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14 jul. 2012

Yannis Ritsos (1909-1990): Tres poemas (versión Horacio Castillo)

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Romiosini

I

Estos árboles no se conforman con tan poco cielo,
estas piedras no se conforman bajo el paso extranjero,
estos rostros no se conforman sino con sol,
estos corazones no se conforman sino con justicia.

Este paisaje es duro como el silencio,
aprieta contra el pecho sus piedras calcinadas,
aprieta contra la luz sus olivos huérfanos y sus viñas,
aprieta los dientes. No hay agua. Solamente luz.
El camino se pierde en la luz y la sombra de la tapia es de hierro.

Se petrificaron los árboles, los ríos y las voces en la cal del sol.
La raíz tropieza con el mármol. Arbustos polvorientos.
El mulo y la roca. Jadean. No hay agua.
Todos tienen sed. Hace años. Todos mastican un amargo bocado de cielo.

Sus ojos están rojos por el insomnio,
una profunda marca se clava como una cuña entre sus cejas,
como un ciprés entre dos montañas a la hora del crepúsculo.

Sus manos están pegadas al fusil,
el fusil prolonga sus manos,
sus manos prolongan sus almas,
tienen los labios llenos de rabia
y el dolor en lo más hondo de sus ojos
como una estrella en un pozo de sal.

Cuando estrechan la mano el sol está seguro en el mundo,
cuando sonríen una pequeña golondrina vuela de sus barbas hirsutas,
cuando duermen doce estrellas caen de sus bolsillos vacíos,
cuando caen la vida sube la cuesta con banderas y tambores.

Hace tantos años que tienen hambre, todos tienen sed, todos mueren
sitiados por tierra y por mar;
el calor devoró sus campos y la sal regó sus casas,
el viento arrancó sus puertas y las escasas lilas de la plaza,
por los agujeros de sus abrigos entra y sale la muerte,
sus lenguas son ásperas como una piña,
sus perros han muerto envueltos en sus sombras,
la lluvia cala sus huesos.

Arriba en las atalayas fuman inmóviles la bosta y la noche
escrutando el mar enfurecido donde se hundió
el mástil roto de la luna.

El pan se agotó, las balas se agotaron,
ahora cargan los cañones sólo con sus corazones.

Tantos años sitiados por tierra y por mar,
todos tienen hambre, todos sucumben, pero ninguno muere—
sus ojos brillan en las atalayas,
ven una gran bandera, un gran fuego rojo
y cada amanecer miles de palomas vuelan de sus manos
hacia las cuatro puertas del horizonte.


IV

Enfilaron hacia el alba con la mirada altiva del que tiene hambre,
en sus ojos inmóviles se había coagulado una estrella,
llevaban sobre sus hombros el verano herido.

Por aquí pasaron los soldados con los estandartes pegados al cuerpo,
con la obstinación entre sus dientes como una pera verde,
con la arena de la luna en sus pesados borceguíes
y el carbón de la noche adherido a la nariz y las orejas.

Árbol tras árbol, piedra tras piedra, atravesaron el mundo,
sobre almohadas de espinas atravesaron el sueño,
llevaban la vida como un río en sus manos resecas.

A cada paso ganaban una braza de cielo —para darlo.
Arriba en las atalayas quedaban petrificados como árboles quemados,
y cuando bailaban en la plaza, temblaba en las casas el cielo raso
y tintineaba la cristalería en las repisas.
Ah, qué canto sacudió las cumbres—
entre sus rodillas sostenían la escudilla de la luna y cenaban,
y aplastaban el ay en los recovecos de su corazón
como si aplastaran un piojo entre sus gruesas uñas.

¿Quién te llevará ahora el pan caliente en la noche para alimentar los sueños?
¿Quién a la sombra del olivo hará compañía a la cigarra para que la cigarra no calle,
ahora que la cal del mediodía pinta la tapia en torno del horizonte
borrando sus magníficos nombres viriles?

Esta tierra que embalsamaba el alba,
la tierra que era de ellos y de nosotros —su sangre— cómo olía la tierra
y ahora cómo han cerrado sus puertas nuestras viñas,
cómo disminuyó la luz en los techos y en los árboles,
¿quién diría que la mitad se encuentra bajo tierra y la otra mitad entre rejas?

Con tantas hojas el sol te da los buenos días,
con tantos estandartes brilla el cielo,
y unos entre rejas y otros bajo tierra.

Calla, de un momento a otro sonarán las campanas.
Esta tierra es de ellos y de nosotros.
Bajo tierra, con las manos cruzadas,
aferran la cuerda de la campana —esperan la hora, no duermen, no están muertos,
aguardan para anunciar la resurrección. Esta tierra
es de ellos y de nosotros —nadie nos la podrá quitar.


VII

La casa, el camino, la higuera, la cáscara del sol que las
gallinas picotean en el patio.
Los conocemos, nos conocen. Aquí entre las breñas
la culebra ha mudado su túnica amarilla.

Aquí está la choza de la hormiga y el torreón lleno de troneras de la avispa,
en el mismo olivo el cuerpo muerto de la cigarra del año pasado y
el canto de la cigarra de este año,
en los arbustos tu sombra que te sigue como un perro silencioso, muy castigado,
perro fiel —al mediodía se acuesta junto a tu sueño terroso
husmeando las adelfas,
a la noche se ovilla a tus pies mirando una estrella.

Un silencio de peras se multiplica en las piernas del verano,
la somnolencia del agua se demora en las raíces del algarrobo,
la primavera tiene siete hijos huérfanos adormecidos en su regazo,
un águila moribunda en sus ojos,
y allá arriba, detrás del pinar,
la capilla de San Juan Ayunador secándose al sol
como el pálido excremento del gorrión en una ancha hoja de mora.

Este pastor envuelto en su pelliza
tiene en cada pelo del cuerpo un río seco,
tiene un bosque de encinas en cada agujero de su flauta
y su bastón tiene los mismos nudos
que el remo que golpeó por primera vez el azul del Helesponto.

No es necesario que recuerdes. La vena del plátano
tiene tu misma sangre, la misma del asfódelo y la alcaparra de la isla.

Desde el fondo silencioso del pozo asciende al mediodía
una voz de vidrio oscuro y viento blanco,
una voz redonda como un ánfora antigua—la misma voz antigua
y el cielo enjuaga con añil las piedras y nuestros ojos.

Cada noche la luna da vuelta sobre los campos el cuerpo de los grandes muertos,
palpa sus rostros con dedos salvajes, helados
hasta reconocer a su hijo por el filo del mentón y las cejas de piedra,
registra sus bolsillos. Siempre encuentra algo. Algo encontramos.
Un relicario con madera de la Cruz. Un cigarrillo aplastado.
Una llave, una carta, un reloj detenido a las siete.
Le damos cuerda nuevamente. Las horas comienzan a correr.

Cuando mañana sus ropas se pudran
y queden desnudos entre botones militares
como quedan los restos de cielo entre las estrellas del verano
como queda el río entre las adelfas
como queda el sendero entre los limoneros cuando llega la primavera,
acaso encontremos entonces sus nombres y podamos gritar: yo amo.

Entonces. Pero estas cosas están todavía muy lejos,
todavía muy cerca, como cuando estrechas
una mano en la oscuridad y dices buenas noches
con la amarga cortesía del desterrado que vuelve a la casa paterna
y ni los suyos lo reconocen,
porque él ha conocido la muerte,
y ha conocido la vida que está antes de la vida y después de la muerte
y los reconoce. No se entristece. Mañana, dice. Y está
seguro de que el camino más largo es el camino más corto al corazón de Dios.

Y he aquí la hora en que la luna lo besa con cierta angustia detrás de la oreja,
las algas, la maceta, el escabel y la escalera de piedra le dicen buenas noches,
y las montañas y los mares y las ciudades y el cielo le dicen buenas noches
y sacudiendo la ceniza del cigarrillo sobre las rejas del balcón
puede llorar por su seguridad,
puede llorar por la seguridad de los árboles y de los astros y de sus hermanos.


El río y nosotros

5. Conversación bajo los árboles

Un hombre tendido en el suelo en una noche de verano
es como una mancha de sangre que absorbe la tierra,
como una alargada forma ocre en el mapa desplegado sobre la mesa
bajo una lámpara humeante. No se distinguen
cordilleras ni líneas ferroviarias. Sólo la forma
plana de la tierra. Y su sueño es desconocido
más desconocido que el más desconocido de los rostros
lleno de escaleras y pesadillas y milenios
de la vida de los peces, de las aves y de los astros.

Más allá están las alambradas. Se las avizora
cuando la luna se engancha en ellas para elevarse
y queda allí como el herido tomándose su costado.

—He visto, digo, ríos muertos.

—El río que anegó los campos y las cabañas
se ahogó junto con los ahogados.

—He visto ríos muertos.

—El río que dio de beber a las ovejas y los pastores
que puso en movimiento los molinos
que regó los árboles
está ahora en los nietos de los corderos
en el canto vespertino del pastor
en el pan de la cena
está en los árboles que miras, en el fruto que comes.

—Pero el río, ¿dónde está el río? Miras el árbol,
el árbol es hermoso, dices, hermoso el canto del atardecer
es sabroso el pan, sabroso el fruto. Pero el río
¿dónde está el río? Nadie recuerda el río.
No tiene ya medida ni color ni nombre.
He visto, digo, ríos completamente muertos.

—El río fluyó al mar. Creció el mar.
El río creció. No tiene nombre.
—El río se convirtió en mar. No tiene nombre.
—El nombre del río es mar. No tiene nombre.
—Tiene el nombre del agua extensa y profunda.
—¿Cuál es entonces vuestro nombre?
—Nosotros.
—He visto ríos muertos. El anonimato...
—El anonimato no. El miedo al anonimato es la muerte.

Escuchábamos junto a nosotros el río
que arrastraba las hojas de plátano de la luna.


La dama de las viñas

III

Señora de las Viñas, ¿cómo sostener sobre nuestros hombros tanto cielo
cómo sostener tanto silencio con todos los secretos de los árboles?
Un delfín corta como un relámpago la quietud del mar
como el cuchillo corta el pan sobre la tabla de los pescadores
como el primer rayo de sol corta el sueño.

De piedra en piedra reverbera el camino y de pájaro en pájaro
sube la escalinata
y el sol, mitad en el mar, mitad en el cielo, brilla como la naranja
en tu puño y como tu oreja debajo del cabello.

Y así esbelta y fuerte en el centro del mundo
sosteniendo en tu mano izquierda la gran balanza y en la derecha la santa espada
eres la belleza y la gallardía y eres Grecia.

Cuando pasas entre la gramilla rasgando la seda del aire
las rubias fundas del maíz te rozan las axilas
como si te rozara el flamante bigote del pastor
y onda tras onda el escalofrío se pierde entre las espigas
y sonido tras sonido los plátanos se inclinan sobre las fuentes
y las montañas parecen cántaros que esperan ser llenados.

Señora de las Viñas tu rostro se refleja en nuestros pechos
como una blanca nube que ilumina las laderas boscosas
y el río te sigue como un manso león
cuando repartes los rayos en las acequias
cuando repartes a los pastores pólvora y canto
y te llaman hermana los caballos y los corderitos.


Horacio Castillo: Poesía griega moderna
Selección, traducción directa del griego, prólogo y notas, por el autor
Buenos Aires, Vinciguerra, 1997
Foto vía Le Monde
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