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12 jul. 2013

Vladimir Nabokov: El dragón

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Vivía recluido en una cueva profunda, lóbrega, en el mismo corazón de una montaña rocosa, alimentándose tan sólo de murciélagos, ratas y mantillo. Es verdad que, ocasionalmente, algún cazador de estalactitas o algún viajero curioso llegaba merodeando hasta la cueva, y su visita acababa resultando un verdadero festín. Entre sus recuerdos más placenteros se contaba el de un bandolero que trataba de escapar a la justicia y el de dos perros que alguien había soltado en la cueva con el fin de asegurarse de que existía un pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña. La naturaleza en torno a aquel lugar era salvaje, las rocas estaban salpicadas de nieve porosa y unas cascadas batían el aire con su rugido helado. El había sido incubado hacía unos mil años y, quizás porque su llegada a la vida se produjo de forma bastante inesperada -el inmenso huevo se rompió gracias al impacto de un relámpago en una noche de tormenta-, el dragón resultó ser más bien cobarde y no demasiado inteligente. Además, la muerte de su madre le había afectado mucho… Durante mucho tiempo su madre había sido el terror de los pueblos vecinos, había escupido fuego por su boca, provocando el enfado del rey que consecuentemente ordenó que su guarida estuviera constantemente vigilada por caballeros, los cuales eran destrozados y devorados por ella como si fueran nueces. Pero en una ocasión se tragó a un corpulento jefe real, y después se tumbó a echar la siesta sobre una roca al sol, y el gran Ganon en persona llegó al galope con su armadura de hierro, en un corcel negro cubierto de malla de plata. La pobre, soñolienta, trató de retirarse, su grupa verde y oro llameando como fuego al viento, pero el caballero cargó contra ella y consiguió atravesar el suave pecho blanco con su lanza. Ella se derrumbó y rápidamente el corpulento caballero surgió de la herida rosa, con el corazón enorme y todavía humeante bajo el brazo.

El joven dragón contempló todo esto escondido detrás de una roca y, desde entonces, no podía pensar en los caballeros sin ponerse a temblar. Se retiró a las profundidades de la cueva, de la que nunca salió. Y así pasaron diez siglos, el equivalente a veinte años para un dragón.

Y entonces, de repente, se sintió presa de una melancolía insoportable…

De hecho, el alimento putrefacto de la cueva le producía problemas gástricos feroces, dolores y ruidos desagradables. Tardó nueve años en tomar una determinación, pero finalmente, al décimo año se decidió. Despacio y con cautela, con un movimiento sinuoso de los anillos de su cola que se recogían para luego extenderse sobre el suelo, reptó fuera de su cueva.

De inmediato se dio cuenta de que era primavera. Las rocas negras, mojadas todavía con la lluvia reciente, brillaban todas; la luz del sol hervía en el torrente de la montaña; el aire estaba impregnado de caza salvaje. Y el dragón, olfateando con todas sus fuerzas, empezó su descenso hacia el valle. Su estómago satinado, blanco como los lirios, casi rozaba el suelo, unas manchas carmesí destacaban en sus flancos verdes, y las duras escamas se fundían, en su espalda, en una sierra de dientes de fuego, una cresta de rojizas grupas dobles que disminuían de tamaño al llegar a la cola flexible, poderosa y siempre en movimiento. Su cabeza era suave y verdosa; de su labio inferior, lleno de verrugas, colgaban burbujas de moco llameantes y sus gigantescas patas cubiertas de escamas, dejaban a su paso huellas profundas, concavidades en forma de estrella.

Lo primero que vio al descender al valle fue un tren que viajaba a lo largo de las laderas rocosas. La primera reacción del dragón fue de placer, porque confundió al tren con un pariente con el que podía jugar. No sólo eso, pensó que bajo aquella concha dura y brillante tenía que haber, con toda seguridad, una carne muy tierna. Así que se dispuso a seguirlo, con sus pies abofeteando el suelo con un ruido húmedo y seco, pero, justo cuando estaba a punto de engullir al último vagón, el tren se metió en un túnel. El dragón se detuvo, introdujo la cabeza en la guarida negra en la que se había perdido su presa, pero no consiguió meterse allí dentro. Se despachó con un par de estornudos tórridos que lanzó en aquellas profundidades y luego sacó la cabeza, se sentó en los flancos traseros y se dispuso a esperar -quién sabe, a lo mejor volvía a salir corriendo de aquel agujero. Después de aguardar durante algún tiempo sacudió la cabeza y emprendió la marcha. Justo en aquel momento un tren salió a toda velocidad de la guarida negra, emitió un furtivo relámpago de fulgor en el cristal de sus ventanas, y desapareció tras una curva. El dragón volvió la vista herido y, alzando la cola como una pluma, reanudó su viaje.

Caía la noche. La niebla flotaba sobre los campos de hierba. La bestia gigante, grande como una montaña de verdad, fue vista por algunos campesinos que regresaban a sus casas, y que quedaron petrificados de asombro. Un cochecillo que pasaba deprisa por la carretera vio cómo le explotaban las cuatro llantas de puro miedo, dio una vuelta de campana y acabó en una zanja. Pero el dragón seguía caminando, sin darse cuenta de nada; desde lejos le llegaba el aroma cálido de la masa de humanos concentrados, y hacia allí dirigía sus pasos. Y, de nuevo, contra la extensión azul del cielo nocturno, se alzaron frente a él las negras chimeneas de las fábricas, guardianes de una gran ciudad industrial.

Los personajes principales de esta ciudad eran dos: el propietario de la Compañía de Tabaco Milagro y el de la Compañía de Tabaco Casco de Hierro. Entre ambos hervía el odio de una hostilidad acerba y antigua como el tiempo, sobre la que se podría escribir todo un poema épico. Rivalizaban en todo -en los colores abigarrados de sus anuncios, en sus técnicas de distribución, en sus precios, en sus relaciones laborales-, pero no había manera de saber quién era el ganador en esta guerra continua.

Aquella noche memorable, el propietario de la Compañía Milagro se quedó hasta muy tarde en su despacho. Junto a él, sobre su mesa, había una pila de anuncios nuevos, recién salidos de imprenta que los obreros de la cooperativa iban a pegar por la ciudad al amanecer.

De repente, una campana rompió el silencio de la noche y, unos segundos más tarde, entró un hombre pálido, macilento, con una verruga como una bardana en la mejilla derecha. El propietario le conocía: era el dueño de una taberna modelo que la Compañía Milagro había abierto en las afueras de la ciudad.

- Van a dar las dos de la mañana, amigo mío. La única justificación que se me ocurre para su visita ha de ser un acontecimiento de inusitada importancia.

- Exactamente -dijo el tabernero en un tono tranquilo, aunque la verruga no dejaba de moverse. Esto es lo que contó:

Había echado a la calle a cinco obreros completamente borrachos.

Debían de haber visto algo extraordinariamente raro en el exterior, porque todos ellos se echaron a reír: «Oh, oh, oh -gruñía una de las voces-, igual es que he bebido de más, ya que veo ante mis narices, grande como la vida, la hidra contrarrevoluciona…».

No tuvo tiempo de terminar, porque se produjo un estallido, un ruido aterrador, poderoso, y alguien dio un grito. El tabernero salió fuera a ver qué pasaba. Un monstruo, brillando en las tinieblas como una montaña mojada, se estaba tragando algo enorme, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando al descubierto su cuello blanquecino que al moverse conformaba como una cadena de colinas; se tragaba aquello y chupaba los huesos, sin dejar de balancearse con todo su cuerpo, hasta que finalmente se acomodó tumbado en medio de la calle. 

- Creo que se ha quedado dormido -acabó el tabernero, sujetándose su verruga crispada con el dedo.

El propietario de la fábrica se levantó. Los robustos empastes de sus muelas destellaban con el fuego dorado de su inspiración. La llegada de un dragón de carne y hueso no le sugería otro sentimiento distinto del deseo apasionado que guiaba su existencia entera, el deseo de infligir una derrota a la compañía rival.     -¡Eureka! -exclamó-. Escucha, buen hombre, ¿hay algún otro testigo? 

- No creo -replicó el otro-. Estaba todo el mundo en la cama, y decidí no despertar a nadie y venir directamente a verle. Para evitar el pánico.

El propietario de la fábrica se puso el sombrero.

- Espléndido. Coge esto, no, no hace falta que cojas toda la pila, cuarenta serán suficientes, y trae también esa lata y el cepillo. Y ahora, muéstrame el camino.

Salieron a la noche oscura y muy pronto se encontraron en la calle tranquila en cuyo extremo, según el tabernero, reposaba un monstruo. Primero, a la luz de una solitaria farola amarilla, vieron a un policía boca abajo en medio de la calzada. Luego se supo que, mientras hacía su ronda nocturna, se había topado con el dragón y se había dado tal susto que se quedó boca abajo petrificado en aquella posición. El propietario de la fábrica, un hombre del tamaño y fuerza de un gorila, lo volvió a su posición vertical y lo apoyó contra el poste de la farola, y luego se acercó al dragón. El dragón estaba dormido, como no podía ser menos. Resulta que los individuos que había devorado estaban empapados en vino, y se habían reventado entre sus mandíbulas. El alcohol, en un estómago vacío, se le había subido directamente a la cabeza por lo que había dejado caer la fina película de sus pestañas con una sonrisa de beatitud. Estaba tumbado con las patas delanteras recogidas bajo su panza, y el resplandor de la farola destacaba el brillo de los arcos de sus dobles protuberancias vertebrales.

- Saca la escalera -dijo el propietario de la fábrica-.

Y yo mismo procederé a pegarlas.

Y escogiendo las zonas planas de los flancos verdes y viscosos del monstruo, empezó a extender sin prisa pasta de pegar en las escamas de la piel colocando después en ella enormes carteles de propaganda. Cuando hubo utilizado todas las hojas disponibles, le dio al tabernero un apretón de manos significativo y, dando chupadas contundentes a su puro, volvió a casa.

Y llegó la mañana, una magnífica mañana de primavera dulcificada con una neblina lila. Y de repente la calle volvió a la vida con un clamor alegre, excitado, las puertas y también las ventanas se cerraban de golpe, la gente se apresuraba a bajar a la calle, mezclándose con todos aquellos que corrían hacia algún lugar sin parar de reírse. Lo que veían era un dragón que parecía de carne y hueso, cubierto completamente con anuncios de colores, que no paraba de chasquear su cuerpo contra el asfalto. Tenía un cartel pegado incluso en la calva coronilla de la cabeza. «Fume sólo Brand», retozaban las letras azul y carmesí de los anuncios.

«Los locos son los únicos que no fuman mis cigarrillos», «Los cigarrillos Milagro convierten el aire en miel», «¡Milagro, Milagro, Milagro!».

Realmente es un milagro, decía la gente sin parar de reír, y cómo lo habrán hecho, ¿será una máquina o habrá gente dentro?

El dragón estaba destrozado después de su borrachera involuntaria. El vino barato le había revuelto el estómago, se sentía débil, y pensar en el desayuno lo ponía peor. Además, le atormentaba un agudo sentimiento de vergüenza, la insoportable timidez de una criatura que se encuentra por primera vez en presencia y rodeado de una multitud. En verdad que lo que deseaba en aquel momento era volver lo más pronto posible a su cueva, pero eso habría sido aún más vergonzante, así que siguió con su inexorable marcha a través de la ciudad.

Unos hombres que llevaban unos carteles a la espalda le protegían de los curiosos y de los chavales que querían deslizarse bajo su vientre blanco, encaramarse a lo alto de su espalda o tocarle el hocico. Había música, gente que miraba asombrada desde cada ventana, y detrás del dragón marchaba una procesión de automóviles en fila india, en uno de los cuales iba repantigado el propietario de la fábrica, el héroe del día.

El dragón caminaba sin mirar a nadie, consternado ante el regocijo que había provocado.

Mientras tanto, en una oficina soleada, el fabricante rival, el propietario de la Compañía del Gran Casco de Hierro, recorría sin descanso y con los puños cerrados, en un gesto de exasperación, una alfombra suave como el musgo. Junto a una ventana abierta y sin dejar de observar tamaña procesión, se encontraba su novia, una menuda bailarina de cuerda floja.

- Esto es un ultraje -gritaba sin cesar el fabricante, un hombre de mediana edad, calvo, con bolsas azules bajo los ojos-. La policía debería poner fin a semejante escándalo… ¿Cómo y cuándo ha conseguido llenar con carteles a ese muñeco relleno?

- Ralph -gritó de repente la bailarina, dando palmadas-. Ya sé lo que tienes que hacer. En el circo tenemos un número que se llama El Torneo y…

Con un suspiro tórrido, mirándole desorbitada con sus ojos de muñeca ribeteados de rímel, le contó su plan.

El rostro del fabricante rebosaba de satisfacción. Al minuto siguiente ya estaba en el teléfono hablando con el manager del circo.

- Ya está -dijo el fabricante, colgando el teléfono-.

El títere está hecho de goma. Veremos lo que queda de él cuando le hayamos dado un buen pinchazo.

Mientras tanto, el dragón había cruzado el puente, la plaza del mercado y la catedral gótica, que le despertó recuerdos repugnantes, había continuado por el bulevar principal y cuando se disponía a atravesar una gran plaza, apareció, abriéndose paso entre la multitud, un caballero armado, que se dirigía a la carga contra él.

El caballero llevaba una armadura de hierro, con la visera baja, un penacho fúnebre en el casco y cabalgaba a lomos de un impresionante caballo negro con cota de malla. Junto a él unas mujeres vestidas de pajes portaban las armas, con unos pendones pintorescos diseñados a toda velocidad en los que se anunciaba:

«Gran Casco», «Fume sólo Gran Casco de hierro», «Casco de hierro es el mejor»

El jinete del circo que se hacía pasar por caballero hincó espuelas y aprestó su lanza. Pero por alguna razón el corcel empezó a retroceder, echando espuma, y luego, de repente se alzó de manos para acabar dejándose caer pesadamente sobre sus cuartos traseros. Derribó al caballero, que cayó al asfalto, con semejante estrépito que hubiera podido pensarse que alguien había tirado la vajilla entera por la ventana. Pero el dragón no vio nada de esto. Al primer movimiento del caballero se detuvo abruptamente, y luego, se dio la vuelta a toda velocidad, derribando a su paso con la cola a dos ancianas que contemplaban la escena desde un balcón, y aplastando a los espectadores que habían comenzado a dispersarse, emprendió la huida. De un salto, se colocó fuera de la ciudad, voló a través de los campos, trepó como pudo por las pendientes rocosas, y se zambulló en su caverna sin fondo. Una vez allí, se dejó caer de espaldas, con las patas encogidas y, mostrando su blanco y satinado estómago que no dejaba de temblar bajo las oscuras bóvedas, dio un suspiro profundo, cerró sus ojos asombrados y murió.


«El dragón» («Drakon»), escrito en noviembre de 1924, se publicó por primera vez en traducción francesa de Vladimir Sikorsky

En Cuentos completos
Prólogo de Dimitri Nabokov, San Petersburgo (Rusia) y Montreux (Suiza), junio de 1995
Traducción al español: María Lozano
Alfaguara, 2009 
Foto: Irving Penn

19 ago. 2012

Italo Calvino: El jardín de los gatos obstinados

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La ciudad de los gatos y la ciudad de los hombres están una dentro de otra, pero no son la misma ciudad. Pocos gatos recuerdan los tiempos en que no existía tal diferencia: las calles y las plazas de los hombres eran también calles y plazas de los gatos, y el césped, y los patios, y los balcones, y las fuentes: se vivía en un espacio amplio y variado. Pero desde hace bastantes generaciones los felinos domésticos están prisioneros en una ciudad inhabitable: las calles ininterrumpidamente son recorridas por la circulación mortal de los coches escachagatos; en cada metro cuadrado de lo que antaño fue jardín o solar o restos de una olvidada demolición, ahora descuellan condominios, bloques populares, rascacielos flamantes; no hay zaguán que no esté atestado de autos en estacionamiento; los patios uno tras otro los cubren con una solera y se transforman en garajes o en cines o en almacenes u oficinas. Y donde se extendía una altiplanicie ondulante de tejados bajos, cimacios, azoteas, depósitos de agua, balcones, buhardas, cobertizos de chapa, ahora se practica la sobreedificación general de todo cuerpo sobreedificable. Desaparecen los desniveles intermedios entre el ínfimo suelo de la calle y el excelso cielo de los sobreáticos; el gato de las nuevas carnadas busca en vano el itinerario de sus padres, el pretexto para el blando salto desde la balaustrada al remate de la canalera, para el disparado trepar por las tejas. 

Pero en esta ciudad vertical, en esta ciudad comprimida donde todos los huecos tienden a llenarse, cada bloque de cemento a compenetrarse con otros bloques de cemento, se abre una especie de contraciudad, de ciudad en negativo, que consiste en tajadas vacías entre muro y muro, distancias mínimas prescritas por las ordenanzas municipales entre una construcción y otra, entre las traseras de dos edificios es una ciudad de abatideros, lunas, canales de ventilación, entradas de cocheras, barreduelas, pasos a los sótanos, como una red de canales enjutos en un planeta de yeso y alquitrán, y cabalmente por esa parte a ras de las paredes maestras corre todavía el antiguo pueblo de los gatos.

Marcovaldo, a veces, para matar el tiempo, seguía algún gato. Era en el intervalo del trabajo entre las doce y media y las tres, cuando, a excepción de Marcovaldo, todo el personal se iba a casa a comer; y él -que se llevaba la comida en el bolso- utilizaba como mesa un cajón del almacén, se echaba al cuerpo el bocado, fumaba su media tagarnina y vagaba por los alrededores, solo y desocupado, en espera de la hora. En ese tiempo, un gato que asomara por una vereda era siempre una compañía agradable, y un guía para nuevas exploraciones. Había trabado amistad con un gato de Angora, bien nutrido, lacito azul en torno al cuello, sin duda alojado donde una familia de posición. El gatazo tenía en común con Marcovaldo la costumbre del paseo nada más comer: de donde naturalmente surgió una amistad.

Siguiendo al amigo angoreño, Marcovaldo se había acostumbrado a mirar los parajes como a través de los redondos ojos de un micho y, aunque se tratase de los acostumbrados alrededores de su empresa, los veía bajo una luz distinta, como escenarios de hazañas gatunas, con conexiones sólo al alcance de garras afelpadas y ligeras. Aunque a primera vista en el barrio hubiera pocos gatos, cada día en sus paseos Marcovaldo conocía alguno más, y bastaba un miau, un bufido, un erizarse el pelo en un lomo arqueado para que intuyera relaciones, intrigas y rivalidades entre ellos. En momentos tales se imaginaba haber entrado en el secreto de la sociedad de los felinos: pero al instante sentíase escrutado por pupilas que se tornaban rendijas, vigilado por las antenas de los bigotes enhiestos, y todos los gatos sentados en torno a él permanecían impenetrables como esfinges, el triángulo rosa de la nariz convergente sobre el triángulo negro de los labios, y lo único que se movía era el vértice de las orejas, con un meneo vibrante como un radar. Llegaban al final de un angosto pasadizo, entre escuálidos muros ciegos; y mirándose en torno a Marcovaldo comprobaba que todos los gatos que lo guiaron hasta allí habían desaparecido, todos a la vez, no sabía por dónde, incluso su amigo el de Angora, dejándole solo. El reino de los gatos tenía territorios, ceremonias, usanzas que no se le permitía descubrir.

En contrapartida, desde la ciudad de los gatos se abrían insospechadas portillas a la ciudad de hombres: y un día fue precisamente el de Angora quien le guió al descubrimiento del gran Restaurante Biarritz.

Quien quisiera ver el Restaurante Biarritz no tenía más que adecuarse a la estatura de un gato, vale decir, andar a gatas. Gato y hombre caminaban alrededor de una especie de cúpula, al pie de la cual se abrían unos bajos ventanucos rectángulares. Siguiendo el ejemplo del morrongo, Marcovaldo miró por allí. Eran claraboyas con el cristal levantado para dar aire y luz al lujoso salón. A los acordes de violines gitanos, volitaban perdices y doradas codornices sobre fuentes de plata mantenidas en equilibrio por los dedos blanquienguantados de camareros de frac. O, para mayor exactitud, sobre las perdices y los faisanes volitaban las fuentes, y sobre las fuentes los guantes blancos, y manteniéndolos en vilo sobre los zapatos de charol de los camareros en el reluciente parquet, del cual pendían palmeras con su maceta y manteles y cristalería y cubos como campanas con una botella de champaña: todo patas por alto porque Marcovaldo de miedo a que le vieran no quería meter la cabeza por el ventano y se limitaba a mirar la sala reflejada al revés del vidrio inclinado.

Mas no eran los ventanos de la sala sino los de la cocina los que más importaban al gato: mirando para la sala se veía a los lejos, y como transfigurado, lo que en las cocinas resultaba ser -bien concreto y al alcance de la garra- un pájaro desplumando o un pescado fresco. Y precisamente hacia las cocinas el michino quería guiar a Marcovaldo, sea por un gesto de amistad desinteresada o porque esperaba, más bien, la ayuda del hombre para una de sus incursiones. En cambio, Marcovaldo no se decidía a despegarse de su mirador sobre el salón: al principio como fascinado por la gala de aquel ambiente, y después porque vio algo que le atraía como imán. A tal extremo que, sobreponiéndose al miedo de ser visto, repetidamente se asomaba cabeza abajo. En el centro de la sala, precisamente al pie de aquel ventano, había un pequeño vivero de cristal, una especie de acuario, en el que nadaban hermosas truchas. Se acercó un cliente de calidad, con un cráneo lindo y reluciente, vestido de negro y con la barba negra. Le seguía un viejo camarero de frac que traía en la mano una red como para cazar mariposas. El señor de negro miró las truchas con aire grave y atento; luego alzó una mano y con lento gesto solemne indicó una. El camarero sumergió la redecilla en el vivero, acosó a la trucha designada, la capturó, se dirigió a las cocinas, llevando en ristre como una lanza la red en qué se debatía la trucha. El señor de negro, grave como un magistrado que ha dictado una sentencia capital, regresó a su asiento, en espera del regreso de la trucha, frita «a la molinera».

«Si doy con la manera de lanzar el sedal desde aquí y conseguir que pique una de esas truchas -pensó Marcovaldo-, no me podrán acusar de hurto, cuando más por pesca no autorizada.» Y, sin hacer maldito caso de los maídos que le llamaban del lado de la cocina, salió en busca de sus aparejos de pesca.

Nadie en el salón del Biarritz, lleno a rebosar, vio el sutil y largo hilo, armado de anzuelo y cebo que bajaba y bajaba hasta sumergirse en el vivero. El cebo lo vieron los peces, y se precipitaron sobre él y en aquel entrevero una trucha consiguió morder el gusano: al instante empezó a subir y subir y, saliendo del agua, agitándose plateada, voló a lo alto, por encima de las mesas bien servidas y los carritos de entremeses, sobre la llama azul de los infiernillos para los «crêpes Suzette», y desapareció en el cielo a través de la claraboya.

Marcovaldo dio el tirón a la caña con pronta energía de pescador provecto, al punto que le vino el pez a la espalda. Mas apenas la trucha llegó allí ya se abalanzaba el gato. La poca vida que le quedaba la perdió entre los dientes del de Angora. Marcovaldo, que en aquel momento dejaba el sedal para acudir al pescado, vio que se lo escamoteaban en sus propias narices, con anzuelo y todo. Al instante puso el pie sobre la caña, pero el estirón era tan fuerte que al hombre sólo la caña le quedó, mientras el Angora escapaba con el pez, y el hilo a rastras. ¡Traidor morrongo! Se había eclipsado.

Pero esta vez no se libraba: quedaba todo aquel hilo que lo seguía e indicaba el camino tomado. Aunque había perdido de vista al gato, a Marcovaldo bastaba con seguir el extremo del hilo: que corría por la pared, saltaba una barandilla, serpeaba por un portón, era engullido por un sótano… Marcovaldo, metiéndose por sitios cada vez más gatescos, encaramándose por cobertizos, salvando barandados, conseguía cada vez dar vista -ni que fuera un segundo antes de que desapareciese- al móvil vestigio del camino tomado por el ladrón.

Ahora el hilo discurre por la acera de una calle, en plena circulación, y Marcovaldo corriendo en pos, está para alcanzarlo. Se lanza de cabeza; vaya, ¡lo pescó! Consiguió hacerse con el cabo del sedal antes que se escabullese entre los barrotes de una verja. Del otro lado de la verja medio herrumbrosa y dos cachos de muro cubiertos de plantas trepadoras había un pequeño jardín inculto, al fondo del cual crecía un hotelito de aspecto abandonado. Una alfombra de hojas secas cubría la avenida, y hojas secas caían por doquiera bajo las ramas de dos plátanos, armando verdaderas montañitas en los arriates. Una capa de hojas flotaba en el agua verde de un estanque. Alrededor se levantaban edificios enormes, rascacielos con miles de ventanas, como otros tantos ojos clavados con aire reprobador, en aquel cuadradillo de dos árboles, pocas tejas y tantas hojas amarillas, sobrevivido en mitad de un barrio de gran tránsito.

Y en ese jardín, encaramados en capiteles y balaustradas, tumbados en las hojas secas de los arriates, trepando por el tronco de los árboles o a las casas, tiesos sobre sus cuatro patas y con la cola como un punto interrogante, relamiéndose sentados, había gatos, gatos atigrados, gatos negros, gatos blancos, veteados, sirios, angoras, persas, gatos de piso, gatos vagabundos, gatos perfumados y gatos tiñosos. Marcovaldo comprendió que al fin se hallaba en el corazón del reino de los gatos, en su isla secreta y, de emoción, casi no se acordaba de su trucha.

Había quedado, el pez, colgando de la rama de un árbol fuera del alcance de los saltos de los gatos. Debió de caerse de la boca de su raptor a causa de cualquier movimiento desmañado, tal vez para defenderlo de los otros, tal vez para exhibirlo como una presa extraordinaria; el hilo se había enredado. Marcovaldo, pese a sus continuos estirones, no conseguía destrabarlo. Una lucha furiosa se había armado entre los gatos para alcanzar aquel pez inalcanzable, o sea por el derecho a intentar alcanzarlo. Cada cual quería impedir a los demás el salto: se lanzaban uno contra otro, se acometían en pleno, rodaban abrazados, con chiflidos, lamentos, atroces maullidos, y a la postre una batalla que se desencadenó en un torbellino de hojas secas crepitantes.

Marcovaldo, tras muchos estirones inútiles, estaba ahora que el sedal se había soltado, pero se guardó muy mucho de halarlo: la trucha habría caído en medio de aquel zafarrancho de felinos enfurecidos.

Precisamente en aquel momento, de lo alto del muro del jardín empezó a caer una extraña lluvia: cabezas de pescados, colas y también cachos de pulmón y cordilla. Al instante los gatos se sustrajeron de la trucha colgada y se lanzaron sobre los nuevos bocados. Para Marcovaldo era la ocasión de tirar del hilo y recobrar su pescado. Pero, antes de que tuviera la presteza de moverse, de una persiana de un hotelito salieron dos manos amarillas y sarmentosas: una empuñaba una tijera, otra una sartén. La mano de la tijera se alza sobre la trucha, la mano con la sartén se coloca debajo. La tijera corta el hilo, la trucha cae en la sartén, manos tijera sartén se retiran, la persiana se cierra: todo en menos de un segundo. Marcovaldo no sale de su asombro.

- ¿También usted es amigo de los gatos? -Una voz a sus espaldas le hizo volverse. Estaba rodeado de mujerucas, muy viejas unas, tocadas con sombreros pasados de moda, otras más jóvenes, con aire de solteronas, y todas traían en la mano o en bolsa paquetes con restos de carne o de pescado y alguna incluso con una escudilla de leche-. ¿Me ayuda a echar este paquete al otro lado de la verja, para esos pobres animalitos? 

Todas las amigas de los gatos coincidían a aquella hora frente al jardín de las hojas secas para llevar comida a sus protegidos.

- ¡Pero, díganme, ¿por qué están todos aquí, los gatos? -se informó Marcovaldo.

- ¿Y dónde quiere que vayan? ¡Sólo este jardín es lo que ha quedado! Vienen aquí los gatos, incluso de otros barrios, de quilómetros a la redonda!

- Y lo mismo los pájaros -intervino otra-; en unos pocos árboles han tenido que refugiarse cientos.

- Y las ranas, metidas todas en ese estanque, de noche no paran de croar… Las oyen hasta el último piso de las casas de alrededor…

- Pero, ¿de quién es, ese hotelito? -preguntó Marcovaldo. Ahora, además de las mujerucas había junto la verja otra gente: el del poste de gasolina de cerca, los aprendices de un taller, el cartero, el verdulero, algún transeúnte. Y todos a una, las mujeres como los hombres, no se hicieron repetir la pregunta: cada cual metía cucharada, como siempre que se trata de algún tema misterioso y controvertible.

- Es de una marquesa, que vive ahí, pero no se la ve nunca…

- Le han ofrecido no sé cuántos millones, las inmobiliarias, y se niega a vender… 

- ¿Y qué queréis que haga, de tanto millón, una anciana sola en el mundo? Prefiere conservar la casa, aunque se le caiga a pedazos, antes que meterse en líos de mudanzas… 

- Es el único terreno sin edificar que queda en el centro… Aumenta de valor cada año… Buenas ofertas le han hecho…

- ¿Ofertas sólo? También requerimientos, amenazas, persecuciones… ¡Menudos son los contratistas!

- Y ella, firme que firme, año tras año…

- Es una santa… Sin ella, ¿dónde irían los pobres animalitos?

- ¡A saber lo que le importan los animalitos, a la tía avarienta! ¿Le habéis visto jamás darles algo de comer?

- Pero ¿qué va a dar a los gatos si no tiene ni para ella? ¡Es la última descendiente de una familia destronada!

- ¡Es que los odia, a los gatos! ¡La he visto correrlos a sombrillazos!

- ¡Otra! ¡Porque le pisotean las flores de los parterres!

- Pero ¿de qué flores habla? ¡Este jardín toda la vida lo he visto lleno de maleza! Marcovaldo comprendió que en punto a la anciana marquesa las opiniones no podían ser más dispares: unos la veían como una criatura angelical, otros como una avara y una egoísta.

- Y no digamos con los pájaros: ¡en jamás de los jamases ni una miga de pan!

- Les ofrece hospitalidad: ¿os parece poco?

- Igual que a los mosquitos, dirá usted. Vienen todos de ahí, del estanque. En verano los mosquitos nos comen vivos, ¡y todo por culpa de esa marquesa!

- ¿Y las ratas? Es una mina de ratas, esta villa. Debajo de las hojas secas tienen la madriguera, y de noche salen…

- Por las ratas no hay cuidado, ya se encargan los gatos…

- ¡Oh, vuestros famosos gatos! Si hubiéramos de confiar en ellos…

- ¿Por qué? ¿Qué tienen que decir de los gatos?

Aquí la discusión degeneró en una trifulca general.

- Deberían intervenir las autoridades: ¡requisar la villa! -gritaba uno.

- ¿Con qué derecho? -protestaba otro.

- En un barrio moderno como el nuestro, semejante chiribitil… Tendría que estar prohibido.

- Pero si yo escogí mi piso precisamente porque da a esta pizca de verde…

- ¡A saber qué verde! ¡Piense en el estupendo rascacielos que se podría levantar!

También Marcovaldo hubiera querido meter baza, pero no le daban ocasión. Al fin, de un golpe exclamó: -¡La marquesa, me ha robado una trucha!

La inesperada noticia prestó nuevos argumentos a los enemigos de la anciana, pero sus defensores la acogieron como una prueba de la indigencia en que se hallaba la desventurada aristócrata. Unos y otros estuvieron de acuerdo en que Marcovaldo debía llegarse a la casa y poner la cosa en claro.

No había modo de saber si la verja estaba cerrada con llave o simplemente entornada: quiera que sea, se abría a empujón limpio, con un chirrido quejumbroso. Marcovaldo se abrió entre las hojas y los gatos, subió por los peldaños al porche, llamó enérgicamente a la puerta.

En una ventana (la misma por la que asomara la sartén) se entreabrió un postigo de la persiana, y en aquel ángulo se vislumbró un ojo redondo y azulenco, un mechón con el color indefinible del cabello teñido, y una mano sarmentosa. Una voz que inquiría: -¿Quién es? ¿Quién llama? -llegó juntamente con una nube de olor a aceite frito.

- Yo, señora, marquesa, soy el de la trucha -explicó Marcovaldo-, no quisiera molestar, es sólo para decirle que la trucha, por si usted no lo sabe, el gato me la había robado pues soy yo el que la pescó, tanto es así que el sedal…

- ¡Los gatos, siempre los gatos! -cortó la marquesa, escondida tras la persiana, con una voz aguda y un tanto nasal-. ¡Todas mis desgracias vienen de los gatos! ¡No hay quien se lo llegue a figurar! ¡Prisionera noche y día de semejantes fieras! ¡Y con la cantidad de basura que la gente lanza por la tapia, para hacerme rabiar!

- Pero esa trucha mía…

- ¡Su trucha! ¡Y a mí qué me cuenta de su trucha! -y la voz de la marquesa se convertía casi en grito, como si quisiera cubrir la crepitación de aceite en la sartén que emanaba de la ventana a la vez que el olorcillo a pescado frito-. ¿Cómo quiere que me entienda con todo lo que me llueve en casa?

- Ya, pero la trucha, ¿la tiene o no?

- ¡Con la de perjuicios que tengo por culpa de los gatos! ¡Ah, no faltaría más! ¡Yo no respondo por nada! ¡Si tuviera que decir yo, lo que llevo perdido con esos gatos que me ocupan desde hace años casa y jardín! ¡Mi vida a merced de esas fieras! ¡Y vete a buscar a sus propietarios, a que te resarzan de los daños! ¿Daños? Una vida destruida: ¡aquí prisionera sin poder dar ni un paso!

- Pero, perdone, ¿quién le obliga a quedarse?

Por el portillo de la persiana aparecía ora un ojo redondo y turquí, ora una boca con dos dientes salientes, por un momento se vio la cara entera y a Marcovaldo le pareció confusamente un hocico de gato.

- ¡Ellos, me tienen prisionera, ellos y los gatos! ¡Vaya si me marcharía! ¡Lo que daba yo por un piso sólo para mí, en una casa moderna! Pero no puedo salir… ¡Me siguen, se me cruzan, me hacen tropezar! -La voz quedó en un susurro como si confiara un secreto-. Tienen miedo de que venda el terreno… No me dejan… no lo permiten. Cuando vienen los contratistas a proponer el negocio, tendría que verlos, ¡malditos gatos! ¡Se meten en medio, enseñan las uñas, incluso hicieron salir corriendo a un notario! Una vez tenía el contrato a punto, me disponía a firmar, y me cayeron desde la ventana, volcaron el tintero, hicieron trizas los papeles. Y de paso me arañaron… Aún me dura la señal… Aquí, abandonada a merced de semejantes diablos…

Marcovaldo se acordó en aquel momento de la hora, del almacén, del jefe de sección. Se alejó de puntillas por las hojas secas, mientras la voz seguía saliendo por entre las tablillas de la persiana envuelta en aquella nube como de aceite frito.

Llegó el invierno. Una floración de copos blancos adornaba las ramas y los capiteles y las colas de los gatos. Bajo la nieve las hojas secas se deshacían en légamo. Gatos se veían pocos, por aquellos parajes, y a las amigas de los gatos todavía menos; los paquetitos de espinas eran sólo para el gato que pasara a domicilio. Nadie, de algún tiempo a esta parte, había vuelto a ver a la marquesa. Por la chimenea del hotelito ya no salía humo.

Un día de nevada, al jardín habían vuelto muchos gatos como si fuera primavera, y mayaban como en noche de luna. Los vecinos comprendieron que algo había sucedido: se llegaron a la puerta de la marquesa. No contestó: estaba muerta.

En primavera el jardín estaba convertido en teatro de operaciones de una empresa de construcción. Las excavadoras habían profundizado mucho para dar lugar a la cimentación, el hormigón se vertía en los armazones de hierro, una altísima grúa alcanzaba barrotes a los operarios que levantaban el andamiaje. Pero ¿cómo diablos trabajar? Los gatos se paseaban por todos los andamios, hacían caer ladrillos y capachos de mezcla, andaban a la greña entre los montones de arena. En cuanto se intentaba levantar un caballete ya había un gato encaramado en lo más alto y con bufidos furiosos. Morrongos más socarrones trepaban a los hombros de los albañiles y dispuestos al ronroneo no había modo de echarlos. Y los pájaros continuaban anidando por todos lados, la caseta de la grúa estaba convertida en pajarera… Y no se podía sacar un balde de agua que no apareciera lleno del ranas que croaban y saltaban.


En Marcovaldo o sea las estaciones en la ciudad (Otoño. 19)[1966]
Traducido por Juan Ramón Masoliver
Barcelona, Ediciones Destino, 3° ed., 1985
Foto: IC en 1983 por Irving Penn