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14 jul. 2015

Descarga: Octavio Paz - El laberinto de la soledad

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Descarga: Octavio Paz - El laberinto de la soledad

Desde 1950, año de su primera edición, El laberinto de la soledad es sin duda una obra magistral del ensayo en lengua española y un texto ineludible para comprender la esencia de la individualidad mexicana. Octavio Paz (1914-1998) analiza con singular penetración expresiones, actitudes y preferencias distintivas para llegar al fondo anímico en el que se han originado: en todas sus dimensiones, en su pasado y en su presente, el mexicano se revela como un ser cargado de tradición. Las "secretas raíces" descubren ligaduras que atan al hombre con su cultura, adiestran sus reacciones y sustentan la armazón definitiva de la espiritualidad mexicana.

8 jul. 2015

Descarga: William Golding - El Señor de las moscas

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William Golding - El Señor de las moscas

Una treintena de muchachos son los únicos supervivientes de un naufragio en el que perecen todos los adultos. Enseguida se plantea cómo sobrevivir en tales condiciones, y no tardan en crearse dos grupos con sus respectivos líderes. Ralph se convierte en el cabecilla de quienes están dispuestos a construir refugios y a recolectar, mientras que Jack se convierte en el jefe de los cazadores, animados por un espíritu más aventurero. Las tensiones entre ambos bandos desembocan en un enfrentamiento que se resuelve en un baño de sangre. El señor de las moscas es un nombre para el mal en la cultura judía, y este es uno de los temas principales de la novela, junto con la contraposición entre civilización y barbarie y la validez de la disciplina, entre otros muchos.

2 jul. 2015

Descarga: Ernest Hemingway - París era una fiesta

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Por razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e impresiones no se les ha dado cabida en este libro. Hay secretos, y hay cosas que todo el mundo sabe y de que todo el mundo ha escrito y sin duda volverá a escribir.

No se encontrará mención del Stade Anastasie, donde los boxeadores servían de camareros a las mesas entre árboles, y el ring estaba en el jardín. Ni de los entrenamientos con Larry Gains, ni de los grandes combates a veinte asaltos en el Cirque d'Hiver. Ni de buenos amigos como fueron Charlie Sweeney, Bill Bird y Mike Strater, ni de André Masson ni de Miró. No se dice palabra de nuestros viajes a la Selva Negra, ni de las exploraciones de un día por los bosques que tanto nos gustaban, alrededor de París. Sería estupendo que todo hubiera cabido en el libro, pero por ahora nos quedamos con las ganas.

Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz. sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

23 jun. 2015

Descarga: Albert Camus - La peste

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Descarga: Albert Camus - La peste

La peste narra las consecuencias del aislamiento de toda una ciudad, lo cual pone de manifiesto lo mejor y lo peor que cada uno de sus ciudadanos lleva dentro: sus miedos, traiciones, individualismo, pero también la solidaridad, la compasión, el espíritu de colaboración con el prójimo en tareas comunes... Novela apasionante, de gran densidad de pensamiento y de profunda comprensión del ser humano, se ha convertido en uno de los clásicos más indiscutibles de la literatura francesa de todos los tiempos y en uno de los más leídos.

En esta novela Camus aborda un tema que no fue muy recurrente en sus obras anteriores: la solidaridad humana. Orán, ciudad argelina invadida por la peste (la enfermedad, el mal, la muerte, el absurdo del mal), encierra en sus terrenos a hombres que luchan contra ella y que están decididos a acabar con todo aquello que pueda entorpecer y denigrar la vida humana. Ejemplos de ello son el médico Rieux y su compañero Tarrou. Con La peste Camus lanza una de sus máximas fundamentales: "En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio" y niega rotundamente todo aquello, que teniendo un origen terreno o divino, sea capaz de producir sufrimiento al hombre.

Una lectura más profunda lleva a algunos a ver en la novela una crítica a la restricción de las libertades: ante la enfermedad, las autoridades van limitando los movimientos de sus habitantes para protegerlos, tal como dictaduras y gobiernos que prohíben las libertades individuales por el espejismo de un bien superior.

21 jun. 2015

Descarga: Günter Grass - Mi siglo

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Para cada año que finaliza, Grass levanta una historia desde perspectivas diversas y desde el punto de vista de diferentes personajes. Habla de los grandes acontecimientos, de aparentes banalidades, de descubrimientos científicos y técnicos, de eventos culturales y deportivos, de persecuciones y asesinatos, de las guerras y de las grandes catástrofes, pero también de los nuevos comienzos. Un vivaz y sorprendente retrato de un siglo tan rico en maravillas, pero también abundante en horrores.

11 jun. 2015

Descarga: Thomas Mann - La montaña mágica

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Descarga: Thomas Mann - La montaña mágica

«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas. Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa. La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante. La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.

10 jun. 2015

Descarga: Vladimir Nabokov - Curso de literatura europea

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A lo largo de casi dos décadas, Vladimir Nabokov impartió cursos de literatura en Wellesley y Cornell, y sus clases, con el tiempo, han llegado a constituir toda una leyenda. Nabokov, lejos de generalidades y teorizaciones, enseña a leer a sus alumnos, a «acariciar los detalles» y a apasionarse con la lectura de Jane Austen, de Dickens y Stevenson, de Proust, de Flaubert, de Joyce o de Kafka. Esas lecciones apasionadas y apasionantes, reconstruidas más tarde por Fredson Bowers a partir de los apuntes del maestro, son una ocasión única para asistir a aquellas clases legendarias y releer a fondo las grandes novelas de la literatura europea.

14 may. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Escritos políticos 1914 / 1962 (dos volúmenes)

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Descarga: Hermann Hesse - Escritos políticos 1914 / 1962 (dos volúmenes)

Los escritos políticos de Hesse constituyen el exacto reflejo de sus textos poéticos, por muy apolíticos que éstos puedan parecer. Unos y otros manifiestan, en efecto, la exacerbada independencia espiritual que Hesse supo conservar frente a las presiones de partidos políticos y camarillas diversas, y pese a las airadas tomas de posición que los dramáticos hechos de su tiempo conllevaron. Los Escritos políticos —que ha seleccionado y anotado Volker Michels, y prologado Robert Jungk— representan, pues, mucho más que protesta e indignación, «mucho más que el gusto de ceder a un ocasional acceso de furia». Y explican el aislamiento de Hesse a partir de la Primera Guerra Mundial, aislamiento que fue una consciente renuncia a vender la independencia de juicio, a someterla a la fingida solidaridad de las generalizaciones partidistas.

23 abr. 2015

Descarga: Rudyard Kipling - Relatos

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Descarga: Rudyard Kipling - Relatos

Este libro contiene algunos de los relatos más perfectos escritos en lengua inglesa. Su mérito está en la concisión, la sutil manera de contar, la generosidad que permite al lector sentirse más inteligente que el autor. Un gesto discreto, un detalle nimio, una palabra que parece ser casual, revela la verdad sobre un personaje y brinda la clave de la historia. El lector acaba la última página con la agradecida impresión de que algo, quizás innombrable, maravilloso o terrible, le ha sido revelado.

Descarga: Günter Grass - Ensayos sobre literatura

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Descarga: Günter Grass - Ensayos sobre literatura

Aislado en el tráfago de las estaciones de tren y los domicilios fortuitos, Günter Grass empleó veinte años en los artículos que ahora conforman este libro. Destinados a periódicos y revistas, los temas que aborda son literarios y políticos y están siempre tratados desde una perspectiva anecdótica. Las opiniones propuestas no salen del gabinete del crítico, sino de la libreta de un escritor, no aspiran a la originalidad ni al aserto categórico, sino a la charla informal con lectores no especializados.

En una irónica comparación de Shakespeare con Bertolt Brecht, se examina un tema caro para el autor: el vulgo y sus maneras cotidianas y políticas. Los insultos que el cisne de Avon pulía contra el pueblo bajo son comparados con los elogios que este inspiraba en el dramaturgo antifascista. Con motivo de la Primavera de Praga, se aplica la crítica de la burocracia de Kafka a las instituciones comunistas. El desarrollo y el subdesarrollo de los países del Tercer Mundo son analizados a la luz de las utopías del escritor Alfred Döblin. No faltan los apuntes y confidencias sobre la ejecución de la obra personal, la conjunción de circunstancias que llevaron a El tambor de hojalata y Del diario de un caracol.

Así, pues, nos enfrentamos a la literatura como un acto político: un modo de hacer caer al lector distraído.

16 abr. 2015

Descarga: Günter Grass - Mi siglo

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Descarga: Günter Grass - Mi siglo

Para cada año que finaliza, Grass levanta una historia desde perspectivas diversas y desde el punto de vista de diferentes personajes. Habla de los grandes acontecimientos, de aparentes banalidades, de descubrimientos científicos y técnicos, de eventos culturales y deportivos, de persecuciones y asesinatos, de las guerras y de las grandes catástrofes, pero también de los nuevos comienzos. Un vivaz y sorprendente retrato de este siglo tan rico en maravillas, pero también abundante en horrores.

13 abr. 2015

Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata, prólogo de Mario Vargas Llosa

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Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata

El tambor de hojalata fue considerado de difícil lectura cuando se publicó en 1959. El tiempo le ha otorgado la facilidad de las obras maestras, la indiscutible afirmación de su propio genio, la talla enorme de su desmesurada inventiva, la clara penetración de su crítica cruel, casi masoquista (de alemán sobre Alemania). La historia de Óscar, el pequeño que no quería crecer, es uno de los símbolos literarios más entrañables de nuestro tiempo. El tambor de hojalata es, sin ninguna exageración, uno de los libros que el siglo XX dejará en la Historia de la Literatura. Nadie sabrá leer nuestro presente sin haberlo leído.

El día de su tercer cumpleaños es un fecha determinante en la vida de Oscar, el pequeño que no quería crecer. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar crecer, sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días.

La crítica mordaz, la ironía despiadada, el espectacular sentido del humor y la libertad creadora con que Günter Grass construye esta obra maestra convierten a El tambor de hojalata en uno de los títulos más destacados de la historia de la literatura.

Con prólogo de Mario Vargas Llosa, semblanza biográfica de Francisco J. Satué y una ojeada retrospectiva de Günter Grass.

18 mar. 2015

Descarga: Pablo Neruda - El libro de las preguntas

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El Libro de las preguntas, es una obra póstuma del poeta chileno Pablo Neruda. Está integrado por un conjunto de preguntas, escritas en estilo poético, que Neruda escribió a lo largo de su vida. En ellas, con sus habituales maestría y sensibilidad, el poeta lo cuestiona todo: la naturaleza, la vida, a sí mismo o a la humanidad. Estos textos permanecieron inéditos hasta su muerte. Posteriormente se compilaron y publicaron por primera vez en 1974.

10 mar. 2015

Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

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Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

Fin de partida, junto con Esperando a Godot la obra de teatro más importante de Samuel Beckett, se representó por primera vez en 1957. Inspirada en el Rey Lear y el Libro de Job, el autor irlandés exhibe en ella su don magistral para escenificar la ceremonia trágica de la condición humana. Lear y Job conviven bajo los harapos milenarios que recubren a ese patético rey, ciego y paralítico, eternamente sentado en un trono absurdo y rodeado de un mundo «que apesta a cadáver». Hamm y Clov, amo y esclavo, personajes aniquilados y unidos en lo peor como el alma al cuerpo, no disponen, para matar la espera, sino de gestos vanos y del rumor inútil de sus palabras, en un universo que, como definió E. M. Cioran, «es quizás un infierno, pero un infierno milagroso, puesto que en él uno se libera de la doble tarea de vivir y de morir».

5 mar. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Cuentos maravillosos

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Además de publicar novelas tan inolvidables como Siddharta o El lobo estepario, Hermann Hesse cultivó durante toda su vida el género del cuento en sus más diversas variantes, y siempre con una agudeza y una sensibilidad a la que es difícil encontrar término de comparación. «Cuentos maravillosos» reúne una de las vetas exploradas por Hesse en su narrativa breve, la de unos relatos en los que la magia y lo maravilloso, que se revelan como formas de amor, cobran un papel decisivo y nos remiten a la infancia.

Nos encontramos con narraciones para pensar, para valorar sentimientos, ideas y vicisitudes, expresados con un lenguaje altamente ennoblecido, cuasi místico y muy ilustrado.

Cuentos maravillosos es sin duda la mejor y más importante antología de cuentos publicada en vida del autor, y su compilación está regida tanto por criterios cualitativos como estrictamente formales y temáticos que la dotan de unidad y coherencia.

27 feb. 2015

T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock

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T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.

Vamos pues, tu y yo,
cuando la tarde contra el cielo se tiende
como un anestesiado sobre una mesa;
vamos, a través de esas calles medio desiertas,
los murmurantes refugios de noches sin descanso
en baratos hoteles y restaurantes con aserrín y conchas:
calles que se prolongan como una tediosa discusión
de intención engañosa llevándote a un abrumador
interrogante … Ah, no preguntes, ¿Qué es?
Vamos y hagamos nuestra visita.

En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Angel.

La amarilla niebla que restriega su lomo sobre las ventanas,
el humo amarillo que pasa su hocico sobre las vidrieras
lamió los rincones de la tarde quedándose en los charcos
de los desaguaderos, dejando que cayera en su lomo
el hollín de las chimeneas se deslizó por la terraza,
dando un súbito salto, y viendo,
que era una suave noche de Octubre
se enroscó alrededor de la casa y se quedó dormido.

En verdad habrá tiempo para el humo amarillo
que resbala a lo largo de la calle frotando la espalda
sobre las vidrieras; habrá tiempo,
habrá tiempo para preparar un rostro que enfrente
los rostros que encuentras;
habrá tiempo para asesinar y crear y tiempo
incluso para todos los trabajos y días que levantan manos
y dejan caer una pregunta sobre tu plato;
tiempo para ti y para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones
y para cientos de visiones y revisiones
antes de tomar una tostada y el té.

En el cuarto las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Angel.

En verdad habrá tiempo
para preguntarse: ¿Seré capaz? ¿Seré capaz?
Tiempo para recular y bajar la escalera
-con la calvicie incipiente en mi cabeza-
(Dirán: ¡Cómo le clarea el cabello!)
Mi traje matinal, mi cuello duro contra la barbilla,
mi rica y modesta corbata, sostenida por un simple alfiler
(Dirán ¡Pero qué delgados están sus brazos y sus piernas!)
¿Seré capaz
de molestar al universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revertirá.

Porque a todas he conocido, a todos conozco.
He conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharitas de café;
conozco voces moribundas
con una moribunda caída al fondo de la música
en un cuarto alejado.
Entonces, ¿cómo puedo presumir?

Y ya he conocido los ojos,
conocido todos.
Ojos que te miran fijos con una frase convencional,
y cuando esté convertido en una fórmula,
clavado con un alfiler,
cuando esté clavado retorciéndome en la pared,
entonces,
¿cómo podría escupir todos los cabos de mis días y caminos?
¿cómo podría presumir?

Y he conocido los brazos,
conocido todos brazos con brazaletes,
blancos y desnudos
(pero a la luz de la lámpara de un claro y castaño vello)
¿Es el perfume de un vestido
el que me hace divagar?
Brazos que yacen sobre una mesa,
o se cubren con un chal.
¿Y cómo entonces presumir?
¿Y cómo podría comenzar?

¿Diré, he ido, al atardecer,
por calles estrechas
y he visto el humo que sale de las pipas
de hombres solitarios
en mangas de camisa,
asomados a las ventanas?
Debería haber sido un par de ásperas
patas de crustáceo huyendo sobre las arenas
de mares silenciosos.

* * * * *

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apacible!
Alisada por dedos largos,
dormida… fatigada… o haciéndose la enferma,
tirada en el suelo, junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y helados,
la fuerza para empujar el momento a su crisis?
Pero si he llorado y ayunado, llorado y orado,
si he visto mi cabeza
(creciendo en su calvicie)
puesta en un plato,
no soy profeta y aquí eso no importa;
yo he visto, rutilante, el momento de mi grandeza,
y he visto al eterno Lacayo
sostener mi abrigo y reír con disimulo,
y tuve miedo.

Hubiera valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre un poco de charla de tu a tu,
habría valido la pena,
haberle metido el diente al asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia una pregunta agobiante,
diciendo: Soy Lázaro,
venido de entre los muertos,
vuelto para decíroslo todo, todo os lo diré
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: No es eso lo que quise decir,
no es eso de manera alguna

Y hubiera valido la pena,
después de las puestas de sol y los jardines
delante de las casas y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té,
después de las faldas que arrastran por el suelo
y esto, y mucho más?
¡Es imposible decir lo que justamente quiero!
Como si en una pantalla,
una linterna mágica proyectase los nervios:
hubiera valido la pena
si una, arreglando una almohada o un chal,
y volviéndose hacia la ventana dijera:
no es eso, de ningún modo,
no es eso lo que quise decir en absoluto.

* * * * *

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo;
soy un cortesano,
uno que servirá para hacer bulto,
iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda un instrumento fácil,
respetuoso, contento de ser útil,
político, cauto y meticuloso;
pleno de altos conceptos, pero un poco obtuso;
algunas veces, en verdad, casi ridículo
casi, al tiempo, Bufón.

Envejezco…envejezco…
Debo subir el doblez a mis pantalones.

¿Debo partir en dos mi pelo?
¿Me atrevo a comerme un durazno?

Vestiré blancos pantalones de franela
y caminaré por la playa
He oído a las sirenas cantar entre ellas.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgando las olas mar adentro
peinando los revueltos cabellos de las olas
cuando el soplo del viento torna negra y blanca el agua.

Nos hemos detenido en las cámaras de la mar
al lado de muchachas marinas coronadas de algas rojas
y pardas hasta que voces humanas nos despierten
y nos ahoguemos.


En Prufrock y otras observaciones
Traducción: Harold Alvarado Tenorio
Imagen:  Ida Kar © National Portrait Gallery, London



The Love-Song of J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.


Let us go then, you and I, 
When the evening is spread out against the sky 
Like a patient etherized upon a table; 
Let us go, through certain half-deserted streets, 
The muttering retreats 
Of restless nights in one-night cheap hotels 
And sawdust restaurants with oyster-shells: 
Streets that follow like a tedious argument 
Of insidious intent 
To lead you to an overwhelming question. . .                               
Oh, do not ask, "What is it?" 
Let us go and make our visit. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  The yellow fog that rubs its back upon the window-panes 
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes 
Licked its tongue into the corners of the evening 
Lingered upon the pools that stand in drains, 
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys, 
Slipped by the terrace, made a sudden leap,                               
And seeing that it was a soft October night 
Curled once about the house, and fell asleep. 

  And indeed there will be time 
For the yellow smoke that slides along the street, 
Rubbing its back upon the window-panes; 
There will be time, there will be time 
To prepare a face to meet the faces that you meet; 
There will be time to murder and create, 
And time for all the works and days of hands 
That lift and drop a question on your plate;                                 
Time for you and time for me, 
And time yet for a hundred indecisions 
And for a hundred visions and revisions 
Before the taking of a toast and tea. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  And indeed there will be time 
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?" 
Time to turn back and descend the stair, 
With a bald spot in the middle of my hair—                              
[They will say: "How his hair is growing thin!"] 
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin, 
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin— 
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"] 
Do I dare 
Disturb the universe? 
In a minute there is time 
For decisions and revisions which a minute will reverse. 

  For I have known them all already, known them all; 
Have known the evenings, mornings, afternoons,                        
I have measured out my life with coffee spoons; 
I know the voices dying with a dying fall 
Beneath the music from a farther room. 
  So how should I presume? 

  And I have known the eyes already, known them all— 
The eyes that fix you in a formulated phrase, 
And when I am formulated, sprawling on a pin, 
When I am pinned and wriggling on the wall, 
Then how should I begin 
To spit out all the butt-ends of my days and ways?                   
  And how should I presume? 

  And I have known the arms already, known them all— 
Arms that are braceleted and white and bare 
[But in the lamplight, downed with light brown hair!] 
Is it perfume from a dress 
That makes me so digress? 
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl. 
  And should I then presume? 
  And how should I begin?
        .     .     .     .     .

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets               
And watched the smoke that rises from the pipes 
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? . . . 

I should have been a pair of ragged claws 
Scuttling across the floors of silent seas.
        .     .     .     .     .

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully! 
Smoothed by long fingers, 
Asleep . . . tired . . . or it malingers, 
Stretched on the floor, here beside you and me. 
Should I, after tea and cakes and ices, 
Have the strength to force the moment to its crisis?                  
But though I have wept and fasted, wept and prayed, 
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter, 
I am no prophet–and here's no great matter; 
I have seen the moment of my greatness flicker, 
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker, 
And in short, I was afraid. 

  And would it have been worth it, after all, 
After the cups, the marmalade, the tea, 
Among the porcelain, among some talk of you and me, 
Would it have been worth while,                                            
To have bitten off the matter with a smile, 
To have squeezed the universe into a ball 
To roll it toward some overwhelming question, 
To say: "I am Lazarus, come from the dead, 
Come back to tell you all, I shall tell you all" 
If one, settling a pillow by her head, 
  Should say, "That is not what I meant at all. 
  That is not it, at all." 

  And would it have been worth it, after all, 
Would it have been worth while,                                            
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets, 
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor— 
And this, and so much more?— 
It is impossible to say just what I mean! 
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen: 
Would it have been worth while 
If one, settling a pillow or throwing off a shawl, 
And turning toward the window, should say: 
  "That is not it at all, 
  That is not what I meant, at all."                                         
        .     .     .     .     .

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be; 
Am an attendant lord, one that will do 
To swell a progress, start a scene or two 
Advise the prince; no doubt, an easy tool, 
Deferential, glad to be of use, 
Politic, cautious, and meticulous; 
Full of high sentence, but a bit obtuse; 
At times, indeed, almost ridiculous— 
Almost, at times, the Fool. 

  I grow old . . . I grow old . . .                                             
I shall wear the bottoms of my trousers rolled. 

  Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach? 
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach. 
I have heard the mermaids singing, each to each. 

  I do not think they will sing to me. 

  I have seen them riding seaward on the waves 
Combing the white hair of the waves blown back 
When the wind blows the water white and black. 

  We have lingered in the chambers of the sea 
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown              
Till human voices wake us, and we drown.

Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

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Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

El ruido y la furia es una obra maestra de la literatura. Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseí­do por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo.

Novela influida por el Ulises de Joyce, narra la decadencia y destrucción final de un viejo linaje del tradicionalista sur de Estados Unidos (el famoso Deep South) o sur profundo, desde el punto de vista de los últimos sobrevivientes degenerados de dicha familia. Los Compson, protagonistas de la decadencia familiar son presentados en las voces de tres de sus miembros y de Dilsey, la sirvienta negra, considerada como de la familia por la cantidad de años que lleva al lado de ellos. De este modo, cada una de las secciones del libro son algo así­ como el testimonio de uno de los Compson.

23 feb. 2015

Elías Canetti - Mis encuentros con los camellos

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Elías Canetti @Marie-Louise von Motesiczky


Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.

«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la muralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente apartado, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no deseaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me condujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.

Pero antes de que se detuviese vimos cómo se dispersaba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como inquietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a continuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y esto le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección.

Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La atmósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El camello saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento ondulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo.

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un francés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuidado.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal.

Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos animales. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras todavía luchaba por su vida nos fuimos de allí.

Días después pasamos frente a otro sector de las murallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los camellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la cabeza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observamos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recordaban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la malicia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí sutilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos.

Un muchacho se acercó y nos pidió alguna moneda.

Su cara era de un color azul oscuro, al igual que sus ropas; era arriero y su apariencia similar a la de los «hombres azules» que viven al sur del Atlas. El color de sus vestidos, así se nos había dicho, comparte el de la piel, y, de este modo, todos, hombres y mujeres, son azules, la única raza azul. Procuramos alguna información sobre la caravana de nuestro joven arriero, agradecido por la moneda recibida. Pero tan sólo dominaba unas pocas palabras en francés: Venían de Gulimin, tras veinticinco días de camino. Esto fue todo cuanto pudimos entender. Gulimin se encontraba lejos al sur, en el desierto; y nos preguntábamos si la caravana de camellos habría cruzado el Atlas. También nos hubiese gustado saber cuál sería su próxima meta, ya que no podría ser éste, al pie de los muros de la ciudad, un buen final de trayecto y los animales parecían fortalecer¬se para esforzados trabajos futuros. El muchacho azul oscuro, incapaz de decirnos nada más, se esmeró en atenciones hacia nosotros y nos condujo hasta un delgado y todavía esbelto anciano con turbante blanco que se mostró respetuoso. Hablaba un buen francés y respondía locuazmente a nuestras preguntas. La caravana venía desde Gulimin y era cierto que llevaba ya veinticinco días de camino.

«¿Y hacia dónde continúa?»

«No muy lejos», confesó. «Se venden aquí mismo para la matanza.»

«¿Para la matanza?»

Ambos nos sentimos consternados; incluso mi amigo que en su país es un furibundo cazador. Pensábamos en el largo peregrinaje de los animales, en su belleza en el ocaso, en su ensimismamiento, en su apacible banquete; y acaso también en aquellas personas que nos habían permitido recordar.

«Para la matanza, sí», repitió el anciano. Había algo de abrupto en su voz, como de cuchillo mellado.

«¿Se come aquí mucha carne de camello?», pregunté. Buscaba ocultar mi turbación mediante preguntas de circunstancias.

«¡Muchísima!»

«¿Sabe bien?, nunca la he comido.»

«¿Jamás ha comido carne de camello?» Rompió en una burlona pero contenida risotada y repitió: «¿Nunca ha comido carne de camello?» Quedaba bien claro que él sabía que aquí no se nos servía otra cosa que carne de camello, y se lo debió pensar mucho antes de instarnos a que la comiésemos.

«Es muy buena», sugirió.

«¿Cuánto cuesta un camello?»

«Varía. De 30.000 a 70.000 francos. Se lo puedo mostrar, aunque hay que entenderlo.» Nos condujo hasta un hermosísimo animal de color claro y lo hizo moverse con un bastoncillo, que hasta entonces me había pasado desapercibido. «Este es un buen animal. Tiene un valor de 70.000 francos. El propietario incluso lo ha montado. Podría utilizarlo aún durante muchos años. Pero ha preferido venderlo. Con el dinero puede comprar dos animales jóvenes, ¿comprenden ahora?» Lo comprendíamos todo. «¿Ha venido usted con la caravana desde Gulimin?», inquirí.

Rechazó esta insinuación algo molesto. «Yo soy de Marrakesh», afirmó orgulloso. «Compro animales y los vendo a los matarifes.» Sólo sentía desdén hacia los hombres que habían atravesado tan largo camino, y de nuestro joven y azul arriero dijo: «Ése no sabe nada.»

Pero él quería saber de dónde éramos y ambos le dijimos escuetamente: «de Londres». Sonrió y pareció un poco inquieto: «Estuve durante la guerra en Francia», confesó. Su edad daba claramente a entender que hablaba de la primera guerra mundial. «Estuve junto a los ingleses. No me llevé bien con ellos», añadió rápidamente y un tanto quedo. «Pero hoy la guerra ya no es guerra. Ya no es el hombre quien cuenta, la máquina lo es todo.» Dijo algo más sobre la guerra, que sonó más bien resignado. «Eso ya no es guerra.» Asentimos al respecto y pareció olvidar que veníamos de Inglaterra.

«¿Están vendidos todos los animales?», pregunté todavía.

«No. No se pueden vender todos. Los que quedan continúan hacia Settat. ¿Conocen ustedes Settat? Está camino de Casablanca, a ciento setenta kilómetros de aquí. Allí se encuentra el último mercado de camellos. Los demás se venden allí.»

Le dimos las gracias, y se despidió sin más reverencia. No volvimos a caminar entre los camellos; habíamos perdido la ilusión necesaria para ello. Casi había oscurecido cuando abandonamos la caravana.

La imagen de los animales no me abandonaba. Pensaba con recelo en ellos, pero también como si desde siempre hubiesen depositado su confianza en mí. El recuerdo de su último banquete se unía al de la conversación sobre la guerra. La idea de visitar el mercado de camellos el jueves próximo permanecía aun así viva en nosotros. Decidimos partir por la mañana temprano; y, quizás, esperábamos obtener esta vez una impresión menos sombría de su existencia.

Volvimos frente a la puerta de El-Khemis. El número de animales que encontramos no era demasiado grande: se perdían en la amplitud de la plaza que resultaba difícil de llenar. A un lado se alineaban de nuevo los burros. No nos acercamos a ellos y permanecimos con los camellos. Reunidos en grupos de tan sólo tres o cuatro, e incluso a veces uno sólo junto a su madre. En principio nos parecieron todos tranquilos. Lo único ruidoso eran grupos pequeños de hombres que regateaban enérgicamente. Pero nos pareció como si los hombres, algunos de ellos entre los animales, desconfiasen; no se acercaban demasiado a ellos o tan sólo lo hacían cuando era verdaderamente necesario.

No transcurrió mucho tiempo cuando nos llamó la atención un camello que parecía resistirse contra algo; gruñía, rezongaba y giraba la cabeza enérgicamente hacia todas partes. Un hombre intentaba ponerlo de rodillas, y como no le obedeciese, le ayudó a bastonazos. De entre las otras dos o tres personas que se encontraban a la cabeza del animal y se ocupaban de él, destacaba uno en particular: Era un hombre fuerte, recio, de faz oscura y tremenda. Permanecía firme, sus piernas como enraizadas al suelo. Con enérgicos movimientos de los brazos pasó una cuerda por el tabique nasal del animal que previamente había perforado. Hocico y cuerda se tintaron de rojo por la sangre. El camello se contorsionaba y chillaba, y pronto comenzó a bramar frenéticamente; por último, tras haberse arrodillado, saltó de nuevo e intentó zafarse, mientras el hombre tiraba de la cuerda con mayor ahínco. La gente ponía todo su empeño en sujetarle, y aún estaba ocupada en ello, cuando alguien nos abordó y dijo en un francés entrecortado:

«Lo huele. Huele al matarife. Fue vendido para la matanza; ahora va al matadero.»

«Pero, ¿cómo puede olerlo?», preguntó mi amigo, incrédulo.

«El que está ante él es el matarife», y señalaba al hombre hosco y macizo que nos había llamado la atención. «El matarife viene del matadero y huele a sangre de camello, y eso no le gusta al camello. Un camello puede ser muy peligroso. Cuando tiene la rabia, llega por la noche y mata a la gente que duerme.»

«¿Cómo puede matar a la gente?», le pregunté.

«Mientras las personas duermen viene el camello, se arrodilla sobre ellas y las ahoga. Hay que ser muy precavido. Las personas perecen antes de que despierten. Sí, el camello tiene muy buen olfato. Cuando reposa de noche junto a su amo, ventea ladrones y despierta al amo. Su carne es buena. Debe comerse. Ca donne du courage. Al camello no le gusta estar solo. Solo no va a ninguna parte. Cuando un hombre trata de llevar su camello a la ciudad, tiene que encontrar otro que le acompañe. Tiene que pedir uno prestado, de lo contrario no lleva su camello a la ciudad. No quiere estar solo. Yo estuve en la guerra. Tengo una herida, miren, aquí», y se señaló el pecho.

El camello se había calmado un poco y volví la mirada por primera vez hacia el orador. El pecho parecía hundido y el brazo izquierdo estaba rígido. El hombre me resultaba conocido. Era pequeño, flaco y muy serio. Me preguntaba dónde lo había visto antes.

«¿Cómo se mata a los camellos?»

«Se les corta la yugular. Tienen que desangrarse. Si no no se les debe comer. Un musulmán no debe comerlos si antes no han sido desangrados. No puedo trabajar por culpa de esta lesión. Por eso hago aquí un poco de guía. Hablé con ustedes el pasado jueves, ¿recuerdan al camello rabioso? Yo estaba en Safí cuando llegaron los americanos. Luchamos contra los americanos, pero no mucho; entonces fui reclutado por el ejército americano. Allí había muchos marroquíes. Estuve con los americanos en Córcega y en Italia. Estuve en todas partes. El alemán es un buen soldado. Lo peor fue el Casino. Aquello sí que fue grave. De allí me viene la lesión. ¿Conocen ustedes el Casino?»

Comprendí poco a poco que se refería a Monte Casino. Me hizo una descripción de la amarga batalla, y estuvo, él, de ordinario tranquilo e impasible, tan vivaz en ello como si se tratase de los criminales antojos de camellos rabiosos. Era un hombre sincero; creía lo que decía. Pero había divisado un grupo de americanos entre los animales y rápidamente se encaminó hacia ellos. Se esfumó tan aprisa como había aparecido, y lo encontré bien; yo había perdido de vista y de oído al camello que ya no bramaba, y deseaba volverlo a ver.

Pronto lo encontré. El matarife lo había puesto en pie. Se arrodillaba de nuevo. Dio un respingo que otro con la cabeza. La sangre del ollar se había extendido aún más. Sentí cierto alivio por los escasos y engañosos momentos en los que se le dejaba solo. Pero no pude mirar mucho tiempo y salí de allí a hurtadillas, pues ya conocía su destino.

Mi amigo se había retirado durante el relato del guía; iba tras el rastro de cualquier inglés. Le busqué, y cuando lo hube encontrado, al otro extremo de la plaza, había ido a parar junto a los burros. Quizás se encontraba aquí menos incómodo.

Durante el resto de nuestra estancia en la roja ciudad no volvimos a hablar de camellos.


En Las voces de Marrakesh
Traducción: José-Francisco Yvars
Imagen: Elias Canetti, óleo sobre tela de Marie-Louise von Motesiczky

Descarga: Albert Camus - El mito de Sísifo

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Descarga: Albert Camus - El mito de Sísifo

Sísifo había sido condenado por los dioses a realizar una actividad absurda. Albert Camus recrea el viejo mito griego de Sísifo considerándolo expresión o metáfora de la existencia humana. La aparición casi simultánea -en 1942- de El mito de Sísifo y El extranjero reveló al público el talento literario, la sensibilidad ética y la capacidad de reflexión teórica de Albert Camus (1913-1960), para quien narrativa, teatro, ensayo y periodismo fueron medios alternativos para indagar sobre la complejidad, la ambigüedad y la riqueza de la condición humana y para plantear y debatir los grandes problemas morales de nuestra época. La obra se compone de cuatro capítulos y un apéndice («La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka») que estudian, desde enfoques cercanos al existencialismo, esa «sensibilidad absurda» que parece dominar gran parte del siglo XX.

20 feb. 2015

Wisława Szymborska - La mujer de Lot

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Wisława Szymborska - La mujer de Lot


Dicen que miré hacia atrás por curiosidad.
    Pero, además de la curiosidad, pude tener otros motivos.
    Miré hacia atrás apenada por mi escudilla de plata.
    Por descuido, al atarme una sandalia.
    Para dejar de ver la nuca justiciera
    de mi esposo, Lot.
    Por la súbita convicción de que si caía muerta
    él ni siquiera se detendría.
    Por desobediencia propia de mansos.
    Aguzando el oído a las señales de la persecución.
    Intrigada por el silencio, con la esperanza de que Dios hubiera cambiado de idea.

Nuestras dos hijas desaparecían ya tras la colina.
    Sentí en mí la vejez. Y la distancia.
    La futilidad de una vida errante. La somnolencia.
    Miré hacia atrás al dejar mi fardo en el suelo.
    Miré hacia atrás por temor a dar un paso en falso.
    En el sendero surgieron serpientes,
    arañas, ratones de campo y crías de buitre.
    No eran buenos ni malos, simplemente cuanto vivía
    reptaba y saltaba presa del pánico gregario.
    Miré hacia atrás por desamparo.
    Por vergüenza de escabullirme a hurtadillas.
    Por deseo de gritar, de volver.
    O después de que se desencadenara el viento,
    me alborotara el pelo y me levantara las faldas del vestido.
    Tuve la sensación de ser observada desde las murallas de Sodoma
    y de ser blanco de burlas y de sonoras carcajadas.
    Miré hacia atrás por cólera.
    Para regodearme en su destrucción.
    Miré hacia atrás por la suma de motivos arriba mencionados.
    Miré hacia atrás sin querer.
    Un pedrusco se volvió gruñendo debajo de mi pie.
    Un abismo me cortó de repente el camino.
    Al borde del vacío, un hámster se levantaba sobre sus patas traseras.
    Y fue entonces cuando ambos miramos hacia atrás.

No, no. Yo seguí corriendo,
    me arrastré y emprendí el vuelo
    hasta que del cielo cayeron las tinieblas,
    la grava hirviente y los pájaros muertos.
    Di vueltas y más vueltas sobre mí misma, sin aliento.
    Hubiera pensado, quien verme hubiere podido, que bailaba.
    No es imposible que tuviera los ojos abiertos.
    Quizá cayera de cara a la ciudad.


En Paisaje con grano de arena
Traducción: Jerzy Sławomirski y Ana María Moix
Imagen: Andrzej Banaś