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8 sept. 2014

Fernando Sorrentino: Esencia y atributo

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El 25 de julio, al querer apretar la letra A, advertí en el meñique de mi mano izquierda una tenue verruga. El 27 me pareció considerablemente mayor. El 3 de agosto logré, con ayuda de una lupa, discernir su forma. Era una suerte de diminuto elefante: el elefante más pequeño del mundo, sí, pero un elefante cabal hasta en su ínfimo rasgo. Estaba adherido a mi dedo por la extremidad de su colita. Así, prisionero de mi meñique, gozaba, sin embargo, de libertad de movimientos, salvo que su traslación dependía por completo de mi voluntad.

Con orgullo, con temor, con dudas, lo exhibí ante mis amigos. Sintieron asco, dijeron que no podía ser bueno tener un elefante en el meñique, me aconsejaron consultar a un dermatólogo. Desprecié sus palabras, no consulté a nadie, rompí relaciones con ellos, me dediqué por entero a estudiar la evolución del elefante.

Hacia fines de agosto ya era un lindo elefantito gris, de la longitud de mi meñique, aunque bastante más voluminoso. Yo jugaba todo el día con él. A veces me complacía en fastidiarlo, en hacerle cosquillas, en enseñarle a dar volteretas y a saltar mínimos obstáculos: una cajita de fósforos, un sacapuntas, una goma de borrar.

En esa época me pareció oportuno bautizarlo. Pensé en varios nombres tontos y, en apariencia, tradicionalmente dignos de un elefante: Dumbo, Jumbo, Yumbo… Por último, ascéticamente, preferí llamarlo Elefante, a secas.

Me encantaba alimentar a Elefante. Yo diseminaba sobre la mesa migas de pan, hojas de lechuga, trocitos de césped. Y, allá lejos, en el borde, un pedacito de chocolate. Elefante, entonces, pugnaba por llegar a su golosina. Pero, si yo ponía firme la mano, Elefante jamás podría alcanzarla. De este modo, yo ratificaba que Elefante no era más que una parte —y la más débil— de mí mismo.

Poco tiempo después —digamos, cuando Elefante había adquirido el tamaño de una rata— ya no pude gobernarlo con tanta facilidad. Mi meñique resultaba demasiado flaco para resistir sus ímpetus.

En ese entonces yo aún conservaba la idea errónea de que el fenómeno sólo consistía en el crecimiento de Elefante. Me desengañé cuando Elefante fue tan grande como un cordero: ese día también yo fui tan grande como un cordero.

Esa noche —y algunas más todavía— yo dormí boca abajo, con la mano izquierda fuera de la cama: en el suelo, a mi lado, dormía Elefante. Después debí dormir —boca abajo, mi cabeza en su grupa, mis pies en su lomo— sobre Elefante. Casi en seguida me resultó suficiente un fragmento de su anca. Después, la cola. Después, la puntita de la cola, donde yo sólo era una pequeña verruga, del todo imperceptible.

Entonces temí desaparecer, dejar de ser yo, ser un mero milímetro de la cola de Elefante. Luego perdí ese miedo, recobré el apetito. Aprendí a alimentarme con perdidas miguitas, con granos de alpiste, con briznas de pasto, con insectos casi microscópicos.

Claro que eso era antes. Ahora he vuelto a ocupar un espacio más digno en la cola de Elefante. Es cierto que aún soy aleatorio. Pero ya puedo apoderarme de galletitas enteras y contemplar —invisible, inexpugnable— a los visitantes del Jardín Zoológico. A esta altura del proceso soy muy optimista. Sé que ha comenzado la reducción de Elefante. Por eso, me inspiran un anticipado sentimiento de superioridad los despreocupados paseantes que nos tiran golosinas, creyendo sólo en el obvio Elefante que tienen ante sí, sin sospechar que él no es más que un atributo futuro de la latente esencia que aún acecha, agazapada.



Cortesía Badosa.com
Foto: FS por Xavier Martín (Fuente y reportaje)

11 oct. 2013

Fernando Sorrentino - Costumbres del alcaucil

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Muy pocas personas conocen el pasaje Ohm. Su única cuadra de extensión corre cerca de la esquina de las avenidas Triunvirato y de los Incas. En un pequeño departamento con balcón al contrafrente vivo yo.

Yo alcancé los cuarenta y ocho años sin querer —o sin poder— casarme. Vivo solo y me arreglo bastante bien. No soy agricultor ni botánico, sino profesor de castellano, literatura y latín: nada sé de aquellas ciencias rurales y naturales, pero algo conozco de lingüística y etimologías. Desde estos campos empecé mi acercamiento al alcaucil.

Como se sabe, un buen porcentaje del léxico español reconoce su origen en la lengua de los invasores árabes del siglo VIII. A veces éstos crearon el vocablo mediante el recurso de conferir forma árabe a un sustantivo latino (o neolatino) corriente en la España de entonces.

Tal es el caso de la palabra mozárabe caucil, proveniente del latín capitiellum, que significa «cabecita». De manera que alcaucil (artículo + sustantivo) significa «la cabecita». Este nombre popular posee, digamos, mayor «expresividad» y «utilidad» que el término científico Cynara scolymus.

Veamos por qué.

En Buenos Aires nadie ha visto una planta de alcaucil. De las verdulerías nosotros conocemos, precisamente, esas cabecitas muertas cuyo corazón (mejor llamado receptáculo) y las bases de cuyas hojas (mejor dicho, escamas) son, por cierto, muy sabrosos. Ahora bien, estas cabecitas guardan el germen de la flor, y el horticultor las arranca de la planta antes de que aquélla llegue a desarrollarse, pues, de no hacerlo así, luego se endurecen y ya no son comestibles.

Durante toda mi vida, yo fui un ignorante total en lo que a morfología, vida y costumbres del alcaucil respecta. Ahora, en cambio, puedo decir, sin pedantería, que he adquirido bastante información y que me he convertido en una suerte de módica autoridad en la materia. Admito, sí, que, sobre el alcaucil, es más lo que me resta por aprender que lo que he aprendido.

El alcaucil puede cultivarse en una maceta, de proporciones más bien amplias. Como es una planta áspera y sufrida, una especie de cardo, requiere escasos cuidados; se desarrolla en seguida; alcanza, de altura, un metro y, en extensión horizontal, una longitud que, hasta ahora, resulta imposible determinar.

Aunque, en general, no me interesan ni me atraen las plantas, acepté con fingida gratitud el alcaucil que me regaló una vecina apodada la Chiche: ésta es una señora de cierta edad y de anteojos, simple y aburridora, que tiene un hijo, más bien de escasas luces, llamado Sebastián.

El joven Sebas —así apocopado por su madre y sus amigos— terminó el tercer año con arduas dificultades. Ignoro por qué me avine a impartirle gratuitamente clases particulares de castellano para que intentara aprender en pocos días lo que no había logrado ni siquiera sospechar en los once o doce meses anteriores.

Nada me cuesta declarar que soy un excelente profesor de castellano, con la experiencia —y el cansancio— de veinte años de tiza y pizarrón. Pero Sebas —inapelablemente palurdo y de tropezado razonamiento— resultó, tal como yo lo preveía, reprobado con justicia por la mesa examinadora del mes de marzo.

La señora Chiche —fanatismo maternal a un lado— supo comprender que la deficiencia no estaba en mí sino en su hijo y, para agradecerme de alguna manera, me regaló la susodicha planta de alcaucil.

La señora Chiche llegó a mi departamento, estuvo un rato, emitió abundantes errores e imprecisiones, no prestó la menor atención a ninguna de mis palabras, me hizo conocer su visión desencantada del mundo y, ¡por fin!, se retiró, dejándome la habitual sensación de desagrado que me producen las personas de escasa inteligencia e ilimitada incultura. Y, junto con cierto mal humor, ahí quedó, en el balcón, en su maceta roja y blanca, la planta de alcaucil.

Poco a poco, fue prodigándose en múltiples cabecitas (alcauciles) de color verde apagado. Por su propio peso, los alcauciles fueron doblegando la resistencia de los tallos y empezaron a reptar por el suelo del balcón, como si fueran las múltiples garras de un animal amorfo y difícil de reconocer, una suerte de erizado pulpo terrestre, con algo de la dureza pétrea y verdusca de las bestias prehistóricas.

Así habrá transcurrido una semana.

Años enteros he luchado sin éxito contra las hormiguitas rojas, esos bichitos invencibles y omnívoros diseminados en infinitas cuevas por todo el departamento. Una tarde me hallaba sentado en el balcón; leía el diario y tomaba mate.

Entonces vi que cuatro de las tantas cabecitas de la planta estaban dadas a la caza de hormigas rojas. Su técnica era, a la vez, muy sencilla y muy eficaz. Con las hojas abajo y el tallo arriba, corrían a modo de arañas, apresaban con delicada exactitud a la hormiga y, mediante rápidos movimientos de tracción y masticación, la llevaban hasta el centro del alcaucil, por donde era ingerida.

Observando con atención, podía advertirse, en los puntos de ensanchamiento del tallo móvil o tentáculo, que los cadáveres de las hormigas eran trasladados hasta el tallo central, donde —imaginé— se hallaría el aparato digestivo del alcaucil. En películas documentales yo había visto más de una vez algo parecido: cuando la culebra traga una laucha o una rana, uno puede percibir la forma del cuerpo de la víctima que se desliza por el interior del cuerpo del victimario: de esta misma manera comían también los alcauciles.

Sentí alegría. Este hecho me pareció auspicioso. Los alcauciles eran infatigables y terriblemente hambrientos. Pensé que, en poco tiempo, lograrían triunfar donde yo fracasé durante años: que terminarían, de modo contundente, con todas las hormigas rojas del departamento, esas hormigas que yo, en mi impotencia, tanto aborrecía.

En efecto, así fue. Llegó el momento en que ya no vi ninguna hormiguita roja. Entonces el alcaucil se extendió en la busca de otros alimentos.

Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre fracasado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas.

En verdad, esos alcauciles tenían buen apetito, y crecían. Crecían siempre. No tardaron mucho tiempo en ocupar todo el balcón. A modo de enredadera, se tendieron por el piso, por el techo, por las paredes, en vueltas y revueltas que los convirtieron en selva inextricable.

Debo confesar que, en este punto, me asusté un poquito: temí, estúpidamente, que el alcaucil continuara creciendo hasta ocupar todo el departamento.

—Muy bien —le dije—. Si ésa es tu intención, te condeno a morir de hambre.

Bajé las cortinas de madera gris y cerré herméticamente los vidrios de los ventanales del comedor y del dormitorio. Estaba seguro de que, privado de alimento, el alcaucil empezaría a languidecer, a debilitarse, a encogerse, y terminaría por agostarse en briznas resecas hasta morir.

Adopté esa medida precautoria el lunes 11 de abril de 1988. Por no sé qué conflicto laboral, en mi colegio no hubo clases hacia el final de la semana. Aproveché entonces para hacerme una escapadita a Mar del Plata, en compañía de una especie de novia —por cierto, ya madura— que tengo desde hace muchísimos años, que es profesora de matemática y que se llama Liliana Tedeschi. Ambos devotos del tren y refractarios al ómnibus, partimos de Constitución el miércoles por la noche y pasamos luego cuatro hermosos días en aquella grata ciudad otoñal.

El domingo 17 de abril, hacia las ocho de la mañana, me hallé de regreso en mi departamento de la calle Ohm. Como temo a los ladrones, tengo puerta blindada y dos cerrojos de seguridad. Con el modesto orgullo de ser tan previsor, abrí el primer cerrojo, abrí el segundo, empujé la puerta. Noté que ofrecía cierta resistencia: no demasiado firme, es verdad, pero resistencia al fin.

Entré entonces en una suerte de bosquecillo de alcauciles. Me recibió una fuerte corriente de aire: en mi ausencia, estos individuos habían primero devorado las maderas de la cortina enrollable y luego destrozado los vidrios de los ventanales. Ahora, como ingentes medusas, se hallaban esparcidos por todo el departamento, y cubrían metódicamente pisos, paredes y cielos rasos, reptaban por los rincones, se encaramaban a los muebles, investigaban agujeros y recovecos...

Esto fue lo que vi en una primera mirada general. En seguida intenté obtener un cuadro más sistemático de la situación. Aunque traté de mantenerme sereno, aquellos abusos no pudieron menos que indignarme.

Los alcauciles habían abierto la heladera, el freezer y todas las alacenas, y habían comido el queso, la manteca, las carnes congeladas, las papas, los tomates, los fideos, el arroz, la harina de trigo, las galletitas... En el piso de la cocina me topé con frascos, ahora vacíos, de mermelada, de aceitunas, de pickles, de chimichurri...

Habían devorado todo lo humanamente devorable y ahora —ante mis ojos coléricos— se dedicaban también a todo lo alcaucilmente devorable, que, según estaba viendo, era toda materia orgánica —muerta o viva—, y se hallaban desgarrando, royendo y mascando el cuero y las plumas de los sillones y las maderas de los muebles. Y se hallaban desgarrando, royendo y mascando los libros, ¡oh, Dios, mis libros queridos, reunidos con amor a lo largo de más de treinta años, mis libros subrayados y comentados —jamás con tinta, siempre con lápiz— por mi letra prolija y cuidadosa una y mil veces!

No tengo cuchilla de carnicero pero sí una tijera para trozar pollos. Coloqué un tallo de alcaucil entre las dos hojas de acero y —con odio, con jubilosa impiedad— cercené la abominable cabecita enemiga.

El alcaucil decapitado rodó unos centímetros. En el mismo instante, el tallo seccionado se multifurcó en no sé cuántos tallos menores y, simultáneamente, nacieron quince, veinte, cincuenta cabecitas que, furiosas, se lanzaron contra mí, intentando morderme los zapatos, las piernas, las manos.

Entonces, y como pude, retrocedí hacia la zona del baño y del dormitorio, donde la densidad de alcauciles por centímetro cuadrado era mucho menor. Soy una persona —creo— bastante lúcida y no me hallaba dispuesto a perder la calma: sólo quería serenarme y reflexionar un poco, pues no dudaba —siempre tuve mucha confianza en mí mismo— de que hallaría pronta solución al problema de los alcauciles.

Razoné.

Durante mi ausencia, ¿qué los había exasperado y hasta enloquecido? Sin duda, la falta de alimentos. En efecto, durante las semanas anteriores —cuando se hallaban normalmente nutridos—, los alcauciles habían manifestado una conducta digna y juiciosa. Bastaría, pues, con proveerlos de la comida necesaria para que volvieran a ser los calmos y mansos alcauciles de otrora.

Desde el teléfono del dormitorio —casi no había cama, ni mesitas de luz ni placares ni ropas— llamé al mercadito Los Dos Amigos. El primer amigo vende carne; el segundo amigo, verduras y frutas. Al primero le encargué ocho kilos de menudencias bien baratas: hígado, bofe, huesos. Al segundo, papas y zapallos, que cuestan poquísimo y rinden mucho. Les pedí que me mandaran todo en seguida: así aplacaría, por el momento, el hambre de los alcauciles. Más adelante buscaría —y hallaría— la solución definitiva.

Mientras los alcauciles y yo esperábamos los víveres, ellos continuaban royendo. El ruido que produce su roer es similar al de sacudir una caja de fósforos, con la salvedad de que nadie está todo el tiempo sacudiendo una caja de fósforos, y, en cambio, los alcauciles roían, roían, roían todo el tiempo. Continuaban royendo los restos de los muebles: tragaban la madera y desechaban la laca y los elementos metálicos o plásticos.

Pensé: «Mientras tengan algo para comer, estaré a salvo.» Y, en seguida: «Cómo tardan Los Dos Amigos.»
Entonces sonó el timbre (no el del portero eléctrico sino el del departamento): sonó con ese tipo de llamado largo e impaciente que yo aborrezco. Anticipándose a mi movimiento, un alcaucil presionó hacia abajo el picaporte y abrió de par en par la puerta.

En el vano, sobre el fondo más oscuro del pasillo, con delantal blanco y gorrita blanca, y con una enorme canasta de mimbre sostenida por ambas manos, apareció el muchacho gordo y rudimentario que muchas veces yo había visto lavando la vereda del mercadito Los Dos Amigos.

El muchacho —descomunal zopenco de veinte años y cien kilos de peso— vaciló un instante entre saludarme y avanzar. Otra cosa no pudo hacer: en segundos fue envuelto por una telaraña verde, dúctil y eficaz de cuarenta o cincuenta alcauciles. No llegó a gritar ni pudo mover los brazos. Con alcauciles en los ojos, en el cuello y dentro de la boca, semiestrangulado, y no sé si vivo o ya muerto, fue arrastrado —con ligereza de pluma— hasta el centro del comedor, y allí los alcauciles, en áspero tumulto, se dieron a la tarea de horadar y carcomer al muchacho gordo del mercadito, y también su canasta de mimbre, y las papas y los zapallos, y el hígado y el bofe y los huesos.

Aquella imagen de los pequeños alcauciles que recorrían el gran cuerpo me recordó la de las hormiguitas rojas cuando seccionan una cucaracha muerta, o viva.

Mientras estos alcauciles ingerían al muchacho, otros habían echado llave a la puerta del departamento y mantenían ahora aquélla en su poder, lejos de mi posibilidad de alcance.

Entonces me encerré en el cuarto de baño, recinto aún del todo libre de alcauciles. Corrí el pasador metálico y, sentado en el borde de la bañadera, traté de imaginar un rápido plan para derrotar a los alcauciles. Con muchos nervios y con poco tiempo, apenas si llegué a esbozar la idea de provocar un incendio. Pero, ¿qué incendiar?: ya casi no quedaban cosas inflamables, mi casa sólo era un esqueleto de materias inorgánicas.

Estas especulaciones, y otras parecidas, resultaban, al fin, ociosas e inoperantes. Lo mejor —me dije— será no pensar en nada. Y esperar. Sentado en el borde de la bañadera, esperar. Contemplando con estúpida atención esos objetos familiares tan desprovistos de interés: el lavatorio, el espejo, los azulejos...

Los alcauciles ya han empezado a roer y perforar la puerta del cuarto de baño en veinte puntos distintos. Pronto habrá allí veinte boquetes y, en seguida, veinte cabecitas de un verde apagado que avanzarán hacia mí.

Yo espero: ni resignado ni pasivo. He arrancado la barra del toallero y la empuño a modo de garrote: no me entregaré sin resistencia; trataré de inferirles el mayor daño posible.

Repito lo que dije al principio: he aprendido bastante —pero aún ignoro muchas cosas— sobre las costumbres del alcaucil.


En Costumbres del alcahucil
Buenos  Aires, 2008
Cortesía: Badosa.com

11 may. 2010

Fernando Sorrentino - Felisberto, único y casi invisible, outsider en la vida y en la muerte

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Si no me falla la memoria, creo que fue don José Ingenieros quien, en El hombre mediocre (1913), distinguió entre el éxito y la gloria. Aunque el uno y la otra, tarde o temprano, terminarán por esfumarse, debemos reconocer que la última se parece más, no diré a la eternidad, pero sí a lo duradero. Emparentado con esta idea, tenemos el sabio octosílabo «y la fama es puro cuento», perteneciente al no menos sabio tango Mi vieja viola (1932), del compositor (compatriota de Felisberto) Humberto Correa.

En la literatura contemporánea, la conjunción de tres factores (originados en la fuente común del mercantilismo) corona con el éxito a escritores posiblemente menores o, peor aún, estéticamente inexistentes: a) la codicia de las empresas editoriales; b) el influjo estadístico del público lector; c) la tosquedad de ciertos críticos que a menudo no discriminan entre el dato comercial y la virtud literaria.

Según este pragmatismo de buhonero, Felisberto Hernández no ha alcanzado el éxito, pues, aunque en los últimos sesenta o setenta años se ha manifestado, en círculos digamos académicos, algún interés en su obra, sin duda continúa siendo un perfecto desconocido para la mayor parte de las personas que afirman gustar de la lectura. Sin embargo, dentro de dos años se cumplirán cuarenta de su fallecimiento y —al menos entre la reducida cofradía de quienes nos inclinamos más a las letras que a los cálculos— se lo sigue recordando y releyendo.

Francisco Lasarte («Función de ‘misterio’ y ‘memoria’ en la obra de Felisberto Hernández», 1978) propone agrupar su obra en tres etapas: la primera consta de los cuatro libritos de textos muy breves (Fulano de Tal, Libro sin tapas, La cara de Ana, La envenenada); la segunda, la trilogía de novelas proustianas —aunque de poca extensión (Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido, Tierras de la memoria)—; la tercera incluye los cuentos de Nadie encendía las lámparas, los de La casa inundada y los otros publicados a partir de 1943.

La división parece certera. La imagen habitual que tenemos de Felisberto corresponde a esta última etapa —la más difundida y la que coincide con una mejora general de su calidad de vida—, es decir a esos cuentos escritos de una manera en apariencia ingenua y hasta pueril, esos cuentos en los que, indefectiblemente, sobrevienen los elementos característicos y singularizadores de su narrativa que algunos han llamado, ora fantásticos, ora surrealistas, ora fantásticos y surrealistas a la vez.

En todo caso, tales elementos siempre son insólitos, es decir, la irrupción, en el contexto narrativo, de hechos inesperados, sorprendentes o hasta fuera de lugar, es la que produce el mágico extrañamiento del lector.

En rigor, toda la obra de Felisberto se deslizó casi secreta. Su primer libro fue Fulano de Tal. Se publicó en Montevideo, en 1925, y era apenas un folleto que no alcanzaba a tener cincuenta páginas. En 1975 Juan Carlos Onetti («Felisberto, el naïf») recuerda su experiencia con el cuarto libro de Felisberto:

Por amistad con alguno de sus parientes pude leer uno de sus primeros libros: La envenenada. Digo libro generosamente: había sido impreso en alguno de los agujeros donde Felisberto pulsaba pianos que ya venían desafinados desde su origen. El papel era el que se usa para la venta de fideos; la impresión, tipográfica, estaba lista para ganar cualquier concurso de fe de erratas; el cosido había sido hecho con recortes de alambrado. Pero el libro, apenas un cuento, me deslumbró.*

La humildad exterior de los comienzos de su bibliografía es más que elocuente.

Después de dar a conocer textos en publicaciones de escasa relevancia, ha cumplido ya treinta y seis años cuando por primera vez (1939) colabora en El País, de Montevideo.

Entre 1943 y 1946 tienen lugar sus primeras incursiones en medios importantes de la Argentina: la celebérrima revista Sur de Victoria Ocampo acoge «Las dos historias» (n.º 103, abril de 1943) y «Menos Julia» (n.º 143, septiembre de 1946) y «El balcón» aparece en el diario La Nación (16 de diciembre de 1945).

Jorge Luis Borges era el director y el factótum de la revista Los Anales de Buenos Aires; en tal carácter, leyó, y aprobó, «El acomodador», que apareció en el número 6 (junio de 1946).

Algo similar sucede con la publicación de sus libros.

Tras cuatro títulos (Fulano de Tal, Libro sin tapas, La cara de Ana, La envenenada) que provienen de meras imprentas y dos (Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido) dados a conocer en Montevideo por la editorial de los hermanos González Panizza, le llega el turno, en fecha tan tardía como 1947, de publicar en una empresa de primera línea: en Buenos Aires, Sudamericana da a conocer Nadie encendía las lámparas, que es un conjunto de diez relatos «escrupulosamente naïfs», según los tildó Onetti.

Es verdad que, después de la muerte de Felisberto, empezaron a editarse diversas antologías unipersonales que ordenaban sus cuentos de una u otra manera, y que sus relatos solían aparecer en diversos florilegios con textos de varios autores. También, entre 1969 y 1982, se publicaron, en Montevideo, dos series de sus Obras completas.

Sin embargo, aquel ambular de pianista absurdo, aquella modestia de acciones, aquella digna invisibilidad que acompañaron a Felisberto y a su obra durante la mayor parte de su vida constituyen el sello de honor de su personalidad literaria.

Pregunto: de estar vivo, ¿sería aceptado Felisberto dentro del oligopolio actual de escritores hispanoamericanos que viajan sin pausa para participar en debates de obviedades; que, sobre todos los asuntos, opinan homogéneamente en todos los periódicos; que dicen cosas muy similares y hablan de su propia obra con extensa y risible gravedad…?

Respondo: creo que, en ese concilio de sacras medianías, quien escribió «El acomodador» o «El cocodrilo» no sabría qué diablos decir, y estaría tan fuera de lugar y resultaría tan cuerpo extraño, tan inesperado e insólito (y, sobre todo, tan terriblemente reprobable) como aquel buen hombre que tenía una luz en los ojos y como este otro que podía llorar a voluntad.



* En rigor, La envenenada (1931), en sus apenas treinta páginas, contiene, no uno, sino cuatro textos: «La envenenada», «Ester», «Hace dos días» y «Elsa».


En Felisberto Hernández. Dossier
Publicado por Ediciones del Sur, Junio de 2003




26 feb. 2009

Fernando Sorrentino - Sobre Marco Denevi: una semblanza y tres enmiendas

1 comentario :

 

Este trabajo se divide en dos partes.

La Primera parte se titula “Marco Denevi, prodigioso inventor de mundos ficticios”, fue escrita hacia el año 2002 y contiene algunas informaciones incompletas y/o erróneas.

La Segunda parte se titula “Posdata de agosto de 2006, con palinodias, correcciones y precisiones” e intenta salvar y enmendar dichas equivocaciones.

Adelante, pues.

 

Primera parte

Marco Denevi, prodigioso inventor de mundos ficticios

Un joven desconocido

Hacia fines de 1954 o principios de 1955, las autoridades de la antigua, venerable y ¡ay! ahora extinta Editorial Guillermo Kraft, de Buenos Aires, convocaron, a sus oficinas de la calle Reconquista 319, a cinco ilustres escritores argentinos: Fryda Schultz de Mantovani, Rafael Alberto Arrieta, Roberto F. Giusti, Álvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Láinez.

Aquella dama y estos cuatro caballeros tendrían como misión integrar el jurado literario que otorgaría, a quien mejor lo mereciese, el “Premio Kraft 1955 para la Novela Argentina”.

Concluida la labor de examinar los méritos de ciento once obras, el jurado resolvió, por unanimidad y sin hesitación ninguna, otorgar el primer premio del concurso a la novela titulada Rosaura a las diez. Ésta mostraba tal madurez expresiva, tal perfección de construcción, tal riqueza y variedad de lenguajes, tal exactitud y sabiduría en su trama, que los miembros la imaginaron obra de algún colega ya consagrado.

Sin embargo, abierto el sobre que revelaría la identidad del experto narrador, resultó que el nombre del autor de Rosaura a las diez era absolutamente ignoto, nadie lo había oído mencionar jamás y no había aparecido nunca ni siquiera al pie de un cuentecito publicado en una revista literaria de aficionados.

Se trataba de un tal Marco Denevi. Cuando se hizo presente, las personas de Kraft no se encontraron con un profeta barbado y extravagante, de pipa, melena y anteojos, disfrazado de “intelectual”, sino con un hombre correcto, tímido y taciturno, de apenas treinta y tres años de edad, que vestía como gris oficinista y que se desempeñaba como abogado en la asesoría letrada de una entidad bancaria.

Poco más tarde de recibir el Premio Kraft, Denevi explicaría:

Rosaura a las diez es mi primer libro; su primer párrafo, mi primer párrafo; la palabra con que comienza, mi estreno como (¿cómo decirlo?), como “ejercitador de las letras” (la expresión es del apócrifo Mairena). La obra nació, conforme lo quería Martí, de un acto de amor. Escribirla fue un quehacer premioso, gozoso, doloroso, sin pausas. Y puro, porque entonces hallaba en sí mismo toda su razón de ser, sin preocuparse por su ulterior destino. Apenas terminado, su goce y su dolor se hicieron irrecuperables y de ambos no sobrevivió sino una transvaloración de orden espiritual. Que tal es, cabalmente, lo que le ocurre a todo auténtico acto de amor.

 

El perfecto mecanismo de relojería

Según se sabe, Rosaura a las diez es una novela estructurada en cinco partes. En cada una de ellas, distintos narradores aportan diversas informaciones sobre los extrañísimos sucesos que tienen como protagonista al inolvidable Camilo Canegato, uno de los personajes -creo yo- física y psicológicamente mejor logrados de la literatura mundial.

La primera parte (declaración de la señora Milagros) y la segunda (declaración de David Réguel) están en boca de sendos narradores que, como testigos, relatan, con sus muy disímiles puntos de vista, los sucesos ocurridos en la hospedería “La Madrileña”, especialmente en los últimos seis meses (desde “aquella mañana en que el cartero trajo un sobre rosa con un detestable perfume a violetas” dirigido a Camilo Canegato).

La parte III se titula “Conversación con el asesino”; adopta la forma de un diálogo teatral puro, sin una sola acotación, entre Camilo Canegato y el inspector Julián Baigorri.

En la parte IV, la risible señorita solterona Eufrasia Morales acude espontáneamente a la policía para ofrecer su propia versión de los hechos, y éstos aparecen bajo la forma del discurso indirecto libre.

Cierra el libro la transcripción literal de una carta inconclusa, carta que se trunca en el punto exacto en que sus últimas palabras cierran mágicamente la novela, como un perfecto mecanismo de relojería.

El lector, después de haber examinado los cinco “documentos” que el autor aportó absteniéndose del mínimo comentario, ahora y sólo ahora (en las últimas líneas), se halla en posesión de toda la información necesaria para saber qué había ocurrido realmente.

Pues bien, como he dedicado una parte considerable de mi existencia a leer literatura y como yo mismo he publicado muchos relatos y ensayos, puedo afirmar que no me considero un lector ingenuo: hecha esta declaración, confieso mi entusiasmo ilimitado por los méritos de Rosaura a las diez.

Ciertas obras, que me interesaron en la primera lectura, no resistieron la segunda; en cambio, ¿cuántas veces he podido releer, con inmenso placer, las peripecias de Rosaura? Muchísimas, y siempre encuentro nuevos matices, nuevas sutilezas, detalles antes inadvertidos.

Lo cierto es que Rosaura me ha acompañado gran parte de mi vida. Mi primera lectura data del año 1959, cuando yo cursaba el cuarto año del colegio secundario; las últimas son de estos meses de ahora, cuando continúo compartiendo la lectura con mis alumnos del colegio secundario.

Es verdad que la estructura narrativa de Rosaura es ingeniosa y brillante. Pero, en realidad, este hecho -puramente técnico- reviste una importancia menor. Lo maravilloso de la novela estriba en que todo lo que se narra en ella resulta, todo el tiempo y a lo largo de todo el libro, sencillamente fascinante.

Como en la vida misma, se alternan los niveles de lengua y cada personaje habla exactamente como debe hablar; un rasgo patético nos angustia y los enigmas nos intrigan; de pronto el mejor humorismo nos hace reír de buena gana; las sorpresas y las continuas vueltas de tuerca nos recuerdan, una y otra vez, que la realidad puede tener (y, de hecho, tiene) infinitos rostros, y que ninguna cosa es, en rigor, siempre lo que parece ser.

Los hermanos de Rosaura

Pero la obra de Denevi no termina en Rosaura a las diez.

Vemos en sus narraciones predilección por los personajes anacrónicos, los ámbitos cerrados, los ambientes atemorizadores, el misterio que suele latir tras las apariencias cotidianas.

Y hay un tema que aparece con una forma y luego regresa, con otro aspecto algo distinto, una y otra vez. Y es el tema de la sustitución de la personalidad. El motivo es central en Rosaura a las diez.

Unos años más tarde, Denevi vuelve a ganar un concurso literario importantísimo: el de la revista Life, abierto a todos los escritores hispanoamericanos. Su novela -relativamente breve- se titula Ceremonia secreta y se publica en 1961. Es una narración con misterios, con alguna reminiscencia gótica de “The Fall of the House of Usher”, de Poe, y con derivaciones policiales; todo esto, en el habitual clima de verosimilitud psicológica y con el exacto final al modo de un teorema. Tampoco aquí las cosas son lo que parecen ser, y hasta se confunden los planos de la vida y de la muerte: una mujer, para todos fallecida, permanece, sin embargo, viva en la mente de su hija.

En 1966 aparece otra novela breve, Un pequeño café. Su insignificante héroe es una suerte de alter ego del Camilo Canegato de Rosaura. Se llama, un poco ridículamente, Adalberto Pascumo, y es tan tímido como aquél y, también como Camilo, su timidez lo impulsa a mentir y a crearse su propio mundo ficticio. Una vez más, Adalberto no es, para las demás personas, quien verdaderamente es.

En Los asesinos de los días de fiesta (1972) asistimos a una impostura múltiple: seis extravagantes hermanos, de extraños nombres, se hacen pasar por los únicos parientes de un difunto rico. La mayor parte de la novela transcurre en un clima de maravilloso humorismo que, casi imperceptiblemente, va ingresando en zonas de misterios y desemboca, finalmente, en imprevista tragedia.

Denevi es también un maestro del cuento corto y de las recreaciones literarias. Su libro Falsificaciones (1966) constituye una fiesta de la imaginación, el ingenio y el buen gusto: en estos textos breves arroja una insospechada e insólita luz sobre hechos históricos o literarios que parecían definitivamente fijados.

Hace poco releí el volumen Hierba del cielo (1973). Desde luego, ya no soy la persona que fui durante la primera lectura, realizada hace tantos años. Todo el libro es excelente, pero hubo tres cuentos que me dejaron casi temblando de emoción estética, tres cuentos prácticamente perfectos: “Charlie”, “Michel” y “Hierba del cielo”. No pude no decir: “¡Ojalá los hubiera escrito yo…!”.

No es el objeto de esta nota revisar toda la obra de Denevi. Su bibliografía es abundante y variada.

 

Mi gratitud final

Ocurre que yo no puedo hablar con la presunta “profesionalidad” del crítico que “trabaja” de crítico, esa persona que, acaso odiando la literatura, tiene la desdichada obligación de escribir algún ensayo sobre algún tema cualquiera para cumplir con cierto requisito universitario o periodístico, o, acaso, para congraciarse con tal o cual sector político o económico.

No: éste no es mi caso. Yo soy un lector que se deja llevar exclusivamente por el placer de la lectura. En tal sentido, me encanta que me cuenten historias interesantes, historias donde haya misterios o enigmas, y que yo pueda creer en esos misterios y desee descifrarlos.

Y, cuando esos misterios están relatados según los más estrictos recursos de la verosimilitud, con la máxima riqueza de detalles, con los personajes que manejan el lenguaje adecuado a su situación social; cuando reclaman nuestro interés tantas ideas inteligentes; cuando, aquí y allá, se asoman las magníficas gracias de su autor; cuando la prosa, salpicada de travesuras de toda índole, corre, fluida y límpida, por esas historias atrapantes…, bueno, ¿qué otra cosa mejor puede pretender un lector como yo, un lector que ama la literatura?

Sólo puedo sentir admiración y gratitud. Y ésos son mis sentimientos hacia Marco Denevi.[*]

 

[*]    Marco Denevi, el menor de siete hermanos, nació el 12 de mayo de 1922 en Sáenz Peña, localidad de la provincia de Buenos Aires pegada a la ciudad del mismo nombre. Sus padres fueron Valerio Denevi, italiano, y María Eugenia Buschiazzo, argentina, hija de italianos.
   Fue un hombre de integridad total, un hombre probo y honestísimo, de insobornable rectitud, que siempre dijo lo que le dictaba su conciencia.
   Redactó en una sintaxis excelente, tuvo vasta y profunda cultura, sabía latín, no ejerció la demagogia, no se fingió un profeta angustiado, careció de codicia y de ansias de notoriedad. Las despiadadas y lucrativas sectas, autodenominadas “progresistas”, que suelen escribir en una prosa escolar, que monopolizan la literatura y que rigen los medios de comunicación en la Argentina intentan ignorarlo.
   Sin embargo, junto con Borges y Cortázar, forma el triunvirato de los mejores narradores argentinos del siglo xx.
Falleció el 12 de diciembre de 1998 en Buenos Aires.
   El libro misceláneo Salón de lectura (1974) incluye un poema -a modo de profecía sobre sí mismo- de espléndidos endecasílabos, “Última voluntad”, donde confluyen la ironía, el humor y la tristeza. Sus cuatro versos finales son dignos de toda recordación:

Lego mis huesos a los castos lirios
y mi memoria a los desmemoriados.
En cuanto a mi salvación, es suficiente
la sacra ceremonia del silencio.

 

 

Segunda parte

Posdata de agosto de 2006, con palinodias,
correcciones y precisiones

Puedo calcular que escribí el artículo que acaba de leerse en el primer semestre del año 2002, pues por esa época se publicó -con las mil y una erratas posibles e imposibles: invirtiendo, juntando o separando párrafos, ignorando o inventando comillas y cursivas, eludiendo o agregando arbitrarios signos de puntuación- en el suplemento literario de cierto periódico del noroeste argentino de cuyo título no quiero acordarme: tan horrenda fue su reproducción, tan ineptos sus editores. Probablemente, el atónito lector de esas incoherencias habrá imaginado que el desdichado trabajo era obra de algún ser irracional.

Por fortuna -al menos para mí-, casi en seguida apareció la pulcra traducción al italiano que realizó Mario De Bartolomeis y que puede leerse en http://digilander.libero.it/osservletterdgl1/denevi.htm

Mientras tanto, mi amigo Juan José Delaney -tan entusiasta de Denevi como yo mismo- continuaba, con vistas a la publicación de un libro, sus investigaciones sobre la vida y la obra de don Marco. Estos desvelos lo condujeron a algunos descubrimientos sorprendentes que, en vista de la antigua amistad que nos une, no tuvo inconveniente en comunicarme.

Como, naturalmente, el mérito de esos descubrimientos pertenece a Delaney y no a mí, correspondía esperar que apareciese su libro, para así tener yo derecho a revelar -de segunda mano, se entiende- algunas de esas informaciones.

El libro acaba de aparecer y sus señas son:

Delaney, Juan José, Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura. Una biografía literaria, Buenos Aires, Corregidor, 2006, 244 págs.

Por lo tanto, no introduje, en mi antiguo artículo, ninguna modificación, y él aparece con, al menos, un dato impreciso y dos erróneos: ellos se han trasmitido, desde siempre, de publicación en publicación, y sin que jamás Denevi hubiera interpuesto rectificación ni aclaración alguna.

Gracias al trabajo de Delaney, puedo ahora convertir en preciso el primero y en certeros los dos siguientes:

1) Dato impreciso: el verdadero nombre de nuestro autor no era Marco Denevi sino Marcos Héctor Denevi (Delaney, op. cit., págs. 22-23).

2) Dato erróneo número 1: Denevi no nació el 12 de mayo de 1922 sino el 13 de mayo de 1920 (ibídem).

3) Dato erróneo número 2: Denevi nunca obtuvo el título de abogado; entre 1939 y 1950 cursó la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires, y abandonó los estudios después de aprobar sólo seis materias (ídem, págs, 34-35).

 

© Fernando Sorrentino 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/denevi.html

 

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2 jul. 2008

Fernando Sorrentino - Entrevista de Nieves Soriano Nieto (mayo 2007)

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Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Literatura.
Sus cuentos se caracterizan por entrelazar de manera muy sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que el lector no siempre logra determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Suele partir de situaciones muy “normales” y “cotidianas” que, paulatinamente, se van enrareciendo y convirtiéndose en insólitas o turbadoras, pero siempre recorridas por un arroyo sinuoso de sorprendente sentido del humor.

Algunos de sus libros de relatos son Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), Sanitarios centenarios (1979), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), Costumbres de los muertos (1996), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso (2005), Costumbres del alcaucil (2008) Entre sus obras para chicos pueden citarse Cuentos del Mentiroso, La recompensa del príncipe, La venganza del muerto, Aventuras del capitán Bancalari, Burladores burlados. También es autor de dos libros de entrevistas Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992).


P: ¿Cuándo comenzó a sentir que su tarea vital sería la de escribir? ¿Fue algo repentino, alguna anécdota, o un proceso histórico en la biografía?

Yo diría que fue la tercera opción, es decir algo que ocurrió por una especie de fatalidad “natural”: la consecuencia del acto de leer literatura. Desde luego que el proceso comenzó en mí a muy temprana edad, pero sólo desde mi faceta de lector. Apenas aprendí a leer me sentí irresistiblemente atraído por cualquier creación literaria —en la acepción más amplia del término— que cayera en mis manos; por supuesto, yo no tenía la menor aptitud para discernir las bondades o las deficiencias de tales textos, pero estoy bien seguro de que casi todos me encantaban. Y, claro está, en algún momento todo lector empieza a escribir y va convirtiéndose en escritor, sin abandonar jamás —es obvio— la otra cara de la moneda que le es imprescindible como alimento continuo: su actividad de lector.

P: En la entrevista que le realizó Stefano Zoja1 declaró que no escribe para la crítica, sino que escribe aquello que le gustaría a sí mismo leer. ¿Es una forma ética de mantenerse en el punto de resistencia ante un sistema de comercialización de las artes en beneficio de unos pocos?

Lo más probable es que no sea una actitud deliberada de mi parte, en el sentido de perseguir un fin, sino más bien la consecuencia de ciertos ribetes de mi personalidad, nada proclive a la obsecuencia. Acepto el hecho de que no estoy capacitado para admirar la ineptitud ni, mucho menos, el temor y la falta de ideas propias. Expresado de manera más directa: suelo confiar más en mi propia opinión que en la ajena.

P: ¿Se considera usted un escritor más del individuo o de la sociedad?

Jamás he pensado en esos términos. No veo ningún motivo para reflexionar sobre esas cuestiones, a las que considero, más bien, obstáculos o distracciones laterales. No sé cuál es “la finalidad” de la literatura; pero, en mi caso, sólo leo y escribo movido por el placer que me causa lo que leo o lo que escribo. En tal aspecto, soy un aficionado que procura, exclusivamente, alcanzar la máxima eficacia narrativa. Como puedes advertir, mis propósitos son bastante modestos, y no sabría cómo contestar esta pregunta.

P: El tono común de su escritura mezcla caminos del absurdo con ironía e imágenes que rozan lo onírico, si me permite diría surrealistas. Pero cada una de esas imágenes y situaciones se configura como algo que el lector identifica inmediatamente como propio, que pertenece a su día a día y a su vida...

Es que tengo buen cuidado de hacerlo de esa manera. Procuro que el relato discurra por los cauces más “normales” y “cotidianos” posibles, para que el lector acepte sin violencia la “realidad” ficticia que voy ofreciéndole. Si cumplo con este artilugio de manera válida, luego me será posible —con sutileza y disimulo— introducir los elementos insólitos.

Inexplicablemente uno se da cuenta de que siempre existe un hombre que tiene la costumbre de pegarle con un paraguas en la cabeza, o de que el plato y la vida se le han llenado de escorpiones. ¿Es algo que usted razona de antemano, o simplemente le surge de forma innata? Es decir, ¿es antes o después de escribir el relato cuando usted se percata de que existe ese hombre del paraguas o una vida llena de escorpiones?

No, Nieves, lo cierto es que no hago ningún razonamiento, ni previo ni posterior a la redacción del cuento. Voy escribiendo y dejo que un ente invisible e inasible, que podríamos llamar “la sensatez narrativa”, vaya guiando mi mano para indicarme qué elementos elijo y qué elementos desecho; indefectiblemente, uno elige una posibilidad y desecha millones. Ahí concluye mi labor.
Más tarde me ha ocurrido, y unas cuantas veces, que bastante gente me haya exhortado a revelar intenciones “ocultas” o “trascendentes” o “simbólicas”. En todas las ocasiones, he debido contestar, con cándida honestidad, que no he tenido otra intención que escribir un relato y que he tratado de que me salga lo mejor posible. Hace cuatro o cinco días le dije esto mismo a un entrevistador que me visitó en mi oficina de Buenos Aires; pues bien, esta excelente persona me miró con suspicacia, y hasta con severidad, y me respondió: “Lamento confesar que no te creo”. Sin embargo, así son las cosas. Y hasta escribí un breve trabajo para explicar estas verdades.2

P: ¿Cómo describiría su escritura? ¿Busca la belleza o más bien lo sublime?

De mi respuesta a la pregunta anterior se infiere la contestación a ésta. Yo diría que, en todo caso, busco la eficacia narrativa.

P: Otra de las características de sus relatos es la corta extensión de los mismos, incluso declara usted en la entrevista que le realizó Carla Pravisani3 que acortó su novela Sanitarios centenarios por cuestiones de contenido y forma. Aparte declaró en la misma entrevista que como escritor trata de retirar del escrito todos aquellos adjetivos y adverbios innecesarios que hacen que el relato sea menos legible. ¿Es esta una forma meditada de su tarea de escritor, o más bien siente que lo hace así porque se siente heredero del fragmento de la condición posmoderna del siglo XX, ya XXI?

No, no me siento heredero de nada, y ni siquiera sé cuáles son las características del posmodernismo. Escribo de esa manera conducido por mi gusto personal, porque me molesta el palabrerío innecesario y entonces procuro extirpar todo lo que sea sobrante y, por ende, perjudicial.

P: Es escritor de relatos a la vez que de literatura infantil. Son ámbitos aparentemente diversos. Sin embargo, en la narrativa de sus relatos se atisba que existe un gran parecido entre los dos géneros. ¿Cómo ve usted la relación en su escritura entre ambas?

Es que un mismo padre no puede tener hijos demasiado diferentes. En ambas modalidades siempre aplico una dosis bastante grande de juego, de espíritu lúdico, y también de humorismo. En la literatura para niños y jóvenes agrego, además, mi gusto por la narración de peripecias o de aventuras.

P: ¿Comenzó escribiendo relatos o literatura infantil?

La literatura para adultos es el centro de mi producción. A la otra llegué un poco por casualidad, o por pedido de algún editor desprevenido… Pero me gusta mucho más escribir aquélla que ésta.

P: ¿Cuándo surgió en usted la idea de combinar ambos géneros?

Suele suceder que, a veces, meras circunstancias externas lleven a una persona a hacer algo que no había previsto. Tal me ocurrió a mí cuando publiqué, en 1978, los Cuentos del Mentiroso, libro para niños que —casi treinta años más tarde— sigue reeditándose con muy buena salud.

P: También tiene publicados dos libros de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, publicado por vez primera en 1974, y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, publicado por primera vez en 1992. Desde el interés periodístico, y también del personal, le pregunto ¿por qué decidió realizar estos dos libros de entrevistas con casi veinte años de diferencia en la publicación? ¿Pertenecen a dos épocas distintas de su vida, siendo la entrevista un género que le ha acompañado siempre, apareciendo de cuando en cuando en su tarea como escritor?

Lo cierto es que no tengo la menor vocación periodística. Concreté esos trabajos por amor a la literatura, no a la información.
Realicé las entrevistas a Borges cuando yo era muy joven (tendría veintisiete, veintiocho años), y lo hice, digamos, “enfermo de admiración” por el genial escritor. Yo era un perfecto desconocido en el ámbito literario y, como tantas veces lo he hecho, me dejé llevar, simplemente, por el principio que suele guiar la mayor parte de mis actos: el placer. En esta circunstancia, el placer de interrogar a ese hombre maravilloso, de tenerlo frente a mí, de oírlo hablar, de deslumbrarme con su inteligencia, con su ingenio, con su cultura…
En cambio, hacia 1989 —cuando entrevisté a Bioy—, yo ya era un tipo literariamente bastante conocido, tenía relación con él desde hacía muchos años y, en fin, había también menos distancia de edad entre ambos. Vi a Bioy como un hombre simpático, fino e inteligente, pero —si voy a decir la verdad— lo cierto es que me pareció un buen escritor, y nada más. Por otra parte, no hay demasiados textos de Bioy que me produzcan admiración… Creo, por ejemplo, que Marco Denevi es infinitamente superior a Adolfo Bioy Casares.

P: A su vez tiene publicados diversos artículos, gran parte de los cuales se refieren a Borges. ¿Considera que él fue su “maestro” en algunos sentidos de su escritura?

El que pretende escribir y lee a Borges, y no aprende nada de él, ha de ser un necio y un tonto. Como no me considero dentro de ninguna de estas categorías mentales, he tratado de aprender mucho de él. Por otra parte, las lecturas y las relecturas que hago de Borges constituyen para mí horas de inmenso placer estético.

P: ¿Qué principales influencias de la literatura, del arte, de la filosofía atisba también en su escritura?

No lo sé, no podría decirlo… Hay tantas cosas en el mundo que me atraen… Pero no sé cuáles me influyen y cuáles no. También, por otra parte, hay muchas cosas en el mundo que detesto y que no puedo soportar, y creo que también éstas influyen en mi escritura.

P: Se habló en la entrevista de Stefano Zoja de una literatura argentina, entre la que se citaron los nombres de Borges, Cortázar y de usted mismo. ¿Siente usted que existe una tónica común entre los tres que pueda dar para alguna forma de clasificación como una unidad en la différence de pensamiento y escritura?

Ni remotamente pretendo compararme con ambos maestros, pero sí puedo afirmar que “tocamos en orquestas parecidas”. Quiero decir: sin duda, lo que yo escribo tiene más afinidad con Borges y con Cortázar que, por ejemplo, con Roberto Arlt u Horacio Quiroga (a quienes, según parece, es obligatorio endiosar). Otro narrador argentino cuyas historias me han brindado enorme deleite (y que la temerosa y sumisa “crítica oficial” argentina trata de menoscabar) es el que nombré hace un instante: Marco Denevi. Muchas veces, al terminar de leer un trabajo suyo, me he dicho: “¡Cómo me habría encantado poder escribir este relato!”.

P: ¿Ilustrado, romántico, ambos o ninguno?

Dejo la taxonomía librada a tu criterio. Aunque puedo ayudarte diciendo que me agrada mucho más el orden que el caos.

P: ¿Amante de los finales abiertos como una posibilidad del retorno?

No puedo negar que, con alguna frecuencia, me gusta que sea el lector quien termine de redactar ciertos cuentos míos.


Notas de pie de página

1. Dicha entrevista puede leerse en:
http://www.terranauta.it/recensione_det.php?id=3066

2. Se titula “El narrador escribe un cuento; el lector suele leer otro”, y puede encontrarse en:
http://www.letralia.com/140/articulo03.htm

3. Puede leerse en:
http://www.elaleph.com/boletin.cfm?edicion=200105&seccion=6

Cortesía de Konvergencias.net


10 jun. 2008

Christian X. Ferdinandus - El centro de la telaraña

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[CHRISTIAN X. FERDINANDUS es el seudónimo conjunto de los escritores argentinos FERNANDO SORRENTINO y CRISTIAN MITELMAN]

                             


Un sábado por medio, a la mañana, recorro a pie, ida y vuelta, cuarenta y cuatro cuadras. Es la distancia que media entre mi casa y la esquina de Olazábal y Estomba. Allí viven mi hija, Silvina, y mi yerno, Alejandro Di Paolo. No congenio ni con ella ni con él: los visito por el placer de juguetear con mi —hasta ahora— único nieto: Juan Francisco.
En cambio, dedico las otras mañanas del sábado a practicar puntería en el Tiro Federal Argentino con diversas armas de mi propiedad.
Ese día abandoné el polígono antes de las doce. Vivo en Libertador, entre Matienzo y Newbery. Apenas puse un pie en la vereda, encendí un cigarrillo y eché a caminar, sin prestar atención al mundo exterior y dejando vagar el pensamiento.
Me considero un hombre razonablemente feliz. Alguien (un pelafustán que se las daba de artista y de bohemio) me dijo una vez que yo era un individuo vulgarmente feliz: si quiso ofenderme, no lo logró.
También tuve sombras: la inesperada muerte de mi mujer me golpeó con dureza y trastornó mi vida de muchas maneras. No soy sentimental y, mucho menos, sensiblero. No faltó quien me tildase de despiadado. En general, logro mantener la calma aparente ante situaciones irritantes, mientras domino una invisible cólera interior.
Creo ser eficaz y expeditivo. Alcancé una holgada posición económica y lo que suele denominarse éxito. Mis empresas cotizan en la Bolsa de Comercio; no sé si soy del todo honesto, pero, dentro del mundo de los negocios, tengo fama de tal; presido la Fundación Santa Inés, que hace donaciones a hospitales y escuelas. Quiérase o no, soy un hombre de virtudes cívicas: dos veces fui seleccionado entre los personajes del año por una revista de actualidad.
De mi mujer heredé —cuando ya no las necesitaba— acciones de Dowland & Grandinetti. Nunca quise volver a casarme, pero tuve —y tengo— amoríos circunstanciales.
Me encantan el barrio, el edificio y el piso en que vivo.
Tras la puerta me aguardaba la correspondencia: facturas de servicios, resumen de cuentas de bancos, invitaciones a conferencias o a exposiciones, una postal de algún amigo que andaba por Europa… También un sobre ocre, con acolchado interno, de los que se usan cuando se envía material que no debe doblarse.
Sólo contenía una foto. Mi mujer y yo, ambos en remera y pantalón corto. El lugar y la fecha, inconfundibles: aparecemos caminando por la rambla de Copacabana, y eso fue exactamente en 1982, durante nuestra luna de miel. Inés tenía veintitrés años, y yo, veintiséis. Estamos distraídos y ajenos a la cámara: esa foto, evidentemente, nos fue tomada sin que lo advirtiéramos.
Sentí un inexplicable asco y solté la foto sobre la mesa, como desprendiéndome de las pinzas de un escorpión. Por unos instantes no supe qué hacer. Luego, mecánicamente, tomé el paquete de cigarrillos y encendí uno.
En el reverso de la foto había una leyenda, recuadrada como un cartel de publicidad:

Inés Dowland de Aguirre (1959-1997) y su marido, quien la asesinó. Tarde o temprano la verdad se revela.
(Mensaje 1 de 3)

La letra, en birome azul, era crispada y nerviosa, con muchos ángulos agudos y temblores y casi sin redondeces.
Sentí un hueco en el estómago y un incendio en el rostro. ¿Qué objetivo perseguía esa anónima bofetada?
“Calma”, me dije. “Hay un hecho incontrovertible: yo sé que la acusación es falsa”.
El hábito de razonar fue tranquilizándome. Traté de ponerme en la piel de mi acusador. Se acercaban las elecciones legislativas; yo iba a hacer mi ingreso en la política: era candidato a diputado por el Partido Integrista. El enigmático envío debía ser una estratagema política, algo que procuraba desestabilizarme emocionalmente.
Con el correr de los días, fui olvidándome del asunto. Recobré mi aplomo habitual. El exceso de actividades me vedó ocuparme de ese despreciable bicho que se ocultaba en las sombras.
Por otra parte, sobrevino para mis negocios una semana difícil. Una fusión entre dos empresas me tuvo a mal traer. Varios accionistas que no confiaban en esa unión comenzaron a vender los papeles en la Bolsa. Mis acciones fueron bajando. El miércoles retomé la iniciativa: reuní un círculo de financistas importantes y expliqué los alcances positivos de la medida. Se trataba de generar confianza. En ese campo, tengo valiosa experiencia.
Hablé sin apuro, con cierta displicencia campechana; ensayé un par de bromas sobre el humor bursátil e inventé una cita graciosa atribuyéndosela a Woody Allen. Tal como había pasado tantas veces, terminé convenciendo a la mayoría. El jueves la gente recuperó la serenidad y, horas antes de que cerrara la semana bursátil, la nueva compañía y sus acciones mostraron fuertes ganancias.
Se produjo un desencadenamiento de hechos favorables. En una entrevista publicada, ese mismo domingo, en el suplemento económico de La Nación, expliqué que la misión de la política era beneficiar a la sociedad toda: yo sólo era un instrumento para lograr el bienestar del pueblo.
En el Partido Integrista todos aprobaron mis palabras. El lunes, el patriarca del Partido, el anciano y astuto Antonio Dufour, me citó en su quinta de San Isidro.
Quería conocerme personalmente. No habló más de lo necesario:
—Se trata de mostrar que somos dinámicos, con sangre joven —me dijo.
Ese hombre mustio, que parecía débil, acababa de cumplir ochenta y dos años y manejaba las riendas del Partido desde siempre.
—Usted ha trabajado muy bien —y agregó—: Hasta ahora. Le auguro una extraordinaria carrera política.
Aquellas palabras, por provenir de quien provenían, me hicieron sentir serenamente confiado.
Volví a Buenos Aires pasadas las 14, y almorcé solo, muy tarde y sin ninguna prisa, en un restaurán de la calle Viamonte. Entré en mis oficinas casi al atardecer.
Flavia había dejado la correspondencia encima de mi escritorio. Me puse en guardia. Ahí estaba el sobre ocre, gemelo del que había recibido en casa. También carecía de remitente.
En esta foto Inés y yo aparecíamos acodados en una mesa con platos, vasos y bebidas. A ambos lados teníamos otras personas. Pude advertir detalles reveladores y logré reconstruir lugar, fecha y circunstancias.
Inés tendría en ese momento unos treinta y ocho años. Era la sobremesa de una comida con mucha gente; mi mujer y yo exhibimos sonrisas de oreja a oreja, como si le estuviéramos festejando una broma a mi vecino de la derecha, que no es otro que el abogado Schiaritti. Como de costumbre, yo estoy con un cigarrillo entre los dedos.
Reconocí la casa y recordé el hecho. Fue un asado criollo en casa de Guillermo Hughes; exactamente en 1997, unos meses antes del fallecimiento de Inés.
Me sentí vulnerable. Sin que yo lo supiera, una persona había tomado esas dos fotos. Al menos, esas dos fotos.
Un temor supersticioso, que nunca había experimentado, me impidió —en ese momento— mirar el reverso. Examiné el sobre.
El matasellos se hallaba un poco borroneado. Mediante una lupa, pude ver que había sido despachado desde la sucursal 31. Por Internet averigüé que era la de Villa Urquiza, en la calle Monroe al 5200.
¿Qué leyenda iría a agredirme ahora desde el reverso de la imagen? Sin mirarla, guardé la foto en el sobre, y el sobre, en mi portafolio.
—Flavia —llamé por el intercomunicador—, por favor, traeme un whisky.
Flavia notó el temblor de mi mano cuando levanté el vaso:
—¿Te sentís bien, Lucho? Te noto pálido, nervioso…
Flavia tiene la edad de mi hija, está casada con un infeliz, un marido complaciente, y, además de mi secretaria, es el consuelo de mi edad madura.
Con el índice dibujó un círculo sobre mi nariz:
—Estás nervioso —repitió.
—Sí —admití—. Fue una semana de mucha tensión. Necesito ir a la calle, tomar aire. Por hoy ya no vuelvo.
De un solo trago vacié el vaso. Besé a Flavia en la mejilla, me puse el sobretodo, tomé el portafolio y salí.
En la avenida Leandro Alem era de noche y soplaban los aires del invierno, con el olor del río cercano.
Nunca quise tener chofer ni custodios. Este rasgo de sencillez y de confianza en mí mismo incrementó mi popularidad en las encuestas de opinión. Pero los encuestadores y el público ignoraban, y siguen ignorando, que, en la sisa, llevo una pistola Bersa Thunder Compact 45. No es la única con que practico en el Tiro Federal Argentino, pero sí la que siempre me acompaña. Soy mi mejor chofer y mi mejor custodio.
No retiré el auto de las cocheras de la empresa. Tenía ganas de caminar, de estar solo. Con la mente confusa descendí por la barranca de la plaza San Martín; una ráfaga helada obligó a levantarme el cuello del sobretodo.
Luego entré en el restaurán y bar de la estación Retiro del ex Ferrocarril Mitre. Ese sitio, con su estilo anacrónico, una especie de reliquia de décadas antiguas, me agrada mucho.
Pedí un café, maldije la nueva ley que prohíbe fumar en lugares públicos y extraje la fotografía. Temía darla vuelta; encontrar esa letra crispada, vejatoria, que desde alguna lejanía de mi historia me acusaba ante un tribunal fantasma.
Cuando el mozo se alejó, me atreví a leer el texto. Otra vez el mensaje, encuadrado como en un cartel de publicidad. Era una continuación del anterior. Evidentemente, el autor de los anónimos había decidido desarrollar un juego progresivo:

Inés manejaba muy bien. ¿Cómo es que falló el mecanismo de frenos de un auto nuevo, regalo que usted le hizo en el decimoquinto aniversario de su matrimonio? La verdad vuelve siempre, señor Aguirre. Falta el último paso antes de que su asesinato salga a la luz.
(Mensaje 2 de 3)



Era algo tarde. No obstante, y sin vacilar, extraje el celular y llamé a Antonio Dufour. Temía que mi llamada lo incomodara, pero la tomó con total tranquilidad.
—Necesito hablar con usted, don Antonio. Lo antes posible.
—Véngase a casa ahora mismo, si eso lo tranquiliza.
Tenía mi auto a unas pocas cuadras, pero el tren a unos metros: cuando llegué a San Isidro, me metí en un taxi e indiqué la dirección de la quinta del patriarca. El auto subió y bajó por calles muy arboladas y oscuras, y al cabo de unos quince minutos se detuvo.
De nuevo la verja negra y el inmenso jardín que había visitado unas horas antes, bajo el sol. Me abrió la puerta otro empleado de la agencia de seguridad.
Tras el jardín, la mansión de Dufour.
El viejo me recibió con una bata púrpura algo ridícula. Al sentarse, exhibió sus pantorrillas, muy flacas y cubiertas por un ligero vello blanco; me dije que, bajo la bata, estaría en calzoncillos.
—Ya me estaba por acostar —dijo—. ¿Le sirvo algo?
—No, gracias. Trataré de ser muy breve. Quería preguntarle si alguna vez lo han presionado por su trabajo en política.
—¿Presionado? —sonrió—. Ya veo cuál es su problema. He soportado cosas más graves que presiones.
—¿Más graves? —repetí, un poco tontamente.
—Sufrí cinco causas por corrupción administrativa, ¿qué le parece?
—Pero tengo entendido que en todas fue sobreseído por la justicia.
El viejo no pudo reprimir la risa:
—¿Alguna vez vio que la justicia no sobreseyera a un político?
Tuve que sonreír.
—Para mí —continuó Dufour—, que me crean inocente es más ofensivo que una sentencia condenatoria. El no corrupto es considerado un idiota. En política todo se perdona; en política todo pasa, todo se olvida… Sólo de una cosa no se vuelve…
—¿Del ridículo?
—Ésa sólo es una frase. También del ridículo se vuelve perfectamente. La corrupción, el soborno, el robo contra el Estado molestan poco y nada a nuestra sociedad; hasta se los considera con simpatía. De lo único que hay que cuidarse es de meter la pata en la vida privada. No importa cuánto se haya robado de las sagradas arcas de la nación; lo que importa conservar intangible es la imagen de un digno pater familias. La gente sólo condena las trastadas de la vida privada. Acuérdese de ese candidato que ya estaba por ganar las elecciones: el tipo era un modelo de eficiencia y honestidad, pero alguien, oculto, le tomó una foto con una bella señorita, que no era su esposa, y ése fue el fin de su carrera.
La palabra foto me angustió por un instante.
—Seguro que ahora —continuó— nuestros adversarios van a tratar de encontrar algo turbio en su vida empresarial.
Pensé simultáneamente en los sobres anónimos y en mi relación con Flavia.
—Y, si no lo encuentran, lo inventarán. No tiene la menor importancia. Los periodistas escribirán pavadas y la gente no les hará caso. Sin duda, usted me consulta por algo así, ¿no es cierto?
Hizo un esfuerzo para no bostezar. Se lo veía muy cansado.
—Quédese tranquilo, Aguirre. Que digan lo que quieran sobre sus negocios. Mientras nadie pueda meterse en su vida privada, en secretos de su familia, usted es invulnerable.
Su tono paternal no dejó de molestarme. Es verdad: yo no tenía ninguna experiencia política, pero tampoco era un ingenuo. Había decidido ocultarle el motivo verdadero de mi visita, pero, para mi humillación, noté que no le importaba, o, peor aún, que ya lo sabía.
Cuando dijo “Voy a pedirle un auto” y tomó el teléfono, comprendí dos cosas: no ignoraba que yo había llegado en taxi; la entrevista había concluido.
Esa noche tuve sueños entrecortados. Las imágenes de Inés se mezclaban en lugares ilógicos; aparecían personas de otros ámbitos y decían frases que nunca podrían haber dicho. El accidente, el auto estrellado contra la columna del alumbrado, el olor de las flores fúnebres, los empresarios en el velorio… Inés sonreía y hablaba, pero envuelta en un olor pegajoso de flores en descomposición, un olor que yo sólo percibía ahora y que a lo largo de tantos años no se había manifestado.
Apenas desperté, fui a buscar el primer sobre para examinar el matasellos: también había sido despachado desde la sucursal de la calle Monroe. No pude no preguntarme qué enemigo podría tener yo en el barrio de Villa Urquiza.
Los siguientes tres días fueron mezcla de remanso y ansiedad. Por una parte, me tranquilizaba no recibir el tercer sobre —que, en teoría, sería el último—, y, por la otra, de algún modo deseaba su llegada.
El trabajo fue intenso. Cuando quedaba solo, me distraía tratando de descifrar la identidad de mi enemigo. Puesto que tenía esas fotos de Inés, fotos tomadas a lo largo de un lapso de quince años, entre 1982 y 1997, debería ser una persona ajena al período en que se produjo mi vertiginoso ascenso económico: alguien que estuviera más lejos en el tiempo, alguien inexistente (o, al menos, inadvertido) en la marea de rostros que había conocido en la última década.
El jueves recibí, ahora en casa, la tercera misiva. Venía, también, de Villa Urquiza.
En la primera foto, Inés tendría veintitrés años; en la segunda, treinta y ocho; en ésta, apenas diecisiete o dieciocho. Sería más o menos el año 1977. Ella viste pantalón vaquero y remera. A su lado estoy yo: muy delgado y con camisa de mangas cortas. Es pleno día y brilla el sol; en el fondo de la foto se asoma el edificio redondo del Planetario de Palermo. Por aquella época había empezado nuestro romance.
Me sentí un pobre estúpido. Los quince años de fotos secretas se habían extendido, hacia el pasado, a veinte. Durante dos décadas alguien nos había estado fotografiando a mi mujer y a mí. Y yo, siempre tan sagaz, jamás me había dado cuenta.

Ya es el momento de revelar y difundir la verdad sobre el asesinato que usted cometió, señor Aguirre. En menos de una semana la sociedad sabrá quién es usted.
(Mensaje 3 de 3)


Miré las tres fotos de Inés. Había sido una mujer tan hermosa. ¿Quién, por qué y para qué me acusaba de su muerte? Recordé las apreciaciones de Dufour sobre la vida privada de los políticos. Procuré encontrar alguna clave, algo que confiriera lógica a esos fragmentos absurdos. Leí cientos de veces las frases; reordené las palabras; busqué una señal oculta, un hilo que me condujera al desciframiento del misterio. Fue inútil.
En la madrugada del viernes desperté sobresaltado y lúcido. Comprendí que la clave no se hallaba en las frases, sino en las imágenes. Extendí las tres fotos sobre mi escritorio y volví a examinarlas, ahora sin miedo, bajo la luz de la lámpara.
Inés, tan joven; Inés, con esa sonrisa un poco distante que a mí me resultaba un pequeño portal misterioso. La foto de 1982: Inés en la costanera de Río de Janeiro. Los mecanismos de la memoria son curiosos: de pronto recordé, de ese viaje de luna de miel, un detalle sin importancia. Haciendo compras en una galería comercial de Río de Janeiro, nos habíamos encontrado, por casualidad, con Jorge Maximiliano Pérez Migali, un ex compañero mío del colegio secundario.
Aunque nunca sentí por él especial simpatía (más bien me desagradaba), el azar nos había reunido varias veces. Juntos habíamos empezado Ciencias Económicas (yo concluí con éxito la carrera; él abandonó a poco de empezar). En un baile organizado por compañeros de la Facultad, yo había conocido a Inés Dowland.
Gracias a ella, Pérez Migali y yo entramos a trabajar como empleadillos en Dowland & Grandinetti.
Luego llegaron mi romance con Inés, el noviazgo oficial, mi ascenso incontenible, mi voluntad de trabajo constante, mi capacidad para enhebrar alianzas ventajosas, mi eficacia sin parangón. En algún momento, perdí de vista a Pérez; yo había progresado mucho dentro de la empresa, y él se me volvió remoto e imperceptible, hasta que lo olvidé. Cuando fundé mi propia empresa y abandoné Dowland & Grandinetti, sé que Pérez aún estaba allí, y, dentro de sus límites, no le iba del todo mal.
¿Qué se había hecho más tarde de Pérez Migali? Ni lo sabía ni me importaba. Pero ahora recordé, con clarividencia absoluta, su presencia en esa galería de Río de Janeiro y tuve la certeza de que sólo él —la única persona que allí nos conocía— había podido tomarnos a Inés y a mí la foto de 1982.
Encendí la computadora y me conecté a Internet.
Busqué la guía de teléfonos, escribí PÉREZ MIGALI, seleccioné TODO EL PAÍS, pulsé ENTER, leí:

PÉREZ MIGALI JORGE M.
Ávalos 15**
1431 Buenos Aires
(011) 4522-7***

“Ajá”, me dije. “Código postal 1431: corresponde a la sucursal 31, calle Monroe, Villa Urquiza”.
Entonces entré en un plano de Buenos Aires, escribí ÁVALOS 15**, apreté ENTER y vi dónde quedaba la casa de Pérez Migali.
En el corazón del llamado Parque Chas se halla la calle Berlín, que tiene la forma de un círculo. A modo de diámetro, la cruzan tres calles rectas —Gándara, Victorica y Ávalos— que, en ángulo de 60 grados, se encuentran en su centro. Allí, exactamente allí, en ese dibujo de telaraña y en el centro de la telaraña, estaba la guarida de Pérez Migali, el hombre que me mandaba anónimos acusadores.
Llamé a mis oficinas y le dije a Flavia que llegaría algo más tarde, cerca del mediodía.
Me afeité, me bañé, me vestí con traje y corbata, coloqué la Bersa en la sisa, me puse el sobretodo y retiré el auto de la cochera del edificio. Tomé Libertador, La Pampa, José Hernández, avenida de los Incas… Al 4700 dejé el auto; antes de descender, extraje de la sobaquera la pistola, la guardé en el bolsillo derecho del sobretodo y me calcé los guantes de cuero.
Al instante encontré la calle Ávalos, y caminé hasta el centro de la telaraña.
Oscura, tras yuyos y árboles negros, se hallaba la cueva de Pérez Migali. La puertecita de hierro estaba abierta y carecía de timbre; entré en el jardín. Un sendero de lajas llevaba desde la vereda hasta la puerta de la casa. En las paredes, la humedad y el deterioro formaban imágenes caprichosas; la madera estaba carcomida y recorrida por insectos casi microscópicos.
Toqué el timbre.
Esperé uno o dos minutos e, impaciente, pulsé el botón sin soltarlo, oyendo claramente cómo la campanilla resonaba en el interior.
Por fin, vacilante, abrió la puerta una suerte de fantasma, un hombre horrible que, en medio de olor fúnebre, ya era piel y huesos. Vestía un pantalón piyama grisáceo y una camiseta de frisa. La respiración pesada, tumultuosa, auguraba la inminencia del fin.
Era Pérez Migali.
—Por fin viniste. Pasá.
Entré y Pérez quedó un instante detrás de mí, cerrando la puerta, mientras yo examinaba ese living enorme y destartalado.
La casa —que no era fea— estaba en ruinas. Las sucesivas habitaciones semejaban los restos de un naufragio. Pérez Migali vivía en medio de esa mugre. El olor del moho y de la descomposición (¿restos de comidas?, ¿cadáveres de roedores?) me hizo sentir náuseas, pero no modificó mi determinación.
El piso crujía bajo mis pies. Pérez Migali, cojeando, encorvado, casi muerto, me llevó a su dormitorio y se tendió en la cama, de espaldas. El tenue destello de un velador sobre la mesita de luz parecía aumentar el opresivo olor a suciedad.
Jadeó unos cuantos minutos, hasta que pudo normalizar un poco la respiración. Sus ojos miraban el cielo raso, como si allí se encontrara alguna verdad oculta. Aunque estaba hecho una piltrafa, no experimenté la menor piedad hacia él.
En mi bolsillo derecho tenía la Bersa. Me quité los guantes y los guardé en el bolsillo izquierdo.
Le dije:
—Sos vos el de los sobres, entonces.
—¿Pensabas en otro?
De a poco se fue incorporando, hasta que, con doloroso esfuerzo, se apoyó en el respaldo de la cama. La camiseta, repugnantemente sucia y adherida a la piel, le marcaba la forma de las costillas. El pelo, blancuzco y grasoso; la barba, a medio crecer.
—Fijate lo que son las cosas; tengo cáncer de pulmón y no puedo dejar de fumar. No tengo fuerzas ni ganas de salir a la calle. Últimamente me vi obligado a concurrir demasiadas veces al correo de la calle Monroe…
Rió, festejando su broma, en una carcajada que concluyó en toses y flemas.
—Ni siquiera compro comida; a esta altura es lo mismo. ¿No tenés un faso para mí?
Le alcancé un cigarrillo. De encima de la almohada tomó una caja de fósforos y lo encendió.
Yo prendí otro con mi encendedor.
No parecía tener ninguna prisa:
—Hace días que me quedé sin un peso. No sabés cómo se extraña el tabaco… Tantas cosas se extrañan.
Los efluvios de la fetidez me irritaban y me impacientaban más que el propio Pérez. Le dije:
—Decime qué querés… ¿Plata? No tengo ganas de hablar ni de perder tiempo. Si querés plata, te doy plata… Lo que quiero es terminar…
Me interrumpió con otro acceso de tos. Una tos húmeda y estertorosa que me sacaba de quicio.
—No quiero plata; nunca me importó demasiado. No soy como vos. Por otra parte, ya es tarde —dijo—. Hace mucho tiempo que es tarde. Por eso decidí que, antes de irme de este mundo, debías pagar por el crimen de Inés…
Sentí encendérseme una cólera tumultuosa que me nacía en el estómago:
—Hijo de puta, vos sabés que lo de Inés fue un accidente. Yo quedé viudo y tuve que arreglármelas solo para criar a una hija.
—No pretendas conmoverme. No creo en tu imagen de viudo doliente, respetuoso de la difunta. Vos la mataste. Hiciste deteriorar el sistema de frenos. ¿Te pensás que no lo sé? El auto que le regalaste a tu esposa era el más confiable del mercado. Estudié las estadísticas. Yo era bueno para esas minucias, ¿te acordás?
Con el índice señaló unos papeles que tenía sobre la mesita de luz:
—¿Querés leerlos? Fijate. Ningún problema mecánico en Brasil, ninguno en México, ninguno en Chile, ninguno en Estados Unidos, ninguno en Francia; uno solo en la Argentina… Oh, las casualidades.
—Escuchame, imbécil: los peritos explicaron todo en su momento.
—Es tan fácil comprar una voluntad. ¿Acaso no quisiste comprarme a mí hace unos momentos? Con un poco de dinero, algunos peritos son capaces de decir que tu mujer sigue viva.
Se hundió en un ahogo prolongado, entrecortado de toses y de abominables ruidos de flemas, que exacerbaron mis deseos de matarlo.
Tras una especie de silbido interior que parecía llegarle hasta la nuca, dijo:
—No importa. Ya hice lo que tenía que hacer.
—¿Qué es lo que hiciste?
—Envié una carta a la División Homicidios, con todas estas informaciones y estadísticas, y con pelos y señales sobre vos. Es muy posible que a esos muchachos detectives esta historia les resulte más que verídica y se pongan a investigar, para ganar reputación y ascensos.
Sacudió la cabeza, como frente a un hecho inexplicable.
—Nunca pude entender cómo Inés te eligió a vos, que, al fin y al cabo, no sos más que un vulgar comerciante codicioso. Además —agregó, como en broma—, tacaño. Sabés que estoy en la miseria: ¿por qué no me regalás el paquete de cigarrillos, en lugar de convidarme con uno solo?
Quedarían ocho o diez cigarrillos. Me reservé uno para mí y le extendí el paquete. Pero volvió a toser y, con la mano, me hizo señas de que se lo dejara sobre la mesita de luz.
En seguida pasó de la tos a la burla:
—Ah, qué esplendidez, qué gesto de gran señor… Ella era magnífica, ¿lo sabías? Mirá esto…
De entre las sábanas extrajo cartas amarillentas y las exhibió agitándolas. Reconocí la letra de Inés, pero no quise leer siquiera una palabra.
—Nos escribíamos antes de que aparecieras vos, con tu espíritu práctico y tus ansias de progreso. Ella tenía talento artístico, le gustaba pintar, leía, tocaba un poco el piano… Vos la convertiste en una mera esposa, digamos, “administrativa”; la convertiste en “la señora del gerente”. Cuando los encontré en Brasil, al parecer tan satisfechos, supe al instante que ella era una muerta en vida. Claro que poseedora de muchas acciones de Dowland & Grandinetti… Me dije que tarde o temprano vos la matarías para heredarla…
Esa infamia me descontroló del todo. Extraje la pistola y, sin amartillarla aún, le apunté a la cabeza. Pérez Migali sonrió con una displicencia burlona que aumentó mi rabia. Un tiro sería poco castigo para esa alimaña.
Aferré la pistola por el cañón y, con la culata, le asesté el primer golpe en la cabeza. Él exclamó “¡Aaah!”, y cerró los ojos y abrió la boca.
Luego no pude medirme: uno, cinco, diez, veinte golpes… Me detuve al ver que la cabeza de Pérez Migali era una sola mancha informe y sanguinolenta. Nunca me hubiera creído capaz de tanta ferocidad y de tanta alegría.
Vi sangre en mis manos y en la culata de la pistola. La puerta del baño estaba entornada; la abrí, empujándola con las rodillas, y entré. Me recibió un insoportable hedor de mugre antigua y de orina seca. El lavatorio, que había sido blanco, estaba invadido por un sarro verdoso. Conteniendo las náuseas, me lavé las manos. En el arma, pegoteados con la sangre, había algunos cabellos. Lavé la pistola y la canilla. Hice correr abundante agua sobre los grifos y por el lavatorio. Del toallero pendía una toalla inmunda; sequé el arma y mis manos con mi pañuelo. Revisé mis ropas, mis zapatos: ni una salpicadura de sangre.
Volví al cuarto de Pérez Migali. El cuerpo, con la cabeza sangrante caída hacia atrás, sobre el respaldo de la cama, era un muñeco desarticulado. Tenía un ojo abierto y otro cerrado.
Respiré hondo y pude tranquilizarme. Ese acceso de cólera irracional no era digno de mí, de mi personalidad equilibrada y ecuánime. No perdí la alegría, pero razoné.
Salvo la canilla del lavatorio, que ya estaba limpia, no había tocado nada con mis manos. No había huellas digitales. Era evidente que nadie entraba en la casa de la calle Ávalos, de modo que el cadáver de Pérez Migali podría estar meses (o tal vez años) en esa posición. Cuando lo descubrieran (si es que lo descubrían), sólo hallarían descomposición y huesos.
Y, aun en la casi imposible instancia de que alguien entrara diez minutos más tarde, ¿cuál era el peligro? Ninguno. ¿Quién podría culparme? Nadie lograría imaginar jamás la mínima relación entre Pérez Migali (un individuo que había desaparecido de mi vida hacía décadas) y yo.
En cuanto a sus acusaciones sobre la muerte de Inés, no revestían ningún asidero. Lo más probable era que la carta de Pérez Migali a la División Homicidios fuese a parar al cesto de basura. Más aún, si se concretara la investigación: ¿qué se podría averiguar sobre una muerte ocurrida hacía diez años? Y, lo más importante de todo, había una verdad, que yo sabía muy bien: había sido un accidente y no un asesinato.
Ahora sólo restaba abandonar la casa, caminar hasta la avenida de los Incas, subir al auto y… asunto concluido.
Apoyado verticalmente en el suelo, contra la puerta de salida, había un sobre similar a los tres que yo había recibido. Tenía un cartel en gruesas letras mayúsculas: LUIS AGUIRRE. Cuando entré en la casa, Pérez lo habría dejado allí, con la intención de que yo lo viera al salir.
Lo abrí y leí:

Aguirre:
Todo ha sido un fraude. Las estadísticas son falsas y hubo muchos accidentes como el de Inés. No la asesinaste, ni yo mandé ninguna carta sobre ese hecho a la División Homicidios.
El asunto es otro.
Vos me despojaste de lo que yo más quería. Yo necesitaba vengarme.
Mi plan, señor Idiota Pragmático, era excelente. Consistía en obligarte a matarme, y lo logré.
Yo era un enfermo terminal. Mi vida ya no valía nada. La tuya, sin duda, valía —en tu propio concepto— mucho. Por eso quise que me mataras: para que, durante los años de mi muerte, tus años de cárcel me vengaran del mal que me inferiste durante los años de mi vida.
No mataste a Inés, es cierto, pero me mataste a mí, y yo, exactamente el martes 21 de agosto, desde el correo de la calle Monroe, envié dos sobres: uno, que ya conocés, contenía la foto de Inés y vos frente al Planetario; en el segundo, había una nota mía dirigida a un Juzgado de Instrucción. Le pedía al juez de turno que ordenara revisar mi casa y le informaba que la policía me encontraría muerto. Desde luego, puntualicé con todas las letras que vos fuiste mi asesino.
Di por seguro que vos llegarías antes que nadie: el enigma que yo te había planteado no era muy arduo para un tipo de tu velocidad mental. En cambio, la justicia tiene sus tiempos y no acostumbra apresurarse demasiado: mi carta todavía debe estar recorriendo el circuito burocrático de las oficinas judiciales, pero indefectiblemente llegará a manos del juez de instrucción.
Tal vez mañana, tal vez dentro de unos días, tal vez la semana próxima, la policía tocará el timbre de tu fastuoso piso de la avenida del Libertador, o de tus prósperas oficinas de Córdoba y Reconquista. Te arrestarán, te juzgarán y te condenarán a cadena perpetua, por haber asesinado, “con premeditación y alevosía”, a un indefenso moribundo en su propia casa y en su lecho de muerte.

“Qué pelotudez”, me dije. “Pobre infeliz: fracasado, loco y estúpido. Ningún juez, ningún policía, ninguna persona del mundo va a creer esas sandeces”.
Metí el mensaje en el sobre y lo doblé por la mitad. La idea de efectuar una especie de enroque me hizo sonreír: extraje los guantes del bolsillo izquierdo y, en su lugar, guardé el sobre. Me calcé los guantes y me felicité por haber alcanzado cierto equilibrio simétrico: la pistola en el bolsillo derecho, el sobre en el izquierdo, mis manos dentro de los guantes.
Salí al jardín y cerré la puerta de la casa con cuidado, hasta oír la clausura del pestillo. Pisé laja por laja, alcancé la vereda y cerré también la puertecita de hierro. Por la calle pasaba una señora con bolsas de supermercado; un muchacho en bicicleta repartía diarios. Todo normal.
Tranquilo, en unos instantes estuve en la avenida de los Incas: subí al auto y me dirigí a mis oficinas. Tal como le había anunciado a Flavia, llegué más tarde de lo acostumbrado. Tuve varias citas y me dediqué, ya por completo dueño de mí mismo, a mis negocios habituales.
Como un símbolo de mi triunfo, metí los cuatro sobres de Pérez Migali, con sus fotos pérfidas y sus mensajes de psicópata, en la trituradora de papeles. Así transformé aquella pesadilla en delgadas tiritas de papeles ilegibles.
A la noche invité a cenar a Flavia y luego me la llevé a pasar la noche a mi casa.
Liberado de tribulaciones, ese fin de semana me resultó muy agradable.
El lunes retomé mi fructífera rutina de hombre de negocios. El jueves 30, por la mañana, dos oficiales de policía, vestidos de civil, se presentaron en mi empresa. Tenían, según dijeron con solemnidad, “orden escrita del doctor Fulano de Tal, juez de instrucción”, de llevarme a su presencia. No interpuse la menor objeción y ni siquiera presté atención al nombre del juez: había previsto que algo así podría ocurrir, y sabía también que esa diligencia rutinaria terminaría en un callejón sin salida.
Los oficiales me acompañaron hasta el edificio judicial. Sereno y aplomado, entré en el despacho. Además del juez, había otros tres hombres, que imaginé funcionarios menores y que permanecieron de pie, en un segundo plano.
El juez resultó ser un hombre de unos cincuenta años, calvo y bien vestido.
Me estrechó la mano con frialdad. Se sentó tras el escritorio y me invitó a hacer lo mismo, pero frente a él. Luego dijo, como recitando una lección:
—Lamento informarle, doctor Aguirre, que es mi deber hacerlo arrestar, preventivamente, como principal sospechoso por el asesinato en la persona del señor Jorge Maximiliano Pérez Migali, ocurrido en su casa de la calle Ávalos 15**, aproximadamente el día viernes 24 de agosto de 2007.
Lo miré a los ojos.
—Imposible —dije—. Jamás estuve en esa casa —y agregué, sonriendo—: Ni siquiera oí hablar nunca de la calle Ávalos…
El juez unió sus manos como si se dispusiera a rezar. Dijo:
—El señor Pérez Migali me había remitido una carta…
“Ah”, me dije con displicencia, “las cartas de Pérez Migali, ese enamorado del género epistolar…”.
—¿Una carta? —fingí sorpresa.
—Puede leerla —dijo el juez—. Aquí está la fotocopia.
Vi de nuevo la maldita letra crispada y temblorosa. La carta era extensa, un poco enredada y con algunas incoherencias. La mayor parte de su redacción consistía en absurdas fabulaciones sobre los movimientos que —según Pérez Migali imaginaba— yo habría realizado en su casa, disparates que ni el juez, ni nadie, podría creer jamás.
Pero terminaba diciendo:

…y, si no me creen, y en el caso de que duden de que Luis Aguirre estuvo en mi casa y me asesinó, verán sus huellas digitales en el papel celofán del paquete de cigarrillos que encontrarán cerca de mi cadáver, muy probablemente sobre la mesita de luz.

 



Información bibliográfica

“El centro de la telaraña” fue publicado por primera vez en Cuadernos del Minotauro, Madrid, año III, nº 5, 2007, págs. 121-136.
Con el título de “The Center of the Web”, y en traducción al inglés de Donald A. Yates, apareció en Ellery Queen’s Mystery Magazine, Nueva York, volumen 131, nº 6, nº total 802, junio 2008, págs. 130-143.


Los autores

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942. Es autor de una extensa obra narrativa, de la que cabe citar los volúmenes Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), Sanitarios centenarios (1979), En defensa propia (1982) y El rigor de las desdichas (1994), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso (2005), Costumbres del alcaucil (2008). También le pertenecen dos libros de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992).

Cristian Mitelman nació en Buenos Aires en 1971. Es profesor de Letras Clásicas por la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado Libro de mapas y de símbolos (poesía, 1999) y Villa Medea (cuentos, 2007).