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12 mar. 2007

Philippe Sollers: padrino de sí mismo

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Philippe Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la indiferencia. Quienes no lo quieren -y que no son pocos- usan los epítetos más ingeniosos para definirlo: " Bel ami hipertextual" (Angelo Rinaldi), "animal mediático insumergible" (Régis Debray), "ex truhán reconvertido en policía" (Patrick Besson). Y hay peores: "hiena dactilográfica", "falsificador profesional" o "perverso polimorfo". Jefe de redes y maestro de influencias, Sollers divide y exaspera. Y si el poder se juzga por el peso editorial y mediático de un individuo, entonces sí, ese bordelés de 70 años, es indudablemente el "padrino" del mundo literario francés.

Autor y editor en Gallimard, director de la revista L Infini , cronista múltiple en el diario Le Monde , en Le Monde des Livres , en Le Journal du Dimanche , infaltable en radios y estudios de televisión, ese "escritor de turno", como lo llaman algunos, combate en todos los frentes. Omnipresente en la escena literaria francesa desde hace 50 años, sus enemigos apuntan un dedo acusador contra ése al que han llamado, según Sollers se complace en recordar, "Judas hacedor y demoledor de destinos, frívolo, superficial y esnob".

-¿Es usted esnob?

-Ningún escritor puede ignorar el esnobismo que toca a la esencia impalpable del poder y del éxito. Sus ingredientes simbólicos varían en el tiempo, pero el esnobismo conserva una dimensión fascinante a la cual el escritor es sensible y cuyas formas se ve obligado a descifrar. Los aspectos ridículos de todo esnobismo, incluidos los del mismo escritor, son una inagotable mina de contenidos. Para luchar contra la uniformización, el escritor trata de singularizarse mediante ínfimos movimientos moleculares, sublimes o vulgares. Todo es útil.

Voilà , Sollers! Anillos en los dedos, más de sesenta libros publicados, un flequillo casi absurdo que se detiene cuando comienza la frente y una eterna boquilla en la mano, batuta imaginaria con la que sigue el inagotable y límpido ritmo de sus ideas. Sentado en su minúscula oficina atiborrada de libros de las ediciones Gallimard, en el Barrio Latino de París, el escritor desdeña con un gesto displicente esa lluvia de críticas y se acomoda en su trinchera de papel: "Fue siempre así. Y lo seguirá siendo, haga lo que haga", dijo entrevistado por LA NACION.

En esa guerra, Sollers se autoriza todos los impudores, en primer lugar, no disimular el divertido desprecio que siente por los "figurantes" de la pieza que -según sus críticos- dirige desde los años 70. A esos personajes los califica alternativamente de "incultos pretenciosos", "rebeldes recién llegados" y "desesperados automáticos" que brillan como estrellas en la "Necrópolis-París", cuyos envidiosos cálculos y terrores microscópicos "alimentan esa máquina de explotar la neurosis y el infantilismo" en la que se ha transformado la novela francesa.

Difícil hacerle frente a Sollers. El hombre es mucho más que ese esnob que escribe a mano exclusivamente con tinta azul comprada en Venecia y asegura que no conoce su propia dirección electrónica: es la inteligencia hecha escritor. Es alguien que desde hace lustros batalla contra un enemigo que lo obsesiona: la incultura generalizada.

"Uno lee a Sollers como va al burdel, para aprender algo. Y como lo sabe todo, con el tiempo, uno termina sabio", escribió Jerôme Garcin, uno de sus críticos más serios. Así es. Para Sollers, la materia con la que está hecho el mundo, el pensamiento y la literatura, es un vado que él atraviesa saltando de piedra en piedra, mientras otros deben remontar la corriente a nado, haciendo esfuerzos sobrehumanos. Sollers escribe como habla. Su frase demuestra una postura existencial: corre. Una frase en la que reina la metáfora, jamás la comparación. "Por otras razones que Mallarmé, yo sigo el precepto de nunca escribir la palabra ´como ", confiesa.

Hablando de la música de Haydn en la Guerra del gusto , parece describirse a sí mismo: "Se eclipsa, resbala, rueda, perfora, recomienza. Frases en las que sólo hay verbos", anota. Así como Spinoza aísla tres sentimientos primarios -la alegría, la tristeza y el deseo-, Sollers establece su técnica literaria sobre un triple cimiento: la alusión, la cita y la acumulación. "La alusión, para el brío; la cita, para la argumentación; la acumulación, para la eficacia", explica.

"¡Viva la precisión! Cifras y más cifras. Muerte a los poetas ambiguos", recomienda. Para ello, es necesario leer. Su arma absoluta es la cosa escrita. "Para saber escribir hay que saber leer. Y para saber leer, hay que saber vivir. Si uno quiere escribir mucho, tiene que leer mucho y vivir mucho", resume.

¿Papívoro, Sollers? Absolutamente. Basta con remontar el hilo de la historia. "¿Mi primer recuerdo? Cuando a los cuatro años mi madre me dijo un día: ´Bien, ahora ya sabes leer . Me veo salir corriendo sin rumbo, enloquecido, por el parque frente a la casa familiar, caer de rodillas en alguna parte y quedar allí, extasiado ante esa realidad embriagadora: ¡ser capaz de leer! Creo que en ese momento comprendí el significado de la palabra ´libertad", confiesa. Se puede decir que, desde entonces, ayudado por una inteligencia fuera de lo común, ha leído todo. Estar con él significa pasar a la velocidad de la luz de Joyce a Proust, de Bacon a Rimbaud, de Lautréamont a Cézanne, de Céline a Casanova, de Sade a Madame de Sévigné.

-¿Conoce la voz de Joyce? -, se entusiasma.

- No.

-¿No la conoce? ¿Y escuchó la de Francis Bacon en la BBC? ¿Tampoco?

Sollers mira a su interlocutor con algo de piedad. Parece decir: "¡Pobrecita, no lo conoce! Entonces no conoce nada". Y en verdad, uno no conoce demasiado frente a ese Espasa Calpe en 117 volúmenes, propulsado a la estratósfera enciclopédica por una memoria prodigiosa, que no hizo nada como los demás.

Desde 1957, cuando escribió Le Défi (El desafío), el joven Philippe Joyaux -con apenas 20 años- pidió una cita con el más célebre de sus coterráneos, François Mauriac. Un año más tarde, Mauriac bendijo su primera novela, Une curieuse solitude (Una curiosa soledad), que apareció firmada con el seudónimo de Philippe Sollers. Pero también lo promovió el poeta comunista Louis Aragon. "Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos y envidias de todo tipo", reconoce.

Si semejantes musas se inclinaron sobre su cuna, ¿por qué entonces no consiguió transformarse en un ícono de la literatura universal? "Estaba destinado al sacro de las academias y al público planetario. Consiguió decepcionar a ambos", escribió sobriamente uno de los fundadores de ediciones Seuil, Paul Flamand, quien, a partir de 1960, acogió a Sollers y a su revista Tel Quel. La publicación tenía por objetivo reflejar la reevaluación que la vanguardia nacional europea hacía de los clásicos de la historia literaria. Con esa revista, una colección y un puñado de intelectuales aliados (entre ellos su futura esposa, la psicoanalista Julia Kristeva), Sollers se impuso rápidamente como una de las plataformas obligadas de la intelligentzia en Francia. Desde las páginas de Tel Quel , creó y deshizo mitos literarios, propulsó y pulverizó ilusiones, adjudicó patentes de talento para algunos y emitió bandos de destierro para otros.

Llevado por su irrefrenable necesidad de existir -afirman sus detractores-, atacó y después defendió la Nueva Novela; fue marxista, soixante-huitard y más tarde pro-chino. Se acercó a Derrida, a Lacan, a Althusser y a Debord, y terminó peleándose con casi todos. En 1976 se alineó con los Nuevos Filósofos, que eran la tendencia de moda.

- A pesar de las críticas, durante casi veinte años, Tel Quel fue la avanzada del debate literario en Francia. Si debiera morir mañana, ¿qué quedaría de todo eso?

- Una caja llena de libros; y su plusvalía metafísica sería inmediata. La gente se preguntará cómo pudieron comprar la imagen de un Sollers mediático y superficial cuando, en realidad, era un trabajador encarnizado.

-Sus disputas con muchos de los colaboradores de Tel Quel llenaron páginas de diarios y semanarios, sobre todo las que mantuvo con Jean-Hedern Hallier, el confundador, o con Renaud Matignon...

-Yo podía vivir perfectamente sin ellos. Los mosqueteros de Alejandro Dumas no se hacían favores entre ellos. Nosotros tampoco. El universo literario es de una crueldad notable. Tras la desaparición de Tel Quel nos dejamos de ver. Renaud Matignon me criticaba constantemente en sus artículos. Pero yo tengo muchas otras vidas. El problema es que, desde entonces, sigo estando sometido al mismo juicio. Escribo libros que mis detractores ni siquiera se toman el trabajo de leer. Ni me leen ni me escuchan.

En 1982, cuando pasó a Gallimard y creó su nueva revista, L Infini, las épocas habían cambiado. Sollers también. Convertido a la novela clásica y autor de un best seller , Mujeres , tenía entonces más enemigos que amigos y sus redes estaban en ruinas. Pero el método siguió siendo el mismo: divertirse, provocar, existir, resistir. Y escribir. Para reconstruir, se apoyó nuevamente en un grupo de fieles: Julia Kristeva, con quien tiene un hijo, David, y que siempre lo ayudó en los medios intelectuales y universitarios; la escritora belga Dominique Rolin, su amiga íntima desde hace 40 años, que siembra la buena palabra entre los escritores, y Antoine Gallimard, a quien apoyó durante la guerra de sucesión dentro de la editorial. Más tarde vendrían otros, entre ellos, Josyane Savigneau, ex directora del suplemento Libros del diario Le Monde .

"¿Y por qué razón yo debería ser el único intelectual parisino sin derecho a tener una red de contactos?", se defiende. Pero dejemos el combate e insistamos en su pasión por el conocimiento que, para él, tiene valor de antivirus.

-Los tres síntomas que alteran la salud del mundo son el analfabetismo, la ignorancia y la incultura. Son los tres estadios de una misma enfermedad.

-¿Y cuáles son los agentes que la propagan?

-Son tres: la televisión, la televisión y la televisión. Aun cuando el invitado sea Sollers.

Según él, la lectura nos salvará: leyendo devolveremos a los libros el poder subversivo que han perdido. "Mi hipótesis es que nadie quiere saber más nada de Kafka", asegura. ¿Los pseudointelectuales leen cada vez menos a los clásicos franceses? "Peor para ellos. Como decía Flaubert, el problema con la inteligencia es que tiene límites, mientras que la estupidez no los tiene", responde.

¿Y qué hace Sollers cuando deja de batallar? "Como cualquier guerrero, hago el amor". Casi 50 años después de Une curieuse solitude , Sollers sorprendió a su público en 2000 con Pasión fija , homenaje a una relación amorosa que nada ni nadie consiguió destruir en más de 40 años de infidelidades y palinodias. En ese libro, Sollers levanta púdicamente el velo de su relación extramatrimonial con la escritora Dominique Rolin, a quien conoció a fines de los años 50, cuando él tenía poco más de 20 años y ella el doble de edad. "Soy como un pez en sus aguas. Ella me dejó nacer y sabrá cómo hacerme morir", escribió.

Con Pasión fija , consiguió escribir una novela de vanguardia sobre el amor feliz. Una especie de contradicción para ese discípulo confeso de Casanova. "De ninguna manera. Nada es más subversivo en la actualidad que un amor que funciona entre un hombre y una mujer. El sistema pretende que la pasión sea sinónimo de malentendido, fracaso, amargura y resentimiento. Nada desestabiliza más que una pasión que perdura intacta con los años", precisa.

Un año después, Sollers cambió de registro y volvió a sorprender con Misterioso Mozart , un exquisito retrato del genio musical del siglo XVIII.

-¿Melómano?

-¡Mozartiano absoluto! -corrige.

Los músicos son los artistas que más admira.

-Cualquiera puede pintar un cuadro, hacer una escultura, incluso escribir un libro, ya que todo el mundo es escritor Pero será incapaz de interpretar una sonata de Mozart o de Haendel.

La crítica de las cualidades es la única fecunda, decía Sainte-Beuve. Sólo se sabe hablar de lo que se ama. Y cuando ama, Sollers se da por entero, con un entusiasmo lúcido y contagioso. "Mozart era a la vez francmasón sincero e hijo convencido de la Iglesia romana. Era otro, eso es. Otro también lo fue en su vida amorosa: a la vez libertino y conyugal, fiel e infiel. Quizás es ahí, en ese afecto apasionado (a Constanza, su esposa), que todo indica que fue recíproco, donde reside el auténtico escándalo", escribió.

En 2005, los 662 escritores que esperaban ansiosos la atribución del Goncourt sintieron frío en la espalda: contrariamente a su costumbre, Philippe Sollers anunció que publicaría su novela, Une vie divine (Una vida divina) a tiempo para la selección. No fue así. El libro salió en enero. Este año, los 682 pretendientes al premio más codiciado de la novela francesa pueden respirar: el escritor acaba de anticipar, para el 27 de octubre, la publicación de un ensayo, Fleurs (Flores). El libro, que recorre el continente de las flores y analiza su lenguaje en compañía de un botanista del siglo XVIII, entre lilas, rosas y tulipanes incluye a Dante, Ronsard, Baudelaire y Genet.

En sus 60 libros, Philippe Sollers ha escrito sobre mujeres, pasiones, paraísos, literatura, la Divina Comedia , Nueva York, Venecia, el Louvre, el individualismo revolucionario, el infinito, el barroco en Paraguay, Cézanne, el materialismo, la libertad, la belleza, Casanova, Mozart, Picasso, Sade, embajadores, muchas cosas más, y ahora flores. ¿Qué responde ese hiperecléctico a quienes dicen que siempre escribe el mismo libro? "Que no es siempre el mismo libro. Pero que deberán acostumbrarse a que sea siempre el mismo escritor."


Por Luisa Corradini
Para LA NACION - PARÍS, 2006

http://www.lanacion.com.ar/838896

3 mar. 2007

Philippe Sollers y su Mozart misterioso

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[El escritor y ensayista francés busca en esta biografía atípica una simbiosis con el músico alemán. Toca su piano, rastrea las intrigas de sus óperas, las sitúa en la vida del autor, experimenta sus emociones. En el fragmento que transcribimos se recrea el momento de la composición del Don Juan]


El Romanticismo se defendió rápidamente del impacto inaudito de Mozart, ya presentándolo como un precursor aventajado de Beethoven y de Wagner, ya --pero con el mismo resultado-- engalanándolo y patetizándolo. En realidad, todo el mundo había comprendido que la penetración mozartiana en el disfrute femenino de la música cuestionaba la antigua distribución de los sexos y el sentido de la vida tanto como el de la muerte. [...]
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Resulta revelador el librito de Eduard Mörike, un poeta alemán del siglo XIX musicalizado varias veces por Hugo Wolf. Se llama Mozart camino de Praga. Es una condensación de prejuicios --en rigor, más bien positivos-- de la época. Relato de nostalgia, relato de idealización.
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Estamos en 1787, el año de Don Juan. La primera representación de la obra, bajo la dirección del compositor, se llevará a cabo en octubre en Praga, ciudad que ofreció a Mozart muchos más éxitos y gestos de amistad que Viena. Wolfgang y Constanza viajan en un carruaje amarillo y rojo, las puertas adornadas con ramos de flores y delgadas bandas doradas. De inmediato, nos encontramos dentro de un cuento de hadas.
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Mörike viste a los dos viajeros. El, con chaleco bordado de un azul desteñido, levita marrón con botones rojo y oro, pantalones cortos de seda negra, zapatos con hebillas doradas. Ella, con traje de viaje a rayas verdes y blancas. Mörike los hace hablar en un tono convencional e ingenuo, rousseauniano, sobre las maravillas de la Naturaleza. [...] Pero ¿qué ocurre? Mozart es un tipo raro, tiene deseos múltiples, le gusta salir, recorrer las posadas, disfrazarse, bailar, observar a los seres humanos en su estado natural. Por cierto, alimenta su creación con la ayuda de modelos, pero también exagera:
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Tanto para disfrutar de los placeres como para crear, Mozart desconocía la medida o los límites. Una parte de la noche estaba consagrada a la composición. Después de despertarse, se quedaba un buen rato en la cama y, allí completaba cuidadosamente el trabajo nocturno.
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Luego, da clases de piano, con las que se gana la vida.
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El lector ya ha comprendido que el matrimonio Mozart sufre por este uso del tiempo ondulante. El músico es descuidado, gastador, pródigo, no administra bien su presupuesto, sueña, no comprende las intrigas que se tejen en su contra. Naturalmente, poco a poco, va perdiendo el favor de su público. Debería comportarse con mayor reserva y prudencia. Como todos los buenos burgueses de su tiempo, Mörike está sinceramente afligido por lo poco que Mozart se preocupa por su futuro. Este músico actúa movido por sus caprichos, no escucha consejos, su mujer llora seguido. Ella querría --¿cómo no comprenderla?-- ayudarlo a encontrar moderación y equilibrio. Ojalá que esta ópera nueva, a pesar de lo escabroso del tema, tenga éxito.
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Mozart y Constanza viajan, se detienen en una posada. Wolfgang va a dar un paseo a solas, entra por casualidad en el parque de un castillo, se encuentra en un claro rodeado de naranjos. Distraídamente, toma una naranja. Llega un jardinero y sorprende al extraño ladrón. El pequeño escándalo se soluciona rápidamente: los propietarios son amables, les gusta la música, y se trata nada menos que de Mozart.
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El guión necesita, ahora, una jovencita que cante. Aquí está: se llama Eugenia, va a representar a la novia inocente e hipersensible, interpreta a Susana en la escena del jardín de Las bodas de Fígaro. Mozart está turbado, y pasan a la mesa. La cena es, evidentemente, deliciosa. Wolfgang relata un recuerdo de sus trece años, cuando estaba en Nápoles. Allí asistió a un espectáculo marino encantador, una canción popular lo inspiró para el dúo de Zerlina y Masetto de su nueva ópera. Pasan, así, de anécdota en anécdota, unas más amables que otras, pero el lector está impaciente por escuchar un fragmento de Don Juan, puesto que Mozart lo está componiendo en ese momento.
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Aquí, tengo que citar a Mörike:
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Nos gustaría que el lector pudiera tener al menos esa impresión particular que sentimos cuando nuestro oído percibe, al pasar delante de una ventana, un simple acorde de música que nos electriza y nos sobrecoge. Algo así como esa angustia suave que se apodera de nosotros cuando estamos sentados en el teatro mientras la orquesta afina sus instrumentos y el telón todavía está bajo. ¿No es eso lo que ocurre cuando, antes de que comience la presentación de una obra maestra de la tragedia, como Macbeth o Edipo, por ejemplo, se siente en el aire el escalofrío de una belleza eterna?
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Mozart está sentado frente al piano y canta \"un poco al azar\", dice Mörike, \"cuando le parece necesario\". Eugenia también canta. Nos encontramos dentro del inverosímil absoluto, pero el lector ya ha comprendido que Eugenia, sin preocuparse por su novio, lanzará un grito de admiración. Lo que importa es la emoción de la casta Eugenia ante el genio.
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Mozart, ahora, asustará a su público con el final y la aparición del Comendador. Mörike habla en su lugar:
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Cuando Don Juan, en su obcecamiento monstruoso, se opone al orden eterno de las cosas y lucha, desconcertado, contra las potencias infernales, se paraliza, se retuerce y, finalmente, sucumbe, todavía dueño de sí mismo y consciente de sus últimos gestos, es inevitable sentir, en el pecho y en la espalda, un escalofrío supremo de miedo voluptuoso. [...]
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A pesar de nuestra voluntad, participamos de estos acontecimientos y sufrimos, apretando los dientes, la pena que nos causan estas destrucciones.
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He aquí un fragmento de antología. Es difícil saber cuál es \"el orden eterno de las cosas\", pero ese \"escalofrío supremo de miedo voluptuoso\" cuando \"se desata una fuerza de naturaleza salvaje\" y cuando \"se incendia un bello navío\" está en el centro trastornado del tema. Mozart, por el solo hecho de haber imaginado esta escena, es un elegante violador. Será castigado.
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La condesa, la madre de Eugenia, tiene \"el pecho oprimido\". Mozart debe irse. Es cierto que su ópera es admirable. Se le ofrece al compositor una carroza para que continúe su camino y se le desea el mayor éxito. En definitiva, el futuro es, ante todo, la seriedad del casamiento de Eugenia.
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Ahora bien, Eugenia, joven delicada y sensible, tiene malos presentimientos. Piensa que Mozart está en una pendiente peligrosa:
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Había adquirido la certeza, una certeza absoluta, de que este hombre sería rápida e irresistiblemente devorado por su propia pasión, y que sólo sería una presencia pasajera sobre el planeta, incapaz en verdad de absorber toda la abundancia que derramaba a la manera de un torrente.
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De pronto, al volver a pensar en Don Juan, no logra conciliar el sueño en toda la noche.
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Al día siguiente, la emoción aumenta:
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Ella se detuvo, conmovida, ante el piano. Todo le pareció un sueño; ¡haber visto, hacía solamente una horas, a aquel hombre sentado en este lugar! Pensativamente, miró durante un largo rato el teclado que el Maestro había sido el último en tocar. En silencio, cerró la tapa y retiró la llave con el celoso deseo de que ninguna mano pudiera volver a abrirla.
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El amor romántico es un ataúd para pianos. La muerte de Mozart se vuelve necesaria. La prueba es que Eugenia, para quien \"la menor casualidad toma el aspecto de un signo del destino\" (podríamos haberlo apostado), encuentra de pronto una vieja cuartilla, la copia de un antiguo romance popular checo. Lee el texto y llora (¡tan pronto!):
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Un pinito verde
en algún lugar del bosque,
un rosal también, perdido
en algún jardín;
has de saber, mi alma,
que han sido elegidos
para echar raíces en tu tumba
y crecer sobre ella.
Dos potros negros
pacen en la hierba de la pradera.
Regresan a la ciudad
brincando alegremente.
Irán al paso
a tu funeral.
Tal vez, tal vez mucho antes
de que las herraduras de sus cascos,
que ahora veo relucir,
hayan caído.
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Eugenia es vidente: discierne el bosque, el jardín, el rosal, los caballos que llevan a Mozart hacia San Marx. Ella se casará, tendrá hijos, tocará cada vez menos el piano y recordará vagamente aquella extraña tarde. Sin embargo, a la inversa de Constanza, quien, inconstante, volverá a contraer matrimonio después de la muerte del Maestro, ella, junto con todo el siglo XIX, será la auténtica viuda del visitante misterioso.


P.S., Misterioso Mozart, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003

Foto: Philippe Sollers 1997 por Sophie Bassouls Sygma Corbis