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3 abr. 2014

José Saramago - El viaje perfecto

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Salimos de Lisboa al caer la tarde, aún con luz de día, por una carretera de tráfico tranquilo.

Podíamos hablar con calma, sin precipitar las palabras ni temer las pausas. No teníamos prisa. El motor del coche zumbaba como un violoncelo cuya vibración de una sola nota se prolongara indefinidamente.

En los intervalos entre las frases llegaba hasta nosotros el suave rumor de los neumáticos al deslizarse sobre el asfalto y, en las curvas, el jadeo de la goma crecía como una advertencia, para seguir luego rodando con el mismo pacífico murmullo. Hablábamos de cosas tal vez ya sabidas, pero que, al ser dichas otra vez, eran tan nuevas y tan antiguas como un amanecer.

Las sombras de los árboles se tumbaban en la carretera, pálidas y muy largas. Cuando el camino cambiaba de orientación, cara al sol, recibíamos en el rostro un chorro rápido de relámpagos llameantes.

Nos mirábamos y sonreíamos. Más allá, el sol se apagó tras una colina inesperada. No volvimos a verlo. La noche empezó a nacer de sí misma y los árboles recogieron las sombras dispersas. En una recta más extensa, los faros se dispararon de pronto como dos brazos que fuesen tanteando el camino a lo lejos.

Cenamos en una ciudad, la única que había entre Lisboa y nuestro destino. En el café-restaurante, la gente del país miraba con curiosidad a los desconocidos que creíamos ser. Pero, en medio de una frase, oímos pronunciar el nombre de uno de nosotros: nunca nadie es suficientemente incógnito.

Continuamos el viaje: noche cerrada. Íbamos retrasados. La carretera era peor ahora, llena de baches, irregular, con bordes resbaladizos y muros que se alzaban en las curvas. Ya no era posible hablar. Ambos nos recogimos deliberadamente en un diálogo interior que intentaba adivinar otros diálogos, que preveía preguntas y construía respuestas. De la penumbra de unos rostros imprecisos llegaban las preguntas, primero tímidas, toscas, y luego firmes, con una vibración de cólera que intentábamos comprender, que cautelosamente esquivábamos o que decidíamos afrontar poniendo en la respuesta una cólera mayor.

Atravesábamos aldeas desiertas, iluminadas en las esquinas por faroles cuya luz muerta se perdía sin ojos que la vieran. Muy raramente, otro automóvil se cruzaba con nosotros y, más raramente aún, nuestros faros captaban la luz piloto de una bicicleta fantasmal que se iba quedando atrás como un perfil trémulo perdido en la noche.

Empezamos a subir. Por la ventana entreabierta penetraba un aire frío que daba vueltas por el interior del coche causándonos escalofríos en la nuca. Las luces blandas del tablero difundían por nuestros rostros un resplandor sereno.

Llegamos casi sin darnos cuenta, tras una revuelta del camino.

Anduvimos alrededor de una iglesia que parecía estar en todas partes.

Al fin dimos con la casa. Un cobertizo alto, con dos puertas estrechas. Había gente esperándonos.

Entramos y, mientras en un rincón conversábamos con el que nos había recibido, la sala fue llenándose silenciosamente. Ocupamos nuestros lugares. En la mesa había dos vasos y una jarra de agua.

Los rostros eran ahora reales.

Salían de la penumbra y se volvían hacia nosotros, graves, interrogativos. Era esa clase de gente a quien la palabra pueblo es tan adecuada como su propia piel. Había tres mujeres con niños en el regazo, una de las cuales, más tarde, abrió la blusa y allí mismo dio de mamar al niño mientras miraba y oía. Con la mano libre cubría un poco el rostro del niño y el seno, pero sin pensar demasiado en eso, tranquila. Había hombres de barba sin afeitar, trabajadores del campo, obreros, algunos empleados (¿dependientes de comercio?, ¿oficinistas?), y niños que querían estar quietos y no podían.

Hablamos hasta la madrugada.

Cuando nos callamos y se callaron ellos, hubo alguien que dijo simplemente, en el extraño tono de quien pide disculpa y da una orden: «Vuelvan cuando puedan». Nos despedimos. 

Era tarde, muy tarde. Pero ni el uno ni el otro teníamos prisa.

El automóvil rodaba sin rumor, buscando el camino dentro de una noche altísima, con el cielo cubierto de luminarias. Sólo muchos kilómetros más allá conseguimos decir algo más que las pocas palabras de contento que habíamos intercambiado al arrancar.

Teníamos ahora ante nosotros un viaje largo. Atravesábamos un mundo deshabitado: canales silenciosos, las calles de las aldeas con sus fachadas adormecidas, y luego volvíamos a irrumpir en los campos, entre árboles que parecían recortados y explotaban en verde cuando la luz de los faros los perforaba. No teníamos sueño. Y entonces hablábamos como dos niños felices.

A la izquierda del camino, un río corría a nuestro lado.


En Las maletas del viajero
Traducción: Basilio Losada
Imagen: © Alfaguara/handout/dpa/Corbis

6 ago. 2013

José Saramago - Sabato

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José Saramago - Sabato


Casi cien años, noventa y ocho exactos, son los que hoy está cumpliendo Ernesto Sábato, cuyo nombre escuché por primera vez en el viejo Café Chiado, en Lisboa, allá por los remotos años cincuenta. Lo pronunció un amigo que inclinaba sus gustos literarios hacia las entonces mal conocidas literaturas sudamericanas, mientras que nosotros, los otros miembros de la tertulia que nos reunía al final de la tarde, tendíamos, casi todos, hacia la dulce y entonces todavía inmortal Francia, salvo algún excéntrico que presumía de conocer de cabo a rabo lo que en Estados Unidos se escribía. A aquel amigo, que acabé perdiendo en el camino, le debo la incipiente curiosidad que me llevó a nombres como Julio Cortázar, Borges, Bioy Casares, Asturias, Rómulo Gallegos, Carlos Fuentes y tantos otros que se me atropellan en la memoria cuando los convoco. Y estaba Sábato. Por un fenómeno acústico extraño asocié las tres rápidas sílabas a un súbito golpe de puñal. Conocido como es el significado de esta palabra italiana, la asociación tiene que parecer de lo más incongruente, pero las verdades son para decirse, y ésta es una de ellas. El túnel fue publicado en 1948, pero yo no lo había leído. Entonces, a aquellas alturas, con mis inocentes veintiséis años, todavía sería mucho el pan y la sal que tendría que comer antes de descubrir el camino marítimo que me conduciría a Buenos Aires... Fue ese inolvidable compañero de mesa de café el que me proporcionó la lectura de la novela. Desde las primeras páginas entendí hasta qué punto había sido exacta la osada asociación de ideas que me hizo relacionar un apellido con un puñal. Las lecturas siguientes que hice de Sábato, ya fueran novelas, ya fueran ensayos, sólo confirmarían la intuición inicial, la de que me encontraba ante un autor trágico y eminentemente lúcido que, además de ser capaz de abrir caminos por los corredores laberínticos del espíritu de los lectores, no les consentía, ni un solo instante, que desviasen los ojos de los más obscuros rincones del ser. ¿Lectura por eso difícil? Tal vez, pero lectura fascinante entre todas. La amalgama de surrealismo, existencialismo y psicoanálisis que constituye el soporte «doctrinario» de las ficciones del autor de Sobre héroes y tumbas, no nos debería hacer olvidar que este autoproclamado «enemigo» de la razón que se llama Ernesto Sábato es quien acaba apelando a la falible y humilde razón humana cuando sus propios ojos se enfrentan a ese otro apocalipsis que fue la sangrienta represión sufrida por el pueblo argentino. Novelas que se ciñen a épocas históricamente determinadas y a lugares objetivamente definidos, El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador no hacen oír simplemente el grito de una consciencia afligida por su propia impotencia y la visión profética de una sibila a la que el futuro aterra, también nos avisan de que, tal como Goya (más conocido como pintor que como filósofo...) ya hiciera constar en su famosa serie de grabados de los Caprichos: siempre ha sido del sueño de la razón de donde ha nacido, crecido y prosperado la inhumana genealogía de los monstruos.

Querido Ernesto, entre el temor y el temblor transcurren nuestras vidas, y la tuya no podía ser excepción. Pero tal vez no se encuentre en los días de hoy una situación tan dramática como la tuya, la de alguien que, siendo tan humano, se niega a absolver a su propia especie, alguien que a sí mismo no se perdonará nunca su condición de hombre. No todos te agradecerán la violencia. Yo te pido que no la desarmes. Cien años, casi. Estoy seguro de que al siglo pasado se le podrá llamar también el siglo de Sábato, como el de Kafka o el de Proust.


En El último cuaderno
Traducción de Pilar del Río
Imagen: © Jean Gaumy-Magnum Photos

6 jul. 2012

José Saramago - Desquite

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José Saramago - Imagen: © Alfaguara/handout/dpa/Corbis


El muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.

El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.

La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.

Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta,. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre. El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba. El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.

El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.

El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.


En Casi un objeto
Traducción: Eduardo Naval
Imagen: © Alfaguara/handout/dpa/Corbis

15 jun. 2012

José Saramago: De la imposibilidad de este retrato (Fernando Pessoa)

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I (Día 22 de abril de 2009)

Este texto fue prólogo del catálogo de una exposición de retratos de Fernando Pessoa en la Fundación Calouste Gulbenkian a principios de los años ochenta, creo que en 1985.

¿Qué retrato de sí mismo pintaría Fernando Pessoa si, en vez de poeta, hubiera sido pintor, y de retratos? Colocado de frente ante el espejo, o de medio perfil, oblicuando la mirada tres cuartos, como quien, de sí mismo escondido, se espía, ¿qué rostro elegiría y por cuánto tiempo? ¿El suyo, diferente según las edades, semejante a cada una de las fotografías que de él conocemos, o también el de las imágenes no fijadas, sucesivas entre el nacimiento y la muerte, todas las tardes, noches y mañanas, comenzando por la plaza de San Carlos y acabando en el hospital de San Luís? ¿El de un Álvaro de Campos, ingeniero naval formado en Glasgow? ¿El de Alberto Caeiro, sin profesión ni educación, muerto de tuberculosis en la flor de la edad? ¿El de Ricardo Reis, médico expatriado de quien se perdió el rastro, a pesar de algunas noticias recientes obviamente apócrifas? ¿El de Bernardo Soares, ayudante de contable en la Baixa lisboeta? ¿O de otro cualquiera, fuera Guedes o Mora, ésos tantas veces invocados, innumerables, ciertos, probables y posibles? ¿Se representaría con sombrero en la cabeza? ¿Con la pierna cruzada? ¿Con un cigarro entre los dedos? ¿Con gafas? ¿Con la gabardina puesta o sobre los hombros? ¿Usaría un disfraz, por ejemplo quitándose el bigote y descubriendo la piel subyacente, de súbito desnuda, de súbito fría? ¿Se rodearía de símbolos, de cifras de la cábala, de signos del Zodiaco, de gaviotas en el Tajo, de muelles de piedra, de cuervos traducidos del inglés, de caballos azules y jockeys amarillos, de premonitorios túmulos? ¿O, al contrario de estas elocuencias, se quedaría sentado delante del caballete, de la tela blanca, incapaz de levantar un brazo para atacarla o defenderse de ella, a la espera de otro pintor que viniera a intentar el imposible retrato? ¿De quién? ¿De cuál?

De una persona que se llamó Fernando Pessoa comienza a tener justificación lo que de Camões ya se sabe. Diez mil figuraciones, dibujadas, pintadas, modeladas, esculpidas, acabaron haciendo invisible a Luís Vaz, lo que todavía permanece de él es lo que sobra: un párpado caído, una barba, una corona de laurel. Es fácil de ver que Fernando Pessoa también va camino de la invisibilidad, y, teniendo en cuenta la ocurrente multiplicación de imágenes, provocada por apetitos sobreexcitados de representación y facilitada por un dominio generalizado de las técnicas, el hombre de los heterónimos, ya voluntariamente confundido en las criaturas que produjo, entrará en el negro absoluto en mucho menos tiempo que el otro de una cara sola, aunque de voces no pocas. Acaso será ése, quién sabe, el perfecto destino de los poetas, perder la substancia de un contorno, de una mirada gastada, de un pliegue en la piel, y disolverse en el espacio, en el tiempo, sumidos entre las líneas de lo que consiguieron escribir, si del rostro sin facciones ni límites todavía alguna cosa llega a entrometerse, está garantizado el día en que incluso ese poco será definitivamente arrojado fuera. El poeta no será más que memoria fundida en las memorias, para que un adolescente pueda decirnos que tiene en sí todos los sueños del mundo, como si tener sueños y declararlo fuese primera invención suya. Hay razones para pensar que la lengua es, toda ella, obra de poesía.


II (Día 23 de abril de 2009)

Entretanto, el pintor va pintando el retrato de Fernando Pessoa. Está en el comienzo, no se sabe todavía qué rostro elegirá, lo que se puede ver es una levísima pincelada de verde, quizá salga de aquí un perro de ese color para conjuntarlo con un jockey amarillo y un caballo azul, salvo si el verde es sólo el resultado físico y químico por estar el jockey sobre el caballo, como es su profesión y gusto. Pero la gran duda del pintor no tiene nada que ver con los colores que tendrá que emplear, esa dificultad la resolvieron los impresionistas de una vez para siempre, sólo los hombres antiguos, los de antes, no sabían que en cada color están todos los colores: la gran duda del pintor es si hay que tener una actitud reverente o irreverente, si pintará esta virgen como San Lucas pintó la otra, de rodillas, o si tratará a este hombre como el triste desgraciado que fue realmente ridículo para todas las camareras de hotel y escribió cartas de amor ridículas, y si, así autorizado por él mismo, de él podrá reírse pintándolo. La pincelada verde, por ahora, es solamente la pierna del jockey amarillo colocada a este lado de acá del caballo azul. Mientras el maestro no agite la batuta, la música no romperá lánguida y triste, ni el hombre de la tienda comenzará a sonreír entre las memorias de la infancia del pintor. Hay una especie de ambigüedad inocente en esta pierna verde, capaz de transformarse en verde perro. El pintor se deja conducir por la asociación de ideas; para él, pierna y perro se convertirán en meros heterónimos de verde: cosas mucho más increíbles que ésta han sido posibles, no es de extrañar. Nadie sabe lo que pasa en la cabeza del pintor mientras pinta. El retrato está hecho, se unirá a las diez mil representaciones que lo precedieron. Es una genuflexión devota, es una carcajada de burla, da lo mismo, cada uno de estos colores, cada uno de estos trazos, sobreponiéndose unos a otros, acercan el momento de la invisibilidad, ese negro absoluto que no reflejará ninguna luz, ni siquiera la luz fulgurante del sol, que haría entonces al breve brillo de una mirada, apagándose tan pronto. Entre la reverencia y la irreverencia, en un punto indeterminable, estará, tal vez, el hombre que Fernando Pessoa fue. Tal vez, porque tampoco eso es cierto. Albert Camus no lo pensó dos veces cuando escribió: «Si alguien quiere que lo reconozcamos, basta que diga quién es». En la mayoría de los casos, a lo más lejos que llega quien a tal aventura ose sujetarse es a decir qué nombre le pusieron en el registro civil.

Fernando Pessoa, probablemente, ni a tanto. No le bastaba ser al mismo tiempo Caeiro y Reis, conjuntamente Campos y Soares. Ahora que ya no es poeta, sino pintor, y va haciendo su autorretrato, qué rostro pintará, con qué nombre firmará el cuadro, en el ángulo izquierdo, o derecho, porque toda la pintura es espejo, ¿de qué, de quién, para qué? El brazo se levanta, por fin, la mano sostiene una pequeña astilla de madera, desde lejos diríamos que es un pincel, pero hay motivos para sospechar: en él no se transporta un color verde, o azul, o amarillo, no se ve ningún color, ninguna pintura. Este es el negro absoluto con que Fernando Pessoa, con sus propias manos, se hará invisible.

Pero los pintores seguirán pintando.


En El último cuaderno (Textos escritos para su blog Marzo 2009-Junio 2010)
Traducción de Pilar del Río
Editorial Alfaguara, 2011
Foto: Daniel Mordzinski



31 ene. 2012

José Saramago - Las tierras

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Como un ser vivo, las ciudades crecen a costa de lo que las rodea.

El gran alimento de las ciudades es la tierra, que, tomada en su inmediato sentido de superficie limitada, adquiere el nombre de terreno, en el que, realizada esta operación lingüística, ya es posible construir. Y cuando nosotros vamos allí a comprar el periódico, el terreno desaparece, surgiendo en su lugar, el inmueble.

Hubo un tiempo en el que las ciudades crecían lentamente. Cualquier casa de la periferia tenía tiempo para perder la flor de la novedad antes de que otra viniera a hacerle compañía. Las calles daban directamente al campo abierto, al baldío, a los huertos abandonados, donde pastaban auténticos rebaños de ovejas guardados por auténticos pastores. Ese país diferente, salpicado de olivos enanos, de higueras agachadas, de toscos muros en ruina y, de vez en cuando, con portalones solitarios abiertos al vacío, eran las tierras.

Las tierras no se cultivaban.

Hacían, inertes, sus despedidas de la fertilidad, soportaban aquella pausa intermedia entre la muerte y la inhumación. Su gran vegetación, su gran triunfo floral, era el cardo. Si le daban tiempo, el cardo cubría el paisaje de un verde ceniciento. Desde los pisos más altos de las casas, la vista era melancólica, uniforme, como si en todo aquello hubiera una gran injusticia y un remordimiento vago.

Pero las tierras eran también el paraíso de los niños suburbanos, el lugar de la acción por excelencia. Allí se hacían descubrimientos e invenciones y se trazaban planes, allí la humanidad de calzón corto se dividía ya imitando a los adultos. Había chiquillos imaginativos que daban nombres a los accidentes topográficos y otros, más sentimentales, se quedaban tristes cuando, un día, hombres callados, toscos, empezaban a abrir zanjas en el lugar donde había ardido la hoguera ritual del grupo, hoguera a cuyo alrededor se disponían, en grave deliberación, rostros atentos y rodillas desolladas.

Los grupos tenían jefes autoritarios, algunos pequeños tiranos que, un día, inexplicablemente, eran destituidos, marginados, e iban a probar suerte a otros grupos donde nunca echaban raíces. Pero la gran desgracia se daba cuando un chiquillo cambiaba de barrio. El grupo se cicatrizaba deprisa; así, el muchacho, con el alma pesada, andaba kilómetros para volver a ver a sus amigos, para volver a los lugares felices, pero cada vez era más difícil reconstituir la antigua comunión, hasta que venían la indiferencia y la hostilidad y el chiquillo desaparecía definitivamente, tal vez ayudado por otras amistades y nuevas tierras.

Hoy, la ciudad crece tan rápidamente que deja atrás, sin remedio, las infancias. Cuando el niño se prepara para descubrir las tierras del arrabal, éstas se encuentran ya lejos y es una ciudad entera la que se interpone, áspera y amenazadora. Los paraísos se van alejando cada vez más. Adiós, fraternidad. Cada uno para sí.

Pero es destino de los hombres, por lo visto, contrariar las fuerzas dispersivas que ellos mismos ponen en movimiento o dentro de ellos se insurgen. Entonces se descubre que esas tierras están en el interior de la ciudad, que todos los descubrimientos e invenciones son otra vez posibles, que la fraternidad renace y que los hombres, hijos de los niños que han sido, reinician el aprendizaje de los nombres de las personas y de los lugares y otra vez se sientan alrededor de la hoguera, hablando del futuro y de lo que a todos nos importa, para que ninguno de ellos muera en vano.


En Las maletas del viajero
Traducción: Basilio Losada
© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis