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19 nov. 2014

Giovanni Papini - El espejo que huye

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Giovanni Papini - El espejo que huye


Una imposible mañana de invierno, en una estación muy conocida, un hombre que no conozco —de sobretodo, con dos violetas en el ojal— quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande, que el mundo es hermoso. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo que el viento consumía sin que nunca lo llevara a la boca. Lo escuchaba sonriendo y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo y al delirio. La fuga de sus palabras rápidas, fluyentes, firmes, como si hubieran sido fundidas en ese instante, acuñadas de nuevo en algún sitio hacía poco tiempo, me llenaba de una ebriedad muy similar a la que provoca el champaña. Algo picante y saltarín, un deseo de abrazar y de llorar, de danzar, de reír de improviso…

En cierto momento su voz me dijo:

—Medite, señor, medite en la grandeza del progreso que se desarrolla bajo nuestros ojos; en el progreso que lleva a los hombres desde el pasado hasta el futuro, desde lo que ya no es más hasta lo que todavía no es, de lo que se recuerda a lo que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en el porvenir; no prevén ni proveen. Pero nosotros, hombres civilizados, hombres nuevos, vivimos para el futuro y a merced del futuro. Nuestra vida entera se tiende hacia lo que debe venir, está construida en previsión de lo que ocurrirá. Nuestros hombres consagran el presente al mañana (siempre, porque todo presente pasa al mañana que pasará), respetuosa y valerosamente.

“Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecer los peligros, lo que pone en nuestras manos las fuerzas, lo que hace descubrir nuevas posibilidades, lo que nos vuelve dueños de la tierra, del mar y del cielo y de una cosa que vale más que todo eso, oh señor: ¡de nosotros mismos!”

Pero en ese momento un tren expreso llegó a la estación. Su estruendo solemne en el cruce de las vías, su breve silbato, decidido, irritado, interrumpieron el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren se calmó y no se oyeron más que sordos bufidos de la locomotora y los viajeros escaparon, el Hombre quiso todavía continuar pero yo me anticipé:

—Señor Hombre —le dije—, este tren que acaba de llegar, ¿no le ha sugerido nada que se relacione con nuestra circunstancia? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que puedo traducir el idioma de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo apiñado e iluminado a través del campo solitario y neblinoso. Y he aquí que de pronto se detiene y los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas se han detenido perezosamente sobre los rieles y los vagones vacíos y oscuros añoran las charlas de los pasajeros y las valijas multicolores. Así termina una fuga cuando se viaja sobre rieles. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento se me ocurre algo absurdo y se lo digo a usted, señor Hombre, y lo digo porque no hay aquí multitudes que puedan escucharme. Si estuvieran aquí todos los que yo deseo, les diría:

”Imaginad, humanos, una cosa imposible, absurda, loca, increíble y espantosa. Imaginad que todo el mundo se detuviese de improviso, en un instante dado, y que todas las cosas permanecieran en el sitio en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, como estatuas, en la actitud en que estaban en ese instante, en la acción que se hallaban ejecutando… Si esto ocurriera y si a pesar de todo ello continuara todavía funcionando en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran examinar todo lo que realizaron desde su nacimiento y meditar en lo que deseaban realizar antes de morir, ¡imaginaos cuánta desesperación ardería bajo el trágico silencio de ese mundo detenido de improviso!

”No sé si tendréis el valor de escuchar lo horrible que sería. Esforzaos por unos instantes en ver a todos estos hombres inmovilizados mientras se hallaban dedicados a su tarea, anhelantes detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, rudamente empujados por sus deseos. Vedlos esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los trasmutara en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Vedlos en las más repugnantes posiciones y en las más ridículas, en las más cansadoras y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en medio de un pesado sueño con la boca semiabierta como un cadáver borracho; al hombre en el acto amoroso, extendido como una bestia jadeante sobre la mujer de párpados cerrados; al hombre que robaba en las tinieblas con falsa mirada y la lámpara que nunca más se apagará; al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto sitial; al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y una moneda; a la mujer que sonríe lascivamente con su rostro empolvado, en postura insinuante; al mercader de manos huesudas que gesticula para lograr diez centavos más; al campesino afanado con la aguijada en la mano tendida hacia los inmóviles bueyes; al elegante orador detenido en medio de una sonrisa y de un cumplido; al soldado que se hallaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada, y al homicida que preparaba sus venenos en una buhardilla, y al obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas grasientas, inmóviles y siniestras, y al científico que no puede separar el ojo cansado del microscopio donde han interrumpido su danza los monstruos invisibles…

”Imaginad ahora, si vuestro ánimo resiste, los pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante ante la conciencia de su muerte. ¿Creéis vosotros que habrá un solo hombre —uno solo, ¿entendéis?—, uno solo que esté contento y satisfecho de ese momento en que el destino lo ha vuelto inmóvil? ¿Creéis que para uno solo de estos hombres sería ése el momento de Fausto, el momento hermoso que querríamos detener, fijar y conservar para la eternidad? ¡Vosotros no creéis realmente esto, no podéis creerlo!

”El señor Hombre —usted, aquí presente, delante de mí— ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el futuro, consagran perpetuamente sus días actuales a los mañanas venideros. Todo hombre no vive más que para aquello que prevé, aguarda y espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto él sabe que ese instante prepara un instante sucesivo, cada hora una hora, que vendrá, cada día un día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de expectativas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno a su futuro. Todo lo que es, lo que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros nos consolamos solamente pensando que todo este presente no es sino un prólogo, un largo y aburrido prólogo, a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven gracias a esta fe. Si de pronto se les dijese que dentro de una hora todos morirán, todo lo que hacen y lo que hicieron no tendría para ellos ningún placer, ni sabor y valor algunos. Sin el espejo del futuro la realidad actual parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que permite esperar los desquites, las victorias, las ascensiones, las promociones y los aumentos, las conquistas y los olvidos, los hombres no consentirían más en seguir viviendo. Sin el lejano perfume del mañana no querrían comer el negro pan del hoy.

”Pensad, pues, en estos hombres detenidos de pronto, que no pueden actuar más pero que todavía piensan. Imaginad a estos hombres prisioneros de un eterno hoy, sin la liberación de la conciencia. ¿Qué pensarán estos hombres? ¡Qué dolor atroz debe roer sus vísceras y amputar sus nervios! Inmóviles en sus posiciones vergonzosas y delictivas, tristes e idiotas, sin posibilidades de esperanza, sin luz de sueños, sin dulzura de proyectos, con las alas tronchadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de prisioneros al estilo de Miguel Angel, reducidos a las ataduras de sus vidas mezquinas, melancólicas, repugnantes; ataduras de esa vida que soportaban solamente con la esperanza y la expectativa de vidas más bellas y más grandes: ellos, esos condenados a la perpetua inacción, reconocerán con infinita rabia la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que todo el presente era sacrificado por ellos en pos de un futuro, que a su vez se volvería presente y sería sacrificado a su vez por otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy estaba en el mañana y el mañana valía solamente por otro mañana y así llegaba el último hoy, el hoy definitivo, y así la vida entera había transcurrido para preparar de día en día, de hora en hora, de momento en momento lo que no llega nunca. Y ellos descubrirán esta tremenda cosa: que el futuro no existe como futuro, que el futuro no es más que una creación y una parte del presente y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida doliente por este futuro que de día en día huye y se aleja es la más dolorosa necedad de esta estúpida vida.

“Humanos, nosotros perdemos la vida por la muerte; consumimos lo real por lo imaginario, valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán otro valor que el de traernos otros días idénticos a ellos… ¡Humanos: toda vuestra vida es un fraude atroz que vosotros mismos tramáis para vuestro daño, y solamente los demonios pueden reír fríamente de vuestra carrera hacia el espejo que huye!”

Un nuevo expreso, pitando y tronando, entró en la estación y una vez más los viajeros huyeron y el maquinista se enjugó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco estaba siempre ante mí —de sobretodo, con dos violetas en el ojal—, aunque lo hubiese olvidado del todo.

—He aquí —le dije— mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la vida. Ciertamente, usted no está de acuerdo conmigo pero yo estoy de acuerdo con alguien; por ejemplo, con la niebla que a menudo intenta cubrir el mundo y esconder el hombre al hombre, la miseria al desprecio, la fealdad a la melancolía. Y yo amo muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen tras las inútiles fugas y la niebla que vela lo que no se puede destruir.

El hombre que no conozco se había vuelto nervioso y todo su entusiasmo había desaparecido como un hilo de humo. En vez de responder, se quitó del ojal una de sus violetas y me la ofreció. Yo la tomé con una inclinación, la acerqué a la nariz y su leve perfume me gustó.


En El espejo que huye
Traducción: Horacio Armani
Imagen: s/d

31 oct. 2014

Descarga: Giovanni Papini - El diablo

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Descarga: Giovanni Papini - El diablo

Este libro es una apasionada, vívida, intensísima participación en las dudas, los terrores y las esperanzas que la presencia del Diablo está destinada a suscitar. El autor nos presenta el enfrentamiento entre el creador y el destructor, y lo traslada a todas las facetas de la vida del hombre, con la intención fundamental de manifestar la bondad de Dios, aunque al hacerlo, para gran escándalo de muchos, ofrece una interpretación benevolente del orgullo satánico. Papini habla de relaciones entre Dios y el Diablo mucho más cordiales de lo que suele imaginarse. «Hasta ahora los cristianos no han sido bastante cristianos con Satanás. Le temen, huyen de él o fingen ignorarle. Pero si el miedo puede, quizá, salvarles de sus tentaciones, no es ciertamente arma de salvación para el futuro.»

5 oct. 2014

Giovanni Papini - Cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor

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Giovanni Papini


En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigidas a mí, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé dónde está. Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor; son todo lo que queda de un gran amor.

Ese cajón lleno de cartas me turba. Yo no soy un sentimental. Soy muy frío: más observador que apasionado. De esas cartas, cenizas de un fuego, he hecho tema de estudio. Todo puede ser objeto científico. Quiero librarme de ellas de esta manera. Si las destruyera permanecerían allí como un vano lamento de mi corazón vacío.

Ante todo he empezado numerándolas una a una. Son cuatrocientas cincuenta y tres, ni una más, ni una menos, de eso estoy seguro. Las he puesto por orden cronológico: van de 1903 a 1906. Las he atado en paquetes, mes por mes: enero 1903, cuatro; febrero 1903, dieciocho; marzo 1903, treinta y dos, y así sucesivamente. Crecen, crecen; a medida que pasan los meses, los paquetes son cada vez mayores. El máximo es el del mes de junio de 1904: cincuenta y siete cartas. Pero con el 1905 los paquetes adelgazan y llegamos al mes de octubre de 1906: una sola, la última, ¡si Dios quiere!

Las he pesado también (porque las cartas más espirituales y líricas tienen, según los empleados de correos, su peso), las he pesado cuidadosamente, unas cuantas a la vez; son en total 6.740 gramos; más de seis kilos y medio, casi siete kilos. Es un peso discreto para un amor, y si tuviera que llevarlo en un saco todo junto, no haría mucho camino.

He contado, también, una a una, las páginas. El número de las páginas es espantoso: las mujeres escriben con una facilidad de la que no tenemos idea. Para ellas, las palabras, tanto habladas como escritas, no son monedas sagradas, sino céntimos que se pueden gastar a todas horas con la más byroniana prodigalidad. Es verdad que esta mujer tenía una escritura muy grande y dejaba mucho espacio entre líneas, pero, a pesar de todo, no puedo convencerme de que sólo en cuatrocientas cincuenta y tres cartas haya podido escribir tres mil doscientas noventa páginas. Ninguna carta tiene menos de cuatro páginas y hay bastante de ocho, de diez, de doce e incluso de dieciséis. Las cuentas salen, pero el asombro sigue siendo grande igualmente. Pienso que si hubiera tenido que escribir todas esas páginas seguidas —esas tres mil doscientas noventa páginas—, aunque hubiera podido escribir diez por hora, habría invertido trescientas veintidós horas, es decir, trece días y trece noches seguidas, sin descansar nunca. Creo que su amor, aunque es grandísimo, no hubiese resistido semejante prueba.

No he tenido la paciencia, ni el tiempo, de contar las palabras y las sílabas, pero mis investigaciones no se han detenido aquí. He observado, por ejemplo, con cierto interés que los tipos de papel y de los sobres son cuatro. Algunas cartas están en papel hecho a mano, gordo y pesado, de color amarillo marfil viejo; otras, en papel pergamino, con sobres largos y bajos; otras, en feísimo papel comercial blanco, pobre y filamentoso. Pero la mayoría está en un papel ligero, a la inglesa, encerradas en aquellos sobres azul oscuro impresos por dentro con trazos grises y negros para que no se puedan leer las palabras desde fuera.

Tampoco he olvidado el lado cómico de mi epistolario. Todo este papel ha sido fabricado, vendido al por mayor y luego revendido al detalle. Según mis cálculos, que creo bastante exactos, porque también yo he probado varios tipos de papel de cartas, considero que el costo total del papel asciende a unas diecinueve liras y algunos céntimos. No es una suma despreciable para quien no sea muy rico. Con diecinueve liras se pueden hacer muchas cosas, sin comprar papel de cartas. Entran, por lo menos, cinco novelas francesas de tres cincuenta cada una.

Pero el gasto del papel es lo de menos. Cada una de estas cartas tiene un sello. De estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas, hay ciento doce que vienen de ciudades lejanas y trescientas cuarenta y una que vienen de la misma ciudad donde vivo yo. Se trata, pues, de ciento doce sellos de quince céntimos, que equivalen a dieciséis liras con ochenta céntimos, y de trescientos cuarenta y un sellos de un céntimo, que importan diecisiete liras con cinco céntimos. Sumándolo todo, papel y sellos, se ve que el gasto sostenido por aquella pobre mujer enamorada es de unas cincuenta y dos liras.

Pero ¿dónde dejamos la tinta? Para escribir tres mil doscientas noventa páginas se necesitan, por lo menos, cuatro botellas de tinta. Pongamos que cada botella valga solamente sesenta céntimos, y el gasto total asciende a casi cincuenta y cinco liras. Yo creo, en efecto, que el gasto vivo, en dinero, de este amor ha sido, para mi corresponsal, un poco superior a las cincuenta y cinco liras, y juraría que no puede haber llegado a sesenta. Su valor actual es indudablemente bastante menor, casi nulo. El papel escrito no es muy buscado y hay quien lo paga apenas a dos céntimos el kilo. De todo el epistolario yo no sacaría más de sesenta y cinco céntimos como máximo. Está claro que no vale la pena desprenderse de un recuerdo tan poético por tan poco.

Sin embargo, hay algo más —tanto para un historiador como para un poeta— en estas cartas de lo que había cuando eran simples cajas de papeles en la tienda del papelero. Hay todas las palabras escritas, hay toda la pasión de tres años, hay una cantidad enorme de imágenes, de adjetivos y de besos: hay, en suma, para abreviar, un poco de la vida profunda de un hombre y de una mujer. ¡Y todo eso ya no vale nada!

Siento que soy inmensamente idiota con todos esos cálculos y esas reflexiones. Yo estoy hecho así. No soy un sentimental. Soy un observador de las cosas. Cuando veo un muerto, pienso en cuánto habrán gastado los parientes en todas aquellas medicinas que no lo han podido salvar, y cuando una madre llora, busco adivinar cuántos decilitros de lágrimas verterá en una jornada, comprendida la noche. ¿Qué quieren? Yo estoy hecho así: no soy un sentimental.

Y estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor, encerradas con llave en el último cajón de mi cómoda, me fastidian un poco. No quisiera tenerlas y no quisiera quemarlas. Y he hecho todo lo que he podido para sacármelas del alma. Lo he contado y calculado todo y, sin embargo, hay algo en el fondo de mi corazón que muge y gime y no está satisfecho. Pero no hago caso. Yo no soy un sentimental.


En El piloto ciego
Traducción:  Paloma Alonso Alberti
Fuente foto sin data

24 abr. 2014

Giovanni Papini – El poema del hombre

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(De Walt Whitman)

Cambridge (Mass.), 3 de febrero.

Me llegué hasta esta Universidad para consultar a un célebre estudioso del poeta Walt Whitman. Entre los manuscritos inéditos que hay en mi colección figura el primer esbozo de un desconocido poema del famoso autor de Hojas de Hierba. El sinfónico vate de Manhattan, hoy en día algo relegado a la sombra, pero que según mi juicio continúa siendo la voz más potente e inspirada de la América del Norte, como él mismo lo decía, era "el poeta de lo universal". Y un día pensó en traducir en un grandioso canto la historia universal de los hombres, la dolorosa, ardua, vergonzosa y gloriosa aventura del género humano, desde los moradores de las cavernas a los redentores de continentes "Poseemos, escribe Walt Whitman en una anotación, el poema de Aquiles y de Ulises, de Eneas y de César, de Tristán y de Orlando, de Sigfrido y del Cid, pero hasta ahora ninguno ha cantado el poema del Hombre, del hombre en todas las tierras y de todas las épocas, del que venció en milenios de gestas, a sus grandes guerras, desde la guerra contra la naturaleza hasta la guerra contra sí mismo. Cantaré la epopeya que no es de un solo héroe ni de un solo pueblo, sino la de todas las naciones y de todos los hombres. Quiero ser el primero en cantar el canto de los hijos de Adán, quiero ser el Homero de la especie humana toda.

"Los historiadores, escribe Walt Whitman en otra anotación, incluso los más grandes historiadores, narran los acontecimientos de los seres humanos, así como un buen periodista describe los delitos perpetrados en la noche y las ceremonias realizadas durante el día. Son escritores diligentes, tranquilos, plácidos, fríos; no olvidan ni un nombre ni un episodio, pero olvidan lo que es más importante: las profundas pasiones y las terribles locuras de los príncipes y de la plebe, aquellas locuras que son el drama y la unidad de las historias particulares y separadas. La historia universal no es una colección de crónicas y de panoramas, es una tragedia humana y divina que se desarrolla en millares de actos, una tragedia tumultuosa y sublime con sus protagonistas y sus antagonistas, con sus apoteosis y sus catástrofes; un gigantesco poema épico en períodos de llanto y de tripudio que ha tenido un prólogo, pero todavía no ha alcanzado su epílogo."

Este manuscrito propiedad mía tiene por título El Poema del Hombre, y juzgando por el rápido sumario que tengo ante mis ojos, hubiera sido la obra más amplia y ambiciosa de Walt Whitman. En su Prólogo en el Cielo, que tan sólo por el título recuerda al Fausto de Goethe, el poeta habría querido cantar el nacimiento y la juventud de la tierra desde que se separó del sol, astillas separadas de fuego rutilante y errante, hasta que a través de transmutaciones y revoluciones se cubrió con vapores y barro, con océanos ilimitados e islas inmensas. Aquel llameante fragmento de la estrella madre llegó a ser, como lo vemos hoy en día, la habitación y el reino del hombre. La verdadera historia del planeta comienza con la aparición del hombre. Los primeros seres humanos viven en cavernas como los animales, se cubren con pieles de animales, se alimentan con carne de animales, se muerden y despedazan entre si como animales, se unen libremente como animales, pero poco a poco se elevan del medio animal, se iluminan con la inteligencia, transforman la piedra en arma, el arma en arnés, la caverna en casa y en templo, convierten el abrazo ciego en amor, el brujo se hace sacerdote, el sacerdote se convierte en monarca, los cazadores se transforman en pastores, éstos en agricultores, las primitivas hordas salvajes se reducen a tribus ordenadas, las tribus llegan a ser los pueblos y naciones. El hombre llega a ser dueño del fuego, del buey, inventa la rueda y el arado, aprende a sembrar, a pintar, ennoblece los gritos guturales convirtiéndolos en lenguaje articulado; los símbolos diseñados llegan a ser escritura inteligible. Pero el hombre debe combatir, combatir siempre, combatir eternamente. Su guerra primera se libra contra el hambre, contra las bestias, contra la naturaleza misteriosa y amenazadora, contra las tribus rivales, contra los que abusan del poder para aprovecharse de él y oprimirlo. El hombre siempre será guerrero, combatiente, héroe: deberá combatir contra los hielos y las heladas, contra las marismas y las corrientes, contra la oscuridad y el terror nocturnos, contra la selva venenosa y la furia de los mares; finalmente combatirá contra sus reyes e incluso contra sus dioses. Los hombres trazan con caminos los desiertos y las selvas, vencen y pasan las montañas, se enseñorean del viento y con los remos golpean las olas para navegar velozmente sobre los ríos y los mares, alzan pilastras de material y columnas de mármol, construyen las casas de Dios y las moradas de los monarcas, modelan en piedra las imágenes de los muertos y de los númenes, construyen las metrópolis. Pero, la guerra entre el hombre y el mundo, entre el hombre y el hombre, jamás se interrumpe, nunca cesa. Las ciudades coligadas o conquistadas se dilatan transformándose en reinos e imperios, los imperios luchan entre sí para lograr el dominio sobre las ciudades, y los reinos crecen, florecen, triunfan, decaen, se derrumban. Se levantan otros imperios que a su vez se pudren y se arruinan. El Occidente se encrespa con el Oriente, éste se lanza contra el primero, Asia contra Europa, Europa contra Africa, continente contra continente, raza contra raza, religiones contra religiones. Las migraciones de los nómadas provocan nuevas guerras, las invasiones de los bárbaros obligan a nuevas luchas, los pueblos vírgenes e incultos que se asoman por vez primera al teatro de la historia se abren camino mediante guerras. Menfis y Tebas quedan destruidas, Babilonia y Persépolis son incendiadas, Atenas y Roma se ven asediadas y saqueadas; desde el Norte y el Este acuden ríos humanos de caballeros velludos, hambrientos de trigo, de lujo y de sol, salvan los confines, cruzan los mares, someten y despojan a los antiguos señores ahora reblandecidos. Mientras tanto, los emperadores hacen asesinar y son asesinados, los nuevos reyes ordenan carnicerías y a su turno concluyen siendo sacrificados. Y a pesar de todo, a pesar de esa sangre y ese odio, de esa ferocidad y esas traiciones, los hombres sobreviven y se renuevan. Se levantan nuevas metrópolis en el lugar de las que cayeron o fueron destruidas, se hallan y reaparecen las obras maestras que yacían sepultadas, los poetas cantan las gestas de los dioses victoriosos y de los héroes vencidos, los filósofos procuran hallar la esencia del mundo y la del alma paseando a lo largo de las orillas del Iliso o en los pórticos de Atenas, coros de vírgenes y de ancianos cantan en teatros abiertos, bajo el cielo mediterráneo, lamentando la inexorabilidad del Hado, se alzan anfiteatros, curias y basílicas semejantes a moradas para cíclopes. Sobre los milagros esparcidos acá y allá se levanta ya el canto armonioso de los rapsodas, ya el resonar de las trompetas, ya el alarido de empenachados depredadores. Pero… un día, en el establo oscuro de un escondido pueblecillo, en medio de un pueblo despreciado y esclavizado, nace un nuevo Dios que con su sangre rescata al mundo, que con su palabra renueva al mundo, que con su muerte abre el horizonte hacia una nueva vida. Desgraciadamente, el manuscrito de Walt Whitman se detiene aquí, sin tener en cuenta que mi descarnado resumen le ha hecho perder lo mejor de su luminosidad. Quedan todavía algunos otros fragmentos, pero tan desligados y tan lacónicos que no es posible reconstruir el conjunto del poema que habría sido la obra maestra de un titán, y tal cual lo tengo es tan sólo la sombra de un sueño demasiado grande. ¿Habrá alguna vez en la tierra un poeta tan inspirado y heroico, capaz de retomar y llevar a término la "sinfonía inconclusa" de Walt Whitman?


En El libro negro
Imagen s/d


30 mar. 2014

Giovanni Papini - El suicida sustituido

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Era inútil. Todo esfuerzo parecía agravar el inconveniente. El sombrerito de fieltro no quería cubrir bien aquella vergonzosa calvicie, surcada por los escasos cabellos estirados que el peluquero extendía tres veces por semana a través del cráneo, última barrera de toda ilusión absalónica. Los mechones que sostenían el sombrero a derecha e izquierda eran, según la opinión inexpresada del matemático presente, un puro derroche de energía. Mi pobre amigo estaba más nervioso que los otros días. Una sola taza de café —¡de qué miserable café!— lo había reducido a aquel estado miserable. No podía estarse quieto: la silla se removía debajo de él con sordos gruñidos y bruscos crujidos, sofocados por el pavimento. Los cigarrillos —había fumado dos paquetes en pocas horas— le habían dado una especie de delirio confabulatorio que empezaba a preocuparme. Desde la mañana temprano, desde que había llegado a la ciudad, no había tenido valor para dejarlo solo. Probablemente sufría, pero no quería hablar de lo que lo hacía sufrir.

Viéndolo allí, en el café, con el lápiz en la mano, los ojos alterados, el sombrero inclinado hacia un lado, y el cigarrillo apagado que colgaba, oblicuo, de uno de los ángulos de sus labios amoratados, daba casi miedo, y ya el camarero, en confianza, me había preguntado al oído por qué no me lo llevaba a casa.

  Se lo propuse.

  —¿A casa? —dijo él, mirándome a través—. ¿Y dónde está mi casa? Yo no tengo piedra donde reposar mi cabeza.

Estas últimas palabras las pronunció sonriendo ligeramente, pero enseguida volvió a adoptar su acento trágico.

  —¿Por qué —prosiguió— no se puede tener el derecho a repetir las palabras de Cristo? ¿No somos hijos de hombre como Él? ¿No tenemos que beber la hiel como Él? Y si un día quisiera, ¿no podría ser atormentado como Él?

El matemático, que hasta entonces no había abierto la boca sino para sorber su cortado, se dirigió a mí y dejó caer su breve sentencia como desde lo alto de la sabiduría:

  —¡Literatura!

Mi amigo no le contestó. Se tocó otra vez su pobre sombrero y llamó en voz alta:

  —¡Pequeño!

Vino el niño vestido de rojo, con su ancha boca de rana.

  —¡Una vela encendida!

Cuando la vela estuvo delante de él, con su bonita palmatoria de latón, puso la mano sobre la llama apretando la boca.

  —¿Qué haces?

Intenté retirarle el brazo, pero él se defendió con el otro y siguió con la mano sobre el fuego. Toda la gente del café había levantado la cabeza y nos miraba: acudió el mismo dueño, serio, con sus grandes ojos fuera de las órbitas, sin saber qué decir. El matemático consultó su reloj. Empezó a notarse olor a quemado. Algunos caballeros se levantaron diciendo que aquello era una porquería y se fueron sin pagar.

Yo di un nuevo estirón del brazo y apagué la vela. Mi amigo se sacó el pañuelo, se vendó la mano ennegrecida y dijo con voz de odio:

  —Lo he hecho para contestar a aquel imbécil.

Y se levantó. Dejamos el café en medio de un vocerío de los espectadores. Había quien hablaba de llamar a la policía o a un médico. Una señora afirmaba con énfasis:

  —¡Es un faquir, es un faquir!

Dejamos las calles del centro en silencio y atravesamos el puente para subir a la colina que tantas veces había albergado nuestros entusiastas conciliábulos. El sol arrancaba relámpagos de oro de la basílica y, en medio de la fachada, el enorme Cristo de mosaico, con los cabellos negros y los ojos dilatados, contemplaba duramente la ciudad baja, tendida a sus pies, que no se preocupaba de Él.

Pero no llegamos hasta allí. Dejamos la avenida y tomamos por el atajo que lleva al prado de los olivos. Sobre la hierba rasa se levantaban, como de costumbre, las ruinosas murallas republicanas, y hacia arriba, las cruces de mármol blanco del cementerio de lujo. Sentada al pie de un árbol, una vieja con un chal rojo se peinaba con recogimiento, mirando de cuando en cuando el peine con singular atención.

  —Detengámonos aquí —dijo mi amigo—. No tengo ganas de andar y quiero decirte algo.

Nos sentamos de cualquier manera sobre las piedras que bordean el sendero. Se oía el chirriar de los tranvías en la curva del paseo de abajo y una voz de niña que llamaba insistentemente a alguien. Mi pobre compañero parecía bastante calmado, bajo el dulce viento, en aquel escondrijo entre fúnebre y agreste. Se tocaba de cuando en cuando la mano quemada, y si no le hubiera brillado en algunos momentos una lágrima entre las pestañas, se habría dicho que era un hombre como todos los demás. Ahora ya toda la vergüenza estaba pasada: se había quitado el sombrento de fieltro y su cabeza oblonga, desnuda en medio y en la frente, toda roja por la hiperemia, se refrescaba a la brisa crepuscular.

  —¿Sabes cuándo he nacido? —me preguntó al cabo de un buen rato de silencio.

  —Sé que tienes treinta y dos años cumplidos, pero no el día de tu nacimiento.

  —Pasado mañana cumplo treinta y tres años.

Dijo estas palabras en voz baja, como si me revelara un gran secreto.

   —¿Y qué quiere decir? —contesté, con mi acostumbrada obsesión antisentimental—. El tiempo pasa para todos y, a fin de cuentas, no eres todavía viejo.

¡Qué desprecio en sus ojos grises! Vuelvo a verlos en este momento como nunca los vi antes ni después. No me había dado cuenta de que tuviera unos ojos tan poderosos.

  —Oye —reanudó—, tú no comprendes nada. Esperaba que pudieras comprender algo más que los otros, y todavía no he perdido todas las esperanzas. Te juro que haré todo lo posible, hasta la última gota de sangre, ¿entiendes?, para salvarte.

  —Pero ¡explícate de una vez! —repliqué, entre enojado y ofendido—. Hoy no has hecho más que hablar un poco de todo sin ilación y has dicho cosas de todos los colores sin dejarme replicar. Antes, en el café, has hecho aquella dolorosa payasada para molestar a un hombre que no tiene ninguna importancia. Ahora me sales con palabras misteriosas y con enigmas sin significado. ¿Qué quieres? ¿Quieres salvarme? ¿De quién? ¿Cómo? Hablemos claro.

  —Escúchame —reanudó él, con voz cambiada y casi patética—, tú sabes que siempre te he querido y que eres el único hombre del que he esperado algo. Siempre te he abierto mi alma, no del todo, pero más que a los otros. Te he elegido como compañero varias veces, te he escrito cartas que no puedes haber olvidado. Ahora te elijo una vez más para esta última confesión, y tú me quieres hacer notar por la fuerza que no eres digno. Pero no tengo tiempo que perder, y no te dejo. No creas que juego al loco o al oscuro para hacerme más interesante. Lo he hecho otras veces, porque un poco de charlatanería, si se utiliza bien, ayuda incluso al genio, pero hoy no tengo ganas. Te hablaré lo más abiertamente que pueda. Te he dicho que dentro de tres días cumplo treinta y tres años. No lo he dicho para hacer un poco de literatura nostálgica al caer la juventud. Ésta es verdaderamente para mí una fecha importante. Para los demás hombres, pasar de los treinta y tres a los treinta y cuatro no significa nada. Es el cambio de una cifra y poco más. Para mí, en cambio, se trata de un instante extremadamente grave. Treinta y tres años son para mí la edad sagrada, la edad divina, la edad perfecta. Según yo creo, quien no se ha demostrado capaz de grandeza hasta este momento, nunca hará nada bueno, aunque viviera mil años. Aquellos que no han expresado a los treinta y tres años su genio y no han dado una promesa segura para el próximo porvenir, tienen un deber preciso y terrible. A los treinta y tres años fue muerto Jesús. Ésta es la edad clásica y solemne del sacrificio supremo. Quien no ha podido dar su alma a los hombres debe, por lo menos, dar su vida. Yo me encuentro ahora en este trance. He pensado durante largos años en hacer algo mayor que los otros y me he arrastrado detrás de mi estéril insaciabilidad hasta este momento, esperando siempre en el milagro y en el futuro. Ahora ya estoy condenado y renuncio a todo. Truncaré mi existencia inútil. También yo me sacrificaré por alguien y mi suerte no será en vano como lo fue mi nacimiento. Escúchame bien, porque se trata de ti. Yo me mato por ti, me mato en tu lugar, abandono mi vida para salvar la tuya. Como te he dicho, tú eres el único hombre en el que he puesto esperanzas. En los últimos tiempos hubiera querido que tú hicieras lo que yo no he podido hacer, que tú llegaras a ser lo que yo no he podido ser. Hay en ti momentos y semillas de genio, síntomas de una profunda diferenciación de los demás. He esperado en ti, espero todavía en ti, aunque tú no quieras comprender ni lo que digo ni lo que espero. Desde hace algún tiempo llevas una vida que no me gusta. Ya no lees, ya no trabajas, ya no vienes a buscarme. Te has metido con imbéciles y lo que escribes son cosas frías, sin nervio, de café, de salón. Ya no te veo ir al campo, pero sé que frecuentas muchas mujeres; ya no te encuentro solo, sino con hombres de los que deberías huir como de la peste. Ya no eres tú: todas tus ambiciones se te han caído como alas rotas; vas más a ganar que a asustar, buscas más estar bien que subir más arriba. Nunca te había dicho estas cosas tan crudamente. Pero las puedes escuchar de un moribundo que te quiere. Por eso he pensado hacer una desesperada tentativa para salvarte. He de morir pasado mañana de todos modos, pero quiero que sepas que muero por ti. Estás demasiado apegado a la vida y no tienes el valor de matarte. Después de la caída de estos últimos meses, si pensaras en lo que has sido y en lo que querías ser, tendrías que matarte, pero sé que no lo harás. Yo tomo tu puesto y me cargo también con tus pecados. No pudiendo soportar más el espectáculo penoso del olvido de ti mismo, hago lo que deberías hacer y no te atreves. Me mato con la esperanza de que mi muerte por ti sea una sacudida tal para tu alma, que vuelva a hacerla flotar y cambie su sustancia hasta tu muerte. Nada se obtiene sin sacrificio, sin sangre. Ya me sacrifico por ti; derramo mi sangre por tu grandeza. También yo, como Jesús a los treinta y tres años, voy voluntariamente al último suplicio. Él murió por salvar a todos los hombres; yo, que no soy Dios, muero para salvar a uno solo. Puede ser que me engañe y que estés tan hundido en la mediocridad que ni siquiera la impresión de mi muerte pueda volver a ponerte en pie y hacerte recordar tu verdadero yo. Pero quiero esperar hasta lo último. Cuando sepas que un hombre al que tú estimabas se ha matado por el dolor de verte tan abajo y por la esperanza de devolverte tu verdadero destino, acaso no sonrías como en este momento. No bromeo. Dentro de dos días sabrás si he hecho el payaso o si de verdad te he dado la máxima prueba de amor que un hombre puede dar a otro hombre.

No lo había interrumpido hasta aquel momento y había escuchado su largo discurso sin poder dejar de sonreír bobamente de vez en vez. Pero también yo quería decir algo. No puedo olvidar la lógica ni siquiera en los momentos más serios.

  —Perdona —le dije, con tranquila ironía—, no he comprendido bien si te matas porque no has sido capaz de hacer nada tú, o porque quieres obligarme a hacer algo. En el primer caso, no tengo ninguna razón poderosa para conmoverme o trastornarme; en el segundo caso, esperaré la experiencia, si es que has hablado en serio.

  ¡Nunca lo hubiese dicho! Mi amigo, sin mirarme siquiera, se puso el sombrero y se alejó enseguida de mí, agitando convulsivamente la mano envuelta en el pañuelo. Intenté seguirlo, pero la tarde caía ya y un poco de niebla ensombrecía los paseos desiertos. Aquel desgraciado corría desesperadamente con su paso irregular de hombre cansado. En un recodo se perdió de vista y no pude comprender dónde se había metido.

La fecha famosa ha transcurrido y yo no he vuelto a verlo más.


En El piloto ciego
Imagen s/d

6 oct. 2013

Descarga: Giovanni Papini - El piloto ciego

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Descarga: Giovanni Papini - El piloto ciego

Jorge Luis Borges aseguraba que de Giovanni Papini, uno de sus escritores predilectos, pervivirían algunos aforismos, algunas páginas, algunos cuentos… Y entre ellos figuran sin duda varios de los que componen El piloto ciego, una de las grandes obras de la literatura fantástica de principios del siglo XX que, inexplicablemente, desde hace décadas no ha sido reeditada en español. Maestro de Dino Buzzati y discípulo de Edgar Allan Poe, «si los cuentos papinianos no reflejan el terror o la morbosidad de la temática de Poe, es evidente que en ellos se desborda la extrañeza y la reflexión metafísica, tratadas con mayor o menor grado de ironía y sarcasmo junto a una magnífica práctica del suspense, que acaba provocando en el lector un efecto abrumador de sorpresa, desconcierto y turbación». En todos estos relatos, «envueltos en el humor cáustico de Papini», se refleja la melancolía que emana del escepticismo. A eso se refería Borges cuando afirmaba: «Estos cuentos proceden de una fecha en que el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos…».

12 feb. 2013

Giovanni Papini - El pacto con el Diablo

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Giovanni Papini


No hay Demonología científica o histórica en que no se hable, con complacencia erudita y prolija, de los hombres, oscuros o famosos, que se han vendido al Diablo mediante un pacto formal. En todas las obras de teatro donde Satanás figura como uno de los protagonistas, desde El esclavo del Demonio (1612) de Mira de Amescua hasta el Fausto de Goethe, se asiste a la estipulación de ese contrato.

Christopher Marlowe figura entre quienes dan, en su Tragical History of Doctor Faustus, el texto del pacto:

“Con las siguientes condiciones: Primero: que Fausto podrá ser un espíritu, en forma y en sustancia.

’’Segundo: que Mefistófeles será su servidor y se pondrá a sus órdenes.

’’Tercero: que Mefistófeles hará todo por él y le procurará lo que necesite.

’’Cuarto: que será, en el cuarto o en la casa, invisible.

’’Último: que se le aparecerá a dicho John Faust, en cualquier momento, bajo las formas y con el aspecto que él quiera.

”Yo, John Faust, de Wittenberg, doctor, cedo por el presente acto, cuerpo y alma a Lucifer, príncipe de Oriente, y a su ministro Mefistófeles; y les concedo además plenos derechos, una vez transcurridos veinticuatro años y si no ha habido violación de los artículos arriba fijados, para que transporten al susodicho John Faust, en cuerpo y alma, en carne y sangre y con todos sus bienes, adonde quiera que tengan su morada. De mi puño y letra: John".

No he transcripto ese fantástico documento por simple lujo literario, sino para demostrar cuál es el grado de estupidez e inverosimilitud de los famosos pactos. A pesar de ser un poeta de recursos geniales, Marlowe no encuentra nada mejor que este ingenuo arreglo: un hombre tendrá durante veinticuatro años a su servicio un demonio, y al final lo recompensará con su propio encarcelamiento, atroz y eterno, en las llamas infernales. No obstante la sed de saber y de poder que atormentaba al doctor Fausto ¿no es éste, aun para la inteligencia más mediocre, un marché de dupes?

A pesar de los testimonios y de las leyendas yo tengo la seguridad de que jamás hubo pactos de ninguna clase entre los hombres y Satanás. Serían una prueba más de la locura del hombre y de la imbecilidad del Diablo. Si Mefistófeles no es un idiota y si el doctor Fausto no es un insensato, no se ve ni se entiende cómo aceptan tales convenios.

En primer lugar ¿cuál puede ser la ganancia del Diablo? Con las tentaciones más burdas, se apodera de innumerables almas; otras almas igualmente innumerables caen en sus manos sin que necesite hacer un solo ademán ni dar un solo paso, ¿por qué habría de hacer tal derroche de favores y de servicios para procurarse una que otra alma supernumeraria?

Se dirá que se trata de almas selectas y magníficas que excitan su especialísima gula. Pero también habrá que pensar que si tales almas están dispuestas a firmar el compromiso por el cual aceptan el infierno para toda la eternidad a cambio de algunos pases de prestidigitación y de algunas voluptuosidades de la carne o del espíritu, es evidente que en esas almas ya se da el germen y la concupiscencia del mal. No es necesario, pues, que el Diablo se convierta en esclavo de sus caprichos y en mediador de sus placeres: esos hombres, tan bien dispuestos a renunciar a Dios y a la salvación, caerán tarde o temprano por sí mismos en el pecado y en la perdición.

Bastará esperar o, a lo más, atizar esos perversos espíritus con algún toque de adecuada tentación. Concederles señorío sobre los espíritus del mal es un gasto superfluo e inútil. En caso de que tema un arrepentimiento in extremis del pecador, por el cual éste se le escape de las garras, el Diablo debe pensar que para la misericordia y omnipotencia de Dios no hay obstáculos y que de cualquier modo esa alma se salvará, aun cuando haya firmado cien pergaminos.

Por otra parte ¿dónde está la conveniencia de quien promete su alma al demonio? Si cree en Satanás y en el infierno, casi seguramente ha de creer, también, por necesidad lógica, en Dios y en su justicia. Ha de saber, por ello, al firmar el pacto, que existe una beatitud eterna y una eterna condenación. Pero ¿es concebible que un hombre no trastornado por la locura desee un pacto según el cual promete pagar con una tortura espantosa, física y espiritual, que no tendrá término, pocos años de satisfacciones terrestres? ¿Qué significan veinticuatro años —y aun cincuenta— de desahogo de las concupiscencias mentales y carnales, comparados con la eternidad? Unas cuantas curiosidades satisfechas, algunas jovencitas seducidas, uno que otro efímero prodigio, ¿pueden valer, aun a los ojos del más ávido de los intelectuales, la pérdida de una dicha inefable y perenne?

En la tierra hay hombres que por el deleite de una hora o de un día pierden la libertad para toda la vida; pero casi siempre se los considera víctimas de un furor invencible o de una naturaleza incurablemente perversa.

Pactos semejantes al del doctor Fausto presuponen, por ende, que el Diablo es estúpido y que el hombre es loco. Ni una ni otra cosa son absolutamente imposibles, como lo prueban la historia diabólica y la humana. Pero por otra parte el Demonio es famoso principalmente por su astucia. Y quienes le habrían vendido el alma son, por lo común, hombres de mucha ciencia e ingenio. El Diablo puede encarnarse en ellos y dominarlos, cuando así lo desee; pero me parece difícil que se avenga a ser su sirviente.


En El Diablo
Traductor: Vicente Fatone

2 jul. 2012

Giovanni Papini - Los mudos

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Giovanni Papini © David Lees/CORBIS


Ha llegado a nuestra ciudad un maestro inesperado. Se llama Ariel y viene de una isla, de una de aquellas islas que los geógrafos no describen y que surgen de cuando en cuando de las aguas del mar a la voz de los poetas. Dicen que, hace mucho tiempo, Ariel estaba a las órdenes de un príncipe desterrado y que de él aprendió algunas de aquellas cosas que no se pueden oír más de una vez. Tal vez por esto tiene la costumbre, que ha parecido muy extraña, de no permitir que un hombre escuche por segunda vez sus lecciones. Acoge como oyente a cualquiera que se presente, con tal que no haya ido nunca antes. Si el mismo hombre vuelve, lo hace echar y nadie puede vanagloriarse de haberlo oído hablar dos veces.

«Hoy —decía para mí—, dirá, sin duda, cosas nuevas y maravillosas, porque todos los que salen de su casa se van por las calles pensativos y transfigurados como si regresaran de algún nacimiento divino. Pero mañana, acaso, dirá cosas todavía más extraordinarias. Pero, si voy mañana, no podré escucharlo el día en que revele la más inesperada, la más tremenda doctrina. No se trata de un maestro cualquiera, que se puede escuchar cuando se quiere y seguir durante años enteros. Cada uno de sus oyentes corre un riesgo de nuevo tipo y los arrepentimientos de lo desconocido son incurables.»

Durante muchos años, pues, no he ido a escuchar la palabra de Ariel. He pasado muchas horas a su puerta, indeciso, tembloroso, ansioso y temeroso al mismo tiempo. Cuando sus alumnos de un día salían de su casa, les preguntaba lo que les había dicho el maestro, pero ellos no contestaban. Me miraban como en sueños y se iban a pasos lentos e inciertos, como si se sorprendieran de encontrarse en nuestra ciudad, hecha de casas tan pesadamente sumergidas en la tierra.

Durante muchos días he vivido aquí, sin lograr vivir mi vida ordinaria, sin cuidarme de mis libros, sin besar a mi madre por la mañana y por la noche. Sin observar siquiera la aparición de las nuevas estrellas. Pero no he podido resistir más y, finalmente, he tirado también mi dado.

Ayer mañana, junto con muchos hombres que esperaban a su puerta, he entrado en la escuela de Ariel. Estaba en una gran sala, simple y desnuda, desde cuyas ventanas se columbran hileras de columnas; estaba de pie, apoyado contra una pared, y, aunque estamos en verano, cubierto por una gran capa. Creo que la lleva para esconder las alas, porque sus ojos parecen acostumbrados a mirar siempre desde arriba, por encima de las montañas: ojos fijos, fríos, serenos, planetarios.

En cuanto hemos entrado todos nos ha mirado uno a uno y ha echado a dos jóvenes, dos hermanos, que habían estado allí otra vez ya. Habían intentado esconderse entre los demás, pero parece que su poder de reconocer las caras es milagroso. Apenas los dos han salido, ha hecho cerrar la puerta y se ha quedado durante unos instantes silencioso.

Todos estábamos de pie como él. En la habitación no se oía otro ruido que el de nuestras respiraciones expectantes.

De repente, Ariel ha empezado a hablar con voz fuerte y distinta:

«Hoy hablaré del hombre y de su gran miseria. Nadie de ustedes sabe cuál es la gran miseria. ¡Cuántos los han compadecido, advertido o maldecido! Algunos han descrito todas sus llagas secretas en sus libros, y otros los han despreciado tanto, que ni siquiera han podido llorar. De su miseria han nacido elegías de poetas, desesperaciones de solitarios, discursos de santos, teorías de suicidas y nadie ha conocido la grande, inmensa, suprema miseria de ustedes.

»¿Son acaso infelices porque se mueren? Todas las cosas mueren y renacen en el mundo. ¿Son infelices porque sus alegrías son breves y sus dolores eternos? El dolor los salva de la saciedad, los mantiene puros, los eleva al conocimiento. ¿Son infelices porque no pueden hacerlo todo? Serían bastante más infelices si todos tuvieran el poder de ustedes.

»Su infelicidad no consiste en esto. Su miseria es otra, y nadie, hasta hoy, les ha dicho cuál es. Y he aquí que yo puedo decírsela y voy a decírsela a ustedes.

»¡Los hombres son mudos! He aquí su gran, suprema y única miseria. Los hombres son mudos, no saben hablar, no saben contestar. Si los hombres hubieran hablado, este mundo habría dejado de existir y ellos no sufrirían más. Pero, hasta ahora, han estado mudos, obstinada y estúpidamente mudos, y sólo por eso continúa su vida presente y su miseria eterna.

»Ustedes no comprenden mis palabras, lo sé. Veo en sus corazones la duda y en sus labios el deseo de una risa. Sin embargo, no serán capaces de sonreír cuando hayan comprendido lo que quiero decir.

»Yo sé que muchos de ustedes encuentran este mundo demasiado igual a sí mismo, fastidioso, lleno de costumbres, melancólicamente monótono. Veo entre ustedes a un joven pálido, vestido de negro, lector de las obras completas de Byron, predestinado al suicidio, y que muchas veces, a solas y con los demás, se ha abandonado a semejantes lamentaciones. Siempre el sol que ilumina, el agua que corre, la luna que aparece y desaparece, los pájaros que cantan, las mujeres que aman, las flores que se abren y luego se marchitan, los hombres que se engañan, las campanas que tocan en la aurora y al crepúsculo, las naves que zarpan y luego vuelven al puerto, los días que siguen a las noches, y todo esto para siempre, para toda la vida, desde el día de los primeros gemidos al de los últimos gemidos. También rodando por la tierra y conociendo hombres nuevos y buscando sensaciones no experimentadas, se acaba descubriendo por todas partes la universal constancia de las cosas, la tediosa uniformidad de los actos mal enmascarados con nombres diversos, la fundamental unidad de nuestra pequeña vida de animales momentáneos. El día de hoy es semejante al que le sigue; cada año vuelve a traer las mismas estaciones y los mismos acontecimientos de sol y de viento, de calor y de tempestad; cada vida humana se puede narrar con pocas palabras, siempre las mismas: nació, sufrió, amó, esperó, murió.

»Así hablan los hombres que ya no son niños y que no se dejan emborrachar por los juegos peligrosos de la vida. Pero éstos no han comprendido todavía la gran miseria. Creen haber llegado al fondo de la copa de las amarguras y, en cambio, apenas si se han acercado al borde y se han retirado con el deseo de suprimir la vida, el mundo y ellos mismos.

»Pero ¿quién les enseñará el camino del fin, si no han comprendido el sentido del mundo y la profunda razón de la monotonía del mundo?

»El mundo es monótono, el mundo es continuamente igual a sí mismo, el mundo se repite. Todo eso es muy cierto, y todo eso tiene su razón. El mundo se debe repetir, y el mundo se repite, y la culpa es de los hombres, de los hombres, que son mudos, que no saben responder.

»Sepan, pues, de una vez, ¡oh alumnos de este día!, que el mundo no es más que un discurso, un largo y complicado discurso, enorme, oscuro, secular, que espera una respuesta. Hay alguien que quiere decir algo a los hombres y no habla la lengua de los hombres. Habla por símbolos, por medio de las cosas, de los hechos, de los acontecimientos. El universo es su discurso, es su palabra hecha carne, hecha tierra, hecha planta, hecha sol; es su palabra misteriosa, que desde hace siglos y siglos va del cielo a la tierra sin que ninguno de ustedes la escuche o la comprenda. Y por eso, y no por otra razón, este discurso se repite y vuelve a decir para cada vida las mismas cosas, las mismas eternas cosas. El mundo es monótono porque es un discurso que se repite, y se repite porque ninguno de ustedes sabe responder, porque son mudos.

»Ustedes miran el mundo, lo copian, lo describen, lo usan para las necesidades de la vida, pero nunca piensan en escucharlo. A ninguno se le ocurre que el mundo le habla, que le dice algo, que espera de ustedes alguna respuesta. Conciben el mundo como un almacén o una hacienda, como una casa de pena o de alegría, pero nunca han pensado que acaso el mundo es una voz, una voz que repite insistentemente ciertas preguntas, una voz dirigida a los oídos, al alma de ustedes; una voz desesperada, cansada, que invoca e implora de ustedes una respuesta. ¿Por qué creen que los ruiseñores se desfogan siempre con los mismos gorjeos, y que las ranas dejan oír siempre su ritmo angustioso, y el viento la misma respiración sonora, y el agua la misma fresca voz? ¿Para qué creen que las golondrinas trazan en el aire, con sus vuelos innumerables, círculos y jeroglíficos? ¿Para qué pasa el sol lentamente cada día, sobre nuestras cabezas, siguiendo el mismo camino? ¿Para qué se disponen cada noche en el cielo las estrellas para formar esas constelaciones, esas cifras siderales que dicen desde hace infinito tiempo la misma frase? ¿Para qué creen que los árboles vuelven a florecer cada primavera e intentan comunicarnos las mismas divinas verdades con sus flores de color inmutable?

»Todo cuanto aparece, todo cuanto reaparece forma parte del mismo discurso. Los retornos de las cosas son repeticiones de palabras y de frases idénticas. El que les habla tiene paciencia. No lo humilla su silencio. Repite hasta lo infinito sus preguntas —o sea el universo— y no desespera de que un día le respondan. Cuando le hayan respondido, el mundo actual acabará de repente y, con él, acabará la vida de ustedes. Entonces comenzará un nuevo discurso; la palabra creará una nueva tierra, un nuevo cielo, y el diálogo maravilloso entre el hombre y Dios proseguirá sin descanso. Ahora les toca a ustedes hablar. Desde hace miles y miles de años la voz habla y ustedes son mudos. Desde hoy, esforzaos por cumplir el mundo como una serie de palabras. Agucen el oído, fijen la mente, elévense hasta el oscuro lenguaje. Cuando dejen de ser mudos, su gran miseria será un recuerdo y una nueva página del universo se habrá pasado. Les he dado el miedo, creen ustedes la esperanza.»

Sólo recuerdo esto del discurso de Ariel. Pero ¿quién podría repetir sus palabras una a una, tal como salieron fuertes y terribles de su boca? Ninguno de nosotros tuvo el valor de mirarlo o de hablarle después que calló, y nos encontramos de nuevo en la calle, pensativos y como en sueños, como hombres que volvieran de un nacimiento divino. Por el camino, un hombre me detuvo y me preguntó temblando qué había dicho aquel día el maestro.

Yo lo miré sin verlo y seguí adelante sin pronunciar palabra.


En El piloto ciego
Traducción: Paloma Alonso Alberti
Imagen: © David Lees/CORBIS

21 abr. 2012

Giovanni Papini - Libros inspirados por el Diablo

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Giovanni Papini - El Diablo


La Sagrada Escritura es de inspiración divina, como enseña la Iglesia. En oposición a ella puede haber escrituras humanas de inspiración diabólica. Jamás se le ha negado al Diablo alguna forma de perversa genialidad, y sería extraño que no hubiese aprovechado, además áe sus propias artes maléficas, el arte literario ejercitado por los hombres.

En la literatura europea hay algunas obras que por su contenido sofístico, blasfemo y nihilista, podrían haberse debido a dictados del espíritu de Satanás. Éste, no lo olvidemos, es “loico”(1), como dijo Dante, y se complace tanto en la negación intelectual cuanto en las bajezas bestiales.

Algunos polemistas católicos tuvieron por “obra del Diablo” muchos libros que les parecían errados y nefastos por cuanto se oponían a los principios y a los intereses de la Iglesia. Pero empleaban esa expresión con demasiada facilidad y sin creer, probablemente, en una verdadera y auténtica inspiración directa de Satanás. Pero hay algunos libros para los cuales precisamente esa hipótesis de una colaboración demoníaca resulta bien verosímil.

Uno de esos libros es, desde luego, el De Tribus Impostoribus, donde se pretende demostrar que Moisés, Jesús y Mahoma no fueron sino astutos impostores. La primera edición del famoso y casi inhallable opúsculo es de 1598; pero se le atribuyó nada menos que al emperador Federico II de Suabia, que tenía fama de incrédulo. El autor del texto que poseemos es sin embargo muy posterior, seguramente. Y se han propuesto muchos otros nombres, entre ellos el de Fausto de Longiano.

En el mundo protestante, y especialmente en el inglés y puritano, estuvo muy difundida la opinión de que El Príncipe de Maquiavelo era una obra inspirada por el demonio, ya que a aquellos cándidos fanáticos el libro les parecía un breviario de todas las artes infernales para dominar y suprimir a los hombres. Hoy nadie acepta esa maliciosa opinión —por lo menos entre los católicos—; y en cambio se podría atribuir, con mayor verosimilitud, inspiración diabólica a la obra de un inglés, el famoso Leviatan (1651) de Tomás Hobbes. Este libro es, como se sabe, una terrible síntesis del materialismo radical y del determinismo absoluto: Nada de espíritu, nada de libertad; la conclusión natural es que la vida humana consiste en la "guerra de todos contra todos”.

En el mundo anglosajón no faltan otras obras que podrían parecer inspiradas por el Adversario. Piénsese, por ejemplo, en El Matrimonio del cielo y del infierno (1790) de William Blake, donde los proverbios infernales tienen una irreverente desenvoltura que hace pensar en el futuro Nietzsche. Piénsese también en el Manfredo y en El Vampiro de Byron, y en el Melmoth errante de Maturin (1820), que narra la terrible vida de uno de los más aterradores monstruos morales creados por la llamada escuela de la “novela negra”. Y es necesario no olvidar el célebre ensayo El asesinato como una de las bellas artes (1827, 1839, 1854) de Tomás de Quincey, uno de cuyos ecos se oye en el famoso ensayo Pluma, lápiz y veneno de Oscar Wilde, publicado en el volumen Intenciones (1891), donde se cuentan las delictuosas hazañas del diabólico criminal Thomas Griffiths Wainewright. Con su habitual y despiadada agudeza Edgar Alian Poe expone la teoría de esa complacencia en el mal por el mal en su célebre cuento filosófico El instinto de la perversidad, donde se describe la atracción del abismo. Aquellas ideas de Poe tuvieron mucha influencia en Baudelaire y, a través de éste, en no pocos decadentes europeos. Reflejos satánicos aparecen también en la obra de un contemporáneo de Baudelaire: Madame Putiphar (1839) de Petrus Borel. Éste fundó, pocos años más tarde, en 1844, un diario que se llamaba Satanás.

Francia conocía ya otro libro todavía más satánico, el Testamento del cura Mellier (o Meslier), muerto en 1729, del cual publicaron algunos fragmentos Voltaire (1762) y d’Holbach (1772).

En el Testamento se leía la frase macabra, famosa en la época de la Revolución Francesa, en la que el sacerdote Mellier decía que había que ahorcar al último cura con las tripas del último rey.

También la obra maestra de Max Stirner, El Único y su propiedad (1843), que en nuestros tiempos ha llegado a ser el texto sagrado de la anarquía absoluta, puede hacer pensar, especialmente en su primera parte, en una tétrica insuflación del Adversario.

Diversas personas piadosas han creído encontrar el hálito y el soplo del dictado luciferino en la pequeña obra de Federicho Nietzsche El Anticristo (1888), una de las últimas que el filósofo escribió antes de la locura y en la cual se reafirma la condena de la moral cristiana de la piedad. Pero en Zarathustra y en otras obras de Nietzsche podrían verse, aún mejor, el tono y los arranques satánicos.

En la literatura contemporánea son innumerables los libros que parecen sugeridos por el Príncipe de las tinieblas. Pero el más tremendo, a pesar de la aparente mesura del relato, que no hace ningún despliegue de desahogos infernales, me parece que es la Metamorfosis (1916) de Franz Kafka. En la historia de aquel hombre mediocre que de pronto se convierte en gusano(2) y vive horrible pero silenciosamente su vida de gusano hasta el día en que tiran a la basura su blanduzca carroña, creo advertir la befa más siniestra que el Demonio ha imaginado para humillar y torturar al hombre. También en El Proceso (1925), del mismo Kafka, se adivinan las crueles intenciones de un Diablo clandestino y anónimo que turba las almas en forma indirecta pero implacable, destacando una misteriosa culpa que puede ser tanto el pecado original cuanto el de todos nosotros en todos los días de la vida.

El problema que se plantea es éste: ¿los autores de las obras que acabamos de recordar tuvieron o no conciencia, clara u oscura, de una inspiración satánica, total o parcial? Lo probable es que la mayoría no la advirtiese, porque una de las más famosas tretas del Diablo es precisamente la de no hacerse notar, como le sucede al traidor del dicho popular, que “tira la piedra y esconde la mano”.

Sólo uno de ellos, André Gide, tuvo presente ese problema y lo resolvió concluyendo que en todas las artes es necesaria la participación demoníaca. Con una franqueza que provoca admiración y temor, afirmó, en efecto, que “sin la colaboración del Demonio no hay verdadera obra de arte”.(3)


1. [Es decir "lógico”. N. del t.]
2. [Gusano (“verme”), que es la interpretación más viable de la metamorfosis, aun cuando al comienzo del relato se emplee la palabra “insecto”. N. del t.]
3. A. Gide, Dostoiewski, París, Plon, 1923, pág. 253.



En El Diablo
Traductor: Vicente Fatone



7 sept. 2009

Giovanni Papini – El verdadero cristiano

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giovanni papini 2 El señor canónigo tenía la costumbre de meterse de nuevo en cama después de la misa. Era de aquellos hombres que no consiguen pensar fuera del colchón. Su desarticulado esqueleto no estaba ligado por músculos, sino por una piel fláccida, ligeramente rellena de aquella grasa mala que, más o menos, tienen todos los curas sedentarios. Esto es para explicar que el cañonazo del mediodía lo encontraba todavía sentado en su gran cama de matrimonio, reclinado en dos almohadones, protegido por grandes mantas de lana y por edredones de pluma, y con la taza de café, todavía no vacía, sobre el mármol de la mesilla de noche. No era que durmiese mucho, sino que, para pensar y leer en paz, para dar libre curso a su alma, tenía necesidad de no sentir su pobre cuerpo frágil, blando y friolero, en contacto demasiado directo con el mundo exterior. Debajo de las sábanas, tendido en su cama de muelles, cobijado por murallas de ropas pesadas, en aquel calor natural acumulado por su sangre, se encontraba bien, en su verdadero mundo, mejor que un poeta tempestuoso en lo alto de una montaña en una tarde de viento. Es más: sostenía, a pesar de toda su veneración por Dante, que era una gran equivocación decir que no se alcanza la fama bajo las mantas y, aunque no lo decía abiertamente, daba a entender a los amigos que le atacaban este punto que él mismo era un ejemplo de la falsedad de la demasiado famosa sentencia.

Y era verdad. Don Angelo era conocido en toda Italia, por lo menos entre aquellos que se ocupan de cosas de iglesia, no solamente como teólogo —ya que había enseñado dogmática en uno de los primeros seminarios—, sino también como moralista y, sobre todo, como predicador vigoroso e inspirado, comparable solamente por su fogosidad a San Bernardino de Siena y por la fuerte elegancia de su estilo al padre Segneri. Poseía, además, otro valor, que, aunque se manifestara solamente en la ciudad donde residía, no por eso dejaba de constituir una pequeña parte de su éxito: quiero decir una gran capacidad y amabilidad como confesor Casuista finísimo, como hoy hay pocos; conocedor sin prejuicios del corazón humano, y de modo particular del femenino; improvisador feliz de admoniciones, instrucciones y reproches; tan indulgente en la sustancia como rigorista en la forma, reunía en su persona casi todas las perfecciones que requiere un óptimo sacerdote.

No era, empero, un cura a la antigua. Al contrario, si hay que creer a los envidiosos, que nunca faltan, se murmuraban en ciertos salones devotos que olía un poco a moderno. Mientras tanto, para dar una prueba de ello, no había vacilado en escribir, y lo que es peor, en publicar, ciertos libros sobre los padres de la Iglesia, de los que resultaba claramente, incluso para quien no los había leído, que sus simpatías eran para aquellos padres que la Iglesia, más tarde, había condenado como peligrosos, por ejemplo, Orígenes y Tertuliano. Había, además, el hecho gravísimo —también éste probado por testigos oculares— de que don Angelo compraba muchísimos libros, y no solamente libros religiosos y aprobados por la autoridad eclesiástica, sino también de aquellos que se encuentran en las librerías profanas, escritos por laicos, por herejes o por personas sospechosas.

Quien lo había sondeado más a fondo sostenía que su fe no era tan segura como se suponía; que él aceptaba a regañadientes ciertos principios que la tradición de la Iglesia había convertido en dogmas y, en fin —cosa tremenda y casi increíble—, que él, más que creer en Dios, creía en la fuerza de la fe en Dios; más que creer en Cristo, creía en la bondad de aquellos que creen en Cristo.

Pero estas voces, que por otra parte no estaban muy difundidas entre la numerosa clientela de fieles de don Angelo, no habían conseguido desprestigiarlo cerca del cardenal arzobispo, el cual, por el contrario, le había dado pruebas públicas y visibles de su benevolencia yendo a escuchar alguno de sus sermones. Los maliciosos, empero, añadían que sin aquellas sospechas don Angelo hubiera muerto obispo, o tal vez cardenal.

2

El 23 de marzo de 1909, a las diez y media de la mañana —debo estos datos precisos a la amabilidad de la misma persona que me ha contado el resto—, don Angelo, como de costumbre, estaba sentado en la cama y tenía delante cinco o seis libros encuadernados sólidamente en piel oscura, todos abiertos y todos puestos boca abajo con los lomos hacia arriba. Aquélla era la manera de leer del sabio canónigo: no había modo de que se contentara con un libro solo. Una página o dos de uno y luego un capítulo de otro, y un párrafo de un tercero y de un cuarto, para volver finalmente al primero. «Así como somos capaces de seguir —decía— una conversación con cinco o seis personas, con tal que hablen una a una, así no hay confusión en leer en una misma hora cinco o seis volúmenes, y hay la ventaja, además, de poder volver atrás para encontrar el hilo perdido.»

Pero aquella mañana, de repente —apenas habían sonado las diez y media—, la criada abrió con precaución la puerta de su cuarto, sabiendo bien que cometía un acto gravísimo, y anunció al canónigo que un señor estaba a la puerta y quería hablarle en seguida.

—¿En seguida? Pero ¿quién es? ¿Lo conoces?

—No lo conozco y no me ha querido decir quién es.

Don Angelo estaba asombradísimo. Ante todo, nadie iba a verlo por la mañana. Sus escasos amigos sabían que volvía a meterse en la cama y que en aquellas horas estudiaba. Sus penitentes no venían nunca sin advertírselo, y en general lo esperaban en la iglesia aquellas mañanas en que tenía que dejar la cama por el confesionario. ¿Quién podría ser? Lo pensó un poco y al fin dijo a la mujer:

—Dile que deje el nombre y que vuelva más tarde. Ahora estoy en la cama y no puedo.

—Dice que quiere hablarle en seguida; que lo entretendrá poco; que el nombre no importa, porque usted no lo conoce...

—Entonces —suspiró el canónigo— dile que pase aquí, porque no me encuentro bien.

El insistente señor no se hizo esperar. El canónigo vio acercarse a su cama a un hombrecillo bajo y gordo, de cara más bien roja, con una barbita corta en punta y unos lentes grandísimos sobre los ojos, que miraban de soslayo con miradas entre picaras y furiosas. Este hombre jugaba con un curiosísimo sombrero de paja negra, flexible, y parecía que moviera a propósito las manos para enseñar un gran camafeo gris, que, engarzado en un anillo, le cubría la mitad de su índice derecho.

La cara del canónigo, que en general era melancólica como la de aquellos que no digieren demasiado bien, se ensombreció a la vista de su singular visitante, el cual, después de una ligera reverencia, se plantó delante de la cama con el aire de quien espera ser interrogado. El canónigo empezó en seguida con una mentira:

—Ya me perdonará si lo recibo en cama, pero hoy no me encuentro bien y el aire es demasiado frío para un pobre viejo como yo. Si pudiera volver esta tarde...

—En absoluto —saltó el desconocido—, tengo necesidad de hablarle en seguida.

—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó don Angelo, viendo que el otro, después de haber dicho aquello, se había callado.

—Señor canónigo —respondió el hombrecito—, yo sé quién es usted. Vengo de lejos, pero sé quién es usted. Todos me han hablado de usted, y he venido a verlo precisamente porque he sabido quién es. Pero no es necesario que usted sepa mi nombre. ¿Qué es un nombre? Una cascara que se arroja, un vestido que se quita, un cartel que se rompe, una tarjeta que se pierde. Hágase el efecto de que está en la iglesia y en el confesionario. El nombre no es necesario; sobre mí tengo muy otras cosas que decirle.

—¿Se trata, pues, de una confesión? —reanudó el canónigo—. Verdaderamente la hora no me parece muy oportuna y yo estoy ahora en una posición...

—Deje estar los cumplidos, señor canónigo. Aquí no interviene la carne o el vestido, sino el espíritu. ¿Quién se da cuenta de que usted está en cama? ¿Y qué importa?

—Entonces dígame, por favor, en qué puedo servirlo.

—Estoy seguro de que usted me entenderá en seguida. Lo mío no es propiamente una confesión, sino una consulta o, mejor, es también una confesión, pero que tiene por finalidad una consulta... Usted es teólogo, ¿no es verdad?

—Me he ocupado un poco de teología, pero hace muchos años, y ahora no sabría...

—Basta, basta. Conozco su modestia. Siento molestarlo, pero es preciso que tenga usted la paciencia de escucharme un poco sin interrumpirme.

—Estoy dispuesto a oírlo, como es mi deber. Hable, si quiere.

—Sepa que desde niño no he tenido otra pasión que la de ser cristiano, es decir, ser verdaderamente cristiano, con toda la fuerza de la palabra, no solamente llamarme o parecer cristiano. Apenas cumplidos los veinte años, cuando pude reflexionar más seriamente sobre el alcance de mi fe, no hice otra cosa que leer todos los libros que caían en mis manos sobre el cristianismo y Jesús, y especialmente los Evangelios, y no leía solamente, sino que anotaba, meditaba, apuntaba y confrontaba sin tregua, empujado por la manía de descubrir en qué consistía propiamente el cristianismo y de qué manera podría imitar, seguir y tal vez glorificar a Jesús. Al cabo de casi cuatro años de esta ininterrumpida búsqueda, llegué a las siguientes conclusiones. El síntoma del verdadero cristiano es el desinterés. Quien hace algo para obtener una compensación no es digno de Dios. Quien sigue ciegamente su naturaleza no es digno de Dios. Quien logra hacerlo todo por nada y vencerse a sí mismo es digno de Cristo. Cristo ha sufrido por nosotros, Cristo es Dios, es decir, infinito, y por eso su dolor es infinito y nosotros no podremos nunca sufrir todo lo que El ha sufrido, aun sufriendo eternamente.

—Verdaderamente... —interrumpió con aire dubitativo el canónigo, que escuchaba con toda su atención al rápido hablador.

—Se lo ruego —repuso éste—, no me interrumpa; mis ideas ya están bastante desordenadas. Sus observaciones las hará después. He venido precisamente por esto. Decía, pues, que mis conclusiones fueron aquéllas y tales siguen siendo hoy.

»Rumiándolas dentro de mí (porque no quería hacer teorías, sino encontrar el camino de la verdad), me di cuenta de que de aquellas simples verdades brotaban consecuencias a primera vista monstruosas. Que no hay que buscar compensación al bien que se hace, resulta evidente de más de un pasaje del Evangelio, y sobre todo de aquellos en los que se ordena hacer el bien a quien nos hace el mal. No debemos dar a quien nos da, ya que ésta es cosa humana y de todos, sino dar a quien nos quita: esto es lo divino. Es preciso, pues, no sólo hacer el bien a quien nos ha hecho el bien, sino también a quien no nos dará nada en compensación y, sobre todo, si queremos ser perfectos, a quien nos hará el mal como pago.

»El bien que se hace con la certeza de recibir otro bien, no cuenta: es un intercambio, un comercio y nada más. El bien verdadero es aquel que está guiado por la esperanza del mal.

»Pero aquí empiezan las dificultades. Quien beneficia a los hombres suele encontrar ingratitud, maldiciones y tal vez odio, pero estos males son pasajeros y no son nada para quien tiene el consuelo de la fe. El mal procurado por los hombres no es un mal verdadero: es un intento, un simulacro de mal. El mal horrendo y eterno es la privación perpetua de la beatitud, es el castigo infinito que sólo Dios puede infligir, es, en una palabra, el Infierno.

»¿Cuál era, pues, el primer y único problema de mi vida de perfecto cristiano? El de obtener el infierno sin hacer mal a los otros hombres, es más, haciéndoles bien según los mandamientos de Dios y de Jesús. Problema, como usted ve, dificilísimo y casi diría absurdo. Por una parte quería y debía ayudar a los afligidos, sostener a los débiles, animar a los temerosos, dar de beber a los sedientos, saciar a los hambrientos y perdonar a los malos, pero haciendo esto corría el riesgo de ganar el Paraíso. Sin embargo, ¿qué mérito hay, pregunto yo, en sacrificarse un poco durante aquellos treinta, cincuenta o sesenta años de vida terrena, cuando se tiene delante la recompensa eterna y segura, la alegría divina por toda la eternidad? Yo he despreciado siempre esta usura de la caridad, este comercio de la misericordia, este bajo cálculo de la santidad. Yo hago el bien, pero no quiero nada en compensación, al contrario, a semejanza de nuestro Maestro, quiero el mal, y nada más que el mal, y el peor y más infinito mal que haya. Era preciso, pues, a toda costa, que ganara el infierno, y tampoco ésta era empresa fácil para quien se encontraba en mi estado. La solución más natural era hacer mucho bien a los demás y mucho mal a sí mismo, es decir, cometer, y sin moderación, aquellos pecados que sólo causan perjuicio a quien los comete.

»Pero aquí había otra dificultad. Dios me ha dado en préstamo un alma que busca la pereza y la santidad por impulso natural, y que tiene necesidad del bien igual que el cuerpo tiene necesidad del pan. Otro se hubiera alegrado de eso, porque la virtud hubiese sido para él un juego fácil y, por ello, recto y llano el camino de la salvación y de la beatitud. Para mí, en cambio, esta prepotente inclinación al bien fue nuevo motivo de dolor y de duda. ¿Qué mérito hay en seguir espontáneamente la propia naturaleza? Lo que no cuesta ningún esfuerzo, que no atormenta, que no se obtiene a través de durísimas pruebas y despiadadas batallas, no tiene valor para Dios. El cordero no hace nada meritorio si no devora a sus semejantes, pero el lobo se arrodilla delante del fraile santo y reprime su hambre de carne, para él es el reino de los cielos.

»Para seguir la enseñanza según la cual sólo cuenta lo que se pare con dolor, tenía que violentar mi alma y conducirla a querer y cumplir aquel mal del que ella demasiado espontáneamente huía. Así otra razón se añadía a la anterior para buscar con todas mis fuerzas la condenación eterna.

»Gran tormento era el mío, señor canónigo, al querer llevar una vida tan opuesta a la de aquellos que se llaman cristianos. Sentir toda la belleza y la grandeza de la perfección, pero tenerse que rebajar para elevarse; hacer el bien, y temer que este bien sea compensado; cometer el mal, y temer que el mal no sea castigado; sufrir, y temer que el sufrimiento pasajero, pero intenso, pueda ahorrarme el sufrimiento eterno que espero. Usted no puede imaginarse cuál ha sido mi vida. Durante el día, en busca de infelices, con hábitos de auxiliador y de consolador; por la noche, en busca de pecados, de culpas y de vicios que sólo a mí estropearan e hicieran. Me he dado cuenta de que eso no es tan fácil como se podía creer. Casi todos los pecados son pecados hacia los otros, y de esos no quería saber nada.

»Así me había prohibido matar, robar, ofender, calumniar, engañar, corromper, es decir, casi todas las malas acciones que pierden a los hombres. Quedaban los pecados contra Dios y contra mí mismo. Y en éstos me desfogaba venciendo poco a poco, con indecibles penas, todas las resistencias de mi pobre alma. ¡Cuánto me ha costado, por ejemplo, llegar a blasfemar el santo nombre de Dios! A lo primero ni siquiera podía pronunciar las horribles palabras; conseguí pronunciarlas, pero sólo con los labios; el corazón no quería y las negaba. Fueron necesarios algunos años hasta que pude blasfemar verdaderamente, con el alma y con la boca, en la voluntad expresa de ofender a mi Creador. Luego he omitido los mandamientos de la Iglesia; me he prohibido la oración; no me he acercado más a la comunión; he rehuido los sermones; he desertado de la misa; he escupido sobre las imágenes santas. Pero, para estar más seguro de mi condenación, no he dejado de lado otros pecados, aunque fueran menos graves. Me he entregado en secreto a las más obscenas lujurias; me he embriagado, por la noche, encerrado en casa, sin que nadie pudiera verme; he intentado perder, al menos en algunos momentos, mi alma de hombre y hacerme semejante a las bestias; he cometido con el pensamiento y con el deseo los más asquerosos delitos que un cerebro pueda soñar; he maldecido dentro de mí a quien beneficiaba con la mano y con la sonrisa; he despreciado ferozmente a los prójimos y a los lejanos; me he alimentado de orgullo y de soberbia, como un ángel desterrado.

»Pero ¡he sufrido tanto, señor canónigo, para hacer todo esto! Usted, hombre inocente y tranquilo, que está en la cama sin remordimientos, ¡usted no puede imaginarse cuánto he sufrido! Y de ese sufrimiento ha nacido en mí la duda, y de la duda, un sufrimiento nuevo. Y por esta duda he venido a buscarlo desde lejos, con la esperanza de que usted me devolverá la certeza.

»¿Cree usted que el bien que hago será bastante para que Dios misericordioso me salve del infierno? ¿Cree usted que mi sufrimiento al hacer el mal puede ser considerado por Dios como un castigo suficiente y de tal entidad como para privarme del infierno? Yo no quisiera, después de tantas luchas y de tantos dolores, encontrarme defraudado en lo que espero. ¿Seré digno del infierno? Quíteme esta duda, señor canónigo; dígame, usted que puede saberlo, dígame que me condenaré de verdad y para siempre.

Y el pequeño hombre calló tembloroso. Dejó el sombrero, que había tenido en sus manos, sobre una silla, se quitó los lentes e intentó limpiarlos con el pañuelo, pero le temblaban demasiado las manos. Tenía los ojos rojos y húmedos y miraba al cura casi con rabia.

Don Angelo lo contemplaba con el aire de quien ya se ha resignado y espera incluso lo peor. Desde las primeras frases de la confesión se había convencido de que estaba ante un loco, un verdadero loco religioso, vencido por una manía espantosamente diabólica, y ahora pensaba en la manera de sacárselo de encima sin que sucediera nada. Fingió que reflexionaba un momento y luego comenzó:

—Usted reconocerá, querido señor, que sus pensamientos son más bien extraños para los oídos de un sacerdote. Nuestro deber es guiar las almas hacia la salvación, y usted, por su refinado anhelo de sufrir, quiere ir precisamente por el camino opuesto. Ahora bien: debo recordarle que la voluntad de Cristo ha sido salvarnos para siempre de las penas infernales, y que El ha bajado a la tierra para pagar por nosotros...

—¡Para pagar por nosotros! —prorrumpió el hombre con ceño desdeñoso—. ¡Para pagar por nosotros! Pero, señor canónigo, usted no ha reflexionado bastante sobre el espantoso misterio de la Redención. Cristo era Dios, fíjese, era Dios, verdadero Dios, y ha sufrido, y como en Dios todo es infinito, así es infinito el dolor, y por mucho que nos destrocemos nunca llegaremos a compensar y a devolver la milésima parte de lo que El sufrió por nosotros. ¿Y nosotros deberíamos rehuir el dolor porque Cristo ha soportado un infinito dolor? ¿Y acaso, para tener el derecho de llamarnos cristianos, no debemos imitarlo y hacer, hasta donde podamos, lo que El ha hecho? Yo no quiero regalos ni perdones: El ha sufrido y yo quiero sufrir.

—Pero, perdone —repuso el canónigo—. El ha dicho que quería preparar para nosotros el Reino de los Cielos...

—Pero ¿quién será tan vil que lo acepte? —interrumpió de nuevo el pecador voluntario—. ¿Por haber hecho un poco de caridad, por haber dado tu pan y tu capa y alguna lágrima quisieras gozar de la alegría perpetua y eterna? ¡Vergüenza! ¡Infamia! ¡Lejos de nosotros este espíritu mercantil y judaico!

El canónigo no estaba tranquilo y no sabía cómo atacar al irascible hombre para truncar el coloquio.

—Pero ¿no le parece —recomenzó con tono conciliador y como si buscara las palabras una a una—, no le parece, señor mío, que su deseo de ir al infierno, aunque engendrado por un loable refinamiento de sentimientos, es eminentemente diabólico y por ello contrario, a priori, al verdadero espíritu del cristianismo, es decir, a aquella fe que usted dice tener?

El hombrecito gordo movió la cabeza con aire compasivo y pareció murmurar: «No me ha entendido tampoco.»

—Pero, perdone —reanudó, con voz más fuerte—, yo no he venido a verlo para pedirle una opinión sobre mi cristianismo, sino para una consulta sobre un punto preciso: ¿cree usted, después de lo que le he dicho, que soy digno del infierno, o no? Este es el problema; si me quiere hacer un sermón, luego tendremos tiempo.

El tono despreciativo y prepotente del desconocido irritó ligeramente al canónigo. El loco no atendía a razones, y para hacerlo marchar por las buenas no había otro remedio que contentarlo.

—Pues bien —dijo don Angelo—: si debo decirle francamente mi parecer, usted no puede ser condenado. Dios perdona a los pecadores más endurecidos con tal que estén tocados apenas por el ala del arrepentimiento, ¿y no tendría que perdonarlo a usted, que tiene un alma naturalmente dispuesta para el bien, que practica el bien y que, aunque se ha extraviado hasta el punto de cometer pecados innombrables y tremendos, lo ha hecho con la intención expresa y consciente de parecerse a nuestro Salvador y de sufrir en el mundo de allí como en el mundo de aquí? Sus escrúpulos son, según mi opinión, extrañamente exagerados, y estoy seguro de que antes de su muerte se arrepentirá de los errores cometidos con buen fin y será acogido como buen cristiano en el seno del Señor.

El canónigo creía que estas palabras, al responder directamente al problema planteado por el desconocido y al hacerlo entrever la inutilidad de su locura, pondrían fin a la penosa conversación. Pero el efecto fue precisamente el contrario. El desconocido pareció derrumbarse de la sorpresa; no lo había invitado a sentarse, había estado en pie, pero ahora se dejó caer en una silla y su rostro se volvió palidísimo.

Estuvo con la cabeza baja, inmóvil, más de un minuto. Cuando la levantó, sus ojos llenos de sangre parecían los de una fiera que viese el cuchillo en su garganta y sintiera la pared detrás de sí.

—¿Está seguro? —preguntó con voz ronca—. ¿Está seguro? ¿Y qué debo hacer, Dios mío, qué debo hacer? ¡Dígamelo usted! ¡Dígame usted el pecado necesario e imperdonable! Usted tiene que saberlo.

Don Angelo empezaba a encontrarse mal. Aquella escena lo había cansado.

—¡Haga lo que quiera! —dijo, perdiendo aquel poco de paciencia que le había quedado hasta aquel momento—. Queme casas, robe, mate a quien no le haya hecho nada... ¡Nada más fácil que ser condenado si realmente tiene esta loca intención!

El desconocido estaba cada vez más furioso. Se había levantado y de nuevo miraba al cura con ojos ardientes de desdén y amenaza.

—¿Qué ha dicho? ¿Quiere, pues, que yo haga mal a los demás? ¿No hay otro medio, según usted? Robar, quemar, matar... Bien: no puedo seguir más así. Sufro demasiado. Lo que está dicho, dicho está. Yo quiero ir allí, ¿comprende? Y si es necesario, robaré, quemaré y mataré. ¿Acaso cree que no soy capaz? ¿Cree que no tengo fuerzas para vencer mi maldita bondad por última vez? ¡Mire!...

Y diciendo esto se arrojó como un rayo sobre el canónigo, le derribó la cabeza sobre la almohada y, después de haber sacado un cuchillo del bolsillo, lo hundió tres o cuatro veces en el pecho del confesor. A su grito desesperado, la criada acudió gritando. Cuando vio el cuerpo de su señor tendido en la cama lleno de sangre, se calló y retrocedió hacia la puerta; el asesino la vio y saltó también sobre ella: el cuchillo atravesó la blusa negra y la sangre corrió por la alfombra, cerca de la mesa de mármol.

El pecador los miró con ojos extraviados.

—Ahora estoy seguro.

Como estaba cansado, se arrojó en el canapé que había a los pies de la cama y entornó los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio delante de él su propio rostro lívido y notó un poco de baba en la boca. Había un espejo delante de él.

—¡Es el arrepentimiento! ¡Y si me arrepintiera! ¡Y si me arrepintiera de verdad y profundamente! ¡Todo estaría perdido! ¡Mi sacrificio sería inútil! ¡No, no, no quiero arrepentirme! ¡No perdamos tiempo!

Se acercó a la ventana y la abrió. El canónigo vivía en un cuarto piso y la casa era alta. El asesino contempló por última vez el blanco cielo de marzo y luego se arrojó de cabeza, gritando palabras que nadie escuchó. El cuerpo resonó sobre el asfalto y más de un transeúnte quedó manchado de sangre. Dos horas después, algunos hombres encapuchados de negro se llevaron al hospital el cadáver destrozado del verdadero cristiano.

 

 

En Palabras y sangre

Noticia

Este libro fue publicado por primera vez con fecha de 1912, por un editor de Nápoles, pero los catorce cuentos que lo componen habían sido escritos antes, entre 1907 y 1910, en una de las temporadas más alteradas de mi vida. Escritos deprisa, con el deseo de traducir en mitos casi realistas mis fantasías caprichosas, más que hacer obra de arte. La psicología —la psicología perversa o enfermiza de mis personajes— me importaba más que la poesía.

El estilo se resintió mucho de ello. En esta segunda edición he puesto todo el remedio que he podido. He corregido y cambiado en todas partes; pocos períodos han quedado tal como estaban; algunas páginas están, además, rehechas. Por lo que respecta al arte, esta primera reedición es casi un libro nuevo.

Los hechos y los pensamientos siguen siendo los mismos. Estas catorce aventuras, entre lo humorístico y lo fúnebre, constituyen la tercera parte de mi obra de narrador. Las dos primeras son Lo trágico cotidiano (1906) y El piloto ciego (1907); la cuarta es Bufonadas (1914). Son, en total, sesenta cuentos, o fantasías, o desahogos, o caprichos, o divertimentos; desiguales en su fondo y valor, pero que me gusta considerar como una serie única de «memorias indirectas» sobre los cambios de mi espíritu en los diez años decisivos de la segunda formación. Necesarios, pues, a quien quiera conocer, hoy y después, el tema central de casi todo el trabajo (pasado) de

Giovanni Papini, Febrero de 1919

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