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26 ago. 2014

Anne Sexton - La noche estrellada

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Eso no me libra de tener una terrible necesidad de -tengo que usar esa palabra- religión. Entonces salgo de noche a pintar las estrellas.

Vincent Van Gogh en una carta a su hermano


El pueblo no existe
salvo allí donde un árbol de cabellos negros
se desliza como una mujer ahogada hacia el cielo caliente.
El pueblo es silencioso. La noche noche hierve en once estrellas.
¡Oh noche, noche estrellada! Es así
como quiero morir.

Se mueven. Todas están vivas,
incluso la textura de la luna, con sus hierros naranja,
para atraer a los niños, como un dios, desde su ojo.
La antigua serpiente invisible se traga las estrellas.
¡Oh noche, noche estrellada! es así
como quiero morir:

dentro de esa imparable bestia de la noche.
Absorbida por el gran dragón,
para desprenderme de mi vida, sin banderas,
sin vientre,
sin llanto.

Versión: Isaías Garde



Anne Sexton - The Starry Night



That does not keep me from having a terrible need of—shall I say the word—religion. Then I go out at night to paint the stars.

Vincent Van Gogh in a letter to his brother

The town does not exist
except where one black-haired tree slips
up like a drowned woman into the hot sky.
The town is silent. The night boils with eleven stars.   
Oh starry starry night! This is how
I want to die.

It moves. They are all alive.
Even the moon bulges in its orange irons   
to push children, like a god, from its eye.
The old unseen serpent swallows up the stars.   
Oh starry starry night! This is how   
I want to die:

into that rushing beast of the night,   
sucked up by that great dragon, to split   
from my life with no flag,
no belly,
no cry.


Foto: Gwendolyn Stewart

14 ago. 2014

Anne Sexton - Fantasmas

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Algunos fantasmas son mujeres,
ni abstractas ni blancas,
de tetas marchitas como pescados muertos.
No son brujas, sino fantasmas
que aparecen moviendo los inútiles brazos
como sirvientas negligentes.

No todos los fantasmas son mujeres,
he visto otros;
tipos gordos de vientres pálidos,
que ostentan sus genitales como trapos viejos.
No son diablos, sino fantasmas.
Uno de éstos se bambolea descalzo
sobre mi cama.

Pero eso no es todo.
Hay niños fantasma.
No son ángeles, sino fantasmas
que giran como tazas de té rosadas
sobre las almohadas, pataleando,
mostrando sus culos inocentes, berreando
para Lucifer.

Versión: Isaías Garde


Anne Sexton - Ghosts

Some ghosts are women,
neither abstract nor pale,
their breasts as limp as killed fish.
Not witches, but ghosts
who come, moving their useless arms
like forsaken servants.

Not all ghosts are women,
I have seen others;
fat, white-bellied men,
wearing their genitals like old rags.
Not devils, but ghosts.
This one thumps barefoot, lurching
above my bed.

But that isn't all.
Some ghosts are children.
Not angels, but ghosts;
curling like pink tea cups
on any pillow, or kicking,
showing their innocent bottoms, wailing
for Lucifer.

Imagen: © Bettmann/CORBIS

15 feb. 2014

Anne Sexton - Esponsales con ángeles

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Estaba cansada de ser mujer
cansada de ollas y cucharas,
cansada de mi boca y de mis senos,
cansada de afeites y cansada de sedas.
Aún había hombres sentados a mi mesa,
en círculo ante el cáliz que yo les ofrecía.
El cáliz rebosante de uvas moradas
y moscas que zumbaban atraídas al olor
aún mi padre vino, trajo su hueso blanco.
Pero estaba cansada del género en las cosas.

Anoche tuve un sueño
y le dije...
“Tú eres la respuesta.
Vivirás más que mi esposo, vivirás más que mi padre.”
Veía en este sueño la ciudad encadenada
donde se ejecutó a Juana de Arco vestida de varón
el natural de los ángeles seguía siendo un enigma
ya que no hay dos siquiera de igual condición,
uno tiene nariz, aquél lleva en la mano su oreja,
otro mastica el astro, por dar cuenta de su órbita
cada cual una línea, se obedece a sí mismo
cumpliendo las funciones de Dios,
aquella persona aparte.

“Tú eres la respuesta”,
así dije y entré
me tendí a las puertas de aquella ciudad.
Sujetaron, mi cuerpo rodeado de eslabones
perdí género común, perdí apariencia final.
Adán se colocó a mi izquierda
y a mi derecha Eva
ambos del todo incongruentes con el mundo racional,
trenzamos nuestros brazos
cabalgamos bajo el sol
y no era ya mujer
tampoco esto ni aquello.

Oh, hijas de Jerusalem,
el rey me trajo a su aposento.
Soy morena y soy hermosa.
Me han abierto y desnudado.
No tengo brazos ni piernas.
Como el pez, soy una sola piel
Y no soy más mujer
de lo que Cristo fue varón.

Febrero de 1963
(de Live or Die)


Consorting with Angels

I was tired of being a woman, 
tired of the spoons and the post, 
tired of my mouth and my breasts, 
tired of the cosmetics and the silks. 
There were still men who sat at my table, 
circled around the bowl I offered up. 
The bowl was filled with purple grapes 
and the flies hovered in for the scent 
and even my father came with his white bone. 
But I was tired of the gender things. 

Last night I had a dream 
and I said to it... 
'You are the answer. 
You will outlive my husband and my father.' 
In that dream there was a city made of chains 
where Joan was put to death in man's clothes 
and the nature of the angels went unexplained, 
no two made in the same species, 
one with a nose, one with an ear in its hand, 
one chewing a star and recording its orbit, 
each one like a poem obeying itself, 
performing God's functions, 
a people apart. 

'You are the answer, ' 
I said, and entered, 
lying down on the gates of the city. 
Then the chains were fastened around me 
and I lost my common gender and my final aspect. 
Adam was on the left of me 
and Eve was on the right of me, 
both thoroughly inconsistent with the world of reason. 
We wove our arms together 
and rode under the sun. 
I was not a woman anymore, 
not one thing or the other. 

O daughters of Jerusalem, 
the king has brought me into his chamber. 
I am black and I am beautiful. 
I've been opened and undressed. 
I have no arms or legs. 
I'm all one skin like a fish. 
I'm no more a woman 
than Christ was a man.


Traducción: Elisa Ramírez Castañeda
Imagen: © Gwendolyn Stewart

9 dic. 2013

Anne Sexton - Huye en tu asno

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Ma faim, Anne, Anne
Fuis sur ton âne…
Rimbaud

Ya que no había
adónde huir,
regresé a la escena de los sentidos desquiciados,
regresé anoche a medianoche,
llegué en la noche cerrada de junio
sin equipaje, sin defensas,
entregué las llaves del coche y mi dinero,
quedándome solamente con mi cajetilla de Salem
como niño que se aferra a su juguete.
Me registré donde un desconocido
trazó unas X de tinta
—pues éste es un hospital de locos,
no un juego de niños.

Hoy un interno golpea mis rodillas
buscando reflejos.
En otros tiempos hubiera guiñado y mendigado droga.
Hoy soy terriblemente paciente.
Hoy los cuervos juegan a las cartas
sobre el estetoscopio.

Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la buena enfermera.
Se queda en mi mano,
manso ratón blanco.
Las cortinas, delgadas y perezosas
ondean y se agitan y caen
como las faldas victorianas
de mis dos tías solteronas
en su tienda de antigüedades.

Enviaron a las avispas.
Apiñadas en las persianas como arreglos florales.
Avispas, arrastrando sus agudos aguijones,
se apiñan: saben todo;
zumban afuera: la avispa sabe.
Lo escuché de niña
pero, ¿qué quiere decir?
¿Qué sucedió con Jack y Doc y Reegy?
¿Quién recuerda lo que acecha en el corazón del hombre?
¿Qué quería decir la Gran Avispa Verde con aquello de
que sabía?
¿O lo recuerdo mal?
¿O es la Sombra quien me mira desde
el radio, junto a la cama?

Ahora es ¡din! ¡din! ¡din!
mientras en el cuarto de al lado las damas discuten
y se mondan los dientes.
Arriba una muchacha se ovilla como caracol;
en otro cuarto alguien intenta comerse un zapato;
un adolescente, en tanto, con calcetines blancos de tenis
trota de arriba a abajo en el pasillo.
Un doctor nuevo hace la ronda
pregonando tranquilizantes, insulina, shocks
a los no iniciados.

¡Seis años de estas pequeñas cuitas!
¡Seis años yendo y viniendo a este lugar!
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Podría haberle dado dos vueltas al mundo
o haber tenido más hijos —todos hombres.
Fue un viaje largo con días cortos
y sin lugares nuevos.

Aquí,
las mismas caras de siempre,
la misma escena decadente.
El alcohólico llega con sus palos de golf.
La suicida llega con unas cuantas píldoras de más
cosidas al forro del vestido.
Los huéspedes permanentes están sin novedad.
Sus caras pequeñas siguen siendo
las de un bebé con ictericia.
Mientras tanto,
sacaron a mi madre,
como muñeca ajena, envuelta en sábanas,
la mandíbula amarrada y los huecos retocados.
También a mi padre. Se extinguió con la sangre putrefacta
que usó con otras mujeres del Medio Oeste.
Salió curado un viejo alcohólico
los pies torcidos y las manos inútiles.
Salió llamando a su padre
muerto en soledad hace años
—ese banquero gordo que encerraron
con genes suspendidos como dólares
envuelto en su secreto,
bien atado en la camisa de fuerza.

Pero tú, mi doctor, mi partidario,
fuiste mejor que Cristo;
prometiste un mundo nuevo:
decirme quién
era yo.

La mayor parte del tiempo
fui extranjera,
maldita y en trance —esa cabañita,
ese lugar desnudo, azul venoso—
mis ojos cerrados a tu consultorio confuso,
ojos rondando en mi infancia,
ojos recién cortados.
Años de insinuaciones
engarzadas —historia de caso por entregas—
treinta y tres años del mismo incesto insípido
sosteniéndonos a ambos.
Tú, mi analista soltero
sentado en Marborough Street,
compartiendo con tu madre el consultorio
y regalando en Año Nuevo cigarrillos,
el nuevo Dios,
administrador de la Biblia de Gedeón.

Era tu alumna de tercero
con su estrellita azul en la frente.
En trance podía tener cualquier edad,
voz, gesto —todo retrocedía
como reloj de botica.
Despierta, aprendía sueños de memoria.
Los sueños salieron a la arena
como luchadores aficionados
—mala apuesta todos—
hasta podían ganar
pues no había otros.

Los miraba,
concentrándome sobre el precipicio
como quien mira una cantera
muchas millas abajo,
mis manos colgando como ganchos
para extraer los sueños de sus jaulas.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!

Una vez,
fuera de tu oficina,
me desplomé con un desmayo pasado de moda
entre los coches estacionados en lugares prohibidos.
Me dejé caer
y fingí estar muerta durante ocho horas.
Pensé que había muerto
en una tormenta de nieve.
Sobre mi cabeza
las cadenas castañeaban como dientes
cavando su paso en la calle nevada.
Yacía
como un abrigo desechado.
Me subiste otra vez,
torpe, tiernamente,
con ayuda de tu secretaria de pelo rojo
y porte de salvavidas.
Mis zapatos,
recuerdo,
se perdieron en la nieve
como si planeara no volver a caminar nunca más.

Eso fue el invierno
en que murió mi madre,
medio enloquecida por la morfina,
reventando, por fin,
como cerda preñada.
Yo fui su soñador mal de ojo.
De hecho,
llevaba en mi bolsa un cuchillo
—el buen L.L.Bean de caza de mi esposo.
No sabía a ciencia cierta si apuñalaría una llanta
o si destriparía un sueño.

Me enseñaste
a creer en los sueños;
así pues, fui dragadora.
Como vieja de dedos artríticos los tomaba
escurriéndoles el agua con cuidado
—dulces juguetes oscuros,
y, misteriosos sobre todo,
antes de volverse débiles y quejumbrosos.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Soy quien
abrió como cirujano
los tibios párpados
y sacó a las muchachas
a gruñir como peces.

Te conté,
dije
—pero mentía—
que el cuchillo era para mi madre…
y luego la despaché.

Las cortinas se agitan
y se hunden entre los barrotes.
Son mis dos damas flacas
llamadas Blanca y Rosa.
Afuera han podado
los prados como los de una propiedad de Newport.
Más allá, en el campo,
crece algo amarillo.
¿Fue hace un mes o hace un año
que la ambulancia se precipitó como carroza fúnebre
anunciando con su sirena un suicidio
—din, din, din—
silbato nocturno entre semáforos
insistiendo todo el recorrido en pregonar la vida?

He vuelto
pero la locura ya no es lo que solía ser.
¡Ha perdido su chispa!
¡Su inocencia!
El colega-paciente del sombrero de chimenea,
sus chistes fieros, la sonrisa maniaca
—hasta él parece borroso, pequeño y pálido.
He regresado,
reincidente,
sujeta a la pared de mosaico como destapacaños,
presa, como un convicto
tan pobre
que acaba por enamorarse de su celda.

Parada ante esta ventana vieja
me quejo de la sopa,
examino el terreno,
me doy el lujo de la vida desperdiciada.
Pronto levantaré la cara buscando una bandera blanca,
y cuando Dios llegue al fuerte
no escupiré y guardaré silencio ante su dedo.
Lo comeré como a una flor blanca.
¿Es éste el viejo truco, gastarse,
el cráneo que espera sus dosis
de electricidad?

Esto es la locura
salvo por esta especie de hambre.
De qué sirven mis preguntas
en semejante jerarquía de muerte
donde tierra y rocas suenan
¡din! ¡din! ¡din!
No podría llamársele una fiesta.
Es mi estómago lo que me atormenta.
¡Den vuelta, mis hambres!
Aunque sea una vez decidan algo deliberadamente.
Hay cerebros aquí que se pudren
como plátanos ennegrecidos.
Los corazones se han achatado como los platos de la cena.

Anne, Anne,
huye en tu asno,
huye de este triste hotel,
móntate en alguna bestia de pelo,
galopa hacia atrás presionando
tus nalgas en sus flancos,
siéntate de algún modo en su torpe trote.
¡Galopa fuera
de cualquier manera, como quieras!
Aquí todos hablan a su propia boca.
Eso es lo que significa estar loco.
Aquéllos a quienes más amé murieron de eso
—la enfermedad del idiota.

Junio de 1962


En Live or Die
Versión de Elsa Ramírez Castañeda


Flee On Your Donkey

Because there was no other place
to flee to,
I came back to the scene of the disordered senses,
came back last night at midnight,
arriving in the thick June night
without luggage or defenses,
giving up my car keys and my cash,
keeping only a pack of Salem cigarettes
the way a child holds on to a toy.
I signed myself in where a stranger
puts the inked-in X's—
for this is a mental hospital,
not a child's game.

Today an intern knocks my knees,
testing for reflexes.
Once I would have winked and begged for dope.
Today I am terribly patient.
Today crows play black-jack
on the stethoscope.

Everyone has left me
except my muse,
that good nurse.
She stays in my hand,
a mild white mouse.

The curtains, lazy and delicate,
billow and flutter and drop
like the Victorian skirts
of my two maiden aunts
who kept an antique shop.

Hornets have been sent.
They cluster like floral arrangements on the screen.
Hornets, dragging their thin stingers,
hover outside, all knowing,
hissing: the hornet knows.
I heard it as a child
but what was it that he meant?
The hornet knows!
What happened to Jack and Doc and Reggy?
Who remembers what lurks in the heart of man?
What did The Green Hornet mean, he knows?
Or have I got it wrong?
Is it The Shadow who had seen
me from my bedside radio?

Now it's Dinn, Dinn, Dinn!
while the ladies in the next room argue
and pick their teeth.
Upstairs a girl curls like a snail;
in another room someone tries to eat a shoe;
meanwhile an adolescent pads up and down
the hall in his white tennis socks.
A new doctor makes rounds
advertising tranquilizers, insulin, or shock
to the uninitiated.

Six years of such small preoccupations!
Six years of shuttling in and out of this place!
O my hunger! My hunger!
I could have gone around the world twice
or had new children - all boys.
It was a long trip with little days in it
and no new places.

In here,
it's the same old crowd,
the same ruined scene.
The alcoholic arrives with his gold clubs.
The suicide arrives with extra pills sewn
into the lining of her dress.
The permanent guests have done nothing new.
Their faces are still small
like babies with jaundice.

Meanwhile,
they carried out my mother,
wrapped like somebody's doll, in sheets,
bandaged her jaw and stuffed up her holes.
My father, too. He went out on the rotten blood
he used up on other women in the Middle West.
He went out, a cured old alcoholic
on crooked feet and useless hands.
He went out calling for his father
who died all by himself long ago -
that fat banker who got locked up,
his genes suspended like dollars,
wrapped up in his secret,
tied up securely in a straitjacket.

But you, my doctor, my enthusiast,
were better than Christ;
you promised me another world
to tell me who
I was.

I spent most of my time,
a stranger,
damned and in trance—that little hut,
that naked blue-veined place,
my eyes shut on the confusing office,
eyes circling into my childhood,
eyes newly cut.
Years of hints
strung out—a serialized case history—
thirty-three years of the same dull incest
that sustained us both.
You, my bachelor analyst,
who sat on Marlborough Street,
sharing your office with your mother
and giving up cigarettes each New Year,
were the new God,
the manager of the Gideon Bible.

I was your third-grader
with a blue star on my forehead.
In trance I could be any age,
voice, gesture—all turned backward
like a drugstore clock.
Awake, I memorized dreams.
Dreams came into the ring
like third string fighters,
each one a bad bet
who might win
because there was no other.

I stared at them,
concentrating on the abyss
the way one looks down into a rock quarry,
uncountable miles down,
my hands swinging down like hooks
to pull dreams up out of their cage.
O my hunger! My hunger!

Once, outside your office,
I collapsed in the old-fashioned swoon
between the illegally parked cars.
I threw myself down,
pretending dead for eight hours.
I thought I had died
into a snowstorm.
Above my head
chains cracked along like teeth
digging their way through the snowy street.
I lay there
like an overcoat
that someone had thrown away.
You carried me back in,
awkwardly, tenderly,
with help of the red-haired secretary
who was built like a lifeguard.
My shoes,
I remember,
were lost in the snowbank
as if I planned never to walk again.

That was the winter
that my mother died,
half mad on morphine,
blown up, at last,
like a pregnant pig.
I was her dreamy evil eye.
In fact,
I carried a knife in my pocketbook—
my husband's good L. L. Bean hunting knife.
I wasn't sure if I should slash a tire
or scrape the guts out of some dream.

You taught me
to believe in dreams;
thus I was the dredger.
I held them like an old woman with arthritic fingers,
carefully straining the water out—
sweet dark playthings,
and above all, mysterious
until they grew mournful and weak.
O my hunger! My hunger!
I was the one
who opened the warm eyelid
like a surgeon
and brought forth young girls
to grunt like fish.

I told you,
I said—
but I was lying—
that the knife was for my mother . . .
and then I delivered her.

The curtains flutter out
and slump against the bars.
They are my two thin ladies
named Blanche and Rose.
The grounds outside
are pruned like an estate at Newport.
Far off, in the field,
something yellow grows.

Was it last month or last year
that the ambulance ran like a hearse
with its siren blowing on suicide—
Dinn, dinn, dinn!—
a noon whistle that kept insisting on life
all the way through the traffic lights?

I have come back
but disorder is not what it was.
I have lost the trick of it!
The innocence of it!
That fellow-patient in his stovepipe hat
with his fiery joke, his manic smile—
even he seems blurred, small and pale.
I have come back,
recommitted,
fastened to the wall like a bathroom plunger,
held like a prisoner
who was so poor
he fell in love with jail.

I stand at this old window
complaining of the soup,
examining the grounds,
allowing myself the wasted life.
Soon I will raise my face for a white flag,
and when God enters the fort,
I won't spit or gag on his finger.
I will eat it like a white flower.
Is this the old trick, the wasting away,
the skull that waits for its dose
of electric power?

This is madness
but a kind of hunger.
What good are my questions
in this hierarchy of death
where the earth and the stones go
Dinn! Dinn! Dinn!
It is hardly a feast.
It is my stomach that makes me suffer.

Turn, my hungers!
For once make a deliberate decision.
There are brains that rot here
like black bananas.
Hearts have grown as flat as dinner plates.

Anne, Anne,
flee on your donkey,
flee this sad hotel,
ride out on some hairy beast,
gallop backward pressing
your buttocks to his withers,
sit to his clumsy gait somehow.
Ride out
any old way you please!
In this place everyone talks to his own mouth.
That's what it means to be crazy.
Those I loved best died of it—
the fool's disease. 

6 sept. 2013

Anne Sexton en su casa - 1966 (dos videos)

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5 sept. 2013

Anne Sexton: Para el Año de los Locos (bilingüe)

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Una plegaria

Oh, María, madre frágil,
escúchame, escúchame ahora
aunque desconozca tus palabras.
El rosario negro con su Cristo de plata
está sin bendecir en mi mano
pues soy la descreída.
Cada cuenta en mis dedos, redonda y dura
es un pequeño ángel negro.
Oh, María, concédeme esta gracia,
esta transgresión,
aunque sea fea,
inmersa en mi pasado
y mi locura.
Aunque hay sillas
me tiendo en el piso.
Sólo mis manos viven
tocando las cuentas.
Palabra a palabra tropiezo.
Principiante, siento tu boca tocar la mía.

Cuento las cuentas como olas
martilleando sobre mí.
Su número me marea,
enferma, enferma en el calor del verano
la ventana, arriba
es la única que escucha mi torpe ser.
Gran cautivadora, consoladora.

Me da aliento,
murmura,
exhala su inflamado pulmón como un enorme pez.

Más y más cerca
está la hora de mi muerte
mientras compongo la cara, retrocedo,
pierdo madurez y mi pelo se alacia.
Todo esto es muerte.
Hay un callejón angosto llamado muerte,
en donde me muevo
como en el agua.
Mi cuerpo es inútil.
Yace, ovillado como perro en la alfombra.
Se ha rendido.
No hay palabras aquí sino las aprendidas a medias,
el Ave María y el llena de gracia.
He penetrado ahora al año sin palabras.
Noto su extraño arribo y su voltaje exacto.
Existe sin palabras.
Sin palabras puede tocarse el pan
o recibirse el pan
o no hacer ruido.

Oh, María, tierna doctora
ven con polvos y con yerbas
pues estoy en el centro.
Es muy pequeño y el aire es gris
como el de un baño de vapor.
Me dan vino como al niño le dan leche.
Lo ponen en un cáliz delicado
con el hueco redondo y el borde delgado.
El vino tiene color de brea, añejo y secreto.
Por sí mismo sube a mi boca el cáliz
y lo veo y lo entiendo
sólo porque sucedió.
Tengo miedo de toser
pero no hablo,
miedo a la lluvia, miedo al jinete
que a mi boca cabalga.
El cáliz se inclina por sí mismo
y me enciendo.
Veo dos ríos angostos quemándome el mentón.
Me veo como quien mira a otro.
Me han cortado en dos.

Oh, María, levanta los párpados.
Estoy en el imperio del silencio,
en el reino del dormido y del loco.
Hay sangre aquí
y la he bebido.
Oh, madre del vientre
¿vine sólo por la sangre?
Oh, pequeña madre,
estoy en mi propia mente.
Cautiva en la casa errada.

Agosto de 1963


O Mary, fragile mother,
hear me, hear me now
although I do not know your words.
The black rosary with its silver Christ
lies unblessed in my hand
for I am the unbeliever.
Each bead is round and hard between my fingers,
a small black angel.
O Mary, permit me this grace,
this crossing over,
although I am ugly,
submerged in my own past
and my own madness.
Although there are chairs
I lie on the floor.
Only my hands are alive,
touching beads.
Word for word, I stumble.
A beginner, I feel your mouth touch mine.

I count beads as waves,
hammering in upon me.
I am ill at their numbers,
sick, sick in the summer heat
and the window above me
is my only listener, my awkward being.
She is a large taker, a soother.

The giver of breath
she murmurs,
exhaling her wide lung like an enormous fish.

Closer and closer
comes the hour of my death
as I rearrange my face, grow back,
grow undeveloped and straight-haired.
All this is death.
In the mind there is a thin alley called death
and I move through it as
through water.
My body is useless.
It lies, curled like a dog on the carpet.
It has given up.
There are no words here exept the half-learned,
the Hail Mary and the full of grace.
Now I have entered the year without words.
I not the queer entrance and the exact voltage.
Without words they exist.
Without words one may touch bread
and be handed bread
and make no sound.

O Mary, tender physician,
come with powders and herbs
for I am in the center.
It is very small and the air is gray
as in a steam house.
I am handed wine as child is handed milk.
It is presented in a delicate glass
with a round bowl and a thin lip.
The wine itself is pitch-colored, musty and secret.
The glass rises on its own toward my mouth
and I notice this and understand this
only because it has happened.
I have this fear of coughing
but I do not speak,
a fear of rain, a fear of the horseman
who comes riding into my mouth.
The glass tilts in on its own
and I am on fire.
I see two thin streaks burn down my chin.
I see myself as one would see another.
I have been cut in two.

O Mary, open your eyelides.
I am in the domain of silence,
the kingdom of the crazy and the sleeper.
There is blood here
and I have eaten it.
O mother of the womb,
did I come for blood alone?
O little mother,
I am in my own mind.
I am locked in the wrong house.


Título original For the Year of the Insane
Incluido en Live or Die

Anne Sexton: Quince poemas
Nota introductoria, selección y traducción Elisa Ramírez Castañeda
Mexico, UNAM, 2011
Foto: Anne Sexton 1967 Weston, Massachusetts, USA © Bettmann-Corbis

18 ago. 2010

Anne Sexton - Ángeles caídos

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Llegan a mi limpia hoja
de papel y dejan una mancha Rorschach.
No lo hacen por crueles,
lo hacen para darme un signo—
quieren forzarme, como dijo una vez Aubrey
Beardsley,
a moverlo hasta que algo salga.
Aunque soy torpe,
cumplo.
Pues soy como ellos—
salvada y perdida a la vez,
cayendo como Humpty Dumpty
abajo del alfabeto.


Cada mañana los corro de mi cama
y cuando se meten en la ensalada,
revolcándose en ella como un perro,
los entresaco uno por uno
así como mi hija
entresaca las anchoas.
En mayo bailan sobre los junquillos,
gastando los dedos de sus pies
riendo como peces.
En noviembre,
mes del pavor,
chupan su niñez de las moras
y las vuelven agrias e incomibles.


Sin embargo son compañeros.
Distribuyen su magia
de Salvavidas Surtidas
y hacen menearse la vida.
Me acompañan al dentista
y protegen del taladro.
Al mismo tiempo,
van conmigo a clases
y mienten a mis alumnos.


Oh ángel caído,
compañero dentro de mí,
susurra algo sagrado
antes de que me pellizques
hasta el sepulcro.




En The Awful Rowing Toward God (póstumo, 1975)
Traducción: Beth Miller





The Fallen Angels


They come on to my clean
sheet of paper and leave a Rorschach blot.
They do not do this to be mean,
they do it to give me a sign
they want me, as Aubrey Beardsley once said,
to shove it around till something comes.
Clumsy as I am,
I do it.
For I am like them -
both saved and lost,
tumbling downward like Humpty Dumpty
off the alphabet.


Each morning I push them off my bed
and when they get in the salad
rolling in it like a dog,
I pick each one out
just the way my daughter
picks out the anchoives.
In May they dance on the jonquils,
wearing out their toes,
laughing like fish.
In November, the dread month,
they suck the childhood out of the berries
and turn them sour and inedible.


Yet they keep me company.
They wiggle up life.
They pass out their magic
like Assorted Lifesavers.
They go with me to the dentist
and protect me form the drill.
At the same time,
they go to class with me
and lie to my students.


O fallen angel,
the companion within me,
whisper something holy
before you pinch me
into the grave.