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24 feb. 2013

C. S. Lewis: La maldad humana

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El más claro indicio de orgullo arraigado es creerse suficientemente humilde.
Law, Serious Cali, cap. XVI


Los ejemplos del anterior capítulo trataban de mostrar que el amor puede causar dolor al objeto amado única y exclusivamente si éste ha de sufrir algún cambio para convertirse en un ser digno de ser amado. Mas, ¿por qué necesitamos los hombres cambiar tanto? La respuesta cristiana afirma que la causa de esa transformación está en que el hombre pone su libre voluntad al servicio del mal. Se trata de una doctrina de sobra conocida, lo que nos exime de exponerla. Con todo, resulta extremadamente difícil aplicarla a la vida real y a la mentalidad del hombre moderno, también a los cristianos de nuestros días.

Cuando los apóstoles predicaban la doctrina de Jesús, podían asumir que sus oyentes paganos tenían verdadera conciencia de merecer la cólera divina. Los misterios paganos existían para aliviar esta conciencia, y la filosofía epicúrea pretendía liberar al hombre del temor al castigo divino. Enfrentándose a esta atmósfera apareció la Buena Nueva del Evangelio. La Palabra de Dios anunciaba al hombre, conocedor de que estaba mortalmente enfermo, la posibilidad de curación.

Todo esto ha cambiado. En este momento, el cristianismo debe dar a conocer el diagnóstico —una noticia verdaderamente mala— para conseguir que se preste atención a su mensaje de curación. Dos son las causas principales de todo esto. La primera es que durante los últimos cien años aproximadamente nos hemos concentrado tanto en una virtud —la «benevolencia» o misericordia— que nos creemos incapaces, en la mayoría de los casos, de sentir otra bondad que la de la benevolencia y otra maldad que la de la crueldad. No son infrecuentes los desarrollos éticos desproporcionados de este tipo. Las demás épocas han tenido también sus virtudes favoritas y sus curiosas insensibilidades. Es cierto que si hay una virtud que deba ser cultivada a expensas de las demás, ninguna tiene más altos merecimientos para ello que la misericordia. Los cristianos deben rechazar con repugnancia la propaganda encubierta en favor de la crueldad, así como su empeño en eliminar del mundo la misericordia llamándola cosas como «filantropía» y «sentimentalismo». Ahora bien, el verdadero escollo de la «bondad» estriba en que se trata de una cualidad que nos atribuimos con extraordinaria facilidad a nosotros mismos apoyándonos en razones poco sólidas. Todo el mundo se siente benévolo en los momentos en que nada le molesta. Aun cuando jamás hayan hecho el menor sacrificio por sus semejantes, los hombres se consuelan de sus vicios apoyándose en la convicción de que «en el fondo tienen buen corazón» y «son incapaces de matar a una mosca». Creemos ser buenos cuando en realidad sólo somos felices. Pero no es fácil considerarse a sí mismo sobrio, casto o humilde apoyándose en semejantes razones.

La segunda causa se debe situar en el efecto del psicoanálisis sobre la opinión pública, especialmente de la doctrina de la represión y la inhibición. Sea cual sea el verdadero significado de estas teorías, han despertado en la mayoría de la gente la impresión de que el sentimiento de vergüenza es peligroso y nocivo. Nos hemos esforzado en vencer el sentimiento de cohibición y el deseo de encubrimiento, atribuidos por la propia naturaleza o por la tradición de casi toda la humanidad a la cobardía, la lujuria, la falsedad y la envidia. Se nos dice que «saquemos nuestras cosas a la luz del día», pero no con el deseo de que nos humillemos, sino por la sencilla razón de que «estas cosas» son completamente naturales y no debemos avergonzarnos de ellas. Mas, salvo que el cristianismo sea completamente falso, la única percepción verdadera de nosotros mismos debe ser la que tenemos en los momentos de vergüenza. La misma sociedad pagana ha reconocido habitualmente que la «desvergüenza» es el nadir del alma. Al tratar de extirpar la vergüenza, hemos derribado una de las murallas del espíritu humano, y nos hemos deleitado incesantemente en la hazaña, como se regocijaron los troyanos cuando derribaron las murallas de la ciudad e introdujeron el caballo de Troya. No creo que se pueda hacer nada mejor al respecto que emprender la reconstrucción tan pronto como sea posible. Eliminar la hipocresía suprimiendo la tentación de ser hipócritas es necio empeño. La «franqueza» de personas hundidas en la vergüenza es una franqueza barata.

Es esencial para el cristianismo recuperar el viejo sentido del pecado. Cristo da por supuesto que los hombres son malos. Mientras no reconozcamos que la presunción del Señor es verdadera, no formaremos parte de la audiencia a la que van dirigidas sus palabras, aun cuando pertenezcamos al mundo que El vino a salvar. Nos falta la primera condición para entender de qué estamos hablando. Cuando los hombres intentan ser cristianos sin esta conciencia preliminar del pecado, el resultado es inevitablemente un cierto resentimiento contra Dios, al que se considera un ser continuamente enojado que pone siempre demandas imposibles. La mayoría de nosotros ha sentido alguna vez una secreta simpatía por aquel granjero agonizante que respondió a la disertación del vicario sobre el arrepentimiento con esta pregunta: «¿Qué daño le he hecho jamás a El?». ¡Ahí está el problema! Lo peor que le hemos hecho a Dios consiste en haberle abandonado. ¿Por qué no puede El devolver el cumplido? ¿Por qué no seguir la máxima «vive y deja vivir»? ¿Qué necesidad tiene El, entre todos los seres, para estar «enfadado»? ¡Para El es fácil ser bueno!

En los momentos, muy infrecuentes en nuestra vida, en que el hombre siente verdadera culpabilidad, desaparecen todas esas blasfemias. Tal vez nos parezca que muchas cosas deban ser perdonadas como debilidades humanas. Pero no ese género de acciones inconcebiblemente sórdidas y repugnantes que ninguno de nuestros amigos haría jamás, de las que incluso un perfecto sinvergüenza como X sentiría vergüenza y que nosotros no permitiríamos que se divulgaran. Actos así no se pueden perdonar. Cuando los cometemos, percibimos cuán odiosa es y debe ser para los hombres buenos, y para cualquier poder superior al hombre que pudiera existir, nuestra naturaleza tal como se trasluce en esas acciones. Un dios que no las mirara con disgusto incontenible no sería un ser bueno. Un dios así no podría ser deseado por nosotros. Hacerlo sería como desear que desapareciera del universo el sentido del olfato, que el aroma del humo, de las rosas o del mar no deleitara nunca más a las criaturas por el hecho de que nuestro aliento huela mal.

Cuando nos limitamos a decir que somos malos, la «cólera» de Dios parece una doctrina bárbara. Mas tan pronto como la percibimos, nuestra maldad aparece inevitablemente como un corolario de la bondad de Dios. Para comprender adecuadamente la fe cristiana, por tanto, debemos tener presente en todo momento el conocimiento alcanzado en los momentos que acabo de describir, y aprender a descubrir la injustificable corrupción, bajo unos disfraces cada vez más complicados. Nada de esto es, por supuesto, una doctrina nueva. En este capítulo no pretendo nada extraordinario. Tan sólo trato de hacer pasar al lector, pero más todavía a mí mismo, por el pons asinorum, intento que dé el primer paso para salir del paraíso de los necios y escapar de lo absolutamente ilusorio. Pero ha crecido tanto la ilusión en los últimos tiempos, que me veo obligado a añadir unas cuantas consideraciones con el propósito de hacer menos increíble la realidad.

1. Nos equivocamos por mirar exteriormente las cosas. Nadie se cree peor que Y, considerado por todos una persona decente; mejor, desde luego —aunque no nos atreveríamos a proclamarlo en voz alta—, que el abominable X. Probablemente nos engañemos al respecto ya en este nivel superficial. No debo ufanarme de que mis amigos me consideren tan bueno como Y. El mero hecho de elegirle como término de comparación resulta sospechoso. Probablemente esté muy por encima de mí y de mis amistades, dirán muchos. Pero supongamos que ni Y no yo parezcamos «malos». La engañosa apariencia de Y, caso de que lo sea, es asunto entre él y Dios (aunque acaso me engañe y no lo sea). Mas sé que la mía sí lo es. ¿No puede ser este modo de proceder un nuevo ardid? ¿No se podría decir lo mismo de Y y de cualquier otro hombre? Ahí reside precisamente el problema. Salvo que sean verdaderamente santos o muy arrogantes, los hombres deben «vivir en conformidad con» la apariencia externa de los demás, pues son conscientes de la existencia dentro de ellos de algo que queda muy por debajo de su conducta pública más descuidada. ¿Qué pasa por nuestra mente en el momento en que el amigo titubea buscando una palabra? Nunca decimos toda la verdad.

Podemos confesar hechos repugnantes —un acto de vil cobardía o de ruin y grosera impureza—, pero el tono es falso. El mero hecho de confesar, trátese de una mirada ligeramente hipócrita o de un toque de humor, sirve para disociar los hechos de la persona como tal. Nadie podría imaginar cuán familiares y afines con nuestra alma fueron esos hechos, hasta qué punto fueron conformes con todo lo demás. En lo más hondo de cada uno, en la secreta y cálida intimidad, no sonaban como notas discordantes, no resultaban ni con mucho tan raros ni separables del resto de nuestro ser como parecían cuando eran traducidos en palabras. Solemos sugerir —y a menudo incluso lo creemos— que los vicios habituales son actos excepcionales aislados. Con las virtudes cometemos, en cambio, el error opuesto. Nos ocurre como a los malos tenistas, que definen su estado normal de forma como «tener un mal día» y confunden sus infrecuentes éxitos con días normales. No es culpa nuestra, me parece a mí, la imposibilidad en que nos hayamos de decir la verdad acerca de nosotros mismos. Ocurre sencillamente que no nos es posible expresar con palabras el persistente e incesante murmullo interior de rencor, de celos, lascivia, codicia y autocomplacencia. Lo importante es, sin embargo, no confundir nuestras palabras, inevitablemente limitadas, con un relato completo de lo peor que habita en nuestro interior.

2. En la actualidad ha surgido un nuevo despertar de la conciencia social, una reacción saludable en sí misma, contra las concepciones puramente privadas o particulares de la moralidad. Nos sentimos envueltos en un sistema social malvado, compartiendo una culpa corporativa. Todo ello es muy cierto; pero el enemigo puede aprovecharse incluso de las verdades para engañarnos, incitándonos a usar la idea de culpa colectiva para apartar la atención de las propias responsabilidades cotidianas ya pasadas de moda, que nada tienen que ver con «el sistema», y permiten ser resueltas sin esperar a que termine el milenio. Seguramente no sea posible —de hecho no lo es sentir la culpabilidad colectiva con la misma intensidad que la personal; pero para la mayoría de nosotros, tal como ahora somos, esta concepción es una mera excusa para eludir el verdadero problema. Cuando hayamos aprendido realmente a conocer nuestra corrupción individual, podremos pensar en la culpabilidad colectiva. Siempre será poca la atención que le prestemos, pero debemos aprender a andar antes de correr.

3. Tenemos también la extraña ilusión de que basta el tiempo para borrar el pecado. He oído a otras personas, y a mí mismo, contar entre sonrisas las crueldades y falsedades cometidas en la infancia como si no tuvieran nada que ver con el que las relata. El tiempo es incapaz, no obstante, de modificar el pecado o la culpabilidad por haberlo cometido. No es el tiempo el que limpia la culpa, sino el arrepentimiento y la sangre de Cristo. Si nos arrepintiéramos de los pecados tempranos, recordaríamos el precio de nuestro perdón y seríamos humildes. Por lo que se refiere al hecho del pecado, ¿existe la posibilidad de que alguna cosa pueda borrarlo? Para Dios todas las épocas están eternamente presentes. ¿No sería posible que en alguna línea de su multidimensional eternidad nos viera arrancándole las alas a una mosca en la guardería, adulando servilmente a los profesores, mintiendo y fornicando en los años juveniles? ¿No nos verá eternamente Dios, una vez ya alféreces, en los momentos de cobardía e insolvencia? Acaso la salvación no consista en anular esos momentos eternos, sino en perfeccionar la humildad para que pueda sentir vergüenza y sea capaz de regocijarse por la ocasión ofrecida con ella a la compasión de Dios, y de alegrarse de que sea conocida por todo el universo. Quizás en este momento eterno, San Pedro —¡que me perdone si me equivoco!— negará para siempre a su Maestro. De ser así, sería realmente cierto que el gozo celestial consistiría para la mayoría de los hombres, en su actual condición, en un «gusto adquirido», y que ciertas formas de vida impedirían seguramente adquirir el gusto en cuestión. Los perdidos serán tal vez los que no se atrevan a ir a un lugar público semejante. No sé, desde luego, si esto es así. Pero, a mi juicio, merece la pena considerar la posibilidad de que lo sea.

4. Debemos guardarnos de pensar que hay «seguridad en la cantidad». Es natural creer que si los hombres todos son tan malos como los cristianos dicen, la maldad debe ser disculpable. Si todos los chicos reciben calabazas en un examen, ¿no estará la razón en la excesiva dificultad de la prueba? Eso pensarán, en efecto, los profesores antes de conocer que en otros colegios el noventa por ciento la ha aprobado. A partir de ese momento, empiezan a sospechar que la culpa no es de los examinadores. Muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de vivir en algún círculo local de asociación humana —colegio, facultad, regimiento o profesión particular— cuyo ambiente era malo. Dentro de estos círculos, determinadas acciones son consideradas normales («todo el mundo lo hace»). Otras, en cambio, son estimadas como virtudes quijotescas impracticables. Pero, al salir de esa mala sociedad, descubrimos horrorizados que en el mundo exterior ninguna persona decente hace las cosas consideradas «normales» en ella, y que las calificadas de quijotescas son aceptadas espontáneamente como nivel mínimo de decencia. Lo que nos parecían escrúpulos exagerados y fantásticos mientras estábamos dentro de nuestro círculo, resulta el único momento de cordura de que hemos gozado dentro de él.

Es prudente encarar la posibilidad de que la raza humana, a pesar de su pequeñez en el conjunto del universo, sea de hecho un círculo local de maldad como el referido, una especie de escuela o regimiento donde el menor atisbo de decencia pasa por virtud heroica y la total corrupción por imperfección perdonable. ¿Hay alguna evidencia fuera de la doctrina cristiana de que las cosas son así? Me temo que sí. En primer lugar, entre nosotros hay personas singulares que se niegan a aceptar las normas locales y demuestran la inquietante verdad de que es posible comportarse de modo enteramente distinto. Pero hay algo todavía peor. Es innegable que las personas de ese tipo, aun cuando se hallen muy separadas en el espacio y en el tiempo, poseen una sospechosa facilidad para ponerse de acuerdo entre sí sobre los principales problemas. ¡Parece como si estuvieran en contacto con la opinión pública ampliamente compartida fuera de sus respectivos círculos! Lo que hay de común entre Zaratustra, Jeremías, Sócrates, Gautamá y Cristo es algo sustancial.

En tercer lugar, encontramos dentro de nosotros, incluso en el momento actual, una aprobación teórica de formas de conducta no seguidas por nadie. Dentro del círculo tampoco decimos que la justicia, la misericordia, la fortaleza y la temperancia carezcan por completo de valor, sino sólo que las costumbres locales son tan justas, valerosas, sobrias y misericordiosas como cabe esperar razonablemente. Comienza a cundir la idea de que las normas escolares incumplidas precisamente dentro de esta escuela poco recomendable pueden estar enlazadas con un mundo más amplio, de que cuando termine el trimestre, podríamos vemos enfrentados con la opinión pública en él dominante. Y aún queda lo peor. No podemos por menos de percibir que sólo el grado de virtud considerado impracticable en este momento podría salvar a nuestra especie del desastre sobre el planeta. Las normas introducidas en el «círculo», al parecer desde fuera, resultan extraordinariamente adecuadas a las condiciones existentes dentro de él. Tanto, que si el género humano practicara consecuentemente la virtud durante diez años, la paz, la abundancia, la salud, la alegría y el sosiego inundarían la tierra de un extremo a otro como ninguna otra cosa sería capaz de hacer.

Tal vez sea costumbre tratar las normas de conducta como papel mojado o como consejos perfeccionistas, mas quienquiera que se pare a pensar sobre ello en este preciso momento verá que su incumplimiento nos costará la vida a todos nosotros cuando nos enfrentemos al enemigo. Será entonces cuando envidiemos a la persona «pedante» o al «entusiasta» que enseña realmente a su compañía a disparar, a atrincherarse y a economizar agua.

5. Para algunos seguramente no existirá la extensa sociedad con la que estoy comparando el «círculo» humano. De todas formas, no tenemos experiencia de ella. No nos solemos encontrar con ángeles ni con seres no caídos. Sin embargo, sí podemos encontrar algún atisbo de la verdad incluso dentro de nuestra propia especie. Las diferentes épocas y culturas pueden ser consideradas como «círculos» cuando se comparan entre sí. En páginas anteriores he dicho que cada época sobresale por diferentes virtudes. Si, como consecuencia, nos sintiéramos inclinados a pensar que los modernos europeos occidentales no podemos realmente ser tan malos, habida cuenta de que, comparativamente hablando, somos bondadosos; si creyéramos que por esa razón Dios podría estar contento con nosotros, deberíamos preguntarnos si creemos que Dios debe estar contento con la crueldad de las épocas crueles por el hecho de que sobresalieran por su valor o su castidad. Si lo hacemos, comprobaremos inmediatamente que no es posible. Considerando cuán cruel resulta para nosotros el modo de proceder de nuestros antepasados, alcanzaremos algún atisbo de cuán blando, mundano y tímido les parecería a ellos el nuestro. Todo ello nos permitirá, por su parte, saber cómo aparecen ambos modos de proceder a los ojos de Dios.

6. Mi insistencia en la palabra «bondad» habrá provocado seguramente protestas en la mente de algunos lectores. ¿No somos realmente nosotros una generación cada vez más cruel? Posiblemente sí. Pero, a mi juicio, hemos llegado a ello por intentar reducir todas las virtudes a la bondad. Platón enseñaba con razón que la virtud es una. No es posible ser bondadoso sin tener las demás virtudes. Si a pesar de ser cobardes, engreídos y perezosos, no hemos causado aún grandes daños a nuestros semejantes, deberemos buscar la razón en que su bienestar no ha entrado en conflicto hasta el momento con nuestra seguridad, autocomplacencia y comodidad. Los vicios conducen sin excepción a la crueldad. Incluso una emoción buena como la compasión conduce a la ira y a la crueldad cuando no es controlada por la caridad y la justicia. La mayoría de las atrocidades es estimulada por relatos de atrocidades cometidas por el enemigo. Separada de la ley moral como un todo, la compasión por las clases oprimidas conduce, por necesidad natural, a las incesantes brutalidades características de un reinado del terror.

7. Ciertos teólogos modernos han protestado con razón contra una interpretación excesivamente moral del cristianismo. La santidad de Dios es algo más que perfección moral, y algo distinto de ella. Asimismo, la exigencia que nos plantea a todos nosotros no sólo es algo más que el imperativo del deber moral, sino también algo distinto de él. No niego nada de todo ello. Sin embargo, esta concepción, como la de culpabilidad colectiva, es utilizada con mucha facilidad para eludir el verdadero problema. Dios es más que bondad moral (desde luego no es menos), pero el camino a la tierra prometida pasa por delante del Sinaí. La ley moral existe seguramente para ser superada; mas quienes no admiten previamente las exigencias que plantea, no ponen todo su empeño en cumplirlas, ni se enfrentan limpia y honestamente con su fracaso, no podrán hacerlo.

8. «Nadie en la tentación diga: “Soy tentado por Dios”». Muchas escuelas de pensamiento nos alientan a trasladar la responsabilidad de nuestra conducta desde las espaldas de cada uno a una necesidad inherente a la naturaleza de la vida humana. De ese modo, se nos anima indirectamente a imputársela al Creador. Entre las formas más populares de esta opinión destacan la doctrina evolutiva —según la cual lo que llamamos maldad es una herencia inevitable de nuestros antepasados animales— y la teoría idealista, para la cual se trata exclusivamente de una consecuencia de la finitud de nuestro ser.

Si yo he entendido correctamente las epístolas de Pablo, el cristianismo reconoce que al hombre no le es posible de hecho obedecer perfectamente la ley moral inscrita en nuestros corazones, y necesaria incluso en el dominio biológico. Esta idea plantearía una dificultad efectiva acerca de nuestra responsabilidad si la obediencia perfecta tuviera alguna relación práctica con la vida de la mayoría de nosotros. Es posible, ciertamente, que ni ustedes ni yo hayamos alcanzado en las últimas veinticuatro horas determinado grado de obediencia; no debemos utilizar este hecho como un medio más de evasión. Para la mayoría de nosotros, el interés por el problema paulino es menos acuciante que el suscitado por esta sencilla afirmación de William Law: «Si os detenéis y os preguntáis por qué no sois tan piadosos como los primeros cristianos, vuestro propio corazón os dirá que no es por ignorancia ni por incapacidad, sino sencillamente por no haberlo intentado seriamente jamás».

Si alguien calificara este capítulo de ratificación de la doctrina de la depravación total, significaría que habría sido malinterpretado. Yo no creo en esa doctrina por dos razones. La primera es de carácter lógico, pues si nuestra depravación fuera total, no podríamos conocernos a nosotros mismos como seres depravados. La segunda deriva de la experiencia, la cual nos muestra una considerable bondad en la naturaleza humana. No por eso recomiendo, sin embargo, el pesimismo universal. El sentimiento de vergüenza no ha sido estimado como emoción, sino por el discernimiento a que conduce. Una sagacidad así debería permanecer, a mi juicio, de forma permanente en la mente del hombre. Establecer la conveniencia o no de estimular las emociones dolorosas que la acompañan es, en cambio, un problema técnico de dirección espiritual, del que como profano tengo poco que decir. Por si sirve de algo, mi idea sobre el particular es que la tristeza que no provenga del arrepentimiento de un pecado concreto y no se apresure en busca de una enmienda o restitución igualmente concreta, o que no tenga su origen en la compasión que busca apremiantemente ayuda, es sencillamente mala. A mi juicio, pecamos, tanto como por cualquier otra razón, por desobedecer sin necesidad la invitación apostólica a la alegría. Tras la sacudida inicial, la humildad debe ser una virtud alegre. El verdaderamente triste es el no creyente de espíritu magnánimo que intenta con desesperación, pese a sus reiteradas desilusiones, no perder «la fe en la naturaleza humana».

He estado apuntando a un efecto intelectual, no emocional. He intentado despertar en el lector la creencia de que en el momento presente somos criaturas cuya condición debe resultar en ocasiones horrorosa a los ojos de Dios, como resulta para nosotros mismos cuando la vemos como realmente es. Creo que eso es un hecho, y observo que cuanto más santo es el hombre tanto más consciente es de ello. Tal vez hayamos imaginado que la humildad de los santos es una piadosa ilusión que despierta la sonrisa de Dios. Se trata de un error extremadamente peligroso. Lo es en el plano teórico, pues lleva al absurdo de identificar una virtud —es decir, una perfección— con una ilusión —es decir, una imperfección—. Y lo es en el aspecto práctico, pues incita al hombre a confundir la comprensión inicial de la propia corrupción con el comienzo de una aureola alrededor de su necia cabeza. No es así. Cuando los santos —¡incluso ellos!— dicen que son viles, están indicando una verdad con precisión científica.



En El problema del dolor, IV
Traductor: José Luis del Barco
©1940, Clive Staples Lewis
Foto: CSL © Norman Parkinson/Corbis