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10 feb. 2014

Saki (H. H. Munro) - Sredni Vashtar

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Conradín tenía diez años y, según la opinión del médico, no iba a vivir cinco años más. El médico era suave, ineficaz, y no se lo tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora de Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora de Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con los anteriores, estaban concentrados en su imaginación. Conradín suponía que de un día para otro iba a sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias: la enfermedad, las prohibiciones propias de los mimos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

  La señora de Ropp, ni en los momentos de mayor franqueza, se confesaba que no quería a Conradín, aunque hubiera podido darse cuenta de que al contrariarlo "por su bien" cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con una desesperada sinceridad, que sabía disimular perfectamente. Las pocas diversiones que inventaba acrecían con la perspectiva de molestar a su tutora. La señora de Ropp estaba excluida del dominio de su imaginación como un objeto sucio, que no podía tener entrada.

  En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas listas a entreabrirse para recordarle la obligación de tomar una medicina o para decirle que no hiciera esto o aquello, encontraba poco encanto. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados; sin embargo, hubiera sido difícil descubrir un comprador que ofreciera diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi completamente escondida por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada; bajo su techo, Conradín halló un refugio, algo que participaba de los variados aspectos de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos sacados de la historia, otros de su propia imaginación; pero la casilla ostentaba también dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de áspero plumaje, a la que el chico dedicaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón. Estaba dividido en dos compartimientos, uno de ellos con travesaños de fierro en el frente. Era la morada de un gran hurón de los pantanos; el muchacho de la carnicería se lo había dado de contrabando, con jaula y todo, por unas pocas monedas de plata. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible y de garras afiladas, pero era su más preciado tesoro. Su presencia en la casilla era para Conradín una secreta y terrible felicidad; debía mantenerlo escondido de La Mujer (así denominaba a su prima). Un día, quién sabe cómo, urdió para la bestia un nombre maravilloso, y desde ese momento el hurón de los pantanos fue un dios y una religión.

  A la religión condescendía La Mujer una vez por semana, en una iglesia de los alrededores; la acompañaba Conradín. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla de herramientas, el niño oficiaba con místico y elaborado ceremonial ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el Gran Hurón. Adornaba su altar con flores coloradas y frutas escarlatas, pues era un dios que favorecía el impaciente lado feroz de las cosas (la religión de La Mujer, según Conradín, estaba dirigida en sentido opuesto). En las grandes fiestas; echaba ante el cajón nuez moscada en polvo. Necesitaba robar la nuez moscada: eso daba mayor valor a su ofrenda. Las fiestas eran variables y tenían por objeto celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que por tres días padeció la señora de Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo y casi llegó a persuadirse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor.

  La gallina del Houdán jamás intervino en el culto de Sredni Vashtar. Conradín había decidido que era Anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento de lo que era un Anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. Para Conradín, la señora de Ropp encarnaba la odiosa imagen de toda respetabilidad.

  Después de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla empezaron a llamar la atención de su tutora. “No puede ser bueno para él pasarse el día allí, cuando hace frío”, decidió prontamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que la gallina del Houdán había sido vendida la noche anterior. Con sus ojos miopes escrutó a Conradín, esperando un ataque de rabia y de tristeza que estaba lista a reprimir con la fuerza de excelentes preceptos. Pero Conradín no dijo nada; no había nada que decir. Algo, en esa cara impávida y blanca, la tranquilizó. Esa tarde, a la hora del té, hubo tostadas: atención generalmente excluida con el pretexto de que "eran malas para Conradín", y también porque hacerlas daba trabajo.

  —Creí que te gustaban las tostadas —exclamó con resentimiento la señora de Ropp, al observar que no las comía.

  —A veces —dijo Conradín.

Esa tarde, en la casilla de las herramientas, hubo un cambio en el culto al dios del cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.

  —Hazme un favor, Sredni Vashtar.

  El favor no estaba especificado. Sredni Vashtar, que era un dios, no podía ignorarlo. Conradín miró hacia el otro rincón vacío y, conteniendo un sollozo, regresó al mundo que detestaba.

  Todas las noches, en la bienvenida oscuridad de su dormitorio, todas las tardes en la penumbra de la casilla, proseguía la amarga letanía de Conradín:

  —Hazme un favor, Sredni Vashtar.

  La señora de Ropp advirtió que no cesaban las visitas a la casilla; una tarde llevó a cabo una inspección más completa.

  —¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? —le preguntó—. Han de ser conejitos de la India. Los haré llevar.

  Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave escondida, y en seguida bajó a la casilla a coronar su descubrimiento. Era una tarde lluviosa, y a Conradín le habían prohibido salir al jardín. Desde la última ventana del comedor podía verse la casilla; en esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a La Mujer y la imaginó abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con ojos miopes la espesa cama de paja donde estaba oculto su Dios. Tal vez, con impaciencia torpe, estuviera tanteando la paja con el paraguas. Fervorosamente, Conradín articuló su última plegaria.

Pero al rezar sentía la incredulidad. Sabía que La Mujer iba a aparecer de un momento a otro, con la sonrisa fruncida que él tanto detestaba; dentro de una o dos horas, el jardinero se llevaría a su prodigioso Dios, no ya un dios sino un simple hurón de color pardo, en un cajón.

  Y sabía que La Mujer triunfaría siempre, como había triunfado hasta ahora, y que sus persecuciones y su tiranía irían debilitándolo poco a poco hasta que a él ya nada le importara, hasta que aconteciera lo previsto por el doctor. Y como un desafío, en el despecho de la derrota, empezó a gritar el himno a su ídolo amenazado:

  Sredni Vashtar acometió:
  Sus pensamientos eran pensamientos rojos, sus dientes eran blancos.
  Sus enemigos pidieron paz, pero Él les trajo muerte.
  Sredni Vashtar, el hermoso.

  De golpe dejó de cantar y se acercó a la ventana. La puerta de la casilla seguía abierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miraba los gorriones que volaban y corrían por el césped. Los contó y los volvió a contar, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró en la pieza y puso la mesa para el té. Conradín, seguía esperando, vigilando. Gradualmente, la esperanza se deslizaba en su corazón; el triunfo empezó a brillar en sus ojos, hasta ahora sólo conocedores de la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el pean de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados. Por la puerta salió una larga bestia amarilla y parda, baja, con ojos deslumbrados por la luz del atardecer y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín cayó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió a una de las acequias del jardín, bebió, atravesó un puente de tablas y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.

  —Está servido el té —dijo la criada de expresión agria—. ¿Adónde fue la señora?

  —A la casilla —dijo Conradín.

  Y mientras la criada salió a buscar a la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar el pan.

  Y mientras lo tostaba y le ponía mucha manteca y lo saboreaba con lentitud, escuchaba los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos del otro lado de la puerta del comedor. Los chillidos tontos de la criada, el correspondiente coro de las cocinas, los correteos, los correteos, las urgentes embajadas para pedir auxilio y, después de una pausa, los sagrados sollozos y el deslizado andar de quienes llevan una carga pesada.

  —¿Quién se lo dirá al pobre chico? Yo no me atrevo —dijo una voz chillona.

  Y mientras discutían el asunto entre ellas, Conradín se preparó otra tostada.


En Antología de la literatura fantástica
Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges
Imagen: E.O. Hoppé

23 nov. 2012

Saki - La filántropa y el gato feliz

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Jocantha Bessbury se encontraba en un estado de ánimo sereno y graciosamente feliz. Su mundo era un lugar agradable pero revestido en ese momento de uno de sus aspectos más placenteros. Gregory había conseguido llegar a casa para tomar un rápido almuerzo y fumar después en el saloncito; el almuerzo había sido bueno y quedaba tiempo para hacer justicia al café y los cigarrillos, ambos excelentes en su campo; y también Gregory era, en el suyo, un marido excelente. Jocantha sospechaba que para él era una esposa encantadora, y más fundadas eran todavía sus sospechas de tener una modista de primera categoría.

—Imagino que no habrá una persona más contenta en todo Chelsea —observó Jocantha en alusión a sí misma—. Salvo quizás Attab —prosiguió mirando al gato grande que estaba echado con considerable comodidad en una esquina del diván—. Está ahí tumbado, ronroneando y soñando, moviendo las patas de vez en cuando por el éxtasis de comodidad que le producen los cojines. Parece la encarnación de todo lo que es suave, sedoso y aterciopelado, sin una arista afilada en su composición, un soñador cuya filosofía es dormir y dejar dormir; luego, cuando llega la noche, sale al jardín con un resplandor rojizo en los ojos y mata un gorrión somnoliento.

—Como cada pareja de gorriones tiene diez o más crías cada año, mientras su suministro de alimentos permanece estacionario, es conveniente que los Attab de la comunidad tengan esa idea acerca de cómo pasar una tarde divertida —comentó Gregory. Tras haber expresado esa sabia observación, encendió otro cigarrillo, se despidió de Jocantha con un beso juguetonamente afectivo y salió al mundo exterior.

—Recuerda que cenaremos un poco antes esta noche, pues vamos al Haymarket —le gritó ella cuando se iba.

Al quedarse a solas, Jocantha reanudó el proceso de mirar su vida con ojos plácidos e introspectivos. Si no tenía en este mundo todo lo que deseaba, al menos estaba muy complacida con lo que tenía. Por ejemplo, estaba muy complacida con el saloncito, que de alguna manera lograba ser, al mismo tiempo, cómodo, elegante y caro. La porcelana era rara y hermosa, los esmaltes chinos adoptaban tonos maravillosos bajo la luz del fuego, las alfombras y cortinas guiaban la mirada a través de suntuosas armonías de colorido. Era una sala en la que se podría haber recibido convenientemente a un embajador o un arzobispo, pero también era una sala en la que se podían recortar fotos para un álbum de recortes sin tener la sensación de que con el desorden propio se estuviera escandalizando a las deidades del lugar. Y lo que sucedía con el saloncito pasaba también con el resto de la casa; y lo que sucedía con la casa, pasaba también con las otras áreas de la vida de Jocantha: tenía en verdad buenas razones para ser una de las mujeres más satisfechas de Chelsea.

De un estado de ánimo en el que bullía la satisfacción por su destino pasó a la fase de la generosa conmiseración por aquellas miles de mujeres que le rodeaban y cuyas vidas y circunstancias eran apagadas, baratas, carentes de placer y vacías. Jóvenes trabajadoras, dependientas de tienda y demás, la clase que ni tenía la libertad despreocupada de los pobres ni la libertad ociosa de los ricos, entraban especialmente dentro del alcance de su simpatía. Era triste pensar que hubiera jóvenes que tras un largo día de trabajo tuvieran que sentarse solas en dormitorios fríos y tristes porque no podían permitirse una taza de café y un sandwich en un restaurante, y todavía menos el chelín que costaba una butaca de teatro.

La mente de Jocantha seguía dando vueltas a este tema cuando se lanzó a una campaña de tarde de compras poco metódicas; se dijo a sí misma que resultaría bastante consolador si pudiera hacer algo, de improviso, para llevar un brillo de placer e interés a la vida de una o dos trabajadoras de corazón triste y bolsillo vacío: eso aumentaría mucho su placer aquella noche en el teatro. Compraría dos entradas de anfiteatro alto para una obra popular, entraría en alguna tetería barata y regalaría las entradas a la primera pareja de trabajadoras interesantes con las que trabara conversación casualmente. Se lo explicaría diciendo que no podía utilizar las entradas y no quería que se perdieran, y por otra parte le resultaba muy pesado devolverlas. Tras reflexionar más, decidió que sería mejor conseguir sólo una entrada y dársela a una joven de aspecto solitario sentada frente a una comida frugal; la joven podría trabar conocimiento con quien se sentara a su lado en el teatro cimentando así una amistad duradera.

Con ese fuerte impulso de Hada Madrina, Jocantha se dirigió a una agencia de venta de entradas y con gran cuidado eligió un asiento de anfiteatro alto para «Pavo real amarillo», una obra que estaba produciendo muchas discusiones y críticas. Luego se dirigió a su filantrópica aventura de tetería aproximadamente en el mismo momento en que Attab entraba lentamente en el jardín con la mente concentrada en acechar a un gorrión. En una esquina de una tetería encontró una mesa desocupada y se instaló en ella, impulsada por el hecho de que en la mesa de al lado estaba sentada una joven de rasgos bastante sencillos, de mirada apagada y lánguida y con el aspecto general de resignado desamparo. Su vestido era de una tela barata, pero trataba de seguir la moda, sus cabellos eran hermosos y su tez mala; estaba terminando una modesta comida de té y bollo y no se diferenciaba en su aspecto de otros miles de jóvenes trabajadoras que en ese mismo momento terminaban, empezaban o seguían tomando su té en establecimientos londinenses. Se podía apostar con seguridad a que nunca había visto «Pavo real amarillo»; evidentemente era un excelente material para el primer experimento de Jocantha con la beneficencia al azar.

Jocantha pidió un té con un bollo y comenzó a examinar amistosamente a su vecina con la idea de captar su atención. En ese mismo instante el rostro de la joven se encendió repentinamente de placer, centellearon sus ojos, se sonrojaron sus mejillas y pareció casi bonita. Un joven, al que saludó con un afectivo «hola, Bertie», llegó a su mesa y se sentó en una silla frente a ella. Jocantha miró con dureza al recién llegado; parecía varios años más joven que ella misma, su aspecto era mucho mejor que el de Gregory, en realidad mucho mejor que el de cualquiera de los hombres jóvenes de su círculo. Conjeturó que sería un oficinista bien educado de algún almacén de ventas que vivía y se divertía todo lo que podía con un pequeño salario y exigía unas vacaciones de dos semanas anuales. Evidentemente tenía conciencia de su buen aspecto, pero con esa conciencia tímida del anglosajón, no con la complacencia descarada del latino o el semita. Resultaba evidente que mantenía una amistosa intimidad con la joven a la que hablaba, y que probablemente se encaminaban a un compromiso formal. Jocantha se imaginó el hogar del joven en un círculo bastante estrecho con una fatigosa madre que siempre quería saber cómo y dónde pasaba sus tardes. A su debido tiempo, cambiaría esa aburrida esclavitud por su propio hogar, dominado por una escasez crónica de libras, chelines y peniques, así como por la ausencia de la mayoría de las cosas que hacen que la vida sea atractiva o cómoda. Jocantha sintió mucha pena por él. Se preguntó si habría visto el «Pavo real amarillo»; lo más probable era suponer que no. La joven había terminado el té y regresaría muy pronto a su trabajo; cuando el joven estuviera solo, a Jocantha le sería muy fácil decirle: «Mi marido tenía otros planes para mí esta noche; ¿querría utilizar esta entrada, que si no va a perderse?» Luego volvería allí otra tarde a tomar el té, y si le veía le preguntaría si le había gustado la obra. Era un joven agradable, y si llegaban a conocerse más podría darle más entradas de teatro, y quizás hasta pedirle que fuera un domingo a Chelsea a tomar el té. Jocantha decidió trabar conocimiento con él, y pensó que el joven le caería bien a Gregory y que el asunto del Hada Madrina sería mucho más entretenido de lo que había pensando originalmente. El muchacho era muy presentable; sabía peinarse el cabello, facultad que posiblemente debía a la imitación; sabía qué color de corbata le iba bien, lo que tenía que deberse a la intuición; era exactamente el tipo de hombre que Jocantha admiraba, lo que desde luego era accidental. En conjunto se sintió bastante complacida cuando la joven miró el reloj y se despidió, amigable pero rápidamente, de su compañero. Bertie le dijo adiós, se bebió de un trago el té y sacó luego del bolsillo del abrigo un libro forrado en papel que llevaba el título de Sepoy and Sahib, a Tale of the Great Mutiny.

Las leyes de etiqueta de una casa de té prohíben que ofrezcas entradas de teatro a un desconocido sin haber llamado antes su atención. Incluso es mejor si puedes pedirle que te pase el azucarero, tras haber ocultado previamente el hecho de que en tu mesa hay uno grande y bien lleno; no es difícil de lograr, pues el menú impreso suele ser en general tan grande como la mesa y puede sostenerse en pie. Jocantha empezó a hacerlo llena de esperanza; había tenido una prolongada y bastante fuerte discusión con la camarera concerniente a los supuestos defectos de un bollo que era en sí mismo absolutamente inocente, preguntó en voz alta y quejosa acerca del servicio de metro a un barrio muy remoto, habló con brillante falta de sinceridad acerca del garito que había en la tetería y como último recurso derribó la jarra de leche y maldijo elegantemente. En general atrajo bastante atención, pero ni por un momento la del joven que se peinaba tan bellamente, quien debía encontrarse a varios miles de millas de distancia en las calurosas llanuras del Indostán, en medio de bungalows desérticos, bazares atestados y bulliciosas plazas de armas, escuchando el sonido de los tamtam y el traqueteo distante de los mosquetes.

Jocantha regresó a su casa de Chelsea, que por primera vez le pareció apagada y excesivamente amueblada. Con resentimiento, tuvo la convicción de que en la cena Gregory resultaría poco interesante, y que la obra que verían después sería estúpida. En general su estructura mental mostró una marcada divergencia con respecto a la ronroneante complacencia de Attab, que había vuelto a enroscarse en su esquina del diván irradiando una gran paz por cada curva de su cuerpo.

Pero es que él había matado su gorrión.


En Animales y más que animales
Traducción: Rafael Lassaletta


19 ene. 2012

Saki - La loba

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Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han conseguido que este mundo les resulte atractivo o interesante, por lo que han buscado la compensación en un «mundo oculto» sacado de su experiencia o imaginación… o de su invención. Los niños hacen muy bien esas cosas, pero se contentan con convencerse a sí mismos y no vulgarizan sus creencias intentando convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilsiter eran para "los elegidos»"; es decir, para cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle.

Su afición por lo oculto no le habría llevado más allá de los lugares comunes del visionarismo de salón de no ser por un accidente que aumentó su repertorio de saberes místicos. Acompañado de un amigo que tenía intereses mineros en los Urales, había hecho un viaje por Europa oriental en el momento en que la gran huelga de los ferrocarriles rusos pasaba de la amenaza a la realidad. Su estallido le dejó atrapado, durante el viaje de regreso, en alguna zona del otro lado del Perm, y mientras aguardaba un par de días en un apeadero, en un estado de locomoción suspendida, trabó conocimiento con un comerciante en guarniciones y arreos metálicos que entretuvo provechosamente el tedio de la larga detención iniciando a su compañero de viaje inglés en un fragmentario sistema de conocimientos y tradiciones populares que él mismo había recogido de los comerciantes y nativos del Transbaikal. Leonard regresó a su círculo doméstico hablando sin parar sobre su experiencia de la huelga rusa, aunque se mostró muy reticente con respecto a determinados misterios oscuros, a los que aludía con el título sonoro de magia siberiana. La reticencia cedió en una o dos semanas, ante la influencia de la falta total de curiosidad general, por lo que Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas sobre los enormes poderes que esa nueva fuerza esotérica, por utilizar el término con que la describía, confería a los escasos iniciados que sabían cómo manejarla. Cecilia Hoops, su tía, que quizás era bastante más amante del sensacionalismo que de la verdad, le hizo una publicidad más clamorosa de la que cualquiera podía esperar al ir repitiendo por ahí la historia de cómo había transformado Leonard, delante de los ojos de ella, un calabacín en una paloma torcaz. La historia, en cuanto que manifestación de la posesión de poderes sobrenaturales, fue rechazada en algunos círculos debido a la idea que tenían acerca de la capacidad imaginativa de la señorita Hoops.

Pero por muy dividida que pudiera estar la opinión acerca de la cuestión de si Leonard era un hacedor de maravillas o un charlatán, lo cierto es que llegó a una fiesta en casa de Mary Hampton con fama de preeminencia en una u otra de esas profesiones; y no estaba dispuesto a volverle la espalda a la publicidad que pudiera corresponderle. Las fuerzas esotéricas y los poderes inusuales formaban el grueso de cualquier conversación en la que participaran su tía o él, y las cosas que él había hecho, tanto las pasadas como las potenciales, constituían el tema de misteriosas sugerencias y oscuras afirmaciones.

—Me gustaría que pudiera convertirme en un lobo, señor Bilsiter —dijo su anfitriona en el almuerzo, al día siguiente de su llegada.

—Mi querida Mary —intervino el coronel Hampton—, no te conocía deseos de ese tipo.

—Evidentemente me refería a una loba —siguió diciendo la señora Hampton—. Resultaría demasiado confuso cambiar de sexo al mismo tiempo que de especie.

—No creo que deba bromearse con estos temas —contestó Leonard.

—Si no estoy bromeando, le aseguro que hablo totalmente en serio. Pero no lo haga hoy mismo; sólo disponemos de ocho jugadores de bridge y se desharía una de nuestras mesas. Pero la fiesta de mañana será más grande. Mañana por la noche, después de la cena…

—Dada nuestra actual comprensión imperfecta de estas fuerzas ocultas, creo que habría que abordarlas con humildad y no con burla —comentó Leonard con tal severidad que se abandonó inmediatamente el tema.

Durante la discusión acerca de las posibilidades de la magia siberiana, Clovis Sangrail había permanecido sentado e inusualmente silencioso; tras el almuerzo, acompañó a Lord Pabham a la sala de billar, donde se dedicó a investigar un asunto.

—¿Tiene una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba de temperamento moderadamente bueno?

—Está Louisa —contestó Lord Pabham después de pensarlo—. Un ejemplar bastante hermoso de loba gris. La conseguí hace dos años a cambio de algunos zorros árticos. Consigo que casi todos mis animales estén bastante domesticados antes de que lleven conmigo demasiado tiempo; creo que puedo decir que Louisa tiene un temperamento angélico, para ser una loba. ¿Por qué quiere saberlo?

—Me estaba preguntando si me la prestaría mañana por la noche —respondió Clovis con esa solicitud descuidada del que pide prestado un botón para la camisa o una raqueta de tenis.

—¿Mañana por la noche?

—Así es, los lobos son animales nocturnos, por lo que la noche no le sentará mal —respondió Clovis con la actitud de aquel que lo tiene todo bien pensado—. Uno de sus hombres podría traerla desde el parque Pabham después de anochecer, y con un poco de ayuda podría conseguir introducirla en el invernadero, sin que la vean, en el mismo momento en que Mary Hampton salga a escondidas de él.

Lord Pabham se quedó mirando fijamente un momento a Clovis con un asombro comprensible; después su rostro se cubrió de arrugas mientras lanzaba una carcajada.

—Ah, ¿de modo que ése es su juego? Va a realizar un pequeño acto de magia siberiana por su cuenta. ¿Y estará de acuerdo la señora Hampton en ser su compañera de conspiración?

—Mary me ha prometido hacerlo si usted garantiza el temperamento de Louisa.

—Respondo del animal —contestó Lord Pabham.

Al día siguiente el grupo de invitados había alcanzado proporciones mayores y el instinto publicitario de Bilsiter se había expandido debidamente, ante el estímulo del aumento del público. Durante la cena de aquella noche se explayó sobre el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no comprobados y mantuvo su impresionante elocuencia mientras servían el café en la sala de estar, antes de que se produjera una migración general hacia la sala de juegos. Su tía era la garantía de que escucharan respetuosamente sus palabras, pero el alma de aquélla, amante del sensacionalismo, suspiraba por algo más espectacular que la simple exhibición verbal.

—¿Por qué no haces algo para convencerles de tus poderes, Leonard? —suplicó ella—. Cambiar algo de forma. Puede hacerlo, ¿saben? Sólo necesita quererlo —informó al grupo.

—Oh, hágalo —exclamó sinceramente Mavis Pellington, petición que fue repetida por casi todos los presentes. Incluso los que no creían en ello en absoluto deseaban entretenerse con una exhibición de conjuros ejecutada por un aficionado.

Leonard comprendió que esperaban de él algo tangible.

—¿Alguno de los presentes tiene una moneda de tres peniques o un objeto pequeño sin ningún valor…?

—¿No pensará hacer desaparecer monedas ni realizar algo tan primitivo? —preguntó Clovis despreciativamente.

—Me parecería muy poco amable por su parte no llevar a cabo mi sugerencia de convertirme en loba —añadió Mary Hampton mientras cruzaba el invernadero para darles a los guacamayos el tributo habitual sacado de los platos de postre.

—Siempre le he advertido contra el peligro de considerar estos poderes con actitud de burla —respondió Leonard con solemnidad.

—No creo que pueda hacerlo —contestó Mary riendo provocativamente desde el invernadero—. Le desafío a que lo haga si puede. Le desafío a convertirme en una loba.

Tras decir esto se ocultó de la vista tras un macizo de azaleas.

—Señora Hampton… —empezó a decir Leonard con una solemnidad cada vez mayor, pero se detuvo. Una corriente de aire helado recorrió la sala al mismo tiempo que los guacamayos empezaban a lanzar gritos ensordecedores.

—¿Qué diablos les pasa a estos pobres pájaros, Mary? —exclamó el coronel Hampton en el mismo momento en que un grito de Mavis Pellington, todavía más estremecedor, hizo a todo el grupo levantarse de sus asientos. En diversas actitudes, que iban desde el horror de la indefensión a la defensa instintiva, se encontraron frente a un animal gris y de aspecto malvado que les miraba desde un punto situado entre los helechos y las azaleas.

La señora Hoops fue la primera en recuperarse del caos general producido por el espanto y el asombro.

—¡Leonard! —gritó con voz aguda a su sobrino—. ¡Vuélvela a convertir en la señora Hampton enseguida! Podría lanzarse sobre nosotros en cualquier momento. ¡Hazlo!

—No… no sé cómo… —contestó titubeando Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que nadie.

—¡Cómo! —gritó el coronel Hampton—. ¡Se ha tomado la abominable libertad de convertir a mi esposa en una loba y ahora se queda aquí tranquilamente diciendo que no puede volver a convertirla en persona!

Para hacer estrictamente justicia a Leonard, hay que decir que la tranquilidad no fue un rasgo distinguido de su actitud en ese momento.

—Le aseguro que no convertí a la señora Hampton en un lobo; nada estaba más lejos de mis intenciones —protestó.

—¿Entonces, dónde está ella, y cómo entró ese animal en el invernadero? —preguntó el coronel.

—Desde luego tenemos que aceptar su seguridad de que no convirtió en lobo a la señora Hampton —intervino Clovis cortésmente—. Pero estará de acuerdo en que las apariencias están en su contra.


—¿Es que vamos a dedicarnos a recriminarnos mientras ese animal está ahí, dispuesto a despedazarnos? —se quejó Mavis con indignación.

—Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes… —sugirió el coronel Hampton.

—Los animales salvajes a los que estoy acostumbrado me han llegado, con sus credenciales apropiadas, de comerciantes bien conocidos, o han sido criados en mi propia casa de fieras —contestó Lord Pabham—. Nunca me he visto frente a un animal que sale despreocupadamente de detrás de un macizo de azaleas al tiempo que desaparece una encantadora y conocida anfitriona. Por lo que cabe juzgar de las características exteriores, tiene la apariencia de ser una hembra adulta de lobo gris norteamericano, una variedad de la especie común canis lupus.

—Vaya, no importa cuál sea su nombre latino —gritó Mavis cuando el animal se adentró uno o dos pasos en la sala—. ¿No puede intentar sacarlo con comida y encerrarlo donde no pueda hacer ningún daño?

—Si es realmente la señora Hampton, que acaba de tomar una cena muy buena, no creo que la comida le atraiga mucho —dijo Clovis.

—Leonard —suplicó llorosa la señora Hoops—, aunque no hayas tenido nada que ver con esto, ¿es que no puedes utilizar tus grandes poderes para convertir a este animal terrible en algo inofensivo antes de que nos muerda a todos?… ¿En un conejo o algo parecido?

—No creo que al coronel Hampton le parezca bien que su esposa se convierta en una sucesión de animales caprichosos, como si estuviéramos jugando con ella —intervino Clovis.

—Lo prohíbo absolutamente —atronó el coronel.

—La mayoría de los lobos con los que he tenido algún trato sentían un desordenado amor por el azúcar —dijo Lord Pabham—. Si quieren, probaré con éste.

Cogió un terrón de azúcar del platillo de su café y se lo lanzó a la expectante Louisa, que lo cogió en el aire. Un suspiro de alivio brotó del grupo; un lobo que come azúcar cuando por lo menos se podía haber dedicado a despedazar a los guacamayos, había perdido ya parte de su terror. El suspiro se convirtió en un jadeo de agradecimiento cuando Lord Pabham sacó al animal de la sala con el señuelo de nuevas dádivas de azúcar. Al instante se precipitaron todos hacia el invernadero vacío. No había rastro de la señora Hampton, salvo el plato que contenía la cena de los guacamayos.

—¡La puerta está cerrada por dentro! —exclamó Clovis, quien diestramente había dado la vuelta a la llave mientras simulaba comprobarla. Todo el mundo se volvió hacia Bilsiter.

—Si no ha convertido a mi esposa en un lobo —dijo el coronel Hampton—, ¿tendrá la amabilidad de explicar adónde la ha enviado, puesto que evidentemente no pudo pasar por una puerta cerrada? No le presionaré para que me explique cómo un lobo gris norteamericano ha aparecido de pronto en el invernadero, pero creo tener algún derecho a preguntar lo que ha sido de la señora Hampton.

La reiterada negativa de Bilsiter fue recibida con un murmullo general de incredulidad impaciente.

—Me niego a permanecer bajo este techo —afirmó Mavis Pellington.

—Si nuestra anfitriona ha desaparecido realmente en forma humana —dijo la señora Hoops—, ninguna de las damas del grupo puede quedarse. ¡Me niego absolutamente a ser la invitada de un lobo!

—Es una loba —intervino Clovis tranquilizadoramente.

La etiqueta correcta que debía observarse bajo las inusuales circunstancias no necesitó ser elucidada. La entrada repentina de Mary Hampton privó de su interés inmediato a la discusión.

—Alguien me ha hipnotizado —exclamó malhumoradamente—. Me encontré en la despensa de la casa recibiendo azúcar de Lord Pabham. Odio que me hipnoticen, y el médico me había prohibido tomar azúcar.

Se le explicó la situación en la medida en que ésta permitía algo que pudiera considerarse como tal.

—¿Entonces me convirtió realmente en un lobo, señor Bilsiter? —exclamó con excitación.

Pero Leonard había quemado la barca en la que ahora podría haber navegado sobre un mar de gloria. Sólo fue capaz de sacudir débilmente la cabeza.

—Fui yo el que me tomé esa libertad —dijo Clovis—. Resulta que he vivido un par de años en el nordeste de Rusia y tengo un conocimiento superior al de un turista acerca de las artes mágicas de esa región. No me interesa hablar de esos poderes extraños, pero en ciertas ocasiones, cuando oigo que se dicen muchas tonterías sobre ellos, me veo tentado a mostrar lo que puede hacer la magia siberiana en las manos de alguien que la entienda realmente. Cedí a esa tentación. ¿Puedo tomar una copa de brandy? El esfuerzo me ha dejado bastante debilitado.

Si Leonard Bilsiter hubiera sido capaz de transformar a Clovis en ese momento en una cucaracha, para después pisotearla, de buen grado habría realizado ambas operaciones.


En Animales y más que animales
Traducción: Rafael Lassaletta
Imagen: E.O. Hoppé