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22 oct. 2014

Descarga: Arthur Rimbaud - Una temporada en el infierno / Iluminaciones / Cartas del vidente

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Descarga: Arthur Rimbaud - Una temporada en el infierno / Iluminaciones / Cartas del vidente

Figura fascinante tanto por la singularidad de su vida y su personalidad como por la magia de su lenguaje y sus imágenes, Arthur Rimbaud (1854-1891) es uno de los fundadores indiscutibles de la literatura moderna. Una temporada en el infierno (1873) es la única obra que Rimbaud preparó para su publicación, pero, aun impresa, apenas tuvo difusión -retenida por falta de pago en un almacén- hasta 1901. Sujeta a todo tipo de controversias críticas, Iluminaciones, sin embargo, reúne una serie de textos de disputada datación que constituyen, no obstante, una de las mayores cimas del poema en prosa.

21 sept. 2014

Arthur Rimbaud - El esposo infernal

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Oigamos la confesión de un compañero de infierno.

«Oh divino Esposo, Dueño mío, no rechaces la confesión de la más triste de tus siervas. Estoy perdida. Estoy borracha. Estoy impura. ¡Qué vida!

»Perdón, divino Señor, ¡perdón! ¡Ah! ¡Perdón! ¡Qué de lágrimas! ¡Y qué de lágrimas aún, más adelante, espero!

»Más adelante ¡conoceré al divino Esposo! Nací sometida a Él. — ¡Ya puede pegarme el otro ahora! ¡Oh amigas mías!… no, no amigas mías… Nunca delirios ni torturas semejantes… ¡Qué tontería!

»¡Ah! ¡Estoy sufriendo, grito! Estoy sufriendo de verdad. Todo, no obstante, me está permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.

»En fin, hagamos esta confidencia, aun a riesgo de tener que repetirla otras veinte veces, — ¡igual de tétrica, igual de insignificante!

»Soy esclava del Esposo infernal, del que perdió a las vírgenes necias. Es ése, y no otro demonio. No es ningún espectro, no es ningún fantasma. Pero a mí, que he perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo — ¡nadie me matará!— ¿Cómo describíroslo? Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de frescor, señor, si no te importa, ¡si te parece bien!

»Soy viuda… — Era viuda… — Sí, sí, antes era muy seria, ¡y no nací para acabar en esqueleto!… — Él era casi un niño… Me habían seducido sus misteriosas delicadezas. Ol- vidé todas mis obligaciones humanas para seguirlo. ¡Qué vida! La auténtica vida está ausente. No estamos en el mundo. Voy adonde él va, así ha de ser. Y a menudo se enfada conmigo, conmigo, pobre almita. ¡El demonio! — Es un demonio, sabéis, no es un hombre.

»Dice: “No me gustan las mujeres. Hay que volver a inventar el amor, ya se sabe. Las mujeres ya no alcanzan a desear más que una situación asegurada. Una vez ganada esta situación, el corazón y la belleza se dejan de lado; no queda sino frío desdén, alimento del matrimonio, hoy en día. O bien veo mujeres con las señales de la dicha; de ellas habría podido hacer buenas amigas, si no las hubiera devorado antes algún bruto con sensibilidad de hoguera…”

»Y yo lo oigo cómo hace de la infamia gloria, de la crueldad encanto. “Soy de raza lejana: mis antepasados eran escandinavos: se perforaban las costillas, se bebían su propia sangre. — Yo me haré cortaduras por todo el cuerpo, me tatuaré, quedaré más repugnante que un mongol; ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia, por completo. Nunca me enseñes joyas, o me arrastraré y me revolcaré por las alfombras. Mi riqueza la quiero manchada de sangre, por todas partes. Jamás trabajaré…” Muchas noches, habiéndome poseído su demonio, ambos rodábamos por el suelo, ¡yo luchaba con él! — Por las noches suele apostarse, borracho, en las calles o en las casas, para asustarme mortalmente. — “Me cortarán de veras el cuello; será asqueroso.” ¡Oh! ¡Esos días en que gusta de andar con un aire de crimen!

»A veces habla, en una especie de jerga enternecida, de la muerte que obliga a arrepentirse, de los desdichados que ciertamente hay, de los trabajos fatigosos, de las separaciones que desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, lloraba al considerar a quienes nos rodeaban, rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los borrachos, en las calles negras. Sentía por los niños la compasión de una mala madre. — Se marchaba con ternuras de niña de catequesis. — Fingía estar al corriente de todo: comercio, arte, medicina. — Yo lo seguía, ¡así ha de ser!

»Veía todo el decorado de que, en espíritu, se rodeaba: vestiduras, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Veía todo aquello que lo emocionaba, tal como él habría querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, lo seguía, yo, en actos extraños y complicados, lejos, buenos o malos; estaba segura de que jamás penetraría en su mundo. Junto a su amado cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué desearía tanto evadirse de la realidad. Nunca hombre alguno formuló un voto semejante. Yo admitía, —sin temer por él, — que podía suponer un serio peligro dentro de la sociedad. — ¿Tiene tal vez secretos para cambiar la vida? No, tan sólo está buscándolos, me replicaba yo. Por último, su caridad está embrujada, y yo soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría fuerza bastante — ¡fuerza de la desesperación! — para soportarla — para ser protegida y amada por él. Por otra parte, no me lo figuraba con otra alma: se ve el Ángel propio, nunca el Ángel ajeno, — me parece. Estaba yo en su alma como en un palacio que han vaciado para no ver a alguien tan poco noble como tú: eso es todo. ¡Ay! Dependía en mucho de él. Pero ¿qué quería de mi existencia apagada y cobarde? ¡No me hacía mejor, no haciéndome morir! Tristemente despechada, le dije a veces: “Te comprendo”. Y él se encogía de hombros.

»Así, renovándose sin cesar mi sufrimiento, y hallándome más perdida a mis ojos, — como a todos los ojos que habrían querido mirarme, si no hubiese estado condenada para siempre al olvido de todos, — tenía cada vez más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amigos, era en verdad el cielo, un cielo lóbrego, en el que entraba, en el que me habría gustado que me abandonase, pobre, sorda, muda, ciega. Me iba ya acostumbrando. Veía en nosotros dos niños buenos, con permiso para pasearse por el Paraíso de la tristeza. Nos con- certábamos. Muy conmovidos, trabajábamos juntos. Pero, tras una penetrante caricia, él decía: “¡Qué divertido te parecerá, cuando yo ya no esté, esto por lo que has pasado! Cuando no tengas ya mis brazos bajo el cuello, ni mi corazón para en él descansar, ni esta boca en tus ojos. Pues habré de marcharme, muy lejos, un día. Además, he de ayudar a otros, es mi deber. Aunque no resulte muy deleitable…, alma querida…” De inmediato me representaba a mí misma, habiéndose marchado él, presa del vértigo, precipitada en la más espantable de las sombras: en la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces la hizo, tal promesa de amante. Era tan frívolo como yo al decirle: “Te comprendo.”

»¡Ah! Nunca he sentido celos por su causa. No va a abandonarme, me parece. ¿Qué sería de él? No tiene conocimiento alguno, nunca trabajará. Quiere vivir sonámbulo. Su bondad y su caridad, por sí solas, ¿le darán derechos en el mundo real? A ratos, olvido la piedad en que he caído: él me hará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles empedradas de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin sufrimientos. O me despertaré, y las leyes y las costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico, — el mundo, siendo el mismo, me dejará con mis deseos, mis alegrías, mis despreocupaciones. ¡Oh! La vida aventurera existente en los libros infantiles, en recompensa, porque he sufrido tanto, ¿me la regalarás tú? No puede. Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene pesares, esperanzas: cosas que al parecer no me conciernen. ¿Es a Dios a quien habla? Tal vez debería yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé rezar.

»“¿Ves a ese joven elegante que entra en la mansión bella y tranquila? Se llama Duval, Dufour, Armand, Maurice, qué sé yo. Una mujer se ofrendó a la tarea de amar a ese perverso idiota: está muerta, es sin duda una santa del cielo, ahora. Tú me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Tal es nuestro destino, el de nosotros, los corazones caritativos…” ¡Ay! Había días en que todos los hombres, al actuar, le parecían juguete de delirios grotescos: reía espantosamente, largo rato. — Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana amada. Si fuera menos salvaje, ¡estaríamos salvados! Mas también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. — ¡Ah! ¡Soy necia!

»Un día tal vez desaparezca maravillosamente; pero tengo que saberlo, si ha de subir a un cielo, ¡quiero ver con mis ojos la asunción de mi amiguito!»

¡Qué pareja!


Un temporada en el infierno
Traducción: Ramón Buenaventura

14 sept. 2014

Pierre Michon: Volvamos a la estación del Este

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Volvamos a la estación del Este. Volvamos a esos primeros días de París en los que quizá, para Rimbaud, todo se desarrolló en tres breves actos: la inmediata reputación de poeta de mucha categoría, la conciencia aguda de la vanidad de una reputación, y su arruinamiento.
No fue Verlaine el único. Ya que es sabido que en París, en septiembre, desde los primeros días, Verlaine lo llevó a esos cafés, a esas cavernas donde, tras caer la noche, encima de mesas de mármol, humeaban el té con aguardiente y las pipas, se desbordaba la espuma de las jarras de cerveza, se desplegaban las gacetas, y detrás de las jarras y de las gacetas, a la ruin luz azul del gas, había barbas de poetas, poses de poetas, impasibilidades fingidas, bromas fingidas, y ojos de poetas que lo miraban a uno llegar de Charleville. Y tras todas esas cortinas, al fondo de esas cavernas, en Le café de Madrid, en Le Rat mort, Chez Battur, en Le Delta, en las mil dependencias anejas de la Académie d'absinthe, había algo más, que Rimbaud reconoció en el acto, antes quizá que el té con aguardiente en esta taza y el ajenjo en la de más allá; y fue, muy pegada a la piel de cada cual, cortina última, que segregaba todas las demás y de la que nacían todas las demás, las barbas, las gacetas, las jarras, algo así como una cortina de enfurruñamiento más opaca. El poeta era ese hombre múltiple enfurruñado en París.
Y todos aquellos hijos enfurruñados estaban a la espera de que llegase un padre y diese el espaldarazo a su personal enfurruñamiento, lo sacase del montón, lo sentase a su diestra en un trono invisible; todos querían hurtarse a la sociedad civil, no estar donde estaban, reinar como en huecograbado; pero habían clausurado el monasterio, la sangre azul no era ya sino folklore, el cuartel se había desmoronado entre los hielos arrastrando consigo a los hijos de altos penachos, los mariscales del Imperio, allá por Esmolensko o a orillas del Beresina; así que todos esos hijos, para dejar clara constancia de que eran huérfanos y desterrados, es decir, superiores a los demás, todos esos hijos no se hicieron capitanes, ni barones, ni monjes, sino poetas; pues tal era la costumbre desde 1830; aunque desde 1830 la canción se había ido desgastando, quizá la entonaron demasiadas gargantas; había exceso de postulantes al reparto de premios del más allá; y sobre todo no quedaba nadie en este bajo mundo que pudiera salir fiador de ese reparto. Baudelaire estaba muerto; el Viejo sólo se hablaba con Shakespeare, en las cuatro patas de su mesa; hacía ya mucho que no había un rey en Saint-Cyr que pudiera zanjar el asunto en última instancia; se había perdido el criterio electivo. La consagración que con tanta vehemencia exigía Rimbaud, que seguramente exigían todos los hijos, aunque con menor vehemencia, la consagración no era ya competencia de nadie. Y todos esos Rastignac del más allá tascaban el freno parapetados tras confusos sonetos de poca monta y comportamientos brujos, parapetados detrás de jarras, detrás de gacetas, esperando, y cada cual tenía la seguridad de ser el elegido, la seguridad de no serlo; cierto es que todos poseían el esquejillo, mas ¿de qué vale un esqueje tan uniformemente repartido?
Mientras esperaban, se hacían fotos. Pues todos se habían dado cuenta de que, allende los sonetos confusos, esos menudos puños cerrados de catorce versos enarbolados hacia el futuro, allende la poesía, muy próxima a las poses de exilio con dos dedos metidos en el chaleco y la melena al viento, fluyendo de la caperuza negra, acudía la posteridad; y sentados en el taburete de los fotógrafos, se estremecían ante la posteridad: el Viejo, frente a Nadar, frente a Carjat, miró la caperuza negra y contuvo el aliento; Baudelaire, frente a Nadar, frente a Carjat, contuvo el aliento; y frente a esos mismos, el dulce Mallarmé contuvo el aliento; y, de igual forma, Dierx, Blémont, Creissels, Coppée, unos frente a Nadar, otros frente a Carjat, se estremecieron. Y hasta el propio Rimbaud...

Anochece, estamos en octubre. Aún no ha anochecido del todo, es una tarde muy hermosa del antiguo octubre. Es domingo, estamos en Montmartre y, como esto casi es el campo, no hay nadie por las empinadas calles. Cuántos árboles en lontananza: castaños o plátanos, que deslumbran y oprimen el corazón, amarillos y arruinados contra el cielo azul. Se yerguen en la luz. Las hojas doradas nos corren bajo los pies, la cuesta arriba parece conducirnos al cielo. Y, de repente, ahí llegan: son cuatro o cinco, vienen subiendo la cuesta, todos ellos hijos irredentos, ni monjes ni capitanes, por más que todos vayan arropados en un hábito invisible, hijos sin más, poetas como solía decirse; Verlaine y Rimbaud, y, de propina, cualesquiera otros, Forain, o Valade, o Cros, y Richepin, a quien llamaban Richoppe. Levitas negras, sombreros, aspecto pulcro, todo ello resolviéndose en brillos bajo la luz del sol; porque hoy van de tiros largos: a Rimbaud alguien le ha prestado el uniforme, alguien con su misma talla, Richepin quizá. Lleva la corbata algo torcida, pero no le falta de nada, ropa blanca, betún, y chistera, la cabeza de la mismísima poesía tocada con ese elevado cilindro, ese cilindro que aparenta ser la poesía, toda la parafernalia de los pesarosos hijos de la tercera generación, mas sin la pieza de satén chino bermellón, que tan bien entonaría con esas frondas, sin el chaleco rojo, que sólo se lució tres horas y una única vez, en el estreno de Hernani, y sólo el tiempo preciso para entrar en el campo del catalejo de la Historia. Ya no lo luce nadie: por lo demás; a esa misma hora, con el espléndido chaleco rojo inflado, inmerso en su edema y con el gorrito rojo y blanco de lana encasquetado, Gautier apenas llega a vernos entre los párpados hinchados y ya no nos reconoce; está escuchando un fragor más fuerte que el de Hernani; va a morir este 23 de octubre, mañana o pasado, llegará hinchado al cementerio de Montmartre, aquí al lado, y quiero creer que allí estarán los hijos, también de tiros largos; dirán que era una basura vieja, se reirán fuerte y se emocionarán; entre dos vasos de vino, oirán el fragor de Hernani. Es posible que Rimbaud se acuerde de Izambard, de los tiempos en que Izambard le daba a conocer Esmaltes y camafeos. Van calle de Notre-Dame-de-Lorette arriba, a plena luz. Fuman en pipas que les acunan la resaca; también las frondas de los árboles acunan a estos hijos; Rimbaud dice que menuda murga, está de un humor de perros. Abren la puerta del número 10, se quitan las chisteras, los hijos bromean: hay otro patio interior, una cristalera, al fondo, en la que resplandece octubre. Entran. Ya han llegado.
Es el estudio de Carjat.
Carjat también es hijo, aunque sea algo mayor que estos cinco. Un hijo incierto, pero hijo a la postre. Sabido es -los libros lo saben- que era de familia humilde; que su madre vivía en un chiscón de portera al fondo de un patio parisino, en la finca de unos sederos, con lo que el patio era muy hondo y estrecho, maloliente quizá, con tintes de densos colores corriendo por el arroyo y un pedacito de cielo, allá, muy arriba, como en un brocal; pero no sabemos si había excavado en sí, para acoger a su madre, un pozo a la medida de este patio; los concisos prólogos de los catálogos a él dedicados no se tomaron tantas molestias, pues es un hijo menor. Carece de leyenda dorada. Lo vemos cruzar como una ráfaga de viento por la leyenda dorada de los demás, la de Baudelaire, la de Courbet, la de Daumier, la del Viejo, y ello se debe a la veneración que por ellos sentía, y a la que ellos no correspondían, se debe a la amistad que por ellos sentía, a la que algunos correspondieron, se debe también a la caja negra en la que los introdujo por la gracia de los halogenuros de plata. Cuenta con sus propias cartas de hidalguía: dicen que fue el único artista que caminó tras el féretro de Daumier, al que todos dieron de lado, el único junto con Nadar, el amigo Nadar, el decano, el rival, el mejor. No le viene de ahí su fama, sino de haber colaborado con la luz, con los obturadores que la impulsan y la internan a toda velocidad, con los cloruros que la fijan, aquel día en que vio la luz de octubre el retrato oval de dieciocho por doce y medio al que voy a referirme, ese que es tan conocido como el lobo blanco y el paño de la Verónica; y hasta sucede que, a veces, su propio apellido, Carjat, figura en el retrato oval, pero debajo del otro apellido, entre paréntesis, o en letra más menuda. No llegó a ver cómo ese retrato se convertía definitivamente en el lobo blanco; murió en 1906; y, en vida, no tuvo especial empeño en que lo conocieran por esa obra suya, sino porque era un hijo, un artista; porque de artista era su ser y su aspecto; y quería que todos lo supieran, tal es la pauta; y no lo consiguió porque, o por hedonismo o por desesperanza, que pueden ser virtudes de hijo, o, a lo mejor, por sentido común y compostura, que no son virtudes de hijo, no tuvo la jactancia de afirmar que su oficio era lo principal del orbe; no quiso enterarse a tiempo de que hay que aferrarse con pasión a una única manía, a un arte como suele decirse, y sólo a una, encerrarse ferozmente con ella en algo así como un saco a cuyo fondo hay que haber arrojado a la madre que se tiene, a los hijos que no se tendrán, a todos los hombres; y sobre ese universal apisonamiento hay que tejer la tenue labor que lo convierte a uno en hijo perpetuo. Pues la obra es de la raza de los ogros. Carjat temía devorar y que lo devorasen; y, en consecuencia, arrinconó no poco su manía para hacer sitio a una esposa y a la hija que ésta le dio; y como esa manía suya lo asustaba, sola y monolítica lo asustaba, la dividió en trocitos y ejercía varias artes; era fotógrafo, cierto es, pero también pintor y hombre de teatro; y su más caro deseo, más allá de las apariencias, era que lo tomasen por poeta, pues poeta se creía y, por lo tanto, lo era en verdad: manía, creencia, deseo que es posible que le sobreviniese en el año 48, cuando tenía veinte años, más o menos igual que Baudelaire, y oyó silbar las balas, igual que Baudelaire, e, igual que él, tomó la insurrección por la varita mágica que nos libra de los padres sin instarnos a que nos convirtamos en padres; igual que Baudelaire, remozó, en esos días, el chaleco rojo y lo ocultó cuidadosamente bajo el chaleco largo y negro; igual que Baudelaire, escribió los versos huérfanos posteriores a 1850. Pero, al contrario que Baudelaire, del que era amigo, no agarró a tiempo la cantarela, que en la juventud pasa a nuestro alcance en las banderas de éxtasis, no la agarró entonces ni la pulsó prescindiendo para ello de cualquier otra empresa: de forma tal que en vez de ceñirse el chaleco negro y, envuelto en él, rimar los doce pies, los mantra de Occidente, incluyendo el me cago en diela, es decir, ser poeta, no fue sino artista, un hombre libre sin agobios de tiempo que cambiaba de chaleco y dudaba de si el padre sería Nadar o Hugo, Courbet o Gambetta. Escribía versos y hacía fotos. Un individuo de segunda fila.

Ve en el patio, bajo la luz del sol, las cinco mitras a lo Mallarmé, y, debajo, las melenas.
Estaba esperando a los hijos, los recibe. El también es robusto y de elevada estatura, como Rimbaud (y, por un momento, podemos dar en la suposición de que no les faltó prestancia, tres meses después, en pleno invierno, aquel día que, en Les Vilains Bonshommes, se enzarzaron en una pelea a la antigua usanza de 1830, y Rimbaud hirió a Carjat con el mítico bastón-estoque). Precisamente, a Rimbaud anima el grupo para que dé un paso al frente. Se estrechan la mano; Carjat está al tanto, por éste o por el de más allá, de que hoy le toca retratar a ese muchacho tan joven que escribe versos hermosos y al que no conoce. Y como está también al tanto de que ese genio en ciernes no tiene muy buen carácter, el anfitrión se muestra de entrada muy afable, quiere conseguir que se haga la foto a gusto y ya es ducho en esas lides. Nada sabemos de lo que se dijeron en 1871. Las chisteras se han quedado en el perchero grande de la entrada, inclinadas a derecha o a izquierda, y una de ellas, colocada en la parte de arriba, está recta. Es posible que tomasen una copa. Carjat se queda de pie. Rimbaud tiene que sentarse, y no dice nada, pero si estuviéramos presentes nos daríamos cuenta de que tanta preparación, la levita, la embajada dominical, la espontaneidad del anfitrión, lo disgustan: se acuerda del brazal y del quepis, en aquellos tiempos en que aparecía por Charleville, tras bajarse de trenecillos de mala muerte, un fotógrafo marchito, y la madre, inclinándose hacia el brazo del niño, retocaba el inverosímil harapo de lencería clerical, colocaba un alfiler, ahuecaba los encajes. Rimbaud se ruboriza. Y oculto tras esa remota vergüenza, ese remoto amor, siente miedo y se enfurruña una barbaridad, porque ahora el fotógrafo no es un vagabundo insomne que acaba de bajarse de un trenecillo, sino un parisino, un maestro. Ha fotografiado a Baudelaire.
El maestro, inclinado hacia él, lo observa.
Así que aquí tenemos, frente por frente, a los dos hijos: el que no ha escrito aún más que versos hugólatras, pero que muy hugólatras, y cuyo destino está en la cuerda floja porque conoce a todos los del Parnaso y se malicia que ser la poesía en persona no equivale a ocupar el primer puesto en el Parnaso, ni en ningún otro lugar, pues no hay ratificación posible, y, sobre todo, porque se da cuenta de que la poesía va cuesta abajo, igual que la calle de Notre-Dame-de-Lorette, es una cuesta por la que se despeña uno y cae al vacío para ir a parar luego a un hotel de Bruselas, o a Guernesey, ante un velador de espiritista, soberano, brujo, charlatán: si hay mucha suerte, la cuesta conduce a Guernesey. Y ante esa cuesta, Rimbaud vacila. Así que ahí están, él y el otro hijo que hacia él se inclina, el fotógrafo, consciente de su importancia aunque no sepa muy bien por qué es importante, pero piensa que se debe a que es un artista, siendo así que es un puro y simple agente del Tiempo, irresponsable y fatal, lo mismo que Monsieur de París. Contempla a su modelo. Se fija en la corbata torcida: ve de qué color es, cosa que nosotros no sabemos. El chaleco es rojo, o negro, va a dar lo mismo, la foto es en blanco y negro. Se dice para sus adentro que dentro de un rato habrá que poner derecha esa corbata; aunque, bien pensado, mejor no enderezarla, este joven es un poeta, la corbata de los poetas queda mejor torcida. En el perchero de la entrada, los sombreros relucen en la oscuridad. Rimbaud dice algo, algo obsceno seguramente, porque todos se echan a reír, todo se desperdiga; vistiendo levitas negras se mueven en un charco de sol, están a pie firme. Ya han entrado todos juntos en el taller.
Baja octubre desde la cristalera, la luz es intensa y azul. Se nota que fuera se ha levantado viento, el cielo se torna aún más anchuroso. Hay plantas altas en unas macetas, a las que también la luz aviva y abrasa, menos deprisa que las sales de plata, pero con idéntica pasión. El enorme aparato está a la espera sobre su trípode, con sus fuelles de vagón. Un cilindro cubre ajustadamente ese cañón encaramado en un soporte: grandes piezas de cobre amarillo y baquelita negra, encajadas unas en otras, relucientes. Están, además, la tarima y el taburete, y, detrás, la tristona sábana negra. Rimbaud toma asiento en el mismo lugar en que se sentó Baudelaire. Los individuos de segunda fila están enfrente, pegados a la pared y opinan; todos tienen la esperanza de que su opinión sea la de un individuo de primera fila. Carjat vuelve con las placas y se queda en mangas de camisa. Destapa el cilindro. Se mete bajo la caperuza negra. Rimbaud ha escrito El barco ebrio; como si estuviera en trance de muerte, eso es lo que recuerda; aunque El barco ebrio no sea poesía propiamente dicha, y aunque lo puliera y repuliera para el Parnaso, eso no quita para que lo haya escrito. El eje que le mantiene derecho el cuello se pone cada vez más tieso. Allá arriba, el cielo se llena de cobres. Las hojas de oro resbalan por los cristales empañados. Entre Rimbaud y el brazal, entre Rimbaud y el pozo, chorrea la cascada de los cien versos de El barco ebrio. Empieza Rimbaud desde el principio, baja por los ríos impasibles, luego corre, luego danza; no mueve los labios; su madre se incorpora. Está inclinada sobre el harapo, ha escrito los cien versos definitivos del Parnaso, solloza y se desploma, vuelve a erguirse y se alza con la victoria. Se hunde y sale a flote, igual que un corcho en el agua. Metido debajo de la caperuza negra, Carjat manda a Rimbaud que mueva un poco la cabeza, que la ponga así y de la otra manera. Y Rimbaud hace lo que manda; dentro de la cabeza, que apenas mueve, van cayendo las estrofas impecables, las estrofas impasibles, un verso encima de otro, como olas, como viento. Los hemistiquios se tambalean, las sílabas gotean, de doce en doce, corriendo por encima de la hembra campesina, que llora y ríe a carcajadas. Ella lo escribió. Ella fue aguas abajo del Parnaso. Más arriba, el cielo es ancho como un padre. Rimbaud lleva un buen rato conteniendo el aliento. Carjat dispara. La luz se abalanza sobre los halogenuros, los abrasa. En ese preciso instante, Rimbaud está echando de menos Europa.

Todo el mundo está enterado de ese momento concreto de octubre. Posiblemente es un hecho del alma y del cuerpo; sólo vemos el cuerpo. ¿Quién no conoce ese pelo revuelto, esos ojos, quizá de un azul blanquecino, que no nos miran, tan claros como la luz del día y apuntando por encima de nuestro hombro izquierdo hacia el lugar en que Rimbaud divisa una maceta en la que una planta se encarama hacia octubre y quema carbono; pero nosotros pensamos que esa mirada apunta al vigor futuro, la capitulación futura, la Pasión futura, la Temporada y Harar, la sierra sobre la pierna en Marsella; y seguramente él piensa, y nosotros también, que apunta hacia la poesía, ese espectro acorde que acordadamente se confirma en el pelo revuelto, el óvalo angelical, el nimbo de enfurruñamiento, pero que, de forma nada acorde, se halla también ahí, tras el hombro izquierdo, y, cuando nos volvemos, ya ha desaparecido. Sólo vemos el cuerpo. Y en los versos ¿se ve acaso el alma? Pasa el viento entre toda esa luz. En el pasillo, sin brillos ni testigos, están las mitras. Los individuos de segunda fila llevan las manos colgando. Están muy formales. No saben a ciencia cierta que esos labios apretados acaban de recitar El barco ebrio, pero sospechan que han estado recitando versos: también a ellos les hicieron en su día una foto, y en ese taburete recitaron con ansias de muerte su obra maestra de segunda fila. No saben, como tampoco lo sabemos nosotros, por qué estrofa iban cuando disparó Carjat, qué palabra apresó en la caja; no, no sabemos si Rimbaud en ese preciso instante estaba echando Europa de menos. No están a la vista las manos de lavandera. La corbata se ha quedado torcida por toda la eternidad; no sabemos de qué color es.
Carjat tira más placas, y de ésas nada sabemos. Las destruyó más adelante, después de la pelea que los enfrentó a ambos. No está enterado de que acaba de realizar su obra maestra. Los hijos se han sentado en el suelo y bromean. Rimbaud está taciturno, esos poetas que se comportan como monaguillos bebiéndose el vino de consagrar lo fastidian una barbaridad. De repente, casi ni se los ve. No es cosa de quedarse aquí toda la tarde. Se acabó. Carjat se lleva las placas al cuarto de al lado: cubetas, nitratos, el asunto no admite espera, los hijos ya saben por dónde se sale. Cogen las chisteras, el perchero desposeído queda a solas en el pasillo. Desciende el cielo sobre los cinco hijos; hemos salido a la calle, la luz de octubre declina, los árboles oscilan, las hojas de oro vuelan al compás de la sencilla cadencia del viento. Son gemas bajo los pies. Se sujetan los sombreros con la mano, los brillos negros bajan la cuesta a todo correr. Cruzan París, siete veces aparece una estrella en la Osa Mayor, ésta es la Académie d'absinthe.


En Rimbaud el hijo, VI
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon en Orleans 1996 © Sophie Bassouls Sygma Corbis

25 jun. 2014

Arthur Rimbaud - Adiós

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¡Otoño ya! — Pero ¿por qué añorar un eterno sol, estando comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, —lejos de las gentes que mueren con las estaciones?

Otoño. Nuestra barca alzada en las brumas inmóviles gira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con el cielo manchado de fuego y de lodo. ¡Ah! ¡Los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me crucificaron! ¡Nunca, pues, se acabará esta vampira reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que han de ser juzgados! Me veo de nuevo con la piel roída por el fango y la peste, llenos de gusanos el pelo y las axilas y con gusanos todavía más gruesos en el corazón, tumbado entre los desconocidos sin edad, sin sentimientos… Habría podido morir allí… ¡Horrorosa evocación! Abomino de la miseria.

¡Y me asusta el invierno, porque es la estación de la comodidad!

— A veces veo, en el cielo, playas sin fin, cubiertas de blancas naciones alegres. Un gran bajel de oro, por encima de mí, agita sus banderolas multicolores a las brisas de la mañana. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien, ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y narrador, echada a perder!

¡Yo! ¡Yo, que me dije mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto al suelo, con un deber por encontrar y con la rugosa realidad por abrazar. ¡Campesino!

¿Me equivoco? ¿Será la caridad hermana de la muerte, para mí?

En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira. Y adelante.

Pero ¡ni una sola mano amiga! Y ¿dónde hallar socorro?
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Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa.

Porque puedo decir que la victoria me ha sido otorgada: el crujir de dientes, el chisporroteo del fuego, los suspiros apestados, van moderándose. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas levanta el vuelo, — celos de los mendigos, de los bribones, de los amigos de la muerte, de los rezagados de toda índole. — Condenados, ¡si yo me vengara!

Hay que ser absolutamente moderno.

Sin cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La sangre seca me humea en el rostro, y dentro de mí no tengo sino ese horrible arbolillo… El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la contemplación de la justicia es poder exclusivo de Dios.

Es, no obstante, la víspera. Acojamos todos los influjos de vigor y de ternura auténtica. Y cuando llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entremos en las espléndidas ciudades.

¡Qué decía de mano amiga! Una buena ventaja es que puedo reírme de los viejos amores engañosos, y cubrir de bochorno a las parejas embusteras, — he visto, allá abajo, el infierno de las mujeres; — y me será lícito poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

Abril-agosto, 1873.


En Una temporada en el infierno
Traducción: Ramón Buenaventura

Foto: Autorretrato, negativo sobre vidrio, impresión sobre papel, 15×10 cm, 1883
Bibliothèque Rimbaud, Charleville-Mézières Vía

12 abr. 2014

Arthur Rimbaud - Infancia

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I
Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin parientes ni corte, más noble que la fábula, mexicano y flamenco; sus dominios, azul y verdura insolentes, discurren por playas nombradas, por olas sin navíos, de nombres ferozmente griegos, eslavos, celtas.

En la linde del bosque — las flores de ensueños tintinean, resplandecen, iluminan, — la muchacha del labio naranja, las rodillas cruzadas en el claro diluvio que brota de l os prados, desnudez que sombran, que traspasan y visten los arcos iris, la flora, el mar.

Damas que revolotean en terrazas contiguas al mar; niñas y gigantas, soberbias negras en el musgo verde grisáceo, joyas erguidas en el suelo graso de los bosquetes y jardincillos deshelados, — jóvenes madres y hermanas mayores con la mirada llena de peregrinaciones, sultanas, princesas de andar y de vestir tiránicos, pequeñas forasteras y personas suavemente desdichadas.

Qué aburrimiento, la hora del «querido cuerpo» y «querido corazón».

II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. — La joven mamá difunta bajo las escalinatas. — La calesa del primo grita en la arena. — El hermano pequeño (¡está en las Indias!) ahí, delante del crepúsculo, en el prado de claveles. — Los viejos enterrados de pie en el bastión de los alhelíes.

El enjambre de las hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. — Tomando por el camino rojo se llega al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están arrancadas. — El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. — Alrededor del parque, las garitas de los guardas están deshabitadas. El vallado es tan alto que sólo se ven las cúspides rumorosas. Aunque nada hay que ver, ahí adentro.

Los prados ascienden hacia las aldeas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!

Flores mágicas zumbaban. Los taludes lo acunaban. Animales de una elegancia fabulosa circulaban. Las nubes se acumulaban en la alta mar hecha con una eternidad de cálidas lágrimas.

III
En el bosque hay un pájaro, su canto te detiene y te ruboriza.
Hay un reloj que no da las horas.
Hay una hoyada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube.
Hay un cochecito abandonado en el boscaje, o que baja por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos en traje de función, vistos en la carretera por entre el lindazo del bosque.
Hay finalmente, cuando tenemos hambre y sed, alguien que te ahuyenta.

IV
Soy el santo rezando en la terraza, — mientras los animales mansos pacen hasta el mar de Palestina.

Soy el sabio en el sillón sombrío. Las llamas y la lluvia se arrojan contra la ventana de la biblioteca.

Soy el peatón de la carretera entre bosques enanos; el rumor de las esclusas ahoga mis pasos. Miro largamente la melancólica colada de oro del crepúsculo.

Sería con gusto el niño abandonado en el embarcadero que la corriente ha arrastrado a alta mar, el paje que camina por la alameda, tocando el cielo con la frente.

Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los pájaros y las fuentes! Tan sólo puede haber el fin del mundo, camino adelante.

V
Que me alquilen por último esta tumba, blanqueada con cal, con las líneas del cemento en relieve — muy lejos bajo la tierra.

Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina muy vivamente los periódicos que releo porque soy idiota, los libros sin interés. –

A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las casas se implantan, las brumas se congregan. El fango es rojo o negro. ¡Ciudad monstruosa, noche sin fin!

Menos arriba, están las cloacas. A los lados, nada más que el espesor del globo. Quizá los abismos azules, los pozos de fuego. Es quizá en tales planes donde se encuentran lunas y cometas, mares y fábulas.

En las horas de amargura me imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio. ¿Por qué un atisbo de tragaluz habría de palidecer en el rincón de la bóveda?


En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura
Imagen: Frédéric Auguste Cazals

2 mar. 2014

Arthur Rimbaud - Genio

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Él es el afecto y el presente puesto que abrió la casa al invierno espumoso y al rumor del verano, él que purificó las bebidas y los alimentos, él que es el encanto de los lugares huidizos y la delicia sobrehumana de las estaciones. Él es el afecto y el porvenir, la fuerza y el amor que nosotros, erguidos en las rabias y en los aburrimientos, vemos pasar por el cielo de tempestad y las banderas del éxtasis.

Él es al amor, medida perfecta y reinventada, razón maravillosa e imprevista, y la eternidad; máquina amada por las disposiciones fatales. Todos hemos sentido el espanto por su concesión y por la nuestra: oh gozo de nuestra salud, impulso de nuestras facultades, afecto egoísta y pasión por él, él que nos ama por toda su vida infinita…

Nosotros nos lo invocamos y él viaja…Y si la Adoración se va, dice, su promesa dice: «Atrás las supersticiones, los antiguos cuerpos, las parejas y las edades. ¡Es esta época la que ha zozobrado!»

No se irá, no volverá a bajar de ningún vuelo, no logrará la redención de las cóleras de mujeres ni de las alegrías de los hombres ni de todo este pecado: porque está hecho, con ser él, y ser amado.

Oh sus inspiraciones, sus enfados, sus carreras; la terrible celeridad de la perfección de las formas y de la acción.

¡Oh fecundidad del espíritu e inmensidad del universo!

¡Su cuerpo! ¡El desprendimiento soñado, la ruptura de la gracia cruzada con la violencia nueva!

¡Su visión, su visión! ¡Todos los arrodillamientos antiguos y las penas rehabilitadas en su pos!

¡Su día! La abolición de todo sufrimiento sonoro y móvil en la música más intensa.

¡Su paso! Las migraciones más enormes que las antiguas invasiones.

¡Oh él y nosotros! El orgullo más acogedor que las caridades perdidas.

¡Oh el mundo! ¡Y el canto claro de las desgracias nuevas!

A todos nos es conocido y a todos nos ha amado. Sepamos, en esta noche de invierno, de cabo a cabo, desde el polo tumultuoso hasta el castillo, desde la muchedumbre hasta la playa, de miradas en miradas, con las fuerzas y los sentimientos cansados, darle una voz y verlo, y despedirlo, y en las mareas y en lo alto de los desiertos de nieve, seguir sus visiones, sus alientos, su cuerpo y su día.


Génie

Il est l'affection et le présent, puisqu'il a fait la maison ouverte à l'hiver écumeux et à la rumeur de l'été, - lui qui a purifié les boissons et les aliments - lui qui est le charme des lieux fuyants et le délice surhumain des stations. Il est l'affection et l'avenir, la force et l'amour que nous, debout dans les rages et les ennuis, nous voyons passer dans le ciel de tempête et les drapeaux d'extase.

Il est l'amour, mesure parfaite et réinventée, raison merveilleuse et imprévue, et l'éternité : machine aimée des qualités fatales. Nous avons tous eu l'épouvante de sa concession et de la nôtre : ô jouissance de notre santé, élan de nos facultés, affection égoïste et passion pour lui, lui qui nous aime pour sa vie infinie...

Et nous nous le rappelons, et il voyage... Et si l'Adoration s'en va, sonne, sa promesse sonne : "Arrière ces superstitions, ces anciens corps, ces ménages et ces âges. C'est cette époque-ci qui a sombré !"

Il ne s'en ira pas, il ne redescendra pas d'un ciel, il n'accomplira pas la rédemption des colères de femmes et des gaîtés des hommes et de tout ce péché : car c'est fait, lui étant, et étant aimé.

O ses souffles, ses têtes, ses courses ; la terrible célérité de la perfection des formes et de l'action.

O fécondité de l'esprit et immensité de l'univers.

Son corps ! Le dégagement rêvé, le brisement de la grâce croisée de violence nouvelle !

Sa vue, sa vue ! tous les agenouillages anciens et les peines relevés à sa suite.

Son jour ! l'abolition de toutes souffrances sonores et mouvantes dans la musique plus intense.

Son pas ! les migrations plus énormes que les anciennes invasions.

O lui et nous ! l'orgueil plus bienveillant que les charités perdues.

O monde ! et le chant clair des malheurs nouveaux !

Il nous a connus tous et nous a tous aimés. Sachons, cette nuit d'hiver, de cap en cap, du pôle tumultueux au château, de la foule à la plage, de regards en regards, forces et sentiments las, le héler et le voir, et le renvoyer, et sous les marées et au haut des déserts de neige, suivre ses vues, ses souffles, son corps, son jour.


En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura
Imagen: Arthur Rimbaud por Étienne Carjat, c. 1872


7 feb. 2014

Pierre Michon: Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif

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Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif, mujer del campo y hembra perversa, sufridora y perversa, fue la autora de los días de Arthur Rimbaud. No sabemos si renegó primero y padeció después, o si renegó del padecimiento que la aguardaba y en ese reniego persistió; o si el anatema y el padecimiento, asociados en su mente como los dedos de la mano, se superponían, se alternaban, se hostigaban, de suerte que, entre sus dedos negros que se irritaban con el contacto mutuo, Vitalie trituraba su vida, y a su hijo, a sus vivos y a sus muertos. Pero sí sabemos que el marido de esa mujer, que era el padre de ese hijo, llegó a ser en vida un fantasma, en el purgatorio de las guarniciones remotas donde no fue sino un nombre allá por la época en que el hijo contaba seis años. Hay quienes disputan acerca de si ese padre de liviano peso, que era capitán, que gustaba de añadir fútiles anotaciones a las gramáticas y sabía leer en árabe, tuvo sobrados motivos para abandonar a esa hembra de sombra que a su sombra quería arrastrarlo, o si ella sólo se volvió tal por la sombra a la que la arrojó esa ausencia; de ello nada sabemos. Dicen que aquel niño, teniendo a aquel fantasma a un costado del pupitre, y al otro a esa hembra de imprecaciones y desastre, fue idealmente escolar y sintió por el ejercicio antiguo de los versos una intensa atracción: es posible que el viejo tempo escueto de doce pies fuera para él eco de la corneta fantasmal de las guarniciones remotas, y también de los padrenuestros de la hembra de desastre, quien, para medir cadenciosamente su sufrimiento maligno, halló a Dios, de la misma forma que su hijo con análoga pretensión halló el verso; y en esa cadenciosa medida desposó idealmente la corneta y los padrenuestros. El verso es casamentera vieja. Parece ser, pues, que compuso desde la edad más tierna gran cantidad de versos, latinos unos y franceses otros; en esos versos, que pueden consultarse, no aconteció el milagro: son obra de un niño de provincias con buenas dotes, cuya ira no ha dado aún con su cadencia personal y consustancial podría decirse, esa cadencia exacta que permite que la ira se convierta en caridad sin mella alguna, en ira y caridad confundidas en un mismo impulso, alzándose en un único surtidor y volviendo a caer por su propio peso, o alzando el vuelo sin dejar por ello de estar presentes, confundidas, grávidas, tullidas, como un cohete que se nos va en humo entre las manos por más que estalle en impecable salpicadura, es decir, con todo cuanto más adelante llevó el nombre de Arthur Rimbaud. Son escalas de principiante. Y, en los años en que Rimbaud cubría páginas cuadriculadas con esas escalas, podemos estar seguros de que su mayor habilidad no era la grata sonrisa, y solía andar enfurruñado, como lo demuestran esas fotos que algunas manos devotas han reunido acá y acullá para que se multiplicasen como panecillos y fuesen pasando inalteradas por todas las manos devotas del mundo, y en las que ora sostiene en las rodillas esa miniatura de quepis de artillero de la Institución Rossat de Charleville, ora luce en el brazo el indescriptible harapo de lencería clerical que antaño infligían las madres a los hijos en el día de su comunión. Y, en esta foto, los deditos se hunden entre las páginas de un misal que no nos extrañaría que fuera verde como un repollo; mientras que, en la otra, se hallan bien ocultos en la recóndita copa del quepis; pero en ambas la mirada es siempre aviesa y directa, proyectada hacia adelante igual que un puño, como si le inspirara gran aborrecimiento o gran deseo el fotógrafo, que, en aquellos años, se metía bajo una caperuza negra para fabricar artesanalmente el porvenir con el pasado, para manipular el tiempo, y el niño está de morros, inasequible al desaliento. Y su vida posterior, o nuestra devoción, nos informan de que bajo esa apariencia el auténtico alcance de su ira era considerable: no sólo contra el brazal y el quepis, aunque también contra el brazal y el quepis. Ya que, tras esos trapajos, según dicen, se hallaban la sombra del Capitán y la tangible hembra de rechazo y desastre, de rechazo en nombre de Dios; y ambos le fustigaban el alma para que se convirtiese en Rimbaud, no ellos en persona, sino su efigie fabulosa a ambos lados del pupitre; y es posible, aunque odiase con todas sus fuerzas a ambos, y odiase, pues, los versos en que se desposaban los padrenuestros y las cornetas, que sintiera el niño un amoroso afán por la misión que de él exigían. Por eso estaba de morros. En ello persistió y ya sabemos lo que pasó luego.

O también puede ser que no los odiase ni poco ni mucho: el odio no es buen casamentero. Los versos son para darlos y que, a cambio, nos den un algo que tiene que ver con el amor; los versos trenzan coronas de novia; y, por muy desastrosa que fuese, o quizá porque lo era, la hembra tenía más vocación que ninguna otra para recibir amor y, ¿por qué no?, para darlo: igual que las demás, aspiraba a imposibles nupcias, sin saberlo o sabiéndolo. Pero por haberse abismado en padrenuestros y haberse abocado al negro, al vaivén de los dedos negros que deshilachaban su gozo, por estar hundida hasta el cuello en lo irremediable, en lo inconmensurable, porque, en resumidas cuentas, también estaba enfurruñada, los usuales presentes infantiles, las flores y las sonrisas mimosas, las blandenguerías de los poemas de Víctor Hugo que, en último término, también son ciertas y permiten que circule el amor entre seres no desastrosos, todo lo recién enumerado no venía a cuento con ella. Deshilachaba las flores y las sonrisas mimosas, al igual que todo lo demás: porque no quería a ese hijo, que era ella misma, o porque no se quería a sí misma, vete tú a saber; porque lo único que quería de sí misma era ese pozo desmedido en que todo se sumía; y estaba demasiado absorta palpando a tientas los costados del pozo y buscando el fondo para fijarse en las florecillas que crecían en el brocal. Precisaba de ofrendas de más enjundia. Y el hijo, sabedor desde siempre de que no bastaban ni los ramos de flores o las monerías, ni el nudo de la corbata bien hecho, ni el pantalón impecable, ni la compostura de hombrecito y la boquita de cereza, ninguno de esos artificios filiales que se atienen a lo que Víctor Hugo manda, de que ninguno funcionaba, de que ninguno era de recibo, de que iban a parar al pozo triturados entre dos dedos negros, aquel hijo suyo había dado con una solución que no desmerecía de la solución de la madre, y fabricaba artesanalmente para aquel inconmensurable luto unos regalitos inconmensurables, unos padrenuestros de su propia cosecha: parrafadas de lengua rimada, que su madre no entendía, pero en las que, inclinando quizá hacia ellas la cabeza sin conseguir leerlas, vislumbraba un algo tan desaforado como su pozo y tan obstinado como sus dedos, la señal de una pasión arrolladora que ya no conservaba memoria alguna de su causa y trascendía su efecto, un amor puro carente de efecto; creaciones que parecían cosa de iglesia y se arropaban en lúgubres remates, que olían a botas de tortura y recónditos calabozos; una lengua huera cuya primicia le brindaba el hijo como un regalo de año nuevo; tostones en latín que hablaban de Yugurta, de Hércules, de los muertos Capitanes de la lengua muerta; y cierto es que en esos tostones había bandadas de palomas y mañanas de junio, y trompetas, pero todo se le venía encima a la página en un idioma opaco, un absoluto diciembre, y adoptando la disposición caligráfica de los versos, es decir, con un margen a cada lado, un delgado pozo de tinta despeñándose abruptamente, hasta cuyo fondo vamos cayendo al hilo de las páginas. Y es posible que la madre, aun sin decir palabra, se exaltase al ver esas creaciones, que se reconociese en ellas; y, en un comedor de Charleville, el niño sentado que hacia su madre alzaba la cabeza veía que se quedaba un momento boquiabierta, como asombrada, como embargada de respeto, como envidiosa, pero los dedos dejaban de triturar los negros pensamientos, y se agostaba la fuente del reniego, como si en esa lengua huera que no era capaz de leer intuyese la obra de un excavador de pozos más poderoso que ella, que ahondaba más y de forma más irremediable, que era su amo y maestro y, en cierto modo, la liberaba. Le acariciaba entonces la cabeza, cabe dentro de lo posible. Pues, hasta cierto punto, se trataba efectivamente de un regalo. Y cuando, en otras ocasiones, el niño leía en voz alta la más reciente molienda de sus tostones virgilianos pulidos al máximo con vistas a concursos provincianos, como podemos suponer que hizo frecuentemente ante su madre, lo mismo que en Saint-Cyr leían las muchachas ante el rey, mientras ella, la hembra campesina, permanecía sentada igual que el rey, extrañadísima pero reticente, desdeñosa, regia, es decir, implacable, así que cuando en presencia de su madre soltaba el niño sus insignes padrenuestros, asimismo regio y exaltado, admirable y ridículo como Bonaparte niño en Brienne, y, como éste, un tanto aterrador, podemos suponer que a la sazón se hallaban ambos más próximos entre sí de lo que hubieran podido figurarse, aunque muy alejados, cada cual en su trono, del que no querían bajarse, a semejanza de dos soberanos de capitales distantes que mantuviesen mutua correspondencia. Así que, en sus tiernos años, decía él su poema y ella lo escuchaba, estoy seguro. Se hacían ese mutuo regalo, igual que otros regalan un ramo y su madre les da después un beso, mientras los contempla el risueño padre; y también en este caso estaba presente el padre, en la lengua huera oían los dos la corneta perdida. Sí, aquellos dos desaforados, en mutua compañía en unos cuantos comedores de Charleville, se restregaban uno contra otro, se brindaban algo parecido al amor: y lo hacían mediante esa lengua suspendida en el aire y cadenciosa. Pero mientras la lengua, en las alturas, rumbo a la araña del techo, organizaba su aquelarre, ellos, sus cuerpos, abajo, sentada ella en una silla, o de pie, y recitando él, apoyado en una mesa, sus cuerpos, en cambio, estaban de morros.

Y esto también se ha dicho, seguramente, porque acerca de aquel mohín infantil ante el fotógrafo, y acerca del mohín de Vitalie Rimbaud, que nadie conoce porque ningún fotógrafo lo aprehendió de forma definitiva bajo la caperuza negra, se ha dicho ya cuanto puede decirse. Y también se ha dicho casi todo de aquel que tampoco debía de ser la alegría de la huerta, de la sombra que asistía in absentia a esas justas verbales del comedor, del Capitán, con cuya foto tampoco contamos hoy por hoy, aunque no cabe duda que alguna vez debió de posar ante un objetivo, en el purgatorio, junto con unos cuantos suboficiales de remotas guarniciones, atusándose con dos dedos la perilla, o jugando a las cartas, o con la mano en la empuñadura del sable, y quizá en ese preciso instante se estaba acordando del niño, de Arthur. Ahí está recordando a Arthur, en un sobrado de las Ardenas, en una cartulina sepia que ya amarillea; hace cien años que no lo ha visto nadie; detrás de él suena una corneta que nadie oye. Los devotos localizarán esa foto un buen día, y todos podrán mirarla pensativos, todo el mundo verá esa mano en la empuñadura, o atusándose el bigote, y nadie sabrá en qué estaba pensando el Capitán. Pero, hoy por hoy, nadie sabe qué cara tenía.

Se sabe en cambio cómo era la otra parentela del niño, porque de ella sí hay fotos, y, anteriormente, retratos pintados, de esa época en que sólo la mano del pintor manipulaba el tiempo con pigmentos nacidos de la tierra, y no lo manipulaban aún las sales de plata en la caja mágica, bajo la caperuza negra. Ya que sabido es que lo echaron al mundo otros antepasados, y permanecieron a su lado, en carne y hueso, ellos y no únicamente sus fotos, y fueron tan disponibles y fáciles de someter cuanto arisca era la madre, y menos fantasmales, en resumidas cuentas, que el padre, más evidentes, más atestiguados, en gruesos tomos en que constan sus nombres, de lo que lo estuvo aquel padre en la gramática Bescherelle que olvidó en Charleville con las prisas de la partida, gruesa también por cierto, pero en cuyos márgenes dejó una huella mínima: eruditos comentarios y patas de mosca; y, además, en aquella gramática no figuraba en letras de molde el apellido Rimbaud, sino el de los hermanos Bescherelle. Sí, ajenos a cualquier parentesco con el Capitán o con la mujer del Capitán, y quizá tan contingentes en relación con ellos como los siete planetas distantes en relación con la luna o el sol, surgieron magistralmente los abuelos, los faros, como solía decirse, las remotas estrellas, en la oscuridad de los colegios de segunda enseñanza: Malherbe y Racine, Hugo, Baudelaire, y el bendito Banville, quienes, procedente cada cual del anterior, se alumbraron más o menos en ese mismo orden, reanudando con la filiación canónica que templa, de dos en dos, los doce pies, ese común origen del que todos proceden, todos enhebrados en la larga varilla de doce pies como otros tantos arillos relucientes, diversos aunque semejantes, y naciendo de esa sutil variación, tomando de ella nombre; y todos, mediante ese prolongado cordón umbilical, se remontaban hasta Virgilio, Virgilio que no precisó de los doce pies porque él fue el Anciano, el fundador, y suyas eran las licencias; y es posible que, remontándose más allá de Virgilio y más allá de Homero, tuvieran quizá firmemente echada el ancla en el Nombre inefable; que, para perpetuar el linaje, contasen todos con una licencia singular del más allá; que, para engendrarse de ese modo, usasen por turno ciertas mujeres, ciertas imprecadoras, y voceasen más alto que las imprecadoras en gruesos tomos mudos; y el último retoño tenía a su completa disposición, en Charleville, en su pupitre infantil, ese montón de antepasados. No podía estar seguro de si algún día llegaría a verse incluido en sus filas; aunque ya lo estaba porque, si bien los veneraba con absoluta lealtad, no se limitaba a venerarlos, sino que los aborrecía con igual arrebato: existían, interpuestos entre él y el Nombre inefable, abultaban y estaban de más. Sabido es que acabó por superarlos, que los domeñó y se convirtió en su maestro: partió la varilla y también, visto y no visto, se partió la cara contra ella.



En Rimbaud el hijo, I
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon © Eric Fougere-VIP Images-Corbis

27 ene. 2014

Arthur Rimbaud - Frases

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Cuando el mundo se reduzca a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos asombrados, — a una playa para dos niños fieles, — a una casa musical para nuestra clara simpatía, — te encontraré.

No quede aquí abajo más que un viejo solo, tranquilo y hermoso, rodeado de «un lujo inaudito», — y abrazo tus rodillas.

Sea yo quien haya cumplido todos tus recuerdos, — ¿quién retrocede? Estamos muy alegres, — ¿quién se cae de ridículo? Cuando somos malísimos, — ¿qué harían con nosotros?

Engalánate, danza, ríe. — Nunca podré tirar el amor por la ventana.

— ¡Compañera mía, mendiga, niña monstruo! Qué poco te importan estas desdichas y estas maniobras, y mis apuros. Apégate a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!, única aduladora
de esta vil desesperación.

Una mañana encapotada, en julio. Un sabor a ceniza revolotea por el aire; — un olor a madera que suda en el lar, — las flores maceradas — el saqueo de las avenidas — la llovizna de los
canales en los campos — ¿por qué no ya los juguetes y el incienso?

* * *

He tendido cuerdas de campanario en campanario; guirnaldas de ventana en ventana; cadenas de oro de estrella en estrella, y bailo.

* * *

El alto estanque humea de continuo. ¿Qué bruja va a salir por el poniente blanco? ¿Qué violentas frondosidades van a ponerse?

* * *

Mientras los fondos públicos se consumen en fiestas de fraternidad, repica una campana de fuego rosa en las nubes.

* * *

Avivando un agradable sabor a tinta china un polvo negro llueve suavemente sobre mi velada. — Amortiguo las luces de la araña, me tumbo en la cama, y vuelto hacia el lado de la sombra os veo, ¡niñas mías! ¡reinas mías!

* * *

En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura
Imagen: © adoc-photos/Corbis


23 jun. 2012

Pierre Michon: Volvemos a la Vulgata

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Volvemos a la Vulgata.

Dicen que Arthur Rimbaud, en ese combate en el que pugnaba pie ante pie con el hada mala, pues es posible que el obturador del tabuco interno no estuviese cerrado del todo, hizo para sacudírsela de encima alguna escapada que otra por la campiña de las Ardenas; y que, en circunstancia tal, sus zancadas lo condujeron hasta rincones solemnes y tétricos como cañonazos, como pañuelos metidos en la boca, Warcq, Voncq, Warnécourt, Pussemange, Le Theux; y que estaba hambriento de esos lugares, esos pañuelos y esos cañonazos, y los versos que iba dejando caer por el camino así lo decían; y que tenía un apetito voraz y distraía el hambre con piedrecitas cadenciosas, y era ogro y Pulgarcito, tal y como lo afirma su leyenda. Dicen que una escapatoria de mayor alcance, un sueño, a finales de verano, lo condujo hasta Bélgica, por las inmediaciones de Charleroi, recorriendo senderos en que probablemente había moras, molinos en los árboles, fábricas que se alzaban al final de un campo de avena, y nunca sabremos con exactitud por dónde pasó, ni dónde su joven mente cazó al vuelo determinado cuarteto más conocido hoy en este mundo que Charleroi, ni dónde se le quedó en la mano el lazo del zapatón, bajo la Osa Mayor, pero sabemos que, de regreso, se detuvo en Douai, en casa de las tías de Izambard, tres dulces Parcas en lo hondo de un jardín grande, modistas, hostigadoras de piojos, y que esos días en un jardín grande, a finales de verano, fueron los más hermosos de su vida, los únicos hermosos quizá. Dicen también que en ese jardín escribió ese poema que todos los niños saben, en el que convoca a sus estrellas igual que silbamos para que acudan nuestros perros, en el que acaricia a la Osa Mayor y se tiende a su lado; y ese final de verano no fue sino cadencia, casi siempre de doce pies, y él, colgado de la varilla en el Septentrión, aunque, al tiempo, con ambos pies bajo la mesa en la posada verde, conseguía que todo cupiera a la vez en la varilla, la bonita muchacha que sirve el jamón, la glorieta en donde se come ese jamón, y la Estrella Polar que sube por el cielo hasta situarse encima. Y todo ello es dicha pura. Es la sencillísima manifestación de lo verdadero, que se parece a Dios o a una niña muerta, tras un macizo de flores en septiembre. Dicen que hubo, ante todo, dos escapatorias, pero sin estrellas, lejos de los jardines, lejos de lo verdadero, que lo condujeron hasta París. Y nadie lo estaba esperando.

Existe la duda de si en París combatió junto con los partidarios de la Comuna; de si sintió el placer y el temor de estar apuntando con un fusil de aguja a un enemigo patente, la maldad en carne y hueso, es decir, y de propina, un pobre infeliz de alguna zona rural remota a quien había entregado el señor Thiers en Versalles penacho y fusil; y la duda de si, con los dos platillos antitéticos sonándole a todo sonar en el corazón, llegó a disparar; o de si fue un tamborcillo en lo más alto de la barricada; y de si, al pie de la barricada, compartió rancho con los míseros, los obscenos, los lelos inofensivos, y fumó picadura con ellos; hay a quien le agradaría mucho creer tal cosa, pero bien parece que no es posible. Esa historia está en Los miserables del Viejo, y no en la vida de Arthur Rimbaud. Pudo ser partidario de la Comuna o no serlo, pero el caso es que volvió a Charleville condecorado con unos cuantos huevos fritos sobre el corazón. Dicen que desde Charleville, en mayo, el 15 de mayo, escribió a Paul Demeny, poeta de Douai, autor de Las espigadoras, a quien también los nitratos de plata aprehendieron de forma definitiva e hicieron llegar hasta nosotros por razones que nada tienen que ver con el libro de poemas Las espigadoras, y en esa foto, en la página cincuenta y cuatro, después de la de Izambard, después de la de Banville, vemos la perilla del poeta, los quevedos pequeños, la melena al viento, el arrogante perfil, la mirada clavada deliberadamente en la lontananza del horizonte azul de las glorias póstumas: es sabido que Rimbaud envió a ese destinatario famoso y con muy pocos méritos para serlo, famoso porque recibió en una ocasión diez o veinte cuartillas, esa carta a la que llaman del Vidente, que es un avatar de la veterana justificación idealista, voluntariosa, misionera, maga, del poeta; fanfarronada, cortina de humo pro domo, que luce el atuendo recién estrenado del orfismo democrático, pues lo que pretende es agradar a los poetas de Douai, y a los demás, aunque la carta es mucho más que eso, porque la escribe un muchacho que hace cuanto puede por creer fervientemente en lo que escribe. Pero, trátese de una fanfarronada o de un rasgo de genialidad, leemos la carta y la rumiamos, inclinados sobre nuestros escritorios de poetas, la contestamos, igual que lo hizo la primera vez Demeny: pues «dar con una lengua» y «hacerse vidente» son palabras literales de esa carta. Y todas esas cosas que estaban en el aire desde hacía veinte años, o dos siglos, esas cosas que ya dijeron de forma más o menos escandalosa el chaleco rojo, el Viejo, y el otro chaleco rojo, el auténtico, el que lucía de verdad un chaleco rojo bajo el frac en la algarada de Hernani, Gautier, y que también dijeron Baudelaire, que llevaba un chaleco negro y largo, y Nerval, y Mallarmé, todas esas cosas se dicen aquí de forma más convincente, más juvenil, más belicosa: y es, pues, justo que, en nuestros escritorios de poetas, estemos tácitamente de acuerdo en que aquí se dicen por vez primera. A nosotros nos parece algo nuevo, sempiternamente nuevo; pero quiero creer fervientemente que, para Rimbaud, eran ya antiguallas poéticas en el preciso instante en que echó la carta al buzón, quizá en el preciso instante en que la estaba firmando, por mucho que se esforzase en creer fervientemente en todo aquello. Dicen que envió al joven Verlaine una carta del mismo tenor, voluntariosa, cautivadora, espléndida; no se ha conservado. Dicen que Verlaine mordió el anzuelo y se lo tragó del todo; y que a finales de otro verano, en septiembre de 1871, un tren soltó por tercera vez a Rimbaud en París; pero, esta tercera vez, es probable que Cros y Verlaine estuvieran esperando a aquel queridísimo corazón cabal en la estación del Este; y Rimbaud, en el bolsillo de aquel pantalón demasiado corto por el que le asomaban los calcetines de perlé azul, lo sabemos de buena tinta, que el hada mala le había tejido sintiendo por él algo de lo que no estamos seguros, amor quizá, en aquel bolsillo llevaba los deberes impecablemente hechos de El barco ebrio pulidos y repulidos de cabo a rabo para agradar al Parnaso y ser, en ese Parnaso, el primero.

Verlaine, sabido es, entra en esta historia tocado con sombrero derby y en el andén de la estación del Este; y su historia personal entra ahora en derechura en la prisión de Mons, el tonel de ajenjo y la baladronada trágica, el jergón y la Leyenda Dorada; y, junto al jergón, monjas de calendario, putas y aquel jovencito, Létinois, que era una muchacha muy bien plantada; pero a todos, por muy menesterosos que fueran, los vemos inclinarse hacia Verlaine, que se halla aparentemente mucho más abajo que ellos, como si anduviera tirado por los suelos; pues él también se vio rebajado y dio en tierra, igual que Izambard.

Cierto es que no necesitaba para nada a Rimbaud; tenía ya edad suficiente para liquidarse a sí mismo y gran empeño en hacerlo; pero Rimbaud fue el pretexto soñado, la piedra en la que tropieza un destino. Y, más que ninguna otra cosa en el mundo, a Verlaine le gustaba tropezar.

Por el momento, luce sombrero derby, duerme en una estupenda cama con una mujer hermosa. Sólo él sabe que tropieza a cada paso, es joven y todavía no se le nota. Dicen que, con o sin sombrero, tropezando o sin tropezar, agradó a Arthur Rimbaud y, ciertamente, fue algo recíproco: sin disimulos, sin más reserva mental que la pretensión de cada uno de ser el primero, cosa que admitían ante el otro, sabemos que les gustaban sus mutuos escritos, que se tomaban mutuamente por videntes, o hacían como si lo creyesen porque por aquel entonces estaba de moda suponer que de la videncia, nebulosa, inefable, secreta, postulada, nacían los poemas más rotundos, los soberbios sistemas semejantes a sistemas planetarios, donde en doce sílabas crecen árboles, en los que el universo se encarna; y de esa encarnación segunda ambos se decían que quizá el otro poseía la llave. Ambos se alegraron al percatarse de que esa llave, si es que existía, estaba en manos de un compadre que les caía simpático. Pero es sabido que pocos días después de la estación del Este, jóvenes ambos y exaltados, se gustaron de forma diferente: y sucedió que a veces, en un cuarto oscuro tras las contraventanas cerradas, estuvieron ambos desnudos, erguidos ante el otro, y, rebasando las armonías y los números fruto de la videncia, rebasando todo poema, se entendieron; tras esas contraventanas brincaron marcando los pasos de la antigua danza de los cuerpos desnudos, buscándose mutuamente la flor del ojo moreno; y, habiéndola encontrado, a ese dique se arrimaron y, suspendidos de ese mástil que no era la varilla, sucedió que a veces se estremecieron y se desvanecieron por unos instantes de este mundo, del cuarto oscuro, de las contraventanas de septiembre, y sus cuerpos se expandieron universalmente sin dejar por ello de concentrarse totalmente en el mástil, con la mirada muerta y la lengua perdida. Y esa primera danza que juntos trenzaron, sin que sepamos ni dónde ni cómo, de cuya turbación sabe todo el mundo, ese trajín doméstico del palo mayor levantó por el mundo de las letras un vendaval tan fuerte como la tempestuosa ola de Hernani, pues los hombres de letras son fútiles. No cabe, empero, duda alguna de que acontecimiento tal, ya fuera tempestad o brisa, oreó los escritos de Arthur Rimbaud y les resultó beneficioso: pues el joven había estado muy hambriento de esa danza, de la flor de ese ojo, que quizá andaba buscando por las inmediaciones de Charleroi el verano anterior, y, al no encontrarla, para engañar el hambre y convocarla, fue dejando caer piedrecitas por el sendero: cierto es que las piedrecitas resultan muy gratas, pero no le bastan a una Obra que es de la raza de los ogros; y si la longitud de la varilla no da cabida también, además de a la bonita muchacha y la posada verde, además de a la Wanderlust bajo el frufrú de las estrellas, si la varilla no da cabida también a la sombría, la ridícula flor del ojo moreno, es que la aleación de la varilla es mala, y se doblará, como se doblaba en manos de Banville.

Dicen que ese amor se les metió en el alma y acabó mal, como suele suceder cuando se mete el amor en el alma; dicen también que, al tocar todos los palillos e interpretar todos los papeles, el de amante, el de compadre, el de poeta, sacaron de quicio a la esposa, a la auténtica, a la de Verlaine, con las mil tretas arteras que dicta el ajenjo; pues eran unos bromistas; pulsaron cuanto pudieron la cantarela del destino poético, esa misma que, en resumidas cuentas, tanto pulsó Baudelaire hasta que se atascó en el famoso me cago en diela; hay quien piensa que, de los dos, era Rimbaud el que más la pulsaba; y la esposa tenía a su favor la ya antigua cantarela de Eva, que no tolera que le vengan con esas coplas: de forma tal que las vomitonas órficas a cuatro patas a las cuatro de la mañana en las escaleras conyugales dieron pie a la ya antigua penitencia conyugal, y la mujercita de Verlaine lo puso de patitas en la calle. Cuentan que los dos poetas, expulsados de aquel paraíso conyugal, tras muchas vueltas y revueltas y muchas evasivas de borracho en casa de Cros, en casa de Banville, en el Hotel de los Forasteros, donde paraban los miembros del grupo de los Zutistes, tomaron el camino del Este y se fueron a otra parte con la música de aquella danza luminosa, brincadora, sin que ésta decayera, por más que la agusanase el vermiforme verso del sentimiento; y que, primero en Bruselas y luego en Londres, quizá para recuperar el puro fulgor anterior al sentimiento, cortejaron con ahínco aún más feroz al hada verde, el ajenjo, y también el oro intenso del whisky y la cerveza inglesa y el cieno de la cerveza negra; y que entonces, al fondo de esos pubs, se los veía enfrentados, cantarela contra cantarela, con la cara encendida y la nota atascada; y, por supuesto, en otras ocasiones, se inclinaban, frente a frente, aplicados y formales, sobre un mismo escritorio de poeta de Londres, en la ciudad de Londres, negra y destripadora, como la mismísima boca de Baal o las letrinas de Baal, encima de cuya cortina de humo está subido, sentado a lo moro, el Capital, en flagrante delito subido, pues corrían a la sazón los tan añorados tiempos del capitalismo duro, cuando estaba muy claro quién tenía que apuntar con el fusil y quién tenía que estar en el punto de mira, en qué culata había que hincar el diente, por qué sangre concreta había que pisar; en esa ciudad de Londres de Antiguo Testamento, frente a frente en un escritorio de poeta, quiero creer que uno escribió las Romanzas sin palabras y el otro las Canciones ningunas, a las que, más adelante, puso otro título, y todas esas composiciones llenas eran de gracia, hechas de liviano aire, casi inexistentes, escritas en la boca de Baal, aunque muy por encima de Baal y del cieno de la cerveza negra; pues a la sazón pulsaban como es debido la cantarela, sólo para sí y también para los muertos; y, cuando amainaba el canto, ante ese escritorio se gastaban bromas, se envidiaban, se perdonaban. O se recitaban esas composiciones aéreas, uno de pie, sentado el otro, igual que en Saint-Cyr las muchachas ante el rey; y el que estaba sentado sentía pasar la gracia y la fuerza y la elevada retórica; y ninguno de los dos sabía que nunca más tendrían un público así, un escenario así. Pero cuando la composición hecha de aire ya había salido volando, ellos, que allí seguían (así es al menos como lo veían ellos, el vuelo remontado del poema y el desmoronamiento de los cuerpos, pues sus almas seguían vistiendo subrepticiamente el chaleco rojo), ellos, que allí seguían, se ponían la hopalanda y se metían arrojadamente en la boca de Baal, que es también sus letrinas, y al fondo de un pub se enfangaban en unas jarras de cerveza negra. Entre esa pez de Antiguo Testamento, sus devotos consiguen diferenciarlos sin dificultad y atribuir fácilmente a cada cual lo suyo: aquí, el vidente, el innovador; y acá, el infeliz apegado a las lunas viejas; aquí, el hijo del sol, que camina en cabeza, y, a la cola, el tropezador, hijo de la luna; los devotos tienen el don de videncia; yo, en cambio, no veo nada: los rasgos de ambos se confunden en el smog de Babilonia. ¿Quién tiene barba y quién cara de pocos amigos? Está demasiado oscuro para saber quién es la virgen loca y quién la esposa infernal: en ambos hay igual violencia bajo los chalecos igualmente negros. Son dos destripadores, tal para cual, que se abren paso hasta el fondo del pub como un cuchillo por la mantequilla; y el cochero que carga con lo que de ellos queda al salir del pub, a las cuatro de la madrugada, los sujeta del brazo, los recoge, los arroja como puede al fondo del carruaje con las hopalandas revueltas; el coachman encaramado allá arriba, que habla a los caballos en la lengua de Babel y se desvanece, lleva un gabán igual. El látigo restalla escondido en la niebla, es posible que Rimbaud, dentro del carruaje, vaya voceando: mierda. Van a la estación, regresan a Europa; pues es sabido que acabaron por tener una bronca por un asunto de arenques; que, tras ese asunto, se marcharon de Babilonia; y que se dejaron caer de nuevo por Bruselas muy trastornados, desencajados, aterrados, y uno de los dos, el del sombrero derby, a las tres de la tarde, con doce o veinte hadas verdes aposentadas en permanencia en el cuerpo y pataleándole dentro desde las ocho de la mañana, fue a las Galerías Saint-Hubert y, aterrado, compró una browning, que no era una browning, sino un revólver, de seis tiros y siete milímetros, de cuya marca no estoy al tanto, y con él le metió cierta cantidad de plomo en el ala al arcángel aterrado. Y helo aquí en la prisión de Mons; da en tierra, y el otro se larga a su Patmos, a Roche, en las Ardenas, cerca de Rilly-aux-Oies. En el tabuco interior, Verlaine yace, muy formal, junto a Izambard. Y, por lo que a Rimbaud y a él se refiere, la danza ha concluido.

Dicen que si se agredieron así fue porque tenían formas de ser idealmente opuestas, como opuestos son el sol y la luna; porque de uno de ellos eran el fulgor del día, la fogosidad del día, la fuerza y las botas de siete leguas, mientras que el otro aspiraba a titilar apenas, a asomar apenas entre unas ramas, a dar en tierra, a huir; porque uno de ellos propiciaba la poesía moderna mientras que el otro se conformaba con las antiguallas, es decir, recurría a la antiquísima y eficaz mezcla de sentimiento y pies forzados que nos hemos acostumbrado a disculpar en Malherbe, en Villon, en Baudelaire, mas no en Verlaine; porque además éste, Verlaine, indeciso y dividido como la luna, no se entregaba con toda el alma, no estaba del todo en Londres y había dejado una parte de sí mismo en París, desde donde su mujercita le escribía cartas y pulsaba con tino la cantarela de Eva. Formas de ser tan dispares tienen que ser artificiales por fuerza, las hemos pulido sentados ante nuestros escritorios de poetas.

Dicen también, para explicar lo de los arenques y el revólver de seis tiros, que los había minado aquel desenfreno de todos los sentidos en el que, sin andarse con rodeos, ponían ambos gran empeño, pues vestían subrepticiamente el chaleco rojo; y en ese desenfreno pusieron gran empeño; no consiguieron hallar en él la condición de videntes y buscaron la videncia en la borrachera pura, que tanto se le parece; y no nos extraña nada que diez meses de cogorzas compartidas convirtieran a dos jóvenes impetuosos en esos convulsionarios de Bruselas el día en que en el caldero de la cerveza negra salió a flote como una flor la boca del revólver de seis tiros. No me creo esa explicación tan vista que afirma que Rimbaud, consciente de su genialidad, como solemos decir con el bonete de seda encasquetado, despreciaba a Verlaine, despreciaba la poesía de Verlaine y le echó en cara que careciese de genialidad; pues Verlaine tenía genialidad; y Rimbaud, aunque destrozado e incurable, era moderno de forma menos absolutista que nosotros. Pero ya he dicho que opino que sus respectivas cantarelas se desgastaban de tanto oponerse: esa cuerda pequeña que ambos poseían, la cantarela órfica, la del destino poético sin par, desmedido, que Baudelaire les enseñó a tocar a ambos, y que se atasca con tanta facilidad, esa que pulsaban cuanto podían, con la que hay que tocar para sí, convencerse a sí mismo, y no se puede pulsar mucho rato si hay otra cantarela chirriando cerca. Por la sencilla razón de que era imposible que, en una única habitación de Camden Town, dos fueran al tiempo el verso en persona. Es algo que dos seres vivos no pueden compartir, una de las dos cantarelas tiene por fuerza que romperse.

Y hete aquí que Rimbaud la pulsaba con más brío.

Rimbaud tocaba con mayor vehemencia, apostaba más fuerte. Ansiaba ser la poesía en persona con mayor intensidad que Verlaine, es decir, excluyendo a todos los demás: pues sólo cumpliendo esa condición podía tener la esperanza de calmar a la vieja que llevaba en el pozo interior, permitirle que descansara un poco, olvidada al fin de los dedos negros, dejando la mano abierta, dejando de manipular, adquiriendo ese mimo que hay siempre en la carne dormida. La vieja de dentro, para consolarse y adormecerse, precisaba que el hijo fuera el mejor, que es como decir el único, y no tuviera maestro alguno. De esto tengo la seguridad: Rimbaud rechazaba y aborrecía a todo maestro, y no tanto porque quería y creía serlo él cuanto porque su propio maestro, es decir, el del hada mala, el Capitán, lejano al igual que el zar y difícilmente concebible al igual que Dios, y soberano aún en mayor grado, al igual que ellos, por el hecho de vivir recluido tras unos kremlins, tras unas nubes, ese maestro suyo de toda la vida era una efigie fantasmal que inefablemente emanaba de las cornetas fantasmales de guarniciones remotas, una efigie perfecta, fuera del alcance de cualquiera, infalible y muda, postulada, cuyo Reino no era de este mundo; y el haberlo visto aparecer en este mundo ni tan siquiera como aparición sino como amago de ella, apariencia de ella, sombra proyectada, lugarteniente, encarnación venida a menos que trasegaba cerveza negra por entre las barbas y escribía versos hermosos, sacaba de quicio a Rimbaud, lo despojaba; y es muy probable que se enrabietase, en el colmo de la indignación y sin saber por qué, igual que un fariseo a quien el Dios opaco de las Tablas selladas inflige la injuria de manifestarse con absoluta claridad en el piojoso de Nazaret. Verlaine se secaba la barba húmeda de cerveza negra y miraba, risueño, a aquel muchachote al que tanto quería; y éste, indignado, escupía en el suelo, daba media vuelta y salía con un portazo. A ese rechazo de un maestro visible se lo llama, en el caso de Rimbaud, rebeldía, rebeldía juvenil, pero es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está en la lengua que dice yo, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios. Y el desventurado Verlaine, ese ser superlativo que resultaba, con su barba y sus bromas, de lo más manifiesto, que tenía veintisiete años, era poeta de Escuela y auspiciado por las Escuelas, que conocía al Viejo del chaleco rojo y estaba en posesión de cartas suyas, que manejaba la retórica de arte mayor con mucha más soltura que un chiquillo de dieciocho años, Verlaine, a pesar suyo, tenía a la fuerza que resultar decano, y regio por más que llevase la corona torcida, maestro a medias: y no quedaba más remedio que abatirlo para conseguir ser Rimbaud del todo, que desbaratar ese verso, forzosamente imperfecto porque otros también lo usaban, que pulsar con fuerza, apostando fuerte por ella, la cuerda pequeña de las prosas no mensurables y pudrirse prolongadamente en el Cuerno inútil de África, entre tribus sin violines, allí donde no hay más maestros que el desierto, la sed, la Suerte, soberanos todos ellos poco manifiestos y enterrados en la arena como esfinges, pero soberanos empero, capitanes, susurrando inefables zafarranchos entre el viento que sopla sobre las dunas, las cornetas fantasmales del viento. Así pues, de camino hacia ese desierto, abatió a Verlaine; a Verlaine que, no obstante, no era Izambard, que lo miraba todo cara a cara, que sabía que el hada mala de los combates danza en el corazón de la lengua y no sólo en Sedan o en el Capital, antiguas lunas; y que, pese a saberlo, quizá precisamente porque lo sabía, fue a toda prisa a las Galerías Saint-Hubert y volvió con un revólver de seis tiros para abatir a la lengua en persona, para ser maestro y amo suyo, disparó dos veces contra la lengua, que lo estaba mirando con ojos de niño, enfurruñados, claros, soberanos, sabiendo pese a todo, antes incluso de apretar el gatillo, que no se puede abatir a la lengua, es imposible cargársela, porque el tiro rebota y se vuelve hacia el que lo disparó. Y, tras ese rebote, dio en tierra con un rosario en las manos.


Ya no me escuchas, te has puesto a hojear la Vulgata. ¡Qué razón tienes! Todo está ahí: las pasiones y los hombres, la poesía aérea y las cogorzas plúmbeas, la rebeldía de altos vuelos, los mezquinos arenques, e incluso el rosario en las manos de Verlaine, al que Rimbaud aludió así: un rosario en las zarpas. Y la luminosa danza con la que todo empezó, esa que bailaron tras las contraventanas de septiembre, también está ahí. Pero, con gran delicadeza, la Vulgata, en lo referido a este asunto, insinúa y calla.

Es la Vulgata, nunca mejor dicho; no tiene ni un fallo. No da pie a polémica alguna. Pero polémica hay, no obstante, respecto al capítulo ese de la danza: que si a Rimbaud sólo le gustaban los hombres o si le daba igual un sexo que otro con tal de que la cosa resultara pasional; que si lo que quería era abrazar por fin la sombra del Capitán o la desdichada carne de Vitalie Cuif. Nada se sabe. Y lo más seguro es que, desde el punto de vista de ese gran sofisma mágico de doce pies que quiso morir en Londres, estuvo a punto de desbaratarse, se rehízo y, en vaivén tal, late igual que un corazón, lo más seguro es que desde el punto de vista de la poesía semejante polémica sea vana.

La Vulgata no tiene fallos, y en ningún momento es tan intachable como al referirse a esa temporada de Londres y Bruselas, la de los desvalidos amores y el revólver de seis tiros; pero no refiere cómo en esos pocos meses Rimbaud, que tenía diecisiete años, envejeció en lo tocante al verso, tanto como si en Londres hubiese escrito de un plumazo La leyenda de los siglos, que no estaba rematada, Las flores del mal, que ya lo estaban, y una Divina Comedia que hubiera podido nacer de los tiempos del capitalismo duro, en el noveno círculo, de la pocilga más pocilga, entre las zarpas del Capital en persona. Nada sabemos. De Baal, de los amorosos abrazos, del escritorio de poeta de Camden Town, de eso estamos seguros; y también de otros detalles más mimosos, que nos enternecen: lo jóvenes que eran los dos, su torpeza de cachorro, sus dientes de cachorro; que a uno se le caía el pelo a puñados mientras que el otro lo llevaba más largo que en 1830; lo esperanzados que estaban y ese gusto por las bromas que nunca perdieron pese al martillo pilón de Baal, ni tampoco, mucho más adelante, tras todos los suicidios. Y esas ternezas nos dan pie para no leer la poesía, pues leer no puede nadie, salvo quizá quienes creen en la existencia de una clave cifrada. ¿Y acaso leen más ésos? Somos unos crápulas románticos. No, no leemos, yo tampoco. Lo que hacemos es escribir un poema, cada cual a nuestro aire, con los bonetes de seda calados, como se hacía antaño, dando vueltas a las lucidas tramas de Troya y Grecia. Es nuestro poema, y los poemas de Rimbaud andan escondidos dentro del nuestro, bien recónditos, reservados, como postulados: nuestro poema abulta tanto que, a veces, al abrir ese libro delgado en el que yacen los escritos de Arthur Rimbaud, nos asombramos de que existan. Nos habíamos olvidado de ellos. Volvemos a echarles una ojeada, presurosos, ciegos, medrosos como la hormiguita que, sin importarle nada las líneas, cruza al bies por nuestra página cuando la dejamos en el suelo, a nuestro lado, en el jardín.

En el jardín, echamos una ojeada a esos poemas de 1872. Los soñamos. Pensamos en cómo llegaron a este mundo, en la primera vez, aquella en que una mano de lavandera dio a la luz esas canciones sencillas, como del pueblo, de muchacha del pueblo, donde el antiguo alejandrino tararea que ha de morir y no consigue resignarse a ello, se convierte en dos versos separados de seis pies, pero perdura. Y da la impresión de que también el corazón de Rimbaud se parte en dos: quizá es que ahora ya sabe que no hay Salvación para la poesía, que no hay día de reparto de premios con Dios padre haciendo las veces de subprefecto y la madre de uno, una chiquilla aún, mirando, tan orgullosa, sentada, con el vestido de los domingos, detrás de los macetones del paraíso. Oímos cómo se rompen ambas cosas, el corazón y el verso. Lo que nos llega es el eco de una batalla muy lejana, las derrotas conjuntadas de una infancia de provincias y del alejandrino. El alejandrino ha querido perecer con ese corneta humilde. Están juntos en lo alto del cerro, al caer la tarde tras la batalla. La antigua bandera ha ido hacia las líneas enemigas demasiadas veces, ahora está hecha jirones; el anciano general, que ha perdido ambas piernas, titubea. Y, mientras titubea, le late el corazón, como un redoble; los tambores se alejan; desplomado contra un árbol, recuerda sus batallas, Saint-Cyr, Guernesey, y piensa que ahora toca morir; y es quizá por eso por lo que le pasa rozando esa brisa de infancia, de alborada, bajo unos árboles de verano. Ése es el susurro que suena dentro del breve padrenuestro; y suena bien afinado porque, con el anciano general, es la infancia de Arthur Rimbaud la que muere. Lleva puesta la miniatura de quepis de artillero. Toca la corneta con todas sus fuerzas. Y eso es lo que suena tan bien afinado, lo que lo iguala todo con el mismo rasero, la tarde cayendo tras la batalla y la siguiente alborada, la hormiguita y la Eternidad, el pozo hondo y las estrellas, igual que en los recuerdos de un hombre que va a morir. Ese es el vínculo entre las témporas y los castillos, de la misma forma que, cada día que Dios hace, el tiempo y el espacio se vinculan, se alza junio despreocupadamente sobre una fachada clara, y enseguida ya es diciembre. Está oscuro. Miramos el cometa. Llevamos las manos colgando. En el jardín, dejamos de leer, un soplo de viento pasa por los avellanos de más arriba; de repente sabemos, como si lo contase la brisa, que la muerte del alejandrino no es más trascendental ni más cierta que la Vulgata popular, esa historia un tanto simple de dos jóvenes a los que les rebosa el genio, que se aman y se pegan tiros. Es otra Vulgata, la del alejandrino, no mucho menos bobalicona que la Vulgata de la videncia, que hemos cocido bajo nuestros bonetes de seda, para uso de nuestros iguales. Una Vulgata completamente moderna.

Bajo los avellanos, volvemos a titubear, sin saber ya a qué carta quedarnos; damos de lado la letra, cerramos el librito, regresamos a la carne del poeta de la que nada sabremos; no veremos esa mano de lavandera sin misterio, ni videncia, ni código cifrado, tan sencilla, que acomoda en una única línea las témporas y los castillos; ni la ardorosa paciencia y, de pronto, el chasquido de arranque, la exultante certidumbre de la mano que escribe, que deja blancos donde es menester, añade una breve línea, otra, con certidumbre se detiene; no sabremos si es Dios o Baal quien mueve esa mano, y rezamos para que no sea Baal. Si en ese preciso instante, a la sombra de los avellanos, nos fuera dado ver aquella mano como la vio Verlaine, y, algo más arriba, superponiéndose gradualmente a las frondas, aquella cara de pocos amigos, aquel pelo revuelto, si la boca dijese mierda, si, más probablemente, dijese: lee, tendiéndonos un poema con cara pordiosera, enfurruñada, soberana, si leyéramos mientras nos mira, sólo sabríamos lo que es lícito saber en esta tierra, lo que sabe la hormiga que, indiferente a las líneas, sigue su camino presuroso por mi página, muda como el jardín.



En Rimbaud el hijo
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001 
Foto: Sophie Bassouls/Corbis