Mostrando las entradas con la etiqueta Stevenson Robert Louis. Mostrar todas las entradas

29 ene. 2015

Descarga: Robert Louis Stevenson - Cuentos completos

1 comentario :

Descarga: Robert Louis Stevenson - Cuentos completos

Se reúnen en este volumen, por primera vez en castellano, todos los relatos del gran Stevenson, un escritor que ha encantado a sucesivas generaciones de lectores desde finales del siglo XIX hasta nuestros días.

Estos cuentos conforman uno de los universos literarios más ricos y mágicos de la literatura universal. Aquí nos encontramos con historias tan populares como El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, además de otras obras maestras igualmente inolvidables.

7 nov. 2014

Robert Louis Stevenson - Las obras de Edgar Allan Poe

No hay comentarios. :


Robert Louis Stevenson - Las obras de Edgar Allan Poe



En posesión solamente de algunas obras del autor, sería demasiado aventurado emitir un juicio definitivo sobre su carácter, ya como hombre o como escritor; por eso, y aun cuando la nota biográfica de Mr. Ingram prologa debidamente el primer volumen, no creo que corresponda considerarlo aquí en detalle. Mr. Ingram ha hecho todo lo posible por limpiar el nombre de Poe de las calumnias de Rufus Griswold (caballero, por nombre siniestro, que compone una figura tan repulsiva en la historia de la literatura que muy bien pudiera haber sido acuñada por la virulenta imaginación de su víctima); pero en honor a la verdad, a ningún hombre le es dado hacer de Poe un personaje del todo atrayente. Mi corazón no alberga afecto alguno por el retrato que hace de él Mr. Ingram o por su carácter; aunque es probable que le veamos más o menos refractado a través del extraño medio de sus obras, se me antoja que tanto en los avatares de su vida como en su retrato, ahora expuestos a una luz más favorable; podemos detectar una cierta nota discordante, una tacha que no nos preocupamos de nombrar o examinar por mucho tiempo.

 Las narraciones como tales se nos ofrecen publicadas en dos volúmenes; y aunque Mr. Ingram no indica si han sido impresas cronológicamente, sospecho que no nos equivocamos al considerar algunas de las narraciones que figuran al final del segundo volumen entre las últimas que el autor escribió. No hay rastro en ellas del trabajo brillante, y con frecuencia sólido, de sus momentos más afortunados. Las historias están mal concebidas y escritas con desaliño. Hay demasiadas risas; en el mejor de los casos, un tipo de risa siniestra; la risa de aquéllos que, en sus propias palabras, «ríen, pero no sonríen nunca más». Parece haber perdido todo respeto a sí mismo, a su público y a su arte. Cuando en otro tiempo dibujaba imágenes horrendas, lo hacía con algún propósito justificadamente creativo y con una cierta mesura y gravedad adecuadas a la situación; pero en sus últimas narraciones, cual un necrófago o un loco airado, las desparrama indiscriminadamente, rebasando toda idea que pudiéramos tener del infierno. Hay un deber hacia los vivos más importante que cualquier compasión para con los muertos; ÿ sería criminal que el crítico que expresa su propio aborrecimiento y horror escatimase una sola palabra desagradable, a menos que, por su ausencia permita que otra víctima se embarre con la lectura del infamante Rey Peste. Quien fue capaz de escribir Rey Peste dejó de ser un ser humano. Por su bien, y movidos por una infinita piedad hacia un alma tan extraviada, nos agrada darle por muerto. Pero si Poe nos inspira compasión, no es compasión precisamente lo que sentimos al pensar en Baudelaire, capaz de sentarse a sangre fría y adecentar en un francés correcto este disparatado fárrago de horrores. Hay un grado de menosprecio que, de ser consentido, trasciende a sí mismo hasta convertirse en un estado de apasionada autocomplacencia; por eso, en bien de nuestro espíritu, será mejor no volver a pensar en Baudelaire o en Rey Peste.

 Las primeras narraciones de Poe no suelen ser disparatadas, aunque puedan serlo estos lamentables ejemplos del final. El dislate es, por cierto, la última acusación de la que razonablemente podrían ser objeto. Poe tiene el auténtico instinto del narrador. Conoce los pequeños detalles que contribuyen a crear o a destruir una historia. Sabe cómo resaltar el significado de una situación y dar vida y color a aquellos pormenores aparentemente irrelevantes. Así, todo el espíritu del Tonel de amontillado pende del abigarrado disfraz de Carnaval, el sombrero y las campanillas de Fortunato. Poe dio con la clave de su historia cuando encontró el recurso de vestir grotescamente a su víctima; de tal guisa le hace recorrer con paso vacilante las catacumbas de Montressors, y el último sonido que nos llega desde el escondrijo tapiado es el tintineo de las campanillas de su sombrero. También es admirable la utilización del reloj dando las horas durante el banquete del príncipe Próspero, en La máscara de la muerte roja. Cada vez que el reloj sonaba (el lector lo recordará), sonaba tan fuerte que la música y la danza debían por fuerza cesar hasta que parase; al acercarse la medianoche, las pausas eran naturalmente más largas; las máscaras tenían más tiempo para observarse y pensar, y no por ello sus pensamientos eran más agradables. Así, al sonar de cada hora una vibración recorría la sala; hasta que, como el lector recordará, llegamos a un repentino final. Pues bien, todo esto es perfectamente legítimo; nadie debe avergonzarse de que tales recursos le asusten o le emocionen; se han respetado las reglas del juego; con verdadero instinto de narrador, ha relatado su historia como mejor le convenía y ha sacado el máximo provecho de su imaginación. Sin embargo, no siempre es ése el caso; pues, a veces, adopta una aguda voz de falsete; otras, por obra de algo semejante a un truco de magia, deriva de su historia más de lo que ha sabido invertir en ella; y mientras sobre la explanada la guarnición en pleno desfila ante nuestros ojos en carne y hueso, desde las almenas continúa él aterrándonos con cañones de pacotilla y múltiples morriones de fiero aspecto que penden de palos de escoba. En El pozo y el péndulo, por ejemplo, después de haber agotado su diabólica inventiva en la confección del péndulo y de las paredes desmoronándose al rojo vivo, descubre que no se le ocurre nada más terrible para el pozo; y el pozo había de ser el horror supremo. De este modo lleva a efecto su objetivo: «En medio de pensamientos sobre la terrible destrucción inminente, la idea del frescor del pozo invadió mi alma como un bálsamo. Corrí hacia el mortal precipicio. Agucé la vista para mirar en su fondo. El resplandor del tejado incandescente iluminó los más recónditos intersticios. Pero durante un instante de frenesí, mi espíritu rehusó comprender el significado de cuanto veía. Por fin la visión forcejeó ‑se abrió camino hasta mi alma‑, se consumió en mi razón estremecida. ¡Oh, de no haberme faltado la voz! ¡Oh, horror! ¡Oh, cualquier horror! ¡Oh, cualquier horror salvo aquél!»

 Y eso es todo. Del pozo sabe tanto como vosotros o como yo. Todo ello es un embeleco, un aparejar guardacabos audaz e insolente; sin embargo, incluso con imposturas de tal naturaleza logra amedrentarnos. Encontraréis el mismo artificio en Hans Pfaal, al referirse a los misterios de la Luna; y de nuevo, aunque con una diferencia, en la abrupta conclusión de Arthur Gordon Pym. Su imaginación es un caballo complaciente; pero, como habéis visto, por tres veces lo ha cabalgado hasta reventar y ha regresado a pie y cojeando hasta su puesto. ¡Con cuánta gracia troca estas deficiencias en intereses, y en superávit su quiebra imaginativa! Aun en una crítica retrospectiva resulta difícil criticarle como se merece; pues su entusiasmo nos engaña.

 Aparte de este conocimiento de la escena, este ingenio para urdir una historia, acaso la característica más sorprendente de Poe sea su poco menos que inverosímil agudeza en el resbaladizo terreno entre la cordura y la demencia. El demonio de la perversidad, por ejemplo, es una contribución importante a la psicología mórbida; quizá, también, El hombre de la multitud; y de la misma forma Berenice ya que, pese a ser terrible, pulsa en nuestro pecho una cuerda, cuerda que acaso fuera mejor no tocar; y la misma idea reaparece en El corazón delator. A veces le seguimos con la conciencia tranquila durante todo el recorrido; otras ‑en lugar de decir «sí, así sería yo si estuviera un poco más loco de lo que he estado nunca»‑ podemos decir con franqueza «esto es lo que soy». Hay un pasaje de análisis en este registro más frecuente en la historia de Ligeia, que hace referencia a la expresión de sus ojos. Nos cuenta cómo, a punto siempre de comprender la extraña cualidad de los mismos, en el último momento quedaba confundido, de la misma manera que «en nuestros esfuerzos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, a menudo nos encontramos al borde mismo del recuerdo, sin ser capaces al cabo de recordar»; y cómo de vez en vez encontraba en arroyos de agua fresca, en el océano, en la caída de un meteorito, en las miradas de personas inusualmente envejecidas, en algunos sonidos de instrumentos de cuerda, en ciertos pasajes de libros, en las vistas y sensaciones más comunes del universo, una vaga e inexplicable analogía con la expresión y la fuerza de los ojos amados. Esto al menos, o algo muy similar, nos es conocido. Pero, en general, su sutileza era, más que cualquier otra cosa una trampa. «Nil sapientiae odiosius», cita a Séneca «nil sapientiae odiosius acumine nimio». Y aunque es sobradamente ameno en la trilogía de C. Auguste Dupin ‑fue Baudelaire quien la llamó trilogía‑, este despliegue de ingenio acaba por aburrirnos; empezamos a echar en falta las motivaciones y sentimientos usuales presentes en el quehacer cotidiano; aunque el conferenciante es inteligente y sus ejemplos instructivos y probablemente únicos, empieza a fatigarnos visitar este manicomio y anhelamos la compañía de alguna criatura sencilla e inofensiva, con levita y hábitos adquiridos, y los nervios no más deshechos que los de la mayoría de sus sencillos e inofensivos contemporáneos. Y esta exagerada agudeza no sólo le hizo tedioso; peor aún: a veces le condujo al extravío. En El pozo y el péndulo, una vez que el héroe ha sido condenado, «el sonido de voces inquisitoriales», dice, «pareció fundirse en un somnoliento e indeterminado zumbido. A mi alma afloró la idea de revolución, merced acaso a una caprichosa asociación con el chirrido de una rueda de molino». Pues bien, basta reflexionar un momento para demostrar que Poe ha sido aquí demasiado inteligente, que por causa de este nimium acumen se ha alejado de la verdadera razón. Porque ‑con el vértigo de aquel hombre‑ la «idea de revolución» tuvo que preceder a la fusión de voces inquisitoriales en un zumbido indeterminado, y ciertamente no aparecer a seguido como una curiosa deducción. Como antes con el tema del efecto que persigue, no podemos evitar sospechar que alguna de sus sutilezas sea rebuscada. Por poner un ejemplo de ambas clases de imaginación ‑la rebuscada y la verdadera‑ en un mismo relato, pensemos en Arthur Gordon Pym: los cuatro supervivientes a bordo del bergantín Grampus se han amarrado al cabrestante por miedo a ser barridos de la cubierta; cuando uno de ellos, que ha apretado los cabos en exceso, está a punto de exhalar su último suspiro en mucho tiempo, es casi partido en dos por la cuerda que rodea sus ingles. «Sin embargo, tan pronto como le liberamos», continúa Poe, «nos habló, y pareció experimentar un alivio inmediato moviéndose con mayor facilidad que Parker o yo mismo» (los cuales no se habían amarrado tan prietamente). «Sin duda era debido a la pérdida de sangre». Sea o no médicamente correcto, todo ello es obviamente imaginario. Que sea verosímil artísticamente, lo sea o no en la realidad, es algo que a Poe evidentemente le parecía verdadero; y evidentemente, debió de parecerle que ésta, y no cualquier otra explicación, daría resultado. Ahora bien, si volvéis a la página anterior, encontraréis en la descripción de las visiones acaecidas antes de que Pym se amarrase al cabrestante algo que debe ponderarse con más sentido crítico. «Recuerdo ahora», escribe, «que en todo lo que presencié con el ojo de mi fantasía, el movimiento era la idea principal. Por ello no vi ningún objeto inmóvil, una casa, una montaña o algo semejante; molinos de viento, barcos, pájaros enormes, globos, jinetes a caballo, carruajes que avanzan frenéticamente y objetos móviles similares se sucedieron en interminable procesión». Puede que sea verdad; puede que sea resultado de una vasta erudición sobre los pensamientos que asaltan a las personas en tales situaciones; pero la imaginación no se aviene con estos detalles no hace plausible nuestra aceptación, en modo alguno se demuestra por qué razón no habrían de aparecer objetos inmóviles ante la imaginación de un hombre amarrado al cabrestante de un bergantín desmantelado; y siendo así, en cuanto arte, todo el pasaje es un pasaje fallido. Si se trata de una imaginación negligente (como parece ser), el rebuscamiento es de la clase más imperdonable; si es erudición, séalo, pues, erudición, pero nunca arte. Y en arte son adecuadas las cosas que son a un tiempo inteligentes y verdaderas. Para expresarlo con mayor claridad: en alguno de sus deliciosos libros, Mr. Ruskin cita y aprueba a un poeta (Homero, según creo) que decía de un hombre valiente que era tan valiente como una mosca; y prosigue, en su tono alegre habitual, justificando el epíteto. La mosca, nos dice, es sin duda la criatura más temeraria de toda la creación. Y por ello la comparación es buena, excelente. Sin embargo, tengo por cierto que el instinto del lector le diría que la comparación es infame. Dejemos que prefiera su instinto a la historia natural de Mr. Ruskin. Pues, aun basada en hechos reales, esta comparación no se basa en una verdad evidente; no hace plausible nuestra aceptación; no es arte.

 Me he extendido tanto en estos aspectos de detalle y de método que no queda espacio para hablar de un aspecto más importante ‑aspecto eludido también por Baudelaire en razón de la falta de espacio‑; a saber, por qué estos asuntos interesaron a la imaginación de Poe; cuestión de difícil solución, sin duda, aunque no insoluble con el paso del tiempo. Y tampoco he dejado espacio para hablar de algo que tal vez sea más importante aún: la relación entre Poe y su, a no dudar, más grande y mejor compatriota, Hawthorne. Que existe un parentesco entre ellos, que ambos tenían una visión del mundo no del todo diferente, que algunas de las narraciones cortas de Hawthorne parecen inspiradas en Poe y algunas de Poe tienen un eco en Hawthorne está fuera de toda duda; pero lo más que yo puedo hacer por ahora es señalarlo.

 Tampoco sorprenda al lector que una crítica de Poe sea esencialmente negativa y suscite nuevas dudas en lugar de resolver las ya existentes; pues es mérito de Poe seducir, y su pecado capital carecer por completo de la escrupulosa honestidad que guía y refrena al artista consumado. No era, y lo decimos con profunda tristeza, un escritor concienzudo. El hambre llamó siempre a su puerta, y tuvo deseos demasiado imperiosos por lo que hoy en día llamamos sensacionalismo en literatura. Y por ello el crítico (si ha de ser más concienzudo que aquel a quien critica) no se atreve a prodigar los elogios, no sea que alguien piense que condona todo lo que hay de poco escrupuloso y de oropel en estas historias maravillosas. Debe elogiarlas en un único sentido: recomendando las menos censurables. Si alguien desea emociones, lea en circunstancias propicias El escarabajo de oro, Un descenso al Maelstrom, El tonel de amontillado, El retrato oval y las tres narraciones de Auguste Dupin, el detective filósofo. Si decide continuar leyendo, hágalo, pero con cautela; en estos dos volúmenes hay trampas y añagazas, asechanzas y peligros; y el lector incauto puede tropezar inopinadamente con alguna pesadilla que le costará olvidar.

 Unas palabras sobre los servicios de Mr. Ingram. No hay duda que esta edición es obra de un enamorado. Esperemos que en los próximos dos volúmenes que han de completar la serie su amor y dedicación se hagan extensibles a los fragmentos en francés que Poe gustaba de intercalar en sus páginas. En los dos volúmenes que venimos comentando hay algunos errores crasos, errores que me gustaría, alguna tarde agradable, aclarar a Mr. Ingram, frente a lo que él llama, o deja que sus impresores llamen, un flacon de Clos de Vougeot.


En Ensayos literarios




13 ago. 2014

Descarga: Robert Louis Stevenson - El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

No hay comentarios. :


El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (en inglés Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde), es una novela escrita por Robert Louis Stevenson y publicada por primera vez en inglés en 1886, que trata acerca de un abogado, Gabriel John Utterson, que investiga la extraña relación entre su viejo amigo, el Dr. Henry Jekyll, y el misántropo Edward Hyde.

El libro es conocido por ser una representación vívida de la psicopatología correspondiente a un desdoblamiento de personalidad. Fue un éxito inmediato y uno de los más vendidos de Stevenson

16 nov. 2013

Robert Louis Stevenson – Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte

No hay comentarios. :



Con la seductora franqueza de la juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación.

Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción ‑y el destino entra aquí en escena‑, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste en saborear y dar cuenta de la experiencia.

Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas que no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada.

Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos ‑el salario del oficio‑ son reducidos, pero los beneficios indirectos ‑el salario de la vida‑ son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables.

Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzos. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pensamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte.

Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vista) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril.

Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores.

Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia también cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender.

Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa.

Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia que conseguir preservar alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune.

Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su fracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?

En Ensayos literarios
Traducción de Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laiglesia
Imagen:James Notman © National Portrait Gallery, London

23 ene. 2013

Robert L. Stevenson: Janet, la contrahecha

No hay comentarios. :




El reverendo Murdoch Soulis fue mucho tiempo pastor de la parroquia de Balweary, en los páramos del valle del Dule. Era un anciano adusto y sombrío, que atemorizaba a cuantos lo oían, y pasó los últimos años de su vida sin parientes ni criados, ni ninguna otra compañía, en la pequeña y solitaria rectoría al pie de Hanging Shaw. A pesar de la férrea compostura de sus rasgos tenía una mirada feroz, asustada y vacilante y, cuando insistía, en sus admoniciones privadas, en el futuro que les aguardaba a los impenitentes, era como si sus ojos atravesaran las tormentas del tiempo y se adentraran en los terrores de la eternidad. A muchos jóvenes que acudían a él para prepararse a recibir la Sagrada Comunión les impresionaba enormemente su manera de hablar. El primer domingo después de cada diecisiete de agosto leía un sermón sobre la Primera Epístola de Pedro (v. 8), «El demonio es un león rugiente», y el texto le servía para superarse a sí mismo, tanto por la terrible naturaleza del asunto tratado, como por su terrorífica forma de comportarse en el púlpito. Los niños temblaban de miedo y los viejos parecían más proféticos que de costumbre, y se pasaban el resto del día haciendo aquellas insinuaciones que Hamlet tanto detestaba. Ya desde el principio del ministerio del señor Soulis, aquellos que se tenían por prudentes habían empezado a evitar a las horas del crepúsculo la rectoría, situada junto a las aguas del Dule entre una espesa arboleda a la sombra del Shaw y junto a otras muchas cumbres frías y yermas que parecían alzarse hasta el cielo; y la sola idea de pasar a una hora tardía por aquella siniestra vecindad hacía que todos movieran la cabeza con desaprobación. Había un lugar concreto que les inspiraba más temor. La rectoría estaba ubicada entre la carretera y las aguas del Dule y tenía un hastial a cada lado. La parte posterior daba al pueblo de Balweary, que quedaba a poco más de un kilómetro, y por delante un jardín pelado y cercado de espinos se extendía entre el río y la carretera. La casa tenía dos pisos de altura y dos grandes habitaciones en cada planta. No comunicaba directamente con el jardín, sino con un sendero o camino empavesado, que conducía por un lado a la carretera y llevaba por el otro hasta los altos sauces y saúcos que bordeaban el río. Y era aquel sendero el que gozaba de tan infame reputación entre los jóvenes de Balweary. El pastor acostumbraba a pasear por él al caer la tarde y gemía a veces en voz alta acuciado por la urgencia de sus calladas plegarias, y cuando salía de casa y cerraba con llave la puerta de la rectoría, los escolares más osados se aventuraban con el corazón palpitante hasta tan legendario lugar.

Que una atmósfera de terror semejante rodeara a un ministro del Señor de un carácter y una ortodoxia intachables, era un continuo motivo de asombro y despertaba la curiosidad de los pocos desconocidos a los que los negocios o la casualidad empujaban a aquella región remota y desconocida. Pero muchos de los parroquianos ignoraban los extraños sucesos que habían señalado el primer año del ministerio del señor Soulis, y los mejor informados se mostraban reacios o temerosos al hablar de aquel asunto. Solo muy de vez en cuando, alguno de los viejos del lugar se armaba de valor después de la tercera copa y volvía a relatar la causa del extraño aspecto y la vida solitaria del pastor.

Cincuenta años atrás, cuando el señor Soulis llegó por primera vez a Balweary, era todavía joven, casi un mozo decía la gente, y estaba lleno de saberes librescos y de elocuencia, pero, como es natural en alguien tan bisoño, carecía de experiencia real en la religión. A los jóvenes les impresionó mucho su talento y su labia, pero los de más edad, hombres y mujeres serios y graves, se sintieron incluso impulsados a rezar por el joven pastor, a quien creían equivocado, y por la parroquia, que en consecuencia iba a estar mal atendida. Fue antes de los días de los moderados…,[4] el diablo se los lleve, aunque las cosas malas son como las buenas: unas y otras llegan poco a poco, en pequeñas cantidades, y había quien decía que el Señor había abandonado a su suerte a los profesores de la universidad y que los muchachos que iban a estudiar con ellos habrían hecho mejor quedándose sentados en un montón de turba, como hicieron sus antepasados durante la persecución, con una Biblia debajo del brazo y un espíritu devoto. En cualquier caso, no había duda de que el señor Soulis había pasado demasiado tiempo en la universidad. Se interesaba y preocupaba por muchas cosas aparte de la única necesaria. Había llevado consigo un montón de libros…, más de los que se habían visto nunca en la casa parroquial, y debieron de darle mucho trabajo al carretero que los transportó hasta allí, pues había suficientes para tapar la ciénaga del Diablo de aquí a Kilmackerlie. Eran libros de teología, claro, o eso decían, pero los más serios opinaban que no valía la pena gastar tanto dinero, cuando la palabra de Dios cabría en la esquina de un cuadro de una manta escocesa… Por si fuera poco, se pasaba la mitad del día y de la noche nada menos que escribiendo, lo que parecía muy poco razonable; al principio temieron que estuviera memorizando sus sermones y luego resultó que estaba escribiendo un libro, lo que sin duda no era nada apropiado para alguien de sus años y con tan corta experiencia.

En cualquier caso, le convenía buscar una mujer vieja y honrada que se ocupara de la rectoría y le preparase la comida y, cuando le recomendaron a una vieja casquivana llamada Janet McClour, estaba tan ensimismado que se dejó convencer. Muchos le aconsejaron lo contrario, pues Janet despertaba los recelos de todas las personas respetables de Balweary. Tiempo atrás había tenido un hijo con un dragón de caballería; no había comulgado en los últimos treinta años; y los chiquillos la habían visto murmurando para sí en Key’s Loan al caer la tarde, una hora y un lugar muy raros para una mujer temerosa de Dios. En cualquier caso fue el propio señor de aquellas tierras el primero que le habló al pastor de Janet; y en aquellos tiempos el párroco habría hecho cualquier cosa por complacerle. Cuando la gente le advirtió de que Janet estaba emparentada con el demonio, se lo tomó como una superstición y, cuando le citaron la Biblia y a la bruja de Endor, les hizo tragar que de eso hacía mucho tiempo y que, gracias a Dios, el diablo había sido sojuzgado.

Cuando corrió por el pueblo la noticia de que Janet McClour iba a servir en la rectoría, la gente se enfadó mucho con los dos y a las vecinas no se les ocurrió nada mejor que ir a casa de la vieja y echarle en cara todo lo que sabían de ella, desde lo del hijo del soldado hasta lo de las dos vacas de John Tamson. Janet no era muy habladora, la gente la dejaba en paz y ella hacía lo mismo y no daba a nadie ni los buenos días ni las buenas noches, pero cuando se lo proponía, tenía una lengua capaz de ensordecer a un molinero. Se puso hecha una furia y sacó a relucir todos los viejos chismorreos de Dalweary, por cada cosa que le decían ella les reprochaba otras dos, hasta que por fin las vecinas la cogieron, le quitaron la ropa y la llevaron a rastras desde el pueblo hasta el río Dule para comprobar si era una bruja y si nadaba o se hundía. La vieja chilló tanto que la oyeron hasta en Hanging Shaw y se resistió como diez. Al día siguiente, e incluso varios días después, muchas vecinas todavía iban arañadas. ¿Y quién diréis que apareció (por sus pecados) en lo más acalorado de la trifulca? Pues nada menos que el nuevo pastor.

—Mujeres —dijo (y tenía una voz imponente)—, os ordeno en nombre del Señor que la dejéis en paz.

Janet corrió hacia él enloquecida por el miedo, se abrazó a él y le pidió, en nombre de Cristo, que la librara de aquellas arpías; ellas, por su parte, le contaron todo lo que sabían y tal vez más.

—Mujer —le preguntó a Janet—, ¿es eso cierto?

—Por el Señor que me creó y me está viendo ahora —replicó ella—, que no es cierta ni una sola palabra. Aparte de lo del crío —afirmó—, siempre he sido una mujer decente.

—¿Estás dispuesta a renunciar —dijo el señor Soulis—, en el nombre de Dios, y ante mí, su humilde ministro, al demonio y todas sus obras?

En fin, todos esperaban que, al pedirle aquello, le crujieran los dientes e hiciera una mueca que aterrara a quienes la vieran, pero no ocurrió ni una cosa ni otra; y Janet alzó la mano y renunció al demonio delante de todos.

—Y ahora —les dijo el señor Soulis a las vecinas—, volved todas a casa y rogad a Dios para que os perdone.

Y le ofreció el brazo a Janet, que no llevaba puesto más que un camisón, y la llevó al pueblo y la dejó en su casa como si fuese una dama, mientras ella chillaba y reía tanto que era un escándalo oírla.

Esa noche muchas personas devotas dedicaron más rato de lo normal a rezar sus oraciones, pero a la mañana siguiente el miedo se apoderó de tal modo de Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres espiaban furtivamente desde la puerta de sus casas. Y es que Janet —o alguien que se le parecía, nadie habría sabido decirlo— se paseó por el pueblo con el cuello torcido, la cabeza ladeada, como si la hubieran ahorcado, y una mueca en su semblante como la de un cadáver antes de ser enterrado. Poco a poco se fueron acostumbrando e incluso le preguntaron para saber qué le ocurría, pero desde ese día no volvió a hablar como una mujer cristiana, solo babeaba y hacía un ruido con los dientes como el de unas tijeras de esquilar ovejas, y sus labios no volvieron a pronunciar el nombre de Dios. A veces lo intentaban, pero no lo conseguían. Los que más sabían eran los que menos decían, pero nunca creyeron que aquella fuese Janet McClour, pues en su opinión la vieja Janet estaba ya en el infierno. Sin embargo, no hubo forma de convencer al pastor, que se dedicó a predicar acerca de la crueldad de la gente que le había producido aquel ataque de parálisis, ahuyentó a golpes a los rapaces que se burlaban de Janet, la llevó esa misma noche a la rectoría y vivió allí solo con ella a la sombra del Hanging Shaw.

Pues bien, fue pasando el tiempo y los más frívolos empezaron a quitarle importancia a aquel negro asunto. El pastor gozaba de buena fama, siempre se quedaba escribiendo hasta muy tarde y la gente veía la vela junto al río Dule pasada la medianoche, y parecía tan contento e indiferente como al principio, a pesar de que todos notaban que se estaba consumiendo. En cuanto a Janet, iba y venía a su antojo, y, si antes no hablaba mucho, con menos razón ahora; no se metía con nadie, pero era horrible verla y nadie habría tenido tratos con ella ni por todas las tierras comunales de Balweary.

Hacia finales de julio tuvimos un tiempo desconocido por estos pagos, hacía un calor bochornoso y descorazonador, los corderos no podían subir a Black Hill, los niños estaban demasiado cansados para jugar, y además era muy borrascoso, rachas de viento cálido soplaban en los valles y caían breves chaparrones que no refrescaban nada. Siempre pensábamos que a la mañana siguiente se desataría la tormenta, pero iban pasando los días y seguía haciendo aquel tiempo tan raro y agobiante para las personas y el ganado. Entre los que peor lo soportaban, nadie sufrió tanto como el señor Soulis: les contó a sus mayores que no podía dormir ni comer y, cuando no estaba escribiendo su dichoso libro, deambulaba por el campo como un poseso, en lugar de quedarse en casa como hacía todo el mundo.

Más allá de Hanging Shaw, al resguardo de Black Hill, hay unas tierras cercadas por una valla de hierro. Se dice que, en los viejos tiempos, era el cementerio de Balweary y que los papistas lo consagraron antes de que la luz bendita brillara sobre el reino. En cualquier caso era el lugar preferido del señor Soulis, que siempre se sentaba allí a meditar sus sermones, y la verdad es que el sitio está muy resguardado. El caso es que un día, al llegar al extremo oeste de Black Hill, vio primero dos, luego cuatro y luego siete cuervos que sobrevolaban el antiguo cementerio. Volaban bajo y despacio y se graznaban unos a otros, y el señor Soulis comprendió que algo los había espantado. No era un hombre que se asustara con facilidad, así que se fue directo a la tapia, ¿y qué diréis que encontró allí?, pues a un hombre, o algo parecido, sentado sobre una tumba. Era muy alto, negro como el mismísimo infierno, y tenía unos ojos muy extraños.[5] El señor Soulis había oído hablar muchas veces de los negros, pero aquel tenía algo que le intimidaba. A pesar del calor que hacía, sintió un escalofrío en la médula de los huesos, sin embargo alzó la voz y dijo:

—Amigo, ¿es usted forastero?

El negro no respondió ni una palabra, se incorporó y echó a andar hacia la tapia que había al otro lado sin dejar de mirar al pastor, que se las arregló para devolverle la mirada, hasta que, al cabo de un minuto, el negro saltó la tapia y echó a correr en busca de la protección de los árboles. El señor Soulis, sin saber muy bien por qué, salió corriendo detrás de él, pero estaba exhausto después de su paseo con aquel tiempo tan caluroso e insano, y por mucho que corrió solo acertó a vislumbrar al negro que se ocultaba entre los abedules, hasta que llegó al pie de la colina y volvió a verlo cruzando a saltos el río en dirección a la rectoría.

Al señor Soulis no le hizo ninguna gracia que aquel espantoso vagabundo entrase con tanta familiaridad en la rectoría, así que apretó el paso, se mojó los zapatos al cruzar el río y subió por el sendero, pero allí no había ningún negro. Se asomó a la carretera, pero no vio a nadie; fue al jardín, pero nada, ni rastro del negro. Por fin, un poco asustado como es natural, levantó el pestillo, entró en la rectoría y se encontró a Janet McClour, con el cuello torcido y nada contenta de verlo. Luego recordaría siempre que al contemplarla volvió a sentir el mismo gélido y mortal escalofrío que antes.

—Janet —dijo—, ¿has visto pasar a un negro?

—¿A un negro? —repitió ella—. ¡Dios nos libre! Menudo pastor está usted hecho. En Balweary no hay negros.

Aunque ya comprenderéis que no habló con claridad, sino que gimoteó como un poni al ponerle el bocado.

—Pues si no era un negro, Janet —dijo el pastor—, es que he hablado con el Acusador de los Hermanos.*

Y se sentó dando diente con diente, como quien tiene fiebre.

—Bobadas —replicó Janet—, debería usted avergonzarse, reverendo.

Y le dio un trago de brandy que guardaba para ella.

Luego el señor Soulis entró en el despacho donde tenía los libros. Era una habitación alargada, lóbrega y de techo bajo, terriblemente fría en invierno y húmeda incluso en pleno verano, pues la rectoría estaba muy cerca del río. Se sentó y pensó en todo lo que había ocurrido desde su llegada a Balweary, en su casa, en los días en que era niño y correteaba por las montañas, pero la imagen del negro siguió rondándole por la memoria como el estribillo de una canción. Cuanto más dejaba vagar la imaginación más se acordaba del negro. Trató de rezar y no le salían las palabras; dicen que también trató de escribir su libro, pero sin resultado. Unas veces tenía la impresión de que el negro estaba a su lado, y le bañaba un sudor frío como agua de pozo, y otras se sentía como un niño recién bautizado y no le embargaba ningún temor.

Por fin se acercó a la ventana y se puso a contemplar las aguas del Dule. La arboleda es muy espesa y el agua fluye negra y profunda al pie de la rectoría, y Janet estaba allí lavando la ropa con la falda arremangada. Se hallaba de espaldas al pastor, quien por su parte apenas reparó en lo que estaba viendo. Sin embargo, cuando se volvió y pudo verle el rostro, el señor Soulis sintió el mismo gélido escalofrío que ya había notado dos veces ese mismo día, y recordó lo que la gente decía: que Janet llevaba muerta mucho tiempo y que aquello era un espectro de carne fría como el barro. Se apartó un poco y la observó con atención. Estaba frotando la ropa mientras canturreaba para sus adentros, y, Dios nos asista, su rostro inspiraba pavor. A ratos cantaba en voz alta y a ratos miraba de reojo hacia un lado, aunque allí no había nada que mirar. Al señor Soulis lo recorrió de pies a cabeza una sensación de náusea que era un aviso del cielo, pero se limitó a culparse a sí mismo, por pensar mal de una anciana pobre y achacosa que no tenía más amigos que él; así que rezó una oración por los dos y bebió un poco de agua fresca —pues pensar en comer le revolvía el estómago—, y se metió en la cama al caer el sol.

Esa noche, la noche del 17 de agosto de 1712, no la ha olvidado nadie en Balweary. Como ya he dicho, había hecho mucho calor, pero esa vez hizo más que nunca. El sol se puso entre nubarrones de extraño aspecto; todo estaba tan oscuro como el mismo infierno: ni una estrella, ni pizca de viento, no se veía ni la propia mano puesta delante de la cara, y los viejos apartaban las mantas y respiraban con dificultad. Con todo lo que le rondaba por la cabeza era muy improbable que el señor Soulis pudiera conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas y la cama, que era fresca y cómoda, parecía quemarle hasta la médula de los huesos; a ratos dormitaba y a ratos se despertaba; unas veces oía las campanadas de la iglesia y otras veces a un chucho que aullaba en el páramo, como si hubiera muerto alguien; le parecía oír a espectros que le susurraban insensateces al oído y creía ver fuegos fatuos en la alcoba. Pensó que debía de haberse puesto enfermo, y lo estaba…, aunque no sospechaba en qué consistía su enfermedad.

Por fin, con la cabeza más despejada, se sentó en camisa en el borde de la cama, y volvió a pensar en el negro y en Janet. Nunca supo el porqué…, aunque tal vez fuese por el frío que sentía en los pies, el caso es que de pronto se le ocurrió que había alguna relación entre ambos y que, o bien uno de ellos, o los dos, eran espectros. Y, justo en ese momento, en la habitación de Janet, que estaba junto a la suya, se oyeron unas patadas como si varios hombres se estuvieran peleando y luego un golpe muy fuerte. Después el viento empezó a soplar alrededor de la casa y todo volvió a quedar tan silencioso como una tumba.

El señor Soulis no le temía ni al hombre ni al diablo. Cogió el yesquero, encendió una vela y con tres zancadas se plantó ante la puerta de Janet. El pestillo no estaba echado, así que la empujó y escudriñó audazmente el interior. Era una alcoba tan grande como la del propio pastor, y estaba llena de muebles antiguos y sólidos, que eran todo cuanto tenía. Había una cama con dosel de tapicería antigua, un excelente bargueño de roble con unos cuantos libros de teología, que el párroco había dejado allí para quitarlos de en medio, y unas pocas prendas de Janet tiradas aquí y allá por el suelo. Pero el señor Soulis no vio ni a Janet ni indicios de lucha. Entró en la habitación (y conste que no muchos le habrían seguido), echó una ojeada y escuchó. Pero no había nada que oír, ni dentro de la rectoría ni en el pueblo de Balweary, y nada que ver, salvo las negras sombras que giraban en torno a la vela. Luego, de pronto, se le aceleró el pulso, se le heló el corazón y un viento gélido le puso los pelos de punta. ¡Qué imagen tan horrible contemplaron entonces los ojos de aquel hombre! Ahí estaba Janet colgando de un clavo junto al viejo bargueño de roble: su cabeza colgaba como siempre sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le colgaba de la boca y los talones colgaban a medio metro del suelo.

«¡Que Dios nos perdone a todos! —pensó el señor Soulis—, ¡la pobre Janet está muerta!»

Al acercarse al cadáver el corazón le dio un vuelco, pues reparó en que, por algún sortilegio que a ningún hombre le correspondería juzgar, la mujer colgaba de un solo clavo y de un solo hilo de estambre como el que se usa para zurcir pantalones.

Debe de ser espantoso encontrarse solo de noche entre semejantes prodigios de las tinieblas, pero la fe en Dios del señor Soulis estaba bien arraigada. Se volvió, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Paso a paso, bajó las escaleras, tan despacio como pudo, y puso la vela sobre la mesa que había junto a las escaleras. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado de sudor frío y no oía más que los latidos de su corazón. Puede que pasara allí una hora, o tal vez dos, sin pensar en nada, cuando de pronto le pareció oír un rumor leve y misterioso en el piso de arriba, unas pisadas iban de aquí para allá en la habitación donde colgaba el cadáver, y vio que la puerta estaba abierta, aunque recordaba bien haberla cerrado, y tuvo la sensación de que el cadáver lo observaba inclinado sobre el pasamanos.

Volvió a coger la vela (pues no podía quedarse sin luz) y, sin hacer el menor ruido, salió de la rectoría y fue a un extremo del sendero. Seguía estando muy oscuro y, cuando dejó la vela en el suelo, la llama ardió con tanta firmeza y claridad como en la habitación; no se movía ni una hoja, solo la corriente del Dule que corría con un murmullo por el valle y las impías pisadas que bajaban por las escaleras de la rectoría. Enseguida reconoció aquellas pisadas, pues eran las de Janet, y cuanto más se acercaban más se le helaba la sangre. Encomendó su alma a su Creador y dijo:

—¡Oh, Señor, dame fuerzas esta noche para combatir los poderes del mal!

Para entonces, los pasos avanzaban por el pasillo en dirección a la puerta y oyó una mano que rozaba la pared, como si aquel ser tan espantoso anduviese a tientas. Los sauces se agitaron y gimieron, un largo suspiro recorrió las montañas, la llama de la vela tembló y el cadáver de Janet la contrahecha con su vestido de gorgorán y su cofia negra, con la cabeza ladeada sobre el hombro y la misma mueca en el rostro…, viva, habría dicho cualquiera…, muerta, como el señor Soulis bien sabía…, apareció en el umbral de la rectoría.

Es extraño que el alma del hombre esté tan ligada a su cuerpo perecedero, pero el pastor vio aquello y el corazón no le falló.

No se quedó allí mucho tiempo, pues empezó a andar de nuevo en dirección adonde estaba el señor Soulis al pie de los sauces. En la mirada del pastor brillaban toda la vitalidad de su cuerpo y la fuerza de su espíritu. Tuvo la impresión de que ella iba a decirle algo, pero le faltaban las palabras y le hizo un gesto con la mano izquierda. Llegó una ráfaga de viento, como el bufido de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como personas y el señor Soulis supo que, para bien o para mal, había llegado el final.

—¡Bruja, arpía, demonio! —gritó—. Te conmino, en nombre de Dios, a que te vuelvas a la tumba, si es que estás muerta…, o al infierno, si estás condenada.

Y, en ese momento, la mano del Señor salió del cielo y golpeó a aquel horror allí mismo, el viejo, difunto y execrable cadáver de la bruja, que tanto tiempo habían arrastrado los demonios lejos de su tumba, ardió como la yesca y cayó al suelo hecho cenizas; luego siguió un trueno y luego otro y por fin empezó a diluviar, y el señor Soulis saltó la cerca del jardín y corrió dando gritos hacia el pueblo.

Esa misma mañana, John Christie vio pasar al negro por Muckle Cairn cuando daban las seis; antes de las ocho pasó por la taberna de Knockdow, y no mucho después Sandy McLellan lo vio cojeando por la ladera en dirección a Kilmackerlie. No hay duda de que fue él quien poseyó largo tiempo el cuerpo de Janet, pero al fin se marchó y desde entonces el demonio no ha vuelto a molestarnos en Balweary.

No obstante, fue una prueba muy amarga para el pastor, que pasó muchos días delirando en su cama, y desde entonces hasta hoy ha sido el hombre que hoy conocéis.


* Una de las muchas denominaciones del demonio.

En Cuentos completos
Trad. Miguel Temprano García
Barcelona, Mondadori, 2009
Foto: RLS a los 14 años por Fradelle & Young, de McClure's Magazine

31 ago. 2009

Robert L. Stevenson – La moral de la profesión de las letras

1 comentario :

 

 

Robert L. Stevenson La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.

Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un buen sermón.

Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto, con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer; es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América, debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura, diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace; valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad; y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad pública.

Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria. En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad. Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba, porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil, imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo, ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo. Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera; pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el fracaso.

No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento, importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra. De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues, llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas; guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos, una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la actividad literaria.]

La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables, fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos, sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas. A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector, le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de practicarlo.

El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años; pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una noble y prolongada enseñanza para el escritor.

Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King's own o Newton Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez, sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema, todo artículo, todo entre‑filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad de dar con algo que sea comprensible para una inteligencia mediocre; y que una inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable en su formación.

Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor, sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad; que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay que un hombre honrado deba temer con mayor recelo que ganar y gastar más de lo que se merece.

 

 

En Ensayos literarios