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21 nov. 2011

Emile Cioran: Saint-John Perse o el vértigo de la plenitud (1960)

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«Pero ¿qué es, oh, qué es eso que en todo, de repente, falta?» Nada más plantearse la pregunta, el poeta, aterrado tanto por la evidencia de la que surge como por el abismo al que conduce, se vuelve contra ella y entabla, para comprometerla, para destruir su insidiosa autoridad, un combate del que ignoramos los detalles y las vicisitudes, como ignoramos los secretos que esconde esta confidencia abstracta: «No existe más historia que la del alma». Negándose con repulsión a divulgar su propia historia, el poeta nos condena a adivinarla o a construirla, se oculta detrás de las declaraciones que consiente hacernos, y no desea que toquemos las «claves puras» de su exilio. Impenetrable por pudor, en absoluto propenso a las abdicaciones de la claridad, a los compromisos de la transparencia, ha multiplicado sus máscaras, y, si se ha extendido más allá de lo inmediato y de lo finito, fuera de esa inteligibilidad que es límite y consentimiento al límite, no ha sido para escoger la vaguedad, preludio poético de la vacuidad, sino para «perseguir al Ser», único medio que posee de escapar al terror de la carencia, a la percepción fulgurante de lo que «falta» en todo. Raramente dado, casi siempre conquistado, el Ser bien merece el honor de la mayúscula; en este caso, la conquista es tan patente que se diría que emana de una revelación más que de un proceso o de una lucha. De ahí la frecuencia de la sorpresa, la sensación de lo instantáneo. «Y de repente todo es para mí fuerza y presencia, donde humea todavía el tema de la nada.» «El mar mismo, como una ovación repentina...» Aparte de la interrogación abisal antes citada, se pondrá el acento en lo súbito para señalar la emergencia y la soberanía de lo positivo, la transfiguración de lo inanimado, la victoria sobre el vacío. Haber exaltado el exilio, haber sustituido en la medida de lo posible el Yo por el Extranjero y reconciliarse no obstante con el mundo, aferrarse a él, hacerse su portavoz: ésa es la paradoja de un lirismo continuamente triunfal en el que cada palabra se interesa por la cosa que traduce para revelarla, para elevarla a un orden al que no parecía destinada, al milagro de un sí jamás vencido, y englobarla en un himno a la diversidad, a la imagen tornasolada de lo Uno. Lirismo erudito y virgen, concertado y original, nacido de una ciencia de las savias, de una ebriedad sabia de los elementos, presocrática y antibíblica, que asimila a lo sagrado todo lo que es susceptible de poseer un nombre, todo aquello sobre lo que el lenguaje ‑ese verdadero salvador‑ puede tener efecto. Justificar las cosas es bautizarlas, es intentar arrancarlas de su oscuridad, de su anonimato; en la medida en que lo logra, el lirismo amará todas las cosas, hasta ese «gólgota de basura y chatarra» que es la ciudad moderna. (El recurso a la terminología cristiana, aunque sea irónico, produce un extraño efecto en una obra profundamente pagana.)

 Emanación y exégesis a la vez de un demiurgo, el Poema ‑que en la visión de Perse pertenece tanto a la cosmogonía como a la literatura‑ se elabora como un universo: engendra, enumera, compulsa los elementos y los incorpora a su naturaleza. Poema cerrado, subsistente por sí mismo y sin embargo abierto («todo un pueblo mudo se eleva en mis frases»), reacio y dominado, autónomo y dependiente, tan apegado a la expresión como a lo expresado, al tema obsesionado consigo mismo y al tema que constata, poema que es éxtasis y enumeración, absoluto e inventario. A veces, sensibles solamente a sus lados formales y olvidando que antes se sumerge en la realidad, nos tienta la idea de leerlo como si se agotara en sus prestigios sonoros y no correspondiese a nada objetivo, a nada perceptible. «Bello como el sánscrito», exclama entonces nuestro yo pasivo y hechizado que se abandona a la voluptuosidad del lenguaje como tal. Pero ese lenguaje, repitámoslo, se adhiere al objeto y refleja sus apariencias. El espacio que prefiere es ese Raum der Rühmung caro a Rilke, ese espacio de la celebración en el que lo real, nunca deficitario, tiende a un exceso de ser, en el que todo participa de lo supremo, pues nada es víctima de la maldición de lo intercambiable, origen de la negación y del cinismo.

 La existencia sólo posee legitimidad o valor si se es capaz de discernir, en el nivel mismo de lo ínfimo, la presencia de lo irremplazable. Quien no lo logra en absoluto reducirá el espectáculo del devenir a una serie de equivalencias y de simulacros, a un juego de apariencias sobre un fondo de identidad. Se creerá clarividente y lo será sin duda, pero la clarividencia que alcanzará, a fuerza de hacerle oscilar entre lo fútil y lo fúnebre, acabará hundiéndole en obsesiones infructuosas, en el abismo del sarcasmo y la complacencia en la retractación. Desesperando de no poder conferir jamás a sus amarguras confusas la densidad del veneno, y cansado además de dedicarse a la invalidación del Ser, se dirigirá hacia aquellos que, participando en la aventura del elogio, superiores a las tinieblas, exentos de la idolatría del no, se atreven a consentir en todo, dado que para ellos todo cuenta, todo es irreparablemente único. El Poema de Perse celebrará justamente la unicidad: no la del momento que pasa, surgimiento sin futuro, sino aquella en la que se pone de manifiesto la excepción eterna de cada cosa. En ese tiempo de la celebración sólo existe una dimensión: el presente ‑duración ilimitada que contiene todas las edades, instante a la vez inmemorial y actual. ¿Nos hallamos en este siglo o en los comienzos de Grecia o de China? Nada más ilegítimo que abordar con escrúpulos cronológicos una obra y un autor que afortunadamente son indemnes a ellos. Como el Poema, Perse es un contemporáneo... intemporal.

 «Estaré allí entre los primeros para la irrupción del dios nuevo.» Nosotros, sin embargo, sentimos que ha asistido ya al advenimiento y a la desaparición de los antiguos dioses y que, si espera otros, no es como un profeta, sino como un espíritu que recuerda y en el que reminiscencia y presentimiento, lejos de seguir direcciones opuestas, se encuentran y confunden. Más cerca del oráculo que del dogma (es un iniciado por la inspiración y la apariencia, por lo que podría llamarse su lado Delfos), no condesciende sin embargo a ningún culto: ¿cómo se rebajaría al dios de los demás y lo compartiría con ellos? En la medida en que idolatra las palabras, en que convierte su ficción en esencia, el poeta se forja una mitología privada, un Olimpo personal, que puebla y despuebla a voluntad, privilegio que obtiene del lenguaje, cuyo papel propio y función última es engendrar y destruir dioses.

 De la misma manera que no se inscribe en una época, el Extranjero del Poema no arraiga en ningún país. Parece recorrer no se sabe qué imperio librado a una fiesta inacabable. Los seres humanos que en él encuentra y sus costumbres le retienen sin duda, pero menos que los elementos. Hasta en los libros buscará el viento y el «pensamiento del viento», y más que el viento el mar, investido de los atributos y las prerrogativas de que ordinariamente goza la divinidad: «unidad halagada de nuevo», «claridad hecha sustancia para nosotros», «el Ser sorprendido en su esencia», «instancia luminosa». En su productividad infinita (en muchos aspectos evoca la Noche romántica), el mar será absoluto desplegado, maravilla insondable y sin embargo visible, revelación de una apariencia sin fondo. La misión del Poema consistirá en imitar su ondulación y su resplandor, sugerir como él la perfección en lo inacabado, ser o parecer también él eternidad turbulenta, coexistencia de lo pasado y de lo posible en el interior de su devenir sin sucesión, de una duración que recae interminablemente sobre sí misma.

 Ni histórica ni trágica, la visión de Perse, emancipada tanto del terror como de la nostalgia, participa del escalofrío, del estremecimiento tónico de un espíritu que ha «fundado sobre el abismo» en lugar de abandonarse a él y de cultivar allí sus angustias. Ningún gusto por el pánico en Perse, sino el éxtasis triunfando sobre la vacuidad, la sensualidad sobre el espanto. De su universo (en el que la carne recibe un estatuto metafísico) el mal está proscrito, como por otra parte el bien, pues en él la existencia encuentra su justificación en sí misma. ¿La encuentra verdaderamente? Cuando el poeta lo duda y cuando sabe que no podrá alcanzar el fondo del Ser, como tampoco del mar, se vuelve hacia el lenguaje con el propósito de estudiar sus «grandes erosiones», de explorar sus profundidades, sus «viejas capas». Acabada la inmersión, surge de nuevo para proferir, siguiendo el ejemplo de las olas, «una sola y larga frase sin cesura, para siempre ininteligible».

 Si un sentido unívoco se identifica con una obra, ésta se halla condenada sin remedio; desprovista de ese halo de indeterminación y de ambigüedad que halaga a los glosadores y los multiplica, sucumbe a las miserias de la claridad y, al dejar de desconcertar, se expone al deshonor reservado a las evidencias. Si quiere ahorrarse la humillación de ser comprendida, deberá, dosificando lo irrecusable y lo oscuro, esmerándose en el equívoco, suscitar interpretaciones divergentes y fervores perplejos ‑índices de vitalidad, garantías de duración. La obra estará perdida por poco que permita a los comentadores saber en qué nivel de la realidad se sitúa y qué mundo refleja. El autor, no menos que ella, debe disimular su identidad, revelar de sí mismo todo salvo lo esencial, perseverar en su magia y en su soledad, soberano esclavo de sus palabras, deslumbrado por ellas. Hasta un Perse, tan visiblemente dueño de las suyas, nos da la impresión de que soporta su despotismo, de que, fascinado por ellas, las equipara a los elementos e incluso al elemento mismo, cuyas órdenes y caprichos no podrá eludir.

 Pero a esta impresión la corrige otra opuesta e igualmente legítima: cuanto más lo leemos, más discernimos en él la dimensión de un legislador, impaciente por codificar lo vago y lo impalpable, por llamar al orden a las palabras..., por sacarlas de su anarquía o elevarlas de su torpor para enviarlas en nuestro auxilio, cargadas de verdades saludables y vivificantes. Al contrario que un Valéry o un Eliot (Miércoles de ceniza es el antípoda exacto del mundo de Perse), evitará insistir en la «pureza del No‑ser» o en «la gloria débil de la hora positiva» y cuando evoque la muerte será para denunciar su «énfasis inmenso» y no para explotar su fascinación. Poeta por connivencia, por afinidad con los seres y las cosas, no deplora ni condena esa ruptura original que los arrastró fuera de la unidad en una procesión, en absoluto nefasta según él, sino por el contrario afortunada, puesto que provocó ese desfile de lo múltiple, de lo patente y de lo extraño cuya relación exhaustiva emprenderá. Todo lo que se ve merece la pena ser visto, todo lo que existe existe irremediablemente, parece decirnos mientras que en trance, en el vértigo de la plenitud, con un apetito orgiástico de realidad, se dedica a colmar y dar consistencia al vacío, sin infligirle esa plaga de la opacidad y de la gravitación que desacredita a la materia.

 Hay poetas a quienes pedimos que nos ayuden a decaer, que fomenten nuestros sarcasmos, que agraven nuestros vicios o nuestros estupores. Son irresistibles, maravillosamente debilitadores... Hay otros más difíciles de abordar porque contradicen nuestras amarguras y nuestras obsesiones. Mediadores en el conflicto que nos opone al mundo, nos invitan a la aceptación, al esfuerzo sobre uno mismo. Cuando estamos hartos de nosotros mismos y aún más de nuestros gritos, cuando esa manía de protestar y reivindicar eminentemente moderna, llega a adquirir en nosotros la gravedad del pecado, ¡qué consuelo encontrar un espíritu que jamás sucumbe a ella, que retrocede ante la vulgaridad de la rebeldía como un hombre de la antigüedad, de la antigüedad heroica y de la antigüedad crepuscular, semejante a un Píndaro y también al Marco Aurelio que exclama: «Todo lo que me traen las horas es para mí un fruto sabroso, oh Naturaleza». Hay en Perse una nota de sabiduría lírica, una magnífica letanía del consentimiento, una apoteosis de la necesidad y de la expresión, del destino y del verbo, al igual que, sin el menor acento cristiano, un aspecto visionario. «Y la estrella apátrida avanza en las alturas del siglo verde»: ¿no se creería estar leyendo un versículo de una variante serena del Apocalipsis? Si el universo desapareciese, nada se perdería, puesto que, en suma, el lenguaje lo reemplazaría. Si una palabra, una simple palabra sobreviviese a un cataclismo general, ella sola desafiaría a la nada. Esa nos parece ser la conclusión que el Poema implica y exige.



En Ejercicios de admiración y otros textos 
Trad.: Rafael Panizo 
Barcelona, Tusquets editores, 1992.
Foto ©Editionsdelherneok


20 nov. 2011

Saint-John Perse, Lluvias

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A Katherine y Francis Biddle

I

El baniano de la lluvia echa sus raíces sobre la Ciudad.
Un polipero apresurado sube a sus bodas de coral en toda esa leche de agua viva,
Y la idea desnuda como un reciario peina en los jardines del pueblo su crin de niña.
Canta, poema, en la vocinglería de las aguas la inminencia del tema:
Canta, poema, en el tropel de las aguas la evasión del tema:
Una alta licencia en el flanco de las Vírgenes proféticas,
Una eclosión de óvulos de oro en la leonada noche de los légamos
Y mi lecho hecho, ¡oh fraude!, a la linde de semejante sueño,
Allí donde se aviva y crece y comienza a girar la rosa obscena del poema.
Señor terrible de mi risa, he aquí la tierra humeante con el husmo de la venación,
La arcilla viuda bajo el agua virgen, la tierra lavada del paso de los hombres insomnes,
Y, olida de más cerca como un vino, ¿no es verdad que provoca la pérdida de la memoria?
Señor, ¡Señor terrible de mi risa!, he aquí el reverso del sueño sobre la tierra,
Como la respuesta de las altas dunas al escalonamiento de los mares, he aquí, he aquí
La tierra a cabo de uso, la hora nueva en sus mantillas y mi corazón visitado por una extraña vocal.


II

Nodrizas sospechosísimas. Cortejantes de ojos velados de madurez, ¡oh Lluvias! por quienes
El hombre insólito mantiene su casta, ¿qué diremos esta noche a quien haga altanera nuestra vela?
¿Sobre qué lecho nuevo, a qué reacia cabeza raptaremos aún la chispa valedera?
Mudo el Ande sobre mi techo, tengo una aclamación fortísima en mí, y es para vosotras, ¡oh Lluvias!

Llevaré mi causa ante vosotras: ¡en la punta de vuestras lanzas lo más claro de mi bien!
¡La espuma en los labios del poema como una leche de corales!
Y aquella que danza como un encantador de serpientes a la entrada de mis frases,
La Idea, más desnuda que una cuchilla en el juego de las facciones,
Me enseñará el rito y la medida contra la impaciencia del poema.
Señor terrible de mi risa, líbrame de la confesión, de la acogida y del canto.
Señor terrible de mi risa, ¡cuánta ofensa en los labios del chubasco!
¡Cuántos fraudes consumados bajo nuestras más altas migraciones!
En la noche clara de mediodía, anticipamos más de una proposición.
Nueva sobre la esencia del ser. . . ¡oh humos presentes sobre la piedra del lar!
Y la lluvia tibia sobre nuestros techos hizo igualmente bien en apagar las lámparas en nuestras manos.


III

Hermanas de los guerreros de Assur fueron las altas lluvias en marcha sobre la tierra;
Con cascos emplumados y bien arremangadas, con espuelas, con espuelas de plata y de cristal,
Como Dido hollando el marfil en las puertas de Cartago,
Como la esposa de Cortés, ebria de arcilla y pintada, entre sus altas plantas apócrifas. . .
Avivaban de noche el azur en las culatas de nuestras armas.
¡Poblarán el Abril en el fondo de los espejos de nuestras estancias!
Y no me cuido de olvidar su pataleo en el umbral de las cámaras de ablución:
Guerreras, ¡oh guerreras por la lanza y la flecha hasta nosotros aguzadas!
Danzarinas, ¡oh danzarinas por la danza y la atracción al suelo multiplicadas!
Son armas a brazadas, son mozas por carretadas, una distribución de águilas a las legiones,
Un levantamiento de picas en los suburbios por los más jóvenes pueblos de la tierra —haces rotos de vírgenes disolutas,
¡Oh grandes gavillas desatadas! ¡la amplia y viva cosecha en los brazos viriles invertida!
... Y la Ciudad es de vidrio sobre su zócalo de ébano, la ciencia en las bocas de las fuentes,
Y el extranjero lee sobre nuestros muros los grandes carteles anonarios,
Y el frescor está en nuestros muros, en donde la Indiana esta noche se hospedará en casa del nativo.


IV

Relaciones hechas al Edil; confesiones hechas a nuestras puertas. . . ¡Mátame, dicha!
¡Una lengua nueva de todas partes ofrecida! un frescor de aliento por el mundo
Como el soplo mismo del espíritu, como la cosa misma proferida, a flor del ser, su esencia a la fuente misma, su nacencia:
¡Ah! ¡toda la afusión del dios salubre sobre nuestros rostros, y tal brisa en flor
Al hilo de la hierba azuleante, que se anticipa al paso de las más remotas disidencias!
Nodrizas sospechosísimas, oh Sembradoras de esporos, de semillas y de especies ligeras,
¿De qué decaídas alturas reveláis para nosotros las
vías, Como al término de las tempestades los más bellos seres
lapidados sobre la cruz de sus alas?
¿Qué obsedéis de tan lejos, que aun es preciso que uno piense en perder el vivir?
¿Y de qué otra condición nos habláis tan quedo que uno pierde la memoria?
Para traficar con cosas santas entre nosotros, ¿desertáis vuestros lechos, oh Simoníacas?
En el fresco comercio de la neblina, allá donde el cielo madura su gusto de yaro y de nevero,
Frecuentabais el relámpago salaz, y en la albura de las grandes albas laceradas,
En la pura vitela rayada con un cebo divino, nos diríais, ¡oh Lluvias! qué lengua nueva solicitaba para vosotras la grande uncial de fuego verde.



V

Que vuestra venida estuviese llena de grandeza, lo sabíamos nosotros, hombres de las ciudades, sobre nuestras flacas escorias,
Pero habíamos soñado más altas confidencias al primer soplo del chubasco,
Y nos restituís, ¡oh Lluvias!, a nuestra instancia humana, con este sabor de arcilla bajo nuestras máscaras.
¿En más altos parajes buscaremos memoria? ... ¿o si nos es preciso cantar el olvido en las biblias de oro de las bajas hojarascas? ...
Nuestras fiebres teñidas con los tulipaneros del sueño, la catarata sobre el ojo de los estanques y la piedra rodada hacia la boca de los pozos, ¿no hay ahí bellos temas por reanudar,
Como rosas antiguas en las manos del inválido de guerra? ... La colmena todavía está en el vergel, la infancia en las horquetas del árbol viejo, y la escala prohibida en las bellas viudeces del relámpago...
Dulzura ele ágave, de áloe.... ¡insípida estación del hombre sin engaño! Es la tierra cansada de las quemaduras del espíritu.
Las lluvias verdes se peinan ante los espejos de los banqueros. En los paños tibios de las plañidoras se borrará la faz de los dioses-niñas.
E ideas nuevas se abonan a los constructores de imperios sobre su mesa. Todo un pueblo mudo se yergue en mis frases, en las grandes márgenes del poema.
Levantad, levantad, faltos de jefes, los catafalcos del Habsburgo, las altas piras del hombre de guerra, las altas colmenas de la impostura...
Aechad, aechad, faltos de jefes, los grandes osarios de la otra guerra, los grandes osarios del hombre blanco sobre quien se fundó la infancia.
Y que oreen sobre su silla, sobre su silla de hierro, al hombre presa de las visiones que irritan a los pueblos.
No concluiremos de ver arrastrarse sobre la extensión de los mares la humareda de las hazañas con que se tizna la historia,
En tanto que en las Cartujas y las Leproserías, un perfume de termitas y de blancas frambuesas haga erguirse sobre sus cañizos a los Príncipes valetudinarios:

“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir entre los hombres, y he aquí que la tierra exhala su alma de extranjera.”


VI

Un hombre aquejado de semejante soledad, ¡que vaya y guinde en los santuarios la máscara y el bastón de mando!
Yo llevaba la esponja y la hiel a las heridas de un viejo árbol cargado con las cadenas de la tierra.
“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir lejos de los hombres, y he aquí que las Lluvias. . .”
¡Tránsfugas sin mensaje, oh Mimos sin visaje, conducíais a los confines tantas bellas simientes!
¿Hacia qué bellas hogueras de hierbas entre los hombres apartáis una noche vuestros pasos, por qué historias desenlazadas
Al fuego de las rosas en las alcobas, en las alcobas donde vive la oscura flor del sexo?
¿Codiciáis nuestras esposas y nuestras hijas tras la verja de sus sueños?
(Hay mimos de mayorazgas
en lo más secreto de las estancias, hay puros servicios y tales que uno pensaría en el palpo de los insectos…)
¿No tenéis nada mejor que hacer entre nuestros hijos, que espiar el amargo perfume viril en los correajes de la guerra? (como un pueblo de Esfinges, grávidas de la cifra y del enigma, disputan acerca del poder a las puertas de los elegidos…)
¡Oh Lluvias, por quienes los trigos salvajes invaden la Ciudad, y las calzadas de piedra se erizan de irascibles cactus,
Bajo mil pasos nuevos hay mil piedras nuevas recientemente visitadas. En los azafates refrescados por una invisible pluma ¡haced vuestras cuentas, diamantistas!
Y el hombre duro entre los hombres, en medio del gentío, se sorprende soñando en el limo de las arenas. ...“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir sin dulzura, y he aquí que las Lluvias...” (La vida sube a las tempestades sobre el ala de la repulsa.)
Pasad, Mestizas, y dejadnos en nuestro acecho... Tal se abreva en lo divino cuya máscara es de arcilla.

Toda piedra lavada de los signos de vialidad, toda hoja lavada de los signos de latría es la tierra ablucionada de las tintas del copista. . .
Pasad, y dejadnos con nuestros más viejos hábitos. ¡Que mi palabra todavía vaya delante de mí! y cantaremos todavía un canto de los hombres para quien pasa, un canto de alta mar para quien vela:


VII

“Innumerables son nuestras vías y nuestras mansiones inciertas. Tal se abreva en lo divino cuyo labio es de arcilla. Vosotras, lavadoras de los muertos en las aguas madres de la mañana —y está la tierra todavía en las zarzas de la guerra— lavad también la faz de los vivos; lavad, ¡oh Lluvias, la faz triste de los violentos . . . pues sus vías son estrechas y sus mansiones inciertas.
“Lavad, ¡oh Lluvias!, un lugar de piedra para los fuertes. A las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, aquellos que no embriagó el vino de los hombres, aquellos que no mancilló el gusto de las lágrimas ni el sueño, aquellos que no se curan de su nombre en las trompetas de hueso... a las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, en lugar de piedra para los fuertes.
“Lavad la duda y la prudencia al paso de la acción, lavad la duda y la decencia en el campo de la visión. Lavad, ¡oh Lluvias!, la catarata del ojo del hombre de bien, del ojo del hombre de ideas sanas, lavad la catarata del ojo del hombre de buen gusto, del ojo del hombre de buen tono; la catarata del hombre de mérito, la catarata del hombre de talento; lavad la escama del ojo del Maestro y del Mecenas, del ojo del Justo y del Notable ... del ojo de los hombres calificados por la prudencia y la decencia.
“Lavad, lavad la benevolencia del corazón de los grandes Intercesores, el decoro de la frente de los grandes Educadores, y la mancilla del lenguaje de los labios públicos. Lavad, ¡oh Lluvias!, la mano del Juez y del Preboste; la mano de la partera y de la amortajadora, las manos lamidas de inválidos y ciegos, y la mano baja, en la frente de los hombres, que sueña todavía con riendas y con foete. . . con el asentimiento de los grandes Intercesores, de los grandes Educadores.
“Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales, las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos. Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de viejos dientes de mulas. . . Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, las altas tablas conmemorativas.

“¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias, las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión; lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo; lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los más bellos dones del hombre ... del corazón de los hombres mejor dotados para las grandes obras de razón.”


VIII

...El baniano de la lluvia pierde sus raíces en la Ciudad. ¡Al viento del cielo la cosa errante y tal
Como vino a vivir entre nosotros! ... Y no negaréis, de repente, que todo nos viene a nada.
Quien quiera saber lo que acontece a las lluvias en marcha sobre la tierra, véngase a vivir sobre mi techo, entre los signos y presagios.
¡Promesas incumplidas! ¡Inasibles simientes! ¡Y humaredas que veis sobre la calzada de los hombres!
¡Venga el relámpago, ¡ah! que nos abandona! ... Y conduciremos de nuevo a las puertas de la Ciudad
Las altas Lluvias en marcha bajo el Abril, las altas Lluvias en marcha bajo el foete como una Orden de Flagelantes.
Pero henos aquí librados más desnudos a ese perfume de humus y de benjuí en que la tierra se despierta con sabor de virgen negra.
... Es la tierra más fresca en el corazón de los helechales, la afloración de los grandes fósiles en los carbones chorreantes,

Y en la carne lacerada de las rosas tras el huracán, la tierra, la tierra con gusto todavía de mujer hecha mujer.
... Es la Ciudad más viva a las luces de mil cuchillos, el vuelo de las consagraciones sobre los mármoles, el cielo todavía en los pilones de las fuentes.
Y la cerda de oro en ápice de estela sobre las plazas desiertas. Es todavía el esplendor en los pórticos de cinabrio; la bestia negra herrada de plata a la puerta más excusada de los jardines;
Es todavía el deseo en el flanco de las jóvenes viudas, de las jóvenes viudas de guerreros, como grandes urnas reselladas.
...Es el frescor corriente en las crestas del lenguaje, la espuma todavía en los labios del poema,
Y el hombre todavía de todas partes urgido por ideas nuevas, cede al levantamiento de las grandes olas del espíritu:
“¡El bello canto, el bello canto que he aquí sobre la disipación de las aguas!. . .” y mi poema, oh Lluvias, ¡que no será escrito!


IX

Llegada la noche, cerradas las verjas, ¿qué pesa el agua del cielo en el bajo imperio de la hojarasca?
¡En la punta de las lanzas lo más claro de mi bien!... Y cosa igual al azote del espíritu,
Señor terrible de mi risa, llevarás esta noche el es-cándalo a más noble casa.
...Pues tales son vuestras delicias, Señor, en el árido umbral del poema, en donde mi risa espanta a los verdes pavorreales de la gloria.





Antología Mínima
Traducción de Jorge Zalamea
Selección y nota introductoria de José Emilio Pacheco
México, 2008
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