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17 may. 2009

Emanuel Swedenborg – El cambio de estado de los ángeles en el cielo

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154. Los cambios de estado de los ángeles, denotan sus cambios en lo que respecta al amor y la fe, y a la consiguiente sabiduría e inteligencia; esto es, sus cambios en lo que respecta a sus estados vitales. Los estados se refieren a la vida y a lo que es propio de la vida; y como la vida angélica es la vida del amor y la fe, y la consiguiente sabiduría e inteligencia, los estados están referidos a estas virtudes y se los designa como estados de amor y de fe, y estados de sabiduría e inteligencia. Ahora describiremos el modo en que cambian dichos estados entre los ángeles.

155. Los ángeles no experimentan constantemente un mismo esta­do de amor; y en consecuencia, tampoco experimentan un mismo estado de sabiduría; pues su sabiduría procede de su amor y armo­niza con su amor. A veces, se hallan en un estado de amor intenso; otras, en un estado de amor no intenso. Los estados decrecen por grados desde su máximo grado hasta el mínimo. Cuando se hallan en su máximo grado de amor, gozan del calor y de la luz de su vida, o de un estado diáfano y jocun­do; pero cuando se hallan en su mínimo grado, se encuentran en la sombra y padecen frío, o están en un estado de oscuridad y desazón. Desde este último grado retornan de nuevo al primero, y así sucesivamente; estas tran­siciones alternas, se suceden una tras otra y en forma variada. Tales esta­dos, se suceden como las variaciones de luz y de sombra, o de calor y de f río; o como, día tras día, se suceden en el mundo a lo largo del año, y con per­petua variedad, la mañana, el mediodía, el crepúsculo y la noche. En este ca­so, también hay correspondencias; la mañana, corresponde al estado de amor en su claridad; el mediodía, al estado de sabiduría en su claridad; el cre­púsculo, al estado de sabiduría en su oscuridad; y la noche, a un estado de carencia de amor y sabiduría. Pero debe entenderse, que no existe una co­rrespondencia entre los estados vitales de los habitantes de los cielos y la no­che; aunque sí se da una correspondencia entre aquéllos y el amanecer que antecede a la mañana; la noche, corresponde con los estados vitales de los seres infernales. Debido a estas correspondencias, en la Palabra; "día" y "año", denotan estados vitales en general; "calor" y "luz", significan amor y sa­biduría; "mañana", el grado de amor primero y supremo; "mediodía", la sabi­duría en su luz; "crepúsculo", la sabiduría en su sombra; "amanecer", la os­curidad que antecede a la mañana; y la "noche", la ausencia de amor y sa­biduría.

156. Junto con el estado de interioridad de los ángeles relativo a su amor y sabiduría, cambian de estado diversas cosas que se encuentran fuera de ellos, y que aparecen ante sus ojos; dado que las cosas que se encuentran fuera de ellos, revisten una apariencia que armoniza con las cosas que residen en su interioridad. Qué cosas son y de qué clase, es un tema que examinaremos en el capítulo referente a las Representaciones y Apariencias en el Cielo.

157. Todos los ángeles experimentan tales cambios de estado y pa­san por ellos, y lo mismo ocurre en todas las sociedades en ge­neral; pero cada ángel, pasa por ellos de un modo distinto, puesto que difie­ren según su amor y sabiduría; los que se hallan en el centro, gozan de un estado más perfecto que todos los demás que los rodean hasta llegar a la pe­riferia (ver arriba, ns43,128). Pero sería excesivamente tedioso especificar las diferencias, ya que los cambios que cada cual experimenta, concuerdan con la calidad de su amor y de su fe. Debido a ello, puede ocurrir que mien­tras uno goza de claridad y se deleita, otro, padece oscuridad y no se de­leita; y esto, de manera simultánea, y en una misma sociedad. Asimismo, los estados varían en cada sociedad; en las sociedades del reino celestial, son diferentes que en las del reino espiritual, Estas diferencias en los cambios de estado, en un sentido genérico, son similares a las variaciones de estado de los días en los diversos climas de la tierra; pues mientras en ciertos lugares, es la hora de la mañana, en otros, es la hora del crepúsculo; y en algunos la temperatura es cálida, cuando en otros es fría.

158. He recibido información desde el cielo sobre las causas de los cambios de estado que se verifican allí. Afirman los ángeles, que las causas son múltiples; en primer lugar, el deleite de la vida del cielo, que ellos reciben del amor y la sabiduría que procede del Señor, se envile­cería gradualmente si gozaran de él en forma continua, como ocurre entre aquellos que se complacen y regodean sin variedad alguna. En segundo lu­gar, los ángeles, al igual que los hombres, poseen una naturaleza propia (Proprium), que es el amor de sí mismos; todos los habitantes de los cielos son apartados de su naturaleza propia, y en tanto que son apartados de ella por el Señor, gozan de amor y sabiduría; cuando no pueden ser apartados de ella, viven en el amor de sí mismos; y como cada cual ama su naturale­za propia, y se siente atraído hacia ella, todos experimentan cambios de es­tado o transiciones alternas sucesivas. En tercer lugar, porque de esta for­ma son perfeccionados, pues se habitúan a permanecer en el amor del Se­ñor y a mantenerse apartados del amor de sí mismos; y también porque a tra­vés de transiciones alternas entre el deleite y ia ausencia de deleite, la per­cepción y el sentido del bien se tornan más exquisitos. Añadieron los ánge­les, que sus cambios de estado no son suscitados por el Señor, pues el Se­ñor como sol afluye siempre con calor y luz, es decir, con amor y sabiduría; y que la causa de dichos cambios, reside en ellos mismos, dado que aman su naturaleza propia, y esto los extravía continuamente. Este proceso fue ilustrado mediante una comparación con el sol del mundo: la causa de los cambios de estado, de calor y de frío, de luz y de sombra, año tras año y día tras día; no reside en el sol, sino en la tierra, ya que él, permanece inmu­table.

159. Me ha sido dado ver el modo en que aparece el Señor como sol ante los ojos de los ángeles; en su primer estado, en su segun­do estado, y en su tercer estado. Primero he visto al Señor como sol rutilan­do y relumbrando con inefable esplendor; y según me informaron, el Señor como sol aparece de tal modo ante los ángeles en su primer estado. Luego, apareció un enorme anillo oscuro alrededor del sol; entonces, su brillo relum­brante, de inefable esplendor, comenzó a empañarse, y me explicaron que el sol reviste tal apariencia en su segundo estado. Después, el anillo fue os­cureciéndose gradualmente, y el sol empezó a rutilar cada vez menos, has­ta que por último adquirió un aspecto de radiante blancura; y según me indi­caron, el sol aparece ante ellos de ese modo, en su tercer estado. Después, la radiante blancura comenzó a desplazarse hacia la izquierda; hacia la lu­na del cielo, asimilando su luz; casi fundiéndose con ella; y a consecuencia de ello, la luna relució con un esplendor inusitado; según me indicaron, tal es el cuarto estado de los ángeles del reino celestial, y el primer estado de los ángeles del reino espiritual; y, en ambos reinos, los cambios de estado pre­sentan tales transiciones alternas; aunque esto no se verifica de manera simultánea en todo el reino, sino en una sociedad tras otra. Por otra parte, estas transiciones alternas, no son fijas, ya que sobrevienen tarde o tem­prano sin que ellos puedan preverlas Añadieron que el sol en sí mismo, no cambia ni se desplaza, sino que adopta diversas apariencias según las su­cesivas progresiones de estado que experimentan ellos, pues el Señor aparece ante cada cual según su estado; rutilante, cuando el amor es intenso; luego, menos rutilante, revistiendo por último una radiante blancura, cosa que ocurre cuando el amor decae; la calidad del estado de cada uno, fue re­presentada a través del anillo oscuro que indujo las aparentes variaciones en el fulgor y la luz del sol.

160. Cuando los ángeles experimentan el último de estos estados, que acontece cuando se hallan inmersos en su naturaleza pro­pia, empiezan a sentirse tristes. He hablado con ellos cuando padecían di­cho estado, y he podido observar su tristeza; sin embargo, también pude oír que decían, que tenían la esperanza de retornar a su estado prístino, o sea, de regresar al cielo otra vez; puesto que, para ellos, mantenerse apartados de su naturaleza propia, es el cielo.

 

 

En El cielo y sus maravillas y el infierno, Cap. XVII

Traducido de la versión inglesa por Christian Wildner

Buenos Aires, Kier, 1991

 

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29 ene. 2009

Emanuel Swedenborg – La escritura en el Cielo

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258. Como los ángeles tienen un lenguaje, y su lenguaje consta de vocablos, también conocen el arte de escribir; y por medio de la palabra escrita, o hablada, expresan lo que conciben mentalmente. En ciertas ocasiones he recibido hojas en las que había palabras escritas, exac­tamente iguales a los manuscritos que pueden verse en este mundo, y tam­bién he recibido otras en las que había palabras impresas; y pude leerlas del mismo modo en que leo cualquier otro escrito, pero sólo pude descifrar el sentido de unas pocas palabras aisladas; ya que no condice con el orden Di­vino que el hombre se instruya por medio de escrituras que proceden del cie­lo; el hombre debe instruirse solamente por medio de la Palabra; porque la comunicación y conjunción entre el cielo y el mundo, o sea, entre el Señor y el hombre, se establece exclusivamente a través de la Palabra. Por otra par­te, también los profetas vieron papeles escritos en el cielo, según consta en

Ezequiel:

Y miró, y he aquí una mano extendida hacia mi, y en ella había un rollo de

libro

...Y estaba escrito por delante y por detrás (11.9,10)

Y en Juan

Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escri­to por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. (Apocalipsis V.l)

 

En El Cielo y sus maravillas y el Infierno

Trad. Christian Wildner

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23 ene. 2009

Borges y el misterio de Swedenborg

1 comentario :





"Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg".


Éstas son las palabras inaugurales de Borges en la conferencia que pronunciara en la Universidad de Belgrano sobre el místico sueco. Por la misma época en que leía la versión escrita de esa conferencia, llegaba casualmente a mis manos una novela de Balzac, una novela mística, inspirada justamente en Swedenborg: Serafita. Algún tiempo después, volví a encontrar su nombre, en una vieja colección de ensayos de Paul Valery.

Habiendo agotado mis esfuerzos por hallar textos de Swedenborg en español, finalmente, y también de manera casual, di con una biografía suya en inglés en la librería Strand de New York. Después de leerla, volví a la Strand, buscando ahora libros escritos por Swedenborg. No hallé ninguno. Por suerte un librero me informó que existía una Fundación Cultural que llevaba su nombre. Y que esa Fundación se dedicaba casi exclusivamente a la publicación de sus obras.
Ahora podía elegir. Y obedeciendo a mi natural disposición, comencé a leer sus escritos teológicos y místicos. Quedé maravillado. Durante casi tres años, alternaba toda otra lectura, con su prosa sosegada, coloquial y minuciosa. Pude leer su Arcana Coelestia, donde expone lo que él llama el sentido interno o espiritual de los dos primeros Libros de la Biblia; su cosmogónica doctrina de las correspondencias; sus travesías por el mundo espiritual; y sus habituales diálogos con los espíritus, los demonios y los ángeles.
Y toda esta íntima aventura del espíritu, es protagonizada por un hombre que al llegar a los cincuenta años era considerado como uno de los científicos más eminentes de su tiempo. Desde entonces, desde que descubrí el fabuloso mundo de Swedenborg, me propuse acercarme a Borges, para agradecerle el hallazgo, y para conversar con él (para oírlo hablar a él) sobre el tema. Cuando llegamos a la casa de Borges -nos había citado a las cinco de la tarde- interrumpimos una suerte de ceremonia todavía habitual entre ciertas familias; la ceremonia del té. En mangas de camisa, una impecable camisa blanca; erguido, Borges no se inclinaba para aproximarse a la taza: la elevaba hacia él, por así decirlo, como si se tratara de algún instrumento ritual. Apenas notó nuestra presencia; sin apresurarse, volvió a dejarla sobre la mesa con el mismo ademán mesurado y casi solemne. Entonces se puso de pie; y ahora sí, inclinó levemente la cabeza dándonos la bienvenida.
Al mismo tiempo que nos hacía pasar a la sala con expresiones de auténtica y espontánea cortesía, volvió a tomar asiento luego de excusarse. En seguida, acompañado por la doméstica, salió de la sala. La desenvoltura, la natural simpatía, y la afabilidad de su trato, neutralizaron de entrada esa fastidiosa sensación opresiva de los prolegómenos. Cuando regresó, lucía un regio traje de color pardo claro, se había puesto una corbata de un tono algo más oscuro, y empuñaba su emblemático bastón. Ahora nos recibía como anfitrión, con todas las de la ley; había cambiado su atuendo para cumplir con otra ceremonia, la ceremonia de la hospitalidad.
Se sentó en el amplio sillón de la sala, enfrente al mío, e inmediatamente recordó el tema que habíamos hablado un año atrás en el salón de lectura de la New York Library. Era el mismo que evocaríamos ahora, aquí en Buenos Aires, en su departamento de la calle Maipú; un tema recóndito y fascinante: Emanuel Swedenborg. Y Borges no aguardó la primera pregunta, era evidente que se trataba de una de sus ocupaciones predilectas: El Misterio.

-"Yo escribí un prólogo a un libro sobre Swedenborg a instancias del Sr. Spiers, de la Fundación Swedenborg. Y tengo en proyecto (claro que a mi edad los proyectos son un tanto aleatorios) un libro sobre las tres salvaciones; la primera es la de Cristo, que es de carácter ético; la segunda es la de Swedenborg, que es ética e intelectual; y la tercera es la de Blake, discípulo rebelde de Swedenborg, que es ética, intelectual y estética, que se basa en las parábolas de Cristo, que él dice que son obras de arte".

-Usted ya me había comentado cuando lo vi en Nueva York que pensaba escribir un libro sobre Swedenborg...

-"Sí, pero ahora he pensado, que es mejor hacerlo de ese modo. Comenzando con Jesús, luego Swedenborg y luego Blake. Sería más fácil hacerlo así, ya que no se necesitarían tantos textos. Tengo la edición de Everyman's Library (cuatro volúmenes), un par de biografías, un libro por un especialista escrito en sueco y vertido al inglés ... ¿Usted quería hacerme una pregunta?"

-Si. En primer lugar, me gustaría saber de qué manera conoció usted a Swedenborg.

-"Lo conocí por Emerson. Porque Emerson tiene un libro: "Representative Men". Ese libro está escrito un poco a la manera de 'On Heroes Heroworship and the Heroic In History', de Carlyle, que fue de algún modo su maestro; entonces, él toma distintos tipos humanos. Recuerdo que son: Montaigne o el escéptico, Swedenborg o el místico, Shakespeare o el poeta, Napoleón o el hombre del mundo y Goethe o el escritor. Yo comencé leyendo ese libro. Ese libro lo leí en Ginebra en el año 14 ó 5; y luego, mi padre tenía un ejemplar de 'Heaven and HeIl', Caelo et Inferno'; él lo tenía en una edición de la Everyman's Library. Bien, yo leí ese libro y encargué a Inglaterra los otros tres publicados por la misma editorial. Publicaron cuatro libros de Swedenborg de acuerdo con la Sociedad Swedenborg de Londres. Y luego en francés conozco solamente una versión de Caelo et lnferno'. Swedenborg fue a Inglaterra porque quería conocer a Newton, y finalmente no pudo lograrlo, qué raro, eh? Yo he hablado mucho sobre Swedenborg con el pintor y místico argentino Xul Solar, yo era muy amigo de Xul, iba a casa de él en la calle Laprida 1214, y leíamos a Swedenborg, leíamos a Blake, leíamos a los poetas alemanes, leíamos al poeta inglés Swinburne y muchos otros textos".

-¿Qué impresión le dio la manera en que escribe Swedenborg?

-"Bueno. Generalmente, los místicos, tienden a escribir de un modo vago; él no. La obra de él es..., yo no diré prosaica, pero sí precisa. Es un poco..., como si él hubiera ido a la China, o hubiera ido a la India y describiera lo que ha visto."

-Como un científico...

-"Sí, claro. El llevó esa... casi aridez, esa sequedad, esa precisión, a sus descripciones. Generalmente cuando se habla de éxtasis, se usan metáforas del amor, o metáforas del vino, metáforas arrebatadas. Pero en el caso de él no. El no busca efectos patéticos. El describe lo que ha visto. En relación a esto recuerdo algo que me dijo Xul: 'Lo que se ve en el otro mundo depende un poco de uno'. Hay un poema muy lindo de Victor Hugo que expresa muy bien esta imagen: 'Ce que dit la Bouche d'ombre', "Lo que dice la Boca de sombra"; el mismo espectro que le dice a Nerón 'Soy Mesalina', le dice a Caín 'soy Abel'. Del mismo modo, las visiones de los místicos musulmanes, de los sufíes, no concuerdan con las de los cristianos. Quiere decir que hay como fuerzas o espíritus que cada uno ve de acuerdo con sus prejuicios o conocimientos. Posiblemente esos mismos ángeles, ese mismo Cristo, que él vio de ese modo, fue visto por místicos de otra tradición de otro modo."

-Usted decía hace un momento que Swedenborg viajó a Londres para conocer a Newton y que le parecía raro que no hubiera logrado hacerlo. Sin embargo en esa misma ciudad, tuvo lugar su encuentro con Cristo.

-"Sí. Sé que el primer encuentro con Cristo fue en Londres, y los otros también. El estuvo además en Alemania, Holanda, los Países Bajos, pero finalmente se estableció en Londres. Tal vez el hecho de que fijara su residencia en Londres está relacionado con esa experiencia. A partir de ese momento su vida cambió totalmente. Abandonó el estudio de la ciencia; por ejemplo: la anatomía, la astronomía, las matemáticas, y se dedicó a registrar minuciosamente ese mundo espiritual. El diálogo con los ángeles empezó a ser un hecho cotidiano para él".

-En el prólogo al libro de Synnestvedt sobre Swedenborg, usted afirma que hay algo incómodo en su obra; que usted piensa que él es un pensador por derecho propio, y que tal vez trató de enmarcar, o acomodar su pensamiento al texto de la Biblia.

-"Yo no sé si en el caso de él, pienso que es así en el caso de la cábala. En el caso de él creo que no. Además, el padre de él era obispo, obispo evangélico, luterano. El tiene que haberse criado en un ambiente muy piadoso. Yo no creo que eso le haya costado ningún esfuerzo a él. Digo, que él pensaba naturalmente en el espíritu de la Biblia. Bueno..., mi abuela, sabía de memoria la Biblia, en su familia eran metodistas. Usted hacía una cita bíblica, y ella decía, 'sí', por ejemplo: 'Libro de los Reyes, capítulo tal, versículo tal: y seguía adelante, o 'Libro de Job, capítulo tal versículo tal...' Me parece que no es tan raro eso. En Alemania hay una expresión que traducida, sería: firme en la Biblia", son las personas que saben la Biblia de memoria."

-Una pregunta en relación al tema, pero vinculada más directamente con usted. ¿Alguna vez desde su infancia hasta hoy, usted percibió, sintió o intuyó la presencia del mundo angélico o trascendente?

-"No sé si llamarlo angélico o trascendente. Pero sé que... bueno... Yo dos veces en mi vida he sentido el hecho de vivir fuera del tiempo. Eso me ha ocurrido.., una vez fue en Palermo, y otra vez fue en uno de los puentes detrás de la estación de Constitución. Y esas dos veces, me habían sucedido cosas, bueno, que me habían conmocionado durante el día. No sé... Una mujer me había dejado... Y de golpe estaba pensando en eso, y de pronto me vi así, en tercera persona, y sentí: 'qué puede importarme lo que le pasa a Borges, si yo soy Otra cosa; lo que me ha pasado es meramente circunstancial.' Ahora, yo no sé cuánto 'tiempo' duró ese estado; pero yo me sentí, no sé si feliz, pero como... bueno, como sereno, como arrebatado así de todo. Y he tratado de decirlo, una vez en un poema y otra vez en prosa, pero no sé si he logrado comunicar esa sensación. Cuando estuve en Japón tuve ocasión de conversar con un monje budista, y él me dijo que había alcanzado el nirvana. Yo le dije "¿Y aseguro que usted no podrá contármelo?".

-'No'- respondió, claro; porque cada palabra presupone una experiencia compartida, por ejemplo; si usted está en Estados Unidos, y habla con alguien y le dice 'tal cosa tenía gusto a mate', el interlocutor no tiene porqué entenderlo si no conoce el gusto del mate... Entonces, el monje, me dijo que su experiencia del nirvana era incomunicable; que él podía hablar sobre el nirvana con otro monje que también lo había alcanzado. Que él no sabia cuánto tiempo había durado, pero que después todo era distinto para él. Le pregunté -'Distinto ¿en qué sentido?, ¿usted siente todo igual que antes?'-'Sí'- me contestó, 'entiendo perfectamente lo que usted quiere saber'. 'Yo siento soledad, siento ansiedad, siento alegría, siento dolores físicos, siento placeres físicos siento los sabores de las cosas; pero todo eso de un modo distinto después de alcanzar el nirvana'.

-¿Y de ese modo es mejor?' -'Si'- me dijo, -pero yo no lo puedo explicar'. Y me di cuenta que tenía razón, que era algo inexpresable. Esto fue en Nara. En un monasterio budista..." Un famoso irlandés -que imaginó con riguroso fervor la tercera forma de salvación postulada por Borges, la salvación por la belleza-, en otra conferencia, esta vez en la Universita Popolare Triestina, exaltó, al igual que Borges, la filiación espiritual del iracundo poeta inglés William Blake con el visionario sueco. Dice James Joyce: "...Swedenborg, que frecuentó todos los mundos invisibles durante largos años, ve en la imagen del hombre el mismísimo cielo, y a Miguel, Rafael, y Gabriel, que según él, no son tres ángeles, sino tres coros angélicos. La eternidad, que al discípulo amado y a San Agustín se les apareció bajo la forma de ciudad celestial, y al Alighieri como rosa celestial, revestía para el místico sueco las formas de hombre celestial, con todos sus miembros animados por un fluido de vida angélica que sale y vuelve a entrar, en sístole y diástole de amor y sabiduría. A partir de esta visión desarrolló el inmenso sistema de lo que él denominaba correspondencias, y que domina su obra maestra Arcana Coelestia, nuevo evangelio que, según él, anuncia la aparición del Hijo del Hombre en los cielos, prevista por San Mateo". (*)


(*) Fuente: Entrevista realizada por Christian Wildner con Jorge Luis Borges en prólogo a la traducción por él mismo realizada de Emanuel Swedenborg, El Cielo y sus Maravillas y el Infierno, Buenos Aires, Editorial Kier, 1991.


Cortesía de Helen Redvelvet

Emanuel Swedenborg – El lenguaje de los ángeles

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Emanuel Swedenborg

237. La lengua angélica no tiene nada en común con las lenguas hu­manas, salvo que ciertos vocablos son los sonidos de deter­minados afectos; pero esto no atañe a las palabras mismas, sino a sus so­nidos; a este punto, nos referiremos enseguida. Que la lengua angélica no tiene nada en común con las lenguas humanas, se manifiesta en el hecho de que los ángeles son incapaces de pronunciar una sola palabra en lenguaje humano; y cuando procuran hacerlo, les resulta imposible, porque no pueden pronunciar palabra alguna que no armonice con sus afectos; y aquello que es discordante, es incompatible con la vida misma, pues la vida pertenece al afecto, y su lenguaje emana de su vida. Y según me hicieron saber, la prime­ra lengua que hablaron los hombres sobre la tierra, concordaba con la lengua angélica, porque la recibían del cielo; y la lengua hebrea, concuerda con ella en ciertos aspectos.

238. Como el lenguaje de los ángeles corresponde a su afecto, y su afecto pertenece a su amor, y como él amor del cielo es amor al Señor y amor hacia el prójimo es evidente que sus palabras son superlativamente elegantes y jocundas; pues no suscitan una impresión meramente auditiva, sino que conmueven la interioridad de la mente de quienes las escuchan. Cierto espíritu de corazón impasible, oyó las palabras de un ángel; y se sintió tan conmovido por lo que oía, que comen­zaron a caerle las lágrimas; afirmó que jamás había llorado, pero ahora le re­sultaba imposible contenerse, porque estaba oyendo hablar al amor.

239. El lenguaje de los ángeles también está impregnado de sabidu­ría, pues procede de su pensamiento interior, y su pensamien­to interior es sabiduría así como su afecto interior es amor; y en su lengua­je se unen el amor y la sabiduría. Por esta razón, su lenguaje está tan impreg­nado de sabiduría, que pueden decir en una sola palabra lo que los hombres no pueden expresar empleando mil; por lo demás, las ideas de su pensa­miento aluden a cosas que el hombre no puede comprender, y mucho me­nos expresar. Por eso se dice que las cosas que fueron oídas y vistas en el cielo son inefables; cosas jamás percibidas por oídos u ojos terrenales. Lo cual me fue dado verificar a través de la experiencia. En ciertas ocasiones, he podido disfrutar de un estado similar al de los ángeles; en ese estado, ha­blé con ellos, y pude comprender todo lo que decían. Pero al ser remitido a mi estado anterior, y por ende, al pensamiento natural propio del hombre; cuando procuré recordar lo que había oído, me resultó imposible; pues ha­bía miles de cosas que no se ajustan al pensamiento natural, y que sólo pue­den ser expresadas mediante variaciones de luz celestial; jamás con pala­bras humanas. Las ideas del pensamiento de los ángeles, de las que surgen sus palabras, también son modificaciones de la luz del cielo; y los afectos, que determinan el tono de sus palabras, son variaciones del calor del cielo; la luz del cielo, es la verdad o sabiduría Divina; y el calor del cielo, es el bien o amor Divino y los ángeles derivan su afecto del amor Divino, y su pensamiento de la sabiduría Divina.

 

En El Cielo y sus maravillas y el Infierno

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