cuarto, pensé que nos podríamos escapar fácilmente cuando ella estuviera vestida. Pero seguía temblando sin cesar —hay gente que dice que hubo una sacudida fuerte al inicio y que sólo después de una pausa llegó la segunda, tercera oleada, pero para mí fue un solo oleaje largo y continuo—. Como el piso quedó totalmente volcado, tal como le acabo de relatar, no pude levantarme bien de la cama, y cuando traté de caminar un poco, me tambaleé como si sintiera un vértigo repentino, cayéndome de bruces a unos dos metros. Mientras avanzaba a gatas cuidadosamente sobre el piso inclinado en dirección al armario, observé que ese armario tan resistente, casi de dos metros de altura, con espejos incrustados en los batientes, no se mantenía quieto ni un segundo, moviéndose constantemente de un lado a otro. Sin poder hacer nada ante ese armario movedizo, yo también estuve vagando, atontado en el espacio. Pero eso no duró nada, porque en el momento en que lo vi moverse con mayor intensidad, me cayó encima como un bloque de piedra. Con un golpe terrible en la columna vertebral, me desmayé luego de lanzar un débil gemido, y ya no me acordé de más…

»No sé cuánto tiempo había pasado cuando escuché una voz que me decía: “Oye, despierta, Dick, soy yo, Jack… ¡Dick! ¡Dick, por favor! Saliste ileso, anímate”. Al recuperar la conciencia, me encontré entre los brazos de Jack, que sostenía mi cabeza sobre sus rodillas. Jack estaba sentado a mi lado, haciéndome tragar brandy de boca a boca. Mi mente estaba tan confundida que no llegué a entender sino hasta después de un buen rato por qué estaba en los brazos de Jack y dónde me encontraba. “Dick, por fin despertaste. Sólo recibiste un golpe en la espalda, y no tienes ninguna lesión grave. Párate firme, aquí tienes un paraguas que te servirá de bastón para caminar. Escápate de aquí cuanto antes, que si te demoras, vas a perder la vida en el incendio. Toda la ciudad de Yokohama se ha convertido en un mar de fuego”, al escucharlo hablarme de esa manera, me di cuenta de que el armario caído estaba a mi lado y que me encontraba en el cuarto de Katinca, pero no llegaba a comprender cómo y por qué estaba ahí Jack. “Jack…”, le dije, “¿Cómo y cuándo llegaste aquí?” “Yo venía subiendo la cuesta de allí abajo cuando tembló, y me vine corriendo derecho hasta aquí para salvar a Katinca.” “¿Cómo está Katinca? ¿Qué le pasó?” Al escuchar esta pregunta, Jack soltó una carcajada espantosa, señalando hacia atrás con el índice: “No te preocupes. Mírala, ahí está”. Traté de fijar mi vista, nublada levemente todavía por el efecto del vértigo, en la dirección señalada por Jack. Al comienzo, sólo logré ver el terrible desorden del cuarto, como si un monstruo gigante lo hubiera pisoteado ciegamente. Luego, poco a poco, me fui dando cuenta con mis propios ojos del inmenso poder destructivo del terremoto que acababa de azotarnos. El cuarto que me servía de nido de amor se había convertido en una ruina de un momento a otro, y ya no quedaba nada que me permitiera reconocer la antigua habitación de lujo. En la pared que separaba el cuarto de la sala, la chimenea había dejado un enorme hueco al desplomarse en pedazos, formando una montaña de ladrillos que se veía a través del mismo hueco, y el piano, que había ocupado el rincón de la sala, yacía de bruces con las patas quebradas después de haberse deslizado hasta el centro. El piso, terriblemente ladeado, mostraba en varias partes grandes boquetes, producidos por los quiebres y rajaduras de las tablas. Se habían caído todos los cuadros de las paredes, así como los estantes; las porcelanas, copas y botellas de licor se habían dispersado por doquier, y todo lo que había estado de pie se había volcado, incluyendo las sillas, las mesas y el tocador. No estaba exagerando cuando le dije hace unos minutos que la cama se deslizaba sobre el piso, puesto que efectivamente estaba en el otro extremo del cuarto, casi hundida en la pared, y su figura deformada me recordó un escenario creado por los artistas expresionistas. Y Katinca estaba parada, recostada en una de las esquinas de la cama como si fuera una estaca, pero lucía pálida, tan pálida como el color de sus ojos que se posaban en mí. Pronto me di cuenta de que había visto mal; en realidad, ella no estaba simplemente parada, sino amarrada a la cama con las manos atadas hacia atrás, y sus pies, también atados, se veían espantosos. “Caramba, Katinca, ¿qué te pasó?”, al oírme hablar así, Katinca, quizá por la insoportable humillación de estar amarrada o tal vez por el peligro inminente, permaneció como desmayada; sus pupilas, que en otras ocasiones habían sido más elocuentes que millones de palabras, ahora apenas se mantenían abiertas con indiferencia. “Pero, Jack, ¿qué quieres hacer con Katinca? ¿No la piensas salvar?” En cuanto grité enloquecido estas palabras, me levanté olvidando los dolores que me atormentaban. “Espera, Dick, que no hay motivo para escandalizarse. Yo simplemente decidí no salvar a esta mujer”, dijo Jack, sosteniéndome fuertemente con sus brazos, porque todavía yo estaba como aturdido, “Escúchame, hermano, la voy a dejar aquí atada para que muera en el incendio. Pero no va a morir sola, puesto que yo me quedo para morir con ella. Anda, Dick, vete inmediatamente y no digas más nada”. “No”, dije yo, tratando de escaparme de los brazos de Jack, “La voy a desatar. Por más que te opongas, la voy a salvar”. “Deja de hablar tonterías”, al decirlo burlonamente, Jack me sujetó todavía con más fuerza y continuó luego, casi pegando su boca a mi oído, con un tono calmado y persuasivo: “Dick, te salvaste de milagro, gracias a mi ayuda. Por más que te resistas, no me podrás vencer. Si te demoras, corres el riesgo de perder la vida. Mira, que el fuego ya está encima. Asómate a esa ventana y verás que estamos rodeados de humo, ves cómo sale por todos lados. Ya no tienes tiempo que perder. ¿Vas a morir por esta tipa? ¿Para qué? Vete, por favor. Te lo aconsejo, no quiero involucrarte en este embrollo. Te lo suplico, hazme caso”. “Jack, no seas cobarde. ¿Vas a matarla sólo porque no pudiste conquistar su amor?” Venciendo mi desesperación, Jack me llevó a la fuerza hasta la ventana de la habitación y me sujetó el cuello con sus manos poderosas para despojarme del ímpetu ciego e incontrolable de mi locura. “Ya que voy a morir pronto, te hablaré con toda franqueza. ¿Sabes qué estaba haciendo la fulana mientras estabas desmayado? Yo entré aquí justo cuando intentaba huir con todas las joyas de valor puestas, en lugar de ayudarte a salir de este peligro. Si yo no te hubiera quitado ese armario de encima, Katinca te habría dejado morir. ¿Conquistar el corazón de una mujer así de descarada? Date cuenta de que a ti también te engañaba. En lo que a mí respecta, te cuento que ya estoy jodido. Cometí un error imperdonable, y para mí ya no tendría ningún sentido seguir viviendo en este mundo. Le prometí que nos iríamos a vivir al extranjero, pero como ves ya no hay remedio; al enamorarme de una mujer tan desalmada, me condené a este final trágico, y debo morir llevándomela como sacrificio. Pero tú no mereces ser víctima de esa ingrata que te iba a dejar abandonado. Te suplico que nos demos la mano sin rencor, como los amigos que siempre hemos sido, y que te vayas rápido de aquí. Siento mucho no poder ver a Bob, dale saludos de mi parte, por favor”. Jack parecía estar dispuesto a arrojarme por la ventana si no aceptaba su propuesta. Pero ¿cómo me podría ir dejando a la mujer que me importaba más que mi propia vida? Bueno, ella me iba a abandonar, y nos había engañado con la falsa promesa de matrimonio a Jack y a mí, y seguramente también a Bob. Sin lugar a duda, era una tipa de lo más odiosa, pero el que se buscó este destino terrible al enamorarse de ella no había sido solamente Jack, sino también yo. Dije: “Mira, Jack, te agradezco la atención, pero yo también le hice una promesa, por lo tanto tengo el derecho de sacrificar mi vida por ella. Si me voy de aquí, eso equivale a perder su amor. No quiero ser un fracasado sin dignidad. Si crees que todavía mantenemos la misma amistad, lo que debemos hacer es morir los dos juntos al lado de esta mujer. No voy a pelear contigo, pero de aquí no me voy a ningún lado. Además, ya es tarde para huir”. A estas palabras mías, sobrevino un largo y pesado silencio. Jack fijó en mí su mirada feroz, encendida por la llama de los celos, para acosarme con evidente repugnancia, pero al fin me soltó. Se levantó decididamente y empezó a caminar con impaciencia sobre el piso inclinado, dando vueltas interminables.

Más allá de la ventana ya se veía el humo que salía en abundancia desde algún lugar cercano. Fuera porque todos los residentes del edificio hubieran muerto o porque ya habían huido, no se sentía ninguna presencia humana en los apartamentos ni en los pasillos. A lo lejos se escuchaban explosiones esporádicas y el ruido crepitante de los incendios que acababan con las casas de madera, y se palpaba en el aire el alboroto y la desesperación, pero ese desorden exterior sólo servía para resaltar el silencio funesto del cuarto. Pronto Jack, que seguramente logró dominar al fin la violencia de sus celos, me enfrentó con calma para ofrecerme su mano y dijo con una voz lastimosa: “Dick, discúlpame por haber tratado de sacarte de aquí a la fuerza. Tienes razón, ya no hay tiempo para escapar. Quedamos empatados en este juego de amor. Te pido disculpas y quiero que seamos amigos de nuevo. Y le daremos el último beso a Katinca”. Después de sostenerme largamente la mano, Jack avanzó algunos pasos firmes hacia Katinca que seguía amarrada en el rincón. “Katinca”, le dijo, “me gustaría soltarte, pero si lo hago, seguro que vas a intentar inútilmente escapar. Hasta el momento en que el fuego llegue hasta aquí y el cuarto se llene completamente de humo, no te voy a soltar. Lo siento mucho, pero resígnate. Ya no hay remedio. Acabas de escuchar toda la historia. Dick y yo vamos a morir juntos. Consuélate por haber tenido en esta vida a dos hombres enamorados de ti hasta la locura”. Fue justo en el momento en que Jack se puso de rodillas para abrazarle las piernas, como si dedicara una oración a una estatua sagrada, o mejor dicho, como si tratara de aplacar la ira de una diosa, cuando los labios de Katinca esbozaron una sonrisa maliciosa, que se proyectó hasta sus pálidas mejillas. “Mira, Jack, si sólo ustedes dos mueren conmigo, Bob les guardará rencor. ¿Por qué no lo traes hasta acá?” Hablando así en un tono solemne, movió nerviosamente los hombros como si estuviera oponiendo la última resistencia a la muerte inminente. “Bueno, lástima no poder ver a Bob, pero ¿qué se puede hacer?” “Sí, puedes hacer algo, lo puedes traer inmediatamente”. Al escuchar estas palabras enigmáticas, Jack me miró y, compadecido, empezó a escrutar el rostro de Katinca. “Estás loca, pobre Katinca. ¿De dónde puedo sacar a Bob?” “No estoy loca. El loco serás tú, que me tratas de esta forma tan terrible. Bob está aquí abajo, justo debajo del piso donde estoy parada”. Su voz sonaba tranquila aunque un tanto fingida, y tenía un tono helado que nos espantó con su poder sombrío. “Sí, Bob está en el apartamento de aquí abajo, pero debe estar aplastado. Si estuviera vivo, habría venido a salvarme, pero seguro que ya está muerto. Anda, Jack, quita esas tablas del piso y tráeme al pobre Bob. Quiero darle un beso al primero de los tres hombres que me han amado hasta la muerte”. Sólo al escuchar estas palabras, me di cuenta de que había desaparecido un piso entero del edificio y que el segundo piso donde estábamos había quedado a nivel del suelo. Pero ¿cómo es posible que Bob esté en el apartamento de abajo? ¿No será que Katinca, después de mandar a Jack en busca de Bob, intentará salvarse seduciéndome con sus artimañas? A Jack también le entró la misma duda, pero permaneció perplejo ante las palabras inesperadas de Katinca. “Te lo voy a contar sin ningún cuidado, ya que vas a morir pronto”, empezó a decir Katinca con su risa descarada. “No sabes todavía cuánto te he engañado hasta ahora. Bob está aquí abajo, porque yo tenía también ese apartamento alquilado, para así poder manejar a los tres a mi antojo”.

»Esta revelación desvergonzada, que terminó confirmando la sospecha que nos había acosado todo el tiempo, nos cayó literalmente como un golpe de gracia. Pálido y tembloroso, Jack se quedó sin palabras, y con los puños apretados me hizo pensar que iba a golpear a Katinca, pero se alejó al tiempo que me dirigía estas palabras: “Dick, te encargo a esta traidora. Que jamás se te ocurra desatarla”. Después de romper varias tablas del piso para agrandar el boquete, Jack pasó al apartamento de abajo. Al mismo tiempo, de la ventana abierta entró un torbellino de chispas. Katinca, que se encontraba en medio de las chispas que le quemaban la cara y la cabeza, cuyo cabello, rojo por naturaleza, parecía realmente tomar el color rojo del fuego, seguía atada a la cama como una estatua sagrada. ¿Quién habría visto en este mundo una escena tan bella pero, a la vez, tan espantosa? “Anda, Dick, no pierdas tiempo”, me azuzó mi amada bajo el humo, “¡Suéltame, y llévame hasta donde puedas! Si nos sigue Jack, mátalo sin vacilar con la pistola”. “Pero ¿dónde está la pistola?”, la pregunta me salió espontáneamente, porque la palabra pistola me había desconcertado durante unos segundos. “Ahí en el cajón del tocador…” No sé si me poseyó algún demonio o si me empujó una fuerza superior a mi voluntad, pero lo cierto fue que saqué la pistola después de haber gateado unos pasos bajo el humo asfixiante. Y justo en ese momento, Jack regresó, cargando sobre la espalda el cuerpo ya totalmente frío de Bob, con el rostro desgarrado por un golpe y manchado por un chorro de sangre que le salía de la herida abierta en la mejilla…

»Lo que sucedió después es algo que aún me horroriza al tratar de contarlo. Le dije a Jack: “Oye, Jack, nosotros no podemos ser amigos. Decidámoslo todo en un duelo. Si gano yo, suelto a Katinca para salvarla, a ver si podemos atravesar la barrera de fuego”. “Bueno, pero entonces, me toca a mí primero”, al decirlo, Jack me arrebató la pistola, pero apenas me apuntó, cambió rápidamente la dirección para disparar varias veces sobre Katinca. Una de las balas alcanzó mi rodilla cuando traté de protegerla…

»Me preguntará usted: ¿cómo pude salvarme? Después de matar a Katinca, Jack, gritando: “¡Yo gané!”, se dio muerte a sí mismo con un disparo en el pecho. Al quedarme solo, habiendo perdido en un segundo a mis tres amigos, repentinamente me sentí apegado a la vida. Con un cuchillo le corté un puñado de cabellos a Katinca. Con los cabellos bien guardados dentro de mi ropa, comencé a huir del fuego creciente, arrastrando la pierna lesionada, pero fue por puro milagro que logré salvarme. 

Dick esculcó en el interior de su traje, y agregó:

—¿Sabe? Todavía guardo bien los cabellos. Mire este puñado rojo de fibras sedosas, tan bonitas…

Abrió un sobre cuadrado para dejar caer sobre la palma de la mano un puñado de cabellos.

Contemplé el objeto en su palma, y me pareció que el color rojo reflejaba todavía el fuego de su pasado. Tuve un escalofrío repentino y doblé más el cuerpo encima de la estufa.


En Historia de la mujer convertida en mono - Siete cuentos japoneses
© 2007
Traducción: Ryukichi Terao
Revisión y prólogo: Ednodio Quintero
Foto: s-d

14 ene. 2014

Junichirô Tanizaki: El criminal

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1

Soy un criminal. Además, soy artista. ¿Cuánto se habrán sorprendido aquellas personas, que no se cansaban de admirar mis obras de arte, cuando se enteraron de ese repugnante delito que me mandó finalmente a la cárcel? Si se hubiera tratado de un crimen relacionado con asuntos amorosos, seguro que les habría merecido un poco de compasión, pero quedé desacreditado por completo y sin esperanza alguna de inspirar sentimientos bondadosos, ya que se trataba de una simple y vulgar estafa de dinero. Incluso las últimas dos o tres amistades que me quedaban, sin dejar de estimarme hasta el último minuto, me abandonaron con justa razón a partir de aquel escándalo. Mejor dicho, me abandoné a mí mismo. Me maldije diciéndome: “¡Qué estupidez y qué descaro! ¡Qué tontería cometí a cambio de conseguir unos miserables centavos! ¿Y todavía sigues declarándote artista después de todo esto? ¿No te da vergüenza responder con un acto tan mezquino a la gente que te consideró como un artista genial, poco frecuente en esta época moderna, y que te permitió sentirte orgulloso de tu vocación?”
Lo que más me mortificó de aquel escándalo fue el deterioro que sufrió mi sentimiento de superioridad. No me importa tanto que la gente del común me trate de estafador, malvado o sinvergüenza. Ya que me es innata —lo reconozco abiertamente— esta inclinación hacia lo inmoral, me sientan muy bien tales calificativos. Pero por más malvado o sinvergüenza que lograra ser, pude seguir considerándome como miembro de una clase privilegiada de la sociedad, gracias a mi vocación artística y al nivel intelectual, a mi juicio muy superior al de las personas normales. Quizá no fuera tanto como para “considerarme superior”, pero al menos siempre trataba de justificarme con este argumento. Un hombre supuestamente privilegiado, aun cuando lo pusieran preso como castigo, debido a la violación de una ley socialmente aceptada, podría conservar el derecho a reclamar su propio “privilegio” si, después de todo, siguiera siendo capaz de sentirse superior a los demás. Sin embargo, lamentablemente perdí la confianza en mí mismo. Una vez en esta celda oscura, se esfumó toda la vanidad que me había sostenido desde siempre, y al sentirme humillado comenzaron a atormentarme sentimientos cobardes y pusilánimes. Ya me siento incapaz de enfrentar al mundo o a la gente que he estafado. Yo, que antes confiaba en mi vocación para considerarme superior a casi todo el mundo, ahora me siento frente a esa misma gente mediocre, como un miserable idiota, carente de valentía e inteligencia, y como si perteneciera a una categoría ínfima. Para colmo, los que me habían odiado o detestado antes del escándalo, cambiaron de repente su actitud crítica para mostrarse compasivos a causa de mi defecto innato. Desde una posición elevada, me miran como si yo fuera un inválido, compadeciéndose de mi inclinación criminal y burlándose del delito que cometí. Desde su punto de vista, he pasado de ser un enemigo detestable a un mimo gracioso. No puedo dejar de pensar que tienen razón al compadecerse o burlarse de mí en estas circunstancias, y justamente al reflexionar así me siento todavía más humillado. Ya no habrá ninguna salvación para mí…


2

El único que no me abandonó en esas circunstancias tan terribles de mi vida fue, además de mi esposa, mi amigo Murakami. Con todo mi corazón les expreso mi agradecimiento. Sin su apoyo, me habría suicidado sin ninguna duda.
“Es natural que la gente que no te conocía bien se sorprendiera ante el crimen que te mandó a la cárcel, pero tú mismo no tienes por qué decepcionarte o desesperarte tanto. Esa idiotez que cometiste es consecuencia lógica de tu carácter innato, y un suceso como éste era totalmente previsible desde hacía mucho tiempo. Yo sabía perfectamente cómo eras, y aun así confiaba en tu vocación artística, o mejor dicho, todavía confío en ella. Si hasta yo lo pude prever, ¿cómo es posible que tú lo hubieras ignorado? No es a causa de este escándalo por lo que te volviste un sinvergüenza sin remedio, sino que lo has sido desde siempre, a la vez que eras un artista inigualable. Sólo que antes tenías conciencia de tu superioridad y así podías olvidarte de tus perniciosas inclinaciones. Por más que trataras de ignorarlas, en el fondo las conocías muy bien. Hasta te quejabas y te lamentabas con frecuencia de tu naturaleza dañina… En resumen, ¿por qué razón te desesperas o te condenas ahora? ¿Qué gracia hay en decir que has perdido la confianza en ti mismo? Tu confianza se fundamentaba desde el comienzo en tu propia vocación artística, sólo que de vez en cuando la querías ampliar de una forma totalmente errónea al ámbito de tu personalidad, como si creyeras que la comida deliciosa, sólo por el hecho de ser deliciosa, fuera también nutritiva. Tu personalidad estaba perdida desde el inicio, a pesar de tu gran talento como artista. Ahora eres un criminal, es cierto, pero eso no tiene nada que ver con el grado de confianza que pudieras tener por tu arte. Que la gente con defectos de personalidad no puedan ser verdaderos artistas es un argumento inválido aunque en apariencia convincente, planteado por los mediocres, celosos de tu vocación. Tú mismo, siendo tan cobarde y descarado, desmientes con elocuencia ese absurdo argumento, mostrando esas obras tuyas tan sobresalientes, que desde luego el público sí sabe apreciar. Ya que tanto tu descaro como tu talento artístico son naturales en ti, no hay forma de controlarlos artificialmente. Así como no podemos detener los movimientos de nuestro planeta, no tenemos ningún remedio contra tu inclinación criminal ni contra tu vocación artística. Seguro que vas a seguir cometiendo crímenes que merecerán castigos severos, pero, a la vez, vas a seguir produciendo obras que inspirarán grandes manifestaciones de admiración por parte del público. Tú no perteneces solamente a la categoría suprema de un Dante o de un Miguel Ángel, sino también a la menos prestigiosa de los estafadores y carteristas. Sigue confiando en tu vocación, pero sé consciente al mismo tiempo de que socialmente eres un bueno para nada, que no debería andar por las calles con tranquilidad.”


3

Murakami me lo dijo así, palabras más palabras menos, en una larga carta que me escribió. Al leerla, derramé por primera vez en mi vida lágrimas de verdadera emoción. Yo he sido bastante llorón por naturaleza, como suelen ser los criminales, y he sabido llorar con mañas, pero nunca hasta ese momento había llorado de corazón. La carta de mi amigo me salvó del suicidio, ya planeado en mi mente, y al mismo tiempo me produjo un sentimiento de apego a la vida. Recuperé de golpe la confianza que había perdido en mí mismo, y emanó de mi interior una fuerza vigorosa. Me desesperaba al enfrentarme a la evidente conclusión de que yo pertenecía a una raza inferior por ser socialmente inválido, pero pude sacar del mismo argumento otra conclusión regeneradora: que soy un genio del arte. Repasando mi vida hasta entonces, me avergoncé de mis actos criminales, pero, por otro lado, confié aún más en mi vocación artística y me infundí valor para seguir adelante. Sin dejar de contemplar la carta de Murakami, empecé a desarrollar largas reflexiones en torno a varios temas cruciales de mi vida.
Que soy un pobre sinvergüenza, como dice Murakami, ya lo sabía yo desde antes, y también algunos amigos míos estaban enterados. De hecho, he robado varios objetos en diferentes ocasiones. Entonces, ¿por qué antes nadie le había dado importancia a mis robos? Mis amigos, admiradores y defensores, que me habían perdonado varias de mis vilezas, ¿por qué de repente les dio por despreciarme como respuesta a una acción que violó por casualidad la ley? Estar encarcelado sólo me ha otorgado una credencial de criminal, sin alterar de ninguna manera mi propia personalidad. Si me querían, admiraban y defendían por mi vocación artística, no tendrían por qué abandonarme o detestarme a causa de un cambio circunstancial que aconteció en mi vida. En este sentido, la actitud que asumió Murakami ha sido firme y coherente. Quizá parezca demasiado vanidoso al decirlo, pero creo que Murakami comprobó su propia sagacidad al no fallar en reconocer mi vocación.
Seguramente la gente no pensaba que mi descaro llegaría a tales extremos. Pensarían que mis pequeños errores no se debían a mi naturaleza criminal sino a meros descuidos, tan comunes entre los artistas. En general, las personas civilizadas no se animan a creer que exista gente malvada por naturaleza. Aparte de ciertos ladrones tan llamativos como Goemon Ishikawa o Choan Murai, las personas tienden a categorizar a la mayoría de los criminales como inofensivos. Les sería insoportable no poder seguir creyendo que “En este mundo, la gran mayoría somos buenos”. Es por eso que muchos insisten en defender y explicar desde varios puntos de vista el estado mental de los criminales, que muy de vez en cuando descubren a su alrededor, para convertirlos con cualquier excusa en inofensivos. Y, para colmo, creen que el progreso social consiste en esa forma de interpretar los crímenes.


4

Supongamos, por ejemplo, que algún conocido es acusado por la policía de un delito. La gente siempre empieza a decir frases tan forzadas como: “Es un buen hombre, pero tonto al fin y al cabo”, para no calificarlo como criminal. Atributos como “buen hombre” o “tonto” sirven como excusas ideales para defender a una persona.
En realidad, abundan justificaciones de la misma índole en la sociedad humana. Rabioso, cobarde, nervioso… todas estas caracterizaciones son ajenas a la categoría normal de “criminal”.
“Ese hombre parece descarado, pero en realidad es sólo rabioso”. “Me parece que en el fondo es de buen corazón”. “Es un hombre avispado, pero no tiene el valor suficiente para hacer maldades”. Razonamientos como éstos terminan convirtiendo con facilidad a un criminal en un buen hombre. Como ya he comentado, la gente quiere creer que en el fondo todos somos buenos, no por compasión hacia los débiles, sino por el deseo de evitar la desagradable sensación de reconocer la maldad en ellos mismos.
Yo mismo sabía perfectamente que era un criminal, pero por (mala o buena) suerte, durante mucho tiempo la gente no me calificó como tal, porque poseía los atributos que les servían de fundamento para verme como un buen hombre. No me considero tonto, pero ciertamente soy rabioso, cobarde, nervioso y hasta cariñoso, de una u otra manera. Es por eso que, cada vez que cometía algún error criminal, la gente me decía: “Tú eres buen hombre, pero…”, lo cual me volvía aún más malicioso.
No soy un criminal porque lo haya decidido así, es decir por mi propia voluntad, pero en contra de lo que espera la gente que insiste en creerme bueno, ¿qué puedo hacer si por naturaleza soy un criminal? ¿Con qué garantía se lo puede considerar a uno como inofensivo por el hecho de ser amable, cobarde o rabioso? ¿Será verdad hasta cierto punto que no hay frontera definitiva entre lo bueno y lo malo? Obviamente, se trata de una cuestión de grado, pero tampoco estoy convencido de que la diferencia entre los buenos y los malos sea tan ambigua, como creería mucha gente ordinaria. Hay criterios que nos posibilitan delimitar claramente las dos categorías.
Según mi teoría, lo que distingue lo bueno de lo malo se debe buscar en la honestidad y el afecto. Me imagino que mucha gente se opondría a esta afirmación con la siguiente protesta: “No puede haber en este mundo gente carente de honestidad. Hasta el peor criminal tiene en el fondo de su corazón, aunque sea de manera inconsciente, un mínimo de honestidad”. Para mí, ésta es una idea disparatada. Me gustaría replicarle: “Al menos, hay en este mundo uno que carece completamente de honestidad y afecto, y ése soy yo”.
“Pero si has llorado por la gente que sufre. Ésa es la mejor prueba de que no careces de honestidad o de afecto.”
Ésta es la respuesta que daría un ingenuo perdido. Uno es capaz de llorar a cántaros hasta en una miserable obra de teatro. Las lágrimas no prueban de ninguna manera la honestidad o el afecto.


5

Al comienzo, yo mismo confiaba en las lágrimas. Recuerdo haber llorado sin freno, de emoción o de arrepentimiento, en varias ocasiones tales como la muerte de mi única hermana o cuando mi padre me reprendió con un profundo sentimiento. En tales oportunidades, me decía con alegría: “Ya que me salen tantas lágrimas, estos tiernos sentimientos que brotan de mi corazón han de ser sinceros. Ahora sí que estoy arrepentido de verdad. Resucité al fin. Es cierto que en mi alma aún quedaba un resto de sinceridad”. Pero en realidad, la fuente de las lágrimas no está en lo más profundo del alma sino en su superficie, es decir en la parte que depende de los sentimientos cambiantes y caprichosos. Las personas que lloran con facilidad son aquellas, sensibles, claro está, que se dejan influir por el estado emocional del momento.
Sé, por experiencia propia, que curiosamente los malos son más sensibles al estado emocional que los buenos. Carentes de un sistema autónomo de emociones, los criminales en general se dejan dominar fácilmente por las circunstancias momentáneas. Son expertos en leer los gestos de los demás. Ante la gente triste, se ponen tristes de inmediato. Al tratar a los moralistas dotados de nobles sentimientos, empiezan ahí mismo a considerarse nobles. Es por esta razón que los malos lloran con más frecuencia que los buenos.
Justamente por ser hipersensibles a los estados emocionales, los criminales suelen creerse nerviosos e inteligentes. A pesar de su dedicación a actos criminales, son capaces, según sus estados de ánimo, de criticar o detestar severamente el crimen. Y no es que estén mintiendo en tales ocasiones, sino que simplemente dicen lo que creen en el momento.
Yo tampoco soy la excepción puesto que cambio de humor según el interlocutor que tenga delante. Al hablar con gente buena, siempre me considero bueno. Comparto sus puntos de vista, aprobando todo lo que dice, a tal punto que con toda naturalidad comienzan a surgir en mi mente ideas y opiniones muy parecidas a las suyas. Cuando de casualidad logro adivinar perfectamente lo que piensa mi interlocutor, sus muestras de aprecio imprimen una mayor confianza a mis propias ideas acerca de mi virtud personal. Siempre me parece que le caigo muy bien a la gente que conversa conmigo por primera vez.
Creo que los criminales terminan engañando a los otros, no por el interés en el acto mismo de engañar, sino como consecuencia de la voluntad de mostrar sus emociones delante de los demás. Dicen mentiras absurdas, no para estafar, sino para satisfacer sus deseos de ganarse la simpatía de la gente.
“Eso es una contradicción. Si quieren caerle bien a la gente, ¿para qué se dedican al mal?”, preguntarían algunos, a quienes no tengo más remedio que contestar: “Justamente por ser criminales, buscamos ganarnos la simpatía de la gente”. Quizá sólo los que nacen criminales como yo son capaces de entender cabalmente este sentimiento.
Los criminales tienen muy desarrollada la sensibilidad para captar, mal que bien, los matices más delicados del sentir humano, pero su propio estado de ánimo, que es cambiante e inseguro, no refleja de ninguna manera la esencia de su personalidad. En el fondo de su alma, están conscientes de ser unos criminales detestables, por encima de su fluctuante estado emocional. Por esta misma razón, todos los criminales son unos solitarios que nunca dejan de sufrir a causa de la soledad. De ahí su deseo de ganarse la simpatía de los demás.


6

Aunque puede suceder que al principio le caigan bien a la otra gente o que compartan sus puntos de vista, ese estado de ánimo siempre fluctuante no permite que se produzca algún cambio esencial en la personalidad de los criminales. Cuanta más simpatía cosechen y cuanto más conformes se muestren con los demás, más se ampliarán las fronteras de su soledad. Por más semejantes que parezcan en apariencia, los criminales no pueden liberarse del complejo de sentir que en lo referente a personalidad existe un abismo insalvable entre ellos y la gente ordinaria, convenciéndose con rencor de que al fin y al cabo jamás lograrán controlar su innata maldad. Como soy criminal, no sé qué pensarán aquellos que no lo son, es decir los mansos e inofensivos, pero dicen que ellos pueden encontrar consuelo en la ética o en la religión aun en los peores momento de su soledad. En este sentido, me parece que los únicos que conocen la verdadera soledad son los criminales. Su soledad es una lúgubre tiniebla, toda oscura, sin ningún toque de luz ni rastro de iluminación, en la cual la moral y la religión están vedadas desde el comienzo. Para distraerse aunque sea de momento de ese insoportable estado, los criminales acuden a las amistades mundanas, pero lo que en realidad anhelan no es más que bromear alegremente o compartir algunas copas de un licor estimulante, lo cual no dista mucho de las diversiones pasajeras a las que recurre la gente del común, como ir al teatro o disfrutar de una rica comida.
Sin embargo, uno no puede seguir tratando a la gente sólo por algún capricho pasajero. Un día, si es que quieres entablar con alguien una amistad auténtica y sincera, te llegará el momento de revelar tu verdadera personalidad. Y ahí es donde la gente comienza a abandonar a los criminales. Dotado de un nivel intelectual superior al de otros criminales, he sido muy cuidadoso al entablar relaciones tan estrechas que me obliguen a revelarme delante de la gente ordinaria. He tenido que poner en juego toda mi inteligencia y algunas veces soportar la presión y el nerviosismo a causa de este tema que nunca ha dejado de preocuparme.
Aunque trato de mantener una distancia prudente para que las relaciones sigan siendo superficiales, hay gente confianzuda que sin ningún escrúpulo se salta la barrera con la intención manifiesta de asomarse a lo más íntimo de nuestra alma. Y yo, en un intento vano por eludirlos, me digo para mis adentros: “Déjenme en paz, no se dan cuenta que soy un criminal”, pero me veo forzado a revelar mi verdadera personalidad. Y acabo faltándoles el respeto; repito insultos soeces y disparates que erosionan y destruyen la amistad. Y esto soy capaz de justificarlo como un acto de protección, me muestro agresivo antes de que ellos acaben conmigo. En realidad, mi caso es peor todavía porque, a diferencia de los criminales mediocres, yo tengo admiradores y defensores en muchos sectores de la sociedad. Cada vez que me procura algún aficionado al arte, rico, honesto y bondadoso, que confía ingenuamente en mi renombre, me siento atrapado en un vago temor. Me atormento al pensar que algún día tendré que acabar la relación con esa persona. Y cuando esto sucede, me apresuro a cortar por lo sano, de una buena vez, ya me verán cometiendo algún acto descarado, o marco un límite para mantener al intruso fuera de la parcela donde se desarrolla mi intimidad.


7

De modo que tengo la costumbre de categorizar a mis conocidos en dos grupos: los menos importantes, aquellos cuya amistad no me importaría perder a causa de mis desmanes, y los relativamente importantes, a quienes respeto hasta cierto punto a fin de mantener con ellos una relación superficial. Procuro tratar a la gente según estas categorías, pero me es realmente penoso seguir al pie de la letra estos principios. En primer lugar, nunca debo mezclar los dos grupos. Ante los primeros, me puedo mostrar descarado sin ninguna preocupación, pero delante de los segundos debo procurar en lo posible mantener mi renombre y prestigio como artista.
Me permito aclarar aquí que la categorización no se decide según mis objetivos prácticos, puesto que no necesariamente clasifico en el primer grupo a los ricachones o a los ingenuos fáciles de engañar, sino que, en la mayoría de los casos, el asunto se decide por puro azar. Hay ocasiones en que mis temores de molestar a mi interlocutor resultan ser una falsa alarma derivada de alguna coincidencia. Otras veces cometo alguna torpeza por causa de un imprevisto, y así acabo afectando mi relación con las personas a las que aspiraba tratar con una distancia respetuosa. Es decir, mi categorización es inestable en el sentido de que los del primer grupo pueden pasar a formar parte del segundo de una forma totalmente inesperada, así como también puede darse el caso contrario. Yo mismo no estoy en capacidad de saber cuál será el destino final de cada uno.
Debo agregar que se requiere de una condición hipotética para que mi estrategia funcione a la perfección: mis conocidos no deberán tener la menor intención de vengarse de mis actos criminales ni de acusarme ante nadie por ellos. Si no tuvieran la buena voluntad de guardar el secreto al descubrir mi carácter esencialmente criminal, incluso los del segundo grupo llegarían a enterarse de mi detestable personalidad y me abandonarían con desprecio. De esta manera, mi manejo de las relaciones personales se fundamenta en la ingenua suposición de que todos mis conocidos son amables y honestos. Estoy del todo convencido no sólo de que soy un criminal sino también de que la gente en general es inofensiva.
Resulta extraño, pero son los criminales los que más deseos tienen de confiar en los demás. No creen que los otros sean mentirosos porque ellos mismos siempre digan mentiras. Al contrario, se creen los únicos mentirosos del mundo y suponen que el resto de la gente es honesta. Justamente es por eso que se sienten más solitarios. En este sentido, los criminales son los seres más ingenuos del mundo. Aunque estafan a la gente, no hay nada más fácil que estafarlos a ellos. Si los criminales carecieran de ingenuidad, sus maldades nunca tendrían posibilidades de éxito. La gente suele equivocarse al malinterpretar la psicología de los criminales, y les cuesta entender que éstos consideren a las personas normales como inofensivas. Lo que ocurre es que el sentido común de la gente ordinaria sólo se puede aplicar a los miembros de su mismo grupo, y no a los criminales.
Aparte de las dos categorías que he mencionado arriba, hay personas que cumplen ambas funciones al mismo tiempo: los que, sabiendo perfectamente que soy un criminal detestable, aguantan, sin llegar a abandonarme, las molestias que les ocasiono, para así seguir manteniendo conmigo una relación franca y sincera. Murakami es uno de ellos. Desprecian mi carácter, pero no pueden dejar de confiar en mi vocación artística. “Tú eres traicionero y descarado”, me reprochan sin perder la paciencia, para luego seguir tratándome con la cordialidad de siempre. Aun cuando están hartos de mis hábitos perniciosos, se sorprenden a sí mismos cuando se descubren lanzando gritos de admiración ante mis creaciones, hasta el punto de olvidarse de mis delitos, que tantos inconvenientes les han causado.


8

Y así me voy convirtiendo en un ser cada vez más descarado que sabe aprovecharse de esta clase de gente. Sigo cometiendo uno tras otro actos malévolos, que los afectan a ellos, como si quisiera estar probando todo el tiempo su grado de paciencia. Tratar con bondad y comprensión innecesarias a los hombres carentes de voluntad como yo, conduce siempre, tanto a ellos como a mí, al infortunio, puesto que ese método no sirve sino para exagerar mi inclinación perniciosa, pero desgraciadamente siempre se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. Mientras ellos me maldicen cada vez que se ven traicionados, yo me arrepiento profundamente por haberlos estafado. Aun así, no podemos romper la relación tan fácilmente. Tratan de convencerse argumentando que sería una lástima tener que abandonar a un artista tan genial sólo por asuntos del vil metal, mientras yo me avergüenzo por haber sido infiel con esa gente que tanto admira mis obras.
Mi condición actual de prisionero tiene que ver con una de esas amistades, íntimas sin necesidad, que mantuve con una persona muy comprensiva, sin poder romper tal relación en el momento oportuno. Desde luego, no tengo ningún derecho a hablar mal de aquel señor. Sí, porque se trata de un señor en el sentido más preciso del término. Al contrario, le estoy agradecido de corazón. Pienso, sin embargo, que le dimos demasiada cuerda a una relación que desde hacía tiempo sólo producía desagrado tras desagrado. Y pienso también que el señor debería haberse mostrado más tajante con mis descaros sin medida. Sé que estoy valiéndome de una excusa totalmente arbitraria al criticar a una persona inocente en lugar de asumir yo mismo la responsabilidad, pero no tengo otro recurso sino depender de él, ya que yo mismo me considero inválido en asuntos sociales.
Con ese señor, el barón K, hice amistad hace tres o cuatro años, cuando logré presentar por primera vez un cuadro mío, al óleo, en una exposición. Fue realmente un honor para mí, una suerte quizá inmerecida, que fuese justamente el barón K quien comprara ese cuadro, puesto que ya en esa época era muy conocido como joven aristócrata y diletante en el círculo de pintores. Yo, que vivía en una pobreza extrema, sin poder siquiera comprar tubos de pintura, no sólo me gané en un día la bicoca de trescientos yenes, sino que fui reconocido por uno de los críticos más reputados, lo que significó que se me considerara como artista a nivel nacional.
El barón me solía decir para consolarme de la pobreza:
—Un artista tan dotado como tú viviría muy bien de su arte en Europa, pero qué se puede hacer aquí en Japón, donde todavía el óleo no es muy popular.
Con la ayuda del barón, que se convirtió en mi protector, pude casarme, construí un taller modesto y llegué a ganarme la vida como artista. Como si fuera poco, cada vez que podía, el barón publicaba en revistas de arte de las más prestigiosas, reseñas sobre mis obras, en las cuales elogiaba mi talento y mi genio, y así se me fueron abriendo las puertas del éxito.
Al inicio de nuestra amistad, me cuidé mucho de ocultar delante de él mis vicios. Siempre que me invitaba a su casa para mostrarme reproducciones de cuadros famosos del arte occidental, difíciles de conseguir aquí, o para intercambiar opiniones en torno a temas artísticos, me quedaba impresionado por su noble personalidad y también por su profundo conocimiento cultural, poco frecuente entre los hombres de su edad.


9

“Qué triste me pondría si acaso tuviera que terminar mi relación con un señor tan admirable. Qué tragedia tener que mantener oculta en mi interior un alma tan nefasta, que este señor ni siquiera podría imaginar. Nunca debo revelar delante de él mi naturaleza vil. Cueste lo que cueste, debo mantener una relación desinteresada y limpia”. Así me hablaba a mí mismo cada vez que me encontraba con él. Me sentía en peligro como si una fuerza poderosa me estuviera arrastrando hacia una catástrofe. El estado ideal de nuestra amistad, en el cual logramos conservar el mutuo respeto y un nivel mínimo de cortesía aun en los momentos de intimidad, no duró en realidad ni siquiera un año. Pronto nos comenzamos a tratar de una forma por demás descarada y sin la menor prudencia. Estoy convencido de que la culpa de este cambio en nuestra relación la tuvimos los dos. Si el barón hubiera tenido diez o veinte años más que yo y me hubiera impuesto su autoridad de hombre mayor, no habríamos llegado a los extremos detestables que asumió nuestra amistad. Pero el barón era un hombre honesto de verdad, y democrático, para utilizar un término bastante exacto, de edad todavía prematura, al igual que yo, y también algo tímido para expresarse. Comenzó rechazando el trato respetuoso que le dispensaba dada su condición de supuesto aristócrata, y expresó sus deseos de verse integrado a nuestro círculo de artistas. Nos dio por tutearnos, según se acostumbraba entre los estudiantes rudos de la época, y aquél fue apenas el primer paso hacia el desastre final. Pronto me olvidé de su título de barón, y él, a su vez, dejó de elogiar mis trabajos artísticos. Y así, sin darnos cuenta, nuestra relación estaba recibiendo el golpe de gracia.
Durante los tres o cuatro años siguientes, lo estafé en varias oportunidades. Lograba sacarle un mínimo de cincuenta yenes hasta un máximo de cien, que en realidad no es mucho dinero para K, pero lo que de verdad lo lastimaba no era la pérdida de dinero sino el descaro con que yo lo engañaba. Mis trucos para estafarlo eran tan abiertamente falsos, además de mañosos y maliciosos, que al barón se le crispaban los nervios. En las primeras cinco o seis ocasiones en que fui a pedirle dinero, me lo prestó sin ninguna queja, pero luego, los trámites para llegar a un acuerdo se volvieron tan complejos que solíamos permanecer frente a frente, durante un tiempo interminable, mirándonos sin decir una sola palabra, como si representáramos una escena teatral.
—Tener que hablar de un asunto tan delicado no es muy agradable ni para mí ni para ti. Me imagino la pena que sientes al venir de nuevo a fastidiarme con el cuento de siempre. Eso lo sé muy bien —así comenzaba a hablar K, sin poder aguantar más el silencio asfixiante—. Estoy seguro de que tú sientes el mismo grado de malestar que siento yo, ya que sabes muy bien que soy incapaz de negarle la ayuda a los amigos que me piden dinero. Y soy aún más incapaz cuando eres tú quien me lo pide, pues conoces muy bien esa debilidad mía.


10

—Al oírte hablar de esa manera, me veo en la situación de un abusador que se aprovecha de tus puntos débiles, pero entiende que me siento realmente mal, justo por conocer muy bien tu carácter. Tienes toda la razón al afirmar que yo sé que eres incapaz de negarte a socorrer a la gente que te pide dinero. Dices que te vuelves aún más incapaz cuando se trata de mí, ya que te lo pido sabiendo esa debilidad tuya, pero justamente por eso me cuesta mucho más venir a pedírtelo. Conocer tu carácter se convierte en mi propia debilidad. Así como se te hace difícil decirme que no a la petición, también yo me encuentro imposibilitado para pedirte algo. Es realmente fastidioso tener que estar hablando de dinero entre nosotros, pero entiende por favor que se trata de una verdadera emergencia, y por eso te lo estoy pidiendo a pesar de todas las molestias que tenemos que soportar.
Mi argumento para justificar la petición es largo y tedioso. K se muestra más generoso de lo que es normalmente, yo confieso mi impotencia, y así los dos nos vemos desorientados, esperando a que algo nos salve. Como ninguno quiere tomar la iniciativa, la historia nunca se acaba y nos fastidiamos todavía más.
—Como la situación se nos va poniendo cada vez más desagradable a medida que hablamos, opto siempre por rendirme en algún punto y acabo prestándote el dinero, pero explícame, por favor, por qué te surgen tantas emergencias. No es que desconfíe de ti, pero… Con esta pregunta indirecta, K cambia de tono para adoptar una actitud más seria. A pesar de que en nuestros asuntos personales nos tratamos abiertamente y sin rodeos, cuando se trata de abordar temas económicos nos ponemos formales y de una extraña rigurosidad, de tal manera que se va creando a nuestro alrededor una atmósfera sofocante en la que ya no podemos expresarnos con espontaneidad.
—Bueno, para explicar en detalle las emergencias que me han surgido, tendría que pasar por una vergüenza realmente insoportable, y no tengo más remedio que acudir a tu generosidad para que me permitas omitir la explicación, dejándote la posibilidad de que la completes con tu imaginación. Pero ésta sí que es una emergencia. Antes me habían apurado algunas, pero ahora sí se trata de algo grave.
Mi respuesta es totalmente ilógica, como la que ofrecería un niño caprichoso y consentido. Pero, en esas circunstancias, no la veo como tan falta de lógica, al contrario, estoy profundamente convencido de que sí se trata de una verdadera emergencia.
—A ver, ¿qué sucedería, entonces, si yo te negara la ayuda en tus emergencias? Entiende, por favor, que no estoy desconfiando de ti para nada. Estarás muy seguro de que ésta sí es una emergencia, pero no puedo dejar de sospechar que, aun cuando tú crees que se trata de una emergencia, no lo es en realidad. Vienes hoy a pedirme dinero con la suposición de que te lo voy a conceder sin falta. Seguramente, hoy tampoco te voy a defraudar (K siempre sonríe con malicia al decir esto), pero si no contaras con esa certeza, no habrías dejado pasar tanto tiempo hasta que el asunto se te volviera insalvable. Es decir, el punto se te convierte en emergencia justamente porque tú presumes, de una forma por demás conveniente para ti, que siempre me puedes sacar dinero. ¿No es así?


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—Pero, hombre, tú bien sabes que no existe una delimitación clara entre lo emergente y lo no emergente. De manera que no es válido tu argumento de que estoy inventando adrede una emergencia en base a la expectativa de que me puedas sacar de apuros. Son dos asuntos diferentes que por mera casualidad se suceden uno tras otro, y no se puede concluir que el segundo sea la consecuencia del primero.
Me acaloro a tal punto que comienzo a decir estas cosas absurdas. En realidad, el argumento de K es tan absurdo como el mío, pero como él me lleva la ventaja de ser el acreedor, me veo siempre en una posición desfavorable. Esto constituye un placer para K, quien, a pesar de ser superior a mí en cuanto a conocimientos generales, tiene una óptica bastante torpe en cuestiones estéticas y, por lo tanto, suele ser vencido con facilidad en las discusiones sobre arte, en razón de la refinada sensibilidad que poseo en esa materia. K aprovecha la oportunidad de prestarme dinero para desquitarse de alguna manera de las humillaciones acumuladas. La jugada de K no es muy limpia que digamos, pero ninguno de los dos está en condiciones de reconocerlo. Sólo pensamos en cómo refutar al contrincante, como hacemos siempre en las discusiones sobre arte.
—Ese argumento tuyo será válido para ti, pero, mira, la palabra emergencia significa que ya no tienes ningún remedio ante una crisis. Entonces, dime, por favor, qué harías si no pudieras suponer que te puedo prestar dinero o si en realidad no te lo prestara.
—No sé… nunca se me había ocurrido pensar que se diera el caso de que no me pudieras prestar dinero, pero es seguro que estaría totalmente perdido. Al menos, ya agoté todas las posibilidades antes de venir a hablar contigo. Pero a pesar de las vueltas que di, no obtuve ningún resultado positivo. Y es por eso que ahora estoy aquí. Entonces, si rechazas mi petición, ya no tengo a quién acudir.
Al hablar de este modo, procuro enderezar esta absurda discusión hacia el lado práctico, pero K insiste en su argumento ilógico. —Si la emergencia se te presentó sin ninguna relación con tu confiada expectativa de que me puedes sacar dinero con facilidad, ¿cómo es posible entonces que no se te haya ocurrido plantearte la posibilidad de que pudiera negártelo?
—Bueno, tendrás razón en eso, pero como muy bien lo sabes, he sido siempre bastante descuidado en los temas económicos y no soy capaz de pronosticar mis gastos a futuro. Ahora que me preguntas qué haría si no me pudieras prestar dinero, te digo con toda sinceridad que no tengo ni la menor idea. Aunque lo pensara con atención e intensidad, de todas maneras no hallaría ninguna solución. No lo sabré hasta que llegue el momento.
—Claro, tú has vivido así, siempre al azar, sin preocuparte mucho por el futuro. Aun frente a una emergencia, de la cual no tienes en realidad argumentos válidos para calificarla como tal, siempre te llega una solución, quién sabe de dónde, y encuentras salidas sin vivir de verdad momentos de angustia. Entonces, si dices, como ahora, que no lo sabrás hasta que llegue el momento, esta emergencia de la que estás hablando tampoco tendrá ese carácter tan insalvable, y me parece que tú solo, sin la ayuda de nadie, la puedes superar. Para una persona como tú que vive al azar, no puede haber ninguna emergencia.


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Hay varias razones por las que K me sigue acosando con esas discusiones ilógicas. Él afirma que no es capaz de negarme la petición justamente porque yo le pido dinero conociendo su carácter dócil y su debilidad innata ante las personas en apuros. Sin embargo, sólo acierta parcialmente al decirlo, puesto que, viendo el asunto de otra manera, es obvio que le incomoda prestarme dinero aun en las situaciones en que pudiera hacerlo con cualquier otro, justamente porque yo lo conozco demasiado bien. Prestarme dinero para él no es un acto de bondad o de generosidad, sino por el contrario representa la oportunidad de humillarme para así vengarse de mis burlas. Y así todo aquel enredo se expresa en las discusiones absurdas e interminables a las que nos sometemos.
Sería tal vez mejor que de una vez por todas se rehusara a brindarme su ayuda, pero su carácter noble le impide despacharme con un “no” tajante. Sabe desde el comienzo que, como es totalmente previsible, se verá forzado a prestarme dinero. No sería una exageración plantear la hipótesis de que lo que en realidad le desagrada es la sensación de estar dominado por una voluntad ajena, asunto éste que hiere de forma terrible su orgullo. Es por eso que busca vencerme en algún aspecto de la discusión, para así tener alguna excusa válida al hacerme una concesión. No le importa perder dinero, pero sí le importa perder el debate. El vencido perpetuo es él, que siempre termina soltando su dinero, pero quiere saborear una aparente victoria y así dejar humillado al contrincante.
Lógicamente no me debería importar perder el debate, puesto que mi objetivo consiste en conseguir dinero, pero ahí es donde me enfrento a un dilema. Además de ser un tipo desvergonzado desde el punto de vista social, soy también terco en extremo, no soporto que alguien sea capaz de vencerme, jamás estoy dispuesto a sufrir una derrota aun cuando ésta sea tomada como la compensación de algún acto bondadoso a mi favor. No soy capaz de pedir misericordia diciendo algo como: “Usted me venció en el debate, pero tenga la bondad de prestarme dinero”.
Procuro ceder terreno para darle la razón a K, ya que no puedo recibir el dinero que tanto necesito mientras la discusión esté viva. Cuando el tema central del debate es mi vicio, la discusión tiende a serme desfavorable, a tal punto que suelo perder el control y la razón, y K aprovecha esta ventaja para vencerme. No me importa al fin y al cabo perder el debate, pero es ahí cuando comienzo a preocuparme pues si K logra obtener una victoria completa que lo deje de verdad satisfecho, tal vez encuentre alguna justificación para no prestarme el dinero. Por otro lado, al insistir en su argumento ilógico sin que le importe mucho perder un poco de dinero, pareciera acariciar el propósito secreto de convencerme de que en realidad no estoy en ninguna emergencia, y así invalidar mi necesidad económica. De modo que, por cuestiones prácticas, tampoco debo concederle una victoria demasiado fácil. Sin embargo, peor sería vencerle por completo.
Además de estar en desventaja desde el comienzo, tengo que preocuparme por otros aspectos y, en consecuencia, mi argumento se va debilitando cada vez más hasta tornarse ambiguo. K conoce perfectamente esta debilidad mía y me acosa con su elocuencia de sofista. Para colmo, K, que siempre ha tenido confianza en su capacidad de razonamiento, no pierde la oportunidad de ostentarla en mi presencia.


13

—Mira, dijiste hace poco que no había ninguna manera de determinar la línea que separa lo emergente de lo no emergente. Eso me parece muy acertado. Lo emergente, en realidad, no depende de alguna circunstancia objetiva sino del estado subjetivo de cada uno. Siempre puedes pensar que algo es emergente según tu estado de ánimo momentáneo. Si no contaras con esa suposición tan conveniente de que me puedes sacar dinero, es muy probable que sobrevivieras a esa supuesta crisis con tu típica forma de vivir, sin imaginar siquiera que te encuentras en una emergencia…
—Eso no es cierto. Esta emergencia, que sin duda alguna sí lo es, no tiene nada que ver con esa suposición tuya. Estaría en la ruina si rechazaras mi petición.
—¿Pero de qué grado de ruina estás hablando? Permíteme decirte que tú siempre estás en la ruina, pues vives quejándote de la pobreza.
—Bueno, tienes razón, pero esto de ahora sí es grave, de verdad. Créeme, que estoy a punto de quebrar.
—O sea que, si me negara a darte dinero, ¿huirías de la ciudad abandonando todo?
—No creo que sea para tanto, pero me moriría de vergüenza ante los acreedores que me acusan de deslealtad…
Sería mejor responderle que sí huiría para así lograr mi objetivo, pero un extraño sentido de la vanidad, que surge de forma instintiva controlando mi conducta, no me permite admitirlo, y hablo así olvidándome por completo de los aspectos prácticos.
—¿Ves? Si no tienes necesidad de huir ni de abandonarlo todo, no estás sufriendo tanto en realidad. Te dará vergüenza enfrentar a la gente, pero considerando los abusos y maldades que has cometido hasta el presente, no se diría que este último episodio sea un motivo particular de angustia. ¿Sabes cuánto nos hemos preocupado por ti otras veces en situaciones mucho más peligrosas? Yo sé que tú eres bastante despreocupado, hasta descarado se podría decir, en cuestiones éticas y morales.
Me asusto al escuchar este comentario de K, quien obviamente muestra su sarcasmo ante mi naturaleza dada a la farsa y la maldad. Su frase implica esta conclusión, aunque no del todo bien formulada: “¿Y ahora vienes a pedirme dinero sin antes haber cumplido ni una sola vez con la promesa de devolvérmelo, actuando de paso como un moralista que le da importancia a su dignidad?”. Me quedo callado y cabizbajo, aguardando en secreto que de nuevo se revele en él su sentido filantrópico.
—A estas alturas de nuestra discusión, tanto tú como yo estamos ya tan agotados que siempre la dejamos así, sin llegar a profundizar un poco más en tus problemas, pero, mira, yo preferiría, para tu propio beneficio, creerte una persona desorientada y de escaso juicio. Tampoco tú me objetarías en este punto. ¿Cierto? Acepta de una vez que no existe para ti una ruina absoluta ni una emergencia insalvable. Lo que determina el grado de tu apuro no es más que tu cambiante estado de ánimo. No sería exagerado afirmar que inventas situaciones de emergencia con el único propósito de justificar tu suposición de poder sacarme dinero. Sabes, estoy absolutamente seguro de lo que digo. Y dudo que tú seas capaz de reconocerlo puesto que no estás consciente de la situación.


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El rostro de K resplandece de triunfo. Observa con discreción mi figura vencida, agachada para ocultar el temblor nervioso de los labios, y luego enciende un tabaco, se sienta con manifiesta comodidad en su sillón de mimbre y ahí se deleita saboreando su recién formulado argumento, hábil y victorioso… Y a mí se me ocurre en esos momentos que quizá K tiene toda la razón.
En esta oportunidad estaba convencido de que se trataba de una emergencia, pero al pensarlo con la cabeza fría he llegado a la conclusión de que nunca he tenido una verdadera emergencia. Por más pobre que me haya encontrado, los apuros económicos jamás me han causado una vergüenza que pudiera calificarse como seria. Siempre he mantenido la ingenua expectativa de encontrar una salida en cualquier momento, y esa ingenuidad implica una despreocupación absoluta, que me ha permitido siempre burlar las normas sociales. Ahora, si K me negara su ayuda en esta ocasión, seguro que me vería en la ruina, pero sólo al punto de tener que soportar una pequeña vergüenza. He aguantado tantas otras situaciones embarazosas que una más no me importaría para nada, y esta supuesta crisis no me originará ninguna angustia mayor, una vez superada la dificultad inicial.
“Claro, ahora que lo veo en detalle y con calma, me doy cuenta de que, en realidad, no había ninguna emergencia. ¿Cómo fue que no pude enfrentarlo con serenidad? ¿Cómo se me ocurrió que todas las salidas estaban definitivamente cerradas?”
Estas preguntas que me formulo interiormente me hacen reflexionar. Al fin y al cabo, la emergencia no fue una crisis objetiva que me tuviera atrapado, sino un mero producto de mi imaginación. Así de simple, resulta que estuve acosado por una ilusión del todo ajena a la realidad, por algo inexistente que en el fondo no era más que una invención caprichosa…
Me permito hacer aquí una digresión, que me parece que viene al caso, para afirmar que los seres de tendencia criminal, en general, son de carácter visionario. En este sentido, se puede decir que los criminales poseen una vocación artística mucho más desarrollada que la de la gente normal. Incapaces de ver el mundo tal como es, lo colorean con su imaginación. En consecuencia, el mundo aparece a los ojos de los criminales como algo hermoso, mucho más estimulante y seductor que para aquellos seres del común. Cuando el estímulo y la seducción del mundo se intensifican hasta el grado de convertirse en una amenaza, los criminales, despojados de toda resistencia, caen en la tentación de cometer algún acto criminal. La imaginación les vale más —y también les importa más— que la realidad. Guiados por la ilusión que ellos mismos han creado, se dedican a las maldades que a su vez los atormentan. Debido a su excesiva capacidad imaginativa, confunden el presente con el futuro, el pasado con el presente. En una palabra: carecen de una firme concepción temporal. Lo único que perdura en sus mentes es el mal eterno.
Es una creencia normal que los criminales son más materialistas que el resto de los mortales. Muchos criminales comparten esa opinión. Pero, en realidad, resulta todo lo contrario. Ante los ojos de los criminales, el mundo físico no deja de ser más que un mero reflejo del mundo imaginario, que tiene para ellos una existencia más concreta. Para los criminales, lo real sólo consiste en lo que se produce mediante las acciones de su alma, que, para su desgracia, está inclinada hacia lo pernicioso.


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Ahora, K me acaba de convencer de que mi angustia era una ilusión inexistente y, por lo tanto, que ya no tengo necesidad de pedirle dinero. Lo que debería hacer es retirar mi petición a tiempo. Pero, extrañamente, no puedo renunciar al dinero. La frase que expresaría con toda franqueza lo que siento sería la siguiente: “¿Qué te importa que no me encuentre en la ruina? Préstame esa plata, que es lo que quiero, y asunto arreglado”. No hay ni razón ni lógica, simplemente quiero dinero, eso es todo. Aunque resulte ser una ilusión, una emergencia imaginaria es suficiente para activar la codicia.
—Puede que tengas razón al afirmar que no me encuentro en una situación tan crítica. Pero no puedo dejar de sentirme apurado por algo, algo vago que me angustia. Para mí, esto comprueba que sí estoy en crisis. Sea lo que sea, sí necesito dinero.
Esta respuesta deja por un momento a K sin palabras. Obviamente, se trata de un argumento totalmente absurdo, pero que tiene una cierta coherencia lógica, que no abre espacios para un desmentido. Sin embargo, K ha recuperado la seguridad para manejar la discusión después de haberme vencido con su lógica impecable.
—Una vez que empezamos a hablar de dinero, la discusión no tiene fin, como siempre nos ha sucedido. Por más que me lo expliques, no veo ninguna justificación para prestarte dinero, pero bueno, si insistes tanto en tu supuesta necesidad, no habrá otra alternativa que concedértelo, pues. Sólo que, por favor, prométeme que esta vez sí me lo vas a devolver. Cuando vienes a pedirme dinero, no me interesa de verdad mantener contigo estas discusiones tan tediosas, pero ten en cuenta que si me resisto es justamente porque no me lo has devuelto ni una sola vez, a pesar de que siempre te vas con la promesa de hacerlo. En realidad, no me importa tanto que no me devuelvas los préstamos, pero entenderás que esa actitud tuya tan deshonesta de no cumplir para nada lo que prometes me desagrada en extremo. Y para colmo, no han sido pocas las veces.
—Bueno, sí, lo siento mucho de verdad, pero créeme que no he tenido intención alguna de engañarte. Es que siempre me sucede algún imprevisto, pero bueno, ya sabes, la culpa es mía, no hay ninguna excusa…
—Tus excusas no me interesan para nada. Si me devuelves el préstamo completo, me harás sentir bien y no te guardaré ningún rencor. —No te preocupes. Esta vez si voy a cumplir con mi palabra, ya lo verás.
—Bueno, es fácil decirlo. Sé que no tienes ninguna mala intención y aceptas mi dinero pensando que pronto me lo vas a devolver, pero ni modo, hasta el presente no lo has hecho ni una sola vez. Tus palabras ya no me inspiran confianza. Vamos a ver si ahora al fin puedo recuperarla. Fijemos el límite para el fin de este mes, ¿te parece?
—De acuerdo, tengo suficiente tiempo. Por ahí alrededor del veinte de este mes voy a recibir unos doscientos yenes, sin falta. Me tranquilizo de repente al saber que al fin conseguí el dinero. Pero a pesar de toda esta fanfarronería, sé que nunca seré capaz de devolvérselo.


16

De esta manera, repetí innumerables veces el mismo ciclo de pedirle plata a K, sostener con él un debate interminable, prometer devolvérsela antes de la fecha fijada y jamás cumplir con mi palabra, y volver de nuevo para hacerle de forma descarada la misma petición. Tener un amigo tan generoso como K fue la causa principal de que yo, un hombre carente de fuerza de voluntad, me haya enviciado en esa cadena de estafas sin fin. En varias ocasiones llegué a pensar que sería un alivio para mí que K cortara de una vez nuestra relación por causa de mis múltiples incumplimientos.
A pesar de que todo indicaba que nunca seríamos capaces de romper nuestra amistad, el momento llegó de una manera por demás inesperada. Aun tratándose de una persona tan generosa y bondadosa como K, se vio forzado moralmente a olvidarse de su actitud compasiva y tolerante hacia mí para poner fin a nuestra relación. Y el motivo se centró en la acusación de estafa que recayó sobre mí y que también lo afectó a él.
Me acuerdo de que fue en otoño del año pasado, un día de finales de octubre. En esa ocasión, cuando visité a K para pedirle dinero con el desparpajo de siempre, sin imaginar siquiera las consecuencias fatales que me traería aquel episodio, me comporté de una forma descarada, mucho más descarada de lo normal. Y cuando digo “más de lo normal” es porque ya le había sacado una suma considerable hacía apenas diez días, con la promesa de devolvérselo en dos o tres días. Sin la menor intención de devolver aquel dinero recién prestado, le iba a pedir casi el doble, lo cual obviamente me hizo vacilar un poco. Antes de exponer el motivo de mi visita, comencé, en un tono serio, a revelar delante de K detalles íntimos de mi vita sexualis.
En aquella época, hacía unos seis meses que estaba locamente enamorado de una modelo, lo que me llevaba a gastar sumas inmensas de dinero y tiempo para conquistarla. Ella fue la primera mujer que satisfizo sexualmente mi innata inclinación masoquista. Antes de conocerla, había tenido que conformarme con ilusiones fugitivas, inventadas por mi enfebrecida imaginación, para calmar mis deseos sexuales retorcidos. Todas esas imágenes ilusorias, repugnantes, horrorosas y sangrientas tomaron forma real en esa mujer que se convirtió en mi amante. Sin embargo, al lograr aquel deseo que lucía como imposible se perdió el encanto de lo singular, propio de la ilusión irrealizable, para dejar sólo su aspecto grotesco, expuesto a la luz cruda de la realidad. En la plenitud del éxtasis, no podía dejar de preguntarme: “¿Será este objeto tan frívolo, efímero e inmundo lo que yo tanto anhelaba, esforzando hasta el límite mi imaginación?” Mi placer nunca pierde su freshness cuando se sustenta en la ilusión, pero una vez convertido en realidad, se ve marchito y sucio, sin ninguna frescura, empañado por sentimientos mundanos como el tedio, el cansancio y la vergüenza. Mientras mi imaginación se ilumina con la luz eterna, el cuerpo al parecer bello de la modelo y el mío que se encuentra aplastado bajo su peso, van perdiendo gradualmente su resplandor vital para adquirir un tono lúgubre y pesado, como si fueran objetos hechos de plomo. Descubrir semejante transformación me produjo una inmensa tristeza.


17

Después de haber escuchado mi confesión, K me habló de esta manera:
—¿Has leído la biografía de Baudelaire, escrita por Gautier? Según éste, la mujer que aparece en la poesía de Baudelaire no es una mujer de este mundo sino un arquetipo, “la mujer eterna”. La que canta el poeta no es une femme sino la femme. La mujer que un masochist como tú guarda en su mente ha de ser una mujer eterna de belleza perfecta, no una mujer real. Es por eso que siempre te desilusionas al enfrentarte con la realidad.
Sin duda, K acertaba en este punto. Yo siempre adoraba a las mujeres hasta extremos casi insoportables, pero el objeto de mi veneración no era más que una ilusión, una mujer inventada por mi “alma retorcida”. Cuando por casualidad me enamoro de una mujer, lo que veo en ella es una imagen distorsionada a mi antojo. Y al notar la diferencia entre la ilusión y la realidad, sigo insistiendo en quedarme con la ilusión. Cambio de mujer con facilidad, pero sólo para repetir el mismo deplorable proceso de desilusión y desengaño. Nunca he podido conocer el amor verdadero que experimentaría un hombre común. El amor que siento, si es que se puede llamar amor, está siempre dirigido hacia una mujer imaginaria, que sólo existe en mi mente. Yo estoy casado, pero obviamente mi esposa no tiene nada que ver con mi sentimiento amoroso.
Al reflexionar de esta manera, me doy cuenta de que soy un ser totalmente alucinado. No hay remedio, es como si viviera siempre en un universo imaginario.
Al contrastar el mundo de la belleza suprema, producto de mi imaginación, con este mundo imperfecto, tan lleno de fealdad, no puedo dejar de sentir odio y un profundo desprecio. Me urge la necesidad de encarnar mi imaginación sin límites en la realidad. Cuando este deseo se manifiesta como ansiedad sexual, mis fantasías están destinadas al fracaso, pero cuando se convierte en estímulo artístico, mi imaginación siempre encuentra una salida ideal. Hay personas que suponen que en la cabeza de un criminal como yo proliferan ideas inmundas como gusanos, pero a esos insensatos me gustaría enfrentarlos con las obras que he realizado hasta ahora. Esos cuadros impregnados de colorido y brillos espectrales, remarcados por líneas trazadas con determinación, muestran imágenes luminosas, rebosantes de plenitud, que se desbordan como diamantes inagotables. El mundo imaginario que brota de mi alma perniciosa es sólo comparable al altar de un recinto sagrado.
Toda esta historia se la conté a K de manera sucinta y escueta:
—Ahora sí que estoy harto de las mujeres. Lamento en el alma haber abandonado mi labor artística por causa de esa tipa. Mi camino no puede ser otro que el del arte. Quiero cortar esa relación cuanto antes —y ahí, de súbito, me aventuré a ir al grano—: Necesito 100 yenes para correrla pacíficamente…


18

—Hombre, diste muchos rodeos, pero estaba casi seguro de que al final ibas a llegar ahí —así me respondió K, con tranquilidad, sin mostrarse sorprendido, aunque en sus ojos serenos, típicos de la gente mansa, se reflejó un rayo de amargura. Al darme cuenta de que K, desde el inicio de esta historia que le estaba contando con seriedad, me había estado escuchando con desconfianza, sentí un tremendo malestar. Entendí que K había sido ganado por el escepticismo y que se le haría difícil seguir creyendo en mí con la ingenuidad de siempre. Enseguida tuve el presentimiento de que el asunto me iba a salir mal y que la discusión sería larga y tediosa aun cuando finalmente K accedería a prestarme el dinero.
—Bueno, tu historia ha de ser sincera, no lo dudo, pero una vez vinculada con dinero, no la puedo escuchar sin sentirme comprometido, de una u otra manera. Si deseas con franqueza que yo tenga absoluta confianza en la veracidad de tu historia sentimental, no entiendo por qué razón la mezclas con un asunto económico. Naturalmente, ya no puedo evitar la sospecha de que estás aprovechando la confesión para sacarme dinero.
Con esta frase K dio inicio al debate de siempre. ¿Cuánto duraría la discusión de hoy? Por lo general comienza en la mañana para no terminar sino hasta el atardecer. Seguro que hoy tampoco acabaremos antes de que llegue la noche. Durante seis o siete horas seguidas, nos perderíamos en la acumulación de palabras sin ninguna esperanza de llegar a una conclusión, como si estuviéramos en una competencia inacabable de subir una escalera de silogismos, peldaño tras peldaño, en un intento maratónico de vencer al contrincante. Al formular estos pensamientos, tanto K como yo sentimos un cansancio repentino y una angustia muy pesada, aun antes de dar comienzo a esta inútil batalla, que nunca emprendemos con el entusiasmo de un par de chicos que participan en una carrera escolar.
—Pero entiéndeme, acabo de pedirte dinero prestado hace apenas unos días, y si ahora vengo de nuevo para hacerte la misma petición, me siento obligado a explicarte en detalle las razones. Si no te cuento toda la historia, no te puedo demostrar el apuro económico de esta vez. Te juro que mi confesión es sincera, y si dices que tú también la crees, ¿por qué entonces el relato pierde validez al vincularse con un asunto económico?
—Claro que no, pero lo cómico de todo esto consiste en tu actitud. En lugar de buscar el mayor provecho de tu confesión para conseguir dinero, empezaste a hablar en serio de tus problemas emocionales, como si el motivo fundamental no fuera el dinero sino la misma confesión. Me parece gracioso que exageres más de lo necesario la veracidad de tu historia con el fin de sacarme dinero. No puedo dejar de sospechar que me quieres impresionar con la pasión que pones al contar la historia, y así conseguir el dinero en virtud de lo conmovedora que es tu experiencia. A lo mejor estoy equivocado, pero la duda me sigue carcomiendo. En realidad, me siento extraño ante tu forma de contar. Me parece que te aprovechas de tu historia como una justification para convencerte de que es lícito pedir apoyo económico a un amigo.
—Ésa es una forma demasiado maliciosa de interpretar el asunto. El motivo principal es el dinero, no lo puedo negar, pero me extravié hablando de mis cosas personales. No es nada raro que al profundizar demasiado en una reflexión, terminemos dándole mayor importancia a la misma reflexión que al tema que le dio origen.


19

—Justamente por eso te lo advertí. Después de haber escuchado tu confesión, no puedo dejar de compadecerte. Me parece muy bien que rompas de una vez con esa tipa para así poder dedicarte de lleno al arte, pero debes saber también que eso no tiene nada que ver con el dinero que yo te prestaría. Por más emocionante que sea tu historia, no te justifica ni mucho menos te autoriza para pedirme dinero prestado con mayor desparpajo, por no decir descaro, que en otras ocasiones. Date cuenta de que tu situación actual no difiere para nada de las muchas veces en que me has pedido dinero por tus famosas emergencias.
—Mira, déjame decirte que no es así. Hasta ahora, sólo acudía a pedirte dinero por la vaga sensación de que lo necesitaba, pero en esta ocasión se trata de mi labor artística y no de un mero incidente temporal, es decir lo necesito para salvar mi arte. Si de verdad amas mis obras y deseas que mi arte se desarrolle en un ambiente sano y propicio, esta vez tu dinero va a tener una gran significación.
—Pero, vamos a ver, ¿quién me puede decir que, terminada ahora esta relación, no aparezcan otras que te desvíen de nuevo hacia la lujuria? Seguramente ni tú mismo puedes asegurarme nada al respecto. Son tantas las veces que te he visto arrepentirte, pero de nada te han servido esas experiencias, pues siempre acabas repitiendo los mismos errores. ¿No es lógico suponer que en el futuro vas a seguir metiéndote en problemas similares, a menos que dejes de ser tú mismo? Es decir, lo que voy a hacer ahora es asumir tus disparates. Para contribuir al desarrollo de tu arte, en las mejores condiciones, tendré que seguir prestándote dinero cada vez que te enfrentes a la necesidad de cortar con alguna mujer.
—Eso lo dices porque no confías del todo en la sinceridad de mi confesión. Ahora sí que estoy arrepentido de corazón, y no sólo eso: estoy firmemente decidido a no repetir los mismos errores. Bueno, admito que soy un hombre con una fuerza de voluntad exigua, como bien lo sabes, y no sería capaz de asegurar casi nada con absoluta convicción, pero lo que siento ahora es muy distinto a lo que sentía antes…
—¿Ves? Es simplemente una cuestión de capricho. Así como sientes que se trata de una emergencia cuando en realidad no hay ninguna, puedes llegar a creer que te arrepientes de verdad y luego olvidar incluso que te has arrepentido. En consecuencia, llegamos a la misma conclusión: no veo ningún sentido en prestarte dinero. Quizá crees que me hiciste un favor muy especial al confesarme tus intimidades, pero sabes muy bien que mi molestia no varía por esa razón.
Como se ve, K parecía más disgustado que en ocasiones anteriores, lo cual me irritó aún más. ¿Cómo puedo permitir que desconfíe de mí de esa manera? ¿Qué necesidad tengo de andar revelando mis debilidades por unos míseros yenes? ¿Qué derecho tiene K de examinar, escudriñar e investigar cada una de las frases de mi confesión, con semejante ahínco e insistencia? ¿Y con qué fundamento? Realmente me sublevaba al reflexionar acerca de este tema.


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—Bueno, puede ser, como tú dices, que mi arrepentimiento sea una mera cuestión sentimental, ¿pero por qué insistes en desmentirme con tanta prisa si te confesé con toda sinceridad lo que estaba sintiendo? Aunque se trate sólo de un asunto sentimental, no tendrías por qué estar criticándome de esa manera. Te lo conté todo con franqueza, y te repito que no hay ninguna mentira en mi confesión. Si no me crees, ¿qué se puede hacer?
—No te estoy criticando ni acosando de ninguna manera, pero me queda una duda acerca de tu honestidad, porque tu confesión no fue espontánea y pura sino que estuvo vinculada a un asunto de dinero. Y ahora, no sé por qué, tratas de sacar provecho de tu arrepentimiento, que es a todas luces insincero y falso.
»Tu actitud al confesarte no ha sido en absoluto desinteresada y, justamente por eso, la confesión misma pierde autenticidad. Por supuesto que jamás se me hubiera ocurrido que mi arrepentimiento fuera falso, pero el argumento de K era tan convincente que, por extraño que parezca, comenzaba a desconfiar de mí mismo hasta llegar a pensar que K tenía toda la razón. Al sentir que se desplomaba la al parecer incuestionable autenticidad de mi arrepentimiento, lo único que me quedaba era el simple deseo de obtener el dinero. Pues de lo que sí estaba convencido era de mi necesidad económica. Como me sucedía siempre, en esta ocasión había partido de la convicción de que K me prestaría dinero, y a tal certeza se me ocurrió agregarle una confesión que me parecía oportuna y que además provenía de un arrepentimiento sincero, pero que en realidad sólo servía como pretexto para alcanzar la meta final.
—En lugar de valerte de un pretexto inútil, hubiera sido mejor para mí que me dijeras, así, sin rodeos, la frase de siempre: “Préstame dinero, que estoy en apuros, esto es una emergencia”. Como no lo hiciste, ahora tengo que dudar hasta de la supuesta sinceridad de tu confesión. Te lo digo porque esto puede perjudicar nuestra amistad, y déjame agregar que toda la culpa ha sido tuya. A mí no me importa lo que tú hagas, ¿por qué habría de importarme?, pero, por favor, no me inspires desconfianza, que eso sí que no lo voy a soportar. Podría despojarme con gusto de cien o doscientos yenes, sin ningún dolor, si de verdad sirvieran para evitar tu ruina. ¿Pero para qué prestar un dinero que puede dañar la dignidad de uno de los dos? Mira, tú y yo nos conocemos bien, ya que hemos sido amigos desde hace mucho tiempo. Deberías comprenderme ahora.
K me hablaba al borde del llanto, en un tono elegíaco, con los ojos húmedos por la emoción. Parecía como si en cualquier momento me fuera a lanzar a la cara los cien yenes para zanjar así aquella desagradable discusión.
Al ver a K tan afligido, yo también me emocioné hasta el grado de no poder contener las lágrimas. “Qué descarado soy. Qué gracia hay en angustiar de esta manera a un amigo tan honesto, amable y bondadoso”. Tuve que frenar las ganas de postrarme a sus pies para decirle, juntando mis manos sobre el pecho: “¡Discúlpame por lo que más quieras, he sido demasiado cruel contigo!”


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Sin embargo, semejante emoción no me sirvió para cancelar mi petición de dinero. No había forma ni manera de calmar mi ansiedad hacia el dinero, un deseo incontrolable que seguía vivo en mí.
La conversación se prolongó desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche, sin que probáramos siquiera un bocado. Ya sin nada coherente que decir, comencé a repetir la misma idea ilógica, sólo cambiando levemente las palabras: “Préstame dinero, por favor, que esta vez si te lo devolveré sin falta. Dentro de una semana voy a recibir algo más de ciento cincuenta yenes”.
—Si consigues esa suma dentro de una semana, ¿qué prisa tienes ahora? No entiendo cuál es tu apuro por cortar la relación con esa tipa.
Al decir esta frase, K ya estaba a punto de renunciar a convencerme con argumentos lógicos. Seguro que se compadeció de mí al ver cómo mi cara se descomponía con gestos que anunciaban el llanto.
—Te propongo una cosa entonces. Ya que tú mismo te reconoces como carente de voluntad, ¿por qué no firmas un documento formal que verifique tu deuda? Y además de firmar el documento, que serías capaz de ignorar, empeñas algo que te obligue a devolver el dinero. ¿Qué te parece?
Esta vez K recuperaría lo prestado sin falta. No me permitiría la violación del contrato. Se le notaba una firme decisión en su cara, especialmente en la comisura de sus labios.
—Tengo una idea muy buena. Me acordé de que en la galería Taiga de la calle Central, están exhibiendo un cuadro tuyo, una naturaleza muerta. Firma un contrato que certifique que tú me has vendido ese cuadro por cien yenes. Creo que la exposición dura hasta el día diez del mes próximo, y dispones de suficiente tiempo todavía. De modo que te entregaré el certificado en cuanto me devuelvas la plata. En el caso de que no lo hagas, me quedo con el cuadro, que no me parece mal.
—Ese cuadro no me dejó satisfecho. Me incomodaría que lo colgaras en tu estudio.
En el fondo, yo estaba asustado ante la firmeza poco frecuente que había mostrado K. Me sentía humillado por esa actitud suya, tan franca y directa. A pesar de lo vil que podría parecer su idea, K no quiso hacerme ninguna concesión.
—Mira, entiende que no estoy tratando de comprar ese cuadro. El contrato que hagamos va a quedar en mis manos, sin ningún riesgo de que salga al público. Si alguien compra el cuadro, cuánto mejor, me puedes pagar con el dinero de la venta. Y además, amigo mío, si estás tan seguro de que vas a recibir dinero en una semana, ¿por qué te preocupas? Prefiero mil veces que me pagues en efectivo dentro de una semana a tener que quedarme con ese cuadro en empeño. En realidad, te estoy pidiendo que firmes el documento sólo para cumplir con una formalidad, y si haces honor a tu palabra, pues no te va a pasar absolutamente nada, ya sabes. ¿Qué tal si no devuelvo el dinero después de haber firmado el contrato y K deja ese cuadro colgado en el estudio por mucho tiempo? Qué incómodos nos sentiríamos cada vez que le echáramos una ojeada al cuadro. A los dos se nos cruzaron por la mente los mismos escrúpulos y temores. Tanto yo, que firmaba el contrato, como K, que me obligaba a hacerlo, estábamos en un callejón sin salida.
Coloqué la firma en el papel, al tiempo que pensaba de esta manera: “Ojalá sea capaz de mantener firme mi voluntad, ahora que estoy en la cuerda floja. Espero que ésta sea la primera y la última vez que corramos tanto riesgo. Espero que esta jugada tan atrevida sirva para consolidar nuestra amistad. Sé que K experimentaría un inmenso placer si pudiera probar por una vez su confianza en mí”.
Lo que sucedió después ha sido divulgado lo suficiente como para tener que contarlo de nuevo aquí. A pesar de que sí había la posibilidad de que me pagaran un dinero, igual no pude conseguir los ciento cincuenta yenes que aguardaba. Pero eso no fue lo peor: vendí el cuadro a otra persona, ignorando el contrato firmado con K. Tenía la plena confianza de que K no haría público ese documento.
De esto me enteré luego, pues K estaba en su quinta de Hakone el día que clausuraron la exposición. Aprovechando el viaje de K, el sirviente de la casa, que me odiaba desde siempre, fue hasta la galería con la maliciosa intención de recoger el cuadro, alegando el pretexto de que cumplía la misión encargada por su amo. Estoy seguro de que fue el mismo sirviente quien me denunció a las autoridades.
¿Acaso todavía puede alguien afirmar que no soy un criminal? ¿Acaso soy “inocente e ingenuo”, como dicen algunos? Ya hasta perdí las ganas de arrepentirme. Me permito hacer aquí una confesión del todo sincera, dirigida no sólo a K sino al mundo entero: “Soy un criminal y carezco por completo de honestidad. Que me desprecien, detesten o alejen por esa razón, a mí no me importa. No me respeten ni simpaticen conmigo, eso no tiene ninguna relevancia. Pero, por favor, aprecien correctamente mi arte. No vacilen en aceptar que puede haber creatividad capaz de producir belleza aun en un alma tan degenerada como la mía. Sepan que la verdadera esencia de mi alma consiste en la creación artística. En comparación con la vida eterna de que goza el arte, mi alma criminal apenas perdurará mientras este cuerpo mío se mantenga con vida”.


En Historia de la mujer convertida en mono. Siete cuentos japoneses
© 2007
Traducción: Ryukichi Terao
Revisión y prólogo: Ednodio Quintero
Foto: Junichirô Tanizaki por Tomizo Yoshikawa