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3 oct. 2011

Germán Rozenmacher - El misterioso señor Q

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El otro auto seguía atrás, en el espejo retrovisor, ni más lejos ni más cerca que al comienzo de la tarde; Rolo Sánchez, casi con odio, apretó el acelerador. Pero, ¿qué era esa persecución, en qué país vivimos? El nervio de la muela empezó a latir; enloquecido, Rolo Sánchez entró al túnel con techo enjoyado de luces, que atravesaba las colinas ralas tras las cuales se guarnecía la ciudad de Villeneuf. Absurdos túneles innecesarios: ¿no se podían volar las colinas con dinamita? Eso sería mucho más barato y práctico. Pero no: Villeneuf estaba orgullosa de sus túneles; nombre absurdo y petulante —Villeneuf— que no alcanzaba a disimular el olor a podrido, a curtiembres y mataderos que bordeaban esa enorme y sombría ciudad. El auto blanco lo seguía sin apuro, con algo de amenaza que Rolo no entendía bien. "Desde que usted me llamó empezaron a seguirme", le diría a ese viejo maniático. "Exijo garantías", sería lo que iba a gritarle. Habitualmente, el sutil oficio de espía industrial es muy apacible, protegido, burgués, casi aceptado en los esotéricos círculos de las grandes corporaciones industriales —como Alpha y Beta, por ejemplo—, que lo cultivan como un defecto virtuoso. Sin embargo —y Rolo Sánchez no era impresionable—, esa semana, en alcantarillas distintas habían aparecido los cadáveres de tres colegas menores: un escribano, vocero del mesurado Club de los Estancieros; un deán famoso por su buen sentido y un dirigente de los obreros de las curtiembres, por cuyo tino se evitaron varias huelgas; todos habían prestado servicios que apenas merecerían figurar en la antología del espionaje industrial. Y además estaba ese fatídico triángulo rojo multiplicado infinitamente sobre paredes de ladrillos, puertas de corralones, persianas de almacenes y boliches. Un triángulo indescifrable que tal vez pretendía anunciar catástrofes: cualquiera podía ser el próximo. Un aire de fatalidad corría, como una peste imprecisa, por las calles. Rolo Sánchez estuvo a punto de frenar ante una de esas casas bajas con balaustradas en la azotea, ángeles carcomidos en el frontispicio, pasillos con remotas pero adivinadas puertas canceles: tenía sus papeles en orden; su solo nombre, en el Bureau de la Seguridad, podía ser suficiente para abrir puertas, interesar a ministros, mariscales, prefectos. Pero no era prudente; en estos días mejor no aventurarse con interpelaciones a autos blancos.

Salió a una plaza rala, sin árboles, en torno de la cual brillaban, húmedos, los rieles de tranvías, que —desde hacía mucho— no pasaban más. Gendarmes de la agotada y perpleja Garde Republicaine, con sus uniformes grises, cascos puntiagudos y sables de cosacos doblaron a caballo una esquina desierta: esos mítines fantasmales terminaban siempre antes de que ellos llegaran, mientras los triángulos se repetían, por todas partes, anunciadores del caos. ¿Qué cornos estaba pasando? El supersport y su perseguidor abandonaron los barrios viejos por una calle anchísima y portuaria, la Rue du Toulon, bordeada de corralones piringundines, tiendas de confituras griegas, casas de quiniela y dudosos profesores de yoga. El viento agitaba los carteles de las elecciones para el Sindicato de Músicos, únicas permitidas en Villeneuf. El latido de la muela lo exasperó: los triángulos eran siempre más y terminaban por abrumar, superpuestos a la papelería electoral. De pronto, Rolo desembocó en el pequeño centro con sus altas aunque frágiles estructuras de cristal. Frente al American Club frenó de golpe. Al bajar miró hacia atrás: su perseguidor paró a una distancia insolentemente peligrosa: media cuadra. Esperó que alguien descendiera. Sus pies quisieron ir hacia allí, pero creyó ver un caño de pistola asomándose por la ventanilla y optó por entrar al club corriendo. Cuando Rolo Sánchez llegó al piso 24, curioseó discreto en el salón de billares; al fondo, ante sendas mesitas portátiles, había media docena de empleados de firmas extranjeras sentados en sillones altos como tronos, que, ajenos a lo que pasaba afuera, comían su lunch mirando jugar a sus compañeros, a quienes animaban en un dialecto nórdico que Rolo no alcanzó a descifrar. Su hombre no estaba ahí. Entró, jadeante, a un tibio corredor; trató de tranquilizarse. Miró si lo seguían. Después se precipitó a la sala donde dos enormes mucamos con casacas blancas, de enfermeros, masajeaban a un viejito muy pequeño que crujía, gemía o tal vez asentía. Se acercó a la puerta de vidrio: allí estaba, por fin, Matías Bjornstrand, casi impúdico, en el vapor del baño finlandés, parado sobre los listones de madera del primer escalón. Rolo sentía una locomotora a toda marcha dentro de la cabeza; se desvistió (mirado por Matías Bjornstrand a través de la puerta de vidrio), tomó una ducha, para aparentar calma, y luego, con una toalla alrededor del estómago, sentado en un sillón de peluquería, se hizo servir un Cheevas on the rock hojeando —sin ver— un viejo Economist. Cuando entró a la cabina, Matías Bjornstrand le dio la espalda removiendo con las tenazas los carbones del brasero. Rolo subió -con aparente pachorra— al primer escalón: 70 grados. De pronto se acercó a la puerta y la palpó, buscando micrófonos. —Permiso —dijo, y cuidadosamente levantó la parrilla para comprobar que no hubiera micrófonos antitérmicos—. ¿Por qué encontrarnos aquí? —Por su seguridad —sentenció el venerable Matías Bjornstrand, limpiando los impertinentes que se volvió a calzar en el exacto sitio en que su tabique nasal enrojecía en dos marcas—. ¿Lo siguen? —Sí.

—A todos nos pasa lo mismo. —¿Qué? ¿A usted también? —A todos nos siguen autos blancos. Y cuando queremos detenerlos desaparecen. Ahora Rolo subió al segundo escalón: 80 grados. Traspiraba con obscena abundancia. Era rabelaisiano para transpirar. —Desde que usted me llamó me siguen —reprochó Rolo. —Ya sé. Quiero por eso que lo vean conmigo. Quiero protegerlo. —¿Por qué?

—Le va a tocar un trabajo peligroso. Y no quiero que nadie le haga ningún daño.

¿Desde cuando tanto amor, si el viejo no lo podía ver ni en figuritas? Rolo prefirió no decirlo. Esperó. —Usted me va a ser muy útil. —Don Matías, ¿y por qué hablar aquí? Pero Matías Bjornstrand salió antes de que Rolo pudiera subir al escalón de los 90 grados. En la calle, un rato después, el viejo entró a su anticuado Mercedes, cuya cabina de chofer descubierta daba al automóvil cierto aire de Mateo motorizado. Rolo lo flanquea en su supersport: ahora eran dos los autos blancos que — uno tras otro— los seguían. Veinte minutos más tarde, en su despacho de Cornafrup, Matías Bjornstrand, sin la menor demostración afectuosa, decretó: —Vea, joven, la cosa es así. Nadie lo puede negar: yo he tomado mis precauciones; coloqué micrófonos parabólicos y telescópicos por todas partes. Apretó un botón: era una pantalla, cuyas imágenes cambiaban a medida que Matías Bjornstrand oprimía una perilla, aparecieron señoritas haciendo tiempo en el toilette, burócratas de mangas negras que leían a escondidas libros pornográficos, ordenanzas tomando café a hurtadillas y hasta una supersecreta reunión del Consejo Asesor de Mariscales de la Garde Republicaine en Funciones de Apoyo Logístico a Cornafrup, donde se jugaba una partida de truco bordada por chistes picarescos, a puertas cerradas. —Interfiero todas las conversaciones telefónicas, nadie sale sin ser revisado; y, sin embargo, nuestros negocios van cada vez peor —suspiró Matías Bjornstrand. — Calma, don Matías —intentó apaciguar Rolo, recorriendo los adustos retratos ovalados, en daguerrotipo, de los anteriores presidentes de la Corporación Nacional de Frutos del País, hasta retornar a Matías Bjornstrand, ahora con su cuello palomita, corbatón y su prodigioso aire de ave rapaz. — Cornafrup es lo único que todavía funciona en este país —murmuró, obsequioso pero inconvincente, Rolo Sánchez. —Sin embargo, Alpha and Sons conoce cada uno de nuestros pasos. Nuestros montos de exportaciones de frutos del país a Europa están bajando a velocidad asombrosa, alarmante. Alguien está enterado al minuto de toda nuestra estrategia de comercialización, Sánchez, de nuestros estudios de mercado, nuestros planes de venta, costos, inversiones futuras, proyectos confidenciales. Alpha ya nos desalojó de tres países y todo hace suponer que nos infiltrará totalmente hasta devorarnos. Matías Bjornstrand se paró, enfurecido, caminando bajo los daguerrotipos. —¡Hasta nos ganó de mano con la botella! El mes pasado íbamos a lanzar al mercado nacional el mate gaseoso en botella de tamaño familiar. ¿Y cómo es posible que Alpha haya llegado primero? —gritó Matías Bjornstrand. A Rolo tales efusiones no lo conmovían.

—¡Hay alguien que habla aquí! ¡Alguien que está muy arriba! Le he planteado la cosa al presidente, está más indignado que yo, pero el espionaje sigue. —Los miembros del directorio de Cornafrup son los ministros del gabinete, gente insospechable —quiso atemperar Rolo. —Sin embargo, alguien habla aquí. —¿Por qué me llamó a mí? ¿Y los servicios de seguridad? —¡Bah, también pueden ser ellos!... —O yo...—sonrió Rolo. —Esta vez no es usted. Rolo, harto, se acercó a la ventana. Sintió que alguna vez tendría que salir a la calle, que esa persecución debía tener un objeto que aún no entendía, y el miedo creció de nuevo en ese nervio de su muela maldita. Una inspiración, un latido feroz; una espiración, otro. Sin embargo, ¿qué hacía allí, con ese viejo ingenuo, prócer decorativo, ineficaz, desesperado al no poder imponer su receta "Manos limpias, nacionalismo y democracia"? De haber podido le habría quitado él a Matías Bjornstrand la fórmula del mate gaseoso, para vendérsela a Beta and Sons... ¿Por qué no? Era el mejor espía profesional independiente y las cosas en Villeneuf alguien tenía que hacerlas; pero con todo lo que pasaba en la calle no era éste momento propicio para discutir con Matías Bjornstrand. Tenemos que unirnos, quiso decir Rolo, pero no le salió. Vio en los ojos cuánto lo odiaba ese viejo. Por su pasado de dirigente estudiantil, o tal vez por su actual influencia entre los mariscales jóvenes. Pura envidia, rumió Rolo Sánchez. —¿Por qué no me quiere? —musitó—. Yo también estoy trabajando over time, hasta el exceso, en bien del país. Pero Matías Bjornstrand ni siquiera lo escuchaba. Rolo comprendió que su estilo oratorio no gustaba ahí; sus consejos eran muy escuchados, pero en otra parte: había sido electo Joven Asesor Financiero del Año por la Cámara Junior. —Haga lo posible por conseguirme el nombre de ese espía para esta misma noche —concluyó, de pronto, sin previa aclaración, Matías Bjornstrand. —¿Qué?— Rolo, enrojecido, se paró golpeando sobre el escritorio con el puño—. ¿Está loco? ¿Quiere usted que en horas yo le averigüe lo que todo el gobierno no pudo descifrar con todo esto? ¿Por qué se pone tan exigente conmigo? ¿Qué me ofrece? —La vida—dijo tranquilamente Matías Bjornstrand.

Rolo, como apaleado, se sentó. —Por eso lo invité al American Club. Ese baño finlandés es una plaza pública: todos los que tenían que enterarse de que andamos en tratos ya lo saben. —¿Y por qué me quieren matar a mí? ¿eh? —Rolo sudaba y se agarró de la mesa para no temblar. ¿Dónde había un dentista? Pero, ¿en qué dentista podía confiar? El asesino lo esperaba en cualquier parte. —Usted lo conoce a Eric Lonrot —dijo Matías Bjornstrand. —¿Quién?¿El doctor Lonrot? Matías Bjornstrand pareció no oír la pregunta y resopló: —El American Club me produce una sensación de empacho. Y no crea que lo recorrí muchas veces... —Don Matías, ¿usted quiere que le haga un contacto con Lonrot, el hombre de Beta, a quien puede ver aún menos que a mí? Matías Bjornstrand obvió la pregunta con un transitado soliloquio que pronunció recorriendo todo el despacho: —En todas las salitas y salones había tipos que comían... una empresa presentaba una bombacha nueva, por acá había un desfile de modas, por allá una primera comunión, un bar mitsvá, un dueño de curtiembre que festejaba sus bodas de plata... —Matías Bjornstrand caminaba llenándose paulatinamente de ira—. Y en cada salón otra orquesta y adentro todos comían y comían y comían. ¡Es que no hace otra cosa que comer la gente en Villeneuf! ¿Y por qué ahí? ¿El Club du Progrès ya no les sirve? —No tengo por qué aguantar sus desvaríos justo en este momento... Explíqueme qué quiere... —a Rolo se le quebró la voz. —Eso es lo malo con Villeneuf. ¿Nada menos que usted me pide explicaciones? Y por otra parte, ¿a quién se le ocurrió ponerle ese nombre francés al país? Solamente a los delirantes españoles que nos descubrieron tarde, en plena Revolución Francesa, y que apenas tuvieron tiempo para hispanizarnos porque en seguida vino la independencia... —Por última vez, don Matías. ¿Por qué a Lonrot, por qué me siguen? —murmuró, pero solamente le respondió el silencio de ese enorme despacho gris, con olor a humedad y a escuela primaria. — ¿Por qué? — repitió dos horas después; pero ya no era Matías Bjornstrand, sino el mismísimo Eric Lonrot, quien estaba ahí delante, cebando mate en su silla petisa de paja. Afuera cacareó una gallina. —¿Por qué me van a matar? —dijo Rolo—. ¿Usted tiene alguna idea? Estaban en pleno Champs du Roy, un pueblo de campaña, un montón de quintas desparramadas por el campo ralo, entre matorrales y potreros. —Mijito, yo no soy un oráculo —dijo el hombre pelirrojo. —Es que... somos vecinos — argumentó Rolo, aunque fue el primero en advertir la lastimosa inconsistencia de su protesta: a Lonrot no le interesaba el furor edilicio que en los últimos tiempos provocaba mudanzas masivas de ejecutivos hacia los Champs du Roy; todos intentaban vivir en esas quintas abandonadas, plagadas de patios andaluces con mosaicos crecidos de yuyos; el inconveniente residía en que esos mosaicos había que importarlos de Europa y ya no se fabricaban más. Como era imprescindible no sólo tenerlos sino otorgarles una pátina de vejez y decadencia, para cumplir con la moda, los fabricantes criollos cobraban cada mosaico a precios inverosímiles: es que primero debían hacerlos y luego rajarlos, partirlos, romperlos, otorgándoles ese aspecto añejo tan ansiado.

—Usted lo sabe todo —dijo casi religiosamente Rolo. Estaban en un jardín de invierno, con vidrios romboidales, por donde se filtraba la luz de la siesta que afuera era azul. Los rombos eran amarillos, rojos y verdes, de modo que Rolo y Lonrot nadaban en una confusa claridad crepuscular. El lugar era un inmenso tablero, donde se jugaba una partida incomprensible que lo incluía; parado sobre esas grandes baldosas negras y blancas cuyos confines se perdían en la luz incierta, estaba frente a Lonrot, quien lo miró desde su silla petisa, única cosa que, aparte de ellos dos, había en ese jardín de invierno. El miedo había hecho envejecer a Rolo de un modo imposible de constatar físicamente: pero sus ojos enrojecidos, sus sentidos atentos a ese auto quieto que lo aguardaba oculto entre los álamos, su lenta y azorada declinación, lo convertían en un derrotado, promesante prematuro de esa pagoda de Champs du Roy. —Así que Matías le pide ayuda a Beta —Lonrot tomó su mate hasta que se quedó chupando el ruido a bombilla vacía; ni siquiera había dejado de chupar la bombilla cuando Beta and Sons realizó su mejor inversión en Villeneuf al llevarse a Lonrot como becado a Nueva York para que, bajo la égida de la casa central, compartiera dos cosas: atender un curso de arameo, a fin de descifrar la exégesis que el sabio Rashi había escrito en el medioevo francés acerca del Pentateuco, y participar de un curso acelerado de espionaje industrial. —Muy bien —dijo Lonrot—. Aunque Matías lo use a usted de porte parole, acepto el trato. —Ninguno de los tres podemos vernos —susurró Rolo—. ¿Por qué asociarnos? —Usted quiere vivir. Pero va a morir, si juega mal. Rolo no contestó: lloraba, en silencio, sin comprender absolutamente nada de lo que le infligían los demás. —Así está escrito —la voz lúgubre de Lonrot era lenta, fría, entrecortada—. Usted tendrá que jugar la carta de Beta contra Alpha. —¿Y quién es el hombre de Alpha infiltrado en el gabinete? —preguntó afiebrado Rolo. Sin grandes movimientos, Eric Lonrot extrajo de su saco de fumar un hermoso revólver plateado y enorme, con el tambor lleno de balas. Lo ofreció por el caño, con la negra culata hacia Rolo. Al mágico contacto con el metal, una clara dureza, con destellos de ferocidad nació ahora en los ojos de Rolo, quien se quedó como un alfil que desbordaba peligrosidad esperando al ajedrecista que lo dirigiera hacia un enemigo cuya cara aún desconocía. Entrevió las galerías por las que se perdió Lonrot y creyó soñar que éste volvía a través de un espejo. Quizá fuera la fiebre, pero le pareció que Lonrot retornaba con un pequeño libro en las manos. Después, el doctor pelirrojo se sentó y abrió el Sefer letsirá que no sólo era un pilar de la literatura cabalística sino que servía para que Lonrot desplegara sus dotes de investigador. Lonrot se quedó mirando fijamente una sola letra durante mucho, mucho tiempo. Luego oró:

—Ya está. El libro me lo dijo. Véalo a Q. —¿Y quién es Q?

—Q es el hombre que busca. Mátelo apenas lo vea. Él hará lo mismo con usted. Pero no será fácil llegar hasta él. Primero tendrá que hablar con un amigo suyo. Lonrot se sumergió después en la escritura de un complicado mensaje de anagramas y fórmulas químicas que, por otra parte, al ateo, racional, epicúreo y pragmático Rolo, ni le interesó descifrar: a esta altura, ya estaba jugado. Bien venida sea la videncia, se endureció Rolo, si está acompañada por un buen Colt. —Tome. Véalo al ministro de Economía. —¿Y qué le digo? —Entréguele esto. —¿Y después?¿Cómo llego a Q? —Él lo va a ayudar.

Entre sulkies y carretas, el supersport corría por la huella hacia Villeneuf. La seguridad de atesorar ese Colt en el bolsillo del saco y el parecido del revólver al de los cowboys (que Rolo Sánchez había visto, cuando niño, en el Pou Parvenu, o Piojo Resucitado, un cine de interminables matinés suburbanas y bulliciosas) le otorgaban tan aplomo que ni siquiera se tomó el trabajo de volver la cabeza para observar al coche que lo seguía: un imperceptible defecto en el guardabarro —Rolo era miope— lo hubiera intranquilizado: ése no era el perseguidor de costumbre. Ahora el auto blanco que esperaba oculto entre los álamos se acercó a la quinta de Lonrot. Casi no hizo ruido: la figura de Lonrot estaba de espaldas y el atacante oyó el principio del familiar sorbo con que su víctima exasperaba la bombilla. Seis tiros de pistola con silenciador interrumpieron ese sorbo y aún la respiración de quien lo orquestaba. La figura cayó de bruces y el Sefes letzirá  (de sobadas páginas amarillentas, con pequeñísimos comentarios griegos sobre las letras hebreas) rodó desparramándose por los mosaicos. La sangre humedeció las hojas y por la puerta abierta, el viento del atarceder las hizo volar, empapadas, pegajosas. Hubo una pausa: después, el cuerpo muerto empezó a desagotarse a borbotones. Pero Rolo estaba lejos y sólo sentía la dureza del Colt contra su cadera cuando entró al despacho de su amigo. —Excelencia —dijo Rolo, porque era muy formal. El otro lo miró con simpatía. —Un abrazo, mi viejo —dijo el ministro sin levantarse de su sillón. Eran muy parecidos. —A ver... —el ministro, sonriente, pidió con la mano el mensaje escrito en una hoja de cuaderno. La sonrisa continuó, mientras el ministro sacaba una agenda o una pequeña Biblia de un cajón secreto del escritorio, que dejó entreabierto. Rolo confiaba: en Lonrot, en su amigo, en el esotérico padre, en su revólver. El silencio se espesó. —¿Y entonces? —dijo por fin el ministro, cerrando su minúscula Biblia, que a Rolo se le antojó un manual de claves. —Debo ver a Q, excelencia. Me dieron esa orden. —Tiene que cumplirla —urgió el ministro, y Rolo sintió la curiosa sensación de que le estaban tomando examen. —Claro —se apresuró Rolo, para que el ministro quedara bien impresionado. —Q está condenado. Usted lo sabe y tiene que ayudarme. Es un acto patriótico. —Ajá —dijo el ministro, y hubo una pausa. A Rolo esos silencios lo perturbaban, pero además oyó —o creyó oír— ruidos raros por el corredor que podían preanunciar la llegada de quienes venían a buscarlo. —Yo soy Q —dijo el ministro, y mientras sacaba un revólver niquelado igual al suyo, del cajón del escritorio, estalló con amargura:

—Cínico. Usted me debe muchos favores a mí. ¿Y ahora quiere cazarme? Tu, quoque, Bruto? Rolo, abrumado, desvastado, escuchaba. Quería entender.

—Traicioné a Beta, ¿y por qué no? Me pasé a Alpha, ¿y acaso no es humano? Ahora quieren que renuncie. Usted sabrá muy bien que cuando a uno le llega este mensaje tiene que irse a la Colonia. Ese nombre le produjo a Rolo un escalofrío; agazapado, encogido, esperaba el momento para saltar sobre el ministro. La Colonia de Reposo era ese infierno al que se arrojaba a los espías industriales al final de su vida útil. —¡Nos usan y nos tiran! —gritó, por lo bajo, el ministro. —Yo soy muy joven para ir allí —suplicó Rolo en voz alta. Era un lugar horrible, una clínica aséptica, llena de celdas con televisores que mejor sería que no funcionaran; allí eran recluidos los espías cuando, de común acuerdo, las grandes corporaciones revelaban sus nombres agregándolos a una lista negra y pública. Quedaban fuera de uso, aunque todos los meses recibían puntualmente los recibos de sus sueldos, aguinaldos y aumentos por salario familiar; pero no podían tocar ni un solo dólar, ni ellos ni sus familiares. Un altoparlante repetía monocorde por los corredores: "Están aquí por idiotas. Alguna falta grave habrán cometido. El mundo es de los eficaces." Y a fin de año, por el circuito cerrado, cada cual en su pieza veía cómo todos sus sueldos eran repartidos, en una gran fiesta, entre los espías en actividad. Era horrible. Era peor que los autos blancos, más intolerable que la muerte violenta. Rolo vigilaba ahora al ministro, que casi loco caminaba por la habitación sin perderlo de vista, aunque atrapado por visiones futuras de días espantosos. Con aterrada ligereza, Rolo sacó su revólver y disparó sobre el ministro, que tal vez quiso la inmolación porque le cedió una fracción de tiempo para que lo atacara, aunque ahora, con rabia, también respondió a Rolo. Las balas con silenciador se cruzaron y ambos, con el pecho ensangrentado, cayeron de rodillas. Después, lentamente, se desplomaron confundidos con la espesa alfombra roja. Esa imagen quedó fija, largo rato, en la pared del despacho de Matías Bjornstrand, quien apretó la perilla y la pared volvió a su vaciedad gris, monótona, habitual. Matías Bjornstrand se quitó los impertinentes y la tensa avidez que todos esos días lo había mantenido fecundo como a un duque veneciano, lo abandonó. Orientó ahora la perilla hacia un garaje. Los autos blancos aparecieron en la disimulada pantalla. —Bueno. Todo ha terminado. Vuelvan a sus cuarteles —ordenó. Luego apagó definitivamente el visor y la luz; salió a la húmeda noche de Villeneuf. El viento traía ese olor a agua estancada que abochornaba la ciudad al soplar del sud-ouest. Subió a su Mercedes, cuyo chofer, de guantes crema, aguardaba como siempre en el pescante, ante el gran manubrio.Como si ya supiera el rumbo prefijado, el coche enfiló hacia los potreros, los campos ralos, las quintas como abandonadas cuyos jardines de invierno, con rombos tricolores, dejaban pasar la luz lunar.

—Y otra cosa más —dijo Matías Bjornstrand, tomando ese fragmento de manguera con bocina, antiguo teléfono con el cual se comunicaba con su fiel chofer, que era mudo y tal vez por eso depositario de sus mayores secretos—. El ministro pensaba renunciar muy pronto; apenas pudiera convertir a Cornafrup en apéndice de Alpha, aparecería como miembro del directorio de la Corporación; su nombramiento en Nueva York ya estaba firmado. Ni siquiera iba a cumplir el período de luto por su fraguada renuncia y ya se disponía a consumar sus bodas totales con los hombres de Alpha.

Tal vez fue en ese instante o mucho después (cuando estaba a punto de llegar) que reparó en ese otro auto blanco que lo seguía. Un auto que no figuraba en ninguno de sus planes. Pensó en esos triángulos rojos a cuyos autores no conocía; pensó en las fantasmales multitudes que la Garde Republicaine no podía controlar del todo. Y bien: los asesinatos respondían a sus órdenes; pero ese auto, ¿qué significaba? Sopló por el tubo de goma para que, a su silbido, el chofer detuviera la marcha; pero algo andaba mal. Su silbido tenía que ser escuchado ahí afuera, en el pescante del Mercedes, y sin embargo su automóvil seguía y seguía. De pronto casi comprendió. Cuando la voz desde el pescante dijo: —Falta poco.

Pero solamente cuando el Mercedes se detuvo ante el jardín de invierno donde Eric Lonrot lo esperaba, allí, al fondo de unos álamos, bajo ese resplandor rojo, verde y amarillo, Matías Bjornstrand lo supo claramente. —Y bien —dijo Eric Lonrot. —Esta vez ganó usted —dijo el viejo. —Esta vez me tocó —dijo Eric Lonrot, que en otra versión, en otra vida, en otro cuento(1), ya se había encontrado con Matías Bjornstrand; pero aquella vez éste se llamaba Red Scharlach y era un pistolero que terminaba por atraparlo en su trama cabalística. Pero entonces Eric Lonrot había sido Erik Lönnrot y la cosa no era tan banal, porque esas letras de más o de menos provocaban la muerte. Pero en este cuento Eric Lonrot era invencible, inmortal, porque entraba y salía por espejos y era capaz de generar dibuks, es decir, espíritus, o robots, o formas parecidas a hombres que morían por él, asesinados en vano por la espalda por agentes de Matías Bjornstrand. —Lo cierto es que, en este mundo contingente, ahora gana Beta. Y su Cornafrup será liquidada, naturalmente. Por nosotros. O por Alpha. Eso aún no está escrito.

Matías Bjornstrand sacó su pistola. Miró el húmedo cielo de Villeneuf, los álamos, los desdibujados potreros, y luego, acercando el caño a su propia boca, casi con desdén, hizo fuego.



1 "La muerte y la brújula" de Jorge Luis Borges.

En Cabecita negra y otros cuentos