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4 abr. 2014

Antonio Tabucchi - Sueño de Arthur Rimbaud, poeta y vagabundo

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La noche del veintitrés de junio de 1891, en el hospital de Marsella, Arthur Rimbaud, poeta y vagabundo, tuvo un sueño. Soñó que estaba cruzando las Ardenas. Llevaba su pierna amputada bajo el brazo y se apoyaba en una muleta. La pierna amputada estaba envuelta en papel de periódico, en el cual, en titulares de gran tamaño, estaba impresa una de sus poesías.

Era casi medianoche y había luna llena. Los prados eran de plata, y Arthur cantaba. Llegó hasta las cercanías de un caserío en el que se veía una luz encendida a través de la ventana. Se tumbó en la hierba, bajo un enorme almendro, y siguió cantando. Cantaba una canción revolucionaria y errabunda que hablaba de una mujer y de un fusil. Al poco rato la puerta se abrió y salió una mujer que avanzó hacia él. Era una mujer joven, y llevaba el pelo suelto. Si quieres un fusil como el de tu canción, yo puedo dártelo, dijo la mujer, lo tengo en el granero.

Rimbaud se aferró a su pierna amputada y rió. Voy a la Comuna de París, dijo, y necesito un fusil.

La mujer lo guió hasta el granero. Era una construcción de dos plantas. En el piso de abajo había ovejas, y en el piso de arriba, al que se subía por una escalera de travesaños, estaba el granero. No puedo subir hasta ahí arriba, dijo Rimbaud, te esperaré aquí, entre las ovejas. Se tumbó sobre la paja y se quitó los pantalones. Cuando la mujer bajó, lo encontró preparado para hacer el amor. Si quieres una mujer como la de tu canción, dijo la mujer yo puedo dártela. Rimbaud la abrazó y le preguntó: ¿Cómo se llama esa mujer? Se llama Aurelia, dijo la mujer, porque es una mujer de sueño. Y se desabrochó el vestido.

Se amaron entre las ovejas, y Rimbaud mantenía siempre cerca su pierna amputada. Cuando se hubieron amado, la mujer dijo: Quédate. No puedo, respondió Rimbaud, tengo que marcharme, sal fuera conmigo, para ver cómo nace el alba. Salieron a la explanada mientras empezaba a clarear. Tú no oyes esos gritos, dijo Rimbaud, pero yo los oigo, vienen de París y me llaman, es la libertad, es la llamada de la lejanía.

La mujer seguía desnuda, bajo el almendro. Te dejo mi pierna, dijo Rimbaud, cuida de ella.

Y se dirigió hacia la carretera principal. Qué maravilla, ahora ya no cojeaba. Caminaba como si tuviera dos piernas. Y, bajo sus zuecos, la carretera resonaba. El alba era roja por el horizonte. Y él cantaba, y era feliz.


En Sueños de sueños
Traducción: Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira
Imagen: © Eric Fougere/VIP Images/Corbis

4 abr. 2013

Antonio Tabucchi - Sueño de Henri de Toulouse-Lautrec, pintor y hombre feliz

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Antonio Tabucchi @Ferran Nadeu


Una noche de marzo de 1890, en un burdel de París, después de haber pintado el cartel para una bailarina a la que amaba sin ser correspondido, Henri de Toulouse-Lautrec, pintor y hombre infeliz, tuvo un sueño. Soñó que estaba en los campos de su Albi, y que era verano. Se hallaba bajo un cerezo cargado de cerezas y hubiera querido coger algunas, pero sus piernas cortas y deformes no le permitían llegar hasta la primera rama cargada de fruta. Entonces se puso de puntillas y, como si fuera la cosa más natural del mundo, sus piernas comenzaron a alargarse hasta que alcanzaron una longitud normal. Una vez que hubo cogido las cerezas, sus piernas comenzaron de nuevo a encogerse y Henri de Toulouse-Lautrec volvió a encontrarse a su altura de enanito.

Vaya, exclamó, así que puedo crecer a voluntad. Y se sintió feliz. Empezó a atravesar un campo de trigo. Las espigas lo superaban y su cabeza abría un surco entre las mieses. Le parecía que estaba en una extraña selva por la que avanzaba a ciegas. Al final del campo había un arroyo. Henri de Toulouse-Lautrec se reflejó en él y vio un enano feo con las piernas deformes vestido con pantalones de cuadros y un sombrero en la cabeza. Entonces se puso de puntillas y sus piernas se alargaron grácilmente, se convirtió en un hombre normal y el agua le devolvió la imagen de un joven apuesto y elegante. Henri de Toulouse-Lautrec se encogió de nuevo, se desnudó y se sumergió en el arroyo para refrescarse. Cuando hubo acabado el baño, se secó al sol, se vistió y se puso de nuevo en camino. Estaba cayendo la tarde, y al fondo de la llanura vio una corona de luces. Se dirigió hacia allí caracoleando sobre sus cortas piernecitas y, al llegar, se dio cuenta de que estaba en París. Era el edificio del Moulin Rouge, con sus aspas de molino iluminadas girando en el techo. Una gran multitud se agolpaba a la entrada, y junto a la taquilla un enorme cartel de colores chillones anunciaba el espectáculo de la velada, un cancán. El cartel reproducía una bailarina que danzaba sobre el escenario sujetándose la falda levantada, justo delante de las candilejas de gas. Henri de Toulouse-Lautrec se sintió satisfecho, porque aquel cartel lo había dibujado él. Después evitó mezclarse con la multitud y accedió por la entrada trasera, recorrió un pequeño corredor mal iluminado y apareció entre bastidores. El espectáculo acababa de comenzar. La música era estrepitosa y Jane Avril, en el escenario, bailaba como una endemoniada. Henri de Toulouse-Lautrec sintió un feroz deseo de salir a escena él también y de tomar por la mano a Jane Avril para bailar con ella. Se puso de puntillas y sus piernas se alargaron inmediatamente.

Entonces se lanzó fogosamente al baile, su chistera rodó hacia un lado y él se dejó llevar por el frenesí del cancán. Jane Avril no parecía en absoluto sorprendida de que hubiera alcanzado una estatura normal, bailaba y cantaba y lo abrazaba, y era feliz. Entonces cayó el telón, el escenario desapareció y Henri de Toulouse-Lautrec se encontró con su Jane Avril en los campos de Albi. Ahora era de nuevo mediodía y las cigarras cantaban como enloquecidas. Jane Avril, exhausta por el calor y la danza, se dejó caer bajo una encina y se levantó las faldas hasta las rodillas. Después le tendió los brazos y Henri de Toulouse-Lautrec se dejo caer en ellos con voluptuosidad. Jane Avril lo abrazó contra su seno y lo acunó como se acuna a un niño. A mí me gustabas incluso con las piernas cortas, le susurró al oído, pero ahora que tus piernas han crecido me gustas todavía más. Henri de Toulouse-Lautrec sonrió y la abrazó a su vez, y, apretando la almohada, se dio la vuelta y siguió soñando.


En Sueños de sueños
Traducción de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira
Imagen: Ferran Nadeu

1 feb. 2012

Antonio Tabucchi - A contratiempo

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Ocurrió así:

el hombre había embarcado en un aeropuerto italiano, porque todo empezaba en Italia, y que fuera Milán o Roma era secundario, lo importante es que fuese un aeropuerto italiano que permitiera tomar un vuelo directo para Atenas, y desde allí, tras una breve espera, un enlace para Creta con la Aegean Airlines, porque de eso estaba seguro, de que el hombre había viajado con la Aegean Airlines, de modo que había cogido en Italia un avión que le permitía enlazar desde Atenas con Creta alrededor de las dos de la tarde, lo había visto en el horario de la compañía griega, lo que significaba que éste había llegado a Creta alrededor de las tres, tres y media de la tarde. El aeropuerto de salida tiene, en todo caso, una importancia relativa en la historia de quien había vivido aquella historia, es una mañana de un día cualquiera de finales de abril de dos mil ocho, un día espléndido, casi veraniego. Lo que no es un detalle insignificante, porque el hombre que estaba a punto de coger el avión, meticuloso como era, le daba mucha importancia al tiempo y consultaba un canal vía satélite dedicado a la meteorología de todo el globo, y el tiempo, según había visto, era realmente espléndido en Creta: veintinueve grados durante el día, cielo despejado, humedad dentro de los límites consentidos, un tiempo de playa, el ideal para tumbarse en esas arenas blancas de las que hablaba su guía, sumergirse en el mar azul y gozar de unas merecidas vacaciones. Porque ése era también el motivo del viaje de aquel hombre que estaba a punto de vivir esa historia: unas vacaciones. Y en efecto eso fue lo que pensó, sentado en la sala de espera de los vuelos internacionales de Roma-Fiumicino, mientras esperaba que el altavoz lo llamara para embarcar hacia Atenas.

Y por fin está en el avión, cómodamente instalado en clase preferente — es un viaje pagado, como se verá después —, agasajado por las atenciones de los asistentes de vuelo. Su edad es difícil de establecer, incluso para quien conocía la historia que el hombre estaba viviendo: digamos que entre los cincuenta y los sesenta, delgado, robusto, de aspecto sano, pelo entrecano, bigotillos finos y rubios, gafas de plástico para la presbicia colgadas del cuello. La profesión. También acerca de este punto para quien conocía su historia había cierta incertidumbre. Podía tratarse de un mánager de una multinacional, uno de esos anónimos hombres de negocios que se pasan la vida en una oficina y cuyos méritos son reconocidos un día por la sede central. Pero también de un biólogo marino, uno de esos estudiosos que, observando al microscopio las algas y los microorganismos sin moverse de su laboratorio, son capaces de afirmar que el Mediterráneo se convertirá en un mar tropical como tal vez lo fuera hace millones de años. Pero también esa hipótesis le parecía poco satisfactoria, los biólogos que estudian los mares no siempre están encerrados en sus laboratorios, recorren playas y acantilados, hasta se sumergen, realizan hallazgos científicos personales, y aquel pasajero adormecido en su asiento de preferente en un vuelo para Atenas no tenía realmente aspecto de biólogo marino, tal vez los fines de semana iba al gimnasio y mantenía en buena forma su propio cuerpo, nada más. Pero, en realidad, si realmente iba al gimnasio, ¿para qué iba? ¿Con qué objeto mantener su cuerpo con aquel aspecto tan juvenil? Realmente no había motivo: con la mujer a la que había considerado la compañera de su vida ya hacía tiempo que había terminado, no tenía nueva compañera ni amante, vivía solo, se guardaba mucho de cualquier compromiso serio, aparte de alguna rara aventura de esas que pueden ocurrir a todos. Tal vez la hipótesis más creíble es que fuera un naturalista, un moderno seguidor de Linneo, y que se dirigiera a un congreso a Creta junto con otros expertos en hierbas y en esas plantas medicinales que abundan en Creta. Porque una cosa era cierta, estaba de camino hacia un simposio de estudiosos como él, el suyo era un viaje que premiaba una vida entera de trabajo y de abnegación, el simposio tenía lugar en la ciudad de Retimno, iba a alojarse en un hotel formado por bungalós, a pocos kilómetros de Retimno, adonde un coche a su servicio lo llevaría cada tarde, y tenía todas las mañanas a su disposición.

El hombre se despertó, sacó de la bolsa de mano la guía de Creta y buscó el hotel donde iba a alojarse. El resultado lo tranquilizó: dos restaurantes, una piscina, servicio de habitaciones, el hotel, cerrado durante el invierno, no abría hasta mediados de abril, lo que significaba que debían ser poquísimos los turistas, los clientes habituales, los nórdicos sedientos de sol, como los definía la guía, estaban aún en sus casitas boreales. Una amable voz ante el micrófono rogó que se abrocharan los cinturones, había empezado el descenso hacia Atenas, donde aterrizarían al cabo de unos veinte minutos aproximadamente. El hombre cerró la mesita y puso derecho el respaldo del asiento, metió la guía en la bolsa de mano y sacó de la redecilla del asiento de delante el periódico que había distribuido la azafata y al que no había prestado atención. Era un periódico con muchos suplementos en color, como ya es costumbre en los fines de semana, el de economía y finanzas, el de deportes, el de decoración y el magazine. Descartó todos los suplementos y abrió el magazine. En la portada, en blanco y negro, había una fotografía del hongo de la bomba atómica, con este titular: «Las grandes imágenes de nuestro tiempo». Empezó a hojearlo con cierta reluctancia. Después de un anuncio de dos estilistas junto a un jovenzuelo con el torso desnudo, que por un momento tomó por una de esas grandes imágenes de nuestro tiempo, la primera verdadera imagen de nuestro tiempo: la losa de piedra de una casa de Hiroshima en la que, a causa del calor de la explosión atómica el cuerpo de un hombre se había licuado dejando impresa su propia sombra. No la había visto nunca y se sorprendió, sintiendo una especie de remordimiento contra sí mismo: aquello había ocurrido más de sesenta años antes, ¿cómo era posible que no la hubiera visto nunca? La sombra sobre la piedra estaba de perfil, y en ese perfil le pareció reconocer a su amigo Ferruccio, que el día de Nochevieja de mil novecientos noventa y nueve, poco antes de medianoche, sin motivos comprensibles se tiró del décimo piso de un edificio de via Cavour. ¿Cómo era posible que la silueta de Ferruccio, aplastada contra el suelo el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, se pareciera a la silueta absorbida por una piedra de una ciudad japonesa en mil novecientos cuarenta y cinco? La idea era absurda, y sin embargo se le cruzó por la mente con toda su absurdidad. Siguió hojeando la revista, y entretanto su corazón empezó a latir con un ritmo desordenado, uno-dos-pausa, tres-uno-pausa, dos-tres-uno, pausa-pausa-dos-tres, las llamadas extrasístoles, no era nada patológico, se lo había asegurado el cardiólogo tras un día entero de pruebas, sólo una cuestión de ansia. Pero, entonces, ¿por qué? No podían ser aquellas imágenes las que le provocaban tanta emoción, eran cosas lejanas. Aquella niña desnuda con los brazos levantados que corría al encuentro de la cámara fotográfica con el trasfondo de un paisaje apocalíptico ya la había visto más de una vez sin experimentar una impresión tan violenta, y ahora en cambio le provocó una intensa turbación. Pasó la página. Al borde de una fosa había un hombre arrodillado con las manos unidas, mientras un muchachito de aspecto sádico le apuntaba con una pistola a la sien. Jemeres Rojos, decía el pie de foto. Para confortarse se obligó a pensar que eran asuntos de lugares lejanos y definitivamente alejados en el tiempo, pero pensarlo no fue suficiente, una extraña forma de emoción, que era casi un pensamiento, le estaba diciendo lo contrario, aquella atrocidad había ocurrido ayer, mejor dicho, había ocurrido justo esa mañana, mientras él estaba cogiendo el avión, y como por arte de magia había sido impresa en aquella página que estaba mirando. La voz por megafonía comunicó que a causa del tráfico aéreo el aterrizaje se retrasaría un cuarto de hora, y mientras tanto los pasajeros podían disfrutar del panorama. El avión dibujó una amplia curva, inclinándose a la derecha; por la ventanilla del lado contrario consiguió divisar el azul del mar mientras la suya encuadraba la blanca ciudad de Atenas, con una mancha de verde en el medio, un parque indudablemente, y la Acrópolis después, se veía perfectamente la Acrópolis, y el Partenón, notó que las palmas de sus manos estaban húmedas de sudor, se preguntó si no sería una especie de pánico provocado por el avión que daba vueltas sin sentido, y mientras tanto miraba la fotografía de un estadio donde unos policías de cascos con viseras apuntaban con sus fusiles ametralladores a un grupo de hombres descalzos, y debajo estaba escrito: Santiago de Chile, 1973. Y en la página de al lado una fotografía que le pareció un montaje, un truco indudablemente, no podía ser verdad, no la había visto nunca: en el balcón de un palacio decimonónico se veía al papa Juan Pablo II, junto a un general de uniforme. El Papa era sin duda el Papa, y el general era sin duda Pinochet, con ese pelo untado de brillantina, el rostro regordete, los bigotillos y las gafas Ray-Ban. El pie de foto rezaba: Su Santidad el Pontífice en su visita oficial a Chile, abril de 1987. Se puso a hojear a toda prisa la revista, como ansioso por llegar hasta el final, casi sin mirar las fotografías, pero ante una tuvo que detenerse, se veía a un chico de espaldas vuelto hacia una furgoneta de la policía, el muchacho tenía los brazos levantados como si el equipo de sus amores hubiera marcado un gol, pero, mirándola mejor, se entendía perfectamente que estaba cayendo hacia atrás, que algo más fuerte que él lo había abatido. Debajo estaba escrito: Génova, julio de 2001, reunión de los ocho países más ricos del mundo. Los ocho países más ricos del mundo: la frase le provocó una extraña sensación, como algo al mismo tiempo comprensible y absurdo, porque era comprensible y sin embargo absurdo. Cada fotografía tenía una página plateada como si fuera Navidad, con la fecha en caracteres grandes. Había llegado al dos mil cuatro, pero vaciló, no estaba seguro de querer ver la fotografía siguiente, ¿cómo era posible que mientras tanto el avión siguiera dando vueltas sin sentido?, pasó la página, se veía un cuerpo desnudo arrojado al suelo, evidentemente era un hombre, pero en la foto su zona púbica estaba desenfocada, un soldado con un uniforme de camuflaje extendía una pierna hacia el cuerpo como si alejara con el pie un saco de basura, el perro que sujetaba de una correa intentaba morderle una pierna, los músculos del animal estaban tan tensos como la cuerda que lo sujetaba, en la otra mano el soldado sostenía un cigarrillo. Debajo estaba escrito: cárcel de Abu Ghraib, Irak, 2004. Después de ésa, llegó al año en el que él se hallaba, el año de gracia de dos mil ocho después de Cristo, es decir se halló en sincronía, eso fue lo que pensó por más que no supiera con qué, pero sincrónico. Ignoraba cuál sería la imagen con la que estaba en sincronía, pero no pasó la página, y mientras tanto el avión estaba aterrizando por fin, vio la pista que corría por debajo de él con las rayas blancas intermitentes que a causa de la velocidad se convertían en una raya única. Había llegado.

El aeropuerto Venizelos parecía nuevo y reluciente, sin duda lo habían construido con ocasión de las Olimpíadas. Se congratuló consigo mismo por ser capaz de llegar hasta la sala de embarque para Creta evitando leer los letreros en inglés, el griego que había aprendido en el instituto seguía siéndole útil, qué curioso. Cuando bajó en el aeropuerto de Hania en un primer momento no se dio cuenta de que ya había llegado a su destino: en el breve vuelo desde Atenas a Creta, poco menos de una hora, se había quedado profundamente dormido, olvidándose de todo, según le pareció, incluso de sí mismo. Hasta tal extremo que cuando por la escalerilla del avión salió a aquella luz africana se preguntó dónde estaba, y por qué estaba allí, y hasta quién era, y en aquel estupor de nada se sintió incluso feliz. Su maleta no tardó en aparecer en la cinta, justo al salir de las salas de embarque estaban las oficinas de alquiler de coches, ya no se acordaba de las instrucciones, ¿Hertz o Avis? Si no era una sería la otra, por suerte adivinó a la primera, con las llaves del coche le entregaron un mapa de carreteras de Creta, una copia del programa del simposio, la reserva hotelera y el trazado del recorrido que había de seguir para llegar hasta el complejo turístico donde estaban alojados los congresistas. Que a esas alturas se sabía de memoria, porque se lo había estudiado una y otra vez en su guía, muy rica en mapas de carreteras: desde el aeropuerto hay que bajar directamente a la carretera costera, no queda otro remedio, a menos que se quiera ir hacia las playas de Marathi, se gira a la izquierda, porque en caso contrario acaba uno al oeste, y él iba al este, hacia Heraklion, se pasa por delante del Hotel Doma, se recorre la Venizelos y se siguen los letreros en verde que señalan una autopista, pero que es en realidad una autovía costera, que se abandona poco después de Georgopolis, una localidad de vacaciones que es recomendable evitar, como especificaba la guía, y se siguen los letreros del hotel, Beach Resort, era muy fácil.

El automóvil, un Volkswagen negro aparcado al sol, estaba al rojo vivo, pero apenas dejó que se enfriara con las ventanillas abiertas, entró como si llegara tarde a una cita, aunque no llegara tarde ni hubiera cita alguna, eran las cuatro de la tarde, tardaría poco más de una hora en llegar al hotel, el simposio no empezaba hasta la noche del día siguiente, con un banquete oficial, tenía más de veinticuatro horas de libertad, ¿qué prisa tenía? Ninguna prisa. Al cabo de unos cuantos kilómetros de carretera un cartel turístico señalaba la tumba de Venizelos, a pocos centenares de metros de la carretera principal. Decidió hacer una breve parada para refrescarse antes del viaje. Cerca de la entrada del monumento había una heladería, con una gran terraza al aire libre desde la que se dominaba la pequeña ciudad. Se sentó en una mesita, pidió un café a la turca y un sorbete de limón. La ciudad que contemplaba había pertenecido a los venecianos y después a los turcos, era hermosa, y de un candor tal que casi hería los ojos. Ahora se sentía realmente bien, con una energía insólita, el malestar que había experimentado en el avión se había desvanecido completamente. Estudió el mapa de carreteras: para llegar hasta la autovía de Heraklion podía atravesar la ciudad o rodear el golfo de Souda, unos cuantos kilómetros más. Escogió el segundo itinerario, el golfo desde lo alto era muy hermoso y el mar, de un azul intenso. La bajada desde la colina hasta Souda fue muy agradable, por detrás de la vegetación baja y el tejado de algunas casas se veían pequeñas ensenadas de arena blanca, le entraron muchas ganas de darse un baño, apagó el aire acondicionado y bajó la ventanilla para recibir en el rostro aquel aire caliente que olía a mar. Superó el pequeño puerto industrial, el centro habitado y llegó al cruce en el que, tras girar a la izquierda, la carretera se adentraba en el recorrido costero que llevaba a Iraklion. Puso el intermitente a la izquierda y se detuvo. Un coche por detrás de él tocó el claxon invitándolo a proseguir: por el otro carril no venía nadie. Él no avanzó, dejó que el coche lo adelantara, después puso el intermitente a la derecha y tomó la dirección opuesta, donde un letrero rezaba Mourniès.

Y ahora estamos siguiendo a ese ignoto personaje que ha llegado a Creta para dirigirse a una amena localidad marina y que en determinado momento, bruscamente, por un motivo ignoto también, ha tomado una carretera que lleva a las montañas. El hombre prosiguió hasta Mourniès, cruzó la aldea sin saber hacia dónde iba, como si supiese adónde ir. En realidad no pensaba, conducía y nada más, sabía que estaba yendo hacia el sur, el sol, aún en lo alto, estaba ya a sus espaldas. Desde que había cambiado de dirección volvía a notar aquella sensación de ligereza que durante unos pocos instantes había experimentado en la mesita de la heladería mirando desde lo alto el amplio horizonte: una ligereza insólita, y al mismo tiempo una energía de la que no conservaba memoria, como si hubiera vuelto a ser joven, una suerte de leve ebriedad, casi una pequeña felicidad. Llegó hasta una aldea que se llamaba Fournès, atravesó el centro con seguridad, como si ya conociera la carretera, se detuvo en un cruce, la carretera principal proseguía hacia la derecha, él tomó por otra secundaria que indicaba Lefka Ori, los montes blancos. Prosiguió tranquilo, la sensación de bienestar se estaba transformando en una especie de alegría, se le vino a la cabeza un aria de Mozart y sintió que podía reproducir sus notas, empezó a silbarlas con una facilidad que lo sorprendió, desentonando de manera lastimosa en un par de pasajes, lo que le provocó risa. La carretera se estaba enfilando entre las ásperas gargantas de una montaña. Era un lugar hermoso y agreste, el automóvil corría por una estrecha franja de asfalto que seguía el lecho de un torrente seco, en determinado momento el lecho del torrente desapareció entre las piedras y el asfalto acabó en un sendero de tierra, en una llanura baldía entre montañas inhospitalarias; entretanto la luz iba menguando, pero él seguía adelante como si ya conociese la carretera, como alguien que obedece a una memoria antigua o a una orden recibida en sueños, y de repente sobre un palo torcido vio un letrero de hojalata con unos orificios, como si hubiera sido agujereado por disparos o por el tiempo, que rezaba: Monastiri.

Lo siguió como si fuera lo que estaba esperando hasta que vio un pequeño monasterio con un tejado semiderruido. Comprendió que había llegado. Bajó del coche. La puerta desvencijada de aquellas ruinas colgaba hacia el interior. Pensó que en aquel lugar ya no quedaba nadie, una colmena de abejas debajo del pequeño pórtico parecía ser su único guardián. Bajó y aguardó como si tuviera una cita. Se había hecho casi de noche. Por la puerta apareció un fraile, era muy viejo y se movía con dificultad, tenía aspecto de anacoreta, con el pelo descuidado sobre los hombros y una barba amarillenta, qué quieres, le preguntó en griego. ¿Entiendes italiano?, contestó el viajero. El viejo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Un poco, murmuró. He venido a darte el relevo, dijo el hombre.

De modo que así había sido, y no había otra conclusión posible, porque aquella historia no preveía otras conclusiones posibles, pero quien conocía esta historia sabía que no podía permitir que concluyera de esa manera, y aquí daba un salto temporal. Y gracias a uno de esos saltos temporales que sólo en la imaginación son posibles, se hallaba en el futuro, en relación con ese mes de abril de dos mil ocho. Cuántos años más no se sabe, y quien conocía la historia mantenía cierta ambigüedad al respecto, veinte años, por ejemplo, que para la vida de un hombre son muchos, porque si en el dos mil ocho un hombre de sesenta años está aún en la plenitud de sus fuerzas, en el dos mil veintiocho será un viejo, con el cuerpo desgastado por el tiempo.

Así imaginaba la continuación de la historia quien conocía esta historia, de modo que aceptemos encontrarnos en el año dos mil veintiocho, como pretendía quien conocía esta historia y había imaginado su continuación.

Y, llegados a este punto, quien imaginaba la continuación de esta historia veía a dos jóvenes, un chico y una chica, con sendos pantalones cortos de cuero y botas de senderismo, que estaban haciendo un viaje por las montañas de Creta. La chica le decía a su compañero: a mí me parece que esa vieja guía que encontraste en la biblioteca de tu padre es completamente descabellada, el monasterio a estas alturas sólo será un montón de piedras repleto de lagartijas, ¿por qué no volvemos hacia el mar? Y el chico contestaba: creo que tienes razón. Pero justo cuando decía eso ella replicaba: bueno, no, sigamos adelante un poco más, nunca se sabe. Y, efectivamente, bastaba dar la vuelta a la áspera colina de piedras rojas que cortaba una parte del paisaje y el monasterio estaba allí, mejor dicho, sus ruinas, y los chicos seguían avanzando, entre las gargantas soplaba el viento y levantaba el polvo, la puerta del monasterio se había derrumbado, nidos de avispas defendían aquel tugurio vacío, y los chicos ya habían vuelto la espalda a tanta melancolía cuando oyeron una voz. En el vano ciego de la puerta había un hombre, era viejísimo y tenía un aspecto horrible, con una larga barba blanca sobre el pecho y el pelo alborotado sobre los hombros. Oooh, llamó la voz, nada más. Los chicos se detuvieron. El hombre preguntó: ¿entendéis italiano? Los chicos no contestaron. ¿Qué ha ocurrido desde dos mil ocho?, preguntó el viejo. Los chicos se miraron, no tenían valor para intercambiarse ni una sola palabra. ¿Tenéis alguna fotografía?, preguntó otra vez el viejo, ¿qué ha ocurrido desde dos mil ocho? Después hizo un gesto con la mano, como para alejarles, aunque quizá estuviera espantando las avispas que revoloteaban bajo el pórtico, y volvió a entrar en la oscuridad de su tugurio.

El hombre que conocía esta historia sabía que no podía acabar de ninguna otra manera. Antes de escribirlas, a él le gustaba contarse sus historias. Y se las contaba de manera tan perfecta, con todos sus detalles, palabra por palabra, que puede decirse que estaban escritas en su memoria. Se las contaba preferentemente a última hora de la tarde, en la soledad de aquella gran casa vacía, o ciertas noches en las que no conseguía conciliar el sueño, ciertas noches en las que el insomnio no le concedía más remedio que la imaginación, poca cosa, pero la imaginación le daba una realidad tan viva como para parecer más real que la realidad que estaba viviendo. Con todo, lo más difícil no era contarse sus historias, eso era fácil, era como si las palabras con las que se las contaba las viera escritas en la pantalla oscura de su habitación, cuando la fantasía le dejaba con los ojos de par en par. Y aquella historia precisamente, que se había contado ya tantas veces que le parecía un libro ya impreso y que en las palabras mentales con las que se la contaba era facilísima de decir, era en cambio dificilísima de escribir con los caracteres del alfabeto a los que debía recurrir cuando el pensamiento ha de hacerse concreto y visible. Era como si le faltara el principio de realidad para escribir su relato, y era por esto, para vivir la realidad efectual de lo que era real en él pero que no conseguía volverse real en verdad, por lo que había escogido aquel lugar.

Su viaje había sido preparado al detalle. Llegó al aeropuerto de Hania, recogió la maleta, entró en las oficinas de Hertz, recogió las llaves del coche. ¿Tres días?, le preguntó con asombro el empleado. ¿Qué tiene de raro?, dijo él. Nadie viene de vacaciones a Creta sólo tres días, contestó sonriendo el empleado. Tengo un largo fin de semana, dijo él, para lo que tengo que hacer me basta.

Era hermosa la luz de Creta, no era mediterránea, era africana; para llegar hasta el Beach Resort emplearía una hora y media, dos como mucho, incluso yendo despacio llegaría hacia las seis, una ducha y se pondría a escribir de inmediato, el restaurante del hotel estaba abierto hasta las once, era un jueves por la tarde, contó: viernes, sábado y domingo enteros, tres días enteros. Bastarían, en su cabeza estaba ya todo escrito.

Por qué giró a la izquierda en aquel semáforo no hubiera sabido explicarlo. Los postes de la autovía se distinguían nítidamente, cuatrocientos o quinientos metros más y embocaría la carretera costera para Heraklion. Y en cambio giró a la izquierda, donde un pequeño letrero azul le indicaba una localidad ignota. Pensó que había estado ya allí, porque en un instante lo vio todo: una carretera arbolada con casas diseminadas, una plaza austera con un feo monumento, una cornisa de rocas, una montaña. Fue como un relámpago. Es esa cosa extraña que la medicina no sabe explicar, se dijo, lo llaman déjà vu, un ya visto, no me había ocurrido nunca. Pero la explicación que se dio no lo consoló, porque el ya visto perduraba, era más fuerte que lo que veía, envolvía como una membrana la realidad circunstante, los árboles, los montes, las sombras de la tarde, incluso el aire que estaba respirando. Se sintió preso del vértigo y temió ser absorbido por él, pero fue un instante, porque al dilatarse aquella sensación experimentaba una extraña metamorfosis como un guante que al darse la vuelta arrastra consigo la mano que cubría. Todo cambió de perspectiva, en un santiamén sintió la ebriedad del descubrimiento, una sutil náusea y una mortal melancolía, pero también una sensación de liberación infinita, como cuando por fin entendemos algo que sabíamos desde siempre y no queríamos saber: no era el ya visto lo que lo engullía en un pasado jamás vivido, era él quien lo estaba capturando en un futuro aún por vivir. Mientras conducía por aquella carreterilla entre olivares que lo llevaba hacia las montañas, era consciente de que en determinado momento habría de encontrar un viejo cartel oxidado repleto de agujeros en el que estaba escrito: Monastiri. Y que lo seguiría. Ahora todo estaba claro.


En El tiempo envejece deprisa
Traducción: Carlos Gumpert

15 abr. 2007

Antonio Tabucchi - Carta a una dama de París

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Antonio Tabucchi, italiano por nacimiento, lisboeta por aficiones y obsesiones, escribió una serie de cartas y de historias que, según nos lo advierte, “decidiré publicar un día en tanto encuentro los personajes que las han vivido”. Su juego pirandelliano ostenta las iniciales P.P. como firma. Se trata de un “Passe-Partout” un poco verniano recorriendo el mundo en ochenta días literarios. En esta carta confirmamos que “los juegos del ser están prohibidos”, pues son los forbidden games impuestos por nuestro “tiempo actual”. Sin embargo, el haikú del amigo de Atsuko nos instala en una nostalgia dorada aunque penoso sea “el tiempo de un lejano otoño pasado”.


Señora y querida amiga:

¿Cómo van las cosas? Y lo que las guía: una insignificancia. Es una frase que leí, y en la cual pienso actualmente. Y entonces: ¿somos nosotros quienes buscamos, o nosotros somos buscados? También sobre esto habría que reflexionar. Por ejemplo, alguien vaga en la tarde, por las calles y los cafés, deambulando al azar, como me llega a suceder a mí que sufro de insomnio. Antaño al menos estaba Bobi, le ponía su correa y lo sacaba a pasear. Era un buen pretexto. Pero ha muerto, ahora ya no tengo ni siquiera esa excusa. Voy de aquí para allá, sin lógica, me quedo en las tabernas hasta que cierran, luego me paro y me voy. El doctor me ha dicho: usted es un caso clásico de homo melancholicus. Pero Durero dibujó la melancolía sentada, objeté, para la melancolía hace falta un asiento. Su melancolía es diferente, decretó, se trata de una melancolía móvil. Y me prescribió ejercicios motores.

Ayer, por ejemplo, tomé la dirección de la Puerta de Orleans. A decir verdad no me había dado cuenta de ello, caminaba, eso es todo. A lo largo del bulevar Raspail, los faroles ponían en evidencia el amarillo de las hojas en los árboles. Estamos al principio del mes de octubre.

Pensé en el verso de un poema: el amarillo actual que tienen las hojas. Actual: lo que es ahora e inmediatamente después ya no. Lo que pasa. De este modo, pensé en el tiempo y en mi tránsito por él. Mis pasos iban rápidamente, seguía un itinerario guiado, sin darme cuenta de ello. Sólo me di cuenta después de la avenida General Leclerc, pues en otro tiempo, entre el ropavejero y el restaurante vietnamita, había una sastrería. Fue ahí donde me hice cortar un traje para la boda de Christine. No tenía dinero, o tenía muy poco, el sastre era un judío viejo y pequeño, el local se hallaba en mi trayecto de regreso a casa, y un día llamé a la puerta, había telas baratas y él me hizo un traje poco costoso. Es así como, paseando frente a este negocio que hoy ya no existe, me di cuenta de que era empujado, sin advertirlo, hacia el bulevar Jourdan y la Ciudad Universitaria. Tenía la costumbre, en esa época, de regresar a pie, a menudo en la noche profunda, pues el Metro dejaba de funcionar temprano y yo me quedaba para ver películas de cine club en un cine pequeño de Saint-Germain: La edad de oro, El perro andaluz, cosas por el estilo. Creía en las vanguardias. Era hermoso pensar que eran revolucionarias. Estéticamente se entiende. A lo largo del bulevar Jourdan, no lejos de una de las entradas a la Ciudad, hay un café que frecuentaba entonces. Iba ahí acompañado por un grupo de estudiantes japoneses con los cuales había trabado amistad, pues había debido rentar en la Casa de Japón durante cierto tiempo, ya que la casa de mi país era objeto de trabajos de reestructuración. En el grupo se encontraban una joven y un muchacho que ganaron mi simpatía. La joven estudiaba medicina y quería especializarse en enfermedades tropicales, pero soñaba con volverse cantante de ópera y tomaba lecciones en casa de un viejo avecindado en Marais(1). Su pasión era Puccini, y sucedía que llegaba a cantar arias de Madame Butterfly. Nos sentábamos en una mesita del café, afuera, en invierno, ella cantaba un bel di vedremo levarsi un fil di fumo, y de su boca salían nubecillas de aliento condensado. Yo decía que se trataba de ideogramas musicales de Puccini. Se llamaba Atsuko, y su amigo escribía haikús que nos traducía cuando le daba la gana. Recuerdo uno de ellos que decía:

La hoja cae
en el viento de octubre
flotando ligera.
Penoso es el tiempo de un lejano otoño pasado.

Sentados en este café soñábamos mundos posibles bebiendo jugo de toronja. Por la mañana, en los anfiteatros de la Sorbona, un viejo profesor de filosofía cuyo nombre no evocaba nada a nuestra abisal ignorancia, hablaba con gracia y genio del Remordimiento y de la Nostalgia. Nosotros ignorábamos lo que era, y por tanto esto nos fascinaba como los mundos lejanos que se suponen más allá de los océanos de la vida, sobre una ribera inaccesible donde jamás atracaremos. No obstante, henos aquí.

Ayer llegué, a merced de mis errancias nocturnas, a este cafecito de antaño. Y lo encontré idéntico, con los mismos rostros juveniles de mi época, y los estudiantes de la Ciudad que trabajan juntos hasta las tres de la mañana cuando el café cierra. Se visten por supuesto de manera un tanto diferente, y la música que escuchan ha cambiado. Sin embargo los rostros son los mismos, y los ojos, y las miradas. Ya no está la rocola donde insertábamos monedas para escuchar a Ornette Coleman, “Petite fleur”, “Une valse à mille temps”, sino una grabadora con música moderna: demasiado americana. A un lado de la nevera, el nuevo propietario ha instalado una repisita con casetes dejados a disposición de los estudiantes, quienes pueden hacer su elección e insertar el casete en el aparato que reposa en un banco donde una pancarta indica: Autoservicio. En la parte baja de la repisa, otra pancarta dice: From the World-De todo el mundo, y ahí se encuentran títulos de diversos países que los estudiantes han traído consigo o que sus amigos y parientes les envían. Se puede escuchar música de danzas rituales africanas, raga de la India, instrumentos de cuerdas de Anatolia, las lamentaciones de las geishas y todo lo que los hombres han inventado como maneras diversas de expresar lo que aprecian como armónico. En lo alto de la repisa, una pancarta indica Sección Nostalgia, ahí se encuentran reunidas las canciones que fueron las de nuestra juventud, aquellas de la posguerra, como “Le Déserteur” o “Est-ce ainsi que les hommes vivent”: en resumen, los sótanos de Saint-Germain: mujeres de negro con bufandas rojas, el existencialismo de café, el anarquismo musical de Boris Vian o Léo Ferré. Pensé: música antes que otra cosa. Y repetí esta frase en voz alta. Usted me vino al espíritu entonces, Señora. Es decir tú, a quien actualmente llamo usted, pero que para mí era tú entonces. No se pueden decir impunemente ciertas palabras, pues las palabras son las cosas. Ya debería saber esto en lo sucesivo, a mi edad y con todo lo que ha pasado. Sin embargo, las pronuncié. Sin pensar en la impunidad. Y usted, Señora, usted apareció en este balcón de Provenza. ¿Se acuerda? Estoy seguro de que se acuerda como yo, salvo que desde otro punto de vista, pues yo la veía desde abajo en tanto usted lo hacía desde arriba. ¿Y si embelleciéramos los recuerdos? ¿O si los falsificáramos? Después de todo, para eso sirve la memoria. Digamos que era junio. El tiempo era agradable, como lo es en Provenza.

Yo estaba quizá cruzando un campo de lavanda, y en el lindero de este campo se encontraba una casa de piedra cruda protegida por un almendro. Y como nos enseña la sabiduría china, bajo los almendros se pueden recordar las memorias de otro. ¿Acaso estoy confundido? Y bien, que así sea, estoy confundido.

Pero como usted sabe, Señora, todo es confuso. Solamente trato de disponer con torpeza toda esta confusión en un orden más o menos plausible. Y la plausibilidad presupone la falsedad, aunque sea ésta involuntaria. Por tanto, le ruego me comprenda. En cuanto a que en ese momento usted apareció en el balcón, a pesar de todo. Estaba desnuda, esto no puede usted recordarlo, como yo lo recuerdo, ahora, aquí, después de todo este después. ¿Comprende? Por supuesto que comprende. El coito tuvo lugar abajo, en medio de la lavanda, bajo el almendro. ¿Pasó un tractor por ahí? Puede ser, pero sin el arado mecánico.

Fue un largo abrazo sereno, casi inmóvil, y yo derramé mi semen en la lavanda. Con una flor violeta de lavanda humedecida con saliva, sequé su violeta más oculta. ¿Le parece telúrico, o simplemente de mal gusto? Poco importa: no he tenido sino pesadillas, pero también visiones tranquilizantes y eyaculaciones satisfactorias. Bellas, sin duda. Las ventanas en ocasiones no tienen postigos, se abren sobre horizontes mucho más enormes que los de la realidad. Es la ventana de mi cabeza. No deseo tirar nada, y todo esto no puede ser destruido. ¿Debería haberme quedado? No es imposible. ¿Quién sabe? Pero todo pasa y nada queda, decía otro. Y el ácido poeta pondera, atribuyendo el aforismo a un rabino siniestro: es verdad que has fornicado, pero fue en otro país, y además la muchacha ha muerto.

Es precisamente en el momento en que pensaba sobre todo esto, querida amiga, que sucedió un milagro miserable, de esos que la vida nos reserva a fin de que podamos adivinar algo de lo que fue, de lo que podría ser y de lo que podría haber sido. Una sugerencia que es necesario atrapar al vuelo, como la profecía póstuma de una sibila superflua. En esto un joven se levanta de la mesa. Lo veo. Es pequeño y rechoncho. Y tiene gel en el cabello. Una apariencia física muy francesa. Viene seguramente de Auvernia, me digo a mí mismo. Si no viene de ahí, tiene todo el aire de esa región. Se dirige hacia el mueblecito de la música y pone un casete. Y la luz aguda de Trenet, lacrimal, lacrimógena y por tanto realmente punzante, canta: Qué queda de nuestros amores, qué queda de nuestros días, una foto, vieja foto de mi juventud. Es solamente entonces que descubro sobre la mesa ante mí una carpeta azul, cerrada por una cinta blanca sobre la cual está escrito “Forbidden Games”, y la abro con gestos cautelosos y lentos como en una ceremonia antigua que me aguardaba luego de años. En el interior hay una fotografía de una mujer desnuda en un balcón. Esta dama no es usted, querida Amiga, siéndolo, pues es Isabel, pero es usted también, usted es Isabel, mi querida amiga, usted lo sabe. Es una cosa ineluctable. Y al reverso de esta foto, una caligrafía menuda y regular, que logro descifrar, ha escrito esta carta dirigida al mismo que escribe, y a mí a través de él, y a usted, una carta sin botella que ha navegado en no se sabe qué diafragmas del mundo para encallar aquí, sobre esta mesa manchada de círculos de cerveza en este café en la periferia de París. Y he comprendido que debía sustituir a un cirujano torácico y abrir un pecho, el mío, el Suyo, no sé, para extraer una esencia que dé un sentido no a la aorta, a los vasos sanguíneos, a los cuerpos cavernosos, sino a una biología diferente, alejada de las células, que fluctúa en otra parte cualquiera donde la vida y la literatura no se juntan, una suerte de hipermagdalena hecha no de palabras (demasiado fácil), no de megahertz, no de signos (¡por Dios!), sino simplemente de una voz viva que, como tal, muere apenas dicha, de la misma manera que la imagen muere apenas el objetivo se hace funcionar.

No, querida amiga, no es el senhal(2) de los enamorados poetas provenzales, no es lo indecible de los filósofos anoréxicos, no es la ligereza que querrían dejar en herencia a la posteridad, si la hay, ciertos escritores de este milenio mefítico apenas muerto, que han aprendido la lección malgastando su talento y su imaginación al escribir en beneficio de los manuales de narratología. Nada de todo eso, sin duda usted comprende. Son las nubes, querida amiga, en la acepción moderna del término, naturalmente. Las nubes que cubren cada vez más el rostro de la luna, la cual se aleja más y más, incluso si le han clavado una bandera como un mondadientes sobre la aceituna de un coctel. Pues bien, con un cielo tan bajo que un canal se ha colgado, concepto también emparentado con la Sección Nostalgia –pero si los canales pueden suicidarse, no es el caso de los imbéciles, éstos por desgracia no, que nos asfixian más y más. Le ruego no interpretar estos pobres delirios como declaraciones de poética. Si algún día lo hace, interprételos de manera existencial. O mejor, fe-no-me-no-ló-gi-ca. Porque el poeta es un pesimista, y todo el resto son nubes. La Ferocidad, la Evidencia, lo Politically correct, lo Plástico, el Cinismo. Y como si eso no bastara, los -ólogos, todos los -ólogos posibles e imaginables. Y los remordimientos y los arrepentimientos, de todas maneras ya no se recurre a mazorcas bajo las rodillas, un mea culpa tibio a la crema, por favor. Es insoportable, Señora, créame. Y luego la Ciencia. La Ciencia gracias a la cual los Fisionistas clamaron su eureka: ¡Hiroshima, mi pequeño hongo! A los sobrevivientes, heridas, deformaciones genéticas irreversibles, cánceres de todo tipo, mi querida amiga. Y muchos, muchos imbéciles. Y toneladas de aguafiestas. Para resumir: Zyklon-B(3), radioactividad e hilos dentados, como lo dijo alguien que conocía de esto. Todas las cosas que no son en verdad esenciales, ¿no cree usted? Y al mismo tiempo: ¡la ligereza!, como un lanzador de jabalina que corre descalzo sobre el césped del Olimpo. ¡Qué elegancia! O incluso: La Vida, la Vida certificada por el Todo-vestido-de-blanco en su ventana (qué de balcones y ventanas en esta historia, Señora, ¿ya lo notó?). Por supuesto, ¿pero la vida de quién? ¿Y con qué hábiles manejos, además? Si nos limitamos a derramar el semen en medio de la lavanda, ¿no sería también un arreglo, digamos un discurso del método? Tómelo como un doble sentido, una metáfora de la percepción que alguien como yo puede tener de sí mismo: por ejemplo el sentido de la escritura. Y durante este tiempo, quién sabe si usted, querida amiga, que como yo frecuentó los intersticios, aprenda cómo funciona una historia, que no es sino literatura porque usted conoce bien la vida, mejor que yo, usted la domina, actualmente todo es tranquilo para usted, todo está “en orden”, y esto se lo envidio, créame. ¿Estamos en la auto o heterodiegética(4)? Es en verdad necesario resolver este espinoso problema. En resumen, que no es mas que una novela pseudoautobiográfica de la cual le dejo aquí un pequeño condensado en esta no botella, digamos una novela hipotética, un pequeño motor del género hágalo-usted-mismo que también puede obtener llenando el espacio en blanco entre los intersticios como en los dibujos de ciertas revistas de enigmas y acertijos que ante todo sirven para matar el tiempo.

Demos un paso atrás. Durante este lapso había salido al aire gélido de París. El alba (no lívida) aclaraba los jardines de la Ciudad Universitaria. Estaba estupefacto, o si usted lo prefiere perplejo, y tenía en una mano esta carta encontrada en una no botella, que transcribo para usted:

Habría sido hermoso que ganases la partida. Jugabas en el patio de una casa pobre, en verano, ¿te acuerdas?, o no, mejor dicho era el fin de la primavera, y este verde, todo este verde alrededor, ¿te acuerdas? La fuente comunal de hierro colado, verde también, con un grifo de cobre, aún tenía inscrito junto a los escudos de armas reales la marca de Antiguas Fundiciones. Un jarro, una mujer desnuda sobre el balcón, ella habría querido hablarte, si hubiese podido, pero era una imagen de lo eterno, y lo eterno no tiene voz. Pasabas por ahí, ignorante como todos los transeúntes. Atravesabas algo sin saber qué. Y así te alejaste, poco a poco, hacia otra parte. Claro que debía haber otra parte, pensaste. ¿Pero esto era cierto? Extranjero, también tú, en esa otra parte. Las nubes, las nubes, que cambian de forma sin cesar, circulan por el cielo. Y viajan sin brújula. Estrella polar, Cruz del Sur. Vamos, sigamos a las nubes. Aceptemos la partida con las nubes, aceptemos el desafío, por ejemplo: ¿cómo se disputa este juego? Nimbos, cirros, cúmulos: son los jugadores que presenta el equipo contrario. Aquí está el primero en llegar. Con él hubo un duelo áspero. ¡Ah, los molinetes que hacías con tu sable! Ilustre caballero que participaste en la justa, tu valor no tuvo igual, e incomparable fue tu osadía, magnífica tu generosidad al defender los ideales nobles. Cortaste las piernas del feroz nimbo que escupía truenos y relámpagos. Hiciste dar vueltas como una pelota errática al cúmulo redondo que se adaptaba a toda su redondez. Y el gran cirro, tan orgulloso de su “cirridad” y cuya crema chantillí enmascaraba la nada, se dio a la fuga en la lejanía. ¡Noble caballero, qué combate! Y todo esto sin armadura. Después te fuiste hacia otras partes, frágil pero fuerte, sólido como una roca y sin embargo en equilibrio precario. Viajes por senderos que se bifurcan, caminos de Santiago de Compostela, mares nunca navegados anteriormente, ella iba ligera, tu piedra delicada, caballero sin mancha y sin miedo, con todos los miedos del mundo y todas las manchas solares.

Hasta el momento donde el viaje de ida se volvió el de retorno.

Habría sido hermoso que ganases la partida, dijo el gitano ciego. Pero yo no canto el futuro, canto el pasado. En cuanto al futuro, está tranquila, en el periódico de la mañana un actor muy conocido dijo que está viejo y se jacta, la patria en tanto que patria incluso si es ingrata nos fascina y debemos amarla (carta no firmada), si respondes a la pregunta más difícil del Gran Concurso y si dominas con seguridad los eventos logrando convertirte en el punto de referencia de ti misma, ganas veintiocho puntos y un viaje a Zanzíbar y, además, al menos por esta semana, la influencia positiva de Urano te vuelve inusualmente prudente, evitándote el peligro de alimentar ilusiones inútiles. Si por el contrario quieres conocer las predicciones de tu horóscopo, te las vendo por dos monedas, es un horóscopo caduco, puedes leerlo al revés hasta la época en la que jugabas en el patio de una casa pobre. Era en verano, ¿te acuerdas? Sobre la banca de alguna estación flota el globo olvidado por un niño y la mujer desnuda en el balcón ha cerrado la ventana.

Mi querida amiga, quisiera poder citarla en otro café que no sea éste, equivocado, donde nos hemos esperado en vano. Pero no sé dónde se encuentra. Y temo que más que un café normal, sea un Café con mayúscula, su imagen eterna e inmutable, una especie de idea platónica de un Café donde se sirve café. Es verdad, nadie nos podrá quitar lo que hemos vivido, puesto que estamos en busca de los intersticios. Pero me hago la pregunta: ¿para qué haberlos buscado tanto? ¿Para encontrar ahí los Encabalgamientos del meditabundo versificador Aristide Dupont, intrépido continuador de la línea poética picarda? ¡Vamos, marchemos a toda prisa! De intersticio en intersticio, se acaba por llegar al retiro merecido de quien ha sido Funcionario Público. Y en cuanto a las citas, el tiempo concedido se ha escapado, como la vida: se era posmoderno en el siglo pasado. A propósito, habría querido, la tarde de la que hablo, poner el casete de una canción que me parecía de circunstancia, y cuyo estribillo dice: “Dove vai Gigolin, con il tuo Gigolò, è finita la giava che si ballava tanti anni fa.”(5) Pero no lo traía conmigo, y luego el dueño quiso cerrar la tienda, los músicos bajaron sus instrumentos. Se la canto sin acompañamiento, como lo hacía antaño.

Adiós mi querida amiga, o puede ser hasta la vista en otra vida que ciertamente no será la nuestra. Pues los juegos del ser, como lo sabemos, están prohibidos por eso que, antes de ser, ya ha sido. Es el pequeño y por tanto insuperable forbidden game que nos impone nuestro Tiempo Actual.

Suyo
p.p.

p.s. Este texto forma parte de una serie de historias que decidiré publicar un día en tanto encuentro los personajes que las han vivido. Por el momento, a falta de algo mejor, las iniciales p.p. son del personaje Passe-Partout.

Notas

(1) Barrio de París.
(2) Voz provenzal que significa seudónimo. En la literatura provenzal los trovadores solían encubrir a los destinatarios de sus obras por medio de “senhales” o seudónimos, que podían corresponder tanto a la mujer amada como a cualquier otro personaje.
(3) Gas utilizado por los nazis en las cámaras de exterminio.
(4) Diegética: relativo a la diégesis, es decir, al universo de la obra.
(5) A dónde vas Gigolin, con tu Gigoló, terminó la java que hace tantos años se bailaba. (Notas del traductor.)

Traducción de José Abdón Flores
Fuente
Foto original color: Rebeca Yanke (Madrid)