Mostrando las entradas con la etiqueta Silva Santisteban Ricardo. Mostrar todas las entradas

20 dic. 2012

William Butler Yeats (1865-1939): La torre * (bilingüe)

No hay comentarios. :





I

Oh, corazón, turbado corazón,
¿qué haré con este absurdo, esta caricaturesca
y decrépita edad prendida a mí
como una cola de perro?
Jamás tuve
tanta excitada, apasionada y fantástica
imaginación, ni oído y vista
que tan ansiosos esperaran lo imposible.
No, ni siquiera de niño
cuando con caña y cebo,
o con el más rastrero gusano,
ascendía la cuesta del Ben Bulben
teniendo todo el insoportable día de estío
para retozar. Creo
que deberé mandar de paseo a la Musa
y elegir a Platón y a Plotino como amigos
hasta que la imaginación, el oído y el ojo,
estén de acuerdo con los argumentos
y traten de cosas abstractas;
o ser ridiculizado por una especie
de abollada tetera en los talones.


II

Avanzo por las almenas y atalayo
los cimientos de una casa o donde el árbol,
como un dedo tiznado, nace de la tierra;
empujo la imaginación
bajo el declinante resplandor del día
y apelo a imágenes y recuerdos
de ruinas o de añosos árboles,
pues que existe un misterio en todos ellos.

Más allá del cerro vivió la señora French,
y una vez que cada bujía de plata o candelabro
encendía la obscura caoba y el vino,
un lacayo que podía adivinar
el deseo de tan respetable señora,
corrió y con las tijeras del jardín
cortó las insolentes orejas a un labriego
y las trajo en una pequeña bandeja tapada.

Algunos recordarán, cuando aún yo era joven,
a una muchacha campesina loada por una canción,
que vivía en alguna parte del pétreo paraje,
y que alabaron el color de su rostro
y tuvieron inmenso júbilo en alabarla,
recordando que, si ella paseaba por allí,
los labradores la rodeaban en la feria
¡tanta gloria le había conferido esa canción!

Y ciertos hombres, enloquecidos por los versos,
o por brindar repetidas veces en su honor,
se levantaron de la mesa y acordaron
probar tal fantasía con sus propios ojos;
mas confundieron el resplandor de la luna
con la prosaica luz del día
—la música había extraviado su ingenio—
y alguien se ahogó en la inmensa ciénaga de Cloone.

Extraño, mas quien compuso la canción era ciego;
y, sin embargo, una vez meditado, encuentro
que nada es extraño; la tragedia comenzó
con Homero, que era ciego, y con Helena,
quien traicionó a todos los palpitantes corazones.
Ojalá pudieran la luna y la luz del sol
simular un destello inextricable,
porque, si triunfo, deberé enloquecer a los hombres.
Y yo mismo inventé a Hanrahan
y lo conduje por el alba, sobrio o embriagado,
desde algún lugar en las cabañas vecinas.
Atrapado por las truhanerías de un viejo,
tropezó, cayó, anduvo a tientas de un lado para otro,
y para pagar sólo tenía rodillas rotas
y horrible esplendor de deseo;
todo esto lo concebí hace veinte años:

buena gente barajando naipes en un viejo corral;
y cuando le llegó el tumo al anciano rufián,
hechizó los naipes bajo su pulgar
y todos, menos uno, se convirtieron
en una baraja de sabuesos que no en una de naipes:
y al naipe lo convirtió en una liebre.
Hanrahan se alzó frenético
y siguió a las aullantes criaturas hasta,

oh, hasta he olvidado qué... ¡basta!
Debo recordar a un hombre a quien ni el amor
ni la música ni una enemiga oreja cortada
podía estimular: estaba tan fatigado;
una figura hundida en el mito
que no existe vecino que pueda contar
cuándo finalizaba su día de perro:
un arruinado anciano, amo de esta casa.

Antes de llegar aquella ruina, por siglos,
rudos guerreros, de jarreteras cruzadas en las rodillas,
o con grebas de hierro, treparon las estrechas escaleras,
y ciertos guerreros había cuyas imágenes
—en la Gran Memoria almacenadas—
vinieron con gritos sonoros y pechos sin aliento
para romper el descanso del durmiente,
mientras, sobre la tabla, golpeaban sus grandes dados de madera.

Como he de preguntar a todos, venga quien pueda;
venid anciano, indigente o contrahecho;
y traed al ciego vagabundo celebrante de la belleza;
el hombre rojo que el juglar envió
por los olvidados prados de Dios;
la señora French dotada de tan fino oído;
el hombre ahogado en una ciénaga,
cuando Musas burlonas eligieron a la rústica pastora.

¿Blasfemaron todos los viejos y viejas, ricos y pobres,
quienes hollaron estas rocas y cruzaron esta puerta,
quizá con rabia pública o secreta,
como yo blasfemo ahora contra la vejez?
Mas, he encontrado una respuesta en esos ojos
que están impacientes por irse;
idos, pues, pero dejad a Hanrahan
porque necesito todos sus pujantes recuerdos.

Viejo disoluto con un amor en cada viento,
haz brotar de la profunda y circunspecta mente
todo cuanto descubriste en la tumba,
porque es cierto que calculaste
cada inopinado e imprevisto aprieto
—atraído por un ojo delicado,
por un roce o un suspiro—
dentro del laberinto de otro ser;

¿habita la imaginación más profundamente,
en una mujer perdida o en una conquistada?
Si en la perdida, admite que emergiste
de un gran laberinto por orgullo,
por cobardía, por algún necio pensamiento sutilísimo
o por algo una vez llamado conciencia;
y si la memoria retoma,
el sol entra en eclipse y el día se cancela.


III

He aquí mi testamento:
elijo a hombres erguidos
que a los arroyos ascienden
hasta el salto de las fuentes
y, al alba, fijan la vista
junto a las húmedas rocas;
los declaro herederos
de mi orgullo, el orgullo
del pueblo que no fue atado
ni a la Causa ni al Estado,
ni a escupidos esclavos,
ni a los tiranos que escupen,
el pueblo de Burke y Grattan
que, libre para rehusar,
dio orgullo como el del alba
cuando la luz temeraria
se desata; u orgullo
cual del cuerno fabuloso,
o el de la súbita lluvia
cuando todos los arroyos
están secos, o el de la hora
en que el cisne fijar debe
la vista en un centelleo
que flota desfalleciente
sobre una vasta extensión
del arroyo reluciente
y entona su última endecha.

Y les declaro mi fe:
me burlo del pensamiento
de Plotino y vocifero
en los dientes de Platón,
muerte y vida no existieron
hasta que el hombre las forjó,
e hizo de su amargo ser
barril, tronco y cerradura,
sol, luna y estrella: todo,
y añadir, además,
que, muertos, resucitamos,
soñamos y así creamos
Paraíso translunar.
He preparado mi paz
con sabias cosas de Italia
y altivas piedras de Grecia,
fantasías de poeta,
evocaciones de amor
y palabras de mujeres,
y todo de cuanto el hombre
hace un sueño sobrehumano
semejante a un espejo.

Tal como en esa cornisa
clamorean las cornejas
y van dejando caer
ramita sobre ramita.
Cuando las hayan formado,
la madre descansará,
y en la cumbre de esta cueva
templará su áspero nido.

La fe y el orgullo, ambos dejo
a los jóvenes erguidos
que las montañas ascienden
y bajo ardiente alborada
puedan lanzar su carnada;
aquel metal me forjó
antes de ser quebrantado
por el trato sedentario.

Debo ahora afinar mi alma,
compeliéndola al estudio
en una escuela sapiente,
hasta el desastre del cuerpo,
la lenta decadencia de la sangre,
el irascible delirio,
la torpe decrepitud
o las peores maldiciones
que nos alcanzan: la muerte
de los amigos, la muerte
de cualquier ojo brillante,
que nuestro aliento contienen,
pareciendo, únicamente,
cuando duda el horizonte,
las nubes del cielo o el grito
adormilado de un ave
en la hondura de las sombras.

1926


(*) Los personajes que se mencionan se encuentran asociados por leyenda, historia y tradición a la vecindad de Thoor Ballylee o Castillo de Ballylee, donde el poema fue escrito. La señora French vivió en Peterswell, en el siglo dieciocho, y era pariente de Sir Jonah Barríngton, quien describe el incidente de las orejas y los problemas que se sucedieron. La belleza campesina y el poeta ciego son Mary Hynes y Raftery, y el incidente del hombre ahogado en la Ciénaga de Cloone se encuentra anotada en mi Crepúsculo céltico. La persecución de Hanrahan a la liebre fantasma y a los sabuesos es de mis Cuentos de Hanrahan el Rojo. Los fantasmas han sido vistos jugando dados, en lo que actualmente es mi dormitorio; el anciano arruinado vivió hace unos cien años. De acuerdo con una leyenda, por causa de sus acreedores sólo pudo dejar el Castillo un día domingo; de acuerdo con otra, se escondió en un pasadizo secreto.

En el pasaje sobre el cisne de la Parte III, he evocado, inconscientemente, “El cisne moribundo” de Slurge Moore, una de las más hermosas poesías líricas de nuestro tiempo. A menudo lo recité en una gira de conferencias por Norteamérica; ello explica el hurto. Cuando escribí los versos sobre Platón y Plotino, olvidé que es algo en nuestros propios ojos lo que nos hacer verlos como todo lo trascendente. ¿No ha escrito Plotino: “Dejad a cada alma recordar, entonces, desde el principio, la verdad de que el alma es autora de todo lo viviente, que ha infundido vida en toda cosa, a lodo lo que sustenta la tierra y el mar, a todas las criaturas del aire, a las divinas estrellas en el cielo; es quien crea el sol; ella misma formó y ordenó el vasto cielo y conduce todo movimiento rítmico... y es un principio distinto de todos a los que da ley, movimiento y vida, y debe, necesariamente, ser más noble que ellos, pues estos se juntan o disuelven según el alma les trae vida o los abandona; pero el alma, desde que no puede abandonarse a sí misma, es un ser eterno”? —1928. (Nota del Autor)


En Cinco poetas contemporáneos
Versión: Ricardo Silva Santisteban
©1999, Varios Autores
Selección y presentación Richard Stanley-Smith
Editorial: Adobe Editores S.A.


The tower

I

What shall I do with this absurdity
O heart, O troubled heart - this caricature,
Decrepit age that has been tied to me
As to a dog's tail?
Never had I more
Excited, passionate, fantastical
Imagination, nor an ear and eye
That more expected the impossible -
No, not in boyhood when with rod and fly,
Or the humbler worm, I climbed Ben Bulben's back
And had the livelong summer day to spend.
It seems that I must bid the Muse go pack,
Choose Plato and Plotinus for a friend
Until imagination, ear and eye,
Can be content with argument and deal
In abstract things; or be derided by
A sort of battered kettle at the heel.


II

I pace upon the battlements and stare
On the foundations of a house, or where
Tree, like a sooty finger, starts from the earth;
And send imagination forth
Under the day's declining beam, and call
Images and memories
From ruin or from ancient trees,
For I would ask a question of them all.

Beyond that ridge lived Mrs. French, and once
When every silver candlestick or sconce
Lit up the dark mahogany and the wine.
A serving-man, that could divine
That most respected lady's every wish,
Ran and with the garden shears
Clipped an insolent farmer's ears
And brought them in a little covered dish.

Some few remembered still when I was young
A peasant girl commended by a Song,
Who'd lived somewhere upon that rocky place,
And praised the colour of her face,
And had the greater joy in praising her,
Remembering that, if walked she there,
Farmers jostled at the fair
So great a glory did the song confer.

And certain men, being maddened by those rhymes,
Or else by toasting her a score of times,
Rose from the table and declared it right
To test their fancy by their sight;
But they mistook the brightness of the moon
For the prosaic light of day -
Music had driven their wits astray -
And one was drowned in the great bog of Cloone.

Strange, but the man who made the song was blind;
Yet, now I have considered it, I find
That nothing strange; the tragedy began
With Homer that was a blind man,
And Helen has all living hearts betrayed.
O may the moon and sunlight seem
One inextricable beam,
For if I triumph I must make men mad.

And I myself created Hanrahan
And drove him drunk or sober through the dawn
From somewhere in the neighbouring cottages.
Caught by an old man's juggleries
He stumbled, tumbled, fumbled to and fro
And had but broken knees for hire
And horrible splendour of desire;
I thought it all out twenty years ago:

Good fellows shuffled cards in an old bawn;
And when that ancient ruffian's turn was on
He so bewitched the cards under his thumb
That all but the one card became
A pack of hounds and not a pack of cards,
And that he changed into a hare.
Hanrahan rose in frenzy there
And followed up those baying creatures towards -

O towards I have forgotten what - enough!
I must recall a man that neither love
Nor music nor an enemy's clipped ear
Could, he was so harried, cheer;
A figure that has grown so fabulous
There's not a neighbour left to say
When he finished his dog's day:
An ancient bankrupt master of this house.

Before that ruin came, for centuries,
Rough men-at-arms, cross-gartered to the knees
Or shod in iron, climbed the narrow stairs,
And certain men-at-arms there were
Whose images, in the Great Memory stored,
Come with loud cry and panting breast
To break upon a sleeper's rest
While their great wooden dice beat on the board.

As I would question all, come all who can;
Come old, necessitous. half-mounted man;
And bring beauty's blind rambling celebrant;
The red man the juggler sent
Through God-forsaken meadows; Mrs. French,
Gifted with so fine an ear;
The man drowned in a bog's mire,
When mocking Muses chose the country wench.

Did all old men and women, rich and poor,
Who trod upon these rocks or passed this door,
Whether in public or in secret rage
As I do now against old age?
But I have found an answer in those eyes
That are impatient to be gone;
Go therefore; but leave Hanrahan,
For I need all his mighty memories.

Old lecher with a love on every wind,
Bring up out of that deep considering mind
All that you have discovered in the grave,
For it is certain that you have
Reckoned up every unforeknown, unseeing
plunge, lured by a softening eye,
Or by a touch or a sigh,
Into the labyrinth of another's being;

Does the imagination dwell the most
Upon a woman won or woman lost?
If on the lost, admit you turned aside
From a great labyrinth out of pride,
Cowardice, some silly over-subtle thought
Or anything called conscience once;
And that if memory recur, the sun's
Under eclipse and the day blotted out.


III

It is time that I wrote my will;
I choose upstanding men
That climb the streams until
The fountain leap, and at dawn
Drop their cast at the side
Of dripping stone; I declare
They shall inherit my pride,
The pride of people that were
Bound neither to Cause nor to State.
Neither to slaves that were spat on,
Nor to the tyrants that spat,
The people of Burke and of Grattan
That gave, though free to refuse -
pride, like that of the morn,
When the headlong light is loose,
Or that of the fabulous horn,
Or that of the sudden shower
When all streams are dry,
Or that of the hour
When the swan must fix his eye
Upon a fading gleam,
Float out upon a long
Last reach of glittering stream
And there sing his last song.
And I declare my faith:
I mock plotinus' thought
And cry in plato's teeth,
Death and life were not
Till man made up the whole,
Made lock, stock and barrel
Out of his bitter soul,
Aye, sun and moon and star, all,
And further add to that
That, being dead, we rise,
Dream and so create
Translunar paradise.
I have prepared my peace
With learned Italian things
And the proud stones of Greece,
Poet's imaginings
And memories of love,
Memories of the words of women,
All those things whereof
Man makes a superhuman,
Mirror-resembling dream.

As at the loophole there
The daws chatter and scream,
And drop twigs layer upon layer.
When they have mounted up,
The mother bird will rest
On their hollow top,
And so warm her wild nest.

I leave both faith and pride
To young upstanding men
Climbing the mountain-side,
That under bursting dawn
They may drop a fly;
Being of that metal made
Till it was broken by
This sedentary trade.

Now shall I make my soul,
Compelling it to study
In a learned school
Till the wreck of body,
Slow decay of blood,
Testy delirium
Or dull decrepitude,
Or what worse evil come -
The death of friends, or death
Of every brilliant eye
That made a catch in the breath -.
Seem but the clouds of the sky
When the horizon fades;
Or a bird's sleepy cry
Among the deepening shades.


Foto: William Butler Yeats © BBC/Corbis julio 1937