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17 mar. 2015

Juan José Saer - El que se llora

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Juan José Saer - El que se llora


Un día de noviembre que amaneció lloviendo me desperté después que aclaró. Se oía el rumor del agua, complejo y monótono —¡cuántas veces se ha dicho lo mismo sobre la lluvia! Por las celosías entraba en el dormitorio una luz verdosa. Me quedé tirado en la cama, con los ojos abiertos, mirando la penumbra que era cada vez más débil pero que se espesaba cerca del cielorraso. Un sueño que acababa de tener permanecía en mi mente, obstinado, un sueño en el que había visto a mi tío Pedro, hermano de mi madre que trabajó mucho tiempo en la usina y que después se independizó y compró una panadería. Mi tío había muerto el mes antes. En el sueño aparecía llorando su propia muerte.

Los sueños me dan miedo, y sueño mucho. ¿Tengo miedo de lo que sueño o simplemente tengo miedo porque sueño? Me sentí triste esa mañana pensando en mi tío Pedro que vino a morirse justo cuando la panadería empezaba a andar bien pero después —afortunadamente— la curiosidad venció a la tristeza y medité sobre el significado del sueño hasta cerca de las nueve. Durante todo el tiempo llovió sin parar y el ruido de la lluvia me mantuvo como adormecido, así que ahora no sé bien si por momentos no me puse a soñar el sentido de lo que había soñado. Una chica amiga, maestra de escuela que después se casó con un profesor de matemáticas y se fue a vivir al Perú, me contó que ella siempre soñaba que lloraba frente a su propio cajón. Que se miraba muerta y lloraba. ¿Qué lloramos de nosotros mismos cuando nos lloramos en sueños? Lo sabe únicamente el que se llora. Buscar en esa fuente de llanto es un trabajo difícil y la mirada tranquila de la curiosidad no alcanza a ver tan hondo. Para ver el dolor, tenemos que estar en él. Pero lo que sorprende todavía más es que el que se llora, el que ve su cadáver o se conduele de su propia muerte, está parado en un punto tan singular de la gran llanura de la pena que su llanto es al mismo tiempo recuerdo y anticipación. En las grandes llanuras el horizonte es siempre circular, idéntico, vacío y monótono.


En La mayor
Imagen: Sophie Bassouls

10 ene. 2015

Juan José Saer - Estos signos inciertos

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Juan José Saer - Estos signos inciertos


La noche de verano, después que el rumor de las calles se va calmando, manda, hasta mi pieza blanca, olores de firmamento y madreselva que me limpian, a medida que el silencio se instala en la ciudad, del ruido de los años vividos. Muy rara vez, se pone a martillear la lluvia, y las primeras gotas, que llegan después de muchos días de calor, al golpear contra la cal árida de las paredes se secan de inmediato produciendo un chirrido bajo y rápido y una nubecita transparente. Mi costumbre de intemperie me hace tolerable el invierno, que aquí es corto y muy templado. Detrás de los vidrios, los árboles muestran una filigrana nudosa, negra y lustrada, contra el cielo azul. Todas las noches, a las diez y media, una de mis nueras me sube la cena, que es siempre la misma: pan, un plato de aceitunas, una copa de vino.

Es, a pesar de renovarse, puntual, cada noche, un momento singular, y, de todos sus atributos, el de repetirse, periódico, como el paso de las constelaciones, el más luminoso y el más benévolo. Mi habitación, aparte de una pared lateral llena de libros, está casi vacía; la mesa, la silla, la cama, los candelabros que sostienen las velas, resaltan, oscuros, entre las paredes blancas; el plato blanco, en el que se mezclan aceitunas verdes y negras que relucen un poco recién salidas del frasco que las contenía en la cocina, y el vaso alto desde el que el vino, del color de una miel delgada, deja subir su olor terrestre y áspero, reflejan, muchas veces, adoptando formas diferentes, la luz de las velas que, en el aire tranquilo, parecen reconquistar a cada momento su altura y su inmovilidad; el pan grueso, que yace en otro plato blanco, es irrefutable y denso, y su regreso cotidiano, junto con el del vino y las aceitunas, dota a cada presente en el que reaparece, como un milagro discreto, de un aura de eternidad. Dejando la pluma, empiezo a llevarme a la boca, lento, una tras otra, las aceitunas, y, escupiendo los carozos en el hueco de la mano los deposito, con cuidado, en el borde del plato. Al salir de la boca están todavía tibios, por el calor que les infunde la parte interna de mi cuerpo. Como alterno, por pura costumbre, las aceitunas verdes con las negras, los dos sabores, uno sobre el otro, me traen la imagen, regular, de rayas verdes y negras que van pasando, paralelas, de la boca al recuerdo. Y el primer trago de vino, cuyo sabor es idéntico al de la noche anterior y al de todas las otras noches que vienen precediéndolo, me da, con su constancia, ahora que soy un viejo, una de mis primeras certidumbres. Es una de las pocas, y tan frágil que no posee, en sí misma, valor de prueba. A decir verdad, más que certidumbre, vendría a ser como el indicio de algo imposible pero verdadero, un orden interno propio del mundo y muy cercano a nuestra experiencia del que la impresión de eternidad, que para otros pareciera ser el atributo superior, no es más que un signo mundano y modesto, la chafalonía que se pone a nuestro alcance para que, mezquinos, nuestros sentidos la puedan percibir. Es un momento luminoso que pasa, rápido, cada noche, a la hora de la cena y que después, durante unos momentos, me deja como adormecido. También es inútil, porque no sirve para contrarrestar, en los días monótonos, la noche que los gobierna y nos va llevando, como porque sí, al matadero. Y, sin embargo, son esos momentos los que sostienen, cada noche, la mano que empuña la pluma, haciéndola trazar, en nombre de los que ya, definitivamente, se perdieron, estos signos que buscan, inciertos, su perduración.


En El entenado
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


1 nov. 2014

Juan José Saer - Con el desayuno

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 a Juan Carlos Mondragón

Goldstein tenía 21 años en 1943, cuando lo deportaron a un campo de concentración, por el triple motivo de ser judío, comunista y miembro de la Resistencia. No lo mataron, porque es sabido que los campos nazis eran en principio campos de trabajo, y los alemanes pretendían ganar la guerra gracias al trabajo de los más vigorosos de sus enemigos. A los que no les servían, enfermos, chicos, ancianos, los asesinaban inmediatamente, pero a los más jóvenes los hacían trabajar. En cierto sentido los campos nazis, por la manera en que se había organizado el trabajo de los prisioneros, piensa Goldstein, representan un ejemplo avant la lettre de lo que podría llegar a ser la última etapa de la llamada desregulación del mercado laboral. Por lo tanto, Goldstein está convencido de que fue su condición de mano de obra barata lo que le salvó la vida.

Los nazis estaban a punto de fusilarlo por tentativa de evasión, cuando justo llegaron los aliados (que no encontraron ni un solo soldado alemán en todo el campo), de modo que esta mañana, mientras desayuna en el bar Tobas, en Córdoba y Pueyrredón, tiene setenta y seis años y todavía sigue yendo a la librería, más para distraerse que otra cosa, ya que cinco años atrás le dejó el negocio a sus dos empleados, que le pasan una renta mensual. Su mujer murió hace tres años. Su hija mayor, que tuvo que irse del país con el golpe de estado del 76, se casó con un catalán y se quedó a vivir en Barcelona. La menor, que es psicoanalista, tiene poco tiempo libre los días de semana, así que únicamente ciertas noches y a veces ciertos domingos pueden verse para comer juntos, pero de todos modos, a causa de algunas diferencias políticas, sus relaciones con ella son un poco más difíciles que con la mayor. Los jueves a la noche tiene una reunión en la Mesa de Derechos humanos, y los viernes, su partida de poker semanal. Es por lo tanto el día, desde la mañana bien temprano cuando se despierta hasta que anochece, lo más difícil de llenar.

Después de la vacilación matinal, ante las interminables horas que se avecinan, el desayuno que, como incluye la lectura del diario, dura un buen rato, es un momento de actividad, sobre todo interior, ya que la memoria y la inteligencia, reverdecidas por las horas de sueño y por la ducha tibia que relaja el cuerpo atenuando los pequeños dolores óseos y musculares que lo tironearán durante el resto del día, se concentran con mayor facilidad y acogen con nitidez imágenes y pensamientos. El desayuno es, desde hace unos doce años más o menos, siempre el mismo: café con leche azucarado, jugo de naranja, dos medialunas, y un rato más tarde, después de haber leído buena parte del diario, un cafecito solo, concentrado y amargo, y un vaso de agua. La mesa es casi siempre la misma; entrando, a la derecha, la última junto al ventanal que da a Pueyrredón. Cada mañana, al entrar en el local, saluda al dueño que está detrás de la caja y se encamina a su sitio, sentándose en el rincón de cara a la entrada, bajo el televisor apagado.

—¿Siempre apechugando a la matina, don Goldstein? —le dice el mozo catamarqueño, depositando las medialunas y el jugo amarillo sobre la mesa, sin esperar el pedido mientras el dueño, detrás del mostrador, ha empezado a prepararle el café. Media hora más tarde más o menos, bastará una seña casi imperceptible de Goldstein en dirección a la caja para que el cafecito cuidadosamente preparado, acompañado por el vaso de agua, aterrice sobre la mesa. Por ahora, desplegando el diario, le responde al mozo con jovialidad distraída y con el ligerísimo acento de los viejos judíos aporteñados del Once y de Balvanera.

—Qué querés, Negro, me opio si no en la cama.

El jugo fresco, recién exprimido, ácido y dulce a la vez, le da una pequeña sacudida de optimismo cuando toma el primer trago, lo que podría probar, puesto que el efecto energético de las vitaminas no ha tenido tiempo de actuar todavía, que el placer en sí mismo es un estímulo en la vida. Sopar las medialunas en el café, absorbiéndolo poco a poco, le dificulta la lectura del diario, lo que lo incita a engullirlas rápido, menos por avidez que porque quiere tener las manos libres para poder manipular con más facilidad las grandes hojas de papel impreso que se pliegan y se despliegan, indóciles y ruidosas. Por fin las domina y se concentra en las noticias políticas nacionales e internacionales, en las páginas de economía y en las de cultura, echa una ojeada a las novedades deportivas y al estado del tiempo, para terminar con las historietas y los programas de televisión. Después vuelve atrás y lee con atención los artículos de fondo de los columnistas, a algunos de los cuales conoce personalmente porque son clientes de la librería, las cartas de los lectores y los editoriales. De tanto en tanto ha ido tomando un trago de café con leche o de jugo, hasta terminarlos, y por último, cuando ya no le quedan más que unos pocos minutos de lectura, hace una seña para que le traigan el cafecito y el vaso de agua.

Esa ceremonia que se repite todas las mañanas desde hace tantos años es en realidad el preámbulo a los minutos de meditación que le suceden. Pero tal vez es una licencia poética llamar a ese estado una meditación, porque una meditación presupone cierta voluntad consciente de pensar sobre temas precisos, y en su caso sólo se trata de mecanismos asociativos autónomos, casi mecánicos que, todas las mañanas, después del desayuno, se instalan en su interior, y lo ocupan por completo durante un rato. Visto desde fuera, es un anciano apacible y limpio, vestido con sencillez y que, como tantos otros habitantes de la ciudad, toma su desayuno en un café de Buenos Aires. Por dentro, sin embargo, cada mañana, durante unos pocos minutos, a causa de esa asociación inconsciente a cuya repetición puntual ya se ha resignado después de tantos años, se dan cita, en la zona clara de su mente, todas las masacres del siglo. Él las contabiliza y a medida que se producen otras nuevas las va agregando a la lista, de tal manera que cuando las evoca y las enumera, no puede evitar que le vengan a la memoria los versos de Dante:

…venía si lunga tratta
di gente, ch’i’ non averei credutto
que morte tanta n'avesse disfatta.

Tal cantidad de gente, que nunca hubiese creído que la muerte deshiciera a tantos: y de esa muchedumbre de fantasmas, estaban excluidos los que habían muerto en los campos de batalla, o por accidente, o de enfermedad, o se habían suicidado, o incluso habían sido ejecutados por los crímenes que habían cometido. No: contabilizaba únicamente todos aquellos qué habían sido exterminados no por su peligrosidad, real o imaginaria, sino porque, por alguna razón que ellos solos consideraban legítima, sus asesinos decidieron que no debían vivir: los armenios para los turcos por ejemplo (1.300.000), o los judíos (6.000.000), los gitanos (600.000) y los enfermos mentales (cifra desconocida) para los nazis. En Rwanda, los tutsis (800.000) para los hutus. Para los norteamericanos, los habitantes de Hiroshima y Nagasaki (300.000), los opositores de Suharto en Indonesia (500.000) O los irakíes durante la guerra del Golfo (170.000). Para Stalin, que percibía la totalidad de lo Exterior como una amenaza, varios millones de los espectros que, según en él, lo acechaban en ella. Y después esas masacres locales, en las que, en una tarde, en una semana, varias decenas, o centenas o miles de personas morían en manos de sus verdugos quienes, por razones inexplicables, en los que ningún interés razonable entraba en juego, no los toleraban en este mundo: indios, negros, bosnios, serbios, cristianos, musulmanes, viejos, mujeres (un asesino en serie había matado cerca de sesenta en Estados Unidos, todas rubias, de cierto peso, cierta silueta, cierto peinado, entre veinte y treinta años de edad). Bien mirado, todos eran crímenes en serie, puesto que las víctimas siempre tenían algo en común para los asesinos, y era por eso que las mataban: para los turcos, los armenios eran todos armenios y sólo armenios, y sólo porque eran armenios los exterminaban, del mismo modo que el asesino en serie norteamericano mataba rubias y únicamente rubias, y únicamente porque eran rubias las mataba.

Aunque se definía a sí mismo como ateo y materialista, y se jactaba con frecuencia de serlo, Goldstein pensaba también que los dioses no salían indemnes de ese carnaval que desfilaba en su mente todas las mañanas, con el desayuno, y en la mayoría de los casos, ya sea que sus fieles estuviesen en el campo de las víctimas o de los verdugos, que muchas veces cambiaban de papel según las circunstancias, los dioses sufrían los efectos perversos de esa carnicería. Muchos desaparecían o, con los cambios de sus adoradores, cambiaban de signo, perdiendo su identidad o sus atributos más importantes, y otros revelaban aspectos ocultos en los que hasta ese momento nadie había reparado. Era probable que muchas veces hayan huido aterrados, lo que hubiese sido casi deseable, porque la indiferencia con la que abandonaban sus creyentes a la crueldad de sus verdugos era, a decir verdad, abominable. En otros casos, cuando los asesinos los invocaban como pretexto para sus masacres, o bien los tergiversaban o bien los desenmascaraban: no había otra explicación posible. Por otra parte, con cada serie que desaparecía —tal tribu del Matto Grosso por ejemplo, en manos de los grandes propietarios—, montones de dioses, que habían concebido, engendrado y organizado el universo para ofrecérselo como regalo a los hombres, se borraban para siempre con el universo que habían creado y con las criaturas que lo habitaban. Y si los sobrevivientes, después de lo que le había sucedido a la inmensa mayoría de la serie a la que pertenecían, seguían adorando a los dioses que habían permitido que tales cosas sucedieran, no solamente profanaban la memoria de los que habían desaparecido, sino que se ridiculizaban y, por esa misma razón, también volvían ridículos a sus dioses.

"¡Que no haya eternidad, y si hay, que no haya, al menos, en ella, asociaciones!", empezó a repetirse en secreto Goldstein, en los primeros meses en los que esa asociación inconsciente y autónoma, cuya causa precisa (el primer término de la asociación) no podía descubrir, se apoderaba de él todas las mañanas, con el desayuno, y no lo abandonaba hasta que salía a la calle y, mezclándose al tumulto del presente, se dejaba envolver por el rumor de las cosas. La asociación mental como infierno: para Goldstein, en esos primeros meses, esa expresión hubiese debido ser el título de un imprescindible tratado. Los cálculos más absurdos agitaban sus pensamientos, y consideraba todos esos crímenes no desde el punto de vista de la compasión o de la ética, si no en cuanto a la cantidad de víctimas en relación con la extensión en el tiempo de las masacres, como si se tratara de un problema de álgebra. Pero tantos meses, tantos años, duró esa posesión obstinada, ese odioso teatro matinal, que se fue acostumbrando a su presencia, hasta gastar la angustia que la acompañaba, y una buena mañana terminó por comprender, resignado: "el primer término de la asociación es mi vida". A la angustia de los primeros tiempos, la suplantó una impresión extraña, que persiste todavía y cierra el episodio cada mañana: la increíble sensación de estar vivo, ante el interminable desfile de fantasmas. El hecho le parece improbable, ficticio, fragilísimo, y su precariedad misma hace bailar, durante una fracción de segundo, al universo entero en el filo del abismo.

Los dos años que pasó en el campo de concentración, si bien fueron en su momento una intolerable pesadilla, al poco tiempo de salir, Goldstein, aunque parezca mentira, empezó a considerarlos como un azar favorable en su vida. Su argumento es el siguiente: a los 21 años, tenía una visión demasiado optimista del mundo. Si al final de la guerra se hubiese encontrado sin esa experiencia, sus prejuicios optimistas hubiesen seguido distorsionando su percepción de la realidad. El crimen, la tortura, las masacres, definían mejor a la especie humana que el arte, la ciencia, las instituciones. Ante sus interlocutores perplejos, Goldstein (que algunos consideraban un poco excéntrico en sus opiniones, por no decir ligeramente chiflado) afirmaba que, en tanto que hombre, su cuerpo y su mente habían sufrido en el campo de concentración pero que, en tanto que pensador, esos dos años representaban para él su diploma "con felicitaciones del jurado" en antropología.

Cuando termina el café y pliega el diario, Goldstein deja sobre la mesa dinero suficiente para el desayuno y la propina, y lanzando un "¡Hasta mañana!" afable y general, sale al sol de la esquina y al estruendo de las dos avenidas que se cruzan: para los clientes de paso, que lo observan con curiosidad fugaz, es un viejo limpio y jovial, bien conservado a pesar de los años, representando probablemente menos de los que tiene, y a quien a juzgar por su aire enérgico y satisfecho, no parece haberle ido tan mal en la vida.



En Cuentos completos
Foto: sin data




15 oct. 2014

Juan José Saer - Sombras sobre vidrio esmerilado

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Juan José Saer - Sombras sobre vidrio esmerilado


a Biby Castellaro

¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar "ahora", pero al descubrir la extensión en el espacio de ese "ahora", me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada "ahora", y el resto del "ahora" no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo muy fugaz, como recuerdo. Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la sombra de mi cuñado Leopoldo preyectándose sobre los vidrios de la puerta del cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpiño vacío, relleno con un falso seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo.

Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la poetisa Adelina Flores? Tengo cincuenta y seis años y he publicado tres libros: "El camino perdido", "Luz a lo lejos" y "La dura oscuridad". Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio de la puerta del baño. La puerta no da propiamente al living, sino a una especie de antecámara, y solamente por casualidad, porque está más cerca de la puerta de calle, que he dejado abierta para tomar aire, he traído el sillón de Viena a este lugar y estoy hamacándome lentamente en él. El sillón de Viena cruje levemente. No podía soportar mi cuarto, y no únicamente por el calor. Por eso vine aquí. Es difícil soportar encerrada entre libros polvorientos los atardeceres de este terrible enero. Susana ha salido. No sale nunca, pero hoy dijo que su pierna derecha le dolía y pidió turno para el médico. Así que está afuera desde las seis. Hamacándome lentamente veo como Leopoldo se desabrocha con cuidado la camisa, se la saca, y después se da vuelta para colgarla de la percha del baño. Ahora comienza a desabrocharse el pantalón. Advierto que tengo la mano sobre el puñado de algodón que le da forma al corpiño en la parte derecha de mi cuerpo, y bajo la mano. He visto crecer y cambiar ciudades y países como a seres humanos, pero nunca he podido soportar ese cambio en mi cuerpo. Ni tampoco el otro: porque aunque he permanecido intacta, he visto con el tiempo alterarse esa aparente inmutabilidad. Y he descubierto que muchas veces es lo que cambia en una lo que le permite a una seguir siendo la misma. Y que lo que permanece en una intacto, puede cambiarla para mal. La sombra de Leopoldo se proyecta sobre el vidrio esmerilado, de un modo extraño, moviéndose, ahora que Leopoldo se inclina para sacarse el pantalón, encorvándose para desenfundar una pierna primero, irguiéndose al conseguirlo, y volviéndose a encorvar para sacar la otra, irguiéndose otra vez en seguida.

("Sombras" "Sombras sobre" "Cuando una sombra sobre un vidrio veo" No.) Ese chico, ¿cómo se llamaba? Tomatis. Él me dijo una vez lo que piensa de mí, en la mesa redonda sobre la influencia de la literatura en la educación de la adolescencia. Yo no quería estar en ese escenario de la universidad. Pero vino el editor y me dijo: "¿No te parece que si te presentaras más seguido en público para exponer tus puntos de vista "La dura oscuridad" podría salir un poco más, Adelina? " Así que me vi sentada en el escenario frente a la sala llena. Había cientos de caras que me miraban esperando que yo diera mi opinión, en ese salón frío y lleno de ecos. Tomatis estaba sentado en el otro extremo de la mesa. Hice una corta exposición, aunque la presencia de toda esa gente expectante me inhibía mucho. (Leopoldo acomoda cuidadosamente el pantalón, sosteniéndolo desde las botamangas, con el brazo alzado para conservar la raya. Después lo dobla y comienza a pasarlo por el travesaño de una percha; lo veo.) Cuando terminé de hablar, Tomatis se echó a reír. "La señorita Flores -dijo, riéndose y poniéndose como pensativo— ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa? " Los cientos de personas que estaban sentadas contemplándonos se echaron a reír. Yo no dije una palabra más; y cuando terminó la mesa redonda y fuimos a la comida que nos ofreció la universidad, Tomatis se sentó al lado mío. Se lo pasó todo el tiempo charlando y riendo, fumando y tomando vino. Y en un aparte se volvió hacia mí y me dijo: "¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo. Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno de menos. No, no estoy borracho. O sí, capaz que un poco sí. ¿Es cierto? ¿No piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí. ¿Sabe? Usted me cae muy simpática, Adelina. Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena. Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina, sabe, romper la camisa de fuerza del soneto -porque las formas heredadas son una especie de virginidad— y empezar con otra cosa. Me juego la cabeza de que usted es capaz de salir adelante. Usted que la tiene cerca, páseme esa botella de vino. Gracias". Recuerdo perfectamente el lugar: un restaurante del centro con manteles cuadriculados, rojos y blancos, los platos sucios, los restos de pescado, y las botellas de vino tinto a medio vaciar. Ahora Leopoldo se ha sacado el calzoncillo y lo observa. Ha quedado completamente desnudo. Se inclina para dejarlo caer en el canasto de la ropa sucia que está en el costado del baño, junto a la bañadera. Puedo ver su sombra agrandada, pero no desmesuradamente, sobre los vidrios esmerilados de la puerta del baño que da a la antecámara. 

En este momento, únicamente esa sombra es "ahora", y el resto del "ahora" no es más que recuerdo. Y a veces, tan diferente del "ahora", ese recuerdo, que es cosa de ponerse a llorar. Es terrible pensar que lo único visible y real no son más que sombras. Si pienso que en este mismo momento los bañistas se pasean en traje de baño bajo los árboles tranquilos del parque del Sur, sé que eso no es ahora, sino recuerdo. Porque es posible que en este momento no haya ni un solo bañista en el parque del Sur, o, si hay alguno, no esté paseándose precisamente bajo los árboles que yo creo recordar; hasta es probable que estén todos echados en la arena de la playa, o en el agua, mientras el sol del crepúsculo vuelve roja la laguna y dos chicos se tiran uno al otro una pelota de goma que retumba en medio del silencio cuando choca contra la tierra. Pero me gusta imaginar que en este momento, en los barrios, las chicas se pasean en grupos de tres o cuatro tomadas del brazo, recién bañadas y perfumadas, y que grupos de muchachos las contemplan desde la esquina. Puedo ver las calles del centro abarrotadas de coches y colectivos y a Susana bajando lentamente, con cuidado por su pierna dolorida, las escaleras de la casa del médico. Es como si estuviera aquí y al mismo tiempo en cada parte. ¡Es tan complejo y sin embargo, tan sencillo! Ahora vuelvo ligeramente la cabeza y veo la mampara que da al patio. Entreveo los vidrios encortinados y el último resplandor de la tarde que penetra en el living a través de las grandes cortinas verdes. También veo los sillones vacíos, abandonados — ¡y cuántas veces nos hemos sentado en ellos Susana, Leopoldo, o yo o las visitas! — forrados en provenzal floreado. Las flores son verdes y azules, sobre fondo blanco. Hay una lámpara de pie, al lado de uno de los sillones, apagada. Pero yo me he traído el viejo sillón de Viena de mamá desde mi habitación y me he sentado en él —estoy hamacándome lentamente— para que el aire de la calle atraviese el living y se impregne como agua fría o como un olor sobre mi cuerpo. Ahora que no veo la puerta de vidrios esmerilados del baño, ¿qué estará proyectándose sobre ella? Seguramente el cuerpo desnudo de Leopoldo — ¡el cuerpo desnudo de Leopoldo! —, pero ¿en qué posición? ¿Tendrá los brazos alzados, se rascará el pecho con las dos manos, se tocará el cabello, o se habrá echado ligeramente hacia atrás para mirarse en el espejo? Es terrible, pero ese ahora, tan cercano, no es más que recuerdo; y si vuelvo la cabeza otra vez hacia la puerta que da a la antecámara el "ahora" de los sillones de funda floreada, vacíos y abandonados, y las cortinas a través de las cuales penetra la luz crepuscular, no será más que recuerdo. Vuelvo la cabeza; ahora. La sombra de Leopoldo ha desaparecido. Ha de estar sentado, haciendo sus necesidades. ("Veo una sombra sobre un vidrio" "Veo" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.")

En el vidrio vacío no se ve más que el resplandor difuso de la luz eléctrica, encendida en el interior del cuarto de baño. Es uno de esos días terribles de enero, de luz cenicienta; no está nublado ni nada, pero la luz liene un color ceniza, como si el sol se hubiese apagado hace mucho tiempo y llegara al planeta el reflejo de una luz muerta. Mi sencillo vestido gris y mi pelo gris condensan esa luz húmeda y muerta, y están como nimbados por un resplandor pútrido; y como acabo de hañarme no he hecho más qué condensar humedad sobre mi vieja piel blanca llena de vetas como de cuarzo. Tengo los brazos apoyados sobre la madera curva del sillón de Viena. Con el tiempo, si es que estoy viva, tomaré el color de la esterilla del sillón, me iré volviendo amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo. En eso fundo su sencillez. En que solamente pule y simplifica y preserva lo inalterable, reduciendo todo a simplicidad. Me dicen que destruye, pero yo no lo creo. Lo único que hace es simplificar. Lo que es frágil y pura carne que se vuelve polvo desaparece, pero lo que tiene un núcleo sólido de piedra o hueso, eso se vuelve suave y límpido con el tiempo y permanece. Ahora Susana debe estar bajando lentamente las escaleras de mármol blanco de la casa del médico, agarrándose del pasamanos para cuidar su pierna dolorida; ahora acaba de llegar a la calle y se queda un momento parada en la vereda sin saber qué dirección (porque sale muy poco y siempre se desorienta en el centro de la ciudad; está con su vestido azul, sus anteojos (siempre creen que Adelina Flores es ella, por los anteojos, y no yo) y sus zapatones negros de grueso taco bajo, que tienen cordones como los zapatos masculinos, mira como desconcertada en distintas direcciones, porque por un momento no sabe cuál tomar, mientras a la luz del crepúsculo pasa gente apurada y vestida de verano por la vereda, y un estruendo de colectivos y automóviles por la calle. Ahora con un movimiento de cabeza y un gesto que no revela el menor sentido del humor, sacándose los dedos de los labios, donde los había puesto mecánicamente al adoptar una actitud pensativa, Susana recuerda en qué dirección se encuentra la esquina donde debe tomar el colectivo y comienza a caminar con lentitud, decrépita y reumática, hacia ella. Hay como una fiebre que se ha apoderado de la ciudad, por encima de su cabeza -y ella no lo nota- en este terrible enero. Pero es una fiebre sorda, recóndita, subterránea, estacionaria, penetrante, como la luz de ceniza que envuelve desde el cielo la ciudad gris en un círculo mórbido de claridad condensada. ("Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.") Veo a Susana atravesar lentamente el aire pesado y gris dirigiéndose hacia la parada de ómnibus donde debe esperar el dieciséis para volver en él a casa. Eso si es que ya ha salido de lo del médico porque es problable que ni siquiera haya entrado todavía al consultorio y esté sentada leyendo una revista en la sala de espera. El techo de la sala de espera es alto, yo he estado ahí cientos de veces, muy alto, y el juego de sillones de madera con la mesita central para las revistas y el cenicero es demasiado frágil y chico en relación con ese techo altísimo y la extensión de la sala de espera, que originariamente era en realidad el vestíbulo de la casa. 

("Algo que amé" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé" "hecho sombra, proyectado" "hecho sombra y proyectado" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado") Puedo escuchar el crujido lento y uniforme del sillón de Viena. Sé pasarme las horas hamacándome con lentitud, la cabeza reclinada contra el respaldar, mirando fijamente un punto del vacío, sin verlo, en el interior de mi habitación, rodeada de libros polvorientos, oyendo crujir la vieja madera como si estuviera oyendo a mis propios huesos. Desde mi habitación he venido escuchando durante treinta años los ruidos de la casa y de la ciudad, como celajes de sonido acumulados en un horizonte blanco. Ahora escucho el ruido súbito de la cadena del inodoro y el del agua en un torrente rápido, lleno de tintineos como metálicos; después el chorro que vuelve a llenar el tanque. La sombra de Leopoldo reaparece en los vidrios esmerilados de la puerta; se pone de perfil; ha de estar mirándose en el espejo. ¿Se afeitará? Veo cómo se pasa la mano por la cara. Ha mantenido la línea, durante tantos años, pero se ha llenado de endeblez y fragilidad. Al hamacarme, yendo para adelante y viniendo para atrás, la sombra da primero la impresión de que avanzara, y después la de que retrocediera. Vino a casa por mí la primera vez, pero después se casó con Susana. Todo es terriblemente literario, ("en el reflejo oscuro"). Fue un alivio, después de todo. Pero los primeros dos años, antes de que se casaran y Leopoldo empezara a trabajar como agente de publicidad del diario de la ciudad, —el primer agente de publicidad de la ciudad, creo, y en eso fue un verdadero precursor— los primeros dos años nos divertimos como locos, sin descansar un solo día, yendo y viniendo de día y de noche por la ciudad, en invierno y verano, hasta un día cuya víspera pasamos entera en la playa, en que Leopoldo vino a la noche a casa y le pidió al finado papá la mano de Susana después de la cena. Pero el día antes había sido una verdadera fiesta. Fue un viernes, me acuerdo perfectamente. Leopoldo pasó a buscarnos muy de mañana, cuando recién había amanecido, estaba todo de blanco, igual que nosotras, que llevábamos unos vestidos blancos y unos sombreros de playa blancos como estoy segura de que ni hasta hoy se ha atrevido a llevar nadie en esta bendita ciudad. Yo llevaba conmigo los versos de Alfonsina. [Va a afeitarse, sí. Ahora ha abierto el botiquín y mira su interior buscando los elementos ("en el reflejo oscuro" "sobre la transparencia" "del deseo") Alza los brazos y comienza a sacar los elementos]. Ya era diciembre, pero hacía fresco de mañana. Yo misma manejaba el Studebaker de papá, y Susana iba sentada al lado mío. En el asiento de atrás iba Leopoldo al lado de la canasta de la merienda, tapada con un mantel blanco. El aire ("sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerillado") fresco, limpio, resplandecía, penetrando por el hueco de las ventanillas bajas que vibraban con la marcha del automóvil. Yo podía ver por el retrovisor la cara de Leopoldo vuelta ligeramente hacia la ventanilla mirando pensativa el río. Nos fuimos a una playa desierta, lejos de la ciudad, por el lado de Colastiné. Había tres sauces inclinados hacia el río —la sombra parecía transparente— y arena amarilla. Nadamos toda la mañana y yo les leí poemas de Alfonsina: y cuando llegué a donde dice "Una punta de cielo/rozará/la casa humana", me separé de ellos y me fui lejos, entre los árboles, para ponerme a llorar. Ellos no se dieron cuenta de nada. Después extendimos el mantel blanco y comimos charlando y riéndonos bajo los árboles. Habíamos preparado riñón —a Leopoldo le gustan mucho las achuras— y yo no sé cuántas cosas más, y habíamos dejado toda la mañana una botella de vino blanco en el agua, justo debajo de los tres sauces, para que el agua la enfriara. Fue el mejor momento del día: estábamos muy tostados por el sol y Leopoldo era alto, fuerte, y se reía por cualquier cosa. Susana estaba extraordinariamente linda. Lo de reírnos y charlar nos gustó a todos, pero lo mejor fue que en un determinado momento ninguno de los tres habló más y todo quedó en silencio. Debemos haber estado así más de diez minutos. Si presto atención, si escucho, si trato de escuchar sin ningún miedo de que la claridad del recuerdo me haga daño, puedo oír con qué nitidez los cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos, el ruido de nuestra densa respiración resonando en un aire tan quieto que parecía depositado en un planeta muerto, el sonido lento y opaco del agua viniendo a morir a la playa amarilla. En un momento dado me pareció que podía oír cómo crecía el pasto a nuestro alrededor. Y en seguida, en medio del silencio, empezó lo de las miradas. Estuvimos mirándonos unos a otros como cinco minutos, serios, francos, tranquilos. No hacíamos más que eso: nos mirábamos, Susana a mí, yo a Leopoldo, Leopoldo a mí y a Susana, terriblemente serenos, y después no me importó nada que a eso de las cinco, cuando volvía sin hacer ruido después de haber hecho sola una expedición a la isla —y volvía sin hacer ruido para sorprenderlos y hacerlos reír, porque creía que jugaban todavía a la escoba de quince-, los viese abrazados desde la maleza y oyese la voz de Susana que hablaba entre jadeos diciendo: "Sí. Sí. Sí. Sí. Pero ella puede venir. Puede venir. Ella puede venir. Sí. Sí. Pero puede venir." Los vi, claramente: él estaba echado sobre ella y tenía el traje de baño más abajo de las rodillas. La parte de su cuerpo que yo no había visto nunca era blanca, lechosa, y a mí se me ocurrió lisa y la idea de tocarla alguna vez me revolvió el estómago. En ese momento se oyó un crujido en la maleza y Leopoldo se paró de un salto, dejando ver enteramente a Susana que había dejado correr los breteles de su traje de baño y había sacado los brazos por entre ellos de modo tal que el traje de baño había bajado hasta el vientre. Yo conocía ya esas partes del cuerpo de Susana que no estaban tostadas, las había visto muchas veces. Pero cuando Leopoldo saltó, dificultosamente, con el traje de baño más abajo de la rodilla, se volvió en la dirección en que yo estaba, por pudor, ya que el ruido se había oído en dirección contraria al lugar donde yo estaba. Vi eso, enorme, sacudiéndose pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro; lo he visto otras veces en caballos, pero no balanceándose en dirección a mí. Fue un segundo, porque Leopoldo se subió en seguida el traje de baño y se sentó rápidamente frente a Susana - y no pude ver en qué momento Susana se alzó el traje de baño, se acomodó el pelo y recogió los naipes, pero ya lo estaba esperando cuando él se sentó manoteando apresuradamente dos o tres cartas del suelo. Me quedé inmóvil más de quince minutos, hasta que los vi tranquilos, y yo misma me sentí así. Después nos bañamos desde el crepúsculo hasta que anocheció —me parece oír todavía el chapoteo de nuestros cuerpos húmedos que relumbraban en la oscuridad azul —y al otro día Leopoldo le pidió al pobre papá la mano de Susana. 

En este momento puedo ver cómo Leopoldo, imprimiendo un movimiento circular a su mano, se llena la cara de espuma con la brocha. Lo hace rápidamente; ahora baja el brazo y la sombra de su cara, sobre el vidrio esmerilado que refleja también la luz confusa del interior del cuarto de baño, se ha transformado: la sombra de la espuma que le cubre las mejillas parece la sombra de una barca, un matorral de pelo oscuro. Alza el brazo otra vez y con la punta de la brocha se golpea el mentón, varias veces y suavemente, como si se hubiese quedado pensativo; pero eso no puede verse. Deja la brocha y después de un momento alza otra vez las dos manos, en una de las cuales tiene la navaja, y comienza a rasurarse lentamente, con cuidado. Lentamente, con cuidado, Susana ha de estar bajando ya las escaleras blancas de la casa del médico, en dirección a la calle. Va a pararse un momento en la vereda, para orientarse, porque no va casi nunca al centro. La sombra de Leopoldo se proyecta ahora mostrando cómo se rasura, lentamente, con cuidado, con la navaja; ahora cambia la navaja de mano y se pasa el dorso de la mano libre por la mejilla, a contrapelo, para comprobar la eficacia de la rasurada. Sé qué va a hacer cuando termine de afeitarse y de bañarse: va a llevar la perezosa al patio, entre las macetas llenas de begonias, de helechos, de amarantos y de culandrillos, y va a sentarse en la perezosa en medio del patio; va a estar un rato ahí, fumando en la oscuridad; va a decir: "¿Quedan espirales, Susana, querida? " y después va a ponerse a tararear por lo bajo. Todos los anocheceres de setiembre a marzo hace exactamente eso. Después de un momento va a servirse el primer vermut con amargo y yo podré saber cuándo va a llenar nuevamente su vaso porque el tintineo del hielo contra las paredes del vaso semivacío me hará saber que ya lo está acabando. Va a ("En confusión, súbitamente, apenas"). Siento crujir los huesos del sillón de Viena. Apenas se haya afeitado y se haya bañado lo va a hacer: va a llevar la perezosa al centro del patio de mosaicos, la perezosa de lona anaranjada, después de ponerse su pijama recién lavado y planchado y va a fumar un cigarrillo antes de ("vi que estallaba" "vi" "vi el estallar de un cuerpo y de una" "y de su " "la explosión" "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra") La brasa del cigarrillo, un punto rojo, va a parecer un ojo único, insomne y sin parpadeos, avivándose a cada chupada. Y cuando escuche el tintineo del hielo contra las paredes frías del vaso, voy a saber que ha tomado su primer vermut con amargo y que va a servirse el segundo. 

El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad. O como una línea recta marcada a lápiz con una cruz atravesándola de trecho en trecho, que se alarga ilusoriamente ante los ojos del que mira porque su visión divide la línea en los fragmentos comprendidos entre cruz y cruz. Lo de la cruz está bien, porque cruz significa muerte. Papá y mamá murieron el cuarenta y ocho, con seis meses de diferencia uno del otro. El peronismo se llevó a papá: fue algo que no pudo soportar. Y mamá terminó seis meses después que él, porque siempre lo había seguido. "Después del primer año de casados —me dijo mamá en su lecho de muerte— nunca tuvo la menor consideración conmigo. Pero, ¿qué puedo hacer sin él? " Yo estaba con un traje sastre gris, me acuerdo perfectamente; mamá se incorporó y me agarró de las solapas, y me atrajo hacia ella; tenía los ojos extraordinariamente abiertos y la cara apergaminada y llena de arrugas, y eso que no era demasiado vieja. Nunca la había visto así. Y no era que le tuviese miedo a la muerte. Nunca se lo había tenido. Comenzó a hacer un esfuerzo terrible, jadeando, pestañeando, estirando los labios gastados y lisos que se le llenaban de saliva o de baba —no sé qué era— y me di cuenta de que quería decirme algo. No lo consiguió. Murió aferrada a las solapas de mi traje sastre gris y -("ahora el silencio teje cantilenas") Durante todos estos años no hago más que reflexionar sobre lo que mamá trató de decirme. Tuve que hacer un esfuerzo terrible para arrancar de mis solapas sus manos aferradas; y estaban tan tensas y blancas que yo podía notar la blancura feroz de los huesos y de los cartílagos. Cuando doce años después me cortaron el pecho, yo soñé que arrancaba de mis solapas las manos de mamá ("más largas" "ahora el silencio teje cantilenas", "más largas") y que una de sus manos se llevaba mi pecho. Pero no se lo llevaba para hacerme mal, sino para protegerme de algo. Ese sueño vuelve casi todas las noches, como si una aguja formara con mi vida, de un modo mecánico y regular, un tejido con un único punto. Sé que esta noche va a volver. Voy a despertarme jadeando y sollozando apagadamente en mi cama solitaria, rodeada de libros polvorientos, cerca de la madrugada, pero después voy a respirar con alivio. Cada uno conoce secretamente el significado de sus propios sueños, y sé que si mamá quiere llevarse mi pecho a la tumba, hay algo bienintencionado en ella, aunque su acto pueda parecer malo —y capaz que lo sea. No podemos juzgar nuestros actos más que en relación con lo que hemos esperado de la vida y lo que ella nos ha dado. A mamá y a mí nos dio también esa mañana —ese nudo, esa cruz— en la que papá se sentó muy temprano a desayunar con nosotros. Fue al día siguiente de haberse afiliado al partido peronista. ("Ahora el silencio teje cantilenas" "más largas") Papá estaba sentado en la cabecera y no le dirigíamos la palabra porque nos dábamos cuenta de que estaba muy nervioso ("que duran más.") No nos hablaba cuando estaba irritado. Siempre me había llamado la atención la piel de su cara por lo blanca que la tenía y cómo sin embargo, en la parte alta de las mejillas, cerca de los pómulos, se le habían ido formando unas redes tenues, complicadas, de venillas rojas. Papá tomó su segunda taza de café y después se recostó sobre el respaladar de la silla y empezó a roncar. Eran unos ronquidos silbantes, secos, recónditos y cavernosos ("que duran más que el cuerpo" "y que la sombra" "que duran más que el cuerpo y que la sombra"). Primero vi la mosca recorriendo la red de venillas rojas sobre la mejilla derecha, como una señal negra desplazándose por una red ferroviaria dibujada en líneas rojas en un mapa proyectado en una pared transparente. Pero no empecé a murmurar "Mamá. Mamá" —sin desviar ni un momento la mirada del rostro de papá— hasta que no vi cómo la mosca comenzaba a bajar, con la misma facilidad con que podría haberlo hecho sobre una piedra, desde el pómulo hasta la comisura de los labios, y después entraba en la boca. No parecía haber entrado en la boca de papá, haber estado recorriendo el cuerpo de papá, sino nada más que una reproducción en piedra de él, porque ya ni siquiera roncaba. 

Ahora Leopoldo vuelve a cambiar la navaja de mano y sigue rasurándose. Cuando se inclina hacia el espejo para verse mejor el perfil de su sombra desaparece, cortado rectamente por el marco de madera de la puerta, y sobre el vidrio se ve reflejo difuso —como unas escaras de luz dispuestas de un modo concéntrico, puntillista— de la luz eléctrica. Me balanceo suavemente en el sillón de Viena. Doy vuelta la cabeza y veo cómo la luz gris penetra en la habitación a través de las cortinas verdes, empalideciendo todavía más. Los sillones vacíos saben estar ocupados a veces —pero eso no es más que recuerdo. Con levantarme y llegar al patio y alzar la cabeza, podría ver un fragmento de cielo, vaciándose en el hueco que dejan las paredes de musgo, agrisadas. Saliendo a la puerta miraría la calle vacía, sin árboles,llena de casas de una planta, enfrentándose en dos hileras rectas y regulares a través de la vereda de baldosas grises y de la calle empedrada. De noche, en las proximidades de la luz de la esquina se ve relucir opacamente el empedrado. Los insectos revolotean alrededor de la luz, ciegos y torpes, chocan contra la pantalla metálica con un estallido, y después se arrastran por el adoquín con las alas rotas. Puede vérselos de mañana aplastados contra las piedras grises por las ruedas de los automóviles. De noche sé escuchar su murmullo. Y cuando había árboles en la cuadra, a esta hora empezaba el estridor monótono de las cigarras. Comenzaban separadamente, la primera muy temprano, a eso de las cinco, y en seguida empezaba a oírse otra, y después otra y otra, como si hubiese habido un millón cantando al unísono. Yo no lo podía soportar. El haber cedido y venirme a vivir con ellos ya me resultaba insoportable. Tenía miedo, siempre, de abrir una puerta, cualquiera, la del cuarto de baño, la del dormitorio, la de la cocina, y verlo aparecer a él con eso a la vista, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí desde un matorral de pelo oscuro. Nunca he podido mirarlo de la cintura para abajo, desde aquella vez. Pero lo de las cigarras ya era verdaderamente terrible. Así que me vestía y salía sola, al anochecer; a ellos les decía que me faltaba el aire. Primero recorría el parque del Sur, con su lago inmóvil, de aguas pútridas, sobre el que se reflejaban las luces sucias del parque; atravesaba los caminos irregulares y después me dirigía hacia el centro por San Martín, penetrando cada vez más la zona iluminada; de allí iba a dar una vuelta por la estación de ómnibus y después recorría el parque de juegos que se extendía frente a ella antes de que construyeran el edificio del Correo; iba hasta el palomar, un cilindro de tejido de alambre, con su cúpula roja terminada en punta, y escuchaba durante un largo rato el aleteo tenso de las palomas. Nunca me atreví a caminar sola por la avenida del puerto para cortar camino y llegar a pie al puente colgante. Al puente llegaba en ómnibus o en tranvía. Me bajaba de la parada del tranvía y caminaba las dos cuadras cortas hacia el puente, percibiendo contra mi cuerpo y contra mi cara la brisa fría del río. Me gustaba mirar el agua, que a veces pasa rápida, turbulenta y oscura, pero emite un relente frío y un olor salvaje, inolvidable, y es siempre mejor que un millón de cigarras ocultas entre los árboles y - ("Ah") Volvía después de las once, con los pies deshechos; y mientras me aproximaba a mi casa, caminando lentamente, haciendo sonar mis tacos en las veredas, prestaba atención tratando de escuchar si oía algún rumor proveniente de aquellos árboles porque ("Ah si un cuerpo nos diese" "Ah si un cuerpo nos diese" "aunque no dure" "una señal" "cualquier señal" "de sentido" "oscuro" "oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "una señal" "cualquier señal oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado" "sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerilado" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "Ahora el silencio teje cantilenas" "que duran más que el cuerpo y que la sombra" "Ah si un cuerpo nos diese, aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido") Si podían oírse, entonces, me volvía y caminaba sin ninguna dirección, cuadras y cuadras, hasta la madrugada. Porque estar sentada en el patio, o echada en la cama entre los libros polvorientos, oyendo el estridor unánime de ese millón de cigarras, era algo insoportable, que me llenaba de terror.

Ahora la sombra sobre el vidrio esmerilado me dice que Leopoldo ha terminado de afeitarse, porque ya no tiene la navaja en las manos y se pasa el dorso de las manos suavemente por las mejillas ("como un olor" "salvaje" "como un olor salvaje") Había migas, restos de comida, manchas de vino tinto sobre el mantel cuadriculado rojo y blanco. Era un salón largo, y el sonido polítono de las voces se filtraba por mis tímpanos adormecidos, atentos únicamente a las fluctuaciones hondas de mí misma, parecidas a voces. Me he estado oyendo a mí misma durante años sin saber exactamente qué decía, sin saber siquiera si eso era exactamente una voz. No se ha tratado más que de un rumor constante, sordo, monótono, resonando apagadamente por debajo de las voces audibles y comprensibles que no son más que recuerdo, ("que perdure") sombras. Él me daba frecuentemente la espalda, mientras hablaba a los gritos con el resto de los invitados. Parecía reinar sobre el mundo. Yo lo hubiese llevado conmigo esa noche, me habría desvestido delante de él y agarrándolo del pelo le hubiese inclinado la cabeza y lo hubiese obligado a mirar fijamente la cicatriz, la gran cicatriz blanca y llena de ramificaciones, la marca de los viejos suplicios que fueron carcomiendo lentamente mi seno, para que él supiese. Porque así como cuando lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo convertimos en pasado cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no como recuerdo, sino más bien como signo. Y él no paraba de hablar. "¿De veras, Adelina? ¿No le parece, Adelina? ¿Qué cómo me siento? ¡Cómo quiere que me sienta! Harto de todo el mundo, lógicamente. No, por supuesto, Dios no existe. Si Dios existiera, la vida no sería más que una broma pesada, como dice siempre Horacio Barco. Somos dos generaciones diferentes, Adelina. Pero yo la respeto a usted. Me importa un rábano lo que digan los demás y sé que a la generación del cuarenta más vale perderla que encontrarla, pero hay un par de poemas suyos que funcionan a las mil maravillas. Dirán que los dioses los han escrito por usted, y todo eso, sabe, pero a mí me importa un rábano. Hágame caso, Adelina: fornique más, aunque en eso vaya contra las normas de toda una generación." Era una noche de pleno ("contra las diligencias"). Era una noche de pleno invierno. Los ventanales del restaurante estaban empañados por el vaho de la helada. Y cuando nos separamos en la calle la niebla envolvía la ciudad; parecía vapor, y a la luz de los focos de las esquinas parecía un polvo blanco y húmedo, una miríada de partículas blancas girando en lenta rotación. Apenas nos separábamos unos metros los contornos de nuestras figuras se desvanecían, carcomidos por esa niebla helada. Me acompañaron hasta la parada de taxis y Tomatis se inclinó hacia mí antes de cerrar de un golpe la portezuela: "La casualidad no existe, Adelina", me dijo. "Usted es la única artífice de sus sonetos y de sus mutilaciones." Después se perdió en la niebla, como si no hubiese existido nunca. Lo que desaparece de este mundo, ya no falta. Puede faltar dentro de él, pero no estando ya fuera. Existen los sonetos, pero no las mutilaciones: hay únicamente corredores vacíos, que no se han recorrido nunca, con una puerta de acceso que el viento sacude con lentitud y hace golpear suavemente contra la madera dura del marco; o desiertos interminables y amarillos como la superficie del sol, que los ojos no pueden tolerar; o la hojarasca del último otoño pudriéndose de un modo inaudible bajo una gruta de helechos fríos, o papeles, o el tintineo mortal del hielo golpeando contra las paredes de un vaso con un resto aguado de amargo y vermut; pero no las mutilaciones. Las cicatrices sí, pero no las mutilaciones. El taxi atravesaba la niebla, reluciente y húmedo, y en su interior cálido el chofer y yo parecíamos los únicos cuerpos vivos entre las sólidas estructuras de piedra que la niebla apenas si dejaba entrever, ("las formaciones" "contra las diligencias" "contra las formaciones") Afuera no había más que niebla; pero yo vi tantas cosas en ella, que ahora no puedo recordar más que unas pocas: unos sauces inclinados sqbre el agua, proyectando una sombra transparente; unas manos aferradas —los huesos y los cartílagos blanquísimos— a las solapas de mi traje sastre; una mosca entrando a una boca abierta y dura, como de mármol; algunas palabras leídas mil veces, sin acabar nunca de entenderlas; un millón de cigarras cantando monótonamente y al unísono ("del olvido"), en el interior de mi cráneo; una cosa horrible, llena de venas y nervios, apuntando hacia mí, balanceándose pesadamente desde un matorral de pelo oscuro; una imagen borrosa, impresa en papel de diario, hecha mil pedazos y arrojada al viento por una mano enloquecida. Todo eso era visible en las paredes mojadas por la niebla, mientras el taxi atravesaba la ciudad. Y era lo único visible.

En este momento ("Y que por ese olor") En este momento Susana debe estar bajando lentamente, con cuidado, las escaleras de mármol blanco de la casa de médico. Puedo verla en la calle ("y que por ese olor reconozcamos"), en el crepúsculo gris, parada en medio de la vereda, tratando de orientarse ("el solar en el que" "dónde debemos edificar" "el lugar donde levantemos' "cuál debe ser el sitio"). Está con su vestido azul, que tiene costuras blancas, semejantes a hilvanes, alrededor de los grandes bolsillos cuadrados y en los bordes de las solapas. Sus ojos marrones, achicados por las formaciones adiposas de la cara, como dos pasas de uvas incrustadas en una bola de masa cruda, se mueven inquietos y perplejos detrás de los anteojos. Está tratando de saber dónde queda exactamente la parada de colectivos. Leopoldo pasa ahora a la bañadera. Lo hace de un modo dificultoso, ya que advierto que su sombra se bambolea y se mueve con lentitud. Trata de no resbalar ("de la casa humana") Ahora Susana descubre por fin cuál es la dirección conveniente y comienza a caminar con dificultad, debido a sus dolores reumáticos. Aparece envuelta en la luz del atardecer: la misma luz gris que penetra ahora a través de las cortinas verdes y se condensa en mi batón gris y a mi alrededor, como una masa tenue que resplandece opaca y se adelanta y retrocede rígidamente adherida a mí mientras me hamaco en el sillón de Viena. Atraviesa las calles de la ciudad, pesada y compacta. Puedo escuchar el rumor inaudible de su desplazamiento. Las calles están llenas de gente, de coches y de colectivos. El rumor de la ciudad se mezcla, se unifica y después se eleva hacia el cielo gris, disipándose, ("el lugar de la casa humana" "cuál es el lugar de la casa humana" "cuál es el sitio de la casa humana") Ahora la escalera en la casa del médico está vacía. La vereda delante de la casa del médico está vacía. Susana extiende el brazo delante del colectivo número dieciséis, que se detiene con el motor en marcha. Susana sube dificultosamente. Alguien la ayuda. Susana siente ("como reconocemos por los") en la cara el calor que asciende desde el motor del colectivo. Se tambalea cuando el colectivo arranca. Le ceden el asiento y ella se sienta con dificultad, agarrándose del pasamanos, sacudiéndose a cada sacudida del colectivo, tambaleándose, resoplando, murmurando distraídamente "Gracias", sin saber exactamente a quien ("por los ramos") Estaba verdaderamente ("por los ramos" "de luz solar") hermosa esa tarde, alrededor de las cinco, cuando Leopoldo se levantó de un salto, volviéndose hacia mí con el traje de baño a la altura de las rodillas —la cosa, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí—, dejando ver al saltar las partes de Susana que no se habían tostado al sol. No era la blancura lisa y morbosa de Leopoldo, sino una blancura que deslumbraba. Pero no piensa en eso. No piensa en eso. No piensa en nada. Mira la ciudad gris —un gris ceniciento, pútrido— que se desplaza hacia atrás mientras el colectivo avanza hacia aquí. Leopoldo abre la ducha y comienza a enjabonarse. Todos sus movimientos son lentos, como si estuviera tratando de aprenderlos ("de luz solar la piel de la mañana") Como si estuviera tratando de aprenderlos y grabárselos. Se refriega con duros movimientos el pecho, los brazos, el vientre, y ahora sus dos manos se encuentran debajo del vientre y comienzan a refregar con minucia; eso es lo que me dice su sombra reflejándose sobre los vidrios esmerilados de la puerta del cuarto de baño. Mis huesos crujen como la madera del sillón, pulida y gastada por el tiempo, mientras me inclino hacia adelante y vuelvo hacia atrás, hamacándome lentamente, rodeada por la luz gris del atardecer que se condensa alrededor de mi cabeza como el resplandor de una llama ya muerta. ("Y que por ese olor reconozcamos" "cuál es el sitio de la casa humana" "como reconocemos por los ramos" "de luz solar la piel de la mañana").



Envío

Sé que lo que mamá quiso decirme antes de morir era que odiaba la vida. Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que vamos a morir. Pero lo que tiene un núcleo sólido —piedra, o hueso, algo compacto y tejido apretadamente, que pueda pulirse y modificarse con un ritmo diferente al ritmo de lo que pertenece a la muerte— no puede morir. La voz que escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación.



Imagen: © Princeton University Library






27 ago. 2014

Juan José Saer: Nieve de Primavera

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No hace mucho, en Viena, estábamos paseando por la Kettenbrücken-gasse, una avenida muy larga llena de pequeños y grandes atractivos, como la fachada florida de la Majolika Haus o, a unos pasos más allá, el cuartito en el que murió Franz Schubert (que cada uno decida cuál de esas dos atracciones turísticas es la grande y cuál la pequeña). En el paseo central de la avenida se despliega el Naschmark, que las guías señalan como "el mercado más animado de Viena", y que consiste en una doble hilera de puestos estables o ambulantes, abarrotados de mercadería, extendiéndose a lo largo de muchas cuadras.
Era un sábado a la mañana, un sábado de finales de marzo, el primer sábado de primavera para ser más exactos. Desde hacía dos o tres días habíamos andado, mi marido y yo, caminando por la ciudad, visitando parques y museos, y ese paseo por el mercado era uno de los más agradables de nuestra excursión. En todo el occidente cristiano, el sábado a la mañana es un momento exaltante, cuando el comercio exhibe su diversidad colorida, para volver más ilusoriamente festivo el descanso semanal de un día y medio que empezará alrededor de la una de la tarde, y si es cierto que el atardecer del sábado, cuando las ciudades se repliegan y se calman, preparándose para las fiestas nocturnas, es la hora más apacible y benévola, la agitación del sábado a la mañana despierta los deseos adormilados por una semana de trabajo, y pone otra vez en alerta máxima a los sentidos.
Somos italianos, no de alguna de esas ciudades que gozan de un prestigio universal y presentan un aspecto demasiado solemne y exuberante de significaciones a sus visitantes, sino de una ciudad exigua de clase media, desconocida para el mundo entero, y ubicada al norte de Verona, en el camino a Trento, a Bolzano, a Munich y a Salzburgo. Mi marido es arquitecto; yo, profesora de alemán. Ahora que los chicos son grandes, podemos escaparnos durante tres o cuatro días adonde se nos antoje. Lo pasamos bien cuando estamos de viaje: sin apuro y sin pretensiones, más afectos al vagabundeo que a la dictadura de las guías turísticas, nos gusta abandonarnos, al azar, a los placeres de nuestra edad, una sorpresa arquitectónica, un jardín florecido, un paseo en tranvía, un museo confidencial, una buena cena.
En la primavera naciente, el clima nos deparó también sorpresas y trastornos, pero al mismo tiempo, gracias a eso, placer y novedad. Lo que en otras partes del mundo son chubascos primaverales, allá eran verdaderas tormentas de nieve, cortas y repentinas, pero tan fuertes que en pocos minutos el cielo, hasta ese momento de un azul intenso y brillante, se ponía negro, y la nevisca brumosa empezaba a caer, remolineando con violencia por espacio de quince o veinte minutos. Los colores animados de Viena se borroneaban en la nevada, la bruma, el cielo oscuro, el agua helada, y el pequeño mundo que había sido hasta ese momento reluciente, íntimo y acogedor, un poco cursi también a causa de su predilección por el mármol y los oros atormentados, se volvía lejano, extraño y fantasmal. En el reverso del despliegue verde, rosa y dorado, parecía flotar un país desconocido, sin lugar propio ni en el espacio, ni en el tiempo, ni en la experiencia. Un mediodía, esa penumbra incolora, que escamoteó en unos pocos minutos la transparencia soleada del aire, trajo a la rastra truenos y relámpagos que hacían vibrar las cosas con un estruendo amenazador, después de haberles otorgado durante unos segundos una palidez verdosa que las volvía todavía más espectrales. Y detrás de ese aluvión precipitado de nieve el sol brillante reaparecía con la misma labilidad repentina con que, unos momentos antes, se había volatilizado detrás de las capas espesas de nubes negras, haciendo destellar el follaje, las estatuas y las extensiones inmaculadas de nieve que cubrían el césped de los parques y de los jardines.
Lo que fue transtorno y sorpresa el primer día, al rato la costumbre lo transformó en broma, en estrategia, en delicia. Al azar de nuestros paseos íbamos alertas, tratando siempre de prever la nevisca y tener a mano el portal, la arcada, el museo o el café al que iríamos a refugiarnos cuando la tormenta se desencadenara. Pero el sábado a la mañana, mientras paseábamos por el Naschmark, entre la doble hilera de mariscos y de pescados del Danubio, de naranjas y de frutas exóticas, llegadas el día anterior del Brasil o de Madagascar, de bacalao en salmuera y de pepinos en vinagre envasados en Polonia, de extracto de tomate siciliano y de arenques del Báltico, dejándonos arrastrar por la muchedumbre y atascándonos a veces en los remolinos de gente, la tormenta de nieve fue tan densa, violenta y repentina que, por no tener a mano uno de esos pequeños restaurantes húngaros donde sirven un goulash humeante y una buena jarra de cerveza por unas pocas monedas, nos metimos en el primer lugar que por decir así se nos presentó y que, como lo ostentaba sin inhibiciones la fachada azul y blanca, resultó ser una taberna griega.
Una música de la misma nacionalidad sonaba discreta, casi inaudible a decir verdad, sepultada bajo el murmullo de las conversaciones que se elevaba de las mesas ocupadas, que eran casi todas las que contenía el local. Divisamos una de las pocas que estaban libres y, después de desembarazarnos de nuestros abrigos salpicados de nieve, nos sentamos a tomar una copa de vino blanco para empujar el yogur con ajo, menta y pepino y el caviar de berenjenas que nos ayudaban a armarnos de paciencia para esperar algún plato caliente. Como habíamos estado caminando toda la mañana, descansábamos olvidados uno del otro, retraídos y silenciosos, observando las mesas vecinas y el ambiente animado que reinaba en el local. No sé en qué estaría pensando mi marido, pero en lo que a mí respecta, dos escenas singulares absorbieron mi atención.
En una mesa que se encontraba a varios metros de la nuestra, de modo que no podíamos oír la conversación, había una joven familia, el padre, la madre, un chico de unos tres o cuatro años y el hermanito menor, que no debía tener más de ocho o nueve meses. Lo primero que me llamó la atención fue la fealdad de la mujer: una serie de azares crueles había acumulado en su cara y en su cuerpo toda clase de desarmonías, de tal manera que el ojo, aunque habituado a la mediocridad sin redención posible del envoltorio humano, registraba de inmediato la evidente exageración de la mujer en un sentido estético negativo. Y, sin embargo, un manejo curioso tenía lugar en ese momento: su hijo mayor, parado sobre la silla, le hacía continuas y desproporcionadas demostraciones de amor que, de tan intensas y absorbentes, le impedían a la madre mantener una conversación normal con su marido u ocuparse del nene que la reclamaba desde su cochecito. El mayor, en puntas de pie sobre el asiento, abrazaba a su madre acariciándola todo el tiempo, apretándose contra ella, besándola en el cuello y en las mejillas, enredando los deditos en sus cabellos, como si la peinara, o cubriéndole los labios con la mano e incluso metiéndole los dedos en la boca para impedirle hablar. Era evidente que quería distraer la atención y acaparar el ser entero de su madre para su consumo personal, y si bien la madre no se abandonaba por completo, al mismo tiempo que trataba de comer y de hablar con su marido, se dejaba acariciar y devolvía de tanto en tanto las caricias al chico que, al recibirlas, se mostraba exageradamente satisfecho, y hacía gestos demasiado ostentosos de arrobo y reconocimiento. Observándolos no pude dejar de pensar lo siguiente: para el niño, la mujer fea era la más hermosa del mundo y, cualesquiera hayan sido sus motivos, egoísmo, sentido histriónico, capricho, odio disfrazado de pasión, por más vueltas que se dieran para examinar la cuestión, la respuesta era siempre idéntica, a saber, que la mujer más fea del mundo era la más hermosa para su hijo, y que la rapsodia infinita de objetos diferentes que constituyen la música del universo, se resumía para la criatura en uno solo.
En una mesa más cercana, lo que me permitía escuchar la conversación, había un viejo que hablaba en voz demasiado alta con un señor maduro que parecía escucharlo con resignación. Era uno de esos viejos locuaces, antipáticos, y orgullosos del buen estado de salud en el que llegan a la vejez, como si fuese un mérito personal y no una mera consecuencia de la casualidad. Tomando largos tragos de vino blanco y engullendo sin parar enormes bocados de musaka, el viejo se burlaba de las celebridades que constituyen la gloria de Viena y atraen a tantos turistas. (De vez en cuando miraba de reojo hacia nuestra mesa, sin darse cuenta de que yo entendía sus palabras, lo cual tal vez le hubiese causado un regocijo suplementario.) Se refería con sarcasmo a Franz Schubert, que había muerto a los treinta y un años, y al hacerlo sacudía vagamente la cabeza en dirección al pequeño museo —el lugar de su agonía— que se encontraba en la misma calle; las treinta y tres operaciones a la mandíbula de Sigmund Freud le inspiraban un desprecio evidente y el destino de Webern, que se había hecho matar de un tiro por un soldado americano un anochecer en que había salido a la puerta de su casa a fumar un cigarrillo, le daba ataques de hilaridad desdeñosa. El viejo afirmaba que tenía ochenta y tres años y que hacía el amor dos veces por semana. Nunca había tenido que operarse; hacía cuarenta y ocho años que no había estado obligado a guardar cama y treinta y cinco que no consultaba a un médico. Su interlocutor parecía ponerse cada vez más deprimido y melancólico, convencido de que ese ser egoísta y desconsiderado, maníaco y locuaz que se pavoneaba en su mesa, lo enterraría. Todo tenía el aire de ser mera jactancia de borrachín, pero en un determinado momento el viejo formuló una norma, un concepto, una convicción sobre el tema que desarrollaba y que podría resumirse de la siguiente manera: Un minuto de vida en buena salud, vale más que todos los inventos, todas las teorías y todas las reputaciones. Las pretendidas obras maestras de Brueghel el Viejo que conservan los museos de la ciudad y los imponentes monumentos arquitectónicos, no pesan nada en comparación con el sabor de este vino que, en este mismísimo momento, pasa a través de mis labios y se despliega, durante unos segundos, con sensaciones intransferibles y con imágenes fugaces, en la zona clara de mi mente. Había insolencia, vulgaridad real y simulada, mal gusto y un poco de humor negro, mezclado a una pizca de furor, en esas insistentes declaraciones.
Yo simulaba no escuchar y al rato nomás paró la nieve y mi marido y yo salimos al sol de la Kettenbrückengasse. Me abstuve de comentar lo que había visto y oído, pero ese almuerzo inesperado que nos deparó la nieve de primavera, hizo nacer en mí una convicción profunda: digan lo que digan las guías turísticas, en los cafés de Viena las conversaciones tratarán de empirismo, de positivismo lógico y de muchas cosas más, pero habrá sido, es y será siempre en las tabernas griegas donde se discuta en serio de filosofía.



En Cuentos completos (1957-2000)
© 2001, Juan José Saer
Buenos Aires, 2004
Foto: Juan José Saer por Pucho Courtalón

11 may. 2014

Juan José Saer: El hombre "no cultural"

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Si pude dejar el diario y vivir sin trabajar, le escribe Tomatis al Matemático que vive en Estocolmo desde hace varios años, ha sido gracias a la herencia de un tío mío, el único hermano de mi madre, que era viudo y sin hijos cuando murió, de modo que no tuvo más remedio que dejarnos su pequeña fortuna, tres o cuatro casas bien ubicadas aquí en la ciudad y una cuenta en dólares en la Banca Nazionale del Lavoro, le escribe Tomatis. Había sido farmacéutico y un poco excéntrico, le escribe. Antes de jubilarse ya hacía años que no se ocupaba de la farmacia: el idóneo y un par de empleadas despachaban y mi tía Amalia, su mujer, que había hecho los estudios secundarios en la Escuela Comercial, atendía la caja. El, mi tío Carlos, del que heredé también el nombre, se quedaba en su casa a leer en el fondo del patio, bajo los árboles si hacía buen tiempo, o en su estudio bien caldeado por una chimenea en las tardes de invierno. Sé lo que estarás pensando después de leer la frase que precede: que me dejó no únicamente su nombre y su fortuna, sino también ciertas rarezas de comportamiento. ¿Por qué no? Por algunas casas en perfecto estado y bien ubicadas en el centro de la ciudad y una cuenta en dólares, acepto los dos o tres inconvenientes que puedan venir en el paquete. Y Tomatis le escribe al Matemático: desde luego que estoy bromeando, porque se querían mucho con mi madre, a la que le llevaba varios años y, de toda la familia, yo era el único con el que se atrevía a hablar de lo que le interesaba en serio, sin temor de ser considerado un poco chiflado, le escribe.

Si bien sus intereses filosóficos fueron de lo más variados a lo largo de su vida, en los últimos tiempos parecieron concentrarse en un solo objeto o tema, que él llamaba, con un poco de ironía por cierto, le escribe Tomatis al Matemático que vive en Suecia desde hace varios años "la exploración interna en busca del hombre no cultural". A veces comparaba su actividad a la del arqueólogo o a la del geólogo, y en más de una ocasión le oí decir, acompañando su afirmación con una risita satisfecha, que pensaba publicar un opúsculo cuyo título sería: Manual de espeleología interna. Decía que los niveles inferiores eran difíciles de explorar, y que los hombres podían ser comparados al planeta en el que vivían, y que en tanto que individuos estaban constituidos, como la tierra, de cuatro niveles diferentes —corteza, manto, núcleo y semilla— y que de los dos últimos, igual que como ocurre con el cascote que nos aloja (la expresión es de mi tío Carlos), sólo conocemos la existencia por algunos efectos indirectos, gracias a alguna ciencia auxiliar como la sismología por ejemplo. Y agregaba que se trataba únicamente de una metáfora, aunque también según mi tío aplicado al globo terrestre ese vocabulario era puramente metafórico, le escribe Tomatis al Matemático.

Su tratado de espeleología interna nunca lo redactó, le escribe Tomatis, pero ponía en práctica con frecuencia sus principios. Era un hombre jovial, le escribe. Caminaba bamboleándose un poco, como si se desplazara siempre en puntas de pie, lo que le daba el aire de estar disponiéndose a sorprender a alguien con una aparición inesperada o con alguna broma inocente. Pero era una forma de caminar que, vista desde el exterior, le daba al que lo observaba una impresión de bienestar contagioso, aunque tía Amalia sugería a veces que esa euforia tenue y constante tal vez hubiese podido ser atribuida a la irresponsabilidad. Como al Gato, le gustaba el vino blanco, y hasta en pleno invierno lo tomaba bien helado. Su defecto más notorio —aparte del de importarle lo que se dice un bledo los negocios del mundo— era que tenía teorías para todo, lo cual es bastante frecuente en los que sienten inclinación por la filosofía, pero que en él se agravaba a causa de los estudios más o menos científicos que había hecho para recibirse de farmacéutico. Pero ni opinaba ni aconsejaba, lo cual atenuaba su defecto y lo hacía menos irritante: se limitaba a proferir, como para sí mismo, la explicación de cada hecho y la solución de cada problema y, desinteresándose por completo de lo que podía pensar su interlocutor, pasaba en el acto y con versatilidad a otra cosa. Pero, si por casualidad percibía alguna preocupación en las personas que lo rodeaban, era solícito y generoso con ellas.

De su dichoso "hombre no cultural" puedo afirmar sin demasiada exageración que, por ser el oyente que tenía más a mano, me tocó beber, como se dice, el cáliz hasta las heces: en los últimos años era casi su único tema de conversación. A veces me explicaba que lo que buscaba cuando descendía hacia el fondo de sí mismo, no era un supuesto hombre de Cromagnon ni algún homínido anterior, africano o javanés, sino algo más arcaico todavía, demorado en los límites entre vida y materia que debían subsistir en alguna parte, en el fondo de cada uno de nosotros, el chorro de substancia anterior a la forma en el que las meras reacciones químicas de los elementos combinados de manera aleatoria unos con otros, se encaminaban hacia la opción "vida", "animal", "hombre", "yo", etcétera, la franja incierta en la que, durante un lapso incalculable, la repetición del modelo todavía no había comenzado, y de la que debían sin duda quedar rastros en cada uno de nosotros. Había que pasar, según él, por peligrosas grutas interiores, de la conciencia a la vida y de la vida a la materia, en un descenso interminable y trabajoso, durante el cual un simple resbalón podía mandarnos al más negro y hondo de los abismos.

Cuando hacía buen tiempo, le escribe Tomatis al Matemático, se sentaba en el fondo del patio, a la sombra, en una perezosa de madera blanca, con el respaldo no demasiado inclinado, de modo que el torso y la cabeza formaban con las piernas estiradas horizontalmente un ángulo obtuso y, apoyando la cabeza en el respaldar de lona a rayas verticales rojas y blancas, cubría con la palma de la mano el dorso de la otra, a la altura del bajo vientre, y después de unos segundos de removerse con suavidad para encontrar la posición definitiva, se quedaba completamente inmóvil. No parecía ni respirar. La inmovilidad total podía durar diez o quince minutos, y los que no lo conocían solían pensar que estaba dormido o que todas sus funciones biológicas estaban interrumpidas, pero de pronto abría los ojos, pestañeando un poco y paseando la mirada vaga y remota por lo que lo rodeaba, como sin verlo, durante unos segundos, y después, volviéndolos a cerrar, corregía su posición en el asiento y se quedaba de nuevo inmóvil, le escribe Tomatis al Matemático que tuvo que irse a vivir a Estocolmo hace unos años, cuando los militares mataron a su mujer, y anduvieron buscándolo a él con el mismo fin en la época de la dictadura, aunque él no compartía las ideas políticas de su mujer, pero por lealtad había decidido discutirlas solamente en privado con ella. Era el propio Tomatis el que, un poco menos de treinta años antes, le había puesto el sobrenombre de Matemático, por el que casi todo el mundo lo conocía, cuando se enteró de que, aunque la metafísica y la lógica no le eran indiferentes, estudiaba en realidad ingeniería química. Se quedaba sentado horas en esa actitud, le escribe Tomatis. Las veces que pude observarlo me imaginaba que, olvidado de su envoltura mortal, estaría paseando un doble infinitamente pequeño de sí mismo por las cavernas interiores, en busca de su propio eslabón perdido, el dichoso "hombre no cultural". Me parecía verlo atravesar corredores oscuros, desfiladeros húmedos y rocosos, siempre en declive hacia un fondo inaccesible del que, por mucho que bajara hacia él, durante horas enteras de exploración, no lograba nunca reducir la distancia, le escribe. El mundo exterior ya habría dejado de existir cuando hubiese alcanzado cierta profundidad, desde la que también el "yo" debía darle la impresión de ser un espejismo olvidado, y la conciencia un sueño incoherente y vago, los sentimientos, las emociones y las pulsiones, unas convulsiones imperceptibles y sin motivo, para no hablar de los instintos, semejantes a los deslizamientos de terreno provocados siempre por las mismas causas, allá en la altura remota, cerca de la superficie, le escribe Tomatis. Y realizaba ese descenso peligroso con el único objeto de alcanzar por fin la zona informulada, virgen de todo contacto humano y que sin embargo según mi tío no únicamente subsiste en el hombre y subsistirá mientras el hombre dure, sino que es su fundamento, el flujo prehumano que lo empuja hacia la luz, lo expone un momento en ella y por fin, con la misma energía caprichosa y neutra, lo arroja al centro mismo de las tinieblas.

Y Tomatis le escribe al Matemático: en las tardes de otoño y de primavera, y en las de verano si no hacía demasiado calor, se quedaba sentado en el fondo del patio hasta que anochecía. Algunos parientes afirmaban que estaba loco, pero los que lo conocían mejor y lo apreciaban se encogían de hombros y decían que en boca de mi tío Carlos la expresión "búsqueda del hombre no cultural" era un eufemismo por: "dormir la siesta". Con un aficionado a los enigmas, a los problemas y a las charadas como él es difícil expedirse, le escribe Tomatis. Pero las veces que pude observarlo, su total inmovilidad y la vaguedad de su mirada cuando abría los ojos me aterraban un poco, le escribe. Y cuando en el primer vientito del anochecer se levantaba con expresión satisfecha y se iba a la cocina a ver si la botella de vino blanco que había puesto en la heladera antes de instalarse en la perezosa ya estaba suficientemente fresca, parecía venir de más lejos que del fondo del patio, le escribe Tomatis al Matemático. De muchísimo más lejos, le escribe.



Cuentos completos (1957-2000)
Buenos Aires, 2002
Foto: Captura videoentrevista Saer/Roa Bastos/Cortázar/Sarquís

6 mar. 2014

Juan José Saer - Apuesta

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Ya no sabiendo más que inventar para seguir emborrachándose de sangre humana hete aquí como dicen que se les ocurre la apuesta de Pascal que traducida en términos corrientes vendría a significar más o menos lo siguiente:

Mire Tomatis le damos a elegir a ver qué le parece, por un lado le proponemos una estadía por tiempo indeterminado en un hotel de lujo, con pileta de natación de agua de mar en una estación balnearia de moda y al mismo tiempo le mandamos dos lindas tetonas de veinte años, una negra y otra blanca para que le hagan lo que usted quiera y las puede cambiar por otras cuando lo desee, el bar y todos los restaurantes están también a su disposición, y todo esto por supuesto a usted no le cuesta un centavo, corre por cuenta la producción; por el otro lado lo dejamos chapaleando con la mierda hasta el cuello lo cual no cambia nada de su situación actual y al primer gesto suyo que no nos guste lo agarramos a sopapos y en una de ésas se la cortamos en rebanadas; nos damos cuenta de que la decisión no es nada fácil pero francamente con la mano en el corazón usted qué elegiría.

En Lo imborrable
Imagen: Saer en Fotogramas Santafesinos. Instituto de Cinematografía de la UNL 1956-1976

23 feb. 2014

Juan José Saer - El cordero

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Después la mirada baja, todavía más, y encuentra la de Rogelio, parado al lado del cordero que está echado en el suelo, el hocico apoyado delicadamente sobre las patas delanteras. Le parece percibir fatiga en la expresión de Rogelio.

  —Y hemos pasado nomás otro año, gracias a Dios —dice Rogelio.

  —Todavía no —dice Wenceslao, sonriendo.

  —No seas lechuza —dice Rogelio.

  —A mí se me hace que el cordero no ve otro año —dice Wenceslao.

  —A mí se me hace algo parecido —dice Rogelio—. ¿Vos qué pensás, Layo, la traerán?

  Wenceslao sacude la cabeza. Rogelio sacude también su cabeza, siguiendo el movimiento de la cabeza de Wenceslao y convenciéndose de lo que el movimiento quiere significar a medida que la ve moverse. Se quedan un momento inmóviles y en silencio, mirándose, hasta que Wenceslao sacude la cabeza en dirección al cordero y dice:

  —Lo despenamos y en paz.

  Más adelante será una res roja, vacía, colgando de un gancho, después se dorará despacio al fuego de las brasas, sobre la parrilla, al lado del horno, después será servido en pedazos sobre las fuentes de loza cachada, repartido, devorado, hasta que queden los huesos todavía jugosos, llenos de filamentos a medio masticar que los perros recogerán al vuelo con un tarascón rápido y seguro y enterrarán en algún lugar del campo al que regresarán en los momentos de hambruna y comenzarán a roer tranquilos y empecinados sosteniéndolos con las patas delanteras e inclinando de costado la cabeza para morder mejor, dando tirones cortos y enérgicos, hasta dejarlos hechos unas láminas o unos cilindros duros y resecos que los niños dispersarán, pateándolos o recogiéndolos para tirárselos entre ellos en los mediodías calcinados en que atravesarán el campo para comprar soda y vino en el almacén de Berini, objetos ya irreconocibles que quedarán semienterrados y ocultos por los yuyos en diferentes puntos del campo durante un tiempo incalculable, indefinido, en el que arados, lluvias, excavaciones, cataclismos, la palpitación de la tierra que se mueve continua bajo la apariencia del reposo, los pasearán del interior a la superficie, de la superficie al interior, cada vez más despedazados, más irreconocibles, hechos fragmentos, pulverizados, flotando impalpables en el aire o petrificados en la tierra, sustancia de todos los reinos tragada incesantemente por la tierra o incesantemente vuelta a vomitar, viajando por todos los reinos —vegetal, animal, mineral— y cristalizando en muchas formas diferentes y posibles, incluso en la de otros corderos, incluso en la de infinitos corderos, menos en la de ese cordero hacia el que ahora se dirige Wenceslao llevando el cuchillo y la palangana.


En El limonero real
Imagen s/d

22 ene. 2014

Juan José Saer - Edipo rey

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A la luz de la lámpara, Tomatis sacó unas hojas blancas del cajón del escritorio, retiró el capuchón de una birome negra, y en la primera hoja, en el lugar en el que habitualmente se inscriben las precisiones de fecha y lugar, anotó: Miércoles a la noche. Y después de reflexionar un momento, empezó a escribir su carta. Querido Pichón: La culpa es siempre anterior al crimen, e incluso independiente de él. El mito no acepta refutación, es como es: en el mito, por lo tanto, Edipo, aunque ignorándolo, es culpable. La tragedia, en cambio, traslada el mito al plano del acaecer. En esta tragedia en particular, como decíamos el domingo por teléfono, el desarrollo de los hechos es más ambiguo, y los testimonios que desencadenan la catástrofe son puras afirmaciones verbales que no presentan el más ligero atisbo de prueba. Todo el mundo dice que Edipo Rey es un relato policial, de modo que las leyes del género nos obligan a preguntarnos a quién beneficia el crimen, quién tuvo la ocasión, la posibilidad y los móviles para urdirlo y darle la apariencia de un desastre inevitable del destino. Mi manera de interpretar los hechos es la siguiente. 1.°) Edipo llega a Tebas, resuelve el enigma de la Esfinge y se casa con Yocasta. 2.°) La clarividencia de Edipo contraría a Tiresias, que había sido incapaz de resolver la adivinanza y que ve en Edipo un competidor serio, y también desbarata los planes de Creón, que después de la muerte de Layo complotaba para deponer o asesinar a Yocasta y apoderarse del trono de Tebas. 3.°) El pastor, que expuso realmente en el monte Citerio al verdadero vástago de Yocasta y de Layo (el cual no sobrevivió), y que presenció la muerte en el Cruce, de Layo y de su comitiva a manos de Edipo, huyó no porque haya reconocido a Edipo, después de tantos años, sino para salvar su vida porque, por tratarse del único sobreviviente, testigo del crimen, pensó con razón que Edipo también lo mataría. 4.°) Creón lo manda a Corinto a averiguar las razones que incitaron a Edipo a exiliarse, y se entera de que ha sido porque el Oráculo de Delfos le predijo que mataría a su padre y se acostaría con su madre, de modo que tuvo que alejarse de su familia para evitar el incesto y el parricidio. Dicho sea de paso, como lo refieren varias tradiciones, el Oráculo no era infalible ni mucho menos, y no sólo se equivocaba a menudo y había que volver a consultarlo, sino que en general sus predicciones eran formuladas en términos tan oscuros que resultaba frecuente que los destinatarios se equivocaran en la interpretación. En esta historia de Edipo, es posible aplicarle a los sucesivos oráculos la teoría de los dominós, porque si uno solo se verifica como falso, todos los otros también lo son; y si nada prueba en la tragedia, aparte del testimonio del Pastor y del Mensajero, que Edipo efectivamente es hijo de Layo, obtenemos la prueba de que la superstición hace más víctimas inocentes entre los hijos que entre los padres. Edipo fue a consultar al oráculo porque en una taberna de Corinto un borracho lo trató de bastardo, lo cual empieza a hacerlo dudar de su propia identidad. 5.°) Con astucia maquiavélica (avant la lettre) Creón concibe el plan de eliminar a Edipo y Yocasta haciéndoles creer que Edipo es el niño que Layo mandó a exponer en el monte Citerio porque un oráculo afirmó que ese niño lo mataría. 6.°) Creón cuenta con la complicidad del Pastor y del Mensajero de Corinto, que no tienen otra alternativa que secundar sus planes. Insidiosamente, Creón inculca en Tiresias, que está viejo y un poco chocho y detesta a Edipo por haberlo ridiculizado resolviendo rápidamente la adivinanza de la Esfinge que él no había sido capaz de resolver, que Edipo es el hijo de Layo y de Yocasta y el verdadero culpable de los males que se abaten sobre la ciudad. 7.°) Las versiones falsas del Pastor y del Mensajero persuaden a Edipo de que ha cometido dos horrendos crímenes: el parricidio y el incesto: el hombre que lo había llamado bastardo en Corinto decía por lo tanto la verdad; Edipo ignoraba que, aunque por cierto era bastardo, no era la misma criatura que el Pastor había expuesto en el monte Citerio, sino otra. Creón había explotado el rumor, el oráculo erróneo, el asesinato de Layo y el casamiento con Yocasta, tramando la historia a su manera para lograr sus objetivos. 8.°) Yocasta se ahorca, Edipo se arranca los ojos y se destierra voluntariamente al monte Citerio, Creón se apodera del trono de Tebas; y en cuanto al Pastor y al Mensajero, nunca más se oyó hablar de ellos.

En la tragedia está escrito que Layo podría no ser el padre de Edipo, que alguna ninfa del monte Citerión, etcétera, etcétera. En realidad, el mito sugiere todo el tiempo que los regresos, por no decir las «regresiones», suelen ser catastróficos. Todo regreso va contra las leyes físicas del universo, que está eternamente, o casi, en expansión. Nadar contra la corriente, etcétera, etcétera. Llamame cuando recibas estas líneas para darme tu opinión. Carlitos PD. El domingo hay un asado monstruo en lo Gutiérrez. Habrá muchos espectros del pasado y algunas tenues siluetas del presente, yo soy un híbrido de los dos. Besos a Babette y los chicos.


En La grande
Imagen: Sandra Cartasso