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25 dic. 2008

Esteban Peicovich – Poemas plagiados (recién recibido)

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Horas antes de la Navidad nos llegan de la mano de Peicovich 
estos poemas que supo encontrar cautivos y de los que, 
en primera lectura, elegimos hoy:


7. La humildad

Aquí no se come a gusto del cliente sino a gusto del mar.
(Anuncio de un restaurante de Caleta Córdoba, en la provincia de Santa Cruz)


17. Noticia de verano

Vino a morir. Una enorme tortuga de mar vino a morir en las playas de Necochea. La enterraron los niños.
(Leyenda de una fotografía. Diario Crónica, enero 10 de 1966)


18. Los ojos

El oficio ha cambiado. Antes se los amortajaba e iban a la tumba completamente vestidos, con toda su ropa interior, incluidas las medias y, por supuesto, con el mejor traje que tenían. Hoy sólo llevan el sudario, una sábana blanca. Hace años, yo me encargué una temporada de dar clase a los empleados novatos para que aprendieran a vestir convenientemente a los muertos. Aquí había ropa femenina y masculina de todo tipo. Se trataba de ponérsela con la mayor facilidad posible, sin contorsionar al muerto. Era un arte, y lo hacíamos muy bien. No crea que es asunto fácil vestir a un cadáver rígido.
Los muertos que se entierran en profundidad se mantienen más tiempo “enteros” que los que quedan a poca distancia de la superficie. Siempre son los ojos lo primero en desaparecer. Luego lo sigue el resto de la cara.

(Declarado a El País por Julián Parra, director técnico de una funeraria en Madrid)


24. La esfinge

Si pasáis raudo, no veréis la sombra

(Pintada vista en una calle de Sevilla en marzo de 1985)


26. El horizonte más antiguo

“Mirá, papá, bueyes”.

(Las tres palabras con las que a sus 9 años sorprendió a su padre Marcelino –y luego al mundo- la niña María Sainz de Sautuola al descubrir por azar las cuevas de Altamira en el año 1875)


34. El poeta

Sol. Sol. Sol.

(Unica palabra que repitió Robert Graves en una entrevista de dos horas en su casa de Deià, Mallorca, mientras me tomaba de la mano y me pedía que lo paseara entre los almendros de su finca)


49. No la toquen ya más

Foliolos 4. Tugados, inequilátero, oblongos, obovado, cuspidado-abuminados, glandulíferos en la base, con las flores racemosas. El involucro y el cáliz muy tenuemente hirtomentosos. Cáliz con cinco lóbulos.

(Descripción botánica de una rosa)


79. La represión

El pescado ha de ser siempre blanco.
Quedan prohibidos los pescados azules.

(De una dieta dada por el endocrinólogo Basilio Moreno Esteban)


80. La metafísica

El tiempo ha terminado.

(Una de las respuestas que da una cocina fabricada en Estados Unidos dotada de voz sintética a través de ordenadores)


106. Un versículo

Llévate el gris
que el gris va a ser la tierra

(De un electricista a otro, a propósito de un cable a colocar)


153. El levitador

El límite es el cielo.

(Lema que presidió todos los proyectos de Ogisa Otis, inventor del ascensor)


164. Que así sea

-Decime, mamá… ¿amén es como enter?

(Pregunta de un niño de diez años tras ser llevado por primera vez a una misa católica)


178. El instante

Sí, de la Librería. ¿Podría traerme una lágrima?

Así escuchó la poeta Mónica Claus pedir por teléfono un café con un poco de leche a la librería que acababa de darle el libro e Adorno “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”)


188. Posmo

Cero: No ser
(Hamlet)

(Graffiti repetido en muros de la Avenida Alem, de Buenos Aires)


189. La humildad

Lo intenté, pero no pude hacer feliz a la vida.

(Inscripción en una tumba en Filadelfia, Pennsylvania, Estados Unidos)


Buenos Aires, bajo la luna, 2008
e-book Alacena roja, 2013


21 abr. 2008

Esteban Peicovich: Gente bastante inquieta - Conversaciones

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En septiembre del año pasado Esteban Peicovich nos trajo su Gente bastante inquieta, un registro a su estilo de conversaciones con Robert Graves, Antonio Gala, Sixto Palavecino, Cristóbal Colón, Corín Tellado, Jorge Luis Borges, Miguel Rep, Anthony Burgess, Josefina Manresa, Juan Andralis, José Plaja, Helvio Botada y Juan Perón.


Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2001


Reza la contratapa: La entrevista periodística no es más que la ceremonia de una conversación anunciada. Se inicia contra natura, mantiene cierto grado de teatralidad y discurre contra reloj. Se diferencia de la confesión en que no imparte anestesia, y de la clínica, en que no libera de culpa.
Esta ceremonia establece que dos desconocidos se reúnan y mantengan un diálogo íntimo que debe hacerse público. Uno despliega su estrategia de merodeo, acoso y caza. El otro, su manejo del silencio y la administración de sus juicios.
Pero hay más. Y tal vez sea lo único importante. Este curioso diálogo, esta conversación de dos, está pensada para tres. Tanto quien pregunta, como quien responde, son conscientes de que en todo instante, los acompaña, invisible, un tercer interlocutor, anónimo y múltiple.
De partida, el entrevistado es un personaje en busca de autor. Y el periodista, un escritor ante su página en blanco. Juntos, deben
hacer una noticia. Esto es, crear una realidad. Paradoja que Beatriz Sarlo resuelve con una sola frase: "Como ningún otro género, la entrevista construye su fuente".
Y siendo así, ¿de dónde, sino de la literatura, le brota el agua a esta fuente?



Transcribimos de su blog El palabrero un acercamiento breve al encuentro que mantuvo con Robert Graves y que en el libro se titula El último gran dios blanco:

En sus Memorias (“Adiós a todo eso”) Robert Graves recuerda haber sido alzado en brazos para observar el paso de la reina Victoria en la celebración de sus bodas de diamante, en 1897. Eso fue en Wimbledon, donde Graves nació en 1895. En el ahora de esta fotografía va de mi brazo por Mallorca, a sus 83, y con mayor fragilidad que la de aquel bebé decimonónico del primer recuerdo. Es que sobre el último Graves cayó la sombra de la amnesia. O la mudez que es toda amnesia. Y la confusión.Por instantes escapará de ella, su mano apretará mi brazo y con temblada voz, mientras mira a lo alto, me dirá:

–Sol. Sol. Sol.

Me instalo en el tiempo presente de esta foto. “Sol” es la palabra (en inglés) que más repite. Su cuerpo no tiene autonomía. Tampoco la tuvo los cuatro días que pasó agónico sobre una pila de cadáveres en una trinchera de Francia, en 1915. Un camillero que oyó el quejido lo rescató. Tras año de hospital y dada la belleza de su rostro y talla de dos metros, fue elegido para posar como modelo de la estatua al Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial. Ya era un joven poeta reconocido. De aquel a éste (que a su pedido estoy paseando entre olivas, naranjales y vides que el plantó) hay la obra de un genio. Autor de “La diosa blanca”, “Yo, Claudio”, Graves escribió 140 obras. En ellas resaltan algunos de los mejores poemas de amor de la literatura inglesa. Fue, en el siglo 20, el último poeta isabelino. Un inglés “mediterráneo” que en 1950, polémico e incorrecto, huyó de la niebla y el acartonamiento londinense para asentarse en Mallorca. En Deyá, aldea en donde también tuvo su casa Cortázar y cercana a Valldemossa donde Chopín y Jorge Sand se amaron a los gritos.

En Mallorca sólo nievan los almendros. Seis millones de almendros que cada primavera echan sobre la isla una alfombra de nubes. O de nieve (según sea el humor de quien los mire). Arribé al cortijo de los Graves con emoción parecida a la que de niño sentía durante la misa. Iba al encuentro de un dios de carne y hueso al que amaba desde que lo leí. Su mujer Lucía me telefonéo a Madrid diciendo que estaba recuperado y que podía visitarlo. Era la entrevista soñada. La sumaría al ramo donde cohabitan Borges, Odysseus Elytis, Anthony Burgess…. Pero el misterio hizo de las suyas. No bien presentado, Graves se aferró a mi brazo y no me soltó durante horas. Con señas (traducidas por Lucía) pidió salir a mostrarme su obra natural. Olivos (de darle 200 litros de aceite), uvas (grandes como ciruelas) y buganvillas de diez colores pasteles. Y lo que me mostró con más entusiasmo: un caminito de piedra de 300 metros que descendía hasta el mar y una precisa roca. Desde ella (y hasta los 70 años, según Lucía) se zambullía un Graves sano, y desnudo, desde 3 metros de altura. Y en mitad de este trayecto, un milagro griego. Un anfiteatro para cien espectadores al cual cada julio (durante veinte años) acudían sus amigos: los Redgrave, Olivier y Vivien Leigh, John Gielgud, Alec Guiness, Peter Ustinov y otros, a celebrar el cumpleaños del poeta. Graves los esperaba con poema dramático nuevo. Y así, vestidos con túnicas y salidos del tiempo, el grupo huía de la incómoda realidad para vivir en la Atenas que imaginaban propia. (Y con razón). Lo que no imaginaba yo era que mi entrevista acabaría en naufragio. Alterado por la visita, Graves entró en sombra verbal (o lucidez sublime, según) y ya no fue posible diálogo alguno. Salvo algún intercambio del inicio, cada vez que abría la boca para una pregunta el Gran Dios Blanco Graves elevaba su mano derecha, estrechaba mi izquierda y decía, como en trance: “Sun, sun, sun”. Así hasta el final de la tarde en que me despidió con un beso en la mejilla y diciéndole al oído a su mujer: “Que vuelva otra vez”. Esta es la foto de esa entrevista. La que más quiero de las 2000 hechas. Tiene el sol de Graves. No se apaga nunca.

8 oct. 2007

Esteban Peicovich: Blogs e información

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5 sept. 2007

Esteban Peicovich - Curriculum

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Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.

Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.

Fui una sólida monja hasta ser padre.

A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.

Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.T
res hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.

De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mí dos hombres que la aman.

Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado.
(A pleno día se me ve la noche.)

Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.

Sílaba a sílaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.

Se presentan, ahora, asuntos nuevos
Del girasol se fuga el amarillo.

Llaman a la puerta. Es la humedad.

Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.

Veré de poner música esta noche
no vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.

En La bañera azul
Fuente: Los palabristas