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8 jun. 2011

Jan Van Ruysbroeck - Del Don de Ciencia

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El tercer don del Espíritu Santo que es ornamento del alma es la ciencia infundida divinamente, que embellece los dos dones precedentes, quiero decir, el Temor y la Piedad. Esta ciencia es una luz sobrenatural que penetra en el alma racional, para que el hombre conforme su vida a una suprema perfección. De esta ciencia verdadera nace el discernimiento o la mesura. Pues cuando alguno, por la fe y el temor amoroso o filial, se sustrae al yugo de Satán, arroja al pecado de su espíritu y renuncia a su voluntad propia por humildad y sumisión, pronto a obedecer a Dios y a llevar su yugo por la práctica de todas las virtudes, éstas, por la voluntad, adornan la facultad irascible; y cuando por la piedad, la compasión y la liberalidad va en ayuda del prójimo por medio de las obras de misericordia, éstas adornan la voluntad según la facultad concupiscible. Pero en todas esas obras y en todas las demás, hay que emplear la discreción y la medida, para saber las circunstancias de tiempo, de modo y de persona, la cantidad y la razón que deben guiar en el reparto y administración de los bienes, y estas cualidades adornan la inteligencia según la facultad razonable. Esta prudencia, esta mesura es la perfección y ornamento de todas las virtudes morales; sin ella ninguna virtud puede ser durable, pues es la madre de todas las virtudes. Ella es la que hace considerar al hombre lo que debe ceder al honor de Dios, cuál es la utilidad y la necesidad del prójimo, y de qué manera hay que dar satisfacción a cada uno.

De ahí proviene el conocimiento de sí mismo, en que advierte, por su propia experiencia, que a menudo no está en regla con Dios en cuanto al respeto, el honor, la alabanza y la veneración que le debe, así como en sus sentimientos de humildad; lo mismo con el prójimo, a causa de la tibieza de su caridad, de su poca consagración y de su negligencia. De ahí proviene el disgusto y el dolor que siente a causa de todas sus acciones, que juzga no están de ningún modo en relación con lo que debe a Dios y al prójimo. Lo que hace que se estime en poco a sí mismo, igual que a sus obras. El conocimiento de nosotros mismos nos hace considerar de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Venimos, en verdad, de Dios, y estamos en un destierro. El que lo ama aspira siempre hacia Dios, y desea estar con él; por eso experimenta sin cesar los dolores del destierro. Corporalmente, estamos sujetos a toda clase de penas y tormentos: el hambre, la sed, el calor, el frío, las enfermedades; y ésta es la fuente de una multitud de males y flaquezas. Somos a menudo combatidos y atormentados, sea por los demonios, sea por los hombres. Y la ciencia divinamente inspirada nos hace conocer todo eso, por temor de que nos gloriemos más de lo necesario y nos gocemos desmedidamente en las cosas caducas y efímeras y en las obras de nuestras manos; y para que no nos contristemos por ser los siervos inútiles de Dios, y porque en todas las virtudes muchas son las cosas que nos faltan. Y ésta es la parte principal y más excelente de ese don de ciencia divinamente infundida. De esos hablaba Cristo cuando dijo: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". Beati qui lugent quonian ipsi consolabuntur (Mt., V, 5.).

Los que lloran y se contristan de lo que les falta en el servicio y el honor que tributan a Dios, aunque hagan todo cuanto pueden, lo hacen por amor y fidelidad hacia el mismo Dios y en su celo por la virtud. Aunque ellos solos pusieran en práctica todas las virtudes, eso les parecería poca cosa, pues desean tributar al que aman muchos más honores y servicios de lo que pudieran hacer todos los mortales juntos. A ellos se aplican (las palabras del maestro): Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados en el reino eterno de Dios. Son semejantes a los espíritus angélicos del tercer orden y forman parte de su sociedad y de su orden. Estos espíritus llevan el nombre de Virtudes, y son más ilustres y más iluminados que los dos órdenes inferiores; por eso los alumbran y dirigen en todas sus acciones; porque los aventajan en la ciencia y el discernimiento. Pueden también, por su luz y sus inspiraciones, por medio de imágenes y figuras, alumbrar a los hombres que ponen todo su interés en valerse de su prudencia y sabiduría. Son también llamados Virtudes porque tienen autoridad para gobernar los dos órdenes inferiores, donde ellos quieren y cuando es necesario. Ocupan el primer grado en el último orden jerárquico, completan y rematan los tres órdenes de esta jerarquía. Finalmente, son los primeros de aquellos a quienes incumbe el cuidado de dirigir y regular la vida moral. El que está lleno de esta ciencia y de este discernimiento divino se hace semejante a Dios, tanto según su divinidad como según su humanidad.

Dios, en efecto, según su naturaleza divina, mirando hacia las regiones inferiores, contempla todas las criaturas, el cielo, la tierra y todo lo que contienen; las compone, las ordena, las regula, según la medida de su juicio y la necesidad que tienen; corresponde con los hombres en todas sus acciones y en todas sus maneras de ser, en las que éstos se conforman a su voluntad y se regulan por él; e ilumina a cada uno exterior e interiormente, según su capacidad. Según la humanidad, Cristo Jesús estaba lleno de ciencia y de discernimiento, y lo estuvo durante toda su vida y en todas sus acciones. El que adquiere ese don de ciencia y de discernimiento y lo lleva a ese grado de perfección, ese tal ilustra el tercer elemento del aire, es decir, la facultad razonable del alma, y la embellece con una claridad suprema. Pero la facultad razonable, iluminada y radiante con la luz de la ciencia divina, es el adorno de la tierra; ésa es la virtud que se compara con la tierra, porque es la última de las virtudes y obliga al hombre a someterse a la humildad y a la obediencia. Sirve también de adorno a las aguas, es decir, a la facultad concupiscible, que hace que el hombre se derrame (como el agua) en obras de misericordia. Ahora bien, las regiones etéreas de esta virtud razonable están adornadas de una infinidad de pájaros, es decir, de obras diversas. Pero, entre las aves, unas evolucionan sobre la tierra, otras nadan en las aguas, otras más vuelan en los aires, y en fin, hay algunas que vuelan en las regiones superiores del aire, no lejos de la hoguera de llamas. Las que andan sobre la tierra significan los hombres que distribuyen liberalmente los bienes y cuidados temporales a los pobres, según la medida indicada por la razón; los que prestan servicio a sus semejantes en todo lo que mira al cuerpo. Pero hay que derramarse como las aguas, hasta los confines de la tierra, por la compasión, la conmiseración y la misericordia con las necesidades de todos; y los que lo hacen son los más útiles de los hombres, socorriendo al género humano en las necesidades del alma espiritual. Hay que volar así en las regiones de la virtud razonable, es decir, escrutar todas las acciones de su vida según la rectitud de la razón. Los que obran así son muy útiles a si mismos. Hay, en fin, que cernirse como el águila más allá de las regiones de la virtud razonable, hasta la hoguera del amor divino; es decir, referir en el ardor de nuestros deseos todas nuestras acciones y nuestros esfuerzos al honor de Dios. Así tenemos ya tres facultades inferiores del alma adornadas con tres virtudes: la Irascible adornada por el temor amoroso o filial, la humildad, la obediencia y el renunciamiento; la Concupiscible adornada con la mansedumbre, la piedad, la compasión y la liberalidad o largueza; la Razonable, en fin, adornada con la ciencia y el discernimiento que regulan todas las cosas. Se obtienen estas virtudes y se persevera en ellas, para la perfección de la vida activa, por la razón, como se ha dicho: El que obra así tiene la aptitud y la preparación necesarias para todas las virtudes y para la adquisición de todos los dones de Dios.

Lo que hay que hacer para poseer el don de Ciencia; de sus impedimentos y de las causas de su ruina.

El que quiere obtener el don divino de ciencia, con todas las ventajas que de él resultan, debe hacer de modo de tener el alma tranquila y sin acritud, gozando de una gran paz en las grandes adversidades, para soportar con igualdad de alma las maldiciones, los odios y las cóleras de los hombres; considerar todas las cosas con sagacidad y rapidez, conocerlas sin ambigüedad ni confusión, para saber lo que hay que hacer en tal o cual circunstancia, para dar o recibir; administrar con probidad, regular y gobernar cada cosa, esto es, llevar una vida conforme a la verdad; así también velar sobre todos los actos y sobre sí mismo, examinarlos y observarlos, esto es, iluminar su vida con el sol de justicia para reconocer que no tributa a Dios ni a los hombres todos los deberes que sería menester, sino que se aparta siempre del camino de la perfección, lo que hace que conozca sus propios defectos e imperfecciones. Y conociendo estas cosas detestará su propia abyección, buscará las causas de su mal, se acusará a sí mismo en la tristeza de su alma; y por estos medios poseerá las virtudes en su elevación y su grandeza.

Pero hay cuatro obstáculos que se oponen a que el hombre obtenga y posea, en un supremo estado de perfección, el don de ciencia. Estar abrasado por un deseo ardiente de las virtudes, sin una justa reserva, es un impedimento para la ciencia. Tener el corazón ocupado e inquieto en las acciones virtuosas, oscurece y atonta la razón. El que se complace en sus propias virtudes y no inquiere sus defectos, no posee el verdadero conocimiento (de sí mismo). El que, pasando su vida en el mundo, no desea verse libre del destierro, carece del don de ciencia. A estos cuatro primeros obstáculos pueden añadirse otros cuatro, que arruinan, transforman y eliminan toda virtud. El alma irascible, que hierve de cólera, está privada de ciencia. Los gestos torvos. La faz cruel, los juramentos, las maldiciones son las señales del hombre privado de sabiduría, de discernimiento y de razón. Atribuirse todo en materia de virtud y no conceder nada a los otros, es de un hombre que se conoce poco. Estar contento del mundo y no gemir con sus males es encaminarse a la condenación.


Tratado del Reino de los Amadores de Dios
Traducción: Raúl A. Rivero Olazábal
Imagen: Retrato medieval de Jan Van Ruysbroeck