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29 may. 2014

Cesare Pavese - El fugitivo

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En los heniles y en los establos hacía tiempo que no querían a nadie porque luego ocurría que venían los otros a tomar represalias. Daban un plato de sopa y pan con solo pedirlo, pero decían que fuéramos a comer lejos: era preciso mucho palique para retenerlos en la puerta. De vez en cuando llovía y había que refugiarse bajo los puentes. Cuando encontré aquella capilla abandonada no le dije nada a nadie, y, tras meter hojas en el saco, me eché a dormir. Estaba harto de escapar y aguzar el oído.

Me desperté cuando aún era más noche que día y por el ventanuco no entraba suficiente luz para verla. Volvía a llover con fuerza, y algunas salpicaduras me llegaban a la cara. Estaba tumbado dentro del saco y disfrutaba de su tibieza. No lejos ladraba un perro y me lo imaginaba errante bajo el agua y doliente de hambre. En aquella oscuridad invernal parecía la voz de toda la tierra. En el duermevela me estremecía.

La lluvia se aclaró de madrugada y vi a mi alrededor viñedos vendimiados. Todo era barro y hojas rojas. De la capilla quedaba aún un cristal rosa rajado y a través de él se veía la campiña. En la buena estación debían de estar allí guardando la uva.

Ocurriera lo que ocurriese, era un sitio a trasmano. Pasé el día en el pueblo. Era domingo y jugaban a las bochas. Me quedé contra el muro a mirar las caras y conocerlas; los oía bromear y gritar. Desde allá arriba se entreveía en la niebla todo el valle, la carretera principal y las colinas de enfrente que bajaban hacia el Po. Un pueblo de aquel valle había sido incendiado, y habían matado a la gente. La mayoría hablaba por hablar, pero uno bajito que escuchaba dijo enseguida:

—Para pasar es mejor por allí; donde han quemado ya no hay vigilancia.

Al oscurecer volví a la capilla y, con la inquietud que tenía, habría querido que lloviese. En cambio, se había levantado un viento enorme que agitaba las estrellas y repetía la noche en que yo había salido a las colinas. Con el viento todo era nítido y negro y se oían rodar las hojas. Apenas dormí.

El viento duró unos días. Tenía de bueno que secaba los campos. No podía decidirme a dejar el pueblo. Aquella última barrera de colinas me daba miedo.

Me encontré con el bajito de las bochas. Hablaba poco pero comprendía al vuelo. Me había conducido a su patio, detrás de la casa, y allí, de acuerdo con las mujeres, me trajo un plato de sopa. Luego tuve que contarles cuentos a ellas, porque querían saber cuándo acabaría la guerra.

—Aunque durase un siglo —dije—, ¿quién vive mejor que ustedes?

Bajo el porche aún se veía la mancha de sangre donde habían matado el cerdo.

—Lo que son las cosas —dijo mi mozo—, ese fin nos espera a todos.

Más tarde, en el patio, le había preguntado si no se avergonzaba de limitarse a hablar. Él me había mirado riendo y había hecho un gesto hacia la casa y la ventana iluminada.

—Yo también tenía una casa —le dije.

A él le dejé ver dónde dormía de noche. Me acompañó cuando ya estaba oscuro y me dijo que, si bastase con dormir en la iglesia para estar en seguro, las iglesias estarían llenas.

—Esto ya no es una iglesia —dije—, sobre el altar han cascado nueces y han encendido un fuego en el suelo.

—De niños veníamos aquí a jugar —me dijo.

Luego me contó cómo era el pueblo y que todos vivían con el miedo de que en la carretera le tocase una descarga a un soldado o detuvieran un camión.

—En O. incendiaron hasta la iglesia —dije.

—Si solo quemaran esas —dijo él—, sería algo.

Pero de todas las iglesias que yo había visto, mi capillita era la más segura. Recogimos todas las ramas que encontramos, y con las farfollas de maíz tiradas encendimos un fuego pequeño en el rinconcito bajo la ventana. Luego, sentados ante la llama, fumamos en pipa, como hacen los chicos. Dijimos bromeando:

—Lo que es prender fuego, también sabemos.

Al principio no estaba tranquilo, y salí fuera a examinar la ventana, pero el reflejo era escaso y, además, lo tapaba un montículo.

—No se ve, que no —dijo Otino.

Entonces hablamos otra vez de las caras del pueblo y de los que tenían aún más miedo que nosotros.

—Tampoco ellos viven. Eso no es vida. Saben que llegará el momento.

—Estamos todos en las trincheras.

Otino reía. A lo lejos estalló una descarga.

—Ya empezamos —dije.

Aguzamos el oído. Ahora el viento callaba y los perros ladraban.

—Vete a casa —dije.

Apagué inmediatamente el fuego. Pasé la noche entre la peste del humo, temblando con mis pensamientos. Al darme vueltas en el saco, me parecía que sus crujidos llenaban la noche.

Al día siguiente estudié resuelto la barrera de colinas que me esperaban. Estaban pardas y secas por el viento y la estación, límpidas bajo el cielo. El peligro no se encontraba allá arriba, sino de este lado, en las carreteras de acceso a los puentes y en el llano. Nadie sabía decirme la libertad de aquellos caminos. Los nuestros que batían los bosques habían provocado con toda seguridad un cinturón de terror en las salidas. ¿Era prudente abandonar la capilla para meterse allí?

Subí por el caminito a comprar pan en el pueblo. La gente me miraba desde las puertas, desconfiada y curiosa. A algunos les hacía un gesto de saludo. Desde la plaza, en lo alto, se veían otras colinas casi azules. Me detuve contra la iglesia, bajo el sol. En la tibieza y el silencio vislumbré una esperanza. Me pareció imposible todo aquello que ocurría. La vida habría de reanudarse un día, segura y quieta como era en este instante. Lo había olvidado hacía demasiado tiempo. La sangre y los saqueos no podían durar siempre. Me quedé un rato con la espalda pegada a la iglesia.

Salió una chica. Miró a su alrededor y bajó por el camino. Por un instante también ella entró en mi esperanza. Descendía recelosa sobre los guijarros puntiagudos. Pero se hizo la mujer y no se volvió a mirarme.

En la plazuela no se veía un alma y los tejados pardos amontonados, que hasta ayer me habían parecido un escondrijo seguro, ahora me parecieron guaridas de las que se desaloja a la presa con fuego. El problema era solo resistir las llamas hasta que un día se apagaran. Había que resistir, para recobrar un día la esperanza intacta.

Por la tarde llegaron rumores de una acción en el valle contiguo, contra un pueblo que no había tenido jamás un problema. Eso juraban. En realidad no se había oído ni una descarga: habían saqueado las cuadras e incendiado los heniles. La gente, que había huido a los bosques, oía mugir a sus terneros y no podía acudir. Había sido bien entrada la mañana, a la misma hora en que yo miraba desde la iglesia.

Fui a buscar a Otino al campo. Detuvo uno de los bueyes por el rabo, y me dijo:

—Están aviados. Son días que pasan pronto. Se echa encima el mal tiempo, ¿y quién es capaz de trabajar entonces?

Le dije que también podía tocarle a él.

—Por eso mismo —me dijo—, hay que deslomarse para acabar. Luego uno está encerrado hasta marzo.

Yo no había sido el único ese día en observar las montañas que parecían nubes. El ama de Otino había salido entre los pinos y se había detenido un momento a mirarlas. Luego, al entrar en casa, había colgado el cubo de agua en la cocina y puesto la leche para el pequeño Guido. Hacía rato que Otino había pasado con los bueyes, pero Guido dormía y no había subido al carro. La mujer se había acercado a la ventana y le había preguntado a Otino si yo seguía en el pueblo.

—¿Sigue durmiendo en San Grato? ¿Y quién es?

Entonces Otino había dicho que conmigo se podía hablar, pero que no se podía preguntarle a alguien «¿quién eres?».

—¿Del monte? ¿A lo mejor viene de allá arriba? —le preguntó el ama.

—Lleva botas —respondió Otino.

Por la tarde habían ido con las hermanas de Otino a recoger las últimas manzanas. Guido corrió delante con el cesto, y una gran bandada de estorninos se había levantado entre las hileras. Hicieron un estrépito como si fueran un motor. Guido se inclinó y tiro hacia los fugitivos un puñado de piedras, retumbando como una ametralladora:

—Tatatatatá, tatatatatá.

—Espabila —le dijo la mujer—, este año eres viejo.

Las muchachas rieron.

—Las viejas sois vosotras —replicó Guido— y os gusta bailar. Queréis que acabe la guerra para volver a bailar.

—¿Tú no quieres que acabe? —preguntó una.

—No puede acabar —dijo Guido—, cuando la guerra está en todas partes como ahora, no puede acabar nunca más.

—Vamos a recoger esas manzanas —dijo el ama Medina.

Desde la viña Guido había echado una carrera hasta el campo de Otino y, revolcándose entre los surcos, llamó si estaba yo también.

—¿Quién? —gritó Otino.

—Ese hombre que duerme en San Grato. ¡San Grato!

—Se ha ido. ¡Ido! —contestó Otino, sin detener el arado.

—Debías decirle que viniera a nuestra casa.

—¿Por qué? —gritó Otino, riendo.

—Porque las mujeres son viejas. ¡Viejas!

Luego Guido corrió hasta el pie de la ladera, descendió aún más, bajó tanto por el campo que en vez de ver las colinas cayendo a plomo las veía alejadas, entre los tallos del cañaveral.

Allí se escondió entre las cañas, y pensó que comenzaba una acción, y se palpaba las manzanas en la camisa, dudando si convertirlas en balas o en pan. Luego las mordió y arrojaba los corazones a los pájaros. Trató varias veces de que sus tiros pasaran por encima de la capilla de San Grato, para no ganarse un enemigo en quien dormía allí, y se acercó a la capilla reptando por el suelo. A esa hora yo bajaba de la colina del bosque, adonde subía para dominar el valle.

Allá arriba estaba lleno de escondrijos y de vallecitos, de caminitos perdidos en la maleza, de saltos repentinos en el vacío. Desde allá había visto en el campo pardo los bueyes de Otino, que parecían inmóviles. En el aire fresco se sentían las voces sonar tranquilas, y si un chillido o un disparo hubieran roto aquella calma los bueyes allá abajo no se habrían movido. Aquella tarde estaba contento: tenía que tomar una sopa en el patio de Otino, y luego volver solo a la vieja capilla y permanecer escondido. Pensaba que si no subía nunca ningún hombre armado por aquellos caminos, mi refugio era como un juego, como un insólito veraneo de convento. En lo alto, en la colina, había vuelto a hallar aquella esperanza, aquella libertad, y comprendía que para vivirla bastaba con pensarla como real. Aquí no había casas, desvanes y plazas donde el peligro acechaba en la esquina. Aquí nadie me esperaba en una cita mortal. Aquí no había sino tierra y colinas y bastaba con aplastarse contra el suelo para vivir aún.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez
Imagen: s/d

16 ene. 2013

Cesare Pavese - Los mendigos

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Cesare Pavese


Ni siquiera de niño a Geri le habían convencido nunca aquellos mendigos que se presentaban en la puerta decentemente vestidos —en invierno, con un abrigo— y saludaban pidiendo limosna muy serios, como quien atiende un negocio y no puede perder tiempo y lo da a entender. Geri había sentido siempre contra ellos una sorda ojeriza como hacia gente de otra raza y, si no fuese porque le imponían respeto, habría dado con la puerta en aquellas caras enjutas y vagamente amenazadoras, como su madre le decía siempre que hiciera. En cambio, Geri de momento no entendía, luego reconocía con terror al pobre por el refunfuño exigente que salía de debajo del sombrero. Con la cara ardiendo, murmuraba que no había nadie y cerraba a toda prisa entornando despacio la puerta sin mirar aquellos ojos, pero se quedaba clavado allí detrás, a oscuras, conteniendo la respiración. Esperaba largos minutos, agitado, espiando el aliento del otro tras la hoja de la puerta, en una agonía de vergüenza y miedo, anhelando oír alejarse aquellos pasos. Aunque estaba contento de no haberle dado nada, contento de haber puesto la puerta entre sí y aquel hombre adulto y vestido decentemente que pedía limosna con la dureza de quien tiene derecho.

Incluso una vez que habían llamado Geri, al correr a abrir, se encontró delante de una señora con sombrero y una piel al cuello que le preguntó sonriendo si le daba algo. Geri corrió a llamar a su madre, que en cuanto se asomó a la puerta se retiró y cerró, y durante mucho tiempo Geri oyó a la madre hablar de inaudita desfachatez. A partir de entonces Geri pensó que los mendigos decentemente vestidos tenían mujeres, y por lo tanto casas, horas de trabajo, días festivos y comedores; en resumen, que era gente que trabajaba y ganaba dinero. Eso acrecentó su ojeriza.

Los pobres que le daban pena de veras y hasta un poco de envidia eran en cambio los andrajosos de la calle, los viejos con cara lacrimosa de borracho, las mujeres con el niño sucio como un fardo, pero sobre todo los músicos ambulantes, que tocaban y tocaban en la esquina sin hablar y sin mirar, pobres que no pedían nada y bajaban la mirada si alguien se paraba. Un día, cuando ya salía solo, Geri encontró bajo los soportales a un viejo que esperaba sentado en la losa de la acera recubierta con un dibujo hecho con tizas de colores. Geri, semiescondido detrás de la pilastra, examinó un buen rato el cuadro y le pareció que era san José con la azucena. Volvió otras veces y el cuadro era siempre distinto y el viejo sentado en la franja de sol comía semillas de calabaza. Pero un día Geri llegó antes de lo normal y vio al viejo arrodillado junto a la pilastra, con la barbilla en el pecho y los brazos en cruz rezando fervorosamente. La gente hacía corro. Luego el viejo se golpeó el pecho y soltó en voz alta una cantilena de palabras que hicieron reír a todos, pero Geri no entendió. Y finalmente cogió las tizas y se puso a dibujar una crucifixión. Geri nunca vio a nadie arrojarle una moneda.

Años después, Geri hizo un amigo que se llamaba Achille, con quien vagaba por las calles unas horas después de clase, y decían luego en casa que cada uno había estado estudiando en casa del otro. Sin Achille, Geri habría corrido a lo sumo al cine más cercano, donde a cada descanso preguntaba ansiosamente la hora a algún soldado o a otro espectador. A Achille, por el contrario, le gustaba mezclarse con los transeúntes y caminar hendiendo el gentío y volviéndose a menudo a intercambiar una frase con su amigo; pero sobre todo le encantaban unas expediciones que parecía inventar sobre la marcha aunque se notaba que llevaba tiempo esperando una ocasión y conocía los parajes. Una vez era entrar en un café frecuentado por prostitutas; otra, esperar delante de la cárcel comiendo avellanas por si acaso llegaba algún delincuente esposado; otra más, asistir a la salida de las aprendizas de una gran sastrería, donde había cosa fina.

Achille, para sentirse más suelto, dejaba los libros en depósito al bedel del instituto, donde los recuperaba al día siguiente. Geri lo admiraba mucho, pero llevaba los suyos consigo, aunque por la noche ya no tuviera ninguna gana de estudiar.

Lo bueno de aquellas correrías era cuando iban por calles insólitas y a trasmano. A Geri no le agradaba el gentío: todos aquellos ojos preocupados y ansiosos, aquel ruido de pasos, aquella agitación y aquellas prisas lo perturbaban recordándole que su deber era encontrarse a esas horas sentado tranquilamente a la mesa esperando la cena. Pero le gustaba cuando regresaban por aceras silenciosas y el aire frío se oscurecía y el cielo era más límpido y de un momento a otro podía encenderse la larga hilera de farolas.

Achille había intentado ya llevar a Geri a un burdel, pero este todavía no estaba decidido. Tampoco Achille, por lo demás, había estado nunca en serio. Sabía cómo se hacía, cuánto se pagaba, cómo se contestaba a la portera, pero una vez que Geri se lo volvió a preguntar confundió nombres y detalles y resultó evidente que se los inventaba.

Pero Geri no se atrevía a echárselo en cara, porque Achille era tan franco y estaba tan convencido en todas aquellas conversaciones que dejarlo hablar era una diversión, mientras que si lo humillaba, ambos se habrían quedado a disgusto.

—Primero quiero conocer mejor a las mujeres —le contestó en cambio—. Abordemos primero a una modistilla o una hija de familia y, cuando tengamos más experiencia, iré.

Decía eso para ganar tiempo, porque Achille, una tarde que quiso abordar a una criada en un jardín, solo consiguió que lo tomaran a chacota. Geri lo observaba desde unos diez pasos de distancia, temblando de vergüenza, y experimentó una sensación de alivio cuando la chica —una morena sólida y regordeta— se rió forzadamente en las narices de Achille, que le hablaba, y se alejó recogiendo al niño. Achille la siguió un rato y Geri no le veía la cara, pero oyó una voz ronca responder irritada:

—Lárgate, estúpido.

Mientras tanto, llegaba la primavera y Geri se asombraba de no haber advertido nunca en la vida cuán hermoso era salir y mirar y respirar. No era solo el aire y el buen tiempo, porque ya en el invierno le había agradado caminar incluso entre barro o niebla, y se separaba a regañadientes de Achille en el portal de su casa o a menudo iban y venían de un portal a otro hasta la hora de cenar. Será porque este es el primer año que vivo solo y entro y salgo, pensaba mientras iba corriendo a clase con los libros bajo el brazo. Y ahora ya no haría más frío y salían también las hojas y la luz duraba hasta tarde. ¡Si Achille no se hubiera puesto a canturrear «Quisiera besarte desnuda» cuando pasaba una mujer guapa! A Geri le disgustaba que, para ser hombre, hubiera que decir esas cosas.

Geri recobró estos pensamientos una mañana que no tuvo ganas de bajar de la cama y por la ventana sin visillos caía una luz húmeda y sucia sobre todas las aristas.

Llegaba con la luz —y la puerta se estremecía— algún chirrido o voz bronca de la escalera, algún ruido sordo y algún susurro, y de un instante a otro alguien podía aporrear la puerta y restregar los pies, y esperar.

Geri volvió a ver de pronto a aquel niño vacilante clavado detrás de la puerta, un corazón que latía locamente, aguzadas las orejas en la oscuridad, igual que él estaba tenso y rígido contra la almohada.

Pero vio también al hombre adulto, solapas levantadas, ojos torvos y huesudos, parado al otro lado de la puerta, con los puños apretados en los bolsillos. Dos que se odiaban sin verse y cada cual sentía la respiración del otro.

Geri se dio la vuelta en la cama, ahogando el rostro en la almohada y alargando el oído en el vacío. Durante un instante la casa estuvo inmóvil y vaga, y un chillido lejano de la calle rasgó el enorme silencio. La tibieza del lecho mitigaba incluso el latido de las venas.

A Geri, que sentía en la nuca y las sienes el hielo de la estancia, le parecía tener el cuerpo tendido al sol y que aquel zumbido leve del silencio era el clamor de las piscinas.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez

16 abr. 2012

Cesare Pavese - El prado de los muertos

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Cesare Pavese


La ventana desde donde se podían presenciar los crímenes daba a un paseo herboso, cerrado al fondo por unos barracones de madera. Bajo la ventana corría un canal, de esos desbordantes aunque lentos, que salen de debajo de las casas por una reja negra. En tiempos el canal servía para los suicidios, pero ahora ya no se cometen. Por la mañana se encontraba en la explanada solitaria a la víctima, tendida entre sangre, apaleada, o también estrangulada. Daban pena las chicas, vestidas de colores, a veces elegantes. Había una sala de baile en la avenida, a doscientos metros, con grandes emparrados y un juego de bochas. De allí venían estas chicas. Venían también los hombres —deportistas, obreros, negociantes— y ellos acababan siempre apuñalados.

Por el ventanuco, en las noches de luna, se veía perfectamente la escena. Una pareja doblaba la esquina —hombre y mujer, o bien dos hombres, a veces hasta dos viejos— y bordeando el canal avanzaban por la explanada con una inexplicable temeridad. Y es que casi siempre discutían, o bien, si callaban, estaban absortos en ponerse de morros, en desesperarse, en calmar al otro. Y así sucedía que llegaban hasta el prado, bajo la luna, y allí el imprevisto estorbo de la hierba les hacía alzar la cabeza y mirar a su alrededor. Sus palabras sonaban límpidas en la noche. Casi nunca eran gritos o rugidos histéricos y cavernosos. Hablaban, en cambio, con una sombra de cansancio, como si aquellas cosas ya las hubieran dicho y repetido hasta la saciedad y se tratase ahora de recapitular para llegar a una conclusión. Este intercambio de ideas antes del crimen se producía siempre. Quizá, en el pasado, en la explanada desierta se habían agredido desconocidos, pero ahora eso no ocurría desde hacía tiempo. Por lo demás, ¿cómo tender emboscadas en aquel rincón muerto por donde no pasaba nunca nadie? No, allí se iba en parejas, como de paseo. Podría apostarse a que la víctima, cuando lanzaba su grito sofocado como un gemido, y las raras veces que se quedaba después sobre la hierba agonizando y debatiéndose aún, vislumbraba en su mente la idea de que siempre había sabido que acabaría así.

Tampoco faltaba el asesino que, cometida la acción, se detenía indeciso a mirar al cielo, al horizonte bajo. Probablemente se preguntaba cuál sería el aspecto de la explanada a pleno día, e intentaba despojar la escena de su horror lunar e imaginarla como un lugar cualquiera bajo el sol, enmarcado por las colinas del fondo como toda la ciudad. Era en esos momentos cuando llegaba por encima de las casas un clamor de orquesta o un golpeteo de bochas. Entonces el asesino escapaba. Escapaba y desaparecía, nunca se sabía adónde. Muchos probablemente volvían a la sala de baile, aflojando el paso a medida que se aproximaban, y echando un vistazo átono al gran espejo de la entrada. Una vez hubo uno que cruzó la calle y fue a lavarse las manos en el agua del canal. Pero fue uno solo.

La víctima se quedaba bajo la luna hasta la mañana. Al mirar por el ventanuco de noche, ¿quién podía saber de sus cardenales o del lago de sangre? Estas cosas existirían por la mañana; ahora los minutos transcurrían tranquilos, la orquesta había terminado hacía rato y también la pasión, los intereses y la furia que por un instante habían colmado la noche se habían disipado, como los vapores al despuntar la luna. Ni siquiera hacía frío. Había solo una persona que durante toda la noche sentía en los huesos un poco de hielo, y esa persona había escapado. La víctima descansaba en paz.

Una noche hubo dos. Vino un tipo con una chica y la estranguló. Al cabo de media hora de luna, apareció por la esquina una pareja de ancianos, un poco tambaleantes, que estuvieron en un tris de caer al canal. Pero los borrachos saben lo que quieren. Caminaron por el prado reprochándose una antigua injuria. A dos pasos de la primera víctima se oyó un suspiro ronco y uno de ellos se quedó de pie, limpiándose el cuchillo en los pantalones. Después se marchó, bajo la luna.

No parecía que valiese la pena seguir mirando: por aquella noche se había acabado. Quien no lo hubiera presenciado antes jamás habría reconocido los dos montones oscuros, tendidos uno junto al otro, inmóviles. Eran altas horas de la noche; el agua gorgoteaba en el canal, la luna reinaba sola. Fue entonces cuando un murmullo bronco (el ventanuco estaba alto; ¿es posible que se oyese desde allí?) llenó toda la noche.

Decía:

—Mujer, ¿estamos lejos de casa?

Y la voz de ella:

—Demos una vuelta más, luego tengo que marcharme.

El diálogo cesó. Era evidente que los dos no tenían más que decirse y callaron tan tranquilos. Pero poco después la chica prosiguió:

—Volveremos mañana y estaremos nosotros solos.

—¿Qué quieres decir? ¿Que no aguanto el camino?

Se oyó lloriquear:

—¿No te da vergüenza la luna?

—Mujer, ¿estamos lejos de casa?

Ahora hablaban, hablaban. Cada uno con su voz más solitaria, como convencido de que el otro no lo escuchaba, como si lo escuchase la luna. Era noche avanzada, y empezaban a pasar nubes por delante de la luna, ocultando la explanada, los barracones, todo. Daba pena pensar que los dos muertos se esforzaban tan inútilmente. Pero poco a poco las voces se adelgazaron y bajo un nubarrón mayor que los demás enmudecieron definitivamente.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez Eiroa



28 ene. 2012

Cesare Pavese - La gitana

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Como todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de lavarme el cristal me lo había ensuciado. Atendí a las cosas sin atreverme a salir. A eso de las once, empujado por el hambre, miré al cielo y bajé aquellos tres peldaños. Persistía en el viento la humedad de la lluvia.

El mundo era un pantano agitado por el viento. A la puerta de las casas hombres con mantas esperaban el infalible sol. Una mujer descalza que atravesaba la plazuela me infundió valor para llegar a la fonda. En el umbral me volví no para mirar al mar —sabía ya que también era un pantano—, sino como hacía siempre por si acaso alguien cruzaba la plaza detrás de mí. Al otro lado del cristal vi sentado a Carletto —los otros ya se habían marchado— que esperaba mirando a la puerta. Se mantenía aferrado, con los puños cerrados, a los bordes del velador, con el gesto de quien va a decidirse a levantarse haciendo un esfuerzo y los ojos clavados en la puerta. Me miró también sin moverse.

No hablamos hasta que llegaron nuestros platos. Disponíamos de todo el día para hablar y no era cosa de desperdiciar los temas. Nosotros dos habíamos hablado tanto ya que teníamos que pensárnoslo dos veces antes de iniciar una conversación. De repente dije que la parra del ayuntamiento estaba más roja que nunca. Todo se pudría y decoloraba en aquel pueblo, menos la parra del ayuntamiento. Carletto hizo un ademán y volvió a inclinarse sobre el plato. Yo había advertido ya que pensaba en su casa: estaba en la consabida situación en la que uno mira a su alrededor sin dar crédito a sus ojos y los bocados se mastican a medias y se olvidan. Si comenzaba con aquel tema, sería el cuento de nunca acabar.

—¿Quién te dice que no estoy también lejos de alguien? —le había respondido una de las primeras veces que me había liado.

Él me dirigió un vistazo sorprendido, sorprendido y feliz, como quien encuentra un amigo inesperado. Y me contó todos los detalles de su soledad, sin vergüenza, sin reserva, como si yo pudiera darle la clave de lo que no ocurría, lo que no se podía hacer que ocurriera, por tratarse de una voluntad que no era la nuestra.

Pero esta vez no habló de su mujer ausente. Esta vez me anunció que habían aparecido unos gitanos por el pueblo, con ollas y carretas, que habían visto a alguno de madrugada, y que las mujeres, según el barbero, visitaban las casas en busca de trabajo.

—Parece imposible —dijo con repentino ardor—, hoy aquí, mañana en la montaña, pasado mañana vete a saber dónde. Nadie manda en ellos, nadie los retiene. Son lo contrario de nosotros.

—Están en su casa en todas partes —contesté.

Carletto había aferrado de nuevo con los puños los bordes de la mesa y parecía esforzarse por estarse quieto.

—Come —le dije.

Pero lo inquietaba especialmente la noticia de que los gitanos anduvieran por el mundo acompañados por sus mujeres. Decía que eran gente de sangre caliente, que no podían prescindir de las mujeres, y por eso las llevaban consigo.

—Deben de tener una vida infernal —repetía.

—¿No querrás escapar?

Me respondió con una mueca. Sobre el cristal se había encendido un poco de sol amarillo, y mientras esperaba a que Carletto acabase de comer, fantaseé también yo, atisbando la luz pálida, sobre los gitanos y su vagabundeo. Salimos juntos a la plazuela, en el viento que contendía con aquel sol apocalíptico, y no encontramos a los muchachos de costumbre armando follón. Una mujer nos dijo que habían ido a ver a los gitanos y nos indicó cierta dirección. Entonces poquito a poco, sin decírnoslo, echamos a andar a lo largo de la playa disfrutando del poco sol que resistía y echando vistazos a la espuma terrosa del mar. Carletto no hablaba. Llevaba las manos a la espalda y pisoteaba meditabundo la arena húmeda.

Yo miraba la colina yerma.

—Yo que ellos ya me habría ido —dije de pronto, incontenible.

Carletto no me respondió.

Caminamos, caminamos hasta el consabido grupo de árboles secos y deshojados. Allí la playa estaba cerrada por peñas y había que subir a la carretera. Trepamos, miramos a lo lejos y no vimos señales de vida. En el aire vibrante no se oía sino el aullido del viento y el retumbo del mar.

En aquellas peñas solíamos fumar, fumar contemplando el horizonte y escrutando el rostro insólito de las peñas o las colinas que había detrás de nosotros. Pero aquel día no había nadie, y pronto acabamos de fumar. Carletto dijo algo sobre los muchos inviernos que debían pasar aún para nosotros en aquella costa. Esta vez fui yo quien no respondió.

Regresamos al pueblo y le dije que viniera a calentarse a mi casa. El sol se había ido, pero la oscuridad estaba aún lejos. La fonda estaba vacía.

—Aquí se han muerto todos —dije—. Me voy a casa.

Carletto no me soltaba. Esa tarde se había vuelto más pegajoso que las hojas podridas. No hablaba, no daba señales de vida, no levantaba la cabeza. Pensaba en su mujer. Pero también yo estaba tan harto y solo que experimentaba cierto alivio al sentirlo a mi lado. Siempre podía ocurrir que dijese algo.

Entramos en la habitación y puse inmediatamente el café sobre el hornillo. Él se sentó como solía, en la caja del carbón, y encendió el cigarrillo con una torpeza que cada vez me daba pena: las gruesas manos parecían tener miedo de tocar el cigarrillo. Había aprendido a fumar conmigo.

Sobre la mesa había libros, y Carletto también esta vez posó en ellos los ojos con nueva sorpresa. Aunque tiempo atrás había sido tipógrafo, tantos libros lo cohibían y no entendía para qué servían. Ahora paseaba la vista por el cuarto.

—Dicen que los gitanos lo saben todo —farfulló—. Lo saben todo, andan por el mundo, saben más que nosotros.

—Es gente sin normas. Viven a su modo.

Después, mientras le daba el café le hice hablar de su mujer. Le pedí noticias, bajé la voz y sentí en sus quejas el habitual balbuceo de emoción. Había encarrilado yo la conversación sobre lo que hacía en los buenos tiempos al volver a casa del trabajo, y sobre las esperanzas que su mujer tenía de colocarse y reunirse con él, cuando la puerta de cristales entornada a nuestras espaldas tembló, se abrió y una voz enérgica nos hizo volvernos. Al umbral había subido una mujer, una mujer morena de sayas revoloteantes, que en la luz gris de aquel maldito día nos miraba hablando sin parar, y mientras tanto vigilaba alguna otra cosa en el pequeño patio, quizá la puerta contigua a la nuestra. Con una mano nos tendía una paleta y nos decía guturalmente que se la compráramos, pero ya estaba a punto de irse, como si la hubieran llamado.

—La gitana —me sopló Carletto por la espalda.

Cohibido de momento, miré a la mujer, especialmente la pañoleta roja que llevaba anudada a la barbilla, y creí que se iba. Continuó durante unos segundos la queja de su voz, y la paleta de hierro subía y bajaba, rítmicamente, mientras la mujer medio dentro y medio fuera nos miraba con más fijeza poco a poco, hasta tal punto que entró en el cuarto sin que me diera cuenta.

—Compradme una paleta, compradme una paleta —decía observando a su alrededor y avanzando, con pinta de saber que de momento nos quedaríamos pasmados y no le contestaríamos; y vio los libros, vio el vaso medio lleno de café, vio las pieles de naranja amontonadas sobre una silla, vio la cama deshecha y abierta.

No era un rostro joven, tenía la cabeza descubierta y el cabello empapado de gotitas brillantes. Fuera lloviznaba. La mujer era flaca y de piel oscura, una campesina de gestos rápidos y voz insólita. Bajo la falda calzaba un par de botas, y eran lo único por lo que no parecía una campesina.

Ella miraba el hornillo encendido y dejó caer la paleta. Carletto se había levantado, a mis espaldas, y yo dije algo. La gitana había cambiado ya de conversación. Con la misma cadencia, pero con un calor más vivo, nos miró a ambos a los ojos y dijo bruscamente que muchas malas mujeres habrían querido encontrarse con nosotros a lo mejor enseguida, pero que nosotros sabíamos gobernarnos y las malas mujeres no podían jactarse de nada, aunque nosotros sí podíamos jactarnos de ser esperados e invocados por una mujer prisionera detrás de puertas de terciopelo. Al decir esto, una sonrisa le marcó las comisuras de la boca. No era una mofa que tuviese relación con las palabras; había hablado sin detenerse y, aunque animadamente, con la cantilena maquinal de quien repite un discurso. Aquella sonrisa era más bien la señal de que nos había entendido.

La gitana dejó la paleta contra la pared inclinándose sin perdernos de vista y se sacó, no sé cómo, un mazo de naipes de un bolsillo y empezó a hacerlos restallar entre las manos. Dijo a Carletto, que la miraba incrédulo con la boca abierta, que aquella era la buenaventura y que si tenía ganas de oírsela decir. Carletto, inesperadamente, avanzó un paso y se animó y pasó la mano sobre la mesa como para despejarla para que la gitana pudiera hacernos su juego. Pero la gitana pidió «una señal».

Puse sobre la mesa una moneda —la primera que me vino a los dedos—, y ella empezó a mirarme fijamente deslizando las cartas bajo el pulgar. Entonces le dije que la suerte no la esperaba yo, sino el otro, y reí como había sonreído ella antes y fui al hornillo, lo aticé y me volví para decir que conocía mi suerte durante al menos tres años. Ella, sin insistir, cogió la mano de Carletto y le dio la vuelta con la palma hacia arriba.

La mano gruesa y pesada de Carletto, abandonada en las manos de la mujer y escrutada de aquel modo, resultaba extraña. Pero la gitana la dejó caer de inmediato y dijo que manos como aquella no hablaban. Puso el mazo de naipes sobre la mesa y los extendió. Yo ahora la veía inclinada, casi de espalda, oía sus murmullos y sus alientos, los grititos de sorpresa —las palabras que se le dicen a un bebé o a un gatito al mimarlos—. Aquellas botas y el pañuelo rojo, y los ojos vivos y escurridizos que adivinaba atentos al juego, casi me hicieron olvidar que ya no era joven. No me habría asombrado si, volviéndose, me hubiera aparecido hermosa y fiera, risueña, como la novia de un bandido.

Quien la escuchaba con el corazón en un puño era Carletto. Dubitativo y atento, con el entrecejo fruncido, seguía los gestos de las manos sobre las cartas, recibía la revelación y saludaba las figuras con el aire de quien las viese entonces por primera vez. Aventuró incluso alguna pregunta.

La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos.

—¿Quiere café? —le pregunté a la gitana cuando se volvió.

Había olvidado los pliegues oscuros que le tallaban la boca y me sorprendieron cuando los vi de nuevo. Lástima aquella sequedad y aquella tensión de los rasgos. Tenía los ojos y los movimientos de una mujer que había sido guapa.

Ella sonrió, con aquel involuntario rostro de mofa que constituía su cordialidad. Se acomodó la falda, se pasó un dedo entre la garganta y el pañuelo y recorrió la habitación con mirada voluble, cogiendo la taza.

Se sentó, contestó a Carletto, que quería saber algo más, pero volviéndose hacia mí, y dijo que todos los hombres tienen un destino y una mujer que piensa en ellos.

Carletto le preguntó cuál era el destino de las mujeres. Se me escapó una sonrisa. Había hablado de pie, con una voz entre torpe y tentadora, como de quien quiere bromear, con un rostro aún serio y ceñudo.

—El hombre —dijo la gitana, acercando la boca a la taza.

Y nos escrutó mientras bebía. Le miré las botas otra vez.

—Lleva botas de hombre —dije—. ¿Las usa siempre?

—Hago mucho camino.

—¿No van en carro?

—El carro hay que empujarlo, cuando las carreteras están rotas.

—¿No se paran en los pueblos?

Carletto nos miraba hablar, vacilante, al lado de mi silla. Dijo alzando la cabeza:

—No está nada bien una mujer con ese calzado. ¿Las lleva siempre en los pies?

La gitana rió, un poco ronca.

—Me las quito para dormir en la cama.

Y miró, con aquellos ojos, a nuestras espaldas.

—¿Tienen cama en el carro? —dije.

Me escudriñó, impávida.

—No, pero a veces encuentro alguna que me gusta.

Entonces me volví hacia Carletto, como para invitarlo a decir la suya. Carletto, con las manos en los bolsillos, examinaba de abajo arriba a la gitana, entre dispuesto y enfadado. «Ahora le cuenta de su mujer», pensaba. Pero Carletto se adelantó un paso, con la cabeza gacha como un toro, y con voz insegura, casi rabiosa, balbució:

—Si se quita las botas, aquí también podría dormir.

La mujer me miró a mí, a él, miró al medio, nos miró a ambos y tenía de nuevo en la boca aquel pliegue maquinal. Pero esta vez reía.

Callamos un momento y me levanté. Fuera la niebla había adquirido un tono azul, casi caliginoso.

—Ya no llueve —dije mirando al cristal—. Voy a ver si en la fonda hay alguien. Ven tú luego a cenar.

Y sin hacer caso de Carletto, lancé una sonrisa y un ademán de saludo a la gitana, me abroché el impermeable y salí.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez


17 ago. 2011

Cesare Pavese - The cats will know

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Aún caerá la lluvia
sobre tus dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un aliento o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
cuando tú vuelvas.
Entre alféizares y flores
los gatos lo .sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás a solas.
Los gatos lo sabrán.
Oirás palabras antiguas,
palabras huecas, cansadas,
como trajes arrumbados
de las fiestas de ayer.

También gesticularás,
responderás palabras
—rostro de primavera,
también gesticularás.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera.
Y la lluvia ligera,
el alba color de jacinto
que rasgan el corazón
de quien más ya no espera,
son la sonrisa triste
con que sonríes a solas.
Llegarán otros días,
otras voces y despertares.
Sufriremos en el alba,
rostro de primavera.

Traducción: Guillermo Fernández


The cats will know

Ancora cadrà la pioggia 
sui tuoi dolci selciati, 
una pioggia leggera 
come un alito o un passo. 
Ancora la brezza e l'alba 
fioriranno leggere 
come sotto il tuo passo, 
quando tu rientrerai. 
Tra fiori e davanzali 
i gatti lo sapranno. 


Ci saranno altri giorni, 
ci saranno altre voci. 
Sorriderai da sola. 
I gatti lo sapranno. 
Udrai parole antiche, 
parole stanche e vane 
come i costumi smessi 
delle feste di ieri. 


Farai gesti anche tu. 
Risponderai parole - 
viso di primavera, 
farai gesti anche tu. 


I gatti lo sapranno, 
viso di primavera; 
e la pioggia leggera, 
l'alba color giacinto, 
che dilaniano il cuore 
di chi più non ti spera, 
sono il triste sorriso
che sorridi da sola. 
Ci saranno altri giorni, 
altre voci e risvegli. 
Soffriremo nell'alba, 
viso di Primavera.