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18 may. 2015

Descarga: Rainer María Rilke - Las elegías de Duino

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Las Elegías de Duino es la obra más importante de Rilke. Suma poética articulada y completa, constituye su itinerario poético concluido, la aventura de la interiorización de la realidad entera. 

10 dic. 2014

Descarga: Lou Andreas-Salomé & Rainer Maria Rilke - Correspondencia

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A lo largo de su correspondencia con Rilke, Lou Andréas-Salomé ejerció una cura de alma sobre el poeta, convencida de que las fuerzas oscuras de la persona constituían la única fuente tanto de «curación» como de creación del poeta. Lou trata de convertirse en mediadora entre el alma deprimida del poeta y las angustias que regularmente le confiesa en sus horas de esterilidad, y así aparece esencialmente como la intérprete tanto de esas fuerzas oscuras como de las primeras interpretaciones que da el mismo poeta.

25 nov. 2014

Descarga: Rainer Maria Rilke - Sonetos a Orfeo

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Uno de los momentos cumbres de la poesía del siglo XX es la publicación de los Sonetos a Orfeo. La idea base de los Sonetos escritos entre 1922 y 1923 es la metamorfosis, del momento en que la vida y la muerte se mezclan; Rilke celebra las cosas en que ejemplarmente se efectúa la unión, iluminando el sentido oculto de una a otra forma.Las nuevas dimensiones del lenguaje y de la forma exploradas y fijadas por Rilke ejercieron una influencia determinante en la poesía.

11 nov. 2014

Descarga: Rainer Maria Rilke - Cartas a un joven poeta

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Estas Cartas a un joven poeta, publicadas más de veinte años después de la muerte de su autor, fueron dirigidas por Rainer Maria Rilke (1875-1926) a Franz Xaver Kappus, entre 1903 y 1906, desde los diversos lugares a donde le condujo su vida itinerante, resultado de acuciantes preocupaciones económicas y de una casi constante dependencia de sucesivos mecenazgos. Escritos en una época en la que Rilke iniciaba la transición desde una poesía ensoñadora e intimista a otra más cercana al mundo de la materia y de las formas, estos breves textos son también un documento revelador del ideario del poeta y de su concepción del mundo, desde su visión de la vocación y de la inspiración literarias hasta sus meditaciones sobre la soledad inherente a la tarea del creador.

Rainer Maria Rilke - ¿Debo yo escribir?

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Rainer Maria Rilke - ¿Debo yo escribir?


París,
  a 17 de febrero de 1903.

Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.

Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien —ya que me permite darle consejo— he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad,4 erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso.

Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor, rehuya. Al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura, para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá como su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.

Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera). Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil: en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.

¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera; esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas, que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.

Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aun se acuerde de mi, y yo lo sé apreciar.

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

Con todo afecto y simpatía,
Rainer Maria Rilke.


En Cartas a un joven poeta
Traducción; José María Valverde
Imagen; © Bettmann/CORBIS

22 may. 2014

Descarga: Rainer Maria Rilke - Poemas a la noche

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«Poemas a la noche», de Rainer Maria Rilke, es una obra poco conocida y, sin embargo, de capital importancia entre las del poeta, pues en ella se esbozan algunos temas que acabarán de configurarse en las Elegías de Duino. Durante años fue un libro casi secreto. Rilke no llegó a publicarlo, acaso precisamente por no desvelar ese fondo originario común con su obra cumbre.

En los Poemas a la noche apuntan por tanto los temas fundamentales de Rilke, sin haber logrado su exacta delimitación o simbolismo que, por otra parte, generalmente es plural. Así sucede con la figura del ángel, que pasa de ser «terrible» a no estar tan por encima del hombre, pues, como observa Jean-Yves Masson, en el prólogo a las Elegías, «el hombre es creador, y he aquí porque puede asombrar al ángel, que se conforma con ser en su autonomía absoluta, pero no crea nada». En la obra que nos ocupa, el ángel, la amada y la noche figuran en el lugar más destacado y se presentan vagarosos y fluctuantes, muy de acuerdo con el mismo estilo poético que los sustenta. El libro como tal no vio su primera edición en alemán hasta que se incluyó en las obras completas de Rilke editadas en 1956, treinta años después de su muerte.

28 abr. 2014

Descarga: Rainer Maria Rilke - Los últimos y otros relatos

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En Los últimos y otros relatos no dejará de sorprendernos la versatilidad de Rilke, capaz de introducirse igualmente en el mundo mágico de los cuentos de hadas que en la atmósfera opresiva de los cuadros de familia o en la perspectiva íntima del relato de formación, como en el autobiográfico «Ewald Tragy». Escenarios contemporáneos alternan con la Italia renacentista o la Bohemia de los años de la Revolución Francesa, y en todos ellos siempre hay un personaje que «quería algo que fuera diferente a vivir», aunque a veces se trate de la misma muerte.

Rainer Maria Rilke: Y, sin embargo, a la muerte

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Con sus suelas de oro, la mañana de agosto avanzaba ante mis ojos a lo largo del bosque.
   Yo estaba echado sobre el musgo rizado y lustroso, y la veía pasar. Vi cómo proyectaba reflejos de color verde pálido sobre los guijarros blancos como la plata, como si esparciera cristales de malaquita por todas partes. Y oí su paso ligero y silencioso, que despertaba a las asombradas flores de su sueño, prolongado y amable.
   Estiré mucho los brazos y vi los elevados plumeros de las alondras que, suavemente, se agitaban de acá para allá, de allá para acá, como si tuvieran que pulir el cielo azul. ¡Y, sin embargo, el día era tan claro!
   Entonces llovieron unos puntitos plateados, cada vez más densos, que formaron un derroche de brillo. Luego cerré los ojos. Había luz en mi alma, y respiré honda y tranquilamente el fuerte y especiado aroma del bosque.
   Y en ese momento crujieron las ramas. No me moví. Yo pensé, oscura y borrosamente: «Un ciervo... seguro». Y, sin querer, me imaginé al animal, pardo y de miembros delicados, mirándome fijamente entre la fronda verde, curioso y tímido, con sus grandes ojos negros.
Las ramas volvieron a crujir.
   Pero eran pasos humanos.
   Me despejé. Me incorporé con un sobresalto involuntario, como cuando un extraño nos sorprende entre sueños.
   Eché un vistazo.
   Nada.
   Allí... sí. Detrás de los arbustos: una figura. Un hombre. No le veía el rostro. Llevaba una chaqueta gris. «Un cazador», pienso. Voy a tumbarme de nuevo. Pero... no estoy tranquilo.
   En silencio, como si tuviera miedo, me pongo en pie. Y justo en ese momento un rostro me mira, un rostro desfigurado, indiferente, con dos ojos inconstantes, centelleantes... Tiene una mano en alto. Y esa mano, ¡Dios mío!, esa mano aprieta una pequeña pistola contra la sien...
   El hombre se ha percatado de mi presencia. Baja el brazo, flácido.
   Una sonrisa fría y burlona rodea de surcos las comisuras de su boca, muy hundidas.
   Estamos frente a frente sin decir nada. Su mirada tiene el fulgor de la cólera.
   Me armo de valor. Me acerco a él pisando fuerte. Y únicamente me sale una palabra de la garganta, seca y encogida:
   —¿Por qué?
Y entonces se ríe. Una risa que destroza la sagrada mañana azul. Me quedo helado. Pero él guarda silencio.
   Así nos quedamos los dos, sin movernos. Por encima de nosotros susurran las copas de los árboles.
   Y entonces, delante de mí, al hombre lo acomete un sollozo que lo estremece. Y se arrodilla y junta las manos repletas de venas:
   —No puedo vivir —balbucea—. No puedo...
   Dejo que expulse todo su dolor.
   Se tranquiliza. Se guarda la pistola en el bolsillo. Y me cuenta que tiene en casa a una mujer. Ama a esa mujer. Y ella es buena y cariñosa. Pero hay días en que sus ojos (tiene los ojos azules) están verdes; sus mejillas, pálidas. Días en que sus labios se curvan codiciosos, como si sorbiera el dulce perfume de un íntimo secreto.
   —En esas ocasiones me llama por el apellido. Berger, me dice, cuando normalmente no me llama así. Luego me evita y cierra los párpados cuando la miro, y se vuelve olvidadiza, extraña, ausente.
   «Está enferma», pensé yo.
   —Pero se le pasa siempre. Y hace poco sucedió otra vez lo mismo. Sus ojos miraban por encima de mí hacia la lejanía, le temblaba la mano...
 »Cuando se fue a su habitación, la seguí. Y por una rendija vi que estaba de rodillas, llorando y besando unas flores marchitas... besándolas con un ardor con el que nunca me ha besado a mí, ¡ni siquiera en la noche de bodas!
   »Y desde entonces lo sé. Amó a otro antes que a mí. ¡Aún lo ama!
   Con todo el cuerpo temblando gritó, con la vista dirigida al bosque:
   —Esos días se embriaga con el ardiente aroma de su felicidad marchita. Y de ese modo me engaña. Y así ella, que había de pertenecerme sólo a mí, se lanza en brazos de una sombra.
   Sus palabras se apagaron. Y me invadió una íntima compasión. Lo tomé del brazo:
   —Venga.
   Y le hablé para tranquilizarlo.
   Que tenía que ser sincero con su mujer. Decirle lo que le inquietaba; seguro que ella se lo recompensaría con su franqueza. Y más cosas por el estilo. Conseguí que se fuera serenando.
   —Mire, señor Berger —le dije—, mi simpatía por usted y el solitario silencio del bosque me inducen a contarle un fragmento de mi vida. Han pasado años desde entonces. Yo amaba a una muchacha. Por aquella muchacha me esforzaba y hacía cosas. Y un día lo supe: me engaña... Y me quedé tan tranquilo. Me fui al solitario brezal. En el bolsillo del pecho llevaba un revólver cargado. Sentía que para mí ya no quedaba nada más que... la muerte. Y estando allí, en medio de aquella desierta extensión, miré a un lado y otro. Nadie.
   Así que me llevé la mano al bolsillo izquierdo y... al coger el arma, saqué con ella un pedazo de papel. Sin querer lo miré.
   »Era una novela, corta y sencilla, de aromática poesía, que había escrito una vez en un momento de felicidad.
   »Y leí, dos, tres líneas.
   »Y entonces me senté en el lindero, dejé la pistola a un lado y continué leyendo.
   »Aquellas palabras, sencillas e íntimas, fluyeron por la corriente de mi alma. Media hora después me dirigía a la ciudad con la mirada despejada. Sabía que había una cura para mi dolor. Una medicina dura: el trabajo.
   »Ésa es toda mi historia.
   El hombre me miró boquiabierto... con mirada agradecida. No dijo nada. Pero me cogió la mano derecha entre las suyas y la estrechó. Ese fuerte apretón me lo dijo todo: se ha recuperado para la vida.
   Continuamos adentrándonos en el bosque uno al lado del otro. El resplandeciente día de agosto derramaba una dorada paz en nuestros corazones, conmovidos y receptivos. Guardábamos silencio; pero nos mirábamos de vez en cuando como buenos y viejos amigos: nos entendíamos.
Más tarde charlamos. Ligeramente, sobre el pasado y el futuro, sobre recuerdos y deseos. Y sus palabras resonaron muy tranquilas, muy sosegadas, en el silencio del mediodía.
   Luego, de repente, preguntó:
   —¿Y lo ha superado usted por completo?
   Yo subrayé:
   —Por completo.
   Me miró inquisitivo:
   —¿De verdad?
   —¿Cómo podría demostrárselo? —dije a la ligera.
   —¿Cómo? —se quedó pensativo.
   Luego sonrió:
   —¿Es usted capaz de pronunciar el nombre de la muchacha sin alterarse?
   —Cómo no: Helene Croner.
   En ese momento sonó un disparo a mi lado. Berger rodaba por el musgo con el cráneo destrozado. Murió en el acto.
   Al día siguiente estaba hojeando el periódico. En la última página, en la esquinita más inferior, aparecía la esquela de Berger, cuidadosamente redactada. Estaba firmada por:
   Su desconsolada viuda Helene Berger, de soltera Croner.


En "Los últimos" y otros relatos (1893 - 1902)
Traducción de Isabel Hernández
Barcelona, 2010
Imagen: RMR, Illustration (uncredited author) Bettman-Corbis

26 feb. 2014

Rainer María Rilke: El Diablo se aparece

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Al conde Paul lo tenían por irascible. Cuando la muerte le arrebató antes de tiempo a su joven esposa, le arrojó a la cara todo lo que poseía: sus bienes, su dinero, e incluso a sus favoritas. Aún formaba parte del cuerpo de los dragones de Windischgrätz[24]. Allí, en ocasiones, se encontraba con el barón Sterowitz.

—Tu boca es casi como la de la difunta condesa.

El viudo se emocionó. Desde entonces siempre, en cualquier parte, tenía cerca una copa de vino; pues ésta le parecía la única posibilidad de ver venir siempre a su encuentro la boca adorada. El hecho es que dos años después al conde Paul no le quedaba ni un ochavo de sus posesiones.

A pesar de todo nos pidió, en una ocasión en que, casualmente, estábamos cerca de una de las propiedades de los Felderode, que fuéramos con él.

—Tengo que mostraros la cuna de mi dicha —nos aseguró volviéndose hacia las damas—, el lugar donde se me permitió ser un niño.

Hacía una buena tarde de agosto y nos encontrábamos un pequeño grupo en Gross-Rohozec. Que se hiciera tan larde tuvo que ver con el estado de ánimo del conde. Estaba radiante. Nadie se movía del sitio de puro encanto. Al final acordamos visitar el palacio y el parque a la mañana siguiente (puesto que en ese momento ya no era hora de visita), y ver ponerse el sol desde lo alto de las ruinas.

—Mis ruinas —exclamó el conde, y fue como si su voz envolviera las viejas murallas igual que una gabardina su delgada figura. Arriba nos sorprendió encontrar un pequeño albergue, y nuestros ánimos aumentaron considerablemente.

—Estoy apegado a estas piedras con todas las fibras de mi ser —aseguró el conde Paul corriendo de un lado a otro de las almenas del bastión.

Cuando de nuevo se reunió con nosotros, alguien preguntó:

—¿Han avisado ahí abajo de que vamos mañana?

Y una voz de mujer:

—¿A quién pertenece ahora Gross-Rohozec?

Al conde le habría gustado no oírlo:

—Oh… a un joven… muy habilidoso, por cierto… del mundo de las finanzas, naturalmente. Cónsul o algo así.

—¿Casado? —quiso saber la voz de una mujer algo mayor.

—No… Por ahora, enmadrado —rió el conde.

Luego, rápidamente, encontró el vino excelente, la compañía soberbia, la noche regia, y su idea de haberse desplazado hasta allí… grandiosa. Entre medias cantaba romanzas italianas, no sin cierto apasionamiento, y canciones tirolesas para las que practicaba antes los obligados saltos de voz. Cuando finalmente dejó de cantar, me pareció sensato que nos marcháramos. Pretextamos cansancio, le instamos a que se quedara una horita más «en su ruina», y juntos bajamos al pequeño albergue del pueblo.

—¡Ahora os sigo! —exclamó el conde a nuestras espaldas.

El camino pasaba por el palacio. Éste contradecía a la noche con todas sus ventanas. El cónsul daba una fiesta.

Hasta medianoche no salieron los últimos coches del parque. La madre del cónsul apagó las velas en la antesala medio abierta. Cada nueva oscuridad parecía fundirse con su figura, que iba balanceándose por el espacio y perdía forma a medida que iba desabrochándose botones del ceñido corsé de raso. Al final parecía ser ella la propia oscuridad que, enseguida, llenaría todo el palacio. Tampoco el hijo dejaba de correr de un lado a otro, todo él puntiagudo y afilado como un torpedo, como si se esforzara por alcanzar a su madre antes de que se convirtiera en pura oscuridad. En realidad, lo hacía por el frío. En su sofocante prisa, las dos figuras pasaban una y otra vez por delante del elegante espejo, que no sabía hacer nada más rápido que volver a escupir a toda velocidad ese ovillo de miembros huma nos y arrugas. Estaba mal acostumbrado por los fragmentos de imágenes de aquella noche: dos condes, un barón y muchas damas y caballeros aceptables. Indignado, le devolvía su rostro al señor del palacio. Resultaba bastante triste. Aun así, el ofendido se sentía demasiado poco utilizado, demasiado virginal.

Entretanto también la madre se había calmado. Se había enredado en un rincón como un ovillo, y necesitaba un momento antes de que el cónsul pudiera explicarse lo que tintineaba allí. Averiguarlo le asustó:

Mais, laissez donc, les domestique?![25] —exclamó bien alto, aún delante del espejo.

Entonces se perdió y tradujo:

—Pero ¿qué va a pensar la gente, mamá? Deja eso, vete a dormir… Llamaré a Friedrich.

Esta amenaza fue el detonante. Fue una suerte haber conservado al viejo sirviente del conde. ¿Cómo, si no, habrían conseguido organizar esa cena, por ejemplo? Pero también era un peligro. Uno no sabía ni lo que tenía que ponerse, y tantas otras cosas por el estilo. En cualquier caso, no obstante, se refería a ese momento concreto: no repasa uno mismo las cucharas de plata, ¿no es cierto? Así que, por favor, mamá.

La ampulosa dama de negro satén se retiró. En realidad despreciaba un poco a su Leo. ¿Por qué no se había hecho con un título en el que ella tuviera cabida? Cónsul… ¿y ella qué? Era una vergüenza. Pero aun con todo, se retiró.

Leo se soltó las manos y volvió a encontrarlas bajo un montón de cucharas de plata.

—Veinticinco, veintiocho, veintinueve… —dijo en el mejor alemán, como si fueran versos.

Entonces oyó un grito.

—¿Qué es lo que pasa? —gritó sin consideración, como detrás de un mostrador—. Treinta, treinta y dos…

Como no hubo respuesta, vio que no podía repasar más que la tercera docena, y, con un treinta y seis en la boca, aun sin terminar, cruzó el salón amarillo, el cuarto de juegos y el salón verde. Delante de la puerta de cristal que daba al dormitorio de su madre había algo negro medio caído. Era la sin título. Se quejaba dolorosamente. En principio se afanó por acompañarla de vuelta al dormitorio, pero, de repente, desistió y se puso a observar, con ojos tímidos, a través de la puerta de cristal. Allí dentro, como en lucha con la oscuridad, algo largo, blanco, se deslizaba a tientas por las paredes, se inclinaba, se sumergía en las sombras y volvía a crecer de forma indeterminada como una vela inextinguible y gigante, sin color, dirigiéndose a las ventanas. No porque se lo transmitiera su petrificada razón, sino por miedo, supo Leo que, evidentemente, se trataba de algún archidifunto Felderode, y, poco a poco, su razón fue añadiendo que este hecho inaudito era peligroso por la circunstancia de que el escudo condal no estaba lejos ni del Lecho ni de las sillas: el difunto no podía saber en absoluto que el palacio había sido vendido. De ahí se derivaban un sinfín de complicaciones. A pesar de lo raro del asunto el cónsul olvidó durante un rato su situación y calculó las diversas posibilidades. La última impresión era la de que se tratase de una aparición del diablo. Por un segundo pensó en dirigirse a toda prisa a la capilla de palacio y… pero, bah, era demasiado novato y tenía demasiado poca experiencia del cristianismo para estar a la altura de tan difíciles situaciones.

Justo en ese momento, al recibir de nuevo a su pobre madre, la escena en el interior del dormitorio cambió. Se oyó algo parecido a un conjuro impetuoso, y al instante la vela de la mesilla se encendió. La figura se posó sobre la cama y se materializó con evidente fuerza, pues los gestos eran cada vez más humanos y comprensibles. Leo se sintió repentinamente tentado de reír, y se puso gracioso. Se dijo: «Otra cualidad aristocrática. Si uno de los nuestros se muere, se muere, pero uno de éstos hace como si no hubiera ocurrido nada… incluso quinientos años después». Y se volvió perverso: «Claro que antes estos caballeros sólo estaban la mitad de vivos… Ahora están sólo la mitad de muertos»…

Esta idea le pareció tan certera que se dispuso a transmitírsela a su madre a toda costa. Ésta, entretanto, había vuelto en sí a tiempo para ver cómo el de blanco, con grandes gestos, sacaba el camisón de debajo de las almohadas y lo tiraba a la buena de Dios, como a un mar. La sin título trató de desmayarse otra vez, pero su moral se la encontró de camino y no lo permitió. Entonces gritó:

—¡Qué hombre tan malvado! ¡Friedrich, Johann, August! —y luego cogió a su hijo del brazo, por lo que la alegría se le atragantó—. Tienes que entrar, Leo; coge la pistola y entra.

Le empujó.

Leo notó que le temblaban las rodillas.

—Ahora —suspiró secamente, empujando hacia el otro lado con ambas manos la puerta que se abría hacia el interior.

Entonces, dentro, una mano se alzó entre las almohadas como en señal de advertencia, se alargó, se alargó y cayó sobre la cabeza de la vela, que murió humillada.

En el mismo momento el anciano Friedrich apareció en el umbral del salón verde. Llevaba un pesado candelabro de plata y en un primer momento estuvo aguardando a que la madre del cónsul dejara de bufarla:

—¡Qué hombre tan malvado! ¡Qué hombre tan malvado!

Leo, por el contrario, mostró precaución y coraje. Se expresó con mayor claridad:

—Un furtivo, Friedrich, probablemente un ladrón, está escondido en la habitación de la señora. ¡Vaya, Friedrich! Ponga orden, llame a la gente. No procede que yo mismo…

El anciano sirviente entró rápidamente en la oscura habitación. Al mismo tiempo le pisó al cónsul las últimas palabras. Los otros lo siguieron con la vista, esperando atemorizados.

Friedrich cogió la manta de la cama y, de súbito, alumbró al individuo en la cara. Sus movimientos poseían tal energía que Leo se sintió heroico y puso el grito en el cielo:

—Échelo, eche a ese vagabundo… a ese desvergonzado.

Trató de disculparse ante su madre por su rabia.

Pero, de repente, Friedrich se plantó ante él, rígido y estricto como un tribunal. Su dedo hacía guardia en sus labios cerrados. Con ese gesto instó delicadamente a su señor a que saliera del dormitorio, cerró con cuidado la puerta de cristal, corrió las antepuertas y, despacio, fue apagando las cuatro velas del candelabro, una tras otra. Madre e hijo acompañaron cada uno de sus gestos con preguntas y miradas suplicantes.

Después el anciano se inclinó respetuoso ante su señor y le anunció, igual que se anuncian las visitas:

—Su Excelencia el conde Paul Felderode, caballero del rey y del imperio, fuera de servicio.

El cónsul iba a decir algo, pero se dio cuenta de que no tenía voz. Se pasó varias veces el pañuelo por la frente. No se atrevía a mirar a su madre. Solamente notó cómo la anciana buscaba a tientas su mano y la agarraba suavemente, muy suavemente. Esa pequeña delicadeza lo conmovió. Unía a esas dos personas y las elevaba por encima de su cotidianidad, hacia un destino, el destino de aquellos que no tienen hogar. Friedrich se inclinó entonces más profundamente que antes y dijo:

—¿Me permite que arregle los cuartos de invitados? Entonces apagó el salón verde y siguió a sus señores de puntillas.


Notas

[24] Se refiere al regimiento austriaco de dragones número 14, fundado en 1725 para el ejército imperial, y que lleva el nombre del mariscal Alfred zu Windisch-Grätz.
[25] «¡Pero déjelo, es el servicio!»

En Los últimos y otros relatos (1893-1902)
Traducción: Isabel Hernández
Foto: RMR en 1926 - Archivo ABC

21 nov. 2013

Rainer Maria Rilke: A Lou Andreas-Salomé (bilingüe)

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I

Me abrí de par en par pero olvidaba
que ahí afuera no sólo están las cosas y animales
habitados en ellos plenamente, cuyo ojo,
desde la redondez que son sus vidas,
no alcanza más que un cuadro tras su marco;
olvidaba que sin cesar dejaba
irrumpir las miradas entretanto en mí mismo:
curiosidad, miradas, pensamientos…
Quizás se forman ojos dentro de nuestro espacio
y presencian. Ay sólo en ti mi rostro
se proyecta y no cae en la intemperie.
Dentro de ti se planta oscuro e infinito;
va creciendo abrigado junto a tu corazón.


II

Cual pañuelo delante de una respiración amontonada,
o no, más bien tal vez, como si se apretase aquella herida
desde la cual la vida de un tirón
quisiera derramarse: me aferraba así a ti;
así enrojecías con mi sangre. ¿Quién articulará
lo que tuvo lugar entre nosotros?
Recuperamos todo: cada cosa
para la cual no hubo nunca tiempo.
Maduré extrañamente en cada impulso
de alguna postergada juventud.
Y tú, Amada, viviste, no sé qué infancia libre
sobre mi corazón.


III

Pero ahora no basta recordar.
El puro existir debe alzarse desde cada
uno de esos instantes, sobre mi propio fondo:
sedimento de una solución
colmada sin medida.
Porque yo no recuerdo: me conmueve por ti lo que soy.
Yo no te invento en los lugares tristes,
de perdido calor, donde tú ya no estás,
porque incluso a tu ausencia en esos sitios
tú le das calidez y es más veraz
y es mucho más que una privación.
A menudo el anhelo conduce a lo impreciso.
A qué lanzarme fuera si tu influencia en mí
es suave cual el rayo
de luna hacia un lugar cercano a la ventana.

Duino, noviembre o diciembre de 1911


An Lou Andreas-Salomé

I

Ich hielt mich übertroffen, ich vergaß,
daß draußen nicht nur Dinge sind und voll
in sich gewohnte Tiere, deren Aug
aus ihres Lebens Rundung anders nicht
hinausreicht als ein eingerahmtes Bild;
daß ich in mich mit allem immerfort
Blicke hineinriß: Blicke, Meinung, Neugier.
Wer weiß, es bilden Augen sich im Raum
und wohnen bei. Ach nur zu dir gestürzt,
ist mein Gesicht nicht ausgestellt, verwächst
in dich und setzt sich dunkel
unendlich fort in dein geschütztes Herz.

II

Wie man ein Tuch vor angehäuften Atem,
nein: wie man es in eine Wunde preßt,
aus der das Leben ganz, in einem Zug,
hinauswill, hielt ich dich an mich: ich sah,
du wurdest rot von mir. Wer spricht es aus,
was uns geschah? Wir holten jedes nach,
wozu die Zeit nie war. Ich reifte seltsam
in jedem Antrieb übersprungner Jugend,
und du, Geliebte, hattest irgendeine
wildeste Kindheit über meinem Herzen.

III

Entsinnen ist da nicht genug, es muß
von jenen Augenblicken pures Dasein
auf meinem Grunde sein, ein Niederschlag
der unermeßlich überfüllten Lösung.
Denn ich gedenke nicht, das, was ich bin
rührt mich um deinetwillen. Ich erfinde
dich nicht an traurig ausgekühlten Stellen,
von wo du wegkamst; selbst, daß du nicht da bist,
ist warm von dir und wirklicher und mehr
als ein Entbehren. Sehnsucht geht zu oft
ins Ungenaue. Warum soll ich mich
auswerfen, während mir vielleicht dein Einfluß
leicht ist, wie Mondschein einem Platz am Fenster.



Título original: Poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa
Traducción, selección y notas: Juan Andrés García Román
Kiel 2008
Foto: Rilke at Muzot (Fall of 1923)

1 oct. 2013

Descarga: Rainer Maria Rilke - Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge

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Descarga: Rainer Maria Rilke - Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge

Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge inauguran en la obra de Rainer Maria Rilke (1875-1926) una etapa caracterizada por la búsqueda de una nueva forma de expresión. Evocación literaria de la figura del noruego Sigbjörn Obstfelder, el libro es, sin embargo, mucho más que una mera semblanza biográfica: así, contiene el universo entero del Rilke poeta, del hombre que sometió su existencia entera a su vocación, del esteta puro, y, además, todas las claves de su obra: la soledad, el sentido de la naturaleza, el amor y, por encima de todo, la muerte.

16 ago. 2013

Rainer María Rilke: "Viraje decisivo" (bilingüe) en la correspondencia con Lou Andreas Salomé

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Carta enviada a Göttingen desde París hacia mediados de junio

París, sábado 20 de junio de 1914

Lou querida, he aquí un extraño poema escrito esta mañana, que te envío ahora mismo, y al que espontáneamente he titulado «Wendung» porque representa el viraje decisivo que se producirá probablemente con toda necesidad si tengo que vivir, y comprenderás en qué sentido lo concebí.

Tu carta en respuesta a mi estudio sobre las «Muñecas» la había presentido, suponiendo que me escribirías una de consuelo, que manifestara una impresión apropiada para ordenarlo. Y, en efecto, comprendo perfectamente lo que reconoces en ella, así como la última frase que las «palabras» son incapaces de expresar, esa última frase con relación a la unidad que la muñeca forma con lo corporal y sus más horribles fatalidades.

Pero, qué espantoso es que uno escriba semejante cosa sin darse cuenta de nada, so pretexto de hablar de un recuerdo de la más original intimidad, y que a continuación deje uno la pluma con ansias de revivir una vez más lo fantasmal, pero de manera ilimitada como nunca antes lo había hecho; hasta que, lleno a rebosar de estopa el cuerpo de títere en que uno mismo se ha convertido, se quede con la boca reseca.

Tu Rainer


Viraje decisivo

                                            El camino que lleva de la intimidad
                                           a la grandeza pasa por el sacrificio
.

                                                                                             Kassner

Lentamente se la ganó con la mirada en reñida lucha.
Los astros doblaban la rodilla
bajo la violencia de sus ojos alzados.
O volvía a contemplar arrodillado,
y el perfume de su insistencia
doblegaba algo divino,
ella le sonreía, adormecida.
Las torres que así contemplaba, se estremecían:
edificadas otra vez, hacia las alturas, de un vistazo.
Mas cuan a menudo, de día
sobrecargado, el paisaje, al anochecer
reposaba, tendido sobre su silencioso percibir.

Los animales entraban confiados
en la abierta mirada, paciendo,
y cautivos los leones
los observaban con sus ojos fijos cual una libertad inconcebible;
unos pájaros lo atravesaban con su vuelo,
a él, el insensible; unas flores
se reflejaban en él
grandes como en un alma infantil.

Y el rumor de que existía un contemplativo tal
conmovía a los menos
improbablemente visibles,
conmovía a las mujeres.

¿Mirando desde hace cuánto tiempo?
¿Desde hace cuánto tiempo privándose ya íntimamente
suplicando en el fondo de la mirada?
Cuando él, que vivía en la espera, un país extranjero,
sentado en la habitación de un albergue,
sentado en la habitación dispersa, alejada de él, que
lo rodeaba de un ambiente taciturno, y en el espejo evitada
de nuevo la habitación,
y más tarde, vista desde el fondo de su torturadora cama, otra vez
la habitación: entonces deliberaba esto al vacío,
imperceptiblemente, deliberaba a propósito de su corazón sensible,
en el fondo de su cuerpo trastornado de dolor,
de su corazón a pesar de todo sensible,
esto deliberaba y juzgaba ese corazón:
no poseía nada del amor.
(Y le eran rechazadas nuevas consagraciones).
Ya está, se ha puesto un límite a la mirada.

Y el universo mirado
quiere alcanzar su plenitud en el amor.
La labor de la vista está hecha,
haz en adelante la labor del corazón
con respecto a tus imágenes, esas imágenes cautivas; pues tú
las habías vencido: pero sigues sin conocerlas.
Mira, hombre interior, tu interior muchachita
conquistada en reñida lucha
contra mil naturalezas,
esta criatura sólo conquistada, todavía no amada.



Wendung

                                   Der Weg von der Innigkeit zur Größe
                                   geht durch das Opfer.
                                                                                     Kassner

Lange errang ers im Anschaun.
Sterne brachen ins Knie
unter dem ringenden Aufblick.
Oder er anschaute es knieend,
und seines Instands Duft
machte ein Göttliches müd,
dass es ihm lächelte schlafend.

Türme schaute er so,
dass sie erschraken:
wieder sie bauend, hinan, plötzlich, in Einem!
Aber wie oft, die vom Tag
überladene Landschaft
ruhete hin in sein stilles Gewahren, abends.

Tiere traten getrost
in den offenen Blick, weidende,
und gefangenen Löwen
starrten hinein wie in unbegreifliche Freiheit;
Vögel durchflogen ihn grad,
den gemütigen; Blumen
wiederschauten in ihn groß wie Kinder.

Und das Gerücht, dass ein Schauender sei,
rührte die minder,
fraglicher Sichtbaren,
rührte die Frauen.

Schauend wie lang?
Seit wie lange schon innig entbehrend,
flehend im Grunde des Blicks?

Wenn er, ein Wartender, saß in der Fremde; des Gasthofs
zerstreutes, abgewendetes Zimmer
mürrisch um sich, und im vermiedenen Spiegel
wieder das Zimmer
und später vom quälenden Bett aus
wieder:
da beriets in der Luft,
unfassbar beriet es
über sein fühlbares Herz,
über sein durch den schmerzhaft verschütteten Körper
dennoch fühlbares Herz
beriet es und richtete:
dass es der Liebe nicht habe.

(Und verwehrte ihm weitere Weihen.)

Denn des Anschauns, siehe, ist eine Grenze.
Und die geschaute Welt
will in der Liebe gedeihn.

Werk des Gesichts ist getan,
tue nun Herz-Werk
an den Bildern in dir, jenen gefangenen; denn du
überwältigtest sie: aber nun kennst du sie nicht.
Siehe, innerer Mann, dein inneres Mädchen,
dieses errungene aus
tausend Naturen, dieses
erst nur errungene, nie
noch geliebte Geschöpf.


Correspondencia Rainer Maria Rilke- Lou Andreas Salomé
a partir de la establecida y publicada por Ernst Pfeiffer 
(Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952) 
Prólogo de Pierre Klossowski
Postfacio de Miguel Morey
Traducción de José María Fouce
Barcelona, Hesperus, 1981 y 1997
Fuente del texto original en alemán
Foto: Rainer Maria Rilke, 1906, por George Bernard Shaw

28 jun. 2013

Descarga: Rainer Maria Rilke - Sonetos a Orfeo (Versión de José María Valverde)

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Descarga: Rainer Maria Rilke - Sonetos a Orfeo (Versión de José María Valverde)

Uno de los momentos cumbres de la poesía del siglo XX es la publicación de los Sonetos a Orfeo. La idea base de los Sonetos escritos entre 1922 y 1923 es la metamorfosis, del momento en que la vida y la muerte se mezclan; Rilke celebra las cosas en que ejemplarmente se efectúa la unión, iluminando el sentido oculto de una a otra forma.

Las nuevas dimensiones del lenguaje y de la forma exploradas y fijadas por Rilke ejercieron una influencia determinante en la poesía.

24 ene. 2012

Javier Marías - Rainer María Rilke a la espera

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Cuando Rainer María Rilke era muy joven, fue a visitar al viejo Tolstoi en su finca de Yasnaya Polyana. Caminaban por el campo en compañía de la ubicua Lou Andreas-Salomé, y Tolstoi le preguntó a Rilke: «¿A qué se dedica usted ahora?», a lo que el poeta contestó natural y tímidamente: «A la lírica». Según parece, lo que recibió en respuesta fue no sólo una sarta de insultos, sino una diatriba en toda regla contra todo tipo de lírica, algo a lo que en modo alguno podía dedicarse nadie.

No cabe duda de que al joven Rilke las palabras del anciano maestro ruso tuvieron que entrarle por un oído y salirle por otro, ya que pocos poetas ha habido en la historia que más se hayan dedicado, precisamente dedicado, de manera obsesiva y excluyente, no sólo a la lírica sino exactamente a todo tipo de lírica. Rilke hacía lírica en sus poemas, pero también en sus prosas, en sus diarios, en sus cartas, en sus crónicas, en sus cuadernos de viaje, en su teatro. Cada vez que cogía la pluma, aunque sólo fuera para pedir un favor, hacía lírica, y no siempre de la más elevada. A decir verdad, y al menos en sus comienzos, era bastante dado al halago, y no se limitaba a mostrar un interés desmedido por la obra de otros o a alabarla, sino que como mínimo en dos ocasiones se ofreció a escribir sendos volúmenes sobre dichas alabadas obras: cumplió con el ofrecimiento en el caso del escultor Rodin, de quien además fue secretario una temporada, y —quizá para su fortuna— no llegó a cumplirlo con el pintor español Zuloaga, si bien tuvo claro durante algún tiempo en qué iba a consistir el proyecto: «Ese libro ardiente lleno de flores y danzas». Quién sabe si la vehemencia de Rilke no se diluyó en parte debido a una fiesta española a la que asistió en casa de Zuloaga en París, con motivo del bautizo del hijo de éste en 1906, y de la que el cronista de un periódico madrileño dejó constancia: «El guitarrista Llovet asombró con sus primores de ejecución, y el guitarrista Palmero acompañó flamencamente a la "bailaora" Carmela, dislocada y dislocadora en tangos como el del "morrongo" ante el buen abate Brebain, que contemplaba el baile estupefacto». No se sabe de la reacción de Rilke, pero por lo menos después de la fiesta hizo lírica, esto es, escribió un poema previsiblemente titulado «La bailarina española».

Como es bien conocido gracias a los trabajos del insigne experto Ferreiro Alemparte, la conexión española de Rilke fue larga y fecunda, coronada por su estancia de cuatro meses en Toledo y Ronda principalmente, con breves pasos por Córdoba, Sevilla y Madrid. Estas dos últimas ciudades le desagradaron sobremanera: de la capital andaluza, «aparte del sol no esperaba nada, y nada me dio, no tenemos nada que reprocharnos». Sin embargo le reprochó la catedral, «antipática, por no decir hostil», y dentro de ella «el detestable órgano, con un ruido empalagoso». Con la capital del reino fue aún más duro, le disgustó «casi tanto como Trieste» a la ida, y a la vuelta fue menos enigmático y aún más tajante: «... y esta triste tierra de Madrid, que es como si no tolerara ninguna ciudad, y como si tampoco hubiera querido ser nunca de corazón tierra labrada». Pasó sus horas en el Museo del Prado y salió corriendo, sin que le bastaran los Goya, los Velázquez y los Greco para reconciliarse.

Con El Greco anduvo tan obsesionado una temporada como lo estuvo otra con Zuloaga y con la lírica todas las de su vida entera, allí donde se encontrase. Lo cierto es que nunca estaba en el mismo sitio: se sabe que entre 1910 y agosto de 1914 pasó temporadas en una cincuentena de lugares diferentes, por lo que hay que suponer que su vida de esos años transcurrió, más que en ninguno de esos lugares, de viaje entre unos y otros. La errabundia había comenzado pronto tras su Praga natal, con Munich, Berlín y Venecia. Luego vino el primer viaje a Rusia, y al cabo de un año el segundo, ya mencionado. París, Venecia, Viareggio, París, Worpswede en Escandinavia, Alemania, París, Roma, el Norte de África, la esperada España, Duino sobre el Adriático, Munich, Viena, Zürich, Venecia, París, Ginebra, un verdadero caos. Resulta difícil comprender de dónde sacaba el dinero para tanto desplazamiento, y más aún para ayudar, aunque fuera a distancia y en grado mínimo, a la manutención de su hija Ruth, nacida de su matrimonio efímero con la escultora Clara Westhoff: se casaron en la primavera de 1901 y se separaron en mayo de 1902, quizá por eso en buenos términos. Aparte del vástago, algo más le debió a Clara el poeta: fue ella quien lo puso en contacto con Auguste Rodin, al que Rainer Maria debió a su vez uno de sus escasísimos empleos conocidos: hay constancia de que trabajaba para él «dos horas todas las mañanas». A tenor de sus cartas y diarios, Rilke se pasó la existencia «esperando» a la lírica y compartiendo esa espera, con diferentes mujeres, la mayoría, aristocráticas (al menos, de porte y nombre) y bien dispuestas a darle albergue en sus diversos castillos y propiedades para que esperara en ellos más cómodamente. Sintió pasiones amorosas o simplemente amistosas por la seductora Lou Andreas-Salomé, la desesperada Eleonora Duse, la Princesa Marie von Thum und Taxis, Baladine Klossowska, la Baronesa Sidonie Nádhemy de Borutin, Mathilde Vollmöller-Purrmann, la Contessina Pia Valmarana, la pianista Magda von Hattingberg, la escritora sueca Ellen Key, la Condesa Manon zu Solms-Laubach, Eva Cassirer-Solmitz, la Baronesa Alice Fähndrich von Nordeck zur Rabenau, Katharina von Düring Kippenberg, Elisabeth Gundolf-Salomon, Nanny Wunderly-Volkart, la Condesa Margot Sizzo-Noris Crouy, una tal Mimi de Venecia y por supuesto la Condesa y Poetisa de Noailles, hija del Príncipe Bassaraba de Brancovan, sin olvidar, faltaría más, a la Princesa de Cantacuzène. La verdad es que la lista parece y merece ser falsa, pero no lo era, y aún es más, al menos con un par de estas damas cosechó Rilke relativos fracasos: la Condesa de Noailles lo encontró feo, y además la primera frase que le dirigió, nada más ser presentados, fue muy grave: «Señor Rilke», le dijo, «¿qué piensa usted del amor... qué piensa usted de la muerte...?». En cuanto a la diva Duse, por la que Rilke sentía devoción pese a haberla conocido ya con mala salud, envejecida y desquiciada, vio fracasar su acercamiento por culpa de un pavo real que, en medio de un idílico picnic en una de las islas de Venecia, se aproximó astutamente hasta donde ellos estaban tomando el té y lanzó su espantoso chillido rauco al oído de la actriz, quien huyó despavorida no sólo del picnic sino de Venecia misma. Por alguna suerte de identificación caprichosa, Rilke se sintió solidario con el pavo, lo cual le acarreó extraños remordimientos y no pegar ojo durante toda la noche.

La compenetración de Rilke con los animales es bien conocida para cualquiera que haya leído la tan extraordinaria octava de sus Elegías de Duino. Probablemente en contacto con los perros dio el poeta lo mejor de sí mismo, siendo notable lo que vio en una perrita preñada y fea de Córdoba con la que compartió un azucarillo de su café y «celebramos en cierto modo la misa juntos». Ella le había solicitado una mirada, y, según Rilke, «en la suya se reflejaba toda esa verdad que trasciende más allá de lo individual, para dirigirse, yo no sé bien a dónde, hacia el porvenir, o hacia lo incomprensible». En cambio se sentía incómodo con los niños, aunque ellos lo adoraban. En cuanto a sus colegas escritores, es muy probable que su exagerado trato con las señoras no le dejara tiempo para alternar con ellos, aunque conoció levemente a algunos y, durante una estancia en Venecia, compartió con Gabriele d'Anunnzio, un valet oportunamente llamado Dante.

Al poeta de la voluptuosidad, sin embargo, no llegó a conocerlo personalmente. Rainer María Rilke, que antes se había llamado sólo Rene Rilke y a quien su amiga Taxis llamaría Doctor Seraphico, se pasó toda la vida aquejado de males tanto físicos como psíquicos mientras esperaba a la lírica. Sus allegadas no recuerdan haberlo visto casi nunca sin algún padecimiento o tormento, y él mismo no se recataba de mencionarlos en sus abundantes cartas y diarios: sus «desgracias constantes» le impedían «trabajar seriamente» allí donde se encontrara, y eso pese a estar siempre dispuesto a sacrificar la vida por el trabajo (el trabajo lírico, bien entendido). Valga un ejemplo: cuando se hallaba alojado en el fastuoso castillo de Berg am Irchel, en el cantón de Zürich, el ruido lejano de una serrería eléctrica al otro lado del parque le dificultaba la concentración y la concepción de sus versos. Según es sabido, la composición de las Elegías de Duino le llevó diez años, de los cuales la mayoría fueron sólo de espera. Cuando había suerte oía voces, como aquel día de enero en que, en medio del fragor de una tormenta, escuchó una que lo llamaba, una voz muy cercana que le decía al oído estas hoy famosas palabras: «¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes angélicos...?». Se quedó inmóvil, atendiendo a la voz del Dios. A continuación sacó su pequeño cuaderno lírico que llevaba siempre consigo, anotó estos versos y otros pocos que en seguida se formaron como involuntariamente. Luego, a la tarde, la primera elegía estaba acabada, pero al poco el Dios se calló, y durante diez años, con pequeños y provechosos intervalos parlanchines, sufrió cruelmente ese silencio, esperando. Habría que preguntarse, con todo, cuánto habría de verdad en esta legendaria espera del poeta Rilke que tan en vilo tenía a todas sus amigas aristocráticas, ya que André Gide, que lo trató poco pero en tiempos no muy feminizados, se acordaba de haberle oído contar que la mayoría de sus versos le salían de golpe y de corrido sin que después necesitaran apenas retoques. Le había mostrado el cuadernillo lírico, con bastantes poemas «improvisados en un banco del Jardín del Luxemburgo», sin una sola tachadura.

Como buen poeta, Rilke comulgaba mucho, no sólo con los animales sino con los astros, la tierra, los árboles, los dioses, los monumentos, los cuadros, los héroes, los minerales, los muertos (sobre todo con las muertas jóvenes y enamoradas), algo menos con sus vivos semejantes. El hecho de que un personaje tan sensible y comulgante resultara ser el más grande poeta del siglo (de eso hay escasa duda) ha traído consecuencias nefastas para la mayoría de los líricos que después de él han sido, quienes siguen comulgando indiscriminadamente con cuanto se les ofrece, con resultados, sin embargo, menos excepcionales y con grave menoscabo de sus personalidades. Dicho sea esto de paso.

Rilke era bajo y enclenque, feo al primer golpe de vista (luego menos), con una cabeza alargada y puntiaguda, gran nariz, labios muy sinuosos que acentuaban el mentón un poco fugitivo y su hoyuelo muy hondo, ojos hermosos y enormes, ojos de mujer con un brillo de infantil malicia, según la descripción de la Princesa Taxis. Es innegable que su compañía debía de resultar muy grata, al menos para esta clase de damas, que fueron quienes más se la beneficiaron. Pasó muchos apuros económicos, lo cual no le impidió ser crítico y selectivo hasta con la comida: seguía dietas vegetarianas y detestaba el pescado, que jamás probaba. No se sabe muy bien qué le gustaba, tanto en lo relativo a comidas como a otras cosas, a excepción de la letra j y, que escribía en cuanto podía, y amén, claro está, de los viajes y las mujeres. Confesaba que no podía hablar más que con ellas, que sólo a ellas comprendía y sólo con ellas estaba a gusto. Debía de ser, sin embargo, durante no mucho tiempo. «Qué quiere usted», dijo una vez su amigo Kassner para explicarle a la amiga Taxis una fuga de Rilke de la que se habían enterado; «todas esas mujeres acaban siempre por aburrirle...».

Rainer María Rilke murió de leucemia tras larga agonía en un hospital de Valmont, en Suiza, el 29 de diciembre de 1926, a la edad de cincuenta y un años. Cuatro días después fue enterrado en Raron, bajo el epitafio que con anterioridad había compuesto y elegido:

«Rosa, contradicción pura, placer / de no ser sueño de nadie entre tantos / párpados». 

También la lápida lírica, quizá eran sólo tres versos los que estuvo esperando tanto.


En Vidas escritas
Foto: efe


22 sept. 2010

Carta de Lou Andreas Salomé a Rilke, en París

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Göttingen, 27 de junio de 1914
sábado por la mañana


Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida. En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa.

No me canso de reflexionar sobre esto.

Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada... allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»). Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto. Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible». El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convenirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos». En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición.

Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.

Perdóname.

Lou



Extraída de la correspondencia entre Rainer María Rilke y Lou Andrés-Salomé, establecida y publicada por Ernst Pfeiffer (Rainer María Rilke/Lou Andrés-Salomé: Briefwechsel. Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952).

En Rainer María Rilke-Lou Andreas Salomé,
Correspondencia
Trad. José María Foucé
Barcelona, Hesperus, 1997




12 jun. 2010

Rilke a Lou Andréas-Salomé

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París, 4 de julio de 1914, sábado


Cinco semanas viviendo al día, acostándome con la mayor regularidad y no obteniendo de ella ningún provecho; no el provecho que, de ordinario, después de dos semanas se hace sentir infaliblemente: la regularidad de la existencia corporal, con relación a la cual el hastío, el dolor, el malestar, el descontento no son más que oscilaciones por encima o por debajo de lo que es normal, cuando uno guarda contacto con esta regularidad, que uno confía en ella al ser la cuerda sobre la que, más o menos bien, se interpreta el tema que cada uno es. Si tuviera que decírselo, en pocas palabras, a un médico: he perdido el nivel corporal; la menor influencia, un esfuerzo, ya se trate del esfuerzo intelectual de la lectura, o de la escritura, o del abandono y del dominio alternados con un momento productivo, o simplemente del más animal de los esfuerzos físicos (el hecho de abrir una puerta atrancada), he ahí lo que desde ahora provoca no ya tal o cual síntoma en mi cuerpo, sino la vacilación general de todas sus relaciones: y así se impone a mi conciencia en tanto que algo perturbado, reduce a ella todo lo que quisiera subsistir en ella, la colorea de punta a punta con sus miserias, a la menor ocasión. Incluso los seres que sufren, en los momentos de reflujo de su mal, vuelven a encontrar el nivel medio de su situación corporal, y a confiar en él, mientras que yo emigro, por decirlo así, sin descanso, de un estado general a otro. Incluso cuando, mal que bien, acepto el estado existente y me instalo en él, por muy penoso que sea, consintiendo en considerarlo neutro, pasa ya a adquirir matices tan evidentemente diferentes que al poco no podría ya identificarlo más que con la habilidad con que se metamorfosea. En cuanto a decir: «yo», y ver en ello una constante en la que lo corporal pudiera, de manera evidente y casi insensible, explicarse consigo mismo, en cuanto a estar seguro de poder afirmar un solo día esta constante no descompuesta sin tener que controlarla, protegerla, durante la noche (incluso la más propicia) para volver a encontrarla intacta al día siguiente: he ahí lo que ya no consigo desde hace años. Si una ocupación intelectual continua, de carácter muy documental, contrarrestara esta pasividad, jamás hubiera podido adquirir tamañas proporciones. Pero en mi propia situación, para la que tan importante era mantener el intelecto en la más peligrosa suspensión, exponerlo sin descanso a las influencias del cielo y de la tierra, el cuerpo no podía menos —en su entumecimiento— que sacar la peor lección de esta disposición del espíritu, que ponerse a imitarlo y hacerse productivo a la menor ocasión, a su manera, en sus propios estados. Imaginemos una bordadora cuyo cañamazo se transformara perpetuamente bajo sus manos, ya porque las mallas se aflojaran, ya porque se encogieran, o que el hilo fuera de diferente grosor: ¿cómo no acabaría repeliéndole el más hermoso punto de cruz o el más encantador motivo?...
Esta reacción horripilante se me ha hecho completamente precisa, a lo largo de los días tórridos: no se puede decir que los pasara de un modo desagradable, y sin embargo, el calor (asfixiante en mis habitaciones situadas justo bajo el techo) me costó las noches más torturantes y ayer, cuando cambió el tiempo, permanecía en un estado que la palabra agotamiento dista mucho de poder definir. La tensión y la relajación excesiva, desde los tejidos, que tan bien conozco, hasta las sienes, pasando por la faringe, se habían apropiado de toda la superficie de mi cuerpo hasta tal punto que parecía que en cada miembro una convulsión creciente quisiera abrir en ellos miles de pequeñas bocas a fin de realizar un bostezo. Me obligué tanto como pude a permanecer en mi mesa de trabajo hasta que finalmente tuve que acostarme; la convulsión disminuyó en el cuerpo, pero al mediodía se reprodujo con tal violencia en la cabeza y en el cuello que ni siquiera conseguí concentrarme en mi lectura, y ya no me quedaba más que hacer luto por el resto del día. Esto por lo que respecta al calor pero mañana será, evidentemente, otra influencia puesto que sigue siendo de la atmósfera —también la de las personas y las cosas— de donde las influencias surgen y me asaltan sin cesar; y como mi cuerpo responde incluso cuando nada lo solicita ni nadie le pregunta, el asunto es desesperado. La mano de mi peluquero, con su mezcla de perfume, diferente cada mañana, puede impresionarme de tal modo que cada vez salgo de allí con una disposición muy diferente; pero esta mano basta también para indisponerme físicamente: el hecho de querer evitarla respirando lo menos posible a medida que pasa por delante de mi cara, provoca nuevas tensiones en la frente y en la garganta (esto es solo un ejemplo); en resumen, esto es encontrarse a merced de cualquiera de la manera más lamentable y ridícula.

Mostrar este cuerpo a un médico, lleno como está de inoportunidades, al mismo tiempo que mi falsa relación con él, he ahí lo que, a fin de cuentas, será la única salida. No a un psicoanalista para que proceda a partir del pecado original (ya que oponer a la fascinación del pecado original una contrafascinación, es ésa, propiamente hablando, mi más íntima vocación y el pretexto de toda posición artística tomada en la vida), sino (mostrarlo) a un médico que a partir de lo corporal pudiera seguirlo muy lejos hasta lo espiritual. A ti, querida Lou, puedo decírtelo; pienso en Stauffenberg (cómo llegué a esta idea, cómo recientemente se reforzó mi confianza en él..., lo comentaremos de viva voz). Él quiere disponer de tiempo para mí en agosto, por lo que es de prever que para esas fechas no estaré lejos de él (incluso en Munich o en los alrededores). Siento no poder acudir desde ahora mismo, ya que aquí me atormento como un perro que se ha clavado una espina en el pie y que cojea y se lame; y que cada vez que apoya su pie ya no es perro, sino espina, algo que él no comprende ni podría ser. No me cabe en la cabeza que no pueda haber buenos y sencillos remedios susceptibles de reducir poco a poco en mí los fenómenos que, de alguna manera, se exteriorizan por sí mismos en la periferia, como las espinas tragadas por los histéricos. No se trata en este caso de ayudarme en lo más interior de mí mismo, en mi fondo primordial (ahí, al contrario, las ayudas se acumulan sin cesar), sino de liberarme las manos a fin de que pueda coger esas ayudas. Solo ocho, o tres días viviendo en ese estado que se llama «bienestar», es decir, la neutralidad física (la imparcialidad del cuerpo) y ya la potencia en mi interior sería preponderante y me asumiría; mientras que por ahora soy yo quien se arrastra penosamente con esta potencia, como un pájaro enfermo hundido bajo el peso de sus alas.

Rainer

1 ene. 2008

Rainer María Rilke - Der Panther (bilingüe)

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Im Jardin des Plantes, Paris , 6.11.1902


Sein Blick ist vom Vorübergehn der Stäbe
so müd geworden, dass er nichts mehr hält.
Ihm ist, als ob es tausend Stäbe gäbe
und hinter tausend Stäben keine Welt.

Der weiche Gang geschmeidig starker Schritte,
der sich im allerkleinsten Kreise dreht,
ist wie ein Tanz von Kraft um eine Mitte,
in der betäubt ein großer Wille steht.

Nur manchmal schiebt der Vorhang der Pupille
sich lautlos auf -. Dann geht ein Bild hinein,
geht durch der Glieder angespannte Stille -
und hört im Herzen auf zu sein.


Versión de Jaime Ferreiro

Su mirada se ha cansado de tanto observar
esos barrotes ante sí, en desfile incesante,
que nada más podría entrar ya en ella.
Le parece que sólo hay miles de barrotes
y que detrás de ellos ningún mundo existe.

Mientras avanza dibujando una y otra vez
con sus pisadas círculos estrechos,
el movimiento de sus patas hábiles y suaves
va mostrando una rotunda danza,
en torno a un centro en el que sigue alerta
una imponente voluntad.

Sólo a veces, permite en silencio, la apertura
de los cortinajes que ocultaban sus pupilas;
y cruza una imagen hacia adentro,
se desliza a través de los tensos músculos
cae en su corazón, se desvanece y muere.


Versión de Sergio Ismael Cárdenas Tamez

Del deambular de las barras se ha cansado tanto
su mirada, que ya nada retiene.
Es como si hubiera mil barras
y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.

El suave andar de pasos flexibles y fuertes,
que gira en el más pequeño círculo,
es como una danza de fuerza entorno un centro
en el que se yergue una gran voluntad dormida.

Sólo a veces se abre mudo el velo
de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,
recorre la tensa quietud de sus miembros
y en el corazón su existencia acaba.

3 jul. 2007

Rainer María Rilke - Réquiem para una amiga

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Retrato de Rainer María Rilke, óleto de Paula Modersoh-Bécker


(Para la pintora Paula Modersohn - Bécker, muerta de parto.)


Tengo muertos y los dejé partir.
Y me admiré de verlos así tan resignados,
así pronto hogareños en la muerte, así de equitativos,
tan distintos a su fama. Tan sólo tú regresas,
me rozas, me rondas, quieres topar con algo
que a ti suene y te delate.
Ay, no me tomes lo que con lentitud aprendo.
Yo estoy en lo cierto, pero tú yerras
si añoras al tocarte alguna cosa .
Nosotros la cambiamos; no está aquí,
la reflejamos desde nuestro ser
tan pronto como la reconocemos.
…..Yo te creía mucho más lejana. Me perturbaba
el que ahora te extravíes y vuelvas,
tú, que transformaste más que otra mujer alguna.
No es que nos espantara la causa de tu muerte,
no, mas que su rigor oscuramente nos interrumpiese,
arrancando el hasta entonces desde ahora,
eso es lo que a nosotros nos atañe; ponerlo en su lugar
será nuestra tarea en todo lo que hagamos.
Pero el que tú misma te espantaras, y aún te espantes,
donde el espanto no tiene ya razón de ser;
que tú pierdas un pedazo de tu eternidad,
y entres aquí, amiga, en el aquende,
donde todavía nada hay que sea; que tú dispersa
por primera vez en el Todo, a medias dispersa,
no captes el comienzo de las infinitas naturalezas
al modo como aquí captabas todas las cosas;
que desde ese círculo en que giras ya cogida,
la muda gravedad, inquieta de algún modo,
te arrastre abajo, al tiempo ya saldado-:esto,
cual ladrón que irrumpe de pronto, me despierta muchas veces
de noche. Y si a mí me fuera dado decir que tan sólo te dignas
venir desde tu magnanimidad, desde tu abundancia,
porque estás tan segura, tan adentro de ti misma,
que vas de un sitio a otro, como un niño,
sin miedo a que algo malo te suceda-:
pero no: tú suplicas. Eso me penetra hondo hasta
los huesos, y me pasa y tronza como una sierra.
Un reproche, que soportases como un espectro,
y a mí me lo pasaras, cuando por la noche me recojo
a mis pulmones, en lo más entrañable de mis vísceras,
en la última morada, en la más pobre de mi corazón,-
semejante reproche no sería tan cruel
como esta súplica. ¿Qué suplicas?
…..Dime, ¿es que debo emprender un viaje? ¿Has dejado
a tu espalda alguna cosa, que te atormenta
y quiere acompañarte? ¿Debo ir a un país
al que tú no has visto, aún cuando resulte
familiar, como la otra mitad de tus sentidos?
Navegar quiero por sus ríos, quiero
saltar a tierra e inquirir por sus viejas costumbres,
quiero hablar con las mujeres en las puertas,
y observar cuando llaman a sus hijos.
Quiero grabarme cómo componen el paisaje
cuando están fuera en la antigua labor
de los prados y campos; anhelo ser llevado
en presencia de su rey,
y quiero mover a los sacerdotes, por medio del soborno,
para que me pongan ante la estatua más fuerte
y me dejen dentro cerrando las puertas del templo.
Mas luego quiero, cuando mucho sepa,
contemplar humilde a los animales,
para que un poco de su gracia pase a mis miembros;
deseo tener en sus ojos breve existencia,
que me retengan y despacio me dejen ir,
serenos sin juzgarme.
Haré que jardineros me muestren muchas flores,
para que de todos los trozos sueltos
de sus bellos nombres propios
obtenga un extracto de mil aromas.
Y quiero comprar frutos, frutos donde otra vez
esté hasta los cielos metido el campo.
…..Pues tú comprendiste esto: frutos plenos.
Los ponías en platos frente a ti,
y medías con colores su peso.
Y así como frutos contemplabas también a las mujeres.
E igualmente veías a los niños, tendiendo
desde dentro a las formas varias de su existencia.
Y al fin te veías a ti misma como un fruto.
Te hurtabas de tus ropas y posabas delante
del espejo, te metías en él, en su interior,
excepto tu mirada. Tu enorme mirada quedaba fuera
y no decía: eso soy yo; no, sino tan sólo: eso es.
Así, sin curiosidad, estaba tu mirada,
así de desprendida, así de verse pobre,
que ni a ti misma codiciaba: santa.
…..Así quiero yo guardarte, tal como
posabas en los espejos, dentro de tu hondura,
y de todo alejada. ¿por qué llegas ahora siendo otra?
¿Acaso quieres retractarte de algo? ¿Pretendes
persuadirme de que en las cuentas de ámbar
que rodeaban tu cuello había aún algo pesado,
de aquella pesadez de que carecen
los cuadros acallados del allende? ¿Quieres
pronosticarme un mal agüero con tu comportamiento?
¿Qué te quieren decir los contornos de tu cuerpo
como líneas de una mano
para que yo ya no las pueda ver sin destino?
…..Aproxímate a la luz de la vela. A mí no me da miedo
contemplar a los muertos. Pues si vienen
están en su derecho de quedarse
en nuestra mirada como las demás cosas.
…..Acércate; estémonos callados un momento.
Mira esta rosa sobre mi mesa de escribir;
¿no es la luz que la circunda tan tímida
como la que se cierne sobre ti? No debería estar tampoco aquí.

…..Su sitio es el jardín, no mezclada conmigo,
debiera haberse quedado o extinguido,-
ahora perdura así: ¿qué es mi conocimiento para ella?

No te espantes si yo ahora, ay, comprendo,
ahora asciende en mí: no puedo evitarlo.
Comprenderé, aun cuando por ello me muriera.
Comprender que tú estás aquí. Comprendo.
Como ciego cuando palpa una cosa
siento tu destino y no sé nombrarlo.
Prorrumpamos ambos a dos la queja, para
que uno te saque de tu espejo. ¿Puedes llorar aún?
No puedes. La fuerza y afluencia de tus lágrimas
han transmutado en tu mirar maduro,
y estabas atareada, cualquier humor en ti,
en trasladarlo a tu fuerte existencia.
Ésta asciende y gira en ciego equilibrio.
Allí te desgarró el azar, tu postrero azar.
Te desgarró retrógrado desde un avanzadísimo progreso
y te desgarró del todo; se desgarró primero sólo un trozo,
mas como día a día en torno a un trozo
iba creciendo la realidad y se tornó pesada,
necesitaste emplearte toda entera: fuiste pues a su encuentro
y esforzada te rompiste a trozos de la ley,
porque a ti misma te necesitabas. Entonces
te derribaste y cavaste desde tu corazón
atemperado terruño nocturno que haría germinar
las semillas aún verdes de tu muerte, tuya,
tu muerte propia con tu propia vida,
y las comiste, granos de tu muerte,
y los comiste como todo el mundo, los granos de tu muerte,
y te quedó un regusto de dulzura,
que tú no sospechabas, tus labios fueron dulces,
tú, que eras ya dulce en el interior de tus sentidos.
…..Concédenos la queja: ¿Sabes cómo tu sangre
se demoraba sin par desde un círculo
y volvía a disgusto cuando tú la reclamabas?
Qué confusa la tomaba de nuevo
la circulación menor de tu cuerpo; con qué recelo
y pasmo entraba en la placenta, y se hallaba cansada
al volver de su largo recorrido.
…..La acosabas, la echabas por delante,
la empujabas al centro de la hoguera,
tal como se hace con los animales que van al sacrificio;
y aún querías que estuviera contenta,
y al fin lo conseguías a la fuerza: se ponía contenta,
y acudía sumisa a entregársete. Así te parecía,
porque tenías otras medidas por costumbre,
sería tan sólo por un momento;
pero entonces estabas en el tiempo, y el tiempo
es largo, pasa y se acrecienta,
y es como recaía de larga enfermedad.
…..Corta fue tu vida si la comparas
con aquellas horas cuando sentada
doblegabas en silencio las múltiples fuerzas
de tu mucho futuro en aras de tu nuevo vástago en germen,
que era otra vez destino. Oh, trabajo infeliz,
superior a todas las demás fuerzas. Y tú lo cumplías
día tras día, y a rastras lo seguías,
traías del telar la hermosa trama,
y siempre de otro modo usabas todos los hilos.
Y al fin aún te quedaba ánimo de festejar.
…..Pues listo el trabajo querías tener el premio,
igual que los niños que apuran su té agridulce
como medicina que acaso sana.
Así tú te premiabas, pues de todo otro premio
estabas muy distante, incluso ahora;
nadie se hubiera imaginado el premio que a ti te agradaba.
Tú sí, tú lo sabías. Tú posabas en tu lecho de puérpera,
y en frente de ti se alzaba el espejo, que te devolvía
todas las cosas. Y tú eras todo eso
ante ti misma, y dentro había sólo ilusión,
la bella ilusión de toda mujer que gustosa
se enjoya y muda de peinado.
…..Así te has muerto tú, como antaño morían las mujeres,
te moriste a la moda antigua, en la casa caliente,
tal como se mueren las parturientas
que quieren cerrarse y ya no lo logran,
porque aquello oscuro que coparieron
retorna una vez más, empuja y entra.
Ay, ¿no habría que buscar plañideras,
las mujeres que plañen por dinero,
a las que así se les puede pagar
para gritar en la noche serena su planto?
¡Vengan usos aquí! No tenemos bastantes.
Todo pasa y las palabras se extinguen.
Así debes venir tú, muerta, y aquí conmigo
Recobrarás la queja.
¿Es que no oyes mi queja? Quisiera echar mi voz
como un paño sobre los añicos de tu muerte
y vapulearlo hasta hacerlo harapos,
y todo lo que diga en esta voz
irá así de harapiento y de frío entumecido;
permanece en tu queja. Pero yo ahora acuso:
no a Uno que te retrajo de ti,
(yo no lo identifico, es como todos)
acuso a todos en él: al varón.
…..Si en algún sitio profundo en mí surge
un niño que existió, al que aún no conozco,
quizá el más acendrado ser-niño de mi infancia,
un ángel, y sin reparar en él
lanzarlo a la vanguardia de los ángeles
gritadores, que hacen que Dios recuerde.
…..Pues esa aflicción es ya demasiado larga
y no hay nadie que la pueda llevar, nos es harto pesado
el confuso dolor de un amor falso,
que, como un uso en vías de extinción,
se le llama derecho, y crece de un entuerto.
Dónde el varón que tenga derecho de poseer.
Quién puede poseer lo que en sí mismo no se sostiene,
sólo lo que feliz de cuando en cuando se coge como al vuelo
y otra vez se tira como el niño la pelota.
Como el estratega que a duras penas mantiene
firme una Nike en la proa de la nave
si el arcano alado ser de su divinidad
la alza de súbito en la clara brisa marina,
así menos puede uno de nosotros
llamar a la mujer que no nos ve
y que sobre una estrecha franja de su existencia
se aleja, como por un milagro, sin tropiezo:
el que lo hiciere se haría con gusto culpable.
…..Porque la culpa es eso, si es que de algún modo la culpa existe:
no acrecentar la libertad del ser al que se ama
por la libertad que de uno mismo surge.
Tenemos sí, donde quiera que amemos,
sólo esto: dejarnos, pues retener,
eso es fácil y huelga el aprenderlo.
…..¿Estás tú aún ahí? ¿En qué rincón estás?
Has sabido mucho a pesar de todo,
y así lo has sabido hacer, pues así te entregabas,
abierta para todo, como el romper de un día.
Las mujeres sufren: amar dice soledad,
y artistas presienten a veces en el trabajo
que es menester transformarse donde quiera que amen.
Tú empezaste ambas cosas, ambas están en aquello que ahora
trunca una gloria que se va contigo.
Ay, tú estabas lejos de aquella gloria. Te recatabas
en tu sencillez; suavemente habías recogido tu belleza
tal como se recoge una bandera
en la mañana gris de un día laborioso,
y no ansiabas más que un trabajo largo,-
la labor no hecha: no hecha sin embargo.
…..Si tú estás aún ahí, si en esa oscuridad hay todavía
un lugar donde tu sensible espíritu
resuena en las llamas ondas sonoras,
una voz que, solitaria en la noche,
se conmueve en la corriente de un alto aposento:
Entonces óyeme: Ayúdame, mira, así nos deslizamos
sin saber cuándo, retrógrados desde nuestro progreso,
en algo que no acertamos como en un sueño
y dentro morimos sin despertar.
Ninguno va más lejos. A aquel a quien su sangre
levante hasta una obra de largo alcance
le puede suceder que no la mantenga en alto,
y vaya por su peso sin valor.
Pues por doquier existe una antigua hostilidad
Entre la vida y el trabajo grande:
Ayúdame para que lo vea y lo proclame.
…..No vuelvas. Si lo soportas sé así,
muerta junto a los muertos.
Los muertos están bien entretenidos.
Pero ayúdame de modo que ello no te disperse,
Como en mí lo más lejano me ayuda.

Escrito el 31 de octubre y el 1 y 2 de noviembre de 1908, en París