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24 oct. 2013

Thomas Bernhard: En Roma (Ingeborg Bachman)

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En un hospital romano ha muerto la poeta más inteligente e importante que nuestro país ha producido en este siglo, de resultas de las escaldaduras y quemaduras que, al parecer, se causó en la bañera, según comprobaron las autoridades.Yo hice viajes con ella y, en esos viajes, compartí muchas de sus opiniones filosóficas, y también sus opiniones sobre la marcha del mundo y el curso de la Historia, que la espantaron durante toda su vida. Muchos intentos por su parte para volver a su patria austriaca fracasaron una y otra vez, por la desvergüenza de sus rivales femeninas y la vulgaridad de las autoridades vienesas.La noticia de su muerte me recordó que fue mi primer huésped en mi casa, todavía totalmente vacía. Estuvo siempre huyendo y vio siempre en los hombres lo que realmente son, una masa obtusa, vulgar y despiadada, con la que realmente, sólo es posible romper. Como yo, descubrió ya muy pronto la entrada del infierno, y penetró en ese infierno, aun a riesgo de perecer muy pronto en ese infierno. Las gentes especulan sobre si su muerte fue sólo un accidente o realmente un suicidio.Quienes creen en el suicidio de la poeta dicen una y otra vez que se quebró por sí misma, cuando en verdad, como es natural, se quebró sólo por su entorno y, en el fondo, por la vileza de su patria, que la persiguió de cerca en el extranjero, como a tantos otros.



IB: Klagenfurt (Austria), 25 de junio de 1926 - Roma (Italia), 17 de octubre de 1973
En El imitador de voces (1978)
Traducción Miguel Sáenz
Madrid, 2010
Ver tambiénThomas Bernhard, una biografía de Miguel Sáenz (Madrid, 1996)
Foto: Ingeborg Bachman en Roma 1973 © Piper Verlag

27 jun. 2013

Günther Grass: La ratesa (comienzo)

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En el que se cumple un deseo, no hay sitio para las ratas en el Arca de Noé, de los hombres no queda más que basura, un barco cambia de nombre varias veces, se extinguen los saurios, un viejo conocido entra en escena, llega una postal con una invitación para Polonia, se ensaya la posición erguida y unas enormes agujas de hacer punto castañetean.
Por Navidades me pedí una rata, confiando en encontrar rimas logradas para una poesía que tratase de la educación del género humano.
En realidad hubiera querido escribir sobre el mar, mi charco báltico; pero ganó la rata.
Mi deseo se vio satisfecho.
Bajo el árbol de Navidad me encontré con la sorpresa de la rata.
No apartada a un lado, no; cubierta por las ramas del abeto, armonizando con los colgantes adornos del árbol, en lugar del Nacimiento con su personal de costumbre, había encontrado acomodo, más larga que ancha, una jaula de alambre, de barrotes pintados de blanco e interior amueblado con una casita de madera, su biberón y su cacharrito de la comida.
El regalo ocupaba su puesto con desenvoltura, como si no hubiera objeción que hacer, como si aquella sorpresa fuera algo natural: una rata bajo el árbol de Navidad.
Sólo una curiosidad moderada en cuanto al papel crujía.
Cuando, tras un corto salto, se ovilló sobre su casita, una bola áurea y brillante reflejó el juego de sus bigotes.
Desde el principio resultó sorprendente lo pelada que era su larga cola y que tuviera cinco dedos, como las personas.
Un animal limpio.
Aquí y allá: sólo alguna caquita como la uña del meñique.
Ese olor de Nochebuena elaborado según viejas recetas, al que contribuían la cera de las velas, el aroma del abeto, un poco de desconcierto y las pastas de miel, dominaba las emanaciones del animalillo regalado, comprado a un vendedor de reptiles que, establecido en Giessen, criaba ratas para alimento de serpientes.
Por supuesto, me encontré también con otros obsequios: cosas útiles o superfluas, alineadas a izquierda y derecha.
La verdad es que cada vez resulta más difícil hacer regalos.
Y además, ¿dónde meterlos? Qué desgracia, no saber ya qué pedir.
Todos los deseos se han cumplido.
Lo que nos falta, decimos, es la escasez, como si quisiéramos pedírnosla.
Y seguimos regalando sin compasión.
Nadie sabe ya qué cuándo de quién con todo cariño recibió.
Harto e insatisfecho era mi estado cuando, preguntado qué quería, me pedí una rata por Navidad.
Naturalmente, me tomaron el pelo.
No faltaron las preguntas: ¿A tus años? ¿No hay más remedio? ¿Sólo porque están de moda? ¿Y por qué no una corneja? ¿O, como el año pasado: vasos de vidrio soplado?...
Está bien, lo pedido, pedido está.
Tenía que ser hembra.
Pero, por favor, nada de ratas blancas de ojos colorados, nada de ratas de laboratorio, por favor, como esas que utilizan en la Schering o la Bayer— Leverkusen.
Sin embargo, ¿habrá en algún sitio y a la venta esas ratas migratorias de color pardo oscuro, vulgarmente llamadas ratas de alcantarilla? En las tiendas de animales sólo tienen normalmente roedores que no gocen de mala reputación, que no sean proverbiales, sobre los que no se haya escrito nada malo.
Al parecer, hasta el cuarto domingo de Adviento no llegaron noticias de Giessen.
El hijo de una vendedora de animales dedicada al género habitual, que de todas formas tenía que ir al norte a visitar a su novia, pasando por Itzehoe, tuvo la amabilidad de traer el ejemplar requerido; la jaula podía ser muy bien la de cualquier hámster dorado.
Con todo, yo había olvidado casi mi deseo cuando, en Nochebuena, me encontré con la rata hembra en su jaula.
Le dirigí la palabra, insensatamente.
Más tarde se pusieron los discos regalados.
Todos se rieron de una brocha de afeitar.
Profusión de libros, entre ellos uno sobre la isla de Usedom.
Los niños, felices.
Partir nueces, plegar papel de regalos.
Las cintas rojo escarlata y verde cinc, de puntas debidamente rizadas, debían ser enrolladas y guardadas —¡No hay que desperdiciar nada!— para su utilización futura.
Zapatillas acolchadas.
Y esto y aquello además.
Y un regalo que yo había envuelto en papel de seda para mi amada, la que me había regalado la rata: en un mapa coloreado a mano, ante la costa de Pomerania, Vineta, la ciudad sumergida.
A pesar de manchas de moho y de un desgarrón lateral: un hermoso grabado.
Velas que se consumen, el apelotonado clan familiar, el ambiente difícilmente soportable, el banquete.
Al día siguiente, las primeras visitas dijeron que la rata era monísima.
Mi rata de Navidad.
De qué otro modo podría llamarla.
Con sus deditos rosa de atrás que, finalmente articulados, sostienen la carne de la nuez, la almendra o el alimento especial prensado.
Desde el principio, pensando temerosamente en las yemas de mis dedos, comienzo a mimarla: con pasas, miguitas de queso, yema de huevo.
Ella a mi lado.
Sus bigotes me perciben.
Juega con mis temores, que sabe manipular.
De manera que le hablo para combatirlos.
Al principio, sólo planes en los que no se menciona a las ratas, como si en el futuro pudiera ocurrir nada sin ellas, como si pudiera estar ausente la Ratesa en cuanto el mar arriesgue unas olitas, los bosques mueran por mano del hombre o tal vez un hombrecillo emprenda el viaje con su joroba.
Ultimamente sueño con ella: historias del colegio, la insatisfacción de la carne, todo lo que el sueño me insinúa, los acontecimientos en que me mezclo totalmente despierto; mis sueños de día, mis sueños de noche son su territorio roturado.
No hay embrollo al que no dé forma con su cola pelada.
Por todas partes ha dejado marcado su olor.
Lo que le pongo delante —mentiras como armarios y dobles fondos— lo atraviesa a mordiscos.
Su roer sin respiro, su sabihondez.
Ya no hablo yo, es ella quien me arenga.
¡Se acabó!, dice.
Vosotros fuisteis.
Habéis sido, se os recuerda como una ilusión.
Nunca más señalaréis fechas históricas.
Se han extinguido todas las perspectivas.
La habéis cagado bien.
Y realmente por completo.
¡La verdad es que ya era hora! En el futuro, nada más que ratas.
Al principio pocas, porque al fin y al cabo casi toda la vida encontró su fin, pero ya mientras habla se multiplica la Ratesa, informando sobre nuestra salida de escena.
A veces habla en falsete doliéndose, como si quisiera enseñar a sus crías más recientes a llorarnos, a veces se mofa en su ratigonza, como si su odio siguiera recayendo sobre nosotros: ¡Estáis fuera de juego, fuera! Sin embargo, yo me opongo: ¡No, Ratesa, no! Todavía somos numerosos.
Las noticias informan puntualmente de nuestras hazañas.
Estamos ideando planes que prometen éxito.
Por lo menos a plazo medio seguimos estando aquí.
Hasta ese jorobadito que quiere intervenir de nuevo decía hace poco, cuando me disponía a bajar al sótano para echar una ojeada a las manzanas de invierno: Es posible que los hombres estén en las últimas, pero en definitiva somos nosotros los que decidiremos cuándo echar el cierre.
¡Historias de ratas! Cuántas sabe.
No sólo en las zonas relativamente cálidas; al parecer las hay hasta en los iglús de los esquimales.
Con los deportados, las ratas lograron colonizar Siberia.
En compañía de los exploradores polares, las ratas de los barcos descubrieron el ártico y el Antártico.
Ningún yermo les resultó demasiado inhospitalario.
Detrás de las caravanas, atravesaron el desierto de Gobi.
Siguiendo a píos peregrinos, se dirigieron a la Meca y Jerusalén.
Con las migraciones de los pueblos del género humano pudo verse, en filas apretadas, la migración de las ratas.
Fueron con los godos hasta el Mar Negro, con Alejandro a la India, con Aníbal a través de los Alpes y, pegadas a los vándalos, entraron en Roma.
Tras los ejércitos napoleónicos hasta Moscú, ida y vuelta.
También con Moisés y el pueblo de Israel atravesaron las ratas el Mar Rojo, a pata enjuta, para saborear en el desierto del Sinaí el maná celestial; desde el principio hubo desperdicios suficientes.
Todo eso sabe mi Ratesa.
Grita de una forma retumbante: ¡En el principio fue la prohibición! Porque cuando el Dios de los hombres tronó: Enviaré un diluvio sobre la tierra, para que perezca toda carne en que aliente un soplo e vida, se nos prohibió expresamente subir a bordo.
No hubo paso para nosotras cuando Noé convirtió en zoo su arca, aunque su Dios siempre severo, a cuyos ojos había encontrado gracia, había sido muy claro desde allá arriba: De cada especie de animales puros tomarás siete y siete, el macho con la hembra.
Mas de los impuros sólo la pareja, macho y hembra, pues haré llover sobre la Tierra cuarenta días con cuarenta noches y exterminaré de la faz del suelo todo lo que tiene la naturaleza que he creado.
Me arrepiento de haberlo hecho.
E hizo Noé lo que su Dios le había ordenado, y tomó de las aves según su especie, de las bestias según su especie y de toda clase de gusanos sobre la tierra según su especie; sólo de nuestra naturaleza no quiso tomar en su cajón una pareja, rato y ratita.
Puros o impuros, no le parecíamos ni una cosa ni la otra.
Tan pronto estuvo ya arraigado el prejuicio.
Desde el principio, el odio y el deseo de ver exterminado lo que se atraganta y da náuseas.
El asco innato del hombre hacia nuestra especie impidió a Noé actuar según la palabra de su Dios severo.
Nos rechazó, nos borró de su lista, que incluía a todo lo que alentaba.
Aceptó cucarachas de cocina y arañas cruceras, al gusano retorcido, al piojo incluso y al sapo verrugoso, tornasoladas moscardas, una pareja de cada, a bordo de su arca, pero no a nosotras.
Debíamos palmar como el numeroso resto de la corrompida Humanidad, de la que el Todopoderoso, ese Dios siempre vengativo que maldice sus propias chapuzas, había dicho tajantemente: La maldad del hombre era grande sobre la Tierra, y sus pensamientos y acciones, incesantemente malvados.
Y entonces hizo lluvia que cayó cuarenta días y noches, hasta que todo estuvo cubierto por las aguas, que sólo soportaban al arca y su contenido.
Sin embargo, cuando las aguas descendieron y empezaron a surgir de la inundación las primeras cumbres, volvió, después del cuervo que habían botado, la paloma, de la cual se dijo: Volvió a él a la hora de las ánimas y vio que había quebrado una hoja de olivo y la llevaba en el pico.
Pero la paloma no voló sólo hacia Noé con un poco de verdura, sino también con un mensaje asombroso: donde nada se arrastraba ni reptaba ya, había visto caquitas de rata, caquitas de rata frescas.
Entonces Dios, harto de sus propias chapuzas, se rió, porque la desobediencia de Noé se había visto frustrada por nuestra heptavitalidad.
Como siempre, dijo desde las alturas: En adelante rato y ratita serán compañeros del hombre sobre la Tierra y portadores de todas las plagas prometidas...
Predijo más cosas aún, que no han quedado escritas, nos encomendó la peste y, al estilo de los todopoderosos, se atribuyó otras omnipotencias.
él, personalmente, nos había librado del Diluvio.
En su mano de Dios había encontrado seguridad una pareja de nuestra impura especie.
En su divina mano había visto caquitas frescas de rata la paloma botada por Noé.
A su garra se debía nuestra copiosa supervivencia, porque en la palma de Dios habíamos parido hijos, nueve ejemplares, y las crías, mientras las aguas estuvieron ciento cincuenta días sobre la Tierra, se habían convertido en una poblacioncilla de ratas; así de espaciosa era la mano de Dios omnipotente.
Tras ese discurso Noé guardó un silencio obstinado, pensando, como estaba acostumbrado a hacer desde pequeño, cosas feas para sus adentros.
Sin embargo, cuando el arca, ancha y plana, encalló en el monte Ararat, el desierto terreno circundante había sido ya tomado por nosotras; porque nosotras, la heptavital estirpe de las ratas, no nos habíamos salvado del Diluvio en la mano de Dios, sino en galerías subterráneas, que habíamos taponado con animales viejos, y en nidos convertidos en burbujas de aire salvadoras.
¡Nosotras, las del rabo largo! ¡Nosotras, las de los bigotes adivinos! ¡Nosotras, las de los dientes que crecen! Nosotras, las apretadas notas de pie de página del hombre, su comentario desbordante.
¡Nosotras, las indestructibles! Pronto habitamos en el arca de Noé.
De nada servían las precautelas: su comida era también la nuestra.
Más aprisa de lo que las personas que rodeaban a Noé y su fauna escogida pudieran multiplicarse fuimos nosotras numerosas.
El género humano no se libraría ya de nosotras.
Entonces dijo Noé, fingiendo humildad ante su Dios pero usurpado, sin embargo, su puesto: Obstinado fue mi corazón al no atender a la palabra del Señor.
Pero, por voluntad del Todopoderoso, la rata sobrevivió en la Tierra con nosotros.
Que su maldición sea escarbar siempre a nuestra sombra, allí donde haya residuos.
Así se cumplió, dijo la Ratesa con que sueño.
Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura.
Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura.
Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevos que el hombre son sus residuos.
¡Sólo la basura ha durado más que él! Qué pelada está su cola, unas veces así y otras asá.
Ay, cómo ha crecido mi bonita rata de Navidad.
Inquieta de un lado a otro y luego otra vez inmóvil, salvo sus bigotes temblorosos, tiene ocupados todos mis sueños.
A veces parlotea ligeramente, como si debiera charlarse sobre el mundo y sus menudencias en ratigonza, cuchicheando toda clase de chismes, y luego vuelve a hablarme didácticamente en falsete, encargándose de enseñarme e impartiéndome ratescamente enceladas lecciones de Historia; y, finalmente, habla en forma definitiva, como si se hubiera comido la Biblia de Lutero, los profetas mayores y menores, los Proverbios de Salomón, las Lamentaciones de Jeremías, y de paso los Apócrifos, el canturreo de los jóvenes en el horno, los salmos y, sello tras sello, el Apocalipsis de San Juan.
¡En verdad os digo que ya existís!, la oigo proclamar.
Como en otro tiempo Cristo muerto desde lo alto del edificio del mundo, la Ratesa habla, ampliamente retumbante, desde su montón de basura: Nadie hablaría de vosotros si nosotras no existiéramos.
Contamos para memoria lo que queda del género humano.
Invadidas por la basura se extienden las llanuras, basura a lo largo de las playas, valles en los que la basura se acumula.
Masas sintéticas emigran en copos, tubos que han olvidado su quéchup y no se oxidan.
Los zapatos, ni de cuero ni de esparto, andan solos con la arena, y se amontonan en hondonadas llenas de basura en donde los esperan ya los guantes del regatista y la cómica fauna hinchable del bañista.
Todo ello habla de vosotros sin tregua.
Vosotros y vuestras historias, soldados en celofán, sellados en bolsas al vacío, moldeados en resina sintética, vosotros en «chips» y «clips»: el género humano que fue.
Qué más ha quedado: por vuestras pistas rueda, traquetea la chatarra.
No hay papel que podamos comernos, pero sí cubiertas y pilares gastados, en torno a soportes de acero.
Espuma coagulada.
Como si estuviera viva, la gelatina tiembla en grandes tortas.
Por todas partes se pudren hordas de bidones vacíos.
Liberados de sus casetes, los vídeos se han puesto en camino: El motín del Caine, Doctor Zhivago, el Pato Donald, Solo ante el peligro o La quimera del oro...
Todo lo que, en forma divertida o haciéndoos llorar, fue para vosotros la vida en imágenes en movimiento. 
(...)


La ratesa (Cap. I)
Trad.. Miguel Sáenz
Madrid, Alfaguara, 2088
Foto: Berlin 1966 © Herbert List-Magnum Photos

15 feb. 2013

W. G. Sebald: Acerca del tiempo (Austerlitz )

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Si Newton pensaba, dijo Austerlitz señalando por la ventana hacia abajo, a la curva de agua, deslumbrante al último reflejo del día, que rodea la llamada isla de los Perros, si Newton creía realmente que el tiempo era un río como el Támesis, ¿dónde estaba el nacimiento y en qué mar desembocaba finalmente? Todo río, como sabemos, está necesariamente limitado a ambos lados. Visto así, ¿cuáles serían las orillas del tiempo? ¿Cómo serían sus cualidades específicas, parecidas por ejemplo a las del agua, que es fluida, bastante pesada y transparente? ¿De qué forma se diferenciaban las cosas sumergidas en el tiempo de las que el tiempo no rozaba? ¿Por qué se indicaban en un mismo círculo las horas de luz y de oscuridad? ¿Por qué estaba el tiempo eternamente inmóvil en un lugar y se disipaba y precipitaba en otro? ¿No se podría decir, dijo Austerlitz, que el tiempo, a través de los siglos y milenios, no ha estado sincronizado consigo mismo? Al fin y al cabo, no hace tanto tiempo que comenzó a extenderse por todas partes. ¿Y no se rige hasta hoy la vida humana en muchos lugares de la Tierra no tanto por el tiempo como por las condiciones atmosféricas, y de esa forma, por una magnitud no cuantificable, que no conoce la regularidad lineal, no progresa constantemente sino que se mueve en remolino, está determinada por estancamientos e irrupciones, vuelve continuamente en distintas formas y se desarrolla en no se sabe qué dirección? Estar fuera del tiempo, dijo Austerlitz, que para las zonas atrasadas y olvidadas de nuestro propio país era posible hasta hace poco, casi lo mismo que en los continentes por descubrir de ultramar, sigue siendo hoy posible como antes, incluso en una metrópolis regida por el tiempo como es Londres. Efectivamente, los muertos estaban fuera del tiempo, los moribundos y los muchos enfermos que están en su casa o en los hospitales, y no sólo ellos, bastaba cierto grado de infortunio personal para cortarnos de todo pasado y futuro. Realmente, dijo Austerlitz, nunca he tenido reloj, ni un péndulo, ni un despertador, ni un reloj de bolsillo, ni, mucho menos, un reloj de pulsera. Un reloj me ha parecido siempre algo ridículo, algo esencialmente falaz, quizá porque, por un impulso interior que nunca he comprendido, me he opuesto siempre al poder del tiempo, excluyéndome de la llamada actualidad, con la esperanza, como hoy pienso, dijo Austerlitz, de que el tiempo no pasara, no haya pasado, de forma que podría correr tras él, de que todo fuera como antes o, mejor dicho, de que todos los momentos de tiempo coexistieran simultáneamente, o más bien de que nada de lo que la historia cuenta fuera cierto, lo sucedido no hubiera sucedido aún, sino que sucederá sólo en el momento en que pensemos en ello, lo que, naturalmente, abre por otra parte la desoladora perspectiva de una miseria continua y un dolor que nunca cese.


Sebald, W. G. : Austerlitz, pp. 103-4
Trad.: Miguel Sáenz
Barcelona, Anagrama, 2002
Foto: WGS|Oberstdorf | © Jan Peter Tripp

10 nov. 2012

Salman Rushdie: Hijos de la Medianoche (fragmento)

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Entendedme lo que digo: en la primera hora del 15 de agosto de 1947 —entre medianoche y la una de la madrugada— nacieron nada menos que mil y un niños dentro de las fronteras del recién nacido Estado soberano de la India. En sí mismo, no es un hecho insólito (aunque las resonancias del número sean extrañamente literarias)... en esa época, los nacimientos en nuestra parte del mundo superaban a los fallecimientos en unos seiscientos ochenta y siete por hora. Lo que hacía el acontecimiento notable (¡notable! Qué palabra más desapasionada, ¿no os parece?) era la naturaleza de esos niños, cada uno de los cuales estaba, por algún fenómeno biológico, o quizá a causa de algún poder preternatural del momento, o simplemente, de forma concebible, por pura coincidencia (aunque una sincronicidad a esa escala haría vacilar hasta a C. G. Jung), dotado de características, talentos o facultades que sólo pueden describirse como milagrosas. Fue como si —si se me permite un minuto de fantasía en lo que, por lo demás será, lo prometo, el relato más sobrio que pueda hacer— como si la Historia, al llegar a un punto de las más altas significación y promesas, hubiera decidido sembrar, en ese instante, las semillas de un futuro auténticamente distinto de todo lo que el mundo había visto hasta entonces.

Si se produjo un milagro análogo al otro lado de la frontera, en el recientemente separado Pakistán, no tengo conocimiento de ello; mis percepciones, mientras duraron, estuvieron limitadas por el mar Arábigo, el golfo de Bengala y la cordillera del Himalaya, pero también por las fronteras artificiales que atravesaban el Punjab y Bengala.

Inevitablemente, algunos de esos niños no sobrevivieron. La desnutrición, la enfermedad y las desgracias de la vida cotidiana habían dado cuenta de nada menos que cuatrocientos veinte de ellos para cuando tuve conciencia de su existencia; aunque es posible formular la hipótesis de que esas muertes tenían también su finalidad, porque 420 ha sido, desde tiempo inmemorial, el número asociado con el fraude, el engaño y la superchería. ¿Podría ser, pues, que los niños que faltaban hubieran sido eliminados porque se habían vuelto en cierto modo inapropiados, y no eran auténticos hijos de esa hora de la medianoche? Bueno, en primer lugar, ésa es otra divagación de mi fantasía; y en segundo, se basa en un concepto de la vida que es a un tiempo excesivamente teológico y bárbaramente cruel. Se trata también de una pregunta sin respuesta; todo examen ulterior resulta, por lo tanto, improductivo.

Para 1957, los quinientos ochenta y un niños supervivientes se estaban acercando todos a su décimo cumpleaños, totalmente ignorantes, en su mayor parte, de su mutua existencia... aunque sin duda había excepciones. En la ciudad de Baud, junto al río Mahanadi, en Orissa, había un par de hermanas gemelas que eran ya leyenda en la región, porque, a pesar de su impresionante fealdad, ambas tenían la facultad de hacer que todos los hombres que las veían se enamorasen desesperada y, a veces, suicidamente de ellas, de forma que sus perplejos padres se veían interminablemente acosados por un torrente de hombres que les ofrecían su mano para casarse con cualquiera de las dos y hasta con las dos desconcertantes niñas; ancianos que habían renunciado a la sabiduría de sus barbas y jóvenes que hubieran debido estar chiflándose por las actrices del cine ambulante que venía a Baud una vez al mes; y había otra procesión, más perturbadora, de familias desconsoladas que maldecían a las gemelas por haber embrujado a sus hijos para que cometieran actos de violencia contra sí mismos, mutilaciones y flagelaciones fatales e incluso (en un caso) una autoinmolación. Con excepción de esos raros casos, sin embargo, los hijos de la medianoche habían crecido completamente ignorantes de quiénes eran sus verdaderos hermanos, sus compañeros-elegidos a lo largo y lo ancho del diamante tosco y mal proporcionado de la India.

Y entonces, como consecuencia de una sacudida recibida en un accidente de bicicleta, yo, Saleem Sinai, tuve conciencia de todos ellos.

A todo aquel cuya mentalidad sea demasiado inflexible para aceptar estos hechos, tengo que decirle lo siguiente: así es como fue; no es posible renunciar a la verdad. Sencillamente, tendré que soportar la carga de la incredulidad de quien lo dude. Pero ninguna persona que sepa leer en esta India nuestra puede ser totalmente inmune al tipo de información que estoy revelando... ningún lector de nuestra prensa nacional puede haber dejado de tropezarse con una serie —desde luego menor— de niños mágicos y monstruos variados. Sólo la semana pasada fue ese chico bengalí que anunció que era la reencarnación de Rabindranath Tagore y comenzó a improvisar versos de notable calidad, para asombro de sus padres; y yo mismo puedo recordar niños de dos cabezas (a veces una humana y otra animal), y con otras características curiosas, como cuernos de toro.

Debo decir enseguida que no todos los dones de los niños eran deseables, ni siquiera deseados por los propios niños; y, en algunos casos, los niños habían sobrevivido pero se habían visto privados de las cualidades regaladas por la medianoche. Por ejemplo (para emparejar la historia de las gemelas de Baud), permitidme mencionar a una niña mendiga llamada Sundari, que nació en una calle situada tras la Oficina General de Correos, no lejos de la terraza en donde Amina Sinai escuchó a Ramram Seth, una niña cuya belleza era tan intensa que, a los pocos momentos de su nacimiento, había conseguido cegar a su madre y a las vecinas que la habían estado ayudando en el parto; su padre, que se precipitó en la habitación al oír los chillidos de las mujeres, fue avisado por ellas justamente a tiempo; pero su única ojeada fugaz a su hija le dañó tanto la vista que, a partir de entonces, fue incapaz de distinguir entre los indios y los turistas extranjeros, lo que afectó grandemente a su capacidad para obtener ingresos como mendigo. Durante algún tiempo después de eso, Sundari fue obligada a llevar un trapo que le tapaba la cara; hasta que una tía abuela vieja y despiadada la cogió en sus brazos huesudos y le dio nueve tajos en el rostro con un cuchillo de cocina. En la época en que tuve conciencia de ella, Sundari se ganaba muy bien la vida, porque nadie que la mirase podía dejar de apiadarse de una chica que en otro tiempo había sido evidentemente tan bella y estaba ahora tan cruelmente desfigurada; le daban más limosnas que a cualquier otro miembro de su familia.

Como ninguno de los niños sospechaba que el momento de su nacimiento tuviera nada que ver con lo que eran, tardé algún tiempo en descubrirlo. Al principio, después del accidente de bicicleta (y, especialmente, una vez que los manifestantes por el idioma me hubieron purgado de Evie Burns), me contenté con descubrir; uno por uno, los secretos de los seres fabulosos que habían llegado repentinamente a mi campo de visión mental, coleccionándolos vorazmente, como algunos chicos coleccionan insectos y otros reconocen trenes; perdiendo interés por los álbumes de autógrafos y todas las demás manifestaciones del instinto de acopio, me zambullía siempre que podía en la realidad distinta y absolutamente más brillante de los quinientos ochenta y uno. (Doscientos sesenta y seis de nosotros éramos chicos; y nuestras colegas femeninas nos superaban en número: eran trescientas quince, incluida la-bruja-Parvati.)

¡Los hijos de la medianoche...! De Kerala, un chico que tenía la facultad de penetrar en los espejos y volver a salir por cualquier superficie reflectante terrestre... por los lagos y (con mayor dificultad) por las pulidas carrocerías de los automóviles... y una chica goanesa con el don de multiplicar los peces... y niños con poderes de transformación: un hombre-lobo de las montañas Nilgiri, y de la gran cuenca de las Vindhyas, un muchacho que podía aumentar o reducir su tamaño a voluntad, y había sido ya (juguetonamente) causa de un pánico desatado y de rumores sobre el regreso de los Gigantes... de Cachemira había una criatura de ojos azules, de cuyo sexo original nunca estuve seguro, porque, metiéndose en el agua, él (o ella) lo podía cambiar como ella (o él) quisiera. Algunos de nosotros llamábamos a esa criatura Narada, otros Markandaya, según qué antiguo cuento fantástico sobre cambios de sexo hubiéramos oído... cerca de Jalna, en el corazón del reseco Deccan, encontré a un joven zahorí, y en Budge-Budge, en las afueras de Calcuta, a una muchacha de lengua afilada cuyas palabras tenían ya el poder de causar heridas físicas, de forma que, después de que algunos adultos se vieron sangrando abundantemente como consecuencia de algún dardo salido indiferentemente de sus labios, decidieron encerrarla en una jaula de bambú y hacerla bajar flotando por el Ganges hasta las selvas de los Sundarbans (que son el verdadero hogar de monstruos y de fantasmas); pero nadie se atrevía a acercarse a ella, y se desplazaba por la ciudad rodeada por un vacío de miedo; nadie tenía valor para negarle comida. Había un muchacho que podía comer metales y una chica cuyos dedos eran tan lozanos que podía cultivar berenjenas de concurso en el desierto de Thar; y más y más y más... abrumado por su número y por la exótica multiplicidad de sus dones, prestaba poca atención, en esos primeros tiempos, a sus envolturas ordinarias; pero inevitablemente nuestros problemas, cuando surgieron, fueron los problemas cotidianos y humanos que surgen del carácter-y-el-medio; en nuestras peleas, éramos sólo un puñado de chicos.

Un hecho notable: cuanto más próximo a la medianoche estaba el momento de nuestro nacimiento, tanto mayores eran nuestros dones. Los niños nacidos en los últimos segundos de la hora eran (para ser franco) poco más que fenómenos de circo: chicas barbudas, un muchacho con las agallas en perfecto funcionamiento de una trucha mahaseer de agua dulce, hermanos siameses con dos cuerpos que colgaban de una sola cabeza y un solo cuello: la cabeza podía hablar con dos voces, una masculina y una femenina, en todos los idiomas y dialectos del subcontinente; pero, a pesar de todas esas cosas maravillosas, eran los desgraciados, las víctimas vivas de aquella hora sobrenatural. Hacia la media hora venían las facultades más interesantes y útiles: en la selva de Gir vivía una muchacha-bruja que tenía el poder de sanar imponiendo las manos, y el hijo de un acaudalado plantador de té de Shillong tenía la bendición (o, posiblemente, la maldición) de ser incapaz de olvidar nada que hubiera visto u oído. Pero los niños nacidos en el primer minuto de todos... para esos niños la hora había reservado los más altos talentos que el hombre había soñado. Si tú, Padma, tuvieras un registro de los nacimientos en que estuvieran anotadas las horas al segundo exacto, también tú sabrías qué vástago de una gran familia de Lucknow (nacido veintiún segundos después de la medianoche) dominaba totalmente, a los diez años, las perdidas artes de la alquimia, con las que rehízo la fortuna de su antigua pero derrochadora casa; y qué hija de un dhobi de Madrás (a las doce y diecisiete segundos) podía volar más alto que cualquier pájaro simplemente cerrando los ojos; y a qué hijo de un platero benarsi (doce segundos después de la medianoche) se le concedió el don de viajar en el tiempo, profetizando así el futuro y aclarando también el pasado... un don en el que, niños como éramos, confiábamos implícitamente cuando se refería a cosas pasadas y olvidadas, pero del que nos burlábamos cuando nos advertía de nuestro propio fin... afortunadamente, no existen tales datos; y, por mi parte, no revelaré —o bien, pareciendo revelarlos, falsificaré— sus nombres y hasta su ubicación; porque, aunque esos datos serían una prueba absoluta de mis afirmaciones, los hijos de la medianoche merecen ahora, después de todo lo ocurrido, que se los deje tranquilos; quizá para olvidar; pero espero (contra toda esperanza) que para recordar.

La-bruja-Parvati nació en el Viejo Delhi en un barrio miserable que se arracimaba en torno a las escaleras de la mezquita del viernes. No era un barrio ordinario aquél, aunque las chozas construidas con viejas cajas de embalaje y trozos de chapa ondulada y jirones de sacos de yute que se alzaban a la buena de Dios a la sombra de la mezquita no parecían diferentes de las de cualquier otro barrio de chabolas... porque ése era el gueto de los magos, sí, el mismísimo lugar que en otro tiempo engendró un Colibrí al que los cuchillos atravesaron y los perros callejeros no pudieron salvar... el barrio de los nigromantes, al que acudían en tropel continuamente los mayores faquires y prestidigitadores e ilusionistas del país, para buscar fortuna en la capital. Encontraban chozas de lata, malos tratos policíacos y ratas... El padre de Parvati había sido en otro tiempo el mayor nigromante de Oudh; ella había crecido entre ventrílocuos que podían hacer que las piedras contasen chistes y contorsionistas capaces de tragarse sus propias piernas y tragafuegos que echaban llamas por el ojo del culo y payasos trágicos que se podían sacar lágrimas de vidrio del rabillo del ojo; había permanecido plácidamente en medio de muchedumbres boquiabiertas mientras su padre se atravesaba el cuello con pinchos; todo el tiempo había guardado su propio secreto, que era mayor que cualquiera de las pamplinas de ilusionista que la rodeaban; porque a la-bruja-Parvati, nacida sólo siete segundos después de la medianoche el 15 de agosto, se le habían dado los poderes del verdadero adepto, del iluminado, los auténticos dones del conjuro y la hechicería, el arte que no necesitaba artificios.

Así pues, entre los hijos de la medianoche había niños con poderes de transmutación, vuelo, profecía y hechicería... pero dos de nosotros habíamos nacido al dar la medianoche. Saleem y Shiva, Shiva y Saleem, nariz y rodillas y rodillas y nariz... a Shiva, la hora le había dado los dones de la guerra (de Rama, que podía tensar el arco intensable; de Arjuna y Bhima; ¡el antiguo valor de kurus y pandavas reunidos, incontenible, estaba en él!)... y a mí, el mayor talento de todos: la capacidad de ver en los corazones y las mentes de los hombres. 



En "Mi décimo cumpleaños", Hijos de la Medianoche, Libro Segundo
Trad.: Miguel Sáenz
© 1980, Salman Rushdie
Barcelona, Random House Mondadori, 2011
Foto: Bruce Davidson, New York, 2005 (Magnum)

15 mar. 2012

Salman Rushdie: Junto al mar Caspio, las viejas brujas (La encantadora de Florencia)

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Junto al mar Caspio, las viejas brujas de la patata se sentaron a llorar. Sonoros fueron sus sollozos y desesperados sus lamentos. Toda Transoxiana estaba de duelo por el gran Shaibani Kan, el poderoso señor de Ajenjo, soberano del ancho Jorasán, potentado de Samarcanda, Herat y Bujara, descendiente de la auténtica línea de sangre de Gengis Kan, en otro tiempo vencedor de Babur, el mogol arribista...

—Probablemente no es buena idea —dijo el emperador con delicadeza— repetir en nuestra presencia las baladronadas de ese granuja sobre nuestro abuelo.

…Shaibani, ese bribón abominable y salvaje, que cayó en la batalla de Marv y perdió la vida a manos del sha Ismail de Persia, quien engarzó su cráneo en una copa de vino roja y dorada con incrustaciones de piedras preciosas, y repartió trozos de su cuerpo por todo el mundo para demostrar que había muerto. Así pereció ese guerrero de sesenta años, fogueado aunque también brutal, inculto y bárbaro: decapitado y desmembrado, una muerte merecida y humillante, por un joven bisoño de solo veinticuatro años.

—Eso ya nos gusta más —dijo el emperador, contemplando su propia copa de vino con satisfacción—. Pues no puede considerarse destreza matar a los conciudadanos de uno, traicionar a los amigos, vivir sin fe, sin misericordia, sin religión: por tales medios uno puede adquirir poder, pero no gloria.

—Niccola Machiavelli de Florencia no lo habría expresado mejor —convino el narrador.

(...)

El cuadragesimoquinto aniversario de Argalia llegó y pasó. Era un hombre alto y pálido, y pese a los años de guerra, tenía la tez tan blanca como una mujer; hombres y mujeres se maravillaban por igual de la suavidad de su piel. Adoraba los tulipanes, y se los hacía bordar en sus túnicas y capas, creyéndolos portadores de buena suerte, y de las mil quinientas variedades de tulipán de Estambul, seis en concreto abundaban en sus aposentos del palacio. La Luz del Paraíso, la Perla Incomparable, el Aumentador del Placer, el Instilador de Pasión, la Envidia del Diamante y la Rosa del Alba: estos eran sus preferidos, y mediante ellos se revelaba como un sensualista tras su apariencia de guerrero, una criatura del placer oculta bajo la piel de un matador de hombres, un ser femenino dentro de otro masculino. Poseía asimismo el gusto de una mujer por las galas: cuando no vestía de campaña, se recreaba en las alhajas y las sedas y sentía gran debilidad por las pieles exóticas, el zorro negro y el lince de Moscovia que llegaban a Estambul a través de Feodosia, en Crimea. Tenía el pelo largo y negro como el mal y los labios carnosos y rojos como la sangre.

La sangre, y su derramamiento, habían sido el centro de su vida. Bajo el reinado del sultán Mehmed II, había librado una docena de campañas y vencido todas las batallas en las que colocó el arcabuz en posición de disparo o desenvainó la espada. Se había rodeado de un escuadrón de jenízaros leales, corno un escudo, con los gigantes suizos Otho, Botho, Clotho y D'Artagnan corno lugartenientes, y aunque la corte otomana estaba plagada de intrigas, había frustrado siete atentados contra su vida. Después de la muerte de Mehmed, el imperio estuvo a punto de sumirse en la guerra civil entre sus dos hijos, Bayezid y Cem. Cuando Argalia descubrió que el Gran Visir, a despecho de la tradición musulmana, se había negado a sepultar el cuerpo del difunto sultán durante tres días a fin de dar tiempo a Cem para llegar a Estambul y apoderarse del trono, llevó a los gigantes suizos a los aposentos del visir y lo mató. Encabezando el ejército de Bayezid, se enfrentó al pretendido usurpador y lo mandó al exilio. Hecho esto, pasó a ser comandante en jefe del nuevo sultán. Combatió contra los mamelucos de Egipto por tierra y por mar, y cuando derrotó a la alianza entre Venecia, Hungría y el papado, su prestigio corno almirante igualó a su fama como guerrero en tierra firme.

Después, los mayores problemas procedieron de los pueblos qizilbash de Anatolia. Se tocaban con gorros rojos de doce pliegues para demostrar su adhesión al chiísmo duodecimano y, a resultas de ello, se sentían atraídos por el sha Ismail de Persia, el sedicente Verdadero Dios. El tercer hijo de Bayezid, Selim el Severo, quiso aplastarlos completamente, pero su padre fue más comedido. A causa de ello, Selim el Severo empezó a ver a su padre como un pacificador y un blando. Cuando la copa del sha Ismail llegó a Estambul, Selim se lo tomó como un insulto mortal. «Habría que enseñar modales a ese hereje que se hace llamar Dios», declaró. Cogió la copa como un duelista recoge el guante arrojado a la cara. «Beberé sangre safávida en esta copa», prometió a su padre. Argalia el Turco dio un paso al frente. «Y yo serviré ese vino», afirmó.

Cuando Bayezid se negó a autorizar la guerra, las cosas cambiaron para Argalia. Pocos días después, sus jenízaros y él se habían unido a las fuerzas de Selim el Severo, y Bayezid abandonó el poder por la fuerza. El viejo sultán fue obligado al retiro forzoso y desterrado a su Didimoteicho natal, en Tracia, y murió de pena por el camino, y casi mejor así. En el mundo no había lugar para hombres que perdían el temple. Selim, con Argalia a su lado, dio caza y estranguló a sus hermanos Ahmed, Korkud y Shahinshah, y mató también a los hijos de estos. Así, se restauró el orden y se eliminó el riesgo de revuelta. (Muchos años después, cuando Argalia contó a Il Machia estas hazañas, las justificó diciendo: «Cuando un príncipe toma el poder, debe hacer lo peor de inmediato, porque luego sus súbditos verán todas sus hazañas como una mejora respecto a los comienzos», y al oír esto Il Machia se quedó callado y pensativo y, pasado un rato, movió la cabeza en un lento gesto de asentimiento. «Terrible —dijo—, pero cierto.») Llegó entonces la hora de hacer frente al sha Ismail. Argalia y sus jenízaros fueron enviados a Rum, en el norte de la franja central de Anatolia, arrestó a miles de residentes qizilbash y masacró a otros miles. Así hizo callar a esos canallas mientras el ejército cruzaba su reino para entregar la carta de Selim el Severo al sha. En este mensaje Selim decía: «Ya no respetáis los mandamientos y las prohibiciones de la ley divina. Habéis incitado a vuestra abominable facción chií a una unión sexual no sancionada. Y habéis derramado sangre inocente». Cien mil soldados otomanos acamparon a orillas del lago Van, en la Anatolia oriental, dispuestos a hacer tragar estas palabras al blasfemo sha Ismail. En sus filas había doce mil mosqueteros jenízaros bajo el mando de Argalia. Contaban también con quinientos cañones, encadenados entre sí para formar una barrera infranqueable.

El campo de batalla de Chaldirán estaba al noreste del lago Van, y allí tomaron posiciones las fuerzas persas. El ejército del sha Ismail contaba con unos efectivos de solo cuarenta mil hombres, casi todos ellos de caballería, pero al examinar su disposición de combate, Argalia supo que la superioridad numérica no siempre decidía una batalla. Al igual que Vlad Drácula en Valaquia, Ismail había usado una estrategia de tierra quemada. Anatolia había quedado calcinada y yerma, y los otomanes que marchaban desde Sivas hasta Arzinján apenas encontraron bebida y comida en su avance. El ejército de Selim estaba cansado y famélico cuando acampó a orillas del lago después de la larga marcha, y un ejército en tales condiciones siempre es eluctable. Después, cuando Argalia estaba con la princesa oculta, ella le explicó por qué su antiguo amante había sido derrotado.

«La caballerosidad. La absurda caballerosidad, y por escuchar a un estúpido sobrino suyo, y no a mí.»

Lo extraordinario es que la hechicera de Persia, junto con su esclava Espejo, se hallaba presente en el puesto de mando, en lo alto de un otero por encima del campo de batalla, agitándose el fino velo contra su rostro y sus pechos de una manera tan sugerente que cuando se plantó ante la tienda del rey, la belleza de su cuerpo apartó la guerra por completo del pensamiento de los soldados safávidas.

—Debe de estar loco para traeros aquí —le dijo Argalia cuando, sucio de sangre y ahíto de matar, la encontró abandonada al final de aquel día colmado de muerte.

—Sí —contestó ella con naturalidad—. Lo volví loco de amor.

Sin embargo, en lo que se refiere a estrategia militar, ni siquiera con sus hechizos consiguió que él la escuchara.

«Fijaos —exclamó ella—, aún están construyendo sus fortificaciones defensivas. Atacad ahora, que no están preparados.» Y exclamó también: «Fijaos, tienen quinientos cañones encadenados en fila y doce mil fusileros detrás. No galopéis derechos hacia ellos u os abatirán como a tontos». Y: «¿No tenéis armas de fuego? Conocéis las armas de fuego. Por amor de Dios, ¿por qué no traéis armas de fuego?». A lo que el sobrino del sha, Durmish Kan, contestó, el muy cretino: «Sería poco deportivo atacarlos cuando aún no están preparados para el combate». Y: «No sería noble enviar a nuestros hombres a atacarlos por la retaguardia». Y: «El arma de fuego no es propia de hombres. El arma de fuego es para cobardes que no se atreven a luchar de cerca. Aun así, por más armas de fuego que tengan, llevaremos el combate hasta ellos, cuerpo a cuerpo. Al final del día habrá ganado el valor, y no, ¡ja!, esos "arcabuces" y "mosquetes"». Ella se volvió hacia el sha Ismail con una especie de desesperación al borde de la risa. «Decid a este hombre que es idiota», ordenó la princesa. Pero el sha Ismail respondió: «No soy un jefe de caravana para andar acechando en las sombras. Será lo que Dios quiera».

Negándose a ver la batalla, la princesa se sentó en la tienda real, sin mirar hacia la puerta. Espejo tomó asiento a su lado y le cogió la mano. El sha Ismail encabezó una carga por la derecha que aplastó el flanco izquierdo otomano, pero la hechicera había vuelto la cara. Los dos ejércitos sufrieron grandes pérdidas. La caballería persa abatió a lo más florido de los jinetes otomanos, los ilirios, los macedonios, los serbios, los epirotes, los tesalios y los tracios. En el bando safávida, los comandantes cayeron uno tras otro y, mientras morían, la hechicera, en la tienda, musitaba sus nombres. «Muhammad Kan Ustajlu, Husain Beg Lala Ustalju, Saru Pira Ustajlu», y así sucesivamente. Como si pudiera verlo todo sin mirar. Y Espejo reflejaba sus palabras, de modo que los nombres de los muertos parecían un eco en la tienda real. «Amir Nizam al—Din Abd alBaqi... alBaqi...», pero el nombre del sha que se creía Dios no fue pronunciado. El centro de las fuerzas otomanas resistió, pero el ánimo de la caballería turca rayaba en el pánico cuando Argalia ordenó intervenir a la artillería. «Canallas —gritó a sus propios jenízaros—, si alguno intenta huir, volveré los putos cañones contra vosotros.» Los gigantes suizos, armados hasta los dientes, recorrieron a paso veloz la línea de combate otomana para recalcar las amenazas de Argalia. Entonces las armas empezaron a atronar. «Ha comenzado la tormenta», dijo la hechicera, sentada en su tienda. «La tormenta», repitió Espejo. No hacía falta mirar mientras moría el ejército persa. Era el momento de entonar una triste canción. El sha Ismail estaba vivo, pero la derrota era un hecho.

Había abandonado del campo de batalla, herido, sin ir a buscarla. Ella lo sabía.

—Se ha ido —dijo a Espejo.

—Sí, se ha ido —asintió la otra.

—Estamos a merced del enemigo —afirmó la hechicera.

—A merced —contestó Espejo.

Los hombres apostados frente a la tienda para protegerlas habían huido también. Eran dos mujeres solas por encima de un horrendo campo de sangre. Fue así como las encontró Argalia, allí sentadas, sin velo, erguidas y solas, mirando en dirección contraria a la puerta de la tienda real y entonando una triste canción, concluida ya la batalla de Chaldirán. La princesa Qara Kóz se volvió hacia él, sin intentar siquiera ocultar la desnudez de sus facciones, y a partir de ese momento solo se vieron el uno al otro, ajenos al resto del mundo.

Él parecía una mujer, pensó ella, una mujer alta y pálida de cabello negro que se había saciado de muerte. Qué blanco era, blanco como una máscara. En la que destacaban, como una mancha de sangre, aquellos labios rojos, muy rojos. Una espada en la mano derecha y un arma de fuego en la izquierda. Era tanto lo uno como lo otro, espadachín y tirador, hombre y mujer, él mismo y también su sombra. La princesa abandonó al sha Ismail como él la había abandonado a ella y eligió de nuevo. Aquel hombre—mujer de rostro pálido. Más tarde, él las reclamaría a ella y a su Espejo como botín de guerra y Selim el Severo se las concedería, pero ella lo había escogido ya mucho antes, y fue su voluntad la causa de todo lo que ocurrió después.

—No temáis —dijo él en persa.

—Nadie en este lugar conoce el significado del miedo —repondió ella, primero en persa y luego otra vez en chagatai, su lengua materna túrquica.

Y por debajo de estas palabras, las verdaderas palabras «Seréis mio. Sí. Soy vuestra»




La encantadora de Florencia, Parte II, Cap. 15 (fragmentos)
Trad. Miguel Sáenz
Buenos Aires, Mondadori, 2009
Foto: Daniel Mordzinski


5 nov. 2011

Thomas Bernhard: El aliento (in fine)

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No habiendo podido los hombres remediar la muerte, la miseria y la ignorancia,
 han imaginado, para ser felices, no pensar en absoluto en ellas
Pascal


En fin de cuentas, para todos nosotros, aunque habíamos tenido que pensar en ello, lo más sensato había sido no hablar de ello. Aquel lugar idílico en que yo, desgraciadamente como enfermo y no como hombre sano, había vivido en aquella época, sin poder disfrutar de las ventajas de aquella comarca protectoramente rodeada de montañas ni aprovechar aquella Naturaleza todavía totalmente intacta en aquel lugar, en todos los aspectos, tenía en su centro, como es natural oculto al público en lo posible y por todos los medios, lo mismo que todo lugar idílico, su reverso, su contradicción, su Boca del Infierno. Quien miraba dentro de aquella Boca del Infierno, tenía que guardarse de no perder mortalmente el equilibrio. Por lo que a mí se refiere, sin embargo, aquí, en el Vötterl, después de haber atravesado el infierno del hospital regional de Salzburgo, no estaba ya expuesto a ese peligro mortal. Sencillamente, había pasado en efecto lo peor, y mis recursos eran ya numerosos. Desde hacía tiempo, las iniciativas surgían de mi mente. La biblioteca de mi habitación había crecido hasta varias docenas de libros, había leído Hambre de Knut Hamsun, El adolescente de Dostoyevski y Las afinidades electivas y, como mi abuelo, que lo había practicado toda su vida, había tomado notas de mis lecturas. Al intento de llevar un diario había renunciado en seguida otra vez. Hubiera podido establecer contacto en el Vötterl con todas las gentes imaginables, pero no había deseado ningún contacto, el trato con mis libros y mis prolongadas expediciones por los anchos y, en gran parte, todavía inexplorados continentes de mi fantasía me habían bastado. Apenas me había levantado y había cumplido a conciencia, como todas las mañanas desde hacía meses, la prescripción de tomarme la temperatura, estaba ya en compañía de mis libros, mis amigos más íntimos e inseparables. Sólo en Grossgmain había llegado a la lectura, de pronto y de forma decisiva para mi vida ulterior. Ese descubrimiento, que la literatura puede ofrecer la solución matemática de la vida y, en todo instante, también de la propia existencia, si se pone en marcha y se practica como una matemática, o sea, con el tiempo, como un arte matemático bastante alto y, finalmente, como el más alto, que sólo podemos calificar de lectura cuando lo dominamos por completo, sólo lo había podido hacer después de la muerte de mi abuelo, ese pensamiento y ese conocimiento se los debía a su muerte. Así pues, me había hecho los días útiles e instructivos, y pasaban también más rápidamente. Con la lectura pude atravesar los abismos abiertos también aquí en todo momento, y salvarme de los estados de ánimo inclinados sólo a la destrucción. Los domingos tenía visita y estaba entonces en compañía de aquellas personas que esperaban mi regreso y mi salud tanto como los temían, porque ese regreso, así habían tenido que pensar, como es natural, tenía que conducir a una catástrofe renovada en su existencia, totalmente destruida por los acontecimientos y sucesos de los últimos meses. Para ellos había sido evidente que yo tendría que dedicar ahora toda mi atención más al comerciante que había en mí que al cantante, o sea, en cualquier caso a la profesión de comerciante y no a la música, e intentaban ininterrumpidamente, durante sus visitas a Grossgmain, de forma directa o indirecta, dirigirme hacia el comerciante y apartarme del cantante, como es natural, tenía que haberles parecido evidente que con mis pulmones quedaba excluida una carrera de cantante, de forma que comenzaban a apostarlo todo otra vez a mis talentos comerciales y a las posibilidades mayores y más lucrativas, como habían creído siempre, del comerciante. Tan pronto como fuera posible, en seguida, en cuanto volviera de Grossgmain a casa y, por consiguiente, estuviera sano de nuevo, había escuchado una y otra vez, debía presentarme al llamado examen de dependiente de comercio, al que al fin y al cabo estaba admitido desde hacía tiempo, y terminar como era debido mi aprendizaje. Cuando ese aprendizaje haya terminado, nos quitaremos un peso de encima, debían de haber pensado con razón, y sus intentos, ahora incesantes, de empujarme a la profesión de comerciante no había que tomarlos a mal. Sin embargo, por mi parte, no tenía ya ningún interés en la profesión de comerciante, había estado dispuesto a pasar el examen de dependiente de comercio, pero nada más. Estaba dispuesto a volver a mi trabajo con Podlaha, pero no pensaba ya, ni de muy lejos, en hacerme comerciante, eso, en el fondo, no lo había pensado jamás, eso no fue jamás para mí un pensamiento serio, porque el que me hubiera marchado del instituto y luego, durante años, hubiera trabajado para Podlaha como aprendiz no había sido algo inspirado, jamás, por el pensamiento de convertirme en comerciante, para eso hubiera tenido que tomar un camino muy distinto, mi acto, mi revolución, los habían comprendido los míos radicalmente mal, naturalmente, y ahora se aferraban al hecho de que había sido aprendiz con Podlaha. El descubrimiento de que todavía no se habían retractado de su error, al contrario de que todavía ahora, como me pareció, lo aprovecharan desvergonzadamente, me repelió. El problema de qué debía ser de mí cuando recobrara la salud, y, por consiguiente, de qué sería de mí, no era en absoluto, desde mi punto de vista, su problema, sino exclusivamente mi problema. Yo no había querido ser nada y, naturalmente, jamás tener una profesión, sólo había querido ser siempre yo. Eso, sin embargo, precisamente con esa sencillez y, al mismo tiempo, brutalidad, no lo habían comprendido nunca. En Pascua de Resurrección vino mi madre con mis hermanos, los últimos días de Grossgmain habían comenzado. Recuerdo que, desde un balcón situado en el primer piso del Vötterl, en compañía de mi madre y mis hermanos, había observado varias bandas de música que pasaban bajo ese balcón, nunca había podido sufrir desfiles de esa clase y también la música de esas bandas me había molestado y herido siempre más de lo que había podido atraerme, lo mismo que, al fin y al cabo, durante toda mi vida, he sido enemigo de toda clase de desfiles y de marchas. Por mis hermanos, probablemente, porque sencillamente había que complacer su deseo de ver esas bandas de música que pasaban por debajo, habíamos salido al balcón y habíamos mirado hacia abajo, a mí, el desfile de esas bandas de música, de esos cientos de hombres con sus uniformes que pasaban por trajes regionales, hombres que, estúpidamente y como enloquecidos, golpeaban sus instrumentos de percusión y, de forma igualmente estúpida y como embrutecidos, soplaban sus instrumentos de viento, me recordó inmediatamente la pasada guerra, yo había odiado ya siempre todo lo militar, y por consiguiente, como es natural, tenía que sentirme repelido por aquel desfile pascual de tropas, y precisamente había destestado siempre profundamente esos pretenciosos desfiles rurales. Al pueblo, sin embargo, le gustan esos desfiles más que nada, y se apresura a ir en tropel a esos desfiles, siempre se ha sentido atraído, en todas las épocas, por lo militar y por la brutalidad militar, y la perversidad en esa esfera es en los países alpinos, donde la estupidez se ha hecho pasar siempre por diversión, incluso por arte, una perversidad máxima. Apenas había pasado la última banda de música y había quedado satisfecha la curiosidad de mis hermanos, mi madre me había hecho una confidencia, informándome de una operación que iban a hacerle ya en los próximos días. Se veía obligada a ir mañana ya al hospital, la fecha no se podía aplazar, ella misma me había hablado de una dolencia cancerosa. La fiesta de Pascua había terminado, mi madre y mis hermanos volvieron a Salzburgo poco después del desfile de bandas de música y trajes regionales, dejándome en un estado de profunda depresión. Cuando llegué a mi casa, a un piso, como recuerdo, frío y sin nadie y totalmente abandonado, en el que podía verse por todos los rincones la catástrofe que se había abatido sobre nosotros, hacía ya tiempo que mi madre había sufrido su operación. Ella ya había tenido conocimiento de su enfermedad dos semanas antes de que me hablase de ella, así pues, me había visitado más de una vez en Grossgmain sin haber tenido valor para decirme esa verdad. Cuando llegué a casa, en el autobús, los míos estaban en el hospital con mi madre. Yo mismo había traído de Grossgmain otra noticia poco agradable con la que, sin embargo, no había querido enfrentar en seguida a los míos: después de todo, mis pulmones se habían visto afectados al final de mi estancia en Grossgmain, el radiólogo había descubierto lo que se llama una infiltración en el lóbulo inferior del pulmón derecho, y el internista de Grossgmain había confirmado su descubrimiento. Mi temor se había confirmado, en Grossgmain había enfermado de repente del pulmón. El mismo día en que salí de Grossgmain visité a mi madre en el hospital regional. Ella había soportado bien la operación. Pero el médico no nos había dado ninguna esperanza. Durante días enteros estuve primero sentado en el cuarto del abuelo y luego andando de un lado para otro por la ciudad, como puede imaginarse, en medio de la mayor desesperación. No había querido ver a nadie, y por consiguiente no había visitado a nadie. Dos semanas después de salir de Grossgmain, el seguro de enfermedad me había enviado un, así llamado, boletín de hospitalización en el sanatorio de Grafenhof. Con el billete de ferrocarril que venía cosido a ese boletín de hospitalización, había podido emprender el viaje.



El aliento. Una decisión (1978)
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Anagrama, 1986
Imagen: Bernhard por David Levine



1 oct. 2011

Thomas Bernhard: Poemas (Así en la Tierra como en el Infierno)

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En el jardín de la madre

En el jardín de la madre
junto con mi rastrillo los astros
que cayeron mientras estaba ausente.
La noche es cálida y mis miembros
despiden aquel origen verde,
flores y follaje,
el grito del mirlo y el rechinar de un telar.
En el jardín de la madre
piso con mis pies desnudos las testas de las serpientes
que a través del portón mohoso se asoman
con sus lenguas de fuego.


Im Garten der Mutter

Im Garten der Mutter
sammelt mein Rechen die Sterne,
die hcrabgefallen sind, während ich fort war.
Die Nacht ist warm und meine Glieder
strömen die grüne Herkunft aus,
Blumen und Blätter,
den Amselruf und das Klatschen des Webstuhls.
Im Garten der Mutter
trete ich barfuß auf die Schlangenkopfe,
die durch das rostige Tor hereinschaun
mit feurigen Zungen.





Biografía del dolor

Donde ayer dormí es hoy día de asueto. Ante la entrada
se apilan las sillas y nadie, a quien preguntó por mí, me ha visto.
Las aves han alzado el vuelo para dibujar mi cara en las nubes
encima de mi casa y encima del jardín de los muertos.

Con los difuntos conversé y hablamos de la lira del mundo
a la que sus bocas ya no engendran, ni sus labios
que hablan una lengua que al perro de mi primo aflige.


La tierra habla una lengua que nadie entiende
porque es inagotable —a ella le arranqué estrellas
y podré
en medio de la desesperación
y bebí el vino de su cántaro
cocido con mis dolores.

Estas carreteras conducen al destierro. Percibo a Dios
detrás de un vidrio y al diablo en un altavoz;
ambos llegan juntos a mi corazón
que anuncia la decadencia de las almas.

La hojarasca revolotea sin cesar por las callejuelas,
causando destrozos entre los monumentos.


En octubre quisiera soñar con la hierba.
Abajo de la puerta de casa está clavado
un mandamiento:
                       No matarás
Pero en el diario hay tres asesinatos cada día
que podrían ser míos o de alguno de mis amigos.
Los leo como una fábula,
de una puñalada a otra, sin aburrirme.
Mientras confunden la carne y la fama
mi alma duerme bajo el movimiento de la mano
de Dios.


Biographie des Schmerzes

Wo ich gestern geschlafen habe, ist heute Ruhetag. Vor
dem Eingang
stehen die Stühle übereinander und keiner, den ich nach mir
frage, hat mich gesehen.


Die Vögel sind aufgeflattert, um mein Gesicht in die Wolken
zu zeichnen über meinem Haus und über dem Garten der Toten.
Ich habe mit den Toten gesprochen und von der Gitarre der Welt
geredet, die ihre Münder nicht mehr erzeugen und ihre Lippen,
die eine Sprache sprechen, die den Hund meines Vetters kränkt.


Die Erde spricht eine Sprache, die keiner versteht,
denn sie ist unerschöpflich – ich habe Sterne und Eiter
aus ihr gerissen
in den Verzweiflungen
und Wein getrunken aus ihrem Krug,
der aus meinen Schmerzen gebrannt ist.


Diese Straßen führen in die Verbannung. Ich höre Gott
hinter einer Glasscheibe und den Teufel in einem Lautsprecher
und beide erreichen zusammen mein Herz, das den
Niedergang der Seelen verkündet.


Unaufhörlich wirbelt das Laub in die Gassen
und richtet Zerstörung an unter den Denkmälern.
Ich möchte im Oktober vom Grün träumen.


Unter der Haustür steht ein Gebot angeschlagen, das
Gebot:
                    Du sollst Nicht Tötend
– in der Zeitung aher stehen jeden Tag drei Morde,
die von mir sein könnten oder von einem meiner
Freunde.
Ich lese sie wie eine Fabel,
von einem Messerstich zum andern – ohne, daß ich
mich langweile.
Während sie Fleisch und Ruhm verwechseln, schläft
meine Seele
unter der Handbewegung Gottes.




En una alfombra de agua

En una alfombra de agua
bordo mis días,
mis dioses y mis males.

En una alfombra de hierba
bordo mis penas de rojo,
mis mañanas de azul,
mis aldeas de amarillo y mis panes de miel.

En una alfombra de tierra
bordo mi fugacidad.
Allí bordo mi noche,
mi hambre,
mi duelo
y el barco bélico de mis desesperaciones
que surca un millar de aguas,
las aguas de la inquietud,
las aguas de la inmortalidad.


In einen Teppich aus Wasser

In einen Teppich aus Wasser
sticke ich meine Tage,
meine Götter und meine Krankheiten.


In einen Teppich aus Grün
Sticke ich meine roten Leiden,
meine blauen Morgen,
meine gelben Dörfer und Honigbrote.


In einen Teppich aus Erde
sticke ich meine Vergängnis.
Ich sticke meine Nacht hinein
und meinen Hunger,
meine Trauer
und das Kriegsschiff meiner Verzweiflungen,
das hinübergleitet in tausend Gewässer,
in die Gewässer der Unruhe,
in die Gewässer der Unsterblichkeit.




En Así en la Tierra como en el Infierno / Auf der Erde und in der Hölle 
Salzburgo, Otto Müller, 1957
Foto:Trad.: Miguel Sáenz
Foto: Thomas Bernhard por Erika Schmied, 1988



21 may. 2009

Salman Rushdie - En la subasta de las zapatillas rubíes

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Los pujadores que se han reunido para la subasta de las zapatillas mágicas se parecen poco a la muchedumbre habitual de nuestra sala de ventas. Los Subastadores han hecho mucha publicidad del acontecimiento y están preparados para lo que venga. La gente rara vez se atreve a salir de casa actualmente; sin embargo, y con razón, los Subastadores creen que este lote nos inducirá a abandonar nuestros búnkers. Se prevé mucho entusiasmo. En consecuencia, además de los servicios normales para comodidad y seguridad de las personas más notables, se han colocado escupideras de bronce especialmente grandes para uso de los físicamente enfermos; en confesionarios góticos estratégicamente situados se han instalado equipos de psiquiatras de diversas disciplinas para aconsejar a los enfermos del alma.
La mayoría de nosotros estamos hoy enfermos.
No hay curas. Los Subastadores han puesto un límite. Los curas están en otros edificios cercanos, que les son familiares confiando en poder tratar todo efecto secundario psíquico, todo exceso de locura.
Unidades de obstétricos y equipos P.A.L.O. de policía aguardan, discretamente, en las calles laterales, por si la excitación produce nacimientos o defunciones imprevistos. Se han hecho listas de parientes con teléfonos de contacto. Se ha traído una reserva de camisas de fuerza.
Mirad: detrás de un vidrio a prueba de balas, las zapatillas rubíes centellean. No conocemos los límites de sus poderes. Sospechamos que esos límites no existen.
Hay estrellas de cine entre los compradores, que traen a la sala de ventas su aura de brillantes y lentejuelas. Las auras de las estrellas de cine, creadas en colaboración con maestros de física aplicada, son de platino, oro, plata y bronce. Algunos actores de carácter, especializados en papeles de malvado, están rodeados por un aura de mal: verde lívido, amarillo mostaza, rojo de tinta. Cuando alguno de nosotros tropieza con el aura inestimable (y frágil) de una estrella, sea hombre o mujer, es derribado al instante al suelo por un equipo de seguridad y llevando en volandas a alguna de las furgonetas que lo aguardan. Esos incidentes disminuyen ligeramente la aglomeración en la Gran Sala de Subastas.
Los y las yonquis de souvenirs han venido en número previsible, y en estos momentos, con una zambullida, la cabeza de una de ellas aplica unos labios desesperados a la vitrina transparente de las zapatillas, haciendo sonar el sistema de alarma más moderno, cuyos programadores han olvidado enseñarle que ese gesto de adoración es relativamente inofensivo. El sistema descarga unos cientos de miles de voltios con implantes de colágeno de la besadora de vidrios, poniendo así fin a su interés por todo lo que ocurre. Es un momento desagradable y nauseabundo, pero no consigue disuadir de ese mismo acto suicida de devoción a un segundo aficionado. Cuando nos enteramos de que este retrasado mental era el amanto de la primera víctima, nos preguntamos por los misterios del amor, mientras sacamos de nuevo nuestros pañuelos perfumados.
El culto de las zapatillas rubíes está en su apogeo. Un baile de disfraces está en plena animación. Hay una gran oferta de magos, leones y espantapájaros. Se abren paso con los codos para tener un sitio, pisándose mutuamente los pies. Hay escasez de Leñadores de Hojalata a causa de la especial incomodidad del traje. Las brujas aguardan su momento en los balcones y las galerías de la Gran Sala de
Subastas, gárgolas vivas con posibilidades, en muchos casos, de obtener muchos puntos. Una de las esquinas está ocupada totalmente por Totóa, varios de los cuales copulan con entusiasmo, lo que obliga a un portero de guantes de goma a separarlos a fin de evitar el escándalo público. Lo hace con mucha delicadeza y tacto.
Nosotros, el público, nos ofendemos fácil, mortalmente. Hemos llegado a considerar la ofensa como un derecho fundamental. Valoramos muy pocas cosas más que nuestra rabia, que, en nuestra opinión, nos da un alto soporte moral. Desde ese alto soporte podemos disparar contra nuestros enemigos, causando muchas bajas. Nos enorgullecemos de nuestra escasa tolerancia. Nuestra cólera nos eleva, nos trasciende.
Alrededor del –digamos- relicario de las zapatillas de cequíes rubíes, se han ido formando charcos de saliva. Los hay que no se contienen y se les cae la baba. El portero latinoamericano, vestido de mono, se mueve entre nosotros, con un cubo en una mano y una fregona en la otra. Admiramos y agradecemos su talento para pasar inadvertido. Elimina del suelo el agua de nuestras bocas sin que tengamos que perder la cara.
Las oportunidades de encontrar lo auténticamente milagroso son limitadas en nuestro universo nietzscheano y relativista. Los filósofos conductistas y los científicos cuánticos se amontonan en torno a las zapatillas mágicas. Toman notas indescifrables.
Exiliados personas desplazadas de todas las clases, incluso vagabundos sin hogar han venido a echar una ojeada a lo imposible. Han surgido de sus agujeros subterráneos y desafiado los bazookas, la banda de uzis armados ciegos de crack o de caballo o de coca, los traficantes, los atracadores.
Los vagabundos llevan ponchos de yute malolientes y escupen ruidosamente en las macetas de yucas gigantes. Agarran puñados de canapés de las bandejas que llevan las manos soberbias de restauradores de primera categoría. Comen sushi con cantidades impresionantes de salsa wasabi, a cuyos efectos inflamatorios parecen impunes las entrañas de aquellos vagos. Se llama a los equipos P.A.L.O. y, tras una breve batalla, con utilización de balas de goma y dardos sedantes, se elimina a los vagabundos, se los deja inconscientes a golpes y son sacados de allí. Se los depositará a cierta distancia, fuera de los límites de la ciudad, en esa tierra de nadie humeante, rodeada de inmensas vallas publicitarias, en la que ya no nos aventuramos. Los perros salvajes se congregarán a su alrededor, impacientes por el almuerzo. Son tiempos despiadados.
En la subasta hay refugiados políticos: conspiradores, monarcas destronados, facciones derrotadas, poetas, jefes de bandidos. Esos personajes no llevan ya las boinas negras, gafas de culo de botella y capas envolventes de antaño, sino que adoptan actitudes resplandecientes con chaquetas de seda a cuadros y pantalones de talle alto, de alta costura japonesa. Las mujeres visten chaquetillas de torero con reproducciones en lentejuelas de grandes obras de arte. Una beldad exhibe un Guernica en la espalda, mientras que varias otras llevan escenas centelleantes de Los desastres de la guerra.Por incandescentes que sean con sus trajes de luces, las refugiadas políticas no pueden eclipsar a las zapatillas rubíes y se reúnen con sus compañeros masculinos en pequeños grupos siseantes, que lanzan periódicamente imprecaciones, bolitas de papel marcado o embebido en tinta y flechas de papel, a través del salón, a los grupos de emigrados rivales.
Los guardas, en las salidas, restallan distraídamente sus látigos y los políticos se portan bien.
Veneramos las zapatillas rubíes porque creemos que pueden hacernos invulnerables a las brujas (y hay tantas hechiceras que actualmente nos persiguen); por sus poderes para invertir la metamorfosis, su afirmación de un perdido estado de normalidad en el que casi hemos dejado de creer y al que las zapatillas nos prometen que podemos regresar; y porque relucen como el calzado de los dioses.
Por el liberalismo extremado de algunos de los Subastadores, que aducen que una sala de subastas civilizada debe ser una iglesia amplia, abierta, tolerante, se ha dejado entrar a fundamentalistas religiosos, que critican el fetichismo de las zapatillas. Los fundamentalistas han manifestado abiertamente que sólo están interesados en comprar el calzado mágico para quemarlo, y ello, en opinión de los Subastadores liberales, no es un programa reprensible. ¿Qué vale la tolerancia si no se tolera también al intolerante? «el dinero insiste en la democracia», reiteran los subastadores liberales. «Dinero es siempre dinero.» Los fundamentalistas fulminan desde cajas de jabón construidas de madera especial y bendita. No les hacen caso, pero algunos personajes de edad presentes hablan agoreramente de que han conseguido introducir una cuña.
Llegan huérfanos, confiando ñeque las zapatillas rubíes puedan hacerlos retroceder en el tiempo y en el espacio (porque, como prueban nuestras ecuaciones, todas las máquinas que viajan en el espacio viajan también en el tiempo): confían en que las famosas zapatillas los reúnan con sus padres muertos.
«Hogar» se ha convertido en un concepto tan disperso, deteriorado y diverso en nuestros trabajos actuales. No hay mucho por lo que suspirar. Hay ya tan pocos arcos iris. ¿Qué podemos esperar ni siquiera de un par de zapatos mágicos? Nos prometieron llevarnos al hogar, pero ¿son comprensibles para ellas las metáforas hogareñas, son permisibles las abstracciones? ¿Tomarán las cosas al pie de la letra o nos permitirán volver a definir esa palabra bendita? ¿Pedimos, esperaos demasiado?
Mientras nuestras necesidades innumerables surgen de nuestros reductos y se aprietan contra el cristal electrificado, ¿perderán la paciencia las zapatillas, como el antiguo pez plano de Grima, por nuestras crecientes exigencias y nos devolverán a las chizas de nuestro descontento?
La presencia de seres imaginarios en la Sala de Subastas puede ser la última gota. Aquí están las niñas de las pinturas australianas del siglo XIX, lloriqueando desde sus marcos dorados de molduras porque están perdidas
En la inmensidad del país. Con delantales azules y calcetines por el tobillo, miran los bosques tropicales y los desiertos rojos, tiemblan.
Un personaje literario, condenado a una eternidad de leer las obras de Dickens a un loco armado en una jungla, ha enviado su puja por escrito.
En una pantalla de televisión observo la frágil figura de un alienígena con la punta del dedo iluminada.
Esta invasión del mundo real por el ficticio es un síntoma de la decadencia de nuestra cultura posmilenaria. Los héroes bajan de las pantallas de cine y se casan con personas del público. ¿No habrá fin? ¿Debería haber controles más rigurosos? ¿Emplea el estado una violencia insuficiente? Con frecuencia debatimos esas cuestione. No hay duda de que una gran mayoría de nosotros se opone a esa migración libre e ilimitada de seres imaginarios hacia una realidad ya deteriorada, cuyos recursos disminuyen de día en día. Después de todo, pocos de nosotros querríamos viajar en la dirección opuesta (aunque hay informes convincentes de un aumento reciente de esas migraciones).
Voy a aplazar estas discusiones de momento. La Subasta está a punto de comenzar.
Es necesario que hable de mi prima Gale y de su costumbre de gemir ruidosamente cuando hace el amor. Seré franco: mi prima Gale fue y es el amor de mi vida, e incluso ahora que nos hemos separado, me excita fácilmente el simple recuerdo de sus alborotos eróticos. Me apresuro a añadir que, salvo por esa elocuencia, no había nada de anormal en nuestra forma de hacer el amor, nada, si puedo decirlo así, ficticio. Sin embargo, me satisfacía profunda, muy profundamente, en especial cuando, en el momento de la penetración, solía gritar: « ¡El hogar, muchacho! ¡El hogar, niño, si…has vuelto al hogar!»
Un día, siento contarlo, volví al hogar para encontrarla en brazos de un peludo fugitivo de alguna película de hombres de las cavernas. Me mudé aquel mismo día, llorando por la calle con el retrato de Gale como un tornado entre mis brazos y mi colección de viejos discos de Pat Boone de 78 revoluciones en una mochila.
Eso fue hace muchos años.
Durante algún tiempo después de haberme defenestrado Gale, estuve amargado y solía revelar a muestro círculo de amistades que ella perdió su virginidad a los catorce años en un accidente en que intervino una silla plegable defectuosa; pero la venganza no me satisfizo mucho tiempo.
Desde entonces, me he dedicado a su recuerdo. Me he convertido en una vela encendida en su templo.
Me doy cuenta de que, después de todos estos años de separación sin comunicación alguna, la Gale que adoro es por completo una persona real. La verdadera Gale se confunde con la que re-imagino, con mi elaboración privada de una continuación de nuestra vida juntos en un universo alternativo sin hombres-mono. La verdadera Gale puede estar ahora fuera de nuestro alcance, inefable.
Tuve un vislumbre de Gale recientemente. Ella estaba al otro extremo de un bar largo, oscuro y subterráneo, guardada por comandos mercenarios que llevaban armas nucleares de combate. En la barra había tapas polinesias y cervezas de la costa del Pacífico: Kirin, Tsingtao, Swan.
En aquel momento, muchos canales de televisión se ocupaban del triste caso del astronauta naufragado en Marte sin esperanza de socorro y cuyas reservas de alimento y aire disminuían. Los portavoces oficiales nos daban argumentos persuasivos para la brusca cancelación del presupuesto de exploración del espacio. Encontrábamos esos argumentos convincentes; voces influyentes se quejaban del sentimentalismo de las imágenes del astronauta agonizante.
No obstante, las cámaras que había dentro de su nave naufragada seguían enviándonos imágenes conmovedoras de su lento descenso hacia la desesperación, de su muerte de escasa gravedad y peso reducido.
Miré a mi prima Gale mientras ella miraba la televisión del bar. No me vio mirándola, no supo que se había convertido en el programa que había elegido.
El condenado de otro planeta –el condenado de la tele- comenzó a cantar un popurrí abrupto de canciones mal recordadas. Me acordé del ordenador agonizante, Hal, de la vieja película 2001, una odisea del espacio. Hal cantaba «Daisy, Daisy», mientras lo iban desconectando.
El marciano –porque ahora era residente permanente de Marte –nos ofreció interpretaciones espaciadas de Swaneee, Show Me the Way to Go Home y otras melodías de El mago de Oz; y los hombros de Gale comenzaron a temblar. Ella estaba llorando.
No atravesé el bar para consolarla.
Oí hablar por primera vez de la próxima subasta a la mañana siguiente, y resolví enseguida comprarlas, a cualquier precio. Mi plan era sencillo: le ofrecía a Gale los zapatos milagrosos con toda humildad. Si ella quería, le diría yo, podría utilizarlos para ir a Marte y traer al astronauta de nuevo a la Tierra.
Tal vez yo podría incluso entrechocar tres veces los tacones y conquistar nuevamente su corazón murmurando, en suave recuerdo de nuestro desperdiciado amor, No hay nada como el hogar.
Os reís de mi desesperación. ¡Ah! Decid a un hombre que se ahoga que no se agarre a un clavo ardiendo. Decid a un astronauta agonizante que no cante. Venid aquí y poneos en mis zapatos. ¿Qué decía el León Cobarde? Póntelos.
Póntelooooos. Pelearé con vosotros con una mano atada a la espalda. Pelearé con vosotros con los ojos cerrados. Tenéis miedo, ¿he? ¿Tenéis miedo?
La Gran Sala de Subastas es el corazón de la tierra que late. Si os quedáis allí tiempo suficiente, veréis pasar todas las maravillas del mundo. En la Gran Sala de Subastas hemos presenciado, en los últimos años, la subasta del Taj Mahal, la Estatua de la Libertad, los Alpes, la Esfinge. Hemos asistido a la venta de viudas y la compra de maridos. Aquí se han vendido secretos de Estado, abiertamente, al mejor postor. En una ocasión muy especial, los Subastadores presidieron la venta, a una banda recalentada y ecuménica de demonios rojos que se consumían, de una amplia selección de almas humanas de todas clases, calidades, edades, razas y credos.
Todo está a la venta y, bajo la supervisión firme pero esencialmente benévola de los Subastadores, sus perros de seguridad y sus equipos P.A.L.O., nos enzarzamos en una batalla de caletre y cartera, en una guerra de nervios.
Hay cierta pureza en nuestras subastas de aquí, y también una tensión estéticamente agradable entre la vasta complejidad de la vida que se ofrece, empaquetada en lotes, para que se vaya a golpes de martillo, y la simplicidad igualmente inmensa de nuestra forma de tratar esa vida.
Hacemos una oferta, los Subastadores adjudican un lote y pasamos al siguiente.
Todos son iguales ante la justicia de los mazos: el artista de las aceras y Miguel Ángel, la esclava y la Reina.
Es el tribunal de la demanda.
Ahora están empujando las zapatillas. A medida que el precio se alza, también lo hace mi estómago. El pánico me agarra, me hunde, me ahoga. Pienso en Gale -¡encantadora prima!-, rechazo el miedo y hago mi oferta.
Una vez, el viudo de una cantante de pop famosa en todo el mundo y muy querida, me pidió que fuera en su nombre a una subasta de recuerdos de rock. Él era el único ejecutor testamentario de la herencia de ella. Que se elevaba a decenas de millones. Yo lo trataba con respeto.
Sólo lo quiero un lote –me dijo-. Gaste lo que tenga que gastar.
Era una prenda de vestir, un par de panties de papel de arroz comestible, con sabor a menta, comprados hacía tiempo en un almacén de (creo que se llama así) Rodeo Drive. El último show de la difunta esposa de mi empleador había incluido quitarse y consumir en público varios de esos panties. Otros panties de diversos sabores –chocolate chip, braga gloriosa, cassata –eran arrojados a la multitud. También éstos eran devorados en la excitación general del concierto, ya que sus afortunados destinatarios estaban demasiado arrebatados para considerar el valor futuro de lo que habían atrapado. Por ello, las prendas íntimas realmente llevadas por aquella señora escaseaban, y en la actualidad la demanda era grande.
Durante la subasta llegaron ofertas por los enlaces de vídeo con Tokio, Los Ángeles, París y Milán, ofertas tan rápidas y de tal envergadura que perdí la sangre fría. Sin embargo, cuando telefoneé a mi empleador para confesarle mi fracaso, no se mostró nada afectado, sino interesado sólo en el precio final. Le dije la suma delinco cifras y se rió. Era la primera risa auténticamente alegre que le había oído desde que su esposa murió.
- Está muy bien –dijo-. Tengo otros trescientos mil panties.
Vamos a los Subastadores para determinar el valor de nuestros pasados, de nuestros futuros, de nuestras vidas.
El precio de las zapatillas rubíes está subiendo cada vez más. Muchos de los que pujan parecen ser mandatarios, como yo el día de las bragas; como lo soy tantas veces, de tantas formas.
Hoy, sin embargo, estoy pujando –quizás literalmente- por mí mismo.
Hay una explosión fuera, en la calle. Oímos pies que corren, sirenas, gritos. Esas cosas se han vuelto corrientes. Nosotros nos quedamos donde estamos, absortos por un drama mayor.
Las escupideras están plenamente ocupadas. Las brujas cantan cantos sepulcrales, las estrellas de cine se van enfadadas, con las auras deslucidas. Se forman colas de desconsolados en los confesionarios de los psiquiatras. Los guardianes que blanden porras tienen trabajo, pero todavía no los obstétricos. Se mantiene la orden. Soy la única persona de la Sala de Subastas que siguen pujando. Mis rivales son cabezas sin cuerpo en pantallas de vídeo y voces no escuchadas en enlaces telefónicos. Lucho con un mundo invisible de demonios y fantasmas y la recompensa es la mano de mi dama.
En el apogeo de una subasta, cuando el dinero se ha convertido sólo en una forma de llevar la cuenta, ocurre algo que me resisto a admitir: uno se separa del suelo.
Hay una pérdida de gravedad, una reducción del peso, un flotar en la cápsula de la lucha. El objetivo final atraviesa una frontera delirante. Su logro y nuestra propia supervivencia se convierte en –sí- ficciones.
Y las ficciones, como he estado a punto de sugerir antes, son peligrosas.
Prisioneros de la ficción, podemos hipotecar nuestros hogares, vender a nuestros hijos para tener todo lo que deseamos ardientemente. La otra posibilidad es, en ese mismo océano de miasmas, apartarnos sencillamente, flotando, de nuestros deseos, y verlos con ojos nuevos, a distancia, de forma que parezcan ingrávidos, triviales. Los dejamos ir. Lo mismo que los hombres que mueren en una ventisca, nos echamos en la nieve para descansar.
Así es como mi prima Gale pierde su poder sobre mí en el crisol de la subasta. Así es como salgo del edificio, me voy a casa y me quedo dormido.
Cuando me despierto, me siento nuevo y libre.
La próxima semana habrá otra subasta. Se subastarán árboles genealógicos, escudos de armas y linajes reales, y en cualquiera de ellos se podrá insertar el nombre que uno quiera, el propio o el de la persona amada. Se ofrecerán también pedigrees: alsacianos, birmanos, saluki, siameses, terriers cairn.
Gracias a la infinita generosidad de los Subastadores, cualquiera de nosotros, gato, perro, hombre, mujer o niño, puede ser de sangre azul; puede ser –tal como queremos ser y tal como, escondidos en nuestros refugios, tememos no ser- alguien.


En Oriente, Occidente
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janés, 1997
Foto: Salman Rushdie por Sally Soames, 1988