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14 may. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Escritos políticos 1914 / 1962 (dos volúmenes)

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Los escritos políticos de Hesse constituyen el exacto reflejo de sus textos poéticos, por muy apolíticos que éstos puedan parecer. Unos y otros manifiestan, en efecto, la exacerbada independencia espiritual que Hesse supo conservar frente a las presiones de partidos políticos y camarillas diversas, y pese a las airadas tomas de posición que los dramáticos hechos de su tiempo conllevaron. Los Escritos políticos —que ha seleccionado y anotado Volker Michels, y prologado Robert Jungk— representan, pues, mucho más que protesta e indignación, «mucho más que el gusto de ceder a un ocasional acceso de furia». Y explican el aislamiento de Hesse a partir de la Primera Guerra Mundial, aislamiento que fue una consciente renuncia a vender la independencia de juicio, a someterla a la fingida solidaridad de las generalizaciones partidistas.

23 abr. 2015

Descarga: Rudyard Kipling - Relatos

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Este libro contiene algunos de los relatos más perfectos escritos en lengua inglesa. Su mérito está en la concisión, la sutil manera de contar, la generosidad que permite al lector sentirse más inteligente que el autor. Un gesto discreto, un detalle nimio, una palabra que parece ser casual, revela la verdad sobre un personaje y brinda la clave de la historia. El lector acaba la última página con la agradecida impresión de que algo, quizás innombrable, maravilloso o terrible, le ha sido revelado.

Descarga: Günter Grass - Ensayos sobre literatura

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Aislado en el tráfago de las estaciones de tren y los domicilios fortuitos, Günter Grass empleó veinte años en los artículos que ahora conforman este libro. Destinados a periódicos y revistas, los temas que aborda son literarios y políticos y están siempre tratados desde una perspectiva anecdótica. Las opiniones propuestas no salen del gabinete del crítico, sino de la libreta de un escritor, no aspiran a la originalidad ni al aserto categórico, sino a la charla informal con lectores no especializados.

En una irónica comparación de Shakespeare con Bertolt Brecht, se examina un tema caro para el autor: el vulgo y sus maneras cotidianas y políticas. Los insultos que el cisne de Avon pulía contra el pueblo bajo son comparados con los elogios que este inspiraba en el dramaturgo antifascista. Con motivo de la Primavera de Praga, se aplica la crítica de la burocracia de Kafka a las instituciones comunistas. El desarrollo y el subdesarrollo de los países del Tercer Mundo son analizados a la luz de las utopías del escritor Alfred Döblin. No faltan los apuntes y confidencias sobre la ejecución de la obra personal, la conjunción de circunstancias que llevaron a El tambor de hojalata y Del diario de un caracol.

Así, pues, nos enfrentamos a la literatura como un acto político: un modo de hacer caer al lector distraído.

16 abr. 2015

Descarga: Günter Grass - Mi siglo

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Para cada año que finaliza, Grass levanta una historia desde perspectivas diversas y desde el punto de vista de diferentes personajes. Habla de los grandes acontecimientos, de aparentes banalidades, de descubrimientos científicos y técnicos, de eventos culturales y deportivos, de persecuciones y asesinatos, de las guerras y de las grandes catástrofes, pero también de los nuevos comienzos. Un vivaz y sorprendente retrato de este siglo tan rico en maravillas, pero también abundante en horrores.

13 abr. 2015

Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata, prólogo de Mario Vargas Llosa

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Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata

El tambor de hojalata fue considerado de difícil lectura cuando se publicó en 1959. El tiempo le ha otorgado la facilidad de las obras maestras, la indiscutible afirmación de su propio genio, la talla enorme de su desmesurada inventiva, la clara penetración de su crítica cruel, casi masoquista (de alemán sobre Alemania). La historia de Óscar, el pequeño que no quería crecer, es uno de los símbolos literarios más entrañables de nuestro tiempo. El tambor de hojalata es, sin ninguna exageración, uno de los libros que el siglo XX dejará en la Historia de la Literatura. Nadie sabrá leer nuestro presente sin haberlo leído.

El día de su tercer cumpleaños es un fecha determinante en la vida de Oscar, el pequeño que no quería crecer. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar crecer, sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días.

La crítica mordaz, la ironía despiadada, el espectacular sentido del humor y la libertad creadora con que Günter Grass construye esta obra maestra convierten a El tambor de hojalata en uno de los títulos más destacados de la historia de la literatura.

Con prólogo de Mario Vargas Llosa, semblanza biográfica de Francisco J. Satué y una ojeada retrospectiva de Günter Grass.

18 mar. 2015

Descarga: Pablo Neruda - El libro de las preguntas

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El Libro de las preguntas, es una obra póstuma del poeta chileno Pablo Neruda. Está integrado por un conjunto de preguntas, escritas en estilo poético, que Neruda escribió a lo largo de su vida. En ellas, con sus habituales maestría y sensibilidad, el poeta lo cuestiona todo: la naturaleza, la vida, a sí mismo o a la humanidad. Estos textos permanecieron inéditos hasta su muerte. Posteriormente se compilaron y publicaron por primera vez en 1974.

10 mar. 2015

Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

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Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

Fin de partida, junto con Esperando a Godot la obra de teatro más importante de Samuel Beckett, se representó por primera vez en 1957. Inspirada en el Rey Lear y el Libro de Job, el autor irlandés exhibe en ella su don magistral para escenificar la ceremonia trágica de la condición humana. Lear y Job conviven bajo los harapos milenarios que recubren a ese patético rey, ciego y paralítico, eternamente sentado en un trono absurdo y rodeado de un mundo «que apesta a cadáver». Hamm y Clov, amo y esclavo, personajes aniquilados y unidos en lo peor como el alma al cuerpo, no disponen, para matar la espera, sino de gestos vanos y del rumor inútil de sus palabras, en un universo que, como definió E. M. Cioran, «es quizás un infierno, pero un infierno milagroso, puesto que en él uno se libera de la doble tarea de vivir y de morir».

5 mar. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Cuentos maravillosos

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Además de publicar novelas tan inolvidables como Siddharta o El lobo estepario, Hermann Hesse cultivó durante toda su vida el género del cuento en sus más diversas variantes, y siempre con una agudeza y una sensibilidad a la que es difícil encontrar término de comparación. «Cuentos maravillosos» reúne una de las vetas exploradas por Hesse en su narrativa breve, la de unos relatos en los que la magia y lo maravilloso, que se revelan como formas de amor, cobran un papel decisivo y nos remiten a la infancia.

Nos encontramos con narraciones para pensar, para valorar sentimientos, ideas y vicisitudes, expresados con un lenguaje altamente ennoblecido, cuasi místico y muy ilustrado.

Cuentos maravillosos es sin duda la mejor y más importante antología de cuentos publicada en vida del autor, y su compilación está regida tanto por criterios cualitativos como estrictamente formales y temáticos que la dotan de unidad y coherencia.

27 feb. 2015

T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock

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T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.

Vamos pues, tu y yo,
cuando la tarde contra el cielo se tiende
como un anestesiado sobre una mesa;
vamos, a través de esas calles medio desiertas,
los murmurantes refugios de noches sin descanso
en baratos hoteles y restaurantes con aserrín y conchas:
calles que se prolongan como una tediosa discusión
de intención engañosa llevándote a un abrumador
interrogante … Ah, no preguntes, ¿Qué es?
Vamos y hagamos nuestra visita.

En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Angel.

La amarilla niebla que restriega su lomo sobre las ventanas,
el humo amarillo que pasa su hocico sobre las vidrieras
lamió los rincones de la tarde quedándose en los charcos
de los desaguaderos, dejando que cayera en su lomo
el hollín de las chimeneas se deslizó por la terraza,
dando un súbito salto, y viendo,
que era una suave noche de Octubre
se enroscó alrededor de la casa y se quedó dormido.

En verdad habrá tiempo para el humo amarillo
que resbala a lo largo de la calle frotando la espalda
sobre las vidrieras; habrá tiempo,
habrá tiempo para preparar un rostro que enfrente
los rostros que encuentras;
habrá tiempo para asesinar y crear y tiempo
incluso para todos los trabajos y días que levantan manos
y dejan caer una pregunta sobre tu plato;
tiempo para ti y para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones
y para cientos de visiones y revisiones
antes de tomar una tostada y el té.

En el cuarto las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Angel.

En verdad habrá tiempo
para preguntarse: ¿Seré capaz? ¿Seré capaz?
Tiempo para recular y bajar la escalera
-con la calvicie incipiente en mi cabeza-
(Dirán: ¡Cómo le clarea el cabello!)
Mi traje matinal, mi cuello duro contra la barbilla,
mi rica y modesta corbata, sostenida por un simple alfiler
(Dirán ¡Pero qué delgados están sus brazos y sus piernas!)
¿Seré capaz
de molestar al universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revertirá.

Porque a todas he conocido, a todos conozco.
He conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharitas de café;
conozco voces moribundas
con una moribunda caída al fondo de la música
en un cuarto alejado.
Entonces, ¿cómo puedo presumir?

Y ya he conocido los ojos,
conocido todos.
Ojos que te miran fijos con una frase convencional,
y cuando esté convertido en una fórmula,
clavado con un alfiler,
cuando esté clavado retorciéndome en la pared,
entonces,
¿cómo podría escupir todos los cabos de mis días y caminos?
¿cómo podría presumir?

Y he conocido los brazos,
conocido todos brazos con brazaletes,
blancos y desnudos
(pero a la luz de la lámpara de un claro y castaño vello)
¿Es el perfume de un vestido
el que me hace divagar?
Brazos que yacen sobre una mesa,
o se cubren con un chal.
¿Y cómo entonces presumir?
¿Y cómo podría comenzar?

¿Diré, he ido, al atardecer,
por calles estrechas
y he visto el humo que sale de las pipas
de hombres solitarios
en mangas de camisa,
asomados a las ventanas?
Debería haber sido un par de ásperas
patas de crustáceo huyendo sobre las arenas
de mares silenciosos.

* * * * *

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apacible!
Alisada por dedos largos,
dormida… fatigada… o haciéndose la enferma,
tirada en el suelo, junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y helados,
la fuerza para empujar el momento a su crisis?
Pero si he llorado y ayunado, llorado y orado,
si he visto mi cabeza
(creciendo en su calvicie)
puesta en un plato,
no soy profeta y aquí eso no importa;
yo he visto, rutilante, el momento de mi grandeza,
y he visto al eterno Lacayo
sostener mi abrigo y reír con disimulo,
y tuve miedo.

Hubiera valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre un poco de charla de tu a tu,
habría valido la pena,
haberle metido el diente al asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia una pregunta agobiante,
diciendo: Soy Lázaro,
venido de entre los muertos,
vuelto para decíroslo todo, todo os lo diré
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: No es eso lo que quise decir,
no es eso de manera alguna

Y hubiera valido la pena,
después de las puestas de sol y los jardines
delante de las casas y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té,
después de las faldas que arrastran por el suelo
y esto, y mucho más?
¡Es imposible decir lo que justamente quiero!
Como si en una pantalla,
una linterna mágica proyectase los nervios:
hubiera valido la pena
si una, arreglando una almohada o un chal,
y volviéndose hacia la ventana dijera:
no es eso, de ningún modo,
no es eso lo que quise decir en absoluto.

* * * * *

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo;
soy un cortesano,
uno que servirá para hacer bulto,
iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda un instrumento fácil,
respetuoso, contento de ser útil,
político, cauto y meticuloso;
pleno de altos conceptos, pero un poco obtuso;
algunas veces, en verdad, casi ridículo
casi, al tiempo, Bufón.

Envejezco…envejezco…
Debo subir el doblez a mis pantalones.

¿Debo partir en dos mi pelo?
¿Me atrevo a comerme un durazno?

Vestiré blancos pantalones de franela
y caminaré por la playa
He oído a las sirenas cantar entre ellas.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgando las olas mar adentro
peinando los revueltos cabellos de las olas
cuando el soplo del viento torna negra y blanca el agua.

Nos hemos detenido en las cámaras de la mar
al lado de muchachas marinas coronadas de algas rojas
y pardas hasta que voces humanas nos despierten
y nos ahoguemos.


En Prufrock y otras observaciones
Traducción: Harold Alvarado Tenorio
Imagen:  Ida Kar © National Portrait Gallery, London



The Love-Song of J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.


Let us go then, you and I, 
When the evening is spread out against the sky 
Like a patient etherized upon a table; 
Let us go, through certain half-deserted streets, 
The muttering retreats 
Of restless nights in one-night cheap hotels 
And sawdust restaurants with oyster-shells: 
Streets that follow like a tedious argument 
Of insidious intent 
To lead you to an overwhelming question. . .                               
Oh, do not ask, "What is it?" 
Let us go and make our visit. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  The yellow fog that rubs its back upon the window-panes 
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes 
Licked its tongue into the corners of the evening 
Lingered upon the pools that stand in drains, 
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys, 
Slipped by the terrace, made a sudden leap,                               
And seeing that it was a soft October night 
Curled once about the house, and fell asleep. 

  And indeed there will be time 
For the yellow smoke that slides along the street, 
Rubbing its back upon the window-panes; 
There will be time, there will be time 
To prepare a face to meet the faces that you meet; 
There will be time to murder and create, 
And time for all the works and days of hands 
That lift and drop a question on your plate;                                 
Time for you and time for me, 
And time yet for a hundred indecisions 
And for a hundred visions and revisions 
Before the taking of a toast and tea. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  And indeed there will be time 
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?" 
Time to turn back and descend the stair, 
With a bald spot in the middle of my hair—                              
[They will say: "How his hair is growing thin!"] 
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin, 
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin— 
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"] 
Do I dare 
Disturb the universe? 
In a minute there is time 
For decisions and revisions which a minute will reverse. 

  For I have known them all already, known them all; 
Have known the evenings, mornings, afternoons,                        
I have measured out my life with coffee spoons; 
I know the voices dying with a dying fall 
Beneath the music from a farther room. 
  So how should I presume? 

  And I have known the eyes already, known them all— 
The eyes that fix you in a formulated phrase, 
And when I am formulated, sprawling on a pin, 
When I am pinned and wriggling on the wall, 
Then how should I begin 
To spit out all the butt-ends of my days and ways?                   
  And how should I presume? 

  And I have known the arms already, known them all— 
Arms that are braceleted and white and bare 
[But in the lamplight, downed with light brown hair!] 
Is it perfume from a dress 
That makes me so digress? 
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl. 
  And should I then presume? 
  And how should I begin?
        .     .     .     .     .

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets               
And watched the smoke that rises from the pipes 
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? . . . 

I should have been a pair of ragged claws 
Scuttling across the floors of silent seas.
        .     .     .     .     .

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully! 
Smoothed by long fingers, 
Asleep . . . tired . . . or it malingers, 
Stretched on the floor, here beside you and me. 
Should I, after tea and cakes and ices, 
Have the strength to force the moment to its crisis?                  
But though I have wept and fasted, wept and prayed, 
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter, 
I am no prophet–and here's no great matter; 
I have seen the moment of my greatness flicker, 
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker, 
And in short, I was afraid. 

  And would it have been worth it, after all, 
After the cups, the marmalade, the tea, 
Among the porcelain, among some talk of you and me, 
Would it have been worth while,                                            
To have bitten off the matter with a smile, 
To have squeezed the universe into a ball 
To roll it toward some overwhelming question, 
To say: "I am Lazarus, come from the dead, 
Come back to tell you all, I shall tell you all" 
If one, settling a pillow by her head, 
  Should say, "That is not what I meant at all. 
  That is not it, at all." 

  And would it have been worth it, after all, 
Would it have been worth while,                                            
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets, 
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor— 
And this, and so much more?— 
It is impossible to say just what I mean! 
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen: 
Would it have been worth while 
If one, settling a pillow or throwing off a shawl, 
And turning toward the window, should say: 
  "That is not it at all, 
  That is not what I meant, at all."                                         
        .     .     .     .     .

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be; 
Am an attendant lord, one that will do 
To swell a progress, start a scene or two 
Advise the prince; no doubt, an easy tool, 
Deferential, glad to be of use, 
Politic, cautious, and meticulous; 
Full of high sentence, but a bit obtuse; 
At times, indeed, almost ridiculous— 
Almost, at times, the Fool. 

  I grow old . . . I grow old . . .                                             
I shall wear the bottoms of my trousers rolled. 

  Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach? 
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach. 
I have heard the mermaids singing, each to each. 

  I do not think they will sing to me. 

  I have seen them riding seaward on the waves 
Combing the white hair of the waves blown back 
When the wind blows the water white and black. 

  We have lingered in the chambers of the sea 
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown              
Till human voices wake us, and we drown.

Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

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Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

El ruido y la furia es una obra maestra de la literatura. Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseí­do por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo.

Novela influida por el Ulises de Joyce, narra la decadencia y destrucción final de un viejo linaje del tradicionalista sur de Estados Unidos (el famoso Deep South) o sur profundo, desde el punto de vista de los últimos sobrevivientes degenerados de dicha familia. Los Compson, protagonistas de la decadencia familiar son presentados en las voces de tres de sus miembros y de Dilsey, la sirvienta negra, considerada como de la familia por la cantidad de años que lleva al lado de ellos. De este modo, cada una de las secciones del libro son algo así­ como el testimonio de uno de los Compson.

23 feb. 2015

Elías Canetti - Mis encuentros con los camellos

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Elías Canetti @Marie-Louise von Motesiczky


Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.

«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la muralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente apartado, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no deseaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me condujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.

Pero antes de que se detuviese vimos cómo se dispersaba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como inquietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a continuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y esto le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección.

Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La atmósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El camello saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento ondulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo.

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un francés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuidado.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal.

Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos animales. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras todavía luchaba por su vida nos fuimos de allí.

Días después pasamos frente a otro sector de las murallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los camellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la cabeza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observamos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recordaban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la malicia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí sutilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos.

Un muchacho se acercó y nos pidió alguna moneda.

Su cara era de un color azul oscuro, al igual que sus ropas; era arriero y su apariencia similar a la de los «hombres azules» que viven al sur del Atlas. El color de sus vestidos, así se nos había dicho, comparte el de la piel, y, de este modo, todos, hombres y mujeres, son azules, la única raza azul. Procuramos alguna información sobre la caravana de nuestro joven arriero, agradecido por la moneda recibida. Pero tan sólo dominaba unas pocas palabras en francés: Venían de Gulimin, tras veinticinco días de camino. Esto fue todo cuanto pudimos entender. Gulimin se encontraba lejos al sur, en el desierto; y nos preguntábamos si la caravana de camellos habría cruzado el Atlas. También nos hubiese gustado saber cuál sería su próxima meta, ya que no podría ser éste, al pie de los muros de la ciudad, un buen final de trayecto y los animales parecían fortalecer¬se para esforzados trabajos futuros. El muchacho azul oscuro, incapaz de decirnos nada más, se esmeró en atenciones hacia nosotros y nos condujo hasta un delgado y todavía esbelto anciano con turbante blanco que se mostró respetuoso. Hablaba un buen francés y respondía locuazmente a nuestras preguntas. La caravana venía desde Gulimin y era cierto que llevaba ya veinticinco días de camino.

«¿Y hacia dónde continúa?»

«No muy lejos», confesó. «Se venden aquí mismo para la matanza.»

«¿Para la matanza?»

Ambos nos sentimos consternados; incluso mi amigo que en su país es un furibundo cazador. Pensábamos en el largo peregrinaje de los animales, en su belleza en el ocaso, en su ensimismamiento, en su apacible banquete; y acaso también en aquellas personas que nos habían permitido recordar.

«Para la matanza, sí», repitió el anciano. Había algo de abrupto en su voz, como de cuchillo mellado.

«¿Se come aquí mucha carne de camello?», pregunté. Buscaba ocultar mi turbación mediante preguntas de circunstancias.

«¡Muchísima!»

«¿Sabe bien?, nunca la he comido.»

«¿Jamás ha comido carne de camello?» Rompió en una burlona pero contenida risotada y repitió: «¿Nunca ha comido carne de camello?» Quedaba bien claro que él sabía que aquí no se nos servía otra cosa que carne de camello, y se lo debió pensar mucho antes de instarnos a que la comiésemos.

«Es muy buena», sugirió.

«¿Cuánto cuesta un camello?»

«Varía. De 30.000 a 70.000 francos. Se lo puedo mostrar, aunque hay que entenderlo.» Nos condujo hasta un hermosísimo animal de color claro y lo hizo moverse con un bastoncillo, que hasta entonces me había pasado desapercibido. «Este es un buen animal. Tiene un valor de 70.000 francos. El propietario incluso lo ha montado. Podría utilizarlo aún durante muchos años. Pero ha preferido venderlo. Con el dinero puede comprar dos animales jóvenes, ¿comprenden ahora?» Lo comprendíamos todo. «¿Ha venido usted con la caravana desde Gulimin?», inquirí.

Rechazó esta insinuación algo molesto. «Yo soy de Marrakesh», afirmó orgulloso. «Compro animales y los vendo a los matarifes.» Sólo sentía desdén hacia los hombres que habían atravesado tan largo camino, y de nuestro joven y azul arriero dijo: «Ése no sabe nada.»

Pero él quería saber de dónde éramos y ambos le dijimos escuetamente: «de Londres». Sonrió y pareció un poco inquieto: «Estuve durante la guerra en Francia», confesó. Su edad daba claramente a entender que hablaba de la primera guerra mundial. «Estuve junto a los ingleses. No me llevé bien con ellos», añadió rápidamente y un tanto quedo. «Pero hoy la guerra ya no es guerra. Ya no es el hombre quien cuenta, la máquina lo es todo.» Dijo algo más sobre la guerra, que sonó más bien resignado. «Eso ya no es guerra.» Asentimos al respecto y pareció olvidar que veníamos de Inglaterra.

«¿Están vendidos todos los animales?», pregunté todavía.

«No. No se pueden vender todos. Los que quedan continúan hacia Settat. ¿Conocen ustedes Settat? Está camino de Casablanca, a ciento setenta kilómetros de aquí. Allí se encuentra el último mercado de camellos. Los demás se venden allí.»

Le dimos las gracias, y se despidió sin más reverencia. No volvimos a caminar entre los camellos; habíamos perdido la ilusión necesaria para ello. Casi había oscurecido cuando abandonamos la caravana.

La imagen de los animales no me abandonaba. Pensaba con recelo en ellos, pero también como si desde siempre hubiesen depositado su confianza en mí. El recuerdo de su último banquete se unía al de la conversación sobre la guerra. La idea de visitar el mercado de camellos el jueves próximo permanecía aun así viva en nosotros. Decidimos partir por la mañana temprano; y, quizás, esperábamos obtener esta vez una impresión menos sombría de su existencia.

Volvimos frente a la puerta de El-Khemis. El número de animales que encontramos no era demasiado grande: se perdían en la amplitud de la plaza que resultaba difícil de llenar. A un lado se alineaban de nuevo los burros. No nos acercamos a ellos y permanecimos con los camellos. Reunidos en grupos de tan sólo tres o cuatro, e incluso a veces uno sólo junto a su madre. En principio nos parecieron todos tranquilos. Lo único ruidoso eran grupos pequeños de hombres que regateaban enérgicamente. Pero nos pareció como si los hombres, algunos de ellos entre los animales, desconfiasen; no se acercaban demasiado a ellos o tan sólo lo hacían cuando era verdaderamente necesario.

No transcurrió mucho tiempo cuando nos llamó la atención un camello que parecía resistirse contra algo; gruñía, rezongaba y giraba la cabeza enérgicamente hacia todas partes. Un hombre intentaba ponerlo de rodillas, y como no le obedeciese, le ayudó a bastonazos. De entre las otras dos o tres personas que se encontraban a la cabeza del animal y se ocupaban de él, destacaba uno en particular: Era un hombre fuerte, recio, de faz oscura y tremenda. Permanecía firme, sus piernas como enraizadas al suelo. Con enérgicos movimientos de los brazos pasó una cuerda por el tabique nasal del animal que previamente había perforado. Hocico y cuerda se tintaron de rojo por la sangre. El camello se contorsionaba y chillaba, y pronto comenzó a bramar frenéticamente; por último, tras haberse arrodillado, saltó de nuevo e intentó zafarse, mientras el hombre tiraba de la cuerda con mayor ahínco. La gente ponía todo su empeño en sujetarle, y aún estaba ocupada en ello, cuando alguien nos abordó y dijo en un francés entrecortado:

«Lo huele. Huele al matarife. Fue vendido para la matanza; ahora va al matadero.»

«Pero, ¿cómo puede olerlo?», preguntó mi amigo, incrédulo.

«El que está ante él es el matarife», y señalaba al hombre hosco y macizo que nos había llamado la atención. «El matarife viene del matadero y huele a sangre de camello, y eso no le gusta al camello. Un camello puede ser muy peligroso. Cuando tiene la rabia, llega por la noche y mata a la gente que duerme.»

«¿Cómo puede matar a la gente?», le pregunté.

«Mientras las personas duermen viene el camello, se arrodilla sobre ellas y las ahoga. Hay que ser muy precavido. Las personas perecen antes de que despierten. Sí, el camello tiene muy buen olfato. Cuando reposa de noche junto a su amo, ventea ladrones y despierta al amo. Su carne es buena. Debe comerse. Ca donne du courage. Al camello no le gusta estar solo. Solo no va a ninguna parte. Cuando un hombre trata de llevar su camello a la ciudad, tiene que encontrar otro que le acompañe. Tiene que pedir uno prestado, de lo contrario no lleva su camello a la ciudad. No quiere estar solo. Yo estuve en la guerra. Tengo una herida, miren, aquí», y se señaló el pecho.

El camello se había calmado un poco y volví la mirada por primera vez hacia el orador. El pecho parecía hundido y el brazo izquierdo estaba rígido. El hombre me resultaba conocido. Era pequeño, flaco y muy serio. Me preguntaba dónde lo había visto antes.

«¿Cómo se mata a los camellos?»

«Se les corta la yugular. Tienen que desangrarse. Si no no se les debe comer. Un musulmán no debe comerlos si antes no han sido desangrados. No puedo trabajar por culpa de esta lesión. Por eso hago aquí un poco de guía. Hablé con ustedes el pasado jueves, ¿recuerdan al camello rabioso? Yo estaba en Safí cuando llegaron los americanos. Luchamos contra los americanos, pero no mucho; entonces fui reclutado por el ejército americano. Allí había muchos marroquíes. Estuve con los americanos en Córcega y en Italia. Estuve en todas partes. El alemán es un buen soldado. Lo peor fue el Casino. Aquello sí que fue grave. De allí me viene la lesión. ¿Conocen ustedes el Casino?»

Comprendí poco a poco que se refería a Monte Casino. Me hizo una descripción de la amarga batalla, y estuvo, él, de ordinario tranquilo e impasible, tan vivaz en ello como si se tratase de los criminales antojos de camellos rabiosos. Era un hombre sincero; creía lo que decía. Pero había divisado un grupo de americanos entre los animales y rápidamente se encaminó hacia ellos. Se esfumó tan aprisa como había aparecido, y lo encontré bien; yo había perdido de vista y de oído al camello que ya no bramaba, y deseaba volverlo a ver.

Pronto lo encontré. El matarife lo había puesto en pie. Se arrodillaba de nuevo. Dio un respingo que otro con la cabeza. La sangre del ollar se había extendido aún más. Sentí cierto alivio por los escasos y engañosos momentos en los que se le dejaba solo. Pero no pude mirar mucho tiempo y salí de allí a hurtadillas, pues ya conocía su destino.

Mi amigo se había retirado durante el relato del guía; iba tras el rastro de cualquier inglés. Le busqué, y cuando lo hube encontrado, al otro extremo de la plaza, había ido a parar junto a los burros. Quizás se encontraba aquí menos incómodo.

Durante el resto de nuestra estancia en la roja ciudad no volvimos a hablar de camellos.


En Las voces de Marrakesh
Traducción: José-Francisco Yvars
Imagen: Elias Canetti, óleo sobre tela de Marie-Louise von Motesiczky

Descarga: Albert Camus - El mito de Sísifo

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Sísifo había sido condenado por los dioses a realizar una actividad absurda. Albert Camus recrea el viejo mito griego de Sísifo considerándolo expresión o metáfora de la existencia humana. La aparición casi simultánea -en 1942- de El mito de Sísifo y El extranjero reveló al público el talento literario, la sensibilidad ética y la capacidad de reflexión teórica de Albert Camus (1913-1960), para quien narrativa, teatro, ensayo y periodismo fueron medios alternativos para indagar sobre la complejidad, la ambigüedad y la riqueza de la condición humana y para plantear y debatir los grandes problemas morales de nuestra época. La obra se compone de cuatro capítulos y un apéndice («La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka») que estudian, desde enfoques cercanos al existencialismo, esa «sensibilidad absurda» que parece dominar gran parte del siglo XX.

20 feb. 2015

Wisława Szymborska - La mujer de Lot

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Wisława Szymborska - La mujer de Lot


Dicen que miré hacia atrás por curiosidad.
    Pero, además de la curiosidad, pude tener otros motivos.
    Miré hacia atrás apenada por mi escudilla de plata.
    Por descuido, al atarme una sandalia.
    Para dejar de ver la nuca justiciera
    de mi esposo, Lot.
    Por la súbita convicción de que si caía muerta
    él ni siquiera se detendría.
    Por desobediencia propia de mansos.
    Aguzando el oído a las señales de la persecución.
    Intrigada por el silencio, con la esperanza de que Dios hubiera cambiado de idea.

Nuestras dos hijas desaparecían ya tras la colina.
    Sentí en mí la vejez. Y la distancia.
    La futilidad de una vida errante. La somnolencia.
    Miré hacia atrás al dejar mi fardo en el suelo.
    Miré hacia atrás por temor a dar un paso en falso.
    En el sendero surgieron serpientes,
    arañas, ratones de campo y crías de buitre.
    No eran buenos ni malos, simplemente cuanto vivía
    reptaba y saltaba presa del pánico gregario.
    Miré hacia atrás por desamparo.
    Por vergüenza de escabullirme a hurtadillas.
    Por deseo de gritar, de volver.
    O después de que se desencadenara el viento,
    me alborotara el pelo y me levantara las faldas del vestido.
    Tuve la sensación de ser observada desde las murallas de Sodoma
    y de ser blanco de burlas y de sonoras carcajadas.
    Miré hacia atrás por cólera.
    Para regodearme en su destrucción.
    Miré hacia atrás por la suma de motivos arriba mencionados.
    Miré hacia atrás sin querer.
    Un pedrusco se volvió gruñendo debajo de mi pie.
    Un abismo me cortó de repente el camino.
    Al borde del vacío, un hámster se levantaba sobre sus patas traseras.
    Y fue entonces cuando ambos miramos hacia atrás.

No, no. Yo seguí corriendo,
    me arrastré y emprendí el vuelo
    hasta que del cielo cayeron las tinieblas,
    la grava hirviente y los pájaros muertos.
    Di vueltas y más vueltas sobre mí misma, sin aliento.
    Hubiera pensado, quien verme hubiere podido, que bailaba.
    No es imposible que tuviera los ojos abiertos.
    Quizá cayera de cara a la ciudad.


En Paisaje con grano de arena
Traducción: Jerzy Sławomirski y Ana María Moix
Imagen: Andrzej Banaś

18 feb. 2015

Samuel Beckett - La imagen

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Samuel Beckett - La imagen


La lengua se carga de lodo un único remedio entrarla de nuevo entonces y girarla en la boca el lodo tragárselo o escupirlo cuestión de saber si es nutritivo y perspectivas sin estar obligado a ello por el hecho de beber a menudo tomo un sorbo es uno de mis recursos lo mantengo durante un momento cuestión de saber si tragado me alimentaría y perspectivas que se abren no son malos momentos desgastarme todo está ahí la lengua vuelve a salir rosa en medio del lodo qué hacen las manos durante ese tiempo hay que ver siempre lo que hacen las manos y bien la izquierda lo hemos visto siempre sostiene el saco y la derecha y bien la derecha al cabo de un momento la veo allá en el extremo de su brazo extendido al máximo en el eje de la clavícula Si puede decirse así o mejor hacerse que se abre y vuelve a cerrarse en el lodo se abre y vuelve a cerrarse es otro de mis recursos este pequeño gesto me ayuda no sé por qué tengo así pequeños trucos que son un buen auxilio incluso rozando los muros bajo el cielo cambiante yo debía de ser ya astuto ella no debe de estar muy lejos un metro apenas pero la siento lejos un día se irá sola sobre sus cuatro dedos contando el pulgar pues falta uno no el pulgar y me dejará la veo que lanza hacia delante sus cuatro dedos como garfios las puntas se hunden estiran y así se aleja mediante pequeños restablecimientos horizontales eso es lo que me gusta irme así a trocitos y las piernas qué hacen las piernas oh las piernas y los ojos qué hacen los ojos cerrados seguramente y bien no ya que de repente allí bajo el lodo me veo digo me como digo yo como diría él porque eso me divierte me echo unos dieciséis años y para colmo de felicidad hace un tiempo delicioso cielo azul de huevo y cabalgada de nubecillas me vuelvo de espaldas y también la muchacha que llevo de la mano del culo que tengo a juzgar por las flores que esmaltan la hierba esmeralda estamos en el mes de abril o mayo ignoro y con qué gozo de dónde saco yo estas historias de flores y estaciones las saco y ya está a juzgar por ciertos accesorios entre los cuales una barrera blanca y una tribuna de un rojo exquisito estamos sobre un campo de carreras la cabeza hacia atrás miramos imagino justo hacia delante de nosotros inmovilidad de estatua aparte los brazos las manos entrelazadas que se balancean en mi mano libre o izquierda un objeto indefinible y en consecuencia en la derecha de ella el extremo de una cuerda corta que conduce a un perro terrier color ceniza de buena talla sentado de través cabeza baja inmovilidad de estas manos y los brazos correspondientes cuestión de saber por qué una cuerda en esta inmensidad de verdor y nacimiento poco a poco de manchas grises y blancas a las que no tardo en dar el nombre de corderos en medio de sus madres ignoro de dónde saco estas historias de animales las cinco saco y ya está en un día bueno sé nombrar cuatro o cinco perros de raza totalmente diferente los veo no intentemos comprender sobre todo al fondo del paisaje a una distancia de cuatro o cinco millas a ojo de buen cubero la masa azulada de una larga montaña de elevación débil nuestras cabezas sobrepasan su cumbre como movidos por un mismo y único resorte o si se quiere por dos sincronizados nos soltamos la mano y damos media vuelta yo dextrorsum ella senestro ella transfiere la cuerda a su mano izquierda y yo en el mismo instante a mi derecha el objeto ahora un pequeño paquete blancuzco en forma de ladrillo unos sandwiches tal vez bien cuestión sin duda de poder mezclar nuestras manos de nuevo lo que hacemos nuestros brazos se balancean el perro no se ha movido tengo la absurda impresión de que me nos miramos meto la lengua cierro la boca y sonrío vista de cara la muchacha es menos desfavorecida no es ella la que me interesa yo cabellos pálidos a cepillo rostro grueso rojo con granos vientre desbordante bragueta abierta piernas zambas en canilla separadas lo más por la base doblándose en las rodillas pies abiertos ciento treinta y cinco grados mínimo media sonrisa beata al horizonte posterior figura de la vida que se alza tweed verde botines amarillos narciso o similar en el ojal nueva media vuelta hacia el interior sea de naturaleza para conducirnos fugitivamente no nalgas sino cara a cara al extremo de noventa grados transferidos religación de manos balanceos de brazos inmovilidad del perro este glúteo que tengo tres dos uno izquierdo derecho henos ahí partidos nariz al viento brazos balanceándose el perro sigue cabeza baja cola sobre los huevos nada que ver con nosotros tuvo la misma idea en el mismo instante Malebranche en menos rosa la cultura que tenía yo entonces si él mea lo hará sin detenerse tengo ganas de gritar déjala ahí y corre a abrirte las venas tres horas de andar cadencioso y henos aquí en la cima el perro se sienta de través en el brezo baja el hocico sobre su bitón negro y rosa sin la fuerza de lamerlo nosotros al contrario media vuelta al interior transferidos religación de manos balanceo de brazos degustación en silencio del mar y de las islas cabezas que pivotan como una sola hacia las humaredas de la ciudad localización en silencio de los monumentos cabezas que retoman se diría unidas por un eje breve niebla y he aquí de nuevo que comemos los sandwiches a bocados alternos cada uno el suyo intercambiando palabras dulce cariño mío yo muerdo ella traga cariño mío ella muerde yo trago no arrullamos aún la boca llena amor mío yo muerdo ella traga tesoro mío ella muerde yo trago breve niebla y he aquí de nuevo que nos alejamos otra vez a través de los campos con las manos cogidas los brazos balanceándose la cabeza alta hacia las cimas cada vez más pequeños yo ya no veo al perro ya no nos veo la escena está desocupada algunas bestias los carneros que se dirían de granito que aflora un caballo que no había visto de pie inmóvil espinazo curvado cabeza baja las bestias saben azul y blanco del cielo mañana de abril bajo el lodo se acabó ya está hecho esto se apaga la escena se queda vacía algunas bestias luego se apaga no más azul yo me quedo allá abajo a la derecha en el lodo la mano se abre y se vuelve a cerrar eso ayuda que se vaya me doy cuenta de que sonrío aún ya no vale la pena desde hace tiempo ya no vale la pena la lengua vuelve a salir va al lodo me quedo así ya no sed la lengua vuelve a entrar la boca se cierra de nuevo debe hacer una línea recta ahora ya está hice la imagen.

Años cincuenta


En Relatos
Traducciones de Félix de Azúa, Ana Maria Moix y Jenaro Talens
Imagen: Steve Schapiro

6 feb. 2015

Descarga: Elias Canetti - Auto de fe

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Descarga: Elias Canetti - Auto de fe

A través de la historia de Peter Kien, un especialista en China internacionalmente conocido, propietario de una biblioteca de 25.000 volúmenes de la que se ocupa él mismo, Canetti habla de los peligros de considerar que un intelectualismo rígido y dogmático, encerrado en sí mismo, pueda prevalecer sobre el mal, el caos y la destrucción. Así, el protagonista de Auto de fe, después de soñar que sus libros eran quemados, se casa con su asistenta, Teresa, una mujer iletrada y embrutecida, que habrá de ayudarle en la tarea de preservar su biblioteca.

30 ene. 2015

Vladimir Nabokov - Música

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Vladimir Nabokov @Philippe Halsman


El vestíbulo rebosaba de abrigos de ambos sexos; desde el salón se oía el rápido desgranar de una serie de notas de piano. El reflejo de Víctor en el espejo se estiró el nudo de una corbata que no era sino reflejo de la de Víctor. Alzándose para llegar a la percha, la doncella colgó su abrigo, que inmediatamente se desprendió del perchero, llevándose a otros dos consigo en su caída, por lo que la doncella tuvo que empezar la operación de nuevo.

De puntillas, Víctor llegó al salón, y en ese momento la música se hizo más potente y ruidosa. Al piano estaba Wolf, un invitado poco frecuente en esa casa. El resto, unas treinta personas en total, escuchaba en una gran variedad de actitudes, algunos con la barbilla apoyada en la mano, otros fumando y exhalando el humo hacia el techo mientras la incierta iluminación concedía a su inmovilidad una cualidad vagamente pintoresca. Desde lejos, la señora de la casa le indicó un asiento vacío a Víctor con una sonrisa elocuente, una butaca con respaldo de rejilla que estaba casi a la sombra del piano de cola. Él respondió con gestos, como si quisiera pasar desapercibido, está bien, está bien, estoy bien de pie; pero al final empezó a moverse en la dirección indicada, se sentó con cautela y con la misma cautela se cruzó de brazos. La esposa del pianista, con la boca medio abierta y sin dejar de parpadear, se dispone a pasar la página; ya la ha pasado. Una selva negra de notas en crescendo, una colina, un vacío, luego un grupo separado de trapecistas que inician el vuelo. Wolf tiene unas pestañas largas, rubias: sus orejas translúcidas muestran un delicado tono rojizo; toca las notas con velocidad y rigor extraordinarios y, en las profundidades lacadas de la tapa abierta del teclado del piano, se deja ver la réplica de sus manos ocupadas en un remedo intrincado, fantasmal, incluso vagamente circense.

Para Victor, cualquier música que le resultara desconocida, y toda la que conocía se reducía a una docena de melodías convencionales, se asemejaba al parloteo de una conversación en una lengua extranjera: tratas en vano de definir al menos los límites de las palabras, pero todo resbala y se entremezcla, de forma que el oído rezagado empieza a aburrirse. Victor intentó concentrarse en la música pero muy pronto se sorprendió a sí mismo observando las manos de Wolf y sus reflejos espectrales. Cuando la música se convertía en un trueno insistente el cuello del pianista se hinchaba, sus dedos abiertos entraban en tensión y emitía una especie de débil gruñido. En un momento dado, su esposa se le adelantó; él detuvo la página con un golpe seco de su palma izquierda abierta y luego, a increíble velocidad, la pasó de un manotazo y al instante siguiente ambas manos atacaban ya de nuevo el sumiso teclado. Victor hizo un estudio detallado del hombre: nariz puntiaguda, párpados saltones, una cicatriz en el cuello, herencia de un grano, pelusa rubia a guisa de pelo, espaldas amplias bajo la americana negra. Por un momento Victor trató de prestar atención de nuevo a la música, pero apenas se hubo fijado en ella su atención empezó a dispersarse.

Lentamente abandonó su lugar junto al piano, sacó su pitillera y empezó a examinar a los otros invitados.

Entre los rostros extraños descubrió a algún conocido -el gordinflón de Kocharovsky, tan buena persona… ¿debería saludarle? Le saludó, pero erró el gesto porque fue otro conocido suyo, Shmakov, el que le devolvió el saludo: yo creía que se había marchado de Berlín, a París, se lo tendré que preguntar. En un diván, flanqueado por dos damas ancianas, estaba Anna Samoylovna, tan pelirroja y corpulenta, medio reclinada con los ojos entreabiertos mientras que su marido, un otorrino-laringólogo, se sentaba apoyando el codo en el brazo de la silla. ¿Qué es ese objeto reluciente con el que juega su mano libre? Ah, sí, unas lentes con una cinta chejoviana. Más allá, con un hombro en la sombra, un hombre barbudo y jorobado conocido por su amor a la música escuchaba con máxima atención, con el índice apoyado en la mejilla. Victor nunca se acordaba de su nombre ni de su apellido. ¿Boris? No, no era Boris. ¿Borisovich? Tampoco. Más rostros. Me pregunto si estarán aquí los Haruzins. Sí, allí están. No me ven. Y al momento siguiente, justo detrás de ellos, Victor vio a su ex mujer.

Al punto agachó la cabeza, dando golpecitos al cigarrillo para tirar la ceniza que no había tenido todavía tiempo de formarse. Desde algún lugar de su interior surgió su corazón como un puño dispuesto a lanzar un buen derechazo pero se retiró, luego volvió a golpear para a continuación empezar a latir desordenada y velozmente, en contrapunto al ritmo de la música y ahogándola. Sin saber dónde mirar, observó de refilón al pianista pero sin oír una sola nota. Parecía como si Wolf estuviera tocando en un teclado silencioso. Victor sintió tal angustia en el pecho que tuvo que estirarse y respirar a fondo: luego, y como si retornara desde algún lugar distante, luchando por encontrar su hueco, la música volvió a la vida y el corazón reanudó sus latidos con un ritmo más regular.

Se habían separado hacía dos años, en otra ciudad, donde el mar tronaba por las noches y donde habían vivido desde su boda. Sin atreverse todavía a alzar la vista, trató de rechazar el ruido y la avalancha del pasado con pensamientos triviales; por ejemplo, que ella debía de haberle visto hacía unos minutos cuando, con pasos titubeantes y de puntillas, había atravesado toda la habitación para llegar a su asiento. Era como si alguien le hubiera sorprendido desnudo o comprometido en una ocupación estúpida; y mientras recordaba cómo en su inocencia se había deslizado y precipitado bajo su mirada (¿hostil?, ¿burlona?, ¿curiosa?), se interrumpió para considerar si su anfitriona u otra persona en la habitación sería consciente de la situación, y cómo había llegado ella hasta allí, y si habría venido sola o con su nuevo marido, y qué debía hacer él; ¿quedarse como estaba o ponerse a mirarla? No, mirarla era todavía imposible; antes tenía que acostumbrarse a su presencia en aquel salón que aunque grande era al tiempo limitado, porque la música les había puesto cerco y se había convertido para ellos en una suerte de prisión en la que ambos estaban destinados a permanecer cautivos hasta que el pianista acabase de construir y mantener sus bóvedas de ruido. ¿Qué había tenido tiempo de ver en aquella breve ráfaga en que sus ojos se encontraron hacía un minuto?

Tan poco: sus ojos huidizos, sus pálidas mejillas, un mechón de pelo negro, y también, como si fuera una actriz secundaria, creía haber distinguido una serie de perlas o algo parecido rodeando su cuello. ¡Tan poco! Y sin embargo, aquel esbozo descuidado, aquella imagen truncada ya, era su mujer, y aquella fusión momentánea de resplandor y sombras la constituía desde aquel momento en el único ser que llevaba su nombre. ¡Qué lejano parecía todo!

Se había enamorado perdidamente de ella una noche de bochorno, bajo un cielo desmayado, en la terraza del pabellón de tenis, y, un mes más tarde, en su noche de bodas, llovió tanto que el ruido del agua les impedía escuchar el mar. Qué felicidad fue aquélla. Felicidad -qué palabra tan húmeda, tan similar a una lengua que te lame el cuerpo chapoteando sin cesar, qué palabra tan viva, tan dócil, que sonríe y que llora por sí misma. Y la mañana siguiente: aquellas hojas relucientes en el jardín, aquel mar casi silencioso, aquel mar lánguido, lechoso, plateado.

Tenía que hacer algo con la colilla del cigarrillo.

Volvió la cabeza y de nuevo el corazón le dejó de latir. Alguien se había movido y su mujer había desaparecido casi por completo tras aquel extraño, que sacaba un pañuelo tan blanco como la muerte; pero el brazo de aquel extraño se movía de nuevo y ella reaparecería, en un segundo reaparecería ante su vista.

No, no soporto mirar. Hay un cenicero en el piano.

La barrera de sonidos seguía su curso, potente, impenetrable.

Las manos espectrales en sus profundidades de laca seguían con sus contorsiones habituales.

«Seremos felices para siempre», ¡qué melodía, qué resplandor trémulo en aquellas palabras!

Ella era toda como de terciopelo y uno no quería sino abrazarla como abrazaría. a un potrillo con las piernas dobladas. Abrazarla, envolverla. ¿Y luego, qué? ¿Qué había que hacer para poseerla por completo? Amo tu hígado, tus ríñones, tu sangre. Y ella le contestaba:

«No seas desagradable». No vivían con gran lujo, pero tampoco eran pobres, e iban a nadar al mar en cualquier época del año. Las medusas, arrojadas por el mar a la playa de guijarros, temblaban con el viento. Las rocas de Crimea brillaban con la espuma. En una ocasión vieron a unos pescadores que se llevaban el cuerpo de un ahogado; sus pies descalzos sobresalían por debajo de la manta y parecían sorprendidos. Por las noches solía hacer chocolate caliente.

Volvió a mirar. Ahora estaba sentada con los ojos bajos, las piernas cruzadas, y la barbilla apoyada en los nudillos: era muy musical, Wolf debía de estar tocando una pieza famosa, hermosa. No podré dormir en varias noches, pensó Victor mientras contemplaba su cuello blanco y el suave ángulo de su rodilla. Llevaba un ligero vestido negro, que le resultaba desconocido, y su collar atrapaba la luz en sus cuentas. No, no podré dormir, y tendré que dejar de venir aquí. Todo ha sido en vano: dos años luchando, esforzándome y cuando ya casi había alcanzado cierta paz mental… y ahora tengo que volver a empezar de nuevo, tratar de olvidarlo todo, todo lo que ya estaba casi olvidado, y además, por si fuera poco, aún me queda toda esta noche. Y de repente le pareció que ella le miraba furtivamente, y volvió la cara.

La música debía estar tocando a su fin. Cuando llegan esas cuerdas violentas, jadeantes, suele significar que el final está cerca. Otra palabra misteriosa, final …

El desgarro final, la inminencia del fin… El trueno que desgarra el cielo, las nubes de polvo que anuncian tragedia. Con la llegada de la primavera se volvió como insensible. Hablaba como sin mover los labios. Él preguntaba:

«¿Qué te ocurre?».

«Nada. Nada en particular.» A veces se le quedaba mirando fijamente con ojos escrutadores, con una expresión enigmática.

«¿Qué ocurre?» «Nada.» Al caer la noche estaba como muerta. No podías hacer nada por ella, porque, aunque era una mujer pequeña, delgada, se volvía pesada y torpe, como si estuviera hecha de piedra. «¿No me vas a decir por fin qué te ocurre?» Y así durante un mes.

Entonces, una mañana, sí, fue la mañana de su cumpleaños, dijo sencillamente, como si hablara de algo sin importancia: «Separémosnos durante un tiempo. No podemos seguir así». La niña del vecino irrumpió en la habitación a enseñarnos su gatito (el único superviviente de una camada que se había ahogado).

«Vete, vete, ven más tarde.» La niña se fue. Se hizo un silencio, largo.

Después de un rato, lenta, silenciosamente, él empezó a frotarse las manos, a preparar sus puños, deseaba romperla por completo, dislocarle todas las articulaciones con crujidos violentos. Ella empezó a llorar. Entonces él se sentó a la mesa y pretendió leer el periódico. Ella salió al jardín, pero volvió pronto. «No puedo mantenerlo en secreto por más tiempo. Tengo que contártelo todo.» Y con una especie de asombro raro ante sus propias palabras, como si estuviera hablando de otra mujer y se extrañara de lo que ésta contaba y además invitándole a que compartiera su extrañeza, ella se lo contó todo, todo, con pelos y señales. El hombre en cuestión era un tipo fornido, modesto, reservado; solía ir a jugar una partida de whist con ellos y le gustaba hablar de pozos artesianos. La primera vez fue en el parque, luego en su casa.

El resto era muy vago. Caminé por la playa hasta que cayó la noche. Sí, parece que la música se acaba.

Cuando le abofeteé en el muelle, me dijo: «Esto lo pagará caro», cogió su gorra del suelo y se fue. No me despedí de ella. Qué estúpido fui al querer matarla.

Vive, sigue viviendo. Vive como vives ahora, en este preciso momento, sentada ahí para siempre. Vamos, mírame, te lo imploro, por favor, mírame. Te perdonaré todo, porque de algún modo, todos vamos a morir algún día, y entonces nos enteraremos de todo, y todo será perdonado -así que ¿por qué dilatar el perdón? Mírame, mírame, vuelve hacia mí tus ojos, mis ojos, mis queridos ojos. No. Se acabó.

Los últimos acordes, poderosos, complejos, otro más, y ya no queda sino el último pero cuando completó el acorde, con el que la música parecía haber entregado su alma definitivamente, el pianista apuntó y, con precisión felina, tocó una nota, una sola, sencilla, separada del resto, una nota dorada. El muro de música se disolvió. Aplauso. Wolf decía: «Hace mucho tiempo que no tocaba esta pieza». La esposa de Wolf decía:

«Hace mucho tiempo, sabe usted, que mi marido no tocaba esta pieza». El otorrino se acercó a Wolf, lo acorraló, lo apuntaló contra su tripa para decirle:

«¡Maravilloso! Siempre he defendido que es lo mejor que escribió nunca. Creo que al final usted moderniza el colorido de los sonidos un poco demasiado. No sé si me explico pero, verá usted…».

Victor miraba hacia la puerta. Allí, una dama morena, delgada con una sonrisa de desamparo se despedía de la anfitriona, que no hacía sino repetir sorprendida: «No se lo acepto, ahora todos vamos a tomar el té, y luego vamos a escuchar a un cantante». Pero ella seguía sonriendo indefensa mientras se abría camino hasta la puerta, y Victor se dio cuenta de que la música que antes le había parecido una estrecha cárcel donde, aprisionados por el fragor de los sonidos, se habían visto obligados a permanecer frente a frente a unos centímetros de distancia, en realidad había constituido una felicidad increíble, una cúpula mágica de cristal que le había abrazado y aprisionado en su seno junto con ella, que le había dado la oportunidad de respirar el mismo aire que ella respiraba; y ahora todo aquello se había roto en mil fragmentos y estaba disperso, ella estaba a punto de desaparecer por la puerta, Wolf había cerrado el piano, y aquel cautiverio encantador había desaparecido para siempre.

Ella se fue. Nadie pareció darse cuenta de nada. Le saludó un hombre llamado Boke que le dijo en tono amable: «No he parado de mirarle. ¡Vaya reacción la suya a la música! Sabe, parecía tan aburrido que me ha dado lástima. No puedo creer que la música le resulte totalmente indiferente».

- No, no estaba aburrido -contestó Victor con torpeza-.

Sencillamente, carezco de oído, y soy mal juez para la música. Por cierto ¿qué tocaba?

- Lo que usted prefiera -dijo Boke con el susurro de preocupación de un intruso-. El lamento de la doncella o quizás La sonata a Kreutzer . Elija.


En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
Imagen: Philippe Halsman

23 ene. 2015

Ernest Hemingway: Gato bajo la lluvia (1925)

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Ernest Hemingway: Gato bajo la lluvia (1925)


Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.

Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.

La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana.

El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. 

Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto!

Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se ha ido.

–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.

La mujer se sentó en la cama.

–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.

–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

–¡Caramba! Si estás muy bonita – dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

–¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta.

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.

–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.




Foto: Ernest Hemingway c.1940 © Bettmann-Corbis
Traducción: s-d


22 ene. 2015

Descarga: Elías Canetti - La lengua absuelta

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Elias Canetti creció a orillas del Danubio, en el abigarrado mundo balcánico, entre búlgaros, griegos, albanos, rumanos, armenios, rusos y gitanos. Canciones turcas y viejos romances españoles acompañaron sus primeros pasos en el seno de una próspera familia judía sefardí. Dos pasiones tempranas marcaron su vida: la figura de su madre y el amor por la literatura que ella le transmitió.