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3 abr. 2013

James Salter: Vía negativa

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Existe un tipo de escritor menor al que uno encuentra en una sala de la biblioteca firmando ejemplares de su novela. El dedo índice tiene el color del té, la sonrisa llena de dientes en mal estado. Sin embargo, entiende de literatura. Sus pobres huesos se han formado con ella. Conoce lo que se ha escrito y dónde lo escribieron los autores. Sus opiniones son frías pero certeras. Son puras, como mínimo tienen eso.
El es desconocido, aunque no carece de algunos admiradores. La verdad es que son como el matrimonio, aburridos, pero, ¿qué más hay? Su vida está en sus diarios. En ellos, en algún sitio, hay esta frase de un astrólogo: «Tus compañeros naturales son las mujeres». De vez en cuando, quizá. No más. Su cabello es escaso. La indumentaria ya está algo pasada de moda. Sin embargo, es consciente de que existe una gloria que al final cae sobre ciertas figuras a las que apenas se prestó atención en su época, que las roza en la oscuridad y recrea sus vidas. Sus héroes son Musil y, por supuesto, Gerard Manley Hopkins. Bunin.
Hay escritores como P, que viven en una suite lujosa y calzan zapatos ingleses, que avanzan por la calle envueltos en una aureola deslumbrante y la gente parece cederles el paso, abrirles un túnel semejante al ojo de un huracán.
—He oído comentar que has hecho una fortuna con tu último libro.
—¿Qué? No les hagas caso —te dicen, a pesar de que todo el mundo sabe la verdad.
De cerca ves que los zapatos están hechos a mano. El dueño ostenta una abundante mata de pelo. Su rostro es enérgico, y su frente, y su larga nariz. El suyo es un rostro dolorido, duro como una piedra. En quien le ha interpelado reconoce a alguien que ha publicado varios relatos. Sólo dispone de un momento para hablar con él.
—El dinero no significa nada —le dice—. Basta con mirarme. Ni siquiera puedo permitirme un corte de pelo decente.
Habla en serio. No sonríe. Cuando regresó de Londres y le pidieron que respaldara la novela de un joven conocido suyo, contestó: «Dejadle que lo haga tal como lo hice yo. Por sí solo».
—Todos persiguen algo —añadió.
Luego están los viejos escritores que deben su encumbramiento a la revista New Yorker y se mueven en círculos adinerados, como W, que fue famoso a los veinte años. Algunos críticos consideran ahora que su obra es superficial, carente de originalidad. Había sido amigo del escritor más importante de nuestra época, un escritor que había inspirado a innumerables imitadores. Aunque quizá fuera preferible decir que fue uno de los más grandes: no todo el mundo está de acuerdo con este aspecto, y no quiero entrar en polémicas. Más adelante, los dos se habían enemistado, pero a W no le gustaba explicar por qué.
Su primer relato, ampliamente difundido —todo el mundo lo conoce—, le había proporcionado al menos cincuenta mujeres con el paso de los años, según él mismo declaró. Su mujer estaba enterada de eso, pero al final también rompió con ella. No era un hombre que conservara su atractivo. Unas pequeñas venitas habían empezado a asomar en sus mejillas. Los ojos se le volvieron rojizos e insultaba a la gente, incluso a los camareros en los restaurantes. Sin embargo, se decía que en su juventud había sido muy generoso, muy valiente... Que luchaba contra la injusticia. Había entregado dinero al bando republicano en España.

Por la mañana. Los dentistas están desplegando su instrumental. En los portales, cuando el sol los ilumina, los vagabundos empiezan a desperezarse. Nile iba en autobús a visitar a su madre; la frase de Victor Hugo acerca de que «todos los ejércitos del mundo son incapaces de detener una idea a la que le ha llegado su momento» figuraba impresa en un anuncio sobre su cabeza. Iba sin peinar. En el rostro tenía la arrogancia, los labios cuarteados de alguien decidido a vivir sin dinero. Su madre salió a recibirle a la puerta y le cogió el pálido rostro entre sus manos. Retrocedió un paso para verle mejor. Estaba temblando ligeramente, con un movimiento rítmico, constante.
—Tus dientes... —murmuró la mujer.
Se los ocultó con la lengua. Su tía salió de la cocina para abrazarle.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó a gritos—. Adivina lo que tenemos para almorzar.
Como a la mayoría de las mujeres obesas, le gustaba reír. Había enviudado dos veces, pero una copa bastaba para hacerla bailar. Se fue a poner la mesa. Al pasar ante la ventana, echó un vistazo a la calle. Al otro lado había un cine.
—Degenerados —exclamó.
Nile se sentó entre las dos, acercando la silla a la mesa mediante breves rozaduras en el suelo. No se habían molestado en arreglarse. La cordialidad de los almuerzos familiares, en los que lo único que importaba era la comida. Siempre se sentía hambriento cuando iba a verlas. Mientras hablaba daba bocados a una rebanada de pan con una gruesa capa de mantequilla. Había bacalaos pequeños abiertos por la mitad y cebollitas salteadas en un plato enorme. Y voces por todos lados: el televisor en marcha, la radio en la cocina... Contestaba a sus preguntas con la boca llena.
—Son algo insulsos —comentó su madre—. ¿Los has hecho de la misma manera?
—Tal como los hago siempre —contestó su tía, y probó un trozo—. Puede que falte un poco de sal.
—Tú nunca pones sal al pescado —replicó su madre.
Nile siguió comiendo. El pescado se deshacía bajo la presión del tenedor, húmedo y blanco. Percibía el suave olor a yodo del mar. Conocía el mercado en que lo habían mantenido expuesto sobre hielo, al dueño judío que no se afeitaba. Su tía le estaba observando.
—¿Sabes una cosa? —preguntó la mujer.
—¿El qué?
No se dirigía a él. Había hecho un descubrimiento.
—Por un momento, mientras comía, me ha parecido idéntico a su padre.
Una pausa repentina, placentera, se hizo en el comedor, un abismo que no existía cuando hablaban sólo de la inmortalidad o del peligro de los negros. Su madre le miró con veneración.
—¿Has oído esto? —le preguntó, callada la voz, anhelante de los mitos del pasado. La oscuridad se había instalado en torno a sus ojos, su carne era vieja—. ¿En qué te asemejas a él? —Quería oírselo decir.
—No me parezco a él —contestó.
No oyeron su respuesta. Estaban discutiendo acerca de la infancia de él, de varios detalles, de los poemas que memorizaba, de su precioso cabello. De lo buen estudiante que era. De lo adulto mientras comía, el tenedor demasiado grande para su mano. La barbilla era como la de su padre, dijeron. La forma de su cabeza.
—La parte de atrás —puntualizó su tía.
—Una hermosa cabeza —confirmó su madre—. Tienes una cabeza perfecta, ¿lo sabías?
Después se tumbó en el sofá y escuchó mientras ellas lavaban los platos. Cerró los ojos. Todo le era familiar, frases que había oído con anterioridad, discusiones sobre el pasado, incluso el olor de los almohadones que tenía bajo la cabeza. En el dormitorio había una colección de fotografías dentro de marcos mal ajustados. En ellas, si uno seguía su progresión, había rostros cada vez más viejos, cada vez menos prometedores. ¿De veras había escrito todas aquellas cartas solemnes que ellas guardaban en cajas de zapatos junto a sus libros escolares y a los programas doblados por la mitad? Estaba durmiendo en el museo de su vida.
Se marchó a las cuatro. El portero leía el periódico, el cuello desabrochado y el aire que le envolvía impregnado con los olores de la cocina. Ni siquiera se molestó en levantar la vista cuando Nile salió. Se hallaba enfrascado en la descripción de dos mujeres cuyos cuerpos atados habían encontrado en la orilla de un canal. No había fotos, sólo las de un anuario escolar. Era el mes de junio. La calle estaba flanqueada por hileras coches y las cunetas se derretían.
Las tiendas estaban cerradas. En los escaparates, abandonados a la tarde, se exhibían libros, cosméticos, prendas de piel. Se demoró ante ellos. En su interior brotó una intensa sed de dinero, el deseo de sentirse reconocido. Por enésima vez caminó por calles que no le reconocían en absoluto, ante interminables edificios de pisos, consulados, bancos. Llegó a la altura de las calles Cincuenta, detrás de los grandes hoteles. En las calles imperaba la humedad, como en los aposentos de la servidumbre. Por todas partes había papeles, sobres, paquetes de cigarrillos vacíos.
En el piso de Jeanine se estaba mejor. El suelo relucía. Notó que el aliento de ella era dulzón.
—¿Has salido? —le preguntó él.
—No, todavía no.
—Es como si las calles se derritieran —comentó . No estarías trabajando, ¿verdad?
—Estaba leyendo.
Desde sus ventanas podía ver la parte trasera del Plaza, el salón del segundo piso en donde trabajaban los peluqueros. Era de color rojo, con espejos que multiplicaban sus secretos. Algunas tardes, desnudos los dos, habían estado observado sus mudas actuaciones.
—¿Qué lees? —preguntó.
—A Gogol.
—Gogol... —Cerró los ojos y empezó a recitar—: «En el interior del carruaje iba sentado un caballero, ni atractivo ni feo, ni demasiado fornido ni delgado, ni viejo pero tampoco demasiado joven...».
—Qué memoria la tuya.
—Escucha. ¿De qué novela es esto? «Durante mucho tiempo estuve acostándome temprano...»
—Demasiado fácil.
Estaba sentada en el sofá, las piernas recogidas debajo de las nalgas, el libro cerca de su mano.
—Supongo que sí —dijo él—. ¿Sabes una cosa sobre Gogol? Murió virgen.
—¿De veras?
—Los rusos son algo raros en ese aspecto... El propio Chéjov pensaba que una vez al año era suficiente para un escritor.
Ya le había contado esto, recordó.
—No todo el mundo está de acuerdo en eso —añadió en un murmullo—. ¿Sabes a quién vi ayer por la calle? Vestido como un banquero. Incluso en los zapatos.
—¿A quién?
Nile se lo describió. Al cabo de un momento, ella ya supo a quién se refería.
—Ha escrito un nuevo libro —comentó Jeanine.
—Eso he oído decir. Pensé que iba a tenderme su anillo para que lo besara. Le dije: «Oye, dime una cosa. Con sinceridad. ¿Todo ese dinero, esas atenciones...?»
—No te creo.
Nile sonrió. Los dientes que su madre había lamentado quedaron al descubierto.
—Él estaba aterrorizado. Sabía lo que le iba a preguntar... Lo tenía todo, todos hablaban de él, y lo único que yo poseía era un alfiler. Una aguja. Si empujaba, se la clavaría directa en el corazón.
Ella tenía rostro de muchacho y una débil sombra de musculatura en los brazos. Se mordía las uñas hasta dejarlas en carne viva. La luz de la tarde, que de algún modo había conseguido penetrar en la estancia, brilló sobre sus rodillas. Era de Montana. Cuando se conocieron, Nile la había visto como una chica complaciente, lo cual le excitó. Incluso estúpida. Pero pronto descubrió que lo que la envolvía era una enorme lejanía, quizá la de su propia infancia. Ella se revelaba en actos sencillos, inesperados, como un joven campesino al desnudarse. Al sentarse en el sofá había dejado un brazo colgando. En la cara interior del codo pudo ver la larga y colmada arteria curvándose hacia abajo, hasta la muñeca. La tenía hinchada. Pero no palpitaba.
Había estado casada. Su pasado le dejaba atónito. Al parecer, en su cuerpo no había huellas de eso; ni siquiera un recuerdo. Todo cuanto había aprendido ella era la forma de vivir sola. En el baño tenía pastillas de jabón con el nombre grabado, jabones que nunca se habían mojado. Tenía toallas limpias, flores en un jarrón de cristal azul. La cama estaba estirada y lisa. Había libros, fruta, notas incrustadas en el marco del espejo.
—¿Qué le preguntaste en realidad?
—¿Tienes un poco de vino? —pidió Nile, y mientras ella estaba fuera siguió hablándole, levantando el tono de voz . Me tiene miedo. Tiene miedo de mí porque no he conseguido nada.
Nile alzó la vista. En el techo, el yeso se desconchaba.
—¿Sabes lo que decía Cocteau? —preguntó, casi gritando—. Que existe una fama peor que el fracaso. Le pregunté si de veras creía que merecía todo eso.
—¿Y él qué te contestó?
—No recuerdo. ¿Qué es esto? —Cogió la botella de cristal color mar que ella traía: la etiqueta estaba algo manchada—. Un Pauillac. No lo recuerdo... ¿Lo compré yo?
—No.
—Ya me parecía a mí. —Lo olió—. Muy bueno. Alguien te lo habrá regalado —sugirió.
Jeanine le llenó la copa.
—¿Quieres que vayamos a ver una película? —preguntó él.
—Creo que no.
Se quedó mirando el vino.
—¿No? —insistió.
Ella guardó silencio.
—No puedo —contestó al cabo de un momento.
Nile empezó a inspeccionar los títulos de la librería más cercanos, muchos de los cuales no había leído.
—¿Qué tal está tu madre? —preguntó—. Me gusta tu madre. —Abrió uno de los libros—. ¿Le escribes?
—A veces.
—¿Sabes que en Viking se han interesado por mí? —dijo de repente—. Les interesan mis relatos. Quieren que amplíe Noches de amor.
—Siempre me ha gustado ese relato —dijo ella.
—Ya he empezado a trabajar. Me levanto muy temprano. Desean que me haga una foto.
—¿A quién viste en Viking?
—Se me ha olvidado el nombre. Es..., en fin, un tipo de cabello negro, más o menos de mi estatura. Debería recordar su nombre... Bueno, ¿qué importa eso?
Jeanine entró en el dormitorio para cambiarse de ropa. El se dispuso a seguirla.
—No, por favor.
Nile volvió a sentarse. De vez en cuando oía los ruidos habituales, cajones cuando ella los abría o cerraba, momentos de silencio. Era como si estuviera haciendo la maleta.
—¿A dónde vas? —preguntó alzando la voz, fija la mirada en el suelo.
Ella se cepillaba el cabello. Podía oír sus movimientos acelerados, rítmicos. Se hallaba frente a su imagen en el espejo, sin ser siquiera consciente de la presencia de él. Nile era como una carta depositada encima de la mesa, como el libro de Gogol a medio leer, como el vino. Cuando salió, fue incapaz de mirarla. Se quedó sentado con los hombros encorvados, como un chiquillo apasionado.
—Jeanine —dijo—, ya sé que te he decepcionado. Pero esto de Viking es cierto.
—Lo sé.
—Estaré muy ocupado... ¿Precisamente ahora tienes que salir?
—Ya voy con retraso.
—No, eso no es cierto. Por favor...
Jeanine fue incapaz de responder.
—De todos modos, yo tengo que irme a casa y trabajar. ¿A dónde vas?
—Regresaré a eso de las once. ¿Por qué no me llamas?
Ella intentó acariciarle el cabello.
—Hay más vino —le dijo.
Ya no creía en él. En las cosas que decía, sí, pero en él ya no... Había perdido su fe.
—Jeanine...
—Adiós, Nile. —Así concluía las llamadas telefónicas.
Se iba a la zona alta, por las calles Noventa, a cenar en un piso donde no había estado nunca. Llevaba los brazos desnudos. Su rostro tenía un aspecto muy juvenil.
Cuando se cerró la puerta, el pánico se apoderó de él. De pronto se sintió desesperado. Era como si sus pensamientos salieran huyendo, dispersándose lo mismo que una bandada de pájaros. Fue una hora parecida a la muerte. En el televisor, los periodistas respondían a cuestiones complejas. Las calles estaban vacías. Empezó a registrar las cosas de ella. Primero sus prendas. Los cajones. Encontró sus cartas y se sentó a leerlas, cartas de su hermano, de su abogado, de gente que él no conocía. Empezó a sacarlo todo, blusas, ropa interior, las largas hierbas adherentes que eran las medias. De una patada apartó los zapatos, desperdigando las cajas abiertas. Rompió sus collares, las piezas cayeron como lluvia sobre el suelo. La brutalidad, la liberación de un asesino se apoderó de él. Mientras Jeanine se hallaba en la zona alta de la ciudad, a veces hablando un poco, indecisos los hombres a su lado, buscando captar su mirada, él la azotaba como un perro aullante de habitación en habitación, empujándola contra las paredes, rasgándole la ropa. Ella tropezaba, llorosa, mientras él sentía el horror de sus propios actos. No tenía derecho a ellos: ¿por qué eso lo justificaba todo?
Estaba bañado en sudor, jadeante, temía quedarse. Cerró la puerta con suavidad. Había viejos periódicos en el pasillo, los débiles ruidos de los demás apartamentos, chiquillos que regresaban de hacer recados en el colmado.
En la calle descubrió por todas partes una especie de caos: en las oscuras ventanas, en los reflejos, como si de pronto se hiciera visible para él. Le daba la bienvenida, le alababa. Los enormes neumáticos de los autobuses rugían al pasar. Era la última hora de luz. Sentía la soledad del delito. Se detuvo ante una cabina telefónica, como un adicto. Notaba débiles las piernas. No, debajo de la debilidad había algo más... Por un instante vio abismos desconocidos para él, centelleaba con imágenes. Era como si atrajera la mirada de las mujeres que pasaban por su lado. Me reconocen, pensó, me huelen como yeguas en la oscuridad. Les devolvió la sonrisa con los labios cuarteados de un incorregible. Ellas no le interesaban en absoluto, sólo el poder de inquietar. Sometía el amor de ellas hacia él, un amor estúpido, un amor sin el cual no podría respirar.
Era tarde cuando llegó a casa. Cerró la puerta. Oscuridad. Encendió las luces. No experimentaba una sensación de pertenencia allí. Se contempló en el espejo del baño. Había una claraboya encima de su cabeza, los cristales estaban negros. Se sentó debajo de la pequeña foto sin marco de una chica con la que había vivido en otro tiempo. Los bordes se habían curvado. Empezó a tocar. La nota sol estaba atascada, el piano, desafinado. En Bach no sólo había orden y coherencia, sino algo más: un código, una repetición de la que dependía todo. Al cabo de un rato sintió golpes debajo de sus pies, la escoba del idiota del piso de abajo. Siguió tocando. Los golpes se hicieron más fuertes. Si tuviera un coche... De pronto la idea se abrió paso en él, como si fuera aquello en lo que había querido pensar: en un coche. Saldría veloz de la ciudad hasta encontrarse al amanecer en las largas carreteras rurales. En Vermont. No, más lejos. En Terranova, dónde la costa todavía estaba desierta. Eso era. Un coche. Lo vio con toda claridad. Lo vio aparcado bajo la tenue luz del comienzo del día, la carrocería manchada por el viaje, una carrocería algo abollada que habría sobrevivido a algún terrible accidente ocurrido con anterioridad.
Todo es puro azar, o nada lo es... Esa noche, Jeanine conoció a un hombre que deseaba llevar a cabo, según él mismo dijo, un acto de enorme generosidad sin fin, como Genet al regalar su casa a un antiguo amante.
—¿De veras hizo eso? —preguntó ella.
—Es lo que dicen.
Era P. La habitación estaba llena de gente, y él, con toda naturalidad, le habló como si se conocieran de antes. A ella no le preocupaba lo que debía decirle, no era preciso que dijera nada. Él estaba muy cerca. Podía distinguir las arrugas de su frente, arrugas que aún no se habían hecho profundas.
—La generosidad purifica —musitó él.
Más tarde le diría que las palabras no eran un accidente, que su ordenación y elección eran como otra voz hablando, una voz que lo desvelara todo. El vocabulario era como las huellas digitales, comentó, como la caligrafía, como el cuerpo que revela el alma invisible, que la expresa.
El rostro de P era oscuro, de rasgos profundos. Formaba parte de otra raza, una raza misteriosa. Ella era consciente de cuán distinta era su propia cara, con su boca ancha, sus ojos grises, calmados, curiosos, claros como un arroyo. También era consciente del vestido que llevaba puesto, de cómo se hundían las sillas, de las dimensiones de la habitación flotando en la noche, y todo esto formaba parte de una inmersión en el flujo de la gran vida. El corazón le latía poco a poco, pero con fuerza. Nunca se había sentido tan segura de sí misma, tan desconcertada por la facilidad con que todo se revelaba.
—Soy desconfiado y codicioso —dijo él, iniciando sus confesiones—: Lo reconozco.
Más adelante le diría que en toda su vida había sido libre sólo una hora, y que esa hora era siempre con ella.
Jeanine no le hizo preguntas. Le había reconocido. En su propio piso, las luces quemaban. El aire de la ciudad, amargo como el ácido, no se movía en absoluto. Pero ella no lo respiraba. Ella respiraba otro aire. Aún no había sonreído ni una sola vez. Luego él le diría que eso era lo que con más fuerza le había atraído de ella... Sus pechos, le dijo, eran como los de esas muchachas de las tribus negras que aparecían en el National Geographic.


En Anochecer (1988)
Título original: Dusk and other stories
Traductor: Antoni Puigròs Jaume
Barcelona, Muchnik Editores, 2002
Foto (original color): James Salter 1996 © Sophie Bassouls-Sygma/Corbis

12 ene. 2013

James Salter: La destrucción del Goetheanum

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En el jardín, de pie y a solas, encontró a la joven que era amiga del escritor William Hedges, entonces desconocido, pero incluso Kafka había vivido en el anonimato, dijo ella, y lo mismo había ocurrido con Mendel, refiriéndose tal vez a Mendeléiev. Se alojaban en un pequeño hotel al otro lado del Rin. Por lo visto, nadie era capaz de dar con él, le aseguró.

El río fluía con celeridad, la superficie estaba viva. Consigo arrastraba objetos, maderas rotas, ramas. Giraban en torbellino, se sumergían y volvían a salir a flote. A veces eran piezas de mobiliario, escaleras, marcos de ventanas. En una ocasión, bajo la lluvia, pasó un sillón.

Los dos vivían en la misma habitación, pero de un modo completamente platónico. En la mano de ella, advirtió él, no había alianza, ni ningún tipo de joya. Tampoco llevaba nada en las muñecas.

—A él no le gusta estar solo —le dijo—. Se debate con su obra.

Se refería a una novela. Aún faltaba mucho para que la concluyera, pero las partes escritas eran extraordinarias. En Roma le habían publicado un fragmento.

—Se titula El Goetheanum —le dijo—. ¿Sabes lo que es eso?

Intentó recordar aquella extraña palabra, pero ya se disolvía en su mente. Las luces del interior de la casa habían empezado a iluminarse bajo la noche azulada.

—Es la gran obra de su vida.

El hotel del que hablaba ella era pequeño, con habitaciones pequeñas y letras amarillas cruzando la fachada. Había muchos edificios así. Desde el lado oscuro de la catedral se podía ver en medio de estos edificios, algo más abajo y hacia el río. Y también a través de los escaparates de las tiendas de anticuarios y los callejones. Dos días después volvió a verla a lo lejos. Era inconfundible. Se movía con una gracia indiferente, como una bailarina cuya carrera ha terminado. La gente no le hacía ningún caso.

—Ah, sí. ¿Qué tal? —le saludó.

Su tono era distraído. Estaba convencido de que ella no le había reconocido, y no supo muy bien qué decir.

—He pensando en algunas de las cosas que me dijiste... —empezó él.

Ella se había detenido mientras la gente la empujaba al pasar, los brazos llenos de paquetes. La calle se hallaba en plena actividad. Ella no había entendido quién era él, de eso estaba seguro. Había salido a hacer unos sencillos recados, los de una pareja remota y santa.

—Perdona —dijo ella—, la verdad es que no caigo.

—Nos conocimos en casa de Sarren —explicó él.

—Sí, ya sé.

Siguió un silencio. Él quería decirle algo sencillo, pero ella se lo impedía. Había estado en el museo. Cuando Hedges trabajaba necesitaba estar a solas. A veces se lo encontraba dormido en el suelo.

—Está loco —le dijo—. Ahora tiene la convicción de que estallará una guerra. Que todo quedará destruido.

Sus propias palabras parecían carecer de interés para ella. Los empellones de la gente la estaban apartando.

—¿Permites que te acompañe un minuto? —preguntó él—. ¿Vas en dirección al puente? Ella miró a ambos lados.

—Sí —decidió.

Avanzaron por las estrechas calles. Ella no decía nada. Miraba los escaparates de las tiendas. La boca se le curvaba hacia abajo, como la de una sirvienta, o la de una chica provinciana.

—¿Te interesa la pintura? —oyó que ella le preguntaba.

—Sí.

En el museo había obras de Holbein y de Hodler, de El Greco, de Max Ernst. El silencio de los grandes salones. Allí se podía entender lo que significaba ser grande.

—¿Quieres que vayamos mañana? —inquirió ella—. No, mañana tenemos que ir a alguna parte. ¿Tal vez pasado mañana?


Ese día se despertó temprano, ya nervioso. La habitación parecía desocupada. El cielo era amarillo por la luz, y la superficie del río fluía incandescente entre las márgenes de piedra. El agua se deslizaba con fragmentos blancos como el fuego, cuyo núcleo no se podía siquiera mirar.

A las nueve, el cielo había palidecido y el río se había vuelto plateado. A las diez era marrón, el color de la sopa. Las barcazas y los antiguos buques de vapor avanzaban poco a poco corriente arriba o se deslizaban veloces hacia abajo. Los pilares de los puentes formaban pequeñas estelas.

Un río es el alma de una ciudad, sólo el agua y el aire pueden purificar. En Basilea, el Rin yace entre márgenes de piedras bien alineadas. Los árboles están muy cuidados, y entre ellos se ocultan las viejas casas.

La buscó por todas partes. Cruzó el Rheinbrücke y, observando las caras de la gente, siguió hasta el mercado al aire libre, en medio del gentío. Buscó entre los tenderetes. Las mujeres compraban flores, montaban en los tranvías y se sentaban con el ramo en el regazo. En el restaurante de la Bolsa había hombres orondos comiendo, con sus pequeñas orejas pegadas al cráneo.

Ella no aparecía por ningún lado. Incluso entró en la catedral, y por un momento confió en encontrarla esperándole. No había nadie. La ciudad se transformaba en piedra. La hora de puro sol había pasado ya, no quedaba nada, sin embargo, una tarde abrasadora le había quemado los pies. Los relojes dieron las tres. Al final renunció y regresó al hotel. Había una tira de papel blanco en su casillero. Una nota. Le vería a las cuatro.

Dominado por la emoción, se tumbó para pensar. Ella no se había olvidado. Volvió a leer la nota. ¿De veras iban a encontrarse en secreto? No estaba muy seguro de lo que eso significaba. Hedges tenía cuarenta años, carecía casi de amigos, su esposa vivía en alguna zona de Connecticut, él la había abandonado, había renunciado al pasado. Si no era un gran hombre, al menos seguía el camino de la grandeza, que es como decir el camino del desastre, y además tenía la oportunidad de dedicarse a su propia existencia. Ella estaba constantemente a su lado. Nunca puedo perderla de vista, se quejaba. Nadine: era un nombre que había elegido ella misma.


Ella llegó con retraso. Terminaron por ir a tomar el té de las cinco; Hedges estaba ocupado leyendo la prensa inglesa. Se sentaron a una mesa que daba al río, el menú que sostenían en la mano era largo y delgado como los billetes de avión. Se la veía muy tranquila. Él habría querido seguir mirándola todo el tiempo. De alguna manera logró leer «Ensalada de bogavante, filete de lomo...». Tenía mucha hambre, anunció. Había estado en el museo, los cuadros la dejaban famélica.

—Y tú ¿dónde has estado? —le preguntó.

De pronto comprendió que ella le había estado esperando. Por las galerías había jóvenes parejas, las piernas bañadas por la luz del sol. Había deambulado entre ellas. Sabía muy bien lo que hacían: se preparaban para el amor. Él desvió la mirada.

—Me muero de hambre —dijo ella.

Comió espárragos, luego puchero húngaro y después un trozo de tarta que dejó a medias. Por la mente de él cruzó la idea de que tal vez ella y Hedges no tuvieran dinero, y que aquélla fuera su única comida del día.

—No, William tiene una hermana casada con un hombre muy rico. Puede conseguir dinero a través de ella.

Le dio la impresión de que hablaba con un leve acento. ¿Era inglesa?

—Nací en Génova —le contestó.

Después citó unos versos de Valéry, que más tarde él averiguó que eran incorrectos. «Tardes azotadas por el viento, el escozor del mar»... Le encantaba Valéry. Un antisemita, dijo ella.

Le describió un viaje a Dornach, que se hallaba a unos cuarenta minutos en tranvía, luego un largo paseo desde la estación, donde estuvo discutiendo con Hedges acerca de qué dirección tomar. Siempre la fastidiaba que él careciera del sentido de la orientación. El camino era cuesta arriba y pronto Hedges se quedó sin aliento.

El profesor Rudolf Steiner había elegido Dornach como el centro de su dominio. Allí, no lejos de Basilea, después de los barrios residenciales, había soñado con establecer una comunidad, con un gran edificio central que llevara el nombre de Goethe, cuyas ideas se lo habían inspirado, y por fin en 1913 habían colocado la primera piedra. El diseño era del propio Steiner, así como los detalles, las técnicas, las pinturas, las vidrieras con grabados especiales... Y, tal como había ideado su forma, ideó su construcción.

Se construyó todo en madera, dos enormes cúpulas que se entrecruzaban; el trazado en sí de esa curva constituía un acontecimiento matemático. Steiner creía sólo en las curvas, no habría ángulos rectos por ningún lado. Pequeñas cúpulas secundarias, como cascos de soldado, contenían puertas y ventanas. Todo se hizo en madera, con la excepción de las relucientes losas de pizarra noruegas que cubrían el techo. Las primeras fotos lo mostraban rodeado de andamiajes, como una especie de monumento enorme, y al fondo se distinguían huertos de manzanos. La construcción la llevaron a cabo personas de todo el mundo, muchas de las cuales habían abandonado su profesión o sus estudios. En la primavera de 1914 habían colocado ya las vigas del techo, y cuando los trabajos aún estaban en marcha, estalló la guerra. Desde las cercanas provincias francesas les llegaba el estruendo de los cañones. Fue el mes más caluroso de aquel verano.

Nadine le enseñó la fotografía de una estructura enorme y extensa.

—El Goetheanum —le dijo.

Él no dijo nada. La oscuridad de la foto, la resonancia de las cúpulas empezaron a apoderarse de él. Y se rindió a ello como al espejo de un hipnotizador. Sintió como se iba alejando de la realidad. No opuso resistencia. Anhelaba besar los dedos que sostenían la postal, los delicados brazos, la piel que olía a limón. Notó que temblaba, y comprendió que ella podía darse cuenta. Se quedaron así sentados, la mirada de Nadine era tranquila. Él penetraba en aquel escenario gris, wagneriano, que tenía ante sí, y que ella podría cerrar en cualquier momento, como una caja de cerillas, para devolverlo al interior de su bolso. Los ventanales recordaban un viejo hotel de alguna ciudad centroeuropea. Un hotel de Praga. Sus formas le murmuraban. Era una fortificación, una terminal, un observatorio desde donde se podía mirar dentro del alma.

—¿Quién es Rudolf Steiner? —preguntó.

Apenas escuchó la explicación que ella le dio. Empezaba a caer en el éxtasis. Steiner era un gran maestro, un sabio que creía en el hecho de que las intuiciones más profundas podían revelarse en el arte. Creía en los movimientos y juegos misteriosos, en los ritmos, la creación, las estrellas. Por supuesto. Y, por algún motivo, de todo esto había entresacado ella una situación hipotética. Se había convertido en la ilusionista de la existencia de Hedges.

Era éste, el reconocido erudito en Joyce, el desaliñado fantasma de las tertulias literarias, quien la había encontrado. Al principio se había mostrado distante, apenas había hablado con ella la noche en que se conocieron. Entonces hacía poco que ella estaba en Nueva York. Vivía en la calle Doce, en una habitación sin amueblar. Al día siguiente sonó el teléfono. Era Hedges. Le pidió que almorzaran juntos. Desde el primer instante había sabido quién era ella, le dijo. La llamaba desde una cabina pública, el tráfico rugía.

—¿Podemos encontrarnos en Haroot’s? —le preguntó.

Hedges iba sin peinar y los dedos le temblaban. Aguardaba sentado junto a la pared, demasiado nervioso para mirar otra cosa que no fueran sus manos. Ella se convirtió en su compañera.

Pasaban largas jornadas juntos paseando por la ciudad. Hedges lucía camisas de color azul tinta. Le compró ropa. Era generoso en extremo, como si el dinero careciera de importancia para él. Se le deshacía en los bolsillos igual que papel viejo, y cuando pagaba se le caía al suelo. La hacía ir a restaurantes donde él comía con su esposa, y le pedía que se sentara en la barra para poder verla mientras ellos comían.

Poco a poco empezó a introducirla en otro mundo, un mundo que despreciaba la exposición a la luz, un mundo más rico que el que conocía ella, ciertos libros ocultos, ciertas filosofías, incluso cierta música. Descubrió que tenía talento para eso, instinto. Logró cierto dominio sobre sí misma. Había períodos de profundo cariño, de serenidad. Acudían a casa de un amigo y escuchaban música de Scriabin. Cenaban en el Russian Tea Room, los camareros sabían cómo se llamaba él. Hedges llevaba a cabo una labor extraordinaria, estaba moldeando la vida de ella. Sin embargo, también él había descubierto una nueva existencia: al final se había convertido en un transgresor de la ley. Al cabo de un año se habían trasladado a Europa.

—Es muy inteligente —explicó ella—. Lo notas de inmediato. Posee una mente que lo abarca todo.

—¿Cuánto hace que estás con él?

—Una eternidad.

Regresaron andando en dirección al hotel donde ella se alojaba, a esa hora moribunda con que concluye el día. Junto al río, los árboles eran negros como las piedras. En el teatro representaban la ópera Wozzeck, a la que seguiría La flauta mágica. En las tiendas de grabados había mapas de la ciudad y el famoso puente tal como era en la época de Napoleón. Los bancos estaban repletos de monedas recién acuñadas. Ella guardaba un extraño silencio. Hubo un momento en que se detuvieron delante de un restaurante donde había una pecera con enormes truchas moteadas, grandes como un zapato. Se deslizaban perezosas dentro del agua verdosa, moviendo lentamente la boca. En el cristal, el rostro de Nadine se reflejaba como el de una mujer en un tren, indiferente, solitaria... Su belleza no iba dirigida a nadie. Era como si, perdida en sus propios pensamientos, no le viera. Luego, con frialdad, sin decir nada, sus ojos coincidieron con los de él. No vacilaron. En ese momento comprendió que Nadine lo valía todo.


Habían pasado una época nada fácil. La razón es ajena a los problemas de los hombres, dijo Hedges. Su esposa había conseguido de alguna manera hacerse con su cuenta bancaria. No es que fuera gran cosa, pero tenía el olfato de un hurón y había descubierto otros ingresos que podían revertir en favor de él. Además, estaba convencido de que a sus hijos no les entregaba las cartas que él les escribía. Tenía que enviárselas a la escuela o a casa de sus amigos.

Sin embargo, la cuestión que predominaba siempre, sobre todas las demás, era el dinero. La falta de éste los abrumaba. Hedges escribía artículos, pero eran difíciles de vender, dado que no dominaba todos los temas. Había escrito uno sobre Giacometti, con muchas citas turbadoras, todas inventadas. Intentaba cualquier cosa. Mientras tanto, a ambos lados del océano había jóvenes que escribían guiones para el cine o vendían cosas por las que cobraban cifras fabulosas.

Hedges estaba solo. Los hombres de su edad ya se habían creado una reputación; en cambio, a él todo le pasaba de largo. Sin embargo, a menudo era consciente de ello. Conocía las vidas de Cervantes, de Stendhal, de Italo Svevo, pero ninguna de ellas era tan inverosímil como la suya. Allí adonde fueran, había que llevar sus cuadernos de notas y sus papeles. Y no hay nada tan pesado como el papel.

En Grasse había tenido dificultades con sus dientes, algún problema con las raíces de los antiguos empastes. Se arruinó, tuvo que pagar a un dentista francés casi el último céntimo que le quedaba. En Venecia le había mordido un gato, lo que le produjo una terrible infección: el brazo se le hinchó hasta casi alcanzar el doble de su grosor, como si la piel fuera a estallar. La camariera les dijo que los gatos tienen un veneno en la boca, como las serpientes, y que a su hijo le había pasado lo mismo. Los mordiscos eran siempre profundos, añadió, y el veneno penetraba en la sangre. Hedges estaba angustiado, no conseguía dormir. Habría sido mucho peor si esto hubiese ocurrido cincuenta años atrás, les dijo el médico. Le tocó un punto cerca del hombro. Hedges estaba demasiado débil para preguntar qué significaba eso. Dos veces al día acudía una mujer con una aguja hipodérmica metida en una caja de hojalata abollada y le ponía sus inyecciones. Cada vez tenía más fiebre. Apenas podía leer. Quiso dictar unas últimas disposiciones y Nadine se encargó de anotarlas. Insistió en que le enterraran con la fotografía de ella sobre su pecho, y le hizo prometer que arrancaría la que llevaba en su pasaporte.

—Y ¿cómo voy a regresar a casa? —había preguntado ella.

El gran río fluía a sus pies, bañado por la luz del sol, casi sin hacer ruido. Al final, las vidas de los artistas siempre parecen hermosas, incluso las terribles discusiones sobre el dinero, las noches en que no hay nada que hacer. Además, durante este tiempo, Hedges no ayudaba en nada... Vivía una vida e imaginaba otras diez, siempre hallaba refugio en una de ellas.

—Pero ya estoy cansada de todo eso —dijo ella—. Es un egoísta. Un chiquillo.

Su aspecto no era el de una mujer que hubiera sufrido. Lucía prendas suaves como la seda. Tenía blancos los dientes. A lo lejos, en los senderos, las parejas almorzaban, las chicas se habían quitado los zapatos y dejaban colgar los pies al borde del río. Lanzaban trocitos de pan al agua.

El desarrollo del individuo había llegado a su apogeo, creía Hedges, ahí estaba la esencia de nuestro tiempo. Había que encontrar un nuevo rumbo. Sin embargo, él no creía en la colectivización. Era un callejón sin salida. De todos modos, no estaba muy seguro de cuál podía ser ese rumbo. Sus escritos lo revelarían, sin embargo, estaba trabajando contra el tiempo, contra el flujo de los acontecimientos; como Trotsky, estaba en el exilio. Por desgracia, no había nadie para matarle. Aunque esto poco importaba, al final lo harían los dientes, decía.

Nadine estaba mirando bajo la superficie del agua.

—Ahí abajo no hay nada más que anguilas —comentó.

El siguió su mirada. La superficie era impenetrable. Intentó descubrir una única sombra oscura, traicionada por su gracia.

—Cuando llega el momento del apareamiento —dijo ella— se dirigen hacia el mar.

Seguía con la mirada fija en el agua. Según había oído decir, al llegar ese momento, las anguilas se deslizaban a través de los prados, por la mañana, brillantes como el rocío. Le contó que, cuando ella tenía catorce años, su madre había cogido su muñeca favorita, la había llevado al río y la había tirado al agua: sus días de infancia habían terminado.

—Y yo ¿qué debería tirar al agua? —preguntó él.

Fue como si no le hubiese oído. Luego alzó la vista.

—¿Te refieres a eso? —preguntó al fin.


Nadine quería que cenaran juntos. ¿Sospecharía algo Hedges? Procuró no pensar en ello, ni que eso le alarmara. En todas las literaturas había escenas como ésas, pero aun así no lograba imaginar cómo sería. Un gran escritor podía argumentar: «Sé que no puedo retenerla», pero ¿sería capaz de renunciar a ella? Hedges, con sus dientes llenos de cavidades y sus años, aparte de las obras que no había escrito.

—Le debo tanto... —había dicho ella.

Sin embargo, era difícil enfrentarse a la noche con tranquilidad. A las cinco, él estaba en tal estado de nervios que hacía solitarios en su habitación o releía los artículos del periódico. Era como si se le hubiese olvidado cómo hablar de las cosas; consciente de sus expresiones faciales, nada de lo que hacía parecía natural. La persona que había sido se había desvanecido sin saber muy bien por qué, y era imposible crear otra. Todo le resultaba insoportable, imaginó una cena en la cual se sentiría humillado, decepcionado.

A las siete, temeroso de que en cualquier instante pudiera sonar el teléfono, tomó el ascensor para dirigirse abajo. Su imagen en el espejo le devolvió la confianza: su aspecto era de lo más normal, tranquilo. Se acarició el cabello. El corazón le latía con fuerza. De nuevo se contempló en el espejo. La puerta se deslizó al abrirse. Salió del ascensor, medio esperando hallarlos allí. No había nadie. Fue pasando las páginas del periódico de Zúrich al tiempo que de soslayo vigilaba la puerta. Al final consiguió sentarse en uno de los sillones. Resultaba incómodo. Se cambió. Eran las siete y diez. Veinte minutos después, un viejo Citroën dio marcha atrás y chocó contra el radiador de un Mercedes aparcado en la calle, con gran estruendo de cristales. El portero y el empleado de recepción corrieron hacia la calle. Había cristales por todas partes. El conductor del Citroën abrió su puerta.

—¡Oh, Dios! —murmuró, mirando a su alrededor.

Era William Hedges. Solo.

Todos empezaron a hablar al mismo tiempo. Por fortuna, el propietario del Mercedes —un vehículo con cortinillas— no estaba presente. Un policía se acercaba por la calle. —Bueno, no es demasiado grave —dijo Hedges, que inspeccionaba su coche: tenía destrozadas las luces de posición, y había una abolladura en el maletero.

Después de mucho discutir, al final se le permitió entrar en el hotel. Llevaba una chaqueta a rayas de algodón y camisa color tinta. Tenía pálido el rostro, empapado en sudor; era el rostro de un colegial impopular, frente despejada, escaso cabello, suave barba salpicada de canas, la barba de un explorador, de un hombre que había lavado sus calcetines en el Amazonas.

—Nadine vendrá un poco más tarde —dijo.

Al estirar el brazo para coger una copa, la mano le temblaba.

—El pie se me resbaló sobre el freno —explicó, apresurándose a encender un cigarrillo—. El seguro lo cubre, ¿verdad? Lo más probable es que no.

Parecía que había concluido: la primera de muchas pausas prolongadas durante las cuales se miraría el regazo. Después, como si fuera eso lo que se había esforzado en recordar, inquirió con dificultad:

—¿Qué te parece... Basilea?

El jefe de camareros los había colocado uno frente al otro en la mesa, con la silla vacía entre los dos. Era como si la presencia de ésta pesara en Hedges. Fue a pedir otra bebida y, al volverse, derribó una copa. De algún modo, este incidente le produjo cierto alivio. El camarero se dedicó a secar el mantel mojado mediante pequeños toques con una servilleta. Hedges tuvo que esquivarle para hablar.

—No sé muy bien lo que te habrá contado Nadine —dijo en un tono suave; luego hizo una larga pausa—. A veces explica... fantásticas mentiras.

—Oh, ¿de veras?

—Procede de una pequeña ciudad de Pensilvania —murmuró Hedges—. Julesberg. Ella nunca ha sido... Tan sólo era una..., una chica corriente cuando nos conocimos.

Habían llegado a Basilea para visitar ciertas instituciones, explicó. Era una ciudad... interesante. La historia tiene algunos sitios en torno a los cuales gira toda una época, y el pueblo de Dornach era una verdadera prueba de... Nunca llegaría a concluir la frase. Rudolf Steiner había sido un estudioso de Goethe...

—Sí, ya lo sé.

—Claro, por supuesto. Nadine te lo ha explicado, ¿verdad?

—No.

—Entiendo.

Al final empezó de nuevo con el asunto de Goethe. La variedad de su intelecto era tan extraordinaria, dijo, que, al igual que Leonardo antes que él, era capaz de abarcar todo lo que en aquel entonces constituía el conocimiento humano. Eso, en sí mismo, implicaba una coherencia... global, y el hecho de que hasta entonces ningún hombre hubiera sido capaz de algo semejante fácilmente podía implicar que la coherencia no existía ya, que se había extinguido... El océano de las cosas conocidas se había estrellado contra las rocas.

—Estamos a punto de emprender rumbos radicalmente nuevos en el destino del hombre —aseguró Hedges—. Aquellos que los descubran...

Las palabras, que surgían con angustiosa lentitud, duraban una eternidad. Eran un ardid, una maniobra falsa. Resultaba difícil captarlas.

—... se verán destrozados, como le sucedió a Galileo.

—¿Es eso lo que crees?

De nuevo una larga pausa.

—Oh, sí.

Tomaron otra copa.

—Somos un poco raros, imagino. Nadine y yo... —dijo Hedges, como si hablara para sí. Por fin había llegado el momento.

—No creo que sea una mujer muy feliz.

Se produjo un instante de silencio.

—¿Feliz? —inquirió Hedges—. No, no es feliz... Está incapacitada para serlo. Extasis. Está como en éxtasis. Me lo dice todos los días —añadió, colocándose la mano en la frente, medio tapándose los ojos—. ¿Sabes una cosa? No la conoces en absoluto.

Ella no iba a presentarse. De pronto lo vio con claridad. No habría ninguna cena. Algo había que decir, y concluyó de manera demasiado vaga. Diez minutos después, Hedges se había ido, dejando tras él una desconcertante extensión blanca y tres cubiertos preparados, así como la idea de lo que debería haberle exigido: quiero hablar con ella.


Todas las puertas se habían cerrado. Era un desgraciado, no podía imaginar a alguien con una debilidad, con una incapacidad como la suya. Había pretendido mutilar a un hombre y aquello se había convertido en un monólogo... Con toda probabilidad, en aquel mismo momento se estarían riendo de lo sucedido. El río avanzaba bajo su ventana, incluso en la oscuridad se veía el flujo del agua. Se quedó mirando su superficie. Paseó sin rumbo, intentando tranquilizarse. Se tumbó en la cama, y pareció como si las piernas le temblaran. Se detestaba. Al final se quedó quieto.

Acababa de cerrar los ojos cuando, en el vacío de la habitación, sonó el teléfono. Volvió a sonar. Y una tercera vez. ¡Por supuesto! Lo había estado esperando. El corazón le dio un vuelco al descolgar. Intentó contestar en un tono de extrema calma. Le respondió la voz de un hombre. Era Hedges. Destilaba humildad.

—¿Está Nadine? —preguntó al fin.

—¿Nadine?

—Por favor, ¿puedo hablar con ella? —pidió.

—No, no está.

Se produjo un silencio. Percibía la débil respiración de Hedges. Parecía no tener fin.

—Oye —empezó Hedges, su voz menos osada—, sólo quisiera hablar con ella un momento, nada más... Te lo suplico...

Entonces, Nadine tenía que estar en cualquier otro punto de la ciudad... Se apresuró a salir en su busca. Ni siquiera se molestó en decidir dónde podría estar. De alguna manera, la noche se había puesto de su parte, todo estaba cambiando. Caminó, corrió a través de las calles, con miedo a llegar tarde.

Era casi medianoche, la gente salía de los teatros, la cafetería del Casino estaba atestada. Un mar de caras ocultas y medio ocultas, con los camareros de pie para que alguien pudiera ocultarse tras ellos. Lo escudriñó con detalle. Sin duda, ella se encontraba allí. Estaría sentada a solas en una mesa, esperando que la encontrara.

Los mismos coches no paraban de dar vueltas por las calles, y cruzó entre ellos. La gente caminaba con parsimonia, y se detenía ante los escaparates iluminados. Nadine estaría ante uno donde se exhibían zapatos caros, quizá joyas antiguas, collares de oro. En las esquinas le invadía una sensación de pérdida. Pasó por el interior de las arcadas. Estaba dejando el sector que le era más familiar. Los quioscos de periódicos estaban cerrados, los cines, a oscuras.

De repente, como la primera certeza de una enfermedad, la confianza le abandonó. ¿Y si hubiera regresado a su hotel? Tal vez incluso estuviera en el suyo, es posible que hubiera acudido allí y se hubiese marchado. Sabía que era capaz de comportamientos insólitos, sin un objetivo claro. En vez de ir a la deriva, sus lánguidos pasos existiendo en cierto modo sólo para ser devorados por los de él; en vez de elegir un sitio donde él pudiera encontrarla con la misma ingeniosidad que había desplegado para que él la siguiera, podía haberse desanimado y regresado a Hedges para decirle tan sólo que de pronto había tenido ganas de dar un paseo.

Siempre hay un momento que nunca se repite, pensó él. Y empezó a retroceder, como si andara perdido, por las calles que ya había visto. Desaparecida la excitación, seguía buscando, pero ya no estaba seguro de sus instintos, sino que se preguntaba qué la habría hecho cambiar de opinión.

En la escalinata cerca de la Heuwaage se detuvo. La plaza estaba vacía. De repente sintió frío. Un hombre solitario pasaba por abajo. Era Hedges. No llevaba corbata, el cuello de la chaqueta vuelto hacia arriba. Andaba sin rumbo, iba en busca de sus sueños. Dentro de sus bolsillos había billetes de banco estrujados, cigarrillos doblados por la mitad. De lejos podía verse la palidez de su piel. Iba sin peinar. Ya no simulaba ser joven, había pasado esa etapa, estaba en el núcleo de su vida, su obra fracasada, un hombre que tomaba los trenes de cercanías, que bebía té, a la espera de algo, alguna prueba de que al final su talento había sido tan grande como el de los otros. Este mundo engendra otro nuevo, había dicho. Nos acercamos al centro de la galaxia. Esto estaba escribiendo, lo estaba inventando. Sus poemas se convertirían en nuestra historia.

Las calles estaban desiertas, en los restaurantes habían apagado ya las luces. A solas, en un café donde se repetían las mesas vacías, las sillas colocadas encima, cabeza abajo, con su camisa oscura y su barba de médico, estaba sentado Hedges. Nunca encontraría a Nadine... Era como un hombre sin trabajo, un inválido, no había sitio adonde ir. Las ciudades de Europa estaban en silencio. Tosió un poco en medio del frío.


El Goetheanum de la fotografía, la que le había enseñado Nadine, ya no existía. Se quemó la noche del 31 de diciembre de 1922. Esa noche habían celebrado una conferencia, la gente ya se había ido. El vigilante nocturno descubrió humo y, al cabo de un instante, pudo ver el fuego. Éste se extendió con pasmosa celeridad, y los bomberos lo combatieron sin éxito. Al final, la situación se volvió desesperada. Un infierno se elevaba a través de las ventanas. Steiner había ordenado a todos que abandonaran el edificio. Justo a medianoche, la cúpula principal se resquebrajó y las llamas se abrieron paso a través de la brecha, rugiendo al elevarse. Las ventanas, con sus cristales especiales, resplandecían, y empezaron a explosionar a causa del calor. Un enorme gentío había llegado de las aldeas más próximas, e incluso de la misma Basilea, desde donde, a varios kilómetros de distancia, podía verse el incendio. Al final, la cúpula se hundió, unas llamas verdes y azules se elevaban desde los tubos metálicos del órgano. El Goetheanum había desaparecido, y su maestro, su sacerdote, su único creador, paseó lentamente sobre sus cenizas al amanecer. 

En su lugar se elevó una nueva estructura de hormigón. De la vieja, sólo quedaban unas fotos.



En Anochecer (Relatos, 1988)
Título Original: Dusk and other stories
Traductor: Antoni Puigròs Jaume
Barcelona, Muchnik Editores, 2002
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