Mostrando las entradas con la etiqueta Paracelso. Mostrar todas las entradas

3 oct. 2013

Paracelso (1493-1541): Ninfos, Silfos, Pigmeos, Salamandras y otros seres

No hay comentarios. :





Lo que son el espíritu y el alma

Hay dos especies de naturaleza: la de Adán y la que no le pertenece. La primera es palpable, objetivable, por estar formada de tierra. La segunda no es ni palpable ni visible, porque es sutil, porque no está formada de tierra. La naturaleza de Adán es compuesta; el hombre — que es de esta naturaleza— no puede pasar a través de los muros si en ellos no existe una abertura. Para los seres de la otra naturaleza los muros no existen, penetran a través de los obstáculos más densos sin tener necesidad de deteriorarlos. Por último, existe una tercera naturaleza que participa de las dos.

A la primera naturaleza pertenece el hombre, que está formado de sangre, carne, huesos, que se reproduce, bebe, evacua, habla; a la segunda pertenecen los espíritus, que no pueden hacer nada de esto. A la tercera pertenecen los seres que son ligeros, como los espíritus, y que engendran como el hombre, poseen su aspecto y su régimen.

Esta última naturaleza participa a la vez de la del hombre y de la del espíritu, sin llegar a constituir ni una ni otra de dichas naturalezas. Efectivamente, los seres que pertenecen a esta categoría no podrían ser clasificados entre los hombres, puesto que vuelan de la misma forma que lo hacen los espíritus; no podrían tampoco clasificarse entre los espíritus, puesto que evacuan, beben, tienen carne y huesos, de la misma forma que los hombres. El hombre tiene un alma, el espíritu no la necesita; las criaturas en cuestión no tienen alma y, por lo tanto, no son semejantes a los espíritus; estos últimos no mueren nunca, pero aquellos sí mueren. ¿Estas criaturas que mueren y tienen alma, son acaso animales? No son animales, efectivamente, hablan y nada de cuanto hacen pueden realizarlo los animales. En consecuencia, se parecen más a los hombres que a los animales. Pero se asemejan a los hombres sin llegar a ser seres humanos, de forma parecida a como un mono se parece por sus gestos y su industria, y el cerdo por su anatomía, sin dejar por ello de ser un mono o un cerdo. Se puede decir también que son superiores a los hombres por ser impalpables como los espíritus; pero, conviene añadir que el Cristo, habiendo nacido y muerto para rescatar a los seres dotados de alma y que descienden de Adán, no ha rescatado a estas criaturas, que no poseen alma y no descienden de Adán.

Nadie puede asombrarse o dudar de su existencia. Es preciso solamente sentir admiración por la inmensa variedad que ha dado Dios a sus obras. Es verdad que no se ve todos los días a estos seres, no siendo posible verlos más que muy raramente. Yo mismo no los he visto si no era en una especie de ensueño. Pero no se puede sondar la profunda sabiduría de Dios, ni apreciar sus tesoros, ni conocer todas sus maravillas. Los que guardan estos tesoros y nos los descubren de cuando en cuando no pertenecen a la naturaleza de Adán, esto lo volveré a decir en mi último tratado.

Estas criaturas se reproducen dando a luz seres que se les parecen y no se asemejan a nosotros. Son seres prudentes, ricos, sabios, humildes, a veces maniáticos, como nosotros. Son la imagen grosera del hombre, como éste es la imagen grosera de Dios. Continúan siendo tal como fueron concebidos por Dios, que no quiere que sus criaturas puedan elevarse a un rango superior o proseguir otro objetivo que el que les es propio y les prohíbe obtener un alma y prohíbe, igualmente, que el hombre trate de igualársele.

Estos seres no temen ni al fuego, ni al agua. Están sometidos, sin embargo, a las enfermedades y las indisposiciones humanas. Mueren como seres salvajes y su carne se pudre como la carne animal. Virtuosos o viciosos, puros o impuros, mejores o peores, como los hombres, tienen sus costumbres, sus gestos, su lenguaje, como ellos difieren en su aspecto externo y viven bajo una ley común, trabajando con sus manos, tejiendo sus propios vestidos, gobernándose con sabiduría y justicia, dando pruebas en todo momento de razón. Para ser hombres sólo les falta el alma y no pueden ni servir a Dios ni seguir sus mandamientos; el instinto solamente les impulsa a conducirse honestamente.

Así, de la misma forma que entre las criaturas terrestres el hombre es la que se aproxima más a Dios, entre los animales son nuestros seres lo que están más cerca del hombre.


Por qué razón estos seres se nos aparecen

Todo cuanto Dios ha creado termina por manifestarse ante el hombre. Dios algunas veces le envía el Diablo y los espíritus con el fin de que el hombre quede persuadido de su existencia. De lo alto del cielo, le envía también los ángeles, sus servidores. Estos seres se nos aparecen, por tanto, no para permanecer con nosotros o aliarse a nosotros, sino con el fin de que podamos comprenderlos. Estas apariciones son raras, en verdad; pero, ¿por qué no habían de serlo?, ¿no basta que uno de nosotros perciba un ángel para que todos nosotros creamos en los demás ángeles?

Por otra parte, para que la prueba de su existencia sea más manifiesta, Dios permite que los ninfos no solamente sean vistos por ciertos hombres, sino que mantengan comercio carnal con ellos y les den hijos. Permite igualmente que los hombres no vean solamente a los pigmeos, sino que de ellos reciban plata, y que otros viajen con los silfos.

De la misma forma que un hombre no aparece semejante ante dos personas, los ninfos se nos presentan de forma diferente a como nosotros aparecemos. Los ninfos y nosotros no juzgamos de manera paralela, porque diferimos en nuestro medio y cada uno juzga según las ideas de su propio medio ambiente. Los ninfos y los pigmeos no se dan cuenta de que pueden venir a vivir, morar y amar entre nosotros, porque siendo sutiles, soportan nuestro caos, mientras que nosotros, siendo espesos, no sabríamos soportar el suyo.

Hemos dicho que estos seres podían mantener comercio carnal con los hombres y tener hijos. Estos hijos son de raza humana porque el padre, siendo hombre y descendiendo de Adán, les da un alma que los hace semejantes a él y eternos. Y yo creo que la hembra que recibe este alma con la semilla, es, como la mujer, rescatada por el Cristo. Nosotros no llegamos al reino divino más que en cuanto comulgamos con Dios. De la misma forma, esta mujer no adquiere un alma más que al conocer un hombre. Lo superior, en efecto, comunica su virtud a lo inferior.

He aquí, por tanto, una de las razones de la aparición de estos seres: buscan nuestro amor para elevarse, como los paganos buscan el bautismo para adquirir un alma y renacer con el Cristo.

Es preciso añadir que si se aproximan a nosotros es porque se nos asemejan, como el lobo se parece a un perro salvaje. Todos estos seres, efectivamente, no tienen relaciones carnales con el hombre. Los ninfos son los que las tienen en mayor grado, les siguen los silfos y en cuanto a los pigmeos, no tienen en absoluto este tipo de relaciones con el hombre y se contentan con servirle. Se considera generalmente a los pigmeos y las salamandras como espíritus, porque aparecen como seres brillantes y deslumbradores, y es que no se reflexiona que su carne y su sangre son de naturaleza luminosa. Los pigmeos y las salamandras son ágiles y ligeros como los espíritus, conocen el presente, el futuro y el pasado, revelan a los hombres lo que está oculto; tienen la razón del hombre sin poseer el alma, tienen la ciencia y la inteligencia de los espíritus sin poseer su conocimiento de Dios.

Hemos dicho que los ninfos dejan las aguas para venir a vernos, hablar y aliarse con nosotros. Los silfos son más groseros, y no conocen en absoluto nuestra lengua. Los gnomos hablan el mismo lenguaje que los ninfos. Las salamandras hablan poco. Los silfos son más tímidos que los hombres. Los gnomos son más pequeños y se les toma con frecuencia por llamas errantes, espíritus, almas en fuego o fantasmas. Las llamas que vuelan por encima de los prados, se alejan y se aproximan, no son otra cosa que gnomos. Las salamandras son parecidas, pero, a causa de su naturaleza, frecuentan poco al hombre, prefieren el trato con las mujeres viejas y con las hechiceras. Por ello, su vecindad es peligrosa, porque en ellas bulle el Diablo. Por lo demás el Diablo se inmiscuye algunas veces en el cuerpo de los gnomos, de los silfos, sobre todo en el de los individuos del sexo femenino, complaciéndose en hacerles parir fetos afectos de lepra, sífilis u otra enfermedad incurable.

Que el hombre que tiene relaciones con una ninfa no la atormente cerca del agua; que el que tiene relaciones con un pigmeo no lo moleste cerca de sus cavernas; ninfa y pigmeo desaparecerán. Esta desaparición no puede cumplirse más que cuando la pareja se encuentre cerca del elemento de la ninfa o el pigmeo, lejos de este elemento, el hombre puede siempre forzarlos a seguir morando a su lado.

Los gnomos, cuando han acudido a nuestra llamada, nos sirven con fidelidad a condición de que cumplamos sus deseos. Si nosotros mantenemos nuestras promesas, ellos mantienen las suyas y nos dan plata; efectivamente, ellos tienen mucha plata a su disposición, ya que la extraen y trabajan por sí mismos. Pero no nos la regalan si no es con la condición de no atesorarla, sino de distribuirla.


Por qué Dios ha creado a estos seres

Dios ha hecho estos seres para proporcionar unos guardianes a su creación. De tal manera que los gnomos guardan los tesoros de la tierra, metales y otros: e impiden que se vean a la luz del día antes del tiempo querido. Porque esos tesoros, oro, plata, hierro, etc. no deben ser encontrados todos el mismo día, sino ser distribuidos poco a poco y no a algunas personas solamente, sino a todos. Las salamandras guardan los tesoros de las regiones ígneas. Los silfos guardan los tesoros que llevan los vientos, los ondinos los que se encuentran en el agua. Es en las regiones ígneas, por el cuidado de las salamandras, donde son fabricados todos los tesoros para ser inmediatamente distribuidos y guardados en los demás medios.

Las sirenas, los gigantes, los manes y las escintillas (que son monstruos engendrados por las salamandras) han sido creados con otro fin: deben prevenir de los acontecimientos graves a los hombres, indicarles que estalla un incendio, advertirles de la ruina de un reino. Los gigantes anuncian más especialmente la devastación de un país, los manes el hambre y las sirenas la muerte de los reyes y los príncipes.

La causa inicial del universo sobrepasa nuestro entendimiento. Pero, a medida que el mundo se aproxima a su fin, las cosas se manifiestan a nosotros, cada vez con mayor claridad; vemos así su naturaleza y su utilidad. El día postrero todo aparecerá claro, todo será conocido y nada quedará ignorado, cada uno recibirá la recompensa de sus esfuerzos y de su amor a la verdad. Entonces no será médico o profesor el que lo desee. La cizaña será separada del grano, la paja del trigo. Entonces se inhibirá aquel que hoy grita. Aquel que cuenta el número de las páginas que tiene todavía por escribir sucumbirá bajo el peso de su obra. Entonces será feliz aquel que en este momento trata de ver. Y se podrá comprobar si yo he mentido.


Anotación del editor


El Libro de las Ninfas, los Silfos, los Pigmeos, las Salamandras y los demás espíritus es una de las obras de Paracelso que más han influido en los cuentos y leyendas de tradición popular. Su lectura nos sumerge en los brumosos torbellinos de los arquetipos ancestrales, en el universo mágico de lo maravilloso, de lo sobrenatural. Goethe, los hermanos Grimm, Heine y todos los autores que posteriormente se han referido al mundo de las hadas, las ninfas, los elementales y los espíritus, se han basado en esta apasionante obra traducida y anotada por Pedro Gálvez. Una obra que, hasta la presente edición, ha sido inédita en lengua castellana y que ahora presentamos junto con una reproducción del texto original. Paracelso (1493-1541) fue un alquimista, médico y astrólogo suizo. Fue conocido presuntamente por haber logrado la transmutación del plomo en oro mediante procedimientos alquimistas y por haberle dado al zinc su nombre, llamándolo zincum. Estaba contra la idea que entonces tenían los médicos de que la cirugía era una actividad marginal relegada a los barberos. Sus investigaciones se volcaron sobre todo en el campo de la mineralogía. Viajó bastante, en busca del conocimiento de la alquimia. Produjo remedios o medicamentos con la ayuda de los minerales para destinarlos a la lucha del cuerpo contra la enfermedad. Otro aporte a la medicina moderna fue la introducción del término sinovial; de allí el líquido sinovial, que lubrica las articulaciones. Además estudió y descubrió las características de muchas enfermedades (sífilis y bocio entre otras) y para combatirlas se sirvió del azufre y el mercurio. Se dice que Paracelso fue un precursor de la homeopatía, pues aseguraba que «lo parejo cura lo parejo» y en esa teoría fundamentaba la fabricación de sus medicinas. Lo que le importaba a él en primer lugar era el orden cósmico, que encontró en la tradición astrológica. La doctrina del Astrum in corpore es su idea capital y más querida. Fiel a la concepción del hombre como microcosmos, puso el firmamento en el cuerpo del hombre y lo designó como Astrum o Sydus. Fue para él un cielo endosomático cuyo curso estelar no coincide con el cielo astronómico sino con la constelación individual que comienza con el «Ascendente» u horóscopo. 


En Paracelso: Tratado De Los Ninfos, Silfos, Pigmeos, Salamandras Y Otros Seres
Edición traducida y anotada por Pedro Gálvez
Ediciones Obelisco, 2003
Imagen: Efigie en Bronce de Paracelso (Phillippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenhei)/Corbis Images

3 nov. 2007

Paracelso - Manual o tratado de la piedra filosofal

1 comentario :


Prefacio al lector


Lector, Dios ha permitido que el espíritu médico haya verdaderamente operado a través de Macaón, Podaliro, Apolino, Hipócrates, etc. a fin de que la verdadera medicina, brillando a través de las nubes (pero donde apenas ha podido ser completa y claramente conocida) se presentará a la luz, manifestándose a los hombres. Y por la misma operación, ha prohibido dicha obra al espíritu de las tinieblas que había oprimido y completamente apagado la Luz de la Naturaleza, a fin de que las maravillas reposando ocultas en los Arcanos, las quintaesencias, los magisterios y los elixires, no permanecieran ignorados. Él ha dado, pues, unos medios verdaderos para que, además, la búsqueda de dichos arcanos y misterios sea implantada en los hombres por los buenos espíritus, como también algunos de ellos han recibido naturalezas angélicas de un cielo que ha reconocido a los ángeles.

Hombres de esta clase han podido estudiarla y también su curso cotidiano, ya que estaban dotados de la perfecta inteligencia de la naturaleza más profundamente que los demás: comparar lo puro y lo impuro, separar estas dos cosas y transformar lo puro hasta un puro que para algunos parecería imposible de alcanzar. En efecto, estos, al ser físicos naturales y verdaderos, saben ayudar a la naturaleza por los medios que le convienen y la conducen a su perfecto término gracias a las artes. Por lo tanto, todas las obras imperfectas y diabólicas deben ceder ante estos hombres, como la mentira ante la verdad y la perfección. Digo que debemos hablar según la verdad si queremos llegar a un final feliz. Si está permitido aprehenderla completamente, nadie debe avergonzarse de buscarla donde quiera que esté.

No toméis a mal, pues, que yo también haya amado y buscado a esta verdad. En efecto, debía perseguirla pues ella no me había buscado a mí. Ciertamente, aquel que quiere una ciudad extranjera no debe quedarse en casa sobre un colchón de plumas; sus peras no se asarán solas detrás del horno y no es allí donde se forma el doctor. Ningún cosmógrafo de valor se forma sentado a la mesa, ningún quiromántico en el comedor y ningún geomántico en el dormitorio.
No podemos obtener, pues, la verdadera medicina sin una múltiple búsqueda. Dios forma al verdadero médico pero no sin dificultad, pues dijo: comerás del trabajo de tus manos y esto será bueno para ti (Sal. 127. 2). La vista precede a la verdad, y lo que la vista percibe, alegra o aterroriza el corazón del hombre. Por tanto, para mi no será ni un trabajo ni una deshonra, viajar y adherirme a quienes son de tal manera que los locos los desprecian; a fin de explorar de algún modo lo que se oculta en el limbo de la tierra y desempeñar el oficio de verdadero médico, que es manifestar la medicina según la prescripción divina en beneficio del prójimo, es decir, de forma que no le cause más daño que utilidad, lo que no hará el hombre perezoso.

Por lo tanto, que descanse quien quiera en un lecho de plumas. Mi alegría esta en hacer peregrinaje, en buscar y en ver según el permiso de Dios y del tiempo. Para los lectores cándidos he escrito este pequeño libro, para quienes quieren instruirse y aman la luz de la naturaleza, a fin de que puedan conocer el fundamento de mi verdadera medicina, renuncien a las pamplinas de los cacomédicos y en todas partes puedan defender mis razones contra ellos. ¡De hecho, preveo que serán consideradas como fábulas! En efecto, dichos eminentes colegas han conocido todas las cosas antes que yo y el doctor Asinin, hace mucho tiempo que posee igual número en su bolsa, pero no lo alcanzará fácilmente.

Para comprender este pequeño libro, cabe ser, pues, buen alquimista, a quien los carbones no sean nocivos y que no le agote la humareda cotidiana. Guste a quien guste: yo no violento a nadie. Sin embargo digo: esta cosa no quedará sin dar frutos, a pesar de las críticas y acusaciones de mis cofrades pseudo-médicos.


Manual de la piedra filosofal

Para que Vulcano pueda fabricar la piedra de los filósofos que, por buenas razones podemos denominar Bálsamo perpetuo o perfecto, debemos primeramente saber y meditar como esta piedra puede ser materialmente puesta a la vista y hecha visible y sensible, y también cómo su fuerza o su fuego pueden manifestarse y darse a conocer. Para hablar con más claridad, tomemos el ejemplo del fuego común, veamos cómo manifiesta su fuerza de un modo visible, o sea: primeramente el fuego es arrancado del silex por Vulcano, pero nada puede hacer sin una materia amiga en la que pueda operar, como madera, resina, aceite u otra sustancia parecida cuya naturaleza sea el inflamarse fácilmente. Cuando dicho fuego cae sobre una cosa de este tipo opera de un modo continuo a menos que sea destruido o impedido por su contrario o que carezca de materia para multiplicarse. Si se le suministran madera y cosas parecidas su fuerza va en aumento y así sigue trabajando hasta que ya no se le aporte nada más. En verdad, al igual que el fuego muestra su manera de operar en la madera, así lo hace la piedra de los filósofos o el bálsamo perpetuo en el cuerpo humano. Si dicha piedra está hecha correctamente y por un médico prudente según la medida filosófica y si es seguidamente manifestada con suficiente consideración de todas las particularidades del hombre, entonces renueva los órganos de la vida, tal como la madera puesta sobre un fuego casi apagado lo reconforta y produce la llama espléndida y clara.

Queda patente pues que la materia de este Bálsamo tiene una gran importancia ya que debe estar en singular armonía con el cuerpo humano, pues debe poder ejercer su fuerza de tal modo que el cuerpo del hombre esté a salvo de todos los accidentes que le podrían suceder por parte de dicha materia.

No sólo la preparación de la piedra o Bálsamo es de gran importancia, además y ante todo, el conocimiento de la materia que conviene a esta obra, es necesario saber como prepararla y sobre todo como usar de ella con sobriedad y prudencia, a fin de que dicha medicina sea capaz de purgar todas las impurezas de la sangre y demás superfluidades e introducir la salud en vez de la enfermedad.

El médico verdadero y honesto debe pues poseer una buena ciencia sin ambición ni ostentación, ni recetas dudosas o contrarias y sin demasiada confianza en el apotecario. Debe también tener un buen conocimiento de la enfermedad y del enfermo, sin el cual siempre seréis cuidados de forma siniestra, sin más resultado que el engaño del enfermo y el robo de su dinero, a causa del orgullo y la incapacidad de un médico inepto. He aquí el gran pecado que no permanece impune, ¿acaso no es un crimen voluntario pedir dinero y honorarios por lo que se desconoce y querer ser un maestro, cosa verdaderamente infame? En efecto: muchos enfermos no darían mucha importancia al dinero dado a cambio de una buena consulta, pero cuando no es así, pierden el cuerpo junto a su fortuna y sin embargo el médico no experimenta ninguna vergüenza en hacerse pagar. Lo crea quien lo quiera. ¡De otro modo recompensaría yo a un doctor semejante! ¡Evidentemente entre todos estos médicos que se creen muy sabios, ni siquiera la décima parte conoce correctamente los simples y aún menos saben con certeza hacer una receta y cómo mandar cocer la medicina por el apotecario! También sucede que un doctor de esos prescriba tomar en la farmacia un simple que él no conoce y que el apotecario todavía conoce menos y ni tan sólo posee. Sin embargo se denomina perfecta a esa medicina administrada como buena al enfermo que a menudo la paga bastante cara. Pero el enfermo sufre el resultado: si no le es de ninguna utilidad para su salud solo sirve para llenar la bolsa del doctor y del apotecario. Si el doctor o el apotecario hubieran sufrido la misma enfermedad, no hubiera sido ese el medicamento que hubieran tomado. Se puede, pues, medir todo lo que hay de lamentable y de malo en este modo de actuar y cuan necesario les sería resolver el problema de otra manera, corregir sus errores y seguir un camino mejor. Pero mucho me temo que resulte difícil amaestrar a perros viejos.

Pero volviendo al tema, del que me había apartado un justo celo para con los pobres enfermos abandonados, y para hacerlo correctamente, os diré que nuestra voluntad no es el charlar sobre la Piedra o el vanagloriarnos de ella. Pero dicha piedra debe ser formada a partir de una materia adecuada, bien preparada y prudentemente administrada. Has de saber también que muchos antiguos filósofos han señalado bien esta materia en sus escritos enigmativos y es más, han expuesto la operación en palabras figuradas pero sin desvelarla del todo de modo que esta no permanece oculta para sus hijos, mientras los hombres insípidos no pueden abusar de ella. Pero como pocos discípulos los han seguido en sus enseñanzas aproximándose a la cosa como convenía, estas doctrinas, poco a poco y con el tiempo, se han borrado y en su lugar las fábulas galénicas se han infiltrado. Tal es el fundamento de dichas fábulas, tal es también su consistencia y esta situación va empeorando día tras día. Ya los ves con sus herbarios atormentarse, mezclando Italia con Germania, aunque Germania no necesite hierbas de allá de los mares y que en ella haya suficiente medicina perfecta.

¡Que la verdad no esté, pues, obligada a ceder ante la mentira y que las tinieblas de Galeno y sus cómplices no apaguen ni supriman en medicina la luz de la naturaleza! Por eso yo, Teofrasto, debo hablar en este pequeño tratado no como un medico imaginario sino como un sabio que no se avergüenza de sus actos en medicina y que, por la gracia de Dios, lo ha demostrado gracias a ella en muchos enfermos que tu, galenista, nunca te hubieras atrevido a visitar. Dime pues, doctor galénico ¿de donde mana tu fundamento? ¿No será en el culo donde le aplicas el bocado al caballo? ¿Acaso has curado jamás la gota? ¿Te has atrevido alguna vez a atacar la lepra? ¡Creo que tienes todas las razones para callar y permitir a Teofrasto ser tu maestro! Si verdaderamente quieres aprender, aprende y mira lo que aquí voy a escribir y decirte: ciertamente el cuerpo humano no necesita de la carretilla botánica y menos todavía, en las enfermedades crónicas o duraderas que tu en tu torpeza llegas a calificar de incurables. En efecto, tus hierbas son demasiado débiles para dichas enfermedades, pues por su naturaleza no pueden encontrar su centro. Y tus píldoras tampoco sirven para nada, sino tan sólo para purgar los excrementos y hasta se da que por su inconsecuencia expulsas a menudo lo bueno con lo malo, y esto solo se consigue con grandes perjuicios para los enfermos. Precisamente hay que renunciar a tales píldoras. Tus jarabes también son ineficaces; su nulidad solamente provoca nauseas a quien los toma, a causa de su olor repugnante y nauseabundo, agobiante para el enfermo, produciéndole cólicos, poniéndole en peligro y actuando en contra de su naturaleza. Deja de lado ahora todos tus otros medicamentos absurdos e ineptos pues están directamente opuestos a la naturaleza y no se deben ingerir bajo ningún concepto. Si todo lo que he dicho es cierto, si no es posible encontrar en Galeno, Rhasis o Mesue ningún remedio verdadero que ataque de raíz dichas enfermedades y purgándolas como el fuego que purifica la piel manchada de la salamandra, de ello necesariamente se deduce que la cura de Teofrasto es muy distinta ya que proviene de la fuente natural y sin la cual Teofrasto estaría vergonzosamente mezclado con los demás médicos.

Si queremos pues seguir la naturaleza en el uso de los medicamentos naturales, examinemos entre todas las sustancias empleadas en medicina cuales están en mayor armonía con el cuerpo humano en virtud y eficacia, para mantener su salud hasta el término de la muerte ineluctable. Pensándolo bien, cada cual dirá sin duda que las sustancias que más se armonizan con el cuerpo humano son las metálicas y que los metales perfectos podrían producir en él los mayores efectos proporcionalmente a dicha perfección y, sobre todo, su humor radical. En efecto, el hombre participa también de esta sal, azufre y mercurio que reposan, aunque ocultos, en alguna parte de los metales y sustancias metálicas. Se aplican entonces lo semejante a lo semejante, lo cual es extremadamente útil a la naturaleza. Si se realiza con rectitud es el mayor secreto de la medicina, que hasta podría ser llamado el Arcano. Entonces ¿qué hay de extraño que esto provoque curas excelentes, tan inauditas como inesperadas y consideradas imposibles por los ignorantes? Pero para no hacer más disgresiones, procuraré anotar brevemente lo que he decidido escribir en este librito. En efecto, mi intención es tratar sobre la verdadera medicina de un modo más claro de lo que antes se ha hecho. Primero sería necesario decir, en verdad, como el hombre, lo mismo que los metales, tiñe su origen en el azufre, el mercurio y la sal; pero sin duda, he dado suficientes indicaciones sobre el tema en el Liber Paramirum para que no sea necesario repetirlas. Por lo tanto solo indicaré cómo la piedra de los filósofos puede ser de alguna manera conocida y preparada.

Ten, pues, por cierto que nada hay tan pequeño que pueda permanecer sin forma y que no pueda hacerse alguna cosa de ello. En efecto, todas las cosas están formadas, engendradas, multiplicadas y destruidas en lo que concuerda con ellas: manifiestan su origen de tal modo que se puede percibir lo que fueron en su principio, pues es lo que permanece también en su materia última y lo que se halla mezclado mientras tanto es como una imperfección que la naturaleza mezcla a la generación. Pero si estos accidentes pudieran ser separados por Vulcano con el fin de no tener ya ninguna acción, la naturaleza, entonces, podría ser corregida. Es lo mismo para esta piedra. Si quieres hacerla con su verdadera materia que puedes haber conocido por las particularidades indicadas, debes retirarle sus superfluidades y formarla, como las demás cosas, en su concordancia pues no puede ser hecha sin lo que se armoniza con ella. En efecto, aquí, la naturaleza la ha dejado imperfecta; no ha formado la piedra, pero sí su materia, que está impedida por los accidentes y que no podría hacer lo que puede hacer la piedra después de su preparación. Dicha materia sin preparación es en relación a la piedra como una semi-cosa imperfecta sin ninguna concordancia; no se la puede calificar, por tanto, como perfecta ni útil al cuerpo humano. El microcosmos te da un ejemplo de ello. Observa al hombre formado únicamente como hombre por el artesano mecánico y que por lo tanto no es una obra íntegra y perfecta, pues no se puede mantener en su concordancia; sólo es una semi-obra imperfecta mientras no haya sido formada la mujer semejante a él. He aquí la obra entera. Por otra parte uno y otro no son sino tierra y estas dos tierras forman por fin un hombre completo, capaz de aumentar y crecer, y es la concordancia así formada lo que efectúa lo anterior. Por ello la piedra de los filósofos renovadora del hombre no menos que de los metales, consigue curas admirables en todas las enfermedades, si se la pone en lo que concuerda con ella después de haberle retirado sus accidentes superfluos. Sin esto, todo lo que se intente con dicha piedra es vano. Pero si quieres ponerla en su concordancia, es importante reducirla a su primera materia para que el macho pueda actuar en la hembra, y su parte exterior, interiormente; que la interior por otra parte, esté orientada hacia la exterior, de modo que las dos semillas, la viril y la femenina estén incluidas en su concordancia; que también sean conducidas hacia la mayor perfección y exaltadas en calor por la mediación de Vulcano y que todas las virtudes, como un ser noble, templado y clarificado, se infundan por sí mismas en el cuerpo humano y en los metales para, en ellos, producir la salud; que expulsen las inmundicias por la vía destinada a la expulsión, que atraigan lo bueno de la sangre humana hasta los lugares adecuados mediante la atracción. Así, el microcosmos situado en el limbo terrestre y formado de tierra es conducido por dicha medicina a la salud, como por su semejante, radicalmente, no en imaginación, sino muy certeramente, o conservado en dicha salud. Este es el misterio de la Naturaleza y es un secreto tal que todo médico debería necesariamente saber. Cualquiera nacido de medicina astral puede comprenderlo. Pero para describir con más claridad la materia y la preparación de tan noble medicina, para que los hijos de la doctrina, amantes de la verdad, encuentren su comienzo, habéis de saber que la naturaleza ha dado cierta cosa en la que, como en el interior de un arca, están misteriosamente incluidos 1, 2 y 3 cuya virtud y fuerza son más que suficientes para conservar la salud del microcosmos, hasta tal punto que después de la preparación expulsan todas las imperfecciones. Es la verdadera arma defensiva contra la vejez y la denominamos Bálsamo.

Pero primeramente debes saber en qué sustancia la naturaleza ha puesto un número tal. Sin embargo por muchas razones no puedo escribírtelo con más claridad. Además, Galeno, Rhasis y Mesue no conocieron dicha preparación y sus sucesores tampoco alcanzarán este conocimiento. En efecto, la preparación de dicha medicina es de una naturaleza tal que los comerciantes de píldoras no pueden alcanzarla: ¡la comprenden aún menos de lo que haría una vaca Suiza! Además, sus operaciones son casi celestes y singulares. Purifica y renueva con una casi regeneración, como podrás observarlo a lo largo de mis Archidoxias donde podrás profundizar también en el origen y esencia tanto de los metales como de las sustancias metálicas, y también en su virtud. Quien tenga oídos para oír, que oiga pues y vea si Teofrasto escribe mentiras o dice la verdad, si habla de una vana marmita y por el demonio, como tú, sofista, hablador de paparruchas y rodeado por el diablo, la mentira y las tinieblas; tú, para quien nada es bueno si no es comprensible por tu estúpida cabeza y útil a tu caldo y sin ninguna labor previa. Tuerto como eres, erras como un vagabundo en vez de ir directamente a la ventana de la cocina. Libre eres, pues de enrollar tu hilo embrollado y buscar cerca de un astro tenebroso el centro del laberinto. Me es indiferente. Sin embargo, si un día utilizaras tu olfato, si consideraras atentamente en qué se basa el arte de Teofrasto y por otra parte, la debilidad de tus trabajos reunidos al azar, Teofrasto ya no te sería tan hostil. Las cosas que escribo brevemente ahora y que seguiré escribiendo a fin de que los discípulos astrales puedan recogerlas para regocijarse y ser glorificados por ellas, pueden ser comprendidas también gracias a la labor de cualquiera que no le avergüence instruirse, pues nada hay tan difícil que no pueda ser comprendido y aprendido con el trabajo y el estudio. He aquí la práctica de dicha obra:


Preparación de la materia de la piedra

“Toma electrum mineral en limaduras, colócalo en su esperma (según otros: Júpiter electrum mineral no maduro, ponlo en su esfera) a fin de que sean lavadas su inmundicia y superfluidades, y púrgalo totalmente y cuanto puedas, por el antimonio a la manera alquímica, para no sufrir ningún daño procedente de su impureza. Después disuélvelo en el estómago de un avestruz naciendo en tierra y fortificada en su virtud por la acritud del águila. Cuando el electrum haya sido absorbido y haya adquirido, después de su disolución, el color de la caléndula, no te olvides de reducirlo a esencia espiritual diáfana semejante al verdadero ámbar amarillo. Seguidamente añade águila extendida, solo la mitad del peso del electrum antes de su preparación y de ello separarás varias veces el estómago del avestruz; de este modo el electrum llegará a ser cada vez más espiritual. Por tanto, cuando el estómago de avestruz esté fatigado por el trabajo, será necesario reconfortarlo y siempre separarlo. Por fin, cuando de nuevo haya perdido acritud, aade quintaesencia tartarizada, pero de manera que esté privada de su rojez a cuatro dedos de altura y que esta ascienda con él.”

Repite dicha operación hasta que blanquee por sí mismo. Cuando sea suficiente verás con tus propios ojos como, poco a poco, se acomoda a la sublimación y cuando tendrás esta señal, sublima. Así, el Electrum se convierte en la blancura exaltada del águila y por un pequeño trabajo es conducido a este punto y transmutado. Esto es lo que buscamos para utilizarlo en nuestra medicina. Con ello, puedes proceder con seguridad en numerosas enfermedades rebeldes a la medicina vulgar. Podrás también convertirlo en agua o aceite, también en polvo rojo, y utilizarlo cada vez que lo necesites en medicina.

En verdad te digo que en toda la medicina no hay mejor fundamento que el que se esconde en el electrum. No obstante no niego y hasta lo escribo en mis otros libros, que grandes secretos están también ocultos en las otras sustancias minerales, pero son objeto de un mayor y más largo trabajo, no pueden ser fácilmente empleados como es debido, sobretodo por los ignorantes; si uno de esos lo empleara le sería más perjudicial que útil. Por lo tanto, no es un hecho digno de alabanza que un alquimista cualquiera quiera ejercer el arte médico sin estar bien informado sobre él. Es por ello que fue necesario inventar un medio, una barrera apropiada para rechazar a esos médicos imaginarios. Por otra parte, en lo que me concierne, no llevaré el peso de su culpa ni los reconoceré como discípulos, ya que no siguen la verdad; más bien los considero unos maleantes, unos reconocidos estafadores, vagos que arrancan el pan de la boca a los verdaderos discípulos; dañan adrede a los hombres y hacen caso omiso de la conciencia y del arte. Pero una tan gran virtud curativa para los hombres se esconde en nuestro Electrum preparado, que, en el mundo entero no se podría encontrar una medicina más cierta y notable. Es cierto que algunos doctores galénicos, vendedores de teriaco, lo llaman veneno, denigrándolo no por experiencia sino por soberbia y pura estupidez. También admito que sea un veneno a lo largo de su preparación y ciertamente llega a ser un veneno tan grande, sino más, que la serpiente de Thyr, uno de los ingredientes del Teriaco. Pero aún no se ha demostrado que dicho veneno perdure después de la preparación. Aunque esto sea bastante incomprensible para ciertas cabezas de antílope, la naturaleza siempre tiende a su propia perfección: ¿acaso no podría ser, pues, conducida todavía más hacia la perfección por las artes que le son propias? Es más, hasta admito que el Electrum aún sea un veneno después de su preparación, y ciertamente más violento que antes: pero un veneno que tan sólo tiende a encontrar su semejante para penetrar y expulsar las enfermedades fijas e incurables, actuando no como un mal dañino sino como el enemigo del mal, atrayendo así la materia semejante a él y consumiéndola radicalmente. Lava como el jabón lava las manchas de la ropa sucia, con las cuales él mismo se retira dejando luego tras de sí una ropa pura, intacta, limpia y bella. Eso a lo que tu llamas veneno, posee una eficacia bien distinta y muy superior a la que tiene la manteca de cerdo que habitualmente empleas para tratar el mal gálico, con unciones más frecuentes que las que usa el zapatero para engrasar el cuero. El Arcano que se oculta en dicha medicina posee, en efecto, en sí mismo una Esencia muy proporcionada, excelente, en nada comparable al veneno a menos de comprenderla según lo que he dicho antes. Su virtud y eficacia se diferencian tanto de la plata viva con la que frotas a los enfermos y de tu precipitado como el cielo se diferencia de la tierra. Se le llama pues, y es muy cierto, medicina bendita de Dios y no revelada a todos. En efecto, está mejor corregida que esta droga excremencial que lleva bajo su toga un doctor de majestuoso porte, o que ha filtrado a través de su doble cinta o a través de la caperuza de un necio. Es más, esta bendita medicina posee en todas las enfermedades, cuales quieran que sean sus nombres, una fuerza y una virtud de acción tres veces mayor que las de todos los fármacos con los que siempre te has topado. Pero no es permaneciendo sentado, inactivo y perezoso, que he descubierto esto, ni en el orinal; es viajando, vagabundeando, como dices. He necesitado muchos trabajos y cuidados para aprender a conocer a fin de saber y ya no conjeturar. Pero tú extraes tu medicina de un viejo lecho de plumas, de esta almohada donde reposa la vieja Nigromancia, que inspirándote ha velado tu intelecto celeste con un bonete negro en lo que concierne a la medicina. Por ello, los viajes no me pesarán y seré yo quien siga siendo tu maestro, seguiré las huellas de Macaón, que proceden de la luz de Natura, como la flor abierta a los rayos del sol. Pero para no alejarme del tema y para que esta obra no quede imperfecta, examina en lo que voy a decirte el procedimiento a seguir, con la fuerza y propiedad dadas por la naturaleza a la Piedra filosófica de medicina y observa como se la conduce a su fin.


Sigue el resto de la preparación

Después de haber destruido tu Electrum tal como está dicho, si quieres proseguir, con el propósito de llegar al fin deseado, toma de tu Electrum destruido y vuelto volátil, la cantidad que quieras llevar a la perfección, introdúcelo en el huevo filosófico y sellado lo mejor posible a fin de que nada se evapore. Debe permanecer en el atanor hasta que, sin ninguna adición, comience por sí mismo a resolverse desde lo alto, de modo que pueda verse una isla en medio de este mar, decreciendo día a día para convertirse finalmente en atramento de zapatero. Este atramento es el pájaro que vuela sin alas por la noche y que el primer rocío celeste, por una perpetua cocción, ascensión y descenso, ha transmutado en una negrura cabeza de cuervo, que toma seguidamente el color de la cola del pavo real, después adquiere las plumas del cisne y, por fin, recibe la rojez suprema del mundo entero, signo de su naturaleza ígnea que expulsa todos los accidentes del cuerpo y cura los miembros muertos y fríos. Según los filósofos, esta preparación se hace en un único vaso, un único horno, un único fuego, por un continuo vapor ígneo.

Dicha medicina es pues celeste y perfecta; y como mínimo, puede llegar a ser una luna más que perfecta por su propia carne y su propia sangre, y por el fuego interior orientado hacia el exterior y conducido tal como hemos dicho; por el cual son lavadas todas las manchas de los metales y es manifestado lo que en ellos esta oculto. Esta medicina que, en efecto, es más que perfecta, todo lo puede, todo lo penetra, infunde la salud al tiempo que expulsa la enfermedad y el mal. En toda la tierra, ninguna medicina le es comparable. Ejercítate en ello con inteligencia pues ciertamente te proporcionará ala-banza y gloria: desde entonces ya no serás un médico imaginario, sino conocedor y, es más, te esforzarás en amar a tu prójimo. Pero nadie puede percibir ni comprender un arcano tan divino sin la ayuda divina; y tampoco su inefable e infinita virtud en la cual puede conocerse al Dios todopoderoso.

Pero además debes saber que no puede hacerse ninguna solución de tu Electrum sin que antes haya recorrido perfectamente, por tres veces, el círculo de las siete esferas. En efecto, este número le es necesario, y debe estar completo. Debes, pues, cuidar mucho esta preparación que produce la solución; y para volver volátil y espiritual a tu Electrum glorificado, utiliza el Arcano Tartarizado para lavarlo de las superfluidades que se han añadido a él en el curso de la preparación, sino quieres trabajar en vano. Por lo tanto no quedará nada del Arcano del Tártaro, sólo se procede con él de manera circular y según el número susodicho. De este modo, en el huevo filosófico y por el vapor del fuego, se hace fácilmente y por si misma, el Agua Filosófica que los Filósofos denominan Agua Viscosa, que también por si misma, se coagulará y reproducirá todos los colores hasta que, por fin, queda adornada por el rojo supremo.

Por orden del Poder divino me está prohibido escribir más sobre este misterio. En efecto, este Arte es verdaderamente un don de Dios; por ello, no todos pueden compren-derlo. Dios lo da a quien quiere, y no permite que le sea arrancado por la violencia, pues quiere tener la gloria de este Arte para él solo.

Bendito sea su nombre eternamente. Amén.


Sigue el uso de la piedra


También debemos escribir algo respecto al uso y peso de este medicina. Has de saber pues que su dosis es tan pequeña y ligera que apenas puede creerse: sólo debe tomarse mezclada con vino y demás cosas parecidas, en la más pequeña cantidad posible, a causa de su fuerza celeste, de su virtud y eficacia. Sólo es manifestada al hombre, para que en la naturaleza nada quede imperfecto. Ha sido también preparado y predestinado por Dios que su virtud con el Arcano sea producida por Arte para el hombre, que es la imagen de Dios, y a quien todas las criaturas están obligadas a ser útiles, y para que, ante todo, sea conocida la Omnipotencia de Dios. Por lo tanto, dicha medicina será dada a quien Dios haya dotado de inteligencia. Pero el tosco y necio galenista no podría comprenderla; incluso se apartaría de ella con hastío ya que todas sus obras son tinieblas mientras que esta obra actúa y se realiza en la luz de la naturaleza. Tienes aquí, en breves pero verídicas palabras, la raíz y el origen de toda verdadera medicina, que nadie me podría quitar, a pesar de la rabia de Rasis y de su vergonzosa progenie, y a pesar de la hiel de Galeno. Que se queje Avicena de tener dolor de muelas; Mesúe, medido rápidamente a lo largo y a lo ancho, resultará ser más alto que todos estos y Teofrasto permanecerá en la verdad. Por el contrario todas las obras mancas de los hacedores de ungüentos y todas las preocupaciones de los médicos y boticarios irán de mal en peor con toda su pompa y su fundamento.

Aún me queda algo por decir, pues mi relato parecerá oscuro a muchos:
"Querido Teofrasto, me hablas de un modo muy breve y hasta embrollado, he leído en tus demás tratados cuan claramente expones tus pensamientos y secretos, pero este no me será de ninguna utilidad."

Te respondo que las perlas no deben ser dadas a los cerdos, ni a la cabra una larga cola, pues la naturaleza no lo ha querido así. Es por esto que te digo que a quien Dios dé, ese encontrará con creces y todavía más de lo que quería. He aquí lo que escribo a modo de comienzo. Busca con prudencia, no huyas del estudio ni del trabajo ni de los carbones; no te dejes seducir por la pompa de los charlatanes, ni apartar de la diligencia necesaria. En efecto, mucho se encuentra por continuas meditaciones y ello no quedara sin dar frutos. Queda pues satisfecho con lo que te doy ahora, toma de esta fuente a fin de no tener ya que ir al abrevadero de los comerciantes de píldoras; no tendrás trato con los enterradores, al contrario, podrás servir bien al prójimo y preparar para Dios alabanza y honor. Quien sea un maestro en el estercolero de la conejera se quede así; cerca de el no pueden hallarse ni ayuda ni consejo. Pero yo, he querido describir brevemente estas cosas en este pequeño libro que he hecho sobre la Piedra de los Filósofos a fin de que los hombres comprendan que no es por curas diabólicas que Teofrasto cura a tantos enfermos. Si me sigues rectamente harás como yo, y tu medicina será como el aire que penetra y atraviesa todas las cosas abiertas y que está en todo, expulsando las enfer-medades fijas, mezclándose radicalmente para que la salud siga la enfermedad y sea su sucesora. De dicha fuente, en efecto, mana el verdadero Oro Potable, y en ninguna parte puede encontrarse otro mejor.

Toma esto para ti como una fiel amonestación y no desprecies a Teofrasto antes de saber quien es. No he querido hablar de otra cosa en este pequeño libro, aunque era necesario hablar un poco y filosofar sobre el Oro Potable y el licor del Sol; pero he querido indicar aquí las substancias, que, preparadas como es debido, no son en absoluto despreciables en cuanto a sus virtudes. Mis demás libros hablan mucho de estos secretos y de un modo bastante abierto: es decir de lo que un verdadero médico debiera saber; dejare reposar este tema, esperando que mi libro no quede del todo sin dar frutos y también que sea estudiado por los Hijos de Doctrina.

Que Dios dispense su gracia por su gloria y su honor. Amén.


6 ago. 2007

Paracelso - El día postrero

No hay comentarios. :

Dios ha hecho estos seres para proporcionar unos guardianes a su creación. De tal manera que los gnomos guardan los tesoros de la tierra, metales y otros: e impiden que se vean a la luz del día antes del tiempo querido. Porque esos tesoros, oro, plata, hierro, etc. no deben ser encontrados todos el mismo día, sino ser distribuidos poco a poco y no a algunas personas solamente, sino a todos. Las salamandras guardan los tesoros de las regiones ígneas. Los silfos guardan los tesoros que llevan los vientos, los ondinos los que se encuentran en el agua. Es en las regiones ígneas, por el cuidado de las salamandras, donde son fabricados todos los tesoros para ser inmediatamente distribuidos y guardados en los demás medios.

Las sirenas, los gigantes, los manes y las escintillas (que son monstruos engendrados por las salamandras) han sido creados con otro fin: deben prevenir de los acontecimientos graves a los hombres, indicarles que estalla un incendio, advertirles de la ruina de un reino. Los gigantes anuncian más especialmente la devastación de un país, los manes el hambre y las sirenas la muerte de los reyes y los príncipes.

La causa inicial del universo sobrepasa nuestro entendimiento. Pero, a medida que el mundo se aproxima a su fin, las cosas se manifiestan a nosotros, cada vez con mayor claridad; vemos así su naturaleza y su utilidad. El día postrero todo aparecerá claro, todo será conocido y nada quedará ignorado, cada uno recibirá la recompensa de sus esfuerzos y de su amor a la verdad. Entonces no será médico o profesor el que lo desee. La cizaña será separada del grano, la paja del trigo. Entonces se inhibirá aquel que hoy grita. Aquel que cuenta el número de las páginas que tiene todavía por escribir sucumbirá bajo el peso de su obra. Entonces será feliz aquel que en este momento trata de ver. Y se podrá comprobar si yo he mentido.

30 jul. 2007

Paracelso - Criaturas

No hay comentarios. :

Nuestras criaturas tienen cuatro tipos de habitación: acuática, aérea, terrestre e ígnea. Aquellos que habitan en el agua se llaman Ninfos; en el aire, Silfos; en la tierra, Duendes o Pigmeos y en el fuego, Salamandras. No creo que estos sean los nombres que verdaderamente ellos utilizan entre sí, y pienso que se les han atribuido por personas que no han estado nunca en contacto con ellos. Pero, puesto que están en uso entre nosotros, los conservaré, aunque también se puede llamar a las criaturas acuáticas Ondinas, a las aéreas Silvestres, a las terrestres Gnomos y a las ígneas Vulcanos. En último término, poco importan los nombres, lo que es preciso saber es que estas cuatro clases de seres habitan en medios muy diferentes que los ninfos, por ejemplo, no tienen en absoluto comercio con los pigmeos. De esta forma, los hombres, comprendiendo la sabiduría de Dios, ven que éste no ha dejado un solo elemento vacío o estéril.

Se sabe que hay cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Se sabe también que nosotros, los hombres, descendientes de Adán, vivimos en el aire, que estamos rodeados, como los peces lo están por el agua. Para los peces la onda reemplaza el aire, para los hombres, el aire reemplaza el agua. Cada criatura es apropiada al elemento en el que está sumergida; los ondinos, concebidos para vivir en el agua, se asombran al vernos vivir en el aire, como nosotros nos admiramos de verlos vivir en el agua. De la misma forma, los gnomos atraviesan sin la menor dificultad las rocas más densas, como nosotros atravesamos el aire, porque la tierra está en su caos y porque este caos está formado por piedras y rocas, como el nuestro lo está de aire.

Cuanto más espeso es el caos, sus habitantes son más sutiles, y viceversa. Los gnomos, que habitan un caos espeso, son sutiles; el hombre, que habita un caos sutil, es espeso. Son los silvestres los que se parecen más a nosotros; viven en el aire, se sofocan en el agua, se aplastan bajo tierra y se consumen en el fuego.

Que esto no nos admire. Dios prueba que es Dios creando cosas que nosotros no podemos comprender, porque si pudiéramos comprender todo lo que Él ha creado, resultaría muy débil y nosotros querríamos compararnos a Él.

Para comprender lo que vamos a decir sobre la nutrición de nuestros seres, es necesario saber que cada caos tiene por encima de él un cielo y por debajo, una tierra; nuestro caos tiene encima el cielo y debajo la tierra; así, cielo y tierra nos nutren a nosotros. Los habitantes del agua, es decir, aquellos que tienen el agua por caos, tienen, por debajo de ellos, la tierra y por encima el cielo. Los gnomos que tienen la tierra por su propio caos, tienen por encima de ellos al agua y por debajo, la superficie de la tierra, porque la tierra reposa sobre el agua: así, los ondinos y los gnomos se nutren, en consecuencia. Los silfos, que tienen el mismo caos que los hombres, siguen su mismo régimen.

Nosotros tenemos el agua para aplacar nuestra sed; para apagar la suya, estos seres tienen un agua que nos es desconocida y que no podemos ver. Tienen necesidad de comer y beber, pero comen y beben aquello que es alimento y bebida propios de ellos.

Se visten y ocultan sus partes vergonzosas a su manera, no a la nuestra. Ellos nombran guardias, magistrados, jefes, como las abejas eligen una reina, o las bestias salvajes escogen un guía. Dios ha ocultado las partes secretas de todos los animales, pero no lo ha hecho para estos seres que, como el hombre, deben valerse de su propia industria. Como a nosotros, Dios les ha dado la lana de oveja. Dios, en efecto, puede crear ovejas diferentes de las que nosotros vemos y que pastan en el fuego, el agua o la tierra.

Nuestros seres duermen, reposan, velan de la misma forma que los hombres, tienen un sol y un firmamento como ellos. Los gnomos ven a través de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, de la misma forma los ondinos descubren el sol a través del agua y las salamandras lo ven fecundar y calentar su caos y sucederse el verano, el invierno, el día y la noche.

Como nosotros, están sometidos a la peste, las fiebres, la pleuresía y otras enfermedades, enviadas por el cielo, porque son hombres, o mejor dicho, porque lo serán: ya que, hasta el juicio final, permanecerán como animales.

En cuanto a su físico, es bien evidente que varía: los ondinos de ambos sexos tienen aspecto humano, los silvestres son más espesos, más grandes, más robustos. los gnomos más pequeños, de una altura de unos dos palmos, las salamandras delgadas, gráciles, esbeltas. Los ninfos habitan en los ríos, cerca de los lugares en donde se lavan los hombres y bañan sus caballos. Los gnomos habitan en las montañas; es por esto por lo que se encuentran túneles y excavaciones del diámetro de un codo. En el monte Etna se pueden oír los gritos de las salamandras, el ruido de sus trabajos, que movilizan su elemento. Se conoce más fácilmente la habitación de los silfos, pudiendo verlos.

Podría añadir otras muchas cosas admirables, en relación con la moneda, las costumbres de estos seres. Lo haré cuando sea llegado el momento.

22 jul. 2007

Paracelso - Sobre la influencia de los astros

No hay comentarios. :
Debemos advertir a todo médico que las Entidades del hombre son dos: la Entidad del Semen y la Entidad de la Potencia (Ens seminis e Ens virtutis), las cuales deben retener cuidadosamente y recordar en el momento oportuno. Ahora, y como texto iniciatorio de este Tratado de la Entidad Astral, enunciaremos un axioma que consideramos perfectamente adecuado. Es el siguiente: “Ningún astro del firmamento, sea planeta o estrella, es capaz de formar o provocar nada en nuestro cuerpo, ya sea color, belleza, fuerza o temperamento.”

Sin embargo, como se ha dicho que la Entidad Astral puede perjudicamos (loedere) de diversas maneras, yo debo decir a mi vez que ello es falso y que va es hora que desterréis de vuestros espíritus esos absurdos juicios, basados en la naturaleza o en la posición de las estrellas, que sólo pueden mover a risa.

En este punto vamos a detenemos, sin llevar más adelante este discurso contra nuestros adversarios: primero porque la finalidad de este Paréntesis no es responder a cada instante a todas las cuestiones que se nos plantean exprofeso, para lo cual haría falta disponer de una cantidad de papel y de tinta tan grande como debería ser nuestra capacidad de contestar, por más asistidos que estuviéramos de la inspiración y de la ayuda divina. Y en segundo lugar porque a pesar de que hayáis comprendido que los astros no confieren ninguna propiedad ni naturaleza individual, seguís adoptando la opinión contraria, basados en el hecho de que a veces son capaces de atacamos y aún de provocar la muerte.

La verdad es que no por haber nacido en la línea de Saturno nos corresponde una vida más o menos larga; ello es perfectamente vano. El movimiento de Saturno no afecta a la vida de ningún hombre y menos la prolonga o la abrevia. Aparte de lo cual, y aunque ese planeta no hubiera operado su ascensión a la esfera celeste, habrían habido y existirían hombres dotados del carácter de ese astro. E igualmente existirían lunáticos, aunque jamás hubiera aparecido ninguna luna en la naturaleza del firmamento.

Tampoco debéis creer que la ferocidad y la crueldad de Marte sea responsable de la existencia y de la descendencia de Nerón, pues una cosa es que ambas naturalezas hayan coincidido en ese punto y otra que se hayan mezclado o tomado entre sí.

Para ejemplo de lo que acabamos de decir os recordaremos, entre otros, el caso de Helena y Venus. Ambas fueron indudablemente de la misma naturaleza y, sin embargo, Helena habría sido adúltera aunque Venus no hubiera existido jamás. A lo que añadiremos que aunque Venus sea en la historia mucho más antigua que Helena, las cortesanas existieron mucho antes que una y otra.

Libro de las entidades, cap. I