Mostrando las entradas con la etiqueta Plauto. Mostrar todas las entradas

24 ago. 2007

Plauto - Tumba familiar

No hay comentarios. :

Plauto - Anfifruo - Comedia (fragmento)

No hay comentarios. :


Única comedia plautina de tema mitológico, Anfitruo es una comedia que trata el tema del nacimiento de Hércules. Zeus, enamorada de Alcmena, se aprovecha de la ausencia de Anfitrión, su marido, para suplantarle en una noche milagrosamente larga. Pero Alcmena, fecundada con anterioridad, da a luz a dos niños en un solo parto: Hércules, hijo de Zeus, e Ificles, hijo de Anfitrión. Aquí tenemos el principio de la obra.


Acto 1 . Escena I

Sosias.- (Vestido de viaje, entra por la izquierda con una linterna en la mano) ¿Hay algún hombre más audaz o más temerario que yo, que, conociendo como conozco las costumbres de nuestra juventud, se atreva a pasear solo en plena noche?; ¿qué haría yo si los tresviros me metieran en la cárcel? Mañana, enseguida me sacarían de la despensa para azotarme. No me dejarían decir nada para defenderme; mi amo tampoco me serviría de ayuda y todos, sin excepción, creerían que lo tenía bien merecido. Mientras tanto, pobre de mí, ocho hombres forzudos golpearían mi espalda como si fuese un yunque. Éste sería el recibimiento público que tendría al regresar del extranjero. Y todo por culpa de la impaciencia de mi amo que me ha ordenado venir del puerto, en contra de mi voluntad, a altas horas de la noche. ¿No podía enviarme de día para hacer este recado? Servir al poderoso es muy pesado y el esclavo de un rico es muy digno de lástima; de noche y de día, continuamente, siempre hay algo por hacer o para decir, de modo que nunca se puede descansar. En cuanto a tu poderoso dueño, exento de trabajos y de fatigas, piensa que todo lo que a un hombre se le pasa por la cabeza es factible. Lo considera razonable y nunca se para a reflexionar sobre las fatigas que ocasiona, ni considera si es justo, o no, aquello que manda hacer. Por esto, el ser esclavo comporta el sufrir tantas injusticias. Siempre hay que llevar y aguantar esta carga con esfuerzo.

Mercurio.- Yo sí debería quejarme también, en contra de la esclavitud. Hoy todavía era libre y mi padre me ha reducido a ella. Éste, que es esclavo de nacimiento, es quien se queja.

Sosias.- Soy una porquería de esclavo. ¿Ni siquiera se me ha ocurrido dar gracias a los dioses, a mi regreso, e invocarles por todos los favores que me han concedido? ¡Por Pólux!, si quisieran recompensarme tal como merezco, me enviarían algún valentón para romperme la cara, cuando yo llegase, porque ni he sabido agradecer ni he tenido en cuenta el bien que me han hecho.

Mercurio.- (Aparte) Éste no es como los demás; sabe hacerse justicia.

Sosias.- Lo que ni yo, ni ninguno de mis conciudadanos hubiéramos creído nunca que ocurriría, ha ocurrido: que regresáramos nuevamente a casa, sanos y salvos. Nuestras legiones victoriosas regresan a su patria, una vez el enemigo ha sido vencido, después de haberse extinguido la mayor de las guerras, de haber sido aniquilado el mayor adversario. La ciudad que infligió al pueblo tebano tantos sufrimientos prematuros gracias al valor y al coraje de nuestros soldados, ya la vemos vencida y conquistada y, en especial, gracias al mando y a los auspicios de mi dueño Anfitrión; él es quien ha enriquecido a sus compatricios con el botín, con tierras y gloria y quien ha consolidado en su trono a Creonte, el rey de Tebas. Me ha hecho venir del puerto a su casa para que hiciese saber a su esposa cómo se ha esforzado al servicio del interés común, con su conducta, su mando y sus auspicios. Y ahora he de ver de qué modo voy a decírselo cuando llegue allí. Si le digo mentiras, obraré como de costumbre. Cuando todos estaban luchando con mayor empuje, con mayor empuje yo también huía. Pero haré como si hubiese estado en la batalla y le contaré lo que he oído decir. No obstante, me hace falta ver en qué términos he de expresarme durante la narración. Antes quiero ensayarlo un poco aquí, ante mí mismo. Comenzaré así:

Vencemos por la fuerza al orgulloso enemigo. Pero, a pesar de todo, ninguno de ellos huye ni retrocede sin luchar con bravura; se dejan arrebatar la vida antes que ceder un palmo de su terreno. Cada uno yace muerto en su puesto, manteniendo su fila. Viendo esto, Anfitrión, mi dueño, ordena que la caballería ataque por la derecha. Los caballeros obedecen rápidos y, por la derecha, se hunden entre los enemigos con enormes gritos y con gran ímpetu. Disuelven y aplastan las fuerzas del adversario, en justa venganza por las injurias sufridas.

Mercurio.- (Aparte) Hasta ahora, no ha dicho ninguna palabra al revés, porque yo estaba allí, con mi padre, durante el combate.

¡Atención! Éste va a venir hacia aquí y yo le saldré al encuentro. No permitiré que, durante el día de hoy, este hombre se acerque a la mansión. Como que tengo su aspecto, es seguro que voy a dejarle sin aliento; y, ya que he tomado su aspecto y su condición, conviene que también me porte como él y tenga el mismo carácter. Necesito, por tanto, ser malicioso, pillo, enormemente astuto, armarme con sus propias armas y, con malicia, alejarle de la puerta. Pero, ¿qué ocurre? ¿Está contemplando el cielo? Iré a ver qué pasa.

Sosias.- ¡Sí, por Pólux! Si existe alguna cosa que yo crea o que conozca con certeza, me parece que anoche, Nocturno estaba ebrio cuando se fue a dormir; porque las siete estrellas de la Osa Menor no hacen movimiento alguno en el cielo, ni la luna se ha movido de allí de donde salió, ni Orión, ni el Véspero, ni las Pléyadas se ponen todavía. Las constelaciones están siempre fijas en un determinado lugar y, en ninguna parte, la noche deja su lugar al día.

Mercurio.- (Aparte) Continúa, por favor, Noche, tal como has empezado; sé favorable a mi padre. Haces del modo mejor para el mejor, el mejor de los servicios; te comportas estupendamente en tu trabajo.

Sosias.- Creo no haber visto otra noche más larga, salvo aquélla en que, después de ser azotado, quedé colgado, de la noche a la mañana. Pero, ¡por Pólux!, ésta es aún mucho más larga que la otra. ¡Por Pólux!, estoy seguro de que el Sol se halla durmiendo todavía y que debe de haber bebido algo más de la cuenta. No me extrañaría que se hubiese regodeado más de la cuenta, durante la cena.

Mercurio.- (Aparte) ¡Ah, bellaco! ¿Crees que los dioses son como tú? ¡Por Pólux, te haré pagar todas tus insolencias y tus obras, granuja! Ven, solamente hasta aquí, si quieres; te juro que no te saldrá del todo bien.

Sosias.- ¿Dónde están estos libertinos que no les gusta dormir solos? He aquí una noche excelente para dar trabajo a esas bellezas que cuestan tan caro.

Mercurio.- (Ídem) Mi padre, tal como éste dice, hace bien estando acostado en los brazos de Alcmena, su amada, y satisfaciendo sus pasiones.

Sosias.- Bueno, voy a hacer saber a Alcmena lo que mi amo me ha encargado. Pero, ¿quién es este hombre que veo delante de la casa, a esas horas de la noche? No me hace ninguna gracia.

Mercurio.- (Ídem) No hay nadie más cobarde que él.

Sosias.- ¡Ya lo sé! Este hombre quiere hoy volverme a tejer la capa.

Mercurio.- (Ídem) ¡Uf!, tiene miedo. Voy a reírme de él.

Sosias.- ¡Estoy perdido, me pican los dientes! Seguro que, a mi llegada, me acogerá con un recibimiento pugilístico. Tiene buen corazón, por lo que veo; ya que mi amo me ha hecho velar toda la noche, él, con sus puños, hará que hoy pueda dormir. ¡Soy hombre muerto! ¡Piedad! ¡Por Hércules, qué grande y qué forzudo es!

Mercurio.- (Ídem) Hablaré en voz alta, delante de él. Así podrá oír lo que yo digo y, de esta manera, sentirá mucho más terror. (Hablando en voz alta) ¡Preparaos, puños! Tiempo ha que no habéis dado pitanza a mi estómago. Parece como si hubiera transcurrido un siglo desde el día en que dejasteis dormidos a aquellos cuatro jóvenes, todos desnudos.

Sosias.- (Aparte) Me da un miedo terrible pensar que hoy voy a cambiar de nombre; dejar de ser Sosias para convertirme en Quinto. Dice haber puesto fuera de combate a cuatro hombres; me temo que voy a aumentar el número.

Mercurio.- ¡Bien! ¡Bien! ¡Así es como lo quiero!

Sosias.- (Aparte) Se ciñe la túnica. No hay duda, se está poniendo en forma.

Mercurio.- (Aparte) No saldrá de ésta sin haber cobrado.

Sosias.- (Aparte) ¿Quién?

Mercurio.- (Aparte y dando gritos) Al primero que venga por aquí, le haré tragar mis puños.

Sosias.- (Aparte) Muchas gracias. No me gusta comer tan tarde, por la noche; no hace mucho que he terminado de cenar. Vale más que esta cena la ofrezcas, si sabes, a los que están hambrientos.

Mercurio.- (Aparte) He aquí un puño que tiene un buen peso.

Sosias.- (Aparte) ¡Soy hombre muerto! Sopesa sus puños.

Mercurio.- (Aparte) ¿Cómo le resultaría si le diera una caricia para dormirle?

Sosias.- (Aparte) Me salvarías. Durante tres noches no he podido pegar ojo.

Mercurio.- (Aparte) Muy mal. No es así como debe hacerse. Mi mano no aprende del todo bien a golpear una mandíbula. Es necesario que cambie el rostro totalmente, una vez le haya rozado con el puño.

Sosias.- (Aparte) Este hombre va a dejarme nuevo y me volverá a modelar la cara.

Mercurio.- (Aparte) No ha de quedar un solo hueso en el rostro, si sabes golpear al hombre como es debido.

Sosias.- (Aparte) Parece que quiere deshuesarme como a una murena. ¡Salga de aquí este deshuesador de hombres! Si me llega a ver, muerto soy.

Mercurio.- (Aparte) ¡Algún hombre huele, por su desgracia!

Sosias.- (Aparte) Pero, ¿he dejado escapar algún olor?

Mercurio.- (Aparte) No debe estar muy lejos; aunque si viene de lejos.

Sosias.- (Aparte) Este hombre es un brujo.

Mercurio.- (Aparte) Los puños se me encolerizan.

Sosias.- (Aparte) Si quieres probarlos contra mí, te lo ruego, pruébalos antes contra la pared.

Mercurio.- (Aparte) Una voz ha volado hasta mis oídos.

Sosias.- (Aparte) ¡Cuán desgraciado he sido, al no cortarle las alas! Tengo una voz voladora.

Mercurio.- (Aparte) Este hombre viene hacia mí en su acémila, y busca su desgracia.

Sosias.- (Aparte) ¿Yo? No tengo ninguna acémila.

Mercurio.- (Aparte) Será necesario cargarle bien con los puños.

Sosias.- (Aparte) ¡Por Hércules!, aún me siento fatigado del viaje en la nave y me siento mareado. Si apenas puedo andar sin carga, no vayas a creer que podré andar cargado.

Mercurio.- (Aparte) Ahora sí que es seguro; no sé quién habla por aquí.

Sosias.- (Aparte) Estoy salvado. No puede verme. Él dice que ha hablado "No sé quién", y mi nombre es, sin duda alguna, Sosias.

Mercurio.- (Aparte) Me parece que hay alguna voz, a mi derecha, que ha venido a darme en la oreja.

Sosias.- (Aparte) Tengo miedo de que éste no me atice a mí, hoy, en lugar de atizar a la voz que le ha dado.

Mercurio.- (Aparte) ¡Qué bien, ahora viene hacia aquí!

Sosias.- (Aparte) Tengo miedo y estoy cansado. ¡Por Pólux!, si alguien me lo preguntara, no sabría decirle en qué lugar del mundo estoy. ¡Pobre de mí! El miedo no me deja, ni siquiera, moverme. ¡Ya se acabó! Sosias se ha perdido, junto con los encargos de su amo... Pero, no, voy a hablarle plantándole cara, para dar la impresión que se trata de un valiente; quizá, de esta manera, no se atreva a tocarme.

Mercurio.- (A Sosias) ¿Adónde vas tú, que llevas a Vulcano encerrado en el cuerno?

Sosias.- ¿Por qué lo preguntas, tú que con los puños deshuesas la cara de los hombres?

Plauto, Anfitruo,A.I,E.1



Plauto - Primeras ediciones originales

No hay comentarios. :




Plauto - Aulularia, Comedia - Fragmentos

6 comentarios :



Esta obra gira en torno al personaje Euclión, pobre anciano que ha encontrado una olla llena de oro enterrada por su abuelo y que se ve, de pronto, inquietado por el deseo de ocultarla para que no se la roben. La intriga es doble, presentándonos a Fedra, su hija, violada por Licónides. Estas dos historias terminan convergiendo provocando los típicos malos entendidos de una comedia de enredo Aquí nos encontramos a Licónides confesando su crimen, la violación, a Euclión y a éste creyendo que le habla del robo de su olla llena de oro.

Acto IV - Escena X

Euclión.- ¿Quién está hablando por aquí?

Licónides.- Soy yo, un desgraciado.

Euclión.- Yo sí lo soy, y terriblemente arruinado; yo, que ando abatido por tantos males y pesares.

Licónides.- Ten buen ánimo.

Euclión.- ¿Y cómo podría animarme?

Licónides.- De esto que te tiene tan preocupado, yo soy el culpable. Lo confieso.

Euclión.- ¿Qué oigo?

Licónides.- La verdad.

Euclión.- ¿Qué daño te causé yo, joven, para que obraras así y nos echaras a perder, a mí y a los míos?

Licónides.- Un dios me empujó a hacerlo. Él me arrastró hacia ella.

Euclión.- ¿Cómo?

Licónides.- Reconozco que obré mal y sé que soy culpable. Por esto vengo a rogarte que, benignamente, sepas concederme el perdón.

Euclión.- ¿Cómo has podido atreverte a tocar lo que no era tuyo?

Licónides.- ¿Qué se puede hacer? El mal ya está hecho. No es posible hacer nada más. Creo que así lo quisieron los dioses, puesto que sin su voluntad la cosa no hubiese sucedido; de eso estoy seguro.

Euclión.- Yo también estoy seguro de que los dioses quieren que te deje morir bien atado, en mi casa.

Licónides.- No hables así.

Euclión.- Pues, ¿por qué la tocabas sin permiso? Era mía.

Licónides.- Lo hice por culpa del amor y del vino.

Euclión.- ¡Ah, gran desvergonzado! ¿Con semejante discurso te has atrevido a venir, imprudente? Si esto es ley, y con esto pudieras excusarte, podríamos ir a robar las joyas de las señoras, en plena luz del sol. Después, si nos cogían, nos excusaríamos diciendo que lo hacíamos impulsados por la embriaguez o el amor. Demasiado baratos deben costar el vino y el amor, si el borracho y el amante pueden satisfacer, a su gusto, todos los caprichos.

Licónides.- Pero si he venido por propia voluntad a pedirte perdón por mi locura.

Euclión.- No me gustan los hombres que, cuando ya han hecho el mal, suelen venirte con excusas. Tú sabías muy bien que no era tuya. No debiste tocarla para nada.

Licónides.- Puesto que me he atrevido a tocarla, no te pido más que el poderla conservar, por encima de todo.

Euclión.- ¿Conservarla, a pesar mío y siendo mía?

Licónides.- No deseo obtenerla, en contra de tu voluntad, pero creo que ella me pertenece. Además, Euclión, al punto vas a convencerte de que conviene que ella sea mía.

Euclión.- ¡Sí, por Hércules! Yo te llevaré enseguida junto al pretor y le diré que te abra un proceso, si no me la devuelves.

Licónides.- ¿Yo? ¿Qué tengo que devolverte?

Euclión.- Lo mío que me has robado.

Licónides.- ¿Que yo he robado algo tuyo? ¿Dónde? ¿De qué se trata?

Euclión.- (Irónicamente) ¡Quiérame bien Júpiter, de modo que tú no lo sepas!

Licónides.- Si no me dices lo que pides...

Euclión.- Hablo de la olla de oro, esto es lo que pido; aquella olla que tú mismo has dicho que habías robado.

Licónides.- ¡Por Pólux, yo no he dicho ni hecho semejante cosa!

Euclión.- ¿Dices que no?

Licónides.- Ya lo creo. Digo que no, una y mil veces. Nada sé, ni he oído hablar tampoco del oro, ni de la olla que dices.

Euclión.- Veamos. Aquélla que te has llevado del bosque de Silvano. Devuélvemela y estaría de acuerdo en dividirla contigo, mitad y mitad. Aunque seas un ladrón, no me disgustas. ¡Vamos, devuélvela!

Licónides.- Tú estás loco, tratándome de ladrón. Creía, Euclión, que estabas al corriente de otra cuestión que me con cierne a mí. Sobre ella, quiero hablarte con toda tranquilidad, si tienes tiempo.

Euclión.- Dime con toda sinceridad, ¿no has robado el oro?

Licónides.- No, con sinceridad lo digo.

Euclión.- ¿Y no sabes quién lo ha robado?

Licónides.- No, y también lo digo sinceramente.

Euclión.- Si supieses quién la ha robado, ¿me lo dirías?

Licónides.- Te lo diría.

Euclión.- ¿No aceptarías tampoco una parte del que la tiene, ni encubrirías al ladrón?

Licónides.- No, tampoco.

Euclión.- ¿Y si me engañas?

Licónides.- Entonces, que Júpiter haga conmigo lo que quiera.

Euclión.- Bueno, ya tengo bastante. Ahora, dime lo que querías decirme.

Licónides.- Por si no nos conoces, ni a mí ni a mi familia, aquí vive mi tío (señalando la casa de Megadoro). Mi padre era Antímaco y yo me llamo Licónides. Mi madre es Eunomia.

Euclión.- Ya conozco esta familia. Pero me gustaría saber qué quieres.

Licónides.- Tú tienes una hija.

Euclión.- Sé, está en casa.

Licónides.- La has prometido, según creo, a mi tío.

Euclión.- Veo que estás enterado.

Licónides.- Pues bien, me ha enviado a decirte que él renuncia a ella

Euclión.- ¡Renuncia, cuando ya todo está a punto y la ceremonia también está preparada! ¡Que todos los dioses y diosas inmortales le pierdan! Por su culpa, yo he perdido hoy todo aquel oro.

Licónides.- Tranquilízate y no digas esas palabrotas. Ahora, para que todo vaya a salir bien para ti y para tu hija, di: "¡Así lo quieran los dioses!"

Euclión.- ¡Así lo quieran los dioses!

Licónides.- Y así lo quieran los dioses también para mí! Pero escucha. No hay ningún hombre, por poco que valga, que no sienta vergüenza por una falta que haya cometido y no quiera justificarse. Por todo lo que más quieras, Euclión, si en mi locura hice algo malo contra ti o contra tu hija, perdónalo Y dámela por esposa, tal como manda la ley. Ya lo reconozco; abusé de tu hija en la víspera de la fiesta de Ceres: el vino, la fuerza de la juventud.

Euclión.- ¿Qué oigo? ¡Qué mala noticia!

Licónides.- ¿Por qué te quejas? Yo he hecho que seas abuelo en las bodas de tu hija. Porque tu hija ha dado a luz, al cabo de nueve meses. Haz cuentas. Por esto, mi tío ha renunciado a ella en mi favor. Entra y podrás ver si es verdad todo cuanto te digo.

Euclión.- ¡Estoy completamente perdido! ¡Tantas desgracias se vienen uniendo a mi desgracia! Entraré para ver qué hay de verdad en todo esto.

Licónides.- enseguida vengo. (Solo). La cosa parece que ha llegado ya a puerto seguro. Pero no sé dónde debe estar mi esclavo Estróbilo. Tendré que aguardar aquí un rato, después voy a ir adentro, con Euclión. Mientras tanto, él podrá informarse por boca de la vieja nodriza que sirve a la hija: ella lo sabe todo.

Plauto,Aulularia,A.IV,E.X