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6 nov. 2013

Isaac Bashevis Singer: El autor

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1

Golpeé en la puerta del hotel donde se hospedaba Sigmund Seltzer y oí que contestaban: “¡Bitte! ¡Entrez! ¡Come in!”. Abrí la puerta y vi un personaje rechoncho, bajito, con un vestido claro, sombrero de paja y zapatos amarillos, corbata de hilos dorados y una perla en el centro. Tenía un cigarro metido en la boca. Era difícil saber si acababa de entrar o estaba de salida. En la pared colgaba una mandolina. En la mesita reposaban unos álbumes. En el cuarto del hotel, Sigmund Seltzer había colgado una gran cantidad de fotografías, de sí mismo y de otros. Me pareció reconocer entre ellas a algunas actrices de cine. Dando un vuelco al cigarro con la lengua, preguntó cortante:
–¿Es usted el traductor?
– Sí.
–Entonces, siéntese. Entremos en confianza. A mí me disgusta lo ceremonioso. O somos amigos, o este trabajo no resulta. ¿Quiere tomar algo? ¿Whisky? ¿Coñac? ¿Jerez? ¿Coca-Cola?
–No, gracias.
–¿Comer algo?
–Acabo de almorzar.
–Mi abuela decía: las tripas no tienen fondo; mientras uno coma está vivo y un traguito nunca hace daño. ¿Usted sabe alemán?
–Traduje La montaña mágica.
– ¿Qué clase de montaña es esa?
–Es el título de una novela de Thomas Mann.
–¿Ah, sí? Es que no me queda tiempo para leer. Aquí está mi libro. Mi aventura como idealista. Tradúzcalo. Ha sido publicado en muchos idiomas, y ya es el momento de traducirlo al yiddish. Lo repartiré entre mis parientes. Quiero que mis padres estén orgullosos de mí. Además, seguramente se venderán unos doscientos ejemplares. Tengo muchos amigos. Mi abuela decía: el dinero es basura, pero los amigos son útiles.
–Usted tenía una abuela muy inteligente.
–Noventa y ocho años tenía cuando murió. Quería completar los cien, pero no se pudo. Yo hubiera querido ser un Rockefeller o un íntimo de Greta Garbo; pero me conformo con que la película que se haga de mi libro sea un éxito. Precisamente esta semana debo viajar a Hollywood. ¿Cuánto quiere usted por su trabajo? Dígame una suma global.
–Quinientos dólares.
–¿Con que quinientos dólares? Bien, no voy a regatear con usted. En París lo hubiera podido conseguir más barato, pero me llamaron de Hollywood. Haga un libro que valga la pena. Que tenga de todo: la vida del hombre, y el pensamiento, y el alma también. Un libro debe estremecer el corazón. Si no lo estremece, se perdió la lectura. Usted me entiende, ¿o no? En nuestro negocio hay que ser vivo.
Durante un rato estuve callado mientras hojeaba el libro. Luego pregunté:
–¿En qué idioma escribió este libro?
Sigmund Seltzer se quitó el sombrero y lo vi entonces, con más claridad. Tenía una frente ancha con una cicatriz en la mitad, una mata de pelo negro, rizado y engominado. Llevaba una camisa rosada. Tenía las mejillas azuladas; de barba muy poblada, a pesar de estar bien afeitado. Labios gruesos, nariz ancha con hoyos grandes. De los ojos negros salía una sonriente familiaridad aceitosa, como de buena naturaleza, de la que solo se encuentra entre pueblerinos. De pronto me di cuenta de que llevaba dos anillos, uno con un rubí y otro con un diamante.
Después de algún tiempo, contestó:
–¿Qué importa el idioma en que lo escribí? Le estoy entregando la versión en alemán para que usted la traduzca. No me gustan las discusiones largas; o sí o no. El libro se publicó en 1932 y desde ese año han cambiado muchas cosas en el mundo. Hitler, el bastardo, ojalá que lo consuma el fuego, se convirtió en amo de Alemania. Mussolini, el cerdo, conquistó... ¿cómo es que se llama?... Etiopía. Franco, el bandido, quiere meterle fascismo a España. Todo esto hay que agregárselo al libro para que el lector sepa dónde está parado; que esté actualizado, usted me entiende, ¿o no? Como el libro va a estar escrito en yiddish, hay que darle justificación a nuestra lucha en Palestina y todo lo demás. Yo, Sigmund Seltzer, no soy miedoso; diremos a los ingleses que salgan de allí. Ellos produjeron la Declaración Balfour, entonces que se devuelvan a Londres y dejen a los judíos en paz. Con los árabes, ya nos las arreglaremos. Haga que todo esto quede claro y que el libro se lea fácilmente, y con gusto. ¿Usted me entiende? En nuestro negocio hay que ser vivo.
–Sí, entiendo.
–Bien. Le adelantaré cien dólares. ¿Dónde estará mi chequera?
Sigmund Seltzer apoyó el cigarro en el cenicero, sacó una chequera y un estilógrafo dorado del bolsillo interior del saco. Dudó por un momento. Después dijo:
–Escriba usted mismo su nombre y la suma de cien dólares, yo lo firmaré. No debe preocuparse, mi cheque es bueno. Llevo poco tiempo en América pero ya se sabe quién es Sigmund Seltzer. Importantes personajes me han invitado a sus casas y todo. Precisamente, este estilógrafo me lo dieron mis amigos en París cuando me ofrecieron el banquete. No se consigue otro igual. La fábrica que lo hizo ya no existe. Es de oro puro. Fíjese aquí, catorce quilates. ¿Usted ha estado alguna vez en París?
–Un par de días.
–Una ciudad alegre, ¿verdad? No hay otro París en el mundo. En épocas anteriores, Bucarest era una ciudad alegre. La llamaban la segunda París. Pero la guerra lo volvió todo al revés. Dos cosas me gustan de París: las rosquillas, brioches, y las mujeres.
–¿Habla usted francés? –pregunté, como por decir algo.
–Yo hablo todos los idiomas. ¿Qué es necesario hablar? Un hombre y una mujer se entienden con la mirada. Si usted tiene un bolsillo lleno de francos, puede hasta ser mudo. Usted le echa una mirada y ella sabe exactamente lo que usted quiere. Usted para un taxi y ella ya está sentada a su lado. Usted le da un franco al conductor y lo convierte en su amigote. Igual es en el hotel y en todas partes. Aquí en América se dice: la plata manda. Es verdad. Cuando llego a un país, lo primero que hago es aprender a contar. Luego me voy a un restaurante y analizo lo que se puede comer, porque con el estómago vacío no hay sabiduría que valga. Lo demás, mi amigo, viene con el tiempo. En París me fui a donde los escritores, los más importantes, y todos me dieron carta de recomendación y todo. Posaron conmigo para fotografías como si yo fuera uno de ellos. Ahí están en el álbum, con los más importantes. Y no posaron simplemente como extraños, por salir del paso, sino como amigos. Mire, aquí estoy yo. Si se es amigo, es con todo el corazón. Comemos y bebemos juntos. No me preocupa el dinero. Me presentaron a sus mujeres y yo les presenté a mis conocidos. Tengo allí familia y todo. Uno es profesor en la Sorbona, el principal. Todos los profesores están pendientes de sus palabras, lo que él dice es sagrado, tiene siempre la última palabra. Un primo mío abrió en París un almacencito hace doce años, y hoy tiene ya un negocio. Llegan allí los más grandes personajes. Rothschild es uno de sus clientes. La esposa del presidente va allí a comprar una cartera o un corsé. ¿Quieres comprar un automóvil? También lo encuentras; si necesitas pañales para un bebé, allá los hay. Cuando mis amigos se enteraron de que yo había escrito un libro, reaccionaron como una familia. Precisamente fue mi primo quien me regaló este estilógrafo. Escriba aquí su nombre, y aquí cien dólares. Agréguele la fecha. Si Sigmund Seltzer hace un cheque, debe quedar perfecto.
Escribí mi nombre, la fecha, la cantidad. Sigmund Seltzer acercó una silla a la mesa. Probó la punta de la pluma en el esmalte de la uña del pulgar izquierdo. Sacó la punta de la lengua y garabateó lentamente su firma en el cheque. Tan pronto eché un vistazo a su firma, supe la verdad: nunca había escrito nada. Era la firma de un analfabeto.


2

No tenía ningún sentido seguir el texto alemán. Quien quiera que hubiera sido el escritor, había escrito una biografía que tal vez se acomodaba a un lector alemán, pero no a uno judío. Las frases eran largas, el estilo pesado, lleno de las banalidades características del escritor de novelones de la Europa occidental cuando escribe sobre judíos. Todos los hombres del libro tenían frentes anchas, patillas largas. Todos los padres tenían barbas blancas, habían sido víctimas de algún pogrom y lo único que deseaban era que sus hijos rezaran por ellos a su muerte. Las chicas eran todas bellezas morenas, cortejadas por millonarios antisemitas, pero ellas, vírgenes, solamente se enamoraban de seminaristas o de pioneros que iban a Israel.
Debía inventarme alguna otra basura, pero ¿qué? Intenté averiguarle a Sigmund Seltzer sobre su procedencia, hechos de juventud, pero por algún motivo él se negaba a contar la verdad. Siempre daba la misma respuesta: escriba algo que sea interesante, que se pueda utilizar para la radio. Al héroe yo le di un padre comerciante de maderas en Wolyn, lo hice un genio musical, luego lo metí al ambiente revolucionario, lo encarcelé en Varsovia, y finalmente lo hice escapar con la ayuda de la hija del director de la cárcel.
Sigmund Seltzer exigía que le leyera cada capítulo después de escrito, y cada vez que lo hacía tenía la misma extraordinaria sensación: se creía las mentiras que yo iba inventando sobre él. Asentía con la cabeza, se ponía serio, incluso triste. Daba vueltas al cigarro en la boca, hacía coronas de humo, se quedaba pensativo. A veces me ordenaba agregar frases explicativas.
Me parecía, a menudo, que de alguna misteriosa manera yo le recordaba cosas que había medio olvidado, o quién sabe, ¿sería posible que Sigmund Seltzer ya no distinguiera entre verdad y mentira? Frecuentemente su cara gruesa adoptaba una actitud atenta, como la de un niño a quien se le está contando un cuento para que se duerma. Bostezaba, sonreía, se refregaba los ojos.
También solía dormirse, pero el teléfono no paraba de sonar. Podía ser su agente de Nueva York, Seymour Katz; o desde Hollywood, o una tal Silvia averiguándole dónde había pasado la noche anterior. Sigmund Seltzer le explicaba:
–Silvia, darling, todo son negocios, negocios. Esto es América. Tú sabes que estás en mi corazón. Tengo un solo Dios y una sola Silvia.
Y señalaba su corazón con el dedo como si Silvia lo estuviera viendo. Colgó el auricular y dijo:
–¡Mujerzuelas, todas!
Y de nuevo prendió su tabaco, que se había apagado.
Todo sucedió rápida y dramáticamente. De vez en cuando me parecía que Sigmund Seltzer imitaba las aventuras que yo inventaba en mi texto yiddish. Me había dado otro cheque de cien dólares, pero me lo devolvieron por falta de fondos. Llamé a Sigmund Seltzer al hotel pero dijeron que se había mudado de allí. De repente me llegó un telegrama de él invitándome a su matrimonio con Silvia, la misma de las llamadas, cuyo apellido era Moskovitz.
Llegué puntual al hotel Delancey en el centro, donde se organizaban matrimonios ortodoxos, bar mitzvahs y reuniones de rabinos, y allí estaban la novia, su madre, un cuñado y varios amigos. Seymour Katz, el agente de Sigmund Seltzer, era un hombre pequeño y fumaba un cigarro grande. Estaba chismoseando con un rabino corpulento, que más parecía un boxeador del Madison Square Garden. Silvia, la novia, que tenía la nariz torcida como un pico roto, el pelo teñido del color del jugo de zanahoria y con muchos rizos, me sonreía amigablemente y con camaradería. Tenía los ojos amarillos, pintados de negro y azul, y las cejas definidas. Por entre los labios rojos relucían unos dientes de porcelana. Era difícil saber si tenía treinta o cincuenta años de edad. A pesar de sus manos ajadas, tenía las uñas largas, en punta, pintadas de rojo, como un animal de presa de otro planeta. Tan pronto me acerqué a ella, me vino una racha de estornudos. Su madre tenía una cabeza que empezaba estrecha pero se iba ensanchando, hasta terminar en una papada grande, sobre un busto que sobresalía como un balcón. Sus pies enfermos estaban calzados con zapatos adornados de perlas falsas. Aparentemente sufría de asma, porque a medida que se sucedían las felicitaciones tragaba píldoras y resoplaba. Sigmund Seltzer, metido en un frac con una flor blanca en el ojal, le gritaba al oído, como si fuera sorda:
–Mamá, éste es mi traductor al yiddish.
–¿Ah, sí? Lo importante es que tengamos salud.
El día era caluroso, pero Sigmund Seltzer me obligó a comer, después de la ceremonia, todo lo que habían preparado: higaditos picados, pastas en caldo, carnes de res, tripas rellenas y al final torta de miel y galletas de huevo, que la suegra había horneado personalmente.
El hermano de Silvia, Sidney Braitman, me comentó que negociaba con finca raíz. Durante la celebración contó episodios sobre la quiebra de Wall Street en 1929, los suicidios que sobrevinieron y lo baratos que se podían comprar casas y lotes, si se tenía el efectivo. Él había aconsejado a Sigmund no consignar en el banco el dinero que conseguía en Hollywood, sino invertirlo en el negocio de la construcción.
–Construye un bungalow en alguna parte –le dijo–, el resto llegará solo.
–Tengo la cabeza puesta en sacar un libro –contestó Sigmund Seltzer.
–Eso lo puedes hacer en tu tiempo libre.
No me atreví a decirle al novio que su cheque había sido devuelto. Por el contrario, le compré una corbata de regalo. Me dijo que se iba con Silvia de luna de miel. Nombró un pueblo y un hotel en los montes Catskills. Me prometió que tan pronto regresara a Nueva York me llamaría por teléfono.
Pasaron seis semanas sin saber nada de él. De repente alguien golpeó en la puerta del cuarto amoblado donde yo vivía. No tuve tiempo de contestar, cuando entró Sigmund Seltzer, sin afeitar, con un vestido manchado, una camisa sucia y un pedazo de tabaco en la boca. Era difícil entender cómo no se quemaba los labios. La cicatriz en su frente se marcaba más que de costumbre. Pesaba sobre él la dejadez de un pordiosero. Yo estaba acostado sobre la cama y olvidé levantarme. Pregunté:
–¿Qué sucedió?
Con la mano derecha, Sigmund Seltzer se levantó la manga izquierda de la camisa.
–Se acabó todo.
–¿No funcionó?
–Un parásito.
–¿Qué quería?
–¿Qué quieren todas? Tu dinero.
Se sentó pesadamente en el sofá, al cual se le asomaban el relleno y los resortes, y dijo:
–Llegué a ella con el corazón abierto, pero solo le interesaban mis utilidades. Conseguí un cuarto en un hotel y me propuse hacer lo que correspondía, pero ella se sentó en una silla, cruzó la pierna y, fumando un cigarrillo tras otro, solo quería conocer mis negocios. Ella quería que yo depositara el dinero a su nombre. “La chequera”, dijo ella, “es mi mejor amiga”. Me encontré allí, en el casino, con una prima de ella, quien me contó la verdad: ya había tenido tres maridos y todos se habían divorciado de ella. Incluso, ya había tenido amantes. Un carnicero y un representante de maquinaria. Todo esto se negocia con el cuerpo. La madre no es mejor. El suegro era un experto, así llaman aquí a los carteristas. En resumen, le dije: conmigo, mi amiga, te has equivocado; si no te gusta, te puedes ir.
–Entonces, ¿se van a divorciar?
–Si ella quiere un divorcio, que lo pague. Aquí para divorciarse hay que ir a California.


3

Además del fracaso del matrimonio, Sigmund Seltzer también fracasó con la película. El contrato ya estaba escrito, y Sigmund Seltzer ya estaba listo para firmar. De un momento a otro la empresa se arrepintió.
Desde cuando el cheque fue devuelto, yo dejé de “traducir” y pareció que el trato entre nosotros se había interrumpido. Pero Sigmund Seltzer no claudicó. Consiguió un trabajo en una agencia aseguradora y comenzó a pagarme con billetes de diez y de cinco dólares, y cuanto podía ahorrar. Me buscaba en cada uno de los cuartos amoblados a donde yo me trasladaba.
Cada vez que nos veíamos yo le averiguaba por los negocios de antes, y Sigmund Seltzer me lo contaba todo. Había tenido una sociedad con un vendedor ambulante que tenía su clientela en Staten Island. Luego se asoció a una fabriquita que hacía lociones para el cabello femenino. No sé cómo, pero él hacía amistades con rabinos, escritores, actores de teatro yiddish. En cada visita me daba tiquetes para algún evento al cual yo nunca quería ir. Sus ropas se veían ajadas pero él siempre llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo anudado en el cuello. De su maletín, siempre lleno, sacaba toda clase de catálogos, fotos de personajes importantes, cartas de recomendación de autores para prólogos, respuestas negativas de escritores. Un par de veces me mostró fotografías de mujeres.
Se sentaba conmigo en la única silla que se encuentra en cualquier cuartucho amoblado, fumaba un cigarro y escuchaba los nuevos capítulos que yo iba agregando. Ya se me había perdido el “original” en alemán. Ya me había olvidado de los episodios de los capítulos anteriores. Solamente había anotado los títulos en una libreta.
Tenía la esperanza de que Sigmund Seltzer se percatara de la inutilidad y de cuán sin fundamento era el proyecto en el cual estábamos metidos, y que, de una vez por todas, me dejara en paz. Pero Sigmund Seltzer nunca halló ninguna falla en mi escritura. Escuchaba con curiosidad todo lo que yo me inventaba sobre él, sus actos heroicos, sus aventuras con mujeres. Aprobaba todos los pensamientos que yo le hacía pensar, todas las palabras que yo ponía en su boca. Unas veces aparecía como un líder revolucionario de Kerensky y otras como un pacifista que prefería morir antes que luchar en el frente; unas veces era un pionero preparándose para construir el país judío y otras un líder de la autoprotección en los pogroms ucranianos. Ya le había entregado trescientas páginas escritas en un cuaderno pero yo solo había recibido doscientos dólares. Ya no recordaba los pequeños detalles, pero Sigmund Seltzer sí lo recordaba todo. De vez en cuando tomaba el manuscrito y decía:
–Esto se convertirá en un libro, ¿verdad?
–Debo encontrar un final apropiado.
–Creo que ganaremos mucho dinero con esto. Sigmund Seltzer aún no ha muerto.
Conseguí empleo en un periódico y ya no dependía de los pocos dólares que me daba Sigmund Seltzer: billetes arrugados y, a veces, monedas.
La historia de su vida se volvió tan enredada, tan melodramática y llena de fantasía, que comencé a frenarme, a pensar que estaba engañando a Seltzer, que sacaba provecho de su ignorancia. Me hice el propósito de devolverle el dinero que me había dado y acabar con el absurdo que comencé en un momento de necesidad. Pero Sigmund Seltzer se aferraba a mí. No importa dónde me escondiera, siempre me encontraba. A veces desaparecía por meses enteros. De pronto recibía una llamada telefónica o un telegrama. Se había divorciado de su mujer, pero había vuelto a casarse. Me invitó a su nueva residencia y me presentó a su esposa. Curiosamente la segunda esposa era muy parecida a la primera: la misma nariz torcida, la misma sonrisa y los mismos ojos amarillos. Hasta se teñía el pelo del mismo color, jugo de zanahoria. Solo que era más bajita que la primera, tenía caderas más anchas y piernas más gruesas. Era dueña de un almacén de ropa interior femenina. Criaba un hijo de un matrimonio anterior.
Por este tiempo yo ya había publicado un par de libros y era algo conocido en los círculos literarios, pero Sigmund Seltzer me seguía presentando como su traductor. La segunda señora Seltzer tomó mi mano entre las suyas y exclamó: “Si usted es amigo de Sigmund, ¡entonces es también amigo mío!”.
Y me arrancó la solemne promesa de ir cada viernes en la noche a comer la mejor comida judía de toda América.
Cuando volví una noche al Brooklyn, después de varias semanas y otras tantas excusas, me recibió con un beso y me llamó por mi nombre de pila. Había invitado esa noche al dueño de una imprenta de calendarios, a un actor yiddish que estaba buscando una obra, a un cantor religioso que además componía canciones, al propietario de una salsamentaria kosher, además de varios parientes y un primo que era médico del hospital Montefiore. Todos me pidieron que leyera un párrafo del manuscrito de Sigmund Seltzer, que él había encuadernado en cuero. En la carátula, en letras doradas, aparecía el título: La autobiografía de mi propia vida por Sigmund Seltzer. Debajo, el nombre del traductor.
Mientras hojeaba el manuscrito en busca de un fragmento apropiado, los invitados se acercaron tanto que sentía su aliento cálido. Cuando terminé de leer, aplaudieron. Sigmund Seltzer me abrazó y besó en ambas mejillas, al estilo francés. Las tías me estrujaban contra sus pechos. Una prima reía nerviosamente, la otra secaba sus lágrimas. El cantor se colocó el solideo y comenzó a cantar temas litúrgicos y arias de ópera. Sigmund lo acompañó con la mandolina.
Ese viernes en la noche, ya solo, esperando el metro en la estación, sentí el estómago pesado y dolor de cabeza. Juré que en la mañana enviaría a Sigmund Seltzer un cheque y una carta, para que no me siguiera fastidiando con su obra inconclusa. Pero, por algún motivo, no podía dejarla sin terminar. Tampoco estaba seguro, ese sábado en la mañana, de que mi cheque tendría suficientes fondos.
Cuando completé las quinientas páginas, le avisé a Sigmund Seltzer que su autobiografía había concluido. Me había pagado en total doscientos cincuenta dólares, pero me prometió que muy pronto me pagaría el saldo. Solo debía esperar un par de semanas, porque en ese momento estaba corto de dinero. Le aseguré que, mientras el libro no fuera impreso, yo no exigiría honorarios.
Aparentemente todo había terminado entre los dos. Pero la familia de Sigmund Seltzer y los amigos –rabinos, cantores, vendedores de seguros– le organizaron un banquete y tuve que ir, y pronunciar un discurso. Después, Sigmund Seltzer me pidió que le diera una carta de recomendación para un editor de libros en yiddish.
Un día me anunció que tenía un editor. El redactor había corregido el manuscrito y lo había pasado a máquina. Lo leí y quedé atónito; Sigmund Seltzer había sucumbido al comunismo. El redactor había llenado la obra de Sigmund Seltzer de propaganda comunista.


4

Pasaron varios años, pero el libro no se publicó. Sigmund Seltzer tampoco lo desechó. Hasta hoy en día, no he sabido por qué los rojos no lo editaron. Sigmund Seltzer hablaba de una lucha, de una intriga, quién sabe. Quizás alguien encontró huellas de trotskismo, u otro sacrilegio, en la obra. Estuve dos años en el exterior pero, apenas regresé, recibí un telegrama de Sigmund Seltzer. Había conseguido un redactor para eliminar la agitación comunista del libro. Alguien lo había traducido al inglés. Sigmund Seltzer me solicitaba que le agregara un epílogo mencionando el surgimiento del Estado judío, la guerra con los árabes, y la pérdida que había sufrido la humanidad por la muerte de Roosevelt.
Sigmund Seltzer había recibido cartas de agradecimiento de la señora Roosevelt, del gobernador Lehman, de Eddy Cantor y otros personajes, a quienes había enviado copias.
Le alcé la voz, juré que no me metería más en este enredo, pero Sigmund Seltzer me venció. Me halagó, me acercó el salero en la mesa del restaurante, la azucarera, el cenicero, llamó al mesero para que me diera otro vaso de agua, y me recordó que durante la época en que yo no tenía un centavo, sus cien dólares me habían salvado de morir de hambre. Me contó que todos sus parientes estaban orgullosos de mí y leían todos mis escritos. Su mujer, Florence, había ampliado la fotografía en la cual aparezco con su marido, y la había colgado en su alcoba. Otras cuantas fotografías mías, junto con recortes de periódico, estaban en su álbum. Me había traído de regalo un portatabaco.
Observé que el cabello en las sienes de Sigmund Seltzer ya estaba canoso. Se quejó de que su socio lo había estafado, y que sufría de los riñones. Se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo sucio, y decía:
–¿Qué más poseo, además de este libro? Quiero que salga impreso mientras esté con vida.
Dejé a un lado mis propias ocupaciones y comencé a escribir sobre el surgimiento del Estado de Israel, las luchas con los árabes, la muerte de Roosevelt, y hasta la guerra en Corea. Sigmund Seltzer consiguió un editor que publicara la versión inglesa –uno de ésos que se deja pagar por los escritores–, pero el hombre exigió, sin embargo, que el libro estuviera “actualizado”. Me fue difícil reconocer mi propio estilo después de todos los cambios que le hicieran los no pocos redactores. Varias páginas ni siquiera eran mías. La mayoría de los héroes fueron rebautizados. Sigmund Seltzer tenía, aparentemente, otros ayudantes.
El manuscrito se quedó conmigo durante un tiempo y se llenó de polvo. Pero un día sonó el teléfono, y Sigmund Seltzer preguntó:
–¿Ya escribiste todo?
–Más o menos.
–Escribe sobre la falsedad de las mujeres.
–Toda la obra está llena de ella.
–Escribe que la mujer es egoísta. No le importa el hombre para nada. El hombre trabaja duro, pero tan pronto sale de la casa, entra un parásito.
–¿Qué pasó?
–No me lo estoy inventando.
–¿Tiene problemas con su mujer?
Sigmund Seltzer comenzó a toser y su voz se tornó ronca y silbante.
–¿Cómo te enteraste? ¿Ya se comenta en la calle?
–No, solamente se me ocurrió.
–Almorcemos. Debo hablar contigo.
Comimos en un restaurante vegetariano en el centro, y Sigmund Seltzer me obligó a jurarle que le guardaría un secreto. Estaba muy nervioso. Tosió y se atoró. Le asomaron unas lágrimas y se las limpió con la servilleta. El sudor le chorreaba en el plato.
Sí, él, Sigmund Seltzer, era un cornudo. El otro, el pícaro, durante tres años había estado yendo a su casa, había comido, bebido, pasado la noche, se había puesto sus vestidos y sus camisas; se había hecho pasar por amigo, pero, a su espalda, había hablado mal de él. Lo había burlado y había usado a Florence. Ese tal por cual había abandonado una mujer con cinco hijos en La Habana y aquí en Brooklyn vivía con una puertorriqueña. Le había pedido cincuenta dólares a Seltzer y nunca pagó un centavo. ¿Cuánto le habría robado a Florence? Eso Seltzer nunca lo sabría. Seltzer se enteró de la verdad cuando el otro regresó a Cuba y a Florence le dio un ataque de nervios. Los médicos cobraron ochocientos dólares. Ella tuvo que ir a... –¿cómo se llama eso?–, sí, a un psicoanalista. No le ayudó, y sí le quitó el dinero.
Sigmund Seltzer empezó a llorar. Los comensales nos miraban de todas las mesas. El mesero retiró los platos.
Sigmund Seltzer fue al baño y se demoró mucho. Yo resulté mirando con rabia a las mujeres alrededor. Sigmund Seltzer me había contagiado su misoginia. Cuando volvió, sus ojos brillaban con frescura infantil. Parecía que en el baño no solamente se hubiera lavado la cara, peinado el cabello y arreglado la corbata, sino que también hubiera hecho un examen de conciencia y llegado a la conclusión de que no hay mal que por bien no venga.
–Escribe todo esto. Que el mundo se entere –dijo.
–No se puede escribir todo en un solo libro.
–Que tenga unas páginas más; yo pagaré.
Y Sigmund Seltzer sacó la billetera.
Me di cuenta de que este libro nunca se publicaría, y agregué un capítulo sobre la traición de las mujeres que comenzó con Eva en el Paraíso. Cuando se lo leí a Seltzer, dijo:
–Es como si hubieras sido testigo presencial.


5

Pasaron un par de años en los cuales no supe nada de Sigmund Seltzer. Solo recibí de él tarjetas de Año Nuevo.
Sonó el teléfono y oí una voz femenina medio conocida, que me dijo:
–Habla Florence.
Me quedé callado. No recordaba quién era Florence.
–No me recuerda. Soy la señora Seltzer.
–Sí, señora Seltzer.
–Sigmund está enfermo. Ya lleva tres semanas en el hospital. Me pidió que le telefoneara.
–¿Qué le pasa?
Florence me contó lo que le pasaba. Le habían extirpado un riñón. Se le complicó con un soplo y el corazón se debilitó.
–¡Sigmund está muy enfermo! –dijo Florence con preocupación.
Tomé un taxi y llegué al hospital. Sigmund Seltzer estaba en una sala grande, con muchas camas separadas por cortinas de tela. Me acerqué a la cama de Sigmund Seltzer. Con solo mirar su cuerpo hinchado, me di cuenta de que era una enfermedad terminal. La camisa tenía gotas de sangre. Aparentemente había tenido hemorragia nasal. De las cobijas salía un tubito de caucho que terminaba en un orinal. Al principio no lo reconocí, pero pronto su cara adquirió los rasgos de antes.
–Bueno, será más fácil morirme –me dijo.
–No diga tonterías. Pronto estará bien.
–No, hermano, yo quise que vinieras, en primer lugar porque quería que nos despidiéramos. A pesar de todo hemos sido amigos muchos años. Conoces mi vida, como se dice, de memoria, y sabes por lo que he pasado. En segundo lugar, quiero pedir tu ayuda para que el libro se publique después de mi muerte. Es todo lo que poseo y quiero. Todo lo demás mejor me callo.
–¿Dónde está el manuscrito?
–Aquí lo tengo. No quise venirme al hospital sin el libro. Florence seguramente lo habría botado a la caneca. Quiero que me jures que este libro se imprimirá. He hecho un testamento y te he constituido... ¿cómo es que se llama eso?, ah, sí, heredero. Quiero que el mundo conozca la verdad.
El manuscrito reposaba sobre la mesita de noche. Tenía nueva encuadernación. Se había vuelto el doble de grueso, porque Sigmund Seltzer había juntado la versión inglesa y la yiddish. Lo hojeé durante un rato. Algunas páginas me parecían conocidas, pero otras totalmente extrañas. Me detuve leyendo la escena en la que Sigmund huye de la prisión con la hija del director de la cárcel. Afuera los esperaba una carreta. Sigmund Seltzer estiró una mano.
–¡Estréchame la mano!
Le di mi mano. La suya estaba fría y húmeda.
–¿Lo prometes sagradamente?
–Sí, lo prometo.
– Llévatelo de una vez contigo. Alguien ya trató de robármelo.
Nos miramos en silencio. El pelo de Sigmund Seltzer se había vuelto escaso y blanco. La frente se había agrandado. Sus ojos irradiaban una nobleza que nunca había visto antes. Me dio la impresión de que Sigmund Seltzer descubrió algo acerca de mí que antes no sabía, con un conocimiento que solo se adquiere cuando el cuerpo decae. Me miraba con una especie de amor paternal. Dijo:
–¿Qué nos queda? Un arrume de papeles.



Trad. Moisés Mermelstein
Vía El malpensante Nº 122 (Agosto 2011)
En colección del Forverts –que conserva la Biblioteca Pública de Nueva York-.
Foto: Isaac Bashevis Singer © Bruce Davidson/Magnum Photos

24 jun. 2011

Isaac Bashevis Singer - El enemigo

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1

Durante la segunda guerra mundial un buen número de escritores y periodistas judíos lograron llegar a los Estados Unidos vía Cuba, Marruecos e incluso Shanghai..., y todos ellos eran refugiados polacos. No siempre seguía las noticias sobre su llegada que aparecían en la prensa judía de Nueva York, por lo que nunca sabía qué colegas míos seguían con vida y cuáles habían perecido. Una tarde estaba sentado en la Biblioteca Pública que hay en el cruce de la Quinta Avenida con la calle Cuarenta y Dos y leía Los fantasmas de los vivos, de Gurney, Mayers y Podmor, cuando sentí que alguien me tocaba el codo. Un hombrecillo de frente muy despejada y cabellos negros que ya empezaban a encanecer estaba mirándome; llevaba unas gafas con montura de concha y tenía los ojos rasgados, igual que un chino. Me sonrió, mostrándome unos grandes dientes amarillentos. Tenía las mejillas chupadas, la nariz pequeña y un labio superior bastante grueso. Vestía una camisa arrugada y una corbata que le colgaba del cuello como si fuera una cinta para envolver regalos. Su sonrisa expresaba la astuta satisfacción de un amigo íntimo del pasado que se da cuenta de que no se le reconoce: estaba claro que disfrutaba con mi confusión. La verdad es que yo recordaba su rostro pero no lograba relacionarlo con ningún nombre. Es posible que las largas horas pasadas en aquella silla leyendo historias sobre telepatía, clarividencia y la vida más allá de la muerte hubieran logrado embotar un poco mis sentidos.

—Me ha olvidado, ¿eh? —dijo—. Vergüenza debería darle... Soy Chaikin.

En cuanto mencionó su nombre lo recordé todo. Escribía folletines para un periódico judío en Varsovia. Habíamos sido amigos. En aquellos tiempos incluso habíamos llegado a tutearnos, aunque él era veinte años mayor que yo.

—Así que sigue vivo —dije.

—Si a esto le llama estar vivo... ¿Tanto he envejecido?

—Sigue siendo el mismo schlemiel.

—No exactamente el mismo. Creía que estaba muerto, ¿verdad? Me faltó muy poco para estarlo. Salgamos de aquí y vayamos a tomar un vaso de café. ¿Qué está leyendo? ¿Ya ha aprendido el inglés?

—Lo suficiente para leer.

—¿Y de qué trata ese libro tan grueso?

Se lo dije.

—Entonces, ¿sigue interesado en todas esas tonterías?

Me puse en pie. Salimos de la sala de lectura, cruzamos la Sala de Catálogos y bajamos en el ascensor hasta la salida de la calle Cuarenta y Dos. Entramos en una de las cafeterías que había en esa calle. Quise invitarle a cenar pero Chaikin me aseguró que ya había comido. Lo único que deseaba de mí era un vaso de café bien fuerte.

—Me gustaría que estuviese caliente —dijo—. El café norteamericano nunca está lo bastante caliente. Además, odio el azúcar que usan. ¿Cree que podría encontrar algún terrón para que lo mastique?

Tuve que discutir con la chica de la barra para conseguir que me sirviera el café en un vaso y me diera un terrón de azúcar para un recién llegado que echaba de menos las viejas costumbres, pero no quería que Chaikin se metiera con Norteamérica. Ya tenía mis primeros papeles y estaba a punto de convertirme en ciudadano. Le llevé su vaso de café solo y una galleta de huevo como las que solían hornear en Varsovia. Chaikin la cogió con sus dedos amarillos de tanto fumar, la partió y probó un trocito.

—Demasiado dulce.

Encendió un cigarrillo y luego otro, hablando sin parar, y no pasó mucho tiempo antes de que el cenicero de nuestra mesa estuviera lleno de colillas y ceniza.

—Supongo que ya sabe que durante los últimos años estuve viviendo en Río de Janeiro —me dijo—. Siempre leía sus historias en The Forwerts. Si he de serle sincero, hasta hace poco pensaba que esa obsesión suya por la superstición y los milagros no era más que una excentricidad..., o quizá una afectación literaria. Pero me ha ocurrido algo que no consigo comprender.

—¿Ha visto un fantasma?

—Sí. Podría decirse que sí.

—Bueno, ¿y a qué está esperando? Me encanta oír ese tipo de historias, sobre todo si vienen de un escéptico como usted.

—La verdad es que no me gusta hablar de ello. Estoy dispuesto a admitir que quizá haya un Dios incapaz de hacer funcionar correctamente este mundo miserable, pero jamás creí en esas tonterías que tanto le gustan. Sin embargo, a veces te topas con algo para lo que no hay ningún tipo de explicación racional. Lo que me ocurrió..., bueno, parece una locura. O me pasé todos esos días fuera de mis cabales o estuve sufriendo una alucinación muy prolongada. Y, sin embargo, aún no estoy del todo loco. Probablemente sabrá que el estallido de la guerra me pilló en Francia. Cuando crearon el Gobierno de Vichy tuve ocasión de escapar a Casablanca, y de ahí llegué al Brasil. En Río tienen un pequeño periódico judío y me hicieron editor. Por cierto, volví a publicar casi todos sus cuentos... Río es preciosa pero ¿qué se puede hacer allí? Bebía su café amargo y garrapateaba mis artículos. Las mujeres de allí..., eso ya es otra historia. Debe de ser cosa del clima. Exigen amor con tanto entusiasmo que pueden poner en peligro hasta a un viejo solterón. Aproveché la primera ocasión y me marché a Nueva York. No hace falta que le diga que conseguir el visado no fue fácil. Zarpé en un barco argentino que tardó doce días en llegar a Nueva York.

»Cada vez que navego sufro una especie de crisis. Cuando estoy en un barco o en un hotel nunca sé orientarme. No logro encontrar mi habitación. Naturalmente, viajaba en clase turista y compartía mi camarote con un griego y dos italianos. El griego era un tipo bastante raro que no paraba de farfullar para sí mismo. No entiendo el griego pero estoy seguro de que maldecía. Quizá hubiera dejado atrás a una esposa joven y los celos le hacían sufrir. De noche, cuando estábamos a oscuras, sus ojos brillaban igual que los de un lobo. Los dos italianos parecían mellizos..., bajitos y gordos como toneles. Se pasaban el día y la mitad de la noche hablando entre ellos y se echaban a reír cada cinco o diez minutos. El italiano me es casi tan desconocido como el griego y traté de hacerme comprender hablando en mi mal francés. Como si le hablase a la pared... No me hicieron ni caso. El mar siempre mi irrita la vejiga. Cada noche tenía que orinar diez veces, y bajar por la escalerilla de mi litera era un auténtico suplicio.

»Temía que me obligaran a pasar las comidas sentado con otras personas cuyo lenguaje no comprendía, pero me dieron una mesita individual cerca de la entrada. Al principio me sentí feliz. Pensé que podría comer en paz, pero nada más ver a mi camarero supe que íbamos a ser enemigos. Para odiar no hacen falta razones. Los argentinos no suelen ser muy corpulentos, pero aquel tipo era muy alto y tenía unos hombros anchísimos: era un auténtico gigante. Tenía los ojos de un asesino. Cuando se acercó por primera vez a mi mesa me lanzó tal mirada que me hizo estremecer. Su rostro se contorsionó y se le desorbitaron los ojos. Intenté hablarle en francés y luego probé con el alemán, pero él se limitó a menear la cabeza. Le pedí el menú por señas y me hizo esperar media hora. En cuanto le pedía algo, fuera lo que fuese, se me reía en la cara y me traía otra cosa. Tiraba los platos sobre la mesa con un golpe seco. Resumiendo, aquel camarero me había declarado la guerra. Me trataba con tanto desprecio que me ponía enfermo. Estaba en sus manos tres veces al día y siempre hallaba nuevas formas de maltratarme. Intentó servirme costillas de cerdo, aunque yo siempre se las devolvía intactas. Al principio pensé que sería nazi y quería hacerme daño porque sabía que yo era judío. Pero no se trataba de eso. En la mesa contigua había una familia judía. La mujer incluso llevaba un broche con la Estrella de David, pero él les servía de forma muy correcta y hasta hablaba con ellos. Acudí al encargado del comedor y le pedí que me diera otra mesa, pero o no me comprendió o fingió no hacerlo. En el barco había bastantes pasajeros judíos y no me habría resultado difícil hacer amistades, pero me encontraba tan deprimido que me sentía incapaz de hablar con nadie. Acabé haciendo el esfuerzo de acercarme a alguien y me dio la espalda. La verdad es que a esas alturas ya empezaba a sospechar que alguna fuerza maligna trabajaba contra mí. No podía dormir. Me despertaba sobresaltado nada más conciliar el sueño. Tenía unas pesadillas horribles, como si alguien me hubiera echado una maldición. El barco poseía una pequeña biblioteca que incluía unos cuantos libros en francés y alemán. Estaban guardados en un armarito de cristal. Le pedí un libro a la bibliotecaria; me miró, frunció el ceño y se dio la vuelta.

»"Millones de judíos están siendo insultados y torturados en los campos de concentración —me dije—. ¿Por qué habría de tener más suerte que ellos?" Traté de portarme como un cristiano, aunque fuera por una vez, y quise responder al odio con amor. No funcionó. Pedí patatas y el camarero me trajo un bol de espaguetis fríos con un queso que apestaba. "Gracias", le dije, pero aquel hijo de perra no me respondió. Me lanzó una mirada llena de un burlón desprecio. A veces los ojos de un hombre son más reveladores que cualquier palabra de un idioma... A veces basta con su boca o sus dientes. Todas aquellas ofensas no me preocupaban demasiado, pero la curiosidad me devoraba. Si lo que me estaba ocurriendo no era un mero producto de mi imaginación, tendría que hacer una revisión global de todos mis valores..., tendría que volver a las supersticiones de las eras más primitivas del hombre. Este café está helado.

—Ha dejado que se enfriara.

—Bah, olvídelo.

2

Chaikin apagó el último cigarrillo de su paquete.

—No sé si lo recordará, pero siempre he fumado mucho. Desde ese viaje enciendo un cigarrillo con la colilla del otro... Pero permítame seguir con la historia. El viaje duró doce días y cada día era peor que el anterior. Al final acabé dejando de comer. Empecé saltándome el desayuno. Después decidí que una comida al día era suficiente, por lo que sólo iba al comedor para cenar. Cada día era Yom Kippur. Si al menos hubiera encontrado un sitio donde estar tranquilo... Pero la clase turista estaba repleta. Las italianas se pasaban el día en las tumbonas cantando a voz en grito. El bar estaba lleno de hombres que jugaban a las cartas, las damas y el dominó mientras se bebían inmensas jarras de cerveza. Cuando pasamos el ecuador aquello se convirtió en una auténtica Gehenna. Me despertaba en plena noche para subir a cubierta y una ráfaga de calor que parecía salir de un horno me golpeaba el rostro. Tenía la sensación de que un cometa estaba a punto de chocar con la Tierra y haría hervir el océano. Las puestas de sol del ecuador son increíblemente hermosas... y aterradoras. La noche cae de repente. Es de día y un segundo después todo está sumido en la oscuridad. La luna es tan grande como el sol y de un color rojo sangre. ¿Ha viajado alguna vez por aquellas latitudes? Solía tumbarme en cubierta y dormitaba allí para escapar de los dos italianos y el griego. Había aprendido un pequeño truco: siempre robaba algo del comedor, lo que fuese..., un trozo de queso, un panecillo, un plátano. Cuando mi enemigo descubrió que me llevaba comida al camarote se volvía loco de rabia. Una vez cogí una naranja y me la quitó de las manos. Pensé que iba a darme una paliza. Estaba realmente convencido de que podía intentar envenenarme y dejé de probar todo alimento cocinado.

»La cena del capitán se celebró dos días antes de la llegada a Nueva York. Decoraron el comedor con farolillos, guirnaldas y todo ese tipo de tonterías. Cuando entré en el comedor apenas lo reconocí. Los pasajeros llevaban trajes de noche, fracs..., de todo. Sobre las mesas había sombreros de papel y turbantes de color oro y plata, trompetas y las baratijas habituales en esas celebraciones. Los menús tenían cintas y borlas y eran más grandes que de costumbre. Sobre mi mesa había un gorro de bufón, dejado allí por mi enemigo.

»Tomé asiento y, dado que la mesa era pequeña y no estaba de humor para esas tonterías, tiré el gorro al suelo. Aquella noche tuve que esperar más que nunca. Sirvieron sopas, pescado, carne preparada de varias formas, compotas y pasteles, y yo seguía sentado ante mi plato vacío. Al oler la comida la boca se me hacía agua. Llevaba más de una hora esperando, cuando el camarero vino corriendo hasta mi mesa y me puso el menú en la mano con tal brusquedad que me rasgó la piel entre el pulgar y el índice. Entonces vio el gorro de bufón en el suelo. Lo cogió y me lo encasquetó en la cabeza con tanta violencia que me cayeron las gafas. Me negué a hacer el ridículo sólo para complacer a aquel canalla y me quité el gorro. Cuando lo vio empezó a gritar en su idioma y me amenazó con el puño. No quiso anotar lo que quería y se limitó a traerme pan seco y una jarra de vino rancio. Tenía tanta hambre que me comí el pan y me bebí el vino. Los sudamericanos siempre se toman muy en serio la cena del capitán. Cada dos o tres minutos se oía el estampido de una botella de champán al ser descorchada. La orquesta tocaba a toda velocidad. Parejas de ancianos gordos bailaban en la pista. Cuando pienso en lo que ocurrió ya no me parece tan terriblemente dramático, pero entonces habría dado un año de mi vida por saber cuál era la razón de que aquel canalla me atormentara con tanta crueldad. Mi única esperanza era que alguien se diese cuenta de lo que me hacía, pero a nadie parecía importarle. De hecho, tuve la impresión de que mis vecinos más próximos se reían de mí..., incluso los judíos. Ya sabe cómo funciona el cerebro en esa clase de situaciones.

»Viendo que no iba a conseguir más comida, decidí volver a mi camarote. Ni el griego ni los italianos estaban allí. Trepé por la escalerilla que llevaba hasta mi litera y me acosté con la ropa puesta. El mar estaba bastante embravecido y sobre mi cabeza resonaban los gritos, la música y las risas del gran salón. Se lo estaban pasando maravillosamente.

»Me sentía tan cansado que me dormí en seguida. No recuerdo haber caído nunca en un sopor tan profundo. La cabeza me pesaba tanto que parecía atravesar la almohada. Tenía los miembros entumecidos. Quizá sea lo que se siente al morir. Y de repente me desperté sobresaltado, con una terrible punzada de dolor atravesándome la vejiga. Necesitaba orinar. Tengo la próstata demasiado grande y sólo Dios sabe cuántas cosas más... Mis compañeros de camarote no habían regresado. El suelo de los pasillos estaba cubierto de vómitos. Satisfice mi necesidad y decidí subir a cubierta para tomar un poco el aire. Los tablones de la cubierta se veían limpios y húmedos, como si acabaran de fregarlos. El cielo estaba lleno de nubes, el oleaje era bastante fuerte y el barco se agitaba violentamente de un lado para otro. Hacía demasiado frío para quedarse mucho rato, pero yo estaba decidido a aspirar unas cuantas bocanadas de aire fresco y traté de dar un paseo.

»Y entonces ocurrió aquello que aún sigue pareciéndome imposible. Llegué a la barandilla de popa y me di la vuelta. Pero no estaba solo como creía. Vi a mi camarero. Me estremecí. ¿Habría estado acechando en la oscuridad, aguardándome? Aunque sabía que era él, daba la impresión de estar hecho de niebla. Venía hacia mí. Intenté huir pero un bandazo del barco me hizo caer en sus manos. No puedo describirle lo que sentí en ese instante. Cuando aún no era más que un mocoso yeshiva, oí como un gato atrapaba a un ratón en plena noche. Han pasado casi cuarenta años pero el chillido de aquel ratón sigue acosándome. La desesperación de cuanto estaba vivo gritaba por boca de aquel animalito. Yo había caído en las garras de mi enemigo y su odio me era tan incomprensible como el del gato para el ratón. No necesito decirle que no tengo madera de héroe. Siempre he rehuido las peleas, incluso de joven. Mi naturaleza me impide levantar la mano contra alguien pero, aun así, descubrí que estaba dispuesto a ofrecerle resistencia. Le empujé y él me empujó. Luchamos, y empecé a preguntarme si aquel hombre podía ser mi archienemigo del comedor. El camarero podría haberme matado de un solo puñetazo. El hombre con quien luchaba no era el gigante a quien tanto temía. Sus brazos parecían estar hechos de goma, de gelatina, de plumas..., no se me ocurre otra manera de expresarlo. Sus empujones apenas tenían fuerza, y logré hacerle retroceder. No dijo nada. En cuanto a por qué no grité pidiendo socorro..., no tengo ni idea. De todas formas, nadie podría haberme oído, pues el océano rugía y atronaba. Luchamos en silencio, debatiéndonos tozudamente, y el barco seguía cabeceando de un lado para otro. Resbalé, pero logré conservar el equilibrio. No sé cuánto duró el duelo. Cinco minutos, diez, o quizá más tiempo. Hay una cosa que sí recuerdo: no me dejé dominar por la desesperación. Tenía que luchar y luché sin miedo. Más tarde pensé que así es como deben de luchar dos ciervos que quieren conseguir a la misma hembra. La naturaleza les ordena que luchen y ellos obedecen. Pero el combate se prolongaba, y no tardé en sentirme agotado. Tenía la camisa empapada. Veía chispas ante mis ojos. No, no eran chispas..., eran como manchas de sol. Mi cuerpo y mi alma estaban absortos en el combate y no había espacio para ninguna otra sensación. De repente me encontré junto a la barandilla. Cogí al demonio o lo que fuera y le arrojé por la borda. Parecía extrañamente ligero..., como si estuviera hecho de espuma o de esponja. Mi pánico me impidió ver qué era de él.

«Después se me doblaron las piernas y caí sobre la cubierta. Me quedé tendido allí hasta las primeras luces grisáceas del amanecer. Que no pillara una neumonía ya es un auténtico milagro... No llegué a quedarme totalmente dormido, pero tampoco estaba despierto. En cuanto amaneció empezó a llover y la lluvia debió de revivirme. Volví casi arrastrándome a mi camarote. El griego y los italianos roncaban como bueyes. Trepé por la escalerilla y me derrumbé en mi litera, exhausto. Cuando desperté, el camarote estaba vacío. Era la una de la tarde.

—Luchó con un cuerpo astral —le dije.

—¿Cómo? Sabía que diría algo parecido... Usted siempre tiene nombres para todo. Pero, espere, aún no he terminado con la historia.

—¿Qué más ocurrió?

—Cuando me levanté seguía sintiéndome terriblemente débil. Fui al comedor, queriendo convencerme de que todo aquello no había sido más que una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Levantar la mole de aquel camarero me habría resultado tan imposible como a usted el levantar toda esta cafetería, así que fui hasta mi mesa y me senté. Era la hora de almorzar. Apenas llevaba un minuto sentado, cuando un camarero vino hacia mí..., no mi encarnizado enemigo sino otro, bajito, delgado y muy amable. Me entregó el menú y, muy cortésmente, me preguntó qué deseaba. Intenté averiguar dónde estaba el otro camarero, primero en pésimo francés y luego en alemán. Pero no pareció comprenderme; el caso es que me contestó en castellano. Intenté conversar por signos pero fue inútil. Le señalé algunos platos del menú y en seguida me trajo lo que le había pedido. Fue mi primera comida decente en ese barco. Aquel camarero se encargó de servirme hasta que atracamos en Nueva York. El otro no volvió a aparecer... como si realmente le hubiera arrojado al océano. Y ésa es toda la historia.

—Una historia muy extraña.

—¿Qué sentido cree que tiene? ¿Por qué me odiaba tanto? ¿Y qué es un cuerpo astral?

Intenté explicarle a Chaikin lo que había aprendido sobre tales fenómenos en los libros de ocultismo. Dentro de nuestro cuerpo hay otro cuerpo: tiene la misma forma y miembros que nuestro cuerpo material pero está hecho de una sustancia espiritual, una especie de transición entre lo corpóreo y lo fantasmal...; es un ser etéreo cuyos poderes se hallan por encima de las leyes físicas y fisiológicas que conocemos. Los ojos de Chaikin me contemplaron a través de sus gafas con montura de concha, lanzándome una mirada adusta cargada de reproches mientras sus labios sonreían levemente.

—El cuerpo astral no existe. Había bebido demasiado vino y tenía el estómago vacío. Todo fue cosa de mi fantasía.

—Entonces, ¿cómo explica el que ese camarero no volviese a aparecer por el comedor? —le pregunté.

Chaikin cogió una colilla y empezó a hurgar en sus bolsillos buscando cerillas.

—A veces los camareros cambian de sitio. ¡Oh, lo que no se le ocurre a unos nervios alterados...! Además, creo que le vi unas semanas después en Nueva York. Entré en una taberna para llamar por teléfono y allí estaba, sentado ante la barra..., a menos que fuera otro fantasma.

Nos quedamos callados durante un rato bastante largo.

—En cuanto a lo que tenía contra mí, nunca lo sabré —acabó diciendo Chaikin.


Imagen: ©Bettmann/CORBIS


6 jul. 2007

Isaac Bashevis Singer - Un amigo de Kafka

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1

Mucho antes de leer sus obras, supe de la existencia de Kafka por boca de su amigo Jacques Kohn, quien fue actor del Teatro Yiddish. Y he dicho «fue», porque cuando le conocí llevaba ya años retirado de su profesión. Corrían los primeros años treinta, y el Teatro Yiddish de Varsovia había perdido gran parte de su público. El propio Jacques Kohn era un hombre viejo y derrotado. Pese a que aún vestía como un pisaverde, sus ropas presentaban el aspecto de las prendas muy usadas ya. Lucía monóculo en el ojo izquierdo, anticuado cuello alto (del tipo llamado, en aquel entonces, «matapadres»), zapatos de charol y sombrero hongo. Los cínicos del club de escritores yiddish de Varsovia, que tanto él como yo frecuentábamos, le habían dado el mote de «el Lord». Pese a que su espalda se le encorvaba cada vez más, hacía titánicos esfuerzos para andar con los hombros echados hacia atrás. Peinaba los escasos restos de su amarillento cabello de manera que formara un puente que le cubriera la calva cabeza. Siguiendo las tradiciones teatrales de pasados tiempos, de vez en cuando hablaba en un yiddish germanizante, lo cual hacía de un modo muy principal cuando contaba su amistad con Kafka. Ultimamente, Jacques Kohn había comenzado a escribir artículos para los periódicos, pero los directores se los rechazaban unánimemente. Vivía en una buhardilla de la calle Leszno, y estaba siempre enfermo. Los miembros del club le aplicaban la siguiente frase mordaz: Pasa el día en una tienda de oxígeno, de la que sale al anochecer hecho un donjuán.

Siempre coincidíamos en el club, al caer la tarde. La puerta se abría lentamente y daba paso a Jacques Kohn. Entraba con el aire de una importante celebridad europea que se dignaba visitar el ghetto. Miraba a su alrededor, y en su rostro se dibujaba una mueca, indicativa de que los olores de ajo, arenques y tabaco barato no eran precisamente sus favoritos. Con desdén paseaba la mirada por las mesas cubiertas de periódicos, viejas y rotas piezas de ajedrez, y ceniceros rebosantes de colillas, a cuyo alrededor los miembros del club discutían sin cesar, a gritos, temas literarios. Jacques Kohn sacudía la cabeza, como diciendo: ¿qué cabe esperar de semejantes palurdos? Tan pronto le veía entrar, me metía la mano en el bolsillo para coger entre mis dedos el zloty que siempre me pedía, en concepto de préstamo.

Aquella tarde, Jacques parecía de mejor humor de lo usual en él. Esbozó una sonrisa, mostrando los falsos dientes de porcelana, que no encajaban debidamente en sus encías, por lo que se movían cuando hablaba, y avanzó lentamente hacia mí, como si se encontrara en mitad de un escenario. Me ofreció su huesuda mano de largos dedos y me dijo:

‑¿Qué tal? ¿Cómo está hoy la gran promesa de nuestra literatura?

‑¿Ya empezamos?

‑En modo alguno, mi querido amigo. Se lo he dicho con toda seriedad. Descubro a los hombres con talento tan pronto les echo la vista encima, pese a que yo carezco de él. En 1911, cuando estábamos actuando en Praga, nadie había oído hablar de Kafka. Pues bien, Kafka vino a los camerinos, y en el mismo momento en que le vi comprendí que me encontraba en presencia de un genio. Lo olí de la misma manera que un gato huele las ratas. Y así comenzó nuestra gran amistad.

Había oído aquella historia mil veces, con otras tantas variantes, pero sabía que no me quedaba más remedio que escucharla otra vez. Se sentó a mi mesa, y Manya, la camarera, nos sirvió sendos vasos de té y galletas. Jacques Kohn alzó las cejas, dejándolas como elevados arcos sobre sus ojos pardoamarillentos, con el blanco cruzado por sanguinolentas venillas. Su expresión parecía decir: ¿Este líquido es lo que los bárbaros denominan té? Echó cinco terrones de azúcar al té y lo removió en movimientos circulares, de dentro afuera, con la cucharilla de hojalata. Con índice y pulgar, de uñas insólitamente largas, partió una galleta y se llevó la porción a la boca, diciendo Nu ja, lo que significaba: El pasado no sirve para llenar el estómago.

Era todo comedia. Jacques Kohn había nacído en el seno de una familia hasidim, en un pueblecito de Polonia. No se llamaba Jacques, sino Jankel. Sin embargo, había vivido largos años en Praga, Viena, Berlín y París. No siempre había pertenecido a la compañía yiddish, sino que también había actuado en París y Alemania. Fue amigo de muchos hombres célebres. Ayudó a Chagall a encontrar un estudio en Belleville. Israel Zangwill le había invitado a menudo a su casa. Actuó en una obra dirigida por Reinhardt, y más de una vez comió fiambres con Piscator. Me había mostrado cartas a él dirigidas, no sólo por Kafka, sino también por Jakob Wassermann, Stefan Zweig, Romain Rolland, Ilya Ehrenburg y Martin Buber. Todos le tuteaban. Cuando nuestra amistad se hizo más íntima, Jacques Kohn me permitió ver fotografías y cartas de famosas actrices con las que había tenido aventuras.

Para mí, «prestar» un zloty a Jacques Kohn significaba entrar en contacto con la Europa Occidental. Incluso el modo como esgrimía su bastón de puño de plata me parecía cosa de lejanas tierras. Hasta los cigarrillos fumaba con un estilo insólito en Varsovia. Tenía modales en extremo corteses. En las raras ocasiones en que se creyó obligado a reprocharme algo, consiguió ahorrarme la consiguiente humillación por el medio de añadir un cumplido elegante. Lo que más admiraba en Jacques Kohn era su manera de tratar a las mujeres. Yo era muy tímido en mi trato con las muchachas, me ruborizaba, y su sola presencia bastaba para inhibirme, pero Jacques Kohn se mostraba ante ellas con el aplomo de un príncipe. Siempre encontraba algo agradable que decir a las mujeres menos atractivas. Las halagaba a todas, aunque siempre con cierto tonillo de bonachona ironía, adoptando la actitud del hedonista estragado que a lo ha probado todo.

A mí me habló con franqueza.

‑Mi joven y querido amigo, la verdad es que soy prácticamente impotente. La impotencia siempre comienza con la aparición de unos gustos en exceso refinados. Cuando uno tiene hambre de veras no necesita caviar y turrón. Y yo he llegado ya a un punto en que no hay mujer que me parezca realmente atractiva. No hay defecto que se oculte a mi vista. Y esto es impotencia. Los vestidos y los corsés son transparentes para mí. No hay perfume ni colorete que me engañe. No me queda ni un diente, pero cuando una mujer abre la boca veo el más leve empaste. Lo cual, dicho sea incidentalmente, era el gran problema de Kafka en cuanto escritor. Kafka veía todos los defectos, los ajenos y los propios. En su mayor parte, la literatura es obra de plebeyos y chapuceros tales como Zola y D'Annunzio. En el teatro, yo veía los mismos defectos que Kafka veía en la literatura, y esto nos unió mucho. Kafka ensalzaba hasta extremos increíbles nuestras lamentables obras en yiddish. Se enamoró locamente de una actriz pedante y melodramática, madame Tschissik. Cuando pienso que Kafka amó a aquel ser y lo hizo objeto de sus sueños, siento lástima hacia los humanos y sus ilusiones. En fin, la inmortalidad no es demasiado remilgada. Todos los que, por una razón u otra, han sido íntimos de un gran hombre entran con él en el ámbito de la inmortalidad, y, a veces, lo hacen calzados con las más burdas botas. A propósito, ¿me preguntó usted, mi querido amigo, cuál es la fuerza que me impele a seguir luchando? ¿Sí, o son imaginaciones mías? ¿Me preguntó acaso qué es lo que me permite soportar la pobreza, la enfermedad, y, peor todavía, la desesperanza? ¡Buena pregunta, mi joven y querido amigo! Es la misma que me formulé cuando leí por vez primera el Libro de Job. ¿Por qué siguió viviendo y sufriendo? ¿Para tener más hijas, más asnos y más camellos? No. La verdad es que Job siguió adelante por amor al juego de vivir, al juego en sí mismo. Todos jugamos al ajedrez con el Destino. El Destino mueve una pieza, y nosotros movemos otra. El Destino intenta darnos jaque mate en tres jugadas, y nosotros intentamos impedírselo. Nos consta que no podemos ganar, pero sentimos la necesidad de oponer resistencia. Mi adversario en este juego de ajedrez es un ángel muy duro de pelar. Ataca a Jacques Kohn con todos los medios, todos los trucos y las argucias a su disposición. Ahora, estamos en pleno invierno; incluso con la estufa encendida hace frío; pues bien, mi estufa lleva meses estropeada, y el casero se niega a repararla. Además, si la estufa funcionara, de nada me serviría porque no tengo dinero para comprar carbón. Mi querido y joven amigo, si no ha vivido en una buhardilla ignora usted la fuerza de los vientos. Los cristales de las ventanas retiemblan incluso en verano. A veces, un gato vagabundo se sube al tejado debajo de mi ventana y se pasa la noche gimiendo como una mujer en parto. Yo me quedo bajo las mantas, tiritando de frío, mientras el gato maúlla llamando a una gata, aunque quizá sean tan sólo lamentos provocados por el hambre. Cierto es que podría darle algo que comer para que se tranquilizara un poco, y que también podría asustarle, pero no lo hago porque temo quedarme helado si abandono el lecho, ya que me envuelvo con cuantos harapos tengo, incluso con periódicos viejos, de modo y manera que me encuentro metido dentro de un capullo que el más leve movimiento puede desbaratar. De todos modos, mi querido amigo, debe usted reconocer que, caso de jugar al ajedrez, más vale hacerlo con un adversario de nota que con un maleta. Admiro a mi adversario. A veces su ingenio me pasma. Está ahí sentado, en un despacho del tercero o séptimo cielo, en ese departamento de la Providencia que rige nuestro minúsculo planeta, y sólo tiene una misión: atrapar a Jacques Kohn. Las órdenes que ha recibido son: raja el tonel, pero no permitas que el vino se derrame. Y esto es exactamente lo que hace. No sé cómo se las arregla para mantenerme vivo, es un milagro. Me avergouzaría decirle, mi querido amigo, la cantidad de medicamentos que tomo, la cantidad de píldoras que me trago. Suerte que tengo un amigo farmacéutico, ya que si no fuera así no podría comprar tanto potingue. Antes de acostarrne, me trago las píldoras esas, de una en una, en seco. Sí, porque si bebo orino. No ando muy bien de la próstata, e incluso sin beber tengo que levantarme varias veces, por la noche. En la oscuridad, las categorías de Kant dejan de tener aplicación. El tiempo deja de ser tiempo y el espacio deja de ser espacio. De noche, uno sostiene algo en la mano, y, de repente, deja de sostenerlo. Encender mi lámpara de gas no es una tontería, ni mucho menos. Las cerillas desaparecen constantemente. La buhardilla está atestada de demonios. De vez en cuando, me dirijo a alguno de ellos: «¡Eh, tú, Vinagre, hijo del Vino! ¿Quieres dejar de gastarme tus pesadas bromas?» No hace mucho, en plena noche, oí que golpeaban la puerta de mi buhardilla, y con los golpes una voz de mujer. No pude discernir si la mujer reía o lloraba. Y para mis adentros, me dije: «¿Quién será? ¿Será Lilith? ¿Namah quizá? ¿O Machlath, la hija de Ketev M'riri?» En voz alta, grité: «Señora, se equivoca, no es aquí.» Pero la mujer siguió con sus golpes. Entonces, oí un gemido y el sonido de un cuerpo desplomándose. No me atrevía a abrir la puerta. Comencé a buscar las cerillas, y, por fin, descubrí que las tenía en la mano. Salté de la cama, encendí la lámpara de gas, y me puse la bata y las zapatillas. Sin querer, vi por un instante mi cuerpo reflejado en el espejo, y la visión me asustó. Tenía la cara verde y sin afeitar. Abrí la puerta, y vi a una mujer joven, descalza, con abrigo de piel de marta y camisón. Estaba pálida, y llevaba en desorden su larga cabellera rubia. Le dije: «Señora, ¿qué le ocurre?» Y ella repuso: «Cierta persona ha intentado asesinarme, por favor déjeme entrar, me iré tan pronto amanezca.» De buena gana le hubiera preguntado quién era esa persona que la quería matar, pero no lo hice porque vi que estaba medio helada. Y también borracha, prabablemente. La dejé entrar, y advertí que llevaba una pulsera con grandes diamantes. Le advertí: «No tengo calefacción...» Y ella repuso: «Más vale esto que morir en la calle.» Bueno, y allí quedamos los dos. ¿Qué iba yo a hacer con aquella mujer? Sólo tengo una cama. No bebo, ya que el médico me lo ha prohibido, pero un amigo me había regalado una botella de cognac y aún me quedaban unas cuantas galletas resecas y rancias. Le di una copa y una galleta. El alcohol pareció reanimarla un poco. Le pregunté: «¿Vive usted en esta casa, señora?» Dijo: «No; vivo en el bulevar Ujazdowskie.» Al momento comprendí que se trataba de una aristócrata. Sin apenas darnos cuenta trabamos conversación, y supe que era condesa, viuda, y que su amante vivía en mi casa. También era miembro de la nobleza, aunque por su mal vivir había sido excluido de los ambientes nobiliarios. Había cumplido un año de presidio en la Ciudadela por intento de asesinato. Este hombre no podía visitar a su amante porque ésta vivía con su suegra, y, en consecuencia, ella era quien le visitaba a él. Aquella noche, en un arranque de celos, aquel hombre la había golpeado y le había puesto la boca del revólver junto a la sien. Para abreviar, diré que la mujer consiguió coger el abrigo y salir corriendo de la casa de su amante. Llamó a la puerta de varios vecinos, pero ninguno la dejó entrar, y así llegó a la buhardilla. Le dije: «Señora, su amante seguramente sigue buscándola... ¿y si la encuentra?, yo he dejado de ser lo que se llama un guerrero, ¿sabe?» Repuso: «No se atreverá a armar escándalo, porque está en libertad vigilada; he terminado con él para siempre; por favor no me abandone en plena noche...» Le pregunté: «¿Y cómo se las arreglará para ir mañana a su casa?» Contestó: «No lo sé; estoy harta de vivir, sí, pero no quiero morir a manos de este hombre.» Le dije: «En fin, de todos modos no vov a poder dormir, asi es que le ruego acepte mi cama y yo descansaré en una silla.» Se negó: «No, no puedo aceptarlo, usted ya no es joven y tiene mal aspecto, vaya a su cama, y yo me sentaré en la silla.» Discutimos largamente el asunto, y, al fin, decidimos acostarnos juntos. La tranquilicé: «No tema, soy viejo, y ya no puedo satisfacer a una mujer.» Quedó convencida de la verdad de mis palabras... Bueno... ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Pues el caso es que me encontré en cama, en compañía de una condesa cuyo amante podía derribar la puerta de un momento a otro. Nos cubrimos con mis dos únicas mantas, y no me preocupé de formar el usual capullo dentro del que duermo. Me sentía tan nervioso e inquieto que hasta del frío me olvidé. Además, no dejaba de tener conciencia de que la mujer estaba allí, a mi lado. De su cuerpo emanaba un extraño calor distinto a cuanto había yo conocido hasta entonres, o quizá todo se debía a que ya había perdido el recuerdo de esas cosas. ¿Acaso mi adversario en la constante partida de ajedrez me tendía una nueva celada? Durante los últimos años, mi adversario había jugado sin gran encono. Sí, porque, como usted sabe muy bien, mi querido amigo, también hay lo que podríamos llamar ajedrez humorístico. Según me han dicho, Nimzowitsch a veces gastaba bromas a sus adversarios. Y en los viejos tiempos, Morphy tuvo fama de ser un humorista del ajedrez. In mente, dije a mi adversario: «Buena jugada, jugada de maestro...» Y, entonces, me di cuenta de que sabía quién era el amante de la condesa. Me había cruzado con él en la escalera más de una vez. Era un gigante con cara de asesino: Qué final tan divertido... ¡Jacques Kohn, despeñado por un Otelo polaco! Me eché areír y la condesa se echó también a reír. La abracé y la retuve junto a mí. No se resistió. De repente, ocurrió un milagro. ¡Volvía a tener vigor viril! En cierta ocasión, al atardecer de un jueves, me encontraba yo ante el matadero de un pueblecito, y vi como un toro cubría a una vaca, antes de que uno y otra fueran sacrificados para la celebración de la fiesta del Sábado. Nunca sabré la razón por la que la condesa consintió. Quizá lo hizo para vengarse de su amante. La condesa me besaba y musitaba dulces frases a mi oído. Entonces oímos unos pesados pasos. Alguien golpeó con el puño la puerta de la buhardilla. La mujer rodó por la cama y cayó al suelo. Sentí deseos de recitar la oración de los moribundos, pero me daba vergüenza presentarme ante Dios hallándome en aquellas circunstancias. Bueno, más que vergüenza de presentarme ante Dios era vergüenza a presentarme ante mi burlón adversario en la partida de ajedrez. ¿Cómo iba yo a darle semejante placer? Incluso el melodrama tiene sus límites. El animal al otro lado de la puerta seguía golpeando, y yo me maravillaba de que la puerta no hubiera cedido ya a sus golpes. Ahora le propinaba patadas. La puerta gemía, pero seguía resistiendo. Entonces el ruido cesó. Otelo se había ido. La mañana siguiente llevé la pulsera de la condesa a una casa de empeños. Con el dinero obtenido, compré a mi heroína un vestido, ropa interior y zapatos. El vestido no le caía bien y los zapatos tampoco eran de su medida pero, a fin de cuentas, lo único que tenía que hacer era cruzar la acera y subir a un taxi a menos que su amante la estuviera acechando en la escalera. Pero, cosa curiosa, el individuo desapareció aquella noche, y nunca más se supo de él. Antes de irse, la condesa volvió a besarme y me rogó encarecidamente que la visitara pero, a pesar de todo, no soy tan insensato como eso. El Talmud dice: «Los milagros no ocurren todos los días.» Bueno, y lo curioso es que Kafka, pese a su juventud, vivía atormentado por esas mismas inhibiciones que son la tortura de mi ancianidad. A Kafka estas inhibiciones le tenían paralizado, tanto en materia literaria como en cuestiones carnales. Ansiaba amar, pero huía del amor. Escribía una frase e inmediatamente la tachaba. También Otto Weininger era así, loco y genial. Le conocí en Viena. No cesaba de prodigar aforismos y paradojas. Dijo una frase que jamás olvidaré: «Dios no creó las chinches.» Es preciso haber vivido en Viena para comprender estas palabras. ¿Quién creó a las chinches? ¡Mire, ahí llega Bamberg! Fíjese en su modo de avanzar, inseguro, con esas piernecillas tan cortas, como un cadáver que se negara a bajar a la tumba... ¿Por qué andará ese hombre zascandileando por ahí toda la noche? ¿Por qué se empeña en ir a los cabarets cuando ya no pueden divertirle? Los médicos le desahuciaron hace ya años, cuando aún estábamos en Berlín. Pero esto no le impidió estar sentado en el Romanisches Café hasta las cuatro de la madrugada, charlando con las rameras. Una vez, Granat, el actor, anunció que iba a dar una fiesta ‑una verdadera orgía‑ en su casa, y, entre otros, invitó a Bamberg. Granat encomendó a todos los hombres que acudieran con una señora, fuese la propia, fuese una amiga. Pero Bamberg no tenía esposa ni amante, por lo que contrató a una furcia para que le acompañara. Tuvo que comprarle también un vestido de noche. Los invitados eran, exclusivamente, escritores, profesores, filósofos, y los clásicos individuos que van siempre detrás de los intelectuales. Todos habían tenido la misma idea que Bamberg y vinieron con prostitutas. También fui. Acudí en compañía de una actriz de Praga, vieja amiga mía. ¿Conoce usted a Granat, mi querido y joven amigo? ¿No? Pues es un salvaje. Bebe el cognac como si fuera agua, y es capaz de comerse como si tal cosa una tortilla de diez huevos. Tan pronto los invitados hubimos llegado, Granat se desnudó y comenzó a bailar como un loco con las furcias, sólo para impresionar a los invitados intelectuales. Al principio, éstos estuvieron sentados, mirando el espectáculo. Al cabo de un rato comenzaron a hablar de sexualidad. Nietzche decía esto o decía lo otro... Quienes no lo hayan presenciado difícilmente podrán imaginar lo ridículos que pueden llegar a ser los genios esos. Y, de repente, Bamberg se sintió enfermo. Se puso verde como el césped y echó a sudar. Me dijo: «Jacques, todo ha terminado para mí, ¡buen sitio en el que morir!» Padecía un ataque de riñón o de hígado. Le saqué de allí y le llevé a un hospital. A propósito, mi querido y joven amigo, ¿puede prestarme un zloty?

‑No uno, sino dos.

‑¡Qué! ¿Es que ha asaltado el Banco Polski?

‑He vendido un cuento.

‑Enhorabuena. Cenemos juntos. Le invito.

2

Mientras cenábamos, Bamberg se acercó a nuestra mesa. Era un hombre menudo, con palidez de tuberculoso, encorvado y patizambo. Calzaba zapatos de charol, con botines. En su cráneo puntiagudo aún quedaban algunos cabellos grises. Tenía un ojo mayor que el otro, y el ojo mayor era saltón, rojo, y como aterrado por la visión de sí mismo, a cargo del otro ojo. Apoyó sus manos pequeñas y huesudas en la mesa, e inclinándose hacia delante, dijo con voz cascada:

‑Jacques, ayer leí ese libro que me prestaste. El castillo de Kafka. Interesante, muy interesante, pero ¿qué pretende decir? Es demasiado largo para tratarse de un sueño. Las alegorías deben ser cortas.

Jacques Kohn tragó rápidamente la comida que estaba masticando y dijo:

‑Siéntate. Los grandes maestros no están obligados a plegarse a la preceptiva.

‑Hay ciertas reglas que incluso los grandes maestros deben seguir. Ninguna novela debe ser más larga que Guerra y paz. Incluso Guerra y paz es demasiado larga. Si la Biblia tuviera dieciocho volúmenes, habría caído en el olvido hace ya tiempo.

‑El Talmud tiene treinta y seis volúmenes, y los judíos no lo han olvidado.

‑Los judíos recuerdan demasiado. Esta es nuestra mayor desgracia. Hace dos mil años nos echaron de Tierra Santa y ahora intentamos volver. ¿No crees que es una locura? Si nuestra literatura reflejara este demencial estado de nuestras mentes sería una gran literatura. Pero nuestra literatura es increíblemente sensata. En fin, más vale dejarlo.

Bamberg se irguió, y, con un esfuerzo, frunció el entrecejo. A pasos menudos, arrastrando los pies, se alejó de nuestra mesa. Se acercó al gramófono y puso un disco de baile. En el club de escritores se sabía que Bamberg no había escrito ni media palabra en muchos años. En su ancianidad, aprendía a bailar, influido por la filosofía de su amigo, el doctor Mitzkin, autor de La entropía de la razón. En esta obra, el doctor Mitzkin intentaba demostrar que la inteligencia humana está en quiebra, y que la verdadera sabiduría sólo puede alcanzarse por la pasión.

Jacques Kohn sacudió pesaroso la cabeza:

‑Un Hamlet de vía estrecha. Kafka temía llegar a ser un Bamberg, y esto fue lo que le impulsó a autodestruirse.

Le pregunté:

‑¿Le ha llamado la condesa?

Jacques Kohn extrajo el monóculo del bolsillo, se lo encajó y dijo:

‑Y si hubiera llamado, ¿qué? En mi vida, todo se deshace en palabras. Todo palabras, palabras... En realidad, esta es la teoría del doctor Mitzkin: el hombre terminará siendo una máquina de palabras. Sí, y ahora recuerdo que el doctor Mitzkin también asistió a la orgía de Granat. Llegó a practicar lo que predicaba, pero también fue capaz de escribir La entropía de la pasión. Pues sí, la condesa me visita de vez en cuando. También ella es una intelectnal, aunque sin intelecto. En realidad, pese a que las mujeres hacen cuanto pueden para poner de relieve los encantos de sus cuerpos, saben tan poco acerca del significado de la sexualidad como acerca del significado del intelecto. Por ejemplo, fijémonos en la señora Tschissik. ¿Qué tuvo aquella mujer, salvo su cuerpo? Ahora bien, más valía no preguntarle qué es un cuerpo, en realidad. Actualmente, es una mujer fea. Cuando era actriz, en los tiempos de Praga, aún conservaba un algo... Yo era el primer actor. Ella era una actriz de segundo orden, con apenas una chispita de talento. Fuimos a Praga con la idea de ganar algún dinero, y allí encontramos a un genio, a un homo sapiens en su cumbre de actividad de autotortura. Kafka quería ser judío, pero no sabía cómo. Quería vivir, pero tampoco sabía cómo. En cierta ocasión le dije: «Franz, eres joven, haz lo que todos hacemos.» Había en Praga un prostíbulo en el que me conocían bien, y convencí a Kafka de que fuera conmigo a ese sitio. Kafka todavía era virgen. Prefiero no hablar de la muchacha con la que estaba prometido en matrimonio. Kafka vivía hundido hasta el cuello en el barro burgués. Los judíos de su círculo tenían un ideal, el ideal de convertirse en gentiles, y no en gentiles polacos, sino en gentiles alemanes. En resumen, convencí a Kafka de que debía intentar aquella aventura. Le llevé a una oscura calleja, en el ghetto antiguo, en donde se encontraba el prostíbulo. Subimos los empinados peldaños. Abrí la puerta. Parecía un escenario, con las rameras, los chulos, los visitantes y la madama. Jamás olvidaré aquel instante. Kafka se echó a temblar y me tiró de la manga. Luego dio media vuelta y bajó las escaleras tan de prisa que temí se quebrara una pierna. Al llegar a la calle se detuvo y vomitó como un colegial. De regreso, pasamos ante una vieja sinagoga, y Kafka comenzó a hablar del golem. Kafka creía en el golem e incluso estaba convencido de que el futuro nos depararía otro golem. Forzosamente tenía que haber palabras mágicas capaces de convertir un montón de arcilla en un ser vivo. ¿Acaso Dios, según nos dice la Cábala, no creó el mundo por el medio de pronunciar sagradas palabras? Al principio era el Logos. Sí, todo no es más que un inmenso juego de ajedrez. Siempre temí a la muerte, pero ahora que estoy con un pie en la tumba he dejado de temerla. No cabe duda de que mi adversario planea jugar lentamente. Seguirá con su táctica de quitarme todas mis piezas, una a una. Primero, me quitó mi arte de actor, luego me convirtió en pseudoescritor. Y tan pronto hizo esto último, me dio esa parálisis que afecta a algunos artistas de la pluma, incapaces de escribir media palabra. A continuación, me privó de mi vigor viril. Sí, ya sé que aún falta mucho para el jaque mate, y esto me da cierta fuerza. Que hace frío en mi dormitorio, pues bien, que siga haciendo frío. Que hoy no tengo ni para cenar, pues bien, nadie se muere por no cenar un día. Él me ataca y yo contraataco. Hace algún tiempo, regresé a casa a última hora de la noche. Hacía un frío terrible, y, de repente, me di cuenta de que me había olvidado la llave. Desperté al portero, pero resultó que no tenía llave. El portero apestaba a vodka y su perro me mordió un pie. En otros tiempos me hubiera desesperado, pero en esta ocasión dije a mi adversario: «Si quieres que coja una pulmonía, te diré que no tengo nada que objetar.» Me alejé de casa y me fui a la estación de Viena. El viento casi me llevó en volandas. Fui a pie porque, a aquella hora de la noche, hubiera tenido que esperar tres cuartos de hora para coger el tranvía. Al pasar ante la asociación de actores ví luz en una ventana. Cuando subí los peldaños, la punta de mi pie tropezó con algo que produjo un sonido metálico. Me incliné y vi que era una llave. ¡Mi llave! Las probabilidades de que encontrara la llave de mi casa en aquella oscura escalera eran una entre mil millones, pero, al parecer, mi adversario temía que rindiera el alma antes de que él estuviera dispuesto a recibirla. ¿Fatalismo? Bueno, pues sí, también se le puede llamar fatalismo.

Jacques Kohn se levantó, excusándose, para efectuar una llamada telefónica. Me quedé sentado, y observé a Bamberg quien, con las piernas temblorosas, bailaba con una dama del mundo literario. Bamberg tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en el pecho de la señora, como si fuera una almohada. Causaba la impresión de bailar y dormir, al mismo tiempo. Jacques Kohn tardó mucho en volver, mucho más de lo que es necesario para llamar por teléfono. Cuando regresó, su monóculo rebrillaba.

Dijo:

‑¿A que no adivina quién se encuentra en la otra sala? ¡Madame Tschissik! ¡El gran amor de Kafka!

‑¿De veras?

‑Efectivamente. Creo que ya le he hablado de ella... Vamos allá, quiero que la conozca.

‑No.

‑¿Por qué? ¡Una mujer amada por Kafka merece ser conocida!

‑No me interesa.

‑Es usted un hombre tímido, ésta es la razón de su actitud. También Kafka era tímido, tímido como un estudiante de yeshiva. En cambio, yo nunca he sido tímido, y quizá sea ésta la razón de que nunca haya llegado a nada. Mi querido y joven amigo, necesito veinte groschen más, diez para el portero de este edificio y diez para el portero del mío. Sin dinero no puedo volver a casa.

Saqué unas monedas del bolsillo y se las di.

‑¿Tanto me da? Realmente parece que haya asaltado un banco... ¡Cuarenta y seis groschen! ¡Así, como si tal cosa! En fin, si hay Dios, no tengo la menor duda de que le recompensará. Y si no hay Dios, ¿quién es ése que juega al ajedrez con Jacques Kohn?