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18 sept. 2011

Luisa Peluffo: En Marsella

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I

El cielo pálido
de la ciudad extranjera
se puebla de aves.

Usted las imagina
volando bajo sobre el mar.

Ha leído todos los libros
y nada sabe.

Ama los puertos.
ama partir, llegar y jamás quedarse.

Baila en una plaza con mujeres invisibles.
Vuelan hojas secas.


II

A las diez de la mañana en el Hospital de la Concepción,
en Marsella, hay olor a guiso.

Pronto servirán el almuerzo. Alguien baldea los corredores
con agua de lejía.

Nubes veloces mudan el cielo.

Como perro vagabundo usted husmea por los rincones y busca
palabras.

Un enfermo de ojos apagados navega su desvarío.
Lo han traído en angarillas por el desierto hasta el mar.

Dicen que es poeta.

La palabra vela trapeará al viento y encenderá su piel en lo oscuro.

La palabra cuerpo abandonará su cuerpo, será polvo en el
polvo rapaz de los caminos.

Roja estrella inmóvil disecada contra el vidrio de un bar.

Calles húmedas. Belleza de la sed.

Usted quisiera escribir.



Toda luna es atroz y todo sol amargo
El barco ebrio

Llorando, veía el oro – y no pude beber…
Alquimia del verbo – Una estación en el infierno

Arthur Rimbaud



III

Ignoran el pulso
las hermanas de caridad
pero caminan
con sus medias blancas
rellenas de algodón.

El pulso
en la pierna del enfermo.

El pulso que bombea
un solo frenético y extraviado
desde la oscura pierna yacente
que alguien amputará
demasiado arriba.

No parece poeta –
murmuran las hermanas -
desaprobando el fez sucio y rojo
sobre la cabeza rapada.

Ignoran el pulso
pero llevan cofias
acaso alas
blanquísimas alas de pájaros
volando bajo sobre el mar.

Sólo el náufrago en su cama
oye el íntimo latido tumefacto
y casi ajeno.

El pulso
ignoran el pulso.

Polvo rapaz de los caminos
belleza imposible de la sed.

Ignoran que toda luna es atroz
y todo sol amargo.
Es seco y ardiente el desierto –
suspiran las hermanas – no se suda allí
el aire evapora los humores.

El poeta cierra los ojos y piensa en el mar,
en aquel aire henchido de velas impalpables.

Pero ellas usan medias blancas
rellenas de algodón
y el pulso bombea
sigue bombeando trombas
resacas y corrientes todavía,
allí, donde la sangre en ritmos lentos
tiñe la carne de azul
y la caridad lleva cofias

acaso alas, delira el náufrago
oyendo el íntimo latido

blanquísimas alas de pájaros
volando bajo sobre el mar.

Acaso oye rezos sueltos
despojos
de alguna implacable letanía.

Alquimia del verbo
para no morir.

Ignoran el pulso.

Pero cómo ¿ya no escribe el poeta?
Y es probable que Rimbaud intentara
un gesto ambiguo, tal vez obsceno
mientras al ritmo del tambor oculto
las visiones seguían fluyendo
definitivamente extrañas ahora, azules
como esa pierna, abandonada en la morgue
del Hospital de la Concepción, en Marsella.



De Un color inexistente, Madrid, Torremozas, 2001                
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