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12 jun. 2011

Maynard Solomon - Haydn y Beethoven

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Afírmase que, en un momento de irritación, Haydn dijo cierta vez que Beethoven era ateo. Aunque la afirmación de Haydn posiblemente reflejó la opinión entonces dominante acerca de la religión de Beethoven, es probable que a lo sumo haya expresado su resentimiento ante la resistencia de su alumno a reconocer una deidad musical más que celestial. Haydn estaba dispuesto a enseñar a un discípulo que en definitiva lo igualaría o lo superaría (y él sin duda lo sabía) pero es comprensible que deseara obtener de él la franca concesión de que era «alumno de Haydn». Ciertamente, Ries señaló que Haydn pidió a Beethoven que escribiese esas mismas palabras en las portadas de sus primeras obras pero Beethoven rehusó desdeñosamente. «Cuando Ries lo interrogó acerca de este asunto Beethoven se enojó tanto incluso retrospectivamente que exclamó que `jamás había aprendido nada [de Haydn]'.» El reconocimiento al maestro era precisamente lo que Beethoven no podía conceder a Haydn. Quizá no deseaba que se lo considerase otro Ignaz Pleyel, que continuó siendo «alumno de Haydn» su vida entera. Incluso Pleyel sin duda no estaba muy satisfecho con esta designación, pues cuando Haydn llegó a Londres descubrió que Pleyel había aceptado competir con él bajo los auspicios de una sociedad musical rival. «De modo que ahora una sangrienta guerra de armonías se librará entre el maestro y el alumno», escribió Haydn desde Londres. En apariencia continuaron siendo amigos, pero cierta vez que se elogiaba a Pleyel, el propio Haydn explotó: «Pero abrigo la esperanza de que se recordará que fue mi alumno», y escribió a Marianne von Genzinger: «Por doquier se critica la presunción de Pleyel.»

La relación entre Haydn y Beethoven adquirió formas complejas y enmarañadas desde el comienzo mismo. Beethoven casi inmediatamente concibió la idea de que Haydn lo envidiaba, o no se preocupaba de sus progresos. Que ésta fuese o no su motivación (y por mi parte creo que hay mejores explicaciones), comenzó a tomar lecciones en secreto a principios de 1793, utilizando los servicios de otro maestro, Johann Schenk (1761 1830). Schenk relata el caso, lamentablemente con bastante desorden:

Hacia fines de julio (sic) el abate Gelinek me informó que había conocido a un joven que revelaba extraordinario virtuosismo en el pianoforte, una aptitud que él no había observado desde Mozart. De pasada dijo que Beethoven había estado estudiando contrapunto con Haydn durante más de seis meses (sic) y que aún estaba trabajando en el primer ejercicio, y también que Su Excelencia el barón van Swieten había recomendado firmemente el estudio del contrapunto, y a menudo le preguntaba cuánto había progresado en sus estudios. Como resultado de estas frecuentes exhortaciones y del hecho de que aún se encontraba en las primeras etapas de su instrucción, Beethoven, ansioso de aprender, comenzó a sentirse descontento, y a menudo expresaba a su amigo esta insatisfacción. Gelinek tomó muy en serio el asunto y vino a preguntarme si estaba dispuesto a ayudar a su amigo en el estudio de contrapunto.

Se concertó un encuentro, y Beethoven improvisó con gran efecto para beneficio de Schenk y después le mostró su primer ejercicio de contrapunto que «reveló el hecho de que... había errores en todos los pasajes». Schenk aceptó ayudarle. Por supuesto, era muy importante que Haydn no lo supiera. Schenk escribió con bastante ingenuidad: «Recomendé que copiase todos los ejercicios que yo corregía, de modo que Haydn no identificara la escritura de un extraño cuando le presentaran el ejercicio.» (Parece posible que Beethoven utilizara a Schenk, no sólo como control sobre Haydn sino también para ayudarle en la ejecución de sus deberes.) De acuerdo con Schindler, Beethoven y Schenk volvieron a verse en 1824, y alegremente evocaron los tiempos de la enseñanza secreta: «Se echaron a reír recordando cómo habían engañado a Haydn, quien jamás sospechó lo que sucedía.»

Nottebohm, que revisó los ejercicios escritos por Beethoven bajo la supervisión de Haydn, llegó a la conclusión de que Haydn no fue un profesor sistemático o bastante interesado. Sólo un sexto de los ejercicios estaban más o menos corregidos, muchos errores no habían sido señalados, y en ciertos casos Haydn intentaba corregir un error y cometía otro de su propia cosecha. Estas omisiones quizás eran comprensibles en vista de las circunstancias que entonces atravesaba Haydn. La muerte de Mozart en 1791 y de su apreciada amiga Marianne von Genzinger en 1793 lo habían afectado profundamente. Además Haydn sostenía relaciones amorosas más o menos simultáneas con una viuda londinense, Rebecca Schroeter, y con la cantante Luigia Polzelli. Había regresado de la animada experiencia inglesa a la acostumbrada y dolorosa relación con su esposa, cuya muerte ansiaba del modo más ingenuo; en efecto, desde Londres escribió a Luigia Polzelli para felicitarla por la muerte de su marido. «Querida Polzelli, quizá ha llegado el momento con el cual ambos soñamos tan a menudo, el momento de que se cierren cuatro ojos. Dos ya se cerraron pero los dos restantes...» Más aún, Haydn estaba preocupado por los preparativos de otro viaje a Londres, a principios de 1792, y con ese fin estaba comenzando la composición de seis nuevas sinfonías; en relación con el mismo viaje compuso en 1793 seis Cuartetos para cuerdas, opus 71/74. Y tal vez Haydn sentía hostilidad hacia Beethoven, que había conseguido un acceso tan inmediato y fácil a los círculos más encumbrados de la sociedad vienesa. Debe recordarse que si bien Haydn desde temprano tuvo partidarios influyentes entre la nobleza y los conocedores de la música, sólo después de sus triunfos en Londres su música mereció la admiración universal en la capital de los Habsburgo. Es cierto que había conquistado una reputación considerable incluso durante la década de 1770, pero el emperador Joseph II había dicho que su obra era un conjunto de «trucos y tonterías», y en 1778/79 su solicitud de afiliación a la organización de beneficencia para los músicos la Tonkünstlersocietät no había sido bien recibida. Geiringer afirma que la exaltación de Haydn por los vieneses se remonta a la segunda visita a Londres, y observa quizá con cierto grado de exageración que incluso todavía durante los años 1792/95 algunos aún lo consideraban «nada más que el músico cortesano de un magnate húngaro». Por lo tanto, es posible que Haydn haya sentido celos del pianista y compositor aceptado y admirado tan prontamente por la nobleza de Viena. Pero todo esto no es más que conjetura, pues también sabemos que principalmente gracias a la influencia de Haydn, Beethoven suscitó la primera impresión en Viena. Muchos de los alumnos de Haydn se convirtieron en amigos o protectores de Beethoven, y entre ellos cabe mencionar a la condesa Thun, a la familia Erdödy, Pleyel, Krumpholz, Anton Kraft, Wranitsky y Seyfried. Y parece que Haydn vinculó a Beethoven con Esterházy en Eisenstadt, el año 1793, y esto debe interpretarse como un signo de que se sentía orgulloso de su alumno.

En todo caso, la observación de Nottebohm acerca de la insuficiencia de la educación que Haydn impartía a Beethoven en el mejor de los casos es una visión parcial del asunto. Había innumerables profesores y Kleinmeister, eficientes en el arte del contrapunto, que podían haber señalado los errores cometidos por Beethoven; no se necesitaba un Haydn para señalar las quintas paralelas en los ejercicios de Beethoven. Y si consideramos el desarrollo de la música de Beethoven durante el período que siguió inmediatamente a sus estudios con Haydn, advertimos que ésa no era la principal función o contribución de Haydn. Además, el hecho de que los errores en los ejercicios examinados por Nottebohm no estuviesen corregidos no significa que Haydn no los corrigiese verbalmente o no exhortase a Beethoven (que tenía veintitrés años y ya había compuesto muchas obras) a descubrir sus propios errores y corregirlos. Estudiar con Haydn implicaba no sólo aprender las normas convencionales del contrapunto y la escritura de partes, sino también asimilar los principios de la organización formal, la naturaleza de la composición de sonatas, el manejo de las fuerzas tonales, las técnicas que permitían obtener contrastes dinámicos, la alternación de los estados emotivos que concordaba con la unidad artística, el desarrollo temático, la estructura armónica, en resumen la gama entera de las ideas y las técnicas musicales clásicas. No hay pruebas en el sentido de que Haydn instruyese formalmente en estas cuestiones: tampoco era necesario que lo hiciera, porque Beethoven consideraba a Haydn su modelo en música, y absorbía estas lecciones con su presencia y su ejemplo.

No hubo un atajo que llevase de la Cantata Joseph a la Sinfonía Heroica. Schenk y Albrechtsberger podían enseñar contrapunto a Beethoven, pero no podían trasmitirle la herencia de Mozart y Haydn. La dificultad de Beethoven con Haydn tuvo que ver con el hecho de que aprendió demasiado del maestro... más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Y es posible que ello explique en parte por qué sus relaciones con el hombre mayor no fueron del todo francas. En primer lugar, el asunto del aprendizaje secreto con Schenk, que no permaneció ignorado mucho tiempo por Haydn: «Un año después», escribió Schenk, «Beethoven y Gelinek disputaron... En definitiva, Gelinek se encolerizó y traicionó mi secreto. Beethoven y sus hermanos tampoco continuaron haciendo un secreto del asunto.» Pero éste no fue el único motivo del desencanto de Haydn con su alumno durante los catorce meses que se prolongó la instrucción formal (que duró hasta enero de 1794). Beethoven recibió de su maestro adelantos en efectivo, le suministró información falsa acerca del monto de la asignación que recibía de Bonn, y lo indujo a creer que una serie de obras compuestas antes de salir de Bonn eran composiciones nuevas.

Los motivos de Beethoven en este último sentido no eran del todo censurables. Quizás intentaba impresionar a Haydn con su productividad. Pues no había sido capaz de completar una sola obra importante durante 1793; había consagrado casi todo el año a revisar composiciones creadas en Bonn, por ejemplo el Octeto y el Concierto para piano Nº 2. Aunque durante mucho tiempo se creyó que los Tríos, opus 1, habían sido compuestos o terminados en 1793 y ejecutados para Haydn antes que éste viajara a Londres, en enero de 1794, sobre la base de las investigaciones de Douglas Johnson ahora parece evidente que el número 1 fue compuesto en Bonn y retocado en 1793, y que los números 2 y 3 fueron esbozados y compuestos después de la partida de Haydn. Las restantes obras compuestas en 1793 fueron las Variaciones para piano y violín sobre «Se vuol ballare», WoO 40, y unos pocos Lieder; el Rondó en sol para piano y violín, WoO 41, fue iniciado en 1793 y terminado en 1794.

Como se ve, el año 1793 presenció un descenso de la producción de Beethoven, y este hecho nos recuerda el período que siguió a 1785, cuando su productividad de hecho cesó. Pienso que el traslado a Viena, la muerte de su padre, y su profunda ambivalencia hacia Haydn habían bloqueado la capacidad creadora de Beethoven como compositor. Quizás este impasse en el área de la creación fue el factor que indujo a Beethoven a fingir que algunas obras de Bonn (tal vez recompuestas parcialmente en ciertos casos) eran composiciones nuevas. Durante sus últimos años Beethoven llegó a comprender que cabía esperar períodos ocasionales de detención. (»Muchas veces no he podido componer durante períodos prolongados, pero el impulso retorna más tarde o más temprano», dijo cierta vez.) Pero es indudable que el joven Beethoven se sentía profundamente turbado por estas dificultades en el campo de la creación.

El 23 de noviembre de 1793, casi un año después de comenzar el trabajo con su alumno, Haydn escribió al elector Max Franz, en favor de su alumno, una carta que revela paternal afecto por Beethoven, la elevada opinión que tenía de su capacidad como compositor, cuánto lo enorgullecía ser su maestro, y su absoluto desconocimiento de que Beethoven fuese más que un alumno devoto:

Muy Reverendo Azobispo y Elector:

Me tomo la libertad de enviar a Vuestra Reverencia, con absoluta humildad, algunas piezas de música:  un quinteto, una «Parthie» para ocho voces, un concierto para oboe, un conjunto de variaciones para piano y una fuga compuestas por mi querido alumno Beethoven que tan graciosamente me fue confiado. Me ufano pensando que serán graciosamente aceptadas por Vuestra Reverencia, como prueba de su diligencia que sobrepasa el límite de sus propios estudios. Sobre la base de estas piezas, tanto los expertos como los aficionados tienen que reconocer que con el tiempo Beethoven se convertirá en uno de los principales artistas musicales de Europa, y yo me sentiré orgulloso de afirmar que soy su maestro. Sólo deseo que permanezca conmigo todavía un tiempo.

Mientras estoy en el tema de Beethoven, permita Vuestra Reverencia que yo diga algunas palabras acerca de sus asuntos financieros. Durante el último año se le asignaron cien ducados. Estoy seguro de que Vuestra Reverencia comprenderá que esta suma era insuficiente aunque sólo fuese para solventar los gastos más indispensables. Sea como fuere, Vuestra Reverencia quizá tuvo motivos justificados para enviarlo al gran mundo con una suma tan reducida. Sobre esta base, y con el fin de impedir que cayese en manos de usureros, por una parte le he salido como garantía y por otra le adelanté efectivo, de todo lo cual me debe 500 florines, y de esa suma ni un solo kreutzer ha sido gastado sin necesidad. Ahora solicito que se le pague esta suma. Y como trabajar utilizando dinero prestado aumenta el interés y, lo que es más, parece muy agobiador para un artista como Beethoven, pensé que si Vuestra Reverencia le asigna 1000 florines el año próximo, Vuestra Reverencia estará demostrándole el más elevado favor y al mismo tiempo lo liberará del sentimiento de ansiedad. En vista de los maestros que le son absolutamente indispensables y de los gastos que no puede evitar si pretende que se lo admita en algunas de las residencias locales, debe considerarse que el mínimo absoluto que necesita se acerca a los 1000 florines. Con respecto a la extravagancia que cabe temer en un joven que sale al gran mundo, creo que puedo tranquilizar a Vuestra Reverencia. Pues en centenares de situaciones siempre comprobé que está dispuesto, por propia iniciativa, a sacrificarlo todo a su arte. Ello es admirable sobre todo en vista de las muchas oportunidades de tentación, y ello debe infundir en Vuestra Reverencia la seguridad de que su graciosa bondad hacia Beethoven no redundará en beneficio de los usureros. Con la esperanza de que Vuestra Reverencia acepte graciosamente esta solicitud en beneficio de mi querido alumno me declaro, en el más profundo respeto, el más humilde y obediente servidor de Vuestra Reverencia.

Joseph Haydn.
Kapellmeister del príncipe
Nicholas Esterházy.
Viena, 23 de noviembre de 1793.

La respuesta del elector fue en todo caso, por lo menos decepcionante:

Recibí con su carta la música del joven Beethoven que usted me envió. Pero como, con excepción de la fuga, estas piezas fueron compuestas y ejecutadas aquí, en Bonn, antes que iniciara su segundo viaje a Viena, no puedo considerarlas como expresiones del progreso realizado en esa ciudad.

Con respecto a la asignación que se le ha otorgado para subsistir en Viena en efecto se eleva a sólo 500 florines. Pero además de estos 500 florines se le ha pagado constantemente el sueldo que aquí tenía, de 400 florines; recibió 900 florines por todo el año. Por consiguiente no alcanzo a comprender por qué, como usted dice, sus finanzas sufren tales retrasos.

Por consiguiente, me pregunto si no sería mejor que regresara aquí para reanudar su trabajo. Pues dudo mucho de que haya realizado progresos muy importantes en composición y en el desarrollo de su gusto musical durante la actual estada y me temo que, como en el caso de su primer viaje a Viena, al regreso sólo traerá deudas.

Como sabía que se aproximaba una tormenta, Beethoven escribió al elector el mismo día que Haydn despachó su carta, para rogarle «que su Alteza Electoral no me prive de la bondad antaño concedida», y asegurarle el eterno respeto que sentía por su «bondad» y su «nobleza». No conocemos qué pasos dio para tratar de arreglar la situación con Haydn. Quizá como resultado de este episodio, Haydn abandonó el plan de ir a Londres con Beethoven, y después que regresó de esa ciudad, en agosto de 1795, no se reanudaron formalmente las lecciones. Haydn arregló la continuación de los estudios de contrapunto de Beethoven con el compositor y renombrado pedagogo Johann Georg Albrechtsberger (1736 - 1809); este curso de enseñanza comenzó poco después de la partida de Haydn y continuó aproximadamente hasta la primavera de 1795.

La tendencia de Beethoven a suscitar reacciones contradictorias mezclas de afecto y resentimiento, admiración y enemistad en sus maestros de Viena no se limitó a Haydn. El destacado compositor de ópera y Kapellmeister imperial italiano, Antonio Salieri, (1750 - 1825), fue maestro de Beethoven en composición dramática y vocal durante varios años (comenzó quizá ya en 1798) en Viena. El joven Moscheles recordaba «cómo me asombré cierto día que fui a visitar al Hofkapellmeister Salieri, que no estaba en casa, y entonces vi sobre su mesa una hoja de papel sobre la cual se había escrito en grandes letras: «El alumno Beethoven estuvo aquí.» Es evidente que eso sucedió en 1808 o 1809 y parece reflejar una relación cálida entre el maestro y su ex alumno; sin embargo, en enero de 1809 Beethoven afirmó que Salieri era su enemigo: «Herr Salieri, que era mi antagonista más activo, me jugó una horrible pasada.» En 1799 Beethoven dedicó a Salieri sus tres Sonatas para violín y piano, opus 12; pero cuando su maestro criticó a Fidelio, Beethoven rehusó realizar los cambios propuestos y estuvo irritado un tiempo. Por su parte, Salieri no pudo aceptar la música de Beethoven durante un período ulterior, y quizá la protección que dispensó a Schubert fue en parte la razón que determinó que el joven compositor durante un tiempo se opusiera a la música de Beethoven.

Parece que también Albrechtsberger tuvo sentimientos contradictorios respecto de Beethoven. En 1796 y 1797 escribió tres cartas sumamente amistosas a Beethoven, pero un músico contemporáneo (a juicio de Thayer un testigo fidedigno) informa que Albrechtsberger calificó de «basura» los Cuartetos del opus 18 de Beethoven y le aconsejó no «tener nada que ver con él [Beethoven] no ha aprendido absolutamente nada y jamás hará nada decente». Por su parte, Beethoven afirmó que Albrechtsberger era un «pedante musical» y creador de «esqueletos musicales»; pero apreciaba el curso de instrucción de Albrechtsberger, retornaba al mismo para perfeccionarse y más tarde ayudó al sobrino del maestro. Por su parte, Nottebohm alude en términos totalmente favorables a la enseñanza de Albrechtsberger.

La dificultad de Beethoven para reconocer el mérito de sus maestros no se limitaba a Haydn. Ries escribió: «Apreciaban mucho a Beethoven, pero compartían una opinión acerca de sus hábitos de estudio. Todos decían que Beethoven era tan obstinado y autosuficiente que tenía que aprender muchas cosas en la dura experiencia, la que rehusaba aceptar cuando se la ofrecían como tema de estudio. Sobre todo Albrechtsberger y Salieri compartían esta opinión.»

En todo caso, sea cual fuere la razón de la empatía de Haydn con Beethoven, parece que lo perdonó y continuó después de su regreso de la segunda estada en Londres asociándose con él, y quizá incluso enseñándole y criticando informalmente sus trabajos. Beethoven ejecutó uno de sus propios conciertos para piano en un concierto de Haydn, el 18 de diciembre de 1795, y este hecho fue sin duda un signo del favor que Haydn le dispensaba, y un indicio de que consideraba su protegido a Beethoven. A su vez, Beethoven dedicó a Haydn sus importantes Sonatas, opus 2, en 1796 e improvisó públicamente sobre los temas de Haydn. Además, copió la partitura de uno de los cuartetos de Haydn (opus 20, número 1, en mi bemol mayor) y años más tarde obtuvo y conservó cuidadosamente el autógrafo de una de sus sinfonías londinenses.

¿Por qué entonces observamos que Beethoven manifiesta hostilidad hacia su ex maestro? Ries relata que «Haydn rara vez escapaba sin algunos golpes en las costillas, pues Beethoven le guardaba rencor a causa de los viejos tiempos». Es evidente que Beethoven dijo a Ries que la razón de su «rencor» contra Haydn fue que Haydn había criticado severamente el tercero de los Tríos opus 1:

Esta actitud sorprendió a Beethoven, sobre todo porque consideraba que el tercero era el mejor de los Tríos, como que es todavía el que depara más placer y origina el mayor efecto. Por lo tanto, la observación de Haydn suscitó una impresión negativa en Beethoven, y lo indujo a creer que Haydn se mostraba envidioso, celoso, mal dispuesto hacia él. Confieso que cuando Beethoven me lo dijo no le creí mucho. Por lo tanto, aproveché la ocasión para preguntar acerca del asunto al propio Haydn. Pero su respuesta confirmó la aseveración de Beethoven; dijo que no había creído que ese Trío sería entendido tan rápida y fácilmente, y recibido tan favorablemente por el público.

A pesar de la razonable explicación de Haydn, Beethoven no perdonó la crítica, y quizá la interpretó como un intento del maestro de limitar la capacidad creadora de su alumno.

A juicio de Thayer, el 1800 fue un año crítico para Beethoven: «Es el año en que se separa del pianoforte y afirma su pretensión a ocupar un lugar al lado de Mozart y de Haydn, que aún vivía y producía, en las formas más elevadas de la composición de cámara y orquestal: el cuarteto y la sinfonía.» Por consiguiente, no puede sorprender el hecho de que los conflictos de Beethoven con Haydn culminaran por esta época. La versión de Ries acerca del «rencor» de Beethoven contra Haydn corresponde a un momento posterior a 1800, lo mismo que una famosa anécdota que indica el grado de tensión que por entonces exhibían las relaciones entre ambos. Haydn se encuentra con Beethoven en la calle y lo cumplimenta por su música de ballet para Las criaturas de Prometeo. «Oh, querido papá», respondió Beethoven, «usted es demasiado bueno; pero no es la Creación ni mucho menos.» Sorprendido por esta comparación innecesaria con su propia obra maestra Haydn replicó: «Es cierto. No es la Creación y no creo que lo sea jamás.» Beethoven no hacía secreto de su competencia con Haydn por esta época. Dolezalek informa que cuando se ejecutó por primera vez el Sexteto (completado en 1799) Beethoven exclamó: «Esta es mi Creación

Por lo tanto, parece posible que hacia el doblar del siglo, Beethoven sintiera el peso de la influencia de Haydn (así como el de la escuela vienesa, de la cual Haydn era el representante viviente más grande) como un estorbo que impedía el crecimiento de su propia individualidad musical. Es posible que para destacar este aspecto exageremos un poco el grado en que Beethoven dependía de Haydn, si bien éste era sin duda la principal (aunque de ningún modo la única) influencia musical que se ejercía sobre Beethoven, y eso además de ser su maestro. En las composiciones más importantes de este período aparecen en Beethoven muchas características totalmente individuales. En todo caso, parece haber sido necesario para el desarrollo ulterior de Beethoven que después de asimilar las lecciones de Mozart y Haydn ahora comenzaba a desplazarse hacia una nueva síntesis de estilos, que determinaría que su futuro implicase un alejamiento total del estilo clásico superior vienés.

En realidad, este proceso ya había comenzado a fines de la década de 1790. Más aún, ciertos conocedores rehusaban aceptar del todo al Beethoven temprano como heredero auténtico de la tradición de Mozart y Haydn. Si hemos de creer en los recuerdos de Carl Czerny, fue precisamente entonces que «todos los adeptos de la antigua escuela Mozart/Haydn se opusieron acremente [a Beethoven]». Sabemos que esto no es del todo exacto, pues Lichnowsky, Thun, Lobkowitz, Apponyi, Swieten y otros protectores de Beethoven también se contaban entre los entusiastas más importantes de la música de sus predecesores. Pero para Beethoven sin duda fue motivo de decepción que Swieten, cuando escribió el primer volumen de la Allgemeine musikalische Zeitung, en 1799, no mencionara su nombre entre los compositores contemporáneos «que marchan firmemente sobre las huellas de los auténticamente grandes y buenos...» Además los críticos tempranos al parecer se mostraron más sensibles que los otros al grado en que Beethoven se separó sobre todo en el campo de la armonía de la tradición. Los críticos que colaboraron en la Allgemeine musikalische Zeitung se quejaban de las «modulaciones torpes y duras» de sus primeros conjuntos de variaciones, y hallaban en sus elegantes Sonatas para violín, opus 12, «un intento forzado de obtener modulaciones extrañas, cierta aversión a las relaciones de las tonalidades convencionales, una acumulación de dificultades».

Si estos signos de los cambios revolucionarios sufridos por el estilo de Beethoven eran perceptibles para los contemporáneos del músico varios años antes de la Sinfonía Heroica, en todo caso hacía mucho que eran evidentes para Joseph Haydn. Así, Beethoven acabó por entender que a menos que estuviese dispuesto a componer muchos Sextetos y Primeras Sinfonías, su «nuevo camino» (como él lo denominaba) implicaría crear música que no complacería a Haydn, ni obtendría su aprobación. Seyfried, que durante este período estaba cerca tanto de Beethoven como de Haydn, aclara bien este punto cuando escribe que Beethoven padecía «una suerte de aprensión, porque sabía que había iniciado un camino que no contaba con la aprobación de Haydn». Para protegerse de los sentimientos de pesar y culpa que acompañaban a este proceso de separación, Beethoven comenzó también a romper el vínculo personal y así visitaba «cada vez menos» a Haydn, cuya salud se deterioraba paulatinamente.

Haydn extrañaba a Beethoven. Seyfried escribe que a menudo preguntaba por él y decía: «Bien, ¿cómo le va a nuestro Gran Mogol?», consciente de que Seyfried diría a su amigo que Haydn había preguntado por él. En 1803 presentó un texto (casi humildemente) a Beethoven por intermedio de Griesinger, y le pidió su opinión acerca de la conveniencia de utilizarlo en un oratorio. Griesinger escribió a Breitkopf & Härtel: «El pedido de papá los sorprenderá tanto como me sorprendió; ¡pero es lo que sucedió realmente!... Es probable que la decisión de Haydn dependa del juicio de Beethoven.» Beethoven emitió una opinión negativa acerca del texto, pero por supuesto el texto no era lo que interesaba principalmente a Haydn que «se sintió complacido de que Beethoven se mostrase tan bien dispuesto hacia él, pues tenía la sensación de que Beethoven era culpable de mostrarle mucha arrogancia». Deseaba el contacto y la amistad de Beethoven y uno quisiera creer que el deseo de Beethoven era igualmente intenso, que su alejamiento de Haydn le parecía doloroso, y suscitaba sentimientos de remordimiento porque era joven y podía producir en momentos en que Haydn no estaba en condiciones de trabajar y se aproximaba a la muerte.

Beethoven asistió al concierto del 27 de marzo de 1808 en el honor del septuagésimo sexto cumpleaños de Haydn; allí se ejecutó La Creación. Permaneció de pie con los miembros de la alta nobleza, «a la puerta del salón de la universidad, para recibir al venerable huésped que llegó en el carruaje del príncipe Esterházy», y lo acompañó mientras lo introducían en una silla de manos, al son de trompetas y tambores. Afírmase que Beethoven «se arrodilló ante Haydn y besó férvidamente las manos y la frente de su anciano maestro». Después de la muerte de Haydn, un hecho que no se menciona en la correspondencia de Beethoven, desaparecieron todos los indicios de resentimiento y amargura, reemplazados por una actitud de elogio y afecto ilimitados.

Durante los años siguientes Beethoven se refirió siempre a su antiguo maestro con términos reverentes, y lo consideró el igual de Händel, Bach, Gluck y Mozart. Y cierta vez incluso rehusó reconocer que él mismo merecía un lugar junto a estos hombres. «No despojéis de sus laureles a Händel, Haydn y Mozart», escribió en 1812 a un joven admirador; «tienen derecho a los suyos, pero yo aún no he conquistado ninguno.» Pero años antes aún no había alcanzado ese nivel de confianza y sentía la necesidad de insistir en su igualdad con los maestros vieneses; en una carta a Breitkopf & Härtel acerca del talento de Haydn y Mozart para arreglar sus propias sonatas, observó: «Sin la pretensión de imponer mi compañía a estos dos grandes hombres, formulo la misma afirmación acerca de mis propias sonatas para pianoforte... estoy absolutamente convencido de que otros no podrían hacer lo mismo con desenvoltura.»

A la luz del conflicto entre las generaciones y los estilos, no es sorprendente que Haydn no haya podido acompañar a Beethoven allende los límites del estilo clásico superior, que él mismo había perfeccionado. Diferentes testimonios indican que Haydn se mostraba hostil a la música que Beethoven compuso después de 1800. Por ejemplo, un músico contemporáneo recordó que Haydn «no podía reconciliarse del todo con la música de Beethoven»; y un diccionario de música italiano citó estas palabras de Haydn acerca de las composiciones de su alumno: «Las primeras obras me complacieron mucho, pero confieso que no entiendo las siguientes. Me parece que escribe de un modo cada vez más fantástico.» Ninguno de estos testimonios puede confirmarse con pruebas documentales, y la confiabilidad de los más detallados ha sido cuestionada. Pero el número mismo de estas rememoraciones y la ausencia total de elogios de Haydn a cualquiera de las composiciones de Beethoven después del Sexteto y Las criaturas de Prometeo nos lleva a afirmar que es más bien probable que Haydn no quisiera o no pudiera comprender las realizaciones más grandes de Beethoven. Este hecho seguramente fue motivo de sufrimiento para el hombre más joven. Ciertamente, reforzó su convicción de que tendría que abrirse paso por sí mismo, incluso sin contar con el aprecio y el aliento del hombre a quien veneraba más que a cualquiera de los restantes compositores vivientes.


En Beethoven


19 abr. 2009

Beethoven, “el genio musical más distinguido si se exceptúa a Mozart”

3 comentarios :

 

(…)

La grandeza de Beethoven se había convertido desde hacía mucho en artículo de fe en varios países europeos importantes y su fama comenzaba a extenderse también a regiones más lejanas. Los programas de la Sociedad Filarmónica de Londres durante la década de 1820 incluyeron sesenta ejecuciones de sus sinfonías y veintinueve de sus oberturas. En Viena los elogios a su genio en la prensa en todo caso eran excesivamente halagadores. Con respecto a Alemania un viajero contemporáneo informó en 1825 que «los alemanes lo consideran el genio musical más distinguido de Europa, si se exceptúa a Mozart».

Los autores románticos alemanes, encabezados por Clemens Brentano y E. T. A. Hoffmann, lo admiraban hasta el extremo de la adulación. Schopenhauer opinaba que sus sinfonías expresaban el carácter esencial de la música. Sólo Hegel, admirador de Rossini, mantenía su reserva, y en el único comentario que formuló acerca de la música de Beethoven ‑donde, hecho interesante, evita mencionar el nombre del compositor‑ critica sus «enérgicos contrastes», y afirma que «los rasgos característicos de este tipo de música incurren fácilmente en el riesgo de sobrepasar los delicados límites de la belleza musical, sobre todo cuando la intención es expresar fuerza, heroísmo, maldad, impetuosidad y otros extremos de la pasión exclusiva».

(…)

El subrayado es mío.

En Maynard Solomon, Beethoven

Traducción Aníbal Leal

Buenos Aires, Javier Vergara, 1983, pág. 332

 

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