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9 ene. 2013

Sergio Pitol - La pantera

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Sergio Pitol @Pascual Borzelli Iglesias


El sentimiento de aterrada ternura que su aparición me produjo fue la magia que más decisivamente penetró en mi niñez. Nada conocí que confundiera de tan cabal manera lo grandioso con lo bestial. En las noches siguientes imploré, casi con lágrimas, su presencia. Mi abuela repetía hasta la saciedad que de tanto jugar a los bandidos acababa por soñarlos y en efecto, sucedió que después de incesantes juegos en que la persecución y el simulacro de la villanía eran los únicos ingredientes, el coraje y la sangre visitaron mis noches. En aquel tiempo, por otra parte, ir al cine se reducía a ver una sola película con ligeras variantes de función a función: el invariable tema lo proporcionaba la ofensiva aliada en contra de las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite habíamos visto caer los obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego, la penumbra de los refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos raros y grandes, casas sin fachadas, y el mechón de Verónica Lake, impasible frente a la metralla nipona en tanto que un grupo de heridos era evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi alcoba, y que una multitud de cuerpos mutilados, cráneos de enfermeras, colegios y hospitales en llamas me lanzaran a la vigilia y a buscar protección en el cuarto de mi hermano. 

Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie, ni siquiera a mí mismo, divertían. El acostumbrado antagonismo entre policías y ladrones o entre aliados y alemanes fue sustituido por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras atacaban a los nativos, juegos de cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y rabia al ser perseguidas por los cazadores, juegos donde las panteras combatían encarnizadamente con los caníbales. Pero ni eso, ni la contemplación reiterada de películas de la selva hicieron posible que la visión se repitiera. 

Su imagen persistió en mí durante una temporada que ahora imagino bastante larga, aunque con dolor tuve que ir comprobando que la imagen se hacía cada día más endeble, que mansamente se le diluían los rasgos. El tiempo, que no es otra cosa que un flujo zigzagueante de olvidos y recuerdos, anula, en definitiva, la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. Senda urgencia de volver a verla para escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir. La noche en que apareció, después de trazar un gracioso rodeo alrededor de un sillón, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspirara, las cerró nuevamente con un dejo de agraviada tristeza. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días y días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba con dureza el haber podido imaginar que aquel gracioso animalillo tuviese intenciones de devorarme. Si su mirada era amable, tierna, suplicante, y su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre, para la caricia y el juego. 

Nuevas e ineludibles horas vinieron a sustituir a aquéllas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No solamente llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar ya con precisión la causa que los originara. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el difícil manejo de los colores y las líneas. 

Triviales, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en aquel sueño infantil y bárbaro, volví a escuchar el ruido de un objeto que caía en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga siempre dentro de nosotros, adquiere en determinados momentos un galope tan enloquecido y aterrador, que cobardemente apelamos (llamándole razón) a ese solemne conjunto de normas con que intentamos reglamentar la existencia, a esos vacuos convencionalismos y autoengaños con que se pretende detener el vuelo de nuestras intuiciones y vivencias más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional, arguyendo que el ruido lo habría producido la entrada de un gato que a menudo entraba a dar cuenta de los desperdicios de la cocina. Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a dormir para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, sus pasos. Frente al lecho, contemplándome entre divertida y melancólica estaba ella. Recordé en el sueño la visión anterior, los años transcurridos habían logrado modificar únicamente el marco. Ya no existían los muebles pesados de nogal, ni el soberbio candil de bronce que por un privilegio especial mi abuela había hecho colocar sobre mi cama, ni el gigantesco ropero adosado a la pared; sólo mi expectación y la pantera permanecían inmutables, cual si entre ambas noches hubiesen transcurrido solamente unos breves segundos. La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado esperé su mensaje. 

Ninguna prisa atenazaba al animal. Con paso lento, lánguido y artero se paseó frente a mí describiendo pequeños círculos; luego con salto certero alcanzó la chimenea, removió las cenizas y volvió al centro de la habitación; me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar. 

Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad descubierta en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se revelaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de exultación y júbilo alcanzó un grado de intolerable intensidad. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera alguno de esos efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos, paradójicamente, la eternidad, me produjo el efecto logrado por su voz. 

La emoción, al hacerme despertar, desterró la visión; no obstante permanecían vivas aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una media cuartilla hallada en el escritorio. 

Al volver a la cama caí en un profundo sueño, del que no se alejaba la conciencia de que el enigma quedaba descifrado, que los obstáculos que de mis días habían hecho un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos. 

Sonó el despertador. Con infinita ternura contemplé la hoja blanca en que se vislumbraban aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas de inmediato hubiera sido el recurso más fácil. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y nerviosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje. 

Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La solemnidad de ese sueño no debe atribuirse a un simple desperfecto funcional. No, había algo en su mirada, sobre todo en su voz, que hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la representación de una fuerza y de una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y sin embargo, con estupor y desolada vergüenza, debo confesar que las palabras anotadas eran apenas una mera enumeración de sustantivos triviales y anodinos, que asociados no hacían sentido alguno. Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filosóficas. Nada logré poner en claro. 

El revelárseme que los signos ocultos están inficionados de la misma torpeza, del mismo caos, de la misma desgana, que padecen los hechos visibles, lejos de abatir mis esperanzas ha acabado por fundamentarlas. 

Sé que una noche volverá la pantera. Tal vez tarde en hacerlo otros veinte años. Entonces hablaremos de esas palabras que ya nunca podré olvidar, y juntos, ella y yo, trataremos de aclararlas y hallarles su sentido. Tal vez no viniera, como yo imaginé, a descifrar mi destino, sino a implorar un auxilio para desentrañar el suyo.

México, mayo de 1960


En Cuentos
Imagen: Pascual Borzelli Iglesias

2 dic. 2012

Sergio Pitol: Marina Tsvietáieva

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Arrebatados cuan lejos, Marina, y
cuan dispersos aun en el más íntimo
pretexto. Donadores de signos, no más.
Rainer María Rilke


He pasado los últimos meses leyendo a Marina Tsvietáieva. Entre mis libros rusos tengo las ediciones de Moscú de 1979 y 1984, todas las traducciones al castellano, debidas a la pasión de Selma Ancira, las italianas prologadas por Serena Vitale, la poesía en francés y un amplio volumen de prosa en inglés con texto preliminar de Susan Sontag, así como las biografías de Anastasia Tsvietáieva, su hermana, Simón Karlinski y Veronique Lossky. Los fui adquiriendo desde hace varios años, y sin embargo había leído sólo a trozos, sin continuidad alguna. En tiempos del deshielo, el periodo que sucedió a la revelación de los crímenes de Stalin, su nombre se me hizo familiar. Ehrenburg en sus memorias resalta su importancia en la poesía rusa y se convierte en el abogado de su sombra, de las de Mándelstam y Babel, para reeditar sus obras y mostrarlas a una generación que nada sabía de su paso por la vida y del esplendor que introdujeron al idioma. Durante mi estancia en Moscú, estuve presente en infinitas reuniones donde siempre había alguien discutiendo hasta la madrugada los enigmas que su vida y la de su familia concitaban. Si fue o no cierto que en su fase final en Moscú, en sus años de proscrita, de apestada, se había encontrado con Anna Ajmátova, y si lo fue, qué sucedió en aquellas visitas, de qué hablaron, en qué tono, con qué resultados. Unos decían que en una larga caminata por los bosques, una tarde de invierno, envueltas en chales de lana, Ajmátova le recitó de memoria su Réquiem, mientras Marina movía los labios y las manos simulando estar conversando, o discutiendo de algo, para confundir a sus observadores de oficio. Otros sostenían que esas veladas no tuvieron ningún calor, que Ajmátova temía a Tsvietáieva, que conocía su temperamento destemplado, su arrogante imprudencia, de modo que en las dos únicas veces que se vieron, ella se mantuvo a la defensiva, la trató con educación, porque era una verdadera dama, y también con compasión por su tragedia, porque su corazón era inmenso, y así todos daban versiones diferentes siempre elogiosas de Ajmátova, una mujer adorada por todos, y juraban que provenían de personas absolutamente confiables: el médico de alguna de ellas, o una amiga de Anastasia, la hermana de Tsvietáieva, con quien compartía la casa, o un maestro que las conoció a ambas, y podían pasarse noches enteras en recorrer las listas de amores que se le conocieron a Tsvietáieva y lo calamitosa que podía ser en ese sentido, una peste, una ladilla, por la persecución a que sometía a jóvenes que la admiraban como escritora o por su personalidad irrepetible, por todo lo genuino que había en ella, pero que no podían ni querían responder a sus demandas ya que poseían una sexualidad diferente que los colocaba en situaciones imposibles. Y sobre ese tema podían extenderse hasta lo infinito porque algunos de mis amigos eran estudiantes de teatro y habían sido alumnos y de alguna manera también amigos de quienes fueron, medio siglo atrás, los efebos asediados por la libido desmedida de aquella intrépida amazona. Y si se hablaba de la familia Efrón, de Marina, de Serguéi el marido, de Ariadna, la hija que acababa de morir en aquellos días (cuando yo trabajaba en Moscú), de Mur, el hijo, era cosa de jamás acabar. Uno de los mayores enigmas que seguramente ya no lo ha de ser ahora, puesto que se pueden consultar los archivos de la KGB, es por qué, si Serguéi Efrón, el marido, era un agente importante del espionaje soviético, como algunos señalan, vivió siempre con su familia en una miseria que rozaba la mendicidad. Había yo leído poemas en antologías de la poesía rusa, algún relato y muchos artículos sobre ella. Por incitación de Selma Ancira comencé este año leyendo a la gran poetisa; me estrené con las pruebas de prensa de un libro de 1929 sobre la pintora Natalia Goncharova, que ella acababa de traducir, y he seguido leyéndola hasta hoy.

El siguiente libro en ese maratón de lectura fue Un espíritu prisionero, recién publicado por Galaxia Gutenberg, en Barcelona. El ensayo más relevante del libro es una espléndida semblanza de Andréi Bély, escrita en 1934, al enterarse de la muerte del célebre autor de Petersburgo. La escritura de Tsvietáieva en los años treinta alcanzó una distinción notable y su prosa fue absolutamente original; todo ensayo en su pluma se convierte en una búsqueda del propio ser y de su entorno, lo que, claro, no es novedoso, pero sí lo es el tratamiento formal, la segura y audaz estrategia narrativa. Ella inventa una construcción diferente del discurso. En su escritura de ese periodo, los treinta, siempre autobiográfica, todo se transforma en todo: lo minúsculo, lo jocoso, la digresión sobre el oficio, sobre lo visto, vivido y soñado, y lo cuenta con un ritmo inesperado no exento de delirio, de galope, que permite a la misma escritura convertirse en su propia estructura, en su razón de ser.

Un espíritu prisionero es el ejemplo perfecto de este tipo de ensayo que escribió en sus últimos años; consiste en la creación de una atmósfera, retratos incompletos, no le interesa hacer biografías, pocos datos, más bien tics, extravagancias, digresiones sobre la escritura, el entorno, fragmentos de conversaciones, un sentido del montaje tan efectivo como el de Eisenstein; nada parecería importante, pero todo es literatura. La relación de amistad entre Bély y Tsvietáieva fue breve, unos cuantos meses, dos o tres nada más, en el animado Berlín de 1922, mientras Marina espera a su marido al cual no ha visto en siete años, que deberá recogerla para irse a Praga donde él estudia filología en la Universidad Carolina. Bély le imploró conseguirle un cuarto cerca del suyo, porque Berlín lo deprimía, temía morirse, le traía a todas horas malos recuerdos, su esposa se había fugado con alguien impresentable, decía, lo había abandonado para siempre, y a Moscú no se atrevía a volver, pues antes de salir había quemado para siempre todas las naves, de modo que un regreso podría ser peligroso, fatal. Tsvietáieva consiguió la habitación, pero él no recibió su carta porque en su desesperación había regresado a Rusia, de donde jamás volvió a salir. Tsvietáieva se enfureció por ese paso en falso, sin suponer que ella haría lo mismo, en circunstancias peores y, desde luego, con resultados fatales.

Las ediciones de Tsvietáieva, así como sus biografías, están ilustradas con fotografías de la escritora y los demás dramatis personae que la rodean. Ver los rostros de los personajes de esta tragedia, a través de las circunstancias temporales, significa leer una escritura más profunda. La primera foto que aparece en Un espíritu prisionero es la que prefiero; se trata de una pareja elegante, con una armonía interior que ilumina las figuras y el paisaje. Los personajes están sentados en la hierba de un bosque posiblemente cercano a Moscú. Parece ser un otoño muy entrado o el inicio suave del invierno. Llevan abrigos fuertes, bufandas de lana y cabeza cubierta. En ese instante evidentemente son felices; eso se deja ver en cada milímetro de la foto, desde luego por estar juntos en aquel hermoso bosque, me imagino, y, sobre todo, por volverse a reunir en su país natal, que habían abandonado muchos años atrás. Son un padre y una hija: Serguéi y Ariadna Efrón, es decir el esposo y la hija de Marina Tsvietáieva. La fecha de la foto es 1937, cuando la hija decidió regresar a Moscú a trabajar en una agencia de prensa, y también el año en que llegó Efrón, meses después, huyendo de la policía francesa que consideraba podía estar inmiscuido en un crimen político. Ni una sombra de preocupación se advierte en el cuadro rebosante de felicidad que revela la fotografía: un puro idilio. Menos aún se podría vislumbrar la tragedia que se iba a cernir muy pronto sobre ellos. En los momentos de esa dicha, Marina Tsvietáieva y Mur, el hijo menor, permanecen en Francia en condiciones económicas desesperadas, sin amigos, sin techo, rodeados por una hostilidad general. Pasan dos años y al fin la familia se reúne en una aldea, a un paso de Moscú. Dos meses después, Ariadna es arrestada y posteriormente condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia; a los pocos días Serguéi Efrón sigue el mismo destino, pero su condena es más dura: la pena capital. El segmento filomarxista de la familia desaparece sorpresivamente, y no en espacio enemigo, sino en el supuestamente propio. En cambio a Marina, la aristócrata, la que ha escrito poemas elegiacos a las guardias blancas, la que proyecta un poemario en el que cantaría la grandeza de la familia del zar, la enemiga de los bolcheviques, no se le toca; pero queda desprotegida en Moscú, con atroces dificultades económicas, en un mundo de terror, donde varios de sus amigos cercanos han desaparecido, secuestrados también por la policía política. El príncipe Sviátopolk-Mirski, su amigo, el más sutil historiador de la literatura rusa, el primero que la elogió en el extranjero y con eso concitó hacia ella el odio tribal de los rusos de París, retornado también a la patria y convertido al marxismo, desapareció como su hija, su marido y su hermana Anastasia, cuyo apoyo daba por seguro. Algunos otros amigos corren peligro, les han requisado sus casas, no pueden ayudarla. Ella no lo entiende. Supone, como la totalidad de los rusos exiliados en París, que cualquier intelectual que no combatiera abiertamente al gobierno tiene poderes especiales en el interior. Llega la guerra mundial; los alemanes cruzan las fronteras soviéticas. El caos es inmenso. Marina y su hijo pasan de un cuartucho a otro en un Moscú cada vez más precario. Gueorgui, el querido Mur, a quien ha tratado toda la vida como una mera extensión de su cuerpo y de su espíritu, se rebela: la acusa de destruir a su padre y a su hermana debido a actitudes irreflexivas, falta de tacto y soberbia; de ese modo, seguramente dentro de poco acabarían con ellos. Es el golpe más fuerte. Aquel hijo envuelto siempre en papel celofán para no ser tocado ni por el aire le reprocha su poca intuición para sobrevivir, la hostiga, la hace responsable por hacer todo lo que no debía hacerse. En efecto no sobreviven, Tsvietáieva acaba por suicidarse en 1941 y Gueorgui es enviado como interno a una escuela para hijos de padres enemigos de la patria, luego se incorpora al ejército y marcha al frente, donde, por supuesto, sucumbe, parece que en 1944.

De ellos sólo Ariadna sobrevive y resiste con inconcebible energía los ocho años de campo de concentración. En 1948, al cumplir su condena, es liberada, para meses después ser arrestada otra vez y sentenciada de por vida a residir en una región atroz de la Siberia Boreal, en un clima donde los termómetros llegaban a registrar hasta cincuenta grados bajo cero, donde soporta aún seis años, hasta ser rehabilitada a la muerte de Stalin. En circunstancias infrahumanas, Ariadna comienza a establecer, desde aquel punto perdido en los mapas, contacto con familiares y amigos de su madre, escritores contemporáneos, editores, redactores, todos aquellos que pudieran tener conocimiento del paradero de los papeles de su madre. Tsvietáieva, antes de volver a Moscú había depositado en un instituto literario de Suiza algunas carpetas con escritos que podían poner en peligro a la familia, los poemas políticos en elogio de los blancos: Campamento de cisnes, Perekop, y los fragmentos de uno último aún no terminado: La familia del zar, o tan íntimos que le resultaría letal saber que hubiesen sido leídos por ojos enemigos, una mínima gota en el inmenso mar de su producción. Lo demás, todo, puede decirse, quedó desparramado en casas de amigos, o de gente que fue amiga y se volvió enemiga, o que le negó el acceso por miedo a comprometerse. Al volver del exilio, Ariadna hurgó las señas de redacciones de Moscú, Berlín, Belgrado, Praga, París, y se informó de ediciones difícilmente localizables y textos publicados en revistas y periódicos inexistentes desde hacía décadas, y también los inéditos. Gracias a la metódica y sacrificada actividad de su hija, el cuerpo de la obra quedó completo, salvo algunas astillas menores. Casi todo lo recuperado ha sido publicado. Ariadna, antes de morir, entregó en custodia a un Instituto de Literatura soviético varias carpetas que consideró inconveniente dar a conocer antes del año 2000. Este legado podrá darnos grandes sorpresas. Es posible que algunos enigmas queden aclarados. La respuesta a la obra de Tsvietáieva ha conocido en las dos últimas décadas un carácter de epifanía, una revelación inmensa e inesperada. Durante los años del comunismo de guerra, en época de hambruna, de caos, de incertidumbre, solas en un Moscú caótico, cuando Serguéi Efrón estaba fuera, adscrito al ejército regular zarista y luego al Ejército Blanco del general Wrangel, la pequeña Ariadna fue la amiga más cercana de su madre, su confidente. A ratos Marina se volvía niña y en cambio la hija se transformaba en un fenómeno raro que asombraba a todos; leía lo que leía la madre, hablaba como ella, declamaba a Rilke y a Homero; los amigos de Tsvietáieva se quedaban atónitos ante su presencia. Era la primera a quien la madre le leía sus versos, sus textos en prosa, las cartas a sus familiares, colegas, amigos. Y la niña opinaba como si estuvieran entre pares sobre el ritmo, o la eficacia de tal o cual efecto que podría perfeccionar su escritura. Una década más tarde, en Checoslovaquia, al nacer su hermano Gueorgui, llamado Mur desde la cuna en homenaje al fabuloso gato de Hoffmann, Ariadna quedó desplazada y durante algún tiempo estuvo en un internado para niños rusos en el campo checo. Al regresar a su casa, aquel fenómeno infantil que manejaba la retórica con virtuosismo inconcebible se había transformado en una niña al borde de la adolescencia, casi normalizada. Se aleja de la madre, para quien Mur lo es todo, y cada vez más se acerca al padre, ese ser melancólico, delicado siempre de salud, relegado por todos, impotente ante la vida, o al que quería ver así. A partir de entonces, vivió a su sombra, y aceptó sus ideas. Para Efrón los años pasados en el Ejército Blanco fueron una pesadilla; quedó traumatizado por ellos. Por parte de padre era judío; su madre, aristócrata, fugada muy joven de su casa, militante de sociedades terroristas, pasó varios periodos tras las rejas, y terminó suicidándose, igual que su hijo mayor, al final de un juicio del que con seguridad hubiese sido condenada. El antisemitismo era una enfermedad endémica en los sectores reaccionarios del país; en Crimea, en la Galitzia ucraniana los progroms estaban a la orden del día. Cortarles las barbas a los judíos, destrozarles sus comercios, golpearlos era algo normal, un alegre deporte, sin importar que las víctimas fueran viejos, mujeres o niños. Si alguno moría de la golpiza, Nuestro Señor no se enojaría por ello, es más, hasta podría añadir indulgencias para rebajarle algunos pecados al golpeador. Incorporarse y vivir durante años entre esa gente que con toda naturalidad odiaba a alguien como él, judío, enfermizo, literato, no retirarse a tiempo, fue una de las mayores equivocaciones de esta historia. Por supuesto, hubo muchas otras más.

Durante siete años parece que se vieron sólo una vez clandestinamente, o de algún otro modo se valió él para darle a Marina noticias de su vida y anunciarle que derrotado el ejército del zar se incorporaría al Ejército Blanco en Crimea. La movidísima vida de Marina en Moscú en este tiempo es muy conocida; ella la tiene registrada en magníficos ensayos autobiográficos. Pasó miseria y hambre, aunque no parecía notarse demasiado porque medio mundo vivía de la misma manera. Por gestión de un conocido, después de morírsele su segunda niña por falta de recursos, consiguió una credencial para recibir una pequeña mensualidad y bonos alimenticios. Escribió varios libros que contribuyeron a afirmar su presencia literaria. Tuvo una vida amorosa variada, atropellada, intensa, exaltada y desdichada al mismo tiempo. Escribió un libro sin posibilidades de edición que consideraba el mejor de los hasta entonces escrito: El Campamento de cisnes, poesía civil, épica, el saludo a los mejores, los blancos, los combatientes contra la hidra revolucionaria de mil cabezas, los caballeros del bien entre quienes se contaba su amado Serguéi. En tantos años de no verlo, lo había convertido en una figura épica, era Sigfrido, era Parsifal y muy rara vez el pobre y enfermizo Serguéi, esa bella y dócil criatura con la cual había contraído nupcias en la adolescencia, de quien no sabía si estaba aún vivo, combatiendo contra el mal y por el bien de Rusia o enterrado en el sur en una tumba sin nombre. Al encontrarse por fin en Berlín, ella le presentó de inmediato a Andréi Bély, el gran simbolista ruso, presintiendo que se harían buenos amigos. Tsvietáieva escribió la escena: "Recuerdo la deferencia acentuada de Bély hacia él [Serguéi Efrón], la atención a cada una de sus palabras, la avidez particular del poeta por el mundo de la acción, una avidez con una pizca de envidia... no olvidemos que todos los poetas del mundo han amado a los militares". A Efrón nada le parecía más repelente que su reciente pasado militar; no lograba olvidar las humillaciones recibidas durante esos años, las crueldades con las que convivió. Le costó a Marina entenderlo, y más aún oírle decir que el movimiento político que se desenvolvía en Rusia era muy complejo y muy difícil entenderlo desde Europa, por eso los rusos cultos, como ellos mismos y sus amigos, no lograban comprenderlo; todos estaban educados a la europea, insistía. Rusia es sólo parcialmente europea, la otra parte de su espíritu es asiática. Cuando llegó a Berlín él leyó esos poemas ditirámbicos de su mujer a esos cisnes que sólo con la elegancia de su plumaje hubieran podido derrotar a los bolcheviques. Le dijo que nada de eso tenía sentido, ni estético ni ético. Publicar ese libro sería un error moral. Su prestigio quedaría manchado. Sería un agravio a los judíos asesinados por los cosacos, y a los mismos campesinos rusos despojados por los blancos, "sería un agravio a tu inteligencia y a la poesía", le dijo. "Lo mejor que puedes hacer", insistía, "es destruir, quemar esos papeles, y olvidarte de ellos. No son cisnes, Marina, son buitres, créeme." Marina se quedó muy perturbada, dejó de defender su obra en público porque Serguéi se lo impuso. Le encantó su tono militar, era una orden; pero no destruyó los poemas.

En los años de ausencia había inventado a un marido. No sabía después cómo tratarlo. El amor por él no era constante, se exaltaba y se diluía. Así fue siempre. En 1915 le escribía a su cuñada: "Amaré a Seriocha toda la vida, me siento infinitamente cerca de él y no lo abandonaría por nadie. Le escribo casi a diario. Él sabe todo lo que me ocurre. Trato de hablarle poco de la cosa más triste (la muerte de Irina, su segunda hija). Tengo un peso terrible en el corazón. Todas las mañanas me despierto con ese peso".

Y sin embargo en esos mismos días ella vivía una pasión tumultuosa y a la vista de todos con Sofía Parnok, una poetisa de segundo rango.

El reencuentro en Berlín fue difícil. El tiempo los había cambiado. Eran otros y desde entonces lo siguieron siendo hasta el fin. Serguéi descubrió que en el poco tiempo que Marina pasó en Alemania esperándolo, mantenía relaciones amorosas con alguien más. Se lo escribió a un amigo común, el poeta Voloshin, en cuya casa de campo en Yalta se conoció la pareja. En esa carta decía que había descubierto que Marina tenía un amante; ofenderse por eso no tenía sentido, siete años habían pasado sin verse y en todo ese tiempo ella había sido libre como lo habían convenido al casarse. Le escribía por algo más serio, anunciarle que primero había pensado disolver el matrimonio, y decidido abandonar a Marina. Lo enfermaban sus estúpidos amoríos, que el último amante, del que ella decía estar apasionada como nunca, era un hombre deleznable, un Casanova de segunda categoría; que su pasión de joven por ella había desaparecido, que había pensado dejarla sola, pero reflexionando más tarde decidió sacrificarse, pues sabía que Marina era débil y no lograría sobrevivir esas malas experiencias sin ayuda suya. Marina, por su cuenta, le escribía a una amiga que le era imposible vivir con Serguéi, que su sola presencia le corroía el alma. Pero sabía que sin ella él perecería, "después de todo, vine desde tan lejos para reunirme con Serguéi. Sin mí se acabaría, por la sencilla razón de que es incapaz de manejar por sí mismo su vida". Ambos se convencieron de haberse sacrificado el uno por el otro para salvar su matrimonio. Para Marina la crisis fue intensa, grave, salió de ella destrozada en alma y cuerpo, pero como era sabido, cada uno de esos desastres invariablemente potenciaban sus poderes creativos. A partir de entonces, el matrimonio revistió otra forma. Efrón perdió cara ante sus compañeros en Praga; la cercanía del amante de Marina le resultaba extremadamente violenta, habían sido amigos desde jóvenes, ambos oficiales en el Ejército Blanco, y en Praga estudiaban juntos en la Facultad de Filología. A partir de entonces se inicia la intimidad entre padre e hija. Un pacto tácito de solidaridad para toda la vida.

No deja de ser paradójico que, desaparecidos todos, y de la manera atroz como se consumó el fin, el legado literario de Marina Tsvietáieva perdure gracias a esa hija tan alejada de ella en los quince últimos años de su vida, y que ella haya puesto toda la energía que le restaba después de sufrir quince años de castigo, para ordenar su archivo, reunirlo y clasificar los textos inéditos y su correspondencia. No se convirtió en una vida vicaria, sino triunfante. En sus últimos veinte años, Ariadna fue la madre de Marina, su conductora, el ama de su destino. Sin ella, no la podríamos leer.


Marina Tsvietáieva y su hija Ariadna Efron
Praga, 1924


En El viaje (Retrato de familia, I)
Mexico, Era, 2000
Foto: Sergio Pitol por Vasco Szinetar

6 nov. 2012

Sergio Pitol: Henry James en Venecia

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La atracción ejercida por el Mediterráneo sobre los hombres del Norte se pierde en un tiempo en que la literatura era oral y el concepto de Europa estaba lejos de forjarse. Al bárbaro le deslumbró y atrajo el esplendor y variedad de las antiguas culturas que florecían en las zonas cálidas. El cristianismo propició más tarde una interminable procesión de creyentes que acudían a Roma para confirmar su fe. El romanticismo desparramó por el Sur deslumbrantes oleadas de neopaganos de todas las especies, deseosos de consumar en tierras meridionales sus nupcias con la luz. La actitud de los hombres del Sur hacia las brumas nórdicas ha sido, en cambio, el resultado de una operación intelectual, jamás de los sentidos: la búsqueda de últimas Thules del conocimiento o de la conciencia.

Los isabelinos, los románticos, los decadentes, los simbolistas han encontrado la Italia apetecida. Las obras de Shakespeare en donde es posible intuir la felicidad ocurren por lo general en las tierras donde florece el limonero. Macbeth, Hamlet y el viejo y loco Lear quedan siempre atrapados en la neblina natal. El romanticismo puebla las ciudades de Italia de una fauna colorida de visionarios afiebrados, quienes revelarán a los lectores ingleses, alemanes o escandinavos un amplio repertorio de personajes, metáforas, cadencias y escenarios nuevos. En la segunda mitad del siglo XIX, tardíos pero impetuosos aparecen por allí dos personajes nuevos: el ruso y el americano. El primero adquiere carta de naturalización en Europa a través de Turgueniev; al segundo lo introduce Henry James.

Gracias a ambos escritores, tanto los rusos como los norteamericanos dejaron pronto de ser representantes exóticos de abruptas lejanías, o meras encarnaciones del buen salvaje para ejemplificación de tesis generosas. Es más, se revelaron como individuos de extrema complejidad psicológica, sin temor ante los europeos, cuyas culturas asimilaron con rapidez. Además, se movían con envidiable soltura al desconocer el vasallaje que impone la tradición, y aun la enriquecían por el hecho de ser plenamente conscientes de su vigor y sus carencias.

Con James, la escena internacional se enriquece visiblemente. Americanos prósperos, personajes casi de invernadero, con una conciencia moral rígidamente establecida y una curiosidad intelectual muy despierta, entre los cuales se desliza furtivamente alguna figura poco escrupulosa, o falsamente patética, cuya tontería o desmesura proporciona el toque necesario para que la comedia humana quede debidamente compuesta, emprenden el "sitio de Londres" y a veces logran la victoria, o se instalan en París, donde su educación mundana recibe un último retoque, o en Ginebra cuando tratan de volverla más estricta, o se dejan caer por Roma, por Florencia o por Venecia para transformar sus nupcias con el sol en nupcias con el arte y vivir zozobras y conflictos de una complejidad atroz dada la tensión entre las exigencias de su formación puritana (con el implícito sentimiento de renunciación para el que parecen haber nacido) y el relajamiento de los hombres y mujeres de esas tierras soleadas, quienes parecerían haber sido creados para el mero disfrute del placer, no obstante hallarse modelados por formas y usos sociales más rígidos que los de los puros e incontaminados ciudadanos del otro lado del océano. El encuentro se realiza de manera siempre dramática entre los apuestos vástagos de la aristocracia italiana y las jóvenes herederas americanas que pasan su tiempo perfeccionándose en museos y catedrales.

Para los meridionales el sentimiento del placer es una realidad y una necesidad cotidiana; parecería que desde niños supieran orientarse en sus laberintos y conocieran todas las argucias para obtenerlo con la mayor intensidad posible. Fuera del placer sólo existe otro afán: ocultar al exterior las posibles zozobras íntimas. En cambio, para los hijos de la sociedad puritana, la capacidad de discriminación y de elección se resuelven por lo general en una vocación para la renuncia, en una opción voluntaria y dolorosa de autosacrificio. Esos personajes son casi siempre mujeres: intensos puntos luminosos en la espesura de un tejido oscuro.

¿Quién mejor preparado que Henry James para describir las victorias e incertidumbres morales de esos personajes? Sus años de formación en Europa parecían predestinarlo a cumplir esa tarea. Nacido en Nueva York en 1843, James tenía seis meses apenas cuando atravesó con sus padres el Atlántico para pasar dos años en Francia e Inglaterra. Su padre, Henry James senior, heredero de una cuantiosa fortuna, se rebeló en la juventud contra la estrecha concepción calvinista familiar y se dirigió a Europa, donde descubrió dos líneas de pensamiento que cambiarían el curso de su vida: la mística de Swedenborg y el socialismo utópico de Fourier, de las que a su regreso a los Estados Unidos se convirtió en ferviente apóstol. Aquel hombre, poco común para su tiempo, procuró que sus hijos, William -quien se convertiría en uno de los pensadores americanos más importantes-, Alice y Henry, recibieran desde pequeños una educación privilegiada y no convencional, para familiarizarlos con la idea de pertenecer a una familia diferente a las demás. La segunda estancia del joven Henry James en Europa, de los doce a los diecisiete años, en que cursó estudios en Ginebra, Bonn y París, le llevó a considerar como propios varios idiomas y a apropiarse de una cultura de la que carecían los jóvenes de su país, además de hacerle entender que dentro de una familia distinta a las demás, él, a su vez, era radicalmente diferente a los otros miembros.

A partir de este segundo viaje el sentimiento de desarraigo parece haberle sido consubstancial. Al final de su vida escribió una autobiografía en tres volúmenes donde se propuso hacer ignorar al lector todo dato de carácter privado. Al igual que Juliana, la protagonista de Los papeles de Aspern, debió de considerar que la vida de un escritor, como la de cualquier otra persona, era sagrada, y que lo único que debía suscitar el interés del público era la obra. De ahí su desprecio hacia los periodistas, en especial los autores de entrevistas. Cada vez que en sus memorias alude a algún aspecto personal, lo hace con tales reticencias, con tal ambigüedad, lo extravía entre diversas elipsis y morosidades en un laberinto de tal modo intrincado que no sólo no apaga la curiosidad del lector sino que la lanza a esbozar las hipótesis más aventuradas. Tal ocurrió, por ejemplo, con la herida sufrida a los dieciocho años, cuando ayudaba a apagar un incendio, que le impidió participar en la guerra civil, en que lucharon sus hermanos y la mayor parte de los jóvenes de su generación. La condición de "esa horrible cuanto oscura lesión", como la denomina, fue descrita por él en los siguientes términos:

Aquellos veinte minutos fueron suficientes para establecer una relación con todo lo que me rodeaba, no sólo durante los cuatro años siguientes, sino durante un periodo mucho más amplio, una relación que convirtió de pronto ese accidente en algo extraordinariamente íntimo y que me abochornaba por haber ocurrido con tanta importunidad.

En otras dos ocasiones volvió a Europa para pasar en cada una de ellas un par de años y hacer el grand tour por tierras de Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, hasta que en 1875 decidió instalarse por tiempo indefinido en Inglaterra, donde vivió los cuarenta años restantes de su vida. Su existencia en Europa careció de grandes acontecimientos visibles: jamás intervino en ninguna polémica pública y sobre su vida íntima no existen sino conjeturas. Frecuentó algunos círculos de la alta sociedad y a varios de los más célebres escritores de su tiempo. En 1897 se retiró a una casa de campo, donde destinó sus días a dictar nuevas novelas y a reescribir las ya para entonces publicadas.

Las fotos nos ofrecen la imagen de un señor de aspecto pomposo con mirada entre infantil y visionaria. A sus contemporáneos les fue tan difícil ubicar al personaje como entender sus libros; esa inasibilidad se refleja en la diferente definición que dan de él. Fue comparado con un actor romántico, un almirante retirado, una tortuga ebria, un banquero judío, un elefante, un predicador desencantado de la vida, un fantasma, un hombre de letras francés, una vieja gitana en trance de resolver un misterio a través de su bola de cristal, y con otras muchas personalidades igualmente disímiles.

En su momento, la obra de James careció de lectores y de resonancia crítica. Es posible que aun en el pequeño grupo de fieles que lo rodeaba haya sido entendido mal; que la admiración que le tributaban hubiese surgido de malentendidos, por razones equivocadas. Sólo unos cuantos escritores comprendieron su originalidad. Joseph Conrad consideraba que su obra podía definirse "como un intento individual de rendir el máximo de justicia al mundo de lo visible", elogio certero dirigido a un autor donde lo esencial de la narración yace entre líneas, se sumerge y oculta en el subsuelo de la trama, donde sólo es posible avanzar gracias a la poderosa presencia de elementos visuales. El comentario de Conrad anticipa otro del propio James: "La novela, en su definición más amplia, no es sino una impresión personal y directa de la vida".

Si esas novelas fueron vistas con desgano por sus contemporáneos (y a muchos de ellos les habría encantado poder admirarlo) en gran parte se debió al hecho de ser extremadamente diferentes a todas las demás. James no se parecía a ningún escritor americano o inglés, sus libros difícilmente se insertaban en una tradición literaria conocida. Fue necesario que después de su muerte pasaran treinta años para que se produjera el reconocimiento. Hacia el centenario de su nacimiento, 1943, la aceptación de que se trataba de un clásico y de un innovador excepcional era ya casi unánime.

¿Qué innovaciones introdujo James y a qué se debió el fracaso inmediato de sus novelas? Si sus aportaciones fueron tan importantes, ¿por qué sus libros no irrumpieron en la escena literaria con el estrépito con que los partidarios o detractores de Ulises, El sonido y la furia o Al faro saludaron tales obras? Tal vez porque su transformación del género no tenía nada que oliera a rebelión. Sus descubrimientos, que posteriormente hicieron posible el nacimiento de Ulises, El sonido y la furia y Al faro, fueron realizados sigilosa, callada, neutramente. Pero también puede deberse al carácter de renuncia a los impulsos vitales, de ineludible derrota del héroe (el protagonista de James vive, por el contrario del héroe romántico, como un cautivo de la sociedad, sin desafiar ni infringir sus reglas. Sujeto antiheroico, se conforma con exaltar el exilio interior como única posibilidad de enfrentarse a la corrupción y a la mezquindad que lo circundan; la derrota se convierte, paradójicamente, en su único triunfo posible); desprende tal sabor a cenizas que no logró satisfacer ni al lector convencional ni al que asociaba la vanguardia con una empresa libertaria, como una manera de luchar contra el puritanismo dominante. Algunos comentarios suyos sobre Maupassant y Zola revelan un pudor casi enfermizo ante la alusión a cualquier incidente que pudiera aun lejanamente acercarse a lo fisiológico. El éxito de James sólo se logra en el momento en que los programas de liberación social y sexual han sido elaborados por otros autores y por lo mismo ya nadie se los exige a su obra, y cuando abatidas muchas ilusiones de la imaginación liberal por la atroz realidad de falsos paraísos, el rescate de la dignidad personal y la resistencia moral parecen ligarse casi obligatoriamente al concepto de exilio interior.

Sus grandes aportaciones a la novela fueron de carácter formal, y la más importante consistió en la eliminación del autor como sujeto omnisciente que conoce y determina la actuación de los personajes para sustituirlo por uno o, en sus novelas más complejas, varios puntos de vista, a través de los cuales la conciencia se interroga mientras trata de alcanzar el sentido de ciertos hechos de que ha sido testigo. Por medio de ese recurso el personaje se construye a sí mismo en su intento de descifrar el universo que lo circunda.

El cuerpo de una novela de James lo constituye la suma de observaciones, deducciones y conjeturas que un personaje hace sobre determinada situación. El autor presenta a un observador desde cuyo punto de vista el lector sólo puede enterarse de la fracción de verdad que a aquél le pueda ser accesible. El mundo real se va deformando al ser filtrado por una conciencia; de ahí la ambigüedad de los personajes jamesianos: un personaje presencia o vive una situación determinada y al mismo tiempo intenta relatar sus percepciones. Nunca sabremos hasta dónde se atrevió al contarnos una historia, ni qué partes consideró ocultar para no ser indiscreto.

En toda obra de James se produce una lucha sin tregua entre las fuerzas de la libido y las de Thanatos, entre el deseo y la renuncia al deseo, lucha entre lo que persiste del héroe romántico y sus anhelos libertarios y su antítesis, la sociedad con su conjunto de reglas y convenciones para someter, desacreditar y corregir cualquier impulso de inconformidad que sobreviva en el individuo. De esa tensión surge un claroscuro específicamente suyo, el gusto por ciertos fuegos lúgubres heredados de la literatura gótica, que se manifiesta en sus historias de fantasmas y aun en algunas escenas fundamentales de sus novelas más realistas. Hay en su creación un intento desesperado de conciliar ciertas visiones e impulsos irracionales con el culto que le merece el orden. Ese acoplamiento engendró seguramente los relatos góticos más laberínticamente oscuros de la literatura inglesa.

En Los papeles de Aspern, James utiliza a un narrador cuyo nombre (tanto el auténtico como el falso) jamás llega a conocer el lector. Se trata de alguien en cuya palabra puede uno a la vez tener y no tener confianza. Saltan constantemente a la vista sus trucos y mentiras. A veces ni siquiera él mismo parece ser consciente de ello; ya en el primer capítulo declara que para lograr su objetivo las únicas armas que posee son la hipocresía y la mentira. Su objetivo es apoderarse de las cartas y documentos que una anciana casi centenaria, Juliana Bordereau, posee del poeta romántico Jeffrey Aspern, muerto varias décadas atrás, y al estudio de cuya obra el narrador y un amigo han dedicado por entero sus vidas. En ese periodo en que James parece decidido a desmitificar instituciones, hábitos y creencias, la acidez con que trata al personaje está apenas mitigada por un humor subterráneo que se pasea a lo largo del relato. El narrador está seguro de amar la poesía, de estar entregado en cuerpo y alma a la revalorización de un gran poeta, pero su estatura es mínima, sus valores morales son menos que raquíticos; en cierta manera se ha convertido en una imagen paródica del poeta. Como tanta gente que se pasea por el mundo de las artes, no termina de saber que su quehacer es espurio. Más que el de la cultura su mundo es el del comercio, y aunque cree que contribuye al esplendor de la gloria de Aspern, lo que en el fondo desea es compartirla, apropiársela y, finalmente, negociar con ella.

Una vez más James marca su nostalgia por aquel periodo romántico, por el fulgor que revestía a hombres y mujeres cuyas pasiones eran reales; marca también su pesadumbre por la muerte del héroe y los remedos absurdos que la sociedad posterior propone en su lugar.

En el cuaderno de notas de James existe una anotación de enero de 1887. Acaba de enterarse de que hasta hacía poco vivía en Florencia, al lado de una sobrina de más de cincuenta años, una señora que había sido amante de Byron y posteriormente de Shelley, y que había vivido hasta ser casi centenaria. Un tal capitán Sillsbee, gran admirador de Shelley, se enteró de que la anciana poseía cartas de su ídolo y decidió vivir como arrendatario suyo con la esperanza de apoderarse de ellas. Fue el germen del relato. Aunque en Los papeles de Aspern, todos los personajes, el poeta muerto, la señoritas Bordereau, tía y sobrina, el literato que desea conseguir los papeles, son norteamericanos, la figura de Aspern recupera muchos rasgos de Byron. Hay, por ejemplo, una descripción del perpetuo acoso al que las mujeres sometían al poeta, copia casi de la carta en que Byron le explicaba a su esposa las relaciones con aquellas mujeres a quienes no amaba y que sin embargo lo perseguían empecinadamente. El estrato erótico que yace en el subfondo del relato va haciendo aparecer en la superficie a dos parejas, una, la del gran poeta y amante que fue Aspern y la en otro tiempo hermosísima Juliana Bordereau, convertida en el momento en que se inicia la narración en una especie de momia cuyo rostro cubre con una horrible visera verde, en torno a la cual "revolotea aún un aroma de indómita pasión, y la insinuación de que no siempre había sido una joven estrictamente respetable", y, como caricatura grotesca de la pareja inmortal cuya pasión hizo posibles algunos de los más intensos poemas de amor de la lengua inglesa, va creándose paralelamente su réplica: la del epiceno narrador "carente de toda tradición amorosa" y la sobrina de Juliana, la marchita Tita Bordereau, "quien producía un efecto de inocencia irreprochable e incompetente, que era casi cómico si se le asociaba con los mustios rasgos de su figura. No era una inválida como su tía, y, sin embargo, parecía más profundamente desamparada porque su ineficacia era espiritual".

Del encuentro de las señoritas Bordereau con el narrador (enmarcado por una Venecia en verano, luminosa y radiante, y el interior claustrofóbico de un palacio arruinado), del juego de escaramuzas, artimañas, cambio de posiciones, desafíos y entregas, se teje la trama, y, en su centro, irradiando su poder y confiriéndoselo a quien los posee, están los papeles. Tía y sobrina serán sucesivamente sus guardianas, y el narrador que irrumpe en el claustro donde se han segregado del mundo se transformará cómica, trágica, melodramáticamente de manipulador en manipulado hasta conocer la derrota final. El mundo en que ocurre la acción reviste la plenitud del artificio: el encierro de las dos ancianas, el palacio en ruinas, la rapaz exaltación del protagonista, la ciudad que se hunde suntuosamente en el crepúsculo, todo ese mundo se inserta en la prosa afiebrada y pomposa del relato. La oquedad del narrador convierte el lenguaje en una jerga paródica que transforma sus estratagemas en simulacros grotescos:

(…) pretendió tomar a la ligera el genio de Aspern, y yo no tuve que hacer ningún esfuerzo para defenderlo. Uno no defiende a su Dios, ya que un Dios es en sí mismo una defensa. Por otra parte, hoy, después del relativamente largo olvido que sucedió a su muerte, se ha elevado al punto más alto de nuestro firmamento literario, en donde todo el mundo puede contemplarlo; es parte de la misma luz que ilumina nuestros pasos.

Ése es el tono. Sin embargo, el genio de James es de tal magnitud que a través de esa miseria verbal inflamada en el vacío es capaz de transmitirnos una historia lúgubre, intensa y profundamente conmovedora. Porque a pesar de la ridícula palabrería que lo encubre, el lenguaje puede, a veces tan sólo por lo que omite, hacer sentir la inmensa pasión que en otra época albergó ese mismo palacio, y las tribulaciones del desamparado amor que la más joven de las ancianas concibe por el narrador, y, por encima de todo, el absoluto desprecio que James parece sentir por una época, la suya, donde todo vestigio de pasión ha sido eliminado y donde los personajes menos escrupulosos son quienes pretenden imponerse al mundo. Sólo la dignidad personal, en este caso representada por la modesta, ingenua y terriblemente desdichada Tita Bordereau, logra enfrentarse a ellos y, a costa de amargos sacrificios, vencerlos.


En El Mago de Viena
Editorial Pre-Textos, 2005
Foto: Vasco Szinetar, Madrid, 2004

25 nov. 2010

Sergio Pitol - Prueba de iniciación

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Imagine usted a un joven de dieciocho años que de pronto decide convertirse en escritor y consume buena parte de sus noches en pergeñar artículos literarios. Su gusto, tendrá que comprenderlo, es involuntariamente ecuménico. Escribe sobre Eugene O'Neill y su teatro, sobre una novela recién leída de Rabindranath Tagore, Juventud en la India, sobre un viaje a México relatado por Paul Morand. Sus intereses son tan variados como es amplia su ignorancia. Debe dar por descontado que los juicios expresados no brillan por su originalidad y que la prosa es poco menos que plana. Con toda seguridad ninguna de sus páginas rebasa el nivel de un esforzado trabajo escolar. Alguien, tal vez un compañero de la Facultad de Derecho asombrado por esos dones, le sugiere llevar sus artículos al suplemento cultural (bastante chafa, por cierto) de un importante diario donde trabaja un amigo de su padre, y él acoge la sugerencia con regocijo. Ya en la redacción, su amigo asumió de modo natural el papel de abogado y vocero suyo; hizo una hiperbólica defensa de sus escritos, de su afición por la lectura y de otras cualidades personales que no venían al caso. Si aceptan sus escritos, piensa el autor, habrá ya dado el primer paso en el camino que conduce a las estrellas.

Pasaron varios meses sin que ninguno de esos artículos apareciera en el suplemento. Curado por tan gélida recepción, el literato en embrión desiste de sus faenas nocturnas. Todavía no está maduro para la literatura: una sana conclusión. Pero un domingo sale a comprar los periódicos en la ciudad de provincia donde vive su familia; acostumbra pasar allí todas sus vacaciones. De camino a casa se le ocurre detenerse en un café y hojear uno de los diarios que lleva bajo el brazo. Desde la primera página del suplemento cultural le salta a la vista el título de uno de sus artículos, aquél donde comentaba el teatro de O'Neill. El sentimiento de exultación que algunos autores dicen experimentar al tener ante sus ojos el primer texto publicado y ver su nombre impreso bajo el título a él decididamente le resulta vedado. Sucede todo lo contrario. De momento se queda paralizado; después, paulatinamente, lo va invadiendo una sensación de vergüenza que termina en náusea. La sola idea de presentarse en su casa con ese periódico le resulta imposible. Sabe de golpe que se ha convertido en un animal inmundo, y en ese instante tiene las pruebas que lo confirman. Teme llegar a casa. No se siente capaz de soportar ningún comentario; el más discreto elogio, cualquier señal de asombro o de regocijo ante esas facultades desconocidas por su familia, lo conducirán sin remedio a la locura, al menos eso cree mientras vacuamente contempla el periódico. Por fin se decide a cortar la página, a doblarla en varios pliegues y guardarla en un bolsillo interior de su chaqueta. El resto del suplemento queda sobre la mesa. Al llegar al lugar temido deja los periódicos en la sala, se escurre hacia su habitación y allí permanece encerrado la tarde entera. Vuelve a leer el artículo sin captar su sentido. "Sin entender palotada", se le ocurre decirse. Pero esa vez la expresión no tiene la virtud de relajarlo, como es habitual. Sólo en algunas antiguas traducciones españolas ha tropezado con esas palabras. Leer que Nastasia Filipovna le implora llena de desesperación y fatiga a su príncipe expresarse con mayor claridad o si no dejarla en paz porque de las vehementes y elevadas parrafadas con que la abruma no entiende palotada, o a Emma Bovary repetir en una de sus desgarradas meditaciones finales que ha acabado por no entender palotada de la vida, no sólo lograba romper el pathos buscado por sus autores sino que convertía en situaciones francamente risibles las que habían sido escritas para conmoverlo. Si logra captar los títulos dispersos en el artículo es por estar escritos en letra diferente, en negritas: El gran Dios Brown, El luto le sienta a Electra, El deseo bajo los olmos, El emperador Jones, El mono velludo, Anna Christie, unos cuantos más. Esos dramas que tanto le han impresionado le parecen tan huecos y ridículos como su propia prosa. Nada le habría gustado más que desaparecer del mundo, pedirle dinero a su hermano con urgencia, inventar una historia escalofriante para conmoverlo, llegar a Veracruz, subirse en el primer barco que zarpara y perderse en el mundo sin dejar tras él la menor huella. O, de plano, morirse. Ni siquiera con su abuela, su habitual confidente, se atreve a desahogarse.

La tarde transcurrió espesamente, como una pesadilla. Pero, para su sorpresa, nadie se enteró del crimen. Nadie pasó por la casa ni llamó para felicitarlo. Esa apatía de su medio hacia la literatura lo dejó perplejo y desencantado. Durante los siguientes domingos fueron apareciendo los otros artículos entregados. Estaba ya en México; los comentarios de sus amigos lo dejaron impávido. Igual le daba que fuesen o no leídos, que gustaran o no, aunque tal vez eso no sea cierto del todo. De cualquier manera no volvió a incurrir en el vicio de la escritura durante mucho tiempo.

Con los años ha llegado a pensar que habría preferido ser descubierto ese domingo en que su culpa se hizo pública. Y no sólo eso, sino también ser escarnecido y condenado; todo habría resultado más fácil, más claro. Su relación con el mundo podría haberse despojado de muchas telarañas. Ahora, pasados más de cuarenta años de ese incidente, se conforma sólo con registrar el hecho. Trata de examinar las circunstancias, de elaborar algunas conjeturas. ¿Por qué se tiñó de horror aquel rito de iniciación? ¿Se trataría, acaso, de un desgarramiento tardío del cordón umbilical, de una separación sangrienta del cuerpo que formaba con los suyos? Llega a la conclusión de que ese ejercicio se le está convirtiendo en un ocioso juego de acertijos, que seguirlo lo internaría en un laberinto de estupores. Se perdería en marismas sin tocar tierra firme.

Tal vez le debe a esa experiencia el hecho de que durante largo tiempo no pudiera escribir en casa, como si hacerlo fuese una actividad vitanda. Escribir en el mismo espacio donde uno vive, equivalió durante casi toda su vida a cometer un acto obsceno en un lugar sagrado. Pero eso es anecdótico. Lo que da por seguro es que esa inmersión en la inmundicia que caracterizó su confrontación, a fines de la adolescencia, con la palabra, impresa la suya, ha condicionado la forma más personal, más secreta, más ajena a la voluntad, de su escritura, y ha hecho de ese ejercicio un gozoso juego de escondrijos, una aproximación al arte de la fuga.

Xalapa, diciembre de 1994


En El arte de la fuga