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12 ago. 2013

Fernando Savater: Borges. La tiranía de las bibliotecas

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Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto..
(J. L. Borges)


De sus años juveniles de iniciación literaria comentó luego Borges: “Los gnósticos afirmaban que la única manera de evitar un pecado era cometerlo, y así librarse de él. En mis libros de aquella época creo haber cometido la mayoría de los pecados literarios, algunos bajo la influencia de un gran escritor, Leopoldo Lugones, a quien admiro mucho. Esos pecados eran la afectación, el color local, la búsqueda de lo inesperado y el estilo del siglo XVII” (Autobiografía). Con su característica discreción, omite señalar que también se inició en las destrezas que luego nos lo hicieron imprescindible: el comercio estético con los temas filosóficos, el uso de la reflexión como fuente de emoción poética, la habilidad para condensar una doctrina o una biografía en pocas líneas sin pérdida de lo más sustancioso, el uso magistral de la hipálage (“fumando pensativos cigarros”), la erudición como retórica amable o misteriosa pero nunca como pedantería, la consideración dignificante de géneros o autores habitualmente tenidos por “menores”, etc... Y todo ello, defectos y virtudes, bañado en la luz propia de un goce juguetón en el ejercicio de las letras –como lector primero, como autor después– que nunca volverá a ser tan patente, aunque por suerte jamás desaparezca del todo. Muchos años después Borges comentó a un confidente que era el deleite de poder ver las palabras escritas –fuese por otro o por él mismo, sobre todo por él mismo– el don precioso que la ceguera le arrebató: no es lo mismo escuchar o recordar lo leído que leer, no resulta igualmente jocundo escribir viendo aparecer las frases felices que dictar lo que sólo podrán paladear con los ojos los demás. El arte continúa y hasta se ahonda, pero la diversión del creador disminuye irreparablemente. En 1938, cuando muere ciego su padre, Borges ya ha sufrido la primera de las ocho operaciones oculares que intentarán frenar su deriva hacia esa oscuridad que no es exactamente tal, sino más bien una niebla lechosa progresivamente espesa donde se van desvaneciendo los colores hasta que sólo puede reconocerse el tenaz amarillo. Hace años leí en algún sitio que los taxis de Nueva York son de color amarillo porque es el más fácil de distinguir entre la bruma y la ventisca, por baja que sea la visibilidad. Claro que Borges preferirá hablar, cuando lo elogie en los poemas cuidadosamente no patéticos escritos durante su ceguera, del “oro de los tigres”: resulta literariamente menos chocante que cantar al “oro de los taxis”. Trátese de niebla o de tiniebla, lo cierto es que el día que vio morir ciego a su padre Borges ya sabía que estaba destinado a seguirle también en esa minusvalía, no sólo en sus afanes literarios o filosóficos.

Ese acontecimiento decisivo ocurrió en el mes de febrero; en diciembre, otro suceso conmociona la vida del joven escritor. También está ligado a lo precario de su vista. La tarde de Nochebuena, al subir corriendo unas escaleras, se golpea en la cabeza con el batiente recién pintado de una ventana. El traumatismo es leve, pero la herida se infecta y se le declara una septicemia que lo mantiene quince días, delirando, al borde de la muerte. Cuando comienza a recuperarse, le obsesiona la curiosa idea de que quizá sus capacidades intelectuales han quedado mermadas irreparablemente. Peculiar inseguridad, que contribuye a definirle mejor que otros datos biográficos..., si es cierto que la padeció y no se trata de una construcción post festum, la cual tampoco dejaría de ser significativa. Según la versión canónica, el convaleciente pidió a su madre que le leyese unas páginas; al rato, se echó a llorar de alivio porque las comprendía. Pero aún faltaba la auténtica prueba de fuego: volver a escribir. Borges no se atrevió a intentar un poema o un ensayito, sus géneros habituales, porque si fracasaba en ellos quedaría irremisiblemente condenado. Prefirió acometer algo totalmente nuevo, con el fin de que así una eventual incompetencia pudiera justificarse de modo que no quedase desahuciado para empeños más rutinarios. ¿No es conmovedor todo este tanteo, ya fuese auténtico o ya se trate de una elaboración posterior con la que se fragua el mismo año de la muerte del padre la ocasión de un nuevo nacimiento, la conquista de la definitiva personalidad creadora? Sea como fuese, Borges eligió iniciarse en el género fantástico y escribió Pierre Menard, autor del Quijote.

De Shakespeare puede decirse que siempre es interesante, que nunca carece de ramalazos de excelencia, pero que sólo en media docena de sus obras es propiamente él mismo, el incomparable y altísimo Shakespeare. Salvando las distancias –como el interesado se hubiera apresurado a hacer antes que nadie– también de Borges es lícito predicar algo semejante: aunque ninguna de sus páginas carece de meritorias “magias parciales”, sólo en un puñado de relatos, de poemas y de ensayos llega a ser plenamente Borges. Sin duda una de estas piezas en estado de gracia es la crónica de Pierre Menard, el inverosímil y sin embargo familiar homme des lettres que se atrevió a emular –¿mejorándola?– la más alta creación de Cervantes. En este relato disfrazado de reseña bio-bibliográfica afronta Borges uno de sus temas favoritos: la figura patética y risible del literato mediocre cuya pretenciosidad sin talento sirve sin embargo como espejo deformante (al modo esperpéntico de los de las ferias o aquellos del Callejón del Gato mencionados por Valle Inclán) para estudiar la tarea del escritor... y quizá también las perplejidades de ese vicio impune que es la pasión de leer. La anécdota es ya de sobra conocida: la historia de un idiota contada por otro aún mayor, la recensión póstuma de los estrafalarios empeños literarios del exquisito y modernísimo Pierre Menard (cuyo acmé creativo se sitúa a mediados de los años treinta, es decir, cuando Borges escribe su cuento) emprendida por un admirador estólido. La gran obra de Menard había de ser nada menos que el Quijote, es decir, una novela que coincidiera palabra por palabra y línea por línea con la de Cervantes pero que desde luego no pudiera confundirse en modo alguno con ella.

Este colmo de “intertextualidad” –como dicen ahora– encierra un apólogo sobre ese tipo de obra de arte contemporánea que sólo se basa en la decisión del artista de designarla como tal, sea el preexistente urinario para Duchamp o el preexistente Quijote cervantino para Menard, y que no puede prescindir del discurso explicativo que legitima su propósito estético. Borges parodia ese discurso con evidente delectación (suya y del lector), como hará años después junto a Bioy Casares en sus desaforadas Crónicas de H. Bustos Domecq. Este relato es muy moderno... a costa de burlarse de los contemporáneos. Acabada su aventura ultraísta, Borges descreerá notoriamente de cualquier forma de vanguardismo; se conformará con ser profundamente original, pero renunciando a la pirotecnia de experimentos provocadores. Prefiere suscitar el asombro ante lo familiar que el mero desconcierto y la incomodidad del lector. Sin embargo, en Pierre Menard, autor del Quijote hay un curioso contagio cervantino: del mismo modo que la novela de Cervantes trasciende con mucho su propósito inicial –¡si es que lo fue!– de reducir al absurdo las novelas de caballerías, también el seudocuento borgiano rebasa con creces la mera sátira del amaneramiento de los nuevos culteranos. Hay algo más, mucho más, una insinuación inquietante en cuyo desentrañamiento los exégetas se encarnizan: quizá la de que, en el momento de leer, el autor del texto y su paciente se confunden, o que los clásicos son esas obras que es imposible recordar sin la tentación de amputarlas de la cronología, o que el texto literario vive mientras los hombres mueren repitiéndolo o... tantas otras sugerencias como se han hecho y pueden hacerse, desde la sensibilidad reflexiva o el acartonamiento pedante. Más que un pensador, en el sentido académico de la expresión, Borges es un escritor que da que pensar a los teóricos, que inaugura o renueva perplejidades filosóficas. Puede que sea en Pierre Menard donde se manifiesta así inequívocamente por primera vez. A mí, caprichosamente, la relectura de esta pieza suele remitirme íntimamente a un dístico muy posterior del mismo autor, titulado Un poeta menor:

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.

Al año siguiente de aparecer Pierre Menard, en 1940, se casan con la mayor discreción sus amigos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Diez años antes, en casa de las Ocampo la imperiosa y emprendedora Victoria, la desconcertante y poética Silvina, habían sido presentados Borges y Bioy, dando comienzo no sólo a una amistad de por vida y a una fecunda colaboración literaria, sino incluso a una especie de singularísima simbiosis que procreó a otro autor, Honorio Bustos Domecq, realmente distinto de ambos aunque para nada indigno de ninguno de los dos. Cuando se conocieron, Bioy era un muchacho aficionado a las letras de diecisiete años y Borges un admirado escritor joven que acababa de rebasar los treinta. No miren hacia Rimbaud y Verlaine porque no hace al caso (aunque según Diderot no hay amistad entrañable “sans un peu de testicule”). Es fama que su primera obra conjunta fue un prospecto publicitario que cantaba las higiénicas virtudes de cierto yogur. El mismo año de la boda entre Adolfo y Silvina, en la que Jorge Luis ofició como testigo, firmaron los tres una Antología de la literatura fantástica que me parece una obra maestra por lo menos igual a lo mejor que cada uno de los tres escribió por separado. El propio Borges, nunca ditirámbico respecto a sus producciones, la reputó como “uno de los pocos libros que merecerían salvarse de un nuevo diluvio universal”. Aunque mi ejemplar –de la colección “Piragua” en editorial Sudamericana– está ya notablemente descuajeringado por el uso y abuso entusiasta, sin duda sería uno de los cuatro o cinco libros que también yo intentaría rescatar de esa catástrofe bíblica o de un más módico incendio doméstico. Sólo haberme revelado Enoch Soames de Max Beerbohm o La noche en la posada de lord Dunsany bastarían para sentirme agradecido para siempre a ese sabio compendio de maravillas. También las dos Antologías del cuento policial que prepararon pocos años más tarde (cuando este tipo de selecciones, frecuentes en inglés, no lo eran apenas en nuestra lengua) son excelentes, así como la colección de novelas de misterio El séptimo círculo –el lugar de condena de los violentos en el infierno de Dante–, que dirigieron al alimón y que me sigue resultando la mejor del género que conozco.

Estas tareas conjuntas prueban sobradamente que Borges y Bioy fueron lectores perspicaces y generosos, de los que saben contagiar el vicio de la lectura. Y que no estaban aquejados del síndrome de la excelsitud literaria, que prescribe poner los ojos en blanco ante Hoffmansthal y despachar con una mueca de asco la simple mención de Agatha Christie: el paladar del auténtico gourmet de la escritura disfruta con las rarezas de los sibaritas pero también con los platos populares bien especiados. No hay que confundir la anemia con el buen gusto. En este aspecto, sin duda la influencia de Bioy Casares en Borges fue beneficiosa y contribuyó a desinhibir su estilo y su temática. “Al contradecir mi gusto por lo patético, lo sentencioso y lo barroco, Bioy me hizo sentir que la discreción y el control son más convenientes. Si se me permite una afirmación tajante, diría que Bioy me fue llevando poco a poco hacia el clasicismo” (Autobiografía). Pero también reforzó su tendencia satírica, a veces hasta el trazo grueso y la parodia casi sobreactuada. A esta línea pertenecen los Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), firmados por su alter ego conjunto Bustos Domecq, con los que añaden a la nutrida saga de los detectives extravagantes (el lord exquisito, el obeso que nunca sale de su invernadero de orquídeas, el ciego al que sin embargo nada se le escapa...) el desaforado caso de un sabueso encarcelado que resuelve los enigmas sin moverse –et pour cause!– de su celda. La mayoría de las narraciones policiales acaban con la cárcel para el culpable; los casos de Parodi –el apellido es bien significativo– empiezan con el investigador entre rejas... Cada uno de los relatos plantea un enigma que es a la vez extravagante y perfecto, como las historias que Chesterton urde en torno al padre Brown o a mister Pond; también como los del autor inglés, suelen encerrar una parábola moral; pero además subrayan la vertiente satírica hasta lo inmisericorde y se burlan de los usos literarios o sociales del día con un júbilo irreverente que en ocasiones provoca francamente carcajadas, en un estilo que ha alcanzado luego su cima en España con algunas novelas de Eduardo Mendoza. En un relato posterior del bifronte Bustos Domecq, La fiesta del monstruo (que no pertenece a la saga del perspicaz Parodi), estos procedimientos hilarantes y esperpénticos funcionan con estremecedora eficacia para denunciar la brutalidad parafascista del populismo peronista. Se trata de la narración más políticamente “comprometida” de ambos autores, así como de una de las obras maestras panfletarias del siglo, mucho más cerca en tal línea de Swift o del expresionismo de Grosz que de Chesterton.

Quizá éste sea un momento tan bueno o tan inoportuno como cualquier otro para hablar de la relación entre Borges y la política. Es paradójico y sintomático de la hipocresía intelectual de nuestra época que las actitudes políticas de un autor tan políticamente templado y distraído en ese tema como Borges se hayan llegado a convertir en un problema mayor para bastantes de sus lectores. Si creyésemos a algunos imbéciles, Borges sería uno de esos casos tristes y célebres –como Céline– de gran escritor cuya mentalidad aberrantemente reaccionaria apenas puede ser soportada en honor de sus méritos estéticos. Podríamos recordar ahora que en su adolescencia escribió poemas en elogio de la revolución de octubre; que se prodigó en dicterios contra Rosas y los tiranos; que después, a diferencia de muchos de sus amigos y contemporáneos argentinos, se decantó inequívocamente a favor de los republicanos españoles en nuestra contienda civil; que denunció con vehemencia la ambición de Hitler y penetró con profundidad en lo perverso de su programa, escribiendo las páginas admirables del Deutsches Réquiem; que en 1939 afirmó en la revista Sur: “Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania; es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe. No me refiero al imaginario peligro de una aventura colonial sudamericana; pienso en los imitadores autóctonos, en los Uebermenschen caseros, que el inexorable azar nos depararía. Espero que los años nos traerán la venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles”; que en su prólogo a De los héroes, de Thomas Carlyle (1949), observó lo siguiente: “Carlyle, hace poco más de cien años, creía percibir a su alrededor la disolución de un mundo caduco y no veía otro remedio que la abolición de los parlamentos y la entrega incondicional del poder a hombres fuertes y silenciosos. Rusia, Alemania, Italia han apurado hasta las heces el beneficio de esta universal panacea; los resultados son el servilismo, el temor, la brutalidad, la indigencia mental y la delación” (conviene recordar que cuando Borges escribió esto algunos de los que luego fueron sus detractores estaban encantados al menos con los hombres “fuertes y silenciosos” de la Unión Soviética); que señaló el resentimiento nacionalista antiinglés de los germanófilos porteños y celebró su derrota también en Sur, en una nota titulada 1941 que acaba así: “Yo pienso en Inglaterra como se piensa en una persona querida, en algo irreemplazable e individual. Es capaz de culpables indecisiones, de atroces lentitudes (tolera a Franco, tolera a las sucursales de Franco), pero es también capaz de rectificaciones y contriciones, de volver a librar, cuando la sombra de una espada cae sobre el mundo, la cíclica batalla de Waterloo”. Después de acabada la contienda mundial, a finales de 1945, un destacado militar germanófilo –el coronel Perón– se hace con el poder en Argentina: para castigarle por haber firmado diversos manifiestos antifascistas, Borges es destituido de su puesto de bibliotecario y “promovido” a inspector de pollos, gallinas y conejos en los mercados municipales. El demagogo populista distinguirá a la familia con su animadversión y un par de años después su madre y su hermana Norah serán detenidas por haber repartido propaganda antiperonista. Ciertamente no parece que esta trayectoria de más de media vida sea la de un monstruo de la ultraderecha. También es no menos cierto que el Borges maduro fue un burgués ilustrado, con poquísima simpatía por los sublevadores del pueblo, que se fue haciendo cada vez más conservador con el paso de los años y el aumento de su incapacidad física. Detestó a los montoneros guevaristas, hizo bromas de café sobre la democracia como “abuso de la estadística” y soltó deplorables boutades política (y sobre todo humanamente) incorrectas sobre los negros o –¡cielos!– los vascos. Es importante hacer notar que estas bobadas aparecen solamente en charlas referidas por otros o entrevistas, nunca en sus obras literarias. Por lo visto no se resistía a decir cualquier cosa que le pasara por la cabeza, si creía que iba a resultar graciosa o chocante a un auditorio complaciente (en oírla y –ay– en propalarla). Algunas de sus impertinencias son realmente divertidas: en cierta ocasión, ya semiciego, al pasar frente al cartel electoral de un partido nacionalista que exultaba “Dios, familia y propiedad” comentó a su acompañante: “¡Caramba, qué tres incomodidades!”. También consta que saludó en un principio como liberadores a Videla y compañía (error en el que también incurrieron muchos comunistas argentinos de la época), aunque luego condenó sin rodeos sus procedimientos criminales, aceptó una condecoración no buscada de manos de Pinochet durante una visita a Chile, etc... Sin duda actitudes discutibles, a veces notablemente inoportunas, poco perspicaces y hasta culpables de escasa gallardía en lo que al asunto de Pinochet se refiere, pero reveladoras, más que de convicciones reaccionarias, de un progresivo desinterés por la actualidad política y de un encierro en su privado mundo literario, fomentado por su ceguera. En el peor de los casos, nada ideológicamente más indecente que el entusiasmo de Pablo Neruda por Stalin y el comunismo soviético, o de García Márquez (y tantos otros más, algunos hasta hoy mismo) por la obtusa dictadura de Fidel Castro. No deja de ser cosa misteriosa que un homenaje de Pinochet pueda alejar del Nobel a quien se lo merecía de sobra, mientras que Castro o la orden de Lenin no hayan privado de él a otros sin duda también merecedores de ese galardón. En cualquier caso, la importancia de la ideología política en la obra de Borges es difícilmente perceptible: no fue un escritor “comprometido” (en una ocasión observó que hablar de “literatura comprometida” le resultaba tan incongruente como elogiar la “equitación protestante”) ni con la izquierda ni con la derecha, pero tampoco con el debate político mismo, que fue la verdadera religión del siglo XX. Se ocupó poco del gobierno de las personas y prácticamente nada de la administración de las cosas: en ese aspecto sí que resultó realmente reaccionario, pero mucho más por no considerar importante tener opiniones válidas que por tenerlas equivocadas. Fue en este campo un agnóstico bastante despreocupado, la actitud que más irrita a los creyentes y a los justicieros. Puede no ser una postura digna de elogio, pero tampoco me parece que deba ser execrada.

Sin embargo quizá Borges siempre se mantuviese fiel a otro tipo de compromiso social, el más necesario para un poeta que se dirige a cada lector –irrepetible y frágil– entre el estruendo vocinglero de los políticos, tan democráticamente imprescindible como a veces insoportable. Lo ha analizado bien el profesor Juan Arana, de la Universidad de Sevilla, en el ensayo titulado precisamente El compromiso del escritor, que se incluye en su libro sobre Borges La eternidad de lo efímero. Ahí comenta la más alta responsabilidad del “urdidor de verbalismos”, antihagiográfíca descripción dada por el propio Borges de su tarea como escritor, y señala que “su misión es modesta, pero importante: si otros consiguen con su esfuerzo que sea habitable el mundo en que estamos, éste consigue con el suyo que seamos capaces de compartirlo y de vivirlo también en nuestro espíritu”. Y concluye: “El compromiso supremo del escritor consiste en permitir a sus obras que ejerzan su salvífica misión sin malograrlas con sus anecdóticas pretensiones”. Aunque no me atrevería a insistir sin matizar en la función “salvífica” de la literatura, por excelente que ésta sea, creo que Arana atina en lo fundamental. No sólo absuelve en cierto sentido a Borges, sino que lo hace con argumentos semejantes a los que Borges habría empleado... si se hubiera entretenido culpablemente en buscar su absolución.

Sea como fuere, la inquina peronista contra el poeta y su familia sacudió benéficamente y en cierto sentido agilizó la existencia de Borges. Desplazado de su papel de “subbibliotecario” –por emplear un término melvillano– en la Miguel Cané, empezó a perfilarse su destino esencial como guardián mayor de la Biblioteca de Babel. Descartada la opción de inspeccionar la fauna avícola local a que se le condenaba irrisoriamente, aumentó su papel como conferenciante y suave profesor de literatura ante públicos de Argentina y Uruguay. La tarea de hablar en público es la condena y el triunfo paradójico de muchos tímidos. Los mejores conferenciantes no son los que hablan sin miedo sino los que vencen su miedo a hablar: esa secreta fragilidad hace su discurso más delicado, más precioso. Tal fue el caso de Borges, que –además del agobio ante la multitud expectante– debió sobreponerse siempre a un leve tartamudeo. El poeta José Bergamín me contó que tuvo ocasión de escucharle una vez en Montevideo, a comienzos de los años cincuenta: antes de empezar, dispuso sobre la mesa montones de libros que luego no empleó ni una sola vez en la charla. Cuando le preguntó para qué necesitaba tantos volúmenes que no iba a consultar, Borges repuso: “Los uso como parapeto”‘. Yo, que no soporto ni charlas ni sermones ni lecciones ni arengas de más de diez minutos de duración (aunque, ay, he vivido gran parte de mi vida dándolas), le escuché un par de veces con arrobo. Era ya viejo y entonces la ceguera oficiaba como un parapeto ante el público más eficaz que las pilas de libros; en cuanto al tartamudeo, se había convertido en coquetería o cláusula de estilo. ¿Cómo definirlo? Era delicioso: cálida e inteligentemente delicioso. Un charmeur con ideas. Nada que ver con esos insoportables sabios, orgullosos de su rigor, que hasta para amenizar una entrega de premios en el fin de curso de una escuela nos infligen la lectura de veinte folios, so pretexto de que ellos no saben improvisar: pues si no saben, que se callen y se queden en casa, que mañana les leeremos. Algunos pedantes que dicen haber asistido a sus clases de literatura o de filosofía denuncian sus supuestas citas inexactas o sus imprecisiones cronológicas. Pero para corregir esos desvíos –si los hay, lo que conociendo la fabulosa memoria de Borges es dudoso– están los manuales, las enciclopedias y ahora los CD-roms. Lo insustituible, en cambio, es el aura de ceremonia cultural que su palabra vacilante sabía crear, la celebración vivida de una conciencia intelectual que busca asilo grato en otros, entre la perplejidad del mundo y el maremoto jubiloso de los libros. Brotaba ante los oyentes del manantial mismo, con engañosa espontaneidad, tanteando y perdiéndose en meandros sólo aparentemente caprichosos, contagiando hasta a los más lerdos –eruditos aparte– de las dudas y victoriosos hallazgos que constituyen la reflexión personal.

Los griegos hablaban del acmé en la vida de un hombre, es decir, el momento en que alcanza su plena madurez vital, que ellos cifraban cronológicamente en torno a los treinta y cinco años. También cada escritor tiene su propio acmé creativo, menos sujeto a determinaciones de edad, tempranísimo por ejemplo para Rimbaud pero mucho más tardío para un Bernard Shaw. A mi juicio, Borges alcanzó su acmé literario en las décadas cuarenta y cincuenta del pasado siglo, en las que escribe los relatos de Ficciones (1944) y El Aleph (1949), así como los ensayos de Otras inquisiciones (1952) y parte de los poemas y prosas breves de El hacedor (1960), es decir, sus cuatro mejores libros. Digo “mejores” queriendo decir más redondos, más definitivos, más completos y también más irrevocablemente audaces, los de mayor empuje: sin duda compuso antes y después otras muchas páginas memorables, pero en las de ese período se le nota dueño jubiloso de sus medios y –pese a sus eternas reticencias irónicas y lemas de modestia– conscientemente magistral. Algunos exégetas se atribulan intentando dirimir si fue ante todo poeta, narrador o ensayista, y aportan irrefutables pruebas de maestría en cada uno de esos órdenes. Pero la verdadera gracia de Borges cuando está “en estado de gracia” (y no le quitaremos al término ninguna de sus connotaciones teológicas para no disgustar a George Steiner) resulta de que nunca es “ante todo” sólo una de esas cosas, sino que sabe ser narrativo en sus poemas, poético en sus ensayos y filosóficamente indagatorio en sus cuentos. No es que su género sea la ficción, sino que convierte en ficciones los géneros literarios. Ése es precisamente su tema de fondo, la imposibilidad característicamente moderna de la literatura –de los textos producidos por hombres de letras postreramente cultos, fatigados o deslumbrados por haberlo ya leído todo– de atenerse a un registro exclusivo y excluyente de voz como si no supieran más, como si no tuviesen, ellos y sus lectores, permanentemente el resto de los datos expresivos en la memoria y pudieran desde algún ángulo alcanzar la realidad sin constatar esa broza simbólica que la configura y la trastorna. Es así como logra acuñar unos cuantos mitos que operan entre los letrados (lectores y escritores) de finales del siglo XX al modo que durante tanto tiempo lo han hecho aquellos platónicos de la caverna y del auriga que pretende controlar los opuestos caballos del alma, o también aquel genio engañoso propuesto por Descartes: la biblioteca que abarca y se confunde con el universo, la lotería que va ampliando su juego hasta regir todos los incidentes de la vida humana desde los más íntimos hasta los de mayor trascendencia colectiva, la noticia enciclopédica de un mundo ficticio que acaba dotándolo de existencia real, el mago que logra dar vida al personaje que ha soñado sólo para descubrir más tarde que también él existe gracias al sueño de otro, el punto milagroso pero situado en cualquier lugar trivial donde puede contemplarse toda la vertiginosa complejidad del cosmos, etc... Parábolas narradas sin énfasis excesivo, siempre desde un ángulo levemente irónico que aumenta su rara capacidad de sugestión, con ademanes de erudición paródica, algo así como un Kafka cuya graduación desoladora se rebaja con un chorrito de Lewis Carroll: no llegan a ofrecer un presagio o un diagnóstico de nuestras tribulaciones, sino más bien un experimento imaginario que nos permite acercarnos a ellas como al desgaire, por su lado menos candente pero mentalmente más estimulante. Ello explica que se presten con tanta propiedad a servir de exempla en elucubraciones filosóficas (no creo que haya otro autor tan fructuosamente saqueado por los principales ensayistas a partir de los años sesenta del siglo XX) y también, más desdichadamente, que puedan convertirse sin demasiada resistencia en pábulo de blandas jaculatorias seudopoéticas.

En cuanto a fuerza narrativa en el sentido más tradicional, los dos cuentos que prefiero son Las ruinas circulares y El Aleph. El primero de ellos es admirablemente intenso y leyéndolo se comprende que su autor lo escribiera en un par de semanas como poseído por una obsesión, algo que según confesión propia nunca había llegado a ocurrirle antes ni le pasó después. A pesar de que Borges es muy poco “paisajístico”, este relato logra crear la visión de un paraje exótico y trastornado, como algunas de las mejores páginas de Poe o de lord Dunsany (autores con cuyo mundo narrativo y simbólico me parece que estas “ruinas” guardan especial parentesco). Los esfuerzos del nigromante por dar bulto corporal y animado a la criatura de su sueño contagian desazonadoramente al lector, que es probable que llegue a prever el nihilista regreso al infinito del desenlace, aunque no por ello deja de sentirse conmocionado por él. Sin duda se trata de una pequeña obra maestra del género fantástico, cuya ambigua riqueza queda muy mermada si lo reducimos a una mera metáfora de las zozobras del creador novelesco en busca de personajes alimentados con la entraña de su imaginación. Por supuesto, es imposible no escuchar como música de fondo el dictamen de Shakespeare en La tempestad sobre que estamos tejidos de la misma urdimbre que los sueños... o recordar a la Alicia de Lewis Carroll –tan querido por Borges–, que sueña al Rey Rojo, quien a su vez está soñándola a ella, y es advertida en su sueño de que si el soñado rey despierta ella se desvanecerá como la luz de una vela al apagarse la llama porque sólo consiste en un sueño del soñado.

El Aleph es, si no me equivoco, el logro narrativo más perfecto y memorable de Borges. Fue lo primero que leí de él y creo que me acerqué al monte por el lado bueno: de ahí que no me haya costado escalarlo y que siempre me haya encontrado tan a gusto hasta en sus tramos más escarpados. Ese cuento lo tiene todo, humor, sentimiento, metafísica, costumbrismo y el toque fantástico que maravilla pero también sobrecoge. De sus breves páginas nos queda el recuerdo, no sólo del nódulo asombroso que recoge por completo la catarata inabarcable de la realidad, sino también de dos personajes: el trujamán del milagro, ese Carlos Argentino Daneri de fatuidad risible y casi conmovedora (pariente ufano del Enoch Soames de Beerbohm) y desde luego Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, la amada doblemente imposible por muerta y por infiel. A través de la genial caricatura del poetastro se ejecuta a todo un sistema ostentoso de superficialidad literaria, pero quizá también –más secretamente– a la ambición misma del empeño literario que pretende dar cuenta del vertiginoso e instantáneo universo mezclando sucesivamente un repertorio de convenciones. Como en el caso de Pierre Menard, el gran autor no puede sino durar más en su fracaso que el chapucero presuntuoso y entusiasta. Sin embargo, El Aleph aún reserva otras lecciones: por ejemplo, que el infinito se anuda sin prosopopeya en cualquier polvoriento y desdeñado rincón de lo cotidiano, o que si se cumpliera nuestro anhelo de abarcar contemplativamente cuanto existe no por ello quedaríamos menos inermes ni nostálgicos ante ese dato irremediable... Desde luego, no son precisas estas interpretaciones ni tantas otras posibles para disfrutar del encanto ligero y hondo del relato, que –a modo del buen vino– acaricia el paladar a su paso y luego deja un regusto aromático y persistente.

También apetece volver sobre otras historias, como La lotería en Babilonia y su descripción de una sociedad –que conocemos demasiado bien, a fin de cuentas– en la que todos pugnan insensatamente por obtener recompensas y rehuir castigos no menos arbitrarios, dictados por una conspiración inasible que vincula sin remedio los deseos con el azar. Quizá se refería a algo semejante Diderot, cuando aludió dos siglos antes al mundo como “un vasto garito donde he pasado sesenta años, con el cubilete en la mano, tesseras agitans (sacudiendo los dados)”. En La muerte y la brújula se ofrece al lector algo así como la sublimación de una narración detectivesca, que lleva al límite la hermandad enigmática entre el asesino y el sabueso que le persigue, dos caras de un mismo destino. O Funes el memorioso, otra de las predilectas, que consigue el difícil triunfo de ser una parábola inolvidable sobre la memoria y también el retrato de alguien que, como el rey Midas, es privilegiado con un don aparentemente envidiable que le sume en una inhumana desventura (algo que se repite de modo distinto en El inmortal). Uno de los relatos más sutiles y mejor ambientados es La busca de Averroes, que describe la ocasional pero infranqueable impotencia de un sabio para conocer algo que otros, por gratuitas circunstancias, tienen al alcance de la mano. Al recrear a su Averroes, histórica y geográficamente incapacitado para comprender el teatro, seguramente Borges se acordó del poeta latino Horacio, que inventó cisnes negros como ejemplo de lo imposible sin saber que en ese mismo momento eran aves familiares para los nativos de la ignota Australia. En La secta del fénix – estupendo ejemplo de understatement irónico a la inglesa que debe hacer las delicias de los psicoanalistas obstinados en husmear los calzoncillos del poeta– describe con aire misterioso los procedimientos de una secta cuya sede es el mundo entero y cuyo único dogma consiste en la iniciación en un ritual aparentemente trivial o grotesco, pero que sella para siempre la vida del iniciado: nunca nombra, claro, que tal ceremonia no es sino la cópula carnal. En fin, es ocioso prolongar este florilegio porque cada lector tendrá sin duda sus propios favoritos en ese puñado de inteligentes delicias.

Los ensayos de Otras inquisiciones (una antología de lo mejor que había publicado hasta la fecha en el género, compilada con la ayuda del exquisito José Blanco, secretario de redacción de la revista Sur) y los poemas de El hacedor muestran también en su mayoría una plenitud creadora semejante. En uno de los primeros, el dedicado a Oscar Wilde, constata: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”. Algo semejante podríamos afirmar sin reticencias del Borges ensayista: deslumbrados por su estilo concentrado y epigramático, por su complacencia en un humorismo tajante y en una erudición de meandros caprichosos, por una adjetivación cuya precisión –buscada, no rebuscada– se convierte en desconcertante originalidad, los entusiastas olvidan frecuentemente en sus comentarios el fundamental acierto de la mayoría de los de Borges. Es caprichoso en sus intereses, pero nunca gratuito o inconsecuente en sus razonamientos. Incluso cuando parece más chocante, merece la pena atenderle porque acabamos por concordar con él, como por ejemplo cuando subraya que al jocundo Chesterton le subyace un espanto mayor que al inquietante y opresivo Kafka.

Jamás consiente en prodigar malhumoradas boutades, como las que por lo visto tanto entretienen a Nabokov en sus comentarios sobre literatura. Como nunca ha leído por obligación, es más propenso al elogio que al denuesto y cultiva la admiración, esa virtud que brota de lo admirable que pueda haber en nosotros, sin dejar por ello de aplicar ocasionalmente algún desdén inmisericorde y atinado. Pero como es un lector finísimo, la admiración por un autor no llega a nublar la perspicacia con que descubre sus mecanismos expresivos o la recurrencia obsesiva de sus temas de fondo. No sólo se preocupa de lo que un escritor o pensador dice, sino sobre todo de lo que nos dice, es decir, de la interacción que suscita con quienes lo leen. Su mejor arte estriba en leer de manera inusual, descentrada, a esos autores sobre los que ya estamos acostumbrados a discursos definitivamente acuñados: opera un sutil cambio de perspectiva –como el que propone al final de Pierre Menard– que no descarta leer obras de filosofía como si perteneciesen al género fantástico o las obras de Agatha Christie como si hubieran sido escritas por santo Tomás de Aquino. Sobre todo es un incomparable espoleador del instinto literario, por lo que sus notas despiertan invariablemente el apetito de leer, sea al autor comentado o a otros, pero sin limitarse nunca a revertir obscenamente en la celebración de sí mismo: a diferencia de otros grandes de la literatura que lo son también del egotismo, su voz contagiosa es permanentemente transitiva, nunca conminatoriamente autorreferencial. Y sin embargo su forma de leer está íntimamente ligada con su tarea de escritor: pese a su explícita y falsamente humilde preferencia por la lectura frente a la escritura, nunca es tan enconadamente escritor como cuando consigna y subraya lo que lee.

Sus poemas de El hacedor optan ya en la mayoría de los casos por la rima y un cierto aire conservador, explícito y articulado, que le separan definitivamente del descoyuntamiento verbal o la elipsis llevada hasta el enigma que caracterizan gran parte de la poesía contemporánea. Descarta definitivamente las orgías jeroglíficas y el prestigio alálico del espontaneísmo automático. Así consigue algunos de sus mejores sonetos, como los dos de Ajedrez o Blind Pew, aunque todavía no suele componerlos al modo shakespeariano, es decir, concluidos en pareado. El otro tigre es su más bello homenaje al listado felino que fue durante toda su vida el emblema zoológico de su particular mitología; pero también es una reiteración de uno de sus temas centrales tanto en verso como en prosa, la persecución inacabable mediante palabras de esa realidad que siempre transcurre, inasible y magnífica, allá donde los símbolos no alcanzan:

... Bien lo sé, pero algo
me impone esta aventura indefinida,
insensata y antigua, y persevero
en buscar por el tiempo de la tarde
el otro tigre, el que no está en el verso.

Quizá sin embargo la página más notable de El hacedor no sea un poema sino la prosa perpleja de Borges y yo, en la que transcribe su extrañeza y su incomodidad ante el hombre público, el estereotipo literario en que se ha ido gradualmente convirtiendo (y que aún deberá monumentalizarse mucho más con los años). El escritor compone un texto que quizá nunca le pertenece del todo, que se debe a la función poética del lenguaje mismo o a la tradición artística, pero ese texto a su vez se convierte en pedestal de una figura enfática, el Autor (¿el Hacedor?), destinado a sobrevivir exento al atribulado ser humano que comparte su nombre y que se borrará definitivamente al apagarse su intimidad sin huellas. Incluso esa protesta – magistral en su brevedad– sabe Borges que una vez escrita dejará inmediatamente de pertenecerle para anotarse en el acervo del “otro”. Durante los años de la dictadura peronista, pese a estar preterido por las instituciones oficiales (como ya mencionamos su madre y su hermana llegaron a ser detenidas por repartir propaganda contra el régimen), el prestigio de Borges se consolida definitivamente. En 1950 es nombrado por tres años presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, una corporación notoriamente antiperonista, y al final de ese período aparece el primer volumen de sus Obras completas que comienza a publicar Emecé. No se dedica a conejos ni a gallinas para ganarse el sustento, sino que ocupa la cátedra de literatura inglesa en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y también en el Colegio Libre de Estudios Superiores. Por esta época comienza a interesarse por la antigua literatura anglosajona, interés que luego le llevará al estudio del anglosajón y cuyo primer fruto es la publicación –en 1951 y en el Fondo de Cultura Económica de México– del libro después ampliado Antiguas literaturas germánicas, en colaboración con Delia Ingenieros. Por supuesto, su primacía en las letras argentinas y su incipiente proyección internacional no dejan de atraerle virulentos antagonismos. H. A. Murena (cuyo nombre, paradójicamente, está ligado para muchos españoles de mi generación al descubrimiento de Walter Benjamín y de la Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer, en sus traducciones editadas por Sur) volvió a atacar en la revista de Victoria Ocampo el cosmopolitismo borgiano. Al mismo tiempo, una piara mafiosa de profesores celtibéricos obstaculiza la invitación a dictar un curso en Estados Unidos que le ha cursado el Wellesley College, tachándolo de ser “un enemigo profesional de la literatura española”. Aun en los casos raros y dichosos en que no se convierten en pretexto de crímenes, todos los nacionalismos son siempre una escuela de estupidez. El propio Borges se refirió una vez a “ciertas vanidades raciales que todos oscuramente poseen, sobre todo los tontos y los maleantes”. Tontos o maleantes: la mayoría de los nacionalistas que he conocido se encuadran en una de estas categorías y a menudo en ambas.

En septiembre de 1955, un levantamiento cívico-militar derroca al general Perón, que se exilia en Paraguay antes de refugiarse durante largos años en Madrid, bajo el manto de Franco. Al mes siguiente, el nuevo gobierno nombra a Borges director de la Biblioteca Nacional. Pero también por entonces fracasa su última operación ocular y los médicos le prohíben leer y escribir, tratando de no agravar definitivamente su ya casi total ceguera. Ahora Borges se encuentra al frente de la Gran Casa de Todos los Libros y precisamente ahora se ve imposibilitado de disfrutarlos, destino paradójico que ya correspondió antes que a él a otros dos directores de la misma institución, José Mármol y el argentino de origen francés Paul Groussac (a cuya obra dedicará un ensayo penetrante y condescendiente). Es entonces cuando dicta Borges su Poema de los dones, que famosamente empieza así:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche...

El inmenso tesoro que tanta felicidad ha sabido proporcionarle deberá quedar ahora “intacto y secreto” de veras. Empieza el momento gratificante de la memoria.


En Vidas literarias: Jorge Luis Borges, III
Editorial Omega, 2002
Foto: FS ca. 1989-1997 por Manuel Zambrana/Corbis

26 sept. 2012

Voltaire: Sobre los pensamientos del Sr. Pascal (Apéndices I y II)

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Apéndice I 
Suplemento añadido en la edición de 1742

LVIII. «No se pasa en el mundo por entendido en versos si no se sienta plaza de poeta, ni por ser hábil en matemáticas, si no se la sienta de matemático, pero la verdadera gente de bien no quiere sentar plaza de nada.»

Según esto, ¿estaría mal tener una profesión, un talento marcado y destacar en él? Virgilio, Homero, Corneille, Newton, el marqués del Hospital, sentaron una plaza. ¡Dichoso quien destaca en un arte y entiende algo en los otros!

LIX. «El pueblo tiene opiniones muy sanas: por ejemplo, haber escogido la diversión y la suerte en lugar de la poesía, etc..»

Tal parece que se le haya propuesto al pueblo jugar a la bola o hacer versos. No, sino que los que tienen órganos groseros buscan placeres en los que el alma no interviene para nada; y los que tienen un sentimiento más delicado quieren placeres más finos: todo el mundo tiene que vivir.

LX. «Aunque el universo aplastase al hombre, éste seria aún más noble que lo que le mata, porque sabe que muere;y de la ventaja que el universo tiene sobre él, el universo nada sabe.»

¿Qué quiere decir esa palabra noble? Es muy cierto que mi pensamiento es otra cosa, por ejemplo, que el globo del sol; pero ¿está bien probado que un animal, porque tiene algunos pensamientos, es más noble que el sol que anima todo lo que conocemos de la naturaleza? ¿Le corresponde al hombre decidir? Es juez y parte. Se dice que una obra es superior a otra cuando ha costado más esfuerzo al obrero y es de un uso más útil; pero ¿ha costado menos al Creador hacer el sol que modelar un pequeño animal de alrededor de cinco pies de alto, que razona bien o mal? ¿Qué es más útil en el mundo, este animal o el astro que ilumina tantas esferas? Y ¿en qué unas cuantas ideas recibidas en un cerebro son preferibles al universo material?

LXI. «Elíjase la condición que se prefiera y reúnanse en ella todos los bienes y las satisfacciones que parecen poder contentar a un hombre; si quien se haya puesto en ese estado está sin ocupación ni diversión y se le deja reflexionar sobre lo que es, esa felicidad languideciente no le sustentará.»

¿Cómo se pueden reunir todos los bienes y todas las satisfacciones en torno a un hombre, y dejarle al mismo tiempo sin ocupación ni diversión? ¿No hay aquí una contradicción bien patente?

LXII. «Déjese a un rey completamente solo, sin ninguna satisfacción de los sentidos, sin ningún cuidado en su espíritu, sin compañía, pensar en sí mismo a su gusto, y se verá que un rey que se ve es un hombre lleno de miserias, y que las padece como cualquier otro.»

Siempre el mismo sofisma. Un rey que se retira para pensar está entonces ocupado; pero si no detuviese su pensamiento más que sobre sí, diciéndose a sí mismo: «Reino», y nada más, sería un idiota.

LXIII. «Toda religión que no reconoce a Jesucristo es notoriamente falsa, y los milagros no le pueden servir de nada.»

¿Qué es un milagro? Sea cual fuere la idea que pueda uno formarse de él, es una cosa que sólo Dios puede hacer. Ahora bien, aquí se supone que Dios puede hacer milagros para sostener a una falsa religión. La cosa merece ser profundizada; cada una de estas cuestiones puede llenar un volumen.

LXIV. «Se ha dicho: 'Creed en la Iglesia'; pero no se ha dicho: 'Creed en los milagros', a causa de que lo último es natural y no así lo primero. Lo uno tenía necesidad de precepto y lo otro, no.»

He aquí, según creo, una contradicción. Por un lado, los milagros, en ciertas ocasiones, no deben servir de nada; y, por otro, se debe creer tan necesariamente en los milagros, son una prueba tan convincente, que no ha hecho falta ni siquiera recomendar dicha prueba. Esto es seguramente decir el pro y el contra.

LXV. «No veo que haya más dificultad en creer en la resurrección de los cuerpos y en el parto de la Virgen que en la creación. ¿Es más difícil reproducir un hombre que producirlo?»

Se puede encontrar, por mero razonamiento, pruebas de la creación, pues, viendo que la materia no existe por sí misma y no tiene movimiento por sí misma, etc., se llega a conocer que debe haber sido necesariamente creada; pero no se alcanza, por el razonamiento, a ver que un cuerpo siempre cambiante deba ser resucitado un día, tal como era en los tiempos mismos en que cambiaba. El razonamiento no conduce tampoco a ver que un hombre deba nacer sin germen. La creación es, pues, un objeto de razón; pero los otros dos milagros son un objeto de la fe. A 10 de Mayo de 1738.

He leído, hace poco, unos Pensamientos, de Pascal, que no habían aparecido todavía. El P. Desmoléis los ha obtenido escritos por la mano de ese ilustre autor, y los ha hecho imprimir. Me parecen confirmar lo que yo ya he dicho antes, que ese gran genio había lanzado al azar todas esas ideas, para reformar una parte y emplear otra, etc.
Entre estos últimos Pensamientos, que los editores de las Obras de Pascal habían rechazado de la recopilación, me parece que hay muchos que merecían ser conservados. He aquí algunos que ese gran hombre hubiera debido, según creo, corregir.

LXVI. «En todas las ocasiones, en que una proposición es inconcebible, no por eso hay que negarla, sino examinar la contraria, y si se la encuentra manifiestamente falsa, se puede afirmar la contraria por incomprensible que sea.»

Me parece que es evidente que los dos contrarios pueden ser falsos. Un buey vuela hacia el sur con alas, un buey vuela hacia el norte sin alas; veinte mil ángeles mataron ayer veinte mil hombres, veinte mil hombres mataron ayer veinte mil ángeles: estas proposiciones contrarias son evidentemente falsas.

LXVII. «¡Vanidad de la pintura, que atrae la admiración por el parecido de las cosas cuyos originales no se admiran!.»

No es en la bondad del carácter de un hombre en lo que consiste seguramente el mérito de su retrato: es el parecido. Se admira a César en un sentido, y a su estatua o imagen sobre un lienzo, en otro sentido.

LXVIII. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías, si los doctores no tuviesen birretes cuadrados y ropones muy anchos, no habrían nunca tenido la consideración que tienen en el mundo.»

Por el contrario, los médicos no han dejado de ser ridículos, no han adquirido una verdadera consideración hasta que han abandonado esas libreas de pendantería; los doctores no son recibidos en el mundo, entre la gente de bien, más que cuando están sin birrete y sin argumentos.
Incluso hay países en los que la magistratura se hace respetar sin pompas. Hay reyes cristianos muy bien obedecidos que descuidan la ceremonia de la consagración y de la coronación. A medida que los hombres adquieren más luces, el aparato se hace más inútil; ya sólo es necesario a veces para el pueblo bajo; ad populum phaleras.

LXIX. «Según esas luces naturales, si hay un Dios es absolutamente incomprensible, puesto que no teniendo partes, ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos pues incapaces de conocer ni lo que es ni lo que no es.»

Es extraño que el Sr. Pascal haya creído que se podía adivinar el pecado original por la razón, y que diga que no se puede conocer por la razón si Dios existe. Es, aparentemente, la lectura de este pensamiento lo que incitó al P. Hardouin a poner a Pascal en su ridicula lista de los ateos; Pascal hubiera manifiestamente rechazado esta idea, puesto que la combate en otros sitios. En efecto, estamos obligados a admitir cosas que no conocemos; yo existo, luego algo existe desde toda la eternidad, es una proposición evidente; empero, ¿comprendemos la eternidad?

LXX. «¿Creéis que sea imposible que Dios sea infinito sin partes? Sí. Quiero, pues, haceros ver una cosa infinita e indivisible: un punto que se mueve por doquiera con una velocidad infinita; pues está en todas partes y todo entero en cada lugar.»

Hay cuatro falsedades palpables:
1.° Que un punto matemático exista solo.
2.° Que se mueva a derecha y a izquierda al mismo tiempo.
3.° Que se mueva con una velocidad infinita, pues no hay velocidad tan grande que no pueda ser aumentada.
4.° Que esté todo entero en todas partes.

LXXI. «Homero compuso una novela y la dio por tal. Nadie dudaba de que Troya y Agamenón no habían existido más que la manzana de oro.»

Nunca ningún escritor ha puesto en duda la guerra de Troya. La ficción de la manzana de oro no destruye la verdad de fondo del asunto. La ampolla traída por una paloma y la oriflama por un ángel no impiden que Clovis haya efectivamente reinado en Francia. LXXII. «No intentaré probar aquí por razones naturales la existencia de Dios, o la Trinidad, o la inmortalidad del alma, porque no me sentiría capaz de encontrar en la naturaleza con qué convencer a los ateos empedernidos.»

¿Es posible una vez más, que sea Pascal quien no se siente lo bastante fuerte como para probar la existencia de Dios?

LXXIII. «Las opiniones relajadas gustan tanto a los hombres naturalmente, que es raro que les disgusten.»

¿No prueba la experiencia, por el contrario, que no se tiene crédito sobre el espíritu de los pueblos, sin proponiéndoles lo difícil, incluso lo imposible de hacer y de creer? Los estoicos fueron respetados porque aplastaban la naturaleza humana. No propongáis más que cosas razonables y todo el mundo responde: «Eso ya lo sabíamos». No vale la pena de estar inspirado para ser vulgar; pero mandad cosas duras, impracticables; pintad a la Divinidad siempre armada de rayos; haced correr la sangre ante sus altares; seréis escuchado por la multitud y todo el mundo dirá de vos: «Es preciso que tenga razón, puesto que proclama tan audazmente cosas tan extrañas».


***


Apéndice II  
Últimas acotaciones escritas en 1777, con motivo de la edición 
de los Pensamientos preparada por Condorcet


I. «Lo que va más allá de la geometría nos rebasa, y sin embargo es necesario decir algo sobre ello, aunque sea imposible practicarlo.»

Si es imposible ponerlo en práctica, es por tanto inútil hablar de ello.

II. «No se reconocen en geometría más que las definiciones que los lógicos llaman definiciones de nombres, es decir, las solas imposiciones de nombre a las cosas que han sido claramente designadas en términos perfectamente conocidos; y yo no hablo solamente más que de ésas.»

Eso no es nada más que una nomenclatura, no es una definición. Quiero designar un gran pájaro, de un plumaje negro o gris, pesado, que camina gravemente, al que se lleva a pastar en rebaño, que lleva una excrecencia de carne roja sobre el pico, cuya pata carece de espolón, que lanza un grito penetrante, que abre su cola como el pavo real abre la suya, aunque la del pavo real sea mucho más larga y hermosa. Ya tenemos a este pájaro definido. Es un pavo común; ya lo tenemos nombrado. No veo que haya en esto nada de geométrico.

III. «Parece que las definiciones son algo muy libre, y que nunca están sujetas a contradicción, pues no hay nada tan permitido comodar a una cosa que se haya designado claramente el nombre que se quiera.»

Las definiciones no son libres en absoluto, es preciso inexcusablemente definir per genus propium et per differen-tiam proximam. Lo que es libre es el nombre.

IV. «Parece que los hombres padecen una impotencia natural e inmutable para tratar la ciencia que sea en un orden absolutamente cumplido; pero de esto no se deduce que haya que abandonar todo tipo de orden.»

Los hombres no padecen ninguna impotencia insuperable para definir lo que conocen de los objetos de sus pensamientos, y esto es bastante para razonar consecuentemente.

V. «Ella (la geometría) no define ninguna de esas cosas, espacio, tiempo, movimiento, número, igualdad, ni otras semejantes que hay en gran número porque esos términos designan tan naturalmente las cosas que significan a los que entienden la lengua, que la elucidación que se quisiera hacer aportaría más oscuridad que instrucción.»

Apolonio, ciertamente gran geómetra, quería que se definiese todo eso. Un principiante tiene necesidad de que se le diga: el espacio es la distancia de una cosa a otra; el movimiento es el transporte de un sitio a otro; el número es la unidad repetida; el tiempo es la medida de la duración. Este artículo merecería ser refundido por el genio de Pascal.

VI. «El arte de persuadir consiste tanto en el de agradar como en el de convencer, hasta tal punto los hombres se gobiernan más por capricho que por razón. Pues bien, de estos dos métodos, el uno de convencer, el otro de agradar, no daré aquí más que las reglas del primero, y eso en el caso de que se hayan acordado los principios y de que se permanezca firme en confesarlos; de otro modo, no sé si habría algún arte para acomodar las pruebas a la inconstancia de nuestros caprichos. La manera de agradar es, sin comparación, mucho más difícil, más sutil, y más admirable: de tal forma que si trato de ella, es porque no soy capaz, y porque me siento tan desproporcionado que creo que para mí la cosa es absolutamente imposible.»

La he encontrado muy posible en las «Provinciales»(1).

VII «Hay un arte, y es el que yo doy, para hacer ver la conexión de las verdades con sus principios, sea de lo verdadero, sea del placer, siempre que los principios que se han admitido una vez permanezcan firmes y sin verse nunca desmentidos; pero como hay pocos principios de esta clase, y fuera de la geometría, que no considera más que figuras muy sencillas, no hay casi verdades con las que siempre permanezcamos de acuerdo, y aún menos objetos de placer de los que no cambiemos inmediatamente, no sé si hay medio de dar reglas firmes para conciliar los discursos con la inconstancia de nuestros caprichos. Este arte, que llamamos el arte de persuadir, y que no es propiamente más que la manera de actuar de las pruebas metódicas y perfectas, consiste en tres partes esenciales: en explicar los términos de los que uno debe servirse por medio de definiciones claras, en proponer principios o axiomas evidentes para probar las cosas de las que se trata, y en sustituir siempre mentalmente, en la demostración, lo definido por la definición.»

Pero eso no es el arte de persuadir, es el arte de argumentar.

VIII. «Respecto a la primera objección, que es la de que estas reglas son ya conocidas en el mundo, que es preciso definirlo y probarlo todo, y que incluso los lógicos las han puesto entre los preceptos de su arte, quisiera que la cosa fuera verdadera, y que fuese tan conocida que yo no hubiese tenido el trabajo de buscar con tanto cuidado la fuente de todos los defectos de nuestros razonamientos.»

Locke, el Pascal de los ingleses, no pudo leer a Pascal. Éste apareció después de ese gran hombre y sus pensamientos han visto la luz, por vez primera, más de medio siglo después de la muerte de Locke. Sin embargo Locke, ayudado sólo por su gran sentido común, dijo siempre: Definid los términos.

IX. «De este modo, la lógica ha tomado quizás las reglas de la geometría, sin comprender su fuerza; y poniéndolas así al azar entre las que le son propias, de esto no se sigue que ellos hayan entrado en el espíritu de la geometría; y si no diesen otras muestras de esto más que el haberlo dicho de paso, yo estaría muy lejos de ponerlo con los geómetras, que enseñan la verdadera manera de conducir la razón. Estaré por el contrario más bien dispuesto a excluirlas, y casi de modo inapelable, pues haber dicho de pasada y sin advertencia que todo está encerrado ahí dentro, y, en lugar de seguir esas luces, desviarse hasta perderse de vista tras investigaciones inútiles, por correr tras lo que ellos ofrecen y no pueden dar, es verdaderamente mostrar que no se es muy clarividente, y mucho menos que si se hubiera dejado de seguirlas porque no se ha las había percibido.»

¿Quién es ese las? Sin duda son las reglas de la geometría de las que quiere hablar. 

X. «El método para no errar es buscado por todo el mundo. Los lógicos proclaman conducir a él. Sólo los geómetras lo consiguen; y fuera de su ciencia y de lo que ésta limita, no hay verdaderas demostraciones; todo el arte de éstas está encerrado solamente en los preceptos que hemos dicho. Ellos solos bastan, sólo ellos prueban; todas las otras son inútiles o dañosas.
Esto es lo que sé por una larga experiencia de libros y de personas. El defecto de un razonamiento falso es una enfermedad que se cura con los dos remedios indicados. Se ha compuesto otro de una infinidad de hierbas inútiles, en las que las buenas se encuentran envueltas y en el que permanecen sin efecto por las malas cualidades de esta mezcla.
Para descubrir todos los sofismas y todos los equívocos de los razonamientos capciosos, han inventado nombres bárbaros que asombran a quienes los oyen;y en lugar de que no se puedan deshacer todos los repliegues de ese nudo tan embrollado más que tirando de los dos extremos que los geómetras señalan, ellos han marcado un extraño número de otros, entre los que ésos se hallan comprendidos, sin que sepan cuál es el bueno.»

¿Quiénes son ellos? Aparentemente, los retóricos antiguos de la Escuela. Pero ¡qué obscuro es todo esto!

XI. «Nada es tan común como las cosas buenas.»

¡No tan común!

XII. «Los mejores libros son los que cada lector cree que hubiera podido componer.»

Eso no es verdad en las ciencias; no hay nadie que crea que hubiera podido componer los principios matemáticos de Newton. Tampoco es cierto en las letras clásicas: ¿quién es el fatuo que se atreve a creer que hubiera podido componer la Ilíada y la Eneida?

XIII. «No dudo de que estas reglas, siendo las verdaderas, no deben ser sencillas, ingenuas, naturales, como lo son. No son Bárbara y Baralipson las que hacen el razonamiento. No hay que empingorotar el espíritu; las maneras tensas y penosas le llenan de una tonta presunción por una elevación extraña y por una hinchazón vana y ridícula, en lugar de una alimentación sólida y vigorosa; y una de las razones principales que más alejan a los que entran en estos conocimientos del verdadero camino que deben seguir es la imaginación, que toma la delantera, pretendiendo que las cosas buenas son inaccesibles, dándoles el nombre de grandes, elevadas y sublimes. Eso lo echa todo a perder. Quisiera llamarles bajas, comunes, familiares, esos nombres les convienen mejor; odio las palabras hinchadas.»

Es la cosa lo que odiáis, pues, en lo tocante a la palabra, hace falta una que exprese lo que os disgusta.

XIV. «Los filósofos se creen muy sutiles por haber encerrado toda su moral bajo ciertas divisiones; pero ¿por qué la división en cuatro mejor que la de seis? ¿Por qué hacer más bien cuatro especies de virtudes que diez?»

Se ha hecho notar en un estudio sobre la India y la guerra miserable que la avaricia de la compañía francesa mantiene contra la avaricia inglesa, se ha hecho notar, digo, que los brahamanes pintan la virtud hermosa y fuerte con diez brazos, para resistir a los diez pecados capitales. Los misioneros han tomado a la virtud por el diablo.

XV. «Los hay que enmascaran toda naturalidad. No hay rey para ellos, sino un augusto monarca; no hay París, sino una capital del reino.»

Ese imperio absoluto sobre tierra y mar
ese poder soberano que tengo sobre todo el mundo,
esa grandeza sin límites y ese ilustre rango.

Los que escriben en hermoso francés las gacetillas, para provecho de los propietarios de esas granjas en los países extranjeros, no dejan nunca de decir: «Esta augusta familia oyó vísperas el domingo, y el sermón del verdadero padre N. Su Majestad jugó a los dados con altas personalidades. Se hizo la operación de la fístula a su Eminencia».

XVI. «¡Tan difícil es obtener nada del hombre como no sea por el placer, que es la moneda por la que damos todo lo que se quiera!.»

El placer no es la moneda, sino el alimento por el que se da tanta" moneda como se pida.

XVII. «La última cosa que se encuentra al hacer una obra es saber lo que hace falta poner al principio.»

A veces. Pero nunca se ha comenzado una historia ni una tragedia por el final, ni ningún trabajo. Si a veces no se sabe por dónde empezar, eso ocurre en un elogio, en una oración fúnebre, en un sermón, en todas esas obras de puro aparato, en las que es preciso hablar sin decir nada.

XVIII. «Que los que combaten la religión aprendan al menos lo que es antes de combatirla.»

No hay que empezar con un tono tan imperioso.

XIX. «Si esta religión se gloriase de tener una visión clara de Dios, y de poseerle al descubierto y sin velos, etc..»

Sería muy audaz.

XX. «Pero puesto que dice por el contrario que los hombres están en tinieblas...» 

¡Bonita manera de enseñar! ¡Guíame, porque voy entre tinieblas!

XXI. «En verdad no puedo impedirme decir lo que tantas veces he dicho, que este descuido es insoportable.»

¿A qué viene lo de recordarnos que lo ha dicho a menudo?

XXII. «La inmortalidad del alma es una cosa que nos importa tanto y que nos atañe tan profundamente, que es preciso haber perdido todo sentimiento para estar en la indiferencia respecto a saber qué hay de ella. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar caminos tan diferentes, según que haya que esperar bienes eternos o no, que es imposible hacer cualquier cosa con sentido y juicio sin orientarla respecto a ese punto, que debe ser nuestro último objeto.»

No se trata siquiera aquí de la sublimidad y santidad de la religión cristiana, sino de la inmortalidad del alma, que es el fundamento de todas las religiones conocidas, excepto de la judía; digo que excepto la judía, porque ese dogma no se ha expresado en ningún sitio del Pentateuco, que es libro de la ley judía; porque ningún autor judío ha podido encontrar ningún pasaje que designase ese dogma; porque, para establecer la existencia reconocida de esa opinión tan importante, tan fundamental, no basta con suponerla, con inferirla de algunas palabras de las que se fuerza el sentido natural, sino que es preciso que sea enunciada de la forma más positiva y más clara; porque, si la pequeña nación judía hubiera tenido algún conocimiento de este gran dogma antes de Antíoco Epifanes, no es creíble que la secta de los saduceos, rígidos observadores de la ley, se hubieran atrevido a elevarse contra la creencia fundamental de la ley judía.
Pero ¿qué importa en qué época la doctrina de la inmortalidad y de la espiritualidad del alma ha sido introducida en el desdichado país de Palestina? ¿Qué importa que Zoroastro entre los persas, Numa entre los romanos, Platón entre los griegos, hayan enseñado la existencia y la permanencia del alma? Pascal quiere que todo hombre, por su propria razón, resuelva este gran problema. Pero ¿puede hacerlo él mismo? ¿Acaso Locke, el sabio Locke, no ha confesado que el hombre no puede saber si Dios puede conceder el don del pensamiento a tal ser que se dignase elegir? ¿No ha confesado de ese modo que no nos está más dado conocer la naturaleza de nuestro sentimiento que conocer la manera en la que nuestra sangre se forma en las venas? Jescher ha hablado de ello y eso basta.
Cuando se trata del alma, hay que combatir a Epicuro, Lucrecio, Pomponacio, y no dejarse subyugar por una facción de teólogos del barrio de Saint-Jacques, hasta el punto de cubrir con un capuchón una cabeza de Arquímedes.

XXIII. «No es preciso tener un alma muy elevada para comprender que no hay aquí satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son más que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte, que nos amenaza a cada instante, debe ponernos en pocos años, y quizá en pocos días, en un estado eterno de felicidad, o de desdicha, o de aniquilamiento.»

No hay ni desdicha eterna ni aniquilamiento en los sistemas de los brahamanes, de los egipcios, y en varias sectas griegas. Finalmente, lo que pareció a los romanos más probable fue este axioma, tan repetido en el Senado y en el teatro:

¿Qué es del hombre después de su muerte?
Lo que era antes de nacer.

Pascal razona aquí contra un mal cristiano, contra un cristiano indiferente, que no piensa en su religión, aturdido respecto a ella; pero hay que hablarle a todos los hombres; hay que convencer a un chino y a un mexicano, a un deísta y a un ateo; me refiero a deístas y ateos que razonen, y que, por consecuencia, merece que se razone con ellos, no hablo de maestrillos obcecados.

XXIV. «Tal como no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y sé solamente que al salir de este mundo caigo para siempre en la nada o en las manos de un Dios irritado, sin saber cuál de estas dos condiciones debe corresponderme para toda la eternidad.»

Si no sabéis a dónde vais, ¿cómo sabéis que caeréis infaliblemente o en la nada o en manos de un Dios irritado? ¿Quién os ha dicho que el Ser Supremo puede estar irritado? ¿No es infinitamente más probable que os veáis entre las manos de un Dios bueno y misericordioso? ¿Y no puede decirse de la naturaleza divina lo que el poeta filósofo de los romanos dijo de ella?

Ipsa suis pollens optibus, nihil indiga nostri,
Nec bene promeritis capitur, nec tangitur ira. (2)

XXV. «Este reposo brutal entre el temor del infierno y de la nada parece tan hermoso que no solamente los que están en esa duda desdichada se glorifican de ello, sino que los mismos que no están creen que les será glorioso fingir estarlo. Pues la experiencia nos hace ver que la mayor parte de los que se ven mezclados en esto son de esa última clase, que son gentes que se hacen la violencia a sí mismos, y que no son tales como quieren aparecer. Son personas que han oído decir que las buenas maneras del mundo consisten en hacerse así el arrebatado.»

Esta capuchinada no habría sido nunca repetida por un Pascal si el fanatismo jansenista no hubiese hechizado su imaginación. ¿Cómo no ha visto que los fanáticos de Roma podían decir otro tanto a los que se burlaban de Numa y de Egeria; los energúmenos de Egipto, a los espíritus sensatos que se burlaban de Isis, de Osiris y de Horus; los sacristanes de todos los países, a las gentes de bien de todos los países?

XXVI. «Si pensasen en ello seriamente, verían que eso está tan mal tomado, es tan contrario al sentido común, tan opuesto a la honradez y tan alejado en toda manera de ese buen aire que buscan, que nada es más capaz de atraerles el desprecio y la aversión de los hombres, y de hacerles pasar por personas sin espíritu y sin juicio. Y, en efecto, si se les hiciese dar cuenta de sus sentimientos, y de las razones que tienen para dudar de la religión, dirían cosas tan débiles y tan bajas que más bien persuadirían de lo contrario.»

No es pues con estos insensatos despreciables con los que deberíais disputar, sino contra los filósofos engañados por argumentos seductores.

XXVII. «Es una cosa horrible sentir continuamente escaparse todo lo que se posee, y que uno pueda apegarse a ello sin tener ganas de buscar si no hay algo de permanente.»

Durum, sed levius fit patientia,
quinquid corrigere est nefas.

XXVII. «De engañarse creyendo verdadera la religión cristiana, no hay gran cosa que perder; ¡pero qué desdicha engañarse creyéndola falsa!»

El flaminio de Júpiter, los sacerdotes de Cibeles, los de Isis, todos dicen lo mismo; el muftí, el gran lama, dicen lo mismo. Hay que examinar, pues, las piezas del proceso.

XXIX. «Si un artesano estuviese seguro de soñar todas las noches, durante doce horas, que era un rey, yo creo que sería más feliz que un rey que soñase todas las noches, durante doce horas, que era un artesano.»

Ser feliz como un rey, dice el vulgo embobado.

XXX. « Veo ciertamente que se aplican las mismas palabras en las mismas ocasiones, y que todas las veces que dos hombres ven, por ejemplo, la nieve, expresan los dos la visión de ese mismo objeto con las mismas palabras, diciendo uno a otro que es blanca; y de esta conformidad de aplicación se saca una poderosa conjetura de una conformidad de ideas; pero esto no es absolutamente convincente, aunque se pueda apostar por la afirmativa.»

Siempre hay diferencias imperceptibles entre las cosas más semejantes; quizá nunca ha habido dos huevos de gallina absolutamente idénticos; pero ¿qué importa? ¿Habría debido Leibniz hacer un principio filosófico de esta observación trivial?

XXXI. «Esto es lo que ha dado lugar a esos títulos tan comunes: Principios de las cosas, principios de la filosofía y otros semejantes, no menos fastuosos de hecho, aunque sí en apariencia, que ese otro que salta a la vista: de omni scibili

Que salta a la vista no quiere decir aquí que se muestra evidente, significa todo lo contrario.

XXXII. «No busquemos seguridad y firmeza. Nuestra razón se ve siempre decepcionada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito entre los dos infinitos que lo encierran y le huyen. Una vez bien comprendido esto, creo que todos permanecerán en reposo, cada uno en el estado en el que la naturaleza le ha colocado.»

Todo este artículo, por demás oscuro, parece compuesto para asquear de las ciencias especulativas. En efecto, un buen artista en construcción naval, en relojería, en agrimensura, es más útil que Platón.

XXXIII. «La sola comparación que hagamos de nosotros con lo finito, me da pena.»

Habría mejor que haber dicho con lo infinito. Pero recordemos que estos pensamientos lanzados al azar eran materiales informes que nunca fueron utilizados.

XXXIV. «¿Qué son nuestros principios naturales, sino nuestros principios acostumbrados! En los niños, los que han recibido de la costumbre de sus padres, como la caza en los animales.
Una costumbre diferente dará otros principios naturales. Esto se ve por experiencia; y si los hay imborrables por la costumbre, los hay también de la costumbre imborrables por la naturaleza. Eso depende de la disposición.
Los padres temen que el amor natural de los hijos se borre. ¿Qué clase de naturaleza es pues ésta, posible de ser borrada? La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera. ¿Por qué la costumbre no es natural? Mucho me temo que esa naturaleza no sea en sí misma una primera costumbre, como la costumbre es una segunda naturaleza.»

Estas ideas han sido adoptadas por Locke. Sostiene que no hay ningún principio innato; empero, parece cierto que los niños tienen un instinto: el de la emulación, el de la piedad, el de poner, en cuanto pueden, las manos ante el rostro cuando está en peligro, el de retroceder para saltar mejor cuando saltan.

XXXV. «El afecto o el odio cambia la justicia. En efecto, ¡cuánto más justa encuentra la causa que defiende un abogado bien pagado de antemano!»

Yo contaría más con el celo de una persona que espera una recompensa que con el de un hombre que la ha recibido.

XXXVI. «Censuro igualmente tanto a los que toman el partido de alabar al hombre como a los que toman el de censurarlo o a los que toman el de divertirlo; y no puedo aprobar más que a los que buscan gimiendo.»

¡Ay! Si hubieseis soportado la diversión, hubieseis vivido más.

XXXVII. «Los estoicos dicen: penetrad en el interior de vosotros mismos y ahí encontraréis el reposo, y eso no es cierto. Los otros dicen: salid fuera y buscad la felicidad divirtiéndoos, y eso no es cierto. Vienen las enfermedades; la dicha no está en nosotros ni fuera de nosotros: está en Dios y en nosotros.»

Divirténdoos, tendréis placer, y esto es muy cierto. Tenemos enfermedades: Dios ha puesto la viruela y los pasmos vaporosos en el mundo. ¡Ay y requeay! Pascal, bien claro se ve que estáis enfermo.

XXXVIII. «Las principales razones de los pirrónicos son que no tenemos ninguna certeza de la verdad de los principios, fuera de la fe y de la revelación, salvo en lo de que los sentimos naturalmente en nosotros.»

Los pirrónicos absolutos no merecían que Pascal hablase de ellos.

XXXIX. «Ahora bien, ese sentimiento natural no es una prueba convincente de su verdad, puesto que no habiendo certidumbre fuera de la fe, si el hombre ha sido creado por un Dios bueno o por un demonio malo, si ha existido desde siempre o ha sido hecho por casualidad, duda de si esos principios nos son dados, o verdaderos, o falsos, o inciertos, según nuestro origen.»

La fe es una gracia sobrenatural. Es combatir y vencer la razón que Dios nos ha dado; es creer firmemente y ciegamente a un hombre que osa hablar en nombre de Dios. Es creer lo que no se cree. Un filósofo extranjero que oyó hablar de la fe, dijo que era mentirse a sí mismo. Eso no es la certidumbre, sino el aniquilamiento. Es el triunfo de la teología sobre la debilidad humana.

XL. «Siento que hay tres dimensiones en el espacio y que los números son infinitos;y la razón demuestra que no hay dos números cuadrados de los que uno no sea el doble de otro.»

No es el razonamiento, sino la experiencia y el tanteo los que demuestran esa singularidad y tantas otras.

XLI. «Todos los hombres desean ser felices; esto es algo sin excepción. Sean cuales fueren los diferentes medios que emplean, todos tienden a ese fin. Lo que hace que uno vaya a la guerra y que no vaya, es ese mismo deseo, que está en los dos casos acompañado de diferentes formas de ver. La voluntad nunca ha hecho la menor gestión salvo hacia ese objeto. Es el motivo de todas las acciones de todos los hombres, hasta las de quienes se matan y se ahorcan. Y sin embargo, en tan número de años, nunca nadie, sin la fe, ha llegado hasta ese punto hacia el que todos tienden continuamente. Todos se quejan, príncipes, súbditos, nobles, plebeyos, viejos, jóvenes, fuertes, débiles, sabios, ignorantes, sanos, enfermos, de todos los países, de todos los tiempos, de todas las edades, de todas las condiciones.»

Yo sé que es dulce quejarse; que, en todo tiempo se ha alabado el pasado para injuriar el presente; que cada pueblo ha imaginado una edad de oro, de inocencia, de buena salud, de reposo, de placer, que ya no subsiste. Sin embargo, llego de mi provincia a París, se me introduce en una sala muy hermosa en la que mil doscientas personas escuchan una música deliciosa, después de lo cual, toda esta asamblea se divide en pequeñas sociedades que se van a cenar muy bien, y que después de esa cena no están descontentas en absoluto de su noche. Veo todas las bellas artes honradas en esta ciudad, y los oficios más abyectos bien recompensados, las enfermedades muy aliviadas, los accidentes prevenidos: todo el mundo goza aquí, o espera gozar, o trabaja para gozar un día, y esta última suerte no es la peor. Entonces le digo a Pascal: «Gran hombre mío, ¿estáis loco?»
No niego que la tierra se haya visto a menudo innundada de desdichas y de crímenes, y hemos tenido nuestra gran parte de ellos. Pero ciertamente, cuando Pascal escribía, no éramos tan de compadecer. No somos tampoco tan miserables hoy.

Tomemos todo esto, puesto que Dios nos lo envía;
no siempre tendremos tal pasatiempo.

XLII. «Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que incertidumbre. Buscamos la dicha y no encontramos más que miseria. Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha, y somos incapaces tanto de la certidumbre como de la felicidad. Ese deseo nos es conservado tanto para castigarnos como para recordarnos de dónde hemos caído.»

¿Cómo puede decirse que el deseo de felicidad, ese gran regalo de Dios, ese primer resorte del mundo moral, no es más que un justo suplicio? ¡Oh elocuencia fanática!

XLIII. «Hay que tener un pensamiento recóndito, y juzgarlo todo por él, empero, como el vulgo.»

El autor del Elogio (3) es muy discreto, muy contenido, al guardar silencio sobre esos pensamientos. ¿Lo habrían guardado Pascal y Arnauld si hubiesen encontrado esta máxima en los papeles de un jesuita?

XLIV. «La mayor parte de los que tratan de probar la divinidad a los impíos, comienzan de ordinario por las obras de la naturaleza, y rara vez tienen éxito. Yo no ataco la solidez de esas pruebas, consagradas por la Sagrada Escritura: son conforme a la razón; pero a menudo no son lo bastante conformes y lo bastante proporcionadas a la disposición del espíritu de aquéllos a los que son destinados. Pues hay que hacer notar que no se dirigen esos discursos a quienes tienen la fe viva en su corazón, y que ven de inmediato que todo lo que hay no es sino la obra de Dios al que adoran; es a ellos a quienes toda la naturaleza habla de su autor y a quienes los cielos anuncian la gloria de Dios. Pero para aquellos para quienes esta luz se ha extinguido, y en los que se pretende renovarla, esas personas despojadas de fe y de caridad, que no encuentran más que tinieblas y oscuridad en toda la naturaleza, parece que es el medio más apropiado de atraerlos el darles, como prueba de tan grande e importante tema, el curso de la luna o de los planetas, o razonamientos comunes, y contra los cuales siempre se han endurecido. El empecinamiento de su espíritu les ha vuelto sordos a esa voz de la naturaleza que resuena continuamente en sus oídos;y la experiencia muestra que, por lejos que se les lleve por este medio, nada es tan capaz, por el contrario, de repelerles y quitarles la esperanza de descubrir la verdad, como el pretender convencerles solamente por este tipo de razonamientos y decirles que deben ver en ellos la verdad al descubierto. No es de esta manera como habla la Escritura, que conoce mejor que nosotros las cosas que son de Dios.»

¿Y qué hay entonces de lo de Coeli enarrant gloriam Dei?

XLV. «Es una cosa admirable que nunca un autor canónico se ha servido de la naturaleza para probar a Dios; todos tienden a hacer creer en él, y nunca han dicho: no hay vacío, luego hay Dios. Era preciso que fuesen más débiles que las gentes más hábiles que han venido después, y los cuales se han servido todos de ellas.»

Bonito argumento: nunca la Biblia ha dicho como Descartes: Todo está lleno, luego hay un Dios.

XLVI. «No vemos casi nada de justo o de injusto que no cambie de cualidad al cambiar de clima. Tres grados de elevación del polo invierten toda la jurisprudencia. Un meridiano decide la verdad. Las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas. ¡Bonita justicia, que un río o una montaña limitan! Lo que es verdad a este lado de los Pirineos, es un error más allá de ellos.»

No es nada ridículo que las leyes de Francia y España difieran; pero es muy impertinente que lo que es justo en Romorantin sea injusto en Corbeil; que haya cuatrocientas jurisprudencias diversas en el mismo reino; y, sobre todo, que, en un mismo parlamento, se pierda en una cámara el proceso que se gana en otra cámara.

XLVII. «¿Habrá algo más divertido que el que un hombre tenga derecho a matarme porque mora más allá del agua, y su príncipe tiene una querella con el mío, aunque yo no tenga ninguna con él?»

Divertido no es la palabra propia; había que decir demencia execrable.

XLIII. «La justicia es lo que está establecido;y de este modo, todas nuestras leyes establecidas serán necesariamente tenidas por justas sin ser examinadas, puesto que están establecidas.»

Cierto pueblo ha tenido una ley por la que se hacía ahorcar a un hombre por haber bebido a la salud de cierto príncipe; hubiera sido justo no beber con ese hombre, pero era un poco duro ahorcarle; eso estaba establecido, pero era abominable.

XLIX. «Sin duda la igualdad de bienes es justa.»

La igualdad de bienes no es justa. No es justo que, cuando se hagan las partes, los extranjeros mercenarios que vienen a ayudarme a hacer mi cosecha recojan tanto como yo.

L. «Es justo que lo que es justo sea seguido. Es necesario que lo que es más fuerte sea seguido.»

Máximas de Hobbes.

LI. «¡Qué quimera es el hombre! ¡Qué novedad! ¡Qué caos! ¡Qué tema de contradicción! Juez de todas las cosas, imbécil, gusano, depositario de lo verdadero, amasijo de incertidumbre, gloria y escoria del universo. Si se alaba, le rebajo; si se rebaja, le alabo, y le contradigo siempre, hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible.»

Verdadero discurso de enfermo.

LII. «Todo lo que vemos del mundo no es más que un rasgo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. Ninguna idea se aproxima a la extensión de sus espacios. Por mucho que hinchemos nuestras concepciones, no damos a luz más que átomos en lugar de la realidad de las cosas. Es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.»

Esta hermosa expresión es de Timeo de Locres; Pascal era digno de inventarla, pero hay que darle a cada cual lo suyo (4).

LIII. «¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada respecto a lo infinito, un todo respecto a la nada, un término medio entre la nada y el todo. Está infinitamente alejado de los dos extremos, y su ser no está menos distante de la nada de la que ha sido sacado del infinito en el que se pierde. Su inteligencia tiene, en el orden de las cosas inteligibles, el mis/no rasgo que su cuerpo en la extensión de la naturales,y todo ¿o que puede hacer es percibir cierta apariencia del punto medio de ¿as cosas, en una eterna desesperarían de conocer el principio o el fin. Todas las cosas han salido de la nada y son llevadas hasta el infinito. ¿Quién puede seguir esas asombrosas trayectorias? El autor de esas maravillas las comprende; ningún otro puede hacerlo.
Este estado, que mantiene el centro entre los extremos se encuentra en todas nuestras potencias.
Nuestros sentidos no perciben nada de extremo. Demasiado ruido nos ensordece, demasiada luz nos deslumbra, demasiada distancia y demasiada proximidad impiden la vista, demasiada longitud y demasiada brevedad oscurecen un discurso, demasiado placer incomoda, demasiadas consonancias disgustan. No sentimos ni el extremo calor ni el extremo frío. Las cualidades excesivas son nuestras enemigas, y no sensibles. No las sentimos, las padecemos: demasiada juventud y demasiada vejez impiden el ingenio; demasiada y demasiado poca comida trastornan sus actividades; demasiada y demasiado poca instrucción le embrutecen. Las cosas extremas son para nosotros como si no fuesen y nosotros no somos respecto a ellas; se nos escapan o nosotros a ellas. Tal es nuestro verdadero estado; lo que encierra nuestros conocimientos en ciertos límites que no pasamos, incapaces de saberlo todo y de ignorarlo todo en absoluto. Estamos en un vasto término medio, siempre inciertos, y flotando entre la ignorancia y el conocimiento^ si pensamos ir más adelante, nuestro objeto se revuelve y escapa a nuestro poder; se harta y huye con una huida eterna; nada puede detenerlo. Esta es nuestra condición natural, y empero la más contraria a nuestra inclinación. A raemos en deseo de profundizarlo todo y de edificar una torre que se eleve hasta el infinito; pero nuestro edificio se cuartea y la tierra se abre hasta los abismos.»

Esta elocuente tirada no prueba nada sino que el hombre no es Dios. Está en su sitio con el resto de la naturaleza, imperfecto, porque sólo Dios puede ser perfecto; o, para decirlo mejor, el hombre es limitado y Dios no lo es.

LIV. «Los que escriben contra la gloria quieren tener la gloria de haber escrito bien, y los que les leen quieren tener la gloria de haberlos leído; y yo, que escribo esto, tengo quizá ese deseo, y quizá los que me lean lo tendrán también.»

Sí, corríais en pos de la gloria de pasar un día por el azote de los jesuitas, el defensor de Port-Royal, el apóstol del jansenismo, el reformador de los cristianos.

LV. «Las buenas acciones ocultas son las más estimables. Cuando veo algunas en la historia me agradan mucho; pero afín de cuentas no han sido completamente ocultas, puesto que se han sabido; y ese poco por el que han aparecido disminuye su mérito; pues lo más hermoso, es haber querido ocultarlas.»

¿Y cómo la historia ha podido hablar de ellas, si no han sido conocidas?

LVI. «Las invenciones de los hombres van avanzando de siglo en siglo. La bondad y la malicia del mundo en general siguen siendo los mismos.»

Quisiera que se examinase qué siglo ha sido más fecundo en crímenes, y por consecuencia en desdichas. El autor de La felicidad pública (5) se propuso este objetivo y dijo cosas muy verdaderas y muy útiles.

LVII. «Mientras que la naturaleza nos hace siempre infelices en todos los estados, nuestros deseos nos fingen un estado feliz, porque unen al estado en que estamos los placeres del estado en que no estamos.»

La naturaleza no nos hace siempre infelices. Pascal habla siempre como un enfermo que quiere que el mundo entero sufra.

LVIII. «Tengo por un hecho que si todos los hombres supiesen exactamente lo que dicen unos de otros, no habría ni cuatro amigos en todo el mundo.»

En la excelente comedia del Plain dealer, el hombre de franco proceder (excelente a la manera inglesa), el Plain dealer dice a un personaje: «Tú pretendes ser mi amigo; veamos, ¿cómo lo probarías? —Mi bolsa es tuya. Y de la primera chica que llegue. Bagatelas. —Me batiré por ti. —Y por un mentís. Eso no es un gran sacrificio. — Hablaré bien de ti a la cara de los que te ridiculicen. —¡Oh, si eso es cierto, me amas.»

LIX. «El alma es arrojada al cuerpo para hacer en él una estancia de corta duración.»

Para decir el alma es arrojada, habría que estar seguro que es una sustancia y no una cualidad. Esto es lo que casi nadie ha investigado, y por aquí habría que emprender en metafísica, en moral, etc.

LX. «El mayor de los males son las guerras civiles. Son seguras si se quiere recompensar el mérito; pues todos pretenden merecer.»

Esto merece una explicación. Guerra civil si el Príncipe de Conti dice: Tengo tanto mérito como el Príncipe de Conde; si Retz dice: Valgo más que Mazarino; si Beaufort dice: Soy más que Turenne; y si no hay nadie para ponerles en su sitio. Pero cuando Luis XIV llega y dice: No recompensaré más que el mérito, entonces se acabaron las guerras civiles.

LXI. «¿Por qué se sigue a la pluralidad? ¿Acaso a causa de que tienen más razón? No, sino más fuerza. ¿Por qué se siguen las antiguas leyes y las antiguas opiniones? ¿Acaso son más sanas? No, pero son únicas, y nos quitan la raíz de la diversidad.» Este artículo tiene necesidad aún de más explicación, y parece no merecerla. LXII. «La fuerza es la reina del mundo, y no la opinión. Pero la opinión es la que usa la fuerza.»

Idem.

LXIII. «¡Qué bien se ha hecho distinguir a los hombres por el exterior en lugar de por las cualidades interiores! ¿Quién pasará antes de nosotros dos? ¿El más hábil? Pero yo soy tan hábil como él. Habrá que batirse por este motivo. El tiene cuatro lacayos y yo no tengo más que uno. Eso es visible. No hay más que contar; soy yo quien debe ceder.»

No. Turenne con un lacayo sería respetado por un tratante que tuviese cuatro.

LXIV. «El poder de los reyes está fundado sobre la razón y sobre la locura del pueblo, y mucho más sobre la locura. La cosa más grande y más importante del mundo tiene por fundamento la debilidad, y este fundamento es admirablemente seguro, pues nada hay más seguro que lo de que el pueblo será débil; lo que está fundado sólo sobre la razón está muy mal fundado, como la estima de la sabiduría.»

Demasiado mal enunciado.

LXV. «Nuestros magistrados han conocido bien este misterio. Sus ropones rojos, sus armiños..., todo este aparato augusto era necesario.»

Los senadores romanos vestían laticlave.

LXVI. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías,y los doctores bonetes cuadrados y ropones demasiado anchos de cuatro partes, jamás habrían engañado al mundo, que no resistirse a esta auténtica exhibición. Sólo los guerreros no se han disfrazado de tal suerte, porque efectivamente su papel es más esencial.»

Hoy sucede todo lo contrario; se burlarían de un médico que viniese a tomar el pulso y a contemplar vuestras deposiciones en sotana. Los oficiales de guerra, por el contrario, van a todas partes con sus uniformes y sus galones.

LXVII. «Los suizos se ofenden de ser llamados gentilhombres y prueban la rotura de raza para ser juzgados dignos de grandes cargos.»

Pascal estaba mal informado. Había un su tiempo, y todavía los hay en el senado de Berna, gentilhombres tan antiguos como la casa de Austria; son respetados y ostentan sus cargos; es cierto que no están en ellos por derecho de nacimiento, como los nobles de Venecia. Incluso es preciso, en Basilea, renunciar a su nobleza para entrar en el senado.

LXVIII. «Los efectos son como sensibles,y las razones son visibles solamente para el espíritu;y aunque sea por el espíritu por el que se ven estos efectos, este espíritu es, respecto al espíritu que ve las causas, como los sentidos corporales son respecto al espíritu.»

Mal enunciado.

LXIX. «El respeto es: incomodaos; esto es vano en apariencia, pero muy justo, pues es decir: me incomodaré ciertamente si lo necesitáis, puesto que lo hago sin que os sirva, además de que el respeto está hecho para distinguir a los grandes. Ahora bien, si el respeto fuese estar en un sillón, se respetaría a todo el mundo y no se distinguiría;pero siendo incómodo se distingue muy bien.»

Mal enunciado.

LXXX. «Ser bizarro no es algo demasiado vano; es mostrar que un gran número de gentes trabajan para uno; es mostrar por los caballos que se tiene un ayuda de cámara, un perfumista, etc., por su pechera, el hilo,y la pasamanería, etc. Ahora bien, no es una simple superficie ni un simple arnés tener varios brazos a su servicio.»

Mal enunciado.

LXXXI. «Es admirable; no quieren que yo honre a un hombre vestido de brocado y seguido de siete y ocho lacayos. ¡Pero, caramba!, me hará dar de correazos si no le saludo. Ese traje, es una fuerza; no sucede lo mismo que con un caballo bien enjaezado respecto a otro.»

Bajo e indigno de Pascal.

LXXXII. «Todo instruye al hombre de su condición;pero hay que entenderlo, pues no es cierto que Dios se descubra en todo, y no es cierto que se oculte en todo; pero es cierto juntamente que se oculta a quienes le tientan y que se descubre a quienes le buscan, porque los hombres son juntamente indignos de Dios y capaces de Dios; indignos por su corrupción, capaces por su primera naturaleza.
Si nunca hubiese aparecido nada de Dios, esta privación eterna sería equívoca, y podría igualmente referirse a la ausencia de toda divinidad que a la indignidad en que estarían los hombres de conocerla; pero el que aparezca a veces y no siempre, disipa el equívoco. Si aparece una vez, existe siempre, y de este modo no se puede concluir otra cosa salvo que hay un Dios y que los hombres son indignos de él. Si no hubiese oscuridad, el hombre no sentiría su corrupción. Si no hubiese luz, el hombre no esperaría remedio. De este modo es no solamente justo, sino útil para nosotros, que Dios esté oculto en parte y descubierto en parte, puesto que es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios.
No hay nada sobre la tierra que no muestre o la miseria del hombre o la misericordia de Dios; o la impotencia del hombre sin Dios o la potencia del hombre con Dios. Todo el universo enseña al hombre o que está corrompido o que está redimido. Todo le enseña su grandeza o su miseria.»

Estos artículos me parecen grandes sofismas. ¿Por qué imaginar siempre que Dios, al hacer al hombre, se ha atareado en expresar grandeza o miseria? ¡Qué piedad! Scilicit is superis labor est!

LXXXIII. «Si no hubiera que hacer nada más que por lo cierto, no habría que hacer nada por la religión, pues no es algo cierto. Pero ¡cuántas cosas se hace por lo incierto, los viajes por mar, las batallas1. Digo pues que no habría que hacer nada en absoluto, puesto que nada es cierto; y hay más certeza en la religión que en la esperanza de que veamos el día de mañana. Pues no es seguro que veamos el mañana; pero es ciertamente posible que no lo veamos. No se puede decir otro tanto de la religión. No es seguro que sea; pero ¿quién se atrevería a decir que es ciertamente posible que no sea? Luego, cuando se trabaja por el mañana y por lo incierto, se actúa con razón.»

Habéis agotado vuestro ingenio en argumentos para probaros que vuestra religión es cierta y ahora nos aseguráis que no es cierta; y después de haberos contradicho tan extrañamente, os volvéis atrás: decís que no se puede avanzar «que sea posible que la religión cristiana sea falsa». Sin embargo, sois vos mismo quien acabáis de decirnos que es posible que sea falsa, puesto que habéis declarado que es incierta.

LXXIV. «Comenzad por compadecer a los incrédulos; son bastante desdichados: no habría que injuriarles más que en el caso de que eso sirviese para algo; pero les es dañoso.»

Y vos les habéis injuriado sin cesar; ¡les habéis tratado como a jesuitas! Al decirles tantas injurias, admitís que los verdaderos cristianos no pueden dar razón de su religión; que si la probasen, no mantendrían su palabra; que su religión es una tontería; que si es verdadera, lo es porque es una tontería. ¡Oh, abismo de absurdos!

LXXV. «A los que sienten repugnancia por la religión, hay que comenzar por mostrarles que no es contraria a la razón; después, que es venerable, y suscitar su respeto; después, mostrarla amable y hacer desear que fuese verdadera; y después mostrar, por pruebas incontestables, que es verdadera; hacer ver su antigüedad y su santidad por su grandeza y su elevación; y, finalmente, que es amable, porque promete el verdadero bien.»

¿Acaso no veis, oh Pascal, que sois un hombre de partido que intenta hacer reclutas?

LXXVI. «No hay que conocerse mal, somos cuerpo tanto como espíritu, y de aquí proviene que el instrumento por el que se logra la persuasión no es solamente la demostración. ¡Qué pocas cosas hay demostradas! Las pruebas no convencen más que al espíritu. La costumbre hace nuestras pruebas más fuertes. Inclina los sentidos, que arrastran al espíritu sin pensar. ¿Quién ha demostrado que mañana amanecerá o que moriremos? ¿Y qué cosa es más universalmente creída? Es pues la costumbre la que nos persuade; ella es la que hace tantos turcos y paganos; ella es la que hace los oficios, los soldados, etc.»

¿Por qué querer siempre que Dios esté oculto? Uno preferiría que fuese manifiesto. Costumbre no es aquí la palabra apropiada. No es por costumbre por lo que se cree que amanecerá mañana; es por una extremada probabilidad. No es por los sentidos, por el cuerpo, por lo que esperamos morir; pero nuestra razón, sabiendo que todos los hombres han muerto, nos convence de que nosotros moriremos también. La educación, la costumbre, hace sin duda musulmanes y cristianos, como dice Pascal; pero la costumbre no hace creer que moriremos, como nos hace creer en Mahoma o en Pablo, según que hayamos sido educados en Constantinopla o en Roma. Son cosas muy diferentes.

LXXVII. «La verdadera religión debe tener por distintivo el obligar a amar a Dios. Esto es muy justo. Y, sin embargo, ninguna, salvo la nuestra, lo ha ordenado. Debe también haber conocido la concupiscencia del hombre y la impotencia en que está por sí mismo de adquirir la virtud. Debe haber aportado los remedios para esto, de los que la oración es el principal. Nuestra religión ha hecho todo esto, y ninguna otra nunca ha pedido a Dios amarle y seguirle.»

Epícteto, esclavo, y Marco Aurelio, emperador, hablan continuamente de amar a Dios y de seguirle.

LXXVIII. «Como Dios está oculto, toda religión que no dice que Dios está oculto no es verdadera.El ojo del hombre veía entonces la majestad de Dios. No estaba en las tinieblas que lo ciegan, ni en la mortalidad y en las miserias que lo afligen. Pero no ha podido soportar tanta gloria sin caer en la presunción.»

Fueron los primeros brahamanes quienes inventaron la novela teológica de la caída del hombre, o, más bien, de los ángeles; y esta cosmogonía, tan ingeniosa como fabulosa, ha sido la fuente de todas las fábulas sagradas que han inundado la tierra. Los salvajes de Occidente, tan tardíamente civilizados, y después de tantas revoluciones, y después de tantas barbaries, no han podido ser instruidos en ellas más que en nuestros últimos tiempos. Pero hay que hacer notar que veinte naciones de Oriente han copiado a los antiguos brahamanes, antes de que una de esas malas copias, me atrevo a decir que la peor de todas, haya llegado hasta nosotros.

LXXIX. «En vano, oh hombres, buscáis en vosotros mismos remedio para vuestras miserias; todas vuestras luces no pueden llegar más que a conocer que no es en vosotros donde encontraréis ni la verdad ni el bien. Los filósofos os lo han prometido; no han podido hacerlo. No saben ni cuál es vuestro verdadero bien, ni cuál es vuestro verdadero estado. ¿Cómo habrían dado remedio a vuestros males, puesto que ni siquiera los han conocido? Vuestras enfermedades principales son el orgullo, que os sustrae a Dios, y la concupiscencia, que os apega a la tierra, y ellos no han hecho otra cosa que alimentar, al menos, una de esas enfermedades. Si os han dado a Dios por objetivo, no ha sido más que para ejercer vuestro orgullo. Os han hecho pensar que le sois semejantes por naturaleza. Y los que han visto ¡a vanidad de esta pretensión os han arrojado en el otro precipicio, haciéndoos entender que vuestra naturaleza era semejante a la de los animales, y os han llevado a buscar vuestro bien en las concupiscencias que son lo que corresponde a los animales. Este no es el medio de instruiros de vuestras injusticias; no esperéis, pues, ni verdad, ni consolación de los hombres. Yo (la sabiduría de Dios) soy quien os ha formado, y la única que puede enseñaros lo que sois. Pero no estáis ahora en el estado en que os he formado. He creado al hombre santo, inocente, perfecto. Le he llenado de luces y de inteligencia. Le he comunicado mi gloria y mis maravillas.»

LXXX. «Veo multitudes de religiones en varios lugares del mundo y en todos los tiempos. Pero no tienen ni moral que pueda agradarme ni pruebas capaces de detenerme.»

La moral es en todas partes la misma, en el Emperador Marco Aurelio, en el Emperador Juliano, en el esclavo Epícteto, al que vos mismos admiráis, en San Luis, y en Boncocdar su vencedor, en el Emperador de China, Kien-Long, y en el rey de Marruecos.

LXXXI. «Pero considerando de este modo esta inconstante y extraña variedad de costumbres y de creencias en las diversas épocas, encuentro en una pequeña parte del mundo un pueblo particular, separado de todos los otros pueblos de la tierra y cuyas historias preceden en varios siglos a las más antiguas que tenemos. Encuentro pues ese pueblo grande y numeroso, que adora a un solo Dios y que se conduce por una ley que dicen haber recibido de su mano. Sostienen que son los únicos en el mundo a los que Dios ha revelado sus misterios; que todos los hombres están corrompidos y caídos en desgracia ante Dios; que están todos abandonados a sus sentidos y a su propio ingenio, y de ahí vienen los extraños desvaríos y los cambios continuos que suceden entre ellos, tanto de religión como de costumbres, mientras que ellos permanecían inquebrantables en su conducta; pero que Dios no dejará eternamente a los otros pueblos en esas tinieblas; que vendrá, un liberador para todos, que ellos están en el mundo para anunciarlo, que han sido expresamente creados para ser los heraldos de ese gran advenimiento, y para llamar a todos los pueblos a unirse a ellos en la espera de ese liberador.»

¡Cómo podrá cegarse hasta ese punto y ser lo bastante fanático como para no servir su ingenio más que en pretender cegar al resto de los hombres! ¡Gran Dios! ¡Un hato de árabes ladrones, sanguinarios, supersticiosos y usureros serían los depositarios de tus secretos! ¡Esa horda bárbara sería más antigua que los sabios chinos; que los brahamanes, que han enseñado a toda la tierra; que los egipcios, que la han asombrado con sus inmortales monumentos! ¡Esa escuálida nación sería digna de nuestras miradas por haber conservado algunas fábulas ridículas y atroces, algunos cuentos absurdos infinitamente por debajo de las fábulas indias y persas! ¡Y es esta horda de usureros fanáticos la que se os impone, oh Pascal! ¡Y torturáis -vuestro espíritu, falsificáis la historia, y hacéis decir a ese pueblo miserable todo lo contrario de lo que sus libros han dicho! ¡Le imputáis todo lo contrario de lo que ha hecho, y eso para agradar a unos cuantos jansenistas que han subyugado vuestra imaginación ardiente y pervertido vuestra razón superior!

LXXXII. «Es un pueblo todo compuesto de hermanos; y, en lugar de ser como todos los otros, que están formados por la reunión de una infinidad de familias, éste, aunque tan extrañamente abundante, ha salido todo de un solo hombre.»

No es en absoluto extrañamente abundante; se ha calculado que no existen hoy seiscientos mil individuos judíos.

LXXXIII. «Este pueblo es el más antiguo que haya en el conocimiento de los hombres, lo que me parece que debe atraerle una veneración particular, y principalmente en la investigación que nosotros hacemos, puesto que si Dios se ha comunicado en todo tiempo a los hombres, es a éstos a los que hay que recurrir para obtener la tradición.»

Ciertamente no son anteriores a los egipcios, a los caldeos, a sus maestros los persas, a los indios, inventores de la teogonía. Uno puede hacer como quiera su genealogía: esas vanidades impertinentes son tan despreciables como comunes; pero ¿se atreve un pueblo a proclamarse más antiguo que los pueblos que han tenido ciudades y templos más de veinte siglos antes que él?

LXXXIV. «Como la creación del mundo comenzaba a alejarse, Dios ha dispuesto de un historiador contemporáneo.»

Contemporáneo: ¡ah!

LXXXV. «Moisés era un hombre hábil, eso está claro. Luego, si hubiera tenido intención de engañar, lo hubiera hecho de suerte que nadie pudiera demostrar su engaño. Ha hecho todo lo contrario, pues si ha divulgado fábulas, no habría judío que no hubiera podido reconocer la impostura.»

Sí, si hubiera escrito en efecto sus fábulas en un desierto para dos o tres millones de hombres que hubieran tenido bibliotecas; pero si algunos levitas hubiesen escrito esas fábulas varios siglos después de Moisés, como es lo probable y verdadero... Además, ¿hay alguna nación en la que no se hayan divulgado fábulas?

LXXXVI. «En la época en la que escribía esas cosas, la memoria de ellas debían aún ser muy reciente en el espíritu de todos los judíos.»

¿Acaso los egipcios, sirios, caldeos e indios, no han dado siglos de vida a sus héroes, antes de que la pequeña horda judía, su imitadora, existiese sobre la tierra?

LXXXVII. «Es imposible afrontar todas las pruebas de la religión cristiana, reunidas en conjunto, sin experimentar su fuerza, a la que ningún hombre razonable puede resistirse.
Considérese su implantación: que una religión tan contraria a la naturaleza se haya establecido por sí misma, tan suavemente, sin ninguna fuerza ni opresión, y, empero, tan fuertemente, que ningún tormento pudo impedir a los mártires confesarla; y que todo esto se haya hecho no solamente sin la asistencia de ningún príncipe, sino pese a todos los príncipes de la tierra que la han combatido.»

Felizmente estuvo en los decretos de la divina Providencia que Diocleciano protegiese a nuestra santa religión durante dieciocho años antes de la persecución comenzada por Galerio, y que después Constancio el Pálido, y finalmente Constantino, la establecieran en el trono.

LXXXVIII. «Los filósofos paganos se han elevado a veces por encima del resto de los hombres por una manera de vivir más regulada y por sentimientos que tenían alguna conformidad con los del cristiano; pero nunca han reconocido como virtud lo que los cristianos llaman humildad.»

Eso se llama tapeinoma entre los griegos: Platón la recomienda; Epícteto, todavía más.

LXXXIX. «Considérese esa serie maravillosa de profetas que se han sucedido unos a otros durante dos mil años, y que todos han predicho, de tantas maneras diferentes, hasta las menores circunstancias de la vida de Jesucristo, de su muerte, de su resurrección, etc.»

Pero considérese también esa serie ridícula de pretendidos profetas que anuncian todo lo contrario que Jesucristo, según esos judíos, que sólo entienden la lengua de esos profetas.

XC. «Considérese, en fin, la santidad de esta religión, su doctrina, que da razón de todo, hasta de las contrariedades que se encuentran en el hombre, y todas las otras cosas singulares, sobrenaturales y divinas, que brillan por doquiera; y que se juzgue, después de todo esto, si es posible dudar de que la religión cristiana sea la única verdadera, y si nunca alguna otra ha tenido nada que se le aproximase.»

Lectores discretos, notad que este corifeo de los jansenistas no ha dicho en todo este libro sobre la religión cristiana más que lo que dicen los jesuitas. Lo ha dicho tan sólo con una elocuencia más apretada y vigorosa. Los port-royalistas y los ignacianos han predicado todos los mismos dogmas; todos han gritado: creed en los libros judíos dictados por Dios mismo, y detestad el judaísmo; cantad las oraciones judías, que no entendéis, y creed que el pueblo de Dios ha condenado a vuestro Dios a morir en un cadalso; creed que vuestro Dios judío, la segunda persona de Dios, co-eterno con Dios padre, ha nacido de una virgen judía, ha sido engendrado por una tercera persona de Dios, y ha tenido, sin embargo, hermanos judíos que no eran más que hombres; creed que habiendo muerto en el suplicio más infame, por ese mismo suplicio, ha quitado de sobre la tierra todo pecado y todo mal, aunque después de él y en su nombre, la tierra se haya visto inundada de más crímenes y desdichas que nunca.
Los fanáticos de Port-Royal y los fanáticos jesuitas se han reunido para predicar estos dogmas extraños con el mismo entusiasmo; y, al mismo tiempo, se han hecho una guerra mortal. Se han anatemizado mutuamente con furor, hasta que una de esas dos facciones de poseídos ha destruido finalmente a la otra.
Recordad, lectores discretos, los tiempos mil veces más horribles de esos energúmenos, llamados papistas y calvinistas, que predicaban en el fondo los mismos dogmas, y que se persiguieron por el hierro, por la llama y el veneno, durante doscientos años, por unas cuantas palabras diferentemente interpretadas. Pensad que fue yendo a misa cuando se cometieron las matanzas de Irlanda y de la noche de San Bartolomé; que fue después de la misa y por la misa cuando se degollaron tantos inocentes, tantas madres, tantos hijos, en la cruzada contra los albigenses; que los asesinos de tantos reyes no les han asesinado más que por la misa. No os engañéis, los convulsionarios que todavía quedan harían otro tanto si tuviesen por apóstoles a las mismas cabezas ardientes que incendiaron el cerebro de Damiens.
¡Oh, Pascal! He aquí lo que han producido las querellas interminables sobre los dogmas, sobre los misterios que no podían producir más que querellas. No hay un artículo de fe que no haya engendrado una guerra civil.
Pascal ha sido geómetra y elocuente; la reunión de estos dos grandes méritos era entonces muy rara; pero no les añadía la verdadera filosofía. El autor del elogio indica con habilidad lo que yo aventuro audazmente. Ha llegado por fin el tiempo de decir la verdad.

XCI. «Él (Epícteto) muestra de mil maneras lo que el hombre debe hacer. Quiere que sea humilde.»

Si Epícteto ha querido que el hombre fuese humilde, no debíais decir que la humildad no ha sido recomendada más que entre nosotros.

XCII. «El ejemplo de la castidad de Alejandro no ha hecho tantos continentes como intemperantes ha hecho el de su embriaguez. No se tiene vergüenza de no ser tan vicioso como él.»

Habría que haber dicho de ser tan vinoso como él. Este artículo es demasiado trivial e indigno de Pascal. Está claro que si un hombre es más grande que los otros, no lo es porque sus pies están tan bajos como los demás, sino porque su cabeza está más elevada.

XCIII. «Temo que hubiera escrito mal, viéndome condenado; pero el ejemplo de tantos escritos piadosos me hace creer lo contrario. Ya no está permitido escribir bien. Toda la Inquisición está corrompida o es ignorante. Es mejor obedecer a Dios que a los hombres. No temo a nada, no espero nada. Port-Royal teme, y es una mala política separarlos, pues cuando ya no se teman, se harán temer más.
La Inquisición y la Sociedad son los dos flagelos de la verdad.
El silencio es la mayor persecución. Los santos nunca se han callado. Cierto es que hace falta vocación. Pero no es por medio de decretos del Consejo por los que hay que enterarse si se es llamado, sino por la necesidad de hablar.»

En estos cuatro últimos artículos se ve al hombre de partido un poco arrebatado. Si algo puede justificar a Luis XIV por haber perseguido a los jansenistas, son seguramente estos últimos artículos.

XCIV. «Si mis Cartas son condenadas en Roma, lo que yo condeno en ellas está condenado en el cielo.»

¡Ay! El cielo, compuesto de estrellas y de planetas, del que nuestro globo es una parte imperceptible, nunca se ha mezclado en las querellas de Arnauld con la Sorbona y de Jansenius con Molina.


Notas

[1] Estas «provinciales» son las cartas que bajo el titulo general de Cartas escritas a un provincial por uno de sus amigos, sobre el tema de las disputas presentes de la Sorbona recogen la defensa que Pascal realizó de los jansenistas y su ataque a los jesuitas. Comenzaron a aparecer en 1655.
[2] Lucrecio, en su De rerum natura.
[3] La obra que Pascal preparaba —cuyos apuntes y fragmentos son los «Pensamientos»— iba a titularse Elogio de la religión cristiana.
[4] También figura en De docta ignorantia, de Nicolás de Cusa.
[5] Chastellux.



Cartas Filosóficas (Vigésimoquinta: ver en Ignoria)
Traducción Fernando Savater
Barcelona, Altaya, 1993
Imagen: Cabeza de Voltaire esculpida por Sally Fama Cochrane