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13 feb. 2014

Marcel Schwob: El zueco

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El bosque del Gâvre está cruzado por doce grandes senderos. La víspera de Todos los Santos, el sol rayaba aún las hojas verdes con una barra sangre y oro, cuando una niña vagabunda apareció por la ruta principal del este. Llevaba un pañuelo rojo a la cabeza atado bajo el mentón, una camisa de paño gris con botones de cobre, una falda deshilachada, un par de pequeñas pantorrillas doradas, redondas como bolillos, que se introducían en zuecos guarnecidos de hierro. Cuando llegó a la gran encrucijada, al no saber hacia dónde ir, se sentó cerca de la señal kilométrica y se puso a llorar. Y lloró durante tanto rato que la noche cayó mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. Las ortigas dejaban inclinarse sus racimos de granos verdes. Los grandes cardos cerraban sus flores violetas, la carretera gris a lo lejos reforzaba su color grisáceo bajo la niebla. De repente, dos garras y un fino hocico se subieron a un hombro de la pequeña; y después un cuerpo aterciopelado por completo, seguido de una cola en penacho, anidó entre sus brazos e introdujo su nariz en la manga corta de paño. Entonces la niña se levantó, y se introdujo bajo los árboles, bajo los arcos que formaban las ramas entrelazadas con breñas picadas de endrinas de donde surgían de improviso avellanos y ablanedos dirigidos hacia el cielo. Y, al fondo de una de aquellas bóvedas negras, vio dos llamas muy rojas. El pelo de la ardilla se erizó; algo rechinó los dientes, y la ardilla saltó al suelo. Pero la niña había corrido tanto por los caminos que ya no tenía miedo, y avanzó hacia la luz.

Un ser extraordinario, con los ojos encendidos y la boca de un violeta oscuro, se hallaba agazapado bajo un matorral; sobre su cabeza se erguían dos cuernos puntiagudos y allí mordisqueaba las avellanas que cogía constantemente con su larga cola. Abría las avellanas con los cuernos, les quitaba las cáscaras con sus manos secas y peludas, cuyas palmas eran rosas y rechinaba los dientes cuando se las comía. Al ver a la niña, dejó de roer y se quedó mirándola, guiñando constantemente los ojos.

-¿Quién eres? -dijo ella

-¿No ves que soy el diablo? -contestó el animal levantándose.

-No, señor diablo, -gritó la niña-. ¡Oh... oh... no me haga daño! No me hagas daño, señor diablo. Yo no te conozco ¿sabes? ¡nunca he oído hablar de ti. ¿Eres malo?

El diablo se echó a reír. Acercó su garra puntiaguda hacia la niña y le lanzó a la ardilla sus avellanas. Cuando se reía, los manojos de pelos que crecían en sus fosas nasales y en sus orejas bailaban sobre su cara.

-Sé bienvenida, niña -dijo el diablo-. Me gustan las personas sencillas. Creo que eres una buena chica, pero no te sabes aún el catecismo. Cuando seas mayor tal vez te enseñen que yo me llevo a los hombres, pero verás claramente que eso no es cierto. Sólo vendrás conmigo si quieres.

-Pero, yo no quiero -dijo la niña-. Eres malo; en tu casa todo debe estar negro. Yo, como puedes ver, deambulo a la luz del sol por la carretera; recojo flores y, a veces, cuando pasan damas o caballeros, me las compran por diez céntimos. Y por la noche, a veces, hay buenas mujeres que me permiten dormir sobre su heno. Esta noche no he podido comer porque estamos en el bosque.

Y el diablo dijo:

-Escucha, pequeña, no tengas miedo. Voy a ayudarte. Ponte de nuevo el zueco que se te ha caído.

Y mientras decía esto, el diablo cogía una avellana con su cola, y la ardilla cascaba otra. La pequeña introdujo su pie mojado dentro del zueco y, de repente, se encontró en la carretera principal bajo un sol naciente que formaba bandas rojas y violetas por oriente, en el aire fresco de la mañana, con la bruma flotando aún por encima de los prados. Ya no había ni bosque, ni ardilla, ni diablo. Un carretero borracho que pasaba en aquel instante al galope conduciendo un grupo de becerros que mugían bajo una lona mojada, le azotó las piernas con el látigo a modo de saludo. Las abejarucos de cabeza azul piaban en los setos de majuelo cuajados de flores blancas. La pequeña, bastante sorprendida, se puso de nuevo a andar. Durmió bajo una coscoja en un rincón del campo y al día siguiente prosiguió su camino. Andando, andando, llegó hasta las landas pedregosas bañadas por un aire salado. Y más lejos encontró cuadrados de tierra, cubiertos de agua salina, con montones de sal que amarilleaban ante el cruce de las calzadas. Andarríos y nevatillas picoteaban el estiércol en la carretera. Grandes bandadas de cuervos se abatían sobre los campos, con roncos graznidos.

Una tarde halló sentado al margen del camino a un mendigo harapiento, con la frente vendada por un trapo viejo, el cuello surcado por cuerdas rígidas y retorcidas y los párpados vueltos. Cuando la vio llegar, se levantó y le impidió el paso con sus brazos extendidos. Ella dio un grito; sus gruesos zuecos resbalaron por la pasarela del arroyo que cortaba la ruta: la caída y el pánico hicieron que se desmayara. El agua, susurrando, le bañaba el cabello; las arañas rojas se deslizaban entre las hojas de los nenúfares para mirarla; las ranas verdes agachadas la contemplaban tragando aire. Sin embargo, el mendigo se rascó con lentitud el pecho bajo su ennegrecida camisa y continuó su camino arrastrando una pierna. Poco a poco el sonido de la escudilla golpeando en su bastón se desvaneció por completo.

La pequeña se despertó bajo el intenso sol. Estaba dolorida y no podía mover el brazo derecho. Sentada sobre la pasarela, trataba de sobreponerse al aturdimiento. Luego, a lo lejos, se oyeron los cascabeles de un caballo; y poco después el rodar de un vehículo. Protegiéndose los ojos del sol con la mano logró divisar una toca blanca que destacaba entre dos blusas azules. El charabán avanzaba con rapidez; delante trotaba un pequeño caballo bretón con cabestro adornado de cascabeles y dos plumeros colocados sobre los anteojeras. Cuando llegó a la altura de la chica, ésta tendió el brazo izquierdo suplicante. Una mujer gritó:

-¡Vaya! parece un chica que necesita ayuda. Detén el caballo, Jean, voy a ver qué le pasa. Sujétalo bien para que no se mueva y pueda bajarme. ¡So! ¡so! ¡vamos pues! Vamos a ver qué le ocurre.

Pero cuando se acercó, la chiquilla había vuelto al país de los sueños. El sol le había dañado demasiado los ojos, el blanco resplandor de la carretera y el dolor sordo que le producía el brazo dañado le habían estrangulado el corazón dentro del pecho.

-Parece que está a punto de morir, -susurró la campesina- ¡Pobre chiquilla! O es algo retrasada o ha sido mordida por un cocodrilo o por un sourd; esos animales, que recorren los caminos de noche, son bien dañinos. Sujeta bien el carro, Jean, que no se mueva. Ven a echarme una mano, Mathurin, para subirla.

El charabán la fue traqueteando; el pequeño caballo siguió trotando con sus dos plumeros que se sacudían cada vez que una mosca le hacía cosquillas en la testera; la mujer de la cofia blanca, situada entre las dos blusas azules, se volvía de vez en cuando hacia la chiquilla, que seguía muy pálida. Llegaron por fin a una casa de pescador, cubierta de bálago; su propietario era uno de los pescadores más acomodados de la comarca, pues tenía con qué vivir y podía enviar su pescado al mercado en el fondo de la carreta.

Allí concluyó el viaje de la pequeña, pues a partir de entonces permaneció en la casa de aquellos pescadores. Las dos blusas azules eran las de Jean y Mathurin; la mujer de la cofia blanca, la señora Mathô; el marido el marinero que pescaba en una chalupa. Retuvieron a la chica pensando que podía ser útil para llevar la casa. Como los chicos y chicas de los marineros, fue educada a base de golpes. Los maltratos y los pescozones cayeron sobre ella con asiduidad. Y cuando se hizo mayor, a fuerza de arreglar las redes, manipular los cubos de agua sucia, conducir el vertedor, limpiar las algas, lavar los chubasqueros, introducir los brazos en el agua grasienta y en el agua salada, sus manos se le pusieron rojas y agrietadas, las muñecas arrugadas como el cuello de un lagarto, los pies endurecidos y llenos de callos por haber pasado mil veces sobre las pústulas del varec y las ristras de mejillones violetas que arañan la piel con el filo cortante de sus conchas. De la chiquilla de antaño sólo quedaban dos ojos como brasas y una tez morena; con las mejillas marchitas, las pantorrillas torcidas, la espalda encorvada por las pesadas cestas de sardinas, llegó a convertirse en una bracera destinada al matrimonio. Fue prometida a Jean, y antes de que los comentarios del pueblo publicaran los esponsales, Jean tomó un vale a cuenta sobre el matrimonio. Se casaron: el hombre se fue a pescar a la traína y a beber al regreso jarras de sidra y vasos de ron.

No era agraciado pues tenía una cara huesuda y un tupé de cabellos amarillos entre dos orejas puntiagudas. Pero tenía los puños fuertes: tras cada día de borrachera, Jeanne aparecía cubierta de moratones. Parió una ristra de chiquillos que aparecían agarrados a sus faldas cuando, en el dintel de la casa, raspaba la marmita de las papillas. También éstos fueron educados como los chicos y chicas de los marineros: a golpes. Los días transcurrían monótonos, lavando a los niños, arreglando redes, acostando al padre cuando volvía borracho y, a veces, en algunas buenas tardes, jugando al tres-siete con las vecinas mientras la lluvia golpeaba los cristales y el viento abatía las ramillas de la chimenea.

Luego el hombre desapareció en el mar; Jeanne lo lloró en la iglesia. Pasó mucho tiempo con la cara triste y los ojos rojos. Los hijos crecieron y se fueron uno por aquí, otro por allá. Finalmente, se quedó sola, vieja, cojitranca, encogida, temblorosa y viviendo del poco dinero que le enviaba uno de los hijos que era gaviero. Y un día, al llegar la aurora, los rayos grises que entraron a través de los cristales ahumados iluminaron una apagada chimenea y una vieja moribunda. Las rodillas puntiagudas levantaban sus harapos, mientras daba las últimas bocanadas.

Al tiempo que una de esas bocanadas cantaba en su garganta, se oyó tocar a maitines y sus ojos se oscurecieron de repente: sintió que se hacía de noche; vio que se hallaba en el bosque del Gâvre; que acababa de ponerse su zueco; que el diablo cogía una avellana con su cola y la ardilla roía otra. Gritó sorprendida al verse de pequeña, con su pañuelo rojo, su camisa gris y su falda desgarrada, y con angustia exclamó:

-¡Oh! ¡Eres el diablo y vienes a llevarme! -gimió santiguándose.

-Has hecho bastantes progresos y eres libre de venir conmigo o no -dijo el diablo.

-¿Cómo?! -dijo- ¿No soy una pecadora y vas a quemarme?

-No -dijo el diablo-, puedes vivir o venirte conmigo.

-Pero, Satanás ¡si estoy muerta!

-No -repitió el diablo-. Es cierto que te he hecho vivir toda tu vida, pero sólo durante el instante que empleaste en volver a poner tu zueco. Ahora puedes elegir entre esa vida o el nuevo viaje que te ofrezco.

Entonces la chiquilla se tapó los ojos con una mano y se puso a reflexionar. Recordó sus penas y fatigas, su vida triste y gris; se sintió sin fuerzas para volver a empezar.

-¡Esta bien! -le dijo al diablo- te acompaño.

El diablo lanzó un surtidor de vapor blanco con su boca violeta, hundió sus garras en la falda de la pequeña y, abriendo unas grandes alas negras de murciélago, subió con rapidez por encima de los árboles del bosque. Haces de fuego rojo como cohetes surgieron de sus cuernos, del extremo de sus alas y de las puntas de sus pies; la pequeña iba colgando inerte, como un pájaro herido. Pero, de repente, sonaron las doce campanadas de la iglesia de Blain, y de todos los campos oscuros subieron formas blancas, mujeres y hombres, de alas transparentes, que volaban con suavidad por los aires. Eran los santos y santas cuya fiesta acababa de empezar; el cielo pálido estaba repleto de ellos, que resplandecían de forma extraña. Los santos tenían en torno a la cabeza un aureola de oro; las lágrimas de los santos y las gotas de sangre que habían vertido se habían convertido en diamantes y rubíes que salpicaban sus ropajes diáfanos. Y santa Magdalena deshizo sobre la pequeña sus cabellos rubios; el diablo se encogió y cayó hacia la tierra como una araña al extremo de su hilo; la santa cogió a la niña en sus blancos brazos y dijo:

-Para Dios, tu vida de un segundo tiene el mismo valor que la de decenas de años; no tiene en cuenta el tiempo, pero valora el sufrimiento: ven a festejar con nosotros la fiesta de Todos los Santos.

Y los harapos de la niña cayeron; uno tras otro también cayeron los zuecos al vacío de la noche, y dos alas deslumbrantes surgieron de sus hombros. Y voló, entre santa María y santa Magdalena, hacia un astro bermejo y desconocido donde se encuentran las islas de los Bienaventurados. Allí es donde un segador misterioso acude cada noche, con la luna por guadaña, y entre las praderas de gamonitas siega estrellas rutilantes que luego siembra en la noche.


En Corazón doble
Título original Coeur double (1891)
Traducción de Esperanza Cobos Castro
Madrid, 1996
Foto: Marcel Schwob dans sa bibliothèque, vers 1900, Bibliothèque municipale de Nantes

16 ago. 2013

Descarga: Marcel Schwob - Vidas imaginarias

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Descarga: Marcel Schwob - Vidas imaginarias

En plena Belle époque, en pleno simbolismo y en un momento de plenitud desbordante para las letras francesas, Marcel Schwob (1867-1905) cruza el mundo dejando una impronta de originalidad profunda y fulgurante a la vez. Hijo de un hombre que incurrió en la literatura, sobrino de un erudito bibliotecario, no es extraño que conociera a la perfección las lenguas clásicas y fuese un apasionado de las Letras inglesas. Su amor con la célebre actriz Marguerita Moreno y una enfermedad extraña y atroz, que lo acosara durante los últimos años de su breve vida, son datos que nunca olvidan sus biógrafos. Además de estas Vidas imaginarias, otros tres libros de Marcel Schwob son de lectura imprescindible: El rey de la máscara de oro, Libro de Monelle y La cruzada de los niños (la traducción al español –1949– de esta última lleva prólogo de Jorge Luis Borges quien tiene más de un punto de contacto con el escritor francés). Desde la versión de Ricardo Baeza, Vidas imaginarias ha conocido varias traducciones buenas al español; ésta de Julio Pérez Millán es, sin duda, excepcional.

12 abr. 2011

Marcel Schwob - Lilith

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Pienso que la amó tanto cuanto se puede amar a una mujer en este mundo; pero su historia fue más triste que ninguna. Él había estudiado durante mucho tiempo a Dante y a Petrarca; las formas de Beatriz y de Laura flotaban ante sus ojos y los divinos versos en los que resplandece el nombre de Francisca de Rímini cantaban en sus oídos.

En el primer ardor de su juventud había amado apasionadamente a las vírgenes atormentadas de Correggio, cuyos cuerpos voluptuosamente prendados de cielo tienen ojos que desean, bocas que palpitan y llaman dolorosamente al amor. Más tarde, admiró el pálido esplendor humano de las figuras de Rafael, su sonrisa apacible y su gozo virginal. Pero cuando fue él mismo, eligió por maestro, como Dante, a Brunetto Latini, y vivió en su siglo en el que los rostros rígidos tienen la extraordinaria beatitud de los paraísos misteriosos.

Y, entre las mujeres, conoció primero a Jenny, que era nerviosa y apasionada, cuyos ojos estaban adorablemente rodeados de ojeras, bañados de humedad lánguida, con una mirada profunda. Fue un amante triste y soñador; buscaba la expresión de la voluptuosidad con una acritud entusiasta; y cuando Jenny, fatigada, se quedaba dormida con los primeros rayos del alba, él esparcía guineas brillantes entre sus cabellos soleados; luego, contemplando sus párpados cerrados y sus largas pestañas que reposaban, su frente cándida que parecía ignorar el pecado, se preguntaba amargamente, recostado sobre la almohada, si ella no prefería el oro amarillo a su amor y qué sueños desilusionantes estarían pasando bajo las paredes transparentes de su carne.

Luego imaginó a las mujeres de los tiempos supersticiosos que hacían maleficios a sus amantes porque éstos las habían abandonado; eligió a Hélène, que daba vueltas en una sartén de bronce a la imagen en cera de su pérfido prometido: él la amó, mientras que ella le atravesaba el corazón con su fina aguja de acero. La dejó por Rose-Mary a la que su madre, que era hada, le había dado un globo cristalino de berilo como prenda de su pureza. Los espíritus del berilo velaban por ella y la acunaban con sus cantos. Pero cuando ella sucumbió, el globo se tornó color de ópalo, y ella lo hendió de un espadazo en su furor; los espíritus del berilo se escaparon llorando de la piedra rota, y el alma de Rose-Mary voló con ellos.

Entonces amó a Lilith, la primera mujer de Adán, que no fue creada a partir del hombre. No fue hecha de arcilla roja, como Eva, sino de materia inhumana; había sido semejante a la serpiente, y fue ella quien tentó a la serpiente para que ésta tentara a los demás. Le pareció que era la más auténticamente mujer, y la primera, de tal manera que a la joven del Norte que amó finalmente en esta vida, y con la que se casó, le dio el nombre de Lilith.

Pero era puro capricho de artista; ella se asemejaba a las figuras prerrafaelitas que él hacía revivir en sus lienzos. Tenía los ojos del color del cielo, y su larga cabellera era luminosa como la de Berenice que, desde que la ofreció a los dioses, está esparcida por el firmamento. Su voz tenía el sonido suave de las cosas que están a punto de romperse; todos sus gestos eran delicados como roces de plumas; y tenía con tanta frecuencia el aspecto de pertenecer a un mundo diferente del de aquí abajo, que él la miraba como una visión.

Escribió para ella sonetos sublimes que se seguían narrando la historia de su amor, a los que les dio por título La casa de la vida. Los había copiado en un volumen hecho con páginas de pergamino; la obra se asemejaba a un misal pacientemente iluminado.

Lilith no vivió mucho pues no había nacido para esta tierra; y como los dos sabían que debía morir, ella lo consoló lo mejor que pudo.

-Mi amor, -le dijo- desde las barreras doradas del cielo me inclinaré hacia ti; llevaré tres lirios en la mano y siete estrellas en el pelo. Te veré desde el puente divino tendido sobre el éter; tú vendrás hacia mí y juntos iremos a los pozos insondables de luz. Y le rogaremos a Dios vivir eternamente como nos amamos por un instante en este mundo.

La vio morir mientras pronunciaba estas palabras y escribió con ellas un poema magnífico, la joya más bella con la que jamás se haya adornado a una muerta. Pensó que ella lo había abandonado desde hacía ya diez años; y la veía asomada a las barreras doradas del cielo hasta que la barrera se ablandó por la presión de su seno, hasta que los lirios se durmieron en sus brazos. Ella le susurraba siempre las mismas palabras; luego escuchaba largo rato y sonreía: «Todo será cuando él venga», decía. Y la veía sonreír; luego ella tendía sus brazos a lo largo de las barreras, cubría la cara con sus manos y lloraba. Él escuchaba sus llantos.

Ésa fue la última poesía que escribió en el libro de Lilith. Lo cerró para siempre con broches de oro y, rompiendo la pluma, juró que sólo había sido poeta para ella y que Lilith se llevaría a la tumba su gloria. Los antiguos reyes bárbaros eran así enterrados junto a sus tesoros y a sus esclavos favoritos. Se degollaba sobre la fosa abierta a las mujeres que amaba y sus almas acudían a beber la sangre bermeja.

El poeta que había amado a Lilith le hacía ofrenda de la vida de su vida y de la sangre de su sangre; inmolaba su inmortalidad terrestre e introducía en el ataúd la esperanza de los tiempos futuros. Levantó la luminosa cabellera de Lilith, y colocó el manuscrito bajo su cabeza; detrás de la palidez de su piel él veía lucir el tafilete rojo y los broches dorados que encerraban la obra de su existencia.

Luego huyó lejos de la tumba, lejos de todo lo que había sido humano llevando la imagen de Lilit en el corazón y sus versos resonándole en el cerebro. Viajó buscando paisajes nuevos que no le recordaran a su amada. Pues quería conservar el recuerdo por él mismo, no porque la visión de los objetos indiferentes se la hiciera aparecer ante sus ojos, no una Lilit humana, tal como ella había parecido ser en una forma efímera, sino una de las elegidas, idealmente ubicada más allá del cielo, y con la que él iría a reunirse algún día.

Pero el ruido del mar le recordaba sus llantos y oía su voz en el bajo profundo de los bosques; y la golondrina, al volver su negra cabeza, parecía el gracioso movimiento del cuello de su amada, y el disco de la luna, roto en las aguas oscuras de los estanques, le enviaba miles de miradas doradas y huidizas. De repente, una cierva que entró en la espesura le oprimió el corazón con un recuerdo; las brumas que envuelven los bosquecillos bajo el resplandor azulado de las estrellas tomaban forma humana para avanzar hacia él, y las gotas de agua de la lluvia que cae sobre las hojas muertas parecían el ruido ligero de los dedos amados.

Cerró los ojos ante la naturaleza, y en la sombra por la que pasan las imágenes de luz ensangrentada, vio a Lilith tal como la había amado, terrestre no celeste, humana no divina, con una mirada cambiante de pasión que era alternativamente la mirada de Hélène, de Rose-Mary y de Jenny; y cuando quería imaginársela inclinada sobre las barreras de oro del cielo, entre la armonía de las siete esferas, su rostro expresaba añoranza de las cosas de la tierra, infelicidad por no amar más. Entonces deseó tener los ojos sin párpados de los seres del infierno, para escapar a tan tristes alucinaciones.

Luego quiso recuperar de alguna forma aquella imagen divina. Pese a su promesa, intentó describirla y la pluma traicionó sus esfuerzos. Sus versos lloraban sobre Lilit, sobre el pálido cuerpo de Lilith que la tierra encerraba en su seno. Entonces recordó (pues habían transcurrido ya dos años) que había escrito maravillosos poemas en los que su ideal resplandecía extrañamente. Y se estremeció.

Cuando le volvió esta idea, lo dominó por completo. Él era poeta ante todo; Correggio, Rafael y los maestros prerrefaelitas, Jenny, Hélène, Rose-Mary, Lilith, no habían sido sino motivos de entusiasmo literario. ¿Lilith también? Tal vez, y sin embargo Lilith no quería volver a él sino tierna y dulce como una mujer terrenal. Pensó en sus versos, y recordó algunos fragmentos que le parecieron bellos. Y se sorprendió diciendo: «Allí debía haber buenos poemas». Volvió a saborear la acritud de la gloria perdida. El hombre de letras renació en él y lo hizo implacable.

Una noche se encontró, temblando, perseguido por un olor tenaz que se pega a la ropa, con la humedad de la tierra en las manos, con un ruido de madera rota en los oídos, y delante de él el libro, la obra de su vida que acababa de arrancarle a la muerte. Había robado a Lilith; y desfallecía al pensar en los cabellos separados, en sus manos buscando entre la podredumbre de lo que había amado, en aquel tafilete deteriorado que olía a la muerta, en aquellas páginas odiosamente húmedas de las que se escaparía la gloria con hedor de corrupción.

Y cuando vio de nuevo el ideal sentido por un instante, cuando creyó ver de nuevo la sonrisa de Lilith y beber sus lágrimas ardientes, fue presa del frenético deseo de la gloria. Envió a la imprenta el manuscrito, con el sangriento remordimiento de un robo y de una prostitución, con el doloroso sentimiento de una vanidad no saciada. Y abrió al público su corazón y mostró sus desgarros, arrastró ante los ojos de todos el cadáver de Lilith y su inútil imagen entre las elegidas; y en ese tesoro violado por su sacrilegio, entre las destellos de las frases, resuenan crujidos de tumba.



En Corazón doble, 1891
Traducción de Esperanza Cobos Castro


13 jun. 2010

Marcel Schwob - Cyril Tourneur, poeta trágico

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Cyril Tourneur nació de la unión de un dios des­conocido con una prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo heroico en el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la revolución y de la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y el odio a los reyes; de su padre tuvo el amor por coronarse, el or­gullo de reinar y la alegría de crear; los dos le dieron el gusto por la noche, por la luz roja y la sangre.

La fecha de su nacimiento se ignora; pero apareció un negro día de un año pestilencial.

Ninguna protección celeste veló por la muchacha de la vida a la que preñó un dios, pues su cuerpo fue maculado por la peste pocos días antes de parir y la puerta de su pequeña casa fue señalada con la cruz roja. Cyril Tourneur vino al mundo al son de la campana del enterrador de los muertos; y así como su padre había desaparecido en el cielo común de los dioses, una carreta verde arrastró a su madre a la fosa común de los hombres. Se cuenta que las tinie­blas eran tan profundas que el enterrador debió alum­brar la abertura de la casa apestada con una antorcha de resina; otro cronista asegura que la niebla en el Támesis (que bañaba el pie de la casa) fue atrave­sada por una raya escarlata y que de las fauces de la campana de llamada se escapó la voz de los cinocé­falos; por fin, parece fuera de duda que una estrella flameante y furiosa se manifestó por sobre el triángulo del techo, hecha de rayos fuliginosos, retorcidos, de­satados y que el niño recién nacido le mostró el puño por una claraboya, mientras que ella sacudía encima de él sus rizos informes de fuego. Así entró Cyril Torneur en la vasta concavidad de la noche cimeria. Es imposible descubrir lo que pensó o lo que hizo hasta la edad de treinta años, cuáles fueron los sín­tomas de su divinidad latente, como se persuadió de su propia realeza. Una nota obscura y aterrorizada contiene la lista de sus blasfemias. Declaraba que Moisés no había sido sino un juglar y que un llamado Heriots era más hábil que él. Que el primer principio de la religión era mantener a los hombres en el terror. Que Cristo merecía la muerte más que Barrabás, aun­que Barrabás fuese ladrón y asesino. Que si él se pro­pusiese escribir una nueva religión, la establecería con arreglo a un método más excelente y más admi­rable, y que el estilo del Nuevo Testamento era repug­nante. Que él tenía tanto derecho a acuñar moneda como la reina de Inglaterra y que conocía a un tal Poole, prisionero en Newgate, muy diestro en la mez­cla de los metales, con la ayuda de quien esperaba acuñar, un día, oro con su propia imagen. Un alma piadosa testó en el pergamino otras afirmaciones más terribles. Pero esas palabras fueron recogidas por una persona vulgar. Las actitudes de Cyril Tourneur in­dican un ateísmo más vindicativo. Se lo representa vestido con un gran manto negro, llevando en la cabeza una gloriosa corona con doce estrellas, el pie apoyado en el globo celeste, alzando el globo terrestre con su mano derecha. Recorría las calles en las noches de peste y de tormenta. Era pálido como los cirios consagrados y sus ojos relucían blandamente co­mo quemadores de incienso. Algunos afirman que tenía en el costado derecho la marca de un sello ex­traordinario; pero fue imposible verificarlo después de su muerte, pues no hubo nadie que viera sus despojos. Tomó por amante a una prostituta del Bankside que frecuentaba las calles de la ribera y a ella amó única­mente. Era muy joven y su rostro era inocente y rubio. En él, los rubores eran como llamas vacilantes. Cyril Tourneur le dio el nombre de Rosamonde, y tuvo de ella una hija a la que amó. Rosamonde murió trági­camente, por haber reparado en ella un príncipe. Se sabe que bebió en una copa transparente veneno color de esmeralda.

Fue entonces cuando la venganza se mezcló con el orgullo en el alma de Cyril. Nocturno, recorría el Mail a lo largo de todo el cortejo real, agitando en la mano una antorcha de penacho llameante con el propósito de alumbrar al príncipe envenenador. El odio a toda auto­ridad le subió a la boca y a las manos. Se puso a ace­char en los caminos reales, no para robar, sino para ase­sinar reyes. Los príncipes que desaparecieron en esos tiempos fueron iluminados por la antorcha de Cyril Tourneur y matados por él.

Se emboscaba en los caminos de la reina, al lado de los pozos de grava y de los hornos de cal. Escogía a su víctima en el séquito, se ofrecía para alumbrar el camino por entre las zanjas, la llevaba hasta la boca del pozo, apagaba su antorcha y la empujaba. La grava llovía des­pués de la caída. En seguida Cyril, inclinado en el bor­de, dejaba caer dos enormes piedras para aplastar los gritos. Y, el resto de la noche, velaba el cadáver que se consumía en la cal, junto al horno rojo sombrío.


Cuando Cyril Tourneur hubo saciado su odio por los reyes, hizo presa de él el odio a los dioses. El agui­jón divino que había en él lo incitó a crear. Soñó con que podría fundar una generación de su misma sangre y propagarse como dios en la tierra. Miró a su hija y la encontró virgen y deseable. Para consumar su desig­nio a la vista del cielo, no encontró ningún lugar más significativo que un cementerio. Juró que desafiaría a la muerte y crearía una nueva humanidad en medio de la destrucción fijada por las órdenes divinas. Rodea­do por viejos huesos, quiso engendrar jóvenes huesos. Cyril Tourneur poseyó a su hija en la losa de un osario. El final de su vida se pierde en un resplandor obscuro. No se sabe qué mano nos trasmitió la Tragedia del ateo y la Tragedia del vengador. Una tradición pretende que el orgullo de Cyril Tourneur se elevó más aún. Hizo levantar un trono en su jardín negro, y tenía la cos­tumbre de sentarse allí, coronado de oro, bajo el rayo. Algunos lo vieron y huyeron, aterrorizados por los pe­nachos azulados que bailoteaban sobre su cabeza. Leía un manuscrito de los poemas de Empédocles, que nadie vio después. Expresó con frecuencia su admiración por la muerte de Empédocles. Y el año en que desapareció fue también pestilencial. El pueblo de Londres se ha­bía retirado a las barcas amarradas en medio del Támesis. Un meteoro terrorífico evolucionó bajo la luna. Era un globo de fuego blanco, animado por una sinies­tra rotación. Se dirigió hacia la casa de Cyril Tourneur, que pareció pintada de reflejos metálicos. El hombre vestido de negro y coronado de oro esperaba en su trono la llegada del meteoro. Hubo, como antes de las bata­llas teatrales, un toque melancólico de trompetas. Cyril Tourneur fue envuelto por un resplandor hecho de san­gre rosada volatilizada. Trompetas, enhiestas en la no­che, tocaron, como en el teatro, una charanga fúnebre. Así fue precipitado Cyril Tourneur hacia un dios des­conocido en el taciturno torbellino del cielo.


Vidas imaginarias
Trad. Julio Pérez Millán
Buenos Aires, CEAL, 1980
Foto: M. Schwob, León Daudet y V.G.C. Byvanck



29 dic. 2009

Marcel Schwob: Empédocles, dios supuesto

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Marcel Schwob Nadie sabe cuál fue su cuna ni cómo llegó a esta tierra. Apareció en las cercanías de las orillas doradas del río Acragas, en la bella ciudad de Agrigento poco después del tiempo en que Jerjes hizo azotar al mar con cadenas. La tradición refiere solamente que su abuelo se llamaba Empédocles; nadie lo conoció. Sin duda esto ha de entenderse como que era hijo de sí mismo, tal como cuadra a un Dios. Pero sus discípulos aseguran que antes de recorrer en su gloria los campos de Sicilia, ya había pasado por cuatro existencias en nuestro mundo, y que había sido planta, pez, pájaro y muchacha. Llevaba un manto de púrpura sobre el cual caían sus largos cabellos, alrededor de la cabeza una banda de oro, en los pies sandalias de bronce y en las manos guirnaldas trenzadas de lana y de laureles.

Por la imposición de sus manos curaba a los enfer­mos y recitaba versos a la manera homérica, con acen­to pomposo, subido a un carro y con la cabeza levan­tada hacia el cielo. Mucha gente de pueblo lo seguía y se prosternaba ante él para escuchar sus poemas. Bajo el cielo puro que alumbra los trigales, los hom­bres llegaban de todas partes a Empédocles, con sus brazos cargados de ofrendas. Él los dejaba boqui­abiertos cantándoles la bóveda divina, hecha de cristal, la masa de fuego a la que llamamos sol y el amor, que lo contiene todo, semejante a una vasta esfera.

Todos los seres –decía– no son sino pedazos des­prendidos de esa esfera de amor en la cual se insinuó el odio. Y lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y de fundirnos y de confundirnos, como estábamos an­tes, en el seno del dios globular que la discordia rom­pió. Invocaba el día en que la esfera divina se in­flaría después de todas las transformaciones de las almas. Pues el mundo que conocemos es obra del odio y su disolución será obra del amor. Así cantaba por las ciudades y por los campos; y sus sandalias de bronce llegadas de Laconia tintineaban en sus píes y delante de él sonaban címbalos. Mientras tanto, de las fauces del Etna surgía una columna de humo ne­gro que echaba su sombra sobre Sicilia.

Semejante a un rey del cielo, Empédocles estaba envuelto en púrpura y ceñido de oro, mientras que los pitagóricos iban con sus leves túnicas de lino, con calzado hecho con papiros. Se decía que sabía hacer desaparecer las legañas, disolver los tumores y sacar los dolores de los miembros; se le suplicaba que hiciese cesar las lluvias o los huracanes; conjuró las tempestades en un círculo de colinas; en Selinonte echó a la fiebre volcando dos ríos en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinonte lo adoraron y le levantaron un templo y acuñaron medallas en las cuales su imagen estaba colocada cara a cara con la imagen de Apolo.

Otros sostienen que fue adivino instruido por los magos de Persia, que dominaba la necromancia y la ciencia de las hierbas que vuelven loco. Un día, cuan­do cenaba en lo de Anquitos, un hombre furioso irrum­pió en la sala, la espada en alto. Empédocles se incor­poró, tendió el brazo y cantó los versos de Homero sobre la nepenta que da la insensibilidad. E inme­diatamente la fuerza de la nepenta aferró al furioso, y éste quedó inmóvil, con la espada en el aire, olvidado de todo, como si hubiese bebido el dulce veneno mez­clado con el vino espumoso de una crátera.

Los enfermos iban a él en las afueras de las ciuda­des y era rodeado por una multitud de miserables. Había mujeres mezcladas en su séquito. Besaban los bordes de su capa preciosa. Una de ellas se llamaba Panthea, era hija de un noble de Agrigento. Debía ser consagrada a Artemis, pero huyó lejos de la fría esta­tua de la diosa y consagró su virginidad a Empédocles. Nunca se vieron signos de su amor, pues Empédocles preservaba su insensibilidad divina. No profería pa­labras como no fuera en metro épico y en el dialecto de Jonia, a pesar de que el pueblo y sus fieles se valiesen sólo del dórico. Todos sus gestos eran sa­grados. Cuando se acercaba a los hombres era para bendecirlos o para curarlos. Casi todo el tiempo per­manecía silencioso. Ninguno de aquellos que lo seguían pudo jamás sorprenderlo en medio del sueño. Se lo vio sólo majestuoso.

Panthea iba vestida de fina lana y de oro. Peinaba sus cabellos a la rica moda de Agrigento, donde la vida se deslizaba blandamente. Sostenía sus senos una almilla roja y las suelas de sus sandalias estaban perfumadas. Por lo demás, era bella y larga de cuerpo y de color muy deseable. Era imposible asegurar que Empédocles la amase, pero tuvo piedad de ella. En efecto, el soplo asiático engendró la peste en los cam­pos sicilianos. Muchos hombres fueron tocados por los dedos negros del flagelo. Y hasta los cadáveres de los animales cubrían los bordes de las praderas y por un lado y otro se veía ovejas peladas, muertas con el hocico vuelto hacia el cielo, con sus costillas salientes. Y Panthea comenzó a languidecer por esta enfer­medad. Cayó a los pies de Empédocles y no respiraba más. Aquellos que la rodeaban levantaron sus miem­bros rígidos y los bañaron en vinos y aromas. Desata­ron la almilla roja que ceñía sus jóvenes senos y la envolvieron con vendas. Y su boca entreabierta fue cerrada con un broche y sus ojos huecos ya no con­templaban la luz.

Empédocles la miró, desprendió el círculo de oro que le ceñía la frente y se lo impuso. Depositó en sus senos la guirnalda de laurel profético, cantó versos desconocidos sobre la migración de las almas y le ordenó por tres veces que se levantara y anduviera. La muchedumbre estaba llena de terror. Al tercer llamado, Panthea salió del reino de las sombras y su cuerpo se animó y se irguió sobre sus pies, todo en­vuelto en las vendas funerarias. Y el pueblo vio que Empédocles era evocador de los muertos.

Pasiánates, padre de Panthea, acudió a adorar al nuevo dios. Se tendieron mesas bajo los árboles de sus campos para ofrecerle libaciones. A los lados de Empédocles había esclavos que sostenían grandes an­torchas. Los heraldos proclamaron, como en los misterios, el silencio solemne. De pronto, la tercera ve­lada, las antorchas se apagaron y la noche envolvió a los adoradores. Y hubo una voz fuerte que llamó: ¡Empédocles! Cuando se hizo la luz, Empédocles ha­bía desaparecido. Los hombres no volvieron a verlo. Un esclavo espantado contó que había visto una saeta roja que surcaba las tinieblas hacia la cima del Etna. Los fieles treparon las cuestas estériles de la montaña a la luz melancólica del alba. El cráter del volcán vomitaba un haz de llamas. Se encontró, en el poroso brocal de lava que rodea el abismo ardiente, una sandalia de bronce retorcida por el fuego.

 

 

En Vidas imaginarias

Julio Pérez Millán

 

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7 nov. 2009

Marcel Schwob – Palabras de Monelle

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Leonor Fini - Monelle

 

Monelle me halló en el páramo en donde yo erraba y me tomó de la mano.

–No debes sorprenderte –dijo–, soy yo y no soy yo.

Volverás a encontrarme y me perderás;

Regresaré una vez más entre los tu­yos; pues pocos hombres me han visto y ninguno me ha comprendido;

Y me olvidarás, y me reconocerás, y me olvidarás.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las pequeñas prostitutas, y conocerás el comienzo.

A los dieciocho años, Bonaparte el asesino se encontró a una pequeña prostituta bajo las puertas de hierro del Palais Royal. Tenía el semblante pálido y temblaba de frío. Pero "había que vivir", dijo. Ni tú ni yo conocemos el nombre de aquella pequeña que Bonaparte llevó a su cuarto del hotel de Cherbourg, en una noche de noviembre. Ella era de Nantes, en Bretaña. Estaba débil y can­sada, su amante la había abandonado. Era simple y buena; un sonido muy dul­ce tenía su voz: de todo eso se acordó Bonaparte. Y pienso que después el re­cuerdo del sonido de su voz lo emocio­nó hasta las lágrimas, y que la buscó lar­go tiempo en las noches de invierno, pero no volvió a verla jamás.

Pues tienes que saber que las peque­ñas prostitutas no salen más que una vez de la muchedumbre nocturna por una tarea de bondad. La pobre Anne se acercó a Thomas de Quincey, el come­dor de opio, que desfallecía en Oxford Street bajo las grandes lámparas de aceite. Húmedos sus ojos, ella le acercó a los labios un vaso de vino dulce, lo abrazó y lo mimó. Después se sumió otra vez en la noche. Quizá murió al poco tiempo. Tosía, dice De Quincey, la última noche que la vi. Tal vez vagaba todavía por las calles; no obstante la pa­sión de su búsqueda, y por mucho que soportó las risas de aquellos a quienes se dirigía, Anne se había perdido para siempre. Cuando tuvo más tarde una casa caliente, a menudo pensó, entre lá­grimas, que la pobre Anne habría podi­do vivir allí a su lado; en lugar de ello se la representaba enferma, o moribunda, o desamparada, en la insondable ne­grura de un burdel londinense, y se ha­bía llevado consigo todo la amorosa piedad de su corazón.

Mira, ellas profieren un grito de compasión por ustedes, y les acari­cian la mano con su mano descarna­da. No los comprenden a menos que sean muy desdichados; lloran con us­tedes y los consuelan. La pequeña Nelly vino hacia el convicto Dostoievski desde su casa abyecta; de­sahuciada de fiebre, lo miró largo ra­to con sus grandes y negros ojos trémulos. La pequeña Sonia (existió, como todas las otras) abrazó al asesi­no Rodión después de la confesión de su crimen: "¡Usted está perdido!", di­jo con un acento desesperado. Y de pronto se alzó para arrojarse a su cuello y abrazarlo... "¡No, no hay ahora mismo sobre la tierra un hom­bre más desgraciado que tú!", gimió en un arranque de piedad, y estalló de repente en sollozos.

Como Anne y como aquella que ca­rece de nombre y se acercó al joven y triste Bonaparte, la pequeña Nelly se hundió en la niebla. Qué fue de la pe­queña Sonia, pálida y descarnada, Dostoievski no lo ha dicho. Ni tú ni yo sa­bemos si pudo ayudar a Raskolnikov hasta el final en su expiación. Yo no lo creo. Se fue muy dulcemente entre sus brazos, tras demasiado sufrir y dema­siado amar.

Ninguna de ellas, debes saberlo, puede quedarse con ustedes. Estarían demasiado tristes y les da vergüenza quedarse. Cuando ustedes ya no lloran, ellas no se atreven a mirarlos. Les enseñan la lección que han de ense­ñarles, y se van. Vienen a través del frío y la lluvia a besarlos en la frente y enjugar sus ojos y las horribles tinie­blas vuelven a atraparlas. Pues deben tal vez irse a otra parte.

Ustedes no las conocen sino mientras ellas los compadecen. No hay que pensar otra cosa. No hay que pensar en lo que ellas han podido hacer en las tinieblas. Nelly en la horrible casa, Sonia borracha en un banco del bulevar, Anne devol­viendo el vaso vacío al tabernero en una calleja obscura tal vez fueran crueles, obs­cenas. Son criaturas de carne. Han salido de un sombrío callejón para dar un beso bajo la lámpara encendida de la calle. En ese momento eran divinas.

Todo lo demás hay que olvidarlo.

Monelle guardó silencio y me miró: Yo he salido de la noche, dijo, y a ella regresaré. Porque yo también soy una pequeña prostituta.

Y Monelle dijo:

Tengo piedad de ti, tengo piedad de ti, amado mío.

Sin embargo, volveré a entrar en la noche; pues es preciso que me pierdas, antes de recobrarme. Y si me recuperas, otra vez escaparé de ti.

Porque soy la que está sola.

Y Monelle dijo:

Debido a que estoy sola, me darás el nombre de Monelle. Pero tendrás pre­sente que tengo todos los otros nombres.

Y soy esta y aquella, y la que no tie­ne nombre.

Y te llevaré entre mis hermanas, que son yo misma, y se asemejan a prostitu­tas sin inteligencia;

Y las verás atormentadas de egoís­mo, de voluptuosidad, de crueldad y de orgullo, de paciencia y piedad, pues no se han hallado todavía;

Y las verás ir a buscarse a lo lejos;

Y tú mismo me encontrarás y yo me encontraré a mí misma; y me perderás y te perderé.

Pues soy la que se ha perdido no bien es encontrada.

Y Monelle dijo:

Ese día una mujercita te tocará con su mano y huirá;

Porque todas las cosas son fugiti­vas; pero Monelle es la más fugitiva de todas.

Y antes de que vuelvas a encontrar­me, en este páramo te enseñaré y tú es­cribirás el libro de Monelle.

Y Monelle me tendió una tablilla ahuecada en la que ardía una brizna rosada.

–Toma esta antorcha –dijo– y quema. Quema todo sobre la tierra y en el cielo. Y quiebra la tablilla y apágala cuando todo esté quemado, pues nada debe ser transmitido;

A fin de que seas el segundo nartecóforo y que destruyas por el fuego y que el fuego descendido del cielo vuel­va a ascender al cielo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la destrucción.

Esa es la palabra: Destruye, destruye, destruye. Destruye en ti mismo y a tu alrededor. Haz lugar para tu alma y pa­ra las otras almas.

Destruye todo bien y todo mal. Los escombros son semejantes.

Destruye los antiguos domicilios de hombres y los antiguos domicilios de almas; las cosas muertas son espejos que deforman.

Destruye, porque toda creación pro­cede de la destrucción.

Y para la bondad superior hay que aniquilar la bondad inferior. Y así el nuevo bien se presenta saturado de mal.

Y para imaginar un nuevo arte, hay que quebrantar el arte antiguo. Y así el arte nuevo parece una suerte de iconoclastia.

Porque toda construcción está hecha de vestigios, y en este mundo no hay nada nuevo excepto las formas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la formación.

El deseo mismo de lo nuevo no es si­no la ambición del alma que anhela formarse.

Y las almas rechazan las formas an­tiguas, lo mismo que las serpientes su antigua piel.

Y los pacientes recolectores de viejas pieles de serpiente afligen a las jóvenes serpientes porque poseen un poder mágico sobre ellas.

Porque aquel que detenta las anti­guas pieles de serpiente impide a las jó­venes serpientes transformarse.

Es por eso que las serpientes desollan sus cuerpos en el verde socavón de una profunda espesura; y una vez al año se reúnen las jóvenes en círculo y queman las viejas pieles.

Parécete, pues, a las estaciones des­tructoras y formadoras.

Construye tú mismo tu casa y qué­mala tú mismo.

No arrojes escombros a tus espaldas; que cada uno se valga de sus propios despojos.

No construyas jamás en la noche pa­sada. Deja que tus edificios escapen a la deriva.

Contempla nuevos edificios en los más mínimos impulsos de tu alma.

Para todo deseo nuevo, engendra dio­ses nuevos.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los dioses.

Deja morir a los dioses antiguos; no te quedes sentado, como una plañidera al lado de sus tumbas;

Porque los antiguos dioses se levan­tan de sus sepulcros;

Y no protejas a los dioses jóvenes envolviéndolos en cintas;

Que todo dios se alce, no bien creado;

Que toda creación perezca, no bien creada;

Que el viejo dios ofrezca su creación al dios joven para que sea triturada por él;

Que todo dios sea dios del momento.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los momentos.

Mira todas las cosas bajo el aspecto del momento.

Deja ir tu yo a merced del momento.

Piensa en el momento. Todo pensa­miento que perdura es contradicción.

Ama el momento. Todo amor que perdura es odio.

Sé sincero con el momento. Toda sin­ceridad que perdura es mentira.

Sé justa para con el momento. To­da justicia que perdura es injusticia.

Actúa para con el momento. Toda acción que perdura es un reino muerto.

Sé feliz con el momento. Toda felici­dad que perdura es desventura.

Ten respeto por todos los momen­tos, y no tiendas lazos entre las cosas.

No retrases el momento: extenuarías una agonía.

Observa: todo momento es una cu­na y un ataúd: que toda vida y toda muerte te resulten extrañas y nuevas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la vida y de la muerte.

Los momentos se asemejan a basto­nes mitad blancos y mitad negros;

No arregles tu vida mediante dibu­jos hechos con las mitades blancas. Pues de inmediato toparás los dibujos con las mitades negras;

Que cada negrura esté transida de la espera de la blancura futura.

No digas: vivo ahora, moriré maña­na. No partas la realidad entre vida y muerte. Di: ahora vivo y muero.

Escancia en cada momento la totali­dad positiva y negativa de las cosas.

La rosa del otoño prevalece una es­tación; cada mañana se abre; todas las noches se cierra.

Aseméjate a las rosas: ofrece tus ho­jas al arrebato de las voluptuosidades, al pisoteo de los dolores.

Que en ti todo éxtasis esté moribun­do, que toda voluptuosidad aspire a la muerte.

Que todo dolor pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que carcome. No te enamores de esos cárabos negros. Que todo gozo pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que succio­na. No te enamores de esas cetonias doradas.

Que toda inteligencia centellee y se apague en ti en el lapso de un relámpago.

Que tu dicha se divida en fulgura­ciones. Así tu parte de gozo será igual a la de los otros.

Ten del universo una contemplación de atomista.

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu al­ma. Que tu alma no dé vuelta la cara como el niño malo.

Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del ano­checer. Sé el alba mezclada al ocaso.

Mezcla la vida con la muerte y diví­delas en momentos.

No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es co­mo tú mismo.

Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.

Ten por viva toda cosa incierta, y to­da cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las co­sas muertas.

Quema cuidadosamente a los muer­tos, y desparrama sus cenizas a los cua­tro vientos del cielo.

Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fé­nix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros. No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.

No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir be­llos ataúdes para los momentos pasa­dos: piensa en matar los momentos porvenir.

Desconfía de todos los cadáveres.

No abraces a los muertos: ellos as­fixian a los vivos.

Consagra a las cosas muertas el res­peto que se debe a las piedras de cons­trucción.

No manches tus manos en la exten­sión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.

Respira el hálito de tu boca y no as­pires los alientos muertos.

No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.

No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.

Y Monelle dijo: Te hablaré de tus acciones.

Que toda copa de barro transmitida se pulverice entre tus manos. Rompe toda copa en la que hayas bebido.

Sopla sobre la lámpara de vida que el corredor te alcanza. Pues toda lám­para antigua hace humo.

No te legues nada a ti mismo, ni pla­cer, ni dolor.

No seas esclavo de ninguna vesti­menta, ni de alma ni de cuerpo.

No golpees nunca con la misma cara de la mano.

No te contemples en la muerte; deja ir tu imagen en el agua que corre.

Huye de las ruinas y no llores en me­dio de ellas.

Cuando por la noche te quites tus ropas, desvístete de tu alma de la jor­nada; desnúdate en todos los mo­mentos.

Toda satisfacción te parecerá mortal. Azótala de antemano.

No digieras los días pasados: nútrete de las cosas futuras.

No confieses las cosas pasadas, por­que están muertas; confiesa ante ti las cosas futuras.

No desciendas a recoger las flores junto al camino; conténtate con toda apariencia. Pero abandona la aparien­cia, y no te vuelvas.

Nunca te vuelvas: detrás de ti llega el jadeo de las llamas de Sodoma, y muda­rías en estatua de lágrimas petrificadas.

No mires detrás de ti. No mires de­masiado adelante. Si miras en ti, que todo sea blanco.

No te sorprendas de nada por la comparación del recuerdo, sorpréndete de todo por la novedad de la ig­norancia.

Sorpréndete de todo; pues todo es diferente en la vida y semejante en la muerte.

Construye en las diferencias; destru­ye en las similitudes.

No te dirijas hacia permanencias; no están ni en la tierra ni en el cielo.

Siendo la razón permanente, tú la destruirás, y dejarás que tu sensibilidad se transforme.

No tengas miedo de contradecirte: no existe contradicción en el momento.

No ames tu dolor; pues no durará.

Considera tus uñas que crecen, y las pequeñas escamas de tu piel que caen.

Sé olvidadizo de todo.

Con un punzón acerado te ocuparás de matar pacientemente tus recuerdos, tal como el antiguo emperador mataba las moscas.

No hagas durar tu felicidad por el recuerdo hasta el porvenir.

No te acuerdes y no preveas.

No digas: trabajo para adquirir; tra­bajo para olvidar. Sé olvidadizo de la adquisición y del trabajo.

Álzate contra todo trabajo; contra toda actividad que exceda el momento, álzate.

Que tu marcha no vaya de un lado a otro; porque no existe tal cosa; pero que cada uno de tus pasos sea una pro­yección restablecida.

Borrarás con tu pie izquierdo la huella de tu pie derecho.

Desconócete a ti mismo.

No te preocupes por tu libertad: ol­vídate de ti mismo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de mis palabras.

Las palabras son palabras mientras son dichas.

Las palabras conservadas están muer­tas y producen pestilencia.

Escucha mis palabras habladas y no ac­túes de acuerdo con mis palabras escritas.

Después de hablar así en el páramo, Monelle calló y se puso triste: porque debía sumirse otra vez en la noche.

Y de lejos me dijo: Olvídame y te se­ré restituida.

Miré por la planicie, y vi alzarse a las hermanas de Monelle.

 

 

 

En El libro de Monelle

Trad. Ariel Dilon

Buenos Aires, Lonseller, 2005

Imagen: Monelle de Leonor Fini

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19 ago. 2009

Marcel Schwob - La estrella de madera

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I

Alain era el nieto de una vieja carbonera del bosque.

En ese antiguo bosque había más claros que caminos: había también prados redondos protegidos por altos robles; lagos de helechos inmóviles sobre los que planeaban ramajes frágiles y frescos como dedos de mujer; familias de árboles graves como pilastras, que se reunían para murmurar durante siglos las deliberaciones de sus hojas; estrechas ventanas de ramas que se abrían sobre un océano de verdor donde temblaban largas sombras perfumadas y los círculos de oro blanco del sol; islas encantadas de brezales rosas y ríos de aulagas; enrejados de resplandores y de tinieblas, grandes espacios naturales en donde surgían, todos temblorosos, los jóvenes pinos y los robles pueriles; camas de agujas rojizas en las que las horcaduras musgosas de los viejos árboles parecían hundirse a media pierna, nidos de ardillas y guaridas de víboras; mil estremecimientos de insectos y trinos de pájaros. Cuando hacía calor, zumbaba como un gigantesco hormiguero; y retenía, después de la lluvia, una lluvia propia, lenta, sombría, pertinaz, que caía de sus cimas y ahogaba sus hojas muertas. Tenía su respiración y su sueño; a veces roncaba, a veces callaba, mudo, sorprendido, vigilante, sin un roce de serpiente, sin un trino de curruca. ¿Qué esperaba? Nadie lo sabía. Tenía su voluntad y sus gustos: lanzaba rectas y veloces líneas de abedules, que caían como flechas; luego le daba miedo, y se detenía en un rincón, estremecido, bajo un bosquecillo de álamos temblones. También llegaba a poner un pie en el lindero, casi en la llanura, pero de inmediato retrocedía, y volvía al frío horror de sus más altos y profundos oquedales, a su centro nocturno. Toleraba la vida de los animales, y no parecía tomarla en cuenta; pero sus troncos inflexibles, resistentes, como relámpagos solidificados que brotaban de la tierra, eran hostiles a los hombres.

Sin embargo, no odiaba en lo absoluto a Alain: le ocultaba el cielo. Durante mucho tiempo el niño no conoció otra luz que un turbio y lechoso verdor del aire; y, al llegar la noche, veía la carbonera motearse de puntos rojos. El misericordioso viejo bosque no le había permitido mirar todo lo que el cielo nocturno arrastra de oro y plata. Así vivía al lado de una buena mujer cuyo rostro, surcado como una corteza, se había quedado fijo en las inmutables líneas del reposo de la vida. Le ayudaba a cortar las ramas, a apilarlas en las carboneras, a cubrir los montones de tierra y de turba, a vigilar el fuego, que tiene que ser suave y lento, a clasificar los trozos para hacer las negras pilas, a llenar los sacos de los porteadores a los que apenas se les veía la cara entre las tinieblas de las hojas. A cambio de eso tenía el privilegio de escuchar al mediodía el parloteo de los ramajes y de los animales; de dormir bajo los helechos cuando hacía calor; de soñar que su abuela era un roble torcido, o que la vieja haya que siempre miraba la puerta de la choza iba a arrodillarse y venir a tomar la sopa; de observar en la tierra la huida constante de la inasible moneda del sol; de reflexionar que los hombres, su abuela y él no eran verdes y negros como el bosque y el carbón; de mirar hervir la marmita y acechar el instante de su mejor aroma; de hacer gorgotear su cántaro de cerámica en el agua de la charca que estaba atrapada entre tres rocas redondas; de ver surgir un lagarto al pie de un olmo como un retoño luminoso, ondulante y fluido, y, en el hueco de la espalda del mismo olmo, también podía ver hincharse el fuego carnoso de un champiñón.

Tales fueron los años de Alain en el bosque, entre el dormir soñador de los días, y el soñar adormilado de las noches; y ya había cumplido diez.

Un día de otoño se desató una gran tormenta. Todos los oquedales gruñían y jadeaban; dardos rutilantes de lluvia se hundían una y otra vez en la maraña de las ramas; las ráfagas aullaban y se arremolinaban en torno de las cabezas canas de los robles; la joven albura gemía, la vieja se lamentaba; se oían las quejas del viejo corazón de los árboles y hubo algunos que fueron heridos de muerte y cayeron allí mismo, arrastrando fragmentos de su copa. La verde carne del bosque yacía acuchillada con sus heridas abiertas, y por esas dolorosas aberturas penetraba en sus entrañas de sombra empavorecida la luz horrible del cielo.

Esa noche el niño vio una cosa sorprendente. La tempestad se había alejado y todo volvía a quedar mudo. Se sentía una especie de gloria apacible luego de un largo combate. Cuando Alain fue con su escudilla por agua a la charca de la roca, entrevió destellos que titilaban, temblaban, parecían reír en el rústico espejo con una risa helada. Primero pensó que eran puntos de fuego como los que brillaban en las carboneras; pero éstos no quemaban los dedos, huían de su mano al tratar de cogerlos, se balanceaban de un lado a otro, luego volvían obstinadamente a cintilar en el mismo lugar. Eran fuegos fríos y burlones. Y Alain veía flotar entre ellos la imagen de su rostro y la imagen de sus manos. Entonces volvió sus ojos hacia lo alto.

A través de una gran herida oscura del follaje, distinguió el vacío radiante del cielo. El bosque ya no lo protegía más, y sintió cierta vergüenza de su desnudez. Pues desde el fondo de ese vasto claro azulado tan lejano, una multitud de ojitos implacables relucían, pupilas muy penetrantes, guiños que centelleaban, todo un picoteo de rayos. Así, Alain conoció las estrellas, y desde ese momento las deseó.

Corrió al lado de su abuela, que atizaba pensativamente la carbonera. Y cuando le preguntó por qué la charca de la roca reflejaba tantos puntos brillantes que temblaban entre los árboles, su abuela le dijo:

–Alain, son las hermosas estrellas del cielo. El cielo está encima del bosque y los que viven en la llanura lo ven siempre. Y todas las noches Dios enciende en él sus estrellas.

–Dios enciende en él sus estrellas... –repitió el niño–. ¿Y yo, abuela, podría encender estrellas?
La anciana mujer le puso en la cabeza su mano dura y cuarteada. Era como si uno de los robles hubiese tenido piedad de Alain y lo acariciara con su resistente corteza.

–Eres demasiado pequeño. Somos demasiado pequeños
–dijo–. Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche.

Y el niño repitió:

–Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche...


II

A partir de entonces las diarias alegrías de Alain fueron menos apacibles. El parloteo del bosque dejó de parecerle inocente. Ya no se sentía protegido bajo el abrigo de las hojas aserradas de los helechos. La móvil dispersión del sol en los musgos lo dejó asombrado. Se cansó de vivir en la sombra verde y oscura. Deseó otra luz que no fuera el tornasol de los lagartos, el sombrío tapiz de los hongos, y el enrojecimiento del carbón en los hornos. Antes de dormirse iba a contemplar en la charca la innumerable risa crepitante del cielo. Toda la fuerza de sus deseos lo transportaba más allá de las tinieblas cerradas de las hayas, de los robles, de los olmos, detrás de los cuales había más hayas, robles y olmos, y todavía más árboles, y oquedales sin fin. Y las palabras de la anciana habían herido su orgullo:

–Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche.

¿Y yo? –pensaba Alain–. Si fuera a la llanura, si estuviera bajo ese cielo que está por encima de los árboles, ¿no podría también encender mis estrellas? ¡Oh, iré!, iré.

Ya nada le gustaba en el recinto del bosque, que lo asediaba como un ejército inmóvil, lo aprisionaba como una cárcel rígida cuyos árboles guardianes se multiplicaban para detenerlo, extendían sus brazos inflexibles, se alzaban amenazantes, enormes, terribles y mudos, armados de contrafuertes nudosos, de barricadas hendidas, de manos gigantescas y enemigas. Al proteger celosamente su corazón tenebroso, el bosque parecía hostil a todo lo que no fuera él mismo. Pronto sanaron todas las heridas de la tempestad, se cerraron las crueles heridas por donde penetraba la luz y de nuevo durmió el sueño de su profundidad. Y la charca de la roca volvió a ser oscura, y la cara del rústico espejo no reflejó más la risa luminosa del cielo.

Pero en el sueño del niño las estrellas reían siempre.

Una noche escapó de la choza mientras su abuela dormía. Llevaba en una alforja pan y un trozo de queso duro. Las carboneras lucían apaciblemente un resplandor sofocado. ¡Qué tristes parecían esos puntos rojos comparados con los vivaces destellos del cielo! Los robles, en la noche, no eran sino sombras ciegas que tendían sus largas manos tanteando. Estaban dormidos, como su abuela, pero dormían de pie. Eran tantos que se turnaban para hacer guardia. No se oía su respiración mientras dormían. Seguirían así, en silencio, hasta el primer rocío del alba. Mas cuando el viento matinal hiciera murmurar las hojas, Alain ya habría escapado a su vigilancia. Todos los pájaros piarían y piarían para avisarles, pero Alain ya se habría deslizado entre sus brazos. No podrían seguirlo, porque tenían horror a la llanura. De nada les serviría amenazarlo de lejos, como una fila de gigantes negros: no sabían ni gritar ni caminar; todo lo que hacían era amontonarse, apretarse, multiplicarse, crecer, extenderse desmesuradamente, hendirse, lanzar mil tentáculos inmóviles, hacer avanzar de pronto grandes cabezas y espantosas mazas. Pero en el lindero de la llanura su poder se extinguía, y un hechizo los detenía de repente como si la luz los hubiera dejado estupefactos, deslumbrados.

Cuando Alain llegó a la llanura, se atrevió a volver la mirada. Los gigantes negros, reunidos como el ejército de la noche, parecían mirarlo tristemente.

Luego Alain alzó los ojos. En el cielo lo esperaba un milagro. Se hubiera dicho que había florecido con flores de fuego. Por todas partes se estremecía de destellos. Algunos huían, se hundían, estaban a punto de desaparecer, y de golpe volvían, crecían, ardían al rojo vivo, palidecían, azuleaban, se borraban, flotaban un poco, se dispersaban en tres, cuatro, cinco rastros de flamas, luego se reunían, se fundían, y, condensados, no eran más que un punto que estallaba. Otros tenían una insoportable agudeza, atravesaban los ojos con un aguijón, después se volvían suaves, se llenaban de bruma, se extendían, se volvían manchas claras, vacilaban, desaparecían en el vacío, y, reapareciendo en ese mismo instante, perforaban el aire con su estilete puro. Y otros se acomodaban en líneas, construían figuras, se disponían en siluetas en las que Alain veía casas, ventanas, carrozas; y repentinamente la esquina del techo cintilaba, después el dintel de la puerta, la empuñadura del timón, el centro de la rueda; luego todo se apagaba; luego los puntos centelleaban de nuevo, pero con resplandores desiguales, de modo que las formas que apenas había visto se confundían.

El niño tendía las manos hacia el fondo de la noche.

Trataba de agarrar esas luces pálidas, de modelarlas para que formaran figuras, curioso por saber cómo ardían y si había allá arriba grandes hornos de carbón azul moteados de flamas.

Entonces miró la llanura. Era larga, plana y desnuda, informe hasta el horizonte, poco móvil por su vegetación baja. Terminaba con un río lento, del que no se distinguían los bordes. Era un poco más blanco que la llanura.

Alain caminó hacia el río para volver a ver las estrellas. Allí parecían correr, volverse líquidas e inciertas, doblarse, redondearse, velarse bajo una onda oscura y a veces dividirse en una multitud de cortas líneas espejeantes. Iban con el curso del agua, se perdían en los remolinos y morían, ahogadas por grandes macizos de hierbas.

Durante toda esa noche Alain caminó bordeando el río. Dos o tres soplos de la alborada envolvieron las estrellas en un sudario gris claro, estriado de oro y de rosa. Al pie de un esbelto arbolillo en el que temblaban hojas de plata, Alain se sentó, algo cansado; mordisqueó su pan y bebió agua de la corriente. Siguió caminando el día entero. Por la noche durmió en una hondonada de la orilla. Y a la mañana siguiente retomó su camino.

Y he aquí que vio alargarse el río y a la llanura perder su color. El aire se volvía húmedo y salado. Los pies se hundían en la arena. Un murmullo prodigioso llenaba el horizonte. Pájaros blancos revoloteaban dando chillidos roncos y lastimeros. El agua amarilleaba y verdecía, se hinchaba y desbordaba la cuenca. Las riberas descendían y desaparecían. Pronto, Alain ya no vio sino una gran extensión arenosa, atravesada a lo lejos por una larga raya oscura. El río parecía ya no avanzar más: lo detenía una barra de espuma contra la cual luchaban todas sus breves olas. Luego se abrió y se hizo inmenso; inundó la llanura de arena y se dilató hasta el cielo.

Alain estaba rodeado de un extraño tumulto. A su alrededor cruzaban cardos de las dunas con carrizos amarillos. El viento barría su rostro. El agua se elevaba en hinchazones regulares festonadas de blanco: largas curvaturas huecas que venían una y otra vez a devorar la playa con sus fauces glaucas. Vomitaban en la arena una baba de burbujas, de conchitas perforadas y pulidas, de espesas flores viscosas, de cuernos relucientes, dentados, cosas transparentes y blandas singularmente animadas, misteriosos restos misteriosamente gastados. El mugido de todas esas fauces glaucas era dulce y desolado.

No gemían como los grandes árboles, pero parecían quejarse en otro lenguaje. También ellas debían de ser impenetrables y celosas, pues hacían rodar su sombra púrpura ocultándose de la luz.

Alain corrió por la orilla y dejó que la espuma mojara sus pies. Anochecía. Por un instante pareció que flotaban en el horizonte estelas rojas sobre un crepúsculo líquido. Luego la noche surgida del agua, al final del mar, se hizo imperiosa, ahogó las bocas aullantes del abismo con sus oscuros torbellinos. Y las estrellas salpicaron el cielo del océano.

Pero el océano no fue espejo de las estrellas. A semejanza del bosque, protegía de ellas su corazón de tinieblas con la eterna agitación de sus olas. Se veían saltar lejos de esa inmensidad ondulante cimas coronadas de cabelleras de agua que la mano del océano retiraba enseguida.

Montañas fluidas se apilaban y se fundían al mismo tiempo. Cabalgatas de olas galopaban furiosas, luego se abatían in-visibles. Filas infinitas de guerreros con melenas movedizas avanzaban a la carga implacablemente y zozobraban en el campo de batalla bajo la fluctuación de una interminable mortaja.

A la vuelta de un acantilado el niño vio errar una luz. Se acercó. Un corro de niños daba vueltas en la playa, y uno de ellos blandía una antorcha. Se inclinaban en la arena donde vienen a morir los grandes labios del agua. Alain se confundió entre ellos. Miraban sobre la playa lo que el mar acababa de traer. Eran seres rayados, de colores inciertos, rosados, violáceos, manchados de bermellón, ocelados de azul, y cuyas heridas exhalaban un fuego pálido. Parecían extrañas palmas de las manos, alrededor de las cuales se crispaban dedos adelgazados; manos errantes, muertas tiempo atrás, arrojadas por el abismo que envolvía el misterio de sus cuerpos, hojas carnosas y animadas, hechas de carne marina; bestias astrales vivientes y móviles en el fondo de un cielo oscuro.

–¡Estrellas de mar! ¡Estrellas de mar! –gritaban los niños.

–¡Oh! –exclamó Alain–, ¡estrellas!

El niño que tenía la antorcha se inclinó hacia Alain.

–Escucha –le dijo–, la historia de las estrellas. La noche en que nació Nuestro Señor, el Señor de los niños, nació en el cielo una estrella nueva. Era enorme y azul. Lo seguía a dondequiera que iba, y lo amaba. Cuando los malvados vinieron a matarlo, lloró sangre. Pero cuando él murió, al cabo de tres días, ella murió también. Cayó al mar y se ahogó. Y entonces muchas otras estrellas se ahogaron de tristeza en el mar. Y el mar tuvo piedad de ellas y no las despojó de sus colores. Y viene muy suavemente todas las noches a entregárnoslas, para que las guardemos en memoria de Nuestro Señor.

–¡Oh! –dijo Alain–, ¿y no podría yo volver a encenderlas?

–Están muertas –respondió el niño de la antorcha– desde la muerte de Nuestro Señor.

Entonces Alain agachó la cabeza, se dio vuelta, y salió del pequeño círculo de luz; pues lo que buscaba no era de ninguna manera una estrella ahogada, una estrella muerta, apagada para siempre. Quería, como sólo Dios es capaz de hacerlo, encender una estrella y hacerla vivir, gozar de su luz, admirarla y verla elevarse en el aire, lejos de las tinieblas del bosque, que oculta las estrellas, lejos de las profundidades del océano, que las ahoga. Otros niños podían recoger las estrellas muertas, guardarlas y amarlas. Esas no eran para Alain. ¿Dónde hallaría la suya? No lo sabía; pero estaba seguro de que la encontraría. Sería algo hermosísimo. La encendería, y ella le pertenecería, y tal vez iría tras él por todas partes, como la grande y azul que seguía a Nuestro Señor. Dios, que tenía tantas estrellas, tendría la bondad de regalar ésa al pequeño Alain. La deseaba con tanta fuerza. ¡Y qué sorpresa para su abuela, cuando regresara! Todo el horrible bosque se iluminaría hasta lo más recóndito. "¡Dios no es el único que enciende sus estrellas!, gritaría Alain. También está mi estrella. Sólo Alain la enciende aquí, para que la luz se haga en medio de los viejos árboles. ¡Mi estrella! ¡Mi estrella de fuego!"

El resplandor cintilante de la antorcha erró por aquí y por allá en la playa, se volvió rojizo bajo la llovizna; las sombras de los niños se disolvieron en la noche. Alain volvió a quedarse solo. Una lluvia fina lo envolvió y lo dejó transido de frío, tejió entre el cielo y él su red de gotitas. El lamento de las olas lo acompañó; a veces murmullo, a veces ulular, y en ocasiones una fuerte ola detonada contra el acantilado se pulverizaba, estallaba por todas partes, o se proyectaba en la negrura del aire como un espectro de espuma. Luego la queja se hizo igual y monótona como los suspiros regulares de un enfermo; hubo una especie de dulce tumulto aéreo, balbuciente y confuso; luego Alain entró en el silencio...



III

Y pasaron los días y las noches, las estrellas se levantaron y se acostaron; pero Alain no había encontrado la suya.

Llegó a un país inhóspito. La hierba fuera de estación amarilleaba tristemente en los extensos prados; las hojas de las viñas enrojecían en las cepas antes que los racimos acres y apretados. Filas regulares de álamos recorrían la llanura. Las colinas se elevaban con lentitud, recortadas contra los campos pálidos, algunas veces con la mancha sombría de un bosquecillo de robles. Otras, escarpadas, se coronaban con un círculo de árboles negros. Las grandes planicies se erizaban con macizos amenazantes. En ese lugar, el verde indolente de un grupo de pinos parecía un signo de felicidad.

A través de esa árida comarca erraba un arroyo claro y pedregoso. Brotaba suavemente de una colina, la mitad de su lecho quedaba seco en los primeros viñedos, y se dividía en brazos que iban a acariciar los cimientos de antiguas casas de madera con los contramarcos de las ventanas enguirnaldados. Era tan transparente que los lomos de las percas, los lucios y los pejes se distinguían como una tropa inmóvil. Los guijarros emergían al filo del agua y Alain veía gatos que pescaban de noche entre las dos orillas.

Y más lejos, donde el arroyo se volvía río, había un pueblecito asentado en los bajos ribazos, con menudas casas puntiagudas coronadas por techos acanalados en ojiva, con una multitud de ventanas minúsculas apretujadas y enrejadas, con atalayas en los tejados pintadas de azul y amarillo, y un viejo puente de madera, y un monasterio, parecido a una bruma bermeja y encrestada, donde San Jorge, armado de sangre, hundía su lanza en las fauces de un dragón de cerámica roja.

El río, largo, luminoso y verde, rodeaba la ciudad como un malecón, entre montañas nevadas en la lejanía y las muy pequeñas colinas del pueblecito donde las calles trepaban con sus grandes letreros de colores; la calle del Yelmo, y la calle de la Corona , y la calle de los Cisnes, y la del Hombre Salvaje, cerca del Mercado de Pescado y del León de Piedra que vomitaba su chorro de agua pura como un arco de cristal.

Allí había honestas posadas donde muchachas de gordas mejillas vertían vino claro en jarras de estaño, donde colgaban de las paredes las vestiduras y mucetas dejadas en prenda; además del Hostal de la Ciudad , donde se hospedaban los burgueses con capa de paño, camisa de lino crudo, y anillo de oro en el segundo dedo, haciendo justicia y pronta ejecución de los malhechores. Alrededor de la casa del consejo municipal había estrechas calles apacibles con escritorios públicos provistos de pergaminos y plumillas; mujeres plácidas, con ojos azules y húmedos, con el rostro gastado por la ternura y doble papada, vestidas con una túnica transparente, en ocasiones con la boca velada por una banda de tela fina; muchachas con vestidos blancos, hendidos en los codos, con ceñidores color cereza, y largos cabellos como copos de lana; niños pelirrojos de pálidos labios.

Alain pasó bajo una bóveda achaparrada: por ella se entraba a la plaza del Mercado Viejo. La rodeaban casitas acurrucadas como viejas alrededor de un fuego invernal, ovilladas bajo su caperuza de pizarras e hinchadas de escamas a la manera de los cuellos de dragón. La iglesia de la parroquia, negra de monstruos con barba de espuma, daba a una torre cuadrada que se afilaba como la punta de un estilete. A su lado quedaba la barbería, repleta de ventanas grasosas, redondas como burbujas, con postigos verdes donde se veían, pintadas en rojo, las tijeras y la lanceta. En medio de la plaza estaba el pozo de brocal carcomido, rematado por su domo de herrería. Niños descalzos corrían por ahí. Algunos jugaban a la rayuela en las baldosas; uno pequeño y gordo lloraba silenciosamente, con la boca embarrada de melaza, y dos chiquillas se jalaban los cabellos. Alain hubiera querido hablarles; pero huían y lo miraban de reojo, sin responder.

Cayó el sereno entre un aire levemente neblinoso. Ya se veían brillar las velas que se reflejaban en los gruesos vidrios como círculos rojos. Las puertas se cerraban; se oían los chasquidos de los postigos y el rechinido de los cerrojos. El plato de estaño que colgaba a la puerta del hostal tintineaba con su asa de hierro. Desde el vestíbulo entreabierto Alain vio el resplandor de la chimenea, aspiró el aroma del asado, oyó correr el vino; pero no se atrevió a entrar. Una voz gruñona de mujer gritó que ya era hora de cerrar todo. Alain se deslizó hacia un callejón.

Todos los puestos habían sido retirados. Ya no había abrigo contra el frío. El bosque ofrecía el hueco de las horquetas de sus árboles; el río prestaba los repliegues de sus riberas, la llanura el surco entre las espigas, el mar los recodos de sus acantilados; el mismo inhóspito campo no negaba su zanja bajo el seto; pero la hosca y refunfuñona ciudad, estrechamente apiñada y cerrada, no ofrecía nada a los pequeños errantes.

Y se hizo espesamente negra y curiosamente erizada con sus colores cambiantes, sus callejones sin salida, donde cruzaban los pilares, se hundían tablones oblicuos, corrían arroyos enlazados. Tendía de improviso dos guardacantones con cadenas, las redes de una verja, grandes cerraduras en las murallas; una casa cortaba el paso con su torrecilla, la otra lo aplastaba con su alero, la tercera abarcaba la calle con su vientre. La ciudad se había vuelto una ronda inmóvil de piedra y madera, armada con herrerías. Todo era negro, poco hospitalario y silencioso. Alain avanzó, retrocedió, se perdió, caminó en círculo y volvió a encontrarse en la plaza del Mercado Viejo. Las velas se habían apagado y todas las ventanas habían vuelto a meterse en sus carapachos. Ya no vio más que un resplandor vacilante, en un tragaluz oval cerca de la punta de la torre cuadrada.

Se entraba a la torre por la abertura de un basamento, que no estaba cerrada; la escalera llegaba casi hasta la puerta. Alain se animó, y subió por una estrecha y rápida espiral. A medio camino crepitaba en un nicho del muro un pabilo que ardía suavemente, flotando en un mechero de cobre. Al llegar arriba, Alain se quedó inmóvil ante una extraña puertecita incrustada de clavos de bronce, y contuvo el aliento. Oía por intervalos la voz aguda de un anciano que pronunciaba frases entrecortadas. Y de pronto su corazón se desbocó, y creyó que se ahogaba, pues la vieja voz chillona hablaba de las estrellas. Alain pegó la oreja a la cerradura esculpida en hierro y escuchó.

–Estrellas funestas y malvadas –decía la voz– por la noche, la hora y aquel que pregunta. Escribe: Sirio velado de sangre; la Osa Mayor oscura; la Osa Menor nublada. La Estrella Polar radiante y marcial. Puerta superior: en esta noche de martes, Marte rojo e incendiado en la octava casa, casa de Escorpión, signo de muerte, y de muerte por fuego: batalla, matanza, carnicería, flamas devoradoras. En esta hora decimotercera, Marte, dañino por naturaleza, está en conjunción con Saturno en la casa del espanto. Calamidad; muerte; raíz fatal de toda empresa. El hierro se funde con el plomo en medio del fuego. Hierro forjado para destruir; plomo en fusión. Marte se une a Saturno. El rojo penetra en el negro. Incendio en la noche. Alarma durante el sueño. Tintineos de hierro y choques de masas de plomo. Aspecto contrario, puesto que el Toro entra por la Puerta Inferior y el Escorpión por la Superior. Júpiter en la segunda casa se opone a Marte en la octava. Ruina de toda riqueza y de toda gloria. El Corazón del Cielo permanece estéril y vacío. Así, el fogoso Marte domina indiscutiblemente sobre los edificios y la vida que posee Saturno. Incendio de la ciudad; muerte por llamas. Terror y conflagración. A la decimotercera hora de esta noche de martes, Dios aparta los ojos de sus estrellas y libra las almas al fuego.

En el momento en que la vieja voz dictaba esas palabras la puerta se abrió, abatida a puñetazos y patadas: la pequeña silueta de Alain se recortó en el umbral, erguida y furiosa, y el niño, irritado, gritó:

–¡Miente! Dios no abandona a sus estrellas. ¡Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche!

Un anciano vestido con una túnica de marta cibelina alzó su rostro inclinado sobre un astrolabio construido en forma de esfera armilar, y sus ojos enrojecidos parpadearon como los de una vieja ave nocturna sorprendida en su nido. A sus pies, un niño pálido y flaco que escribía en un pergamino dejó caer la pluma de sus dedos. La flama de los dos grandes cirios se alargó y se desvió por la corriente de aire. El viejo tendió el brazo, y su mano apareció en la bocamanga forrada de piel como una osamenta desnuda.

–Niño bárbaro e incrédulo –dijo– ¡cuán grande es tu negra ignorancia! Escucha: este otro niño te instruirá por su boca. Háblale de la naturaleza de las estrellas.

Y el niño flaco recitó:

–Las estrellas están fijas en la bóveda de cristal y giran con tal rapidez sobre su pivote de diamante que se inflaman por su mismo movimiento y torbellino. Dios no es sino el primer motor de los orbes y la causa de la revolución de los siete cielos; pero luego del movimiento inicial el cielo de las constelaciones no obedece más que a sus propias leyes y gobierna según su voluntad los sucesos en la tierra y los destinos de los hombres. Tal es la doctrina de Aristóteles y de la Santa Iglesia.

–¡Mientes! –exclamó de nuevo Alain–: Dios conoce a todas sus estrellas y las ama. Me ha permitido verlas a pesar de los grandes árboles del bosque que tapaban el cielo; y ha hecho que floten para mí a lo largo del río, y las ha hecho bailar alegres encima del campo. También vi a las que se ahogaron en el tiempo de la muerte de Nuestro Señor; y pronto me mostrará la mía y...

–Niño, Dios te mostrará la tuya. ¡Así sea! –dijo el anciano.

Pero Alain no pudo saber si hablaba en serio, pues un soplo de viento repentino invadió la celda y las dos llamas de los cirios cayeron como flores bocabajo, azulearon y murieron. Alain encontró la escalera tanteando la muralla; y como se sentía lleno de audacia, y también para castigar al vejete mentiroso, arrancó el cuenco de cobre con su mecha ardiente y se lo llevó.

Toda la plaza estaba negra de noche, y la torre cuadrada pareció hundirse y desaparecer en cuanto Alain la dejó. Volvió a encontrar el pasaje de la bóveda con la luz de su lámpara y entró en él. Allí los sombreros puntiagudos de los tejados no se recortaban contra el cielo. Las tinieblas se alargaban y la sombra superior parecía como barnizada de blancura. El firmamento nocturno estaba envuelto en un enrejado de estrellas, recorrido por hilos de aire con nudos centelleantes, cubierto por una redecilla de fuego claro. Alain volvió la mirada hacia la gran red radiante. Las estrellas seguían riendo con su risa de escarcha. Seguramente no sentían piedad por él. No lo conocían, porque había permanecido demasiado tiempo rodeado por el espeso horror del bosque. Se reían de él, altas y deslumbrantes, porque era pequeño y no tenía más que una lámpara vacilante y que humeaba. También se reían del viejo mentiroso, que pretendía conocerlas, y de sus dos cirios apagados. Alain volvió a mirarlas. ¿Se reían para burlarse, o reían de placer? También bailaban. Debían de estar alegres. ¿No sabían que el pequeño Alain encendería una de ellas, como el mismo Dios? Seguramente Dios las había puesto al corriente. ¿Cuál sería la suya? Había tantas. Tal vez una noche se revelaría, descendería junto a él, y no tendría más que tomarla como un fruto. O si no la dejaba tocarla, volaría delante de él con sus alas de fuego. Y reiría con él, y él reiría con la misma risa de ella, y todo el viejo bosque quedaría sembrado de lucecitas que no serían más que risas.

Ahora Alain estaba en el viejo puente que temblaba sobre sus pilares esculpidos. Entre las gruesas vigas de su piso se veía correr el agua, y por la mitad había una atalaya toda cubierta de pizarras pintadas de azul y amarillo. El vigilante debía estar en el cuartito; pero no estaba. Felizmente para Alain, pues probablemente no lo hubiera dejado pasar con su lámpara. Alain no se atrevió a alumbrar el hueco negro de la atalaya y caminó más rápido. Más allá del puente estaban las casas más humildes del villorrio, que no tenían escudos heráldicos de colores, ni monstruos con garras para sostener los contrafuertes de las ventanas, ni fauces de dragones como gárgolas, ni serpientes que se enlazaran en los dinteles de las puertas, ni soles en relieve gesticulantes y desdorados, sobre los aguilones.

Ni siquiera tenían camisas de tejas desnudas o de pizarras grises; simplemente estaban hechas de tablones labrados a escuadra. Alain alzaba su lámpara para distinguir el camino. De súbito, se detuvo, y comenzó a temblar. Había una estrella ante él, apenas por encima de su cabeza.

Era una estrella oscura, a decir verdad, por ser de madera. Tenía seis rayos cruzados sobre otros seis, de modo que era perfecta. Estaba clavada al final de una tablilla estrecha que atravesaba la calle. Alain la alumbró y la miró con detenimiento. Ya estaba vieja y agrietada. Sin duda había esperado mucho tiempo; Dios la había olvidado en un rincón de esa aldea; o bien la había dejado allí sin decir nada, sabiendo que Alain la encontraría. Alain se acercó a la casa. Era pobre, no tenía ningún postigo, y, a través de las ventanas bajas, vio muchos curiosos personajes de madera. Estaban alineados en una repisa, como si miraran hacia afuera; sus ropas eran duras y rectas; sus labios se apretaban en una línea; sus ojos eran redondos y sin brillo, y tenían las manos cruzadas. También había un buey y un asno, con las patas tiesas y abiertas, y una cruz donde parecía estar clavada una figura lastimera, y una cuna que tenía colgada arriba una estrella, parecida a la que estaba en la calle.

Y Alain supo que al fin la había encontrado. Esta estrella estaba hecha con la madera del bosque, y esperaba que la encendieran. Había esperado a Alain. Acercó su lámpara y la flama roja lamió la estrella que crepitó. Surgieron pequeñas lágrimas azules: luego hubo un trazo ígneo; un chasquido, y empezó a arder, se volvió una bola de fuego, resplandeciente. Entonces Alain batió palmas gritando:

–¡Mi estrella!, ¡mi estrella de fuego!

Y hubo movimiento en la casa; se abrieron ventanas en lo alto, Alain vio cabecitas estupefactas con largos cabellos, muchos niños en camisa de dormir, que se habían despertado y salieron a ver. Alain corrió a la puerta y entró en la casa. Gritaba:

–¡Niños, vengan a ver mi estrella!, ¡mi estrella de fuego! ¡Alain encendió su estrella en la noche!

Sin embargo la estrella flameante creció muy rápido, derramó una estela de chispas; inmediatamente los tablones secos se inflamaron; el techo de la choza enrojeció de golpe y todo el tejadillo fue una cortina de fuego. Se oyó un grito de terror, vagas llamadas, luego quejas agudas. Y el incendio se volvió formidable. Hubo un derrumbe; grandes ascuas aparecieron entre el humo; fue un horrible abigarramiento de rojo y negro; al final se formó una especie de hueco como un pozo en el que se precipitó un montón de enormes brasas ardientes.

Y el jadeo siniestro de una campana de alarma comenzó a repicar.

En ese momento, el viejo de la torre cuadrada vio despertar en el Corazón del Cielo, que es la Casa de la Gloria , una nueva estrella roja.


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En 1897, buscando la tranquilidad del campo, Schwob se instala en Valvins, a poca distancia de la casa de Stéphane Mallarmé, quien se muestra entusiasta y solícito con su amigo. Ahí escribió gran parte del último cuento que publicó en vida, La estrella de madera. El cuento apareció en Cosmopolis, la misma revista en la que, un mes antes, Mallarmé había publicado su poema más famoso: “Un coup de dés jamais n'abolira le hasard”

Marcel Schwob, La estrella de madera, Fractal n° 6, julio-septiembre, 1997
Traducción de Una Pérez-Ruiz