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4 feb. 2014

Augusto Roa Bastos - El ojo de la muerte

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No aseguró al caballo en uno de los horcones del boliche donde ya había otros, sino en un chircal tupido que estaba enfrente. Las peripecias de la huida le obligaban a ser en todo momento cauteloso.

El malacara parecía barcino en la luna. Se internó entre las chircas hasta donde lo pudiera dejar bien oculto. La fatiga, quizá la desesperanza, fundía al jinete y a la cabalgadura en un mismo tranco soñoliento. Sólo la instintiva necesidad de sigilo distinguía al hombre de la bestia.

Desmontó, desanudó el cabestro y lo ató a la mata de un caraguatá. Los cocoteros cercanos arrojaban columnas de sombra quieta sobre ellos. Le aflojó la cincha, removió el apero para que el aire fresco entrara hasta el lomo bajo las jergas y le sacó el freno para que pudiera pastar a gusto. Después se acercó y juntó su rostro al hocico del animal que cabeceó dos o tres veces como si comprendiera. Le friccionó suavemente las orejas, el canto tibio de la nariz. Más abajo del ojo izquierdo del animal sintió una raya viscosa. Retiró la mano húmeda, pegadiza. Pensó que sería un poco de baba, espesa por la rumia. Al vadear el arroyo había bebido mucho. No le dio importancia. No pensó en eso. Lo importante era ahora que los dos tenían un respiro hasta el alba.

Se dirigió al boliche. Una raja de luz salía por la puerta del rancho. En una larga tacuara, amarrada a un poste, manchaba levemente el viento de la noche un trapo blanco: el banderín del expendio de Cleto Noguera. Caña y barajas. Tereré y trasnochadores orilleros siempre dispuestos para una buena pierna.

Empujó la puerta y entró. Un golpe de viento hizo parpadear el candil. En el movimiento de la llama humosa las caras también parecieron ondear cuando se volvieron hacia el recién llegado. Cesó el rumoreo incoherente de los que comentaban para adentro sus ligas. Cesó el orejeo decidor de los naipes sucios y deshilachados. Hasta que alguien irrumpió jovialmente:

 —¡Pero si es Timó Aldama! Apese pues el kuimba’é. Aquí está el truco esperándolo desde hace un año.

Hacía un año que duraba la huida.

La faena recomenzó con risas y tallas acerca del arribeño.

Timó Aldama se acercó a la mesa redonda y se sentó en la punta de un escaño.

—Seguro que Timó —añadió, «apretando» un envido, el que lo había reconocido— trae las espuelas forradas de plata saguasú. ¿Ayé, cumpá? Él va a los rodeos y saca pirá-piré a talonazo limpio de los redomones que doma.

—Y si no —apuntó otro—, de las carreras y los gallos. Timó es un güen apostador. Tiene ojos de kavuré’í.

—Y es un truquero de ley —dijo zalamero alguien más—. ¿Se acuerdan de la otra vez? Nos soltó a todos. Karia’y pojhïi ko koa.

—Se llevó mi treinta y ocho largo —recordó con cierta bronca un arriero bajito y bizco, rascándose vagamente la barriga hacia el lugar del revólver.

—Y a mí me peló el pañuelo de seda y el cuchillo solingen.

La conspiración del arrieraje se iba cerrando alrededor del arribeño suertudo. Alguien, quizás el mismo Cleto Noguera, le alcanzó un jarro. Aldama bebió con ansias. La caña le escoció el pescuezo y le hizo cerrar los ojos mientras los demás lo seguían «afilándolo» para la esperada revancha.

—Y a mí casi me llevó la guaina. Si no hubiera sido por los treinta y tres de mano que ligué, el catre se habría quedado vacío y yo andaría a estas horas durmiendo con las manos entre las piernas, enfermo de tembo ätä.

Una carcajada general coreó la chuscada obscena. El mismo Aldama se rió. Pero en seguida, casi serio, levantó el cargo.

—No, Benítez. No juego por mujer. Yo tengo mi guaina en mi valle. Soy güen padre de familia.

—Un poco jugador nomás —chicaneó uno.

—Y… cuando se presenta la ocasión, no le saco el bulto a la baraja. Cada uno trae su signo.

—Así me gusta —aduló el que había hablado primero alcanzándole nuevamente el jarro—. Timó Aldama es de los hombres que saben morir en su ley. Así tiene que ser el macho de verdá.

El elogio resbaló sobre Timó sin tocarlo. Empezaba a ponerse ausente. El otro insistió:

—¿Hacemos una mesa de seis, Timó?

—No. Voy a mironear un poco nomás.

Pero lo dijo sin pensar en lo que decía. Su rostro ya estaba opaco por el recuerdo. Recordaba ahora algo que había olvidado hacía mucho tiempo. Tal vez fue la alusión a las barajas, eso que él mismo había dicho respecto a los signos de cada vino. Tal vez lo que dijo el otro con respecto a eso de «morir en su ley». El hecho fue que lo recordó en ese momento y no en otros que acababa de pasar y en los cuales también ese recuerdo hubiera podido surgir y envolverlo en su humo invisible hasta ponerlo de espaldas contra la fiera realidad que lo perseguía sin descanso. Por ejemplo, cuando huyendo de la comisión que casi lo tenía acorralado, el malaca había rodado al saltar una zanja incrustando la cabeza en una maraña espinosa.

La caída del caballo resultó en realidad una providencial zancadilla a la muerte. La violencia del golpe los aplastó a los dos durante un momento en la espesura dónde se habían hundido, mientras los otros pasaban de largo sin verlos. Desde la flexible hamaca de ramas y hojas a la que él había sido arrojado, veía aún al caballo incorporarse renqueando y maltrecho, mientras el galope de la partida se desvanecía en el monte.

Pero no fue el ímpetu secreto de la rodada sino esa trivial referencia a las barajas la que había arrancado del fondo de él las palabras de la vieja que ahora recordaba como si acabara de oírlas.


Fue en una función patronal de Santa Clara. Todavía no se había «juntado» con Anuncia; todavía Poilú no había nacido.

Una tribu de gitanos había acampado en las afueras del pueblo. Era un espectáculo musitado, extraño, nunca visto, el de esa gente extraña ataviada con andrajos de vivos colores. Su extraño idioma. Las largas trenzas de las mujeres. Las sonrisas misteriosas de los hombres. Las criaturas que parecían no conocer el llanto.

Timó Aldama, rodeado de compinches, venía de ganar en las carreras. Al pasar delante de los gitanos, les ofreció unas demostraciones acrobáticas con su parejero y, por último, lo hizo bailar una polca sinuosa y flexible. Dos razas se miraban frente a frente en la insinuación de un duelo hecho de flores, sonrisas y augurios sobre el verde paisaje y la luz rojiza del atardecer. La juventud hacía ligero e indiferente el cuerpo de Timó Aldama. El ritmo del caballo le cantaba en las espuelas; un ritmo que él contenía con sus manos huesudas y fuertes. Los gitanos sólo tenían su noche y sus distancias; su miseria rapaz. De allí se arrancó una vieja gorda que se aproximó y detuvo de las riendas al parejero del rumboso jinete. Los ojos oscuros y los ojos verdes se encontraron:

—¿Qué quiere, yarü?

—Decirte tu destino, muchacho.

—Mi destino lo hago yo, abuela. ¿No es así acaso con todos?

—Sin embargo, no sabes una cosa.

—¿Qué cosa?

—Cuándo vas a morir.

—Ah, para eso falta mucho. Se muere en el día señalado. No en la víspera.

—Pero ese día lo puedes saber…

—¿Cómo?

—¿Quieres saberlo?

—Sí. Para sacarle la lengua al diablo.

—Tiene un precio.

Timó Aldama sacó del bolsillo varios billetes, los arrugó en su puño y los bajó hasta la mano de la vieja convertidos en un solo y retorcido cigarro gris. Las risas hombrunas estallaron en torno al dadivoso. La gitana gorda atrapó el cigarro y lo hizo desaparecer en su seno. La tribu miraba impasible.

—No morirás, muchacho, hasta que el ojo de tu caballo cambie de color.

—¿De éste, abuela? —el rostro cetrino de Timó planeaba sobre ella como un cuervo.

—Del que montes en ese momento. Y entonces, tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

—Bueno, abuela; gracias por el aviso. Cuando llegue el momento me acordaré de usted —y el parejero de Timó Aldama volvió a encabezar la tropa de jinetes bulliciosos, marcando en el polvo con sus remos finos y flexibles el ritmo de una polca, apagando con el polvo la agüería de la gitana.


Después habían sucedido muchas cosas.

Aquella trenza en que había herido a un hombre por una apuesta estafada, la muerte del herido unos días después, la persecución, esta misma partida de truco en que él ahora estaba envuelto ofreciendo a esos hombres más que una revancha una restitución casi postuma, eran solamente las últimas circunstancias, no los últimos episodios, de un destino que, salvo aquella casual e indescifrable adivinanza de la vieja gitana, le había negado constantemente sus confidencias y favores. De tal modo que él había venido avanzando, huyendo como un ciego, en medio de una cerrazón cada vez más espesa.

Esos mismos hombres que le estaban simbólicamente exterminando sobre el poncho mugriento del truco se le antojaban sombras de hombres que él no conocía. Sabía sus nombres, los ignoraba a ellos. Y el hecho mismo de que ellos no le mencionaran el crimen ni la huida, los hacía aún más sospechosos. Ellos deberían saberlo, pero simulaban una perfecta ignorancia para que la emboscada jovial diera sus frutos. Se dio cuenta de que esos hombres estaban ahí para que ciertas cosas se cumplieran.

No pudo evitarlo. Las suertes del truco le arrebataron en la decreciente noche todo lo que él a su vez había arrebatado a aquellos hombres un año atrás, en ese mismo pueblo de Cangó, el primero en que había pernoctado al comienzo de su huida.

El pañuelo de seda, el cinturón con balera, el treinta y ocho caño largo, el solingen con cabo de asta de ciervo, herrumbrado y desafilado, las nazarenas de plata, todo estaba nuevamente en poder de sus dueños.

Después comenzó a perder —a entregar— sus propias cosas; una tras otra, sin laboriosos titubeos. Al contrario, era una minuciosa delicia; un hecho simple, complicado tan sólo por su significado. Era como si él mismo hubiera estado despojándose de estorbos, podándose de brotes superfluos.

El alba le sorprendió sin nada más que la camisa puesta y la bombacha de liña rotosa. Tuvo que salir de allí atajándosela con las manos. El cinturón y los zapatones habían quedado en el último pozo.

Cleto Noguera cerró sobre él las puertas del boliche. En su borrachera, en el mareo ominoso que lo apretaba hacia abajo pero que también lo empujaba, él sintió que esas puertas se cerraban sobre él dejándolo, no en el campo inmenso lleno de luz rosada, de viento, de libertad. Sintió que lo encerraban en una picada oscura por la que no tenía más remedio que avanzar.

Entre las chircas arrancó un trozo de ysypó y se lo anudó alrededor de la bombacha que se le deslizaba a cada momento sobre las escuetas caderas.

El malacara estaba echado entre los yuyos. Cuando lo vio venir, movió hacia él la cabeza y la dejó inclinada hacia el lado izquierdo. Timó Aldama lo palmeó tiernamente. El caballo se levantó; la grupa, después las patas delanteras. Ya estaba repuesto, listo para reanudar la fuga interminable. Timó Aldama volvió a juntar su rostro al hocico del animal, como lo hiciera a la noche, antes de dejarlo para entrar al boliche. También el animal volvió a cabecear dos o tres veces, como si correspondiera.

Fue entonces cuando se fijó. El ojo izquierdo del malacara había cambiado de color: tenía un vago matiz azulado tendiendo al gris ceniza, y estaba húmedo, como con sangre. No reflejaba nada. Miraba como muerto, El otro ojo continuaba oscuro, vivo, brillante. El alba chispeaba en él con tenues astillas doradas.

La agüería de la gitana cayó sobre él. Sintió un fragor, le pareció ver un cielo oscuro lleno de viento y agua, vio un inmenso machete arrugado que venía volando desde el fondo de ese cielo negro, entre relámpagos deslumbradores, que lo buscaba, que caía sobre él con ira ciega y torva, inevitable.

Ya no pudo pensar en nada más que en la inminencia de esa revelación que le aturdía los oídos. Toda posibilidad de justificar los hechos simples había huido de él. Por ejemplo, que el cambio de color del ojo de su caballo se debía simplemente a una espina de karaguatá que se había incrustado en él cuando rodara en la zanja. Para él, el ojo tuerto del caballo era el ojo insondable de la muerte.

La vieja de colorinches le había dicho también:

—Y entonces tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

Tampoco podía ya recordarlo. Y echó a correr por el campo en el rosado amanecer.

Los cuadrilleros del ferrocarril, que hacían avanzar la zorra moviendo rítmicamente las palancas de los pedales, vieron venir por el campo a un hombre que les hacía desde lejos con los brazos desesperadas señales. Parecía un náufrago en medio de la alta maciega. Detuvieron la marcha y lo esperaron. Apenas pudo llegar al terraplén. Se desplomó sin poder trepar hasta el riel. Entonces los cuadrilleros lo subieron a pulso a la zorra y prosiguieron su marcha hacía el sur, Debían llegar esa noche a Encarnación.

El hombre parecía un cadáver. Flaco, consumido, pálido. Probablemente hacía varios días que no comía ni bebía. Tenía los pies llagados y las carnes desgarradas por las espinas. De su ropa no restaban sino tiras de lo que debía haber sido una camisa y una bombacha vieja sujeta con un trozo de bejuco en lugar de cinto.

Por el camino reaccionó y pareció reanimarse un poco, pero no habló en ningún momento. Los ojos mortecinos miraban algo que ellos no veían. Pidió con señas que detuvieran la zorra o que la hicieran avanzar más velozmente. Su gesto ansioso fue ambiguo. Los cuadrilleros supusieron que era un loco, pero no podían abandonarlo a una muerte segura al borde de la vía, en ese descampado inmenso, con la tormenta que se venía encima. El cielo hacia el sur estaba encapotado y negro con una calota gigante que parecía de hierro fundido. El hombre volvió a insistir en el gesto. Algo le urgía sordamente. Los cuadrilleros, sin dejar de remar en la zorra, le alcanzaron una cantimplora con agua y un trozo de tabaco torcido. El hombre los rechazó con un gesto. Daba la impresión de que había perdido la memoria de esas cosas.

La zorra entró en los arrabales de Encarnación en el momento en que el ciclón que arrasó la ciudad comenzaba a desatarse.

El hombre saltó ágilmente de la zorra y se encaminó hacia las casas cuyos techos empezaban a volar en medio del fragor del viento y de la tromba enredada de camalotes y raigones que subía arrancada del Paraná. Avanzaba impávido, sin una vacilación, como un sonámbulo en medio de su pesadilla, hacia el centro tenebroso del vórtice.

Negro, con tinieblas viscosas de cielo destripado, verde de agua, ceniciento de vértigo, blanco como plomo derretido proyectado por una centrífuga, el viento chicoteaba la atmósfera con sus grandes colas de kuriyúes trenzadas y masticaba la tierra, la selva, la ciudad, con su furiosa dentadura de aire, de trueno sulfúrico. Entre los machetones arrugados de las chapas de cinc volaban pedazos de casas, pedazos de carretas, pedazos humanos salpicando agua o sangre. Planeaban zumbando, bureando a inmensa, a fantástica velocidad sobre el hombre que iba dormido, que había pasado sin transición de una magia a otra magia, que aún seguía avanzando, que avanzó unos pasos más hasta que el vientre verdoso y mercurial de la tormenta lo chupó hacia adentro para parirlo del otro lado, en la muerte.


En El trueno entre las hojas
Imagen: Sara Facio

3 oct. 2013

Descarga: Augusto Roa Bastos - El trueno entre las hojas

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Todos los cuentos de El trueno entre las hojas reflejan una misma y gran tragedia: la de una comunidad natural, obviamente paraguaya, en la que el primitivo orden mágico de las cosas y de la vida es quebrado por la llegada de la civilización. Y sus frutos: violencia, degradación, esclavitud.

La lucha contra estos factores, pese a la miseria y el envilecimiento de quien la emprende, no excluirá nunca la esperanza: «eso era lo que nadie, ni siquiera la muerte, iba a poder destruir.

Porque lo mejor de cada uno tiene que reunirse y sobrevivir de alguna manera en lo mejor de los demás a través del temor, del odio, las dificultades y la misma muerte»

29 sept. 2013

Augusto Roa Bastos: Kurupí

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—¡Mirá, Melitón! —dijo la mujer de semblante enfermizo, tendiendo la mano hacia la ventanilla. Su voz se apagó entre el tantaneo de las ruedas. El hombre que venía dormitando a su lado, con las botas cruzadas sobre el asiento frontero y las manos sobre el vientre, no se movió. El aludo sombrero de fibra estaba volcado sobre la nariz. No se le veía más que la boca entreabierta, los gruesos labios moteados de sudor.
Tuvo que repetirle las palabras.
—Mirá, Melitón. ¡Parece el acompañamiento del Crucificado!
El hombre reflotó pesadamente de su sopor y giró la cabeza.
—Y sí, es la procesión del Viernes Santo —dijo de mala gana, pasándose la mano por la cara abotagada.
Se acodó en la ventanilla. Su corpachón bloqueó el hueco. La mujer se mudó al otro asiento, para seguir viendo. Los demás pasajeros también ya se hallaban asomados, alguno con medio cuerpo afuera. No eran muchos, así que las aberturas alcanzaban para todos. La mujer en silencio, con una vacía fijeza, inconscientemente impresionada por lo que veía.
Las ruedas batanearon a ritmo más lento sobre las junturas de los rieles, entre resoplidos del convoy al repechar la cuesta.
A lo lejos, como a tiro de fusil, el apelmazado gentío avanzaba fatigosamente por la carretera hacia el pueblo. Parecía flotar más que arrastrarse detrás de las andas, en la cerrazón de polvo.
Desde el tren se divisaba al Cristo en lo alto, brillando con una palidez de pescado muerto sobre una compacta chorrera de hormigas. Se oían los cánticos y el monótono golpear de las matracas, casi a compás de las ruedas, en las ráfagas calientes que hacían ondear los pajonales y mudar de sitio a las candelas de la resolana. Las tolvaneras alzaban del camino rápidas y enroscadas columnas al paso del Cristo yacente en las parihuelas.
Atrás el cerrito vigilaba la marcha de la procesión, respirando pausadamente en los reverberos, con la cruz bajo el cimborio de paja de la cumbre.
—El Calvario de Tupá-Rapé... —dijo el hombre sin volverse. El viento removió bajo el sombrero los mechones de cobre.
—¿Cómo?—preguntó la mujer.
—El Calvario de Tupá-Rapé—aclaró el otro—. Ese que llevan ahí. El Cristo Leproso.
—¿Un Cristo leproso?—murmuró la mujer. Una mueca de repulsión o de miedo crispó sus demacradas facciones, marcando las arruguitas que fruncían las comisuras de los labios. No era vieja pero se hallaba avejentada. El climaterio echaba sobre ella las primeras sombras. La rijosa vitalidad que manaba del otro, la disminuía aún más.
—El Cristo, no. El que lo hizo—se retrepó de nuevo en el asiento, abriéndose paso con las botas entre las flacas piernas de la mujer, hasta quedar extendido a todo lo largo. Con el canto de la mano se masajeaba el vientre. En los rastrojos de la barba sin afeitar, el sudor absorbía las pelusillas de polvo y de hollín. Las córneas también parecían emitir un reflejo de cobre.
—¿El que lo hizo estaba leproso? —volvió a balbucear la mujer sin mucho interés, con el repeluzno en la voz y en los ojos marchitos. Seguramente le resultaba peor quedarse callada.
—Parece que lo talló un constructor de instrumentos. Un tal Gaspar Mora, que también era músico. Cuando enfermó de mal de San Lázaro y se aisló en el monte. No tenía nada que hacer. Talló el Cristo. Después de morir el enfermo, trajeron el tallado al pueblo.
—¿Y con ese Cristo hacen la Semana Santa?
—Ellos dicen que es muy milagroso. Para los itapeños no hay otro Cristo más milagroso. Ellos creen que el alma del lazariento vive adentro. En la madera. Como empayenada por el milagro. Me contaba el cura el fanatismo de esta gente. Y ahora con la guerra, sí que va a ser peor... —gruñó, como entreviendo una perspectiva de disgustos y contrariedades.
—¡Qué cosa!—murmuró la mujer.
—Al principio la curia no quiso saber nada. Era la obra de un enfermo. Le negó la entrada en la iglesia. Hubo una pequeña revolución levantada por un loco. Ellos levantaron el Calvario en el cerrito para hacer la contra a la Curia. Al fin no tuvo más remedio que ceder. Mandaron bendecir la imagen y dieron el permiso. Desde entonces la Semana Santa se hace en el cerrito. El Cristo de Tupá-Rapé es ya casi tan mentado como la Virgen de Caacupé. De lejos arriban en peregrinación para el Viernes Santo.
—¡Eá, yo no sabía!
—Lo malo es que entre los promeseros vienen jugadores y maleantes de todas clases. Como siempre. Voy a tener que enderezar un poco esto también—agregó el hombre con un tonillo de jactancia, mirando de reojo la procesión que ya iba quedando muy atrás.
—No me contaste eso, Melitón—dijo la mujer sin oírlo.
—¿Qué cosa?
—Lo del Cristo...
—Ahora ya lo estás viendo. Quería darte una sorpresa.
—¡Y justo haber llegado el Viernes Santo a Itapé!
—¡Qué tiene! Es un día como cualquier otro.
—Nos va a traer mala suerte... —balbució la mujer; los ojos mortecinos se clavaron en el piso del vagón.
—¿Por qué?
—¡Ese sueño que te dije!
—¡Ganas de joder con el maldito sueño!—levantó la mano y la mujer ladeó instintivamente la cara.
—¡Era tan patente! —murmuró casi para sí.
—¡Siempre con tus antojos..., ni que estuvieras embarazada! ¡Qué sueño ni niño muerto!... —se interrumpió de golpe y cambió de expresión.
Un hombre con traza de viajante de comercio o de inspector de alcoholes, se les aproximó, obsequioso.
—¿Vieron la procesión? —preguntó amañándose para anudar la charla. Tenía un leve acento gringo.
—Sí—dijo el otro. Sacó un cigarro del bolsillo, olisqueándolo por las puntas.
—Pudimos verla por el atraso con que venimos. Casi cuatro horas.
—Sí—dijo el hombre prendiendo el cigarro.
—Es interesante como espectáculo de fe —insistió el otro sin convicción.
—¿Fuma?
—No, gracias—se excusó el viajante o inspector y, filtrándose por el resquicio del convite, agregó—: Usted es don Melitón Isasi, ¿no es verdad?
—Servidor—dijo expeliendo una bocanada de humo—. Pero, tome asiento, si gusta.
—Bueno, un minuto solamente, porque ya estamos llegando. Yo subí en Villarrica—se sentó con respeto algo parsimonioso en el extremo del banco—. Me han dicho que viene a hacerse cargo de la jefatura de Itapé.
—Así es.
—Lindo pueblo. Suelo venir a menudo en época de zafra. Para vender mis cositas, sabe. Espero que les vaya muy bien.
Melitón Isasi recogió las botas haciendo chirriar el piso con fuerza.
—No sé. Vamos a ver—metió los pulgares dentro del ancho cinturón con baleras y los paseó sobre el abdomen—. Estos cargos son difíciles ahora. Con la guerra en puerta.
—¿Estuvo ya aquí?
—Hace poco. Para hacer el inventario del despacho de la Jefatura.
—Es un pueblo tranquilo.
—Y depende. A según la mano—dijo con suficiencia—. Hay muchos desertores. Me han mandado para arrearlos a las buenas o a las malas hacia el frente. El ejército del Chaco necesita soldados para atajar a los bolivianos.
—Sin embargo, la última vez que estuve, el mes pasado, el antecesor suyo Matías Alderete me dijo que habían marchado todos los que estaban en edad militar. La leva llegó a las compañías más apartadas. No dejó de pasar la soga por ningún rincón, me dijo. Anduvo sacando reclutas como chauchas, de las cuadrillas, de las chacras, del monte...
—Je...—le cortó Melitón Isasi con despectiva suficiencia—. ¡Matías Alderete! ¡A ese lo sacaron por flojo! Por eso me mandan a mí. Yo no voy a andar con vueltas.
Inmóvil en la ventanilla, la mujer contemplaba el chato pueblo que se iba acercando, hundida en su aspecto ausente y apocado. El viajante consideró necesario dedicarle un cumplido.
—¿Y a usted, señora, qué le parece esto?
Parpadeó desconcertada, sin saber qué contestar. Quiso sonreír, pero el movimiento de la boca estriada por las imperceptibles arrugas semejó más vale la mueca de alguien que fuese de pronto a llorar.
—Ella viene por primera vez—dijo Melitón Isasi—. Pero le tiene que parecer bien. Las mujeres están bien donde están los maridos...—añadió con una carcajada—. ¿No es así, Brígida?
—Sí..., sí...—murmuró apenas con una expresión de antiguo abatimiento en la que se acumulaban años y años de fracasos y secretas humillaciones bajo la férrea opresión conyugal.
El viajante se levantó, siempre atento.
—Bueno, hay que bajar las valijas, don Melitón. Espero poder invitarlo con una botella de cerveza.
—Cómo no—dijo Melitón Isasi, levantándose también—. Ya habrá oportunidad. El pueblo es chico, nos veremos—se dieron la mano.
—Mucho gusto, señora. Un servidor...
El convoy aminoraba la marcha. Por fin se detuvo ante la estación. El andén estaba casi desierto, por la procesión. Sólo algunas vendedoras correteaban a lo largo del tren ofreciendo chipá y aloja sin levantar mucho la voz.
Melitón Isasi lanzó las valijas por la ventanilla a los soldados de la jefatura que esperaban al superior.
—Vamos—dijo, precediendo a zancadas a su mujer por el pasillo.
Desde la plataforma, antes de descender, echó un vistazo sobre el pueblo, como tomando mentalmente posesión de su nuevo destino.


2

Melitón Isasi cumplió su palabra.
A los pocos días, salvo él, no quedó un solo "emboscado" en todo Itapé y sus alrededores. Mandó al lejano frente de guerra hasta a los muchachos no comprendidos aún en los llamados de la movilización, que empezó a tragarse paulatinamente las clases.
Melitón se apresuraba. Había que ganarle tiempo al tiempo. No tenía fe en el Registro Civil, en un pueblo donde muchos más eran los nacidos que los anotados, sobre todo entre los hijos naturales, que eran mayoría. Melitón Isasi le tenía menos desconfianza al libro parroquial de bautismos. Mandó trasladar el derrengado librote de la sacristía a su despacho. Y allí se lo quedó, para descubrir la pista de los desertores.
—Si no están registrados acá los que nacieron—dijo al sargento de compañía—, es que no nacieron.
En las viejas páginas apolilladas estaban anotados los nacimientos de hasta mucho antes de la Guerra Grande. Y detrás de un armario, en la sacristía, había otros libros aún más viejos. Pero ésos ya eran una inservible masa de moho y telaraña, un queso de siglos para polillas, cucarachas y ratones.
Venían las madres afligidas para pedir por los hijos que aún no habían cumplido con la edad.
—¡Ya cumplirán por el camino... o allá! —replicaba él, sin levantar los ojos de las listas—. La guerra va a ser larga.
—¡Es mi único sostén!...—imploraba alguna vieja bajo el manto rotoso y polvoriento.
—¡La patria está primero! —le gritaba ahuyentándolas del despacho—. ¡Váyanse! ¡Salgan de aquí! ¡Tengo mucho trabajo! ¡No puedo perder tiempo con macanas!
La fila macilenta se dispersaba en silencio todas las mañanas.


3

Frente por frente a la jefatura, Melitón Isasi habitaba con su mujer una casa de corredores, casi pegada a la escuela cuyos horcones labrados recordaban las manos del lazariento, las mismas que habían tallado el Cristo.
A Brígida de Isasi apenas la veían de tarde en tarde, cuando detrás del postigo espiaba la comisaría por la abertura en forma de corazón, o salía a la huerta del fondo con su apariencia enfermiza, aplastada e impotente. La única que la visitaba a menudo era la celadora de la Orden Terciaria, una vieja llamada la hermana Micaela, que además hacía de curandera para toda clase de males. Le llevaba remedios de yuyos y las habladurías del vecindario.
La hermana Micaela salía de sus visitas engallada en el engreimiento de su intimidad con la mujer del nuevo político.
Los itapeños supieron en seguida a qué atenerse con respecto a él. Lo aceptaron como a una plaga más y se resignaron en la callada abominación y el temor colectivo e impersonal con que afrontaban las otras.
Melitón Isasi se convirtió en la máxima autoridad, en el dispensador de justicia y hasta de mercedes, pues lo acaparó todo, incluso la distribución del racionamiento. Guardaba en la comisaría doce agentes armados para velar por el orden y la tranquilidad de la población. Los hombres estaban peleando en el Chaco. Los viejos y las mujeres nada podían hacer. El juez de paz era viejo y achacoso, Melitón lo tenía en un puño. El cura de Borja, desde tiempos inveterados, sólo venía a Itapé los domingos impares del mes. Acabaron entendiéndose también como viejos amigotes.
Pero Melitón Isasi no se limitó a mandar reclutas al frente y a mantener el orden. Pronto cundió otra especie de temor entre la gente sometida a su autoridad. El vicio del flamante jefe político no era la caña ni el juego: eran las mujeres jóvenes. Le arrejonaban todo a todo más que nada, encendían en él un hambre cojuda más fuerte que su fuerza, con una avidez insaciable, alimentada de todo lo que en él era bestialidad solamente; una avidez rapaz lanzada contra lo que hay de más desamparado en el ser humano, el sexo, la única cosa que no sabe defenderse a sí misma.
Para Melitón Isasi no había obstáculos a su lujuria, pero tampoco un limite al estéril desborde de su vitalidad.
Se cansaba pronto de una misma mujer. Montaba a caballo y hacia sus recorridas por las noches, solo, acechante, como quien sale a cazar. No necesitaba escoltas ni guardaespaldas disimulados. El miedo de los demás lo protegía suficientemente. No siempre tampoco precisaba salir a cazar sus presas. A veces le bastaba canjearlas por un poco de los víveres del racionamiento. Pero las muchachas de yerba, galleta o azúcar, le resultaban insípidas. El temor, la rendición, les daba su saborcito especial.
Quizá no se sentía ávido ni cruel ni maléfico, como un fenómeno de la naturaleza no tiene conciencia de su destructivo, indiferente poder. El tranco de su caballo tomaba cualquier dirección, pero siempre una dirección nueva.
Las viejas se santiguaban cuando sentían sonar los coscojos del freno en la oscuridad. Lo veían pasar muy alto sobre el caballo, borrada la cabeza por el humo del cigarro, parecido en la sombra a un enorme macho cabrío. La empavorecida aprensión de los lugareños trabajaba a su favor. Se metía en los ranchos con la tranquila seguridad de llegar a una cita. Fácilmente hubiera podido quedar tumbado de bruces sobre la consumación de un capricho, con un cuchillo hundido en la espalda. Quizás al principio las víctimas cavilarían este desesperado lance de desquite y castigo.
No era difícil verlo con los ojos de las aterradas mujeres. El visitante nocturno empujaría con la bota la puertita del rancho, atorando el hueco con su imponente figura. A la luz del cabo de vela o del tiznado farol, la mujer lo contemplaría como hipnotizada por los dos tizones que agujereaban el rostro, por el brillo calcáreo que emergía de la boca, por la risa machuna que gorgoteaba de ella. Más de una lo vería revestido de una hermosura siniestra y sus propias entrañas la habrían traicionado ablandándole la voluntad en el remolino de un extraño deseo. Entonces la sombra se echaría lentamente sobre el candil y sobre ella, hasta apagarlos del todo con los pujidos de su aliento, la carne sudada y el remezón de los huesos.


4

Así fue como una noche buscó y encontró a Juana Rosa, la mujer de Crisanto Villalba, en el distante paraje de Cabeza de Agua. Sabía que estaba sola en la chacra, con un hijito de corta edad. Juana Rosa solía venir a la estación y al correo en busca de noticias de su lejano marido.
Juana Rosa tenía un tipo de belleza agreste y suave como hecha de la misma tierra cálida del Guairá, adobada con los zumos del monte y el agua del arroyo. Nadie recordaría después el color de sus ojos o el acento de su voz. De Juana Rosa habían dicho los hombres, en otro tiempo, cuando todavía no tenía dueño y sabia ir a los bailes, que llevaba la luna en un hombro y el sol en el otro. Le arrastraban el ala, pero la muchacha prefirió a Crisanto Villalba, el más callado de todos, tal vez porque él no le hacia tantas fiestas y era el más trabajador.
Solía aparecer en el pueblo los días de tren. Traía enancado al crío en las caderas. Pero Crisanto no escribía. El silencio de su hombre se había hecho de pronto tan grande como la distancia que los separaba. Sólo el lejanísimo estruendo de la guerra retumbaría en su corazón como en el de tantas otras, sin noticias de sus ausentes. Volvía una y otra vez en busca de la carta que no llegaba.
A los pocos días de su arribo a Itapé, Melitón Isasi la vio y se encamotó con ella desde el principio. Seguro por ese reverbero suspendido a su alrededor. Le habló. Algún requiebro le diría, esas cosas que los hombres dicen a las mujeres. Contaban que ella lo miró sin decirle nada y que se había ido volviéndole la espalda, no con desprecio, sino simplemente como si no lo hubiese visto ni oído. La gente después lo iba a recordar.
Melitón dejó pasar un tiempo no muy largo. Una noche desmontó delante del rancho de Cabeza de Agua.
Al día siguiente o pocos días después, Juana Rosa amaneció con su hijito en la cocina de la jefatura. Era algo inexplicable, por tratarse de Juana Rosa. Todos se extrañaron. No sabían qué pensar, pues de lo que menos habrían podido dudar era de la fidelidad de Juana Rosa al lejano Crisanto. El recuerdo del desaire que había hecho a Melitón Isasi en el andén de la estación, los dejó aún más desconcertados.


5

Por la abertura del postigo pintado de verde, Brígida espiaba el patio de la jefatura. El hueco en forma de corazón le resultaba una tronera adecuada. Podía ver sin ser vista. Al fondo, Juana Rosa preparaba en la gran olla negra el locro para los agentes. La veía acarrear el agua del pozo en las latas de querosén. La pollera húmeda marcaba los muslos, cada uno más grueso que la flexible cintura acostumbrada a doblarse sobre las amelgas.
Brígida la observaba con la boca llena de arrugas.
La celadora de la cofradía, pelando una naranja con minuciosa lentitud, le hablaba de Juana Rosa. No se sabía si procuraba disculparla o si, por el contrario, estaba cargando las tintas para congraciarse con la dueña de casa. La voz flatulenta arrastraba el énfasis monótono que se le había hecho natural como yegua madrina de los rezos, picándose de ambiguas pausas en las que un pómulo daba saltitos convulsos. Las palabras se le calentaban en la boca de quererlas soltar. Pero lo hacía de a poco, esculcando el mutismo de la otra.
—No era una mala mujer, Ña Brígida. Pero ahora ... ¡Quién iba a creer! ¡Parece cosa del demonio! ¡El marido lejos y ella pecando con el hijito al lado..., aquí delante de su propia casa! ¡Es ya haber perdido el último resto de vergüenza!
La otra miraba rígida detrás del postigo. La abertura cordiforme diluía sobre el semblante cetrino el reflejo del atardecer, disparaba sobre los ojos la escena del patio con la hermosa mujer de cabellos negros moviéndose entre el humo del fuego y el vapor de la olla negra. Más cerca aún, por la puerta entornada del despacho, podía ver colgada sobre el piso una de las botas de Melitón. Los párpados se le achicaron hasta no dejar más que una juntura trémula.
La vieja la observó de reojo.
—Tal vez el desamparo en que quedó. No sé..., nadie sabe cómo fue capaz de hacer esto, de llegar a esto...—en lugar de pelar una naranja, daba la impresión de estar tejiendo una trencilla. La cáscara se estiraba en la punta del cuchillo en una tira dorada de increíble delgadez, formando espirales en su regazo.
—Melitón anda trastornado...
—¡Y seguro, Ña Brígida! Estas mujeres trastornan a los hombres más enteros. ¿Vio el chumbé que se ata a la cintura? Es de liana macho. A lo mejor tiene payé... ¡Quién le dice!
—¡Dios mío! —balbució, alisándose las comisuras con las yemas de los dedos.
—Pero ella tiene toda la culpa. La ponzoña del pecado está en su sangre. Salió pintada a la madre. A María Rosa, una chipera que en su tiempo se acostó con todos los hombres de Itapé y también con los arribeños. Todavía vive en la loma de Carovení. Ella fue la que quiso ir a juntarse con Gaspar Mora, cuando le vino el mal de San Lázaro y se escondió en el monte...—la tira se cortó y del regazo saltó arrollándose sobre el piso. Una viborita ardida de sol. El pómulo saltó hacia el ojo.
—¿El que hizo el Cristo?
—El mismo.
—¿Y ésta es la hija?
—Sí. María Rosa fue también la que se cortó el cabello para que le pusieran al Cristo. Mucho tiempo anduvo pelada por el pueblo. Y ni manto se ponía. Quería que la vieran así. Para presumir. Ya estaba loca entonces. Después la tuvo a ésa. Decía que era la hija del leproso. Pero mentía. Gaspar Mora había muerto. Y Juana Rosa nació mucho después. Vaya uno a saber de quién es... —comenzó a chupar la naranja con avidez. El jugo le hacia brillar el bozo y chorreaba por los costados de la boca sobre el fláccido y abultado promontorio del pecho, salpicando el escapulario de bayeta marrón.
—¡Pero mi Dios!—dijo Brígida pugnando inconscientemente por volver al hueco, que al mismo tiempo la repelía.
—¡Qué se va a hacer! —dijo sordamente la hermana Micaela entre golosos chupeteos, empujando el escapulario hacia un costado con el meñique—. ¡Tiene la sangre de la loca en las venas!
—¡Yo nunca quise venir aquí!—dijo la faz terrosa, no como un comentario a las palabras de la vieja sino como remate de su propia tribulación, que al fin conseguía expresarse en algo más que en sofocadas exclamaciones.
—Dios prueba a sus elegidos, Ña Brígida... Hay que tener paciencia, che ama.
—Sabia que esto iba a pasar... Unos días antes del viaje, tuve un sueño con Melitón.
Se oyó repicar el trozo de riel de la escuela, para la salida de los alumnos.
—¿Un sueño?—preguntó la vieja, sacando de entre los pliegues del pecho un mugriento pañuelo con el que se enjugó la pringue de naranja.
Brígida no contestó. Tenia nuevamente los ojos clavados en el exterior. A través del resquicio de la puerta del despacho veía ahora la mano y el antebrazo peludo de Melitón recogiendo las botas para levantarse, como si el zumbido del riel lo hubiera despertado. Notó que se apuraba por embutir en las cañas los pies blancos y desnudos.
—¿Qué sueño, Ña Brígida?
Se escuchó el creciente griterío de los escueleros que iban pasando por la calle de pasto y de tierra. El agujero echó un polvillo ondeante sobre la cara de Brígida. Vio lo que estaba repitiéndose a diario desde hacía poco.
Melitón salió peinándose con los dedos el cobrizo cabello, hinchados los ojos por el largo sueño, pero ya sonriente y festivo. Un agente acudía corriendo con el tereré. Sorbió maquinalmente el agua fría del mate hasta hacer cloquear la bombilla. Avanzó hacia el alambrado. La tropilla de escueleros se dispersó en repentino silencio.
Una sola quedó en medio de la calle, una espigada muchachita que el blanco delantal con manchas de tinta hacía más niña. Andaba a pasitos rápidos y tímidos. Melitón la habló. Entonces se detuvo y volvió hacia él su pequeño rostro oval.
—Vení un poco...
La muchacha se acercó con algo de vergüenza y respeto, hamacando la bolsita de género floreado en la que llevaba los Cuadernos. El jefe le empezó a decir cosas sorbeteando la bombilla, entre serio y amable, tan despacio que Brígida no lo podía oír. Bromeaba de seguro, porque la escuelera también se echó a reír. Brígida se puso tensa. Observaba los ojos azules de la chica fijos en el rostro de él, cada vez más tranquilos y animados.
Brígida llamó con un gesto a la vieja.
La hermana Micaela se levantó y se arrimó a mirar también por la tronera acorazonada.
—Es Felicita, la hermana de los Goiburú, que están ahora en el Chaco. ¡Estas mitacuñai de ahora ya no tienen luego vergüenza ni temor de Dios! Esa apenas cerró los quince. ¿Pronto el demonio trabaja para su perdición? Lo mismo le pasó a la hermana Esperancita, la mayor. Un poco después que murió el padre, corneado por un toro. Los hermanos tuvieron que echarla de la casa. Ahora dicen que anda por esas casas malas de Asunción. Esta Felicita va a seguir el camino de la hermana. Ahora vive con la abuela ciega en Carovení. La madre murió al nacer Felicita. Eso fue también lo que la perdió a Esperanza. Nicanor Goiburú, el padre, era muy bruto con ella. Los hermanos también. La pegaban con el lazo doblado. Y se arresabió...
Brígida volvió a mirar por el agujero.
La Felicita Goiburú se alejaba por la calle con las manos cruzadas a la espalda y la bolsita de género batiéndole las corvas bajo el delantal. Melitón Isasi oprimiendo la guampa labrada del mate la contemplaba irse como quien deja madurar una corzuela en libertad porque sabe que ya no puede escabullirse. Los labios renuentes succionaban la bombilla que colgaba de ellos como una gorda y enroscada sanguijuela de plata.


6

—¡Kurupí apareció entre nosotros!
Susurraban en guaraní los viejos, entre sarcásticos y atemorizados, aludiendo al jefe político con el nombre del lúbrico mito ancestral.
—¡Hay que pegar bien el traste a la tapia cuando pasa Melitón Isasi!—dijo uno.
El dicho se redondeó pronto en refrán.
—¡Hasta yo ando con las manos entre las piernas!—cloqueó Conché Avahay, una viejecita desdentada, con una risa pícara. La pulla quedó también como guija de arroyo puliéndose en el susurro colectivo.
Bromeaban para defenderse del miedo y del odio. No tenían otro recurso.
Porque entre Juana Rosa Villalba, que estaba como presa en la jefatura, y las otras muchachas jóvenes que también amanecían de pronto y quedaban por algún tiempo en la cocina después de las rondas nocturnas del jefe político, la fama y el alcance de su salacidad se extendieron hasta los más apartados rincones. La leyenda del Kurupí estaba rediviva en el pueblo. El inmenso falo del dios aborigen se enroscaba en torno al pezón del cerrito, con su cola de fantástico reptil. La gente lo veía allí, porque era la prominencia viva y sensible de Itapé, con el Cristo leproso arriba, quieto y muerto en su rancho de espartillo.
Pero Melitón Isasi no respetaba nada. Nadie pues iba a contenerlo, a no ser que el propio cerro le pusiera el pie y lo detuviese.


7

Se aproximaba la Semana Santa. Llegó el cura de Borja para los preparativos. Los viejos cabildeaban clandestinamente y decidieron ir a pedirle su intervención para que cesara el impune y continuo atropello. No les costó coincidir en que la celadora de la cofradía, como la más influyente, era la que debía hablar al Paí Dositeo Pedroza, en nombre de todos. Se lo propusieron.
—¡Ah, yo no! ¡Yo no me meto! ¡Es muy feo meterse en la vida de los demás!...—se sacudió la hermana Micaela.
—¡Pero es el jefe político el que se mete en nuestra vida, en la carne de nuestras mujeres como rejón de picana! —se quejó irritado el viejo Apolinario Rodas.
—Él dará cuenta a Dios de sus pecados en la hora de su muerte!—dijo la celadora apretando con la papada pilosa el escapulario sobre el pecho—. ¡Cada uno debe cuidar la salvación de su alma!
—Pero también tenemos que ayudarnos los unos a los otros hermana Micaela...—cloqueó la vieja Conché Avahay.
—La hormiga sabe qué hoja corta. Hagan ustedes lo que quieran. Yo no... A mí no me metan en esta mazamorra... —dijo volviendo la espalda al conciliábulo de caras chupadas, que con desprecio la miraron alejarse, gacha la cabeza, engarabitadas las manos sobre el grueso rosario de cuentas de madera que se ataba a la cintura como cadena de silicio.
Los otros llevaron la "mazamorra" al Paí Pedroza.
Como si se hubiese puesto de acuerdo con la celadora y sacristana, él les dijo más o menos lo mismo.
—Así que Paí, ¿no hay caso?—preguntó Apolinario Rodas, rascándose la cabeza por debajo del sombrero.
—A Dios lo que es de Dios...—respondió mansamente el Paí Dositeo con las manos cruzadas sobre el prominente abdomen—. Hay que andar en la lluvia sin mojarse, mis hijos. Yo sólo cuido la salud del alma, los intereses de la parroquia. Mi responsabilidad es grande. No me pongan encima un peso más grande todavía. A veces Dios nos ordena mirar con un ojo cerrado y el otro sin abrir..., hacer manga ancha a las debilidades del prójimo para que él mismo se arrepienta y se corrija.
—Pero mientras tanto, los otros sufren—dijo Apolinario.
El párroco agitó los brazos y el viento del anochecer abullonó los pliegues del guardapolvo de seda cruda.
—No me pidan nada a mí, que soy el más humilde de los servidores de Dios. Todos vamos a rogarle este Viernes Santo, en Tupá-Rapé, que haga el milagro. Esto es lo que corresponde hacer, mis hermanos. Como creyentes no podemos emplear más arma que la oración. Oremos y pidamos a Dios, nuestro Señor. Él, en su infinita justicia, proveerá.
Los visitantes se retiraron en silencio, abrumados por las razones del cura. Su blanca y gruesa figura quedó un rato erguida en el corredor de la casa parroquial contra la creciente penumbra. Él no iba a cometer errores de jurisdicción, por más que se lo pidieran sus ingenuos feligreses. No iba a cruzársele en el camino al arriscado jefe político. Eran amigos.
Sabía que lo respaldaba en Asunción una buena cuña. Estaba casado con la hermana de un hombre influyente del régimen. El propio Melitón Isasi se lo dijo, jactándose entre burlas veras: "¡Mi cuña es mi cuña... do!". A eso debía él haber conseguido "emboscarse" allí, lejos del frente, mientras la guerra comenzaba a tragar furiosamente hombres en los desiertos del Chaco.
—Tengo que andar con cuidado —se dijo el cura—. Yo también lucho en un desierto. Un desierto de almas. Los peligros sólo son diferentes.


8

Esa noche, como de costumbre cuando estaba en el pueblo, echó una mano de truco con Melitón en el boliche de Cantalicio Sanabria.
El jefe era campechano y decidor en estas ocasiones. Además, él siempre pagaba el gasto; es decir, mandaba a Cantalicio que lo anotara en la cuenta de la jefatura.
El cura lo pasaba muy divertido. Bromeaban y tallaban, entre una copa y otra, hasta la medianoche. Pero, como por lo general, el jefe mandaba a Cantalicio que atrasara a escondidas el reloj despertador que parecía marcar las horas a machetazos en el estante, entre las botellas, más de una vez el repique para la misa del alba despegaba de golpe al Paí Dositeo de su silla del boliche para arrastrarlo corriendo, corriendito, a la sacristía.
Otras veces, no. Dejaban temprano las barajas y se iban juntos, nadie sabía adónde, aunque se lo imaginaban.
—Usted sabe, Melitón. La vida del cura de campaña también es difícil... —dijo una noche, entre una mano y otra.
—¡Juhú..., si yo hubiese sido cura, no lo hubiera pasado tan mal!—le interrumpió riendo Melitón.
—No vaya a creer. También tiene sus problemas. Como usted, en la jefatura—agregó después de hacer un buche de guaripola—. Sin ir más lejos el anteaño de la guerra se me planteó en Borja un asunto difícil. Tuve que hacer un poco de Salomón.
—¿Partió un chico por la mitad?
—No, al revés. Ahora va a ver. Tuve que juntar..., tuve que casar dos imágenes, dos santos.
—No sabía que los santos se casaban.
—No, solamente como ejemplo. Fue un remedio desesperado que se me antojó para evitar una matanza.
—¡A la pucha! ¿Y por qué iba a ser la trenza?
—Usted sabe que en Borja había una enemistad ya tradicional entre la gente de la estación y del pueblo. A causa precisamente de esas imágenes. El Señor de la Esperanza es el Patrón del pueblo, y Nuestra Señora de la Paz, la patrona de la estación. Cada parte quería que su Santo fuera el patrono de todo Borja. Las dos pujaban con todas las fuerzas de fanatismo. Mucha culpa también tuvo en esto el trazado y el tendido de las vías del ferrocarril. ¿Para qué separar en dos mitades la población?
—De veras. Aquí siempre se hacen las cosas a la bartola.
—Lo cierto es que la estación y el pueblo celebraban sus funciones patronales con gran pompa, procurando superarse mutuamente.
—Así tienen que ser los buenos católicos.
—Sí, pero ese año, para el día del Señor de la Esperanza, la rivalidad se hizo guerra abierta. Seguro porque la otra guerra se venía encima. Ya no era la simple rivalidad. Era un odio declarado. Estaba en el aire, a punto de reventar. Y reventó. Ya a la mañana se habían agarrado a puñaladas, cerca de la iglesia, varios puebleros y estacioneros. Se hirieron dos de ellos. El olor de la sangre aterró a la gente.
—Eso es lo que siempre ocurre. Como a la novillada en el faenamiento.
—Por la tarde, para la procesión, los ánimos estaban más calientes todavía. Desde el púlpito, mientras decía el sermón, vi lo que iba a pasar. Por el camino arribaban al galope unos cien jinetes estacioneros. Tal vez menos, pero yo los veía más de cien. Cuando me callaba oía el retumbo de la caballada y los gritos de los jinetes. Los puebleros salieron de la aglomeración, hinchados de coraje y subieron también a sus caballos, aprontando sus cuchillos y revólveres. ¡Iban a trenzarse en una batalla campal! Vi a la caballería que avanzaba atronando la carretera. Era necesario tomar una resolución. De apuro.
—¡La gran siete!
—Cerré los ojos y pedí el milagro al Señor de la Esperanza, desde el fondo de mi alma. En ese momento no supe lo que hacía. Pero de repente me encontré bajando a saltos del púlpito. Corrí entre la gente y monté con todos los ornamentos sobre un caballo cuya brida arranqué de manos de alguien...
—¡Jho . . . Paí Dositeo! —exclamó con entusiasmo el jefe, descargando un manotazo sobre la mesa.
—Disparé a todo lo que daba el caballo hacia los que venían. Frené de golpe ante ellos, que también clavaron en el suelo a sus montados. Vi que las vestiduras consagradas les imponían cierto respeto. Detrás oí que llegaban ya también en montón los jinetes puebleros. Estaba entre dos fuegos. Tenía que decirles algo. No sabía qué. Un sudor frío me corría por las espaldas. Pero de pronto sentí que se me atropellaban las palabras y me escuché que les estaba gritando con una voz que no era mía: ¡No hay por qué pelear..., por qué derramar la sangre inútilmente, mis queridos hermanos! ¡Dios no quiere la muerte de sus hijos, sino su vida, su bonanza, su hermandad! ¡Estacioneros y puebleros pueden vivir en paz, como buenos hermanos! ¡Para eso tienen como abogados al Señor de la Esperanza y a Nuestra Señora de la Paz!...
—¡Qué zancadilla de ley! —celebró el jefe.
—La discusión empezó entonces. ¿Queremos que Nuestra Señora de la Paz sea la Patrona de Borja?..., gritaban los jinetes de un lado. ¡El Señor de la Esperanza es el único patrón de Borja!..., gritaban los del otro.
—¡Caramba, qué brete!
—Entonces se me ocurrió gritarles: ¡También el Señor de la Esperanza y Nuestra Señora de la Paz quieren gobernar unidos a su querido pueblo de Borja! ¡Vamos a hacer que se unan y que cumplan su deseo! ¡Vamos a hacer que los dos Santos sean juntos los Patrones de todo el pueblo de Borja!.. . ¿Cómo? me gritaron a su vez.
—¡Cómo..., en realidad yo también me pregunto!
—Claro. Allí estaba la espoleta del asunto. Fue entonces cuando me acordé del Santo rey Salomón y me animé a usar su manganeta. Un poco cambiada, eso sí. Con las manos les mandé que se acercaran. Los dos bloques de caballos y enfurecidos jinetes se arrimaron. Yo debía estar pálido del susto. El sudor frío me goteaba hasta los pies por debajo de la sotana, de la sobrepelliz, de todo... Carraspeé y les dije lo mejor que pude en guaraní, para entrar en confianza: Miren, lo'mitá .. . La única manera de hacer que el Señor de la Esperanza y Nuestra Señora de la Paz puedan gobernar juntos a Borja, sin molestarse el uno al otro, es casándose... ¡Sí señores, no hay más que casarlos! grité reuniendo el resto de voz y de coraje que me quedaba, hacia los dos bandos de hombres sudorosos que me miraban sobre los caballos con las caras manchadas de tierra. ¡Vamos a agarrar y casarlos.... como buenos cristianos! ¿No es cierto?...
—¡A la pistola! ¿Y qué dijeron?
—Hubo un silencio. Se les oía respirar fuerte. Los miré a unos y a otros. Ellos se bornearon sobre los aperos y también se consultaron con la mirada, más calmados. Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Bueno...—dijo uno, que parecía ser el lenguaraz de los puebleros—, si es así vamos a aceptar... ¿Y ustedes?, grité ahora autoritario a los del otro bando. Nosotros también... —dijeron los estacioneros—. ¡Ya que el cura lo dice!... Un poco después rompieron los vivas y los hurras, y los que un momento antes estaban por destriparse, empezaron a llamarse por sus nombres y apodos, a cambiar bromas y chistes.
—¡Al rey Salomón lo hubiera tajeado de arriba abajo, lo mismo! —comentó el jefe, algo incrédulo, alzando el jarro y abuchando los carrillos.
—Regresamos todos amigos a la iglesia del pueblo. Yo pude terminar el sermón. También la procesión resultó más linda que nunca. Y más larga. Porque las andas del Señor de la Esperanza llegaron hasta la mitad del camino. De la estación trajeron a Nuestra Señora de la Paz, con el resto de la gente. La función patronal de ese año terminó en un asado con cuero y baile, con los puebleros y estacioneros reconciliados como buenos hermanos.
—Algo de eso había oído, ¡pero parece mentira!
—Cuando vaya alguna vez a Borja, pregunte.
—No, si puede ser... —asintió Melitón Isasi, un poco incrédulo todavía—. Algo parecido a lo que pasó aquí con el Cristo, ¿no es cierto?
—Sí, más o menos. La cosa es saber conformar a la pobre gente. No pensaron así en la curia. Se enojaron mucho conmigo. Estuvieron a punto de castigarme por el casamiento simbólico de las dos imágenes. Me iban a trasladar de parroquia, qué sé yo. No quisieron comprender las circunstancias que me obligaron a esa treta inocente para salvar vidas humanas. Después vino la guerra y mi sanción quedó en suspenso.
—Si usted hubiera sido ministro de relaciones exteriores, Paí Dositeo, la guerra no hubiera venido. —La necesidad tiene cara de hereje, Melitón. Yo pedí para ir de capellán al Chaco. Pero vieron que era mejor dejarme donde estaba. Además la gente de Borja pidió por mí. Entonces me quedé a cuidar los bienes gananciales... —dijo riéndose con picardía.
—Pero la Señora de la Paz quedó en el pueblo.
—¿Para qué? Al día siguiente del casorio la llevamos de vuelta a la capilla de la estación. No hacía falta. Fue un casamiento simbólico, como quien dice.
—Claro, como los santos son de palo no tienen necesidad de estar juntos... ja... ja—Melitón Isasi se repantingó bamboleante, haciendo crujir la silla.
El cura dejó pasar en silencio la alusión, como si no la hubiera oído. Puso las cuatro sotas en hilera.
—Sabe, Melitón...—dijo después de un rato, con voz neutra, sólo como recordando para sí alguna cosa—. Esta tardecita estuvieron a verme unos vecinos...
—Ja..., ya sé...—le cortó riendo el otro—. Por el asunto de las muchachas, ¿no es cierto?
El cura asintió con un gesto, sin mirarlo.
—Me sopló el dato la hermana Micaela. ¡Pero esos viejos son cornetas! Tendrían que agradecerme, más bien. Esas pobres mujeres están sin sus hombres. Yo les hago un favor. Hasta me tomo el trabajo de ir a buscarlas y todo.
—Claro, claro, —susurró conciliador el cura—. Yo sé que a usted ni aunque le pusieran tramojo dejaría de entrar en corral ajeno... —¡Jho..., Paí Dositeo! ¡Ni usted tampoco! —rió Melitón palmeando familiarmente la espalda del cura, como a un compinche—. ¡Para qué vamos a engañarnos! Ya sé su calibre... Precisamente le tengo preparada una sorpresa... Como la otra vez... Mejor todavía... ¿eh?
—¡Usted es el mismo demonio, Melitón! —farfulló el curil, púdicamente.
—Venga a dormir en mi despacho. Allí va a estar más tranquilo...
Melitón lo asió de un brazo, y se perdieron en la oscuridad.
Cantalicio salió del mostrador y fue a cerrar el boliche, moviendo la cabeza como si estuviera enredada de telarañas.


9

Por esos días, sin embargo, Melitón Isasi sosegó su angurria salaz. Y el Viernes Santo, en la procesión, se le vio a él también arrimar el hombro a las parihuelas del Crucificado. Apolinario Rodas y los otros, la misma hermana Micaela, pensaron que el Cristo de Tupá-Rapé había hecho un nuevo milagro.
Sólo que un poco después Melitón Isasi volvió a las andadas.
El signo bestial de Kurupí seguía flotando sobre el pueblo. La Felicita Goiburú continuó cortando rosas en el patio frontero de la jefatura para llevarla a la vieja directora. Luego, a la salida, después del tañido de fierro que arrancaba a Melitón de sus siestas, se quedaba conversando un rato con él en el alambrado. Cada vez tardaba un poco más. Los ojos azules se le iban poniendo más soñadores y perdidos, con la luz de un alma vacilante que lucha consigo misma bajo el peso de una pasión o de un hechizo superior a sus fuerzas.
Una tarde, después de mirar a todos lados, entró en el despacho. Las puertas chirriaron despacio tras ella. La venadita se había metido en la trampa por propia voluntad. Y ahora estaba adentro como si ya hubiera caído del otro lado de la tierra. El cielo alto y vacío del anochecer empujaba inútilmente la puerta con tiznajo de su sombra carmesí.
Detrás del corazón agujereado del postigo, Brígida sollozaba. Luego fue a tumbarse sobre una cisterna y quedó boca abajo, como muerta, chatas las nalgas contra el piso, los tendones de las piernas azuleados por las várices. Toda ella seca, aplastada, mísera como una cáscara.
La hermana Micaela entró como una tromba un rato después.
—¡Santo Señor de la Paciencia!... —tartamudeó—. ¡Ahora no sé qué va a pasar..., si vuelven los hermanos Goiburú! ¡Felicita es la niña de sus ojos!... ¡Y ahora está allí, haciendo sus porquerías! ¡Pero yo la vi..., yo la vi entrar!...
Brígida no se movía. La celadora, con un crujido de cuentas de madera, se acercó, y continuó sobre ella, como inculpándola:
¡Entró porque quiso! ¡Ella buscó a don Melitón, se le metió adentro como una ternera corsaria! ¡Qué barbaridad!...
Hacía ruido inútilmente, porque la otra no la oía.


10

Comenzaba el segundo año de guerra allá lejos.
Una guerra que no llevaba trazas de terminar. Podía durar un año, o diez, o cien más. Todo seguiría igual en Itapé, donde el tiempo era como agua de tajamar, parada y espesa, con ese sarro verdoso de la superficie, que les gusta a los moscones.
Juana Rosa había desaparecido sin dejar rastros.
Ahora la Felicita Goiburú pasaba en las siestas, mirando mucho hacia adentro. En ocasiones, a través de la puerta entornada un poco antes de dormirse, Melitón le movía la mano, ya soñoliento, desde el catre de lonjas donde se hallaba tumbado. Entonces ella apuraba el pasito, contenta. El rosal se había secado. Pero todo estaba achicharrado por el verano. A la salida de la escuela, Felicita entraba en el despacho y Melitón empujaba la puerta desde el catre con el pie. Ya no era un secreto para nadie.
Melitón Isasi interrumpió las recorridas nocturnas. Estaban asombrados. Lo que no había conseguido el Cristo de Tupá-Rapé, lo consiguió la Felicita. Ya no se metía de rondón en los ranchos de las mujeres solas, ni aguaitaban en el patio de atrás, preparando el rancho de los agentes, las que él quería tener más cerca por un tiempo. Se dedicó por entero a Felicita, lo olvidó todo, se apegó a ella con la blandura del tiento sobado. Su voz se puso grave y pausada. Ya no gritaba, no se enojaba. Sólo con Brígida. Pero aun con ella se había vuelto más tolerante.
De su autoridad no le quedó más que esa rebaba áspera, que Felicita suavizaría por las tardes, en la penumbra del despacho. No lo podía creer. Melitón Isasi parecía enamorado de verdad. Y no de una mujer hecha y derecha como Juana Rosa, como las otras que habían pasado por la jefatura, sino de esa muchachita de ojos azules en cuyo cuerpo apenas comenzaban a romper las formas núbiles. La pajarita quinceañera fascinaba al búho cuarentón de ojos dorados y sanguinolentos que la tenía apercollada en sus garras.
Un año duró aquello. Pero entonces concluyó la guerra en el remoto Chaco. Comenzaron a volver los primeros desmovilizados.


11

Cuando Felicita supo que sus hermanos iban a regresar del frente, se apuró. Empezó a luchar entre la felicidad y la desgracia. Estaba grávida. Mostró la carta de sus hermanos a Melitón. Se hallaban ya en Asunción, esperando el Desfile de la Victoria y sus papeletas de desmovilización.
A él también empezó a entrarle miedo.
—Vamos a ir cuanto antes a una comadrona de Borja —dijo lúgubremente.
—Yo quiero tener un hijo tuyo, Melitón. ¡Es lo que más quiero! —gimió la muchacha—. Pero..., tengo miedo, ¡Te pido que me ayudes a tenerlo!
—¿Pero no ves que no se puede? —le gritó él irritado—. No puedo casarme contigo!
—¡Si me llevaras lejos de aquí!
—Tarde o temprano se presentarán tus hermanos. Donde estemos. Y tendré que balearlos o me balearán ellos.
—Entonces..., que sea lo que Dios quiera —se resignó entre sollozos—. No tendré a mi hijo sobre tu muerte o la de ellos...
Probaron primero todos los remedios caseros que recetó la hermana Micaela. Llegaba con brazadas de yuyos medicinales a la jefatura y preparaba las infusiones en la cocina, o las traía ya hechas y enserenadas.
Al salir de la escuela, Felicita seguía entrando al despacho, pero ahora para ingerir los cocimientos de la celadora, las purgas capaces de tumbar un caballo. Desde su apostadero, Brígida escuchaba el rumor de las arcadas y los quejidos de la paciente cuyas entrañas se resistían al saqueo.
La vieja la enteraba de los detalles.
—Ya no sé más que darle. Ni la quinina ni el aceite de castor ni la sal inglesa... Ahora sólo queda lo otro. Pero eso yo no me animo a hacerlo. Está muy débil...
—¡Pobrecita! —murmuró Brígida con sincera compasión.
—¿Pobrecita? masculló la hermana Micaela—. ¡Una sinvergüenza! ¡Eso es lo que es! ¡hora ya encontró lo que buscaba! ¡Y todavía una tiene que ayudarla! ¡No hay por qué compadecerla tanto, Ña Brígida!
—Ahora ella es tan desgraciada como yo... 


12

Al mes Felicita Goiburú era piel y huesos. Los hermosos ojos azules estaban ajados, enrojecidos, de tanto llorar a escondidas. Envejeció de la noche a la mañana, con una expresión inimitable de anhelo y desánimo que le encendía y le apagaba el rostro alternativamente. Sólo ahora tocaba la profundidad del mal. Lo había descubierto no grado por grado, como su hermana Esperancita, sino de golpe, en una experiencia irrevocable. Ahora sabía lo que su inocencia ignoró todo el tiempo. Y lo sabía rápidamente, fatalmente, con la dolorosa irradiación de una quemadura.
Melitón Isasi no andaba mejor, escorándose como si hiciese agua por todas partes en el remolino que lo volteaba. Los furiosos estallidos de la cólera no conseguían achicarla. Se escoraba cada vez más. Bebía sin descanso. La piel ya no era lustrosa. Los ojos estaban inyectados en sangre. La barba de días con sus rastrojos rojizos punteaba el fofo semblante con el color de las cortaderas sobre un estero. En ciertas tardes se encerraba a solas con Felicita en el despacho y la besaba desesperadamente en un ansia oscura, deslavada de deseos, gimiendo entre sus cabellos, como un padre que sabe a su hija muy enferma y con pocas posibilidades de salvarse.
A Felicita le hacían más daño los gruesos sollozos paternales. Ella seguiría queriendo a Melitón como hombre, a pesar de todo. Habría querido apoyarse más que nunca en el hombre poderoso y autoritario que la había seducido mansamente. Ahora el cambio aumentaba su vergüenza. Esos quejidos le decían que lo había perdido como amante. Estaba perdiendo a su hijo, se estaba perdiendo a sí misma. Prefería que la insultara y la aporreara, borracho, enloquecido por el miedo. Así por lo menos ella olvidaba el suyo, aturdida por un dolor extraño a su propio dolor, y sentía menos perder todo lo que estaba perdiendo.
—No llores, Melitón... Todo se va arreglar... —le decía pasándole una mano sobre los revueltos cabellos.
Su voz salía como una súplica lejana de un corazón ya vacío. Salía de sus labios, no para persuadir a la paz o a la tranquilidad a quien ya no podría tenerlas en adelante, sino para adormecerlo con ese susurro. Y adormecerse. Para disimular de algún modo la necesidad vergonzosa de esperar lo que ya no tenía esperanza. En la lucha de la depravación contra el candor, había vencido el candor, pero a costa de un ser puro que se moría por momentos.


13

Una noche ventosa y sin luna la llevó a caballo. Se fueron como huidos. Rodearon el pueblo por un atajo.
Sólo Brígida vio perderse las dos sombras, tragadas por la oscuridad.
Demoraron varios días. Al principio se pensó en un rapto. La gente envalentonada por el fin de la guerra y la ausencia del jefe político, rompió a barajar suposiciones y sospechas. Ya no eran los tímidos cuchicheos de antes. Ahora las caras y las bocas estaban encorajinadas y escupían en voz alta lo que pensaban.
—¡Ese ya no vuelve más! ¡La escondió a Felicita y se escapó de los hermanos!—decía el viejo Apolinario, en un grupo, junto al mercado.
—¡Pero los Goiburú no van a dejar de balde su fechoría!
Van a remover cielo y tierra hasta encontrarlo! —dijo otro.
—¡Sólo si pasa la frontera!
—No ha de ir lejos —dijo Apolinario—. Ya se le puso el pecho de algodón. Pero aunque se vaya hasta el fin del mundo, lo mismo lo van a encontrar. El miedo siempre deja rastros. Los Goiburú van a tomarse el desquite aunque tengan que remover cielo y tierra.
—¡También está Crisanto Villalba..., y todos los otros! —dijo una viejecita.
—¡Pobre Melitón Isasi! ¡No quiero estar en su pellejo!
—Pero es traicionero. Todavía puede madrugarlos...
—Si la muerte no pudo madrugarlos en el Chaco, menos va a poder ese cobarde...


14

En la loma de Caroveni, la abuela de Felicita no podía hacer más que rezar y lamentarse por la nieta robada, de cuyo destino, de cuya gravidez, nada sabía. Justo cuando los hermanos estaban a llegar.
María Rosa, la cuidadora del Cristo en el cerrito, venia a consolar a su vecina. La anciana ciega se quejaba con desesperación. —¡Cómo pudo permitir Dios esta desgracia!
—Dios no permite más que las desgracias, Ña Emerenciana...—dijo María Rosa—. Si permitiera también la felicidad Dios se acabaría...
—¡Perdí a mi nieta, María Rosa! ¡No sabes lo que es eso!
Le chorreaban las lágrimas de los ojos ciegos y el guaraní fluía de sus labios, reacio a su desdicha.
—Yo perdí a mi hija...—murmuró la demente de la loma cuyos cabellos negros estaban pegados desde hacia un cuarto de siglo al Cristo leproso. Ahora los cabellos eran blancos y agrios, pero en los ojos duraba la misma obsesión de antaño el brillo de haber contemplado y de estar contemplando todavía un rostro incorruptible en la esencial desolación del mundo.
—¡Van a llegar los hermanos..., y Felicita ya no está!
—No está aquí...
—¡Antes la tocaba por lo menos! ¡Ahora ya ni eso!
—A los vivos no se los puede clavar en una cruz y querer que continúen vivos...—dijo la loca. Detrás del rostro ceniciento, en las miradas secas rescoldeaba el tizón ardido de la vieja fiebre.
—No te oigo, María Rosa... —parpadeó la ciega.
—Felicita se fue con su cruz...
—¡Pobre, mi corazón! ¡Era una criatura! ¡Vendrán los hermanos y ya no la podrán ver! ¡Estarán más ciegos que yo!
—Verán la rabia de su corazón...
—¡Haber guerreado tanto, para esto! ¡Se salvaron de la muerte y ahora van a venir a encontrar algo peor que la muerte!
—El Cristo de Tupá-Rapé les dará consuelo,... A Gaspar Mora le consoló en la hora de su muerte... —fue lo único que dijo en castellano.
—¡No le rezarán, María Rosa! —se afligió la anciana—. ¡Nunca creyeron en él! ¡No le querían! ¡Tampoco el padre! ¡Ninguno de los tres! ¡Cuando a Nicanor lo corneó el toro, maldijo al Cristo! Nicanor, después los mellizos, los tres decían que el Cristo era la desgracia del pueblo, porque nos había enseñado la resignación...
—Entonces... —dijo la loca, pero se interrumpió con el semblante apagado. Se encaminó lentamente hacia el ranchito inclinado entre los cocoteros. La joroba de los años abultaba en la espalda bajo los trapos.
Sólo ella vería después, como en un sueño, la tarde que fue a recoger leña en la falda del cerro, el regreso de Melitón Isasi. Lo vio venir solo como dormido, con una pierna cruzada sobre la montura. La buscó a Felicita con los ojos, pero no estaba. Por lo menos no la veía. Únicamente vio que en la cintura del camino dos sombras furiosas e iguales saltaban sobre el jefe político, arrancándolo del caballo con un lazo. La loca sabia contar esta clase de alucinaciones, a las que nadie prestaba atención. Ella misma las olvidaba pronto. Esa tarde se habría restregado los ojos para despegar de ellos el susto, la mala visión, y nada más. Como otras veces. Ningún sueño podía superponerse a la vieja y dulce pesadilla. La propia realidad retrocedía derrotada por ella.


15

La hermana Micaela cayó a Brígida con la noticia.
—¡Llegaron los mellizos! —tartamudeó atragantada.
—¿Quién?
—¡Los hermanos Goiburú!...
—¡Dios mío! —sopló Brígida débilmente por entre los dedos que apretaban la boca.
—Les están haciendo un gran recibimiento. ¡Todo el pueblo está reunido en la estación!...
Se escuchaba la cohetería de los hurras y vivas que estallaban en honor de los recién llegados. De repente también empezó a repicar el pedazo de riel de la escuela.
—¡No sé qué va a ser de nosotras! —rechinó la vieja—. ¡De mí, ¡Ña Brígida, de mí! ¡Por haberme metido en este enredo! ¡Para mal de mis pecados..., para la perdición de mi alma! ¡Lo hice por usted y por don Melitón! ¡Y ahora ni siquiera él está! ¡No sé por qué no viene de una vez!... —iba de la puerta a la claraboya, rengueando como una gallina en un gallinero arrepollada por el olor del zorrino. La sombra de un doble espanto caía sobre ella, apretándola contra los rincones más oscuros.
Brígida, quieta en medio del cuarto, veía dar vueltas a su alrededor a la celadora. Miraba a través de ella, los ojos agrandados y vidriosos, la boca enrejillada por las falanges que se le habían puesto más espinudas y trémulas. Las cuentas del largo rosario de madera, atado a la cintura de la vieja, crujían sordamente. Brígida, nerviosa, bajó las manos y las retorció sobre la tabla del vientre.
—¡El sueño!...—murmuró—. ¡Se está cumpliendo el sueño!
La sacristana la enfrentó. Le puso una mano sobre el hombro y la miró con implorante fijeza.
—No queda más que una cosa, Ña Brígida... No queda más que ir a mandar una promesa al Cristo de Tupá-Rapé. Solamente él puede ayudarnos. Le tiene que pedir usted.
—Yo...
—Ya sé que usted no cree en él—rezongó la vieja—. En los dos años que está en Itapé no subió al cerro ni una vez. Ni siquiera fue para la procesión del Viernes Santo... ¡Pero es milagroso! ¡Hizo cosas increíbles! Milagro únicamente se puede llamar las cosas que hizo en este pueblo, desde que está allí..., desde aquella tarde en que lo bendijo el Pai Maíz... Yo le digo, Ña Brígida... De balde no cree en él...
—Yo creo...
—¿Y entonces?
—Voy a ir... —dijo al fin; el ansia, la anhelosa necesidad de aferrarse a algo volvía a encender las descoloridas miradas.
—Yo la voy a acompañar. Póngase el manto y vamos.
—Todavía no, hermana Micaela...
—¡Mire que hay apuro!...
—Si no llegan esta noche, vamos a ir mañana a la tardecita...
—¿Por qué recién a la tardecita?
Brígida tardó un poco en contestar. Bajó los ojos. Al cabo, con oscura humillación secreteó:
—¡No quiero que me vean! ... Me odian. Siento su odio... Por eso nunca salgo de aquí...
—Usted no hace mal a nadie. Nadie habla mal de usted.
—Me odian con razón. Yo misma me odio...
—¡Antojos suyos! —le oprimió la mano como para alentarla.
—No.
—¿Entonces vamos mañana al cerro?
—Sí.
—Voy a venir a buscarla, para ir juntas.
—Dios se lo pague, hermana Micaela...
—Pero esta noche no se descuide—su voz adquirió el tono áspero y agorero de la sacristana—. Son capaces de atacar la comisaría... Yo que usted mando acantonar a los soldados.
—El jefe es Melitón. Y Melitón no está.
—¡Por eso mismo! —bufó la vieja—. Si usted quiere, voy a ordenar de paso a los soldados lo que tienen que hacer.
—No hace falta. Ellos nada tienen que ver en este asunto.
—¡Están para vigilar el orden!
Brígida la miró con la misma azorada vergüenza de hace un momento, pero se quedó en silencio. No quiso o no pudo decir nada más.
—Hasta luego entonces, Ña Brígida. Voy a ir un momento a la iglesia. Mañana empieza la novena de San Judas. Me voy, ¡Dios quiera que no pase nada malo!
Se embozó en el manto color tabaco y salió arrastrando las zapatillas. El ruido de hueso del rosario se apagó en el corredor.
Brígida se aproximó lentamente al orificio. Vio que la hermana Micaela hablaba a los agentes sentados sobre el escaño de la jefatura, haraganeando con la guampa del tereré. Oyó que les decía:
—¡Se ve que están con la soga larga! No tienen ni así de tino, ni de vergüenza!...
Los agentes se removieron a desgana. Algunos se levantaron, retorciendo el cuerpo y estirando los brazos.
—Ña Brígida les manda decir, de orden del señor jefe, que carguen los mosquetones y que hagan guardia todo el tiempo, hasta que llegue don Melitón. ¿Han oído?
—¡A su orden!—dijo uno, socarrón, guiñando un ojo a los demás. La media docena de conscriptos se removió, divertida.
—Llegaron los Goiburú y pueden venir a balear la comisaría.
—Ya se habrán cansado luego de tirar en el Chaco —dijo el muchachón flaco y canilludo.
—Pero aquí va a ser por otra cosa. Y si vienen y meten bala, nadie va a dar ni un patacón por el cuero de ustedes.
Los muchachos se rieron despreocupados.
—Hagan lo que les digo. Y cuiden también la casa de Ña Brígida.
—¡A su orden, mi sargento! —dijo el canillón, chocando exageradamente los tobillos.
La vieja se fue farfullando.


16

Brígida la estuvo esperando, ya vestida. Tenía puesta su ropa más humilde. La esperó todo el tiempo, cada vez más ansiosa. La tarde se arrastró con una lentitud desesperante, rajada de calor, de silencio, preñada de una vaga amenaza. Se acercaba al agujero y espiaba la calle. Vio declinar y empalidecer la luz contra la puerta cerrada del despacho, hasta que tomó el tinte morado que tiznaba la madera cuando la Felicita Goiburú solía estar adentro. Vio un zapato viejo y abarquillado entre los yuyos de la calle. Contempló los rosales secos contra la tapia. Miró oscilar los caños negros de los fusiles en la comisaría. Una chicharra empezó a rejonear la tarde entre los naranjos del patio.
La celadora no apareció.
La tarde pasó rápidamente del dorado al escarlata. El vaho caliente se metía por el hueco, la crepitación del silencio batido por la matraquita de la cigarra.
Su impaciencia empezó a decaer con la luz. Se fue quedando más tranquila, con esa calma que da el extremo desamparo. Esperó un poco. Cuando supo que la vieja no iba a venir, se puso el manto negro y salió por el portón de la huerta.
Costeó el pueblo por donde se había perdido el caballo de Melitón, la noche en que se llevara a Felicita. Después tomó la carretera rumbo al cerro. El manto, la penumbra y el polvo le tapaban la cara y la convertían en una desconocida que se alejaba con la cabeza encorvada hacia el suelo. Sin los ladridos que a trechos le salían al paso de su olor humano, no hubiera sido mucho más que una sombra sin cuerpo, un fantasma de ojos muertos, de esos que la salvaje soledad de los caminos forma a veces en la polvareda del crepúsculo.
A medio camino se cruzó con la loca de Caroveni, que venia pujando con su brazada de leña, los cabellos cenizos, nublados los ojos de la última luz. Se miraron. La loca se detuvo. Levantó la mano como para decir algo, pero la voz no salió. Había algo de aciago en la envolvente fijeza de sus ojos caldeados en un secreto.
Brígida estaba lejos de todo eso; lejos aun de sí misma. Pero, asimismo, sintió vagamente que no podía confrontarse con la vieja. Hubiera deseado la inocencia de su locura. No le imaginó voz, ni comprendió ese pequeño gesto de aviso o protección que María Rosa volvió a intentar.
Vio que los ojos de la loca estaban de nuevo marchitos. Crujió el haz de leña sobre el lomo jiboso al reanudar la marcha. Después, a sus espaldas, la oyó canturrear el estribillo del Himno de los Muertos con el chirrido de una rama seca.
—Che yvyrá'i-kanga a mo ñe'erí yevy va'erá... (=Yo haré que la voz vuelva a fluir por los huesos...)


17

Cuando subió al cerro caían las primeras sombras.
Subió perseguida por las maripositas blancas y el quedo murmullo del manantial. El cielo tenía el suave color del cuero quemado. La sombra se depositaba aterciopeladamente en las cosas.
Se pasó la mano por los ojos. Dejó ir el peso del cuerpo a los talones y el cerrito se inclinó hacia ella para ayudarla a subir.
Una sola vez más miró hacia arriba. La choza del Cristo también ya estaba en penumbra. Pero sobre ella temblaba todavía una tenue claridad.
Desembocó en la explanadita de la cumbre, limpia y pulida como un atrio. Se sentía nuevamente abochornada. No se atrevió a mirar al Cristo. Era la primera vez que subía allí. Y había llegado no como una de las simples mujeres del pueblo, sino como una ladrona, al caer la noche, sola. No venía a rendirle un homenaje, sino a pedirle una gracia. La mujer hincada ante el pequeño solio de paja se lo dijo en voz baja al que estaba clavado en la cruz:
—¡Tienes que saberlo ahora!... ¡Sólo quiero que vuelva! ¡Te pido que me lo devuelvas!
Sacó el rosario. La pequeña cruz de metal chispeó en sus manos. La besó y comenzó a rezar.
Al llegar de nuevo a la cruz, sintió que el círculo se había cerrado y que ella estaba dentro de ese círculo como dentro de una claridad. No sabía todavía si de salvación o de irremediable fracaso. Se sintió más apaciguada. Por lo menos, la vergüenza había desaparecido.
Besó de nuevo la crucecita de metal y levantó la mirada hacia el Cristo. Poco a poco. No con orgullo y determinación, sino con mansedumbre y ternura, con la sensación de su desamparada debilidad, como solía ante el propio Melitón cuando él le hacía sentir su poder hasta los huesos con el silencio de su desprecio o el rigor de sus injurias y sus golpes, bajo los cuales ella sentía sin embargo la única tímida, agónica dicha que le era permitida en el mundo, ya que por lo menos entonces algo la unía a él.
Parpadeó sorprendida. No quería, no podía creer lo que estaba empezando a contemplar, a entrever, en la tenue claridad. El Cristo tenía botas. Se pasó el dorso de la mano por los ojos en un rápido impulso y la filosa crucecita del rosario arrollado entre los dedos le arañó un párpado. Alzó un poco más los ojos y vio que el Cristo tenía ropa y que la ropa estaba ensangrentada. Todavía de rodillas descubrió, en un lívido relámpago de la conciencia, que quien estaba en la gran cruz negra era Melitón, atado a ella con muchas vueltas de lazo. Volcaba hacia ella la cabeza sin vida. Detrás de una máscara de sangre la miraba con sus grandes pupilas doradas en las que la muerte ponía una expresión por vez primera apacible y humana.
El ravo no la había quemado aún hasta el fondo.
Se incorporó de un salto y se arrimó a la cruz. Aplastó anhelante de temor la húmeda mejilla contra la punta de las botas. Y las reconoció. Sólo entonces su erizada mudez rompió en un gran grito y echó a correr.
Al borde de la pendiente trastabilló y cayó. Sus pies habían tropezado con el Cristo de madera, arrojado como un despojo entre los yuyos. El cuerpo de la mujer siguió rodando la falda pedregosa hasta que un matojo de espinos detuvo su caída, junto al manantial.

1959


Cuentos completos
Barcelona, Debolsillo Contemporánea, 2008
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