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1 mar. 2007

El valor de los milagros (Las bellezas del Talmud)

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El milagro no basta para probar una verdad.


En la academia religiosa se había promovido una grave discusión entre Rabí Eliezer y sus colegas, la cual se refería a la aplicación de las leyes sobre cosas puras e impuras. Todos los argumentos presentados por Rabi Eliezer para defender la propia opinión, eran considerados de ningún peso y recha¬zados. —De que la razón está de mi parte —gritó por último el indignado doctor—, dé fe esta planta de algarrobas que se alza a nuestro lado. —A tales palabras la planta se separó de su raíz y se colocó en el lado opuesto.


-¿Qué importa eso? -gritaron los colegas a una voz-. ¿Qué parte puede tener el algarrobo en nuestra cuestión?-. Dé fe de mis palabras -añadió Eliezer- ese arroyuelo que corre a mi costado. -Y ¡oh maravilla!, el arroyuelo remontó de pronto su cauce.


-¿Qué importa? -gritaron los doctores- que las aguas corran hacia adelante o hacia atrás, nada prueba en nuestra cuestión.


-Pues, bien -dijo Eliezer irritado-, lo probará el muro de esta sala. -Y a un mismo tiempo las columnas se curvaron los muros se cuartearon y amenazaron ruina.


Entonces Rabí Yehochua gritó: -¡Oh muros!, ¡oh muros! ¿Si los sabios discuten sobre la interpretación de la ley, a qué os metéis en ellos? -Reverentes los muros a estas palabras, no se precipitaron; reverentes al primer doctor, no se enderezaron y se estuvieron curvos y pendientes.


-¡Pronuncie, pues, la sentencia la misma voz de Dios! -así conjuró Rabí Eliezer. Y la hija de la voz sonó en lo alto de este modo: "¿Quién se atreve a llevar la contraria a Rabi Eliezer? Suya es la razón." Pero contra aquella voz misteriosa se le¬vantó Rabi Yahochua y gritó: "Ya no está en el cielo." *


-No, la ley no está ya en el cielo; despreciemos estas voces misteriosas. Tú mismo, oh Señor, has mandado en tu ley que la opinión de la mayoría de los doctores sea la que prevalezca.


Encontrándose Rabi Natan con el profeta Elias, le pregunto qué se decía en el cielo de aquella célebre discusión. Repuso el profeta: "El Señor sonreía y repetía: mis hijos han vencido, han vencido mis hijos."



* Palabras del texto sagrado, Deuteronomio, capítulo XXX, v 11-12. Esta cita viene a decir que la verdad religiosa ya ha sido transmitida al hombre en la ley; y que la ley sola, y no otra autoridad, puede ser aceptada como maestra de la verdad, siendo como es la ley la palabra de Dios.


(Talmud, Bavá Maziha, pág. 59)
En Cansinos Assens, Las bellezas del Talmud, Barcelona, 1998