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11 mar. 2007

Quintero Mejía Álvaro - A dos manos y una paletapo

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Sucesión de estampas y agonía de signos

Velan la danza y la fuga geométrica

del color y la escritura

en el muro de las lamentaciones:

Einstein y las brujas de Salen

la luna y la danza del vientre

atraviesan el círculo del agua

descienden por ecuaciones de fuego

al bosque de peces que pintara

Arcimboldo en una prisión de Praga

El ojo inventa el incendio de luz en la mezquita

el cuadro arde en una punta de la kaaba

Múltiples voces y un sólo rostro

desde el alba hasta el poniente

profieren y contemplan

fragmentos de agua viva y exceso de suras

Quintero Mejía Álvaro - Cioran

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Cioran recorre la noche del suicida.

Encara ese pequeño dios azotado por la duda.

Arroja a las aguas del Sena la moneda escéptica.

El suicida cae tras de ella.

La noche se torna más clara y más esplendorosa.

Quintero Mejía Álvaro - Alejandra Pizarnik

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Escucho cómo va en aumento el tropel de voces en la cabeza, cómo se aplican a mejorar la estridencia a la altura del tímpano. La multitud sin prisa crece, la muchedumbre de ecos circula sin tropezar con sombra amiga. Un grito azul hace alarde de su vestimenta roja, de la cáscara que protege la habitación de las venas. Escucho cómo la cordura se alía al río de anatemas, cómo intenta seducir sin cauce con razones de grifo y un argumento secreto. Escucho una riada de voces.

Álvaro Quintero Mejía - Crepúsculo de sombra

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Reía sin saber del animal que dormía a mi lado. Se alzaba del humus de la selva un sol de quinina, imponiendo al camastro vegetal la seducción de la fiebre. Marchaba sin avanzar por la división de lodo. Grandes voces y riadas de gritos acosaban el casco de las uñas. Pobres vientos imputaban el manual de presagios. Pequeñas lesiones en la mandíbula estimulan al sordo monólogo. Confiaba en la indiferencia del eucalipto y en la temeridad de la alturas para seducir al Lazarillo de luz a un crepúsculo de sombra. Me sentía inmaculado, adúltero a medida que hablaba y tropezaba con el resplandor antiguo de un dios amargo. Me sabía confuso y lanzado hacia mí mismo, Selva abajo. El grito se tornó en tributo ofrecí en el descanso del bramido la prolongación de la vagina en la cicatriz abierta de la caries. Conocí en la temeridad impuesta el acoso de la desnudez pulcra, la devoción con la que los instructores de intimidad roen y perfilan la educción sentimental de un futuro puñado de agonía. Abandonado a la quemadura del frío aguardé el porte inmóvil del agua, la lascivia proverbial del quién se sabe que se hunde.

Álvaro Quintero Mejía - Agua tinta

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Rostro devorado

por la arena

caravana de relatos

a lomo de páginas en blanco.

Rostro o pozo

decantando el paso

del agua por las manos.

Rostro o libro de pájaros

escalando el aliento

del paisaje

simulando el reino

del ciervo blanco.

Quintero Mejía Álvaro - Signos

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Cierro el puño, atrapo aire, y escribo.
Así toda una vida acumulando aire
y escribiendo en el cuerpo del día.

Signos, sucesión de signos
-tendidos en las cuerdas del patio-
ceremonia matinal donde se orean las vocales,
el alma se prepara a las más arduas mudanzas del lenguaje
y el abecedario exhibe su mejor postura de cadáver.