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15 may. 2012

Julia Kristeva: Zoosemiótica

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La observación del comportamiento animal proporciona unos datos interesantes que dan fe de la existencia de un sistema de comunicación sumamente desarrollado en el mundo animal, con frecuencia. En efecto, la variedad de las «expresiones» del cuerpo animal, denotando un estado o una función concreta (léase ilustración), los diversos gritos de los animales y los cantos de las aves, en distintos niveles, parecen indicar que los animales manejan un código específico de señalización. Biólogos y zoólogos han emprendido investigaciones en este sentido y han proporcionado abundante material, yendo de la comunicación de los insectos a las comunicaciones de los primates. Thomas A. Sebeok acaba de publicar estos datos en su libro Animal Communication (1968). Nos limitaremos a dar dos ejemplos: la comunicación «gestual» de la abejas y la comunicación «vocal» de los delfines.

Los textos de Kircher en Misurgia Universalis (1771) son de los más antiguos en tratar el problema del lenguaje animal. Pero fue sobre todo en la década de los treinta cuando la ciencia dispuso de medios de investigación concretos para el estudio del código animal.

Karl von Frisch, profesor de Munich, observaba en 1923 la danza de las abejas; cuando, después de haber libado, una abeja vuelve a su colmena, ejecuta ante los demás habitantes de la colmena una danza en la que resaltan dos componentes esenciales: círculos horizontales e imitaciones de la figura de la cifra 8. Estos bailes parecen indicar a las demás abejas el exacto emplazamiento de la flor de donde vuelve la abeja que ha estado libando: en efecto, poco tiempo después, llegan las abejas de su colmena hasta la misma flor. Von Frisch supone que les guía el lenguaje bailarín de la abeja libadora cuyos círculos horizontales indicarían la existencia de néctar y la figura en forma de 8 el polen. Entre 1948 y 1950, Von Frisch puntualizó los resultados de estas observaciones; las danzas indican la distancia de las colmenas al manjar, la danza circular anuncia una distancia de cien metros como mucho mientras que la danza en 8 puede anunciar una distancia de hasta seis kilómetros. El número de figuras en un tiempo determinado designa la distancia, mientras que el eje del 8 revela la dirección como respecto al sol.

Nos hallamos aquí frente a un código sutil que mucho tiene que ver con el lenguaje humano. Las abejas pueden transmitir mensajes que encierran varios datos: existencia de comida, posición, distancia; poseen una memoria puesto que son capaces de retener información para transmitirla luego; por último, simbolizan ya que una secuencia gestual indica aquí otra cosa que sí misma: un alimento, su posición, su distancia... Sin embargo, Benveniste advierte que sería difícil asimilar este sistema de comunicación, aunque esté sumamente elaborado, con el lenguaje humano. Efectivamente, la comunicación de las abejas es gestual y no vocal; no supone una respuesta por parte del destinatario sino una reacción: dicho de otro modo, no hay diálogo entre las abejas; la abeja que recibe el mensaje no puede transmitírselo a una tercera (por lo que no se construye un mensaje nuevo a partir del mensaje); finalmente, la comunicación parece referirse sólo a la comida. Benveniste concluye que la comunicación de las abejas no es un lenguaje sino un código de señales que, para desarrollarse y ejercerse, precisa una sociedad: el grupo de las abejas y su convivencia.

Observando, además, la comunicación de los delfines, se ha podido poner de manifiesto unos hechos suplementarios acerca del lenguaje animal. Algunos delfines dan señales vocales que pueden expandirse bien por debajo del agua, bien en el aire. Pueden recibir una respuesta por parte del destinatario que permite al grupo reunirse. Esta señales no están destinadas únicamente para indicar el emplazamiento del alimento o para facilitar el encuentro del grupo. Varias señales aparecen como un verdadero canto que se ejecuta por el placer de escucharlo: tal es el caso de algunos delfines debajo del hielo ártico. Estas señales empiezan con la frecuencia de siete kHz y conllevan varias pulsaciones, como saltos de unas cuantas centenas de Hz, seguidas de un decrecimiento rápido por debajo de la frecuencia anterior al salto. Algunas señales pueden durar un minuto y caer hasta una frecuencia de menos de cien Hz. El cambio de frecuencia de una señal descompone a esta última en secuencias que tienen un valor distintivo en la comunicación. Finalmente, las señales de los animales submarinos sirven a menudo para localizar el alimento o al enemigo: la emisión y retorno de una señal reflejada por un obstáculo supone una ayuda para la orientación del animal. La comunicación animal nos sitúa frente a un sistema de información que, a la vez que es un lenguaje, no parece estar fundado sobre el signo y el sentido. El signo y el sentido aparecen cada vez más como unos fenómenos específicos de un determinado tipo de comunicación humana y están lejos de ser los universales de toda señalización. Una tipología de las señales y de los signos resulta pues necesaria y le daría su justo lugar al fenómeno de la comunicación verbal.

Lo que la zoosemiótica permite descubrir es la existencia de códigos de información en todos los organismos vivientes. «Porque los organismos terrestres, de los protozoarios al hombre, se parecen tanto entre sí por sus detalles bioquímicos —escribe Sebeok— estamos virtualmente seguros que todos provienen de una sola e idéntica instancia en que la vida tomó su origen. La variedad de las observaciones apoya la hipótesis según al cual el mundo orgánico entero desciende de modo lineal de la vida primordial, siendo el hecho más importante la ubicuidad de la molécula de ADN. El material genético de todos los organismos conocidos sobre la tierra se compone generalmente de los ácidos nucleicos ADN y ARN que contienen en su estructura una información transmitida y reproducida de generación en generación, y posee, además, una capacidad de autorrespuesta y de mutación. En fin, el código genético es “universal” o “más o menos...”.»

Por otra parte, el matemático soviético Lapunov (1963) subraya que todos los sistemas vivientes transmiten, a través de los canales estrictamente definidos y constantes, unas pequeñas cantidades de energía material que contiene una cantidad importante de informaciones y que controlan posteriormente una serie de organismos. Sebeok concluye, por su parte, que los fenómenos biológicos así como los fenómenos culturales pueden ser planteados como aspectos del proceso de información; e incluso la reproducción puede ser considerada como una informacion-respuesta o como un tipo de control que parece ser una propiedad universalista de la vida terrestre, independientemente de su forma y de su substancia.

Por el momento, dado el número relativamente poco elevado de investigaciones que se han hecho en este campo, toda conclusión es prematura y la visión cibernética de la vida puede resultar ser un presupuesto metafísico que funda un conocimiento pero que la limita al mismo tiempo. Entre algunos científicos persiste la convicción de que el esfuerzo común de la genética, de la teoría de la información, de la lingüística, la semiótica, puede contribuir para la comprensión de la «semiosis» que, según Sebeok, puede ser considerada como la definición de la vida. Nos hallamos ante un postulado fenomenológico que aquí se da como algo demostrado de forma empírica: el orden del lenguaje une el de la vida con el de la idealidad, el elemento de la significación, la substancia de la expresión que constituye el habla, reúne en paralelo el sentido (transcendental) y la vida.



En El lenguaje, ese desconocido. Introducción a la lingüística
Trad. María Antoranz
Madrid, Editorial Fundamentos, 1988
Foto: Jean-Paul Guilloteau/Corbis