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13 mar. 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - El pozo

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Le costaba a Jacob despedirse esa mañana. Partía José para Sikem donde sus hermanos apacentaban el rebaño. “No debo preocuparme”, se repetía Jacob, “José es como yo era a su edad y Dios lo acompaña”.

Sabedor de lo que siente su padre y por temor de que se arrepienta, José apura los preparativos finales: con mano rápida termina de cargar el burro, equilibrando los bultos, evitando lastimar al animal. Se balancea el collar de cerámica sobre la larga túnica y susurran sobre la arena las sandalias obscurecidas por el tiempo.

Jacob observa con orgullo al primogénito de la derecha, de la tan deseada Raquel. ¿Lleva José el pan ácimo que Bhila ha amasado para él? ¿Y la leche cuajada? ¿Y el queso? ¿Y los dátiles? ¿Y las cebollas para el segundo día? ¿Y los odres con agua? Sí. El muchacho no ha olvidado nada.

Toma José la vara que Benjamín le ha preparado, abraza a su padre mientras oye las últimas recomendaciones y sin volver la cabeza una sola vez, se aleja con paso decidido.

El perro aún aullaba a su alrededor y la luz comenzaba a iluminarlo por la derecha, cuando Jacob lo perdió de vista.



Va en camino José, feliz de estar vivo. A lo lejos ve venir a Mizzá con su primogénito Yeús. Los espera a la sombra de una palmera y mientras los mira acercarse, del saco que lleva colgado al hombro extrae un puñado de dátiles para el muchacho.

Yeús es pequeño para sus nueve años y parece uno de esos monitos confiados que crían los egipcios en sus casas. José lo deja trepar a su espalda, lo sacude y le hace cosquillas. “¿Dónde están tus camellos y los veinte siervos que te echaban aire la semana pasada? ¿Ya los vendiste?” Yeús ríe de las bromas. Él será como José cuando crezca: usará largas túnicas, y sandalias, y collares de cerámica. Y llevará también el cabello a su manera: largo y dividido en dos bandas; y olerá a sándalo, no como esos horribles hijos de Lía, siempre asfixiando a oveja y más sucios que carneros.
Una mirada directa de su padre lo enmudece. El muchacho comprende que su momento ha pasado y se aleja con el perro.

Mizzá trae un mensaje para José: sus hermanos han acampado más al norte, en Dotayín. Eso significa un día más de paseo y José se alegra de la noticia. ¿En Dotayín? ¿Qué pasa con Sikén? ¿Hay poco pasto? Sí. Poquísimo. Y para colmo, dificultades con el agua. Dificultades. Otra vez dificultades. Sus hermanos siempre las encuentran. ¿Y Mizzá? ¿por qué regresa tan pronto?

Mizzá tiene que mudarse: ése es su problema por el momento. Y necesitará del asesoramiento de José, no sólo para comprar la parcela sino también para levantar la tienda. Nadie como José para encontrar el sitio más apropiado y para orientar la entrada con justeza. Si José fuera su hijo...fantasea Mizzá. Nadie como él para resolver problemas: en los repartos de bienes, en los tratos con los edomitas, en la solución de los robos, en los partos difíciles de las bestias. Mizzá sabe que siempre se puede contar con él y que su cercanía bendita genera prosperidad. Promete José ayudarlo a su vuelta y antes de separarse, comparte con el padre y con el hijo lo que le queda del queso y del pan.


Sigue en camino José, feliz de estar solo otra vez. Ahora puede cantar sin testigos y sin molestias: las burlas de Simeón no le alcanzan; tampoco los rezongos de Leví.

Bajo aquella palmera lo haré. Bastará con un solo golpe en la nuca o en el cuello”, se dice mientras levanta una piedra; y luego otra, y otra. Las acomoda con cuidado hasta completar un túmulo circular. “A la memoria de Simeón, salmonea, que la tierra lo acune y los gusanos lo visiten”.

Por un barranco, más adelante, empuja a Leví y arroja tres puñados de arena a su memoria. Simeón y Leví ya están muertos; Dios los retenga por una eternidad. ¿Qué hacer ahora con Rubén, el preferido de Lía? ¿Qué se puede pensar para un hombre que profana el harem de su padre y que siempre le esté reprochando a uno el que no trabaje para la boca? Quizá mandarlo a Seír y encargarle al tío Esaú que le busque mujer entre la parentela de sus feas esposas. No era mala idea en absoluto. ¿Y qué hacer con el bravo Judá? ¿Y con el ligero Neftalí? ¿Y con el cobarde Zabulón? Para cada uno siempre se puede encontrar una muerte adecuada.

José palmea al burro con satisfacción. La ligera brisa que cabalga sobre sus hombros promete una larga noche placentera de cara al cielo. La vida puede ser muy descansada cuando Dios lo lleva a uno de la mano.


Apenas entrada la mañana, José llega a Dotayín donde los hermanos lo esperan impacientes. Han cavilado toda la noche sobre la forma de librarse del preferido. No tienen que esperar demasiado: desde el horizonte aparece la silueta inconfundible del contador de sueños. Como una detenida columna de humo blanco, apenas se mueve su túnica sobre el horizonte. No puede ser otro: aunque bien parado sobre sus pies, siempre como recién llegado del Paraíso.

Ya han elegido el pozo: sin agua, sólo con barro, y con alimañas y otras inmundicias en el fondo. Ya han decidido no matarlo, porque siempre se paga con sangre la sangre vertida de un hermano. Ya saben cómo lo harán. Pero nada más.

Lo principal es librarse de su presencia y dejar que Dios se encargue del resto.
“¿Qué pasará con él y qué pasará con nosotros?”, se pregunta Rubén. Él conoce muy bien el alto precio que hay pagar por los pecados cometidos. Ningún problema de conciencia preocupa a los otros hermanos todavía, ciegos ante lo que vendrá, como bestias felices.


Incomprensiblemente, José acepta todo sin defenderse: la humillación de la desnudez, la violencia maquinada, el consenso en la agresión, el frío de las paredes del pozo, el terror del rápido descenso, el asco de ese fondo obscuro y maloliente. Desnudo en este Seol, se pudrirá por fin como debe ser. Hace muy poco, él ha matado a todos en su pensamiento. La diferencia no cuenta; ha matado de muerte airada y así debe morir. A él, que disfrutaba tanto de la soledad, se le prodiga ahora la soledad verdadera. ¿Quién es este ser despojado, sucio, frío, en este mundo de barro, tan alejado del Sol?

¿Qué pasará con su padre cuando lo sepa? ¿Y qué pasará con él mismo? ¿Cuántos días le quedarán por vivir en este pozo? Él, que tanto deseaba conocer las grandes ciudades, que tanto aborrecía las negras tiendas ambulantes y que soñaba con amplias y frescas casas fijas, con paredes de barro cocido y techos de palma, terminar sus días en esa viscosa entraña de la Tierra.

No se queja de la injusticia; sabe que no la hay en este caso. Piensa en sus hermanos mayores, sudando de día y tiritando de noche, sometidos siempre a la implacable tiranía de la boca, con madres resentidas y malhumoradas y un padre bendecido, pero indiferente, que nunca duda en reservar para su hijo predilecto las tareas más honrosas. ¿A quién se consulta cuando el problema es de delicada solución? A José. ¿A quién se llama cuando es necesario un mediador de probado prestigio? A José. ¿A quién se presenta con orgullo cuando la visita es de importancia? A José. ¿Y los otros hijos? El menor, sobre las rodillas, y los mayores, con el rebaño, que es para lo que han nacido. Ni el deslumbrante juego del soñar les fue otorgado: la mano de Dios siempre cerrada en un puño sobre sus cabezas.


José no está demasiado seguro de haber querido nunca a nadie, fuera de su padre y quizá también de Benjamín, su hermano menor. Soñar y pensar: en eso ha constituido toda su vida. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho por placer; en un juego continuo han transcurrido sus años. A pesar de la muerte de su madre (sólo una mujer); a pesar de la sombra vengativa del tío Esaú (sólo una sombra); a pesar de la presencia molesta de los hermanos mayores (sólo presencias, al fin y al cabo), él ha vivido sus días en la fiesta continua del pensamiento. ¿Qué es lo que ahora se le pide? ¿Morir? Sabe muy bien que valió la pena.


El frío se ha instalado en sus huesos como una enfermedad incurable. Se abandona, sus fuerzas se han marchado con la luz; sobre sí mismo se repliega como un animal no nacido.

Acepta lo que sus hermanos han decidido para él; pero antes del fin quiere saber. Y llama a Dios. Y Dios, que lo mira, que no ha dejado de mirarlo un solo momento, le dice lo que él estaba esperando oír: Resiste José.



Y José resistió.
Y al cabo de tres días fue sacado del pozo y vendido por veinte piezas de plata a unos mercaderes ismaelitas que lo llevaron a Egipto.

11 mar. 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - La mujer del Justo

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Amanecía cuando entraron en Segor.
El hombre caminaba delante y con la cabeza cubierta le hablaba a su Dios.
-¿Hay en toda la Tierra una ciudad de hombres justos? Guíame hacia ella y dadme buena compañía ¡oh Dios de los fuertes!
Le seguía su mujer y cien pasos más atrás, las dos hijas.
La gente se agrupaba para verlos pasar.
-Vienen de Sodoma, la maldita.
Un hombre se acercó.
-¿Es cierto lo que de allí se dice?
-Cierto –respondió el Justo. –Y más aún.
-¿Así hablas de tu tierra?
-Yo no era de allí.
-¿Y tu mujer?
-Ella sí
-¿Y tus hijas?
-Ellas también.
-¿Y eso no te mueve?
-No me mueve.
Las mujeres se codeaban unas a otras y murmuraban:
-Ellos vienen de allí, de allí, de Sodoma.
La mujer mientras tanto miraba la tierra calcinada que hería sus pies y pensaba:
-Nunca más volveré a pisarte tierra maldita de mi amada Sodoma.
Una anciana vestida de harapos la aferró por el hombro.
-No viste a mi hijo? Se llama Jacob y es parecido a mí.
La mujer escudriñó la cara de barro seco y recordó. El Justo acostumbraba decir que la gente de Sodoma no se parecía a nadie.
Olvidó a la anciana y se acercó al marido.
-¿Dónde asentaremos la planta?
-No te preocupes. Jehová decidirá.
Y siguieron caminando con paso lento.
Las hijas cerraban la marcha. Vestían lujosamente y miraban a la gente con altivez.
-¿Dónde conseguiremos otros prometidos dignos de nosotras?
-Pregúntaselo a Jehová.
-Jehová no responde a las mujeres.
A espaldas del grupo se oyó un retumbar lejano.
La mujer volvió a acercarse al marido.
-¿Qué pasa detrás de nosotros?
-Es la mano de Jehová que destruye Sodoma. Por tu vida no vuelvas la mirada.
-¿Y nuestra casa?
-De Jehová era la casa.
-¿Y la fuente del patio?
-De Jehová eran la fuente y el patio.
-¿Y aquella gente que vivía en nuestra calle?
-Mala gente. Olvídala.
-¿Y aquellos jóvenes que se divertían al anochecer?
- Ya nadie se divierte en Sodoma.
La mujer seguía hablando cada vez en tono más bajo, como en un susurro.

-Yo nací allá.
-Mal lugar para nacer.
(¿Alguna vez había sido suyo aquel hombre?)
-Aquella gente me crió con amor.
-Pecadores. Aborrécelos.
(¿Alguna vez había amado a aquel hombre?)
El Justo bajó la mirada y apresuró el paso.
La mujer se detuvo y lo vio alejarse sin pena alguna.
Vio pasar a sus hijas y las llamó; pero ellas no la oyeron.
Tampoco ahora sintió pena. Sólo cansancio.

Allá lejos, el Justo había vuelto a cubrirse la cabeza y conversaba con su Dios.

A solas, la mujer se sintió por fin liberada y en paz. Ya nadie podía obligarla a renegar de su tierra. Y lentamente, muy lentamente, giró la cansada cabeza y miró por última vez aquella ciudad condenada a la destrucción.


Esther Mercedes Pérez Gayol
Buenos Aires, 2002

10 mar. 2007

Esther Mercedes Pérez Gayol - El que regresa

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-Yo estuve en las Termópilas.

La confesión de mi socio fue tan inesperada que por un momento me sentí totalmente confundido. Miré por la ventana y me dije que la sorpresa no debía impedirme pensar. Su confesión, con seguridad largamente meditada, impresionaba por lo angustiosa. Yo no debía cambiar de conversación, no podía hacerlo, así que me aventuré:
-¿Reencarnación?
Asintió con la cabeza y levantando el puño de su camisa me mostró una cicatriz con silueta de serpiente.
-El flechazo de un persa. Esta señal siempre reaparece. Para mi desgracia fui el único que salió vivo de aquella carnicería. Me llamaba Aristodemo.

Su discurso fluía fácilmente, con naturalidad, como si estuviera hablando de hechos cotidianos y de una época muy cercana. Yo me preguntaba hasta dónde resistiría mi credulidad, pero tendría que seguir escuchando. Mi socio proseguía como en trance:
-Nunca gocé de buena vista, pero para aquella época estaba aún peor. Después de la primera refriega, que fue terrible, me encontré herido y completamente ciego, dando golpes en el vacío. Así me hallaron los focenses. Vendaron mi brazo y me llevaron consigo. Traté de oponerme, pero ellos me engañaron. Continuamente repetían que íbamos hacia el combate, que ya teníamos cerca a los persas con sus largas túnicas. ¡Y lo que hacíamos era huir! Recién al tercer día supe la verdad.

Era evidente que la confesión lo aliviaba. No hice ningún comentario y él continuó:
-Luego regresé a Laconia porque podía. Siempre quise regresar y lo conseguí. Pero ahora es distinto. Ya no puedo. Siempre que lo intento algo me lo impide. No existe otro lugar como Esparta - explicó como si hubiera necesidad de explicar algo-. Me llamaron Tressas, el que regresa. No me enjuiciaron porque mi mal era demasiado evidente; pero la mayoría me reprochaba el no haberme dejado morir.
La viuda de Leónidas me encaró un día: "¿cómo fuiste capaz de abandonarlo?", me gritó.
Me engañaron, respondí. "Estúpido, además de cobarde. No podrás descansar mientras él no te absuelva", fue su respuesta.
Al poco tiempo morí por primera vez. Estaba con Pausanias en Platea cuando un vigía me atravesó con su lanza. Fue una muerte lenta y dolorosa. Pero no definitiva, como pude averiguarlo más tarde. La viuda de Leónidas había tenido razón. No podría descansar mientras el mismo Leónidas no me liberara.

La confesión parecía haber concluido. Mi socio había pedido otra taza de café e intentaba cambiar de conversación, pero ahora era yo el que no quería abandonar el tema:
-¿Estás seguro de no haber soñado toda esta historia? ¿No será producto de tu imaginación? Mira que a veces, la memoria...
No necesitó palabras para responderme. Su mirada lo decía todo. Se paró de golpe, en silencio. Lo vi como siempre lo había visto sin saberlo, imponente, como quien era: un guerrero espartano. Pensé que me hubiera matado de haber tenido una lanza en la mano. Otro tiempo: otras costumbres. Volvió a sentarse en silencio y se encogió de hombros.
-No debí contarte mi historia. Fue una estupidez.
Pero yo sabía que no era una estupidez. Había llegado por fin el momento tan esperado por ambos. Estábamos al final de un largo camino. Y dominando mi propia excitación, respondí lentamente:
-Aristodemo, yo te creo. Y te libero.

A la mañana siguiente mi socio no concurrió al estudio. Dos días más tarde lo encontraron muerto en su departamento.
Ahora yo también aguardo confiado mi propio fin, definitivo esta vez. ¡Los dioses sean alabados! Ya no tengo otra razón que me obligue a volver a vivir.


Buenos Aires, 2003

Esther Mercedes Pérez Gayol - Friso egipcio

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Desde el balcón del palacio, Saray observa el regreso del ejército egipcio. Se apoya contra una de las columnas y con la mano trata de protegerse los ojos del reflejo del Sol. Hace un mes que espera este momento. Y que lo teme.
Largamente la fila de guerreros macilentos, de esclavos costilludos, de burros y de carros, se estira por el camino hasta quebrarse en el horizonte; pero a ella no le impresiona. Sólo está pendiente de un hombre. De uno solo. Del único. Cierra los ojos y lo recuerda todavía vigoroso y tibio entre sus brazos.

El faraón va erguido sobre su carro; el enorme arco firmemente afirmado con la diestra. A la puerta del palacio lo esperan el Visir y el Sumo Sacerdote. Ambos hombres se prosternan, se doblan, se pliegan hasta que las frentes tocan el polvo. Luego se enderezan lentamente como lo manda el protocolo. El Visir respira hondo, entra el estómago y comienza a hablar; pero el Faraón no está para panegíricos. Con un movimiento enérgico de la mano interrumpe en seco el discurso y se lanza hacia las sombras del pórtico entre los mirones que le dejan paso. Ruge entre las columnas. Las preguntas restallan como latigazos. El Visir responde pausadamente; el Sumo sacerdote, con las manos cruzadas sobre el pecho desnudo, asiente.
Todo lo que el faraón ya sabe por los mensajeros, es confirmado punto por punto: la muerte de la reina, la enfermedad misteriosa del preferido y el desastre de la última cosecha.
El cuadro es desolador; la lengua más entusiasta no puede mejorarlo. Y si a esto se agrega la última derrota y la esperada invasión de los hicsos, casi no queda lugar para más desgracias.
El Faraón apoya sus dos manos sobre los hombros del Sumo Sacerdote. Algo ha tenido que pasar para que los dioses lo hayan desprotegido de esa manera. Una ofensa. Seguramente una ofensa. Y muy grave.

El faraón llega a su cámara y apoya el pesado arco contra la pared. Ya está en casa. La guerra ha terminado por hoy. Ha sido dura. Una severa experiencia sobre la que habrá que meditar. Estira los brazos y fricciona las exigidas muñecas. El barbero y los tres sirvientes principales esperan inquietos la tan ansiada orden que los hará levantar del suelo. Tratan de distraerlo y parlotean como aprendices. El faraón sonríe.
Los cuatro hombres no pierden el tiempo: fuera la arena, fuera el propio sudor y la sangre enemiga, fuera el polvo negro de los ojos, fuera los mechones sobre los ojos.
Limpio, peinado frotado con incienso, el faraón parece un adolescente aunque ya no lo es. Viste el taparrabo corto de las mañanas; el lino blanco parece más blanco contra el bronce de las piernas.
No se queda quieto; recorre la estancia a lo largo y a lo ancho mientras un escriba toma el dictado. El Faraón se acerca, se aleja, vuelve a acercarse. Se diría un vigoroso felino acechando a su víctima.
Rechaza el cofre de las alhajas sin abrirlo siquiera. Hoy no. Le calzan las sandalias y le cubren la cabeza con el nems blanco rayado de rojo.
Ya puede recibir.

Las puertas se abren y entran dos esclavos nubios portando una silla con el príncipe Paheri. El médico cierra la marcha, majestuosamente. El muchacho tiene doce años pero aparenta ocho. Los ojos hundidos, la boca triste, las piernas como dos lanzas quebradas.
El Faraón lo alza y lo acerca a la luz para observarlo mejor. Aunque no es el primogénito, es su preferido y no lo oculta. Por encima del pequeño hombro interroga con la mirada al médico expectante que extiende los brazos. Todo lo posible ha sido intentado; nada se puede contra la voluntad de los dioses.
El Visir se acerca y elogia calurosamente los progresos del príncipe en el manejo del arco y aunque el buen hombre es un artífice mintiendo, nadie se engaña.
El Faraón simula estar muy complacido.
El barbero payasea alrededor de la carita apergaminada. ¿Cómo quiere hoy la barba, Su Majestad? ¿Cuadrada? ¿En punta?
El chico no tiene fuerzas ni para sonreír y el médico opina que le conviene volver a sus habitaciones.
Cuando la puerta se cierra tras la triste comitiva, el silencio cruza la sala de un extremo a otro como una flecha certera.
El Faraón toma su arco y lo tensa lentamente. Toma la lanza y prueba el filo. Su pensamiento está muy lejos, con los dioses. ¿Por qué Amón? ¿Por qué?
En sus habitaciones, Saray espera. Y esperar es duro. Ha mandado llamar a Hircano para que le cuente del Faraón: cómo está, qué hace, qué piensa. Hircano ha escrito un poema sobre ella y merece toda su confianza.
El poeta se sienta y saborea la cerveza que le han servido.
El Faraón está bien; ha visto al príncipe Paheri –pobre chico-; ha conferenciado con los gobernadores; ha honrado a los dioses; ha conversado con el jefe de los embalsamadores y ha dispuesto todo lo referente a los funerales de la reina.
¿Nada más? Sí. Ha preguntado por ella. En todo momento. Se lo ha preguntado a él, al poeta. Si está tan bella como siempre, si lo ha extrañado, si lo espera.
Saray gime. El Faraón piensa en ella, en ella, que es la causante de todas sus desgracias: la derrota de su ejército, la muerte de la reina, la enfermedad del príncipe, ¡y el desastre de la última cosecha!
Hircano no puede entender; el Faraón, tampoco.
Pero todo es por ella y ella lo sabe. Jehová lo castiga tan duramente porque ella ya es casada, porque Abram es su marido, además de su hermano.
El Faraón tendrá que saberlo muy pronto y Saray tendrá que volver con Abram para que Jehová por fin perdone.
La revelación sacude al poeta. ¿Abram? ¿El nómade? Sí. El mismo. Él es su marido... y también su hermano; pero por temor a perder la vida sólo dijo que era su hermano.
El poeta está realmente interesado. Animal mentiroso y cobarde, el ser humano siempre consigue intrigarlo. ¿Pero como es este Abram en realidad?
Saray tarda en responder:
-Un marido. Sólo un marido viejo.

Ha pasado todo un día desde el regreso del Faraón y Saray todavía no lo ha tocado.
Es una mañana agobiante. El calor y la tristeza lo corrompen todo en el palacio. El príncipe Paheri duerme todavía. Saray no puede esperar más; sabe que le queda poco tiempo y que el plazo ya está vencido.
Deja que la pequeña Sui le calce la toga de lino sobre la túnica transparente y que le peine otra vez el larguísimo cabello.
Un toque más de perfume. Si. Otro más. Y otro de incienso. Y otro de polvo de malaquita sobre los párpados inquietos. Otra mirada rápida al espejo de bronce. Y ya está.
Sola y erguida como una reina se dirige hacia el Gran Salón. A la puerta, los guardias pretenden detenerla. Ella avanza. No ve a la multitud que la rodea, ni oye los murmullos que fermentan a su paso.
Ya frente al Faraón se prosterna en silencio.
Su Majestad sonríe –cómo ama ella esa sonrisa- y despide a los funcionarios que lo cercan, sin mirarlos siguiera –cómo ama ella ese gesto majestuoso de la mano enjoyada-.
Los guardias cierran la puerta tras la última reverencia y en la inmensidad de la estancia, el Faraón extiende los brazos.

Nada existe en el mundo fuera de ellos dos. Nada tiene que existir por hoy, ni las otras mujeres, ni los otros hombres, ni el hambre, ni la enfermedad, ni la muerte. Sólo ellos dos.
Y lo consiguen.
Del otro lado de la puerta cerrada, los guardias inmóviles tratan de adivinar: ahora están sobre el estrado; ahora, sobre el mármol.
Saray retoza como gata y se desliza como gacela. El Faraón es un cazador experimentado; puede inmovilizar a la pieza con un solo movimiento de sus manos poderosas. Y lo hace. Lo hace en silencio, con la gracia y la fuerza de un león joven. Pero sólo por un momento. El pesado pectoral y los inquietos collares pronto reanudan su campanilleo jubiloso. Hasta que cesa por fin.
Afuera, los guardias siguen adivinando: ahora están sobre la estera.
En la vastedad de la estancia, el amor es.
Jehová sigue esperando; su paciencia está por terminarse. Y sólo ella lo sabe.
Saray le ha contado al Faraón toda la verdad sobre Abram. Es fácil hablar cuando un hombro de bronce se ahueca y entibia baja la cabeza. El Faraón ha fortalecido el cerco de sus brazos.
No la dejará ir. No puede hacerlo. No. Ni aunque Jehová lo persiguiera por todo el desierto. Él Faraón de Egipto no se rendirá jamás ante un dios ajeno.
Saray sabe que nada es posible contra la voluntad de Jehová. Y sabe que tendrá que insistir.
-Piensa en Paheri. -Es un chico fuerte. Es mi hijo. Y sanará.
-No sanará. Y serás derrotado otra vez.
-Armaré un gran ejército. Éste será invencible. Mataré yo mismo a cada soldado que retroceda.
-Ningún soldado retrocederá. Todos morirán. Serás derrotado. Totalmente.
Tendría que haber otra salida para convencer a ese Dios. Pero no la hay. La única solución es la entrega de Saray a su marido. Pero es una solución inaceptable.
Ella insiste:
-Todo tu pueblo sufrirá.
La lenta afirmación cae como aceite hirviendo sobre una herida abierta.
-¿Estás segura?
Eso es más de lo que un faraón puede permitirse y él lo sabe.
Egipto es su responsabilidad hasta las últimas consecuencias. En esta particular ocasión su obligación es ceder.
De acuerdo. La dejará ir.
Pero tendrá que ser mañana.

-¿Dónde encontraré otra mujer, Saray?
-¿Dónde encontraré yo a otro hombre?

Precedido por dos varones principales llega Abram a la Sala de las Columnas. Trae cenizas sobre la cabeza y se queja a media voz. Lo han mandado llamar y no sabe por qué. Teme por su vida y teme también por sus bienes.
El Faraón lo espera sentado en su trono.
De pie, a su lado, está Saray. Viste el rústico sayo del desierto. En un cofre cerrado, abandonadas para siempre, han quedado las alhajas, las túnicas transparentes, la toga y las sandalias de oro. Todo lo deja; también la desnudez gozosa del amor.
Abram se arroja al suelo frente al trono. El Farón lo mira largamente y habla por fin:
-¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer?Saray observa a su marido que no ha dejado de gemir. Con ese hombre tendrá que marcharse. Los largos días que le esperan se alargan aún más en la imaginación. Los gemidos que está oyendo se harán lamentos en el desierto; lamentos por el Sol y por la sed; lamentos por la gente que vive y por la que ha muerto; por el pasado y por el futuro. La melopea siempre acompañada por los sacudones del mismo asno bajo su cuerpo.
El faraón continúa:
-Porque dijiste: es mi hermana. Por eso yo la tomé para mí por mujer.
Saray lo mira. Todavía lo siente su hombre y está orgullosa de él.
El Faraón luce imponente. Lleva la corona de los Dos Reinos y la barba postiza que lo obligan a mantener erguida la cabeza. Viste el taparrabo de lino y, sobre collares de perlas, el pectoral en forma de fachada de templo.
Pétreo en su trono, trata de no recordar. Pero es difícil.
Ella sigue aún a su lado. Se mantiene firme; pero le tiembla el mentón, imperceptiblemente. Sí. Todavía es la misma mujer que ha despertado esa mañana entre sus brazos. No puede olvidarlo. Todavía la siente tersa y elástica contra su cuerpo; y toda suya.
Pero ya no más.
Ha llegado el momento.
Abram se ha levantado del suelo y espera. Ya no teme. No hay furor en la mirada del Farón. Sencillamente, no hay mirada.
-Ahora pues, he aquí a tu mujer. Tómala y vete.

Amanece en Egipto. Todo está preparado para la marcha. Se oyen risas; los rezagados se apuran. Abram, curvado por los collares, va de aquí para allá organizando la caravana. Los sirvientes se han repartido los asnos con los cántaros, los bultos y los canastos. Los parientes custodian el arca donde viajarán los regalos más valiosos. Los asnos están gordos y las asnas, preñadas. Una esclava canta.
La generosidad del faraón ha hecho próspera y feliz a toda la tribu. No sólo no ha castigado al patriarca, sino que lo ha colmado de valiosos dones.
Egipto ha sido propicio para todos.
Abram da la orden de marchar y la caravana comienza a moverse lentamente como un gato que se despereza.
Saray cierra la marcha. Su larga sombra solitaria se extiende hacia el oeste como una mano suplicante.
Las otra mujeres caminan más adelante sin atreverse a dirigirle la palabra, ni a observarla.
Saray no se ha movido todavía. Se descubre, se postra sobre la arena y apoya la frente sobre su propia sombra, a la manera egipcia.
Ya de pie, azuza al asno que la acompaña y se encamina hacia el desierto sin volver la cabeza.



Refrescando la memoria:
a) Abram y Saray eran los nombres de Abraham y Sara antes del pacto con Dios.
b) Lo escrito en negrita son palabras textuales del Faraón según la Biblia.


Buenos Aires, 2003

Esther Mercedes Pérez Gayol - Un hombre de guerra

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El guerrero se enorgullecía de su lejano antepasado, el que había peleado como un león en la amurallada Troya. Enorme y esforzado como pocos, aquel valiente mirmidón había regresado cojo a su lejana isla, con una gloriosa cicatriz en la cadera izquierda. También había retornado con una impresionante armadura, legítimamente conseguida por haber matado en combate a su primer dueño, un teucro desafortunado, tan corpulento como él.
El guerrero se enorgullecía de aquella posesión heredada. La calzaba con deleite, ya fuera cuando peleaba, ya fuera cuando presumía frente a algún camarada desprevenido que aún desconociera su memorable historia.

Siempre con la armadura como precioso legado, la familia había emigrado varias veces. Primero de isla en isla, desde Egina hasta Chipre, azarosamente, soñando de continuo con una planicie extendida donde correr libremente, fabricar carros, criar caballos, guerrear a campo abierto y hacer fortuna.
Tan largo sueño se había concretado por fin. Y por dos generaciones completas prosperaron en aquella llanura, a quince kilómetros de la costa, alejados del siempre presente ruido del mar.
Gente esforzada, sus constantes antepasados. Guerreros en Egina y Lesbos, aedos en Quíos, herreros en Chipre, constructores de carros en el continente y por último, él, la culminación de tan larga historia: otra vez un aguerrido soldado en armadura, con carro de combate, caballos y escudero.

Todavía se hablaba algo de griego en la familia. Casi todas sus mujeres provenían de allende el mar, donde se criaban las mejores tejedoras. Ellas comían con sus maridos y los llamaban por sus nombres; formaban a los hijos en la melodía de su lengua y en el respeto a sus dioses. Así la madre, célebre por el tamaño de sus mantas y por la cadencia de sus largos parlamentos que nadie entendía. El guerrero, cuando el vino le entonaba el alma, solía alzar la orgullosa cabeza e invocar a los dioses alegres con voz rugiente, los mismos dioses –pero él no lo sabía- que primero habían destruido Troya y después a casi todos sus conquistadores.
Esa mañana despertó alerta y hambriento de pelea. La Aurora apenas extendía sus rosados dedos y ya restallaban los apremiantes gritos junto a los bronces yacentes. Aquel era el día tan esperado de la batalla.
Por fin se ha terminado la desagradable espera. El guerrero se muestra tan bendecido de ferocidad que hasta los perros se mantienen a distancia. El escudero corre desde su rincón para alcanzarle una pata de buey rescatada de quién sabe dónde. Mientras come a grandes dentelladas, el guerrero estira los brazos y flexiona las rodillas, complacido de lo que siente y de lo que exhibe. Más allá, otros dos gigantes se ungen el uno al otro previendo una larga jornada de sol ardiente. El escudero, ahora en cuclillas, con la manopla de piel de cabra envainada hasta el codo, lustra con fuerza las escamas de bronce de la histórica coraza.

El gigantesco soldado comienza por fin a vestirse. Empieza por las sandalias, que sujeta a los tobillos con doble atadura; le siguen las rígidas grebas sobre las canillas; luego la túnica acolchada sobre la túnica fina y encima, la pulida coraza que el escudero acomoda subido sobre un escaño.
Prueba la jabalina contra un tronco y levanta del suelo la pesada lanza que lo ha hecho famoso. La blande con una sonrisa como si no pesara lo que pesa. Los que están más cerca rugen su aprobación y corren a ponerse a salvo -saben muy bien que donde aquella lanza cae, brota la muerte-. Prueba los dos filos de la espada, lentamente, y frunce el ceño con desaprobación. Corre el escudero con la piedra de afilar, pero antes le alcanza el enorme yelmo, impar como una corona. Es lo último que siempre se acomoda sobre la pelambre recién ungida. Es su orgullo. El digno remate de una figura que sabe inolvidable. Agita la robusta columna del cuello y el penacho de cola de caballo ondea silencioso en la ligera brisa de la mañana.
Está listo. El corazón le arde en el pecho blindado.

Los ejércitos enemigos aguardan enfrentados; el valle del Terebinto en el centro.
La espera se hace larga. La expectativa crece y decrece. La fuerza de choque empieza a fastidiarse. ¿Qué está pasando? Es una batalla prácticamente ganada. Los enemigos son más débiles y están peor armados. Es poco el bronce que brilla en sus filas apretadas; y el hierro, aún menos. ¿Por qué no atacar ya? La mañana avanza y pronto el calor se hará insoportable.
¿Y si...?
Los compañeros del guerrero lo conocen bien y dejan caer en voz baja una insinuación largamente meditada: ¿Qué tal si proponemos un duelo, una pelea de uno contra uno y terminamos de una vez y nos marchamos a casa cargados de esclavos?
¿Un desafío?
Lo inflama la idea. Está harto de esperar órdenes. Sabe que él solo vale por todo un ejército y está feliz de que sus camaradas también lo sepan. Los desafíos son su especialidad. Adelanta el pecho, respira hondo y afirma las piernas. Avanza decidido, jabalina al hombro y lanza en mano. Lo precede el escudero.

En el silencio del enfrentamiento, el tono enérgico de su propuesta atruena el valle: uno contra uno y se termina el conflicto. El vencedor obtiene la victoria y todo su ejército vuelve a casa triunfante, los brazos cargados con el botín.
Nadie responde.
Las filas enemigas que parecían ondular, de golpe se paralizan. Repta el miedo. El silencio es viscoso. Muy en el fondo se acelera el movimiento. En la tienda real, gente apresurada entra y sale como hormigas antes de la tormenta. Es evidente que no habrá respuesta inmediata. Al enemigo le costará encontrar un oponente capaz de enfrentar con éxito al gigantesco adversario. ¿Lo hará el mismo rey? El guerrero sabe que el soberano es muy corpulento además de valiente. Le han contado que es casi tan alto como él, que sobresale por más de una cabeza entre toda su gente. Pero un rey no va a enfrentar solo a un simple soldado, por bravo que sea. Difícil para el enemigo encontrar a quien pueda responder a tal desafío.
La fuerza de choque grita y festeja por anticipado. Desde la retaguardia empiezan a llegar chorreantes trozos de carnero recién asado. Es una fiesta. Sólo el guerrero se niega a comer y permanece en guardia. Es su batalla y está solo. No se ha olvidado de sus dioses y de pie, con la cabeza erguida, los invoca en silencio. Su preferido es Apolo.

De pronto, algo raro sucede. De entre las filas enemigas surge una figura impensada. Alguien en otro tiempo y en otro lugar habría podido decir: entonces el monte parió a un ratón.
Es un joven muy joven, rubio, delgado, cubierto apenas con lo indispensable. Lleva una onda en la mano y un morral colgado del hombro.
El guerrero no puede creer lo que está viendo. ¿Acaso se ríen de él? Maldito aquel desarrapado que osa desafiarlo con tanta ligereza. Maldita su gente. Maldito su ejército.
Mientras murmura se adelanta con desgano. Pero la tarea debe ser cumplida. Por fácil que se presente, es su combate.
El adolescente corre hacia él. Saca un guijarro del morral, lo ajusta en el hueco de la honda, hace girar el largo tiento con gracia de bailarín y el guijarro se dispara.

Cae el guerrero.
Lo impensable ha sucedido. Los dos ejércitos observan paralizados la escena increíble. La piedra ha dado justo en la frente del gigante. Con el tremolante casco abollado, la mole se derrumba sobre la arena.
El muchacho corre hacia su víctima, le quita de la cadera la enorme espada de doble filo, la sujeta con ambas manos, la levanta para tomar impulso y de un solo golpe lo remata. Y con otro lo decapita.

David tomó entonces la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalén, pero las armas las guardó en su tienda. (I Samuel)


Buenos Aires, 2003