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22 nov. 2012

Liudmila Quincoses Clavelo: Cuatro poemas

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Sombra del condenado

Yo soy quien te habla del otro lado del sendero,
altivo caminante no me evites.
No cierres esos ojos que el miedo ha de anularte,
no dejes que se borren las huellas del dolor.
Hay un atardecer que no se acaba nunca,
y rostros en la noche que no tienen vida.
Yo siempre estoy contigo,
no es el viento el que mueve las ramas en la noche.
Escúchame, te llamo desde el sitio más solo,
te llamo sin mi voz.
Soy el paso del ciego hacia el abismo inmenso,
y el reo que en silencio se fuga hacia la muerte.
No creas que te acoso, esto no es agonía.
Agonía es no tenerte dormido ni despierto,
sino siempre distante.
Has un alto en tu absurdo camino
y susúrrame algo, una frase, una queja.
Yo soy tu voluntad,
sin mí los cerros altos se tornan imposibles.


Alguien ha cerrado las ventanas a la plaza

Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por qué ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo,
fundarla.


Ultima estación

Me han dicho que una luz se extingue,
que otra vez el cielo vuelve del remoto sitio
en que todo es divino, en que todo se rompe.
Sé de regiones donde no has pisado,
donde los hombres cantan
y los barcos mutilados cruzan el océano.
La tristeza es vasta, el silencio profundo.
Debajo de la tierra germinan las semillas,
germinan los muertos con sus dientes juntos.
Vi el anillo de oro sucio en el inmenso ataúd.
Y tu retrato,
que no volverá a parecerme hermoso.


Fin de algo

Un ciclo se cierra,
se detiene la absoluta crueldad con que los astros
definen la belleza, lo podrido.
Caminábamos aquella tarde bajo los árboles
cuando nos despedimos en el parque de 15.
Yo te vi atravesar cabizbajo el sendero torcido
y desaparecer.
Nunca pude volver a Lamparilla,
ni recordar exactamente el silbato del barco
hacia la isla.
Todos son fragmentos del algo que termina.
En la Avenida de los mártires caen las mismas flores.
Duarte y yo
compartimos el milagro del domingo.
El Ermitaño y yo
encontramos monedas aún calientes
por un sol que sabemos
que nos mata.
Camino en círculos,
me siento en el mismo café.

De entre la gente espero que salgas,
que aparezcas, para nada.
Para entender el comienzo de todo,
el fin de algo.



En Poemas en el último sendero
Liudmila Quincoses Clavelo, Cuba 1975

15 mar. 2007

Liudmila Quincoses Clavelo - Casablanca

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Bajo la luz de la tarde,
bajo el poderoso naranja de la tarde
miramos el infinito.
Miramos la ciudad como la contemplan
los ojos de piedra del Cristo.
Sentados en el muro,
con los pies en la nada,
yo observaba
la bandera inútil,
los colores de todo,
el verdadero paisaje que se pierde,
como el sol tras los viejos edificios.
Siempre temo decir otras palabras.
Vamos a morir,
vamos a olvidar que una vez existió Casablanca
y el hombre que caminara sobre el mar,
el que yace en la piedra.



Liudmila Quincoses Clavelo (Sancti Spíritus [Cuba], 1975). Ha publicado los poemarios: Un libro raro (1995), En el último sendero el iniciado piensa (1996), Los territorios de la Muerte (2001) y Poemas en el último sendero (2002). Textos suyos han aparecido en diferentes antologías, entre otras L’isola che canta (1998), Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (2000), Los parques (2002) y Heridos por la luz (2002). Miembro de la UNEAC y de la AHS. Le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional.