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8 ene. 2014

Summis desiderantes - Bula de Inocencio VIII

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Bula Inocencio VIII
Inocencio, Obispo, Siervo de los siervos de Dios,
para eterna memoria

Nos anhelamos con la más profunda ansiedad, tal como lo requiere Nuestro apostolado, que la Fe Católica crezca y florezca por doquier, en especial en este Nuestro día, y que toda depravación herética sea alejada de los límites y las fronteras de los fieles, y con gran dicha proclamamos y aun restablecemos los medios y métodos particulares por cuyo intermedio Nuestro piadoso deseo pueda obtener su efecto esperado, puesto que cuando todos los errores hayan sido desarraigados por Nuestra diligente obra, ayudada por la azada de un providente agricultor, el celo por nuestra Santa Fe y su regular observancia quedarán impresos con más fuerza en los corazones de los fieles. Por cierto que en los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la más amarga pena, la noticia de que en algunas partes de Alemania septentrional, así como en las provincias, municipios, territorios, distritos y diócesis de Maguncia, Colonia,Tréveris, Salzburgo y Bremen, muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonaron a demonios, íncubos y súcubos, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y otros execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aun, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, viñedos, huertos, praderas, campos de pastoreo, trigo, cebada y todo otro cereal; estos desdichados, además, acosan y atormentan a hombres Y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, con terribles dolores y penosas enfermedades, tanto internas como exteriores; impiden a los hombres realizar el acto sexual y a las mujeres concebir, por lo cual los esposos no pueden conocer a sus mujeres, ni éstas recibir a aquéllos; por añadidura, en forma blasfema, renuncian a la Fe que les pertenece por el sacramento del Bautismo, y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos, con peligro moral para su alma, con lo cual ultrajan a la Divina Majestad y son causa de escándalo y de peligro para muchos. Y aunque Nuestros amados hijos Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, profesores de teología de la orden de los Frailes Predicadores, han sido nombrados, por medio de Cartas Apostólicas, Inquisidores de estas depravaciones heréticas, y lo son aún, el primero en las ya mencionadas regiones de Alemania septentrional en las que se incluyen los ya citados municipios, distritos, diócesis y otras localidades específicas, y el segundo en ciertos territorios que se extienden a lo largo de las márgenes del Rin, no obstante ello, no pocos clérigos y laicos de dichos países tratan, con excesiva curiosidad, de enterarse de más cosas de las que les conciernen, y como en las ya aludidas cartas delegatorias no hay mención expresa y específica del nombre de estas provincias, municipios, diócesis y distritos, y dado que los dos delegados y las abominaciones que deberán enfrentar no se designan en forma detallada y especial, esas personas no se avergüenzan de aseverar, con la más absoluta desfachatez, que dichas enormidades no se practican en aquellas provincias, y que en consecuencia los mencionados Inquisidores no tienen el derecho legal de ejercer sus poderes inquisitoriales en las provincias, municipios, diócesis, distritos y territorios antes referidos, y que no pueden continuar castigando, condenando a prisión y corrigiendo a criminales convictos de las atroces ofensas y de las muchas maldades que se han expuesto. Por consiguiente, en las referidas provincias, municipios, diócesis y distritos, las abominaciones y enormidades de que se trata permaneces apunes, no sin manifiesto peligro para las almas de muchos y amenaza de eterna condenación.

Por cuanto Nos, como es Nuestro deber, Nos sentimos profundamente deseosos de eliminar todos los impedimentos y obstáculos que pudieren retardar y dificultar la buena obra de los Inquisidores, así como de aplicar potentes remedios para impedir que la enfermedad de la herejía y otras infamia dan su ponzoña pace destrucción de muchas almas inocentes, y como Nuestro celo por la Fe nos incita a ello en especial, y para que estas provincias, municipios, diócesis, distritos y de Alemania, que ya hemos especificado, no se vean privados de los beneficios del Santo Oficio a ellos asignado, por el tenor de estos presentes, y en virtud de Nuestra. autoridad Apostólica, decretamos y mandamos que los mencionados Inquisidores tengan poderes para proceder a la corrección, encarcelamiento y castigo justos de cualesquiera personas, sin impedimento ni obstáculo algunos, en todas las maneras, como si las provincias, municipios, diócesis, distritos, territorios, e inclusive las personas y sus delitos, hubiesen sido específicamente nombrados y particularmente designados en Nuestras cartas. Más aun, decimos, y para mayor seguridad extendemos estas cartas, de delegación de esta autoridad, de modo que alcancen a las aludidas provincias, municipios, diócesis, distritos y territorios, personas y delitos ahora referidos, y otorgamos permiso a los antedichos Inquisidores, a cada uno de ellos por separado o a ambos, así como también a Nuestro amado hijo Juan Gremper, cura de la diócesis de Constanza, Maestro en Artes, como su notario, o a cualquier otro notario público que estuviere junto a ellos, o junto a uno de ellas, temporariamente delegado en las provincias, municipios, diócesis, distritos y aludidos territorios, para proceder, en consonancia con las reglas de la Inquisición, contra cualesquiera personas, sin distinción de rango ni estado patrimonial, y para corregir, multar, encarcelar y castigar según lo merezcan sus delitos, a quienes hubieren sido hallados culpables, adaptándose la pena al grado del delito. Más aun, decimos que disfrutarán de la plena y total facultad de exponer y predicar la palabra de Dios a los fieles, tan a menudo como la oportunidad se presentare y a ellos les pareciere adecuada, en todas y cada una de las iglesias parroquiales de dichas provincias, y podrán celebrar libre y legalmente cualesquiera ritos o realizar cualesquiera actos que parecieren aconsejables en los casos mencionados. Por Nuestra suprema Autoridad, les garantizamos nuevamente facultades plenas y totales.

Al mismo tiempo, y por Cartas Apostólicas, solicitamos a Nuestro venerable Hermano el Obispo de Estrasburgo que por si mismo anuncie o por medio de otros haga anunciar el contenido de Nuestra Bula, que publicará con solemnidad cuando y siempre lo considere necesario, o cuando ambos Inquisidores o uno de ellos le pidan que lo haga. También procurará que en obediencia a Nuestro mandato no se los moleste ni obstaculice por autoridad ninguna, sino que amenazará a todos los que intenten molestar o atemorizar a los Inquisidores, a todos los que se les opongan, a esos los rebeldes, cualesquiera fuere su rango, fortuna, posición, preeminencia, dignidad o condición, o cualesquiera sean los privilegios de exención que puedan reclamar, con la excomunión, la suspensión, la interdicción y penalidades, censuras y castigos aun más terribles, como a él le pluguiere, y sin derecho alguno a apelación, y que según su deseo puede por Nuestra autoridad acentuar y renovar estas penalidades , tan a menudo como lo encontrare conveniente, y llamar en su ayuda, si así lo deseare, al brazo Secular.

Non obstantibus . . . Que ningún hombre, por lo tanto. Pero si alguno se atreviere a hacen tal cosa, Dios no lo quiera,. hacedle saber que sobre él caerá la ira de Dios todopoderoso, y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, en San Pedro, el 9 de diciembre del Año de la Encarnación de Nuestro Señor un mil y cuatrocientos y cuarenta y ocho, en el primer Año de Nuestro pontificado.




7 ene. 2014

James George Frazer - El mago público

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El lector recordará que nos enfrascamos en el laberinto de la magia por una consideración de dos diferentes tipos de "hombre-dios". Esta pista ha guiado nuestros errantes pasos a través del embrollo y al fin a un terreno firme, desde donde, descansando un poco del viaje, podemos mirar hacia atrás el sendero que acabamos de andar y hacia adelante al más largo y escarpado camino que todavía hemos de subir.

Como resultado del examen precedente, pueden distinguirse convenientemente los dos tipos de "hombre-dios", el religioso y el mágico, respectivamente. En el primero se supone que un ser de orden diferente y superior al hombre llega a encarnar, por mucho o poco tiempo, en un cuerpo humano, manifestando su poder y sabiduría sobrehumanos, haciendo milagros y profecías reveladas por medio del tabernáculo carnal que se ha dignado tomar como morada. También este tipo de hombre-dios puede denominarse apropiadamente el inspirado o encarnado. En él, su cuerpo humano es sólo un frágil vaso de barro lleno de un espíritu inmortal y divino. En cambio, el hombre-dios de la clase mágica no es otra cosa que un hombre que posee en grado inusitado los altos poderes que la mayoría de sus compañeros se arrogan, aunque en más pequeña escala, pues en una sociedad primitiva no es fácil encontrar una persona que no sea ducha en magia. Así, mientras un hombre-dios del tipo primero o inspirado deriva su divinidad de una deidad que ha condescendido a ocultar su esplendor celestial tras una máscara opaca de barro moldeado, un hombre-dios del segundo tipo deriva su poder extraordinario de una especial simpatía con la naturaleza. No es meramente el receptáculo de un espíritu divino. Su ser entero, cuerpo y alma, está así tan delicadamente acorde con la armonía universal, que un toque de su mano o un giro de su cabeza producirá una conmoción vibrante en la estructura universal de las cosas; y a la inversa, su organismo divino será agudamente sensible a los más ligeros cambios del ambiente, que dejarían enteramente impasibles a la mayoría de los mortales. Mas el límite entre los dos tipos de hombre-dios, por muy fácil que nos sea diseñarlo en teoría, raras veces puede delinearse en la práctica, por lo que no insistimos más en la distinción.

Hemos visto que el arte mágico en la práctica puede emplearse para el beneficio de los individuos o de la sociedad en general, y que según que se dirija a uno u otro de los dos objetivos puede denominársele magia pública o privada. Además, dejamos señalado que el mago público ocupa una posición de gran influencia, desde la cual, si es hombre prudente y hábil, puede avanzar poco a poco al rango de jefe o rey. Un examen de la magia pública nos conduce a la comprensión de la realeza primitiva, puesto que en la sociedad salvaje y bárbara muchos jefes y reyes en gran medida parecen deber su autoridad a su reputación como magos.

Entre los objetivos de utilidad pública que puede proponerse la magia, el más esencial es el suministro adecuado de víveres. Los ejemplos citados en las páginas anteriores prueban que los proveedores de alimentos, cazador, pescador, labrador, recurren todos a las prácticas mágicas en la consecución de sus variadas ocupaciones; mas ellos lo hacen sólo como individuos y para su beneficio y el de sus familias, y no como funcionarios públicos que actúan en interés general. Sucede lo contrario cuando los ritos no se ejecutan por los cazadores, pescadores y labriegos, sino por magos profesionales y para todos. En la sociedad primitiva, donde la uniformidad de las ocupaciones es la regla y apenas ha empezado la diferenciación de la comunidad en varias clases de trabajadores, cada hombre es más o menos su propio mago; él practica conjuros y encantamientos para su propio bien y en daño de sus enemigos. Cuando se instituye una clase especial de magos se realiza un gran progreso; en otras palabras, cuando se escoge a cierto número de hombres con el expreso propósito de beneficiar a la sociedad en general por su habilidad, ya dirigiendo su pericia contra las enfermedades, el pronóstico del futuro, la regulación del tiempo o cualquier otro designio de utilidad general. La importancia de los medios adoptados por la mayoría de estos prácticos en el cumplimiento de sus fines no debe ocultarnos la inmensa importancia de la institución misma. Aquí encontramos, al menos en los más altos grados de salvajismo, a un grupo de hombres relevados de la necesidad de ganarse la vida con el duro trabajo manual, lo que les permite y aun les anima a seguir investigando en las secretas vías de la naturaleza. Era a la vez su deber y su interés saber más que sus compañeros para familiarizarse con todo lo que pudiera ayudar al hombre en su lucha ardua con la naturaleza, todo lo que pudiera mitigar sus sufrimientos y prolongar la vida. Las propiedades de las drogas y minerales, las causas de la lluvia y de las sequías, del trueno y del relámpago, los cambios de las estaciones, las fases de la luna, la jornada diaria y el viaje anual del sol, los cambios de las estrellas, el misterio de la vida y el misterio de la muerte: todas estas cosas debieron excitar el deseo de estos tempranos filósofos, estimulándolos a encontrar soluciones a los problemas que indudablemente llamaron su atención con más frecuencia en la forma más práctica, debido a las demandas apremiantes de sus clientes, que esperaban de ellos no sólo entender, sino regular los grandes procesos naturales para el bien del hombre. No es de extrañar que sus primeros disparos dieran muy lejos del blanco. La aproximación lenta y nunca terminada hacia la verdad consiste en una perpetua formación y comprobación de hipótesis, aceptando las que en cada momento creemos adecuadas a los hechos y rechazando las demás. Las perspectivas de las causas naturales acogidas por el mágico salvaje no es dudoso que ahora parezcan manifestaciones falsas y absurdas. En su día fueron hipótesis legítimas, aunque no soportaran la prueba de la experiencia. Ridículos y vituperables son los justos calificativos, no a los que inventaron estas teorías rudas, sino a los que obstinadamente las aceptaron después de haberse propuesto otras mejores. Es indudable que ningún hombre pudo tener nunca mayores incentivos en la prosecución de la verdad que estos hechiceros salvajes. Mantener por lo menos una apariencia de sabiduría era absolutamente necesario; una simple equivocación que se descubriese podía costarles la vida. Sin duda que esto les condujo a practicar la impostura con el propósito de encubrir su ignorancia, pero también les dio el motivo más poderoso para sustituir el conocimiento fingido por el real, puesto que si se desea aparentar que se conoce alguna cosa, el mejor método es conocerla de verdad. Así, sin embargo, aunque podemos justamente rechazar las pretensiones extravagantes de los magos y condenar las supercherías con que engañaron a la humanidad, la institución original de esta clase de hombres, tomándola en su conjunto, ha producido un bien incalculable para los humanos. Ellos fueron los predecesores directos, no sólo de nuestros médicos y cirujanos, sino de nuestros investigadores y descubridores en cada una de las ramas de la ciencia natural. Ellos empezaron la obra que desde entonces llevaron sus sucesores a tan gloriosas y benéficas consecuencias, y si el comienzo fue pobre y débil, impútese a las dificultades inevitables que obstruían el sendero del conocimiento más bien que a la incapacidad natural o a la testarudez de los hombres.



La Rama dorada (1890), cap. 5
Traducción Elizabeth y Tadeo Campuzano (1943) 
Foto: Sir James George Frazer en 1929 / Corbis

27 jul. 2013

Jean Meslier (1664 - 1729): Similitud entre los supuestos milagros del cristianismo y del paganismo

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No les falta razón, efectivamente, cuando consideran los supuestos milagros como mentiras y falsedades, pues resulta muy sencillo comprobar que los supuestos milagros han sido inventados a imitación de las fábulas y ficciones de los poetas paganos. Se puede comprobar fácilmente por la similitud existente entre unos y otros. Si los cristícolas dicen, por ejemplo, que Dios concedía a los santos la facultad de hacer los milagros que aparecen relatados en sus Vidas, los paganos e idólatras decían igualmente que las hijas de Onio, gran sacerdote de Apolo, habían recibido del dios Baco la capacidad y el poder de convertir lo que quisiesen en trigo, vino, aceite, etc.

Decían asimismo, considerándolo como la pura verdad, que Júpiter dio a las ninfas que cuidaron de su educación un cuerno de la cabra que le había dado de mamar en su niñez, cuerno que tenía la propiedad de suministrarles abundantemente de todo cuanto les viniera en gana. ¿No son milagros estupendos? Si los cristícolas dicen que sus supuestos santos resucitaban a los muertos y tenían revelaciones divinas, los paganos tuvieron antes que ellos a un hijo de Mercurio, Atálides, que recibió de su padre el don de poder vivir, morir y resucitar cuando quisiera, con la particularidad, además, de que sabía lo que ocurría en este mundo y en el otro.

De igual manera, decían que Esculapio, hijo de Apolo, resucitó a los muertos, y entre ellos a Hipólito, hijo de Teseo, a petición de Diana, y sostenían también que Hércules resucitó a Alcestes, la mujer de Admeto, rey de Tesalia, para devolvérsela a su marido. Si los cristícolas aseguran que Jesucristo nació milagrosamente de una virgen que no conoció varón, los paganos también habían dicho antes que ellos que Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, habían nacido milagrosamente de una virgen vestal llamada Ilia, Silvia o Rea Silvia. También habían dicho que Marte, Discordia y Vulcano, entre otros, habían sido engendrados por Juno sin conocimiento de varón; y habían dicho asimismo que Minerva, diosa de las ciencias, fue engendrada en el cerebro de Júpiter y que salió totalmente armada cuando el dios se dio un puñetazo en la cabeza.

Si los cristícolas aseguran que sus santos hacen brotar fuentes de las rocas, los paganos habían dicho también que Minerva hizo que brotara una fuente de aceite como recompensa por un templo que habían erigido en su honor.

Si los cristícolas se enorgullecen de haber recibido milagrosamente imágenes del cielo, por ejemplo las de Nuestra Señora de Loreto y Nuestra Señora de Liesse, y de que recibieron otros presentes como la supuesta santa ampolla de Reims, la casulla blanca recibida por san Ildefonso de la Virgen María y otras cosas del mismo estilo, los paganos también se enorgullecían de haber recibido del cielo un escudo sagrado como señal de protección de la ciudad de Roma, y los troyanos de haber recibido de los cielos el Paladio o efigie de Palas, el cual, según decían, descendió del cielo para ocupar el lugar que le habían asignado en el templo erigido en honor de la diosa.

Si los cristícolas dicen que los apóstoles vieron a Jesucristo ascender a los cielos y que muchas almas de santos fueron vistas cuando los ángeles las transportaban al cielo, los paganos romanos habían dicho antes que ellos que Rómulo, el fundador de la ciudad, fue visto en toda su gloria después de muerto.

Decían de igual modo que Ganímedes, hijo de Tros, rey de Troya, fue transportado al cielo por Júpiter para que le sirviera de escanciador. Decían también que la cabellera de Berenice fue transportada al cielo cuando la consagraron en el templo de Venus. Lo mismo decían de Casiopea, Andrómeda y el asno de Sileno.

Si los cristícolas dicen que muchos santos fueron conservados milagrosamente de la corrupción una vez muertos, y que los cuerpos fueron encontrados por revelación divina después de haber transcurrido mucho tiempo sin saber dónde se hallaban, los paganos aseguraban lo mismo del cuerpo de Orestes, que fue encontrado gracias a una indicación del oráculo.

Si los cristícolas dicen que los siete hermanos durmientes durmieron milagrosamente durante 177 años encerrados en una caverna, los paganos dicen que también el filósofo Epiménides durmió 57 años en la cueva en que se había dormido.

Si los cristícolas dicen que muchos santos hablaron milagrosamente después de que les cortaran la cabeza o la lengua, los paganos ya habían dicho que la cabeza de Gabieno cantó un largo poema después de haber sido separada del cuerpo.

Si los cristícolas se enorgullecen de que sus iglesias y templos se hallan adornados con cuadros y ricas ofrendas que muestran las curaciones milagrosas realizadas mediante la intercesión de los santos, también pueden verse, o se podían ver en su tiempo, cuadros y ricas ofrendas en el templo de Esculapio en Epidauro, que daban testimonio de las curaciones realizadas al invocar a ese dios.

Si los cristícolas dicen que muchos santos fueron preservados de sufrir la más mínima quemadura en el cuerpo ni en sus ropas pese a encontrarse en medio de las llamas, los paganos podían decir lo mismo de los sacerdotes de Diana, que caminaban descalzos sobre carbones ardiendo sin quemarse ni herirse los pies. Podían decir lo mismo también de los sacerdotes de la diosa Feronia y de los hirpianos, que caminaban descalzos sin quemarse sobre las brasas ardientes de las hogueras encendidas para honrar a Apolo.

Si los ángeles, como dicen los cristícolas, edificaron una capilla en honor de san Clemente en el fondo del mar, los paganos decían que también la cabaña de Baucis y Filemón fue convertida milagrosamente en un soberbio templo como recompensa a su piedad. Si los cristícolas dicen y presumen de tener santos protectores entre los que se encuentran algunos como Santiago y san Mauricio, que se presentaron muchas veces en medio de sus ejércitos armados de pies a cabeza y montados a caballo para combatir a sus enemigos, los paganos ya habían dicho antes que ellos que Cástor y Pólux también se aparecieron muchas veces para combatir con los romanos y contra sus enemigos.

Si los cristícolas dicen que un macho cabrío apareció milagrosamente para ser sacrificado por Abrahán en lugar de su hijo Isaac, los paganos dicen también que la diosa Vesta envió milagrosamente una ternera para ser sacrificada en lugar de Metela, hija de Metelo. También dicen que Diana envió milagrosamente a una cierva en lugar de Ifigenia cuando se encontraba en la hoguera a punto de ser inmolada, por lo que Ifigenia pudo ser rescatada milagrosamente.

Si los cristícolas dicen que san José huyó a Egipto al recibir un aviso del cielo transmitido por un ángel, los paganos dicen también que el poeta Simónides evitó muchos peligros mortales gracias a los avisos milagrosos que recibió.

Si Moisés hizo que brotara una fuente de una roca con sólo golpearla con su cayado, el caballo Pegaso habría hecho lo mismo, al decir de los paganos, pues cuando golpeó una roca con uno de sus cascos hizo brotar una fuente.

Si los cristícolas dicen que san Vicente Ferrer resucitó a un muerto que había sido despedazado, y cuyos despojos fueron cocidos y asados a partes iguales, los paganos dicen que Pélope, hijo de Tántalo, rey de Frigia, fue cortado también en pedazos por su padre para ser ofrecido como comida a los dioses, y que éstos, al conocer la bárbara crueldad cometida por el padre con su hijo, recogieron los pedazos, los juntaron y le devolvieron la vida.

Si los cristícolas dicen que sus crucifijos y muchas otras imágenes santas hablaban milagrosamente y respondían a las preguntas que les hacían, los paganos dicen también que sus oráculos hablaban por intervención divina y que proporcionaban respuestas a las preguntas que se les hacían. Dicen también que las cabezas de Orfeo y de Policrato proporcionaban oráculos después de muertos. Si Dios dio a conocer que Jesucristo era su hijo gracias a una voz que bajó del cielo, como aseguran los evangelistas, el dios Vulcano mostró que Céculo era realmente su hijo haciendo que apareciera una llama milagrosa.

Si los cristícolas dicen que muchos de sus santos han amansado la crueldad y ferocidad de las fieras más crueles y sanguinarias, los paganos dicen que Orfeo también atraía, gracias a la dulzura de su canto y la armonía de sus instrumentos, a leones, osos y tigres, amansando la ferocidad de las fieras más crueles y sanguinarias gracias a una dulzura tan armónica. De igual manera, dicen que atraía a las rocas y los árboles, y que incluso los ríos detenían su curso para escucharle cantar.

Finalmente —por abreviar y prescindir de cantidad de ejemplos semejantes que podría dar aquí—, si los cristícolas dicen que las murallas de Jericó cayeron milagrosamente a tierra debido a las trompetas que hicieron sonar sus sitiadores, los paganos cuentan algo mucho más sorprendente, pues aseguran que las murallas de Tebas fueron construidas por el sonido armonioso de los instrumentos de música que tocaba Anfión, lo que resulta más admirable y milagroso que un simple derrumbamiento de murallas.

Vemos pues, realmente, que existe una gran similitud entre unos milagros y otros, es decir, entre los de los cristícolas y los de los paganos. Pero no hay más apariencia de autenticidad en unos que en otros, por lo cual, si es una gran tontería dar crédito a los supuestos milagros del paganismo, también es una tontería muy grande dar crédito a los del cristianismo, ya que unos y otros proceden del mismo principio de error y del mismo principio de quimeras, mentiras e imposturas.

Por esta razón, los maniqueos y arrianos, casi en los comienzos del cristianismo, se burlaban de esos supuestos milagros hechos por invocación de los santos y censuraban a quienes los invocaban después de muertos y veneraban sus reliquias. Parece que el difunto señor de Fénelon, antiguo arzobispo de Cambrai, no tuvo en cuenta los supuestos milagros y no parecía creer siquiera en ellos, puesto que no les dedicó una sola palabra en su libro De l’Existence de Dieu, libro en el que pretende reunir precisamente las pruebas más importantes que pueda haber de la existencia de Dios. Pues bien, si no menciona en él los milagros —que de ser ciertos habrían constituido, con toda seguridad, una de las pruebas más importantes—, hay que considerar eso como una señal inequívoca de que no los tenía en cuenta ni daba crédito a nada de lo que se dice acerca de ellos. Por tanto, la prueba que los cristícolas quieren extraer de esos supuestos milagros para mostrar la verdad de su religión es una prueba muy débil.


No son más creíbles unos que otros

Para descubrir mejor la futilidad, falsedad y ridículo que encierran los supuestos milagros del cristianismo, los examinaremos minuciosamente para ver si responden al fin principal que se habría propuesto al realizarlos un ser dotado de una bondad soberana, una sabiduría soberana y un poder soberano, y si resulta verosímil que un Dios infinitamente bueno e infinitamente sabio se haya empeñado en algo tan insignificante como hacer milagros para unos hombres ¡a los que habría redimido con su propia sangre!

Pero para juzgar como es debido hay que tener en cuenta necesariamente y no perder de vista lo que los cristícolas tienen por principio fundamental de su doctrina y de toda su religión. Porque sólo si se examina de cerca este principio se podrá establecer si los supuestos milagros responden realmente al fin principal que se habrían propuesto su Dios y su divino salvador Jesucristo al crear al hombre, y si resulta verosímil que haya querido obstinarse en hacer semejantes milagros. Ya que, si los supuestos milagros no se hallan en perfecta consonancia con el fin principal que se habría propuesto un Dios infinitamente bueno e infinitamente sabio al hacerlos, no resulta verosímil que se hayan realizado ni que hayan podido ser realizados por la omnipotencia de un Dios.

Pues bien, el principio fundamental de la doctrina, la fe y, en suma, la religión de los cristícolas consiste en que su divino Jesucristo, al que denominan su divino Salvador, es un Dios todopoderoso, hijo eterno de un Dios todopoderoso que se habría hecho hombre por su amor infinito y su infinita bondad hacia los hombres para redimirlos y salvar a todos ellos, es decir, para librarles de la condenación eterna a la que se habrían hecho acreedores debido a sus pecados y principalmente al que cometió su primer padre Adán. Y no sólo para redimirlos de sus pecados y de la condenación eterna sino para reconciliarlos completamente con Dios, su padre todopoderoso, y restituirlos a su gracia así como para procurarles, después de esta vida, la felicidad y la bienaventuranza eterna en el cielo. Eso es lo que dicen los cristícolas que hizo realmente Jesucristo al dar su vida por todos los hombres y morir vergonzosamente en la cruz por su salvación.

De ahí que el propio Jesucristo dijera sobre este principio fundamental que aparece en uno de los supuestos santos Evangelios que su padre había amado tanto al mundo que le dio a su único hijo, y que quien creyera en él no perecería jamás y tendría la vida eterna. Porque Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo sino para que fuera salvado por él (Juan, 3,17). «Yo soy el buen pastor —dijo en otra ocasión—. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan, 10,11). Y en otra parte dijo que había venido para buscar y salvar lo que estaba perdido (Mateo, 18,11). Y como los hombres estaban condenados, según la doctrina de los cristícolas, por eso vino al mundo a salvarlos, de acuerdo con el principio fundamental de la misma. Por esa razón, los supuestos santos Evangelios dicen, según el principio fundamental de su doctrina, que Jesucristo eliminará el pecado del mundo (Juan, 1,29) y que ha venido para destruir las obras del diablo, que no son otras que los vicios, los pecados y toda clase de injusticias y maldades. De ahí que se diga en sus supuestos libros santos que la gracia de Jesucristo, el Salvador, fue mostrada a todos los hombres para enseñarles a renunciar a la impiedad y a las tentaciones del mundo, para enseñarles a vivir sobria, justa y religiosamente mientras aguardan la bienaventuranza y la venida de Jesucristo glorioso, su gran Dios y el salvador de sus almas, el cual se entregó a los hombres, según dicen, para redimirlos de sus pecados y, al purificarlos, construir un pueblo querido e inclinado a las buenas obras (Tito, 2, 12). Y en otra parte de esos mismos libros se dice que el mismo Jesucristo amó tanto a su Iglesia, es decir, a su pueblo o a los miembros de su secta, que se entregó a ella para santificarla purificándola con el agua del bautismo y mediante la palabra de vida para volverla gloriosa, sin arruga, mancha ni defecto alguno, en resumen, para que, por el contrario, fuese santa e irreprochable (Efesios, 5,25-27). Por eso cantamos todos los días en nuestros supuestos santos misterios las palabras que simbolizan nuestra fe: «Que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo»; y también estas otras: «Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica».

De modo que el fin principal que se habrían propuesto Dios y su hijo Jesucristo —el primero enviando a su divino hijo a este mundo y el segundo haciéndose un hombre semejante a los demás hombres—, su propósito principal, habría sido salvar al mundo, como digo, y para ello su fin principal habría consistido, según se ha dicho, en eliminar el pecado del mundo y destruir por completo la obra del demonio, es decir, en erradicar el pecado del mundo acabando con los vicios, las malignidades, las iniquidades y las maldades. La intención principal habría sido, según se ha dicho, salvar a todos los hombres que se hallaban perdidos en el vicio y el pecado. Su fin principal habría sido, según se ha dicho, santificar a un pueblo para que no tuviera ni arruga ni mancha, es decir, para que no tuviera vicio alguno ni pecado. Y por último (lo que viene a ser lo mismo), su principal fin o intención habría consistido en salvar las almas despojándolas del infeliz estado de pecado y redimiéndolas de la condenación eterna para procurarles una vida eterna venturosa. Los cristícolas no pueden negar que en eso consisten los principales fines que su Dios y su divino salvador Jesucristo se habrían propuesto, este último haciéndose un hombre semejante a los demás hombres y ofreciéndose a morir, según dicen, por amor a ellos. No pueden negar, insisto, que el fin principal del hijo y el fin principal de Dios, su padre todopoderoso, consiste en eso, ya que así aparece consignado en sus Escrituras presuntamente santas.

Pues bien, no se ve por ninguna parte efecto alguno ni manifestación real alguna de la presunta redención del hombre, no se ve señal alguna de que el pecado haya sido erradicado de este mundo, como hubiera debido serlo, ni siquiera que haya disminuido de alguna manera. Por el contrario, parece más bien que haya aumentado y se haya multiplicado y se esté multiplicando cada día, porque los hombres son cada día más viciosos y malos, y parece que se ha abatido un diluvio de vicio e iniquidad sobre este mundo. No parece que los cristícolas tengan motivos para vanagloriarse de ser más santos, más sabios y más virtuosos, ni tampoco más ordenados en sus costumbres y conducta que los demás pueblos de la Tierra. Por último, tampoco parece haber constancia de que haya más almas salvadas de las que pudo haber antes de la presunta redención, pues no parece que haya más almas que estén tomando el camino del cielo ni menos que estén tomando el del infierno si, según aseguran los cristícolas, la virtud es el camino para el cielo y el pecado el camino para el infierno.

Resulta evidente, por tanto, que los supuestos milagros no responden al fin principal que se habría trazado Dios todopoderoso al hacerlos en su soberana bondad y su soberana sabiduría. No resulta creíble que un Dios que quiso hacerse hombre para salvar a todos los hombres se haya entretenido en hacer toda clase de milagros sin haber realizado el principal, para el cual se habría hecho hombre debido a un exceso de amor.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso infinitamente bueno e infinitamente sabio, que se habría convertido en un hombre mortal por amor a los hombres, y que por un exceso de amor hacia ellos habría querido derramar hasta la última gota de su sangre para salvarlos, ¿habría hecho uso obstinadamente de su bondad, su sabiduría y su omnipotencia para curar únicamente unas cuantas enfermedades y dolencias del cuerpo, y eso sólo en aquellos enfermos que le habrían sido presentados, mientras que, en cambio, no habría querido emplear su omnipotencia, su soberana bondad y su soberana sabiduría para curar a todos los hombres de todas las enfermedades y padecimientos del alma? Es decir, ¡que no habría querido curar y librar a los hombres de sus vicios y maldades, que son mil veces peores que todas las enfermedades del cuerpo! No, no resulta creíble.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y sabio, ¿habría querido preservar milagrosamente unos cuantos cadáveres de la corrupción y la podredumbre, y no habría querido emplear su omnipotencia y sabiduría para preservar del contagio y la corrupción del vicio y el pecado las almas de una multitud de personas que habría venido a redimir y santificar por medio de la gracia, pagándolo con su sangre? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso, tan bueno y sabio que habría querido devolver la vista a unos cuantos ciegos, la audición a unos cuantos sordos y el habla a unos cuantos mudos, que habría hecho caminar a unos cuantos cojos y habría curado a unos cuantos paralíticos, ¿no habría querido iluminar, sin embargo, a los pecadores con las luces de su divina gracia, según dicen los cristícolas? ¿Ni habría querido apartarlos eficazmente de sus errores y extravíos por la senda del vicio a fin de devolverlos felizmente al camino de la virtud, haciéndoles caminar rectamente por la vía de sus divinos mandamientos? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio, ¿habría querido resucitar, por especial intervención de su gracia, a unos cuantos muertos para mantenerlos durante algún tiempo en una vida mortal y llena de miserias, y no habría querido, sin embargo, ni quiere todavía hoy, apartar de la muerte eterna del pecado a una multitud de almas a las que habría creado, sin embargo, para el cielo y a las que habría debido, como he dicho, santificar con su gracia, habiéndolas redimido, además, como las redimió con su sangre? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio ¿habría querido apartar o preservar milagrosamente a unas cuantas personas de los naufragios en las aguas del mar y los ríos y, sin embargo, no habría querido ni quiere apartar y preservar todavía hoy del naufragio del infierno a una multitud de almas que caen desdichadamente en él todos los días, tal como dicen los cristícolas? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio, ¿habría querido preservar de los daños del fuego, por una especial intervención de su gracia, los cuerpos de algunos de sus santos e incluso sus ropas y hasta sus pelos y cabellos cuando se hallaban inmersos en las llamas y atrapados en incendios y, sin embargo, no habría querido ni quiere todavía hoy preservar de las llamas terribles y eternas del infierno a multitud de almas que habría venido a redimir con su sangre? No resulta creíble de ningún modo pues, como dice el apóstol san Pablo (Romanos, 8,32), si Dios no preservó a su propio hijo sino que quiso entregárselo a los hombres para salvarlos, ¿cómo no iba a darles todo lo que necesitaban para su salvación? Y si el supuesto hijo de Dios quiso dar su vida por la salvación de los hombres, ¿cómo iba luego a negarles la gracia y todos los bienes que hiciera falta?

¡Cómo! ¿Habría deseado morir por un exceso de amor para salvar a los hombres y no habría querido concederles un solo guiño favorable de su gracia? ¡Imposible! Eso cae por su propio peso.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso que hizo que repicaran milagrosamente las campanas, ora de una ciudad ora de otra, para honrar la muerte o la sepultura de unos cuantos cuerpos muertos, y que utilizó su omnipotencia para saciar milagrosamente con un poco de pan y pescado a unos cuantos miles de personas que le seguían, y que utilizó también su omnipotencia para atraer milagrosamente a las fieras salvajes, a los pájaros e incluso a los peces del mar y los ríos para que escuchasen la prédica de algunos de sus santos, y que utilizó asimismo —para abreviar— su omnipotencia en miles y miles de asuntos vanos y muchas veces insignificantes para cambiar el orden y el curso ordinario de la naturaleza; un Dios capaz de hacer todo eso, ¿no habría querido hacer nada, ni quiere hacerlo hoy día, para llevar a cabo eficazmente la conversión, santificación y salvación eterna de tantos miles e incluso de tantos miles de millones de pecadores, que le habrían alabado y bendecido eternamente en el cielo con que sólo hubiese querido o quisiera mirarles favorablemente con los ojos de su gracia, es decir, con que hubiese querido moverles benévolamente el corazón y abrirles caritativamente los ojos del espíritu para hacerles conocer y amar el bien?

No, de ningún modo resulta creíble que un Dios todopoderoso infinitamente bueno e infinitamente sabio haya podido actuar de esta manera con unos hombres a los que habría querido tanto como para dar su sangre y su vida por ellos. No resulta creíble de ningún modo que haya podido descuidar la parte principal y más importante de sus designios para dedicarse a las partes más accesorias, como serían las supuestas curaciones milagrosas de algunas enfermedades corporales y otros supuestos milagros del mismo estilo, que no tienen excesivo alcance si los comparamos con el que tiene la parte principal o el fin principal, que no es otro sino la destrucción completa del pecado y la salvación del hombre.

¿Habría bajado del cielo este supuesto hijo divino de Dios, y supuesto salvador divino del hombre, habría bajado del cielo, repito, y venido a la Tierra sólo o principalmente para curar a unos cuantos enfermos de las dolencias de sus cuerpos? ¿Habría venido sólo o principalmente para devolver la vista a unos cuantos ciegos? ¿Para devolver la facultad de oír a unos cuantos sordos? ¿Para devolver el habla a unos cuantos mudos? ¿Para devolver la capacidad de caminar a unos cuantos cojos y unos cuantos paralíticos? ¿Habría venido sólo o principalmente para devolver la salud del cuerpo a unos cuantos enfermos y para resucitar a unos cuantos muertos? ¿Habría venido sólo o principalmente para preservar a unos cuantos cadáveres de la podredumbre y la corrupción? ¿Y para hacer que repicaran solas unas cuantas campanas? ¿Habría venido, por último, sólo y principalmente para que no se quemaran milagrosamente las ropas, los pelos y los cabellos de quienes se encontraban en medio de las llamas? Pues bien, podríamos preguntarnos lo mismo respecto a todos los vanos y supuestos milagros a los que, sin embargo, se presta tanta atención. ¿Habría venido sólo para esto el divino salvador?

¿No habría venido más bien para curar a los hombres de todas las enfermedades y padecimientos del alma, así como para curarlos de todas las enfermedades del cuerpo? ¿No habría venido más bien para liberarlos de la esclavitud del vicio y del pecado? ¿No habría venido más bien para hacerlos más sabios y virtuosos y para santificarlos, habida cuenta de que habría venido principalmente para redimirlos y salvarlos a todos?

Un día este supuesto salvador divino daba testimonio de haberse compadecido de que no tuvieran nada para comer aquellos que le seguían: «Me compadezco de esta gente, ya llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. Si los despido a casa en ayunas, desfallecerán por el camino» (Marcos, 8,2). Y para preservarlos de semejante trance quiso, según dicen los cristícolas, ofrecerles una muestra milagrosa de su omnipotencia multiplicando milagrosamente unos panes para que se saciasen e impedir así que desfalleciesen por el camino. ¿Y no habría querido, ni quiere hoy, ofrecer otra muestra similar de su milagrosa omnipotencia santificando a los pecadores y salvándolos? ¿Está viendo cada día su debilidad y sus enfermedades y no quiere fortificarlos con el socorro eficaz de su todopoderosa gracia para impedir que caigan en el vicio y el pecado? ¿Les ve caer todos los días a millares en las terribles llamas del aciago infierno y no da muestras de tener compasión alguna por su perdición, por una perdición tan terrible y espantosa como ésta? No resulta creíble en ningún modo, y parece hasta indigno pensar todo esto de un ser infinitamente bueno e infinitamente sabio.

Su milagro principal, el más grande y más glorioso para él y, al mismo tiempo, el más necesario y ventajoso para unos hombres a los que acababa de redimir, habría sido, seguramente, curarlos verdaderamente de esas enfermedades y esos padecimientos del alma que son los vicios y las bajas pasiones. Su milagro principal, el más hermoso y más admirable, tendría que haber sido convertir a los hombres en seres virtuosos, sabios y perfectos tanto de cuerpo como de alma. Su primer milagro, el principal, habría tenido que consistir en eliminar y desterrar por completo del mundo los vicios, los pecados, las injusticias, las iniquidades y las maldades. Su primer milagro, el más hermoso, habría tenido que ser santificar realmente a los hombres y salvarlos efectivamente haciendo que fuesen venturosos así en la tierra como en el cielo. Ése tendría que haber sido, señores cristícolas, el primer milagro, el más hermoso, el más grande, el más glorioso, el más ventajoso, el principal y más necesario de todos los supuestos milagros que tenía que haber hecho vuestro supuesto divino salvador, ya que bajó del cielo y vino a este mundo para eso, como dijo él mismo, según dice el Evangelio: «Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan, 12,32).

Y fue, efectivamente, elevado de la tierra, aunque lo fue de dos maneras diferentes, según aseguran nuestros cristícolas: fue elevado en la cruz a la que lo habían clavado y lo fue cuando subió al cielo. Pues bien, poco importa que se refiriese a una forma de elevarse o a otra, e incluso a las dos; el primer milagro que habría tenido que hacer, como ya he dicho, el más hermoso, el más grande, el más deseable, el más glorioso y más favorable que hubiese podido hacer o que tenía que haber hecho, según sus propias palabras, habría debido ser haberse llevado a todos consigo cuando se elevó de la tierra. Y como también se dice en las famosas Escrituras que vino para eliminar el pecado del mundo, para destruir la obra del demonio, para santificar a los hombres, para encontrar y salvar todo lo que se había perdido, en resumen, para recoger a los pecadores, redimir a todos los hombres del pecado y de la condenación eterna y salvarlos, procurándoles una vida eternamente venturosa en el cielo, por esto el primer milagro que habría tenido que hacer, repito, el más grande, más hermoso, más glorioso y más ventajoso, el más deseable, más necesario y, al mismo tiempo, más importante, el milagro principal, en suma, que hubiese podido hacer o que tenía que haber hecho, según su principal y primer designio, habría debido consistir en erradicar el pecado del mundo, habría tenido que consistir en erradicar los vicios, las injusticias, las iniquidades, las maldades y los escándalos. Pero como resulta claro y evidente que no hizo esos milagros, los verdaderamente importantes, no hay nada que permita creer que él, sus apóstoles y los supuestos santos hicieron alguno de esos otros milagros de los que tanto se habla.

Por ello resulta pueril que los cristícolas pretendan probar la autenticidad de su religión basándose en la realidad de sus supuestos milagros, puesto que, como he dicho, son sólo errores, quimeras, mentiras e imposturas. Lo que acabo de exponer lo demuestra de una manera lo bastante clara como para que no pueda caber duda alguna, y constituye la segunda prueba demostrativa de lo que afirmé anteriormente sobre la futilidad y falsedad de todas las religiones.



En Memoria contra la religión (Segunda prueba: 19 y 20)
Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Etrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes. In testimoniis illis, et gentibus. 

Título original: Mémoire des pensées et des sentiments de Jean MeslierTraducción: Javier Mina Astiz
Epílogo de Julio Seoane Pinilla
Pamplona, Editorial Laetoli, 2010
Drawing: Jean Meslier by J.A.M., daughtsman

25 may. 2013

Giorgio Agamben: El cuerpo glorioso

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l. El problema del cuerpo glorioso, es decir, de la naturaleza y de las características -y más en general de la vida- del cuerpo de los resucitados en el Paraíso, es el capítulo supremo de la teología, clasificado como tal en la tratadística bajo la rúbrica de fine ultimo. Sin embargo, precisamente porque concernía a las cosas últimas, cuando la curia romana, para sellar su compromiso con la modernidad, decidió cerrar la casilla escatológica, este problema se dejó de lado de modo repentino o, más bien, se congeló como algo, si no obsoleto, al menos sin duda embarazoso. Mientras el dogma de la resurrección de la carne permanezca como parte esencial de la fe cristiana, esta inclinación no puede, sin embargo, no resultar contradictoria. En las páginas que siguen, retomar este tema teológico congelado nos permitirá plantear un problema otro tanto ineludible: el del estatuto ético y político de la vida corpórea (el cuerpo de los resucitados es numérica y materialmente el mismo que tenían durante su existencia terrena). Esto significa que nos serviremos del cuerpo glorioso como paradigma para pensar las figuras y los posibles usos del cuerpo humano como tal.

2. El primer problema al que deben enfrentarse los teólogos es el de la identidad del cuerpo de los resucitados. Dado que el alma deberá retomar el mismo cuerpo, ¿cómo definir su identidad e integridad? Una cuestión preliminar era la de la edad de los resucitados. ¿Tendrán que resucitar a la edad en que habían muerto, decrépitos si eran decrépitos, niños si eran niños, hombres maduros si eran hombres maduros? El hombre, responde Tomás, debe resucitar sin ningún defecto natural; pero la naturaleza puede ser defectuosa porque aún no ha alcanzado su perfección (como sucede en los niños), o porque la ha superado (como sucede en los ancianos). La resurrección reconducirá a cada uno a su perfección, que coincide con la juventud, es decir, con la edad del Cristo resucitado (circa triginta annos). El Paraíso es un mundo de treintañeros, en equilibrio invariable entre el crecimiento y la decadencia. En cuanto al resto, conservarán sin embargo las diferencias que los distinguían y, en primer lugar (contra aquellos que afirmaban que los resucitados, dado que la condición femenina es imperfecta, deberían ser todos de sexo masculino), la diferencia sexual.

3. La cuestión de la identidad material entre el cuerpo del resucitado y el que le había tocado en la Tierra es más insidiosa. ¿Cómo pensar, de hecho, la identidad integral de cada ápice de materia entre los dos cuerpos? ¿Es posible que cada grano de polvo en que el cuerpo se había descompuesto retome el mismo lugar que ocupaba en el cuerpo vivo? Es en este punto donde empiezan las dificultades. Ciertamente, puede concederse que la mano amputada de un ladrón -más tarde arrepentido y liberado- se reúna con el cuerpo en el momento de la resurrección. Pero la costilla de Adán, que le fue sustraída para formar el cuerpo de Eva, ¿deberá resucitar en este o en Adán? Y en el caso de un antropófago, la carne humana que ha comido y asimilado en su cuerpo ¿resucitará en el cuerpo de la víctima o en el suyo?
Una de las hipótesis que más pone a prueba la sutileza de los Padres es la del hijo de un antropófago que sólo se ha alimentado de carne humana o, directamente, sólo de embriones. Según la ciencia medieval, el semen se genera de superfluo alimenti, del exceso de la digestión de los alimentos. Esto significa que una misma carne pertenecerá a diversos cuerpos (el del devorado y el del hijo) y deberá por tanto -lo que es imposible- resucitar en cuerpos diferentes. La solución de este último caso, según Tomás, da lugar a una repartición salomónica: "Los embriones como tales no formarán parte de la resurrección si primero no han sido vivificados por el alma racional. Pero, en este punto, un nuevo alimento se ha agregado a la sustancia del semen en el útero materno. Por lo tanto, aunque uno se alimentara de embriones humanos y engendrara del sobrante de este alimento, la sustancia del semen resucitaría en aquel que es engendrado por éste. A menos que este semen no contuviera elementos pertenecientes a la sustancia de los sémenes de aquellos a partir de cuyas carnes devoradas se produjo el semen, ya que tales elementos resucitarán en el primero y no en el segundo. Entonces, es evidente que los restos de las carnes ingeridas, que no se han transformado en semen, resucitarán en el primer individuo, mientras que la potencia divina intervendrá para suplir las partes faltantes".

4. Al problema de la identidad de los resucitados, Orígenes le había dado una solución elegante y menos confusa. Lo que permanece constante en cada individuo, sugería, es la imagen (eidos) que seguimos reconociendo, a pesar de los cambios inevitables, cada vez que lo vemos; y es esta misma imagen la que garantizará la identidad del cuerpo resucitado: "Así como nuestro eidos permanece idéntico desde la infancia hasta la vejez, a pesar de que nuestros rasgos materiales sufran un continuo cambio, del mismo modo, el eidos que teníamos durante nuestra existencia terrena resurgirá y permanecerá idéntico en el mundo por venir, aunque mejorado y más glorioso". La idea de esta resurrección "imaginaria", como muchos otros temas de Orígenes, era sospechosa de herejía. Sin embargo, la obsesión de una identidad material integral fue reemplazada progresivamente por la idea de que cada parte del cuerpo humano permanecería inmutable en cuanto a su aspecto (species), pero estaría en un continuo flujo y reflujo (fluere et refluere) en cuanto a la materia que la compone. "Y es así que en las partes que componen a un hombre           -escribe Tomás- ocurre lo que sucede en la población de una ciudad, donde los individuos singulares mueren y desaparecen, y otros vienen a reemplazarlos. Desde el punto de vista material, los miembros del pueblo se suceden, pero formalmente, éste sigue siendo el mismo [...]. De la misma manera, también en el cuerpo humano hay partes que, en su fluir, sustituyen a las otras en la misma figura y en el mismo lugar, de modo que todas las partes fluyen y refluyen según la materia, aunque desde el punto de vista numérico el hombre permanece idéntico." El paradigma de la identidad paradisíaca no es la igualdad material -esa que hoy intentan fijar a través de los dispositivos biométricos las policías de todo el planeta-, sino la imagen, es decir, la semejanza del cuerpo consigo mismo.

5. Una vez garantizada la identidad del cuerpo glorioso con el cuerpo terrestre, será necesario establecer qué es lo que permite diferenciarlos. Los teólogos enumeran cuatro características de la gloria: impasibilidad, agilidad, sutileza y claridad.
Que el cuerpo de los beatos sea impasible no significa que no tenga la capacidad de percibir, capacidad que es parte imprescindible de la perfección de un cuerpo. Si no fuera así, la vida de los beatos se parecería a una especie de sueño, sería, pues, una vida reducida a la mitad (vitae dimidium). Ello significa, más bien, que el cuerpo de los beatos no estará sujeto a esas pasiones desordenadas que, por el contrario, le arrancarían su perfección. En efecto, el cuerpo glorioso estará sometido en todas sus partes al dominio del alma racional, que a su vez estará perfectamente sometida a la voluntad divina.
Algunos teólogos, sin embargo, escandalizados ante la idea de que en el Paraíso pueda existir algo que oler, gustar o tocar, excluyen algunos sentidos del estado paradisíaco. Tomás y, con él, la mayoría de los Padres rechazan esta amputación. El olfato de los beatos no estará privado de objeto: "¿Acaso no dice la Iglesia en sus cantos que el cuerpo de los santos emana un perfume suavísimo?" El olor del cuerpo glorioso, en su estado sublime, estará más bien privado de toda humedad material, como ocurre en las exhalaciones de una destilación (sicut odor fumalis evaporationis) . Y la nariz de los beatos, sin que humedad alguna lo impida, percibirá sus mínimos matices (mínimas odorum differentias). También el gusto ejercerá su función, sin necesidad de comida, quizá porque "en la lengua de los elegidos habrá un humor delicioso". Y el tacto percibirá cualidades particulares de los cuerpos, que parecen anticipar esas propiedades inmateriales de las imágenes que los historiadores del arte moderno llamarán "valores táctiles".

6. ¿Cómo entender la naturaleza "sutil" del cuerpo glorioso? Según una opinión que Tomás define como herética, la sutileza, como una especie de extrema rarefacción, volverá los cuerpos de los beatos parecidos al aire y al viento y, por lo tanto, penetrables por otros cuerpos. O tan impalpables que no podrán distinguirse de un soplo o un espíritu. Tal cuerpo podría entonces ocupar en el mismo instante el espacio ya ocupado por otro cuerpo, sea éste glorioso o no glorioso. Contra estos excesos, la opinión predominante defiende el carácter extenso y palpable del cuerpo perfecto. "El Señor resucitó con un cuerpo glorioso, y sin embargo era palpable, como dice el Evangelio: 'Palpad y ved, porque un espíritu no tiene ni carne ni huesos'. Por lo tanto, también los cuerpos gloriosos serán palpables." Y sin embargo, dado que estos cuerpos están totalmente sujetos al espíritu, ellos podrán decidir no impresionar el tacto y, por virtud sobrenatural, hacerse impalpables a los cuerpos no gloriosos.

7. Ágil es aquello que se mueve a voluntad sin fatiga ni impedimento. En este sentido, el cuerpo glorioso, perfectamente sometido al alma glorificada, será dotado de agilidad, es decir, estará "listo para obedecer de inmediato al espíritu en todos sus movimientos y en todos sus actos". Una vez más, en contra de aquellos que pretenden que el cuerpo glorioso se desplace de un lugar a otro sin pasar por el espacio intermedio, los teólogos repiten que ello contradiría la naturaleza de la corporeidad. Pero en contra de aquellos que, al ver en el movimiento una especie de corrupción y casi una imperfección en relación al lugar, sostienen la inmovilidad de los cuerpos gloriosos, los teólogos hacen valer la agilidad como aquella gracia que conduce a los beatos de forma casi instantánea y sin esfuerzo adonde quieren. Como bailarines que se desplazan en el espacio sin un objetivo ni una necesidad, los beatos se mueven en los cielos sólo para exhibir su agilidad.

8. La claridad (claritas) puede entenderse de dos modos: como el brillar del oro, a causa de su densidad, o como el esplendor del cristal, en virtud de su transparencia. Según Gregorio Magno, el cuerpo de los beatos posee la claridad en ambos sentidos, es diáfano como el cristal e impenetrable por la luz como el oro. Y esa aureola de luz que emana del cuerpo glorioso puede ser percibida por un cuerpo no glorioso y puede variar en esplendor según la calidad del beato. La mayor o menor claridad de las aureolas es el único índice extremo de las diferencias individuales entre los cuerpos gloriosos.

9. En cuanto características y casi ornamentos del cuerpo glorioso, la impasibilidad, la agilidad, la sutileza y la claridad no presentan dificultades particulares. Se trata, en todo caso, de asegurar que los beatos tengan un cuerpo y que ese cuerpo sea el mismo que tenían en la Tierra, aunque incomparablemente mejor. Mucho más arduo y decisivo es el problema del modo en que este cuerpo ejerce sus funciones vitales, es decir, la articulación de una fisiología del cuerpo glorioso. El cuerpo, en efecto, resurge en su integridad y con todos los órganos que tenía en su existencia terrena. Los beatos tendrán entonces por los siglos de los siglos, según su sexo, un miembro viril y una vagina y, en todos los casos, un estómago e intestinos. Pero ¿con qué fin, si, como parece obvio, no deberán ni reproducirse ni alimentarse? Es cierto que en sus arterias y en sus venas circulará la sangre, pero ¿es posible que en su cabeza todavía tengan que crecer pelos y cabellos, y en la extremidad de sus dedos crecer inútil y fastidiosamente las uñas? Al afrontar estas delicadas cuestiones, los teólogos se encuentran con una aporía decisiva, que parece superar los límites de su estrategia conceptual, pero que constituye el locus en el que es viable pensar otro uso posible del cuerpo.

10. Tomás se ocupa del problema de la resurrección de los cabellos y las uñas (que, según parece, a algunos teólogos debían parecerles poco adecuados a la condición paradisíaca) justo antes del problema, no menos dificultoso, de la resurrección de los humores (sangre, leche, bilis negra, sudor, esperma, mucosidad, orina...). El cuerpo animado se dice "orgánico" porque el alma se sirve de sus partes como instrumentos. Entre éstos, algunos son necesarios para el ejercicio de una función (el corazón, el hígado, las manos), otros sirven más bien para la conservación de los primeros. De esta última especie son los cabellos y las uñas, que resurgirán en el cuerpo glorioso porque a su modo contribuyen a la perfección de la naturaleza humana. El cuerpo perfectamente depilado de las modelos y de las estrellas del cine porno es extraño a la gloria. Sin embargo, ya que sería difícil imaginar tiendas celestes de peluqueros y manicuras, debe pensarse (aunque los teólogos no se refieran a este tema) que, como la edad, también el largo de los cabellos y las uñas permanecerá inmutable por siglos.
En cuanto a los humores, la solución de Tomás muestra que ya entonces la Iglesia intentaba armonizar las exigencias de la teología con las de la ciencia. De entre los humores, en efecto, algunos -como la orina, la mucosidad, el sudor- son extraños a la perfección del individuo, en cuanto residuos que la naturaleza expulsa in via con-uptionis [en el camino de la corrupción]: por lo tanto, éstos no resucitarán. Otros sólo sirven para la conservación de la especie en otro individuo, a través de la generación (el esperma) y la nutrición (la leche). Para éstos tampoco está prevista la resurrección. Los otros humores familiares a la medicina medieval -sobre todo los cuatro que definen los temperamentos del cuerpo: sangre, bilis negra o melancolía, bilis amarilla y flema, y luego ros, cambium y gluten- resucitarán en el cuerpo glorioso porque están ordenados a su perfección natural y son inseparables de ella.

11. Es a propósito de las dos funciones principales de la vida vegetativa -la reproducción sexual y la nutrición- que el problema de la fisiología del cuerpo glorioso alcanza su umbral crítico. Si, en efecto, los órganos de estas funciones -testículos, pene, vagina, útero, estómago, intestinos- estarán necesariamente presentes en la resurrección, ¿cómo debe entenderse su función? "La generación tiene por fin la multiplicación del género humano, y la nutrición, la restauración del individuo. Después de la resurrección, sin embargo, el género humano habrá alcanzado el número perfecto que había sido preestablecido por Dios y el cuerpo ya no padecerá ni disminución ni crecimiento. Generación y nutrición ya no tendrán, pues, razón de ser." Es imposible, sin embargo, que los órganos correspondientes sean completamente inútiles y vacuos (supervacanei), ya que en la naturaleza perfecta nada es en vano. Es aquí donde el problema de otro uso del cuerpo encuentra su primera, balbuceante formulación. La estrategia de Tomás es clara: se trata de separar el órgano de su función fisiológica específica. El fin de los órganos, como el de todo instrumento, es su operación; pero esto no significa que, si la operación falta, el instrumento se vuelve vano (frustra sit instrumentum). El órgano o el instrumento que ha sido separado de su operación y permanece, por así decirlo, en suspenso, adquiere, precisamente por ello, una función ostensiva, exhibe la virtud correspondiente a la operación suspendida. "El instrumento, en efecto, no sirve sólo para ejecutar la operación del agente, sino también para mostrar su virtud [ad ostendendam virtutem ipsius]." Así como en la publicidad o en la pornografía los simulacros de las mercancías o de los cuerpos exaltan sus atractivos en la medida misma en que no pueden ser usados, sino sólo exhibidos, las partes sexuales que quedan girando en el vacío muestran la potencia o la virtud de la generación. El cuerpo glorioso es un cuerpo ostensivo, cuyas funciones no son ejecutadas, sino mostradas; la gloria, en este sentido, es solidaria con la inoperosidad.

12. ¿Puede hablarse, para los órganos inutilizados e inutilizables del cuerpo glorioso, de un uso diferente del cuerpo? En Ser y tiempo, los instrumentos fuera de uso -por ejemplo, un martillo roto y por lo tanto inoperoso- salen de la esfera concreta del Zuhandenheit, del ser-a-la-mano, siempre listos para un posible uso, para entrar en la de la Vorhandenheit, de la mera disponibilidad sin objetivo. Esta no significa, sin embargo, otro uso del instrumento, sino simplemente su estar presente fuera de todo posible uso, que el filósofo asimila a una concepción alienada y hoy dominante del ser. Como los instrumentos humanos esparcidos por el suelo a los pies del ángel melancólico del grabado de Durero o como los juguetes abandonados por los niños después del juego, los objetos, separados de su uso, se vuelven enigmáticos y hasta inquietantes. En el mismo sentido, los órganos eternamente inoperosos en el cuerpo de los beatos, aunque exhiben la función generativa que pertenece a la naturaleza humana, no representan otro uso de esos órganos. El cuerpo ostensivo de los elegidos, en cuanto "orgánico" y real, está fuera de todo posible uso. Y quizás no hay nada más enigmático que un pene glorioso, nada más espectral que una vagina puramente doxológica.

13. Entre 1924 y 1926, el filósofo Sohn-Rethel vivió en Nápoles. Al observar la actitud de los pescadores que luchaban con sus barquitos a motor y la de los automovilistas que intentaban hacer arrancar sus viejísimos autos, formuló una teoría de la técnica que definía graciosamente como "filosofía de lo roto" (Philosophie des Kaputten). Según Sohn-Rethel, para un napolitano las cosas empiezan a funcionar sólo cuando son inutilizables. Esto quiere decir que el napolitano en realidad empieza a usar los objetos técnicos sólo desde el momento en que dejan de funcionar; las cosas intactas, que funcionan bien por su cuenta, lo irritan y le causan odio. Y sin embargo, clavándoles un trozo de madera en el punto justo o dándoles un golpe en el momento oportuno, logra hacer funcionar los dispositivos según sus propios deseos. Este comportamiento, comenta el filósofo, contiene un paradigma tecnológico más alto que el de uso corriente: la verdadera técnica comienza sólo cuando el hombre es capaz de oponerse al automatismo ciego y hostil de las máquinas y aprende a desplazarlas hacia territorios y usos imprevistos; como aquel muchacho que en una calle de Capri había transformado un motorcito roto de motocicleta en un aparato para hacer crema batida. De algún modo, aquí el motorcito continúa girando, pero con vistas a nuevos deseos y nuevas necesidades; la inoperosidad no se deja a sí misma, sino que deviene el pasaje o el "ábrete sésamo" de un nuevo uso posible.

14. En el cuerpo glorioso ha sido pensada por primera vez una separación del órgano de su función fisiológica. Sin embargo, la posibilidad de otro uso del cuerpo, que esta separación dejaba entrever, ha quedado inexplorada. En su lugar, lo reemplaza la gloria, concebida como el aislamiento de la inoperosidad en una esfera especial. La exhibición del órgano separado de su ejercicio o la repetición en vano de la función no tienen otro objetivo que la glorificación de la obra de Dios; exactamente como las armas y las insignias del general victorioso exhibidas en el triunfo son los signos y a su vez la efectuación de su gloria. Los órganos sexuales y los intestinos de los beatos no son más que el jeroglífico o el arabesco que la gloria divina inscribe en su propio emblema. Y la liturgia terrena -como la celeste- no hace más que capturar y desplazar continuamente la inoperosidad a la esfera del culto ad maiorem Dei gloriam [para mayor gloria de Dios].

15. En su tratado De fine ultimo humanae vitae, un teólogo francés del siglo XX se planteó el problema de si es posible atribuirles a los beatos el pleno ejercicio de la vida vegetativa. Y lo hizo, por razones comprensibles, para la facultad nutritiva (potestas vescendi) en particular. La vida corpórea, argumenta, consiste esencialmente en las funciones de la vida vegetativa. Por lo tanto, la restitución perfecta de la vida corpórea que tiene lugar en la resurrección no puede no implicar el ejercicio de estas funciones. "Parece más bien razonable que la potencia vegetativa no sólo no sea abolida en los elegidos, sino que de algún modo maravilloso [mirabiliter] sea aumentada." El paradigma de esta persistencia de la función nutritiva en el cuerpo glorioso está en la comida que Jesús resucitado comparte con los discípulos (Lucas 24, 42-43). Con su usual e inocente pedantería, los teólogos se preguntan si el pescado asado que Jesús comió fue también digerido y asimilado, y si los restos de la digestión fueron eventualmente evacuados. Una tradición que se remonta a Basilio y a la patrística oriental afirma que las comidas ingeridas por Jesús -tanto en vida como después de la resurrección- eran asimiladas integralmente, de modo que no era necesaria la eliminación de restos. Según otra opinión, tanto en el cuerpo glorioso de Cristo como en el de los beatos la comida se transforma inmediatamente, a través de una especie de evaporación milagrosa, en una naturaleza espiritual. Pero esto implica -y Agustín fue el primero en deducir esta consecuencia- que los cuerpos gloriosos -para empezar, el de Jesús-, aun sin necesidad de alimentarse, mantienen de algún modo su potestas vescendi. En una especie de acto gratuito o de esnobismo sublime, los beatos comerán y digerirán el alimento sin tener necesidad alguna de ello. Contra la objeción de aquellos que observan que, puesto que la excreción (deassimilatio) es tan esencial como la asimilación, ello significa que en el cuerpo glorioso habrá un tránsito de materia de una forma a la otra -y, entonces, una forma de corrupción y de turpitudo [torpeza]-, el teólogo en cuestión afirma que en las operaciones de la naturaleza nada es abyecto en sí mismo. "Así como ninguna parte del cuerpo humano es en sí indigna de ser elevada a la vida de la gloria, ninguna operación orgánica debe ser considerada indigna de participar en ella [...]. Es una falsa imaginación creer que nuestra vida corpórea sería más digna de Dios cuanto más diferente sea de nuestra condición presente. A través de sus altísimos dones, Dios no destruye las leyes naturales, sino que, por el contrario, las cumple y perfecciona con su inefable sabiduría." Hay una defecación gloriosa, que sólo tiene lugar para exhibir la perfección de la función natural. Pero de su posible uso los teólogos no dicen ni una sola palabra.

16. La gloria no es más que la separación de la inoperosidad en una esfera especial: el culto o la liturgia. De este modo, aquello que era sólo el umbral que permitía el acceso a un nuevo uso se transforma en una condición permanente. Por lo tanto, un nuevo uso del cuerpo sólo es posible si le arranca la función inoperosa a su separación, sólo si logra hacer coincidir en un único lugar y en un único gesto el ejercicio y la inoperosidad, el cuerpo económico y el cuerpo glorioso, la función y su suspensión. La función fisiológica, la inoperosidad y el nuevo uso insisten en el único campo de tensión del cuerpo y no se dejan separar de él Porque la inoperosidad no es inerte, sino que, en el acto, hace aparecer la misma potencia que en él se ha manifestado. En la inoperosidad, no es la potencia la que es desactivada, sino sólo los objetivos y las modalidades en los que su ejercicio había sido inscripto y separado. Y es esta potencia la que ahora deviene el órgano de un posible nuevo uso, el órgano de un cuerpo cuya organicidad se ha vuelto inoperosa y suspendida.
Usar un cuerpo y servirse de él como instrumento para un fin no son, de hecho, la misma cosa. Pero tampoco se trata aquí de la simple e insípida ausencia de un fin, con la que muchas veces se confunden la ética y la belleza. Se trata, más bien, de volver inoperosa una actividad destinada a un fin, para disponerla a un nuevo uso, que no abole el viejo, sino que insiste en él y lo exhibe. Tal como hacen el deseo amoroso y la así llamada perversión cada vez que usan los órganos de la función nutritiva y reproductiva para desviarlos -en el acto mismo de su ejercicio- de su significado fisiológico hacia una nueva y más humana operación. O el bailarín, cuando deshace y desorganiza la economía de los movimientos corporales para reencontrarlos en su coreografía intactos y, a la vez, transfigurados. El cuerpo humano en su simple desnudez no es desplazado aquí hacia una realidad superior y más noble: más bien es como si, liberado del sortilegio que lo separaba de sí mismo, ahora accediera por primera vez a su verdad. De este modo -en cuanto se abre al beso-, la boca se vuelve realmente boca, las partes más íntimas y privadas se vuelven el lugar de un uso y un placer compartidos, los gestos habituales se vuelven la escritura ilegible cuyo significado oculto el bailarín descifra para todos. Porque -en cuanto tiene por órgano y objeto una potencia- el uso no puede ser nunca individual y privado, sino sólo común. Así como, en palabras de Benjamin, la satisfacción sexual, que ha vuelto el cuerpo inoperoso, separa el vínculo que une al hombre con la naturaleza, así, el cuerpo que contempla y exhibe en los gestos su potencia accede a una segunda y última naturaleza, que no es sino la verdad de la primera. El cuerpo glorioso no es otro cuerpo, más ágil y bello, más luminoso y espiritual: es el mismo cuerpo, en el acto en que la inoperosidad lo libera del encanto y lo abre a un posible nuevo uso común.



En Desnudez
Traducción: Mercedes Ruvituso, María Teresa D’Meza y Cristina Sardoy
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2011
Fuente foto (s-d)


6 abr. 2013

Benjamin Franklin: Sobre la libertad y la necesidad, el placer y el dolor (1725)

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A James Ralph

Muy señor mío:

De acuerdo con su petición, voy a darle noticia de mis creencias presentes sobre el universo. Se las daré con toda sinceridad y si le valen de satisfacción me daré yo también por satisfecho. Sé de antemano que mi planteamiento es susceptible de numerosas objeciones por parte de lectores con menos discernimiento que usted; pero no es en esos lectores en quienes pienso al escribir. Le tengo que prevenir de que tenga cuidado en distinguir las partes hipotéticas de mis razonamientos de las concluyentes. Se podrá dar usted cuenta de lo que tomo como tema de tesis y de simple hipótesis. En conjunto lo someto a su parecer, y tendré en cuenta su estima y criterios para calorar yo mismo mi trabajo.


Sección Primera: Libertad y Necesidad

I. Se dice que existe un primer motor, llamado Dios, autor del Universo.
II. Se le considera poseedor de sabiduría, bondad y poder sumos.

Estas dos premisas vienen a ser coincidentes entre todas las sectas y opiniones y las doy por sentadas como previas a mi argumentación. Lo que viene a continuación, por consiguiente, no es más que una cadena de conclusiones derivadas de ellas que sólo se mantendrán en la medida en que resulten verdaderas o falsas.

III. Es toda bondad, luego no puede hacer más que el bien.
IV. Es todo sabiduría, luego no puede equivocarse.

Lo verdadero de estas proposiciones en relación con las dos primeras es, a mi juicio, evidente; opino que ni la bondad absoluta puede dar lugar a lo malo ni la sabiduría infinita a lo erróneo, o caeríamos en una contradicción que repugnaría al sentido común del hombre.

V. Es todopoderoso; luego no puede existir ni actuar nada en el universo contra o sin su conocimiento; y lo que Él consiente ha de ser bueno, ya que es la bondad misma; luego no existe el Mal.

La eterna cuestión es ¿Unde Malum? Muchos de los pensadores que en el mundo han sido se han sentido perplejos ante esta pregunta. Se admite que existen muchas cosas y actos a los que calificamos de malos: el dolor, la enfermedad, la necesidad, el latrocinio, el crimen, etc. Que en realidad no son ni males ni enfermedades ni defectos en el orden universal, se demostrará en la sección próxima, así como en la presente proposición y en la siguiente. Evidentemente, suponer que algo exista o se haga en contra de la voluntad del Todopoderoso es negarle esa condición de todopoderoso. Son contradicciones indefendibles. Y negar que toda cosa o acción cuya existencia Él consienta han de ser buenas, es negar sus dos atributos de Sabiduría y Bondad.

Los filósofos nos dicen que nada se hace en el universo sino porque Dios lo hace o lo permite. Tal cosa, como es todopoderoso, es cierta, pero ¿por qué esta distinción entre hacer y permitir? En efecto: ellos dan por sentado que hay muchas cosas en el universo que existen de tal modo que no son perfectas, y que se hacen cosas que no debieran hacerse. Tales cosas o acciones no pueden atribuírselas a Dios porque empezamos por atribuirle la Sabiduría y la Bondad. Ahí reside la clave de la palabra permitir. Él permite que se hagan, nos dicen estos filósofos. Pero nosotros razonamos de esta suerte: si Dios permite que se ejecuten acciones es porque o le falta poder o le falta voluntad para impedirlo; si admitimos que le falta poder, negamos que sea Todopoderoso, y si negamos que le falta voluntad de impedirlo, negamos que la acción sea mala o que Él sea la bondad absoluta, porque el mal es esencialmente contradictorio con la suprema Bondad.

Se me dirá tal vez que Dios permite las malas acciones con fines justos y razonables. Pero ésta es una afirmación que se autodestruye, desde el momento en que un Dios infinitamente bueno no puede permitir nunca el menor mal y cualquier cosa que Él permita que exista para fines buenos, por el mero hecho de permitirla, se convierte en buena.

VI. Si una criatura está hecha por Dios, dependerá de Dios, de quien recibirá toda su fuerza, con lo cual esa criatura no podrá hacer nada que sea contrario a la voluntad de Dios, porque Dios es Todopoderoso, sino que tendrá que ser agradable a ella; pero lo que sea agradable a ella, debe de ser bueno, porque Él es bueno. Así, pues, no podrá ninguna criatura hacer nada que no sea bueno.

Esta proposición viene a ser lo mismo que la anterior, aunque más completa, y su conclusión igual de evidente. Aunque una criatura pueda realizar muchas acciones que su prójimo llame malas y que necesariamente ocasionen a su autor sufrimientos (que su prójimo llamará castigos). Esta proposición prueba que esa criatura no puede ejecutar cosas intrínsecamente malas o desagradables a los ojos de Dios, y que las dolorosas consecuencias de sus malas acciones (o las que así se consideran), no son, ni tienen por qué ser, ni castigos ni desgracias, es algo que veremos a continuación.

No obstante, el difunto y erudito autor del libro titulado La religión de la naturaleza (que le envío adjunto) nos ha proporcionado una pauta con la que poder descubrir cuáles de entre nuestras acciones se pueden denominar buenas y cuáles malas. Consiste esa creencia en lo siguiente: «Toda acción realizada de acuerdo con la verdad es buena; y toda acción contraria a la verdad es mala; actuar de acuerdo con la verdad es utilizar y estimar cada cosa como lo que es, etc. Es decir: si A le roba el caballo a B y se marcha con él, no lo usa como lo que es como propiedad de otro, sino como propio, lo que es contrario a la verdad y es por ello malo.» Pero, como dice este mismo caballero (sección I, proposición VI): «Para juzgar correctamente lo que es cada cosa hay que tener en cuenta no sólo lo que es desde un determinado punto de vista, sino desde cualquier otra posición; y hay que tener presente la descripción completa de la cosa en cuestión. En el caso mencionado habría que tener presente que A es un ser naturalmente codicioso, inquieto por la posesión del caballo de B, lo cual le produce una inclinación a tomarlo, más fuerte que su miedo al castigo a que se expone por hacerlo. Esto es la verdad, y A actúa de acuerdo con esa verdad cuando roba el caballo. Además, si se prueba que es verdad que A no controla sus actos, resultaría indiscutible admitir que actúa de acuerdo con la verdad, sin poder hacerlo de otro modo.»

No es que con esto se quiera alentar el robo o defenderlo. Es sólo a título de argumentación y no puede tener ningún efecto perjudicial. El orden y concierto de las cosas no se verá afectado por razonamientos de esta naturaleza, y resultaría en este sentido tan justo y necesario, y tan acorde con la verdad, que a B le repugnara el robo de su caballo y lo castigara, como que A le robara el caballo a B.

VII. Si, por consiguiente, la criatura se encuentra limitada en sus acciones y no puede ejecutar sino aquellas que Dios le permite, no dispondrá de nada que pueda llamarse libertad, libre albedrío o capacidad para hacer o no hacer.

Por libertad se entiende en ocasiones la ausencia de impedimento. En este sentido todas nuestras acciones puede decirse que son consecuencia de nuestra libertad, pero es una libertad del mismo tipo que la de un cuerpo grávido que cae a tierra; tiene libertad de caer, pero, al propio tiempo, no puede evitarlo, careciendo de libertad para permanecer suspendido en el aire.

Vamos a utilizar el mismo argumento en otro sentido. Supongamos que, en la acepción común de la expresión, somos agentes libres. Como el hombre forma parte de esta gran máquina que es el universo, sus acciones corrientes son requisito para que esa máquina siga moviéndose, y entre las cosas pueda elegir unas y rechazar otras, siendo por ello libre. Pero en cada momento concreto siempre habrá algo que es lo óptimo que se puede hacer y, por consiguiente, eso será lo bueno entonces y con respecto a ello todas las demás cosas serán, en aquel momento, malas. Para saber qué es lo óptimo que puede hacerse, y qué es lo que no lo es, es preciso que podamos prever las intrincadas consecuencias de cada una de nuestras acciones respecto del orden universal, tanto presente como futuro. Pero resulta que hay innumerables consecuencias y tan incomprensibles que se escapan al que no es omnisciente. Como esas cosas no las podemos prever, no tenemos más que una posibilidad entre diez mil de acertar, y nos veremos perpetuamente constreñidos a andar en tinieblas, a perturbar el universo, pues cada equivocación que cometa una parte de él será una falta o una mancha en el orden del conjunto del universo. ¿No será, por tanto, necesario que nuestras acciones sean gobernadas y orientadas por una providencia sapientísima? ¡Qué precisas y perfectas son todas las cosas en el mundo de la naturaleza! ¡Qué orden el de cada pieza dentro del conjunto! ¡No se puede descubrir ni el menor fallo! Los que han estudiado los reinos vegetal y animal demuestran que su armonía y su belleza no se pueden superar. ¡Y qué decir de los cuerpos celestes, de las estrellas y los planetas! ¿Es que hemos de admitir que en el orden moral haya de darse una negligencia que no se advierte en el natural? Sería como pensar en un artífice inteligente que hubiera construido curiosa máquina o un reloj, instalando todas sus ruedecillas y engranajes con tal interdependencia que no pudiera funcionar si no es con la mayor regularidad y sin fallos de ninguna de sus piezas, y a pesar de lo cual hubiera dejado que algunas de ellas se moviesen con independencia, ignorantes del general interés del reloj. Las tales piezas, moviéndose a su antojo, trastornarían todo el conjunto, obligando a trabajar incesantemente al operario encargado de repararlo. En este caso, ¿no estaría indicado como remedio quitarle a esa máquina las piezas rebeldes y sustituirlas por otras que se atuviesen al orden general?

VIII. Si no existe en realidad el libre albedrío en las criaturas, no existirían tampoco ni el mérito ni el demérito en ellas.
IX. Y, en consecuencia, todas las criaturas habrían de recibir de su creador idéntica estimación.

Parece que estas conclusiones se siguen necesariamente de lo anterior, pues no existe ninguna razón, en realidad, para que el Creador otorgara su estima en grado diverso a unas u otras partes de su obra, si ha usado de la misma Sabiduría y Bondad para crearlas, y todo vicio o defecto quedan automáticamente excluidos por su voluntad como contrarios a su naturaleza. El argumento entonces quedaría reducido a lo siguiente: Cuando el Creador concibió al universo, o su intención fue que todas las cosas existentes se ordenaran de la misma suerte en que están ahora, o su voluntad fue que lo estuviesen de otra manera. Decir que las quiso de otra manera es admitir que han contradicho su voluntad y roto el orden que él impuso, cosa incompatible con su Poder. Por consiguiente, habremos de concluir que todas las cosas existen hoy de una manera grata a su Voluntad y que, en consecuencia, todas son igualmente buenas y por ello igualmente estimadas por Él.

A continuación procederé a demostrar que, al ser todas las obras del Creador igualmente estimadas por Él, todas son igualmente utilizadas, como es justo que lo sean.


Sección II

A continuación haré un breve sumario de todo lo anterior.

1. Se da por sentado que Dios, Creador y Regulador del universo, es infinitamente sabio, bueno y poderoso.
2. Como consecuencia de Su infinita Sabiduría y Bondad, se admite que cuanto haga debe ser infinitamente sabio y bueno.
3. A menos de que algo o alguien se interpusiera en sus designios, lo cual es imposible porque Él es todopoderoso.
4. Consecuentemente con Su infinito Poder, se afirma que nada puede existir ni hacerse en el universo sin Su Voluntad, y que eso ha de ser necesariamente bueno.
5. Por eso el mal queda excluido, y con él, todo mérito o demérito; y, de la misma forma, se descarta toda preferencia de Dios por una parte de la creación.

Este es el resumen de la primera parte.

Pues bien, las nociones usuales sobre la justicia nos dirán que si todas las cosas creadas son igualmente agradables al Creador, deben ser usadas de la misma manera por Él. Y que lo son se deduce del argumento anterior. No obstante, vamos a confirmarlo demostrando cómo se usan por igual.

1. Una criatura dotada de vida y conocimiento capaz de sufrir intranquilidad y dolor.
2. Ese dolor produce deseos de liberarse de él en proporción a su intensidad.
3. Satisfacer ese deseo produce un placer de igual intensidad.
4. Por lo que el placer es equivalente al dolor.

De estas premisas se desprende:

1. Que todas las criaturas experimentan tanto placer como dolor.
2. Que la vida no es preferible a la insensibilidad, ya que placer y dolor se destruyen entre sí; que al ser al que se le sustraen diez grados de dolor de diez grados de placer no le queda nada, con lo que viene a estar en igualdad con el ser que sea insensible.
3. La primera parte demuestra que todas las cosas deben ser utilizadas por igual porque el Creador las estima por igual. Y esta segunda parte demuestra que son estimadas por igual porque son usadas por igual.
4. Como toda acción es consecuencia de la insatisfacción, la distinción entre vicio y virtud queda descartada...
5. No cabe pensar en un estado de mayor felicidad que el presente, porque placer y dolor son inseparable...

Me doy cuenta de que la doctrina que aquí expongo no encontraría, caso de publicarse, mas que una acogida indiferente, ya que la humanidad propende a dejarse halagar. Todo lo que satisface a nuestro orgullo y tiende a exaltar a nuestra especie sobre el resto de la creación nos lo solemos creer más fácilmente, mientras que las verdades que son desagradables se rechazan con la mayor indignación. «¿Qué?, se dirá, ¿es que nos vamos a comparar con los animales innobles del campo, con lo más bajo de la creación? No, eso no se puede admitir» Pero, si utilizamos el sentido común aunque sea sólo un poco, los gansos seguirán siendo gansos por mucho que pensemos que son cisnes, y la verdad no tiene más que un camino por mucho que a veces resulte desagradable o nos mortifique.


The Papers of Benjamin Franklin (Ed. de Labaree, I, 57-72)
En Autobiografía y otros escritos
Edición: Luis López Guerra (1982)
Imagen: Benjamin Franklin por Jean-Antoine Houdon/Foto Barney Burstein/Corbis