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31 mar. 2007

La encrucijada de Julio Páez, novela de terror pervertido.

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1.
"¿Qué es cada hombre sino un espíritu que ha tomado una breve forma corporal y que luego desaparece? ¿Qué son los hombres sino fantasmas?"-Thomas Carlyle.

"La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos."-Karl Marx.

El avión salió de entre las nubes y Tomás se inclinó sobre la ventanilla, comenzaban a descender: el sol del atardecer doraba las aguas del Atlántico, hacia el Oeste distinguió la silueta de la ciudad de la que había partido cuando tenía tres años. Y en forma abrupta experimentó una caída lateral y vertiginosa, la ciudad se transformó en una garra acerada que lo buscaba con avidez. Se apartó de la ventanilla y cerró los ojos, la intensidad y frecuencia de las palpitaciones lo hicieron temer un infarto cardíaco y se obligó a respirar con lentitud y profundidad.
Al cabo de unos minutos consiguió distenderse, al menos todo lo que se lo permitía la consciencia de estar suspenndido en el aire. Una sensación, o más bien el recuerdo de una sensación lo dominó. Inminencia: la percepción de que algo importante está por venir. Un sentimiento adolescente se dijo con escepticismo, de una época donde el deseo tiende a mostrar toda aventura como posible. De todos modos no le fue muy fácil desprenderse de la reminiscencia.
La azafata caminó por el pasillo anunciando a los pasajeros que estaban a pocos minutos de aterrizar y pidiéndoles que se abrocharan los cinturones; Tomás la siguió con la mirada mientras caminaba hacia la parte posterior de la cabina y pensó en invitarla a tomar un café no bien aterrizaran, aunque dudó de que se atreviera a hacerlo. Se sabía tímido hasta la exageración a pesar de la imagen de periodista desenvuelto y desenfadado que daba en sus entrevistas televisivas. Durante el tiempo que había durado su casamiento se podría haber atribuido su ausencia de aventuras extramaritales a la fidelidad; pasados seis meses desde su separación y ante la inexistencia de nuevas relaciones no tenía la menor duda de que rumores sobre su ambiguedad sexual ya estaban circulando por el ambiente. Una molestia menor, en todo caso, su preocupación fundamental era la crianza de Alicia y tratar de mantener una relación más o menos racional con su ex que comenzaba a evidenciar con mayor notoriedad su desequilibrio psíquico.
El avión se sacudió apenas cuando las ruedas tocaron la pista y a poco se fue desacelerando hasta detenerse, los pasajeros se libraron de la sujeción de los cinturones, recogieron sus bolsos de mano y abrigos y se pusieron de pie; Tomás tomó su campera y el bolso del notebook y esperó a que todos se bajaran. Se paró y caminó hasta la puerta, saludó a la azafata que estaba de pie junto a la puerta y (como había previsto) no se animó a invitarla, bajó la escalerilla y a través de una manga de plástico amarillo llegó hasta donde debía esperar por su equipaje.

2.
El edificio estaba construido en vidrio y concreto, luminoso y limpio; la primera luz de la mañana penetraba a traves de una cùpula de vidrio desde un cielo despejado.
Los empleados encargados de manipular el equipaje estaban vestidos con impecables monos grises con la identificación personal bordada en el costado izquierdo del pecho, atildados y con los zapatos de seguridad raramente inmaculados.
Tomàs recuperó su equipaje y se dirigió hacia el mostrador de la aduana; sacó el pasaporte del bolsillo interior de la campera y se integró en la cola. Pronto estuvo frente a un empleado joven que lucía un bigote recortado con tanta prolijidad que daba la impresión de estar dibujado; el pelo, con evidente coherencia, aparecía engominado y corto. Completaban esa imagen de respectabilidad exuberante unos anteojos circulares de marco de acero.
Tomás lo saludó y le alcanzó el pasaporte, el empleado lo abrió, recorrió algunas páginas y afirmó-Usted es nativo...
-Aquí nací pero soy ciudadano de...
El empleado lo observó por unos segundos con una expresión que a Tomás le pareció demasiado cercana a la desaprobación y preguntó-¿Negocios o turismo?
-Negocios.
-¿Tiene algo que declarar?
Que sos un pelotudo, pensó Tomás pero se abstuvo de explicitarlo-No, nada.
-Muy bien. -el empleado selló el pasaporte y se lo devolvió-Espero que tenga una grata estadía.
-Yo también, muchas gracias.
Se alejó del mostrador y caminó hacia la salida. Se acercó a un quiosco de diarios y compró tres periódicos y algunas revistas de esa mezcla difusa de información política, espectáculos y negocios que se denominan de actualidad; el vendedor le dio el vuelto y le sonrió deseándole una grata estadía (todos parecían bien adiestrados aunque el guión se mostrara un tanto pobre). Siguió caminando hasta las puertas de vidrio que daban acceso al exterior y se detuvo junto a la salida. Había algo distintivo en los objetos y personas que se desplazaban afuera y no pudo definir qué; de nuevo la sensación de inminencia que había experimentado en el avión, pero más difusa y extendida, como si emanara del ambiente. Sintió que alguien lo golpeaba en el hombro y oyó una voz femenina que enunciaba una disculpa, entonces se dio cuenta de que se había detenido en un lugar de paso y salió y se dirigió a la fila de taxis.

3.
El conductor bajó del auto, lo saludó sonriente y puso el equipaje en el baùl; era un hombre bajo, excedido de peso, con una calvicie incipiente que trataba de disimular peinando el cabello rojizo, fino y ralo hacia adelante. Tomàs pensó que podía ser una buena fuente para ponerse al día con los usos y costumbres del país en el que había nacido;entonces ocurrió algo notable: el conductor tuvo la habilidad de limitar su conversación a un marco de agradables lugares comunes y a Tomàs le resulto insuficiente su experiencia como entrevistador profesional para quebrar ese esquema. Fastidiado, dejo de preguntar y se dedicó al paisaje.
La autopista era una cinta ondulada de cuatro carriles por mano dividida por un muro bajo de concreto, la circulación era ordenada y prudente: todos los conductores se mostraban atentos a señalizar sus maniobras para adelantar a otro vehículo o para tomar una salida. Accedieron a la ciudad por un boulevard con álamos, cipreses y tilos; y a pesar del tamaño de los edificios y la cantidad notable de vehículos y personas que llenaban las calles, Tomás siguió impresionado por una sensación de órden.
El taxi estacionó frente a la puerta del hotel y Tomás bajó para tomar el equipaje, mientras esperaba que el conductor abriera el baúl oyó el golpe; se dio vuelta y vio el cuerpo pendiente de una cuerda balanceándose hasta casi tocar los cristales; las piernas contrayéndose por la convulsión producían un efecto extraño delante del cartel que ofrecía una liquidación de temporada. Corrió hacia el cuerpo y escuchó claramente al taxista comentar-Qué pendejos de mierda.
Extendió los brazos tratando de aliviar el peso del cuerpo sobre el extremo de la cuerda y casi en forma inmediata un agente de policía se acercó y lo ayudó a mantener la carga, explicó-Ya subió un compañero a cortar la soga.
Permanecieron sosteniendo el cuerpo unos segundos hasta que una voz desde arriba anunció-Atentos que cae!-entonces hicieron un esfuerzo mayor y consiguieron depositar el cuerpo con suavidad sobre la vereda.
Tomás vió que era una mujer jóven, poco más que una adolescente y sintió que perdía el equilibrio ante la visión del rostro
deforme; el agente lo tomó de un brazo y lo hizo girar para que quedara de espaldas al cuerpo, preguntó-¿Se siente bien?
-Sí, fue la impresión nomás.
-Es lógico, respire profundo y trata de relajarse; ya no hay nada que hacer, tiene el cuello roto.
-Pero algo se puede intentar... masajes cardíacos,respiración artificial, yo qué sé.
-Creame que no hay nada que nosotros podamos hacer...
Entonces se acercó otro agente y preguntó-¿Hay algun problema con el caballero?
-No, sólo está impresionado.
-Retírelo del lugar entonces.
-Sí, señor.
El primer agente condujo a Tomás hasta la vereda del hotel, mientras caminaba aturdido oyó la sirena de una ambulancia que parecía aproximarse.

4.
-Estoy bien. -se oyó decir.
-Le haría bien tomarse algo fuerte...
La ambulancia llegó precedida de su estridente sirena, frenó y bajaron dos hombres vestidos con ambos blancos; uno corrió hasta el cuerpo y el otro comenzó a bajar una camilla. El hombre inclinado sobre el cuerpo palpó el cuello de la chica e hizo un gesto negativo con la cabeza.
-¿Ve? Es como le dije, ya no hay nada que hacer. -explicó el agente.
-Parece que no. -respondió Tomás resistiéndose a la resignación por una muerte joven.
-¿Es usted extranjero?-preguntó el agente recobrando su función policial.
-Sí, acabo de llegar.
-¿Me permite su pasaporte?
Tomàs le entregó el pasaporte, y mientras el agente lo leía vio como los hombres de ambos blancos subían el cuerpo en la camilla y lo cargaban en la ambulancia.
-¿Dónde se alojará mientras permanezca en nuestro país?
-Aquí, en el hotel Excelsior. -dijo Tomás señalando el hotel frente al que aún esperaba el taxi.
-Ah, uno de los mejores, bueno, espero que este incidente no perjudique su estadía.
-Eso espero.
-Otra cosa, señor..., puede ser que la justicia lo convoque como testigo, no es muy probable pero tal vez ocurra. De todos modos trataré de evitarle la molestia, tengo su nombre y el lugar de su alojamiento así que creo que podré abreviar el procedimiento.
-Le agradezco mucho. -dijo Tomás porque le pareció lo más correcto en una situación que no terminaba de comprender.
-Que tenga usted buenos días. -lo saludó el agente mientras se tocaba el borde de la visera de la gorra en algo parecido a un saludo militar, luego dio media vuelta y se alejó caminando hacia la esquina más lejana.
Tomás caminó hasta el taxi y el conductor dijo-Lamento que haya presenciado algo tan desagradable...
-Yo también, espero no acostumbrarme...
El taxista lo miró aprensivo durante unos segundos y luego sonrió y le alcanzó el bolso y el notebook. Se despidieron con una educación algo forzada.

5.
El agente de viajes tal vez hubiera exagerado en las bondades del servicio del hotel pero no en la excelente visión del Océano. Tomás se sentó en una silla plegable en el balcón y se dedicó a la contemplación del paisaje. La chica era joven, no más de veinte años, fue previsible y fatal preguntarse por qué lo había hecho. Podía consolarse pensando que era un suceso que sucedía con cierta frecuencia en cualquier lugar del mundo, la única diferencia era que esta vez lo había presenciado y eso, de ninguna forma, lo hacía especial o distinto. Era una idea tranquilizadora que no terminó de cumplir su función. Los policías y la ambulancia habían acudido con una presteza llamativa, como si hubieran aguardado el hecho.
Sonó el teléfono y sonrió resignado. Atendió y mantuvo una conversación con su madre que le informó sobre Alicia, lo consultó sobre el viaje y aspecto actual de Malabrigo y le dio numerosas recomendaciones sobre la variabilidad climática del lugar y la necesidad de abrigarse en forma oportuna y adecuada; finalmente le dio una recomendación disfrazada de sugerencia sobre la necesidad de no permanecer más tiempo del necesario en el lugar. Se despidió un tanto agobiado y permaneció pensativo un instante: su madre ya había demostrado una vaga aprensión sobre Malabrigo cuando le había anunciado el viaje y acababa de reiterarla. Bien, si no quería ser más explícita debía tener sus motivos.
Llamó al restaurant y ordenó una picada de mariscos, papas fritas y una botella de vino tinto; mientras disfrutaba de la comida y bebía de a poco se dijo que no estaba tan mal el viaje. Cuando terminó de comer, fumó un cigarrillo, se recostó en la cama y vio como la tarde cambiaba su luz sobre el Océano hasta que se quedó dormido.
Cuando despertó se incorporó, caminó hasta el baño, se lavó la cara y se peinó con esmero tratando de ocultar los claros que comenzaban a insinuarse. Sonrió frente al espejo y salió de la habitación.

6.
En la calle le llamó la atención cierto exceso de prolijidad en la diversidad móvil que pudo percibir: una elegancia definida en la ropa de los transeúntes, en su porte-nadie parecía excedido de peso o despeinado-, una limpieza exhaustiva en la acera y en la calzada, un brillo notable en la pintura y en el cromado de los vehículos. Como si lo real fuera una cuidada puesta en escena. Algo de mugre en las baldosas, un poco de óxido en los autos, unos zapatos sin brillo, un pedazo de papel arrastrado por el viento eran necesarios para deshacer la impresión de irrealidad.
Marchó una decena de cuadras, atravesó una plaza tapizada con gramilla, bancos de plástico ocre y pequeños arbustos torneados con pulcritud por un sendero diagonal y la vio. Un poco más deteriorada que en la fotografía, con algunas grietas y formaciones de moho en la fachada; pensó que seguramente ese era el motivo que había decidido a los funcionarios a enviar la notificación intimando a la refacción o a la venta. La casa destacaba con fuerza sobre el resto de las construcciones, como si tuviera mayor peso y opacidad.
La cerradura de la reja perimetral no estaba oxidada del todo y luego de algunos intentos pudo acceder al sendero de lajas que aún se distinguía entre la maleza y que conducía hasta la puerta de entrada. La segunda llave funcionó de inmediato, empujó la puerta y entró, en forma automática buscó el interruptor de luz a la derecha y acertó. La luz de una lámpara solitaria y polvorienta iluminó la sala: los muebles aparecían cubiertos de trozos de lienzo que alguna vez habían sido blancos y ahora estaban grises de polvo. No había nada más que lo que se podía percibir, pero aún así, experimentaba una ansiedad que no podía explicarse o fundamentar de forma alguna.
Recorrió lentamente los ambientes de la planta baja, subió al primer piso por la crujiente escalera y entró en la primera habitación a la izquierda del pasillo; en el piso encontró una máscara blanca, la recogió y lo sorprendió la suavidad de la textura y lo ligero del peso. La inspeccionó de los dos lados y notó que no tenía soporte ni marca que mostrara que hubiera tenido alguno, lo que llevó a concluir que no había sido utilizada para fines decorativos, pero ¿para qué entonces?
Bajó y en uno de los armarios de la cocina encontró una bolsa de plástico, guardó la máscara en la bolsa y decidió que ya era hora de acudir a la cita; salió de la casa y se demoró unos segundos en la vereda contemplándola. No pudo invocar ningún recuerdo que le indicara que treinta años atrás había vivido ahí.
Ya en el taxi y después de indicarle la dirección al conductor se dio cuenta de que la ansiedad que había experimentado en la casa se había desvanecido no bien tuvo la máscara en sus manos.

7.
Diez minutos demoró el trayecto hasta la inmobiliaria. Lo recibió una muchacha delgada y rubia que llevaba un vestido apropiadamente ajustado, lo saludó con una simpatía sin estridencias y lo condujo hasta el despacho del martillero.
El hombre calvo y obeso sonrió, se puso de pie, se presentó y estrechó la diestra de Tomás. Luego lo invitó a que tomara asiento.
-Espero que haya tenido un buen viaje.
-Así fue, gracias.
-¿Qué le pareció Malabrigo después de tanto tiempo?
-No puedo hacer ninguna comparación, me fui cuando tenía tres años, de todos modos me pareció un lugar muy agradable, muy prolijo y ordenado…
-Nos ha costado pero lo estamos consiguiendo. –dijo el martillero con una sonrisa leve, hizo una pausa y continuó-¿Ha visto la casa?
-Sí, vengo de allí, quería darle una última mirada.
-No es fácil abandonar definitivamente la vieja casa familiar…
-No, no lo es. –mintió Tomás.
-Pero aún así supongo que estará dispuesto a concluir la operación… -dijo el martillero mostrando la comprensión necesaria pero sin perder de vista el objetivo de la reunión.
-Claro que sí, he traído las autorización pertinente del propietario certificada por la autoridad nacional de … y refrendada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Malabrigo. –dijo Tomás, sacó un sobre doblado en dos del bolsillo interior de la campera y se lo alcanzó al martillero.
-Perfecto. –aseveró el martillero luego de examinar la documentación.
-Entonces, si sus condiciones siguen siendo las mismas…
-Tal cual hemos hablado… modestamente, creo que nuestra empresa se destaca por su seriedad y eficiencia y procuramos que lo siga haciendo…
-Respeto al pago…
-Como le dije, el dinero será girado al banco que usted designe, aquí o en … la suma será acreditada en dólares o en la moneda que usted prefiera…
-Dejémoslo en dólares, tal como la tasación…
De nuevo en la calle Tomás se sintió aliviado, como si se hubiera sacado de encima un peso del cual no había sido consciente hasta ese momento; una sensación que no pudo definir ni explicarse. Decidió caminar hasta el hotel: la tarde se extinguía demorando su luz en las alturas y soplaba una fría brisa desde el mar; el movimiento en las calles había aumentado (terminaba la jornada laboral), y se mantenía un orden sutil pero evidente.
La chica pendiendo de la soga producía una disonancia evidente en la corrección de la partitura.
Entró en el hotel y se dirigió al bar, saludó a dos bebedores solitarios: un hombre y una mujer abstraídos frente a sus bebidas y se sentó a la barra junto al teléfono.
El barman, un muchacho delgado de mirada atenta que vestía una impecable camisa blanca y un diminuto moño negro, lo saludó con una sonrisa y le preguntó que deseaba beber. Pidió un Martini y observó como el barman preparaba la bebida con destreza y rapidez, cuando se la alcanzó bebió un trago y dijo-Muy bueno, tiene la cantidad justa de gin.
-Gracias, señor, cuando quiera cualquier otro trago sólo pídamelo.
-Lo tendré bien en cuenta.
La mujer llamó al barman y Tomás bebió otro sorbo; se estaba bien allí con un fondo de música de sintetizadores que eludía con habilidad cualquier acentuación o apasionamiento y la noche iniciándose en la calle. Abrió la bolsa de papel que había dejado sobre la barra y sacó la máscara. La tomó con la mano derecha y la sopesó, era de una liviandad asombrosa. Se preguntó por qué un objeto tan bello había sido olvidado, pero, ¿había sido realmente olvidado?; la puso sobre su rostro y ,con una desilusión que no supo a qué atribuir, comprobó que nada ocurría. Sonrió burlándose de sí mismo, guardó la máscara en la bolsa y terminó el Martini.

8.
Documento I.

“(…) Demás está decir que atravesamos una crisis gravísima; recordarlo fundamentará nuestra persistencia en la finalidad de determinar con la más rigurosa exactitud la índole de la problemática que nos involucra en tanto ciudadanos y dirigentes de la comunidad. A tal fin expondré los resultados del equipo interdisciplinario que, como ustedes saben, ha dedicado los dos últimos meses a la investigación exhaustiva de las anomalías que se han venido registrando desde el último verano. Trataré de exponer las conclusiones a la que ha arribado en forma sucinta a fin de no prolongar en demasía mi exposición ni de alejar el foco de los puntos fundamentales de la cuestión.
Ante todo debemos distinguir los hechos que objetivamente han ocurrido de la interpretación que estos han originado en cada individuo. Los hechos son: un aumento notable en el índice de suicidios, en el consumo de bebidas alcohólicas, en el inicio de trámites de divorcio y en la producción de abortos espontáneos e inducidos (…)”

Fragmento de la presentación inicial en la Sesión del Consejo de Emergencia, Malabrigo, 1961.


Documento II.

“(…)… el dicente afirma que la cuestión de los espectros es una cuestión banal y que no ve por qué se le da tanta relevancia. Interrogado sobre la angustia y la desesperación que generan afirma que ello se debe a una percepción enfermiza generalizada, de fácil resolución a través de una terapéutica tradicional que lleve a la natural comprensión de la abolición de la muerte. Que todo espectro deja de tener sentido cuando la muerte ha dejado de ser, cuando evidentemente sólo es un portal a través del cual se accede a otro plano, tal cual lo afirmaran oportunamente todas las religiones.
Ante el ofrecimiento de un revólver Smith and Wesson calibre 38 con un solo cartucho, bajo la guarda de dos agentes de la Policia Estatal armados con fusiles Máuser, para que ponga en práctica su tesis, el dicente afirma que es incapaz de alterar con un acto voluntario el curso natural del devenir cósmico. Por lo que la autoridad procede según la legislación de la Emergencia Institucional; los costos de la munición utilizada son enviados mediante formulario A-517 B a sus parientes consanguíneos… (…)”

Fragmento de un acta del Departamento de Justicia, Malabrigo, 1961.

9.
Subía por la escalera de la casa, había oído ruidos en la planta alta, ominosos sonidos de destrucción, de rotura salvaje; sus piernas estaban lastradas con un peso que hacía sus pasos lentos, angustiosamente ralentados.
Consiguió llegar al piso superior y avanzó por el pasillo hacia la habitación de donde venía el estruendo. Algo lo golpeó en la espalda, extendió los brazos hacia adelante para atenuar la caída, cuando sus manos tocaron la alfombra la puerta de la habitación se abrió con violencia y vio una bota pisoteando la máscara: los fragmentos volaban en direcciones divergentes. La imagen cambió y se encontró frente al cuerpo de un hombre que pendía de una viga del techo, no tenía rostro pero supo que estaba ligado con fuerza a él.
Se despertó angustiado, aún no había amanecido, apenas se insinuaba una leve luminosidad desde el este; salió de la cama y se asomó a la puerta del balcón. Nunca había intentado asignarle valor cognitivo a sus sueños, los consideraba nada más que como un procedimiento higiénico para deshacerse de información inútil o redundante. No podía explicarse entonces por qué se sentía tan conmovido. Podía simplificar la cuestión y decir que el sueño había sido una combinación aleatoria de los sucesos que había vivido durante las últimas horas, pero eso no disolvió la angustia. Además la casa de sus abuelos nunca había significado nada para él, y sin embargo, ante la venta, experimentaba una vaga sensación de pérdida. Bueno y también estaba la máscara. Bufó fastidiado, acercó la silla plegable hasta la ventana y se sentó, trató de distenderse mientras contemplaba como el día llegaba desde el mar.
Cuando amaneció decidió hacer lo único que consideró podría aclarar el asunto, llamar a su madre. Le preguntó por Alicia y le informó sobre la venta de la casa, cuando ella le preguntó si permanecería un tiempo más en Malabrigo no le respondió y le preguntó sobre la máscara; entonces fue el turno de su madre para guardarse en el silencio.
-Mamá, ¿qué sabés de la máscara?-insistió.
-Nada, la usaba tu abuelo, decía que lo ayudaba en su trabajo…
-¿Qué trabajo?
-Escribía.
-¿Qué?
-Obras de teatro…
-¿Cómo yo nunca lo supe?
-Nunca preguntaste…
-Vamos, mamá…
-Es un tema del que prefiero no hablar por teléfono, ¿cuándo volvés?
-En cuanto conozca un poquito más el lugar…
-Bah, te vas a aburrir pronto…
La conocía lo suficiente como para saber que nada conseguiría interrogándola mientras estuviera molesta.
Se despidieron con los besos y abrazos de costumbre.

10.
El cementerio estaba rodeado de un muro blanco, los portones de hierro de la entrada principal eran la muestra de un diseñador de gusto barroco: ángeles de tamaños diversos se mezclaban en formas casi orgiásticas . Más allá se elevaba un monumento conmemorativo; sobre una plataforma cúbica de piedra gris se situaba un grupo escultórico de bronce: un soldado se esforzaba por arrastrar el cuerpo de dos compañeros heridos o muertos; el rostro del héroe estaba dominado por una expresión de angustia y determinación, como si toda su voluntad estuviera empeñada en vencer a la muerte y continuar el combate. En un nivel inferior y en cada uno de los puntos cardinales, ninfas desnudas (bastante voluptuosas por cierto) ofrendaban coronas de laureles.
Tomás leyó la placa dorada: “A sus gloriosos combatientes, el pueblo de Malabrigo. MCMLIII “;la guerra, de la que sólo tenía un vago recuerdo de sus clases de secundaria, parecía haber causado una
marca profunda en el país.
Dejó el monumento atrás y caminó hacia el edificio de la administración; un cubo gris y alargado rodeado de un jardín con jazmines y rosales. Avanzó por un sendero de grava, entró y se dirigió a un escritorio identificado como el de INFORMES, la mujer que estaba sentada frente a la computadora respondió el saludo y le preguntó en qué podía ayudarlo, explicó que buscaba la tumba de su abuelo y le dio el nombre. La mujer lo marcó en el teclado y luego movió el mouse durante unos segundos, dijo-No entiendo.
-¿Qué pasa?
-Encontré la fecha de su fallecimiento pero no la ubicación de su sepultura.
-Puede ser un error del archivo…
-En otra circunstancia podría ser posible pero todo nuestro sistema fue revisado y corregido la semana posible, ¿puedo hacerle una pregunta?
-Sí, cómo no.
-Es una pregunta delicada… pero puede evitarle una pérdida de tiempo…
-Adelante.
-¿Cómo falleció su abuelo?
-No lo sé, ¿qué importancia tiene?
-Discúlpeme, debiera haberme dado cuenta antes de que usted es extranjero, le explico: es una cuestión dolorosa para todos nosotros, digo, los ciudadanos de Malabrigo, que tal vez le incumba, las personas que se suicidan en nuestro país no son enterradas en tierra consagrada…
Tomás se quedó mirándola aturdido, la mujer prosiguió-… las reglas al respecto son muy estrictas…
-¿Dónde son enterrados entonces?
-En la encrucijada.

11.
Era el cruce de una de las rutas que salía de la ciudad con un camino vecinal que no estaba pavimentado, apenas mejorado con ripio. Había añosos eucaliptos y tilos, había muchas tumbas sencillas y unas pocas personas caminaban entre las sepulturas, dejaban flores en diminutos floreros o limpiaban lápidas.
Tomás se sorprendió por la extensión del lugar; caminó a la sombra de los árboles oyendo el viento en las hojas y se dirigió a una anciana delgada, vestida de gris, que con un trapo húmedo se dedicaba a desempolvar una placa de mármol. –Buenos días, señora, discúlpeme…
La anciana se volvió hacia él y lo miró con ojos de un celeste transparente en un rostro pálido y huesudo-¿Sí, hijo?
-Estoy buscando una tumba, ¿sabe cómo puedo encontrarla?
-¿A quién busca? –pregunto la mujer haciendo una asociación que a Tomás le pareció impropia y siniestra.
-Pablo Arregoitía, digo, la tumba de Pablo Arregoitía.
La mujer permaneció en silencio con expresión de asombro.
Tomás tuvo que preguntar-¿Lo conoció?
-Sí, claro que lo conocí… actué en varias de sus obras y usted, ¿por qué lo busca?
-Soy su nieto, después de su muerte mi familia dejó el país…
La mujer se demoró unos segundos observándolo, al cabo comentó-Te parecés bastante a él…
-Yo era un muy chico cuando murió, no tengo recuerdos de él.
-Creéme que era un hombre bueno y talentoso. Acompañame que te indico el lugar.
La siguió en silencio caminando entre las tumbas, salieron de la protección de los árboles y avanzaron una veintena de metros hasta que la vio detenerse frente
a una lápida de piedra negra grabada nomás que con el nombre de su abuelo, la fecha de nacimiento y la de muerte.
-Es aquí.
-Muchas gracias.
-No, de nada, si me necesitas llamame, voy a estar un rato más por acá.
Así que el viejo se suicidó, parece que no fue muy original; claro, por eso nunca hablaron de él, por eso se rajaron de Malabrigo. Vio que una sombra se plantó junto a la suya sobre la superficie de la tumba. Se volvió hacia la derecha y vio a un viejo alto y delgado vestido con un gastado traje gris. –Buen día. –saludó.
Respondió el saludo y se mantuvo expectante; el viejo sacó un atado de cigarrillos del bolsillo del saco, extrajo un cigarrillo, la encendió y luego de exhalar la primera pitada, con la vista en la tumba dijo con voz soñadora-Yo lo conocí… vi
muchas de sus obras, era muy bueno… realmente bueno…
-Me lleva bastante ventaja, yo no lo recuerdo y recién hoy me enteré que era autor dramático…
El viejo sonrió con tristeza y sentenció-Soportó bastante de este lugar e intentó cambiarlo…
-¿Qué mierda pasa en Malabrigo?
-Si se queda el tiempo suficiente lo averiguará. Ahora sólo puedo decirle que la mujer que lo condujo hasta aquí reza todos los días por las almas equivocadas… debería leer con más atención.

12.
El viejo se fue y Tomás se quedó parado frente a la tumba preguntándose qué hacer. Sintió un escalofrío y decidió alejarse del lugar, no pensaba huir, no mientras el peligro, si existiera, se hiciera más tangible.
Se despidió de la mujer que seguía con la limpieza y se dirigió a una hilera de taxis, subió al primero y le indicó que lo llevara hasta la biblioteca nacional. El taxista, un hombre delgado, de pelo corto, cincuentón, dijo-¿Algún pariente?
-¿Perdón?
-Si vino a visitar la tumba de algún pariente.
-Ah, sí, de un abuelo.
-Es bueno que los jóvenes recuerden a sus mayores.
Tomás tuvo que esforzarse para no sonreír y dijo-Es lo que corresponde…
-Aún cuando se hayan matado. –comentó el taxista con dureza.
Tomás se irritó sin saber bien por qué. –Aún cuando no hayan sido demasiado originales…
-No entiendo.
-La encrucijada ocupa un cuarto de la superficie del cementerio.
-Ah, claro, claro; matarse ha sido muy común por aquí, desgraciadamente, pero lo estamos superando. –explicó el taxista como si se refiriera a una epidemia que gracias a los avances de la ciencia médica se estuviera dejando atrás.
-Espero que tengan éxito.
El conductor le dirigió una mirada por el espejo retrovisor, tal vez intentando encontrar una expresión irónica, pero Tomás se limitaba a observar la monotonía del paisaje.
Viajaron en silencio hasta que el auto se detuvo frente al edificio de la biblioteca, Tomás pagó, esperó por su vuelto y se limitó a saludar; nunca había sido un tipo pendenciero y consideró que no era el momento adecuado para modificar su costumbre.
Subió por las escaleras hasta la doble puerta de cristal; harto de la similitud de los edificios y su limpieza y brillantez. Las puertas se abrieron antes de que las empujara, estuvo a punto de caer pero consiguió equilibrarse y entrar a un gran vestíbulo. A la derecha aparecía una línea de terminales de computadoras frente a la que estaban sentados jóvenes y adolescentes; al frente un escritorio de madera oscura equipado con computadoras al que estaban sentadas dos mujeres; a la izquierda cuatro ascensores y una escalera.
Se dirigió a una de las mujeres y le explicó que quería hacer una consulta sobre un escritor nacional, la mujer le preguntó el nombre y su rostro mostró una expresión de sorpresa y aprensión cuando Tomás nombró a su abuelo.
-¿Hay algún problema?
-Discúlpeme, señor, pero entiendo que es usted extranjero.
-Sí, pero no entiendo qué tiene que ver eso con mi consulta.
-Le explico entonces que toda información sobre el autor referido está limitada a personas autorizadas…
-¿No hay forma de que pueda consultar sus obras?
-No a menos que consiga una autorización de la Dirección de Cultura.
-¿Y no sabe a qué se debe esa restricción?
-Espere un momento, por favor. –la mujer tecleó unas instrucciones en la computadora y luego se oyó el zumbido de la impresora, le entregó el papel impreso y le explicó-Esta es una copia de la resolución oficial, tal vez le sea de utilidad.
Tomás tomó el papel, agradeció y caminó hacia la salida leyendo.

13.
“Dirección Nacional de Cultura, Malabrigo, 7 de Septiembre de 1964.

El titular de esta repartición, Doctor Manuel Corzuelo Real, notifica a todos los integrantes de esta dirección y a sus dependencias que, a partir de las 00.00 horas del día 8 de Septiembre del presente año se ponen en vigencia las siguientes disposiciones en relación a la obra de Arregoitía, Pablo; CIN 2323567.
Artículo Primero: Prohibición de la representación de todas sus obras de teatro en el territorio nacional.
Artículo Segundo: Supresión de la circulación de todos los textos de su autoría, tanto ficcionales como periodísticos. Los ejemplares que se encontraren en bibliotecas públicas deberán ser remitidos con urgencia a esta dirección.
Artículo Tercero: Exclusión del mencionado autor, así como de su obra de toda bibliografía utilizada en los diferentes niveles de educación tanto estatales como privados.
(…)”

Se detuvo aturdido: saber que su abuelo había sido un autor dramático era sorprendente, descubrir que había sido perseguido por la justicia era algo excesivo. ¿Qué era lo que había expuesto en su obra para ser objeto de una persecución tan exhaustiva y notoria? Salió del edificio y volvió a instalarse en una mañana que se le hacía ambigua e interminable; consultó el reloj y notó que faltaban veinte minutos para el mediodía. Admitió que tenía miedo y que la mejor forma de disiparlo era salir cuanto antes de Malabrigo; pero algo lo retenía, irse era asumir con plenitud una cobardía que no era menor si recordaba con alguna claridad la relación que había mantenido con su ex esposa. No estaba dispuesto a reincidir en la misma actitud, no al menos en forma inmediata.
Caminó hasta el hotel y cuando pidió la llave de su habitación el recepcionista le informó que le habían enviado correspondencia. Era un sobre tamaño carta de papel ocre dirigido con claridad a él (su nombre aparecía correctamente escrito así como su número de habitación), no tenía remitente y había sido entregado por el correo oficial.
Fue al bar y se sentó en una mesa junto a una de las ventanas, dejó el sobre encima de la mesa pero no lo abrió. Pidió un Martini y mientras lo esperaba se dedicó a observar a los parroquianos: había cuatro hombres que no llegaban a los cuarenta que discutían y se mostraban mutuamente planillas y gráficos mientras bebían whisky, llevaban trajes oscuros y el pelo engominado y corto. A Tomás le llamó la atención que dos de ellos utilizaran audífonos, y más aún cuando percibió que la mujer de la pareja situada más allá también utilizaba uno. ¿Epidemia de suicidios y sordera?, se preguntó irónico tratando de infundirse valor.

14.
El mozo trajo la bebida, agradeció y tomó un trago luego abrió el sobre: encontró una nota y un cuaderno negro de tapas de hule. La nota estaba escrita en tinta negra con caracteres grandes y pulso no demasiado firme: “Bienvenido a Malabrigo, el lugar prolijo de las tumbas tempranas. Todo conocimiento tiene su precio pero dudo que te imagines el que tendrás que pagar para conocer la verdad sobre tu abuelo. Te envío una herramienta que te puede ser útil si te animás a iniciar el camino.” No había firma. Abrió el cuaderno, la primera página estaba en blanco y el papel amarillento, pasó a la siguiente y leyó.

“Destruí los apuntes anteriores, pensé que no eran más que muestras de mi particular neurosis, únicamente útiles para librarme de la eventualidad de un brote psicótico (pavada de utilidad, ¿eh?). La sensibilidad del artista es un evidente lugar común. El problema es que hago yo con la mía. Me dije que mi sensibilidad enfermiza había generado una recurrente (aunque no crónica) percepción errónea de fenómenos físicos y no se había limitado a crear esas falsas percepciones ya que también las había ordenado en un discurso causal. Más o menos el procedimiento que utilizo para escribir, con la salvedad evidente de que cuando me dedico a la tarea literaria no adjudico una realidad objetiva al resultado de dicha tarea más allá de su validez simbólica, claro.
La racionalización anterior me sirvió por un tiempo hasta que la anomalía, alucinación o lo que sea reapareció con una potencia que me animaría a calificar de fundacional si no temiera al dramatismo un tanto cursi de la épica. Aunque sé que la anomalía, si es tal, tiene un carácter colectivo y se filtra como entre grietas a través de toda la historia de Malabrigo.
Mi primer contacto fue a los diecisiete años; pensaba entonces escribir una obra que tomara elementos de la historia de Malabrigo y planteara una reflexión sobre el poder. Comencé a investigar sobre la historia del país y me sorprendió encontrar episodios que se trataban en forma oblicua o eran dejados de lado luego de una explicación insuficiente; consulté con profesores de Historia e investigadores y todos me dijeron más o menos lo mismo, que eso ocurría con la Historia de todos los países del mundo y que dependía de la extracción social, cultural e ideológica de los que la habían escrito. Uno de ellos me recomendó especialmente que tratara de evitar el prejuicio de la excepcionalidad nacional si quería escribir una obra consistente.
Un poco decepcionado tracé un esquema de acción y comencé a esbozar el carácter de los personajes; una mañana, aburrido del encierro, decidí visitar uno de los lugares donde tenía pensado desarrollar la acción dramática y fui a los restos de la antigua torre de guardia.
En los primeros minutos la visita fue más bien decepcionante; caminé entre rocas pintadas con leyendas tan interesantes como “Pedro y Ana se aman”, “Cacho estuvo aquí”, dificultosos dibujos de corazones flechados y algo de pornografía. Entre los fragmentos de roca crecían yuyos y flores silvestres, también había pedazos de madera quemados o podridos.
Me senté en una roca de frente al mar; el lugar estaba sobre un promontorio y dominaba toda la bahía, la fortaleza había sido emplazada allí como punto de observación y de última resistencia ante los ataques piratas. Pude ver los barcos amarrados, los que navegaban desde o hacia el Océano, el puente ferroviario que atraviesa en arco los dos ríos que desembocan en la bahía, la cinta gris de la avenida costanera que se extiende hasta el borde de los acantilados, pasa perpendicular al puerto y se bifurca y desciende con suavidad hasta la playa. Me pregunté por qué el gobierno, siempre tan interesado en engrosar sus arcas, no había desarrollado ese lugar como punto panorámico para atraer turistas. Encendí un cigarrillo y entonces ocurrió.
Mi conciencia se fragmentó en percepciones múltiples sin orden inteligible, fui un caos de voces e imágenes; el temor que sentí fue superado por la pena. Fui un dolor punzante que me impedía respirar y aceleraba mi ritmo cardíaco, una pérdida sin nombre, como la que se siente cuando se emerge de un sueño con lágrimas en los ojos; el reclamo desesperado de un alivio inalcanzable.
Me encontré en un sendero de grava al pie de la torre; oí el sonido de lo que creía distinguir como un cuerno de guerra y vi un objeto que se destacaba entre los arbustos que rodeaban la base de la fortificación; caminé hasta el lugar y lo tomé. Era una máscara blanca, de una expresión difusa hecha en un material que no pude definir; no bien la tuve entre mis manos volví a estar sentado en la roca frente al mar, entre las ruinas. (…)”

15.
-¿Señor Durrell, Tomás Durrell?
Interrumpió la lectura y vio a dos hombres parados junto a su mesa.
-Soy yo.
Uno de los hombres sacó un porta documentos del bolsillo interior del saco, lo abrió y lo extendió para que lo viera: Agente Humberto Gnecco, Departamento de Rentas del Estado, República de Malabrigo. Una foto complementaba la información. Tomás le devolvió el porta documentos y Gnecco dijo-El es el agente Tozzi..
-Y bien…
-Sabemos que ayer hizo una operación inmobiliaria… -dijo Gnecco.
-Así es, vendí una casa que mi madre heredó de sus padres.
- En ese caso deberá acompañarnos hasta nuestra oficina.
-¿Por qué motivo?
-Sospechamos que ha evadido aportes fiscales.
Tomás trató de conservar la calma y comenzó-Vea agente…
-Gnecco.
-Vea, agente Gnecco, como usted ya sabrá, soy extranjero, esto no es excusa para desconocer la legislación de Malabrigo, claro, pero confié en el que el titular de la inmobiliaria completara todos los procedimientos que la legislación de este país exige.
-Parece que no ha sido así, por esa razón y para que el asunto quede completamente esclarecido le sugerimos que nos acompañe.
-Los sigo entonces. –dijo luego de considerar que la situación no era propicia para ejercer una resistencia ostensible.
-Lamentamos haber interrumpido su lectura. –dijo Gnecco señalando con la vista el cuaderno abierto sobre la mesa.
-Continuaré en otro momento, no tengo apuro. –respondió Tomás, guardó el cuaderno en el sobre, tomó el sobre y se puso de pie.
Caminaron hasta la calle y se detuvieron frente a un azul estacionado frente a la entrada; Gnecco abrió la puerta trasera derecha y lo invitó a subir como un chofer solícito.
El agente Tozzi manejó con eficiencia y seguridad, a Tomás no le sorprendió descubrir que utilizaba un audífono o un artefacto que se le parecía sobremanera.
Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas que en su frontis tenía un gran escudo nacional y se anunciaba con letras en relieve pintadas en negro: Ministerio de Economía de la Nación. Gnecco lo guió al interior del edificio, Tozzi permaneció en el auto.
Entraron en una oficina iluminada con tubos fluorescentes, había un escritorio de madera oscura al que estaban sentados un hombre obeso, de pelo cortado al rape y rostro rojizo, vestido con un traje gris; y un hombre delgado y pequeño, con el aspecto de un gorrión desnutrido, que vestía un traje ocre.
El agente Gnecco hizo las presentaciones y, casi de inmediato, el hombre pequeño que se llamaba Iriarte y era un empleado de la inmobiliaria, comenzó a disculparse con entusiasmo por el imperdonable error administrativo que se había deslizado. Su actitud compungida era tan intensa que a Tomás le pareció sobreactuada; la falta era meramente burocrática: el martillero había hecho los aportes fiscales y había omitido hacerle firmar los documentos correspondientes.
El hombre gordo, que se llamaba Gálvez, y era el jefe de la repartición, explicó-Sólo necesitamos que firme estas planillas. –y le extendió a Tomás una carpeta.
Tomás se demoró un momento en la lectura, firmó y devolvió los documentos.
-Muchas gracias. –dijo Gálvez y prosiguió-Discúlpenos la molestia, pero la política fiscal de nuestro país es muy severa y forzosamente necesaria, es la única forma en que podemos financiar nuestra infraestructura. Desde ya muchas gracias y espero que tenga una agradable estadía en nuestro país. Espero que no lo hayamos demorado demasiado en su trabajo. –concluyó mirando el sobre que Tomás tenía bajo el antebrazo.
-No, para nada.
-De nuevo muchas gracias y si así lo dispone podemos llevarlo de vuelta a su hotel o al lugar que usted nos indique.
-Le agradezco pero prefiero caminar, necesito hacer un poco de ejercicio. –respondió tratando de ocultar la inquietud que lo dominaba. El argumento para trasladarlo hasta allí había sido endeble, la demostración de poder demasiado ostensible.

16.
Se despidió y salió a la calle, caminó unas cuadras, atravesó una plaza y entró en un café. Se sentó en una mesa junto a la ventana y casi de inmediato acudió una camarera; poco más que una adolescente, vestida con una camisa blanca y una breve pollera azul que sonrió con simpatía y le preguntó qué iba a tomar. Pidió un cortado y la chica le preguntó si quería leer los diarios y aceptó.
Mientras esperaba el café hojeó un diario y notó que estaba incompleto, repitió el procedimiento con los otros dos y obtuvo el mismo resultado; cuando la chica volvió le preguntó si en alguno de los diarios de Malabrigo había una sección de noticias policiales.
-No sé, nunca los leo. –respondió la chica con una sonrisa, entonces Tomás notó el fino cable en el cuello de su camisa. La llamaron desde otra mesa, pidió disculpas y se alejó.

Documento III

“(…) Cuando se planteó la cuestión de fondo hubo en el Concejo una discusión que se extendió durante semanas, y en alguna de esas agotadoras sesiones, alguien-no se ha registrado su nombre-propuso la confección de máscaras. Citó a Hesíodo, a Coleridge, y de alguna forma llegó a los hititas; habló de Hatti, la capital erigida en un promontorio como nido de águilas, de sus feroces reyes guerreros Mursil y Hattusil y de su habilidad inaudita para la literatura y para la guerra, y también habló, claro, de las máscaras. Las máscaras como contención y como norma, como exhibición y ocultamiento, como forjadoras de la humanidad plena.
En ese momento, por primera vez, logró captar con plenitud la atención de los asistentes y prosiguió con tono didáctico que las máscaras nos harían ser los que quisiéramos ser con la consiguiente anulación efectiva de la anormalidad(…)”

Fragmento apócrifo del Acta de Refundación, Malabrigo, 1962.

17.
El viejo que había conocido en la encrucijada lo encaró a una cuadra del hotel,
-¿Ha tenido una lectura interesante?-le preguntó señalando el sobre.
-Sospeché que había sido usted.
-Por ahí es verdad que se parece a su abuelo entonces.
-No sé de qué habla…
-La intuición, la capacidad de inferencia…
-Puede ser, lamentablemente no puedo hacer comparaciones.
-¿Está seguro?
Tomás lo observó con atención durante unos segundos, luego preguntó-¿Qué busca?
-Nada, pensé que por ahí estaba interesado en conocer la historia de su familia.
-Debo confesarle que sí, pero más me interesa no meterme en problemas.
-Ah, veo que ya tiene las cosas más claras… -dijo el viejo mientras encendía un cigarrillo.
-Sí.
-Y no quiere correr riesgos…
-Así es.
-En ese caso…, discúlpeme entonces, tenga usted un buen regreso –el viejo dio media vuelta y se alejó caminando despacio.
Tomás tuvo la fugaz imagen de un hombre delgado colgado de una viga en la habitación donde había encontrado la máscara.
-Espere.
-¿Si?
-¿Cómo sigue esto?
-Podríamos empezar presentándonos, me llamó Eduardo –dijo el viejo extendiendo la mano derecha.

Mientras se ocultaban del auto patrulla entre las sombras de un paraíso y observaban la ambulancia estacionada frente al edificio a Tomás no le resultó fácil no cuestionar la cordura de Eduardo y por extensión la propia.
Vieron como se abría la puerta posterior de la ambulancia y dos hombres vestidos con ambos blancos bajaban una camilla y la entraban por la puerta principal; al cabo de unos minutos salieron, subieron a la ambulancia y se alejaron, el auto policial partió tras ellos.
-Listo –dijo Eduardo mientras veía como el patrullero se alejaba con rapidez.
Salieron de las sombras y caminaron hacia la parte posterior del edificio; se detuvieron frente a una puerta de hierro; Eduardo sacó un juego de llaves de uno de los bolsillos del saco y comenzó a probarlas en la cerradura, al tercer intento consiguió abrirla y empujó la puerta. Entonces encendió una linterna y explicó-No podemos arriesgarnos a encender la luz.
-¿Está seguro de lo que hace?
-Absolutamente, ¿y usted?
-No sé.
-¿Quiere renunciar?
-No, claro que no.
-Vamos entonces.
Tomás lo siguió por un pasillo estrecho apenas iluminado por el haz de luz de la linterna hasta que Eduardo se detuvo frente a una puerta pintada de blanco y esperó.
-¿Y ahora qué?
-Nada, pensé que tal vez no esté seguro…
-Ya le dije que no pienso renunciar.
-Bien, sígame –Eduardo abrió la puerta e iluminó el interior del cuarto; sólo había una camilla similar a la que los hombres de la ambulancia habían traído.
-Acérquese.
Tomás se paró a uno de los costados de la camilla, que, inconfundiblemente, debajo del lienzo blanco, sostenía un cuerpo humano; Eduardo pasó la linterna a la mano izquierda y con la derecha descorrió la sábana e hizo visible el rostro del cadáver-¿La reconoce?

18.
A pesar de la conmoción y la poca luz, Tomás la reconoció de inmediato-Sí, claro, es la chica que se suicidó cuando llegué, pero no veo qué tiene de raro que su cuerpo esté en la morgue…
-Tiene razón, nada tiene de raro que un cadáver esté en la morgue, pero, ¿qué opina de esto? –preguntó Eduardo y levantó el otro extremo de la sábana y descubrió el cuerpo hasta la cintura: en los muslos se habían practicado cortes de forma oval que habían permitido retirar prolijos trozos de carne, en el muslo derecho el corte había llegado hasta el hueso.
Tomás apartó la mirada y Eduardo cubrió el cuerpo mientras decía-Creo que fue suficiente.
-¿Qué es esto? –preguntó Tomás con voz poco firme.
-Esto es Malabrigo, pero vamos, no quiero que se desmaye aquí.
Salieron por la puerta por la que habían entrado y Eduardo la cerró con llave, Tomás respiraba con profundidad tratando de controlar la náusea.
-Vamos, vamos –alentó Eduardo caminando con rapidez, Tomás tuvo que apurar el paso para ponerse a la par.
-Discúlpeme, muchacho –pidió Eduardo deteniéndose-no tuve en cuenta su impresión, pero vamos, no tienen que vernos por acá…
-Estoy bien, estoy bien, pero tiene que explicarme…
-Claro, tendrá todas las explicaciones que quiera… pero creo que antes necesita tomarse algo fuerte, hay un boliche cerca…
Caminaban por las calles de un barrio de casas bajas, los únicos sonidos audibles eran sus pasos y los autos que circulaban por la avenida próxima. Eduardo se detuvo y señaló el portón metálico de un comercio, aparecía una pintada hecha en letras rojas: “La traición devuelta
en sombras
de presencia afilada
habita cada esquina
y es una luz negada”.
-Los muchachos se esfuerzan pero no son muy hábiles con la métrica y la rima…
Otra peculiaridad del país, se dijo Tomás tratando de calmarse con la ironía, sospechaba que la noche acechaba con más monstruosas novedades.
Eduardo encendió un cigarrillo y señaló-Vamos, ahí está.
El bar estaba en una esquina y era pequeño, mugriento y ruinoso. Un lugar real, pensó Tomás con alivio. Entraron y Eduardo saludó al hombre gordo que estaba tras el mostrador de madera oscura y pidió una botella de ginebra, se sentaron a una mesa en un rincón.
Las paredes de pintura descascaradas, la luz pobre y el aspecto desgastado que exhibían los parroquianos (hombres y mujeres que hablaban en voz baja) desmentían la brillantez que lo había molestado desde su llegada pensó Tomás.
-¿No parece Malabrigo, no? –preguntó Eduardo como si le estuviera leyendo la mente mientras llenaba las copas con la botella que le había alcanzado el patrón.
-No sé qué es Malabrigo pero debo admitir que este no es el aspecto más publicitado…
Eduardo rió con ganas y dijo-Cada vez se parece más a su abuelo.
Tomás vació de un trago la copa y dijo-Espero no parecerme en el final…
-Todo empezó con una traición, eso es seguro, pero no sé cuando… es más bien una serie de traiciones que cruza toda la historia de Malabrigo… por ahí este lugar estuvo condenado desde siempre, ¿conoce el origen del nombre?

19.
-Esta región fue marginal durante la primera etapa de la conquista, no tenía oro ni plata así que no era muy interesante para los españoles, hasta que comenzaron a buscar un puerto sobre el Atlántico para sacar la plata del Altiplano, entonces encontraron la bahía sobre la que se ubica esta ciudad y pensaron que habían encontrado el puerto adecuado. No pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta del error; la bahía estaba infectada de trozos de roca que rasgaban los cascos de los barcos, según el viento y la marea, se resignaron a temerle mientras la iban conociendo pero se vengaron maldiciéndola con el nombre…
-¿Qué hay respecto a la traición?
-La última fue no hace mucho tiempo… después comenzó a mostrarse con fuerza la anomalía… a inicios de la década del ¨50 Malabrigo libró una guerra, a la que se le prestó poca atención, tal vez porque fue contemporánea a la guerra de Corea o porque se desarrollo entre dos menores países sudamericanos… Esto no tiene sentido, esto no tiene sentido pensaba el capitán Bracco mientras recorría las trincheras quitando las chapas de identificación a los cadáveres. El fuego enemigo había cesado con la misma celeridad con la que se había iniciado y el cielo de mediodía se veía claro, sin una nube, con un sol poderoso que aplastaba contra el suelo polvoriento a los sobrevivientes.
El sargento Ojeda comentó-Esto es una locura, una completa locura, sólo estamos vivos por la ineptitud de los azurios, si lanzaran un ataque aéreo ahora se terminaría la historia.
-No estamos aquí para juzgar la decisión del comando –respondió Bracco con severidad, pero luego agregó- aunque puede ser que tenga razón.
-Capitán, estamos aquí por un capricho y usted lo sabe, esta posición es completamente irrelevante para el desarrollo de la batalla…
-No sabía que había estado releyendo manuales de estrategia…
El sargento sonrió con tristeza.
-Vea, sargento, esto me gusta tanto como a usted y lo sabe… -Bracco guardó las placas en el bolsillo superior de la chaqueta, luego dijo-Vamos, tómese un descanso.
Caminaron en silencio por la trinchera hasta el puesto de comando: un cuadrado excavado en el cauce de un riacho seco y techado con paños de carpa; había allí una mesa, sillas, un episcopio y una radio. El radio operador, con los auriculares colgando del cuello giraba el dial del aparato recorriendo las frecuencias.
-¿Alguna novedad? –preguntó Bracco mientras tomaba una caramañola y se la ofrecía a Ojeda.
-No, capitán, mantienen un silencio de radio absoluto.
-Ojalá eso fuera bueno. –dijo Ojeda y se secó los labios con el dorso de la mano.
Un soldado entró, saludó, se sentó a la mesa y desplegó un cuaderno.
-¿Cuántos tiene registrados? –le preguntó Bracco.
-Veinticuatro hasta ahora, señor.
Bracco sacó las placas del bolsillo de la chaqueta y las dejó sobre la mesa-Tendrá que actualizar su registro.
-Muy bien. –aceptó el soldado con resignación.
-No es su culpa, usted sólo tiene que informar.
-Lo sé, pero no es un trabajo agradable…
-No lo es estar acá, soldado.
La línea de trincheras dominaba una hondonada por donde corría lo que había sido una ruta de pavimento y ahora aparecía como el esbozo de una línea gris que alguien hubiera trazado con mano inexperta y titubeante, interrumpida por hoyos y cráteres como borrones. Más allá se elevaba una colina que había estado cubierta de pinos y cipreses y era ahora una fortaleza guardada por un terraplén protegido por sacos terreros; allí estaba el enemigo con sus morteros y cañones.
-¿Cuántos heridos? –preguntó Bracco.
-Cincuenta, señor, todos fueron trasladados.
-¿Qué hay de los cuerpos?
-Dijeron que no tenían suficientes vehículos para trasladarlos.
Bracco se dirigió al radio operador-Comuníqueme con el mando de brigada.
El soldado giró el dial hasta la frecuencia asignada, presionó dos veces un pulsador rojo y alcanzó el tubo al capitán.
-Mando de brigada, coronel Fuentes.
-Aquí, líder Bracco.
-Adelante.
-Tenemos más de ochenta bajas de combate, evalúo que no podremos resistir otro ataque de artillería, solicito autorización para iniciar el repliegue.
-Autorización denegada, en veinte minutos iniciaremos un ataque aéreo, deberá aguantar hasta entonces.
-Insisto, no podremos resistir ese tiempo si reinician el fuego de artillería.
-No tiene otra opción, capitán, no podemos ceder ese punto mientras tengamos alguna posibilidad de retenerlo.
-¿Y qué hay de nuestra artillería, por qué no contra atacó, dónde esta el fuego de apoyo?
-Limítese a cumplir con su deber, capitán, sepa que tampoco es fácil mi posición.
-Lo haré como siempre lo he hecho. –respondió Bracco y cortó la comunicación. Se quedó pensativo unos segundos y se volvió hacia Ojeda que lo observaba atento.
-Sargento, recorra la línea y ordene a los soldados que permanezcan en silencio y que no se dejen ver; por ahí conseguimos hacerle creer que abandonamos la posición…
-Pero entonces intentarán tomarla.
-Les tomará un tiempo organizarse y empezar la carrera, el tiempo que necesitamos para que la aviación o la artillería haga algo por nosotros…
-No resistiremos un ataque masivo de infantería…
-No, pero tampoco una nueva batida de artillería.
Ojeda sonrió con amargura-La sartén o el fuego…
-Espero que no se les ocurra mandar una patrulla de reconocimiento…
-Capitán, usted sí que sabe cómo levantarme el ánimo.
Ojeda se retiró para recorrer la posición y Bracco se dedicó a observar al enemigo a través del episcopio: nada, ningún movimiento, como si ellos también intentaran demostrar que se habían retirado.

20.
El soldado que llevaba los registros preguntó-¿Capitán, tenemos alguna oportunidad?
-Alguna, soldado, alguna. Deje esa lapicera y venga aquí, será nuestro observador, cualquier movimiento, por mínimo que sea infórmelo. Radio operador, esté atento, si su compañero informa de alguna novedad comuníquela de inmediato a la brigada. Yo voy a recorrer la posición.
Bracco salió del refugio y caminó hacia la izquierda. Los soldados estaban sentados en el piso con los fusiles sobre las piernas; hablaban en voz baja, leían cartas ajadas y mugrientas y los que podían dormitaban. Saludaban con respeto al capitán y corrían las piernas para permitirle el paso, se veían más resignados que nerviosos.
Una vez que recorrió la primera línea de defensa Bracco se agachó y se metió en un túnel que permitía el acceso a la segunda. Vio entonces que los cadáveres se habían dispuesto en una hilera contra la pared posterior y se habían cubiertos con mantas; siguió caminando y se encontró con Ojeda y otros dos suboficiales que conversaban formando un grupo apartado de la tropa.
-¿Todo bien, señores?
-Sí, señor. Los hombres están ansiosos pero son disciplinados-respondió uno de los suboficiales.
-Somos buenos, somos demasiados buenos y el comando lo sabe. –comentó Ojeda con bronca.
-Hable, Ojeda. –alentó Bracco.
-Hace una semana nos enviaron marchar sobre esta posición, no pensaron que lo conseguiríamos tan pronto, no les dimos tiempo para organizar el apoyo… nos hubiéramos demorado un poco y habríamos contado con la artillería y la aviación a tiempo…
-Puede ser. –admitió Bracco-Aunque no es bueno pensar en lo que podría haber pasado en nuestra situación, sólo sirve para amargarse…
-Ese soy yo. –dijo Ojeda sonriendo.
-No, Ojeda, créame, lo suyo no es amargura.
Un soldado salió del túnel y se acercó a ellos-Capitán, el observador informa de movimientos.
-Venga conmigo, Ojeda; cabos, la orden sigue siendo la misma.
Los dos caminaron hasta el puesto de mando y encontraron al observador girando el cilindro del episcopio.
-¿Qué ve, soldado?
-Tres exploradores con prismáticos.
-Habían resultado desconfiados los muchachos. –comentó Ojeda.
-Ojalá lo sigan siendo, necesitamos más tiempo; soldado, ¿podrán ver el episcopio?
-No creo, señor, está bien enmascarado.
Ojeda escuchó con una sonrisa irónica la nueva conversación de Bracco con el comando de brigada y su reclamo del prometido ataque aéreo previendo el resultado, al terminar el capitán preguntó-¿Y Ojeda qué piensa, cómo podría empeorar nuestra situación?
-La verdad que no sé, voy a pensar algo…
El observador dijo-Vea esto, señor.
Bracco se inclinó sobre el episcopio: Cinco tanques descendían el terraplén y se dirigían en formación de cuña hacia ellos. Le hizo una seña a Ojeda para que se acercara y observara, luego preguntó-¿Qué ve?
-Un escuadrón de Charb 5, con grupos de tiradores de apoyo.
-¿En cuánto tiempo estarán aquí?
-Unos diez minutos, más o menos.
-Entonces fuego a mayor alcance.
Ojeda movió la cabeza en un gesto que era a la vez de resignación y acuerdo y marchó a transmitir la orden a los soldados, Bracco se dedicó a observar el avance enemigo.
El fragor de los antitanques y el tableteo de las ametralladoras pesadas quebró el aire de la tarde; dos tanques estallaron casi al unísono, algunos tiradores de apoyo fueron despedazados por las explosiones.
-Alto el fuego, alto el fuego-la voz de mando recorrió la posición, se instaló un silencio expectante mientras se disipaba el humo del ataque. A través del humo los tanques indemnes forzaron los motores pugnando por alcanzar su objetivo, un poco más atrás asomaban las torretas de otros que comenzaban a trepar el terraplén.
-Fuego-ordenó Bracco. Sabía que eran incapaces de detener el avance de un escuadrón completo de tanques pero tenían alguna oportunidad si los mandaban por secciones de cinco. Entonces vio como uno giraba su torreta y apuntaba su cañón hacia él, y por unos segundos el tiempo pareció suspenderse-Abajo –gritó.

21.
La explosión se produjo un par de metros delante arrojando tierra y fragmentos de pavimento hacia la posición; los defensores dispararon un proyectil que cortó la oruga del tanque, este giro a la izquierda y expuso su flanco derecho. Otro proyectil impactó contra la base del cañón y lo despegó de la torreta.
-Capitán, sólo quedan diez proyectiles antitanques.
-No los desperdicien. –Bracco abandonó el puesto de mando y comenzó a recorrer la posición, pasó detrás de los hombres que disparaban las ametralladoras asistidos por los servidores que alineaban la cinta y vio a los fusileros que esperaban la orden para comenzar a disparar, entonces algo lo arrojó con violencia al piso y lo dejó aturdido durante unos segundos. Cuando pudo ponerse de pie ayudado por un soldado vio que el puesto de mando había desaparecido y no pudo evitar imaginar que quedaba de los soldados que habían estado ahí.
-Los tanques siguen avanzando, capitán. –dijo con desesperación el soldado que lo había ayudado a incorporarse.
Los obuses silbaron por encima de la posición y el campo adelante estalló en rojo, negro y ocre; los tanques y soldados enemigos desaparecieron en fuego y humo.
-Parece que se acordaron de nosotros, capitán. –dijo el soldado con alivio.
-Eso parece. –dijo Bracco pensativo, pendiente de la respuesta de la artillería enemiga; entonces con alivio oyó el zumbido de aviones que se acercaban desde atrás; pronto superaron la posición y comenzaron a bombardear al enemigo.
Un silencio inaudito aturdió a Bracco, los aviones habían desaparecido y columnas de humo se elevaban desde la posición enemiga, Ojeda dijo-Estuvimos cerca.
-Algunos mucho más… -respondió Bracco recorriendo con la mirada lo que quedaba de la posición.
Un soldado anunció-Se acercan vehículos desde la retaguardia.
Bracco y Ojeda caminaron hacia la segunda línea de la posición y vieron que se acercaba una columna de vehículos: al frente venían dos tanques pesados, detrás ambulancias y camiones de transporte de tropa.
-Ellos sí que saben protegerse –comentó Ojeda.
-Seguramente viene algún oficial del comando.
La formación se detuvo y Bracco y Ojeda salieron de la trinchera y caminaron hacia los vehículos. En el tanque más próximo se abrió la escotilla de la torreta y un hombre delgado y canoso salió y salto a tierra: el coronel Fuentes.
Los tres hombres se saludaron militarmente y permanecieron en silencio observándose; el coronel dijo-Ha hecho un buen trabajo, capitán.
-No ha sido fácil.
El coronel sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior de la chaquetilla y se los ofreció, Bracco tomó uno y Ojeda rechazó y agradeció la invitación. El coronel encendió el cigarrillo de Bracco y luego el suyo, aspiró la primera pita, la exhaló y dijo-Vea, capitán, no crea que no comprendo su situación; pero considero que tanto usted como el sargento tienen que saber algo más para evaluarla en forma adecuada… -hizo una pausa, aspiró otra pitada, y sin mirarlos dijo-Se abrió otro frente en el Oeste.
Bracco y Ojeda se miraron confundidos.
-Sí, señores, hubo un ataque sorpresivo anteanoche, la división tuvo que ser reasignada. Sólo después de asegurarnos la contención allá pudimos apoyarlos, los recursos, bien lo saben, son limitados y aquí tuvimos que cambiar vidas por tiempo…
-¿Qué ocurrirá ahora entonces? –preguntó Bracco
-Deben avanzar hacia el Norte en veinticuatro horas, esta fuerza funcionará como una espina en el flanco del enemigo, tienen ese tiempo para descansar y reacondicionar el armamento.
-Señor, no creo que queden cincuenta hombres en condiciones de combatir.
-Serán reforzados con una compañía de infantería y dos secciones de morteros.
-¿Cuál será el objetivo?
-Por ahora la colina donde se asentaba el enemigo.
-No comprendo lo de por ahora.
-Ustedes combatirán por tiempo no por territorio.
-Ya entiendo. –dijo Bracco agitando la cabeza como si no pudiera creer lo que se le ordenaba, luego preguntó-¿Puedo saber entonces, por cuánto tiempo debo combatir por tiempo?
-No me gusta la ironía de su planteo, capitán.
-Arrésteme entonces.
-Vamos, Bracco, no es la forma y usted lo sabe…
-¿Cómo podría no saberlo?, he tenido calificaciones brillantes en la escuela de oficiales… pero no soy como usted, coronel, y espero no serlo nunca…
-Lo sé, capitán, pero también sé que no dejará a sus hombres…

22.
Oyeron el motor de un avión sobre ellos y vieron su destello plateado en el aire claro de la mañana.
-Parece que ahora están apurados –dijo Ojeda.
-Por ahí tiene que ver con cómo van las cosas en el Oeste.
Vieron como el pequeño aparato volaba sobre la posición que debían tomar, giraba y volvía a sobrevolarla.
-Al menos el piloto parece un tipo responsable –dijo Bracco.
Observaron el avión evolucionar hasta que volvió a pasar sobre ellos y se alejó hacia la retaguardia; un soldado se acercó, los saludó y dijo-El observador aéreo informa que no hay presencia enemiga en la posición pero que hay movimiento de vehículos enemigos hacia aquí a aproximadamente veinte kilómetros.
-Ya me imaginaba yo que no podía ser tan sencillo.
-Vamos, Ojeda, tomemos esa colina y después veremos.
La mañana era fresca, y a pesar de la batalla del día anterior, podían verse matas de flores silvestres, tréboles y cardos mojados por el rocío entre los desniveles producidos por las explosiones y de vez en cuando el canto de un jilguero se colaba entre el sonido de la máquina de guerra que avanzaba; percepciones que contrastaban con la imagen y el hedor de los tanques calcinados y los cadáveres abundantes y no siempre enteros.
Al cabo de media hora de marcha el jefe del primer pelotón alzó su mano derecha para indicar que el lugar estaba libre de enemigos, entonces el resto de la tropa inició el ascenso.
Bracco le pidió al radio operador que lo comunicara con el coronel Fuentes y le informó que el objetivo había sido tomado y que el enemigo avanzaba hacia allí. Hubo un silencio en la línea y Fuentes dijo-Capitán, tendrá que mantenerse en la posición hasta que reciba refuerzos.
-¿Cuánto tiempo?
-El que sea necesario.
-Comprendido.
Bracco cortó la comunicación y se quedó inmóvil, luego ordenó a un soldado que convocara a los oficiales y suboficiales, cuando estuvieron reunidos les contó la orden recibida y continuó-Mantener la defensa en un solo punto sin saber cuándo recibiremos refuerzos es para mí una táctica suicida.
-¿Qué propone entonces, capitán? –preguntó un joven teniente que había llegado después de la batalla.
Bracco lo miró con atención preguntándose cuánto tiempo de vida le quedaba al entusiasta muchacho y explicó-Organizaremos una defensa escalonada a lo largo de la ruta que tenga como punto final esta colina, intercalaremos pelotones con fusiles, ametralladoras y antitanques que puedan generar fuegos cruzados y que, a medida que sean superados puedan replegarse hasta aquí.

23.
Asignó la ubicación de los pelotones, de los refugios en la colina y caminó con los soldados a cargo de los morteros hasta encontrar el lugar más adecuado para ubicarlos. Desde allí dominaban visualmente el camino, una cinta de pavimento que se extendía en forma más o menos rectilínea por unos ciento cincuenta metros hasta desaparecer en una brusca curva a la derecha, a los costados aparecían pinos y eucaliptos que llegaban muy cerca del pavimento y daban la sensación de invadirlo unos metros antes de la curva.
Le preguntó al suboficial a cargo de la sección de morteros si podía hacer blanco en el punto en el que los árboles avanzaban; el hombre observó el lugar, resopló y dijo-Claro que podemos, pero esa zona está muy cerca del primer pelotón.
-Tendremos que correr el riesgo, el primer pelotón es el que mejor cubierta tiene, si ellos son sobrepasados no aguantaremos demasiado…
Luego la espera, recorrió la posición, habló con los soldados, ironizó con Ojeda sobre la situación ante la mirada sorprendida de los oficiales más jóvenes y cuando ascendía hacia los morteros oyó el tableteo de las ametralladoras pesadas del primer pelotón; corrió hasta el puesto y se volvió hacia el camino. Un grupo de tanques apoyado por tiradores había tomado la recta y el puesto más adelantado de la defensa hacia fuego sobre ellos.
Un mortero disparó y la granada cayó entre los atacantes y los defensores, Bracco gritó-Mayor distancia, mayor distancia, carajo!
Los servidores ajustaron el ángulo de tiro y esta vez batieron el terreno donde avanzaba el enemigo; dos tanques se detuvieron obstruyendo el paso y el tercero giró su torreta tratando de hacer puntería sobre el primer pelotón. La explosión levantó una nube de humo y polvo y un gran eucalipto cayó incendiándose sobre el camino, un grupo de hombres salió de entre la vegetación y corrió retrocediendo, el cañón volvió a girar buscándolos.
Un poco más de una hora después había tres tanques destrozados en el camino pero los primeros pelotones de defensa se habían replegado a la posición del tercero y recibían fuego intenso de ametralladoras y Bracco reservaba la munición de los morteros ante la posibilidad de un nuevo avance de blindados.
Graduó los prismáticos para intentar ubicar con exactitud la posición enemiga, pero fue inútil, estaban más allá de la curva y sólo podía especular sobre su ubicación siguiendo el recorrido rojizo de las trazadoras que eran disparadas sobre sus hombres. Observó a un suboficial que estaba fumando en silencio sentado sobre una caja de municiones con expresión pensativa y se preguntó en qué podía estar pensando y se le ocurrió que la vida de todos ellos estaba entre paréntesis, suspendida en tanto el mecanismo en el que estaban insertos no se moviera.
-Capitán.
Se volvió y vio a Ojeda juntó a él -¿Cómo está, sargento?
-Bien teniendo en cuentas las circunstancias.
-¿Novedades de la brigada?
-Exigieron silencio de radio por las próximas dos horas.
-Ah, bien. –Bracco sacó un cigarrillo del bolsillo de la chaquetilla y lo encendió, exhaló el humo de la primera pitada y dijo-Dos horas…
-No es mucho tiempo.
-O es demasiado.
-¿Usted cree que para los ciegos el tiempo transcurre igual que para nosotros?
Bracco rió durante unos segundos y dijo-Ojeda, a veces exagera la sutileza…

24.
-Pocos de esos infelices sobrevivieron –explicó Eduardo con amargura- fueron ofrecidos como prenda de paz por Malabrigo.
-¿Por qué?
-Hubo presiones internacionales, dos compañías petroleras amenazaron con retirar sus inversiones y Azuria exigió una reparación para restablecer el equilibrio bélico…
-¿Qué pasó entonces?
-El gobierno dio la posición exacta de ese destacamento, su logística y poder de fuego… después, claro, los declararon héroes nacionales e instauraron un fecha oficial para conmemorarlos. El coronel Fuentes se suicidó casi de inmediato, no supo que estaba iniciando una tendencia…
-Y usted cree que así comenzó todo…
-No, creo que lo que te conté fue solo el rebrote de algo que estuvo presente desde los inicios…
-¿Qué es Malabrigo?
Eduardo volvió a llenar las copas y pareció tomar valor para iniciar una explicación que no quería dar, entonces vio las luces rojas de un patrullero a través de los vidrios mugrientos del bar, se puso de pie con violencia y desplazó un poco la mesa, dijo-Vamos, tenemos que irnos.
Tomás vio como el porrón se tambaleaba buscando restablecer su equilibrio variando entre varias tonalidades y formas hasta recuperar su definición primitiva, entonces comenzó a empequeñecerse, manoteó el sobre que guardaba el cuaderno. Eduardo lo había tomado del antebrazo y lo arrastraba con insólita fuerza hacia la barra; el encargado levantó un extremo y Eduardo lo condujo hasta una cocina diminuta. Entonces puso preguntar-¿Qué pasa?
-No es casualidad que la policía esté aquí, seguime.
Eduardo tomó una llave que pendía de un gancho en la pared y la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta; salieron a un jardín delimitado por paredes bajas. La luz del alumbrado público destacaba la silueta de los árboles y plantas; la noche era húmeda y una niebla liviana flotaba en el aire, de fondo se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la avenida. Tomás se sintió mareado por el frío y trastabilló.
-Vamos, muchacho, no se me caiga ahora, por allá –dijo Eduardo señalando la pared de la izquierda- tenemos que saltar –se aferró del borde superior de la pared y con un solo impulso consiguió montar la pierna derecha sobre el borde; paso las dos piernas del otro lado y saltó.
Tomás plegó el sobre, se lo puso en el bolsillo de la campera e intentó repetir el procedimiento de Eduardo, notó avergonzado que su estado físico no era tan bueno como el del viejo (o al menos su habilidad para saltar paredes). De todos modos al cabo de tres intentos consiguió elevarse y saltar del otro lado. –¿Y ahora? –preguntó frotándose las manos raspadas.
-Ahora intentaremos alejarnos escondiéndonos en la sombra de los árboles.
Caminaron hacia la esquina en silencio, Tomás notó que la marcha y el miedo disipaban rápidamente los efectos del alcohol. Antes de llegar a la bocacalle Eduardo le hizo una seña para que se detuviera, avanzó solo, se asomó y dijo-Parece despejado, vamos por acá –y se dirigió hacia la izquierda.
-¿Por qué le preocupa tanto la policía?
-Pueden habernos visto juntos y ya saben que no volvió al hotel.
-Nadie me hablo de limitaciones para circular…
-Vamos, muchacho, ahora no se haga el ingenuo.
Tomás debió admitir que Eduardo tenía razón aún cuando sólo la mitad de lo que él creía saber del lugar fuera cierto.
-Tendré que refugiarme en la embajada entonces.
-No creo que tenga que ponerse drástico tan rápidamente.
-Usted sabe que no lo sé.
-Lo eso y de eso se trata, de lo que usted esté dispuesto a arriesgar para saber Más; ¿usted es periodista, no?
-No arriesgo demasiado en mi profesión, soy periodista de espectáculos…
-Es cierto, no arriesga mucho, ¿cuál es su especialidad?
-Cine y teatro.
-Y nunca había leído una obra de su abuelo…
-No.
-Esta noche puedo hacer que sepa más de su abuelo y de Malabrigo si se anima a correr el riesgo…
Antes de que Tomás pudiera decidir sobre la propuesta oyeron una sirena que se acercaba y el haz de un reflector barrió la calle buscándolos.

25.
-Atrás del árbol, atrás del árbol! –gritó Eduardo y Tomás vio aturdido cómo se abría el saco y sacaba un revolver, oyó el sonido de un motor que se acercaba y vio que un patrullero se detenía, dos agentes bajaban del auto y los apuntaban. Pensó en Alicia y en la posibilidad de no verla de nuevo y el miedo fue reemplazado por una indignación rotunda. Estaba harto de ese lugar maldito. Comenzó a caminar decidido hacia el auto.
-¿Qué hace, está loco?, Cúbrase, no sea idiota, cúbrase! –gritó Eduardo con desesperación.
Vio con un agente fijaba su mira en él y se aprestaba a disparar, luego fue arrojado con violencia hacia la derecha, oyó el silbido del proyectil y el estruendo de la explosión. Luego dos relámpagos y dos explosiones a la izquierda, uno de los agentes cayó tomándose el pecho y el otro corrió para refugiarse en el patrullero.
Eduardo volvió a disparar y los cristales del lado del conductor estallaron, el auto avanzó apenas y se detuvo con el motor aún en marcha.
-¿Qué hizo? –preguntó Tomás con voz débil.
-Terminé con dos asesinos –explicó con tranquilidad Eduardo al tiempo que recargaba el tambor del arma con municiones que había sacado del bolsillo del saco. -Mejor que salgamos de aquí rápido.
-¿A dónde?
-Si llegamos a la avenida y conseguimos un taxi podremos evadir a la policía. La conmoción cuando encuentren a estos dos los va a tener paralizados un buen rato.


Documento IV

“(…) lo planteado es sólo una radicalización de la metodología aplicada en la confección de las máscaras; no se aprecia una diferenciación cualitativa sino la profundización de un procedimiento que tiende a la prevención de la psicosis generada por la persistencia de la anomalía. En tanto esta se presenta como una manifestación de entidades relacionadas directamente con la extinción física y la negación a aceptarla como un hecho propio de la experiencia humana, el mencionado procedimiento se propone como una forma de reforzar la consciencia del sujeto en la mera constitución física-y por tanto extinguible-de todo individuo. (…)”
Fragmento del acta de la sesión del Consejo de Crisis, Malabrigo, 21 de Septiembre de 1962.

Documento V

“(…)En la mayoría de las culturas primitivas se considera a la antropofagia ritual como una forma de adquirir las propiedades morales o espirituales del enemigo sacrificado; no es ese el propósito que justifica u origina esa práctica en Malabrigo sino lo contrario. La motivación malabriguense es el desprecio por el suicida; el que come se satisface en el cuerpo pero también en la derrota de la víctima, satisfaciendo así su innata tendencia predatoria. (…)”

Fragmento de Malabrigo Socialista, panfleto sin fecha.

26.

Vida cotidiana

La despertó Francisco con un beso suave-Arriba, dormilona, que ya te preparé el desayuno.

Abrió los ojos y vio la luz dorada que atravesaba las cortinas y caía sobre el cobertor, movió un pie y se demoró observando como la luz variaba sutilmente sobre la cama. Experimentaba una languidez a la que estaba segura no era ajeno el ritual que se celebraría al atardecer; siempre y cuando ella mantuviera la voluntad de llevarlo a cabo.

Las máscaras ya se habían agotado para ella y el psiquiatra había aconsejado el paso definitivo; Francisco esta de acuerdo y ella sabía que era lo indicado pero aún así no había podido vencer del todo el temor y la repugnancia.

-Vamos, nena, que se enfría el café.

Se levantó, se puso una bata, pasó por el baño y fue a la cocina; Francisco se había esmerado y había dispuesto una prolija mesa con café, leche, jugo de naranjas, manteca, mermelada, medialunas y pan tostado.

-¿Es por lo de la tarde, no?

-Sí, pero también por lo mucho que te debo…

Se acercó a Francisco, tomó su mentón con la mano derecha y lo besó largamente. Los interrumpió el pequeño Fernando que reclamaba su yogurt.

-Ya va, ya va, pero también vas a tener que tomar la leche y comer algo antes de ir a la escuela.

Mientras observaba desayunar a su hijo que charlaba animadamente con Francisco pensó que ese momento y sus perspectivas justificaban lo que ocurriría cuando llegara la noche; tenía un matrimonio que si bien ya había dejado atrás la pasión de los primeros años se mantenía firme, un hijo saludable e inteligente y una posición económica que mejoraba año a año. Nada podía poner en peligro esos logros.

Luego de desayunar, despidió a Francisco que marchó a su estudio, llevó a Fernando a la escuela, entró con él, lo despidió en la puerta del aula y caminó hasta la sala donde se realizaba la asamblea mensual de la Asociación de Padres. Luego de una discusión que le pareció interminable consiguió que se aprobaran dos de sus propuestas y que se asignaran en forma explícita los fondos para ponerlas en práctica. Se despidió de todos satisfecha y en un café se encontró con una amiga a la que había prometido acompañar para recorrer casas de moda a fin de ver diferentes diseños de vestidos de novia. Pasaron lo que quedaba de la mañana abocadas a esta tarea, almorzaron y continuaron la recorrida; se despidió a las cinco arguyendo que tenía que volver a casa para recibir a Fernando aunque habían acordado con Francisco que él lo pasaría a buscar por la escuela y lo llevaría al cine.

Sentada a la mesa de la cocina bebió un té amargo y repitió mentalmente la oración prescrita, sonó el teléfono, atendió y una voz masculina anunció-Ya es tiempo.

Se dijo que ya no podía echarse atrás sin convencerse del todo.

Condujo hasta las afueras de la ciudad y detuvo el auto frente a un chalet de dos plantas con techo de pizarra negra y paredes cubiertas por una enredadera lozana. Caminó hasta la puerta y llamó, la recibió un hombre alto y delgado vestido con un traje gris que sin decir una palabra la condujo hasta un pequeño cuarto de paredes blancas amoblado sólo con una mesa y tres sillas; el hombre dijo-Espere aquí. –y salió de la habitación por una puerta ubicada en el extremo opuesto de la habitación. Esperó unos segundos inmovilizada por la ansiedad y el temor, entonces por donde había salido el hombre entró una anciana delgada y vestida con una toga púrpura que le ordenó con voz firme que se desnudara. Dudó y la mujer pareció comprenderla porque se volvió hacia la mesa donde ahora había un porrón de cerámica y una copa de cristal, llenó la copa con un líquido oscuro y brillante y se la ofreció-Esto te ayudará.

Tomó la copa y notó que su pulso no era firme, bebió el contenido de un trago y sintió que un fuego amargo la recorría y llegaba velozmente a su consciencia.

27.

Comenzó a desvestirse, se quitó las botas, las medias, la camisa y la pollera y las dejó sobre una silla.

-Todo –ordenó la mujer impasible.

Desprendió los broches del corpiño, se lo quitó y lo dejó sobre la mesa; los pezones se le endurecieron en el frío de la habitación y cruzó los brazos sobre el pecho.

-Todo –insistió la otra.

Llevó los dedos hasta el borde del elástico de la bombacha y allí los detuvo.

-Nadie te obliga, pero no estás dispuesta deberás retirarte ahora y para siempre.

El terror y la desesperación la marearon, trastabilló por unos segundos y se apoyó en la mesa, cuando consiguió recuperar el equilibrio se desnudó.

La mujer se acercó y la contempló admirativamente, tomó las ropas y dijo-Seguime.

Pasaron a otra habitación iluminada por una lámpara de pie, sobre una pared había un sofá de terciopelo negro; la anfitriona indicó-Recostate en el sofá y sé receptiva.

Se recostó, apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y trató de relajarse mientras repetía el mantra que le había sido asignado. Sintió unas manos cálidas que le separaban los muslos, ante ella un hombre encapuchado y desnudo se disponía a penetrarla.

-No.

-Es la única forma. –dijo el hombre.

-No.

-Es la única forma –repitió el hombre moviéndose con lentitud; comenzó a llorar en silencio y trató de olvidarse, intentando descartar los destellos de placer que se iniciaban.

El hombre se retiró satisfecho, se puso de pie y le alcanzó una copa del mismo licor que había bebido en la antesala-Esto te ayudará.

Se sentó en el sofá, tomó la copa y la vació de un trago. Un deseo como nunca había experimentado la encendió entera, suspiró y el hombre sonrió-Veo que vas comprendiendo –se volvió hacia la puerta y anunció-Señores, pueden entrar.

Tres hombres desnudos y encapuchados ingresaron en la habitación y copuló con cada uno de ellos, luego el primer hombre la ayudó a ponerse de pie y dijo-Has dado el primer paso para volver a nacer y ser toda de Malabrigo; ahora acompañanos –la tomó del antebrazo derecho y la condujo hacia una habitación contigua: un cubo iluminado por tubos fluorescentes que iluminaban una cama alta cubierta por un lienzo púrpura. El hombre la ubicó a un lado del lecho, los otros se situaron alrededor.

-Es tiempo de que seas una con Malabrigo, ¿Estás dispuesta a dar el paso?

-Sí, estoy dispuesta

-Procedan.

Un hombre quitó el lienzo y descubrió el cuerpo desnudo de un hombre joven, un oficiante deslizó la hoja de un cuchillo de acero sobre el muslo izquierdo del cadáver y cortó una tira de carne, luego se la ofreció al hombre que estaba parado junto a ella.

-Sea esta comunión el pacto que selle tu alianza definitiva con Malabrigo –dijo el hombre llevando la carne a la boca de la novicia.

Mordió la carne y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la náusea; masticó, trago y casi de inmediato experimento un hambre feroz que la impulsaba a devorar cada milímetro de ese cuerpo vencido.

A la mañana siguiente se despertó renovada, con una alegría y un entusiasmo que no experimentaba desde la infancia. No pudo oír a Francisco caminando por la casa y recordó que había ido más temprano a la oficina porque tenía que preparar los documentos contables para una inspección fiscal.

Mientras tomaba un café sentada a la mesa de la cocina pensó que había que mandar las cortinas al lavadero, era impresionante lo rápido que juntaban polvo; el gobierno decía que la polución ambiental había disminuido pero sus cortinas decían otra cosa.

Fernando entró en la cocina y en lugar de reclamar por el yogur se quedó mirándola extrañado, como si no la reconociera. Pensó que ya era tiempo de que su hijo se iniciara con una máscara infantil.

28.

Documento VI.

“(…) La incapacidad de adaptación al medio es un síntoma típicamente adolescente, la comisión de evaluaciones fue contundente en demostrar ese aspecto de mi conducta. Las frecuencias de onda de mi cerebro son demasiado irregulares como para ser orientadas por los parámetros de los forjadores de máscaras diseñados hasta el presente y me niego a la antropofagia; tal vez mi destino sea ya la muerte voluntaria y la conversión en ofrenda ritual. Sólo pueden salvarme los espectros y el caos final… “

Nota encontrada en un alcantarillado público, Malabrigo, 1986.

Vida cotidiana 2.

Irma encendió la luz y cerró la puerta, se quitó el auricular del oído derecho y el cinturón del que pendía la pequeña caja plateada. Recordó al tipo que en el bar le había preguntado sobre los problemas de audición; seguramente un extranjero, alguien incapaz de imaginar lo que se estaba jugando en el país. Pero, ¿qué se estaba jugando?, fuera lo que fuera ella no lo sabía. Tenía apenas veintidós años pero desde que tenía memoria escuchaba decir que las máscaras eran sólo una solución temporal al problema de fondo y pronto se encontraría una solución definitiva.

Era sintomático, cada vez que se quitaba la máscara sus percepciones y pensamientos eran más agudos, recuperaba gran parte de su psiquis. Lo que no hacía más que demostrar la eficiencia del dispositivo.

Caminó hasta la cocina, llenó la pava con agua, la dejó sobre la hornalla y encendió el fuego con un fósforo. ¿Cómo sería vivir en un lugar donde las máscaras no fueran necesarias? De vez en cuando se hacía esa pregunta, a pesar de que no ignoraba que era el síntoma de un pensamiento muy próximo a la traición, y pocas veces podía imaginar una situación alternativa. Encendió el televisor: un auto policial detenido en una calle arbolada, una ambulancia, hombres con ambos blancos del sistema de Sanidad manipulando una camilla que cargaba un cuerpo cubierto por una sábana blanca, policías caminando en torno de la escena, primer plano de un cronista que micrófono en mano explicó: “Escasos minutos atrás una comisión policial concurrió hasta aquí por denuncia de vecinos y descubrieron un terrible hecho que enluta a toda la nación, algo que no ocurría desde los años de la Refundación: el asesinato a sangre fría de dos servidores del Orden.”

Apagó el televisor fastidiada, la pava comenzó a silbar, apagó la hornalla, sacó un taza del armario, la apoyó sobre la mesada y le puso un saquito de té; vertió el agua hirviente y se demoró unos segundos viendo como el líquido adquiría una tonalidad violácea apenas desvaída por el vapor emergente.

29.

Sonó el teléfono, lo descolgó del soporte en la pared y atendió: Mario. Sabía que era peligroso mantener una conversación con él sin la máscara; pidió que la disculpara un momento, caminó hasta el living, se puso la máscara y tomó el teléfono inalámbrico.

Mantuvo una actitud interesada y afectuosa durante toda la conversación aunque con la habilidad necesaria para evadir los intentos de Mario por comprometerla a fijar una fecha para el matrimonio. Argumentó que pasaba por una situación laboral tensa y estaba preocupada por la inestabilidad psíquica que había demostrado su madre en las últimas semanas.

Cortó la comunicación con una despedida cariñosa, se quitó el auricular, volvió a la cocina y bebió un sorbo del té que ya estaba tibio. Era cierta la preocupación por su madre y específicamente por el alcoholismo que profesaba con devoción, y tenía bien claro que el whisky no era más que una máscara química. La entendía, claro que la entendía pero no podía soportar su proximidad por mucho tiempo. Sospechaba que la pena que experimentaba su madre por el hijo suicidado no era más que una excusa para evadir toda responsabilidad hacia otros. Y entre esos otros estaba ella, claro.

Lavó la taza y la puso a escurrir a un lado de la pileta, se puso una campera y salió. Apretó el botón del ascensor, la abrumó el silencio que dominaba el edificio, como si sus habitantes hubieran coincidido en la quietud, o en la muerte pensó estremeciéndose. Subió al ascensor y marcó la planta baja; cuando salió la alivió un poco oír los motores de los autos en la avenida.

El aire marino le trajo nostalgia de un lugar que había entrevisto en sueños y se reconvino diciéndose que era una sensación peligrosa; la indisciplina mental sólo podía traerle dificultades. Caminó una cuadra hacia el océano y se detuvo frente a un local que se anunciaba como “Taller-Mecánica General-“, golpeó tres veces con los nudillos de la mano derecha en la cortina metálica. Al cabo de unos minutos se abrió una pequeña puerta metálica en la cortina y asomó la cabeza una mujer rubia-Ah, sos vos, pasá, hace un rato estábamos hablando de vos con Cacho.

-Disculpame, sé que es un poco tarde.

-No, para nada, pasá.

Irma entró por la pequeña abertura y siguió a Marta al interior del local; caminaron entre dos hileras de autos parcialmente desarmados a través del olor a nafta, grasa y aceite. Salieron del taller y siguieron por un corto pasillo hasta una cocina amplia y bien iluminada, sentado a la mesa estaba un hombre de largo cabello negro veteado de canas, ante él había una pava y un mate; sonrió y saludó a Irma-Qué bueno que viniste, hace un ratito hablábamos de vos…

-Ya le dije.

-Me siento importante –dijo Irma, se sentó y agarró el mate que le había alcanzado Cacho.

-Sos importante –aseguró Marta.

Irma sintió la mirada atenta de Cacho sobre ella y permaneció en silencio.

-¿Estás bien? –le preguntó Marta.

-No –se animó a decir.

-No es raro –dijo Cacho-no tenés la máscara puesta.

Lo miró con odio-Sé que ustedes nunca las necesitaron.

Marta y Cacho se miraron fugazmente, Marta preguntó-¿Cómo lo sabés?

-Ví que las usaban pero nunca estuvieron activas, no me pregunten cómo lo sé pero lo sé, cuando estoy en contacto con los que las usan percibo la vibración y nunca me pasó con ustedes. Hoy en el bar atendí a un extranjero que creyó que el auricular era un audífono; era un tipo raro, me dio la impresión de que algo o alguien estaba con él, como me pasa algunas veces cuando me quito la máscara, entonces pensé en ustedes.

Cacho chupó con fuerza el mate y volvió a buscar la mirada de su compañera, luego dijo-Tal vez te subestimamos.

-No, no creo; sé que ustedes saben cosas que desconozco y ese conocimiento no es gratuito…

Cacho y Marta la miraron expectantes.
-No tuvieron hijos… creo que es parte del precio que están pagando… mi madre, a su manera, también lo está pagando… no sé más que eso pero también sé que ya no soporto seguir así…
Cacho dijo-Es tiempo de que sepas más entonces… -e Irma no supo si el tono había sido de resignación o de esperanza.

30.
Este viejo está loco y yo también, claro. Y cada cosa que se agrega no hace más que aumentar el delirio:¿Qué es eso de que hubo conflictos porque el consumo de carne humana hizo descender el consumo de carne vacuna y los productores agropecuarios iniciaron un lockout que fue solucionado cuando el gobierno anunció una baja en las retenciones a la exportación?
-Sugiero que entremos. –dijo el viejo-¿Tiene plata para la entrada?
-¿Tenemos que entrar?
-Es un lugar al que la policía no acude, puede considerarla una zona liberada…
Tomás se acercó a la ventanilla; una chica delgada con pelo teñido de verde, delgada y de ojos saltones, le sonrió seductora, tomó los billetes y le entregó dos entradas.
Se acercaron a la entrada y un hombre pálido, calvo y gigantesco tomó los boletos, los partió, les entregó la mitad y explicó-Consérvelos, con estos tiene una consumición acreditada.
-Gracias.
-Por aquí.
Descendieron por una escalera de caracol apenas iluminada por apliques que simulaban antorchas y difundían una luminosidad anaranjada; a medida que avanzaban el volumen de la música, un techno frenético aumentaba. El corredor se convirtió en una habitación ancha recorrida velozmente por potentes reflectores que iluminaban a los asistentes y sus actividades diversas: chicas desnudas bailando sobre los parlantes, parejas copulando, travestis jugando al poker, un grupo de enmascarados que parecían jugar a la ruleta rusa, etc.
-Un lugar divertido. –comentó Tomás esforzándose por hacerse oír.
-Este es el lugar de la falsa libertad, muchacho, pero vamos, tratemos de encontrar algún rincón apartado de los parlantes.
Atravesaron el centro del lugar y encontraron una mesa libre detrás de una columna de parlantes, cuando los ojos de Tomás se acostumbraron a la luz del lugar notó que detrás de la mesa yacían algunos parroquianos.
-Acá podremos estar tranquilos un rato. –dijo Eduardo mientras encendía un cigarrillo.
-¿No les parece que es el lugar más evidente para buscarnos?
-No lo harán, muchacho, créame.
-¿Puedo pedirle algo?
-Sí, claro.
-No me llame muchacho, soy una persona mayor, tengo una hija…
-Perdóneme, no tuve intención de ser condescendiente.
-Está bien.
-Ahora tenemos que pensar qué hacemos para hacerlo llegar hasta su embajada… no será fácil… todo el sistema de seguridad está tras usted…
-Usted no hizo las cosas más fáciles…
-¿Hubiera preferido morir?
Tomás suspiró fastidiado, luego admitió-No, claro que no.
-¿Quiere tomar algo?, tenemos la consumición de la entrada…
-Un whisky.
-Bien, lo acompañaré entonces, ya vengo. –Eduardo se puso de pie y caminó hacia la barra, varias personas lo saludaron al reconocerlo, Tomás infirió que era un cliente habitual. Un personaje con una intencionalidad que no terminaba de exponerse. Una sensación de inminencia lo invadió con ferocidad, la sensación de que algo terrible estaba por ocurrir. Pensar en una catástrofe era redundante, el lugar todo era catastrófico. Tenía que salir de allí y rápido, nada bueno lo esperaba en esa tierra de desquiciados.
Eduardo dejó los vasos sobre la mesa y dijo-Es irlandés, del bueno.
Tomás tomó un trago y asintió en silencio.

31.
Un poco más tarde, fuera de la disco, Tomás creyó recordar que Eduardo había hecho un gesto con la mano derecha y dos travestis se habían abalanzado sobre él y lo habían abrazado con fuerza y le habían tapado la boca; luego lo levantaron y lo obligaron a caminar hacia la salida. Eduardo caminaba adelante para evitar que cualquiera se interpusiera en la marcha.
Tomás notó que el frío era más intenso y desde el mar llegaba un viento húmedo, lo condujeron con firmeza hasta un taxi estacionado junto a la vereda y lo hicieron sentar en el asiento trasero entre los dos travestidos; adelante, junto al conductor se ubicó Eduardo y cuando el automóvil se puso en marcha se volvió hacia él y explicó-Tendrá que disculparme, muchacho, pero el irlandés tenía hierbas relajantes…
-La puta que lo parió. –consiguió decir Tomás y se inclinó hacia delante, pero sus guardias estaban atentos y lo inmovilizaron de inmediato, el que viajaba a la derecha le dio un beso en la mejilla y le pidió que se calmara. No fue el contacto con ese rostro que necesitaba urgentemente una afeitada lo que lo tranquilizó sino la percepción distorsionada de las calles: los objetos se transparentaban y perdían los contornos, adquiriendo formas difusas y erráticas.
-Ay, pobre, chico, parece que le pegó fuerte la datura.
Tomás se encontró en un rincón de un cuarto en penumbras y vio como dos hombres y dos mujeres desnudas con las cabezas cubiertas por capuchas carmesíes se acercaban a una mesa cubierta con un lienzo de terciopelo rojo bajo el que se adivinaba un cuerpo humano pequeño. El cuerpo de un niño, sin duda, el cuerpo de Alicia supo con horrorizada certeza; intentó gritar pero no pudo, intentó correr pero sus pies estaban adheridos al piso. Una de las mujeres comenzó a descubrir el cuerpo yacente corriendo el lienzo desde los pies hacia arriba y un hombre se acercó con una cuchilla dispuesto a hacer el primer corte; los pies de la niña se movieron, su hija aún estaba viva. Y por un instante que le pareció eterno el universo fue angustia y dolor.
Una sombra extinguió a los comensales y aniquiló toda la escena; se encontró en el taxi consciente de una presencia que no pudo poner en palabras, que lo confortaba y le daba seguridad.
-Hola. –lo saludó el travesti que lo había besado.
-Parece que no era tan fuerte el irlandés. –dijo Tomás.
-Parece que no para usted. –admitió Eduardo observándolo con atención.
-Creo que me ha subestimado.
-No exactamente, sólo lo estaba probando y me da gusta saber que no he perdido el tiempo…

Documento VII

“(…)¿Cómo se construye el futuro? No puedo olvidar el texto de Arregoitía, su densidad dramática pero fundamentalmente su clarividencia. ¿Cómo se enteró de las cuestiones que han comenzado a discutirse en las sesiones secretas del Consejo? Sé que no tuvo ningún contacto con los agentes del estado; no puedo ignorarlo porque desde hace más de tres años monitoreo su vigilancia. La cuestión que me atormenta es no poder recordar si la idea del canibalismo ritual apareció en el Consejo antes o después del estreno de “La herencia de Saturno”. Sería paradójico que Arregoitía, en su afán por construir una moral opuesta a la que rige en Malabrigo, haya planteado una opción para que nuestro poder se reproduzca y perdure. (…)
Del diario de Eduardo Metco, 20 de Noviembre de 1962.

32.
Eduardo sabe que la traición es intrínseca a su vida, el doble juego está en sus genes y recuerda, con retorcido deleite, el papel que su padre jugó en el exterminio de las tropas de Malabrigo para terminar con la guerra. Baja el vidrio de la ventanilla apretando la tecla junto a la palanca de cambio, necesita aspirar con fuerza el aire de la tardía noche, no se niega a admitir que tiene miedo y que parte de ese miedo lo genera el hombre que viaja en el asiento trasero custodiado por los travestis que también han comenzado a temerle. Sonríe para sí y vuelve a preguntarse con sorpresa cómo pueden confiar en él los idiotas del Consejo y los infelices a los que ha prometido la liberación definitiva. Fe, necesidad de creer es la única explicación posible; conoce el sentimiento, lo tuvo alguna vez y tal vez lo siga experimentando, no es tan ciego como para no admitir que sus acciones estén orientadas por el logro de una finalidad, aún cuando no tuviera claro cual era.
El sonido de las cubiertas rodando, la respiración ruidosa del chofer, el silencio ostensible de Tomás. Eduardo se vuelve y lo observa: el muchacho esta ensimismado e inmóvil, como si escuchara una voz interior. Lo mira y sonríe en silencio, Eduardo siente que un escalofrío le recorre la espina dorsal y el vello de la nuca se le eriza; se odia por sentir ese miedo que es tan cercano al pánico. Hace un esfuerzo, consigue sonreír y vuelve la vista hacia delante. Se dice que el miedo es perfectamente lógico, al fin y al cabo está a punto de cambiar drásticamente la historia de Malabrigo. Recuerda un atardecer de invierno: la reunión en el estudio de su padre se ha demorado más de lo habitual y él, apenas un chico de once años, recorre en silencio el largo pasillo que ya ha comenzado a oscurecerse por las sombras crepusculares y se acerca a la puerta entornada. Jamás ha intentado escuchar las conversaciones de los mayores (es demasiado educado para eso) pero está ansioso por concluir la partida de ajedrez con su padre y quiere saber si la reunión está por terminar. Se detiene a dos pasos de la puerta y escucha: su padre dice exasperado, como si no fuera la primera vez que hace el planteo, que hay que terminar de inmediato con la guerra y eso sólo logrará compensando a Azuria por sus bajas, es la condición dolorosa pero imprescindible, la única forma de que las potencias centrales reanuden las inversiones y el financiamiento. Una voz exaltada le responde que eso es lisa y llanamente traición, una condena a muerte para hombres que han dado todo por el triunfo de la patria. Hay un silencio que sólo es perturbado por carraspeos, pasos y movimientos de sillas; luego su padre con voz grave y firme dice que ,efectivamente, su proposición puede verse como una traición y una condena a muerte pero sólo si permanecen sujetos a una visión estrecha y coyuntural que como dirigentes del país no pueden mantener si tienen algún respeto por los deberes que hacia la nación han contraído. Eduardo se siente orgulloso y avergonzado y, confundido, decide alejarse del estudio; a la mañana siguiente se entera de que el ejército de Malabrigo ha sufrido una derrota aplastante en su avance hacia la capital azuria y las conversaciones de paz son inminentes, un sentimiento de amor y orgullo lo invaden con plenitud. Y decide entonces que él también, a su tiempo, asumirá la responsabilidad de dirigir los destinos de Malabrigo para conducirla a su destino de grandeza. Decisión que mantendrá sin fisuras durante los próximos cincuenta años y que, entre otras cosas, lo llevará a enfrentar dolorosamente a su mentor en una discusión violenta y amarga que precedió apenas en unos días a su muerte y de la que probablemente haya sido causa inmediata. Eduardo veía a su padre como un ser gastado y enclenque, un despojo miserable del gran dirigente que había enviado cientos de hombres a la muerte con la convicción profunda de estar haciendo lo que la patria exigía.
El arrepentimiento y la desesperación de su padre le habían parecido canallescos, muy probablemente (y ahora viajando en un taxi que podía estar llevándolo a su destino final lo sabía) porque cuestionaban en profundidad los valores que había hecho suyos. El viejo se había negado enfáticamente a la instauración de la antropofagia selectiva como instrumento para la construcción de máscaras definitivas alegando que no era nada más que un episodio de la continua fuga hacia el futuro que se ejercía desde los orígenes en Malabrigo.

33.
De esta forma, su padre había traicionado de nuevo, lo doloroso fue que esta última defección había sido dirigida a él.
El taxi se detuvo en un callejón detrás de un edificio moderno de gran tamaño, el lugar estaba desierto y había una puerta entreabierta de la que salía una luz mortecina que la niebla estrangulaba; antes de ordenar a los travestis que bajaran a Tomás, se volvió hacia él y lo observo en silencio. Tomás le sostuvo la mirada imperturbable, con una calma que era difícil de comprender dada la situación en la que se encontraba; claro, siempre y cuando uno no estuviera atento a la presencia de la anormalidad. Y entonces se produjo una ruptura y Eduardo ya no tuvo frente a sí a Tomás sino a su abuelo Pablo Arregoitía y mantenían una conversación que había tenido lugar treinta años antes.
Pablo se acomodó en el sillón de cuero y observó con atención los detalles decorativos de la sala, el Kandinsky, el Pollok y una diminuta escultura que supuso de Picasso sobre una mesita de ébano e hizo un gesto de exagerada admiración. Luego se inclinó sobre la mesa ratona, abrió la caja de puros, tomó uno y lo olió-Hmm, cubanos y de los buenos, pensé que Malabrigo adhería con entusiasmo al bloqueo.
-Formalmente, con entusiasmo formal.
-Supongo que el Departamento de Estado no desconoce estas negociaciones…
-Claro que no, pero sabe que nuestra lealtad es firme.
-¿Nuestra?
-La de Malabrigo.
-Ah, claro –admitió Pablo mientras encendía el cigarro con breves chupadas.
-Podés servirte si querés.
-Pensé que eran bienes del estado y en un país tan pujante.
-No, no son del estado, pero adelante, puedo darme el gusto…
-Siempre supe que ibas a hacer una carrera brillante…
Eduardo sabía que Pablo lo detestaba con frialdad, sin molestarse demasiado en exhibirlo ni ocultarlo, como si no tuviera mayor relevancia.
-¿Y qué te llevó a pensar eso?
-Tu inclinación temprana a acatar las normas y a mejorarlas…
-Puede ser que tu percepción haya estado agudizada por el contraste…
-¿Te das cuenta de que como confirmás mi percepción?
Eduardo sintió que había caído como un imbécil de nuevo en la trampa y tuvo que esforzarse para no mostrarse agresivo.
Pablo chupó el cigarro, saboreó con deleite el humo y lo liberó despacio viendo como se elevaba en el aire quieto del estudio, luego dijo-No es difícil imaginar tus acciones, siempre fuiste una persona clara, diría previsible si no lo tomaras como algo insultante.
-No, de ninguna manera, ¿podrías decirme cómo es la imagen que tengo de vos?
-Un tipo indisciplinado, con hábitos perjudiciales, incapaz de entender el concepto de disciplina.
-Bien, bien, estuviste bastante acertado, ¿puedo conocer los fundamentos de tu inferencia?
-Es fácil, vos estás regido obsesivamente por un principio básico, tendrías que hacer alguna consulta alguna vez…
-¿Y cuál ese principio?-preguntó Eduardo intentando parecer irónico y superado.
-Control, te aterroriza todo lo que no podés encuadrar en un marco bien definido.
-¿No exagerás un poco?
-¿Para qué me convocaste, entonces?
-La convocatoria no ha sido personal pero pensé que este ámbito era el más apropiado…
-Te escucho.
Eduardo se sentó frente a Pablo, tomo un cigarro de la caja y lo retuvo entre los dedos índice y medio de la mano derecha, y lo apuntó hacia Pablo.-El asunto es tu obra…
-Por ay cantaba Garay.
-La cuestión es grave, a pesar de tu incapacidad infantil para admitirlo; no podemos admitir que continúen las representaciones…
-Ah, ¿no?, ¿y se puede saber por qué?
-Si no lo sabés es mejor que no enteres. –explicó Eduardo disfrutando el momento, tanto que hasta se atrevió a encender el puro.
-Así será, entonces… ya encontrarán otra forma –aceptó con tranquilidad Pablo y se puso de pie dispuesto a dejar el lugar.
-¿Quiénes encontrarán?
-Te cito: “Si no lo sabés es mejor que no te enteres”, aunque es una cita falsa, sé muy bien en qué estás metido.
-Podría obligarte.
-Estoy seguro, podés intentarlo…
Eduardo se encontró de nuevo frente a Tomás, treinta años después y oye-La herencia de Saturno, claro, mi abuelo sabía hacia donde se dirigía Malabrigo y no lo calló.
-De una forma muy vaga…
-Lo suficientemente clara como para que fuera prohibida la obra…
Eduardo se esforzó por sonreír y ordenó a los travestis que bajaran a Tomás del auto.

34.
Documento VIII.
“(…) Una presencia que es toda ausencia; una vacuidad que reclama con fuerza un contenido, y que exhibe con crueldad inaudita la vaciedad del otro y lo sume en una angustia tal que lo obliga a buscar una clausura definitiva de la percepción de la vacuidad mediante la aniquilación de la conciencia; lo que, de no mediar algún procedimiento intrusivo, lleva al sujeto al suicidio inexorablemente. (…)”
Fragmento de “Una aproximación fenomenológica a la anomalía” Departamento de Filosofía Aplicada de la Universidad Nacional de Malabrigo, 1961.
Eduardo dio dos golpes leves en la puerta entornada y al cabo de unos segundos la puerta se abrió completamente y apareció un hombre delgado, cincuentón, vestido con un traje gris y evidente aspecto de funcionario. Saludó y les indicó que podían pasar.
Eduardo siguió al hombre y detrás avanzó Tomás escoltado por los travestis que, por seguridad o por gusto lo llevaban tomado de los brazos. Caminaron por un pasillo iluminado por tubos fluorescentes una decena de metros hasta llegar a una bifurcación, tomaron por la derecha e ingresaron a un corredor más amplio con puertas a los lados, el silencio era casi total, el sonido de sus pasos era atenuado por una alfombra espesa.
El guía se detuvo frente a una de las puertas y sacó un llavero del bolsillo del pantalón, eligió una llave y la introdujo en la cerradura, giró el picaporte y abrió; Tomás leyó “Acceso restringido” y se dejó conducir al interior.
Eduardo dijo-Supongo que ya se habrá dado cuenta de donde estamos…
Tomás observó los aparatos de audio, las computadores en línea, la larga mesa sobre la que estaban dispuestas las consolas de sonido, los micrófonos y las butacas ergonómicas tapizadas en pana negra, y dijo-Sí, claro pero ¿no era el plan pasar desapercibidos?
Eduardo sonrió divertido y dijo-Ya no –y dirigiéndose a los travestis indicó-pueden dejarlo, chicas.
-Por favor, siéntense. –invitó el funcionario.
-Sí, claro, sentémonos, ah, discúlpenme, no los presenté. –dijo Eduardo e hizo la presentación; así Tomás se enteró que el hombre con aspecto de funcionario era efectivamente un funcionario: Fernando Avila, director general de Radio Nacional de Malabrigo.
-¿No tiene nada que preguntar, muchacho?

35.
-No, sé lo suficiente.
Eduardo lo miro pensativo y no agregó palabra, se volvió hacia Avila-¿Todo dispuesto?
-Tal cual lo indicó.
-Sabía que no podía esperar menos de usted. –dijo Eduardo y le anunció a Tomás-Está a punto de presenciar un hecho histórico, algo que le hubiera gustado ver a su abuelo.
-Preferiría que no le mencionara…
-No fue mi intención molestarlo…
-No quiero parecer ansioso, señor Metco –dijo Avila- pero en diez minutos se produce el relevo de la guardia y no podemos confiar plenamente en el relevo.
-Tiene razón, Avila, procede cuando lo considere apropiado.
Avila desplazó la silla hasta situarla frente a una de las computadoras y tecleó velozmente una instrucción, en la pantalla apareció un eje cartesiano sobre el que se dibujaba una curva.
-¿Le resultó difícil encontrar el parámetro efectivo de las frecuencias?
-No mucho, los datos que me dio eran muy acertados.
Eduardo le preguntó a Tomás-¿Sabe lo que nos proponemos?
Tomás se reclinó en el respaldo de la silla y dijo-Supongo que intentarán la anulación de la acción de las máscaras con una interferencia masiva en sus frecuencias de programación.
Avila se volvió sorprendido, Eduardo sonrió complacido y explicó-El muchacho no está solo.
Avila asintió en silencio y volvió su atención a la computadora, tomó el mouse e indicó cuatro puntos en el diagrama, apretó la tecla de intro y activó la zona indicada. En el ángulo inferior izquierdo de la pantalla apareció un contador en números rojos que inició una cuenta regresiva a partir de 30, cuando la secuencia finalizó apareció una leyenda que anunció “Operación Activada”. Avila explicó-El emisor tardará diez minutos en barrer todas las frecuencias y anular las máscaras.
-¿Qué espera de esto? –preguntó Tomás.
-Podría decirte que me guía la intención de reparar un daño o que me propongo la liberación definitiva de Malabrigo, y ambas explicaciones son ciertas pero no suficientes, tal vez todo se reduzca a promover un cambio que desbloqueé la historia… supongo que ya sabés quien soy…
Tomás respondió con seguridad, aún cuando segundos antes de enunciarlo era inconsciente del conocimiento-Eduardo Metco, miembro del Consejo Central del Partido de la Reconstrucción, número tres en la jerarquía estatal. –La atención de todos los presentes se situó sobre él, Eduardo asintió en silencio y dijo-Algo ha permanecido demasiado tiempo estancado en Malabrigo y el absceso debe ser destruido…
Avila sonrió complacido y Tomás pensó que el tipo era inconsciente del papel secundario que Metco le había asignado en su dispositivo, o lo tenía bien claro y había asumido su posición con una resignación entusiasta.
-De todos modos no sé para qué me necesita. –dijo Tomás.
-Necesito un testigo, un observador atento.
-Proceso concluido –anunció Avila.
Los travestis se abrazaron, Avila se incorporó y estrechó la mano de Eduardo; se veían satisfechos y distendidos. Tomás preguntó-¿Qué pasará con la gente que necesita las máscaras para sobrevivir?
Eduardo lo miró sorprendido como si no hubiera tenido en cuenta esa circunstancia o como si la hubiera descartado, dijo-Veo que es usted un humanista.
-Soy parecido a mi abuelo.
-Certero, muchacho, certero, se pone usted más agudo con cada segundo que pasa… respecto a su pregunta, supongo que algunos se suicidarán… otros recurrirán al canibalismo… en fin, es como barajar y dar de nuevo…
Entonces ocurrieron muchas cosas al mismo tiempo o los instantes que las separaron fueron tan fugaces que Tomás fue incapaz de percibirlas con características bien diferenciadas, de todos modos percibió que: la puerta de la sala se abrió con violencia y aparecieron dos individuos vestidos con trajes oscuros empuñando pistolas automáticas; los travestis se pusieron de pie con una velocidad admirable teniendo en cuenta su robustez y vestimenta y se arrojaron sobre ellos. El estruendo de los disparos fue casi previsible pero los fogonazos lo deslumbraron por unos segundos, se arrojó de la silla y trató de ponerse a cubierto. Oyó más disparos, el aire se impregnó de un olor acre y luego una voz segura que le sonó desconocida dijo-Ya terminó, Durrell, puede levantarse.

36.
Tomás se levantó despacio. Los cadáveres de los travestis estaban caídos junto a la puerta, uno de los hombres de traje estaba apoyado contra el marco tomándose el vientre con las manos, la sangre que manaba de la herida le teñía las manos de un rojo irreal; el otro trataba de contenerlo mientras hablaba por un teléfono celular. Junto a la mesa se había ubicado un tercer hombre que ahora parecía dominar la escena; era un tipo delgado, de rasgos duros y ojos achinados, pelo largo negro y entrecano atado en la nuca, llevaba un traje gris y una corbata azul prolijamente anudada. Fumaba un cigarrillo con indolencia un tanto forzada. Tomás lo reconoció de inmediato como un dirigente de Malabrigo.
-Lopresti. –dijo Eduardo.
-Suponía que iba a ser más discreto, señor Metco.
-Pensé que ya habría inferido que hay momentos en que la discreción es un lujo y este es uno de esos momentos…
Lopresti dio una pitada al cigarrillo, exhaló el humo y se demoró unos segundos viendo como el cielo gris se elevaba hacia el cielorraso, comentó-Tal vez no haya sido un alumno tan aplicado o tal vez haya desarrollado un criterio propio.
-Todo es posible en Malabrigo, ¿a usted que le parece, Tomás?
-No todo, Metco, no todo.
Lopresti le dijo a Tomás-Así que usted es el nieto de Arregoitía.
La aseveración hacia vana cualquier respuesta, de todos modos, con un orgullo que podía fundamentar vagamente, Tomás dijo-Así es.
-¿Es su testigo, no? –preguntó Lopresti volviéndose hacia Eduardo.
-Veo que no está tan desorientado, Lopresti.
-Le agradezco que lo haya traído hasta aquí.
Por primera vez, desde que se había producido la irrupción, Eduardo pareció desconcertado y permaneció en silencio pesando las palabras del otro. Tomás desvió su atención de los rivales que ya lo estaban hartando con su juego de sobreentendidos y vio como dos hombres vestidos con ambos blancos subían en una camilla al herido y el otro se paraba ante la puerta, luego de apartar los cadáveres con el pie, en actitud de centinela.
Metco dijo-Vamos, Lopresti, se le nota mucho que está ansioso por enunciar una verdad indubitable…
-Señor Metco, nuestra relación ha sido siempre respetuosa y no creo que las actuales circunstancias impliquen una modificación…
Tomás anunció-Me dan asco.
El silencio dominó unos segundos el recinto hasta que una tos nerviosa de Avila lo interrumpió, luego Lopresti dijo-Usted es sólo la encarnación momentánea de tiempos muertos y creo que es tiempo despejar un poco el ambiente-, sacó una pistola automática del bolsillo interior del saco, la cargó y la apuntó al pecho de Tomás; se regodeó apretando de a poco la cola del disparador.
Tomás preguntó con tranquilidad-¿No se cansan nunca de hacerlo?
La mano de Lopresti comenzó a temblar con violencia, se tomó el antebrazo con la otra mano y trató de contener el temblor pero no lo consiguió, dejó caer los brazos al costado del cuerpo; tenía el rostro pálido y el pelo entrecano se había aclarado más.
-¿Está bien, señor? -.preguntó el centinela alarmado.
-Quédese tranquilo, Enriquez, no es nada.
Avila sonrió con desprecio y fue la última acción consciente de su vida: el disparo le dio en la frente y lo arrojó hacia atrás; rebotó contra el respaldo de la silla y cayó sobre el teclado de la computadora. Todavía conservaba la sonrisa.
Metco preguntó-¿Era necesario?
Lopresti guardó la pistola en el bolsillo interior del saco y explicó-Tal vez me excedí en la forma, pero el correctivo era absolutamente necesario… de todos modos, ya esta condenado -. Se volvió hacia el centinela y le indicó-Enriquez, llame para que vengan a retirar los cuerpos.

La celda tenía unos pocos metros cuadrados, a Tomás le recordaba todas las celdas que había visto en películas: había una pequeña ventana cerrada con barrotes por la que se filtraba un halo de luz, dos cuchetas metálicos con colchones flacos empotradas en la pared, un inodoro en un ángulo y una lámpara que pendía del centro del rectángulo, cubierta por una red metálica cagada por las moscas, que derramaba una luz mortecina.
Metco estaba sentado en una cucheta con la espalda apoyada contra la pared y fumaba un cigarrillo.
Tomás estaba de pie aferrado a la reja, mirando el pasillo que se extendía hasta un portal de acero; el silencio era casi total, sólo reverberaciones lejanas que no podía adjudicar a causa alguna: persona, animal o artefacto. -¿Había previsto esto?-.preguntó.
-Sí, pero no tan pronto, supongo que me dejé llevar por el entusiasmo…
-Los hijos de puta me sacaron el cuaderno.
-No creo que lo necesite más, ya sabe lo suficiente.
-Ahora se hace el gracioso… nunca tuvo la menor intención de ayudarme a llegar a la Embajada…
-No.
-Mire, Metco, no soy un tipo violento, nunca lo he sido, pero la posibilidad de no poder volver a ver a mi hija…
-Lo entiendo, pero, ¿no se puso a pensar que su viaje a Malabrigo no fue solo motivado por una cuestión comercial?
-Lo único que falta es que me venga a hablar del destino o de la voluntad divina…
-Está bien, puede ponerse escéptico, está en su derecho, es una forma de defensa como cualquier otra… sólo le pido que piense y permanezca atento…
-Es lo que he hecho desde que llegué a este lugar de mierda y cada vez entiendo menos.
-¿Está seguro?, ¿ya pensó por qué no pudo dispararle Lopresti?
-Sí, claro que lo pensé y me asusta bastante la respuesta…
-Usted tiene poder y no se atreve a asumirlo…
-No lo pedí y no lo quiero.
-Lo lamento, Tomás, pero está usted en Malabrigo y no es un lugar que dé demasiada importancia a los deseos personales…
Tomás asintió en silencio y dijo-No entiendo para qué me necesita.
-Ya se lo dije, necesito un testigo.
-¿Para qué?
-Para que vea que no me suicido.
-¿Podrá no hacerlo?
Metco sonrió con tristeza y explicó-Tengo que intentarlo…
-Supongo que entonces Lopresti me quiere aquí por el motivo inverso.
-Exactamente, no pueden dejarme vivo pero quieren que muera según las normas, bah, que me cocine en mi propia salsa…
-¿Podrá resistir?
-¿Usted que cree?
Tomás lo observó con atención: el viejo se veía cansado, tenía ojeras profundas y las arrugas se habían acentuado, los ojos estaban enrojecidos pero conservaban un brillo vivaz. –No lo sé y no me interesa demasiado-.respondió. Se recostó en el catre con las manos entrelazados tras la nuca; pensó en Alicia y sintió alivio de que estuviera lejos de aquella tierra infernal y comprendió la aprensión de su madre respecto al viaje y se preguntó cuánto sabría de lo que ocurría en Malabrigo.

37.

El horror se había hecho presente desde el momento en que había abordado el taxi en la salida del aeropuerto, antes de ver a la chica colgando de la ventana; era algo en la luz o en el aire, algo que parecía acechar detrás de cada manifestación sensible. Y luego todo había sido seguir un curso que parecía, como había insinuado Metco, prefijado. Aunque tal vez sólo esté intentando racionalizar de alguna forma el caos, lo importante ahora es encontrar una forma de salir lo más rápidamente de aquí, este lugar morirá muy pronto. “No!” La voz apareció con fuerza en su mente y lo estremeció como un choque eléctrico, el aturdimiento lo hizo incapaz de articular un enunciado del que pudiera ser consciente por unos segundos.
Si fuera capaz de invocar voluntariamente el poder que le impidió a Lopresti dispararme, si pudiera hacer que Pablo hablara con más claridad; bueno, siempre y cuando fuera Pablo. Lopresti, qué hijo de puta, crímenes y más crímenes, la inexorable matriz que recorre el pensamiento de los dirigentes de este lugar de mierda para superar cualquier conflicto. Una salida siempre impensable en términos humanos, pensó Tomás y luego se dijo que eso era inexacto, pobre, una exagerada simplificación y golpeó la reja con el puño derecho.
Tendido en el camastro Metco tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente pero no dormía; aunque hubiera deseado estar dormido y experimentando una pesadilla si hubiera tenido esa posibilidad. Debía controlarse porque la inquietud ante la inexorable aparición del horror sólo serviría para acercarla, y era eso, precisamente, lo que se proponían Lopresti y sus jefes, que se aterrorizara hasta que la desesperación lo llevara al suicidio. Disfrutó el pensamiento de saber algo que ellos ignoraban: pronto la antropofagia ritual demostraría su completa ineficacia para evitar la aparición de la anormalidad. Lo sabía porque lo había experimentado en forma creciente durante los últimos años y cada vez era menos capaz de librar esas batallas y mantener algún tipo de cordura; lo sabía también porque manejaba la información estadística sobre suicidios del grupo de población que había accedido al último procedimiento a nivel nacional.
Alguna vez había pensado que la muerte podía ser el final de todo pero hacía casi cuarenta años que no podía recurrir a esa idea para encontrar algún alivio, exactamente desde que había visto lo que se negaba a morir y aún reclamaba su lugar; a partir de entonces su consciencia había transcurrido en dos niveles diferenciados e inconciliables, el que seguía con fidelidad la línea trazada por su padre y las autoridades precedentes, el que le aseguraba los honores y privilegios que Malabrigo otorgaba a aquellos de sus hijos que le ofrendaban un compromiso pleno; el otro era el que acechaba en los momentos en que, sin quererlo, veía las evidentes grietas en toda la estructura. Había estado atento a esa creciente disolución y la había combatido con los medios disponibles, él había formado parte de la comisión que propuso la construcción de las máscaras y luego, cuando estas mostraron sus limitaciones, uno de los principales impulsores de la antropofagia ritual.
El final es el inicio pensó sorprendido y comenzó a reír con una risa que se transformó en una tos seca.

38.

Diana vio como el guardia en su pequeña cabina iluminada con una fantasmal luz azulada apretaba la tecla que accionaba el portón eléctrico, que, casi de inmediato comenzó a desplazarse con una lentitud exasperante. El aire estaba frío pero percibió que unas gotas de sudor se le escurrían por la frente, cuando el acceso estuvo libre atravesó el umbral con paso decidido; su voluntad era fuerte y se había acrecentado a partir de la iniciación como si desde entonces fuera con plenitud una con Malabrigo. Se pasó la mano derecha por la frente y la secó en el pantalón.
La ejecución del extranjero le permitiría acceder a instancias superiores; Lopresti le había dicho que su designación había sido el resultado de una exhaustiva selección entre más de cuatrocientos aspirantes y esa información aún no dejaba de sorprenderla. No podía convencerse del todo de su propia importancia.
El pasillo estaba iluminado apenas con lámparas que desparramaban una luz mortecina sin disolver por completo la oscuridad; sus pasos, a pesar de estar calzadas con zapatillas de suela de goma, producían un sonido perceptible. Se detuvo e hizo una inspiración profunda tratando de encontrar el equilibrio profundo, consiguió relajarse y reemprendió la marcha.
Cuando distinguió los barrotes que limitaban la celda de aislamiento desplazó la corredera de la sub-ametralladora hacía atrás y puso el índice de la mano derecha sobre la cola del disparador. Entonces comenzó a recitar el mantra motivador.
-Alguien viene -. dijo Metco.
-Cambio de planes, supongo-. Comentó Tomás que había oído el desplazamiento del portón y luego los pasos livianos sobre el cemento del corredor. –Es una mujer.
-No sabía que tenía un oído tan agudo.
-Últimamente parece tener dificultades para prever…
Tomás se puso de pie y caminó hasta la reja: la mujer era delgada y menuda, estaba vestida con una especie de uniforme militar negro y llevaba un arma entre sus manos; se detuvo y lo apuntó. Tomás movió la cabeza de un lado al otro y suspiró fastidiado.
Diana apuntó y se dispuso a disparar.
Tomás supo que, de nuevo, el poder estaba próximo a él se manifestaba, la mujer bajó su arma y luego la dejó caer; quedó inmóvil con los brazos a los costados y la mirada perdida.
Diana estuvo desnuda e inerme frente a una luz tan intensa que anulaba toda percepción de color, pero no había sido cegada, por el contrario, su visión se había agudizado a tal punto que había hecho innecesarios los ojos. Podía (estaba obligada a) ver lo que había emprendido a negar desde la infancia y no solo a ver sino también a tocar, oír, oler y saborear. La saturación perceptiva presionaba su consciencia buscando su aniquilación, pensó hijo, pensó muerte y se extinguió.
La mujer se tambaleó, despidió un chorro de sangre por la nariz y cayó. Tomás se miró las manos.
Metco, que estaba parado junto a él y observaba el cuerpo exánime, dijo-No, no cargue con esa culpa.
-Vino a matarme.
-Creo que sí.
-¿Lopresti?
-Puede ser, pero no es el único idiota.

Lopresti estaba sentado a su escritorio, había olvidado el cigarrillo en el cenicero y una columna de humo gris se elevaba con morosidad hacia el cielo raso en el aire inmóvil del despacho. La luz sin demasiada energía de una mañana nublada y ventosa atravesaba los cristales y se derramaba sobre las planillas que había estado consultando obstruida en parte por su sombra. Se había sentado de espaldas a la ventana contrariamente a lo que era su costumbre, sentía un raro rechazo por la mañana que había amanecido en Malabrigo. Temprano, luego de salir de su casa para caminar los dos kilómetros entre su casa y el despacho (como lo hacía habitualmente), había percibido una desolación agobiante: las calles estaban desiertas bajo la luz gris, hojas y trozos de papel giraban en remolinos provocados por el viento sudoeste. Y aún más inquietante había sido ver que nadie parecía interesado en hacer recuperar a Malabrigo la pulcritud que le era característica. Luego, un setter irlandés de pelaje rojizo había aparecido abruptamente en una bocacalle arrastrando una correa de cuero y se había alejado de la misma forma; después la aparición de un hombre robusto y de cabello largo y entrecano que caminaba junto a una mujer joven, delgada y rubia. El tipo se le parecía con levedad inapelable, como si fueran parientes lejanos pero la vestimenta (los vaqueros raídos, la campera de corderoy que alguna vez había sido ocre) indicaba con claridad que el individuo no estaba a su nivel.
Había escuchado con claridad cuando la mujer pregunto al hombre: “Es uno de ellos,¿no?” y al hombre responder afirmativamente.
El miedo, que se redujo un poco cuando avistó al guardia en su caseta de vigilancia, había vuelto luego de revisar las planillas. Ahora sabía que había sido ese miedo el que lo había impulsado a manipular a Diana y asignarle un blanco. Sabía también que al dar esa orden estaba desobedeciendo una orden expresa pero no ignoraba que su vertiginoso ascenso en la estructura gubernamental de Malabrigo se debía en gran parte a su capacidad de tomar iniciativas propias.
Volvió su atención hacia las planillas que había elaborado el Departamento de Sociología Aplicada, el resultado era alarmante, claro, siempre y cuando se lo ubicara fuera de contexto; los de Prensa y Difusión tenían un lindo trabajo por delante, pero ya encontrarían la forma, eran leales y eficientes.
Sonó el teléfono, el guardia le informó que el señor Alsinoff había entrado al edificio (la voz expresaba temor y respeto, un efecto que Alsinoff despertaba conscientemente en sus subordinados), agradeció el aviso y cortó la comunicación; luego dispuso con cuidada desprolijidad las planillas sobre el escritorio e hizo algunas anotaciones ininteligibles en un block de notas.
La puerta se abrió silenciosamente y Alsinoff entró; y si bien era de estatura mediana y no precisamente atlético, su presencia pareció cubrir cada centímetro del despacho. Estaba, como era su costumbre, vestido con una traje azul oscuro y llevaba el pelo renegrido (artificialmente a esta altura) peinado con prolijidad y fijador; los bigotes oscuros y tupidos estaban delineados con exactitud. Antes de hablar le dirigió una sostenida mirada reprobatoria, y Lopresti supo que Diana había fallado en su misión.
-Buenos días, señor Alsinoff –dijo poniéndose de pie.
Alsinoff le indicó que permaneciera sentado, se sentó en el sillón del otro lado del escritorio y habló con voz grave y profunda, enunciando con claridad las palabras, disfrutando del sonido de cada una de las sílabas. –Vea, Lopresti, siempre lo consideré un funcionario hábil, un tipo de mente ágil, rápido… y usted sabe que algunas veces, por esa razón, le dejé pasar faltas que hubiera considerado graves en otro… -se detuvo, creando el suspenso que consideraba necesario con éxito: Lopresti carraspeó y se movió nervioso en el sillón.
-¿Ya sabe por qué estoy aquí, no?
-Diana.
-Exactamente.
-¿Qué pasó?
-Vamos, Lopresti, no se haga el tonto.
-No, señor.
-¿Por qué lo hizo?
-Pensé que era necesaria la eliminación del extranjero.
-No le pagan para pensar, Lopresti, y ,espero que ahora se de cuenta, hacen bien.
-Creí que era urgente instrumentar las medidas necesarias para terminar urgentemente con la amenaza grave que constituía el extranjero.
Alsinoff sonrió con ironía-Instrumentar las medidas necesarias para etcétera, etcétera, Lopresti, ¿nunca pensó en leer en serio?
-No comprendo, señor.
-Está bien, no importa… dígame la verdad, Lopresti, ¿no fue su decisión por el enfrentamiento que tuvo con el extranjero, una cuestión meramente personal?
Lopresti bajó la mirada y dudo, si mentía su intento de engaño sería evidente ante la desarrollada perspicacia de Alsinoff pero si decía la verdad admitía la comisión de una indisciplina grave, dijo-No soporté la demostración de poder que ese tipo hizo ante mí.
-¿Pensó tal vez que su juicio era más apropiado para juzgar lo que correspondía hacer que el de su inmediato superior?
-No, señor, me dejé llevar por un impulso.
-¿Faltó a la disciplina?
Lopresti sabía que Alsinoff estaba disfrutando la situación, que no desperdiciaba la más mínima oportunidad de degustar cada fracción de poder que detentaba y eso lo hacía tan admirable y odioso.
-Sí, señor, falté a mi disciplina.
-¿No quiere saber qué pasó con la mujer?
-No, señor.
-Hace muy bien, no tiene derecho a saberlo.
-Sí, señor.
-Será castigado severamente.
-Lo merezco, señor.
-Muy bien, Lopresti, esa es la única actitud posible si aún quiere tener un futuro en la nueva Malabrigo . ¿Tenía alguna relación con la agente?
-Sólo sexuales, señor.
-Bien, esté atento y tenga cuidado. Lo veo más tarde.

40.
Alsinoff se puso de pie y caminó hacia la puerta, lo hizo con lentitud, como si intentara dejar su presencia impregnada en el lugar; atravesó el umbral y marchó por el corredor hasta la salida. Saludó al guardia, ya en la calle se levantó el cuello del saco para protegerse del viento que soplaba desde el mar e hizo un gesto de desagrado al ver los papeles y hojas junto al cordón. Se dijo que no debía ponerse ansioso justo ahora cuando las cosas empezaban a resultar tal cual había sido previsto, salvo la demora en el suicidio de Metco, claro. Agitó la cabeza para desechar el pensamiento y le hizo una seña al chofer para que acercara el auto.
Lopresti se asomó a la ventana y vio como el auto negro se alejaba hacia la avenida costanera; Alsinoff se había ido pero su amenaza continuaba presente y la ambigüedad la hacía más atemorizante. Se dijo que no tenía excusas, había cometido un error grosero pero no podía encontrar la culpa necesaria para autodisciplinarse; tuvo que admitir que comenzaba a temerse.