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3 abr. 2011

Alfonso Reyes - Sócrates

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(Conversación improvisada)

Sólo la segunda parte de su vida es bien conocida y tiene trascendencia para la filosofía y la ética. Es hijo de un albañil y de la comadrona Fenaretes, de quien él dice haber heredado el don de partear las almas. Alcibíades que lo admiraba y le debía la vida en algún combate, admiraba también su don de beber y comer sin embriagarse ni enfermarse; y dice que, durante la campaña de Polidea, se advirtió que, apoyado en su lanza, pasó en éxtasis toda una noche sin moverse. Sócrates solía decir que oía la voz de su demonio interior, el cual siempre lo aconsejaba.

A pesar de estos aspectos místicos, fue un filósofo de la razón. En vez de ocuparse de la constitución del universo como los filósofos anteriores, se interesó por el alma humana y por la conducta de los hombres. Quería que los hombres supieran bien lo que se proponían. No ofrecía sistema filosófico determinado; deseaba que cada uno se interrogase a sí mismo con sinceridad, y descubriese su propio camino. Se confesaba inspirado por el lema del oráculo de Delfos: "Conócete a ti mismo"; y se declaraba irónicamente el más sabio, porque, decía: "Yo sólo sé que nada sé."

De su salud y de su resistencia da prueba el Banquete de Platón; donde, tras larga discusión filosófica sobre la naturaleza del amor, todos acaban borrachos por el suelo, y él sale incólume al amanecer, a tomar su baño matinal.

Se pasaba el día por las calles, en los mercados o escuelas de muchachos, sometiendo a todos a sus terribles interrogatorios o parteos del alma ("mayéutica"). Por eso incomodó a muchos, haciéndoles ver su ignorancia, y se rodeó de enemigos. Pero a los jóvenes que tenían verdadera virtud los detenía al paso, se los llevaba consigo, los educaba y provocaba en ellos una verdadera adoración.

En su casa no era feliz por la irascibilidad e incomprensión de su segunda esposa, Jantipa, Ésta, que tal vez lo consideraba algo plebeyo, se impacientaba por la costumbre que él tenía de bailar desnudo para hacer ejercicio, y parece que llegaba a pegarle. Es suyo ese dicho hoy tan repetido, y que sin duda le fue inspirado por su experiencia personal: le consultó uno de sus discípulos si debía casarse, y él contestó:

—Haz lo que quieras, en uno u otro caso tendrás que arrepentirte.

Era feo, algo rechoncho, romo y con una barba descuidada. Alcibíades lo comparaba con los Silenos o Sátiros que vendían en el mercado: horribles por fuera, pero que tenían dentro una imagen de la diosa Atenea. Un forastero, ignorante de su fama, le dijo, entre el escándalo de sus discípulos:

—A juzgar por tu cara, tú estás lleno de malas pasiones.

Y él contestó serenamente:

—Tú me conoces; lo que pasa es que domino todas mis pasiones.

Pero no pudo dominar la inquina que despertaba entre los mediocres con su famosa "mayéutica", interrogatorios con que les quitaba el disfraz. Acabaron por acusarlo de impiedad o desacato a los dioses de su nación, que era entonces la acusación general contra los "intelectuales". Naturalmente, él sólo aceptaba las fábulas mitológicas como un símbolo, y según la ironía de Voltaire, de él decía la gente vulgar: "No me hablen de ese ateo para quien sólo hay un Dios único."

Durante el juicio a que se le sometió se produjo en él algo como una distracción mística: en vez de defenderse, se burló de sus jueces, e insistió en que su misión para con la ciudad era la misión providencial del tábano para con el caballo: excitarlo y hacerlo brincar. A cambio de ciertas retractaciones, se le ofrecía una pena leve, como el destierro transitorio; pero él no quiso retractarse y fue condenado a muerte, a beber la cicuta.

Un escritor nuestro ha dicho que la cicuta fue la venganza contra la "mayéutica".

Los discípulos le ofrecían sacarlo ocultamente de la prisión. Fiel a sus principios, prefirió cumplir su condena por respeto a las leyes de su ciudad. Bebió la cicuta rodeado de sus llorosos amigos, y los consolaba diciéndoles:

—A mí me toca la mejor parte; tal vez me espera lo mejor. Debéis sacrificar un gallo a Esculapio (Asclepio), el dios de la medicina, que me ha curado de la enfermedad de la vida.

Y así murió serenamente, cubierto el rostro para no mostrar el rictus de la agonía.

En uno de sus geniales cuentos, "Clarín" (Leopoldo Alas) nos refiere que, al día siguiente de la muerte de Sócrates, Critón, discípulo tonto e "idealista de segunda mano", andaba detrás de un gallo que trepaba las bardas para escapársele y le decía:

—¿No comprendes que tu maestro hablaba en parábolas? ¿Que eso de sacrificar un gallo no era más que un modo pintoresco de hablar?

Critón no quiso entender de razones y alcanzó al gallo de una pedrada. El gallo, al morir, exlamó:

—¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino. Hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Sócrates nunca escribió una línea: no creía en los libros, ni en los conocimientos que en ellos se depositan con daño de la memoria. Sólo creía en lo que se trae adentro y en el trato entre los hombres. Pero sus insignes discípulos, el sublime Platón, el agradable Jenofonte y otros, han recogido en sus obras las enseñanzas del maestro y han trazado de él una imagen imperecedera. Fue algo como un Cristo pagano.

Febrero de 1957

En Rescoldo de Grecia