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3 abr. 2013

James Salter: Vía negativa

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Existe un tipo de escritor menor al que uno encuentra en una sala de la biblioteca firmando ejemplares de su novela. El dedo índice tiene el color del té, la sonrisa llena de dientes en mal estado. Sin embargo, entiende de literatura. Sus pobres huesos se han formado con ella. Conoce lo que se ha escrito y dónde lo escribieron los autores. Sus opiniones son frías pero certeras. Son puras, como mínimo tienen eso.
El es desconocido, aunque no carece de algunos admiradores. La verdad es que son como el matrimonio, aburridos, pero, ¿qué más hay? Su vida está en sus diarios. En ellos, en algún sitio, hay esta frase de un astrólogo: «Tus compañeros naturales son las mujeres». De vez en cuando, quizá. No más. Su cabello es escaso. La indumentaria ya está algo pasada de moda. Sin embargo, es consciente de que existe una gloria que al final cae sobre ciertas figuras a las que apenas se prestó atención en su época, que las roza en la oscuridad y recrea sus vidas. Sus héroes son Musil y, por supuesto, Gerard Manley Hopkins. Bunin.
Hay escritores como P, que viven en una suite lujosa y calzan zapatos ingleses, que avanzan por la calle envueltos en una aureola deslumbrante y la gente parece cederles el paso, abrirles un túnel semejante al ojo de un huracán.
—He oído comentar que has hecho una fortuna con tu último libro.
—¿Qué? No les hagas caso —te dicen, a pesar de que todo el mundo sabe la verdad.
De cerca ves que los zapatos están hechos a mano. El dueño ostenta una abundante mata de pelo. Su rostro es enérgico, y su frente, y su larga nariz. El suyo es un rostro dolorido, duro como una piedra. En quien le ha interpelado reconoce a alguien que ha publicado varios relatos. Sólo dispone de un momento para hablar con él.
—El dinero no significa nada —le dice—. Basta con mirarme. Ni siquiera puedo permitirme un corte de pelo decente.
Habla en serio. No sonríe. Cuando regresó de Londres y le pidieron que respaldara la novela de un joven conocido suyo, contestó: «Dejadle que lo haga tal como lo hice yo. Por sí solo».
—Todos persiguen algo —añadió.
Luego están los viejos escritores que deben su encumbramiento a la revista New Yorker y se mueven en círculos adinerados, como W, que fue famoso a los veinte años. Algunos críticos consideran ahora que su obra es superficial, carente de originalidad. Había sido amigo del escritor más importante de nuestra época, un escritor que había inspirado a innumerables imitadores. Aunque quizá fuera preferible decir que fue uno de los más grandes: no todo el mundo está de acuerdo con este aspecto, y no quiero entrar en polémicas. Más adelante, los dos se habían enemistado, pero a W no le gustaba explicar por qué.
Su primer relato, ampliamente difundido —todo el mundo lo conoce—, le había proporcionado al menos cincuenta mujeres con el paso de los años, según él mismo declaró. Su mujer estaba enterada de eso, pero al final también rompió con ella. No era un hombre que conservara su atractivo. Unas pequeñas venitas habían empezado a asomar en sus mejillas. Los ojos se le volvieron rojizos e insultaba a la gente, incluso a los camareros en los restaurantes. Sin embargo, se decía que en su juventud había sido muy generoso, muy valiente... Que luchaba contra la injusticia. Había entregado dinero al bando republicano en España.

Por la mañana. Los dentistas están desplegando su instrumental. En los portales, cuando el sol los ilumina, los vagabundos empiezan a desperezarse. Nile iba en autobús a visitar a su madre; la frase de Victor Hugo acerca de que «todos los ejércitos del mundo son incapaces de detener una idea a la que le ha llegado su momento» figuraba impresa en un anuncio sobre su cabeza. Iba sin peinar. En el rostro tenía la arrogancia, los labios cuarteados de alguien decidido a vivir sin dinero. Su madre salió a recibirle a la puerta y le cogió el pálido rostro entre sus manos. Retrocedió un paso para verle mejor. Estaba temblando ligeramente, con un movimiento rítmico, constante.
—Tus dientes... —murmuró la mujer.
Se los ocultó con la lengua. Su tía salió de la cocina para abrazarle.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó a gritos—. Adivina lo que tenemos para almorzar.
Como a la mayoría de las mujeres obesas, le gustaba reír. Había enviudado dos veces, pero una copa bastaba para hacerla bailar. Se fue a poner la mesa. Al pasar ante la ventana, echó un vistazo a la calle. Al otro lado había un cine.
—Degenerados —exclamó.
Nile se sentó entre las dos, acercando la silla a la mesa mediante breves rozaduras en el suelo. No se habían molestado en arreglarse. La cordialidad de los almuerzos familiares, en los que lo único que importaba era la comida. Siempre se sentía hambriento cuando iba a verlas. Mientras hablaba daba bocados a una rebanada de pan con una gruesa capa de mantequilla. Había bacalaos pequeños abiertos por la mitad y cebollitas salteadas en un plato enorme. Y voces por todos lados: el televisor en marcha, la radio en la cocina... Contestaba a sus preguntas con la boca llena.
—Son algo insulsos —comentó su madre—. ¿Los has hecho de la misma manera?
—Tal como los hago siempre —contestó su tía, y probó un trozo—. Puede que falte un poco de sal.
—Tú nunca pones sal al pescado —replicó su madre.
Nile siguió comiendo. El pescado se deshacía bajo la presión del tenedor, húmedo y blanco. Percibía el suave olor a yodo del mar. Conocía el mercado en que lo habían mantenido expuesto sobre hielo, al dueño judío que no se afeitaba. Su tía le estaba observando.
—¿Sabes una cosa? —preguntó la mujer.
—¿El qué?
No se dirigía a él. Había hecho un descubrimiento.
—Por un momento, mientras comía, me ha parecido idéntico a su padre.
Una pausa repentina, placentera, se hizo en el comedor, un abismo que no existía cuando hablaban sólo de la inmortalidad o del peligro de los negros. Su madre le miró con veneración.
—¿Has oído esto? —le preguntó, callada la voz, anhelante de los mitos del pasado. La oscuridad se había instalado en torno a sus ojos, su carne era vieja—. ¿En qué te asemejas a él? —Quería oírselo decir.
—No me parezco a él —contestó.
No oyeron su respuesta. Estaban discutiendo acerca de la infancia de él, de varios detalles, de los poemas que memorizaba, de su precioso cabello. De lo buen estudiante que era. De lo adulto mientras comía, el tenedor demasiado grande para su mano. La barbilla era como la de su padre, dijeron. La forma de su cabeza.
—La parte de atrás —puntualizó su tía.
—Una hermosa cabeza —confirmó su madre—. Tienes una cabeza perfecta, ¿lo sabías?
Después se tumbó en el sofá y escuchó mientras ellas lavaban los platos. Cerró los ojos. Todo le era familiar, frases que había oído con anterioridad, discusiones sobre el pasado, incluso el olor de los almohadones que tenía bajo la cabeza. En el dormitorio había una colección de fotografías dentro de marcos mal ajustados. En ellas, si uno seguía su progresión, había rostros cada vez más viejos, cada vez menos prometedores. ¿De veras había escrito todas aquellas cartas solemnes que ellas guardaban en cajas de zapatos junto a sus libros escolares y a los programas doblados por la mitad? Estaba durmiendo en el museo de su vida.
Se marchó a las cuatro. El portero leía el periódico, el cuello desabrochado y el aire que le envolvía impregnado con los olores de la cocina. Ni siquiera se molestó en levantar la vista cuando Nile salió. Se hallaba enfrascado en la descripción de dos mujeres cuyos cuerpos atados habían encontrado en la orilla de un canal. No había fotos, sólo las de un anuario escolar. Era el mes de junio. La calle estaba flanqueada por hileras coches y las cunetas se derretían.
Las tiendas estaban cerradas. En los escaparates, abandonados a la tarde, se exhibían libros, cosméticos, prendas de piel. Se demoró ante ellos. En su interior brotó una intensa sed de dinero, el deseo de sentirse reconocido. Por enésima vez caminó por calles que no le reconocían en absoluto, ante interminables edificios de pisos, consulados, bancos. Llegó a la altura de las calles Cincuenta, detrás de los grandes hoteles. En las calles imperaba la humedad, como en los aposentos de la servidumbre. Por todas partes había papeles, sobres, paquetes de cigarrillos vacíos.
En el piso de Jeanine se estaba mejor. El suelo relucía. Notó que el aliento de ella era dulzón.
—¿Has salido? —le preguntó él.
—No, todavía no.
—Es como si las calles se derritieran —comentó . No estarías trabajando, ¿verdad?
—Estaba leyendo.
Desde sus ventanas podía ver la parte trasera del Plaza, el salón del segundo piso en donde trabajaban los peluqueros. Era de color rojo, con espejos que multiplicaban sus secretos. Algunas tardes, desnudos los dos, habían estado observado sus mudas actuaciones.
—¿Qué lees? —preguntó.
—A Gogol.
—Gogol... —Cerró los ojos y empezó a recitar—: «En el interior del carruaje iba sentado un caballero, ni atractivo ni feo, ni demasiado fornido ni delgado, ni viejo pero tampoco demasiado joven...».
—Qué memoria la tuya.
—Escucha. ¿De qué novela es esto? «Durante mucho tiempo estuve acostándome temprano...»
—Demasiado fácil.
Estaba sentada en el sofá, las piernas recogidas debajo de las nalgas, el libro cerca de su mano.
—Supongo que sí —dijo él—. ¿Sabes una cosa sobre Gogol? Murió virgen.
—¿De veras?
—Los rusos son algo raros en ese aspecto... El propio Chéjov pensaba que una vez al año era suficiente para un escritor.
Ya le había contado esto, recordó.
—No todo el mundo está de acuerdo en eso —añadió en un murmullo—. ¿Sabes a quién vi ayer por la calle? Vestido como un banquero. Incluso en los zapatos.
—¿A quién?
Nile se lo describió. Al cabo de un momento, ella ya supo a quién se refería.
—Ha escrito un nuevo libro —comentó Jeanine.
—Eso he oído decir. Pensé que iba a tenderme su anillo para que lo besara. Le dije: «Oye, dime una cosa. Con sinceridad. ¿Todo ese dinero, esas atenciones...?»
—No te creo.
Nile sonrió. Los dientes que su madre había lamentado quedaron al descubierto.
—Él estaba aterrorizado. Sabía lo que le iba a preguntar... Lo tenía todo, todos hablaban de él, y lo único que yo poseía era un alfiler. Una aguja. Si empujaba, se la clavaría directa en el corazón.
Ella tenía rostro de muchacho y una débil sombra de musculatura en los brazos. Se mordía las uñas hasta dejarlas en carne viva. La luz de la tarde, que de algún modo había conseguido penetrar en la estancia, brilló sobre sus rodillas. Era de Montana. Cuando se conocieron, Nile la había visto como una chica complaciente, lo cual le excitó. Incluso estúpida. Pero pronto descubrió que lo que la envolvía era una enorme lejanía, quizá la de su propia infancia. Ella se revelaba en actos sencillos, inesperados, como un joven campesino al desnudarse. Al sentarse en el sofá había dejado un brazo colgando. En la cara interior del codo pudo ver la larga y colmada arteria curvándose hacia abajo, hasta la muñeca. La tenía hinchada. Pero no palpitaba.
Había estado casada. Su pasado le dejaba atónito. Al parecer, en su cuerpo no había huellas de eso; ni siquiera un recuerdo. Todo cuanto había aprendido ella era la forma de vivir sola. En el baño tenía pastillas de jabón con el nombre grabado, jabones que nunca se habían mojado. Tenía toallas limpias, flores en un jarrón de cristal azul. La cama estaba estirada y lisa. Había libros, fruta, notas incrustadas en el marco del espejo.
—¿Qué le preguntaste en realidad?
—¿Tienes un poco de vino? —pidió Nile, y mientras ella estaba fuera siguió hablándole, levantando el tono de voz . Me tiene miedo. Tiene miedo de mí porque no he conseguido nada.
Nile alzó la vista. En el techo, el yeso se desconchaba.
—¿Sabes lo que decía Cocteau? —preguntó, casi gritando—. Que existe una fama peor que el fracaso. Le pregunté si de veras creía que merecía todo eso.
—¿Y él qué te contestó?
—No recuerdo. ¿Qué es esto? —Cogió la botella de cristal color mar que ella traía: la etiqueta estaba algo manchada—. Un Pauillac. No lo recuerdo... ¿Lo compré yo?
—No.
—Ya me parecía a mí. —Lo olió—. Muy bueno. Alguien te lo habrá regalado —sugirió.
Jeanine le llenó la copa.
—¿Quieres que vayamos a ver una película? —preguntó él.
—Creo que no.
Se quedó mirando el vino.
—¿No? —insistió.
Ella guardó silencio.
—No puedo —contestó al cabo de un momento.
Nile empezó a inspeccionar los títulos de la librería más cercanos, muchos de los cuales no había leído.
—¿Qué tal está tu madre? —preguntó—. Me gusta tu madre. —Abrió uno de los libros—. ¿Le escribes?
—A veces.
—¿Sabes que en Viking se han interesado por mí? —dijo de repente—. Les interesan mis relatos. Quieren que amplíe Noches de amor.
—Siempre me ha gustado ese relato —dijo ella.
—Ya he empezado a trabajar. Me levanto muy temprano. Desean que me haga una foto.
—¿A quién viste en Viking?
—Se me ha olvidado el nombre. Es..., en fin, un tipo de cabello negro, más o menos de mi estatura. Debería recordar su nombre... Bueno, ¿qué importa eso?
Jeanine entró en el dormitorio para cambiarse de ropa. El se dispuso a seguirla.
—No, por favor.
Nile volvió a sentarse. De vez en cuando oía los ruidos habituales, cajones cuando ella los abría o cerraba, momentos de silencio. Era como si estuviera haciendo la maleta.
—¿A dónde vas? —preguntó alzando la voz, fija la mirada en el suelo.
Ella se cepillaba el cabello. Podía oír sus movimientos acelerados, rítmicos. Se hallaba frente a su imagen en el espejo, sin ser siquiera consciente de la presencia de él. Nile era como una carta depositada encima de la mesa, como el libro de Gogol a medio leer, como el vino. Cuando salió, fue incapaz de mirarla. Se quedó sentado con los hombros encorvados, como un chiquillo apasionado.
—Jeanine —dijo—, ya sé que te he decepcionado. Pero esto de Viking es cierto.
—Lo sé.
—Estaré muy ocupado... ¿Precisamente ahora tienes que salir?
—Ya voy con retraso.
—No, eso no es cierto. Por favor...
Jeanine fue incapaz de responder.
—De todos modos, yo tengo que irme a casa y trabajar. ¿A dónde vas?
—Regresaré a eso de las once. ¿Por qué no me llamas?
Ella intentó acariciarle el cabello.
—Hay más vino —le dijo.
Ya no creía en él. En las cosas que decía, sí, pero en él ya no... Había perdido su fe.
—Jeanine...
—Adiós, Nile. —Así concluía las llamadas telefónicas.
Se iba a la zona alta, por las calles Noventa, a cenar en un piso donde no había estado nunca. Llevaba los brazos desnudos. Su rostro tenía un aspecto muy juvenil.
Cuando se cerró la puerta, el pánico se apoderó de él. De pronto se sintió desesperado. Era como si sus pensamientos salieran huyendo, dispersándose lo mismo que una bandada de pájaros. Fue una hora parecida a la muerte. En el televisor, los periodistas respondían a cuestiones complejas. Las calles estaban vacías. Empezó a registrar las cosas de ella. Primero sus prendas. Los cajones. Encontró sus cartas y se sentó a leerlas, cartas de su hermano, de su abogado, de gente que él no conocía. Empezó a sacarlo todo, blusas, ropa interior, las largas hierbas adherentes que eran las medias. De una patada apartó los zapatos, desperdigando las cajas abiertas. Rompió sus collares, las piezas cayeron como lluvia sobre el suelo. La brutalidad, la liberación de un asesino se apoderó de él. Mientras Jeanine se hallaba en la zona alta de la ciudad, a veces hablando un poco, indecisos los hombres a su lado, buscando captar su mirada, él la azotaba como un perro aullante de habitación en habitación, empujándola contra las paredes, rasgándole la ropa. Ella tropezaba, llorosa, mientras él sentía el horror de sus propios actos. No tenía derecho a ellos: ¿por qué eso lo justificaba todo?
Estaba bañado en sudor, jadeante, temía quedarse. Cerró la puerta con suavidad. Había viejos periódicos en el pasillo, los débiles ruidos de los demás apartamentos, chiquillos que regresaban de hacer recados en el colmado.
En la calle descubrió por todas partes una especie de caos: en las oscuras ventanas, en los reflejos, como si de pronto se hiciera visible para él. Le daba la bienvenida, le alababa. Los enormes neumáticos de los autobuses rugían al pasar. Era la última hora de luz. Sentía la soledad del delito. Se detuvo ante una cabina telefónica, como un adicto. Notaba débiles las piernas. No, debajo de la debilidad había algo más... Por un instante vio abismos desconocidos para él, centelleaba con imágenes. Era como si atrajera la mirada de las mujeres que pasaban por su lado. Me reconocen, pensó, me huelen como yeguas en la oscuridad. Les devolvió la sonrisa con los labios cuarteados de un incorregible. Ellas no le interesaban en absoluto, sólo el poder de inquietar. Sometía el amor de ellas hacia él, un amor estúpido, un amor sin el cual no podría respirar.
Era tarde cuando llegó a casa. Cerró la puerta. Oscuridad. Encendió las luces. No experimentaba una sensación de pertenencia allí. Se contempló en el espejo del baño. Había una claraboya encima de su cabeza, los cristales estaban negros. Se sentó debajo de la pequeña foto sin marco de una chica con la que había vivido en otro tiempo. Los bordes se habían curvado. Empezó a tocar. La nota sol estaba atascada, el piano, desafinado. En Bach no sólo había orden y coherencia, sino algo más: un código, una repetición de la que dependía todo. Al cabo de un rato sintió golpes debajo de sus pies, la escoba del idiota del piso de abajo. Siguió tocando. Los golpes se hicieron más fuertes. Si tuviera un coche... De pronto la idea se abrió paso en él, como si fuera aquello en lo que había querido pensar: en un coche. Saldría veloz de la ciudad hasta encontrarse al amanecer en las largas carreteras rurales. En Vermont. No, más lejos. En Terranova, dónde la costa todavía estaba desierta. Eso era. Un coche. Lo vio con toda claridad. Lo vio aparcado bajo la tenue luz del comienzo del día, la carrocería manchada por el viaje, una carrocería algo abollada que habría sobrevivido a algún terrible accidente ocurrido con anterioridad.
Todo es puro azar, o nada lo es... Esa noche, Jeanine conoció a un hombre que deseaba llevar a cabo, según él mismo dijo, un acto de enorme generosidad sin fin, como Genet al regalar su casa a un antiguo amante.
—¿De veras hizo eso? —preguntó ella.
—Es lo que dicen.
Era P. La habitación estaba llena de gente, y él, con toda naturalidad, le habló como si se conocieran de antes. A ella no le preocupaba lo que debía decirle, no era preciso que dijera nada. Él estaba muy cerca. Podía distinguir las arrugas de su frente, arrugas que aún no se habían hecho profundas.
—La generosidad purifica —musitó él.
Más tarde le diría que las palabras no eran un accidente, que su ordenación y elección eran como otra voz hablando, una voz que lo desvelara todo. El vocabulario era como las huellas digitales, comentó, como la caligrafía, como el cuerpo que revela el alma invisible, que la expresa.
El rostro de P era oscuro, de rasgos profundos. Formaba parte de otra raza, una raza misteriosa. Ella era consciente de cuán distinta era su propia cara, con su boca ancha, sus ojos grises, calmados, curiosos, claros como un arroyo. También era consciente del vestido que llevaba puesto, de cómo se hundían las sillas, de las dimensiones de la habitación flotando en la noche, y todo esto formaba parte de una inmersión en el flujo de la gran vida. El corazón le latía poco a poco, pero con fuerza. Nunca se había sentido tan segura de sí misma, tan desconcertada por la facilidad con que todo se revelaba.
—Soy desconfiado y codicioso —dijo él, iniciando sus confesiones—: Lo reconozco.
Más adelante le diría que en toda su vida había sido libre sólo una hora, y que esa hora era siempre con ella.
Jeanine no le hizo preguntas. Le había reconocido. En su propio piso, las luces quemaban. El aire de la ciudad, amargo como el ácido, no se movía en absoluto. Pero ella no lo respiraba. Ella respiraba otro aire. Aún no había sonreído ni una sola vez. Luego él le diría que eso era lo que con más fuerza le había atraído de ella... Sus pechos, le dijo, eran como los de esas muchachas de las tribus negras que aparecían en el National Geographic.


En Anochecer (1988)
Título original: Dusk and other stories
Traductor: Antoni Puigròs Jaume
Barcelona, Muchnik Editores, 2002
Foto (original color): James Salter 1996 © Sophie Bassouls-Sygma/Corbis