Mostrando las entradas con la etiqueta Sessa Aldo. Mostrar todas las entradas

30 abr. 2009

Manuel Mujica Láinez - El pastor del río (1792)

No hay comentarios. :



El viento del sudoeste es loco. Viene galopando sobre la polvareda, y sus rebencazos relampaguean en el atardecer. Se ríe hasta las lágrimas; se mete en todas partes, con bufidos y chaparrones; tuerce los árboles y arroja puñados de hojas y de ramas; dispersa el ganado; sacude las casas aisladas en la llanura; golpea las puertas; echa a volar la ropa tendida; cruza la ciudad, donde se encabrita, mareando a las veletas y asustando a las campanas; y sigue adelante, hacia el río. Entonces parece que hubiera entrado en el agua un inmenso rodeo de toros.

Es loco el pampero, pero no se le conoce locura como la de ayer. A las oraciones, su furia arrastró al río hasta las balizas. Durante la noche, no paró de correr y silbar. Las gentes de Buenos Aires durmieron apenas. Hubo que sujetar los postigos, porque a la menor imprudencia se aparecía por las habitaciones donde ardían las velas ante las imágenes, soplaba y sumía todo en la oscuridad. Las señoras tornaban a encender los candiles. Rezaban sus rosarios, implorando a San Martín de Tours, el Patrono, para que intercediera ante el Señor y aplacara al Diablo. Y el viento, sin reposo, se revolcaba en los patios y se llevaba por las cinturas grises a las delgadas columnas de humo que escapaban de los fogones, a que bailaran con él.

Hoy, miércoles 30 de mayo, Buenos Aires se asombró desde el amanecer porque allí donde el río extendía siempre su espejo limoso, el río ya no está. El barro se ensancha hasta perderse de vista. Sólo en los bajíos ha quedado el reflejo del agua prisionera. Lo demás es un enorme lodazal en el que emergen los bancos. A la distancia serpentea el canal del Paraná, donde se halló el antiguo amarradero de las naves de España, y luego la planicie pantanosa se prolonga hasta el canal del Uruguay y de allí hacia Montevideo. Nadie recuerda fenómeno semejante. Los muchachos aprovechan para ir a pie hasta el próximo banco de arena. Unas pocas mujeres llegaron a él, a pesar del viento, y anduvieron paseando con unos grandes velos que las ráfagas les trenzaban sobre las cabezas, de modo que parecían unos títeres suspendidos del aire. Se dice que algunos fueron a caballo a la Colonia, vadeando los canales. En el fango surgieron unas anclas viejísimas, herrumbrosas, como huesos de cetáceos, y el casco de un navío francés que se quemó el otro siglo. Hay doquier lanchas tumbadas y, como es justo, ni un pez, ni un solo pez. Los pescadores, furiosos, discuten con las lavanderas, en las toscas resbaladizas. Hoy no se pescará ni se lavará. Y además ¡hace tanto frío!... tanto frío que todo el mundo tiene la nariz amoratada, hasta el señor Virrey don Nicolás de Arredondo, que contempla el espectáculo desde el Fuerte, con su catalejo.

La mañana transcurre entre aspavientos y zozobras. ¿Qué es esto? ¿Puede el río irse así? Y, ¿cuándo regresará? ¿Y si no regresara? San Martín, San Martín, ¿cuándo volverá el Río de la Plata?

San Martín de Tours está en su salón del Cielo, tendido con tapices de nubes estrelladas. Y no está solo. Le rodean los demás patronos de Buenos Aires, convocados por la gravedad de la noticia. Es una visita muy especial la que cumplen. De vez en vez, entreabren el cortinaje barroco de nubes y miran hacia abajo, hacia la Tierra, y buscan la dilecta ciudad a la que su río le ha sido infiel.

San Martín se quita el anillo de obispo, que lleva en el índice; se descalza los guantes escarlatas, con bellas cruces de topacios bordadas en el dorso; se despoja de la mitra gótica; deja el báculo cuyo extremo se curva como un interrogante de marfil.

Las consultas y las excusas aletean en el aposento, sobre las palmas verdes, sobre los bastones de peregrino.

–Si fuera asunto menos serio –dice Santa Lucía– iría yo. Pero yo no soy más que la segunda patrona.

–Si se tratara de combatir las hormigas –arguyen San Sabino y San Bonifacio–, nos tocaría ir a nosotros.

–Si hubiera que espantar los ratones, estaríamos listos para el trabajo –intervienen San Simón y San Judas.

Y San Roque se ofrece para el caso de viruela y tabardillo, y Santa Úrsula –en nombre de las regimentadas Once Mil Vírgenes– para guerrear contra las langostas que se comen las cosechas.
–¡Pero no es cosa nuestra! ¡No es cosa nuestra! –repiten a coro.

Y santas y santos, mezclado el resplandor de las aureolas, se asoman a la vasta terraza que las nubes entoldan con sus cendales irisados, y escudriñan, a sideral distancia, la huella ínfima del río ausente.

San Martín se desciñe la dalmática, delicada como una miniatura de misal. Se alisa las barbas patriarcales, y sus- pira.

Y las santas –Santa Lucía y Santa Úrsula– revuelven el contenido de uno de esos arcones perfumados que hay en todas las salas del Paraíso, y en los cuales los bienaventurados guardan los atributos de su bienaventuranza.

–¡Aquí está! –exclaman a un tiempo, y ambas colocan sobre los hombros del obispo de Tours la otra mitad de su capa célebre.

El Patrono se arrebuja a medias, pues el reducido manto más parece chalina. Ya aproximaron una nube viajera al divino barandal. Es una nube percherona, con belfo, lomo y crines. San Martín se puso en ella a horcajadas, se aseguró en los transparentes estribos, y desciende, deslizándose entre la música exacta de los astros, hacia la Tierra infeliz. Desde el pretil vaporoso, los santos le saludan con recortados ademanes, como desde las nervaduras de un gran rosetón de vidrio. Allá va él, que para algo es el Patrono, y en 1580, cuando elegían al celeste protector de Buenos Aires, su nombre salió tres veces en el sorteo, para irritación de los españoles antifranceses. Y Buenos Aires se acerca más y más, con sus cúpulas, sus sauces, sus tapias y sus caminos melancólicos, como se la ve en las estampas de Fernando Brambilla y de los pintores que vinieron en la expedición de Alejandro Malaspina, el capitán.

San Martín abandona el caballo milagroso a una legua de la ciudad, para que no le descubran, y se lanza a zancadas rítmicas hacia la silueta de torres y caseríos, acordándose de que fue militar en su juventud. El pampero merodea en torno suyo, como un perrazo rezongón. Se le afirmó a la capa desgarrada y tira, tira, pero el Santo puede más y entra en Buenos Aires, al alba, con el manteo tremolando como un banderín.

No hay tiempo que perder, porque allá arriba le observan, y adivina la atención de los apóstoles y de los mártires y los ladridos del can de San Roque que con cualquier pretexto se pone a jugar y desordena las procesiones seráficas. Deja a un lado las soñolientas pulperías donde los paisanos chupan el primer mate con bostezos de tigres. Va hacia el bajo. Atraviesa la desierta Plaza Mayor, se desbarranca entre los arbustos ribereños, y comprueba que el río dilatado se fue de ahí, recogiendo su caudal líquido como una red.

A poco, la playa cenagosa empieza a llenarse de gente que tirita y sucede lo que ya dijimos: algunos se aventuran barro adentro, a pie o a caballo, y otros encienden fogatas para calentarse y acaso con la esperanza de que el río, que andará extraviado, reconozca el lugar con las luces.

San Martín de Tours, invisible, se interna en el fangal. Las sandalias de oro tórnansele negras y se le motea la túnica inmaculada. Va en pos del río, descoyuntando sus brazos recios, dando grandes voces.

Mucho caminó. Como al mediodía lo encontró, casi en Montevideo. Todavía se replegaba, enfurruñado, bravío. Entonces, de un largo salto que le abrió en abanico las claras vestiduras, el hombre de Dios cayó en él, salpicando a diestra y a siniestra.

El Patrono desanuda su capa, la retuerce y la emplea como un flagelo. Azota el oleaje sedicioso, que encrespa las cabecitas de breve espuma.

–¡A la ciudad! ¡A la ciudad!

Y el Río de la Plata brama alrededor de la flaca figura, pero cada vez que el manto bendito lo toca, el agua se somete y vuelve a su cauce natural.

Se dijera un pastor de rebaños fabulosos, cuando San Martín regresa a Buenos Aires, a eso de las cuatro de la tarde, con el río manso. Las olas brincan en torno, como corderos de vellones sucios. El pastor se alza el ropaje con una mano, de manera que muestra las filosas canillas, y con la otra blande el improvisado arreador.

El Virrey don Nicolás de Arredondo apunta el catalejo y ve que el río está de vuelta y que ya cabecean los lanchones varados. Pero al Santo no le ve, ni ve cómo escurre el agua y los pececillos de su capa mojada, ni cómo se aleja, risueño, y se pierde en los pajonales de la llanura.



En Misteriosa Buenos Aires
Buenos Aires, Sudamericana, 1999

Foto: Aldo Sessa




3 abr. 2008

Manuel Mujica Láinez - El primer poeta (1538)

5 comentarios :



En la tibieza del atardecer, Luis de Miranda, mitad clérigo y mitad soldado, atraviesa la aldea de Buenos Aires, caballero en su mulo viejo. Va hacia las casas de las mujeres, de aquellas que los conquistadores apodan “las enamoradas”, y de vez en vez, para entonarse, arrima a los labios la bota de vino y hace unas gárgaras sonoras. Por la ropilla entreabierta, en el pecho, le asoman unos grandes papeles. Ha copiado en ellos, esta mañana misma, los ciento treinta y dos versos del poema en el cual refiere los afanes y desengaños que sufrieron los venidos con don Pedro de Mendoza. Describe a la ciudad como una hembra traidora que mata a sus maridos. Es el primer canto que inspira Buenos Airesy es canto de amargura. Cuando revive las tristezas que allí evoca, Luis de Miranda hace un pucherillo y vuelve a empinar el cuero que consuela. Tiene los ojos brillantes de lágrimas, un poco por el vino sorbido y otro por los recuerdos; pero está satisfecho de sus estrofas. A la larga los fundadores se las agradecerán. Nadie ha pintado como él hasta hoy las pruebas que pasaron.
Espolea al mulo rezongón, casi ciego, casi cojo de tanto trotar por esos senderos infernales, y a la distancia avista, semioculta entre unos sauces, la casa de Isabel de Guevara.
A ésta la quiere más que a sus compañeras. Es la mejor. En tiempos del hambre y del asedio, dos años atrás, se portó como ninguna: lavaba la ropa, curaba a los hombres, rondaba los fuegos, armaba las ballestas. Una maravilla. Ahora es una enamorada más, y en ese arte, también la más cumplida. Luis de Miranda le recitará su poema: ella lo sabrá comprender, porque lo cierto es que los demás se han negado a comprenderlo, como si se empeñaran en echar a olvido la grandeza de sus trabajos.
Al alba se fue con sus rimas a ver al párroco Julián Carrasco, en su iglesuca del Espíritu Santo, la que construyeron con las maderas de la nao Santa Catalina; pero el cura no le quiso escuchar. Demasiado tenía que hacer. Cuatro marineros del genovés León Pancaldo aguardaban a que les oyera en confesión, y esos italianos de tan natural elegancia deben ser de pecado gordo. En el fondo de la capilla se levantaba el rumor de sus oraciones mezclado al tintineo de los rosarios.
De allí, don Luis se trasladó con su manuscrito a visitar al teniente de gobernador Ruiz Galán, quien manda a su antojo en la ciudad con un dudoso poder del Adelantado. El hidalgo tampoco le recibió; estaba durmiendo. Y cuando Miranda llamó a su puerta por segunda vez, le explicaron los pajes que se hallaba en conversación con el propio Pancaldo, discutiendo la compra de sus mercaderías. Pero ¿qué? ¿Nadie podrá atender la lectura de sus versos, los versos en los que narra el hambre que soportaron todos?
Isidro de Caravajal cultivaba su huerta, con ayuda de uno de los italianos, y le despidió para más tarde; a Ana de Arrieta la encontró en el portal de su casa, muy perseguida por tres de los extranjeros melosos, quienes le ofrecían en venta mil tentaciones: cajas de peines, bonetes de lana, sombreros de seda, pantuflos, hasta máscaras, como si en lugar de una aldeana sencilla hubiera sido una rica señora de Venecia.
No había nada que hacer, nada que hacer. Los genoveses, con ser tan pocos, habían logrado lo que los indios no consiguieron: invadir a Buenos Aires. Una semana antes, su nave la Santa María había quedado varada frente a la ciudad. Saltando como monos, los marineros dejaron que se perdiera el casco y salvaron los aparejos, el velamen y las áncoras. Luego se ocuparon, con la misma agilidad simiesca, bajo la dirección de Pancaldo, de transportar hasta la playa los infinitos cofres que la nao contenía y que los comerciantes de Valencia y de Génova destinaban al Perú. Sobre la arena se amontonaron en desorden, como presa de piratería. Había arcones descuartizados y de su interior salían, como entrañas, las piezas de tela suntuosa. La ciudad se inundó de tesoros. Harto lo necesitaba su pobreza. Doquier, aun en las chozas más míseras, apiláronse los objetos nuevos, espejeantes: los jubones, los penachos, las sartas de perlas falsas que decían “margaritas”, las balanzas, los manteles, y también los puñales, las espadas, los arcabuces, las candelillas, las alforjas. León Pancaldo los daba por nada, pues nada se le podía pagar. Lo único que exigía era que le firmaran unas cartas de obligación, por las cuales los conquistadores se comprometían a saldar lo adeudado con el primer oro o plata que se les repartiera. Firmaban y firmaban: muchos, sacando la lengua y dibujando penosamente unos caracteres espinosos como enrejado palaciego; los más, con una simple cruz. Y escapaban hacia sus casas, como ladrones, con las pipas de vino, con los barriles de ciruelas, con los jarros de aceitunas, con los quesos de Mallorca. ¡A hartarse, después de tanta penuria!
¿Quién iba a prestar sus oídos a Luis de Miranda, si estaban tan embebecidos por ese juego brujo que, a cambio de unos mal trazados palotes, proveía de cuanto se ha menester?
El mayordomo del Rey de los Romanos andaba más hidalgo que nunca, con su flamante gorro de terciopelo, a la brisa la pluma verde. Pedro de Cantoral mostraba a los vecinos su silla jineta de cuero de Córdoba. ¡Y las mujeres! Las mujeres parecían locas.
Por eso se iba el poeta, en la placidez del crepúsculo, hacia el familiar abrigo de Isabel de Guevara.
Pero allí también había fiesta. Mientras ataba el mulo a un ceibo, rumiando su malhumor, oía el bullicio de las vihuelas y los panderos. ¡Cuánta gente! Jamás se vio tanta gente en el aposento de la enamorada, iluminado con ceras chisporroteantes en los rincones. En un testero, echada sobre cojines, completamente desnuda, está Isabel. Y en torno, como siempre, como en todas partes, los italianos, con sus caras de halcones y sus brazos tostados, ceñidos por el metal de las ajorcas. Miranda les conoce ya. Ése en cuyo sombrero se encarama un mono del Brasil, y que envuelve a la muchacha en un paño de perpiñán multicolor y que la hace reír tanto, es Batista Trocho. Aquel del guitarrón y los dientes deslumbrantes es Tomás Risso; y Aquino aquel otro, aquel que pasa sobre los pechos breves de la muchacha, acariciándola, la lisura de la camisa de Holanda y que le promete tamañas joyas: hasta zapatos de palma y cofias de oro y de seda.
Isabel no para de reír, en el estruendo de las cuerdas, de los panderos y de las voces. Junto a ella, Diego de Leys desgrana collares de cuentas de vidrio. Ha destapado una cazuela de perfumes y le va volcando el líquido delicioso sobre los hombros morenos, sobre la espalda.
Beben sin cesar. ¡Para algo trajo tanto vino español la nave de León Pancaldo! Zapatean los genoveses un baile de bodas e Isabel aplaude.
Por fin logra Luis de Miranda llegarse hasta el lecho. La Guevara le recibe con mil amores y le besa en ambas mejillas.
–Cate su merced –suspira–, cate estos chapines, cate estos pañuelos...
Y los hace danzar, y los agita, relampagueantes y leves como mariposas.
Diego de Leys, el bravucón, borracho como una cuba, no puede soportar tales confianzas:
–¿Qué venís a hacer aquí, don Pecador, con esa cara de duende?
Y le arroja a la faz un chorro de perfume. Las carcajadas de los italianos parecen capaces de volar el techo. Se revuelcan por el suelo de tierra.
Ciego, el poeta saca el espadón y dibuja un molinete terrible. Su vino tampoco le permite conservar el equilibrio, así que gira sobre las plantas como una máquina mortífera. Diego de Leys salta sobre él, aprovechando su ceguera, y le corta el pómulo con el cuchillo. Lanza Isabel un grito agudo. No quiere que le hagan mal, ruega que no le hagan mal:
–¡Por San Blas, por San Blas, no le matéis!
Desnuda, hermosísima, se desliza entre los genoveses que se han abalanzado sobre su pobre amigo. Chilla el mono que el terror encrespa. Pero es inútil. Entre cuatro alzan en vilo al intruso, abren la puerta y le despiden como un bulto flaco. El resto, enardecido por el roce de la enamorada, la ha derribado en los revueltos cojines y se ha echado sobre ella, en una jadeante confusión de dagas, de botas y de juramentos.
Luis de Miranda recoge el manuscrito caído en la hierba. Como ha extraviado en la refriega el pañuelo, tiene que frotarse la herida con el papel. Sube trabajosamente al mulo y regresa al tranco a la ciudad, por la barranca. Llora en silencio.
Una luna inmensa asciende en la quietud del río y su claridad es tanta que transforma a la noche en día espectral, en día azul. Cantan los grillos y las ranas en la serenidad de los charcos y de los matorrales.
El poeta detiene su cabalgadura y queda absorto en la contemplación del ancho cielo. Despliega entonces los folios manchados de sangre, de su sangre, comienza a leer en voz alta:

                Año de mil y quinientos
                que de veintese decía,
                cuando fue lagran porfía
                en Castilla...

Callan los ruidos alrededor. El paisaje escucha la historia trágica que ha vivido. La recuerda el río atento; la recuerdan los algarrobos y los talas. La sangre mana de la cara del lector y le enrojece los versos:

                Allegó la cosa a tanto
                que como en Jerusalén,
                la carne de hombre también
                la comieron.
                Las cosas que allí se vieron
                no se han visto en escritura...

Así leyó Fray Luis de Miranda, para el agua, para la luna, para los árboles, para las ranas y para los grillos, el primer poema que se escribió en Buenos Aires.



Misteriosa Buenos Aires, II
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 34ª ed., 1999
Foto: Aldo Sessa